Manuela Beltrán
Pre-independencia
La biografía
El 16 de marzo de 1781, en la plaza de la Villa del Socorro, una mujer arrancó de la pared un edicto real donde se anunciaban los nuevos impuestos. Con ese gesto —brusco, público, deliberado— se inauguró la Revolución de los Comuneros, el mayor levantamiento popular del Nuevo Reino de Granada antes de la Independencia. La mujer se llamaba Manuela Beltrán. De su vida, antes o después de ese instante, no se sabe prácticamente nada. Vendedora de plaza para unos, comerciante para otros, no dejó rastro en archivos parroquiales, notariales ni judiciales que la fijaran en una fecha de nacimiento, un matrimonio, una descendencia o una muerte. Su figura es, en lo esencial, el acto: un detonante plebeyo y femenino que el siglo XIX rescataría para dotar de origen dramático al relato de la nación. Manuela Beltrán existe históricamente como el rasgado de un papel oficial, y sobre esa huella mínima se ha erigido todo lo demás.
Línea de vida
- 1778
Contexto de presión fiscal acumulada
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Desde 1778, el Regente Visitador Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres impuso reformas fiscales borbónicas en Nueva Granada —aumento de alcabala, sal, tabaco, aguardiente y Armada de Barlovento— que golpearon con especial dureza a los pequeños comerciantes y artesanos del Socorro, el entorno social al que pertenecía Beltrán.
- 1781
Acto del 16 de marzo: ruptura del edicto en El Socorro
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El 16 de marzo de 1781, ante una multitud ya congregada que gritaba consignas contra la Armada de Barlovento, Manuela Beltrán arrancó el bando real que anunciaba los nuevos tributos —fijado en la plaza pública o en la oficina de impuestos, según la fuente— desencadenando de inmediato el asalto a los estancos, la persecución de funcionarios y la toma popular de las calles del Socorro y San Gil.
- 1781
Expansión del movimiento comunero tras el acto detonante
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El gesto de Beltrán catalizó una insurrección que se extendió en semanas a Simacota, Charalá, San Gil, Mogotes, Vélez, Pamplona, Cúcuta y los llanos orientales. La élite socorrana encabezada por Juan Francisco Berbeo y Antonio Monsalve asumió la dirección organizada del movimiento, mientras Beltrán desaparece del registro histórico tras el acto inicial.
- 1782
Ausencia en la represión colonial
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Mientras las autoridades españolas procesaron y ejecutaron a José Antonio Galán y otros cabecillas comuneros en febrero de 1782, Manuela Beltrán no figura entre los procesados ni entre los castigados, lo que sugiere que no fue identificada como líder organizadora sino como parte de la multitud detonante.
La semblanza: una mujer sin biografía y con acto
En el mapa de figuras fundacionales de la historia colombiana, Manuela Beltrán ocupa un lugar peculiar: es al mismo tiempo célebre e ignota. Su nombre aparece en manuales escolares, en placas conmemorativas, en denominaciones de universidades y calles, y sin embargo nadie ha podido reconstruir su vida más allá del episodio del 16 de marzo. No hay retrato contemporáneo, no hay firma, no hay expediente judicial que la mencione entre los procesados por la insurrección. Las autoridades coloniales, que persiguieron con minucia a los cabecillas comuneros y ordenaron descuartizar a José Antonio Galán y a sus compañeros, no la incluyeron en el escarmiento. Ese silencio es en sí mismo un dato: sugiere que su gesto, aunque simbólicamente decisivo, no fue leído por los funcionarios españoles como el de una líder organizadora, sino como el chispazo de una multitud en la que ella era una entre muchos.
Lo que sobrevive de Beltrán, entonces, no es una persona sino una escena. Y esa escena —una mujer del común rompiendo en la plaza el bando del Regente Visitador— condensa con precisión notable las tensiones que estallarían en las semanas siguientes: la presión fiscal borbónica sobre los sectores medios-populares del Socorro, la circulación de rumores y protestas previas, la fragilidad de la autoridad colonial cuando la muchedumbre ya se había reunido con consignas propias, y la capacidad de un acto público y visible para transformar el descontento acumulado en insurrección abierta.
Los orígenes: lo que no se sabe
De Manuela Beltrán no se conoce con certeza la fecha ni el lugar de nacimiento, aunque la tradición la sitúa en El Socorro o sus alrededores hacia mediados del siglo XVIII. Nada se sabe de su origen familiar, su condición étnica, su estado civil, su nivel de instrucción o su edad al momento del acto que la haría célebre. Las descripciones que ofrecen las crónicas comuneras oscilan entre dos formulaciones: "vendedora de la plaza" y "comerciante". Ambas la sitúan en la esfera del pequeño comercio urbano, en un rango social que no es el de la élite criolla ni el de la peonada rural, sino el de los sectores medios-bajos que hacían funcionar el mercado interno del Socorro.
