Circulación interétnica de mantas pintadas muiscas
Entre los siglos XIV y XV, las mantas pintadas (chitacate) producidas en el altiplano cundiboyacense circularon como bienes de prestigio y ofrenda más allá de las fronteras muiscas, alcanzando comunidades llaneras, magdalenenses y zenúes a través de redes de intercambio interétnico que combinaban trueque, feria periódica y redistribución cacical.
Ficha del acontecimiento
Síntesis
- Cuándo
- Siglos XIV–XV (ca. 1300–1499)
- Dónde
- Altiplano cundiboyacense, Tunja, Sogamoso, Cordillera Oriental, Magdalena Medio, Llanos Orientales, Bogotá, Magdalena, Zipaquirá, Neiva, Barrancabermeja, Honda, Sinú, Bajo Cauca, Costa Caribe, Cundinamarca, Funza, Fómeque, Valle de Tenza, Región del Opón, Río Meta, Bajo San Jorge
- Protagonistas
- Alexander von Humboldt, Sacerdotes muiscas (jerarquía ritual productora y depositaria del saber pictórico), Caciques y señores principales muiscas (redistribuidores y receptores de mantas de alto rango), Teara (pintor itinerante de mantas, natural de Boza, documentado en Fómeque en época colonial temprana), Sutagaos (comunidades del extremo sur muisca, participantes en mercados de Pasca y Fusagasugá), Comunidades del piedemonte llanero (intermediarios en la redistribución de mantas hacia los Llanos), Comunidades de la hoya del Magdalena (receptoras de textiles y sal muiscas a cambio de oro y conchas), Marianne Cardale de Schrimpff (investigadora de textiles y economía prehispánica muisca), Carl Henrik Langebaek (investigador de redes de intercambio muisca), María Stella González de Pérez (lingüista, análisis del vocabulario cromático muisca), Mariana Escribano (investigadora del morfema muisca relacionado con la aplicación de color)
Lectura causal
Causas, hecho y consecuencias
Causas
- Especialización artesanal del altiplano: los muiscas concentraban el saber técnico e iconográfico para producir mantas de alta factura (chitacate, pachacate), bien que ninguna comunidad vecina podía replicar en calidad ni en carga simbólica.
- Dependencia estructural del altiplano en algodón externo: al no cultivarse algodón en las altitudes del altiplano, los muiscas debían obtener la materia prima por intercambio con comunidades del Magdalena y el piedemonte llanero, generando un circuito de entrada de fibra y salida de manufactura.
- Función ritual y política de las mantas pintadas: su iconografía sacerdotal (figuras de tunjos) y su uso en ceremonias de investidura y ofrenda las convertían en objetos de prestigio irremplazables, demandados por élites de sociedades vecinas para marcar rango ante sus propias comunidades.
- Existencia de redes de intercambio interregional preexistentes: los mercados periódicos del altiplano (cada cuatro días), los bohíos-ventas del Opón y los grandes centros de mercadeo llaneros documentados desde 1533 ofrecían infraestructura y canales por los que las mantas podían circular a larga distancia.
- Asimetría productiva entre el altiplano y las tierras bajas: la mayor densidad demográfica, jerarquía política y especialización artesanal del altiplano generaban excedentes textiles que las comunidades llaneras y magdalenenses no producían, creando una demanda sostenida de bienes manufacturados andinos.
Consecuencias
- Integración económica interétnica: las mantas pintadas funcionaron como nodo articulador de un circuito que conectaba el altiplano con los Llanos Orientales, el Magdalena Medio y el bajo San Jorge, integrando economías de distinto perfil productivo en una red de intercambio regional.
- Transferencia de prestigio simbólico interétnico: al circular entre comunidades llaneras y magdalenenses, las mantas permitieron a caciques de sociedades con menor jerarquía política exhibir signos de autoridad codificados en el sistema iconográfico muisca, reforzando desigualdades internas en las sociedades receptoras.
- Consolidación de rutas y estructuras de tránsito: el flujo sostenido de mantas y otros bienes generó infraestructura comercial prehispánica (trochas en la cordillera, bohíos-ventas en el Opón, centros de mercadeo llaneros) que los conquistadores encontraron operativa en el siglo XVI.
- Persistencia colonial del oficio pictórico: el saber de pintar mantas sobrevivió al colapso político muisca en manos de especialistas itinerantes como Teara, documentado en Fómeque décadas después de la Conquista, lo que evidencia la resiliencia de la especialización artesanal prehispánica.
- Represión colonial de la iconografía ritual: la vitalidad de las mantas pintadas cuarenta años después del contacto motivó la ordenanza de 1575 de la Real Audiencia de Santa Fe, que prohibió portar mantas con figuras de tunjos y colocarlas en iglesias, convirtiendo el textil en objeto de conflicto religioso colonial.
La clave interpretativa
Por qué importa
La circulación interétnica de mantas pintadas muiscas demuestra que las fronteras étnicas prehispánicas del norte de Sudamérica eran porosas y atravesadas por flujos materiales y simbólicos de largo alcance, cuestionando lecturas que confinan a los muiscas a un mundo cerrado sobre el altiplano. El caso revela además que los textiles no eran meros bienes de subsistencia sino soportes de iconografía ritual capaces de transferir prestigio político entre sociedades de distinto nivel de complejidad, lo que los convierte en evidencia clave para entender cómo se construía y negociaba la autoridad en las sociedades prehispánicas colombianas antes del contacto europeo.
