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Una historia del territorio

Ibagué

Ibagué no nació para ser una ciudad sino para ser un camino con techo: su fundación en 1550 respondió a la lógica del paso del Quindío, las minas de oro y el control territorial, no a las necesidades de los pueblos originarios que habitaban el valle.

19 min de lectura43 fuentes

En el punto exacto donde la cordillera Central deja de ser pared y empieza a ser valle, entre el filo del Nevado del Tolima y el ancho corredor del río Magdalena, se levanta Ibagué: capital del departamento del Tolima, ciudad-bisagra fundada en 1550 como escala en un camino de mulas y transformada, a lo largo de casi cinco siglos, en el mayor centro político, musical y agroindustrial del valle alto del Magdalena. Su historia no es la de un puerto ni la de una capital minera, sino la de un nodo de tránsito que aprendió a fabricarse una identidad. En ella se cruzan el paso del Quindío y las guerras de los pijaos, los ataques liberales de la Guerra de los Mil Días y las masacres chulavitas de La Violencia, el sanjuanero y las FARC, el arroz de riego y las Unidades de Atención a los desplazados. Entender a Ibagué es entender cómo una ciudad puede ser, a un tiempo, capital administrativa, refugio, escenario y víctima de las tensiones que han recorrido el país.

La ciudad y su asiento

Ibagué se despliega sobre una meseta inclinada al pie del macizo volcánico Ruiz-Tolima-Santa Isabel, el conjunto de nieves perpetuas más estudiado de Colombia y el corazón hídrico de la cordillera Central. Del nevado del Tolima bajan los ríos que le dan a la ciudad su carácter: el Combeima, encajonado en un cañón estrecho que le sirve de acueducto y de balcón sobre la nieve; el Chipalo, que la bordea por el norte; el Coello y, más al sur, la red de quebradas que terminan alimentando al Magdalena. Es una ciudad de aguas frías descendiendo hacia tierra caliente, con el páramo detrás y el valle enfrente.

Esa posición no es un dato paisajístico: es la clave estructural de todo lo demás. Al oriente se abre la llanura del Alto Magdalena, unas tres mil leguas cuadradas de valle fértil y clima salubre por donde corren, sucesivos, el Saldaña —llamado Netaima por los pijaos— y el propio Magdalena. Al occidente, la cordillera Central se levanta hasta los 5.400 metros del nevado del Ruiz y encadena las cumbres del Tolima, el Quindío, el Santa Isabel y el Cisne, esponja de páramos y nieves que alimenta bosques, altiplanos, cañones cafeteros y tierras cálidas. Ibagué mira, desde su meseta, ambas escalas. Fue precisamente por esa doble mirada que la Corona quiso que existiera.

La ciudad ocupa un piso térmico templado —con la nieve visible en los días claros desde la Plaza de Bolívar y el calor del valle a menos de una hora de camino— que la convirtió durante siglos en escala natural entre el Magdalena y las tierras altas del interior. Su geografía es también la fuente de su vulnerabilidad: los mismos ríos que la surten pueden crecer, los mismos volcanes que la embellecen han sepultado poblaciones vecinas, y las mismas montañas que la protegen fueron, durante décadas, refugio inaccesible de grupos armados.

La fundación en el camino

Ibagué fue trazada en 1550 por Andrés López de Galarza, no en el sitio donde hoy se encuentra sino tras varios traslados que la historia local ha ido decantando. La Audiencia de Santafé documentó con claridad las razones de la empresa: la nueva villa debía ubicarse a medio camino entre Timaná —el acceso a Popayán— y Tocaima —el acceso a Santa Fe—, cerca de las minas de oro que el Reino trataba de asegurar, y capaz de dar abrigo a "la mucha gente perdida" que vagaba por el territorio recién conquistado. Es decir: un punto de control, una plaza militar, una despensa para los reales de minas y un refugio para colonos sueltos.

Cuando ese mismo año de 1550 se halló el paso del Quindío, la vocación de Ibagué quedó fijada. La ciudad se convirtió en la terminal oriental del camino que cruzaba la cordillera Central, mientras Cartago funcionaba como terminal occidental. Por allí subían y bajaban las recuas cargadas de oro, sal, aguardiente, cacao y correspondencia entre el altiplano cundiboyacense, la gobernación de Popayán y las provincias del Chocó y el Valle. Ibagué era, en el lenguaje de la época, una etapa: un lugar donde se cambiaban mulas, se pagaban derechos, se dormía. Nada épico. Todo estratégico.

Esta condición fundacional pesa. La ciudad no nació para servir a las poblaciones originarias del territorio —los pijaos, los pantágoras, los coyaimas, los natagaimas— sino para servir a los intereses extractivos y de control de la minoría colonizadora. Su cuadrícula, su plaza, su iglesia, respondían a la lógica del camino y del oro, no a la del lugar. Ese sesgo original —ser una ciudad para el paso, no para el asiento— dejó una marca que la historia posterior no acabaría de borrar. Al finalizar el siglo XVI, cuando la Audiencia de Santafé contaba con una constelación de villas y ciudades fundadas por las mismas razones, Ibagué figuraba entre ellas como pieza análoga a Vélez o Villeta: enlaces comerciales, escalas del sistema, no capitales.

