Flautas malibúes estandarizadas del Bajo Magdalena
Entre los siglos XII y XIV, alfareros malibúes de la llanura anfibia del Bajo Magdalena produjeron flautas de pico en cerámica con medidas idénticas entre sí, rasgo excepcional en la cerámica precolombina colombiana que evidencia producción seriada, especialización artesanal y una vida ceremonial codificada en redes regionales de intercambio.
Ficha del acontecimiento
Síntesis
- Cuándo
- c. 1100–1300 d.C.
- Dónde
- Mompox, Bajo Magdalena, Depresión Momposina, Zambrano, Plato, Tenerife, Tamalameque, Río Magdalena, Llanura del Caribe
- Protagonistas
- Alfareros malibúes, Cultura malibú, Gerardo Reichel-Dolmatoff, Clemencia Plazas, Ana María Falchetti
Lectura causal
Causas, hecho y consecuencias
Causas
- Existencia de una tradición alfarera ribereña de larga duración en el Bajo Magdalena, con raíces en el sitio de Malambo (c. 1120 a.C.), que acumuló siglos de especialización técnica en cerámica antes del período de producción de las flautas
- Inserción de los talleres malibúes en redes de intercambio de larga distancia que conectaban el Bajo Magdalena con el Sinú, la Sierra Nevada, el litoral y las cordilleras, creando demanda de objetos rituales compatibles e intercambiables entre regiones
- Organización social matrifocal y comunitaria de los malibúes, con prácticas de mercado y trueque, que permitió sostener talleres especializados y transmitir conocimientos técnicos precisos entre generaciones sin requerir un aparato tributario centralizado
- Función ritual colectiva de las flautas, que exigía instrumentos intercambiables capaces de tocarse en ensamble, incentivando la estandarización dimensional como condición técnica del uso ceremonial
Consecuencias
- Consolidación de un foco de especialización artesanal en el Caribe interior colombiano, distinto y contemporáneo de los focos tairona y zenú, que amplía el mapa de la complejidad prehispánica más allá del altiplano muisca y la Sierra Nevada
- Producción de un corpus de aerófonos cerámicos con sonoridad excepcional, denominados también flautas pacabuyes por la concentración de hallazgos guaqueros y arqueológicos en la región de los pacabuyes, aguas arriba de Mompox
- Evidencia material de redes de circulación ritual interregional en el Caribe colombiano, donde objetos estandarizados podían funcionar en contextos ceremoniales de distintas comunidades conectadas por el comercio fluvial
- Legado arqueológico que ha permitido a la arqueomusicología cuestionar los criterios occidentales de evaluación de instrumentos prehispánicos, reorientando el análisis hacia los efectos sonoros colectivos y los ensambles en lugar de la afinación individual
La clave interpretativa
Por qué importa
Las flautas malibúes estandarizadas demuestran que la complejidad productiva y ritual prehispánica en el Caribe interior colombiano no dependía de una jerarquía tributaria ni de un Estado centralizado: talleres comunitarios especializados, articulados en redes de intercambio fluvial, sostuvieron durante al menos dos siglos una producción seriada técnicamente exigente. El caso obliga a revisar los modelos que equiparan complejidad artesanal con estratificación política, y sitúa al Bajo Magdalena como un tercer escenario de sofisticación prehispánica, junto a los taironas y los zenúes, con lógica organizativa propia.
Desarrollo histórico
La historia completa
Flautas malibúes estandarizadas del Bajo Magdalena
Entre los siglos XII y XIV, en la llanura anfibia que se extiende al sur de la actual Barranquilla y se enreda en los brazos del Magdalena a la altura de Mompox, Zambrano y Tamalameque, alfareros malibúes produjeron un tipo de flauta de pico en cerámica cuya rareza no reside en la belleza ni en la abundancia, sino en un rasgo técnico casi contraintuitivo para la arqueología precolombina: todas tienen las mismas medidas. Esa estandarización métrica, excepcional en el conjunto de la cerámica prehispánica colombiana, convierte a un instrumento pequeño de barro cocido en un documento denso sobre la organización artesanal del Bajo Magdalena. Detrás de esa uniformidad hay una mano entrenada que repite, una regla compartida entre talleres y generaciones, y una función ritual lo bastante codificada como para exigir instrumentos intercambiables. Las flautas malibúes obligan a mirar el Caribe interior no como periferia rural de los grandes focos —muiscas al sur, taironas al norte— sino como un tercer escenario de complejidad prehispánica con lógica propia.
El mundo del que brotan
La ribera baja del Magdalena, entre la ciénaga de Zapatosa y la desembocadura, es un país anfibio. Entre el Banco, Tacaloa, el brazo de Mompós y la boca del San Jorge se despliegan más de ciento cincuenta leguas de canales navegables, un delta interno que se ha caracterizado como el más desarrollado de América del Sur para la pesca. En ese territorio de aguas trenzadas, las inundaciones anuales no son catástrofe sino calendario: fertilizan las vegas, mueven los cardúmenes, reordenan las lagunas. La vida humana se acomodó allí a un ritmo distinto del que impuso el altiplano; se organizó alrededor del pescado, la tortuga de río, el manatí, la danta y el venado, con la yuca como base agrícola dominante y el maíz incorporándose después.