Esa ubicación económica, aunque imprecisa, no es indiferente. La provincia del Socorro tenía en el último cuarto del siglo XVIII una estructura social distinta a la del resto del virreinato: una división del trabajo más desarrollada, con especialización incipiente entre artesanía y agricultura, y una producción y circulación mercantil superiores a las de las economías dominadas por la hacienda. Los observadores decimonónicos —Ancízar, Samper, Vergara y Vergara— describirían a la población santandereana como predominantemente mestiza, con un componente español que atribuían a colonos aragoneses y catalanes, y con aptitudes marcadas para la agricultura, la minería y la fabricación de tejidos. Esa caracterización, cargada de la racialización propia de la época, servía a los cronistas para explicar por qué el Socorro había sido cuna de la insurrección comunera y, más tarde, semillero de tropas republicanas.
En ese paisaje social —pequeñas parroquias rodeadas de agricultura de medianos propietarios blancos, con numerosos artesanos y una vida mercantil activa— la figura de una vendedora de plaza no es excepcional sino representativa. Manuela Beltrán, cualquiera fuese su condición precisa, pertenecía al tejido humano que las reformas fiscales borbónicas estaban golpeando con más dureza: el de quienes vivían del comercio menudo, el hilado, la venta de tabaco, aguardiente y géneros gravados. Su gesto no vino de la nada: vino de la posición exacta donde la presión fiscal se sentía todos los días.
El acto: 16 de marzo de 1781
Para entender lo que Beltrán hizo aquella mañana hay que reconstruir la presión acumulada durante los tres años previos. Desde 1778, cuando el rey Carlos III nombró a Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres regente visitador de Nueva Granada, la Corona había emprendido una reorganización fiscal agresiva destinada a financiar la guerra contra Inglaterra. Gutiérrez de Piñeres restableció el impuesto de la Armada de Barlovento, aumentó la alcabala y la extendió a productos antes exentos, encareció la sal, reforzó los controles del monopolio del tabaco y del aguardiente, y en mayo de 1780 duplicó el precio al detalle de estos dos últimos. En el Socorro y su hinterland, donde el cultivo del tabaco y el hilado del algodón eran actividades centrales, las medidas se traducían en menos ingresos para los productores, más precios para los consumidores y una vigilancia asfixiante de los guardas de la renta.
La reacción no esperó a 1781. Ya en febrero de 1778 había estallado un motín en Mogotes contra las restricciones al cultivo del tabaco; en octubre de 1780 se repitieron los disturbios en Mogotes y Simacota; en diciembre protestaron los de Charalá. Cuando el 16 de marzo de 1781 apareció fijado en el Socorro el bando que ratificaba los nuevos gravámenes —incluida, con especial resonancia, la Armada de Barlovento—, la villa llevaba meses hirviendo. Una concentración popular se había formado frente al edicto, gritando la consigna que se haría emblema del movimiento: "Viva el rey y muera el mal gobierno. No queremos pagar la Armada de Barlovento". El alcalde prometió llevar los reclamos al cabildo. No fue escuchado.
Fue entonces cuando Manuela Beltrán se acercó al bando y lo arrancó. Las versiones discrepan sobre el lugar exacto: unas la sitúan en la plaza pública donde estaba fijado el edicto, otras en la oficina de impuestos de la villa. La diferencia es menor: el acto ocurrió en un espacio abierto y a la vista de una multitud ya congregada. El gesto —físico, brevísimo, irreversible— transformó la protesta en amotinamiento. La muchedumbre asaltó los almacenes de los estancos, invadió los depósitos de aguardiente, persiguió a los funcionarios de la renta del tabaco, saqueó casas, forzó las cárceles. En cuestión de horas, la autoridad española en el Socorro había dejado de existir.
José Manuel Restrepo señalaría después que desde ese día cesó la obediencia a las autoridades legítimas en el Socorro y en San Gil, y que "gentes de la plebe" tomaron el control de las calles. La expresión, cargada del desdén decimonónico hacia los sectores populares, describe con exactitud lo ocurrido: entre el 16 y el 17 de marzo el poder efectivo pasó de los recaudadores borbónicos a una multitud sin jerarquía formal. Esa multitud incluía artesanos, pequeños comerciantes, campesinos venidos de las parroquias vecinas, y muy pronto también a los notables locales perjudicados por las nuevas medidas.