Desarrollo histórico
La historia completa
Circulación interétnica de mantas pintadas muiscas
Entre los siglos XIV y XV, en el altiplano cundiboyacense, un textil coronaba la jerarquía de los bienes muiscas: la manta pintada, o chitacate. No era una prenda cualquiera. Su elaboración exigía un saber que formaba parte de la enseñanza reservada a los jóvenes que se preparaban para el sacerdocio; su iconografía —que la Real Audiencia de Santa Fe consideraría, en 1575, lo bastante peligrosa como para prohibirla— llevaba figuras de tunjos y de lo que los cronistas llamaron demonios. Estas mantas, junto con las coloradas o pachacate, ocupaban la cúspide de un sistema textil donde el rango se medía por la finura del tejido y por el trabajo incorporado a la pieza. Y desde ese vértice salían del altiplano: bajaban las trochas de la Cordillera Oriental hacia el Magdalena Medio, cruzaban el piedemonte hacia los Llanos Orientales y por rutas de más largo aliento alcanzaban el mundo zenú del bajo San Jorge. Este artículo reconstruye esa circulación —sus rutas, sus intermediarios, su carga simbólica y sus asimetrías— en los dos siglos previos al contacto europeo.
El objeto: qué era una manta pintada
Los muiscas ordenaban sus mantas en una jerarquía que la lengua registraba con nitidez. En la cúspide, las pintadas —chitacate— y las coloradas de alto rango —pachacate, denominación reservada a algunas mantas rojas y no a todas—. En un escalón inferior, o quizás en el mismo, el resto de las coloradas. Muy abajo, los tejidos ordinarios. Aparte estaban las chingas, pequeñas, hechas con tejidos menos elaborados por incorporar menos mano de obra, pero de suficiente valor simbólico como para que los capitanes las entregaran a sus caciques en tandas de seis u ocho como ofrenda de honor.
La diferencia entre categorías no era decorativa. Era económica en sentido estricto: la cantidad de trabajo invertido variaba de manera considerable de una manta a otra, y esa falta de homogeneidad explica por qué la manta, siendo el bien que más se acercó a funcionar como patrón de valor en la economía muisca, nunca llegó a ser una moneda plena. Se aceptaba a cambio de una enorme variedad de productos, pero ninguna manta equivalía exactamente a otra.
El vocabulario cromático refuerza esta densidad. Los muiscas distinguían dos grados de rojo, que los intérpretes coloniales tradujeron como "colorado" (heczen mague, hiso) y "colorado fino" (heczen quyhyquine, heczen ynpuyca). El intensificador que separa uno de otro sugiere una gradación de calidad, quizá vinculada a la fuente del tinte o al procedimiento para fijarlo. El morfema heczen/hezyn, en la relectura que Mariana Escribano y María Stella González de Pérez hicieron del vocabulario, remitiría al acto mismo de tomar o dar color. Existía además, hipotéticamente, un término específico para aplicar color con pincel —por oposición al teñido por inmersión—, lo cual encaja con la existencia documentada de un oficio especializado: el del pintor de mantas.
De ese oficio conservamos al menos un nombre. En la Colonia temprana, un indio llamado Teara, natural de Boza y sujeto al cacique de Boça, ejercía como pintor itinerante. Fue hallado en Fómeque pintando mantas a los indios locales a cambio de pago. La escena es reveladora: aún después del colapso del sistema prehispánico, el conocimiento pictórico circulaba en manos de especialistas que se desplazaban de pueblo en pueblo. Antes de la Conquista, ese saber había estado ligado a la formación sacerdotal. Una Memoria de 1594, atribuida con reservas al licenciado Ybarra, describe cómo a los sacerdotes muiscas recién graduados se les vestía con "mantas blancas limpias y nuevas". Blanco para el rito de paso; pintado para lo que vendría después.
Que la iconografía era intensamente ritual lo confirma —desde el reverso— la ordenanza de 1575. Las autoridades coloniales de Tunja prohibieron a los indios portar mantas pintadas con figuras de tunjos o demonios, y prohibieron también que se colocaran en las iglesias. La medida solo tiene sentido si tales mantas seguían produciéndose, circulando y siendo depositadas en espacios sagrados cuarenta años después de la Conquista. El poder simbólico de la imagen sobrevivía a la caída política del sistema que la había producido.
El altiplano como fábrica textil sin algodón
Hay una paradoja estructural en el corazón de esta historia. El altiplano cundiboyacense, con su núcleo en Bogotá, Tunja y Sogamoso, era una sociedad de agricultura sedentaria con excedentes amplios, densidad demográfica muy superior a la de las vertientes y tierras bajas, y una jerarquía política que —al momento del contacto— había avanzado hacia formas de estado incipiente bajo el Zipa y el Zaque. Producía las mantas más elaboradas del norte de Sudamérica. Pero no producía —salvo excepciones marginales— la materia prima con que se hacían.
El algodón no se cultiva a las altitudes del altiplano. Los muiscas lo obtenían casi enteramente por intercambio con comunidades externas: del valle del Magdalena, del piedemonte llanero y, según un testimonio documental de 1602, de los dominios laches en Chita. Algunas comunidades con acceso a parcelas en tierras templadas producían localmente sus propios excedentes; los indígenas de Subachoque tenían tierras suficientes como para intercambiar el algodón que sobraba. Pero se trataba de casos, no de la norma. La materia prima entraba al altiplano desde abajo.
Ese detalle transforma la lectura del circuito completo. Las mantas que salían del altiplano hacia el piedemonte, hacia el Magdalena y hacia el bajo San Jorge llevaban, en sus fibras, algodón que probablemente había subido antes por las mismas rutas. El altiplano funcionaba como un taller de transformación de valor: recibía algodón en bruto, invertía trabajo especializado —hilado, tejido, teñido, pintura sacerdotal— y devolvía prendas cuyo prestigio superaba con creces al del material del que estaban hechas. La manta pintada era, en sentido estricto, plusvalía artesanal exportada.
