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Biografía

Antonio Caballero y Góngora

Pre-independencia

1723–1796

18 min de lectura36 documentos
Nacimiento1723
Fallecimiento1796
RolesArzobispo de Santafé (1779-1789) · Virrey del Nuevo Reino de Granada (1782-1789)
Lugar principalColombia
Período históricoPre-independencia1780–1809
03

La biografía

En la historia de Nueva Granada hay un puñado de nombres que condensan una época entera, y el de Antonio Caballero y Góngora es uno de ellos. Andaluz de Priego de Córdoba, arzobispo de Santafé desde 1779 y virrey entre 1782 y 1789, fue el hombre que pacificó por vía de negociación la mayor insurrección fiscal del siglo XVIII americano —la Revolución de los Comuneros de 1781— y, con la misma autoridad dual que ostentaba entonces sobre el báculo y el bastón, protegió a José Celestino Mutis, financió la Expedición Botánica y propuso un plan de estudios que aspiraba a desplazar la escolástica por las ciencias útiles. Es la figura bisagra de la Ilustración neogranadina: la mano que cerró una revuelta abrió, casi enseguida, el laboratorio donde se formaría la generación criolla que treinta años después impulsaría la Independencia. En él se cifra, con inusual nitidez, la paradoja del reformismo borbónico: un programa imperial que necesitaba a la vez orden fiscal y saber útil, y que al perseguir ambos objetivos terminó socavando su propia legitimidad.

02

Línea de vida

  1. 1779

    Designado arzobispo de Santafé

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    Nombrado arzobispo de Santafé de Bogotá, cabeza espiritual del virreinato del Nuevo Reino de Granada, cargo que ejercería de forma continua hasta el fin de su gobierno virreinal en 1789.

  2. 1781

    Negociador de las Capitulaciones de Zipaquirá

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    Designado por la Real Audiencia como comisionado para pacificar la Revolución de los Comuneros, se dirigió a Zipaquirá y firmó el 5 de junio de 1781 las Capitulaciones con Juan Francisco Berbeo, logrando desmovilizar la columna comunera que avanzaba sobre Santafé. El virrey Flórez improbó posteriormente el acuerdo alegando que había sido negociado bajo amenaza de violencia.

  3. 1782

    Nombrado virrey del Nuevo Reino de Granada

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    Pese a haber firmado unas capitulaciones que la Corona anuló, fue nombrado virrey por el rey de España, acumulando simultáneamente el poder eclesiástico y el civil. Su primer acto fue decretar amnistía total a los participantes en la rebelión comunera.

  4. 1782

    Anulación de las Capitulaciones y ejecución de Galán

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    La Real Audiencia anuló formalmente las Capitulaciones mediante un Acuerdo del 18 de marzo de 1782. El 1 de febrero de ese año José Antonio Galán fue ahorcado, decapitado y descuartizado. Caballero y Góngora, ya como virrey, respondió con la amnistía general.

  5. 1787

    Instrucciones del marqués de Sonora sobre comercio exterior

    Leer contexto

    El ministro José de Gálvez, marqués de Sonora, emitió instrucciones al arzobispo-virrey relativas al comercio exterior, confirmando que Caballero y Góngora seguía siendo el interlocutor pleno de la Corte al menos hasta ese año y que ejercía plenamente sus funciones virreinales.

  6. 1789

    Fin del gobierno virreinal y relación de mando a Ezpeleta

    Leer contexto

    Concluyó su mandato como virrey en 1789, entregando a su sucesor José de Ezpeleta una relación sobre el estado del territorio. Ezpeleta respondió con observaciones críticas sobre los planes de reorganización poblacional propuestos por Caballero y Góngora.

Un prelado andaluz para el virreinato

Nació en Priego de Córdoba, en la Andalucía cerealera del Guadalquivir, en 1723, y murió en 1796. Su formación eclesiástica y su ascenso en la carrera de los honores lo llevaron primero al obispado de Yucatán, en Nueva España, y en 1779 a la mitra arzobispal de Santafé de Bogotá, entonces cabeza espiritual del virreinato del Nuevo Reino de Granada.

Que un prelado de esa procedencia acabara ocupando el cargo civil de virrey no era, en la lógica del regalismo borbónico, una anomalía. Los Borbones ilustrados españoles habían intensificado a lo largo del siglo XVIII una política de intervención directa del rey en los asuntos eclesiásticos, revisando la doctrina conciliar en sentido favorable a la Corona y limitando la comunicación entre los episcopados americanos y la Santa Sede: se prohibieron las visitas ad limina y los informes sobre el estado de las diócesis, con el propósito de fortalecer la figura del monarca frente al pontífice. En ese sistema, los altos dignatarios eclesiásticos de América —casi todos de procedencia peninsular— se relacionaban más estrechamente con el rey que con Roma, y el monarca aparecía, para efectos prácticos, como jefe de la Iglesia americana. El patronato real, sancionado por bulas papales desde la conquista, otorgaba a la Corona tres facultades decisivas: autorizar la construcción de templos, ejercer el patronato en su sentido castellano y presentar a los candidatos idóneos para los beneficios eclesiásticos. Los virreyes, presidentes de audiencia y gobernadores actuaban como vicepatronos con esas mismas prerrogativas en sus territorios.

De esa arquitectura brotaba, con lógica implacable, la posibilidad de concentrar en una sola persona el poder eclesiástico y el civil. Caballero y Góngora la encarnó de manera especialmente pura: primero arzobispo, después arzobispo y virrey simultáneos, encarnación andante de la simbiosis entre altar y palacio que había sostenido el orden colonial desde los tiempos de la Conquista, cuando al lado de los encomenderos debían estar siempre los clérigos y religiosos.