Nada de lo que hizo Manuela Beltrán después del 16 de marzo aparece en el registro. No consta que participara en las juntas del "común" organizadas en las semanas siguientes, ni que acompañara la marcha comunera hacia Santafé, ni que interviniera en las Capitulaciones de Zipaquirá firmadas dos meses más tarde. Su figura desaparece de la historia con la misma abruptez con que había irrumpido.
La red: Berbeo, Galán y el reparto de papeles
Lo que Beltrán detonó fue asumido casi de inmediato por otros. La élite socorrana, encabezada por Juan Francisco Berbeo y Antonio Monsalve, hombres también afectados por las reformas fiscales pero de perfil social muy distinto al de la vendedora de plaza, se unió a la muchedumbre en los días siguientes y le imprimió una dirección. En torno a ellos se articularon los "capitanes" del común, entre los cuales figuraban artesanos y comerciantes locales —Ignacio y Pablo de Ardila, Miguel de Uribe, José Tavera, Isidro Molina, Roque Cristancho— que combinaban legitimidad popular con vínculos con los notables. Ese reparto de papeles definió el movimiento: la insurrección tenía cabeza criolla y cuerpo mestizo.
La transformación fue rápida. En pocas semanas la protesta se extendió a Simacota, Charalá, San Gil, Mogotes, y de allí a Vélez, Pamplona, Cúcuta y a los llanos orientales, formando "comunes" locales en decenas de pueblos. El 8 de mayo de 1781, las escasas tropas enviadas por el gobierno de Santafé fueron derrotadas por unos quinientos hombres al norte de Tunja. Cundió el pánico en la capital: el virrey Manuel Antonio Flórez se encontraba en Cartagena atendiendo la amenaza de corsarios ingleses, y Gutiérrez de Piñeres, el mismo regente cuyas medidas habían encendido la revuelta, huyó hacia la costa. La ciudad quedó en manos del arzobispo Antonio Caballero y Góngora, a quien la Real Audiencia encargó negociar con los sublevados.
Berbeo, ya reconocido como comandante del ejército comunero, encabezó la delegación que se encontró con Caballero y Góngora en Zipaquirá a comienzos de junio. Allí se firmaron las Capitulaciones: reducción del precio del aguardiente, ajustes a la alcabala, reversión de varias medidas fiscales, fijación de la contribución anual de indígenas en cuatro pesos y de mulatos en dos, exención a los sacerdotes de cobrar derechos por bautismos, entierros y bodas. Junto a Berbeo firmaron por los sublevados otros notables como Salvador Plata, alineados con la política de contemporización con la Corona. Y en el paisaje simbólico de la insurrección apareció una figura singular: Ambrosio Pisco, el cacique de Bogotá a quien los comuneros proclamaron "Príncipe del Nuevo Reino y Señor de Chía". Su papel, más ornamental que efectivo, muestra hasta qué punto el movimiento intentó, sin conseguirlo, articular el descontento mestizo urbano con las demandas de las comunidades indígenas: convocar al cacique era invocar una legitimidad prehispánica capaz de dar profundidad al reclamo fiscal, pero la dirección real siguió en manos de los notables criollos. Con el pacto en mano, los comuneros se desbandaron y regresaron a sus pueblos. Berbeo fue nombrado corregidor con un sueldo anual de mil pesos.
Fue en ese momento cuando el movimiento se rompió en dos. Mientras la élite del Socorro aceptaba el arreglo, José Antonio Galán, un jornalero que había militado en las filas más plebeyas de la insurrección, rechazó las Capitulaciones desde el primer momento. Le parecían aprobadas con demasiada rapidez, no confiaba en las promesas del arzobispo y sospechaba —con razón— que serían desconocidas apenas llegaran refuerzos militares. Continuó la rebelión intentando provocar un nuevo alzamiento, extendiendo la protesta por el valle del Magdalena y buscando aliados entre esclavos e indígenas. Fue apresado hacia el 13 de octubre de 1781 en un paraje cercano a Onzaga, dos días antes de la marcha que había convocado para el 15. Conducido a Santafé y juzgado sumariamente, fue ejecutado el 1 de febrero de 1782 junto con Isidro Molina, Lorenzo Alcantuz y Manuel Ortiz, ahorcado y descuartizado. La sentencia ordenó que su cabeza fuera enviada a Guaduas, la mano derecha al Socorro, la izquierda a San Gil, el pie derecho a Charalá y el pie izquierdo a Mogotes; se declaró infame a su descendencia, se confiscaron sus bienes, se demolió su casa y se sembró sal en el solar, con el propósito explícito de borrar su memoria.
