Sierra Nevada de Santa Marta
“Pirámide de tres caras que emerge del Caribe sin pertenecer a los Andes, la Sierra Nevada de Santa Marta comprime en pocos kilómetros todos los pisos térmicos del país, desde la vegetación xerofítica del litoral hasta las nieves perpetuas de los…”
Frente al Caribe, sin pertenecer a los Andes, se levanta en menos de cincuenta kilómetros un macizo que va del manglar a las nieves perpetuas. La Sierra Nevada de Santa Marta es la montaña litoral más alta del mundo: sus dos cumbres gemelas —el pico Simón Bolívar, 5.775 metros, y el pico Cristóbal Colón, 5.770 metros— son a la vez los puntos más elevados de Colombia. Pero la anomalía no se agota en la geología. En sus flancos coexisten una civilización prehispánica cuyas ciudades de piedra fueron recobradas apenas hace medio siglo, cuatro pueblos indígenas —koguis, arhuacos, wiwas y kankuamos— que conciben el macizo como Corazón del Mundo, y una historia moderna de café, marihuana, coca y paramilitarismo que la convirtió en tablero estratégico del conflicto armado. Este artículo trata a la Sierra como sujeto: no como paisaje ni escenario, sino como una entidad territorial cuya vida se juega en la fricción entre una lógica indígena de uso vertical y sagrado del territorio, y las sucesivas capas extractivas que se han superpuesto sobre ella sin llegar a sustituirla del todo.
La forma de una pirámide sobre el mar
El macizo tiene la forma de una pirámide de tres caras que se hunde por su base en el litoral. La cara septentrional corre paralela al mar Caribe, con pendientes tan pronunciadas que los ríos —el Palomino, el Cañas, el Buritaca— bajan por gargantas estrechas en trayectos brevísimos. Es también la vertiente más húmeda: los vientos alisios del nordeste chocan contra la muralla y descargan allí la mayor parte de su humedad. La cara occidental mira hacia la Ciénaga Grande de Santa Marta y le envía los ríos Fundación, Piedras, Sevilla y Frío, que al salir del pie de monte se explayan en extensos depósitos aluvio-torrenciales de suelos fértiles, propicios al asentamiento humano. La cara oriental drena hacia los valles del Cesar y del Ranchería, alimentando dos ríos que definen la vida agrícola y ganadera de esos departamentos.
Esa compresión brutal de altitudes en horizontal tan corta produce un fenómeno que atraviesa toda la historia del macizo: en pocas horas de caminata se pasa del bosque seco tropical, con vegetación xerofítica de hojas coriáceas, carnosas y enceradas adaptadas a la sequía, a la selva húmeda, al bosque de niebla, al páramo y a la nieve. Todos los pisos térmicos del país caben en el mismo macizo. Esa condición —geológicamente rara, geográficamente decisiva— es la variable estructural que explica casi todo lo demás: por qué floreció allí una civilización urbana, por qué prosperaron después el café y la marihuana, por qué la disputaron con tanta ferocidad los grupos armados. La Sierra Nevada es, ante todo, un compendio del país entero en una sola montaña.
Los taironas: una civilización de piedra y agua
Entre el año 200 y el 1600 de nuestra era, los flancos norte y occidental de la Sierra fueron transformados por una sociedad que los arqueólogos han llamado tairona. Lo que dejaron no es un puñado de aldeas dispersas: es un paisaje modificado a gran escala. Terrazas escalonadas sobre las laderas, canales de irrigación, plazoletas circulares de piedra, redes de caminos enlosados que conectaban asentamientos separados por barrancos y ríos. En las tierras planas cercanas a Santa Marta, hoy áridas, los conquistadores españoles quedaron admirados ante un sistema de riego que consideraron perfecto. Sembraban maíz, yuca, ají y algodón, y aprovechaban la diferencia de pisos térmicos como quien maneja una despensa vertical: distintos productos a distintas alturas, conectados por caminos.
El sitio emblemático de esa civilización se llamó Buritaca 200 en la nomenclatura arqueológica, y Teyuna en la lengua kogui. En 1976, cuadrillas de guaqueros lo encontraron sepultado bajo la selva y los arqueólogos lo reconstruyeron: una ciudad de terrazas, escaleras y plazoletas circulares tejida por caminos de piedra sobre la ladera del río Buritaca. La prensa la bautizó Ciudad Perdida, y el nombre pegó. Es hoy uno de los conjuntos urbanos prehispánicos más extensos del continente americano.
La economía tairona no se detenía en la agricultura. Existía un mercado local y regional activo que integraba productos del mar —sal, pescado—, artesanías —mantas de algodón, adornos de plumas, piezas talladas en piedra, objetos de oro— y bienes de otras regiones. Vasijas taironas circularon al menos hasta la isla Salamanca, y los intercambios llegaron por trueque hasta el altiplano muisca, adonde iban collares de cuentas de concha, caracoles marinos y piezas de orfebrería. Una hipótesis propuesta por el antropólogo Jorge Arocha en 1978 sugiere que fue precisamente la interacción entre ecosistemas diferenciados —un litoral que servía de puerto y canal comercial a grupos como los chimila y los guanebucán, y las zonas montañosas posiblemente especializadas en el cultivo de la yuca— lo que empujó a los distintos poblados a federarse.
A comienzos del siglo XVI, la sociedad tairona se había aglutinado en torno a dos centros urbanos rivales: Bonda, en la parte plana cerca de Santa Marta, y Pocigueica, en las faldas abruptas, dominando las cabeceras de los ríos Frío y Don Diego. La organización política no llegó a ser un Estado centralizado. Había una pugna abierta entre una clase poderosa de sacerdotes y los jefes civiles, y las alianzas se hacían y deshacían bajo el mando de caciques locales. Era una cohesión política incipiente y fragmentada. Esa característica —urbanismo desarrollado sin plena unidad política— hace del caso tairona una anomalía comparativa dentro del mapa prehispánico colombiano, y ha alimentado un debate arqueológico que aún continúa: durante décadas se interpretaron sus obras como una simple adaptación funcional al medio, pero la investigación reciente rechaza esa lectura y prefiere leerlas como producto histórico y sociocultural complejo, no reducible a la geografía.