1781: el año del Socorro

La prueba mayor le llegó pronto, y no por vía eclesiástica. El 16 de marzo de 1781, en la villa del Socorro, en las estribaciones orientales de la actual Santander, una mujer llamada Manuela Beltrán arrancó de la pared de la oficina de impuestos un bando que anunciaba nuevas cargas fiscales. El gesto, mínimo en apariencia, encendió la Revolución de los Comuneros.

Las causas venían acumulándose. El regente visitador Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres, ejecutor local de la agenda reformadora del ministro José de Gálvez y del rey Carlos III, había impuesto aumentos sobre la alcabala, la sal, el tabaco y los textiles, con la arbitrariedad añadida de recaudadores celosos. La alianza que durante generaciones había sostenido el consentimiento fiscal entre la Corona y las provincias criollas y mestizas del interior se había quebrado. Del Socorro, la protesta se extendió con velocidad inesperada: se organizó una junta, se eligió capitán general a Juan Francisco Berbeo, y una columna comunera —hacia el final avanzaban unas cuatro mil personas— empezó a marchar hacia Santafé. Ante el avance y la derrota de las tropas reales, Gutiérrez de Piñeres huyó a Cartagena, donde se encontraba el virrey Manuel Antonio Flórez, dejando a la capital prácticamente inerme.

Fue entonces cuando la Real Audiencia recurrió al arzobispo. Caballero y Góngora fue designado comisionado para pacificar a los sublevados e impedir que tomaran Santafé. Se dirigió a Zipaquirá, a un día de camino de la capital, y allí, con los comuneros a las puertas, negoció el texto que pasaría a la historia como las Capitulaciones de Zipaquirá. Firmadas el 5 de junio de 1781 por Juan Francisco Berbeo, las capitulaciones habían sido redactadas por Agustín Justo de Medina y Juan Bautista de Vargas, delegados de la ciudad de Tunja, con modificaciones que Berbeo acordó con el terrateniente santafereño Jorge Lozano de Peralta. Contemplaban la extinción del impuesto de la Armada de Barlovento, la reducción de la alcabala, la fijación del precio del aguardiente y la disminución de los tributos que pesaban sobre indígenas y mulatos.

El arzobispo firmó en representación de las autoridades coloniales. Pero el virrey Flórez, atrincherado en Cartagena y con las tropas del Caribe a su disposición, improbó el acuerdo apenas lo recibió: alegó que las capitulaciones tenían un defecto incorregible, el de haber sido negociadas bajo amenaza de violencia. La operación de Caballero y Góngora quedó suspendida entre dos legitimidades. Había ganado tiempo, había impedido la toma de la capital, había desmovilizado a la mayor parte de los alzados; pero el compromiso que había jurado carecía de aval superior. En las semanas y meses siguientes, el propio arzobispo daría muestras de considerar aquel papel de componedor un fardo ingrato.

Un hombre, sin embargo, no aceptó la desmovilización: José Antonio Galán. Rechazó las capitulaciones por considerarlas aprobadas con demasiada prisa y porque desconfiaba de las promesas del arzobispo de hacerlas cumplir. Intentó reorganizar una nueva marcha sobre Santafé para el 15 de octubre, pero fue aprehendido dos días antes en un paraje cerca de Onzaga. Cuando las tropas enviadas desde Cartagena por Flórez llegaron por fin a Santafé, la balanza se invirtió. La Real Audiencia anuló formalmente las Capitulaciones mediante un Acuerdo firmado el 18 de marzo de 1782 por sus ministros —entre ellos el propio Gutiérrez de Piñeres—, y el 1 de febrero de ese año Galán fue ahorcado, decapitado y descuartizado, con sus miembros enviados a distintas poblaciones como escarmiento. Isidro Molina, Lorenzo Alcantuz y Manuel Ortiz recibieron una pena parecida.

Caballero y Góngora había pacificado; la Corona castigó. Esa doble operación —clemencia primero, represión después— definió el guion del reformismo borbónico ante las insurrecciones fiscales americanas, y explica por qué la sombra del Socorro seguiría alargándose hasta las crisis de 1794-1797 y hasta 1808-1810. Décadas más tarde, cuando Francisco de Miranda buscara persuadir a las cortes europeas de que los suramericanos estaban listos para la independencia y apoyarían una expedición desembarcada en sus costas, incluyó en su dosier una narración de la sublevación comunera de 1781.

Del arzobispado al virreinato

El desenlace institucional fue paradójico. En 1782, Caballero y Góngora, el arzobispo que había firmado unas capitulaciones que la Corona terminó anulando, fue nombrado virrey del Nuevo Reino de Granada por el rey de España. Conservó su mitra: ejerció simultáneamente el poder eclesiástico y el civil, en una acumulación que expresaba mejor que cualquier tratado la teología política del regalismo borbónico. La Corona, que había desautorizado al negociador, premiaba ahora al pacificador; y le confiaba la reconstrucción del orden.

Su primer gesto fue de clausura política: decretó una amnistía sobre los participantes en la rebelión comunera. La medida cerraba la herida abierta por Galán y desactivaba el ciclo de represalias que la anulación de las capitulaciones había dejado en curso. Alguna lectura posterior sugiere que también le sirvió para tomar distancia de su propio pasado como firmante del acuerdo anulado; en la misma línea se ha interpretado su decisión de trasladar durante largos períodos la corte virreinal a la costa Caribe. Viajó de Santafé a Cartagena y a Turbaco para supervisar personalmente tareas de defensa, obras costeras y las operaciones militares en la frontera del Darién, donde la Corona intentaba consolidar posiciones frente a la presencia extranjera y las poblaciones indígenas no sometidas.