La resistencia pijao y el largo asedio

Nada retrasó tanto la consolidación colonial del territorio ibaguereño como la resistencia de los pijaos. Estos pueblos, junto con los paeces y los yalcones del alto Cauca, prolongaron las guerras de conquista hasta comienzos del siglo XVII, obligando a la Corona a mantener campañas militares durante décadas y aplazando el establecimiento pleno del régimen encomendero en toda la franja central. Los pijaos eran el problema militar más obstinado del Nuevo Reino: rápidos, conocedores del monte, capaces de bajar de la cordillera para asolar caminos y quemar estancias.

Los españoles solían llamarlos "caribes", como llamaban a cualquier pueblo indígena resistente que usara flechas envenenadas o al que atribuyeran prácticas de canibalismo. La etiqueta decía más de sus enemigos que de ellos mismos; agrupaba bajo un solo nombre a poblaciones diversas cuya identidad étnica precisa sigue siendo materia de discusión. Lo que no se discute es el efecto de esa resistencia: durante casi todo el siglo XVI, Ibagué fue una villa acechada, con un hinterland que no se podía trabajar sin escolta y unas encomiendas que rendían menos de lo prometido.

Cuando la Corona creó los resguardos en la segunda mitad del siglo XVI —con el doble propósito de proteger a los indígenas del trato esclavizante de los encomenderos y de someterlos a un régimen tributario más ordenado—, se inauguró una tensión que atravesaría los siglos siguientes: la lucha por la tierra entre comunidades indígenas y hacendados en el sur del Tolima y el norte del Cauca. Esa disputa, iniciada en el siglo XVI, seguirá viva en las movilizaciones de Manuel Quintín Lame entre 1922 y 1945, y reaparecerá, transfigurada, en el conflicto armado del siglo XX.

Del legado pijao quedará, además, una imagen: la del tolimense feroz, portador de "los instintos del pijao". La fórmula servirá, en manos de autores posteriores, para explicar la violencia política del departamento como si fuera un rasgo hereditario y no un producto histórico. Es una lectura tramposa, pero revela hasta qué punto el pasado indígena se instaló, deformado, en la autoimagen regional.

Del pueblo colonial a la capital departamental

Durante los siglos coloniales tardíos, Ibagué siguió siendo lo que había sido al principio: una villa modesta, dependiente del camino, ordenada alrededor de su plaza mayor y sus templos, con una economía apoyada en la ganadería, la agricultura de subsistencia, algo de minería y el tráfico de arrieros. La Independencia la encontró pequeña. Simón Bolívar pasó por ella; hoy la plaza principal lleva su nombre y una estatua ecuestre lo recuerda, como en casi todas las ciudades colombianas. Pero fue en el siglo XIX, con las reformas territoriales de la República Liberal y luego con la creación del departamento del Tolima, cuando la ciudad se acercó por primera vez a un papel de capital.

El proyecto radical de mediados de siglo, encarnado por figuras como Manuel Murillo Toro —tolimense de Chaparral, dos veces presidente de la República—, insertó al Tolima en la geografía política del liberalismo colombiano. Ibagué, como asiento administrativo, heredó los símbolos y las tensiones de esa filiación. Al mismo tiempo, la ciudad seguía siendo pequeña: en el censo de 1912 contaba con 24.693 habitantes, cifra menor que las de Manizales (34.730), Pasto (27.760) e incluso Aguadas (26.423). El dato es elocuente. Manizales, con apenas algo más de sesenta años de existencia, ya superaba en población a ciudades de mucho mayor abolengo —Ibagué, Pasto, Neiva, Popayán— gracias al empuje de la colonización antioqueña y a la consolidación cafetera del Viejo Caldas. Ibagué, capital de departamento, era demográficamente una ciudad menor.

Ese desajuste entre estatus político y peso demográfico definirá buena parte de su siglo XX. La Guerra de los Mil Días la sorprendió con unos dos mil habitantes escasos y con una reputación firme de plaza conservadora. El guerrillero liberal Tulio Varón, que operaba en el Tolima, la consideró un objetivo capaz de cambiar el rumbo de la guerra en la región y lanzó contra ella varios ataques. El tercero, el 21 de septiembre de 1901, fue el definitivo para él: Varón murió en el intento. Ibagué resistió. La memoria conservadora del ataque quedaría inscrita en la topografía sentimental de la ciudad, alimentando esa enemistad heredada entre conservadores y liberales que solo el gobierno de Bogotá lograba mantener precariamente contenida.

El dominio conservador se prolongó en el Tolima hasta 1930, año en que la caída nacional del partido arrastró también al poder departamental. La República Liberal, encabezada en el ámbito tolimense por figuras como Darío Echandía —hombre público de larga trayectoria, ministro, designado presidencial—, cambió el signo político de la ciudad. Para 1946, cuando el país entraba en su tramo más oscuro, el Tolima tenía 656.000 habitantes, entre el 70 y el 80% rurales, con un 55% de la población menor de quince años. Ibagué crecía a un ritmo del 103% anual y los tolimenses se reproducían a un 3,4% anual, cifra que hacía del departamento uno de los pueblos más fértiles del país. Era una capital pequeña de un departamento joven, rural y en expansión demográfica.

El fuego bipartidista

La Violencia llegó al Tolima con una intensidad que pocas regiones del país igualaron. Entre 1949 y 1957, el departamento contó 16.219 muertos —sin incluir los caídos en enfrentamientos con el Ejército regular, ni las víctimas de masacres colectivas cuyos cuerpos fueron arrojados a ríos y precipicios o abandonados a los animales, ni las bajas de las Fuerzas Armadas—. En términos proporcionales, la cifra es apenas la punta del témpano. 321.621 personas —el 42,6% de la población tolimense— sufrieron exilio, transitorio o permanente, de sus tierras. 40.176 propiedades, pertenecientes a 32.400 propietarios, fueron abandonadas; el 46% de ellas entre 1955 y 1956. En ocho años, casi la mitad del Tolima se movió.

