Pamplona
“Pamplona nació como instrumento de conquista —una plaza para someter a los chitareros y asegurar el norte del Nuevo Reino— y se transformó en dos siglos en una de las metrópolis coloniales del interior andino, con minas de plata en Vetas y La…”
En un valle alto del nororiente andino, entre páramos que superan los tres mil metros y cañones que las corrientes labran hasta hacerse innavegables, Pamplona se fundó en 1549 como cabeza de la reducción de los chitareros y prosperó durante dos siglos como una de las metrópolis del Nuevo Reino de Granada: sede episcopal, centro minero de plata, nodo comercial hacia Maracaibo y Cartagena, corazón administrativo de una provincia que llegó a rivalizar con Tunja y Popayán. En el siglo XIX la desbordó Cúcuta, que capturó el eje comercial venezolano y la relegó a un segundo plano del que nunca volvió. Lo que quedó —un obispado, una tradición letrada, un culto pascual hoy declarado patrimonio nacional, una universidad que la convierte en capital estudiantil del nororiente— es una ciudad-memoria: no la potencia que fue, sino un depósito activo de sus propios estratos coloniales, republicanos y contemporáneos. Su historia, precisamente por eso, es un catálogo denso de las tensiones colombianas: entre metrópoli y periferia, entre clero y liberalismo, entre conservadurismo devoto e insurgencia comunista, entre proyecto letrado y violencia estructural.
La semblanza de una ciudad mitrada
Pamplona ocupa, en el imaginario colombiano, un lugar peculiar: es simultáneamente una de las fundaciones más antiguas del país y una ciudad pequeña y provincial. Sus apodos —"Ciudad Mitrada", "Valle del Espíritu Santo"— condensan esa dualidad. El primero remite a la mitra episcopal, símbolo de una autoridad eclesiástica ininterrumpida que sobrevivió a las reformas liberales del siglo XIX, al terremoto que la sacudió, a la Regeneración y al conflicto contemporáneo. El segundo apela al topónimo devoto del valle donde se asienta, una consagración que la inscribe desde el bautismo colonial en un régimen de sentido religioso.
Esa identidad no es decorativa. La Semana Santa pamplonesa fue declarada patrimonio cultural inmaterial de la Nación, reconocimiento que sella oficialmente lo que la ciudad venía diciendo de sí misma desde el siglo XVI: que su vocación es la piedad ordenada, el rito público, la procesión como forma cívica. A esa capa se sumó, en el siglo XX, la condición de ciudad universitaria del nororiente colombiano, que concentra la oferta educativa superior de una región amplia y le da a la vida urbana un pulso estudiantil que temporaliza el año pamplonés entre semestres, exámenes y regreso a los pueblos de origen. Es un ritmo distinto al de las ciudades comerciales del nororiente —Cúcuta, Ocaña, Bucaramanga—, cuyos calendarios los marca el mercado; el pamplonés lo marcan la matrícula y la procesión.
Pero hay una tercera cara, menos amable, que asoma cada vez que uno rasca la postal. A mediados del siglo XIX, el cronista liberal que firmaba como Alpha (activo hacia 1850) describió una población de aproximadamente 2.900 habitantes en la que convivían veinticinco clérigos, dieciocho monjas y un obispo. La aritmética es elocuente: casi un religioso por cada sesenta y cinco vecinos, en una ciudad cuyo proletariado —según el mismo testigo— vivía en la miseria, con escasos talleres de oficios y no pocos mendigos, mientras las élites acomodadas se subían la ruana y respondían a toda propuesta de mejora con un "¡Aquí no se puede hacer nada!". Pamplona es, entonces, también eso: el lugar donde la reconversión simbólica se hizo sobre una estructura social rígida que la reconversión misma no tocó.
Los orígenes: 1549 y el diseño de una plaza colonial
La expedición que fundó Pamplona salió al camino en 1549 bajo circunstancias muy específicas. Gobernaba lo descubierto del Nuevo Reino el licenciado Miguel Diez de Armendáriz, y su decisión de armar la entrada hacia el norte estuvo teñida por un cálculo defensivo personal: se le preparaba juicio de residencia y una nueva fundación —tierras repartidas, indios sometidos, tributo asegurado— era un argumento útil ante la corte. La expedición quedó en manos de dos hombres. Pedro de Ursúa, sobrino del propio Armendáriz, fue nombrado cabo superior; Ortún Velasco de Velázquez, veterano curtido en guerras y descubrimientos, entró como maese de campo.
Se organizaron en Santafé y en Tunja, tomaron el camino trazado por Aguayo, pasaron por Málaga, Servitá y Cácota, y ascendieron hasta un valle que los cronistas describieron como hermoso. Allí, en algún momento de ese año, se levantó el acto fundacional que daría origen a Pamplona. La misión militar era terminar la reducción de los chitareros —el pueblo indígena que dominaba esas altiplanicies— y asegurarla con una población hispana en el corazón mismo de su territorio.
El gesto era típico del patrón colonizador ibérico. Cada fundación significaba la posesión legal de la tierra y la sujeción de sus habitantes, y desde el nuevo núcleo urbano se organizaba la explotación de las regiones circundantes: mitas, encomiendas, tributos, obras públicas. Las Leyes Nuevas promulgadas años antes no detuvieron la expansión, porque el motor de la penetración territorial era el reparto de bienes entre los expedicionarios, y ese motor no admitía freno legal. Pamplona nació, así, con la doble condición que la marcaría por siglos: capital de un territorio conquistado y bisagra hacia el norte, entre Santafé y la Capitanía de Venezuela.