Aquella movilidad no era mera fuga simbólica. Reflejaba una comprensión estratégica del territorio: el virreinato no se gobernaba solo desde la sabana de Bogotá, y la geografía marítima y militar del Caribe pesaba tanto o más que la administración interior. Bajo su gobierno se recibieron instrucciones del ministro José de Gálvez, marqués de Sonora, entre ellas disposiciones de 1787 relativas al comercio exterior, lo que confirma que Caballero y Góngora seguía siendo el interlocutor pleno de la Corte al menos hasta esa fecha. Impulsó también planes de reorganización poblacional del virreinato, cuya viabilidad, dicho sea sin adorno, sería más tarde cuestionada por su sucesor, José de Ezpeleta, en la relación que recibió del propio Caballero y Góngora al término de su mandato en 1789.

Ese ejercicio del poder tuvo, con todo, un límite estructural que el sistema colonial nunca resolvió del todo. Concentrar en una sola persona el báculo y el bastón, el patronato regio y la mitra, producía un actor con margen de maniobra propio: capaz, como se vio en Zipaquirá, de firmar capitulaciones sin autorización del virrey titular; capaz, luego, de dictar amnistías y de mover la corte a Turbaco. El regalismo borbónico había querido un clero completamente dócil, controlable por la Corona; al fusionarlo con el poder civil en un mismo prelado, creaba justamente lo contrario en escala menor: un poder ilustrado, sí, pero con voz propia.

Reformas borbónicas: el escenario mayor

Para leer aquellos años sin caer en la anécdota conviene recordar sobre qué escenario se movía Caballero y Góngora. Los Borbones ilustrados españoles se distinguieron por su insistencia en fortalecer el control sobre el territorio colonial. Consideraban que las audiencias y cabildos heredados de los monarcas de la casa de Austria eran demasiado autónomos, y emprendieron por ello una reorganización administrativa que buscaba centralizar decisiones y recursos. El espacio americano era percibido, en el vocabulario ilustrado del reinado de Carlos III, como un territorio enormemente rico en recursos naturales cuya explotación podía sistematizarse mediante el conocimiento científico.

De ahí que las reformas fueran a la vez fiscales, eclesiásticas y epistémicas. Fiscales, porque necesitaban recaudar más y mejor —la insurrección comunera nació de esa presión—. Eclesiásticas, porque debían someter a un clero regular que, dirigido por autoridades internacionales fuera de España y curtido en la relativa autonomía de los Habsburgo, se veía como díscolo. La expulsión de la Compañía de Jesús de los territorios españoles, en 1767, había sido el acto fundacional de esa política: los jesuitas eran percibidos como amenaza por sus reducciones —difíciles de controlar por las autoridades reales— y por la enseñanza de doctrinas jurídicas del siglo XVI que, en plena época absolutista, se leían como subversivas. La enajenación de capitales adquiridos por cofradías, conventos y clero secular, otra pieza clave de la ofensiva, tuvo enormes consecuencias sociales, pues desconoció la función que esas instituciones cumplían en la economía y en la vida cotidiana de las comunidades americanas.

Y epistémicas, en fin, porque la Corona borbónica creyó firmemente que las ciencias útiles —botánica, mineralogía, química, matemáticas, medicina— eran instrumentos de recuperación económica del imperio. La reforma educativa buscaba desplazar la filosofía escolástica dominante en universidades y colegios y colocar en su lugar la ciencia moderna. Este triple frente —fiscalidad, disciplina eclesiástica, saber útil— constituye el marco en el que se juega la actuación de Caballero y Góngora, y explica que un mismo funcionario pudiera ser arzobispo, componedor de rebeliones y mecenas de expediciones botánicas sin contradicción alguna a los ojos de Madrid.

Mutis y la Expedición Botánica

En ese engranaje se explica el vínculo más luminoso de la carrera del arzobispo-virrey: su relación con José Celestino Mutis. Sacerdote y botánico gaditano, Mutis había llegado a la Nueva Granada en 1761 y permanecería allí hasta su muerte en 1808. Durante casi medio siglo enseñó, coleccionó, dibujó, corrigió mapas y formó discípulos: en los años sesenta transmitió matemáticas y filosofía en el Colegio del Rosario a través de Felipe Vergara y Caycedo, y en la década siguiente hizo lo propio Eloy Valenzuela. Sobre todo, Mutis se atrevió a enseñar el sistema copernicano, es decir, a defender el heliocentrismo en un ambiente académico dominado por la escolástica dominica.

La reacción no se hizo esperar. Los dominicos —guardianes tradicionales del saber universitario en Santafé— intentaron expulsarlo. No lo lograron. La razón, dicha con la sequedad de los hechos, fue la protección del arzobispo-virrey. Caballero y Góngora amparó a Mutis frente a la oposición eclesiástica interna porque entendía —y aquí se ve hasta qué punto encarnaba el proyecto borbónico— que la ciencia moderna era una prioridad política del rey. La política ilustrada de Carlos III y de José de Gálvez pedía proyectos pragmáticos que levantaran la economía del imperio, aun cuando fueran en contra de posiciones eclesiásticas tradicionales. Un arzobispo que era a la vez virrey podía, precisamente, arbitrar ese conflicto sin costes institucionales insuperables.

De esa protección nació, en 1783, la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, dirigida por Mutis. Sus objetivos, en la letra de la Corona, eran comerciales antes que contemplativos: descubrir las propiedades y aplicaciones de la quina —cuya corteza, la cascarilla, era codiciada como febrífugo en toda Europa— y de otras plantas americanas. La expedición se instaló en Mariquita y desplegó una labor sistemática de recolección, identificación, dibujo y descripción que produciría, a lo largo de las décadas siguientes, uno de los archivos botánicos más notables de la ciencia del siglo XVIII. Caballero y Góngora fue su promotor y protector principal en el virreinato; sin su respaldo, el proyecto habría sido inviable ante las resistencias locales y las estrecheces presupuestarias.