La geografía del horror tuvo sus epicentros. En el sur del departamento, las regiones de Santiago Pérez, Planadas y Gaitania fueron objeto, a partir de 1948, de sucesivas comisiones de policía chulavita contra colonos liberales; los ataques dejaron episodios como los trece muertos de El Limón y acciones sangrientas en Chaparral. En el norte, El Líbano —fortín liberal cercado por municipios conservadores— vivió su propia catástrofe: tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, la revuelta en zonas como Armero se prolongó cerca de quince días, sin que fuera posible sostener una república liberal-gaitanista. A comienzos de abril de 1952, en la vereda Las Rocas, jurisdicción de El Líbano, una operación del Ejército causó una masacre de proporciones devastadoras.

El Tolima ocupó, en la geografía nacional de la Violencia, el lugar de la piromanía y el sadismo: quema sistemática de pueblos y ranchos, descuartizamientos, formas rituales de muerte. En este cuadro, Ibagué operó menos como escenario directo del terror rural —aunque en sus veredas y corregimientos, como Cay, La María y Perico, hubo incidentes violentos entre 1958 y 1962— que como capital administrativa del vaciamiento. La ciudad recibía a los desplazados, procesaba las cifras, alojaba a los funcionarios enviados desde Bogotá, era el punto de partida y llegada de las tropas. Fue, en un sentido literal, la capital de un departamento en fuga.

El sectarismo bipartidista tenía en Ibagué su propia coreografía. En enero de 1958, ya con la ciudad convertida en capital liberal de un departamento de mayoría liberal, un incidente en el Bar Bombay —el asesinato de dos hermanos liberales a manos de policías vestidos de civil, tras una riña— desató una reacción institucional y partidista que ilustra el estado de la convivencia. La política tolimense de mediados de siglo se movía entre el luto reciente, el rencor heredado y la certeza de que la paz era precaria.

De la Violencia al conflicto armado

El paso de La Violencia bipartidista al conflicto armado contemporáneo tuvo en el sur del Tolima uno de sus laboratorios. Las masacres chulavitas de 1948 en adelante empujaron a colonos liberales a organizarse militarmente. En regiones como Cambrín y San Miguel se formaron los primeros grupos guerrilleros liberales del sur del departamento. Entre ellos operaba Pedro Antonio Marín, un joven campesino que había aprendido a moverse por la cordillera con la disciplina de quien sabe que la próxima comisión chulavita puede llegar antes del amanecer. Marín acampó con sus hombres en la hacienda El Támara, en el sur del Tolima. Aquella finca terminaría llamándose Marquetalia.

El 27 de mayo de 1964, el Ejército colombiano lanzó contra Marquetalia una operación militar destinada a acabar con lo que el gobierno describía como una "república independiente" en el sur del país. Los guerrilleros sobrevivieron y convirtieron el ataque en su mito fundacional. En 1966, en la II Conferencia Guerrillera realizada en El Pato (Meta), el llamado Bloque Sur adoptó el nombre de Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Nacían las FARC. Marín, ya como Manuel Marulanda Vélez —el "Tirofijo"—, sería su comandante durante más de cuatro décadas.

Ibagué quedó atrapada, desde entonces, en una posición particular. Capital de un departamento que era simultáneamente cuna de la guerrilla más poderosa del país y su retaguardia histórica —el Cañón de Las Hermosas, en la zona suroccidental del Tolima (Ataco, Chaparral, Planadas, Rioblanco, Roncesvalles y San Antonio), funcionó durante décadas como refugio estratégico—, la ciudad se volvió centro de operaciones militares, sede de brigadas, base de negociaciones y, sobre todo, destino de desplazados. Las Unidades de Atención y Orientación instaladas en Ibagué levantaron encuestas a miles de familias que llegaban de los municipios del sur, del oriente cafetero y de las veredas altas del Combeima, huyendo de combates, amenazas y reclutamiento forzado.

Los dos litigios históricos que originaron el conflicto en el sur del Tolima —la lucha indígena por la tierra, con paeces y pijaos como protagonistas, y la lucha campesina por el reconocimiento de derechos políticos— seguían vivos, ahora expresados en el lenguaje de la guerra revolucionaria y la contrainsurgencia. Ibagué era el lugar donde esos litigios se administraban burocráticamente: en los expedientes de los jueces, en las oficinas de la Gobernación, en las estadísticas del desplazamiento.

Café, arroz, algodón: la economía de la bisagra

Si la política dio a Ibagué su condición de capital, la economía nunca terminó de darle la escala. Desde comienzos del siglo XX se insinuaba el avance cafetero en el Tolima, arrastrado por la colonización del occidente del país y organizado en pequeñas y medianas unidades productivas. Las haciendas cafeteras de Cundinamarca y Tolima fueron el escenario de las luchas agrarias de los años veinte y treinta; su descomposición posterior contribuyó a redibujar la geografía cafetera colombiana. Pero el café, aunque presente, no hizo de Ibagué una capital comparable a Manizales o Pereira. Los circuitos comerciales de la Federación se organizaron en el Eje Cafetero, y el Tolima quedó como productor de segunda fila, con la capital funcionando más como centro administrativo que como plaza comercial cafetera.