Ese ecosistema tenía una historia larga cuando los ceramistas malibúes empezaron a modelar sus flautas. Hacia 1120 a. C., en el sitio de Malambo, al borde de una laguna cerca de la orilla occidental del Magdalena, vivía una población ribereña y sedentaria cuya cerámica se distingue por los grandes budares, esos platos planos que servían para asar cazabe: la yuca brava, procesada con la técnica del pan seco, sostenía la mesa. Se ha postulado que Malambo fue centro de difusión, hacia otros lugares de Sudamérica, del aprovechamiento de la yuca amarga y de los artefactos para procesarla. Con Malambo se inaugura en la Llanura del Caribe una forma de adaptación que desplaza la explotación marino-litoral hacia la fauna de agua dulce de ríos y lagunas: aparecen entonces las tortugas de río, el cocodrilo, el manatí, la danta, el venado y los peces de ciénaga en los basureros arqueológicos, y con ellos un patrón de asentamiento lacustre y ribereño que se prolongará por milenios.
Sobre esa base, en el primer milenio antes de nuestra era y en los siglos iniciales de la era cristiana, los sitios del Bajo Magdalena —Plato, Zambrano, Tenerife— acumulan una cerámica de gran variedad formal: copas, platos pandos, copas de pedestal alto, vasijas antropomorfas y zoomorfas, figurinas humanas, volantes de huso; decoración incisa, tiras y peloticas aplicadas, y una característica cerámica negra brillante. En los basureros de esas localidades aparecieron cuentas de collar en cornalina roja, objetos de orfebrería atribuidos a la hoya del río Sinú, artefactos de conchas marinas y hachas en diorita y andesita traídas desde las cordilleras. La circulación de bienes exóticos es antigua en la región: cuando los alfareros malibúes empiezan a producir flautas estandarizadas, la llanura del Magdalena está integrada desde hace siglos en redes de intercambio que conectan el litoral, el interior fluvial y las tierras altas.
Los propios malibúes aparecen en ese paisaje como una sociedad compleja. Practicaban recolección y agricultura, mantenían costumbres de mercado y trueque —lo que ya los distinguía de comunidades más simples— y presentaban una organización matrifocal en la que las familias se articulaban en torno al papel conductor y formativo de la madre, sin discriminación evidente en los derechos entre hombres y mujeres. Operaban en una economía comunitaria primitiva; no habían llegado, en cambio, al modo tributario que se ha atribuido a los chibchas y, con reservas, a los taironas y a los zenúes vecinos. La diferencia importa: la complejidad malibú no descansaba sobre un aparato tributario ni sobre una jerarquía de señores y vasallos, sino sobre otra clase de tejido —matrifocal, comunitario, apto para el intercambio— que igual permitió, como se verá, producir objetos técnicamente exigentes y ritualmente codificados.
La flauta como pieza técnica
Una flauta de pico es un instrumento en el que el aire, canalizado por un canal fijo dentro de la boquilla, choca contra un bisel para producir el sonido. Es, en organología, la lógica que hoy conocemos por la flauta dulce europea. Como categoría no es común en la Colombia prehispánica: los aerófonos abundan, pero predominan las ocarinas globulares, los silbatos zoomorfos, las flautas traversas y los aerófonos en forma de caracol. La flauta de pico, tal como aparece en el Bajo Magdalena entre c. 1100 y 1300, constituye una singularidad regional.
Su rareza técnica se dobla con una rareza estadística. En la cerámica precolombina, los objetos —incluso los seriados— suelen presentar variaciones apreciables de tamaño, de proporciones, de acabado: cada alfarero introduce su mano, cada taller su norma, cada generación su corrección. Que un conjunto de flautas de barro cocido, recuperadas a lo largo de una vasta zona, presente las mismas medidas es un rasgo muy inusual. No es un detalle menor de manufactura: significa que existía una regla dimensional compartida, transmitida con precisión suficiente para que la desviación individual quedara controlada.
Los guaqueros y los arqueólogos han sacado esas flautas del suelo con tal frecuencia en la región de los pacabuyes —área de asentamiento tradicional situada aguas arriba de Mompox— que a veces se las llama, precisamente, flautas pacabuyes. La denominación remite al desentierro más que a la producción, pero señala la concentración geográfica del hallazgo: el Bajo Magdalena y la depresión momposina, ese corazón anfibio donde los malibúes vivían y morían. La sonoridad de estos instrumentos, según los intérpretes que los han hecho sonar de nuevo, no es igualada por la mayoría de los aerófonos precolombinos de otras regiones y épocas; el juicio comparativo entre sonoridades antiguas es siempre parcial, pero confirma la impresión que da el objeto en la mano: no fue una pieza de ocasión, sino el resultado de una tradición que aprendió a afinar el barro.