Junto a la Expedición, el arzobispo-virrey formuló un Plan de Estudios ambicioso. Proponía a la Corte la creación de una universidad con cátedras de química, botánica, mineralogía y dos cátedras de medicina —Prima y Vísperas—, en una arquitectura curricular que daba mayor desarrollo a las ciencias útiles que a las materias especulativas. El plan buscaba, con la lucidez de la época, sustituir la filosofía escolástica que dominaba los colegios y universidades por una formación técnica y científica. No llegó a implementarse plenamente; las cátedras de medicina, en particular, no alcanzaron a plantearse en las universidades del Nuevo Reino, frustradas por causas ajenas a la voluntad del propio arzobispo-virrey. Pero el gesto quedó, y con él la orientación que definiría a la intelligentsia criolla neogranadina en las dos décadas siguientes.

Una red ilustrada

Alrededor de Mutis y bajo el amparo institucional de Caballero y Góngora se fue tejiendo un círculo científico que sería, con el tiempo, el vivero intelectual de la Nueva Granada tardocolonial. La Expedición formó a naturalistas, dibujantes, cartógrafos; puso en circulación libros y láminas; y familiarizó a una generación entera con una manera nueva de mirar el territorio. Francisco José de Caldas, Francisco Antonio Zea y otras figuras que serían decisivas en las primeras décadas del siglo XIX se educaron en la estela directa o indirecta de ese trabajo.

Es difícil sobreestimar el efecto acumulativo. La intelligentsia criolla neogranadina entre 1760 y 1800 compartía con los reformadores ilustrados metropolitanos del reinado de Carlos III —y con la sombra tutelar del padre Feijóo— tres convicciones nucleares: el rechazo a la escolástica, el entusiasmo por la ciencia moderna y la fe en la educación técnica como instrumento de recuperación económica. Ese ideario, importado inicialmente en clave imperial, echó raíces locales. Los criollos empezaron a mirarse en el espejo de un territorio propio, cuya riqueza natural podían inventariar, cuya biogeografía podían mapear, cuya minería y agricultura podían pensar en términos de aprovechamiento racional. La visita de Alexander von Humboldt a Mutis en 1801, prolongada por dos meses e intercalada de conversaciones sobre la quinina, el curare, la biogeografía y la cartografía del Magdalena, fue el reconocimiento internacional de una escuela que ya existía.

La red se extendía más allá del laboratorio. Francisco Silvestre y Francisco Antonio Moreno y Escandón, figuras destacadas de la administración ilustrada neogranadina, participaban del mismo horizonte reformista. Los altos funcionarios y los científicos criollos leían los mismos textos, compartían los mismos diagnósticos económicos y sostenían las mismas críticas al orden vigente, aunque las expresaran con prudencias distintas. En esa comunidad de sensibilidades se preparaba, sin que sus miembros lo advirtieran del todo, un cambio de conciencia.

La paradoja borbónica

El propio material que la historia dejó de aquellos años obliga a mirar el asunto en dos tiempos. En el corto plazo, Caballero y Góngora fue el agente más eficaz del reformismo borbónico en Nueva Granada. Neutralizó, por vía de negociación y amnistía, la mayor insurrección fiscal del virreinato. Canalizó, por vía de mecenazgo y protección, el impulso ilustrado hacia proyectos científicos que la Corona concebía como herramientas de extracción económica. Su eficacia fue, en ese sentido, estructuralmente coherente con los objetivos imperiales.

En el largo plazo, esa eficacia fue autodestructiva. Los criollos formados al amparo de la Expedición Botánica y del nuevo currículo científico adquirieron una conciencia territorial y una capacidad crítica que el orden colonial no podía contener. La formación técnica y científica, pensada como herramienta imperial, terminó siendo la matriz de una identidad diferenciada. La toma de conciencia sobre la riqueza del territorio neogranadino, alentada indirectamente por las políticas borbónicas de fomento científico, produjo la paradoja de que la élite formada por las reformas terminó cuestionando el orden colonial que las impulsaba. La aplicación de las ciencias útiles, la percepción de habitar un territorio distinto de la metrópoli y la apropiación de una ideología diferente al absolutismo monárquico crearon las condiciones para madurar el proceso de Independencia, convirtiéndolo en un resultado indirecto e inesperado del programa que había pretendido consolidar el imperio.

La paradoja no es imputable a la persona de Caballero y Góngora. Reside en la lógica interna de las reformas borbónicas: un programa imperial que necesitaba simultáneamente orden fiscal y conocimiento útil, y que al perseguir ambos objetivos socavó las bases de su propia legitimidad. Cabe leerla también en otra clave: la agencia decisiva de aquellos años no fue solo la del arzobispo-virrey sino la de los comuneros de abajo —Manuela Beltrán arrancando el bando, Berbeo organizando la marcha, Galán negándose a aceptar el acuerdo—, cuya presión forzó la negociación y arrancó las Capitulaciones. Caballero y Góngora fue, en esa lectura, un gestor de daños que contuvo una ruptura ya abierta; su posterior amnistía y su mecenazgo ilustrado tuvieron mucho de concesión reactiva.

Ambas lecturas son compatibles, y ambas explican por qué Caballero y Góngora sigue siendo el nombre por el que se conoce este momento: no porque fuera el origen del cambio, sino porque encarnó con inusual limpieza sus contradicciones.

Cierre de un mandato

En 1789 Caballero y Góngora entregó el mando a José de Ezpeleta. La relación que le legó sobre el estado del virreinato —con sus planes de reorganización poblacional, sus balances militares del Darién, sus notas sobre el comercio caribeño— fue objeto de comentarios y observaciones de su sucesor, quien tenía reservas sobre algunos de aquellos proyectos. Regresó a España, donde se le dio destino eclesiástico —tradicionalmente asociado a la diócesis de Córdoba en su tierra andaluza—, y allí terminó sus días en 1796.