Bastidas, Santa Marta y el colapso
En 1525, Rodrigo de Bastidas fundó Santa Marta en el borde mismo del territorio tairona. La ciudad fue la primera fundación española estable en el actual territorio colombiano, y su entorno inmediato ofreció al conquistador algo que se convertiría en obsesión: enterramientos indígenas con ricas ofrendas en oro, piedras finas, conchas, hueso y cerámica. Ese hallazgo funerario fue el primer contacto documentado con la cultura tairona, y también la partida de nacimiento de la guaquería como práctica sistemática de saqueo, oficio que sobreviviría durante siglos en la región.
La sumisión militar fue lenta, brutal y desigual. Las crónicas coloniales describen a poblaciones nativas de la región reducidas de setenta mil a apenas ochocientos habitantes en el lapso de la conquista, atribuyendo el derrumbe a la combinación de abusos, fiebres y esclavitud. Las cifras específicas deben tomarse con cautela: pertenecen a un género —el relato de conquista— que cifraba sin medir. Pero el orden de magnitud encuadra en la escala continental documentada: se estima que la población nativa de América pasó de unos setenta millones a tres millones y medio en los ciento cincuenta años posteriores a la llegada de Colón. En Colombia, las epidemias de tifus del siglo XVII agravaron un colapso que el país no revertió sino hasta 1905, cuando la población total volvió a alcanzar los niveles prehispánicos.
Los mecanismos del derrumbe fueron acumulativos. Enfermedades para las que no había inmunidad. Trabajo forzado en las minas —Colombia fue la mayor productora de oro entre las posesiones españolas durante la Colonia— con desvío masivo de mano de obra indígena desde la agricultura y las artesanías hacia el socavón. Y la violencia directa: los templos fueron destruidos, los caciques sometidos, la resistencia castigada. La conquista no fue rápida ni completa. Se prolongó por generaciones, e incluso siglos, y algunas regiones periféricas de la propia Sierra nunca se sometieron del todo. Fue esa incompletud —la existencia de refugios altos y de bolsones inaccesibles— lo que permitió que la herencia tairona no se extinguiera con su ciudad, sino que se replegara ladera arriba.
Cuatro pueblos, un macizo
Los taironas no desaparecieron: se transformaron. Hoy la Sierra Nevada es habitada por cuatro pueblos indígenas que se reconocen como sus herederos directos: los koguis, los arhuacos —autodenominados ijkas—, los wiwas —autodenominados samkas— y los kankuamos. La continuidad histórica y cultural entre esos cuatro pueblos y los antiguos taironas fue defendida con insistencia por el antropólogo austriaco Gerardo Reichel-Dolmatoff desde los años cincuenta, y sigue siendo la lectura dominante sobre la región.
Cada uno de los cuatro pueblos ocupa una franja distinta del macizo, y todos comparten una arquitectura cosmológica que hace del territorio un organismo. Las montañas, los ríos, las lagunas de altura y los sitios ceremoniales son considerados sagrados y merecedores de protección. Para los ijkas, la noción de centro tiene un peso extraordinario: la casa, la labranza, el santuario. Las casas ceremoniales, llamadas kan kuria, representan las montañas o el centro del universo, y sirven también como observatorios solares. Entre los koguis, los templos se conciben como representaciones del útero de la Madre Universal, y su construcción es una tarea comunal dirigida por un mamo.
El mamo es la figura de autoridad ritual y espiritual que articula la vida de estas comunidades. Realiza pagamentos —ofrendas que restituyen a la Madre Tierra lo que se le ha tomado—, controla ceremonial y prácticamente el ciclo de enfermedades y cultivos, transmite el conocimiento del territorio a las nuevas generaciones y media en la relación entre lo humano y la naturaleza. Los desplazamientos verticales entre pisos térmicos no son solo estrategia económica de acceso a recursos diferenciados: son también recorridos rituales. Los mamos suben a los picos nevados y bajan a la costa, y en cada estación depositan pagamentos que sostienen la salud del mundo. En un encuentro documentado, el mamo Antonio Pinto y otros mamos mayores explicaron a un grupo de jóvenes wiwas cómo los ancestros hacían ese circuito desde el pico nevado hasta los sitios sagrados de la parte baja, y cómo el desconocimiento actual del territorio —producto del cierre progresivo de los caminos ancestrales— ha vuelto casi imposible completarlo.
La tejeduría arhuaca de la mochila condensa esa cosmovisión en un objeto cotidiano. La mochila es utilitaria, pero también ha servido como envoltorio de objetos sagrados, de reliquias y de protecciones espirituales. Ha sido, además, una forma de resistencia material: sobrevivió a la Misión Capuchina —que se estableció en el territorio arhuaco a comienzos del siglo XX con propósito evangelizador— y ha sobrevivido al conflicto armado. En la cosmovisión ijka, dañar una planta, un río o el suelo con un machetazo equivale a atentar contra todos los seres vivos y contra la Madre Tierra, cuya placenta es el mar. Es una ética ambiental sostenida en categorías teológicas, no ecológicas en el sentido moderno.
Sería un error, sin embargo, tratar a los cuatro pueblos como un bloque monolítico. Ante la presión colonizadora de mediados del siglo XX, el mamo Ramón Gil Barros propugnó entre los koguis una estrategia clara: la retirada hacia las alturas, la evasión de todo contacto. Pero muchos koguis contemporáneos, según el antropólogo Carlos Alberto Uribe, no comparten esa posición. Algunos miran con interés la organización política de los arhuacos y han participado en ella a título personal. El pensamiento indígena sobre cómo relacionarse con el mundo externo es, y ha sido siempre, materia de discusión interna.