En ese mapa de destinos —Berbeo cobrando sueldo real, Plata reintegrado al orden colonial, Pisco desactivado como símbolo, Galán descuartizado— Manuela Beltrán no aparece. Ni entre los premiados ni entre los castigados. La ausencia refuerza la hipótesis de que las autoridades españolas no la consideraron una líder, sino una entre muchos rostros de la multitud del 16 de marzo. Su gesto había sido decisivo simbólicamente, pero no la había convertido en cabecilla de nada.
La huella: del silencio al mito
Tras la firma de las Capitulaciones y la llegada de refuerzos desde Cartagena, el arzobispo Caballero y Góngora restableció el orden. El virrey Flórez desaprobó las Capitulaciones alegando que habían sido negociadas bajo amenaza de violencia, lo que en la práctica supuso su desconocimiento. Entre junio y septiembre de 1781 hubo nuevos motines en la provincia del Socorro por el incumplimiento de lo pactado, y se llegó a convocar una segunda marcha hacia Santafé, que no prosperó. Caballero y Góngora fue premiado por la Corona con el nombramiento de virrey: durante algunos años reunió en su persona el poder eclesiástico y el civil, encarnando la fórmula del "arzobispo-virrey" cuyo eco seguiría resonando en los relatos del período tardocolonial.
La represión fue eficaz. El descuartizamiento de Galán y sus compañeros, y la orden explícita de borrar sus nombres, produjeron un silencio que duró más de un siglo. La gesta comunera no encontró cronista temprano: entre 1782 y la publicación en Bogotá, en 1880, de Los comuneros de Manuel Briceño, la insurrección permaneció en la sombra, evocada de manera fragmentaria y sin obra de conjunto que le diera densidad histórica. La pintura colonial no la representó; la producción artística del período independentista tampoco. En las historias eclesiásticas y civiles del siglo XIX —como la de José Manuel Groot, escrita desde una óptica conservadora que valoraba positivamente el legado español— el episodio ocupa un lugar menor.
Fueron los liberales decimonónicos quienes rescataron a los comuneros y, con ellos, a Manuela Beltrán. La operación no fue neutral: necesitaban construir un pasado insurgente que legitimara sus proyectos del presente, y la insurrección de 1781 les ofrecía un antecedente casi providencial. La figura de Beltrán resultaba particularmente útil. Una mujer del común, un gesto físico y directo, un edicto rasgado en la plaza: la escena tenía potencia icónica y podía servir como origen dramático del ciclo revolucionario colombiano de un modo que la negociación de Zipaquirá —firmada por notables criollos y un arzobispo, resuelta con sueldos y cargos— nunca podría ofrecer. La escena entró así en los manuales escolares, se reprodujo en litografías tardías, se convirtió en escena cívica repetible en actos patrios. Manuela Beltrán empezó a existir con más fuerza en la iconografía nacional que en cualquier archivo real.
Esa recuperación tuvo un costo. Al convertirla en emblema, se renunció a buscarla como persona. La atención se concentró en el acto —repetido, dramatizado, ilustrado— y no en la mujer que lo había ejecutado. Su condición precisa, su etnia, su edad, su destino posterior, quedaron sin investigación seria, y con el tiempo ese vacío empezó a leerse como consustancial a la figura: Manuela Beltrán era el gesto, y averiguar más parecía innecesario. El mito se alimentaba del silencio.
Hay una posibilidad que conviene considerar: individualizar a Beltrán puede ser, en parte, un efecto retrospectivo. Al menos una de las descripciones contemporáneas del inicio de la revuelta habla de "campesinos y comerciantes" que en distintos lugares arrancaron los avisos de las nuevas reglas fiscales, sin nombrar a nadie en particular. Es posible que el arrancamiento del edicto haya sido una forma de protesta ejercida por varias personas en varias localidades, y que la fijación de la autoría en una mujer concreta —Manuela Beltrán, en el Socorro— sea en parte el resultado de la necesidad narrativa de un momento inaugural con nombre propio. Esa hipótesis no niega la existencia histórica del acto ni de la persona; sí sugiere que la individualización del gesto respondió a exigencias del relato tanto como al registro de los hechos.
En el siglo XX y en lo que va del XXI, la memoria de Beltrán se ha diversificado hasta volverse casi inabarcable. La Universidad Manuela Beltrán, fundada en Bogotá, lleva su nombre; también decenas de instituciones educativas de secundaria, calles, barrios, plazas, colegios distritales, monumentos en el Socorro y en otras localidades santandereanas. Ha sido invocada como precursora del feminismo colombiano en discursos de conmemoración del 8 de marzo, como figura popular frente a las élites de Zipaquirá en relatos de historia social, como símbolo santandereano de la insumisión ante el poder central en la retórica regionalista. Cada apropiación dice tanto de quien la invoca como de la propia Beltrán, y todas comparten un mismo procedimiento: proyectar sobre el vacío biográfico un contenido contemporáneo. Que la operación sea legítima —los símbolos históricos existen para eso— no cambia el hecho de que, del otro lado del emblema, sigue habiendo una mujer sin rostro.