Su marcha coincidió con un cambio de época en la política colonial. Las autoridades españolas que durante la década de 1780 habían fomentado los aspectos científicos de la Ilustración se vieron confrontadas en la década de 1790 con el impacto de las revoluciones norteamericana y francesa, y con una élite criolla que empezaba a asimilar ideas más radicales. El contexto que había permitido el mecenazgo de un arzobispo-virrey ilustrado se cerró. Pero el sedimento ya estaba puesto.

La huella

La huella de Caballero y Góngora en la historia colombiana se lee, por eso, en dos planos. En el plano de las instituciones, fue el virrey bajo el cual la ciencia moderna entró de manera estable en el virreinato, protegida por el poder civil frente a las resistencias eclesiásticas internas, y bajo el cual la mayor insurrección fiscal del siglo XVIII fue pacificada por negociación antes que por masacre. En el plano de la conciencia, fue el mecenas de la generación que, sin haberlo querido, empezó a imaginarse a sí misma como comunidad política diferenciada.

Aquel sedimento fructificó en el Semanario del Nuevo Reino de Granada, publicado entre 1808 y 1811, donde los criollos comenzaron a imaginarse como clase y a proyectar su habitus particular como expresión de toda la colectividad del virreinato; y en las decisiones políticas de 1810, cuando los descendientes intelectuales del círculo de Mutis tomaron el pulso de la crisis imperial y ensayaron por primera vez el autogobierno. La rebelión de los Comuneros —que Caballero y Góngora había apagado por negociación treinta años antes— resonó en la memoria de la crisis, aunque muchos futuros líderes independentistas hubieran estado, en 1781, del lado de la Corona; la revolución criolla no fue, en general, un movimiento popular, y ese detalle de origen social explica muchas de las tensiones ulteriores.

La memoria colombiana ha tendido a fijar a Caballero y Góngora como el astuto pacificador de los comuneros, dejando en segundo plano al mecenas científico. Es una simplificación. El arzobispo que negoció en Zipaquirá y el virrey que financió a Mutis fueron el mismo hombre haciendo, en dos frentes distintos, la misma cosa: administrar el reformismo borbónico en un virreinato donde ese programa era a la vez indispensable y explosivo. Su éxito relativo en ambas tareas —contener la revuelta, promover la ciencia— es lo que hace de él una figura tan característica y tan incómoda: no cabe en la hagiografía ni en la fiscalía. Fue, con toda la ambigüedad del término, un gobernante ilustrado dentro de un imperio absolutista, un prelado regalista que abrió camino a un saber que su Iglesia recelaba, un negociador que salvó una capital y firmó un texto que sus superiores anularon, un mecenas cuyos protegidos formarían, sin proponérselo, la matriz intelectual de la independencia.

Ese conjunto de tensiones vivas, y no una tesis unívoca sobre su figura, es lo que hace de Antonio Caballero y Góngora una pieza indispensable para entender el tránsito del siglo XVIII al XIX en Nueva Granada. En su biografía se cifra el momento exacto en que las reformas borbónicas, en el intento por consolidar el imperio, empezaron a producir, en silencio y sin proponérselo, la conciencia que lo desharía.

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Relacionadaspor co-ocurrencia
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Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

36 documentos · 44 fragmentos
01Industria y protección en Colombia, 1810-1930Luis Ospina Vásquez · 2017 · Páginas 127, 9352 citas
[1]

Antioqueño Colonization in Western Colombia. Berkeley and Los Angeles, 1949. 936 Línd Odince Vrdsíta (P-4) Pérez Ayala, José Manuel. Antonio Caballero y Góngora, virrey y arzobispo de Santa Fe, 1723-1796. Bogotá, 1951. (P-5) Pérez, Felipe. Geografía física y política de los Estados Unidos de Colombia. Bogotá, 1863.…

p. 935
[18]

expresa, o sin ninguna, tomaran la resolución, en forma más o menos formal, de franquear el comercio con el extranjero —o por lo menos con las colonias extran- jeras, en el caso de nuestra región geográfica—. Algunas veces lo hicieron funcionarios subalternos 98. Pero ade- más en distintas épocas, no anormales como…

p. 127
02Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · Página 2311 cita
[2]

Nueva Gr nada. Nace José María del Castillo y Rada en Car- tagena. Se establece la imprenta en esta ciudad. Construcción de la catedral de Santa Marta, según trazas de Juan Cayetano Chacón. 1777 Muere el ex presidente Rafael Eslava en Santa- fé. Venta de resguardos en Popayán. Primer intento de organización gremial de…

p. 231
03Grandes momentos de ColombiaGustavo Castro Caycedo · 2016 · Página 2351 cita
[3]

deseo de participación política. En 1752, en 1764 y en 1767 se realizaron motines contra la corona; y en 1779 una sublevación de 1.000 indígenas. Se incrementaron o crearon impuestos para alimentar la guerra de España contra Inglaterra. Al Regente Visitador Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres, le correspondió ejecutar…

p. 235
04Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Página 871 cita
[4]

pesinos y comerciantes arrancaron los avisos de las nuevas reglas de impuestos. Las protestas crecieron con rapidez y poco a poco fueron incorporando a los notables locales de todo el oriente y se extendie ron a los llanos orientales. En decenas de pueblos se formaron gru pos de gente del “ com ú n ” que se un í an y…

p. 87
05Historia de la primera República de Colombia, 1819-1831. "Decid Colombia sea, y Colombia será"Armando Martínez Garnica · 2019 · Página 511 cita
[5]

