Honda
“Honda no fue elegida como puerto sino impuesta por la geología: los rápidos del Magdalena obligaban a detener toda embarcación y transbordar la carga, convirtiendo la ciudad en el cuello de botella insustituible entre el Caribe y el altiplano andino.”
Aguas arriba de Barranquilla, después de más de mil kilómetros de navegación tranquila desde el Caribe, el río Magdalena tropieza con un umbral de roca. En ese punto, donde la corriente se rompe en rápidos y la planicie caribeña cede paso a las estribaciones andinas, se levanta Honda. Durante cuatro siglos, todo lo que entró y salió del interior del Nuevo Reino de Granada —y luego de Colombia— pasó por sus bodegas, se descargó en sus muelles, se pesó en su aduana, se cargó en las mulas que subían a Santa Fe. Su fundación en 1539, su apogeo colonial, su ruina en 1805, su segunda vida con los vapores y su silencio final después del ferrocarril componen una biografía que es también, en miniatura, la del transporte colombiano.
La ciudad que hicieron los rápidos
Honda existe por una discontinuidad geológica. Asentada justo encima de los rápidos del Magdalena, en el sitio donde termina la navegación de aguas abajo y empieza otra realidad fluvial, la ciudad ocupa la línea invisible entre dos países dentro del mismo país. Hacia el norte se extiende la vasta planicie del Caribe, por la que el río corre ancho y navegable hasta el mar. Hacia el sur se alzan las cordilleras y, más allá, el Macizo Colombiano. En Honda ese contraste se vuelve inmediato y práctico: el Salto obliga a detenerse.
Esa detención forzosa fue durante siglos su razón de ser. Ninguna embarcación podía sortear los rápidos con la carga a bordo; había que descargar, transportar por tierra el tramo problemático y volver a embarcar aguas arriba, o —más frecuentemente— continuar por tierra hacia el altiplano. Honda no fue elegida como puerto: fue impuesta como puerto por la geología del río. Toda mercancía que subiera de Cartagena hacia Santa Fe de Bogotá pasaba por sus bodegas; toda mercancía que bajara del interior hacia el mar hacía lo mismo. En una economía colonial donde el Magdalena era la única arteria practicable entre la capital virreinal y el mundo, esa función no tenía sustituto.
Gonzalo Jiménez de Quesada la fundó en 1539, pocos años después de haber llegado al altiplano cundiboyacense y fundado Santa Fe. La coincidencia no fue casual: quien había establecido la capital en la sabana necesitaba, casi de inmediato, asegurar el puerto que la conectaría con el resto del imperio. Honda nace, así, como pieza subordinada de un sistema mayor —la ruta Cartagena-Mompox-Honda-Bogotá—, pero pronto adquirió peso propio. El río Gualí, que baja de la cordillera y desemboca en el Magdalena justo allí, partía la ciudad en dos y le daba una topografía difícil, de barrancas y escalinatas, sobre la que se acomodaron casas de cal y canto, bodegas, arcadas y, con el tiempo, conventos. Esa disposición irregular, hecha de niveles y desniveles, condicionó desde el principio la forma de mover la carga dentro de la propia ciudad: las bodegas se escalonaban entre el muelle y las calles altas, y bajar o subir un fardo entre ellas era ya un pequeño oficio.
El apogeo colonial: una plaza tan grande como Cartagena
Al mediar el siglo XVIII, Honda era una de las ciudades más pobladas y prósperas del virreinato. Su población era comparable a la de Cartagena y su movimiento comercial superaba al de Santa Fe. La comparación merece detenimiento, porque no es obvia: Cartagena era la plaza fuerte del Caribe, sede del apostadero naval, puerto de la Carrera de Indias, ciudad amurallada y episcopal, receptáculo de la trata y de los caudales de la Corona. Honda no tenía murallas, ni catedral, ni fondeadero oceánico, ni guarniciones equivalentes. Y sin embargo, si se atendía al vecindario, a los volúmenes de carga que atravesaban su aduana y a la densidad de casas comerciales instaladas en la barranca, la ciudad interior no le iba a la zaga. Un viajero decimonónico, calculando por la extensión de las ruinas que aún se veían medio siglo después de la catástrofe, estimaría que antes de 1805 pudo haber tenido no menos de veinte mil habitantes. La cifra es una deducción, no un censo, pero da la escala.
La analogía tenía además un componente militar. Honda era plaza de primer orden porque la seguridad del virrey en Santa Fe dependía de ella: quien controlara ese punto controlaba el acceso al altiplano. Cartagena defendía la entrada del imperio por el mar; Honda defendía la entrada del virreinato por el río. Una miraba al Atlántico, la otra al interior; una era fortaleza de piedra, la otra fortaleza de posición. Vistas así, las dos ciudades funcionaban como llaves complementarias del mismo sistema, y su prosperidad respectiva se alimentaba del mismo tráfico.