La consolidación institucional fue rápida. Treinta y cinco años después de la fundación, en 1584, se estableció el convento de Santa Clara, primera casa religiosa femenina de la ciudad. El intervalo no era casual: Tunja y Popayán, las otras dos capitales administrativas coloniales del interior, vieron aparecer su primer convento femenino en el mismo plazo aproximado. El patrón revela cómo funcionaba la maquinaria imperial: primero se fundaba el centro administrativo, se aseguraba la extracción, se estabilizaba la vida urbana; solo entonces —con élites consolidadas capaces de dotar hijas y de sostener casas religiosas— llegaban los conventos. En una región como la que llegaría a llamarse Santander, donde las órdenes religiosas tuvieron presencia mucho más discreta que en el altiplano cundiboyacense, la Santa Clara pamplonesa fue una excepción significativa: la marca de una ciudad que se había ganado el rango.
La trayectoria colonial: plata, cacao, telares
Durante los siglos XVI y XVII, Pamplona funcionó como cabeza de un espacio económico diversificado. Sus minas —Vetas y La Montuosa, entre otras— eran yacimientos de plata de propiedad fiscal que operaban con mita indígena, es decir, con trabajo forzado rotatorio impuesto sobre los pueblos sometidos. La mita colonial no se agotaba en el socavón: los mismos indios eran empleados en el transporte de personas y mercancías a hombros, en la boga del río Magdalena y en las obras públicas de las ciudades. Pamplona participaba de ese régimen extractivo con la particularidad de disponer de metal precioso, lo que le dio durante décadas un peso desproporcionado en la economía del Nuevo Reino.
A la minería se sumó una agricultura de altura sostenida por hispanos, indios y mestizos que cultivaban trigo, maíz, papa, cebada y hortalizas en las altiplanicies comprendidas entre Santafé y Pamplona. Esa banda geográfica —la misma que incluía Tunja y las tierras que hoy son Bucaramanga— se especializó también en textiles, y la provincia de Tunja llegó a ser el principal centro textilero de la Nueva Granada desde finales del siglo XVI y a lo largo del XVII. Pamplona, en su extremo norte, participaba de esa economía tejida y triguera, con producción orientada al autoconsumo regional pero también exportada a los campamentos mineros del occidente, a los puertos del Magdalena y a la costa atlántica.
La otra pata del comercio pamplonés miraba hacia Venezuela. El cacao producido en Pamplona y en Cúcuta se exportaba a Maracaibo, San Bartolomé y Cartagena, lo que da la medida de la doble orientación de la región: eje andino hacia el interior neogranadino y eje transfronterizo hacia el Caribe venezolano. Esa geografía comercial fue, durante mucho tiempo, la fortaleza de Pamplona. Se convertiría, sin que sus élites lo advirtieran a tiempo, en la palanca de su relegación: cuando el eje venezolano se desplazó hacia los valles cálidos de Cúcuta, la ciudad alta se quedó mirando el tráfico pasar por debajo.
En términos sociales, la Pamplona colonial y republicana temprana se organizaba en pequeñas parroquias rodeadas de agricultura de grandes y medianos propietarios blancos, con presencia notable de artesanos —una estructura muy semejante a la del Socorro, y muy distinta de la del valle del Cauca, el Pacífico o la costa atlántica—. No había plantación esclavista ni gran hacienda ganadera; había predios medianos, telares familiares, obradores urbanos, minas fiscales. Una sociedad relativamente densa, mestiza en su base, con una capa blanca administradora y letrada que se reproducía a sí misma en los cargos, en los cabildos y en las canonjías.
Los orígenes republicanos: rivalidades, Anzoátegui, colegios
Cuando estalló la crisis de 1810, Pamplona era ya una ciudad con memoria de sí misma. Su condición de capital provincial la enfrentó de inmediato con las ciudades subalternas de su jurisdicción, y la rivalidad entre Girón y Pamplona se convirtió en uno de los conflictos interprovinciales característicos de aquel año. La Confederación neogranadina, incapaz de definir con claridad las competencias entre los estados y el gobierno central, generó fricciones a todas las escalas: entre capitales y ciudades subalternas, entre estados vecinos, entre estados y confederación. Pamplona vivió esas fricciones desde arriba —como cabeza que debía defender su primacía— y desde abajo —como ciudad que temía perder población, tributo y jurisdicción frente a los cantones ascendentes—.
La guerra de Independencia dejó en la ciudad una marca definitiva. Tras la victoria de Boyacá en agosto de 1819, Simón Bolívar organizó y despachó tropas al norte bajo el mando del general José Antonio Anzoátegui, con el objetivo de contener al mariscal La Torre, que amenazaba desde los valles de Cúcuta. Anzoátegui —uno de los oficiales más brillantes de la campaña libertadora, victorioso en Boyacá pocas semanas antes— falleció en Pamplona el 15 de diciembre de 1819, cuando su columna se encontraba en la ciudad preparando la campaña del norte. La muerte, ocurrida en vísperas del Congreso de Angostura que crearía formalmente la República de Colombia, inscribió a Pamplona en la topografía sagrada de la Independencia. La ciudad recibía el cuerpo de un general de división muerto joven en pleno servicio: un hito fúnebre que la anclaba, para siempre, al panteón bolivariano.