Compárense con los otros grandes focos de aerofonía cerámica del país. En la región Nariño-Carchi —Ipiales, valles interandinos del Chota, cuenca del Guaitará— los ceramistas produjeron a lo largo de decenas de generaciones cientos, quizá miles, de aerófonos en forma de caracol, con un delicado tubo enrollado en espiral dentro del cuerpo. Suelen llamarse ocarinas, pero el término es impreciso: las ocarinas son flautas globulares cerradas, y estos instrumentos responden a otra lógica interna, la del tubo helicoidal que serpentea dentro de la vasija. Al menos parte de esa producción se asocia al complejo cerámico Carchi, con un rango documentado entre 1100 y 1700 d. C. Es un caso paralelo en el tiempo al de las flautas malibúes, pero de otra naturaleza técnica y estilística. Más al norte, en Mesoamérica, se han descrito flautas triples y cuádruples de alta complejidad, consideradas las primeras en usar armonía en el mundo prehispánico, asociadas inicialmente a la tradición olmeca y evolucionadas hasta las grandes flautas ceremoniales mayas. Esa familia mesoamericana no bajaría desde el territorio colombiano hacia el sur. Los malibúes, entonces, no formaban parte de una lengua franca continental de flautas: producían algo propio.
Producirlo suponía una cadena técnica exigente. Modelar arcilla con paredes lo bastante delgadas para vibrar, calibrar la cámara interna, tallar la boquilla y el canal de insuflación, situar el bisel en el ángulo adecuado y perforar los orificios digitales en posiciones que aseguren tanto la ejecución como la afinación —todo eso, con la constancia dimensional requerida para que dos flautas hechas por manos distintas suenen aproximadamente igual— requiere un aprendizaje largo y una transmisión estabilizada. Cómo se transmitía ese conocimiento entre generaciones de ceramistas, cómo dialogaban los alfareros con los intérpretes, en qué medida las reglas de forma reflejaban también reglas de tono, son preguntas que siguen abiertas. Lo que sí puede afirmarse es que la estandarización no es un accidente ni una moda pasajera: es la huella arqueológica de una especialización.
El siglo largo de la producción seriada
Situar cronológicamente el fenómeno en el intervalo c. 1100–1300 lo enmarca en el período tardío del prehispánico caribeño, contemporáneo del apogeo tairona en la Sierra Nevada y del funcionamiento pleno del sistema hidráulico zenú en la cuenca del San Jorge. Ese contexto regional es decisivo para entender qué clase de complejidad representa el caso malibú, porque los talleres malibúes no operaban en el vacío: a un lado y al otro de su territorio, otras sociedades desplegaban formas de organización material que hoy nos resultan más visibles.
A pocas jornadas de canoa hacia el occidente, en la cuenca media y baja del río San Jorge —el antiguo Jegú—, los ingenieros zenúes habían levantado ya un sistema de canales de crianza de pescado y de camellones elevados para sembrar yuca y frutales, resolviendo el problema estructural de las inundaciones estacionales. En la zona de La Mojana se conserva, con patrón de espina de pescado visible aún desde el aire, un sistema de drenaje y avenamiento que se extiende por centenares de kilómetros y permitía la agricultura en época de aguas y la cría de peces y cangrejos en la seca. Ese universo hidráulico produjo, además, una tradición orfebre cuyos objetos circulaban hasta el Bajo Magdalena, como muestran los hallazgos en Zambrano, Plato y Tenerife.
Al norte, en la Sierra Nevada de Santa Marta y en sus estribaciones, los taironas sostenían un mercado local y regional en el que se movían productos agrícolas, sal, pescado y manufacturas artesanales —oro, mantas de algodón, adornos de plumas, objetos tallados en piedra— articulado por una extensa red de caminos de piedra. A través de intermediarios, ese comercio tairona llegaba hasta el territorio muisca; los objetos de mayor trueque eran piezas de oro, collares de cuentas de concha o de piedra y caracoles marinos. Vasijas taironas circularon hasta la isla Salamanca, y la iconografía cerámica de la región —con motivos como el ave con alas desplegadas y esquematizaciones de murciélagos— comparte rasgos con otros sitios del área caribeña, en un juego iconográfico regional del que también participaron los alfareros del Bajo Magdalena.
En medio de esos dos polos, los malibúes producían sus flautas. No hay evidencia directa de un modo de producción tributario que los organizara, ni de una estratificación institucionalizada equivalente a la que se ha inferido para los zenúes en el San Jorge o para los taironas en la Sierra. Y sin embargo, la estandarización métrica de las flautas exige explicación. La posibilidad más elemental es que la transmisión técnica en talleres familiares o comunitarios, sostenida durante generaciones, bastara para asegurar la uniformidad: el modo de producción comunitario primitivo no impide, por sí solo, el desarrollo de destrezas altamente especializadas. Los propios malibúes practicaban intercambio y mercado, y su sociedad era lo suficientemente compleja como para absorber elementos culturales externos sin comprometer su reproducción colectiva.
Una segunda posibilidad es que la uniformidad refleje la inserción de los talleres malibúes en las redes de intercambio de larga distancia que ya conectaban el Bajo Magdalena con el Sinú, la Sierra Nevada, el litoral y las cordilleras. Un instrumento pensado para circular —o para dialogar con instrumentos hechos en otro lugar— tenderá a estabilizar sus medidas. En sitios del Bajo Magdalena aparecen cornalina roja, orfebrería sinuana, hachas cordilleranas: la región no era un enclave aislado, y la codificación de los objetos rituales podía responder tanto a exigencias locales como a compatibilidades interregionales. Las dos explicaciones no se excluyen. Es probable que ambas operaran a la vez: talleres comunitarios especializados, insertos en circuitos regionales de circulación, sostuvieron durante al menos dos siglos una producción que se comportaba como serie sin depender de una jerarquía tributaria para organizarse.