Las cuentas de aduana de 1773 permiten asomarse al detalle de ese tráfico. Ese año pasaron por Honda, con destino a Cartagena, Mompox, Santa Fe de Antioquia, Medellín, Remedios, Rionegro, Marinilla y Yolombó, 6.752 arrobas de azúcar, 1.930 cargas de harina, 375 cargas de cacao y 381 de frazadas. Detrás de esas cifras hay un ritmo cotidiano: el olor del cacao seco en los patios, los sacos de harina apilados a la sombra de los aleros, las frazadas de tierra fría bajadas al calor del río para volver a subir a lomo de mula hacia el interior antioqueño. La harina pagó el 28,7% de los derechos de aduana, el azúcar el 23,4%, el cacao el 22,1% y las frazadas el 11,3%; el resto —cerdos, jamones, garbanzos, sal, arroz, panela— completó el 14,5% restante. Los derechos recaudados fluctuaron entre cuatro y seis mil pesos de plata cada año, con un pico durante el virreinato de Pedro Messía de la Cerda (1761-1767/8) y una depresión posterior que se prolongó más allá de la Revolución de los Comuneros de 1781. Las rentas de los puertos del Nuevo Reino, que hasta 1565 habían pertenecido a los cabildos municipales, habían pasado a la Corona y desde entonces se arrendaban.
La lista de destinos revela algo más que geografía: revela quién manejaba el comercio. Los apellidos que se repiten en las cuentas —Carrasquilla, Tirado, Posadas, Montoya, Aranzazu— son antioqueños. Honda era el puerto obligado del interior, pero el capital comercial que lo hacía funcionar venía en buena parte de la provincia de Antioquia. Los lienzos fabricados en el Socorro y San Gil se internaban hacia esa provincia a través de Honda; los productos de Mompox, Cartagena y ultramar seguían el mismo camino. Los mercaderes de la carrera —los grandes importadores con vínculos directos entre Cartagena y Sevilla— distribuían desde allí hacia las regiones mineras y agrícolas. Y los comerciantes locales, más ricos por el volumen del tráfico que por el clima, solían escapar del calor de la ribera para veranear con sus familias en Mariquita o El Fresno, seis leguas adentro, donde el aire de montaña compensaba las fiebres del puerto.
Champanes y bogas: la mano de obra del río
La imagen de Honda quedaría incompleta sin la embarcación que la surtía y la mano de obra que la movía. El champán era la nave del Magdalena: entre cuarenta y ciento cincuenta pies de largo —doce a cuarenta y seis metros—, seis a ocho pies de ancho, con un toldo de bambú y paja que protegía a pasajeros y mercancías del sol y de la lluvia, y un desplazamiento de hasta quince toneladas. Cada champán era operado por una tripulación de diez a veinticinco hombres bajo la dirección de un patrón que pilotaba la embarcación, reclutaba los bogas y negociaba los contratos con los comerciantes.
Los bogas propulsaban el champán río arriba con una técnica extenuante: hundían una larga pértiga en el fondo, apoyaban su extremo sobre el hombro o el pecho, y caminaban toda la longitud de la cubierta empujando la embarcación contra la corriente. Repetían el gesto durante jornadas de hasta trece horas, en calor y humedad extremos, aguas arriba hacia Honda. La tarea exigía fuerza muscular extraordinaria, resistencia y coordinación; los propietarios de las embarcaciones debían suministrar comida y licor abundantes durante todo el viaje, y pagar los salarios parcial o totalmente por adelantado. Se calculaba que había unos diez mil bogas en el valle del Magdalena, cifra que probablemente subestimaba la real.
La cuestión de quiénes eran los bogas atraviesa la historia colonial. Los primeros españoles obligaron a los indios encomendados a hacer el trabajo, con consecuencias devastadoras: la boga y las enfermedades diezmaron rápidamente a la población indígena de la ribera. Una Cédula Real de 1552 prohibió el empleo de indígenas como bogas del Magdalena; la prohibición se repitió en 1570, 1576 y 1598, siempre en vano. Con el tiempo, sin embargo, la mano de obra pasó a ser mayoritariamente afrodescendiente y libre, y en el siglo XVIII los bogas de origen africano dominaban ya el oficio.
Su posición en el sistema era ambigua. En un extremo de la jerarquía social, eran también, en la práctica, insustituibles: sin ellos no había navegación, y sin navegación no había Honda ni Bogotá abastecidas. Esa insustituibilidad se traducía en un margen de autonomía que exasperaba a comerciantes y pasajeros. Los bogas desaparecían con el adelanto salarial, llegaban tarde o borrachos al embarcadero, no siempre completaban el viaje. Los viajeros extranjeros los describían con una mezcla de exotismo y reproche que decía tanto de los observadores como de los observados. Hasta la llegada del vapor mecánico, el vapor humano de los bogas fue lo que sostuvo el tráfico entre la costa y el interior.
El tramo Honda-Bogotá: el cuello de botella verdadero
Descargada la mercancía en Honda, empezaba la parte más costosa del trayecto. De allí a Santa Fe había que subir la cordillera por un camino que partía hacia Guaduas y Facatativá antes de llegar a la sabana. Ese tramo se hacía en recuas de mulas o en cuadrillas de cargadores humanos —los llamados tercios, que movilizaban aproximadamente la tercera parte de las doscientas o doscientas cincuenta libras que cargaba una mula—, y su dificultad no era anecdótica: era estructural.