Esto explica por qué la sal y las esmeraldas del altiplano circularon con menos densidad simbólica pese a su alcance geográfico enorme —la sal de Zipaquirá llegaba a Neiva, a los alrededores de Barrancabermeja y penetraba hasta unos ochocientos kilómetros al oriente—. La sal era abundante, homogénea, sustituible por otras sales cuando aparecía competencia local: por eso mismo dejaba de ser aceptada como equivalente en las regiones donde se producía en abundancia. La manta pintada no tenía sustituto. Nadie fuera del altiplano fabricaba nada equivalente en factura y en carga iconográfica. Su unicidad la volvía irremplazable.
Los mercados y las rutas
El mecanismo por el que estas mantas salían del altiplano combinaba trueque cotidiano, feria periódica y redistribución cacical. En Tunja, y al parecer en muchas otras localidades de las provincias de Bogotá y Tunja, los mercados se celebraban cada cuatro días —cifra vinculada al sistema de numeración muisca—. El sitio del mercado se ubicaba dentro del cercado del cacique, una palizada grande y ornamentada que rodeaba la vivienda del señor principal. La cercanía física entre el intercambio y la autoridad no era casual: los mercados no eran solo lugares de trueque, sino escenarios donde la política, la ceremonia y el comercio se entretejían. A ellos acudían tanto caciques y señores principales como indígenas comunes, sin que se distinga un grupo especializado de mercaderes.
Desde estos mercados centrales, las mantas iniciaban trayectos de distancia creciente. Hacia el sur, los sutagaos entraban a los mercados de Pasca y Fusagasugá para adquirir mantas a cambio de maíz, papas, cubios, fríjoles, curies y carne y pellejos de venado. La transacción, pequeña en escala, revela el patrón: la periferia entrega productos agrícolas y de cacería, y recibe manufactura textil. El altiplano exporta trabajo cristalizado en tela; la periferia, subsistencia.
Hacia el occidente, la ruta más documentada bajaba por las estribaciones de la Cordillera Oriental hasta el Magdalena Medio. Las trochas eran tan angostas que los conquistadores, al remontarlas hacia el altiplano, tuvieron que ampliarlas. En la región del Opón, los españoles encontraron dos o tres bohíos que funcionaban como ventas y aposentos de mercaderes y pasajeros indígenas, que allí contrataban y dormían. Es la evidencia más concreta de una infraestructura de tránsito comercial prehispánico en la cordillera: no un camino real de piedra como el andino, pero sí una red operativa de posadas donde se hospedaban quienes movían bienes.
Hacia el oriente, las rutas atravesaban el piedemonte y descendían a los Llanos. Y hacia el norte, a través de una cadena de intermediarios cuya identidad específica no siempre podemos rastrear, las mantas alcanzaban el mundo zenú del bajo San Jorge y las llanuras del Caribe.
Los Llanos: mantas río abajo
La circulación de mantas muiscas hacia los Llanos Orientales es, quizás, el tramo más discutido de este circuito. A comienzos del siglo XX, Salas —retomado por los Morey en 1975— sostuvo que el acceso de los llaneros a mantas muiscas fue tan común que sus habitantes ni siquiera aprendieron a tejer los suyos. La afirmación es probablemente excesiva, y los propios Morey la matizaron: parte de las mantas usadas en el piedemonte llanero se producía localmente y solo una porción provenía de los Andes. El argumento a favor de la producción local es indirecto pero razonable: los indígenas del piedemonte fueron importantes productores de algodón, y parecería extraño que dominaran el cultivo pero no la transformación.
Aun así, la circulación de mantas muiscas hacia los Llanos está documentada. Fray Pedro Simón sugiere que las mantas que cruzaban al oriente de la Cordillera no se detenían en las comunidades del piedemonte inmediato: seguían viaje hacia grupos más lejanos, en un sistema de redistribución escalonada. Si esto fue así, la cantidad de mantas que quedaba en manos del piedemonte era menor de lo que Salas había supuesto, porque una fracción significativa se reenviaba río adentro.
La existencia de una red de intercambio de gran alcance en los Llanos está fuera de duda. Alexander von Humboldt describió, siglos después pero recogiendo una tradición ya antigua, grandes centros de mercadeo en las playas de los ríos llaneros donde confluían miles de personas de diversas regiones. Los comparó con las ferias europeas de Frankfurt y Beaucaire. Alonso de Herrera había conocido esos centros ya en 1533. En ellos circulaban las quiripa —cuentas de collar que viajaban desde los Llanos colombianos hasta la isla de Trinidad y las Guyanas, funcionando como bienes con fuerte dimensión social y simbólica, mediadores de compromisos y reconciliaciones al modo del wampum norteamericano—, además de productos como el algodón crudo que subía al altiplano y los moxas, esclavos jóvenes obtenidos en el piedemonte y llevados a Bogotá con fines de sacrificio.
En este contexto, la manta pintada muisca entraba a un sistema de equivalencias múltiples donde ningún bien —ni la manta, ni la quiripa, ni el oro— alcanzaba una generalidad monetaria plena. La manta era un nodo dentro de esa red, no su eje. Pero era un nodo particular: portaba una iconografía que en su origen había sido sacerdotal, procedente de una sociedad con jerarquía política más desarrollada que las llaneras, y esa distancia estructural la volvía, precisamente, un objeto útil para marcar rango. En sociedades donde el prestigio no podía anclarse en la producción interna de un textil equivalente, la manta importada del altiplano permitía a un cacique llanero exhibir un signo de autoridad codificado en un sistema ajeno. El costo del bien no era solo su factura: era el hecho de que su iconografía provenía de otra escala política.