Ese anclaje era, sin embargo, ambiguo. En una carta de 1821 dirigida a Santander, Bolívar contrastaría a los "caballeros" de Bogotá, Tunja y Pamplona con los caribes del Orinoco, los pastores de Apure y los marineros de Maracaibo, criticando la visión estrecha de quienes creían que Colombia se reducía a esas tres ciudades andinas. La observación era certera. Pamplona pertenecía a la Colombia letrada, clerical y provincial que Bolívar veía como una parte, pero no como el todo, del proyecto continental. La ciudad recibió el elogio implícito y también la advertencia: era plaza importante, pero su horizonte era limitado.
Ese horizonte limitado se compensó, en la primera generación republicana, con una apuesta institucional deliberada. En el marco de las políticas de instrucción pública impulsadas por el gobierno de la Nueva Granada durante la década de 1830 —fondos nacionales para pizarras, ápices, cuadros de lectura y manuales—, se creó en la provincia de Pamplona un colegio provincial gracias a donaciones patrióticas del cantón de Girón. El colegio pamplonés celebró certámenes académicos documentados en 1836 y 1839, y entró así en la red nacional de establecimientos provinciales que incluía a los de Medellín, Tunja, Mompox, Santa Marta, Socorro, Ibagué, Vélez, Panamá, Pasto y Santa Rosa de Viterbo. En la década siguiente, cuando el sistema universitario nacional organizó la educación superior por distritos, Pamplona participaba de ese entramado. En 1848, un joven pamplonés llamado José Antonio Rivera figuraba entre los estudiantes de la escuela práctica de arquitectura que dirigía en Bogotá el inglés Tomás Reed —el mismo arquitecto que proyectaría el Capitolio—, señal de que la ciudad estaba produciendo cuadros técnicos y enviándolos a las instituciones nacionales.
El obispado castigado, las reformas liberales y la sombra de Cúcuta
Mientras el colegio provincial ganaba estudiantes, la vieja arquitectura eclesiástica pamplonesa entraba en su prueba más dura. La ley liberal de 1851 sobre los curas —que pretendía transferir a las parroquias la elección de sus sacerdotes, atacando así el corazón del control eclesiástico— fue desobedecida por tres prelados: el arzobispo de Bogotá Manuel José Mosquera, el obispo de Cartagena y el obispo de Pamplona. Los tres fueron desterrados. El episodio confirma, de un solo golpe, dos hechos: que Pamplona era efectivamente sede episcopal con obispo residente hacia mediados del siglo XIX, y que su Iglesia local se alineaba con el bloque conservador y ultramontano que resistía las reformas liberales. La ciudad mitrada era también, en 1851, una ciudad castigada por su alto clero.
En el mismo período, Pamplona seguía siendo un centro tabacalero de cierta importancia. El tabaco era el principal producto agrícola y el más notable rubro de exportación republicano, y se cultivaba de manera destacada en Popayán, Pamplona, Mariquita y Casanare, con la factoría de Ambalema como referencia nacional para la compra de la hoja. Pero el auge tabacalero fue relativamente corto, y no bastó para contener el desplazamiento del centro económico regional hacia Cúcuta y sus valles cálidos, mejor conectados con Maracaibo, mejor situados para el comercio transfronterizo y menos aislados por los páramos y cañones que rodean a Pamplona.
La geografía había empezado a pasarle la factura. La región oriental del actual Santander —páramos superiores a 3.000 metros, cañones profundos, ríos que no eran navegables en toda su extensión— presentaba obstáculos que ninguna política provincial podía cancelar. En 1856, el gobernador de Pamplona propuso construir un camino hacia Arauca, un intento de articular la ciudad con los Llanos Orientales por la ruta que se conocería como el Camino del Sarare. La propuesta señala una conciencia local del problema: si el eje Cúcuta-Maracaibo se estaba volviendo hegemónico, había que abrir alternativas hacia el oriente llanero. El camino se abrió con dificultad, y los Llanos nunca se convirtieron en el mercado sustituto que Pamplona necesitaba.
El resultado se lee sin adornos en el testimonio de Alpha. La Pamplona de mediados del siglo XIX tenía 2.900 habitantes en su recinto urbano, es decir, una fracción de lo que había llegado a ser en su apogeo colonial. La ciudad experimentaba una decadencia progresiva respecto a lo que fue una plaza importante, y esa decadencia se leía en la calle: proletariado en la miseria, escasez de talleres, mendicidad extendida, élites acomodadas apáticas ante toda empresa de mejora provincial, damas confinadas al rezo y a las visitas de iglesia por ausencia de otras ocupaciones sociales. El propio Alpha lo formuló con dureza: las damas pamplonesas "malgastan las preciosas dotes del alma en perpetuo rezo y visitas de iglesias" por no hallar otro medio de emplear su actividad.
El juicio es, ciertamente, el de un cronista liberal, y hay que leerlo como retórica antes que como censo. Pero incluso descontando el tono, las cifras que él mismo reporta —veinticinco clérigos y dieciocho monjas para menos de tres mil almas— dibujan una estructura urbana en la que la Iglesia era, con enorme diferencia, el principal empleador simbólico y la principal institución. Ese peso no era señal de renovación; era síntoma de que la reconversión pamplonesa, tras perder la primacía económica, se había apoyado en el único capital institucional que le quedaba intacto.