A mediados del siglo XIX, los fletes de mula en el camino Honda-Bogotá durante el verano oscilaban entre veintidós y treinta y cuatro centavos por tonelada-kilómetro. En épocas de lluvia, o cuando las guerras civiles escaseaban las mulas, se duplicaban y llegaban a cuarenta o sesenta. La comparación es demoledora: por esa misma época, los costos de transporte terrestre en los Estados Unidos, gracias a canales y ferrocarriles, se habían reducido a cerca de un centavo y cuarto por tonelada-kilómetro. La brecha no era de grado, sino de época: mientras el mundo atlántico entraba en la revolución del transporte, el corredor Honda-Bogotá seguía moviéndose al paso de la mula.
Las condiciones físicas del tramo estaban a la altura de esa tarifa. En época de lluvias los propietarios de recuas se negaban a aceptar carga por el riesgo para los animales; en los desfiladeros más intrincados, ni las mulas podían pasar y los cargadores humanos eran el único recurso; en las peores condiciones, incluso ellos encontraban los senderos prácticamente inutilizables. El camino de Honda a través de Guaduas —el más frecuentado, por ser el más corto para llegar a Bogotá— era ruta habitual de la clase alta y de los viajeros extranjeros, lo que multiplicó los testimonios escritos que se lamentaban de su estado. Coexistían con él otros caminos al Magdalena, por el Carare, por Barrancabermeja, por Puerto Nacional, pero ninguno reemplazó al de Honda.
La arriería en las rutas que convergían hacia el puerto era, en realidad, un mundo cerrado y exigente. En el trayecto Manizales-Honda, una mula debía descansar dos o tres meses tras el viaje de ida y regreso para reponerse. Alexander von Humboldt, que en 1801 remontó el Magdalena hasta Honda y luego cruzó por el Quindío hacia Popayán sin entrar a Antioquia, recogió el testimonio de que toda la provincia antioqueña estaba rodeada de montañas tan difíciles que quien no confiara en un carguero humano o no tuviera fuerza para cruzarlas a pie debía renunciar a salir de la región. La observación describe a Antioquia, pero por extensión describe todo el sistema: el corredor andino no era un paisaje que se atravesara, era un obstáculo que se pagaba caro.
El terremoto de 1805 y la ruina
El 16 de junio de 1805 un terremoto destruyó Honda en gran medida. El río Gualí, que dividía la ciudad en dos partes, sirvió después como línea divisoria de la memoria: el lado sur, asentado sobre roca dura, resistió mejor las vibraciones y quedó más poblado; el lado norte quedó en ruinas. Las guerras que siguieron —las de Independencia, primero, y luego las civiles republicanas— impidieron cualquier reconstrucción sustancial. Cuando los viajeros del siglo XIX describieron Honda, lo hicieron a través de sus ruinas: escombros de lienzos de paredes de cal y canto, grandes arcadas caídas, la traza de una ciudad más grande de lo que la actual dejaba sospechar. Sobre esas ruinas se calculó, por deducción, la cifra de los veinte mil habitantes previos.
La postración fue real, pero también engañosa. Honda dejó de ser la plaza brillante que había sido, pero no dejó de ser el punto obligado de tránsito. La posición geográfica no se destruyó con las paredes: los rápidos seguían allí, el río seguía navegable hasta ese punto y no más, la ruta a Bogotá seguía pasando por el mismo desfiladero. Durante la primera mitad del siglo XIX Honda funcionó como una ciudad diezmada pero funcional, una versión más pequeña y más pobre de sí misma que, sin embargo, seguía canalizando el comercio.
Durante la Independencia, el Camino de Honda cumplió también un papel más siniestro. Tras el ingreso de los ejércitos patriotas a Santafé de Bogotá, los realistas huyeron por él, abandonando precipitadamente sus bienes. El confesor del virrey Juan Sámano, fray Antonio González, y el canónigo Joaquín del Barco, escaparon a pie por ese camino. La fuga tuvo víctimas en el trayecto: don Andrés de Urquinaona, don José María Márquez, don Nicolás de Ugarte, entre otros, murieron en la ruta. El camino que durante siglos había subido mercancías bajaba ahora fugitivos, y esa doble dirección era en sí misma un síntoma del cambio de régimen.
El vapor: una segunda vida
En la década de 1820, el gobierno republicano de Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander otorgó al empresario Juan Bernardo Elbers un privilegio para adelantar la navegación a vapor por el Magdalena. Desde 1825, dos embarcaciones —la Bolívar y la Santander— surcaron el río, aunque solo en su parte baja y por poco tiempo. La navegación a vapor tardaría todavía un cuarto de siglo en consolidarse: fue hacia 1850, una vez eliminados los monopolios, ampliado el comercio de exportación y abiertos los caminos regionales hacia el río, cuando los vapores empezaron a operar con regularidad.