La verdadera transformación agrícola del departamento vino después. A partir de mediados de la década de 1940, el Estado impulsó la transición hacia la gran explotación agrícola comercial: readecuación de tierras, crédito subsidiado, financiación para importación de maquinaria desde 1945, obras de infraestructura como el distrito de riego de Coello. Armero fue una de las primeras regiones tolimenses en incorporarse al cultivo comercial del algodón. Al oriente y sur de Ibagué —Espinal, Guamo, Saldaña— se extendieron los arrozales bajo riego. El Tolima se convirtió en el primer productor nacional de arroz de riego y de sorgo, y en el segundo productor nacional de algodón.

Esa modernización agrícola tuvo a Ibagué como puerto y capital técnica. Los ingenieros agrónomos, los mecánicos, los tractores y las cosechadoras pasaban por la ciudad. Al menos un habitante de Armero se trasladó a Ibagué específicamente para estudiar mecánica automotriz en el SENA, con la aspiración de aprender el manejo de la maquinaria combinada que se usaba en las cosechas de arroz y sorgo. La ciudad crecía apoyada en ese circuito: comercio de insumos, transporte, servicios financieros, educación técnica. Pero el grueso del valor se generaba en las haciendas del valle, no en las fábricas de la capital.

El resultado, medido en cifras contemporáneas, es elocuente. En 2008, el PIB del Tolima representaba apenas el 2,34% del PIB nacional. Los indicadores socioeconómicos del departamento —tasas de analfabetismo, pobreza y miseria, coberturas de servicios públicos, índices de condiciones de vida y desarrollo humano— se situaban por debajo de los promedios nacionales. Ibagué, capital de ese departamento, arrastraba las mismas asimetrías: crecimiento urbano acelerado por el desplazamiento, tejido industrial débil, dependencia del sector público, sector servicios volcado hacia el campo. La ciudad-bisagra que había sido escala del camino del Quindío seguía siendo, cinco siglos después, un lugar donde las cosas pasaban más que un lugar donde se producían.

La ciudad musical

Frente a esa fragilidad económica, Ibagué construyó a lo largo del siglo XX un capital simbólico que la distingue de cualquier otra capital departamental del país: la reputación de ser la ciudad musical de Colombia. El proyecto fue deliberado y tuvo protagonistas. Alberto Castilla Buenaventura —compositor, director, autor del Bunde tolimense— fundó en 1906 el conservatorio que hoy lleva su nombre y que sigue siendo, más de un siglo después, la institución central de la vida musical de la ciudad. A su alrededor se formaron generaciones de músicos, coros, bandas, orquestas. Amina Melendro de Pulecio, discípula del propio Castilla, prolongó ese esfuerzo con la creación de coros y programas de formación que hicieron de Ibagué un semillero permanente.

La materia prima de esa vocación estaba en el repertorio andino. El sanjuanero, una de las once tonadas y cantos mestizos de la zona andina o cordillerana colombiana, encontró en el Tolima —y en Ibagué como su vitrina— una forma de arraigo particular. El bunde tolimense, cuyo nombre mismo remite al departamento, se sumó al catálogo. Junto a ellos figuran el bambuco —el género de mayor dispersión geográfica del país, presente en trece departamentos y con probables ecos de melodías indígenas y ritmos vascos—, el torbellino, la guabina, el rajaleña, la guaneña, la caña y cañabrava, las vueltas antioqueñas, el fandanguillo criollo, el pasillo y la danza criolla. De ese repertorio compartido, Ibagué extrajo los géneros con los que se identificaría hacia el exterior.

Cantalicio Rojas y otros compositores del departamento dieron forma a un cancionero regional que se popularizó a través de la radio, los festivales y las bandas municipales. El Festival Folclórico Colombiano, con sede en Ibagué, y la Fiesta de San Juan y San Pedro, con epicentro en Espinal pero irradiación en toda la capital, consolidaron el maridaje entre música y territorio. Junto a los compositores, figuras como Leonor Buenaventura sostuvieron el trabajo de investigación y difusión del folclor tolimense.

Es tentador leer esa construcción como puro adorno. No lo es. La identidad musical de Ibagué funcionó como sustituto simbólico de la capitalidad económica que la ciudad nunca alcanzó. Ante la imposibilidad de competir demográfica o industrialmente con Manizales o con Bogotá, las élites ibaguereñas invirtieron en cultura como recurso de distinción y de legitimación política. El conservatorio, los coros, los festivales, la insistencia en el sanjuanero, produjeron un relato de la ciudad que era —y sigue siendo— un activo real: convirtieron a Ibagué en un lugar reconocible en el imaginario nacional, más allá de su función de paso.

Del mismo modo que las guerras tienen sus generales, las ciudades musicales tienen sus mecenas, sus maestras de coro y sus alumnos que aprenden a leer música antes que a leer letras. Guillermo Angulo, escritor y fotógrafo tolimense, dejó en su obra rastros de esa Ibagué culta, provinciana y expectante, donde la conversación política y la conversación musical no se distinguían del todo.

Barrio, cañón, plaza

La ciudad tiene sus lugares. La Plaza de Bolívar, con su iglesia y su estatua ecuestre, sigue siendo el centro cívico y ceremonial: allí desembocan los desfiles del festival folclórico, los actos oficiales de la Gobernación, las manifestaciones. Alrededor de la plaza se ordenó, durante siglos, la ciudad histórica: calles estrechas, casas de tapia y teja, comercio pequeño.