Los actores: entre la ruana y el partido
La ciudad que sobrevive así al siglo XIX es una ciudad de contrastes que se hicieron caracterológicos. Por un lado, una identidad de patriciado devoto, letrado, culto: descendientes de encomenderos y funcionarios coloniales que sostenían la vida social en torno a la parroquia, la casa episcopal y el colegio. Por otro lado, un mundo popular de artesanos, pequeños agricultores y jornaleros que vivía en las márgenes de esa vida civilizada y que —cuando había oportunidad— emigraba hacia Cúcuta o hacia los frentes de colonización. Entre esos dos mundos apenas había pasarelas: la ruana igualaba en la calle lo que la calle no igualaba en la casa ni en el reparto de cargos.
En esa Pamplona, mujeres de las familias acomodadas —descritas por los cronistas como bellas, modestas y sensibles— hicieron del rezo y del culto la forma disponible de existencia social. La caracterización es injusta si se la lee como diagnóstico de las mujeres mismas y precisa si se la lee como diagnóstico del régimen que se les imponía: en una ciudad sin fábricas, sin espacios asociativos laicos, sin vida política abierta a la mitad femenina, la vida devocional era literalmente el único espacio disponible. La religiosidad fervorosa que hasta hoy caracteriza a Pamplona es, en parte, sedimento de esa larga clausura social.
El otro rasgo que se sedimentó fue el conservadurismo político. Durante la época de la violencia partidista de mediados del siglo XX, Pamplona era reconocida como bastión del Partido Conservador, resultado natural de una historia en la que el clero, la escuela y las familias notables se habían alineado por generaciones con las posiciones ultramontanas. Precisamente por eso resulta significativo —y paradójico— que la ciudad haya producido también a Luis Bernal, dirigente comunista de Norte de Santander, cuyos instintos políticos se activaron durante los años de la violencia partidista. Bernal representa la contracara del retrato oficial: una Pamplona en la que, bajo la superficie devota y conservadora, se incubaban también trayectorias de disidencia radical. La ciudad mitrada no producía solo canónigos; producía, también, sus opuestos exactos.
La huella del siglo XX: universidad, conflicto, memoria
En el siglo XX, Pamplona consolidó la vocación que la definiría en el imaginario contemporáneo: la de ciudad universitaria del nororiente colombiano. Sobre la base del viejo colegio provincial y de la infraestructura eclesiástica y educativa acumulada a lo largo de un siglo, la ciudad concentró la oferta educativa superior de una región amplia y se convirtió en destino de miles de estudiantes provenientes de Norte de Santander, del sur del Cesar, de Arauca y de zonas limítrofes con Venezuela. Esa condición estudiantil renovó el pulso urbano —le devolvió una juventud que la economía no le daba— y sedimentó una identidad de "ciudad culta", complemento laico y republicano del viejo prestigio eclesiástico.
En paralelo, la ciudad y su región fueron alcanzadas por las dinámicas del conflicto armado colombiano contemporáneo. El ELN desarrolló acciones sostenidas en Norte de Santander y en la región del Catatumbo como parte de su frente de guerra nororiental, orientado sistemáticamente a atacar la infraestructura petrolera y eléctrica, y financiado mediante el secuestro y la extorsión. El paramilitarismo, por su parte, se expandió en el departamento a través de las ACCU y del Bloque Catatumbo, cuya desmovilización quedaría luego en el centro de las investigaciones sobre la parapolítica. Pamplona ciudad no fue el epicentro de esas dinámicas —lo fueron Cúcuta, Ocaña, Tibú y los municipios del Catatumbo—, pero como capital histórica de la región, como sede universitaria y como paso obligado entre el altiplano oriental y la frontera, quedó inevitablemente enredada en su geografía.
Un episodio fragmentario pero elocuente conecta la ciudad con la Guerra de los Mil Días: se formó allí un grupo de "Zapadores" bajo el mando del capitán Teodoro Ramírez, con campamento en la Concesión Barco, en las selvas del Catatumbo. La referencia es escueta, pero sitúa a Pamplona en la línea larga de guerras civiles que atravesaron el nororiente colombiano —desde la Independencia hasta el conflicto contemporáneo, pasando por la guerra federal, la de 1876, la de 1885 y la de los Mil Días—.
En el ámbito eclesiástico, el siglo XX trajo también renovaciones. Pamplona y Barrancabermeja fueron escenarios de experiencias pastorales inspiradas en el Concilio Vaticano II, es decir, de un catolicismo posconciliar orientado al trabajo social y a las bases populares. El dato matiza la imagen monolítica de una Pamplona clerical y conservadora: dentro de la propia Iglesia local convivieron corrientes tradicionalistas y corrientes renovadoras, del mismo modo que en la vida política convivieron el bastión conservador y el dirigente comunista. La ciudad, siempre más plural de lo que su fachada devota sugiere, se acostumbró a hospedar simultáneamente esas contradicciones sin resolverlas.