Reichel-Dolmatoff y la invención antropológica de la Sierra
La Sierra que hoy conocemos fue en buena medida escrita por los antropólogos. En 1941, el etnólogo francés Paul Rivet —exiliado en Bogotá bajo el auspicio del gobierno liberal, en pleno período de reformas culturales— envió a su discípulo austriaco Gerardo Reichel-Dolmatoff a la Sierra Nevada, en el marco de las actividades del recién fundado Instituto Etnológico Nacional. Reichel-Dolmatoff, acompañado por su esposa y colaboradora Alicia Dussán de Reichel, convirtió el macizo en un laboratorio metodológico: usaba la etnografía de los grupos contemporáneos —koguis, ijkas, wiwas— para interpretar el registro arqueológico tairona, y volvía al registro arqueológico para iluminar la etnografía. De esa doble operación salió la tesis de la continuidad, que hizo de los cuatro pueblos actuales los descendientes directos de una civilización perdida.
Con Reichel-Dolmatoff instalado allí, la Sierra Nevada llegó a ser considerada la cuna de la antropología y la arqueología modernas en Colombia. Fue un proceso al que también contribuyeron —desde mucho antes— los informes gubernamentales, las comisiones corográficas del siglo XIX y los relatos de viajeros, que construyeron el macizo como frontera salvaje: un espacio periférico al que el Estado debía llevar el progreso. La invención científica y la política de frontera se alimentaron mutuamente.
Cuando en la década de los setenta se encontraron los grandes asentamientos prehispánicos y Buritaca 200 fue rebautizado Ciudad Perdida, la interpretación dominante se volcó de inmediato al lenguaje de la civilización perdida y la sociedad urbana. El arqueólogo Carl Henrik Langebaek ha cuestionado esa lectura al señalar que los arqueólogos colombianos han caído fácilmente en la trampa de sobrevalorar tales logros bajo una noción de progreso difícil de erradicar, con un sesgo estructural que privilegia las sociedades grandes y jerarquizadas. La misma Sierra Nevada que fue frontera salvaje para los ilustrados del siglo XIX pasó a ser cuna de civilización para los arqueólogos del XX. En ambos casos, categorías externas moldearon —y en parte distorsionaron— la comprensión pública del macizo y la política del Estado hacia él.
La colonización campesina y el ciclo de las bonanzas
En los años treinta del siglo XX, la Sierra Nevada empezó a recibir migrantes del interior andino atraídos por el cultivo del café. Los suelos de las laderas medias resultaron aptos, el clima colaboraba y la demanda internacional era firme. La segunda oleada llegó en los años cincuenta, cuando familias enteras del centro andino huyeron de La Violencia —la guerra civil que entre 1946 y 1958 desangró al país entre liberales y conservadores— y encontraron refugio en las estribaciones del macizo. La Sierra dejó de ser exclusivamente indígena. La composición social de sus laderas se volvió heterogénea, y la tenencia de la tierra empezó a fragmentarse entre resguardos, fincas cafeteras y baldíos ocupados por colonos.
Hacia 1974, esa cotidianidad cafetera fue interrumpida por otra bonanza. Los flancos de la Sierra Nevada y las áreas contiguas de La Guajira se llenaron de matas de marihuana. Ese año, cerca del ochenta por ciento de los finqueros guajiros tenían siembras de cannabis. Estados Unidos era el mercado. La geografía se prestaba: pisos térmicos diversos, espesura montañosa que dificultaba la fiscalización, y —en el caso de La Guajira— acceso al mar. Se le llamó bonanza marimbera y transformó pueblos enteros: hubo dinero abundante, camionetas nuevas, fiestas, ostentación, y también un tejido incipiente de violencias rurales.
La bonanza colapsó a comienzos de los años ochenta. Apareció en Estados Unidos una variedad de marihuana más potente y barata, entraron nuevos competidores al mercado global, y el precio de la marihuana colombiana se derrumbó. La reconversión fue casi automática: las mismas laderas, los mismos circuitos de contrabando y los mismos operadores se volcaron a la coca. En las partes bajas de la Sierra Nevada, cuatro décadas después, los cafetales han vuelto a ocupar espacios donde antes hubo coca, y antes de la coca hubo marihuana. Es un palimpsesto agrícola donde cada capa dejó su marca en el paisaje, en la sociedad y en el suelo.
Un mayor arhuaco describe otro efecto de esos ciclos: la fumigación con productos químicos habría contribuido al deterioro ambiental de la Sierra, a la reducción de la producción agrícola y a la extinción de variedades de seres vivos. En la Amazonía colombiana, el uso sostenido de glifosato contra los cultivos ilícitos ha sido documentado como causa directa de daños en las chagras indígenas, los bosques y las fuentes hídricas. En la Sierra, las poblaciones indígenas han denunciado un impacto análogo. La montaña sagrada quedó atrapada en la lógica química de una guerra contra las drogas librada en su piel.
El macizo como tablero armado
Esa misma geografía —todos los pisos térmicos en menos de cincuenta kilómetros, espesura montañosa, salida al mar por el norte, valles fértiles al oriente y occidente— convirtió a la Sierra Nevada en un punto estratégico de disputa entre actores armados que competían por el control de las economías ilegales. Durante los años noventa y la primera década del siglo XXI, el paramilitarismo tomó posiciones sobre el macizo con una intensidad devastadora.
El Bloque Resistencia Tayrona, comandado por Hernán Giraldo Serna, operó en el municipio de Santa Marta y en la vertiente nororiental de la Sierra, así como en corregimientos del Magdalena como Palmor y San Pedro de la Sierra. Su financiación combinó impuestos a tierras y ganado, extorsión a comerciantes, robo de mercancías, contrabando y, progresivamente, narcotráfico. En la vertiente sur y occidental actuó el Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia, cuya presencia produjo desplazamientos masivos que vaciaron territorios de los departamentos del Cesar y del Magdalena durante los años noventa. Estructuras menores, como las Autodefensas del Sur del Magdalena e Isla de San Fernando —conocidas como Los Chepes—, quedaron integradas al proceso paramilitar y contribuyeron a la ocupación armada.