El Magdalena Medio: guerra y comercio en el mismo eje
Las relaciones del altiplano con el Magdalena Medio son menos legibles que las llaneras, porque el registro documental privilegia la guerra sobre el intercambio. Los muiscas mantuvieron conflictos frecuentes con panches, muzos y calimas, grupos caribes de los valles intermedios del Magdalena y la tierra caliente. Estos enfrentamientos aparecen una y otra vez en las crónicas, mientras que las relaciones comerciales con los mismos grupos quedan en penumbra. Y sin embargo, algo circulaba, y circulaba de manera regular. Los muiscas intercambiaban textiles de algodón y sal por oro y conchas de mar con las comunidades de la hoya del Magdalena; los bohíos-ventas del Opón confirman ese tráfico por la vía occidental.
La arqueología añade otra capa, y la añade en tres escalas. En el Medio Magdalena —Río de la Miel, Guarinó, Honda— se han hallado urnas funerarias antropomorfas con tapas que representan guerreros con ornamentos sentados en banquitos, evidencia de una tradición cultural extendida a lo largo del río. Cerca de Honda, en Arrancaplumas, aparecen abundantes fragmentos de cazuelas y vasijas con vertederas de la Tradición Zambrano; río arriba, en El Guamo, vasijas de la misma tradición. Y en Zipacón, ya en el altiplano, los restos vegetales incluyen batata y aguacate —plantas de pisos térmicos cálidos o templados—, cuya presencia se lee como huella de desplazamientos frecuentes entre el Magdalena, las vertientes y la altiplanicie fría de Bogotá. El eje, en otras palabras, dejó rastros materiales que corren en ambas direcciones: cerámica que sube y baja por el río, plantas cálidas que amanecen en las cocinas del páramo.
Sobre ese soporte físico, las mantas viajaban probablemente hacia dos destinos: hacia los grupos ribereños directos, con quienes el trato oscilaba entre la escaramuza y el trueque; y hacia comunidades más distantes por el norte, en una redistribución río abajo cuyos detalles se pierden. Que las mantas llegaran hasta ahí es coherente con el patrón general del intercambio andino-magdalenense; que lo hicieran en cantidades comparables al flujo llanero es menos claro, porque las relaciones bélicas debieron limitar el tránsito regular. La guerra no cerraba el eje; lo estrangulaba a intervalos.
Los zenúes del bajo San Jorge
El tramo más lejano de la circulación —y el más incierto en cuanto a evidencia directa— es el que conducía al mundo zenú. A comienzos del siglo XVI los españoles encontraron la región organizada en tres cacicazgos: Fincenú, en el valle del Sinú, con centro en la laguna de Betancí; Pancenú, en la hoya del río San Jorge; y Cenúfana, en el bajo Cauca y el Nechí. De los tres, es Pancenú el que interesa aquí, porque sus ingenieros habían construido en la depresión momposina un extenso sistema hidráulico —canales, camellones, jarillones, plataformas— que se extendía por la cuenca media y baja del San Jorge y cuya magnitud lo sitúa entre las mayores obras de ingeniería paisajística del continente prehispánico. Para la época de los primeros contactos españoles, sin embargo, el sistema estaba abandonado. La relación entre sus constructores originales y las sociedades cacicales que los conquistadores encontraron en pie sigue siendo objeto de debate arqueológico.
Los zenúes vivían en una depresión que Plazas y Falchetti han descrito como el delta interno más desarrollado para la pesca en América del Sur: una fauna acuática de riqueza excepcional sostenía una densidad de población que pocos paisajes tropicales igualaban. Sus familias eran matrifocales, centradas en el papel conductor y formativo de la madre, sin discriminación marcada en favor de uno u otro sexo. Y su relación con el oro era radicalmente distinta a la del altiplano muisca: no lo concebían como moneda ni como reserva de valor, sino como fuente numinosa de poder, símbolo de eternidad, conducto de la energía solar. En sus cámaras funerarias se han encontrado figuras femeninas y diversos objetos rituales de oro, dispuestos como parte del ajuar cosmológico del difunto.
Ese mundo tenía además su propia tradición textil. Los dibujos tejidos en las mantas y redes de pesca zenúes, o grabados en su cerámica, parecen reproducir patrones presentes en el paisaje —el trazo de los canales, la geometría de los camellones—. Los zenúes producían, entonces, textiles con iconografía propia, cargada de sentido cosmológico local. La llegada de mantas pintadas muiscas —si llegaron sistemáticamente— no habría representado una sustitución de una tradición textil por otra, sino la incorporación de un objeto suntuario más al repertorio de bienes de prestigio. Las rutas probables pasaban por el Magdalena Medio y luego río abajo, a través de intermediarios sucesivos cuyos nombres se han perdido.
Lo relevante no es la abundancia del flujo —presumiblemente modesto por la distancia y por el número de manos que la manta debía atravesar— sino su significado. Una manta pintada que llegaba a un cacique zenú provenía de un sistema político que había avanzado más lejos que el suyo hacia la centralización tributaria. Los malibúes del Magdalena Medio, por comparación, operaban bajo un modo de producción comunitario primitivo, sin tributación interna; los zenúes habían desarrollado formas más complejas, posiblemente tributarias. El altiplano muisca era el vértice de esa gradiente: allí se pagaban tributos a caciques reconocidos, se habían formado estados mayores bajo dinastías, y existía una jerarquía religiosa con sacerdotes formados en escuelas especializadas. Las mantas que salían de allí llevaban impresa, literalmente, la marca de esa complejidad.
La manta como traductor asimétrico
Se ha propuesto que las mantas pintadas funcionaron como una suerte de moneda simbólica interétnica, un lenguaje común de estatus capaz de circular entre sistemas cacicales heterogéneos. La imagen conviene afinarla.
Primero: la manta no fue el único vehículo de este tipo. En los Llanos, las quiripa cumplían funciones análogas dentro de un radio geográfico distinto: cuentas que mediaban compromisos, reconciliaciones, alianzas. En la costa Caribe, el oro zenú operaba como conducto ritual antes que como medio de cambio. En el altiplano mismo, la sal y las esmeraldas tenían un alcance geográfico enorme sin llegar a monetizarse plenamente. Ningún bien alcanzó, en el norte de Sudamérica prehispánico, la generalidad monetaria plena. Algunos cronistas dudaron incluso de que existiera algo parecido a moneda entre los muiscas.