La huella: patrimonio, memoria, disputa
Lo que hoy se reconoce como patrimonio pamplonés es el destilado de esos cuatro siglos y medio. La Semana Santa, con procesiones que recorren un casco histórico donde persisten trazas coloniales y republicanas, fue declarada patrimonio cultural inmaterial de la Nación —consagración oficial de una tradición devocional que la ciudad venía cultivando desde el siglo XVI—. Los apodos "Ciudad Mitrada" y "Valle del Espíritu Santo" siguen siendo de uso vivo. La universidad marca el ritmo demográfico. El obispado permanece.
Sobre esa memoria hay, sin embargo, disputas soterradas que conviene no disolver en la postal. La Pamplona religiosa fue también la que desterró a su obispo por resistir las reformas liberales de 1851, la que hospedaba una vida social estancada por el peso del clero, la que sostuvo durante generaciones un conservadurismo que en el siglo XX se volvió bastión de partido en tiempos de La Violencia. La Pamplona universitaria y culta convive con una región castigada por el conflicto armado, por el paramilitarismo, por la crisis fronteriza. La Pamplona bolivariana —la que recibió el cuerpo de Anzoátegui en diciembre de 1819— es también la que Bolívar mismo señaló en 1821 como parte de la Colombia estrecha, la de los "caballeros" del altiplano incapaces de ver el país entero.
Y hay una figura que la historiografía patriótica local suele evocar y que condensa esas tensiones: Águeda Gallardo de Villamizar, matrona pamplonesa recordada como protagonista de los sucesos independentistas de 1810 en la ciudad. Su nombre —junto con el de otras mujeres de su generación— recuerda que la Pamplona conservadora y devota que Alpha describió cuatro décadas después había sido, en su hora, una ciudad capaz de precipitar la ruptura con la monarquía. La transformación de aquella Pamplona insurgente en la Pamplona apática que describe el cronista liberal es, ella misma, uno de los enigmas de la historia colombiana del siglo XIX: cómo una plaza que fue vanguardia terminó siendo emblema de estancamiento en menos de dos generaciones.
La respuesta no está en las culpas ni en las decisiones singulares. Está en la conjunción de fuerzas estructurales que operaron a la vez. Una geografía que se volvió obstáculo cuando cambió el patrón comercial regional. Una economía que perdió la plata sin ganar sustituto. Un vecino —Cúcuta— que capturó el eje transfronterizo. Una élite que se refugió en la devoción y en la administración eclesiástica. Un clero que en 1851 fue castigado precisamente por defender su cuota de poder. Un colegio que educó cuadros para las instituciones nacionales antes que para transformar la economía local. Pamplona sobrevivió al desplazamiento reconvirtiéndose en lo que ya sabía ser: ciudad letrada, ciudad devota, ciudad-memoria. Esa reconversión fue, en su plano institucional, un éxito duradero —el obispado, el colegio, la universidad y la Semana Santa lo prueban—. En su plano material y social, fue un éxito parcial, sostenido sobre una estructura de desigualdad que el propio Alpha diagnosticó en 1850 y que la geografía andina, hostil a la modernización, ayudó a perpetuar.
Hoy, cuando el visitante llega a la ciudad por la carretera que baja desde el Páramo de Berlín y asciende luego por el valle del Pamplonita, encuentra una plaza colonial, un templo antiguo, una universidad joven, procesiones que atraviesan las calles en marzo o abril, y una vida cotidiana ordenada por el calendario académico y por el litúrgico. Encuentra el sedimento de todo lo anterior: la fundación de Ursúa y Ortún Velasco en 1549, la plata de Vetas y La Montuosa, el convento de Santa Clara de 1584, la muerte de Anzoátegui en 1819, el colegio provincial de los años treinta, el destierro del obispo en 1851, la crítica de Alpha, la universidad del siglo XX, el conflicto contemporáneo. Una ciudad que no es lo que fue y que, precisamente por eso —porque conserva la conciencia de lo que fue—, sigue siendo lo que es: nodo bisagra de un nororiente colombiano cuya historia no puede contarse sin ella.