el siguiente mes de marzo estaba listo el expediente para su entrega. Todos esos documentos fueron escritos en español, la única lengua en que escribía correctamente el general, con una traducción inglesa anexa, y los cálculos fueron hechos con la mejor información que recibió, si bien la parte esencial la recogió…

p. 51
06Peregrinación de AlphaManuel Ancízar · 2016 · Página 2201 cita
[6]

a los principales jefes o capitanes de los comunes, dándoles a entender su comisión, y que los oirían gratos luego que les avisaran el paraje de la reunión. «Mas como la principal fermentación estaba dentro de la capital, donde se cree que formaron los pasquines, y se comunicaban frecuentemente los avisos al cuerpo de…

p. 220
07Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · Página 441 cita
[7]

estimó que cerca de cuatro mil personas avanzaban hacia la capital. Cuando llegaban a la actual ciudad de Zipaquirá, el arzobispo español Antonio Caballero y Góngora (designado para negociar la pacificación de la rebelión) se reúne con los líderes del movimiento, siendo el principal Juan Francisco Berbeo; es ahí que…

p. 44
0830 hechos que cambiaron la historia de ColombiaRafael Pardo Rueda · 2022 · Páginas 13, 262 citas
[8]

se inició el retorno de los comuneros a sus pueblos. Berbeo fue nombrado corregidor, con un sueldo anual de mil pesos. José Antonio Galán no aceptó las negociaciones, pues le parecía que habían sido aprobadas muy rápido. El tiempo acabó por darle la razón. El virrey, que estaba en Cartagena para prevenir un ataque de…

p. 13
[9]

aprobación sea sin ambigüedad. Campamento de guerra en territorio de Zipaquirá, 5 de junio de 1781. M.P.S. Puesto a los pies de V.A. El más rendido vasallo, JUAN FRANCISCO BERBEO. (Estas Capitulaciones fueron redactadas por don Agustín Justo de Medina y don Juán Bautista de Vargas, Delegados de la ciudad de Tunja. Al…

p. 26
09The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · Página 1991 cita
[10]

stipends. Attentive to such misery, then, the total and annual contribution for the Indians shall remain at four pesos, and at two pesos for the mulattoes; priests shall not charge for rights or gratuities on baptisms, burials or weddings, nor require them to name an official for their holy days; if no participant…

p. 199
10Resistencia en el San JorgeOrlando Fals Borda · 2002 · Página 1611 cita
[11]

a la religión y no haber entre ellos asesinatos ni peleas, aún en sus b o r r a c h e r a s ". (En esta tarea misional González Belandres tuvo d e s p u é s sus fuertes encontrones con el p a d r e José Palacios de la Vega, a quien también se le confió, en 1787, la misión de re- ducir a los indios de San Cipriano y…

p. 161
11Historia económica de Colombia, 1845-1930William Paul McGreevey · 2015 · Página 531 cita
[12]

las relaciones comerciales de sus colonias. La población nativa de Colombia probablemente nunca había gozado de mejores condiciones que las existentes al finalizar la prime- ra mitad del periodo borbónico, pues su población iba en aumento y todos los viajeros de la época dan cuenta de su nivel de vida modesto pero…

p. 53
12Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Páginas 88, 982 citas
[13]

del Socorro. En esta pro- vincia, entre el 20 de por el arzobispo Caballero y Góngora, que se ha- llaba de visita en la región, no apoyó las preten- siones del pueblo. Galán, que había llegado a Mogotes el 2 de septiembre, pertenecía al bando de quienes no creían en las promesas del arzobispo de hacer cumplir las…

p. 98
[42]

(1818-1819). tado a través de la aplicación de las llamadas cien- cias útiles, la conciencia de habitar un territorio distinto de la metrópoli y la apropiación de una ideología diferente a aquella que sustentaba el ab- solutismo monárquico, crearon las condiciones para madurar el proceso de Independencia, el cual de…

p. 88
13Historia abierta del arte colombianoMarta Traba · 2016 · Página 731 cita
[14]

en esta obra de pintura-ficción no se oye —o si se oye se desatiende— el ruido de las pisadas de los comuneros que, diez años antes de su estallido, ya comenzaban a volverse perceptibles. El primero de febrero de 1782 un hombre es arrancado a golpes de la cárcel, arrastrado por el suelo, llevado hasta el lugar donde…

p. 73
14Con nombre propioDaniel Samper Pizano · 2017 · Página 4051 cita
[15]

su nacimiento; y el pie izquierdo en el lugar de Mogotes. Declarada por infame su descendencia, ocupados todos sus bienes y aplicados al real fisco; asolada su casa y sem- brada de sal, para que de esta manera se dé olvido a su infame nombre y acabe con tan vil persona, tan detesta- ble memoria, sin que quede otra que…

p. 405
15Breve historia económica de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 2017 · Página 651 cita
[16]

0,72 1,21 2,74 2,5 Impuesto/pib 2,9 % 4,7 % 10,4 % 8,4 % Fuentes: para los promedios de los quinquenios entre 1761 y 1800 en Meisel (2004); para 1810, Jaramillo, (1987) —cuenta fiscal que está posiblemente incompleta—. Los ingresos de la Corona en la última década de su dominación alcanzaron en promedio la suma de 2,…

p. 65
16Economía y cultura en la historia de ColombiaLuis Eduardo Nieto Arteta · 2016 · Página 491 cita
[17]