Para los pueblos indígenas, esa incursión armada tuvo una dimensión que trascendió la violencia física. Según su cosmovisión, cualquier ingreso de personas ajenas al territorio sagrado es una afrenta, y la intromisión de estructuras armadas en lugares sagrados fue interpretada como una violación colectiva de la vida territorial y espiritual. Las comunidades quedaron sometidas a espacios de lucha, control y marginación. Se les impidió realizar los pagamentos, se cerraron rutas ancestrales, se profanaron sitios que llevaban siglos siendo protegidos por el silencio y la distancia.
El pueblo kankuamo, el más asimilado y menos disperso de los cuatro, sufrió con particular dureza el asedio armado. Su territorio, ubicado en la vertiente sur-oriental del macizo cerca de Valledupar, quedó atrapado entre guerrillas, paramilitares y fuerza pública. La pérdida cultural acumulada por generaciones de contacto forzado se combinó con el desplazamiento y las masacres, y solo a comienzos del siglo XXI el pueblo kankuamo emprendió un proceso sistemático de reconstrucción de identidad, apoyándose en los otros tres pueblos hermanos.
La disputa territorial en la Sierra, sin embargo, no involucra únicamente a los actores armados. Intereses de gremios económicos, proyectos mineros, iniciativas turísticas y megaproyectos de infraestructura han presionado también sobre el macizo. Esa presión combinada ha producido una desarticulación política entre las comunidades indígenas y las campesinas que habitan las mismas laderas, cuyo punto de entrada más claro es la reestructuración permanente de la tenencia y el uso de la tierra: ¿quién es campesino y quién colono? ¿quién ocupa terrenos de resguardo y quién posee baldíos legítimos? ¿cómo se manejan las transferencias del Estado, los recursos de regalías y los proyectos productivos? Estas preguntas, técnicamente jurídicas, son en la práctica los frentes de una guerra silenciosa por el macizo.
La Línea Negra
Frente a esa acumulación de presiones, los pueblos de la Sierra han desplegado desde finales del siglo XX una estrategia jurídico-cosmológica que culminó en 2018, cuando el gobierno colombiano reconoció formalmente la Línea Negra. Es una frontera imaginaria —o mejor, ceremonial— que demarca el territorio ancestral de los cuatro pueblos indígenas, y que delimita tres resguardos indígenas junto con puntos sagrados dispersos por fuera de ellos. El reconocimiento impone restricciones al desarrollo económico dentro de ese perímetro y protege ecosistemas y lugares de culto que hasta entonces estaban jurídicamente a la intemperie.
La Línea Negra no es un simple lindero administrativo. Corresponde al recorrido que los mamos identifican como el circuito de pagamentos: puntos precisos en la costa, en las ciénagas, en los valles y en las montañas hacia los cuales convergen las ofrendas que sostienen el equilibrio del Corazón del Mundo. Su reconocimiento estatal significa que el Estado colombiano acepta, al menos formalmente, una cartografía sagrada como límite de su propia acción. Es una concesión notable, y también un caso complejo de negociación entre categorías cosmológicas y categorías jurídicas modernas.
Ese reconocimiento se inserta en una tendencia más amplia. Desde finales de la década de 1980, durante el gobierno de Virgilio Barco, el Estado colombiano empezó a reconfigurar su relación con los pueblos indígenas y a construir una imagen de ellos como guardianes del medio ambiente. La imagen se aplica principalmente a los pueblos de la Sierra Nevada y de las tierras bajas amazónicas, y tiene un doble filo. Por un lado, ha permitido avances jurídicos significativos —resguardos, autonomía, consulta previa, Línea Negra— que serían impensables en un marco meramente asimilacionista. Por otro, ha instrumentalizado la agencia indígena para fines estatales de proyección internacional y de política ambiental, encuadrándola en un papel que los propios pueblos no siempre eligieron. La imagen del guardián puede ser útil, pero también puede convertirse en camisa de fuerza.
Un macizo bajo presión
La Sierra Nevada del siglo XXI enfrenta simultáneamente los legados de todas las capas anteriores. La minería ilegal ha contaminado ríos con mercurio en territorios indígenas. Las fumigaciones han deteriorado suelos y biodiversidad. La deforestación por expansión de la frontera agrícola y ganadera avanza sobre laderas medias. El turismo hacia Ciudad Perdida, aunque regulado, presiona zonas antes intocadas. El cambio climático, con su efecto acelerado sobre las montañas litorales, está reduciendo el hielo del pico Bolívar y del pico Colón —esos glaciares tropicales que la geografía escolar aprendió a nombrar como nieves perpetuas y que hoy sabemos que no lo son.
La biodiversidad del macizo es de una densidad que pocos lugares del planeta igualan, precisamente por la compresión altitudinal. Cada centenar de metros de ascenso cambia la comunidad vegetal y animal. Las adaptaciones xerofíticas de la costa, la selva húmeda de las estribaciones intermedias, los bosques de niebla y la vegetación de páramo conviven en un espacio brevísimo. Cada pérdida ambiental —una fumigación, un cultivo ilícito, una minería, una carretera— reverbera en cascada por todo el sistema.
La lógica indígena de uso del territorio, sostenida en el uso vertical y ritualizado del macizo, no es una alternativa sentimental frente a la crisis: es un modelo empírico que sostuvo la habitación humana de la Sierra durante al menos dieciocho siglos sin colapso ambiental. Los taironas transformaron el paisaje con terrazas, canales e irrigación, pero lo hicieron en una escala que su descendencia contemporánea sigue considerando sostenible. Las capas posteriores —conquista, colonización, marimba, coca, paramilitarismo, minería— operaron en cambio bajo una lógica extractiva de corto plazo, con impactos acumulados que hoy amenazan la viabilidad del macizo.
Corazón del Mundo
Los mamos llaman a la Sierra Nevada el Corazón del Mundo. La expresión no es metáfora piadosa. Describe un modelo cosmológico en el que el macizo es el órgano central de un cuerpo mayor, y las líneas negras son las venas que lo conectan con el mar, su placenta. Bajo esa concepción, cada montaña, cada río y cada laguna tiene una función precisa en el equilibrio de la vida universal. Los pagamentos son la circulación que mantiene ese sistema activo.