El barrio Belén, uno de los tradicionales de la ciudad, conserva la textura de la Ibagué popular de mediados del siglo XX, con su vida de vecindad y su papel en la memoria musical local. Hacia el occidente se abre el cañón del Combeima, corredor natural que une la ciudad con las estribaciones del Nevado del Tolima; sus aguas surten el acueducto y sus pendientes ofrecen las mejores vistas de la cumbre nevada. Al norte, el cañón del Chipalo y el cerro de Pan de Azúcar dibujan el otro borde. La ciudad crece hacia el oriente, hacia el valle, en un tejido urbano donde se mezclan urbanizaciones de clase media, invasiones surgidas del desplazamiento y polígonos industriales dispersos.

Chaparral, al sur, y Armero, al norte, marcan los dos extremos del universo tolimense que Ibagué articula. Chaparral, tierra de Murillo Toro y de las guerrillas liberales, fue uno de los epicentros de la Violencia y de la génesis de las FARC. Armero, sepultada por el lodo del Ruiz en noviembre de 1985, se convirtió en símbolo nacional de una catástrofe que Ibagué, como capital, tuvo que administrar en primera fila: hospitales desbordados, morgues improvisadas, comisiones de identificación, refugios para sobrevivientes. La geografía de la ciudad —la nieve visible, el volcán al alcance— dejó de ser postal ese día para volverse advertencia.

Lo que queda

Ibagué llegó al siglo XXI con una identidad tensa. Es capital departamental de un Tolima que, cinco siglos después de fundada, sigue teniendo indicadores socioeconómicos por debajo del promedio nacional. Es cuna simbólica de la música andina colombiana y sede de un conservatorio que resiste. Es el lugar donde se administran las cifras del desplazamiento, se procesan las demandas de restitución de tierras, se archivan los expedientes de un conflicto armado que arranca en la resistencia pijao y llega hasta las conversaciones de La Habana. Es una ciudad que ha crecido más por absorción de desplazados que por atracción de inversión.

La historia de Ibagué es la historia de esa tensión no resuelta entre su condición estructural de bisagra —impuesta por la geografía y la economía colonial, reproducida por el café, el arroz y el desplazamiento— y los sucesivos intentos de sus élites y comunidades por dotarla de una identidad que la eleve por encima de su función de paso. La lógica extractiva que la fundó no desapareció: cambió de forma. Del oro colonial pasó al café, del café al algodón y al arroz, del arroz a la agroindustria del sorgo y de la palma. En cada tránsito, la ciudad puso su plaza, su gobernación, su SENA, sus notarías; pero el valor se acumuló en otra parte.

Queda una ciudad que aprendió a ser el punto donde las contradicciones del país se administran sin resolverse. Donde las fiestas del sanjuanero conviven con las oficinas de atención a víctimas. Donde la vista al nevado se ofrece al turista mientras las quebradas bajan cargadas de sedimento. Donde los conservatorios enseñan bambucos y bundes a hijos de campesinos que llegaron huyendo de veredas incendiadas. Ibagué es todo eso a la vez, y esa simultaneidad —incómoda, insuficiente, real— es lo que la vuelve, quizá más que cualquier otra capital intermedia colombiana, un espejo del país entero.

Conexiones

El territorio en el archivo

Dónde aparece y con qué se relaciona

Fuentes

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

32 documentos · 43 fragmentos
01
Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · p. 35
1 cita
[1]

ubicada a medio camino entre Timaná y Tocaima, los accesos a Popayán y Santa Fe. Ibagué sirve de etapa intermedia en el recién descubierto cami no a Cartago, a través de la selva del Quindío (v. Mapa 2). En el caso de Ibagué existía un interés suplementario para su fundación. Según la Au diencia, la región estaba...…

p. 35
02
Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 58
1 cita
[2]

las zonas aledañas. Al lado de los centros adm inistrativos estabilizados por una base ag ro p e cuaria bien consolidada y de los pueblos m ineros m ás inestables, aparecieron otros poblados españoles que funcionaban com o pu n to s de tránsito en la ru dim entaria red de cam inos. Los puertos caribeños de Santa M…

p. 58
03
Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Dinámicas urbanas de la guerraComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 44
1 cita
[3]

se configu- raron los rasgos de las principales conflictividades y tensiones sobre el ordenamiento territorial y la distribución de la tierra que estuvieron en las raíces del conflicto armado interno. Las fundaciones coloniales provocaron una ruptura violenta en el ordenamiento territorial existente. No respondían a…

p. 44
04
Historia de Colombia. Descubrimiento y Conquista IGermán Arciniegas, Mauricio Obregón, Jorge Morales, Roberto Pineda Camacho, Javier Ocampo López, et al. · p. 101
1 cita
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evitar que- 335 Patio principal de la mencionada casa del virrey. Este tipo de patio central e interior es de clara procedencia española, concretamente del sur de España. y resultó muy adecuado pare el clima caluroso del virreinato. rellas con fundaciones vecinas. Realmente son es- casas las ciudades que permanecieron…

p. 101
05
Gran Enciclopedia de Colombia: Geografía 1Alfonso Pérez Preciado (Dirección académica y textos); Eufrasio Bernal Duffo, Melania Kowalewska (Textos complementarios) · 2007 · p. 54
1 cita
[5]

general, los volcanes de la cordillera Central han sido constituidos por lavas félsicas y los de la Occidental por lavas maficas. Volcanes de Colombia Se han descubierto cerca de 45 volcanes en las cor- dilleras Central y Occidental, pero sélo unos pocos son activos. La mayoria de estos volcanes son de origen reciente…

p. 54
06
Historia de Colombia. La Colombia más Antigua. Tomo 1Gonzalo Hernández de Alba (dir.); Camilo Domínguez O., José L. Lorenzo, Amancio Fernández, Gonzalo Correal y otros · p. 41
1 cita
[6]

los basaltos, con sus agudas aristas en las que silba el viento de las alturas. Primero aparece el cono aislado del Tolima, luego el Quindío, con su punta roma, el Santa Isabel y el Cisne, de nieves intermitentes y, por último, el imponente nevado del Ruiz, con sus 5.400 metros de altura. Más al norte, el macizo…

p. 41
07
Gran Enciclopedia de Colombia - Geografía 2Alfonso Pérez Preciado (Dirección académica y textos); Fernando Wills Franco (Dirección de proyecto); Camilo Calderón Schrader, Alberto Ramírez Santos (Coordinación editorial) · 2007 · p. 217, 221
2 citas
[7]