El territorio en el archivo
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Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
32 documentos · 35 fragmentos01Peregrinación de AlphaManuel Ancízar · 2016 · p. 586, 5912 citas
[1]nimo de Aguayo, a presencia de las peñas y por encima del furioso raudal que vieron aquellos aventureros: la civiliza - ción europea no ha modificado aún la invención del indio americano. Corriendo el año de 1549 gobernaba lo descubierto del Nuevo Reino el licenciado Armendáriz, quien deseoso de hacer algo que…
p. 586
[17]y son muy contados los talleres de oficios; el proletario vegeta mano sobre mano, sufriendo estoicamente la miseria y las enfermedades que nacen de ella y lo diezman después de haberlo degradado hasta la humillación de la mendicidad. Para las familias acomodadas no hay goces sociales ni exis - tencia patriótica:…
p. 591
02Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · p. 311 cita
[2]12 H is t o r ia ec o n ó m ic a y so c ia l i toda nueva conquista que no estuviera autorizada por las Audiencias obe decía al designio de la Corona de retomar la carga que ella había abando nado a la iniciativa de los particulares desde el comienzo. Se quiso ante todo hacer cesar un derroche de vidas humanas, las de…
p. 31
03Historia de Colombia. Descubrimiento y Conquista IGermán Arciniegas, Mauricio Obregón, Jorge Morales, Roberto Pineda Camacho, Javier Ocampo López, et al. · p. 1011 cita
[3]evitar que- 335 Patio principal de la mencionada casa del virrey. Este tipo de patio central e interior es de clara procedencia española, concretamente del sur de España. y resultó muy adecuado pare el clima caluroso del virreinato. rellas con fundaciones vecinas. Realmente son es- casas las ciudades que permanecieron…
p. 101
04Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Dinámicas urbanas de la guerraComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 441 cita
[4]se configu- raron los rasgos de las principales conflictividades y tensiones sobre el ordenamiento territorial y la distribución de la tierra que estuvieron en las raíces del conflicto armado interno. Las fundaciones coloniales provocaron una ruptura violenta en el ordenamiento territorial existente. No respondían a…
p. 44
05Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · p. 631 cita
[5]rior, función que fue disputada por Tunja y Santa- fé de Bogotá; pero en un corto plazo de tiempo se dirimió la decisión a favor de la segunda, gracias a su situación de cruce de caminos y a que gozaba de una localización más estratégica en términos de defensa de la ciudad, debido a la barrera de montañas que servían…
p. 63
06Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2023 · p. 301 cita
[6]Mérida, Maracaibo, Riohacha, Santa Marta, Cartagena, Panama, Veraguas, Chocó, Antioquia, Popay á n, Quito, Cuenca, Guayaquil, Loja, Jaén, Mainas, Neiva, Mariquita, Santafé, Tunja, Pamplona, and Guyana were grouped under a single viceregal government. Gold, mainly, but also silver and emeralds, were the main products…
p. 30
07Historia económica de ColombiaJosé Antonio Ocampo Gaviria (compilador), Germán Colmenares, Jaime Jaramillo Uribe, Hermes Tovar Pinzón, Jorge Orlando Melo González, Jesús Antonio Bejarano Ávila, Joaquín Bernal Ramírez, Mauricio Avella Gómez, María Errázuriz Cox, Carmen Astrid Romero Baquero · 2017 · p. 1321 cita
[7]y lanares, o al contado, y del Socorro recoge lienzos, bayetas, colchas y otras piezas útiles. El Socorro. Remite a todo el reino algodones en rama “con pepita y sin ella”, lienzos, paños de manos, colchas y otras piezas útiles. A Santa Fe y Popayán se envían por tierra, a Cartagena, Antioquia, Santa Marta y Riohacha…
p. 132
08Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 801 cita
[8]regiones de B ucaram anga y Pam plona, los altiplanos orientales se especializaron en la ag ricu ltu ra y la producción de tex tiles. La m ayoría de la producción era para el auto co n su m o regional, a u n q u e se exportaban pro d u cto s a los cam pam entos m ineros de la región occidental, a los puertos del M…
p. 80
09Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 901 cita
[9]í n, donde la poblaci ó n libre se sent í a blanca, la principal actividad era la miner í a de alu vi ó n. La agricultura era pobre y se estaba promoviendo la coloni zaci ó n de nuevas tierras. En Socorro y Pamplona los habitantes se agrupaban en peque ñ as parroquias rodeadas de una agricultura de grandes y medianos…
p. 90
10Territorial Rule in Colombia and the Transformation of the Llanos OrientalesJane M. Rausch · 2013 · p. 1031 cita
[10]tourists back to their homes, but cattle and tons of rotting produce waited in Villavicencio to be shipped to Bogotá. The government eventually constructed a 270-meter tunnel through the mountain and a bridge 115 meters long over a chasm to surmount the obstacles posed by Quebradablanca, but the disaster underscored…
p. 103
11Café y ferrocarriles en Colombia: los trenes santandereanos (1869-1990)Juan Santiago Correa Restrepo · 2012 · p. 16, 232 citas
[11]cuenta con un importante nú- mero de ríos como el Sogamoso, el Suárez, el Opón y el Chicamo- cha, entre otros, con fuertes flujos hídricos estacionales, profundos cañones y altas pendientes, lo que impide que sean navegables en toda su extensión. La parte occidental del departamento hace parte del valle na- tural que…
p. 23