Para Honda, el vapor fue una promesa incompleta. Los buques introducidos después de 1847 remontaban el Magdalena más rápidamente que los champanes, pero por lo general solo llegaban hasta la Vuelta de Conejo —también llamada Vuelta de la Madre—, un poco antes de Honda. Desde allí había que trasladar la carga a champanes para completar el trayecto. El Salto de Honda constituía un obstáculo técnico que los vapores no podían franquear: el mismo umbral geológico que había fundado la ciudad seguía imponiendo un transbordo, solo que ahora el transbordo era vapor-champán en lugar de champán-mula. Y una vez en Honda, la carga seguía subiendo a Bogotá a lomo de mula por el mismo camino de siempre.
A eso se sumaban las restricciones estacionales. En sequía, los vapores encontraban partes del Magdalena impracticables; en invierno, el camino a Bogotá se volvía intransitable. Los rápidos del Guarinó y otros chorros del río exigían maniobras difíciles. La sustitución del vapor humano por el vapor mecánico, celebrada por los liberales y los promotores del comercio como emblema de civilización y progreso —aunque criticada por publicistas como Manuel Murillo Toro, que advertían que sus beneficios podían no alcanzar a todos—, no eliminó los cuellos de botella de la geografía; los desplazó.
Ya desde las décadas de 1840 y 1850, decretos legislativos y mensajes presidenciales contemplaban la necesidad de salvar el Salto de Honda mediante un ferrocarril o una carretera. La solución existía en el papel mucho antes de existir en el terreno. Mientras no se construyera, Honda mantenía su función: era el punto obligado donde el vapor entregaba su carga y donde empezaban las mulas y los champanes menores.
El Ferrocarril de La Dorada: la sentencia diferida
El desenlace vino en 1888. Ese año se terminó el Ferrocarril de La Dorada, cuya función era unir el alto y el bajo Magdalena sorteando los rápidos que dificultaban la navegación. Francisco Javier Cisneros —el ingeniero cubano que había contratado también los ferrocarriles de Girardot y Buenaventura-Cali, una línea de tranvía en Barranquilla y varios arreglos en puertos del Magdalena— tomó a su cargo la construcción en 1883, y en poco más de un año levantó las catorce millas iniciales con un desembolso total cercano a los 700.000 pesos.
El nombre del ferrocarril lo dice todo: La Dorada, no Honda. El punto que había sido durante cuatro siglos el eje del transbordo dejó de serlo cuando otro pueblo, al otro lado del Salto, se convirtió en cabeza de línea. La carga bajaba por el ferrocarril desde el alto Magdalena, esquivaba los rápidos, y volvía al vapor aguas abajo sin necesidad de detenerse en las bodegas hondanas. La ventaja locacional que la geología había impuesto durante siglos se disipó en cuestión de años.
La coincidencia con el resto de la red ferroviaria completó el desplazamiento. El Ferrocarril de Girardot, ruta alternativa al interior, empalmaría con el de La Sabana —que tenía una carrilera más ancha— hasta 1910, y su amortización pesaba todavía sobre la deuda pública colombiana en 1934. Girardot, además, ofrecía a Bogotá una salida al Magdalena que no pasaba por Honda. El corredor histórico se fragmentó en varios corredores nuevos, ninguno de los cuales necesitaba ya al viejo puerto.
Y luego, a partir de la década de 1930, la importación de automotores y la expansión de carreteras empezaron a desplazar al propio ferrocarril como eje del transporte colombiano. El equipo rodante ferroviario estaba obsoleto, los costos laborales eran elevados, y aunque la red vial no formaba todavía un sistema nacional consolidado, avanzaba lo suficiente para cambiar la matriz. Cuando la carretera terminó por imponerse, la navegación a vapor del Magdalena —que había sido el gran signo de progreso del siglo XIX— quedó reducida a un recuerdo.
La lógica de una decadencia
Es tentador atribuir la ruina de Honda al terremoto de 1805 y a las guerras que le siguieron. El material invita a esa lectura: la ciudad de los veinte mil habitantes quedó reducida a un caserío entre ruinas, y desde entonces nunca recuperó su población ni su magnificencia. Pero esa lectura confunde el detonante con la causa. Honda sobrevivió al terremoto como puerto —diezmada, sí, pero funcional— precisamente porque su valor no estaba en sus edificios sino en su posición. Los rápidos del Magdalena no se movieron. Mientras el sistema de transporte del país siguió siendo el río más la mula, Honda siguió siendo indispensable.
Lo que la volvió prescindible no fue la catástrofe natural, sino el cambio de matriz tecnológica. El ferrocarril de La Dorada, al esquivar los rápidos, canceló la fricción geográfica que la hacía obligatoria; la carretera, décadas después, canceló hasta la necesidad del ferrocarril y del río. Honda había sido una ciudad producida por un obstáculo natural. Cuando la técnica aprendió a rodear el obstáculo, la ciudad se quedó sin función. El terremoto abrió la herida; el cambio de matriz de transporte la hizo permanente.