La historia moderna del macizo puede leerse como una serie de intentos, desde afuera, de convertir el Corazón del Mundo en otra cosa: en depósito de oro, en frontera evangelizadora, en cuna de civilización perdida, en zona cafetera, en tablero armado, en área protegida, en destino turístico. Ninguno de esos intentos ha logrado sustituir del todo la lógica original. Todos han dejado sedimentos. La Sierra Nevada de Santa Marta, hoy, es el resultado acumulado de esas capas superpuestas: una montaña litoral única en el planeta, habitada por cuatro pueblos que se saben herederos de una civilización que tejió piedra y agua durante milenios, y disputada por fuerzas que la reducen a variable de otras ecuaciones.
Que la lógica indígena haya sobrevivido a la conquista, al colapso demográfico, a la Misión Capuchina, a la Violencia, a las bonanzas ilegales y al paramilitarismo dice algo sobre su resistencia. Que hoy tenga que negociar su vigencia con el propio Estado que la reconoce dice algo sobre las paradojas del presente. La Sierra Nevada sigue allí, pirámide de tres caras entre el mar y la nieve, esperando —como esperan las montañas— que las capas humanas encuentren, o no encuentren, un modo de habitarla sin extinguirla.
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Documentos y fragmentos citados
39 documentos · 48 fragmentos01Historia de Colombia. La Colombia más Antigua. Tomo 1Gonzalo Hernández de Alba (dir.); Camilo Domínguez O., José L. Lorenzo, Amancio Fernández, Gonzalo Correal y otros · p. 1451 cita
[1]litoral Atlántico. Se considera la montaña de litoral más elevada del mundo, y sus picos son los más altos del país: el Bolívar, de 5.775 m, y el Colón, de 5.770. Estas 118 ZONA ARQUEOLOGICA TAIRONA Ia Xm cumbres se levantan bruscamente desde el nivel del mar hasta las nieves perpetuas, a pocos kilómetros del litoral,…
p. 145
02Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader · 2002 · p. 452 citas
[2]han condicionado el desarrollo de acantilados de hasta 60 m de altura. La peculiar forma de la Sierra Nevada de Santa Marta hace que los vientos alisios del nordeste dejen en el flanco norte la mayor parte de su carga de hume- dad y, por tanto, que esta vertiente sea la más hú- meda. Dichas condiciones climáticas…
p. 45
[6]han condicionado el desarrollo de acantilados de hasta 60 m de altura. La peculiar forma de la Sierra Nevada de Santa Marta hace que los vientos alisios del nordeste dejen en el flanco norte la mayor parte de su carga de hume- dad y, por tanto, que esta vertiente sea la más hú- meda. Dichas condiciones climáticas…
p. 45
03Colombia: A Country StudyRex A. Hudson (editor) · 2010 · p. 1671 cita
[3]Occidental, however, is a sheer wall of barren peaks. The Cordillera Central also begins at the Ecuadorian border, where several volcanoes are located, including the 4,276-meter Ga- leras, which erupted most recently in February and June 2009. The Cordillera Central is the loftiest of the mountain systems. Its…
p. 167
04Notas de viaje: Colombia y Estados Unidos de AméricaSalvador Camacho Roldán · 2017 · p. 1231 cita
[4]modesta y con todo más alta que nuestros Vosgos, abre sus anchos valles y despliega sus cimas redondas, encima de las cuales el Cerropintado, 124 Síndíice Círístc Rcniaó dispuesto como una gran fortaleza rectangular, proyecta bastiones alternativamente blancos y negros. Al oeste, la Sierra Nevada, con escarpes rojos y…
p. 123
05Peregrinación de AlphaManuel Ancízar · 2016 · p. 2931 cita
[5]alto de la Sierra, llevando a los lados y al frente muros de roca revolcados entre arena, greda y cascajo, arrancados del suelo por el cortante filo del nevero, y presentando el aspecto de sul - cos de 40 a 60 metros de altura. El del costado derecho se prolonga cerro arriba durante media legua hasta el borde de las…
p. 293
06Colombia: bosquejo de su geografía tropical vol. IErnesto Guhl · 2016 · p. 511 cita
[7]pie de los Andes. Además de la Sierra Nevada de Santa Marta, existen las siguientes principales formaciones orográficas no andinas: la Serranía del Darién, la cordillera del Baudó, las monta- ñas y serranías del Caribe y de La Guajira, y la Serranía de 52 Eíndice Grst la Macarena. Hay también diversas elevaciones de…
p. 51
07Colombia: bosquejo de su geografía tropical vol. IIErnesto Guhl · 2018 · p. 6951 cita
[8]una cortina de espesa neblina desciende sobre las colinas todas las tardes. He acampado en esta neblina y he encontrado que empapa todas las cosas tan enteramente como una lluvia ligera. Pero a la mañana siguiente el sol dispersa la neblina, y la vegetación se muestra sin la menor pro- tección, al más intenso calor y…
p. 695
08Viaje a la Sierra Nevada de Santa MartaÉlisée Reclus · 2016 · p. 2381 cita
[9]ribera, pero algunos minutos después, en el paso de un pequeño lago en el cual creímos inútil ponernos a la defensiva, uno de nuestros dos perros fue repentinamente atrapado por un cocodrilo, dio un débil grito, y desapare - ció en el agua con su raptor. Más allá del Enea nos fue preciso atravesar muchos arroyos o…
p. 238
09Gran Enciclopedia de Colombia - Geografía 2Alfonso Pérez Preciado (Dirección académica y textos); Fernando Wills Franco (Dirección de proyecto); Camilo Calderón Schrader, Alberto Ramírez Santos (Coordinación editorial) · 2007 · p. 39, 2522 citas
[10]La Sierra Nevada de Santa Marta ha sido habita- da, desde épocas precolombinas, por grupos étnicos que han alcanzado grados diversos de complejidad cultural. Poco antes de la Ilegada de los espanoles habia civilizaciones muy desarrolladas. En 1976 los arquedlogos descubrieron Buritaca 200 (Ciudad Per- dida), una de…
p. 252