[13]de Pamplona, Guanentá y el sur de la de García Rovira, con los conservadores. El 12 de abril de 1861 el Estado de Santander se convirtió en el Estado Introducción Soberano de Santander y se trasladó por 25 años la capital de Bu- caramanga a El Socorro. Sólo hasta el decreto del 7 de septiembre de 1886, la primera…
p. 16
12Industria y protección en Colombia, 1810-1930Luis Ospina Vásquez · 2017 · p. 441 cita
[12]sentido cultural—, o para fines de utilidad general: mitas para el transporte de leña, para obras públicas; y —lo que en un tiempo fue particularmente opresivo— para el transporte de perso- nas y mercancías a hombros, para la boga en el Magdalena 5, y para el trabajo de las minas de plata de propiedad fiscal de Las…
p. 44
13Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 1311 cita
[14]explotación empezó en Pacho, con la ferrería de Corradine, a través de concesio- nes a empresas francesas e inglesas. Además, tam- bién en el campo minero, se auspició el estudio de los recursos a través de la misión Boussingault, a cuya cabeza se encontraba el mineralogista del mismo apellido, Juan Bautista, quien…
p. 131
14Historia de la vida cotidiana en ColombiaBeatriz Castro Carvajal (editora) · 2016 · p. 4991 cita
[15]siglo xvii y tres al pe- riodo final del virreinato. El cuadro siguiente suministra en orden cronológico las fechas de fundación de las insti- tuciones con el objeto de facilitar una mayor comprensión de lo que fue el fenómeno global de la clausura femenina. Tipo de ciudad y fundación Fundación del primer convento…
p. 499
15Hacer la guerra y matar la política. Líderes políticos asesinados en Norte de SantanderCarlos Andrés Pallares Rincón · 2014 · p. 2681 cita
[16]en el contexto regional por concentrar la oferta educativa universitaria, por lo que se considera como la ciudad estudiantil del nororiente colombiano. También es reconocida por la fervorosa religiosidad de sus habitantes. Es conocida como la Ciudad Mitrada o Valle del Espíritu Santo. Su Semana Santa ha sido declarada…
p. 268
16La subversión en Colombia. El cambio social en la HistoriaOrlando Fals Borda · 2008 · p. 1181 cita
[18]los curas (27 de mayo de 1851). Así se traducían al formalismo de la ley, algunas de las ideas motoras de la utopía liberal de la época. La última ley mencionada merece destacarse, no solo por - que pretendió atacar las bases tradicionales del control ecle - siástico, llegando «hasta los grupos ecológicos básicos y…
p. 118
17Historia de la religión en ColombiaJosé David Cortés Guerrero, Juana María Marín Leoz, Leonardo García Rincón · 2022 · p. 141 cita
[19]algunas regiones, como las actuales Antioquia y Santander, la influencia de las órdenes religiosas fue mucho más reducida, al punto de no existir sino muy pocos conventos y casas religiosas durante los siglos y. XVI, XVII XVIII Tan estrecho fue el vínculo de las órdenes con los poderes civiles, que su establecimiento…
p. 14
18Repúblicas en armas. Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y VenezuelaClément Thibaud · 2003 · p. 1821 cita
[20]a la influencia norteamericana como a la fragmentación de la soberanía en el curso de los primeros meses de transformación política. Cada estado participante es soberano; posee una representación elegida y un ejecutivo. Las provincias se reconocen «libres, independientes y soberanas, [y tienen] una forma de gobierno…
p. 182
19Repúblicas en armas: Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y VenezuelaClément Thibaud · 2003 · p. 1821 cita
[21]a la influencia norteamericana como a la fragmentación de la soberanía en el curso de los primeros meses de transformación política. Cada estado participante es soberano; posee una representación elegida y un ejecutivo. Las provincias se reconocen «libres, independientes y soberanas, [y tienen] una forma de gobierno…
p. 182
20Historia de Colombia. La Gran Colombia I. Tomo 9Salvat Editores (Dirección: Juan Salvat, Roberto García Rojas; Director científico: Gonzalo Hernández de Alba) · 1988 · p. 781 cita
[22]mariscal La Torre en los va- lles de Cucuta constituia una peligrosa amenaza para la consolidacién del éxito recientemente ob- tenido en Boyaca, su mayor esfuerzo, en el orden militar, fue la organizaci6n y envio de tropas al norte, al mando del general de divisién José Antonio An- zoategui, quien, desafortunadamente,…
p. 78
21Colombia complejaJulio Carrizosa Umaña · 2014 · p. 442 citas
[23]expresó en 1821 en una carta a Santander: “ Piensan esos caballeros que Colombia está cubierta por lanudos arropados en las chimeneas de Bogotá, Tunja y Pamplona. No han echado sus miradas sobre los caribes del Orinoco, sobre los pastores de Apure, sobre los marineros de Maracaibo, sobre los bogas del Magdalena, sobre…
p. 44
[24]Bolívar lo expresó en 1821 en una carta a Santander: “ Piensan esos caballeros que Colombia está cubierta por lanudos arropados en las chimeneas de Bogotá, Tunja y Pamplona. No han echado sus miradas sobre los caribes del Orinoco, sobre los pastores de Apure, sobre los marineros de Maracaibo, sobre los bogas del…
p. 44
22Manual de arte del siglo XIX en ColombiaBeatriz González Aranda · 2017 · p. 4141 cita
[25]perdido eficacia, se han desgastado y se las mira con indiferencia. Aún existen en los archivos otros grupos inéditos, cuya imagen no ha perdido valor por el uso reiterado, entre los que se encuentran el batallón Figueredo o el del general Benito Ulloa, con sus soldados. La reportería gráfica en su gran mayoría está…
p. 414