Esa lectura permite ver también otra dimensión del asunto. El verdadero cuello de botella del sistema colonial y republicano no era Honda en sí, sino el tramo Honda-Bogotá: los fletes de mula entre veintidós y sesenta centavos por tonelada-kilómetro, frente al centavo y cuarto estadounidense, revelan que la ineficiencia estructural estaba en la conexión terrestre con la capital. Honda era el síntoma visible de un problema de infraestructura que abarcaba todo el corredor andino, y su decadencia coincide con la resolución progresiva —parcial, tardía, incompleta— de ese problema. Cuando los caminos y los rieles empezaron a atravesar mejor las cordilleras, el punto de transbordo perdió centralidad.
Hay una dimensión más, menos geográfica y más humana: las redes mercantiles que hacían de Honda un nodo eran, en buena medida, antioqueñas. Los Carrasquilla, los Tirado, los Posadas, los Montoya, los Aranzazu no eran de Honda; usaban Honda. Cuando el comercio antioqueño encontró rutas alternativas —el ferrocarril de Antioquia hacia Puerto Berrío, luego las carreteras—, ya no necesitó pasar por el viejo puerto. La agencia no residía en el lugar sino en quienes lo cruzaban, y cuando ellos cambiaron de camino, Honda quedó sola con sus rápidos y sus ruinas.
Huella y memoria
Lo que queda hoy de Honda es, en primer lugar, una traza urbana colonial de valor patrimonial excepcional: el trazado sobre la barranca del Magdalena, la división del Gualí, los restos de la arquitectura de cal y canto que resistió al terremoto y a los siglos, las bodegas que aún recuerdan al puerto que fue. Es una ciudad-monumento en la que el declive mismo se ha vuelto patrimonio: las ruinas que describieron los viajeros del siglo XIX se han sedimentado como paisaje, y el visitante contemporáneo lee en ellas una historia que la ciudad ya no cuenta en su presente económico.
Queda también su papel en la memoria del transporte colombiano. Miguel de Pombo y José Celestino Mutis pasaron por Honda; Humboldt la usó como escala; Bolívar viajó por el río que ella custodiaba; Alfred Hettner, el geógrafo alemán que a finales del siglo XIX recorrió Colombia, la incluyó en sus observaciones. La ciudad fue, para generaciones de viajeros, la puerta física de Bogotá: quien llegaba al interior desde el mar tenía que detenerse en ella, dormir en ella, comer en ella, esperar mulas en ella. Esa función de umbral produjo una densidad de testimonios que pocos otros lugares del país acumulan.
Pero su huella más profunda es estructural. La historia de Honda contiene, en un solo lugar y en un arco de cuatro siglos, el diagrama de cómo la geografía dicta la economía hasta que la técnica corrige la geografía, y de cómo esa corrección puede desmantelar en pocas décadas lo que siglos construyeron. La ciudad que Jiménez de Quesada fundó en 1539 fue, durante trescientos cincuenta años, el pivote logístico del interior neogranadino. Los rápidos del Magdalena la impusieron; el ferrocarril y la carretera la depusieron. Entre esas dos fechas —el punto donde el río se rompe y el punto donde la técnica lo rodea— cabe una parte considerable de la historia material de Colombia.
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Documentos y fragmentos citados
29 documentos · 40 fragmentos01Magdalena. Historias de ColombiaWade Davis · 2021 · p. 97, 1192 citas
[1]divisoria entre las dos realidades del Magdalena: el Macizo Colombiano y las alturas del país que se explayan hacia el sur, y hacia el norte, la vasta planicie costera del Caribe, los humedales y las ciénagas, las interminables orillas del mar. El museo tenía que hacerse acá. Honda es el eje. Sus palabras tenían mucho…
p. 119
[18]docena de mesas en la penumbra, parece escasa, casi una sombra de lo que era antes. Aun así, la gama de criaturas bellas y exóticas, de formas extravagantes y curiosos apéndices, constituye una visión asombrosa para cualquier persona no familiarizada con la pesca tradicional de la región; peces que un extranjero…
p. 97
02Los López en la historia de ColombiaÓscar Alarcón Núñez · 2022 · p. 341 cita
[2]ciudad era plaza militar de primer orden: la seguridad del virrey en Santa Fe dependía de la fortaleza de Honda. Los comerciantes y capitanes del puerto solían veranear con sus familias en El Fresno o en Mariquita, seis leguas adentro, de clima más suave, almendrones, mangos y caimitos. Estaba la ciudad fluvial tan…
p. 34
03Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 16, 582 citas
[3]las zonas aledañas. Al lado de los centros adm inistrativos estabilizados por una base ag ro p e cuaria bien consolidada y de los pueblos m ineros m ás inestables, aparecieron otros poblados españoles que funcionaban com o pu n to s de tránsito en la ru dim entaria red de cam inos. Los puertos caribeños de Santa M…
p. 58
