Las sociedades prehispánicas colombianas practicaron formas de guerra y violencia ritual —desde el sacrificio de moxas muiscas hasta las cabezas trofeo de la Cordillera Central— que ni el evolucionismo unilineal ni el indigenismo idealizador logran explicar. Reconstruir esas configuraciones exige abandonar ambos marcos y atender a la ecología, la demografía y las trayectorias políticas contingentes de cada región.
En un montículo de conchas a orillas del Canal del Dique, cazadores-recolectores costeros modelaron hacia el 3000 a.C. los fragmentos de cerámica que figuran entre los más antiguos de América. El hallazgo, excavado por Gerardo Reichel-Dolmatoff y Alicia Dussán de Reichel, demostró que la alfarería podía surgir sin agricultura previa y reposicionó el Caribe colombiano como foco formativo del continente.
La expedición de Jiménez de Quesada (1536–1538) fue una sociedad mercantil-militar privada, financiada a crédito y regulada por capitulación, cuya racionalidad financiera —no una épica cruzadista— explica la violencia sistemática contra los muiscas y el reparto piramidal del botín del 6 de junio de 1538, acto fundacional de la jerarquía agraria neogranadina.