Un objeto cargado
Que las flautas se hicieran en serie no significa que fueran objetos triviales. Al contrario: los indicios sugieren que su función era ritual, y que la estandarización responde precisamente a un uso colectivo codificado. La investigación arqueomusicológica ha insistido en un punto crucial: en la música prehispánica, los efectos sonoros logrados en ensambles fueron tan o más importantes que los sonidos de instrumentos individuales. Evaluar una flauta antigua por su afinación individual, medida con la escala temperada occidental, es un ejercicio metodológicamente inadecuado que sesgó durante décadas la valoración de los aerófonos prehispánicos como más o menos "desarrollados". Lo relevante era el sonido conjunto, la interferencia de dos o más flautas afinadas de manera relacional, los batidos, la sensación acústica que emerge cuando varias voces se superponen.
Que un conjunto de flautas malibúes comparta las mismas medidas encaja con exactitud en ese horizonte: son instrumentos hechos para tocarse juntos. La estandarización deja de ser un rasgo curioso para volverse funcional. Un grupo de intérpretes, en el marco de una ceremonia, requería flautas suficientemente homogéneas como para producir el ensamble que el ritual exigía. La imagen del ejecutante solitario que sopla una flauta única es, aquí, un anacronismo: lo que la evidencia sugiere es una práctica colectiva, con instrumentos que funcionaban como partes intercambiables de un instrumento mayor, la orquesta ceremonial.
Hay, además, un dato coincidente que refuerza la hipótesis. En 1580, en Tenerife, sobre el mismo río Magdalena y en pleno territorio de las antiguas comunidades malibúes-pacabuyes, se documenta la existencia de flautas de pico pareadas: instrumentos que se tocaban de a dos, con la lógica del ensamble incorporada al propio diseño performativo. La continuidad exacta entre las flautas arqueológicas de c. 1100–1300 y esas flautas de finales del siglo XVI no puede darse por establecida sin más, pero la coincidencia geográfica y organológica es notable: la tradición de tocar flautas de pico en pareja o en grupo estaba viva en la región, y su forma más antigua conocida —la flauta estandarizada, hecha para sonar con otras iguales— parece encajar en ese linaje.
Sobre los motivos decorativos y su carga simbólica conviene hablar con cautela. La iconografía tallada y modelada en objetos del Caribe prehispánico colombiano incluye representaciones de aves y caimanes, y las lecturas simbólicas —el ave negra de cabeza roja asociada a la muerte, el caimán como criatura de umbral entre el agua y la tierra— abren posibilidades interpretativas ricas, aunque siguen siendo preguntas abiertas más que respuestas establecidas. Lo mismo vale para la elección de ciertos materiales: se ha planteado, sin resolverse todavía, si el empleo del material calcáreo marino de las caracolas para objetos rituales buscaba plasmar relaciones simbólicas entre el mar, los estuarios y los aires en el marco ceremonial. Estas preguntas están vivas para el Bajo Magdalena y su entorno, y le devuelven a los objetos su densidad simbólica sin exigir de la arqueología certezas que no puede dar.
Que la vida ritual malibú fuera intensa y estuviera codificada es, sin embargo, algo que puede afirmarse sin exceso. En Momil, en el bajo Sinú vecino, se hallaron pequeñas figurinas de barro y un conjunto de artefactos —banquitos, ollitas, tubos finos— que se han relacionado, hipotéticamente, con prácticas chamánicas y posiblemente con el uso de sustancias alucinógenas. Se trata de una de las primeras evidencias de chamanismo entre los agricultores del Formativo caribeño. Cuando, siglos después, los cronistas españoles llegaron a la región, la reacción fue significativa: se asoció sistemáticamente a los especialistas rituales indígenas —sacerdotes, chamanes— con el diablo, identificando su deidad suprema con el demonio. Esa lectura se volvió oficial, fue seguida por escritores posteriores, y ofreció amplia justificación para la destrucción sistemática de los sistemas musicales y ceremoniales amerindios. La destrucción no fue solo material —quema de objetos, prohibición de rituales— sino también epistemológica: los instrumentos sobrevivientes llegaron a nosotros, en buena parte, arrancados de sus contextos por la guaquería, sin la información arqueológica controlada que permitiría anclar cada pieza a un lugar y a una práctica específicos.
Por qué el catálogo se quedó corto
La historiografía colombiana ha construido su mapa de la complejidad prehispánica alrededor de dos focos: los muiscas del altiplano cundiboyacense y los taironas de la Sierra Nevada. La razón es en parte histórica —el primer contacto sostenido con una sociedad indígena a gran escala fue con los muiscas, y la Sierra Nevada quedó pronto bajo la mirada de los cronistas de Santa Marta— y en parte estructural: ambos casos calzan con las categorías clásicas de "cacicazgo complejo" o "confederación", y su arquitectura, orfebrería o urbanismo dejaron huellas visibles y fácilmente narrables.