[6]tales que los propietarios de recuas no aceptaban carga en las épocas de crudo invierno debido al gran riesgo para los anim ales. A un d u ran te el verano, los fletes de m uía fueron relativam ente altos: de 22 a 34 centavos por tonelada-kilóm etro a m ediados del siglo xix. En estaciones de lluvia o cuando la guerra…
p. 16
04Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 1331 cita
[4]una cierta estabilidad, pues los derechos fluctuaban apenas entre cuatro y seis mil pesos de plata cada año. Durante el virreinato de Messía de la Cerda (1761-1767/8) se observa un cierto auge, se- guido de una depresión que se prolonga más allá de la Revolución de los Comuneros. La estructura de este comercio puede…
p. 133
05¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · p. 391 cita
[5]itinerario del co mercio colonial al conocer la actividad portuaria de Cartagena, Mompox y Honda, como también al tener una comunicación permanente con habitantes de Tunja y Popayán, hacia donde él mismo se dirigía para comercializar los productos de los indíge nas a los que evangelizaba en el piedemonte amazónico. Él…
p. 39
06Historia económica de Colombia, 1845-1930William Paul McGreevey · 2015 · p. 79, 3452 citas
[7]1850. Un comerciante de la época relata que el viaje de ida y regreso del valle de Antioquia a la ciudad de Popayán tomaba dos meses. La situación no había cambia- do de manera perceptible desde el siglo XVIII, cuando "la mayoría de las familias antioqueñas, aun aquellas con algunos medios de fortuna, comían en platos…
p. 79
[8]los ferrocarriles en el caso de los Estados Unidos 1. l. EL SISTEMA DE TRANSPORTES EN 1850 A mediados del siglo XIX muchas de las principales rutas terrestres del país debían ser transitadas por cargadores humanos (tercios), en razón de que su mal estado impedía el paso de mulas u otras bestias de carga. Durante…
p. 345
07Cuatro ensayos sobre historia social y política de Colombia en el siglo XXMaría del Pilar Zuluaga, Rodrigo Hernán Torrejano, Susana Inés Ojeda, Franz Flórez · 2007 · p. 131 cita
[9]estaba conformado por el tranvía, que se había puesto al servicio a fines del siglo xix. Sólo en 1910 empezaron a aparecer los primeros automóviles en la ciudad, aunque eran bastante escasos debido a su alto costo. Para mediados del siglo xix, Bogotá se encontraba en un aislamiento al que la so - metía su ubicación…
p. 13
08La colonización antioqueña en el occidente de ColombiaJames J. Parsons · 1997 · p. 117, 1212 citas
[10]en una ocasión, él había sido detenido once días al cruzar un río, y períodos más cortos en otras aguas, en las cuales se ahogaban las mulas. Antioquia ha sido siempre famosa por la pésima calidad de sus vías de comunicación. El relato de Alejandro de Humboldt, quien subió por el Magdalena hasta Honda y después cruzó…
p. 117
[35]27. García, op. cit., págs. 417 y sgts. 28. Cisneros, op. cit. 246 La colonización antioqueña CUADRO 15 CARGA MOVILIZADA POR EL CABLE AÉREO DE MARIQUITA (EN AMBAS DIRECCIONES) 1923 1925 1935 1945 TONELADAS 28.765 36.944 35.132 50.921 Era cosa reconocida que se debía desarrollar algún género de agricultura exportable…
p. 121
09Economía y cultura en la historia de ColombiaLuis Eduardo Nieto Arteta · 2016 · p. 4581 cita
[11]quedando atrás de todo el mundo…». A mediados del siglo pasado, las distintas vías de comu- nicación al río Magdalena eran las siguientes: el camino del Carare, que unía el pequeño río del mismo nombre con la ciudad de Vélez y tenía una extensión de 20 leguas; el de Barrancabermeja, que unía el puerto de idéntico nom-…
p. 458
10Empresas y empresarios en la historia de Colombia. Siglos XIX-XX. Una colección de estudios recientesCarlos Dávila Ladrón de Guevara (compilador) · 2003 · p. 170, 4762 citas
[12]de ida y regreso en la ruta Manizales-Honda, debía descansar entres dos y tres meses para reponerse de la dura travesía. La arriería fue importante en el proceso de acumulación de capital porque, ade más de haber contribuido a amasar grandes fortunas, permitió el ascenso social de pequeños arrieros -c o n dos o tres…
p. 170
[27]Bogotá casi nunca hubo un momento favora ble. En las temporadas de sequía era difícil para los vapores navegar algunas partes del río Magdalena y en los tiempos de lluvia era imposible subir la mercancía desde Honda hasta Bogotá por muía. En el Magdalena, aunque los vapores introducidos después de 1847 remontaban el…
p. 476
11Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · p. 410, 4132 citas
[13]El llamado «puerto» de Nare, por su parte, apenas ofrecía un desembarcadero a las mercancías que se llevaban desde Honda. Un capitán, Juan Ospina, quien comerciaba después de veinte años con los habitantes de Remedios y que afirma conocer bien la ruta, declaró en 1675 que... no ha visto en el dicho puerto de Nare haya…
p. 413