23Nueva Historia de Colombia, Vol. II: Historia Política 1946-1986Alvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Catalina Reyes Cárdenas, Arturo Alape, Gonzalo Sánchez, Gabriel Silva Luján, Medófilo Medina, Alvaro Valencia Tovar, Fernán González · p. 3061 cita
[26]Palonegro, del grupo de "Zapadores" conformado en Pamplona por el capitán Teodoro Ramírez, en un campamento en la Concesión Barco, en las selvas del Catatumbo. fraccionó en cuerpos virtualmente au- tónomos, por cuanto una dirección centralizada se hacía imposible, sin co- municaciones distintas a la red tele- gráfica…
p. 306
24Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de ColombiaRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico); con colaboración de Germán Arciniegas, Mauricio Archila, Antonio Caballero, Fernán González, Margarita González, Alfredo Iriarte, entre otros · 1988 · p. 401 cita
[27]Le it ai ie iH ee il i H a 7 Es $ if i escuelas primarias mas sobre las que ya existian, y de ellas cuarenta y cinco por el método de ense- flanza mutua; el numero de alumnos asciende a 20.931; se han abierto los colegios de Medellin y Vélez, se ha fomentado la casa de educacién de Buga, y se ha creado otro colegio en…
p. 40
25The Ideal of the Practical: Colombia's Struggle to Form a Technical EliteFrank Safford · 1976 · p. 2931 cita
[28]ANCR, Instrucción pública, tomo 128, fol. 697. On Popayán, see Arcesio Aragón, La Universidad del Cauca, pp. 129-133. Pombo's ideas on technical education at this time are in Constitución del Cauca, December 29, 1832. See also Certámenes, Constitución del Cauca, July 27, 1833; ANCR, Instrucción pública, tomo 112,…
p. 293
26Crafting a Republic for the World: Scientific, Geographic, and Historiographic Inventions of ColombiaLina del Castillo · 2018 · p. 3511 cita
[29]Gobierno y geografía, 222; Albis Gonzalez, “A falta de una iconografia.” 20. José Vejarano from Cauca (go no. 969, 6 April 1848), Antonio Rivera from Antio- quia (go no. 973, 23 April 1848), José Antonio Osorio from Neiva (go no. 999, 13 August 1848). See also “Cuadro de los jovenes aprendices en la escuela practica…
p. 351
27La guerra escondida. Minas Antipersonal y Remanentes Explosivos en ColombiaCentro Nacional de Memoria Histórica, Fundación Prolongar · 2017 · p. 591 cita
[30]atacar las bases de la economía na- cional, especialmente la infraestructura petrolera y la eléc- trica (Echandía, 2013, página 8). Para la consecución de este propósito, el peso de las operaciones armadas realizadas por este grupo recayó especialmente sobre los frentes de guerra nororiental y noroccidental. El…
p. 59
28Una nación desplazada: Informe nacional del desplazamiento forzado en ColombiaCentro Nacional de Memoria Histórica (CNMH); Myriam Hernández Sabogal, Catalina Riveros Gómez, Mónica Johanna Rueda, Yamile Salinas Abdala, Juan Manuel Zarama Santacruz · 2015 · p. 1921 cita
[31]tuvo mayor presencia en los municipios de Tame, Saravena, Arauquita y Fortul, en la región del Sarare. 243 El Parque Nacional Natural El Cocuy está ubicado entre los departamentos de Arauca, Boyacá y Casanare, con una extensión de 306.000 ha y tiene jurisdicción principalmente en los municipios de Chiscas, Cubará,…
p. 192
29Nororiente y Magdalena Medio, Llanos Orientales, Suroccidente y Bogotá DC. Nuevos escenarios de conflicto armado y violencia. Panorama posacuerdos con AUCÁlvaro Villarraga Sarmiento (coordinador), Alberto Santos Peñuela, Lukas Rodríguez Lizcano, Luisa Fernanda Hernández Mercado, Juanita Esguerra Rezk · p. 901 cita
[32]http://www.derechoshumanos. gov.co/Observatorio/Bitacoras/2011/Paginas/bitacora_491.aspx Villarraga, Álvaro y Plazas, Nelson, (1994), Para reconstruir los sueños, una historia del EPL, Bogotá, Progresar, Fundación Cul - tura Democrática, Colcultura. Villarraga, Álvaro, (2005) Paz, te han vestido de negro, estudio…
p. 90
30La colonización antioqueña en el occidente de ColombiaJames J. Parsons · 1997 · p. 411 cita
[33]infectada de esta enfermedad, trayéndola de Guinea, sin haber advertido en ella las Justicias para no dejarla entrar, se infestó todo el Nuevo Reino y corrió por la parte de la banda del Perú hasta Chile y a la parte del Norte hasta Caracas, que destruyó. así naturales como españoles, más de la tercera parte de la…
p. 41
31Antología de crónicas periodísticasAlfredo Molano Bravo · 2018 · p. 3571 cita
[34]es de res y es de pescado. Dicen que el caimán también se aparea en cruz. El abuelo también lo dice. Permítame seguirle leyendo, si usted no está cansado de oírme. La tranquilicé, aunque ya a esa hora y sin desayuno, sentía que en cualquier momento podía desmayarme. Ella, sin embargo, y sin inmutarse, comenzó a leer…
p. 357
32Catolicismo, cambio social y búsqueda de paz en Colombia. Historia y MemoriaWilliam Elvis Plata Quezada (Editor), Ana María Bidegain Greising, Angélica Villamizar Beltrán, Antonio José Echeverry Pérez, Eduardo Díaz Ardila, Eliécer Soto Ardila, Héctor Alfonso Torres Rojas, Hernando Pinilla Rey, Isabel Corpas De Posada, Javier Alejandro Acevedo Guerrero, Joselín Aranda Cano, Lizeth Torres Rodríguez, Miguel Arturo Fajardo Rojas, Natalia Alejandra Mora Navarro, Osmir Ramírez Trillos, Sofía Brizuela Molina, Sor María Sampayo Flórez · 2022 · p. 2241 cita
[35]pastoral. VALORES LIMITACIONES Se va adquiriendo una visión de conjunto de la realidad, al mismo tiempo que un sentido de corresponsabilidad a nivel diocesano e interdiocesano. Se llega a ser conocido en el medio eclesiástico, lo cual puede resultar en aceptación o rechazo. Se tiene más posibilidad de intercambios con…
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