Los malibúes quedaron fuera de ese canon. Su territorio, la depresión momposina y las riberas del Bajo Magdalena, es un paisaje que la iconografía nacional asoció durante largo tiempo con el atraso: tierra de calor, mosquitos, mestizaje temprano y ganadería colonial, no de imperios. Su organización social no encajaba en las categorías de complejidad importadas del altiplano andino: matrifocal, comunitaria, sin aparato tributario visible, abierta al intercambio pero sin las jerarquías arquitectónicas que llamaron la atención de los cronistas. Y sus objetos más sofisticados —las flautas entre ellos— fueron durante décadas material de guaquería antes que de excavación sistemática, lo que privó a la disciplina de los contextos arqueológicos controlados con los que sí contó, por ejemplo, la investigación sobre los taironas.
A ese olvido contribuyó el colapso demográfico posterior a la conquista. Una Relación geográfica de 1579 sobre los malibúes de Tamalameque sostenía que su población no era ni la décima parte de lo que había sido pocos años antes del contacto. El descenso fue resultado de una combinación conocida —abusos de encomenderos y corregidores, guerras de conquista, enfermedades, mestizaje, suicidio colectivo, fuga a montes lejanos— a la que en el caso de Loba se añadió el trabajo obligatorio de boga en canoas, una suerte de mita fluvial que acabó de descomponer las comunidades ribereñas. Cuando la etnografía y la arqueología del siglo XX empezaron a reconstruir el mundo malibú, buena parte del sujeto histórico ya había desaparecido; quedaban objetos, topónimos, referencias documentales dispersas y, en la memoria regional, herencias técnicas —embalses, traslado de ganado mayor mediante procedimientos que los cronistas señalaron como desconocidos en España— que hablaban de una capacidad de adaptación e innovación cuya profundidad histórica se hizo difícil de medir.
Reconocer el foco malibú como un tercer polo de complejidad prehispánica caribeña obliga a matizar el propio concepto de complejidad. No se trata de sostener que los malibúes fueran equivalentes a taironas o a muiscas en organización política, en escala poblacional o en producción de excedentes: no lo eran. Se trata de aceptar que la estandarización técnica sostenida durante dos siglos, la producción seriada de instrumentos rituales, la codificación de una vida ceremonial que exigía ensambles de flautas iguales, y la inserción en redes de intercambio de larga distancia son también manifestaciones de complejidad, aunque descansen sobre una arquitectura social distinta. La complejidad malibú fue —en un sentido preciso— ecológica, artesanal y ritual antes que política y tributaria. Ese perfil no la hace menor: la vuelve distinta, y precisamente por distinta, iluminadora.
La flauta que sigue sonando
De las flautas malibúes queda, en primer lugar, el objeto: la pieza de barro cocido, con sus medidas repetidas, sus orificios digitales, su boquilla de pico y su cámara interior calibrada, que se conserva en colecciones arqueológicas y museológicas y que todavía puede hacerse sonar. Queda, en segundo lugar, un problema historiográfico: cómo pudo una sociedad sin modo tributario producir, a lo largo de más de dos siglos, una serie de instrumentos rituales cuya uniformidad exige coordinación técnica y codificación cultural sostenidas. La respuesta no está cerrada. Es probable que la tradición se transmitiera en talleres comunitarios articulados por parentesco matrifocal, con reglas de forma estabilizadas por la práctica ceremonial y reforzadas por la circulación de objetos en las redes regionales del Caribe. Pero la sociología concreta de esos talleres —cuántos eran, cómo se relacionaban, qué compartían con los alfareros zenúes o taironas vecinos— sigue siendo territorio de investigación abierta.
Queda, en tercer lugar, una advertencia sobre el mapa. La imagen escolar de la Colombia prehispánica ha tendido a organizarse en dos capitales —Bacatá y Teyuna— y una periferia difusa. Las flautas malibúes muestran que en esa periferia difusa había, hacia 1200, talleres capaces de producir en serie instrumentos técnicamente exigentes y ritualmente codificados; que los ríos anfibios del Bajo Magdalena eran ejes activos de una vida cultural con dinámicas propias; y que la complejidad prehispánica del Caribe interior no es una prolongación empobrecida de los focos vecinos, sino un modo distinto de organizar el trabajo, el ritual y el intercambio. Ese desplazamiento cartográfico tiene consecuencias. Obliga a leer el paisaje anfibio no como escenario premoderno de un país que "todavía no era", sino como cuenca de invención técnica y ritual en su propio derecho. Obliga a revisar los criterios con los que se decide qué sociedades "merecen" figurar en la memoria nacional prehispánica, y a incluir entre ellos la producción seriada de objetos rituales, la sofisticación acústica de los ensambles y la capacidad de sostener tradiciones artesanales durante siglos sin la mediación de un aparato tributario. Y obliga, sobre todo, a mirar los objetos —cada flauta que emerge del limo, cada fragmento con su boquilla intacta— como testigos de una inteligencia colectiva que la conquista no alcanzó a borrar del todo.