[25]kogui vive en los departamentos de La Guajira, Cesary Magdalena punto geografico colombiano con el nombre de cabo de la Vela. Tras corta expedicién de Pedro Alonso Nifio, fue el andaluz Rodrigo de Bastidas quien emprendié en 1501 la primera gran exploraci6n de esa area vasta y alucinante, la cual empez6 por lo que…
p. 39
10Economías prehispánicas de ColombiaAlberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres, Santiago Giraldo, Daniela Castellanos Montes, Marianne Cardale de Schrimpff, Carl Henrik Langebaek, María Antonieta Corcione Nieto, Catalina Zorro, Luisa Mendoza, Marcela Bernal, Lucero Aristizábal, Leonor Herrera · p. 242, 2474 citas
[11]viviendas habían sido construidas alrededor de dos grandes plazoletas centrales y dos estructuras que a todas luces parecían “templos”, motivó el argumento de que se trataba de complejos religiosos o centros ceremoniales, lo cual correspondía bastante bien con lo que para la época era tomado como seña de una secuencia…
p. 247
[12]viviendas habían sido construidas alrededor de dos grandes plazoletas centrales y dos estructuras que a todas luces parecían “templos”, motivó el argumento de que se trataba de complejos religiosos o centros ceremoniales, lo cual correspondía bastante bien con lo que para la época era tomado como seña de una secuencia…
p. 247
[15]Esto incluye el modo como se conceptualiza lo privado y lo público, los cambios en la forma de interactuar de sus habitantes y qué reglas se deben seguir para poder construir o no espacios como estos. Los nuevos análisis buscan alejarse de aproximaciones puramente funcionalistas y adaptativas, tales como la propuesta…
p. 242
[16]Esto incluye el modo como se conceptualiza lo privado y lo público, los cambios en la forma de interactuar de sus habitantes y qué reglas se deben seguir para poder construir o no espacios como estos. Los nuevos análisis buscan alejarse de aproximaciones puramente funcionalistas y adaptativas, tales como la propuesta…
p. 242
11Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · p. 3591 cita
[13]cultivo del maíz y este, así como otros cultígenos y frutales, se sembra- ban en campos y terrazas irrigadas. En las tierras planas, cerca de la actual ciudad de Santa Marta, los españoles que- daron admirados con el perfecto sistema de irrigación que 170 Llama la atención que la oposición que existía entre ciertas…
p. 359
12Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · p. 1321 cita
[14]activa vida ritual y mágico-reli- giosa. Poseían un dinámico mercado entre los dis- tintos poblados de la sierra —para lo que utiliza- ban una extensa red de caminos de piedra-, basado en productos agrícolas, la sal, el pescado y las manufacturas artesanales, como objetos de oro, mantas de algodón, adornos de plumas y…
p. 132
13Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 87, 912 citas
[17]n de este orden, es decir, el ciclo de los solsticios, y equinoccios, junto con la formulaci ó n de un calendario agr í cola y ceremonial, quedaba a cargo de los sacerdotes, que constru í an sus templos y centros ceremoniales en funci ó n de estos fen ó menos astron ó micos y meteorol ó gicos. El Sol y la Luna eran…
p. 91
[19]parece que ten í an en cada hoya hidrogr á fica varios centros de redistribuci ó n, en forma de ciudades. Cada ciudad rodeada de sus cultivos, y aun cada grupo de terrazas aisladas, formaba as í un ecosistema artificial. ‘ Al comienzo del siglo xvi gran n ú mero de poblaciones de los Tairona se hab í an aglutinado…
p. 87
14Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 421 cita
[18]con la de grupos vecinos; su cerámica ha sido comparada con la del complejo La Mesa, del extremo sur de la sierra, y a través de éste con algunos aspectos del segundo hori- zonte pintado guajiro, las tradiciones tardías de la cuenca del lago Maracaibo y el horizonte de urnas cefalomorfas de la cuenca del valle del…
p. 42
15Herederos del jaguar y la anacondaNina S. de Friedemann, Jaime Arocha · 2016 · p. 69, 4642 citas
[20]vaciones sobre el crecimiento de la yuca y a experimentos para lograr un máximo éxito después de cada siembra. Las cadenas de relaciones sobre las cuales hemos venido hablando no son excepcionales. En una publica- ción de 1978, Arocha demostró que la interacción entre 70 Jfiínd Aicerfi s Nítfi S. ad Fiídadnfitt…
p. 69
[34]tros así, haciendo para cambiar. Civilizado es distinto. Engaña, pelea. Coge machete, coge tierra, diciendo: eso mío, eso mío. Nosotros buenos. Alquilamos tierra y paga- mos; cogemos y devolvemos. Decimos: voy a hacer tal cosa 465 Hfiífinfiídi nfic erstrí a cr rórfdónr y la hacemos. Así nada pierde. Así gente está…
p. 464
16Aproximaciones a la historia del Derecho en ColombiaLuis Freddyur Tovar, Beatriz Eugenia Salamanca Charria, Carlos Andrés Delvasto Perdomo, Carlos Andrés Echeverry Restrepo, Francesco Zappalá Sastoque, Iván Alberto Díaz Gutiérrez · 2014 · p. 1701 cita
[21]y grados de desarro - llo. Los Guajiros, de lengua Arawak, nómadas y por ello con escasa agricultura. Más abajo se encontraban los Indios del Valle de Uupar que desaparecieron definitivamente y de cuya cultura se carece de datos. El grupo de los Indios Taironas, Melo los describe como el pueblo de más alto desarrollo…
p. 170
17Magdalena. Historias de ColombiaWade Davis · 2021 · p. 2901 cita
[22]llamaban los cronistas a los nativos— se había reducido en la región de una población de setenta mil a apenas ochocientos, debido a una combinación de abusos, fiebres y esclavitud. En las islas del Caribe, unos tres millones de arahuacos murieron entre 1494 y 1508. Transcurridos apenas 150 años desde la llegada de…
p. 290
18Historia de Colombia - La Colombia más Antigua IIRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico), Juan Salvat, Roberto García Rojas (dirs.) · 1988 · p. 741 cita