Granada que nos ha dejado el señor arzobispo virrey. Ezpeleta escribe pacientemente, que no es posible procurar obtener una modificación de la población del virreinato. Se inclina sin cólera ni desesperación ante la ineludible necesidad histórica: «Prescindiendo de entrar en el examen de si la población del Reino es…

p. 49
17Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · Página 1281 cita
[19]

u e el gobierno real tuviera u n a cara m ás criolla. Esto distaba m u cho del grito de in d ependencia, pero re p resen ta b a un paso hacia u n sentim iento nacionalista. En los años siguientes, ni el p u eblo neogranadino ni sus gober nantes españoles o lv id aro n la rebelión d e los C om uneros. Los sucesos de…

p. 128
18Colombia complejaJulio Carrizosa Umaña · 2014 · Página 282 citas
[20]

de los principales ilustrados españoles fue José Celestino Mutis, sacerdote y botánico autodidacta que se había instalado en 1761 en la Nueva Granada. A su alrededor se inició la formación de una nueva imagen de nuestro territorio, la de un espacio enormemente rico en recursos naturales que podrían ser utilizados…

p. 28
[21]

que uno de los principales ilustrados españoles fue José Celestino Mutis, sacerdote y botánico autodidacta que se había instalado en 1761 en la Nueva Granada. A su alrededor se inició la formación de una nueva imagen de nuestro territorio, la de un espacio enormemente rico en recursos naturales que podrían ser…

p. 28
19Pensar el siglo XIX. Cultura, biopolítica y modernidad en ColombiaSantiago Castro-Gómez (ed.) · 2004 · Páginas 10, 502 citas
[22]

constructor de identidad al reelaborarse su sentido a la luz del pensamiento ilustrado. De hecho, las políticas borbónicas, con el objetivo de desarrollar las riquezas naturales coloniales en beneficio del Estado español, habían patrocinado el estudio de las ciencias útiles a través de la reforma de la educación,…

p. 50
[41]

Buitrago 'Yo diré siempre con un filósofo piadoso que más me gusta Keaumur observando las polillas y dándonos remedios para poner a cubierto nuestras telas de la voracidad de estos insectos, que Leibni^ creando mundos" Francisco José de Caldas En el presente texto, haciendo uso de algunos conceptos desarrollados por…

p. 10
20Historia de la religión en ColombiaJosé David Cortés Guerrero, Juana María Marín Leoz, Leonardo García Rincón · 2022 · Página 101 cita
[23]

Las XVIII reformas borbónicas, buscando obtener un clero completamente dócil y controlable por la Corona, concibieron a las órdenes religiosas como entidades díscolas, debido a la gran independencia mostrada durante la época de los Habsburgo (siglos y) y a que eran dirigidas por autoridades XVI XVII internacionales,…

p. 10
21Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de Colombia IIJavier Ocampo López, Marco Palacios, Germán Arciniegas, Gonzalo Hernández de Alba y otros (obra colectiva) · Página 301 cita
[24]

las parro- quias; la dotacién de los templos, monasterios y hospitales; la revisi6n de las sentencias de los tri- bunales eclesiésticos; la autorizacién para la circu- laci6én y aplicacién de todas las disposiciones pa- pales y el recibo de los diezmos que la Iglesia re- caudaba para sus atenciones. Por su parte, la…

p. 30
22Historia de la religión en Colombia, 1510-2021Jose Joaquin Pinto Bernal, Katherinne Giselle Mora Pacheco, Juan David Cascavita Mora, Juan Carlos Jurado Jurado, José Eduardo Rueda Enciso, Fabio Hernán Carballo, Fernanda Muñoz, Darío Arturo Zuleta Gómez, Carlos Arboleda Mora, Rafael Tamayo Franco, Juan Felipe Córdoba-Restrepo, Jeiman David López Amaya, María del Rosario Vázquez Piñeros, Andrés Felipe Manosalva Correa, Gabriel Cabrera Becerra, Gina Marcela Reyes Sánchez · 2022 · Páginas 6, 142 citas
[25]

de los centros educativos americanos y su inmersión en las nuevas corrientes intelectuales de la época. Así mismo, y con el objetivo de fortalecer la figura del rey frente al pontífice, se revisó la política conciliar, la cual se hizo más favorable a las medidas regalistas, y se apostó por limitar la comunicación…

p. 14
[39]

edificar ni erigir iglesias grandes en dichas islas y tierras adquiridas o que en adelante se adquirieren; y concedemos el derecho de Patronato, y de presentar personas idóneas para cualesquiera iglesias catedrales, monasterios, dignidades, colegiatas y otros cualesquiera beneficios eclesiásticos y lugares píos. 14…

p. 6
23Catolicismo, cambio social y búsqueda de paz en Colombia. Historia y MemoriaWilliam Elvis Plata Quezada (Editor), Ana María Bidegain Greising, Angélica Villamizar Beltrán, Antonio José Echeverry Pérez, Eduardo Díaz Ardila, Eliécer Soto Ardila, Héctor Alfonso Torres Rojas, Hernando Pinilla Rey, Isabel Corpas De Posada, Javier Alejandro Acevedo Guerrero, Joselín Aranda Cano, Lizeth Torres Rodríguez, Miguel Arturo Fajardo Rojas, Natalia Alejandra Mora Navarro, Osmir Ramírez Trillos, Sofía Brizuela Molina, Sor María Sampayo Flórez · 2022 · Páginas 29, 352 citas
[26]

institución eclesiástica sufrió un asalto sin precedentes, iniciado por ministros y funcionarios que se jactaban de sus ideas ilustradas. Sin embargo, esta no es la única interpretación disponible acerca de las relaciones entre Estado e Iglesia, pues también existieron miembros del clero afines a las reformas, incluso…

p. 35
[40]

de catolicismo que se implantó y que iba a seguir el del modelo europeo, donde los poderes civil y eclesiástico interactuaban simbióticamente. El advenimiento de la época de la Colonia, a partir de la segunda mitad del siglo XVI, resulta en el establecimiento de las instituciones españolas en América y la fundación de…