Hay, en la persistencia material de estas flautas, una lección sobre los tiempos largos. Dos siglos de producción estandarizada no se sostienen sin instituciones —aunque no sean las que la teoría clásica del Estado reconoce como tales—: se necesitan formas de aprendizaje, de autoridad técnica, de sanción sobre lo bien y mal hecho, de circulación reglada del saber. Todo eso existió en el Bajo Magdalena entre los siglos XII y XIV, y produjo objetos cuya precisión sigue sorprendiendo a quien los examina. La ausencia de un palacio o de una plaza monumental no cancela la existencia de un orden: solo indica que ese orden se organizaba de otra manera, más ligera en piedra y más densa en gesto, más discreta en jerarquía y más exigente en oficio. La arqueología de los últimos decenios ha ido aprendiendo a leer esos órdenes menos aparatosos, y las flautas malibúes son un buen ejemplo de lo que se gana cuando se dejan de buscar únicamente las señales que la mirada colonial enseñó a reconocer.
Cuando hoy, en las ciénagas de la depresión momposina, un pescador saca del limo un fragmento de flauta y lo guarda sin saber bien qué es, sostiene en la mano el resto material de una tradición artesanal que operó durante siglos con una precisión que ninguna otra alfarería colombiana antigua alcanzó en su rubro. Ese fragmento no es un curioso vestigio local: es evidencia de que en el Bajo Magdalena, entre los siglos XII y XIV, una sociedad de la que la memoria nacional apenas conserva nombre había resuelto —a su manera, con sus reglas y su música— el problema de producir en serie objetos rituales indispensables. Y que su resolución debería figurar, junto a los caminos de piedra taironas y las orfebrerías muiscas, en cualquier cartografía honesta de la complejidad prehispánica del país. La flauta, cuando alguien vuelve a soplarla, todavía dice algo. El desafío está en aprender a escucharla sin traducirla de inmediato a categorías que la empequeñecen, y en dejar que su timbre —hecho para sonar con otros iguales— vuelva a proponer, cinco siglos después, la escena colectiva para la que fue modelada.
La época alrededor
Este hecho no ocurrió solo
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
01Historia de Colombia - La Colombia más Antigua IIRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico), Juan Salvat, Roberto García Rojas (dirs.) · 1988 · p. 94, 99, 1053 citas
[1]las más bellas y sonoras flautas de pico. La historia que evoca nuestra imaginación los repre- senta tocando flautas ceremoniales en grupos, en liturgias mecidas por el vaivén del agua y por el arrullo de sus dulces cantos. Tenían los únicos ins- trumentos musicales con sonidos bellamente defi- nidos y cuya sonoridad…p. 99
[2]ayu- dan a confundir. pues muchas veces hablan de Rau- tas cuando realmente se refieren a ocarinas u otros instrumentos. Aparte de las flautas malibúes, en Colombia este instrumento no es, por lo menos, común. ANTARAS, FLAUTA DE PAN O SIRIGA. - En cambio, las antaras, flautas de Pan o siringas son instrumentos mente…p. 105
[6]enunMuseo de Pasto, Las gritonas son vasijas de barro cuyas bocas tienen una expresión casi humana. armonía o la relación entre varios acordes. Este es el paso fundamental más importante de la cultura musical precolombina. Y se hace precisamente cuando en Europa se prohibían los instrumentos y sólo existía la monodia,…p. 94
02Historias del arte en Colombia. Identidades, materialidades, migraciones y geografíasOlga Isabel Acosta Luna, Natalia Lozada Mendieta, Juanita Solano Roa · p. 121, 132, 321, 6894 citas
[3]Ipiales y los valles interandinos del río Chota y la cuenca del río Guaitará / Carchi modelaron cientos o quizás miles de aerófonos en cerámica en forma de caracol a lo largo de decenas de generaciones. Muy apetecidas por coleccionistas, y mal llamadas ocarinas, (pues estas son flautas globulares cerradas), cada uno…p. 121
[4]u ocarina en forma de caracol, región Nariño-Complejo Cerámico Carchi 1100-1700 d. C., cerámica perforada e incisa, 10 × 8 cm. Fuente: Colección Rodríguez Lamus-Universidad de los Andes, Bogotá, fotografía de Alexander Herrera. Música, arte cerámico e identidad El lector acucioso se habrá preguntado por qué dejamos de…p. 132
[5]consiste en la aplicación de una preparación de arcilla líquida antes de la quema para darle un acabado liso a las piezas y, a veces, color. Escala temperada: sistema de afinación musical. La escala correspondiente a la mayor parte de la música occidental actual se basa en el temperamento igual, que divide la escala…p. 689
[27]transporte a un taller, el desbastado, la talla y corte, el pulimento, la perforación y el calado que le dieron forma y valor, así como la pigmentación que probablemente matizó la apariencia. Esto devela la agencia de buzos, por una parte, y de expertos talladores, por otra. ¿Cuáles fueron las relaciones entre…p. 321
03Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 511 cita