Cesar, la tierra de Francisco el Hom- bre. La cordillera Central muere. Termina el valle del Magdalena. Comienza el Magdalena bajo y, con este, la llanura. El rio del Tolima En el Tolima el Magdalena recibe su primer gran tributa- tio: el Netaima, asi llamado por los soberbios y belicosos pijaos, y bautizado Saldana…

p. 221
[38]

feriores a los promedios nacionales, como lo mues- Proporcién con respecto al PIB nacional (76) 2,34 tran las mayores tasas de analfabetismo, pobreza y Fuente: DANE, cuentas departamentales, 2008. miseria y las menores coberturas de servicios publi- cos, Esto se expresa en indices globales de condicio- nes de vida…

p. 217
08
Notas de viaje: Colombia y Estados Unidos de AméricaSalvador Camacho Roldán · 2017 · p. 91
1 cita
[8]

Nevada; y al occidente, el Sinú, úl- timo desagüe de la Cordillera Occidental. 93 § Capítulo vii El valle del Alto Magdalena Recursos naturales — Productos de la paja nacuma — El cacao — El tabaco — Concentración de la propiedad del suelo — El vicio de la embriaguez — Las minas de oro y plata — La mesa central de…

p. 91
09
Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Región CentroComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 37
1 cita
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nieves perpetuas y páramos interminables a la vista, conviven el frailejón, el cañizo y el romero en absoluta quietud y en un silencio que solo se altera con el sobrevuelo del águila. Allí, colchones de musgo, que actúan como esponjas de la naturaleza, gota a gota forman los ríos que marcan la geografía y la historia…

p. 37
10
When Colombia Bled: A History of the Violencia in TolimaJames D. Henderson · 1985 · p. 39, 78
6 citas
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assumption was true. Tolimense gueITillas learned the politically sophisticated theories} but rejected them} thereby fatally weakening the communist movement in Tolima. 71 An important final assumption is that the subject of this study is too important to waste the reader's time with anything but the author's best…

p. 39
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of political issues in early-twentieth-century Tolima. Ghosts of the old caudillos walked the land, and the mere invoking of their names in moments of stress was all that was required to send tolimenses to arms. Combatants were, in most cases, the sons and grandsons of men whose heroics in times past were cherished…

p. 78
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of political issues in early-twentieth-century Tolima. Ghosts of the old caudillos walked the land, and the mere invoking of their names in moments of stress was all that was required to send tolimenses to arms. Combatants were, in most cases, the sons and grandsons of men whose heroics in times past were cherished…

p. 78
[22]

of political issues in early-twentieth-century Tolima. Ghosts of the old caudillos walked the land, and the mere invoking of their names in moments of stress was all that was required to send tolimenses to arms. Combatants were, in most cases, the sons and grandsons of men whose heroics in times past were cherished…

p. 78
11
When Colombia Bled: A History of the Violencia in TolimaJames David Henderson · 1985 · p. 26
1 cita
[13]

true. Tolimense gueITillas learned the politically sophisticated theories} but rejected them} thereby fatally weakening the communist movement in Tolima. 71 An important final assumption is that the subject of this study is too important to waste the reader's time with anything but the author's best effort at…

p. 26
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Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · p. 35
1 cita
[14]

y penetrar por los valles del Magdalena y el Cauca. Poco sabemos sobre las fechas de esta migración, ni sobre las rutas precisas utilizadas; incluso son muy fuertes las dudas existentes acerca del carácter caribe o no de muchos de los pueblos encontrados por los españoles. Para muchas de las regiones donde hay algunos…

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13
Guerra propia, guerra ajena. Conflictos armados y reconstrucción identitaria en los Andes colombianos. El Movimiento Armado Quintín LameDaniel Ricardo Peñaranda Supelano · 2015 · p. 106
1 cita
[15]

La evolución de esta enorme y poderosa región hasta finales del siglo XIX estuvo determinada por los ciclos de la producción minera en sus zonas de influencia y por el desa- rrollo de las haciendas, basado en el trabajo de la mano de obra esclava. El poder y la riqueza que alcanzó a acumular hicieron de Popayán y de…

p. 106
14
A lomo de mula. Viajes al corazón de las FarcAlfredo Molano · 2016 · p. 11, 16
4 citas
[16]

Una de las preguntas más inquietantes es por qué el sur del Tolima y el norte del Cauca fueron la cuna de las Farc y por qué son regiones que aún están envueltas en el conflicto. La respuesta está vinculada a dos grandes litigios históricos vigentes en esos territorios: la lucha por la tierra de los indígenas — paeces…

p. 11
[17]