p. 29
24Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · Páginas 356, 5492 citas
[27]

franc é s cuyas obras, que penetran lentamente y a menudo de contrabando, influir á n de manera decisiva s ó lo en la generaci ó n siguiente, la que har á la Independencia. En la etapa comprendida entre 1760 y 1800 la intelligentsia criolla se encuentra preocupada por los mismos temas, los mismos problemas y…

p. 549
[43]

est á tico o posi blemente disminu í a, seg ú n pudieron observarlo para la parte orien tal del virreinato los visitadores reales a partir de 1755. Tal creci miento significaba una mayor participaci ó n de los criollos en los problemas p ú blicos y un mayor grado de conciencia pol í tica y social 29 Relaciones,…

p. 356
25Biografía del CaribeGermán Arciniegas · 2016 · Página 4601 cita
[28]

los pueblos. Al contrario: al día siguiente, bajo sonrisa paternal y satisfecha de los frailes que no les podían ver, lo sermones tienen un fondo de «Bendito sea Dios», que pone una pincelada alegre y maliciosa en cada púlpito. El gobierno procede a ocupar los colegios de la Compañía, a hacer que en ellos se enseñen…

p. 460
26¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · Página 481 cita
[29]

en las que se representó la flora de la Nueva Granada. Pero, ya se dijo, además de estimular la formación intelectual de los criollos, los monarcas españoles también deseaban forta lecer su autoridad sobre sus reinos en América, de ahí el apodo de "déspotas ilustrados" con el que se conocería posteriormente a estos…

p. 48
27Memorias para la historia de la medicina en Santafé de BogotáPedro María Ibáñez · 2017 · Página 401 cita
[30]

octubre de 1786. — Al se- ñor Virrey de Santafé». 41 Míndicer seie te acródice bí te níbcjcoe ío Seoóepu bí Bdldóv El señor Caballero y Góngora, como lo había hecho el Virrey Guirior en 1775, formó un Plan de estudios, en el cual daba más desarrollo a las ciencias útiles que a las ma- terias especulativas. Propuso a…

p. 40
28Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · Página 601 cita
[31]

alumnos lo que ya se discutía en el resto de Europa: la Revolutionibus orbium coelestium de Copérnico, que sostenía que la tierra es otro planeta girando alrededor del sol, y no al revés, como querían las Sagradas Escrituras. La orden de los dominicos se fue lanza en ristre contra Mutis. No pudieron expulsarlo como…

p. 60
29Pensamientos políticos y memoria sobre la población del Nuevo Reino de GranadaPedro Fermín de Vargas · 2016 · Página 631 cita
[32]

y en cercanías del río de la Magdalena, debería ser para el Reino una fuente inagotable de bienes. Calcúlese que en todo el universo se consumen anualmente cerca de 16. 000 arrobas de este género. Cada arroba puesta en Cartagena importa a razón de 20 reales de plata la libra — 62 ½ pesos—, ganando el Erario inmensas…

p. 63
30Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2023 · Página 1841 cita
[33]

the plaza and museum. In a deliberate fashion, the city has been building parks and outdoor public spaces for tourists and citizens alike. 168 22. Casa Mutis CGM, 2008 Place: Mariquita, Colombia This is the house where José Celestino Mutis lived while in Colombia. It was also the headquarters of the botanical…

p. 184
31El pensamiento colombiano en el siglo XIXJaime Jaramillo Uribe · 2017 · Página 5381 cita
[34]

su pensamiento. Sarrailh revalúa el «españolismo» de Jovellanos y otros contempo- ráneos suyos, su amor a España, su sincero catolicismo, y analiza el conflicto intelectual que en ellos se produjo al querer ser fieles a la tradición nacional y al propio tiempo renovar la cultura española en todos sus aspectos desde la…

p. 538
32El Orinoco ilustradoJoseph Gumilla · 2016 · Página 171 cita
[35]

viaje, realizado en 1799, así como también ha debido ser conocida por José Celestino Mutis, director de la Expedición Botánica, la cual se inició en 1783 1. El Orinoco ilustrado, historia natural, civil y geográfica de este gran río, y de sus caudalosas vertientes: gobierno, usos y costumbres de los indios sus…

p. 17
33The Ideal of the Practical: Colombia's Struggle to Form a Technical EliteFrank Safford · 1976 · Página 1011 cita
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them and were awaiting higher appointments. These young men were more likely to be responsive to the new science than were older men operating according to a long-established routine. It is possible to construct a kind of intellectual genealogy showing how Mutis's influence spread from one student genera- tion to the…

p. 101
34Magdalena. Historias de ColombiaWade Davis · 2021 · Página 1381 cita
[37]

dio más tiempo para ir a presentar sus respetos al hombre por el que había desviado su camino: José Celestino Mutis. La visita se alargó por dos meses. Mutis deleitaba a Humboldt con sus historias de Guatavita y las leyendas de El Dorado; con el recuento acerca de las dificultades técnicas de la extracción de sal en…

p. 138
35Manual de arte del siglo XIX en ColombiaBeatriz González Aranda · 2017 · Página 291 cita
[38]

simposio en la Universidad del Rosario. Como se sabe, Ángel Rama murió junto con su esposa Marta Traba y otros con- ferencistas que asistían a dicho simposio, en el accidente aéreo de Avianca en noviembre de 1983. El simposio no se realizó. 30 B índic Gercst c Adíraí Las implicaciones históricas se relacionan con…

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36Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · Página 1011 cita
[44]

la Independencia fue otro factor que quizá no permitió un campo más fértil para que la élite criolla exaltara las ‘cuali- dades’ de la raza indígena. Además, la ‘defensa’ de América de las calumnias de Buffon y otros ilustrados se dejaba de un lado, porque la nueva élite no estaba del todo interesada en romper los…

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