La figura de Galán tuvo un destino distinto. Aunque también sometido a la orden colonial de olvido, su ejecución brutal y la distribución geográfica de sus restos fueron un intento tan explícito de escarmiento que produjo el efecto contrario: fijaron su nombre en la memoria de los pueblos que recibieron los pedazos. En el siglo XX, cuando la izquierda armada colombiana buscó genealogías propias, el ELN nombró uno de sus frentes "José Antonio Galán" en homenaje al líder comunero. Beltrán no tuvo esa suerte —ni ese uso—: su figura permaneció en el ámbito de la conmemoración cívica oficial, menos disputada políticamente pero también menos viva, más apta para la placa municipal que para la consigna insurgente. La misma cualidad que la volvió útil al liberalismo decimonónico —su condición de gesto puro, sin programa, sin discurso, sin continuidad biográfica— la protegió de la apropiación radical y la condenó a un lugar cómodo, ceremonial, escolar.
Coordenadas de una historia mayor
El acto de Manuela Beltrán ocurrió, por coincidencia o por sincronía histórica, en el mismo año en que estallaba en el Perú la gran rebelión de Túpac Amaru II. Los observadores de la época no dejaron de notar el paralelo: un cronista llegó a calificar 1781 como año "cabalístico y antitiránico". En la provincia de Casanare, algunos sublevados invocaban órdenes del rebelde peruano para justificar la exención de tributos, prueba de que las noticias circulaban y de que los movimientos se sabían contemporáneos, aunque no coordinados. La poesía comunera atribuida al lego fray Ciriaco de Arcila reflejaría, según Briceño, el eco de las rebeliones del Perú y de las agitaciones novohispanas.
Es tentador leer 1781 como umbral de la Independencia. La tentación conviene resistirla. La insurrección comunera fracasó como subversión estructural: el único dirigente con proyecto transformador, Galán, fue liquidado antes de poder darle forma; los demás pactaron y se replegaron. En regiones como el Tolima, el levantamiento no produjo clamor antirrealista alguno: los tolimenses mostraron, tanto en 1767 como en 1781, aversión al delito de lesa majestad. La consigna comunera —"Viva el rey y muera el mal gobierno"— era, literalmente, una protesta monárquica. Cuando llegó la ruptura definitiva con España, tres décadas más tarde, la causa inmediata no fue la memoria comunera sino la invasión napoleónica de la península en 1808 y el vacío de poder que abrió. La Revolución francesa, con su proclamación de la libertad y la igualdad, tuvo entonces un peso ideológico que la revolución norteamericana, calificada por un observador de la época como "un tanto prosaica", nunca alcanzó entre los suramericanos.
Manuela Beltrán, con todo, sigue en pie donde la puso el 16 de marzo. Una vendedora de plaza en una villa mercantil del oriente neogranadino, en un momento en que las reformas borbónicas apretaban a los sectores medios-populares hasta el límite, arrancó un edicto real y con ese gesto abrió una fisura. Lo que después ocurrió —la marcha, las Capitulaciones, la traición, el descuartizamiento de Galán, el largo silencio, la recuperación liberal, el mito— tiene su propia lógica y sus propios protagonistas. Pero el instante inaugural fue suyo, y en ese instante hay algo que no se deja explicar del todo: por qué una mujer sola, o percibida como sola, se atrevió a hacer en público lo que muchos pensaban en privado.
Quizás la respuesta no está en ella sino en el Socorro: en una sociedad de artesanos y pequeños comerciantes, con circulación mercantil intensa, con motines fiscales acumulados desde 1778, con una plaza donde el edicto era leído por todos, el gesto estaba esperando a alguien. Manuela Beltrán fue ese alguien. Que su nombre haya llegado hasta nosotros y no el de otros —igualmente reales, igualmente audaces, igualmente ignorados— es una de las loterías de la memoria histórica, y también una de sus formas de justicia. Colombia recuerda un edicto rasgado en una plaza; olvida, porque nunca los supo, los detalles de la mujer que lo rasgó. El olvido, en su caso, no es fracaso del archivo: es la forma exacta en que su figura ingresa a la historia.