Una de las preguntas más inquietantes es por qué el sur del Tolima y el norte del Cauca fueron la cuna de las Farc y por qué son regiones que aún están envueltas en el conflicto. La respuesta está vinculada a dos grandes litigios históricos vigentes en esos territorios: la lucha por la tierra de los indígenas — paeces…

p. 11
[29]

candidato a la Alcaldía de Rioblanco—y estaban aliados con otros dos jefes liberales: Leopoldo García, alias Peligro, y Efraín Valencia, alias general Arboleda. Marín incursionó con sus hombres — varios paisas como Mundoviejo y Llave- seca—por las cuencas de los ríos Ata y Cambrín, y organizó a sus hombres en la…

p. 16
[30]

candidato a la Alcaldía de Rioblanco—y estaban aliados con otros dos jefes liberales: Leopoldo García, alias Peligro, y Efraín Valencia, alias general Arboleda. Marín incursionó con sus hombres — varios paisas como Mundoviejo y Llave- seca—por las cuencas de los ríos Ata y Cambrín, y organizó a sus hombres en la…

p. 16
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La violencia en Colombia: Estudio de un Proceso SocialGermán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna · 1962 · p. 52, 120
2 citas
[18]

norte opera un clima de conspiración (sector liberal) y de venganza por los sucesos nueveabrileños (sector conservador). En el centro se combinan la actitud subversiva, la acción poli- civa y la agitación política que llega a la provincia interpretada, aumentada, mixtificada según las conveniencias de grupo. La lucha…

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[28]

de los Llanos; la occidental por Caldas, Valle, el norte del Cauca; y la nor-occidental, por Antioquia, Chocó, el sur de Córdoba y parte de Bolívar. Zona Central La zona central, una de las más azotadas por la violencia, se caracterizó especialmente por la piromanía y el sadismo. El Tolima presenta grandes latifundios…

p. 120
16
Las guerrillas en Colombia. Una historia desde los orígenes hasta los confinesDarío Villamizar · 2017 · p. 103
1 cita
[19]

ataque, esta vez contra la pieza más codiciada: Ibagué, la capital del departamento, que apenas alcanzaba los 2.000 habitantes.La lucha duró dos días; al final, los rebeldes abandonaron sus posiciones ante la resistencia gubernamental. Un segundo ataque a la preciada fortificación tuvo los mismos resultados, pero…

p. 103
17
Rugidos entre los Andes: una historia del jaguar en la región andina (1820-1910)José Arturo Jiménez Viña · 2015 · p. 127
1 cita
[23]

127 Tabla No. 3 Población de Departamentos según el censo de 1921 Fuente: Censo de población de 1921 En 1912 ese número de población se había más que duplicado y rondaba los 34.730. Con algo más de 60 años de existencia aventajaba en población a otras ciudades de más larga tradición como Ibagué (24.693), Pasto…

p. 127
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Presencia de las mujeres en la violencia del Tolima 1948 - 1964. Casos en los municipios de Chaparral, Planadas y RoviraMyriam Moreno Patiño · 2019 · p. 21
1 cita
[24]

su la Colección del periódico “ El Cronista ”, también, aunque de manera más escasa, se pueden apreciar ciertos sucesos de mujeres que están relacionadas con hechos sobre la Violencia y que resultan ser también importantes para este trabajo. Por último y, marginalmente, se cita la prensa periódica, en la que se…

p. 21
19
Forgotten Peace: Reform, Violence, and the Making of Contemporary ColombiaRobert A. Karl · 2017 · p. 100
1 cita
[25]

already in the 1940s the Liberal capital of a department dominated by Liberals, saw its partisan majority expand in step with its general population. 43 The resulting mixture of partisan, political, and social grievances came to a head shortly after midnight on a late January Sunday in 1958, when two brothers cruised…

p. 100
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¡Basta satisfecho! Colombia: Memorias de guerra y dignidadCentro Nacional de Memoria Histórica (GMH) · 2013 · p. 70
1 cita
[26]

de la Gobernación del Tolima, La Violencia en el Tolima (Ibagué: Gobernación del Tolima, 1959). humano” que dejó La Violencia. En primer lugar, estimaron “16.219 muertos entre 1949 y 1957, sin incluir los muertos habidos con fuer- zas regulares del Ejército, ni en masacres colectivas, que generalmente eran abandonados…

p. 70
21
La violencia en Colombia. Estudio de un proceso social - Tomo IIGermán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna · 2019 · p. 397
1 cita
[27]

Diciembre 31 de 1961 Santander Simacota Santana Noviembre 12 de 1961 Santander Socorro Santa Lucía Junio 8 de 1958 Santander Socorro La Honda Mayo 18 de 1960 Santander Suaita Olival Agosto 19 de 1960 Santander Vélez Carare Enero 15 de 1958 Santander Vélez P. Olaya Enero 19 de 1958 Santander Vélez El Pital Febrero 5 de…

p. 397
22
Caminos de guerra, utopías de paz (Colombia: 1948-2020)Gonzalo Sánchez Gómez · 2021 · p. 173
1 cita
[31]

vereda, establecían estrictas líneas de demarcación política cuya transgresión tenía consecuencias fatales. Una corbata, una camisa o una puerta roja eran una invitación a la muerte; como también cargar una cédula de identidad que llevara el registro de determinadas elecciones. Y formas atroces de mutilación, de…

p. 173
23
No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 56
1 cita
[32]