Segundo: la circulación de mantas fue estructuralmente asimétrica. El altiplano exportaba un lenguaje de estatus que las periferias podían adoptar pero no producir. Un cacique del piedemonte llanero, del Opón o del bajo San Jorge que recibía una manta pintada accedía a un signo cuya elaboración presuponía una infraestructura social —escuelas sacerdotales, especialistas pintores, acceso a algodón, redes de teñido— que su propia sociedad no tenía. La manta le permitía marcar rango, sí, pero tomándolo prestado de un sistema que él no podía reproducir. La frontera étnica se volvía permeable al prestigio, pero la permeabilidad ocurría en un solo sentido.
Tercero: el circuito estaba entrelazado con la cadena de materia prima. El algodón subía al altiplano desde el propio Magdalena y desde el piedemonte llanero; las mantas terminadas volvían, en parte, a esas mismas regiones. El altiplano retenía la plusvalía artesanal —el trabajo especializado de hilanderas, tejedoras y pintores sacerdotales— e intercambiaba el producto elaborado por productos primarios: maíz, papas, oro sin trabajar, conchas, plumas, algodón mismo. La circulación de mantas no fue solo un flujo de prestigio: fue un mecanismo por el cual el altiplano capturaba trabajo periférico transformándolo en objeto suntuario, y luego revendía ese objeto a las mismas regiones que le habían proporcionado la fibra.
Estas tres observaciones no cancelan la idea de la manta como traductor simbólico entre sistemas cacicales. La refinan. La manta pintada muisca fue un objeto capaz de significar estatus a lo largo de fronteras étnicas y en escalas de complejidad política muy distintas. Pero esa capacidad de traducción operaba sobre una desigualdad de fondo: el altiplano hablaba un lenguaje que los demás recibían. Las membranas rituales que separaban a muiscas de sutagaos, de llaneros, de panches, de zenúes, eran permeables al signo pero no al medio de producción del signo.
Lo que la ordenanza de 1575 confirma
Volvamos a Tunja, cuarenta años después del contacto. La Real Audiencia de Santa Fe promulga una ordenanza que prohíbe a los indios portar mantas pintadas con figuras de tunjos o demonios, y prohíbe también que tales mantas se coloquen en las iglesias. Esta medida es la última pieza del rompecabezas.
Que hubiera necesidad de prohibirlo significa que se estaba haciendo. Que las mantas pintadas siguieran fabricándose y usándose después de la caída del Zipa y del Zaque, y que llegaran incluso a los altares católicos —seguramente como ofrendas dobles, cristianas por fuera y muiscas por dentro—, indica que el sistema simbólico que había producido la iconografía no se había extinguido con la Conquista. Los pintores itinerantes como Teara seguían trabajando. La demanda seguía viva.
Y esa demanda, presumiblemente, no era solo interna. Si el sistema de circulación interétnica de mantas había funcionado durante los dos siglos previos al contacto, sus rutas y sus receptores no desaparecieron de un día para otro. La ordenanza colonial es, entre otras cosas, una confesión indirecta de que el circuito prehispánico había sido lo bastante robusto como para sobrevivir a la caída política de su nodo central.
Coda: hilos que se apagan
Esta pieza de la historia prehispánica colombiana suele quedar en la sombra del oro y la sal. El oro, por su brillo material y su presencia en los museos, monopoliza la imaginación arqueológica. La sal, por su alcance geográfico documentado hasta ochocientos kilómetros al oriente, encabeza las listas del comercio muisca. Las mantas, en cambio, se descompusieron: eran algodón, no metal ni mineral. Casi ninguna sobrevivió. Lo que queda de ellas son términos en lengua muisca, referencias fragmentarias en las crónicas, una ordenanza que las prohibía y un pintor llamado Teara que un funcionario colonial anotó de paso.
Y sin embargo, reconstruir su circulación cambia el mapa. Muestra la porosidad real de las fronteras étnicas prehispánicas del norte de Sudamérica: sociedades muy distintas en complejidad política estaban conectadas por flujos regulares de bienes y significados, y las cartografías étnicas rígidas que a veces heredamos de la etnografía tardía son un instrumento pobre frente a la imagen de una red de intercambio con nodos jerárquicos y flujos asimétricos. Muestra también que el altiplano cundiboyacense no fue una isla autosuficiente: dependía del algodón de tierras bajas para producir el bien que exportaba, y esa dependencia estructural condicionaba sus relaciones con las regiones vecinas de un modo que la historiografía centrada en el oro tiende a subestimar. Y muestra, por último, cómo funcionan los bienes de prestigio en general: no como monedas neutrales, sino como signos que arrastran consigo la asimetría del sistema que los produjo.
Cuando en 1575 la Real Audiencia se sentía obligada a prohibir las mantas con figuras de tunjos; cuando en 1594 un funcionario español anotaba que los sacerdotes muiscas recién graduados vestían mantas blancas, limpias y nuevas; cuando en 1602 los indígenas de una comunidad del altiplano seguían acudiendo a Chita a proveerse de algodón; cuando el pintor Teara viajaba de Boza a Fómeque a ejercer su oficio —en cada uno de estos gestos, el sistema prehispánico se hacía visible por última vez antes de disolverse en la economía colonial. La red que había hecho circular las mantas pintadas desde el altiplano hasta los Llanos, el Magdalena y el bajo San Jorge dejó de funcionar bajo la nueva lógica del tributo español, del corregimiento y del obraje. Pero durante los dos siglos que la precedieron, esa red había cosido, con hilos de algodón teñido, una parte considerable del norte prehispánico de Sudamérica.