[7]segundo milenio a. de C., se encuentran en la Llanura del Caribe vestigios de una vida aldeana ya bien definida y caracterizada por un gran n ú mero de rasgos culturales propios. El sitio de Malambo, ubicado al borde de una laguna al sur de Barranquilla, cerca de la orilla occidental del r í o Magdalena, ejem plifica…p. 51
04Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 24, 32, 423 citas
[8]para preparar cazabe, por lo cual se ha postulado que Malambo fue el centro de difusión hacia otros lugares de Sudamé- rica del aprovechamiento de la yuca brava y de los artefactos utilizados en su procesamiento. Según parece, la introducción de este alimento produjo cierta estabilidad en la comunidad, lo cual pudo…p. 24
[22]con ellos, se deduce que durante este período había una población relativamente nu- merosa, que practicaba enterra- mientos primarios aislados y en ce- menterios (4, 10, 25 o más tumbas de pozo con cámara lateral) en las laderas de las lomas, generalmente sobre pequeños aplanamientos na- turales o artificiales. Del…p. 32
[24]con la de grupos vecinos; su cerámica ha sido comparada con la del complejo La Mesa, del extremo sur de la sierra, y a través de éste con algunos aspectos del segundo hori- zonte pintado guajiro, las tradiciones tardías de la cuenca del lago Maracaibo y el horizonte de urnas cefalomorfas de la cuenca del valle del…p. 42
05Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 33, 35, 383 citas
[9]zonas microambientales de abastecimiento en las cuales participa la población, pues se trata de zonas que ya habían conocido y para cuya explotación ya existía entonces una tecnología adecuada. Lo que sí se modifica son ciertos aspectos cualitativos de la subsistencia. En pri- mer lugar, la fauna utilizada del…p. 33
[20]tiempo; por un lado, deben consumirse lo más pronto después de haberse sacado de la tierra, y, por otro lado, se dañan si se dejan enterradas por demasiado tiempo. El horticultor de raíces y el pescador de las lagunas no pueden fácil- mente acumular un excedente de alimentos y almacenar éstos para su consumo futuro.…p. 35
[25]de los vestigios arqueológicos, dejan apreciar la eficiencia con que ciertas sociedades supieron adaptarse a aquellos lugares que pro- metían más, como tierras productivas de maíz. Colombia indígena, período prehispánico 45 La primera fase de este movimiento repre- senta evidentemente, un proceso de descentrali-…p. 38
06Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · p. 157, 2192 citas
[10]basuras contienen cuen- tas de collar de cornalina roja; hay objetos de orfebrería procedentes de la hoya del río Sinú; artefactos hechos de conchas marinas o hachas de diorita y andesita traídas desde las cordilleras, objetos que atestiguan contactos y relaciones comerciales. La cerámica se destaca por una abundancia…p. 219
[21]carácter mágico y se botan entre la basura de la casa. Si esta corre- lación arqueo-etnográfica tiene validez y si la hipótesis del uso de las figurinas del Formativo en ritos curativos se acepta, entonces la gran cantidad de pequeños objetos «problemáticos» se volvería más inteligible. Este con- junto identificado en…p. 157
07Historia doble de la Costa. Tomo 1: Mompox y LobaOrlando Fals Borda · 2002 · p. 57, 62, 793 citas
[11]modo de produc- ción comunitario primitivo que distinguió a la mayoría de las tribus americanas que estaban en la etapa de recolección y agri- cultura rudimentaria. Aunque combinaban eficazmente estas formas de producción, los malibúes no habían desarrollado el modo de producción tributario que caracterizó a naciones…p. 62
[12]"Preci- s a m e n t e, el cura tiene unos libros viejos en el estante del comedor de su casa; y Armando, el profesor cachaco, tiene otros que me huelen a lo m i s m o ", me contesta. Con Ramón y Alvaro constituimos un pequeño grupo de trabajo para escarbar en los libros de la casa cural que se hubie- MODOS DE…p. 57
[32]quedaban sino 10 indios capaces de pagar tributo, esto es, aproximada- m e n t e 60 personas entre chicos y grandes. Las 41 encomiendas costeñas habían bajado a 35, todas disminuidas de tributos y tributarios. A los malibúes de Tamalameque tampoco les había ido bien: una Relación geográfica escrita en 1579 sostenía…p. 79
08Resistencia en el San JorgeOrlando Fals Borda · 2002 · p. 61, 65, 69, 744 citas
[13]de clase social) y diversos alimentos (el membrillo, el plátano, el arroz, el árbol del pan). Los malibúes mismos no eran tan atrasados como otras tri- bus, si hacemos caso a lo observado por el propio Pedro de He- redia en relación con sus costumbres de mercado y trueque (Friede, Documentos, VIII, 53-55). Ya hemos…p. 74
[14]el ambiente de todo el acontecimiento era alegre y positivo, casi como en los velorios de hoy después de que se van las lloronas. Pues para los zenú-malibúes la muerte no lle- gaba trágicamente como en un limbo frío o en una caldera satá- nica dónde expiar pecados, sino que aparecía como un simple paso en la vida…p. 65
[15]tiempo que los indios de la parte norte del Panzenú no disponían entierro solemne para un jefe. Desde cuando se fue- ron hundiendo poco a poco las inmensas obras de rectos canales para criar pescado y altos camellones para sembrar yuca y fruta- les —que construyeron los geniales ingenieros zenúes en la cuenca media y…p. 61