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Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
28 documentos · 32 fragmentos01Grandes momentos de ColombiaGustavo Castro Caycedo · 2016 · Página 2351 cita
[1]deseo de participación política. En 1752, en 1764 y en 1767 se realizaron motines contra la corona; y en 1779 una sublevación de 1.000 indígenas. Se incrementaron o crearon impuestos para alimentar la guerra de España contra Inglaterra. Al Regente Visitador Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres, le correspondió ejecutar…
p. 235
02Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · Página 2311 cita
[2]Nueva Gr nada. Nace José María del Castillo y Rada en Car- tagena. Se establece la imprenta en esta ciudad. Construcción de la catedral de Santa Marta, según trazas de Juan Cayetano Chacón. 1777 Muere el ex presidente Rafael Eslava en Santa- fé. Venta de resguardos en Popayán. Primer intento de organización gremial de…
p. 231
03Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · Páginas 124, 1262 citas
[3]n te las restricciones, destruían todas las plantas de tabaco sem bra das fuera de las áreas perm itidas y arrestaban y encarcelaban a los violadores. Todo ello ocurría en una época de escasez de alim entos y epidem ia de viruela en la región de G uanentá, cuando, según se dice, m urieron allí unas seis mil personas.…
p. 124
[14]Pero esta reacción antiespañola iba m ás allá de la m era defensa de los intereses de los criollos de clase alta. En los distritos com uneros, incluso m ulatos pobres q u e no eran can d id ato s potenciales para la burocracia colonial expresaron su resentim iento contra los funcionarios españoles, a quienes tilda ban…
p. 126
04Historia económica de Colombia, 1845-1930William Paul McGreevey · 2015 · Página 531 cita
[4]las relaciones comerciales de sus colonias. La población nativa de Colombia probablemente nunca había gozado de mejores condiciones que las existentes al finalizar la prime- ra mitad del periodo borbónico, pues su población iba en aumento y todos los viajeros de la época dan cuenta de su nivel de vida modesto pero…
p. 53
05Breve historia económica de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 2017 · Página 651 cita
[5]0,72 1,21 2,74 2,5 Impuesto/pib 2,9 % 4,7 % 10,4 % 8,4 % Fuentes: para los promedios de los quinquenios entre 1761 y 1800 en Meisel (2004); para 1810, Jaramillo, (1987) —cuenta fiscal que está posiblemente incompleta—. Los ingresos de la Corona en la última década de su dominación alcanzaron en promedio la suma de 2,…
p. 65
06Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · Página 161 cita
[6]entre las colonias y la metrópoli, desarrollar nuevas técnicas para la producción y el control del exce- dente exportado y, al mismo tiempo, fortalecer el Estado. Sin embargo, España prohibía la producción de textiles que podían competir con sus mercancías y continuó ejerciendo control sobre la producción y sobre los…
p. 16
07Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Páginas 95, 982 citas
[7]el rey, pero no queremos pagar la Armada de Barlovento!» El alcalde prometió que participaría al cabildo sobre los reclamos de los reunidos para informar al visitador. La muchedumbre no le prestó aten- ción y una vendedora de la plaza, Manuela Bel- trán, rompió el edicto donde se hallaba fijado el impuesto. Como…
p. 95
[15]del Socorro. En esta pro- vincia, entre el 20 de por el arzobispo Caballero y Góngora, que se ha- llaba de visita en la región, no apoyó las preten- siones del pueblo. Galán, que había llegado a Mogotes el 2 de septiembre, pertenecía al bando de quienes no creían en las promesas del arzobispo de hacer cumplir las…
p. 98
08Gran Enciclopedia de Colombia - Geografía 2Alfonso Pérez Preciado (Dirección académica y textos); Fernando Wills Franco (Dirección de proyecto); Camilo Calderón Schrader, Alberto Ramírez Santos (Coordinación editorial) · 2007 · Página 2071 cita
[8]la escena. E! gesto de Manuela Beltran comunico su propia audacia a la ira contenida de la multitud y millares de gentes hicieron sentir, entonces, el terrible poder de un pueblo enfurecido. »Los almacenes de los estancos fueron asaltados; los funcionarios perseguidos por las calles y sus casas convertidas en objeto…
p. 207
09Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Páginas 87, 902 citas
[9]pesinos y comerciantes arrancaron los avisos de las nuevas reglas de impuestos. Las protestas crecieron con rapidez y poco a poco fueron incorporando a los notables locales de todo el oriente y se extendie ron a los llanos orientales. En decenas de pueblos se formaron gru pos de gente del “ com ú n ” que se un í an y…
p. 87