[23]Tras la fundación de Santa Marta, en el año 1525, se empezaron a descubrir en sus alrededores y en las estribaciones del inmenso ma- cizo montañoso de Sierra Nevada, gran cantidad de enterramientos indígenas que contenían ricas ofrendas funerarias en objetos de oro, piedras finas, conchas, hueso y cerámica. Algunos…
p. 74
19¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · p. 311 cita
[24]esta cifra aún más en las epidemias de tifus que llegaron en el siglo XVII. Solo hasta 1905 el país volvería a registrar un número de habitantes parecido. A pesar de la catástrofe que significó la Conquista para el diverso mundo cultural indígena, este no fue un proceso rápido ni pleno, pues las guerras se prolongaron…
p. 31
20Historia económica de Colombia, 1845-1930William Paul McGreevey · 2015 · p. 281 cita
[26]colombianos. En cierta medida, las tres clases de problemas definen un conjunto de igual número de periodos de la historia económica del país e indican la organización general de la obra. A. Supervivencias coloniales El área que se conoce hoy como Colombia fue ocupada por los españoles en la tercera década del siglo…
p. 28
21Antropología hecha en Colombia. Tomo IIEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 54, 2542 citas
[27]de los animales, las piezas de cacería y determinaba en gran medida la disponibilidad de los recursos y sus usos. Su intervención era (y es) fundamental — mediante salmos y rezos, ritos y otras ceremonias— para la reproducción de los mismos animales: recogía el “alma” de la presa y la remitía a su lugar de origen, a…
p. 54
[45]la desarticulación política entre indígenas y campesinos en la Sierra Nevada de Santa Marta. Este no es el único caso en Colombia ni en otros contextos mundiales, pero aquí expongo mi argumento en relación con este tema. El punto de entrada de dicha desarticulación es la reestructuración de la tenencia y del uso de la…
p. 254
22El río: exploraciones y descubrimientos en la selva amazónicaWade Davis · 2017 · p. 971 cita
[28]viajaba de población en población, con su instrumental y la fresa de pie atados al lomo de una mula. Adalberto vivía cerca de su madre, Juanita, en una casa que quedaba un poco más abajo de la nuestra, a la sombra de un mango. Faustino, otro hermano, era el comisario de Sogrome y uno de los personajes silenciosos que…
p. 97
23Cuando los pájaros no cantaban: historias del conflicto armado en ColombiaAlejandro Castillejo-Cuéllar · 2022 · p. 1291 cita
[29]intervención. Nosotros hablamos de las plantas sagradas, de los lugares sagrados, de las montañas donde vienen los elementos sagrados. La mujer tiene la oportunidad de tener esa placenta donde se origina la vida, que para la Madre Tierra es el mar. La Volumen Testimonial del Informe Final de la Comisión de la Verdad…
p. 129
24Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · p. 145, 1872 citas
[30]entran por la abertura de la puerta. El caso de las viviendas y centros ceremoniales de los indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta es bien conocido. El antropólogo Donald Tayler encontró que para cada ijka tiene una extraordinaria importancia la noción de centro, generalmente su casa, su labranza o su santuario,…
p. 145
[31]los barí, de la serranía de Perija. Ellos viven en grandes casas comunales, habitadas por cerca de 50 personas. Pero no tienen una, sino varias de esas grandes casas, las cuales ocupan de manera estacional. Ni los kogi, ni los u'wa, ni los barí son casos únicos: de hecho, ninguno de los grupos indigenas que habitaban…
p. 187
25Memorias plurales: experiencias y lecciones aprendidas para el desarrollo de los enfoques diferenciales en el Centro Nacional de Memoria Histórica. Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento históricoCentro Nacional de Memoria Histórica · 2018 · p. 731 cita
[32]pensamiento del pueblo wiwa en la multimedia wiwa: www.wiwagolkushetayrona.org- Así describe los recorridos uno de los jóvenes investigadores: Nosotros primero nos encontramos en Riohacha, en la Casa Indíge- na y de ahí sacamos un tiempo y tuvimos contacto con el mamo Anto- nio Pinto, él también invitó un mamo mayor…
p. 73
26En las regiones de Colombia. La Universidad del Rosario piensa el paísJuan Felipe Córdoba Restrepo, Claudia Dulce Romero, Natali Maldonado Pineda · 2021 · p. 251 cita
[33]de la identidad y la cultura, así como para la construcción colectiva de autonomía. La tejeduría arhuaca es además una contribución a la economía y al desarrollo cultural y espiritual de este pueblo. Las mujeres tejen también mochilas pequeñísimas donde se guardan reliquias, protecciones y. La racionalidad histórica,…
p. 25
27Marijuana Boom: The Rise and Fall of Colombia's First Drug ParadiseLina Britto · 2020 · p. 331 cita
[35]on a tropical agriculture project he described as a “great whirlwind of work and commerce” involving a “brave people who live without preoccupation for the future.” 10 Although Reclus’s project failed and he returned to Europe empty-handed —to become the father of comparative geography—others followed his example and…
p. 33
28Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · p. 351 cita
[36]rescate de las formas de ver el mundo, distintas a la dominante, pues, de otro modo, desaparecerían en el curso de pocas generaciones. Es sorprenden- te encontrar que incluso criollos de fines del siglo XVIII planteaban la urgencia de un trabajo de rescate para saber cómo eran las sociedades indígenas que pronto…
p. 35