[33]extraordinario. Mientras se aprestaba a la defensa del Panzenú por ese lado del gran río con apremio de sus colegas malibúes, Guley se vio asediado por el otro, el de las sabanas, cuando don Pedro de Heredia (el fundador de Cartagena) avanzó en 1534 desde Cala- mar! por los montes de María para descubrir el Finzenú.…p. 69
09Herederos del jaguar y la anacondaNina S. de Friedemann, Jaime Arocha · 2016 · p. 641 cita
[16]Fiídadnfitt Además de ganarle la batalla a las inundaciones anua- les, el manejo hidrológico busca unos mecanismos que permitan la utilización del líquido donde y cuando se nece- site. La primera meta exige la construcción de canales de desagüe y terraplenes que se eleven bien por encima del nivel de las aguas. Para…p. 64
10Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader · 2002 · p. 1392 citas
[17]sistema inundado. Los ríos, caños, lagunas y marjales se confunden en el ecosistema acuático más com- plejo del país, en donde el hombre se convierte en un ser semiacuático y aprende a convivir con una naturaleza muy especial. Aquí, en el bajo río Cesar, se halla la ciénaga más grande de Colom- bia, Zapatosa, al lado…p. 139
[18]sistema inundado. Los ríos, caños, lagunas y marjales se confunden en el ecosistema acuático más com- plejo del país, en donde el hombre se convierte en un ser semiacuático y aprende a convivir con una naturaleza muy especial. Aquí, en el bajo río Cesar, se halla la ciénaga más grande de Colom- bia, Zapatosa, al lado…p. 139
11Manual introductorio. Biblioteca Básica de Cocinas Tradicionales de ColombiaGermán Patiño Ossa, Antonio Montaña, Lácydes Moreno Blanco · p. 271 cita
[19]sequías. Seis meses al año el habitante de La Mojana vive en seco, y seis sobre el agua. En los mismos suelos es pescador en épocas de inundación y ganadero y agricultor en la baja de aguas. La suya es una cultura anfibia. Hace muchos años, también en esa zona, un grupo, el chimila, antes de la con- quista española,…p. 27
12Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · p. 1321 cita
[23]activa vida ritual y mágico-reli- giosa. Poseían un dinámico mercado entre los dis- tintos poblados de la sierra —para lo que utiliza- ban una extensa red de caminos de piedra-, basado en productos agrícolas, la sal, el pescado y las manufacturas artesanales, como objetos de oro, mantas de algodón, adornos de plumas y…p. 132
13The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · p. 901 cita
[26]Oviedo also strives to compare this genre to dance songs from Flanders and Spain and reckons that Spanish narrative romances serve the same purpose. However, he associates Indian ritual specialists (priests, shamans) with the devil, identifying it with their 76 Egberto Bermúdez highest deity. His prestigious view…p. 90
14Notas de viaje: Colombia y Estados Unidos de AméricaSalvador Camacho Roldán · 2017 · p. 1181 cita
[28]desde el Banco hasta Tacaloa, y desde el brazo de Mompós hasta el San Jorge, forma una red de más de ciento cincuenta leguas de canales navegables, que harán de esa fértil llanura una región no menos famosa que la de 119 Níndi ce rsdte Cíaíóosd p Eindcíi Ulscíi ce Aóbusmd Canaán, surcada por el Éufrates y el Tigris,…p. 118
15Colombia complejaJulio Carrizosa Umaña · 2014 · p. 1302 citas
[29]ecosistemas y sociedades. Capítulo V l os sistemas ambientales territoriales 131 C olombia C ompleja 1. e l C aribe rural Entre la ciudad de Cartagena, el golfo de Urabá y las estribaciones de la cordillera se extienden las ciénagas, sabanas y lomeríos del Caribe, surcadas ellas por los ríos Cauca, San Jorge, Sinú y…p. 130
[30]y la complejidad relativa de ecosistemas y sociedades. Capítulo V l os sistemas ambientales territoriales 131 C olombia C ompleja 1. e l C aribe rural Entre la ciudad de Cartagena, el golfo de Urabá y las estribaciones de la cordillera se extienden las ciénagas, sabanas y lomeríos del Caribe, surcadas ellas por los…p. 130
16Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · p. 781 cita
[31]resto de regiones investigadas. De hecho, onjunto de estimativos de población mencionados sugiere que ción a la llegada de los españoles era más densa en ciertos tre s del sur y del occidente del país que en varias regiones de los S s orientales. La población del Bajo Magdalena parece haber nenor que la de la Sabana…p. 78
17Economías prehispánicas de ColombiaAlberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres, Santiago Giraldo, Daniela Castellanos Montes, Marianne Cardale de Schrimpff, Carl Henrik Langebaek, María Antonieta Corcione Nieto, Catalina Zorro, Luisa Mendoza, Marcela Bernal, Lucero Aristizábal, Leonor Herrera · p. 42 citas
[34]Economías prehispánicas de Colombia / autores, Alberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres,…p. 4
[35]Economías prehispánicas de Colombia / autores, Alberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres,…p. 4