[24]de Mompox. En 1541, Pedro de Heredia había distribuido allí 22 encomiendas que producían ocho mil pesos de tributos, lo que signifi caba que existían por lo menos tres o cuatro mil indios que podían ser em pleados como remeros36. En 1549, los indígenas se rebelaron mientras la región era disputada por las provincias…
p. 410
12Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 2581 cita
[14]de la Audiencia, los gobernadores y los oidores o simples jueces de comisi ó n y otros funcionarios meno-: res — se vieron envueltos en actividades comerciales. Durante todo el per í odo colonial los funcionarios de la Corona fueron acusados insistentemente de buscar un lucro en el comercio e inclusive en el…
p. 258
13Pensamientos políticos y memoria sobre la población del Nuevo Reino de GranadaPedro Fermín de Vargas · 2016 · p. 411 cita
[15]valen en Honda, y se interna- rían en Antioquia sin los riesgos de la peligrosa navegación del río Nare, en cuyas juntas han perecido innumerables personas, con muchos efectos comerciables. Este cálculo es evidente a todo el que sabe la mucha distancia que hay 42 Píndi Fídcer ní Vsdtsa desde la villa del Socorro y San…
p. 41
14Historia económica de ColombiaJosé Antonio Ocampo Gaviria (compilador), Germán Colmenares, Jaime Jaramillo Uribe, Hermes Tovar Pinzón, Jorge Orlando Melo González, Jesús Antonio Bejarano Ávila, Joaquín Bernal Ramírez, Mauricio Avella Gómez, María Errázuriz Cox, Carmen Astrid Romero Baquero · 2017 · p. 1321 cita
[16]y lanares, o al contado, y del Socorro recoge lienzos, bayetas, colchas y otras piezas útiles. El Socorro. Remite a todo el reino algodones en rama “con pepita y sin ella”, lienzos, paños de manos, colchas y otras piezas útiles. A Santa Fe y Popayán se envían por tierra, a Cartagena, Antioquia, Santa Marta y Riohacha…
p. 132
15The Work of Recognition: Caribbean Colombia and the Postemancipation Struggle for CitizenshipJason McGraw · 2014 · p. 92, 1092 citas
[17]claimed there were 10,000 bogas in the Magdalena Val- ley, a figure that may have underestimated their ranks. 7 The bogas worked canoes, skiffs, and large dugout bongos, with the mainstay of human- powered transportation being the champán, a boat 40 to 150 feet long and 6 to 8 feet wide, with a thatched bamboo canopy…
p. 92
[31]speed and com- fort, progress and civilization,” assured Juan de Dios Restrepo, whereas the “damned champanes, with their discomfort and slowness, frighten the traveler and cause the man of business to lose hope.” Traveling by steam in 1859, José María Samper called his boat “the child of the republic and instrument…
p. 109
16Historia doble de la Costa. Tomo 1: Mompox y LobaOrlando Fals Borda · 2002 · p. 851 cita
[19]de puertos sobre el Magdalena, como Guataquí y luego Honda, obligó a realizar largos viajes por el río que requerían de un poco de sombra y comodidad para los pasajeros. A las canoas más grandes se les añadió un techo cóncavo de palmas, y se dispuso de algún espacio adicional para equipajes y carga. Pronto el champán…
p. 85
17Historia de la vida cotidiana en ColombiaBeatriz Castro Carvajal (editora) · 2016 · p. 379, 3842 citas
[20]negros, los mulatos y los indios de sangre mez- clada. Antes de empezar el trabajo penosísimo a que se iban a entregar, nuestros hombres, como suelen hacerlo en casos semejantes en cuanto no están a la vista de las ciudades, se despojaron de todas las prendas de vestir, no conservando más que un calzoncillo corto,…
p. 379
[28]llamativo aspecto exterior son la enorme rueda de paletas en la popa y su quilla extremadamente panda y ancha, que provee, a manera de primera cubierta, un espacio amplio para la máquina y las provisiones, tanto de leña como las alimenticias, dando al mismo tiempo cabida para la estada de la tripulación y los…
p. 384
18Liberty and Equality in Caribbean Colombia, 1770-1835Aline Helg · 2004 · p. 851 cita
[21]and large straw hats, propelled longboats upstream, with levers propped up against their chests, for up to thirteen hours a day in a hot and humid environ- ment—a task that required endurance, extraordinary muscular strength, precise rhythm, and coordination, as Alexander von Humboldt observed. 112 To secure the work…
p. 85
19Liberty and Equality in Caribbean Colombia, 1770-1835Aline Helg · p. 851 cita
[22]and large straw hats, propelled longboats upstream, with levers propped up against their chests, for up to thirteen hours a day in a hot and humid environ- ment—a task that required endurance, extraordinary muscular strength, precise rhythm, and coordination, as Alexander von Humboldt observed. 112 To secure the work…
p. 85
20Black Catholic Worlds: Religious Geographies of Eighteenth-Century Afro-ColombiaBethan Fisk · 2025 · p. 791 cita
[23]around seventy days. 35 Travel from the Caribbean coast to the interior and the Pacific was lengthier. The Magdalena River was the main artery of movement between the Caribbean and the interior of the Viceroyalty. The river permitted mobility and relative freedom for people of colour in the eighteenth century. Bogas,…