[23]í n, donde la poblaci ó n libre se sent í a blanca, la principal actividad era la miner í a de alu vi ó n. La agricultura era pobre y se estaba promoviendo la coloni zaci ó n de nuevas tierras. En Socorro y Pamplona los habitantes se agrupaban en peque ñ as parroquias rodeadas de una agricultura de grandes y medianos…
p. 90
10Historia de la primera República de Colombia, 1819-1831. "Decid Colombia sea, y Colombia será"Armando Martínez Garnica · 2019 · Página 511 cita
[10]el siguiente mes de marzo estaba listo el expediente para su entrega. Todos esos documentos fueron escritos en español, la única lengua en que escribía correctamente el general, con una traducción inglesa anexa, y los cálculos fueron hechos con la mejor información que recibió, si bien la parte esencial la recogió…
p. 51
11Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · Página 441 cita
[11]estimó que cerca de cuatro mil personas avanzaban hacia la capital. Cuando llegaban a la actual ciudad de Zipaquirá, el arzobispo español Antonio Caballero y Góngora (designado para negociar la pacificación de la rebelión) se reúne con los líderes del movimiento, siendo el principal Juan Francisco Berbeo; es ahí que…
p. 44
1230 hechos que cambiaron la historia de ColombiaRafael Pardo Rueda · 2022 · Página 131 cita
[12]se inició el retorno de los comuneros a sus pueblos. Berbeo fue nombrado corregidor, con un sueldo anual de mil pesos. José Antonio Galán no aceptó las negociaciones, pues le parecía que habían sido aprobadas muy rápido. El tiempo acabó por darle la razón. El virrey, que estaba en Cartagena para prevenir un ataque de…
p. 13
13The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · Página 1991 cita
[13]stipends. Attentive to such misery, then, the total and annual contribution for the Indians shall remain at four pesos, and at two pesos for the mulattoes; priests shall not charge for rights or gratuities on baptisms, burials or weddings, nor require them to name an official for their holy days; if no participant…
p. 199
14Resistencia en el San JorgeOrlando Fals Borda · 2002 · Página 1611 cita
[16]a la religión y no haber entre ellos asesinatos ni peleas, aún en sus b o r r a c h e r a s ". (En esta tarea misional González Belandres tuvo d e s p u é s sus fuertes encontrones con el p a d r e José Palacios de la Vega, a quien también se le confió, en 1787, la misión de re- ducir a los indios de San Cipriano y…
p. 161
15Con nombre propioDaniel Samper Pizano · 2017 · Página 4051 cita
[17]su nacimiento; y el pie izquierdo en el lugar de Mogotes. Declarada por infame su descendencia, ocupados todos sus bienes y aplicados al real fisco; asolada su casa y sem- brada de sal, para que de esta manera se dé olvido a su infame nombre y acabe con tan vil persona, tan detesta- ble memoria, sin que quede otra que…
p. 405
16Historia abierta del arte colombianoMarta Traba · 2016 · Página 731 cita
[18]en esta obra de pintura-ficción no se oye —o si se oye se desatiende— el ruido de las pisadas de los comuneros que, diez años antes de su estallido, ya comenzaban a volverse perceptibles. El primero de febrero de 1782 un hombre es arrancado a golpes de la cárcel, arrastrado por el suelo, llevado hasta el lugar donde…
p. 73
17Las guerrillas en Colombia. Una historia desde los orígenes hasta los confinesDarío Villamizar · 2017 · Página 9041 cita
[19]por la propia organización en noviembre de 1985. 259 Óscar Castaño, El guerrillero y el político, Ricardo Lara Parada, Bogotá, Oveja Negra, 1984, p. 61. 260 Nombre en homenaje al líder de la insurrección de los comuneros de 1781, encabezada por José Antonio Galán. Capturado, fue condenado a la pena de muerte y al…
p. 904
18Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · Página 622 citas
[20]las demás provincias donde no hay este auxilio, la po- blación se reduce a unos pocos labradores, cuyos frutos se invierten en su propia manutención ". 91 Efectivamente, la división del trabajo en Santander era mayor que en el resto del territorio del virreinato: había una especiali- zación incipiente entre artesanía…
p. 62
[21]las demás provincias donde no hay este auxilio, la po- blación se reduce a unos pocos labradores, cuyos frutos se invierten en su propia manutención ". 91 Efectivamente, la división del trabajo en Santander era mayor que en el resto del territorio del virreinato: había una especiali- zación incipiente entre artesanía…
p. 62
19Antropología hecha en Colombia. Tomo IIEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · Página 221 cita
[22]con la indígena, e indígena pura; la primera y la última forman el menor número, y cuando la absorción de la raza indígena por la europea se haya completado, lo que no dilatará mucho, quedará una población homogénea, vigorosa y bien conformada, cuyo carácter será medianero entre lo impetuoso del español y lo calmudo y…