La época alrededor
Este hecho no ocurrió solo
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
01Economías prehispánicas de ColombiaAlberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres, Santiago Giraldo, Daniela Castellanos Montes, Marianne Cardale de Schrimpff, Carl Henrik Langebaek, María Antonieta Corcione Nieto, Catalina Zorro, Luisa Mendoza, Marcela Bernal, Lucero Aristizábal, Leonor Herrera · p. 303, 309, 312, 319 y 2 más12 citas
[1]mantas coloradas y una pintada … mas otra manta questa por pintar …” 16. Antes de la llegada de los españoles, como se menciona más adelante, el arte de pintar mantas formaba parte de la enseñanza de los jóvenes entrenados para sacerdotes. Durante la Colonia temprana, se empleaba un especialista que viajaba de un…p. 312
[2]mantas coloradas y una pintada … mas otra manta questa por pintar …” 16. Antes de la llegada de los españoles, como se menciona más adelante, el arte de pintar mantas formaba parte de la enseñanza de los jóvenes entrenados para sacerdotes. Durante la Colonia temprana, se empleaba un especialista que viajaba de un…p. 312
[3]de Pérez, comunicación personal, 2014), que se podría interpretar como la acción de dar color por otros medios (como, por ejemplo, con pincel) y no necesariamente por el proceso de “teñir” en el sentido que se usa hoy 27. L OS COLORES Tienen un significado simbólico en prácticamente todas las sociedades indígenas de…p. 326
[4]de Pérez, comunicación personal, 2014), que se podría interpretar como la acción de dar color por otros medios (como, por ejemplo, con pincel) y no necesariamente por el proceso de “teñir” en el sentido que se usa hoy 27. L OS COLORES Tienen un significado simbólico en prácticamente todas las sociedades indígenas de…p. 326
[5]diferentes colores o con imágenes sagradas de la nueva religión. También las utilizaron para el “cielo” o cobertura textil ubicada en la parte superior del altar a modo de baldaquín. “…y porque del todo se extirpe la idolatría ordenaron y mandaron que los indios no traygan mantas pintadas con figuras de tunjo o…p. 423
[6]diferentes colores o con imágenes sagradas de la nueva religión. También las utilizaron para el “cielo” o cobertura textil ubicada en la parte superior del altar a modo de baldaquín. “…y porque del todo se extirpe la idolatría ordenaron y mandaron que los indios no traygan mantas pintadas con figuras de tunjo o…p. 423
[7]“seis y hasta ocho mantas chingas, cada una conforme su posible y a la honrra (sic) que quería le hiciese su cacique...”. El término chinga para una clase de mantas ha llevado a discusiones interesantes. Con el tiempo, los españoles se referían a ellas como chingamanales, un término de desprecio, pero parece que en un…p. 319
[8]“seis y hasta ocho mantas chingas, cada una conforme su posible y a la honrra (sic) que quería le hiciese su cacique...”. El término chinga para una clase de mantas ha llevado a discusiones interesantes. Con el tiempo, los españoles se referían a ellas como chingamanales, un término de desprecio, pero parece que en un…p. 319
[9]fue la forma de preparación aquí. Los muiscas usaban dos palabras para el rojo, traducidas al español como “colorado” y “colorado fino” (González de Pérez, 1987: 214. heczen mague [o] hiso para el primero y heczen quyhyquine, heczen ynpuyca para el colorado fino). En aras de aclarar las diferencias, González de Pérez…p. 309
[10]fue la forma de preparación aquí. Los muiscas usaban dos palabras para el rojo, traducidas al español como “colorado” y “colorado fino” (González de Pérez, 1987: 214. heczen mague [o] hiso para el primero y heczen quyhyquine, heczen ynpuyca para el colorado fino). En aras de aclarar las diferencias, González de Pérez…p. 309
[16]productos muy diferentes en el sentido de que el primero era geográficamente restringido, esencial para la vida, pero no se hallaba en áreas vecinas; su valor económico dependía del comercio o de intercambios a corta y larga distancia. La transcendencia y el alcance geográfico de este intercambio por intermedio de los…p. 303
[17]productos muy diferentes en el sentido de que el primero era geográficamente restringido, esencial para la vida, pero no se hallaba en áreas vecinas; su valor económico dependía del comercio o de intercambios a corta y larga distancia. La transcendencia y el alcance geográfico de este intercambio por intermedio de los…p. 303
02Breve historia económica de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 2017 · p. 36, 432 citas
[11]que cumpliera adecuadamente las funciones que se le atribuyen, como patrón de medida del valor, medio de intercambio o alma- cén de valor. Sin embargo, existieron ciertas mercancías que se intercambiaron con mayor frecuencia y que pudieron servir como patrón para medir valores. Esta característica se le ha atribuido…p. 43
[18]un aspecto fundamental que explica el establecimiento de comunidades independientes, puesto que este tipo de vínculos aseguraba la pertenencia de un individuo a una comunidad y con esto su acceso a los recursos del territorio que controlaban (Lleras, 1986). Posiblemente se dieron enfrentamientos bélicos para obte- ner…p. 36
03Mercados, poblamiento e integración étnica entre los Muiscas, Siglo XVICarl Henrik Langebaek · 1987 · p. 19, 84, 128, 139, 1435 citas
[12]anotar que el mismo cronista dudó del rol generalizado de la supuesta moneda cuando sostuvo que "les ocurría de ordinario... tratar unas cosas por otras". Además, refiriéndose al momento en que los conquistadores subían a territorio muisca, afirmó que éstos encontraron depósitos que utilizaban los indígenas para bajar…p. 128
[20]mostrar en línea generales qué clase de artículos intercambiaban los muiscas con etnias vecinas y a través de cuáles ruta podían circular los productos por el territorio de lo que hoy en día es Colombia. Paralelamente, se plantearán algunos datos generales sobre el trueque prehis-pánico en diversas regiones del país…p. 139