29Nueva Historia de Colombia. Vol. IV: Educación y Ciencia, Luchas de la Mujer, Vida DiariaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Magdala Velásquez Toro, Renán Silva Olarte, Jaime Jaramillo Uribe, Aline Helg, Gabriel Poveda Ramos, Jorge Arias De Greiff, Bernardo Tovar Zambrano, Rubén Sierra Mejía, Enrique Low Murtra, Gonzalo Cataño, Jaime Arocha Rodríguez, Néstor José Miranda Canal, Patricia Londoño Vega, Santiago Londoño Vélez · p. 2521 cita
[37]la Sierra, a la cual le cupo la responsabilidad de recons- truir el sitio arqueológico Buritaca 200, posiblemente tairona, que a partir de ese momento se denominó «Ciudad Perdida». En este esfuerzo, como en los anteriores, el desarrollo de la teoría an- tropológica o el cumplimiento de metas científicas ocuparon…
p. 252
30Antes de Colombia. Los primeros 14.000 añosCarl Henrik Langebaek · 2021 · p. 221 cita
[38]que le antecedieron, pero en el imaginario esa idea de progreso es muy difícil de erradicar. Ciertamente, ese no fue el caso del trópico suramericano, y no hay nada malo en ello. Simplemente, nos permite renunciar a lo que James Scott ha llamado la “hipnosis arqueológicamente inducida de la noción de imperio”, ese…
p. 22
31Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. CaribeComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 371 cita
[39]Sierra Nevada de Santa Marta hay esperanza para la pervivencia de sus pueblos. Como resultado de la lucha y resistencia de los pueblos indígenas, en 2018, el Gobierno de Colombia reconoció la Línea Negra, una frontera imaginaria que demarca el territorio, impone restricciones al apetito económico, protege ecosistemas…
p. 37
32La tierra se quedó sin su canto. Trayectoria e impactos del Bloque Norte en los departamentos de Atlántico, Cesar, La Guajira y Magdalena. Tomo IICentro Nacional de Memoria Histórica · 2022 · p. 1711 cita
[40]de la existencia como colec- tividad, ya que les permite expandir los ámbitos culturales, espirituales, sociales, económicos y políticos. Sobre el territorio, Naciones Unidas men- cionó que “el derecho y el acceso a la tierra, así como el control sobre ella y sus recursos, son necesidades centrales para los pueblos…
p. 171
33Managing Multiculturalism: Indigeneity and the Struggle for Rights in ColombiaJean E. Jackson · 2019 · p. 2361 cita
[41]first articulated in the late 1980s by then- president Vir - gilio Barco. The state’s generic construction of lo indígena was reconfigured to portray the pueblos as stewards of the environment, a gaze just as essential - izing and homogenizing as what preceded it, and one that refers mainly to Sierra Nevada and…
p. 236
34Sistemas de guerra: La economía política del conflicto en ColombiaNazih Richani · 2003 · p. 791 cita
[42]Guajira, Cesar y el Magdalena Medio. En 1974, aproximadamente 80% de los finqueros en La Guajira sembraban marihuana. Esa bonanza eco- nómica pronto se vio afectada por una quiebra a comienzos de los años ochenta,. cuando el precio de la marihuana colombiana empezó a caer con el surgimiento de una variedad más potente…
p. 79
35La tierra se quedó sin su canto. Trayectoria e impactos del Bloque Norte en los departamentos de Atlántico, Cesar, La Guajira y Magdalena. Tomo ICentro Nacional de Memoria Histórica, Lukas Rodríguez Lizcano · 2022 · p. 401 cita
[43]menor a cincuenta kilómetros todos los pisos térmicos, lo que favorece la libre siembra y la producción de cultivos en laboratorios escondidos en la espesura de las montañas de la Sierra (Villarraga, 2009, p. 16). La SNSM se convirtió en un punto estratégico de disputa de los distintos actores armados para el control…
p. 40
36Resistir no es aguantar. Violencias y daños contra los pueblos étnicos de ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 2751 cita
[44]de pan coger 567, lo que afectó la salud de todos los seres vivien- tes del territorio. Un mayor arhuaco habló sobre las afectaciones que sufrió la Sierra Nevada de Santa Marta: «Luego, vino la fumigación ¿no?, de productos químicos que son prohibidos en otros países, fueron esparcidos en la sierra. Eso creo que ha…
p. 275
37El orangután con sacoleva: cien años de democracia y represión en Colombia (1910-2010)Francisco Gutiérrez Sanín · 2014 · p. 3211 cita
[46]presento algunos ejempli > *, pero quedan todavía varios por fuera. 31 4 315 s o s * “ a e n p c s o e o c o l e s g a Estructura Coman dante Financiación Relación ganaderos Ubicación Fuente 1 Fuente 2 Bloque Resistencia Tayrona Sierra Ne vada de Santa Marta. Hernán Giraldo Serna. "Impuestos a las tierras y al ganado,…
p. 321
38Hasta la guerra tiene límites. Violaciones de los derechos humanos, infracciones al derecho internacional humanitario y responsabilidades colectivasComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 6741 cita
[47]años noventa dejaron un país convulsionado por la crudeza de la guerra. En las zonas donde el paramilitarismo fue ganando el pulso, los territorios fueron vaciados con desplazamientos masivos, como ocurrió en la frontera con Panamá, y el Caribe en las regiones de Urabá, Montes de María y los departamentos de Cesar y…
p. 674
39Nuevos escenarios de conflicto armado y violencia. Panorama posacuerdos con AUC. Región Caribe, Departamento de Antioquia, Departamento de ChocóÁlvaro Villarraga Sarmiento, Alberto Santos Peñuela, Priscila Zúñiga Jiménez, Margarita Jaimes Velásquez, Lukas Rodríguez Lizcano, Gisela Andrea Aguirre García, Camilo Villamizar Hernández · 2014 · p. 221 cita
[48]1994. De tal forma, durante esa década la región Caribe al igual que otras del país, fue escenario del impacto de los procesos de paz con varias guerrillas en los noventa y de la aplicación de progra - mas de reinserción a la vida civil (Villarraga S., Álvaro, compilador y editor, 2006). Sin embargo, paralelamente en…
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