p. 22
20The Ideal of the Practical: Colombia's Struggle to Form a Technical EliteFrank Safford · 1976 · Página 3311 cita
[24]meant specifically "natural philosophy," or physics and allied natural sciences. Gólgotas: young radical Liberals in Colombia of the years 1850-1854. Guanentá: a mountainous region in southern Santander characterized by many small communities nestling in pockets in the broken terrain; the largest communities in the…
p. 331
21Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · Página 5611 cita
[25]é dula ” del lego fray Ci r í aco de Arcila", hermano de un capit á n de los comuneros de Simacota. Estos ú ltimos versos exaltaron a los rebeldes; seg ú n el historiador Manuel Brice ñ o, fueron pregonados en los lugares m á s p ú blicos del Socorro el d í a 30 de marzo de 1781, ante los habi tantes reunidos al son…
p. 561
22Peregrinación de AlphaManuel Ancízar · 2016 · Página 2301 cita
[26]reunían; suponiendo órdenes del rebelde Tupamaro —Tupac-Amaru— 5 y queriéndo - les dar a entender que todos se hallaban exentos de tribu - tos y que habían cesado las contribuciones de diezmos y obligación de cumplir con los preceptos eclesiásticos, para esto, y como el principal motor y cabeza fue un vecino llamado…
p. 230
23Historia doble de la Costa. Tomo 1: Mompox y LobaOrlando Fals Borda · 2002 · Página 2381 cita
[27]Villabona. Ya no eran sólo indígenas ni tampoco estaban sometidos a reglas especiales. El sistema del concierto se había abierto para incluir a rodas las personas, con el fin de emplearlas a cambio de un salario. Eran en esencia jornaleros, genre sin distinción de todas las razas y sus mezclas, que vendían su fuerza…
p. 238
24La subversión en Colombia. El cambio social en la HistoriaOrlando Fals Borda · 2008 · Página 981 cita
[28]evaluación de las cosas, dentro de la pers - pectiva general de la civilización occidental. 99 D e la subversión y la finali D a D histórica 5. Subversión y Frustración en el Siglo XIX La paz hispana se mantiene por tres centurias hasta prin - cipios del siglo XIX, sin que hubiera surgido mientras tanto ninguna…
p. 98
25When Colombia Bled: A History of the Violencia in TolimaJames David Henderson · 1985 · Página 301 cita
[29]the cry heard often in Tolima during the Revolt of the Comuneros. 14 As major landmarks in the political life of late-eighteenth-century Tolima, the Jesuit expulsion and the Comunero revolt were most significant for the reaction they failed to evoke. Those events did not trigger any popular outcry against the king,…
p. 30
26El Dorado: estampas de viaje y cultura de la Colombia suramericanaErnst Röthlisberger · 2017 · Página 3981 cita
[30]llevaban y llevan los españoles en la propia sangre. Con esta exposición de lo que fue un sistema feu- dal teocrático-absolutista culpamos menos a un determi- nado pueblo civilizador que a la totalidad de una época. Diversos levantamientos de mayor o menor magni- tud, como el de los Comuneros del año 1781 en Colombia,…
p. 398
27Nueva Historia de Colombia. Vol. IV: Educación y Ciencia, Luchas de la Mujer, Vida DiariaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Magdala Velásquez Toro, Renán Silva Olarte, Jaime Jaramillo Uribe, Aline Helg, Gabriel Poveda Ramos, Jorge Arias De Greiff, Bernardo Tovar Zambrano, Rubén Sierra Mejía, Enrique Low Murtra, Gonzalo Cataño, Jaime Arocha Rodríguez, Néstor José Miranda Canal, Patricia Londoño Vega, Santiago Londoño Vélez · Página 2011 cita
[31]progreso, tal como lo exigía el modelo liberal burgués que se quería hacer fructificar. He aquí cómo la época li- beral se forjaba críticamente su propio pasado, que servía a su vez de legiti- mación a sus proyectos revoluciona- rios del presente. La historiografía conservadora apa- rece en el ambiente de crisis y de…
p. 201
28Nueva Historia de Colombia. Vol. VI: Literatura y Pensamiento, Artes, RecreaciónÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Andrés Holguín Holguín, Juan Gustavo Cobo Borda, Luis Antonio Restrepo Arango, Enrique Santos Calderón, Eduardo Serrano Rueda, Alberto Saldarriaga Roa, Lorenzo Fonseca Martínez, Carlos José Reyes Posada, Luis Alberto Álvarez Córdoba, Otto De Greiff Haeusler, Hernando Caro Mendoza, Gloria Triana Varón, Daniel Samper Pizano, Mike Forero Nougués, Boris De Greiff Bernal · Página 1001 cita
[32]historia del país y de su economía. Faltaba pre- paración y había que adquirirla sobre la marcha. Darío Mesa había publicado en Mito (1957) Treinta años de historia de Colombia 1925-1955. Este ensayo he- cho con la óptica del marxismo seguía paso a paso el proceso económico y las contradicciones políticas del país.…
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