p. 79
21Historia concisa de Colombia 1810-2017Michael J. LaRosa, Germán Mejía · 2017 · p. 2001 cita
[25]la exportación los hicieron viables para los inversionistas: la navegación a vapor y los ferrocarriles. Respecto del primer sistema, ya en el decenio de 1820 fue aprobado por el gobierno de Bolívar y Santander un privilegio para que el empresario alemán, nacionalizado colombiano, Juan Bernardo Elbers adelantara la…
p. 200
22Industria y protección en Colombia, 1810-1930Luis Ospina Vásquez · 2017 · p. 413, 5242 citas
[26]el Salto de Honda por medio de un ferrocarril o de una carretera 479. 16 de diciembre, 1852; 19 de marzo de 1857. Decreto Legislativo de 28 de abril de 1844. Véase también: J. F. Rippy (R-9), pág. 49. Como complemento, se pensó en abrir el canal de Boca Grande, y en la construcción de muelles en el puerto de…
p. 413
[33]ferrocarril de Panamá— 655. La guerra de 1899 causó la destrucción de vía y material que es de suponer, y retardó la construcción de ferrocarri- les por muchos años. Algunos de ellos —Panamá, Barranquilla-Puerto Colombia, Calamar-Cartagena, Zulia-Cúcuta, y, parcial- mente, el de La Dorada— habían alcanzado sus…
p. 524
23El Dorado: estampas de viaje y cultura de la Colombia suramericanaErnst Röthlisberger · 2017 · p. 781 cita
[29]más alta; la vegetación, menos exuberante; la corriente, más rápida. Hacia el atardecer estamos en Nare, donde existe un tin- glado — bodega le llaman— para la descarga de mercan- cías con destino a Antioquia. Aquí descienden algunos de nuestros nuevos compañeros de viaje. Con espanto los veo desaparecer en la oscura…
p. 78
24Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2023 · p. 1921 cita
[30]the coast and the exterior. Thus, steamship transportation along the Magdalena River is now a mere memory. The Magdalena River was not the only waterway that served to facilitate steamship navigation. The Atrato River on the west coast was a key trans- portation route. The Esmeralda arrived in Quibdó in 1852 and was…
p. 192
25El café en ColombiaMarco Palacios · 2002 · p. 601 cita
[32]elevados teniendo en cuenta la dispersión de la población, las condiciones topográficas, la debilidad fiscal de los Estados para garantizar deudas o administrar eficientemente el sistema y la carencia de capitales nacionales o extranjeros. Menciona ocho proyectos de los cuales cua- tro fracasaron, lo que considera…
p. 60
26Notas de viaje: Colombia y Estados Unidos de AméricaSalvador Camacho Roldán · 2017 · p. 244, 2502 citas
[34]de míster Modica, ciudadano americano, tomó a su cargo la empresa, en relación con una casa americana, y otro in- geniero, míster Wheeler, rectificó el trazado, acopió dur- mientes, pidió rieles, y hubiera empezado la construcción, a no haber quebrado la firma de quien los empresarios es- peraban los primeros…
p. 250
[38]de primer orden. Como lo atestiguan todavía con lenguaje mudo, pero de solemne tristeza, sus grandes 245 Níndi ce rsdte Cíaíóosd p Eindcíi Ulscíi ce Aóbusmd ruinas, no menos de 20. 000 habitantes debían de dar en otro tiempo animación y vida a sus calles; estrechas y lle- nas de almacenes al pie, levantadas en…
p. 244
27Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · p. 43, 1732 citas
[36]faltaba un co rt o tramo de Ca u- cas ia (Antioquia) a Planeta Ri ca (Córdoba). Bogotá se com uni ~.:a ba co n Ne iva por ferro c arri l, pero la car r etera de Neiva ya iba por Colombia hacia Girardot. 1.a imp or tación de au t omo tor es y el bajo pr ec io de l os combus- 173 174 Marco Pala c ios tibies favorecían…
p. 173
[37]intereses de las empresas. Los beneficios del sector exportador-importador fueron evidentes, y, entre los indirecto s, debe mencionar se la valorización y concen- tración de las tierras beneficiadas. La era del ferrocarril resaltó la importancia del río Magdalena 43 4 Mar co Palacios qu e, una vez más, fue la arter ia…
p. 43
28La colonización antioqueña: una empresa de caminosEduardo Santa · 2016 · p. 1281 cita
[39]ciudad, desconociendo inicialmente la Cédula Real de los Aranzazu. El mencionado camino, en realidad, estaba marcando la ruta más importante que habían seguido los coloni- zadores en su formidable gesta, puesto que era la vía de penetración que venía desde el sur de Antioquia, hacia lo que hoy son los departamentos de…
p. 128
29Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · p. 661 cita
[40]para formarse una idea de lo que se llama turbación, terror, trastorno. Huyendo despavoridos, abandonando a la suerte todos sus más preciados bienes”. Los eclesiásticos también sufrieron el temor y la incertidumbre que generó la llegada de los independentistas, y sus acciones contra quienes favorecieron la causa del…
p. 66