Quindío, Antioquia, entre otros lugares. La Violencia tuvo dos olas: de 1946 a 1953, durante el gobierno y la dictadura conservadora, y de 1953 a 1957, durante la dictadura militar. En ambas hubo episo- dios de crueldad como masacres, descuartizamientos, quema de pueblos, que dejaron sed de venganza, agravios y…

p. 56
24
Nueva Historia de Colombia, Vol. II: Historia Política 1946-1986Alvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Catalina Reyes Cárdenas, Arturo Alape, Gonzalo Sánchez, Gabriel Silva Luján, Medófilo Medina, Alvaro Valencia Tovar, Fernán González · p. 66
1 cita
[33]

de Ibagué castigó a la po- blación declarándola en entredicho por seis meses. Nadie podía ingresar al Capítulo 3 69 templo, y fueron suspendidos los ofi- cios religiosos. También promulgó la excomunión para los autores materia- les, intelectuales y cómplices del ase- sinato. El mismo viernes en la tarde fue in- vadida…

p. 66
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Breve historia del conflicto armado en ColombiaJerónimo Ríos Sierra · 2017 · p. 31
1 cita
[34]

de Abril (M-19), el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) o la guerrilla indigenista Quintín Lame (QL). APARICIÓN E HISTORIA DE LAS FARC, 1964-1998 Como se explicaba, las FARC toman el ataque sobre la República de Marquetalia del 27 de mayo de 1964 como su mito fundacional, si bien esta denominación no aparece…

p. 31
26
Guerrilla y Población Civil. Trayectoria de las FARC 1949-2013Mario Aguilera Peña · 2013 · p. 274
1 cita
[35]

4.200 en el 2012, luego de haber contado con alrededor de 6.000 en el año 2002 6. Esta reducción numérica no ha sido mayor debido a que este Bloque, posiblemente. mantiene activa su capa- cidad de reclutamiento, o a que ha sido reforzado con unidades guerrilleras proveniente de las estructuras de otros Bloques. La…

p. 274
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De los grupos precursores al Bloque Tolima (AUC). Informe No. 1Centro Nacional de Memoria Histórica, Álvaro Villarraga Sarmiento, Anascas Del Río Moncada, Mauricio Barón Villa, Andrea García Hernández, José Alirio Duque Orrego, Edith Garzón Quintero · 2017 · p. 157
1 cita
[36]

(GMH, 2013, página 35), pero también de acuerdo con las características de cada territorio. A continuación se pre- senta un análisis de la incursión, los modus operandi y reperto- rios de violencia del Bloque Tolima en las cinco zonas donde tuvo influencia o control, distinguiendo cada una de estas de acuerdo con dos…

p. 157
28
Costos económicos y sociales del conflicto en Colombia: ¿cómo construir un posconflicto sostenible?María Alejandra Arias, Adriana Camacho, Ana María Ibáñez, Daniel Mejía, Catherine Rodríguez · 2014 · p. 144
1 cita
[37]

y San Benito Abad (Sucre). Infortunadamente, las condi - ciones de seguridad en algunos de los municipios en donde en la actualidad residen las comunidades desplazadas masivamente impidieron el desarrollo del trabajo de campo, C ostos e C onómi C os y so C iales del C onfli C to en C olombia 145 individual o masiva y…

p. 144
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Nueva Historia de Colombia, Vol. V: Economía, Café, IndustriaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jesús Antonio Bejarano Ávila, Jorge Orlando Melo, Bernardo Tovar Zambrano, José Antonio Ocampo Gaviria, Juan Manuel Santos Calderón, Charles Bergquist, Alberto Mayor Mora, José Olinto Rueda Plata, Carlos Esteban Posada Posada, Juan José Echavarría Soto, Juan Felipe Gaviria Gutiérrez, Guillermo Eduardo Perry Rubio · p. 8
1 cita
[39]

que se han adoptado aquí para la subdivisión cronológica del tema. De hecho, en sus comienzos en las últimas décadas del siglo XIX, la expan- sión cafetera se asentó sobre un régimen de haciendas, principalmente en el occi- dente de Cundinamarca, los Santande- res, Antioquia y en menor medida el Valle del Cauca. Sin…

p. 8
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Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · p. 362
2 citas
[40]

los terratenientes, por su propia voluntad y apoyados por incentivos y subsidios es- tatales, aceleraran el tránsito de la vetusta hacienda a la gran ex- plotación comercial. Entre las medidas adoptadas figuran el cré- dito subsidiado, cuyo volumen se duplicó entre 1940 y 1945 y 18 Darío Fajardo, Violencia y…

p. 362
[41]

los terratenientes, por su propia voluntad y apoyados por incentivos y subsidios es- tatales, aceleraran el tránsito de la vetusta hacienda a la gran ex- plotación comercial. Entre las medidas adoptadas figuran el cré- dito subsidiado, cuyo volumen se duplicó entre 1940 y 1945 y 18 Darío Fajardo, Violencia y…

p. 362
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Rebusque mayorAlfredo Molano Bravo · 2017 · p. 34
1 cita
[42]

para pedir excusas por la equivocación. Mi padre debió entenderlo así, porque nunca habló del caso después de que lo enterramos en el propio patio de las flores, ya que el cementerio estaba vedado para los liberales desde el 9 de abril, el día que mataron al cura de Armero, quien desde la torre de la iglesia les…

p. 34
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Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · p. 151
1 cita
[43]

de la zona andina Las tonadas y cantos mestizos de la zona andina o cordillerana son on- ce: bambuco, torbellino, guabina, rajaleña, sanjuanero, guaneña, bun- de tolimense, caña y cañabrava, vueltas antioqueñas y fandanguillo criollo, pasillo y danza criolla. El de mayor dispersión es el bam- buco, que cubre trece…

p. 151