[21]prudente entonces, reconocer la necesidad de imponer un límite cronológico a los documentos que pueden servir para interpretar los aspectos precolombinos del intercambio. En ese orden de ideas, el material de consulta de esta investigación se ha restringido hasta la visita de Luis Henriquez que marcó el fin del Siglo…p. 19
[22]"de algodón el cual van a buscar a Chita", en dominios laches (/1602/ A.N.C. Vis. Boy. XVII f 776r). En contraste con la información antes expuesta, parece que los intercambios de algodón y mantas al extremo sur del territorio muisca no fueron muy comunes (mapa 6) aunque se sabe que los sutagaos entraban a los…p. 84
[24]de los Llanos; al respecto, algunos autores han sostenido que el acceso a mantas muiscas en la región llanera fue tan común que sus habitantes no sabían hacer sus propios tejidos (Salas, 1908, en Morey, 1975: 546). Recientemente, sin embargo, los Morey (Ibid.) han planteado que parte de las mantas que usaban los…p. 143
04Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · p. 121 cita
[13]las relaciones comerciales afianzaban redes de intercambio cultural más profundas. un aspecto importante de la sociedad muisca fue el desarrollo y la complejidad que se desprendieron de una economía natural no monetaria, y que se desplegó al tener un escenario de vastas redes comerciales y cercanías culturales y…p. 12
05Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · p. 165, 325, 3323 citas
[14]true - que con tribus vecinas y aún muy alejadas. Los principales artículos que se exportaban eran sal 153, esmeraldas, coca y Memoria sobre las Antigüedades Neo-Granadinas, Librería de F. Schneider i Cía., Berlín. Acerca de la arqueología «premuisca», véanse las notas biblio- gráficas para el capítulo iv, así como…p. 332
[31]con la hoya del río Ranchería. Para dar unos ejemplos de la presencia de esta tradición colombo-ecuatoriana en otras regiones de Colombia, se pueden citar los siguientes. A lo largo del río Magdalena hemos hallado varios sitios que se relacionan con esta tra- dición. Cerca de Honda, en el sitio de Arrancaplumas 53,…p. 165
[33]tros que indiquen una integración para la construcción y el mantenimiento del sistema. En el fondo, según todos los datos disponibles hasta ahora, parece que se trataba de una población rural cuyos restos materiales están muy super- ficialmente dispersados. Fue una sociedad de rangos bien definidos, al juzgar por la…p. 325
06Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 23, 372 citas
[15]ciertas regiones y con un valor suficien tem ente alto para justificar los costos del transporte. Los m uiscas, por ejemplo, intercam biaban textiles de algodón y sal (escasa en casi todas las dem ás regio nes) por oro y conchas de m ar, con las com unidades de la hoya del M agdalena. Del m ism o m odo, los indígenas…p. 23
[40]vertientes u n poco m ás tem p lad as y allí se extraían dos cosechas anuales. En tierras m ás bajas se sem braba arracacha, algodón, guayaba, piña y coca. A lgunos productos, com o la coca y el algodón, no eran cultivados p o r los m uiscas y los obtenían en el com ercio. C ad a cuatro días había m ercado en los…p. 37
07Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · p. 129, 1342 citas
[19]“lugares de mercado fueron casi todos que había de indios en estas dos provincias de Bogotá y Tunja”. Por otro, dijeron que en Tunja se hacía cada cuatro días, período relacionado con su sistema de numeración, y parece que así era en muchos otros lugares. Al parecer el sitio exacto del mercado era dentro del cerca- do…p. 129
[45]¢ Caso de los muiscas. y que ir tan lejos: incluso en el caso de comunidades de conformado unidades territoriales que reconocieran ique, más allá de los estrechos límites de la comunidad. incia de Pamplona, ampliamente estudiada por Germán $, algunos indígenas atestiguaron a los españoles que “res- Señores en sus…p. 134
08Historia de Colombia. La Colombia más Antigua. Tomo 1Gonzalo Hernández de Alba (dir.); Camilo Domínguez O., José L. Lorenzo, Amancio Fernández, Gonzalo Correal y otros · p. 119, 1372 citas
[23]y ciertos productos agrícolas, la sal era otro elemento básico del comercio de los muiscas. un grupo de especialistas en el intercambio. Las re- ferencias históricas parecen indicar que todos los indígenas comunes y corrientes iban a los merca- dos. Por otra parte, el trueque de artículos tuvo un papel importante al…p. 137
[32]que, durante el citado período, hicieron su aparición en la sabana de Bogotá las primeras ma- nifestaciones agro-alfareras. En los abrigos roco- sos de Zipacón (Cundinamarca), en una capa que data de 3.270 años antes del presente, aparecen los registros cerámicos más antiguos que se conocen en la altiplanicie…p. 119
09Herederos del jaguar y la anacondaNina S. de Friedemann, Jaime Arocha · 2016 · p. 64, 1362 citas
[25]los Llanos haya quedado atrás. La recuperación en que actualmente están empe- ñados los aborígenes se yergue sobre un ingrediente vital de intercambio entre grupos que confluyen en la organi- zación Únuma. Únuma es una filosofía de intercambio y de ayuda, tan vieja como la misma palabra en idioma guahibo. Actualmente…p. 136
[37]Fiídadnfitt Además de ganarle la batalla a las inundaciones anua- les, el manejo hidrológico busca unos mecanismos que permitan la utilización del líquido donde y cuando se nece- site. La primera meta exige la construcción de canales de desagüe y terraplenes que se eleven bien por encima del nivel de las aguas. Para…p. 64
10Antes de Colombia. Los primeros 14.000 añosCarl Henrik Langebaek · 2021 · p. 297, 4192 citas
[26]una violencia ritualizada, por completo ajena a la incorporación de mano de obra o a la subordinación económica de un grupo por otro. Los muiscas hacían sacrificios humanos durante los festejos relacionados con la siembra de maíz en los valles fríos, es decir, entre enero y marzo. En esa ocasión, los guerreros panches…p. 297
[27]tanto de acciones pasadas, por ejemplo, el trabajo que se invirtiera en producirlas o los precios fluctuantes de algún mercado, sino, más bien, de la posibilidad de mediar en acciones futuras. Su intercambio revelaba las acciones del donante: pedir perdón, confesar un delito o simplemente recordar un compromiso, todo…p. 419
11Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 25, 282 citas
[28]El ma í z serv í a para hacer arepas y “ chi 30 HISTORIA M Í NIMA DE COLOMBIA cha ”, una bebida fermentada para sus frecuentes fiestas y celebra ciones. Usaban tambi é n el tabaco y la coca. En casi toda la cordillera oriental, sus vecinos de los valles inter medios del r í o Magdalena y de la tierra caliente eran…p. 28
[47]lenguas a su mando, como algunos panches. Algo similar tal vez empezaba a pasar entre los cat í os de Antioquia o entre los grupos ind í genas del Cauca de la zona quimbaya, pero los relatos de los espa ñ oles no permiten saberlo con certeza. En el territorio colombiano no hubo imperios fuertes como los de Per ú o M é…p. 25
12Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 77, 84, 943 citas
[29]grandes figuras antropomorfas de barro muestran guerreros que llevan escudos redondos y cascos crestados. Est á n sentados en bancos bajos, de cuatro patas. Sobre la espalda de la í figuras aparece un animal monstruoso que parece trepar hacia ls cabeza, motivo similar al que'se puede observar en algunas escul turas de…p. 84
[38]cu bierta de un sistema de peque ñ as lomas alargadas paralelas, cons truidas artificialmente. Probablemente se trata de campos de cul tivo y de un sistema de drenaje, aunque no se puede descartar la posibilidad de que sean nansas o estanques para la cr í a de ciertas especies de peces. Tales construcciones, restos de…p. 77
[43]perfecci ó n de las construcciones de los Tairona. Esta falta de inter é s en la conservaci ó n de tierras o en la intensificaci ó n de su uso, podr í a indicar la general abundancia de tierras f é rtiles, ocupadas por una poblaci ó n bastante dispersa. Es claro que el pa í s. de los Muisca ten í a un “ interior ”,…p. 94
13Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 48, 522 citas
[30]mues- tran guerreros que llevan escudos redondos y cascos crestados. Están sentados en bancos ba- jos, de cuatro patas. Sobre la espalda de las figuras aparece un animal monstruoso que pa- rece trepar hacia la cabeza, motivo similar al que se puede observar en algunas esculturas de San Agustín. Junto con estos y otros…p. 48
[46]en el siglo XVI algunos territorios marginales o casi independientes, cuya sumisión al Zipa o al Zaque no estaba del todo clara. El status de estos territorios en el momento de la Conquista debe evaluarse, en parte por lo me- nos, en términos de un proceso histórico. En primer lugar, los dos "Estados" incipientes eran…p. 52
14Resistencia en el San JorgeOrlando Fals Borda · 2002 · p. 61, 652 citas
[34]el ambiente de todo el acontecimiento era alegre y positivo, casi como en los velorios de hoy después de que se van las lloronas. Pues para los zenú-malibúes la muerte no lle- gaba trágicamente como en un limbo frío o en una caldera satá- nica dónde expiar pecados, sino que aparecía como un simple paso en la vida…p. 65
[36]tiempo que los indios de la parte norte del Panzenú no disponían entierro solemne para un jefe. Desde cuando se fue- ron hundiendo poco a poco las inmensas obras de rectos canales para criar pescado y altos camellones para sembrar yuca y fruta- les —que construyeron los geniales ingenieros zenúes en la cuenca media y…p. 61
15Magdalena. Historias de ColombiaWade Davis · 2021 · p. 2861 cita
[35]de virilidad y fertilidad; figuras femeninas encontradas en cámaras funerarias, que tal vez fueron puestas allí para facilitar la concepción y el renacimiento después de la muerte; montículos en forma de mujeres en los últimos meses del embarazo, todos sembrados con árboles floridos de cuyas ramas colgaban bellísimos…p. 286
16Historia doble de la Costa. Tomo 1: Mompox y LobaOrlando Fals Borda · 2002 · p. 621 cita
[39]modo de produc- ción comunitario primitivo que distinguió a la mayoría de las tribus americanas que estaban en la etapa de recolección y agri- cultura rudimentaria. Aunque combinaban eficazmente estas formas de producción, los malibúes no habían desarrollado el modo de producción tributario que caracterizó a naciones…p. 62
17Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · p. 192 citas
[41]múltiples y distintas: iban desde agrupaciones que habían alcanzado etapas superiores de agricultura sedentaria y producían amplios excedentes, como los muiscas, hasta organizaciones menos avanzadas de recolec- tores y cazadores, generalmente en las tierras bajas, pasando por comunidades tribales de desarrollo…p. 19
[42]múltiples y distintas: iban desde agrupaciones que habían alcanzado etapas superiores de agricultura sedentaria y producían amplios excedentes, como los muiscas, hasta organizaciones menos avanzadas de recolec- tores y cazadores, generalmente en las tierras bajas, pasando por comunidades tribales de desarrollo…p. 19
18Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · p. 2131 cita
[44]a su vez tenían a la cabeza un cacique común, es decir, a alguien que estaba por encima de una cierta cantidad de jefes de tribu. También aquí nos encontramos con un hecho extendido en el mundo: el nombre del pueblo o de la tribu era el mismo que el del cacique. Para los muiscas la constitución del estado se había…p. 213