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Biografía

Pedro Cieza de León

Conquista

1518–1560

17 min de lectura17 documentos
Nacimientoc. 1518, Extremadura, España
Fallecimiento1560, España
RolesSoldado de la hueste conquistadora · Cronista de Indias
Lugar principalColombia
Período históricoConquista1499–1599
03

La biografía

Pedro Cieza de León fue un soldado extremeño que entre 1536 y 1550 recorrió, con las armas al cinto, buena parte del suroccidente del actual territorio colombiano, y que a partir de esa experiencia escribió la Crónica del Perú, cuya primera parte apareció en Sevilla en 1553. Es, para la historia de Colombia, la fuente escrita más temprana y de mayor alcance geográfico sobre el valle del Cauca, Popayán, Cali, Cartago, Antioquia y el Nudo de los Pastos en el momento del contacto: nadie describió con tanto detalle esas tierras cuando aún eran, formalmente, la frontera norte del Imperio inca y todavía no habían sido bautizadas como Nueva Granada. Pero fue también miembro de la hueste que las arrasó. Su Crónica documenta un mundo indígena densamente poblado en el mismo movimiento en que fija las categorías con las que la Corona y sus letrados clasificarían, durante siglos, a las sociedades que la conquista despobló. Leerlo es, por eso, una tarea doble: extraer del texto los datos que ninguna otra fuente conserva y, en el mismo gesto, desmontar la mirada del soldado que lo escribió.

02

Línea de vida

  1. 1535

    Desembarco en Cartagena de Indias

    Leer contexto

    Con unos diecisiete o dieciocho años, Cieza desembarcó probablemente en 1535 o 1536 en Cartagena de Indias, fundada por Pedro de Heredia, iniciando su trayectoria como soldado en Tierra Firme.

  2. 1536

    Travesía por el noroccidente colombiano

    Leer contexto

    En lugar de tomar la ruta del Magdalena, Cieza se internó por las estribaciones de la serranía de Abibe y Ayapel hasta el río Cauca, recorriendo a pie y a caballo territorios de lo que hoy son Chocó, Valle, Caldas y Nariño.

  3. 1539

    Integración a la órbita de Belalcázar y expediciones de Robledo

    Leer contexto

    Hacia 1539 o 1540 Cieza se incorporó plenamente a la hueste de Belalcázar. Estuvo vinculado a las expediciones de Jorge Robledo, quien fundó Santa Ana de los Caballeros (luego Anserma) a mediados de 1539 y exploró el norte del valle del Cauca.

  4. 1541

    Entrada al valle de Aburrá

    Leer contexto

    El 24 de agosto de 1541 la expedición de Robledo entró en el valle de Aburrá, llamándolo valle de San Bartolomé. Allí se hallaron grandes caminos empedrados, acequias funcionales y ruinas de edificios antiguos, vestigios de una civilización anterior.

  5. 1548

    Redacción de la Crónica del Perú

    Leer contexto

    Entre 1548 y 1550, ya en el Perú y con el respaldo de Pedro de La Gasca, Cieza se dedicó a redactar la Crónica a partir de las notas acumuladas durante quince años de recorridos por el continente.

  6. 1553

    Publicación de la primera parte de la Crónica del Perú

    Leer contexto

    La primera parte de la Crónica del Perú fue publicada en Sevilla en 1553, constituyendo los primeros testimonios escritos sobre la conquista del occidente de Colombia y una descripción geográfica y etnográfica del territorio desde el Caribe hasta el Cuzco.

  7. 1560

    Muerte en España

    Leer contexto

    Cieza murió en 1560 en España, probablemente en Extremadura, a unos cuarenta y dos años de edad, habiendo pasado la mitad de su vida en América. Las partes segunda, tercera y cuarta de la Crónica permanecieron manuscritas y se publicaron póstumamente.

Un extremeño en las Indias

Cieza nació en Extremadura hacia 1518, en la misma comarca que había dado a la conquista americana a los Pizarro, a Núñez de Balboa, a Hernando de Soto. Era un muchacho cuando embarcó hacia las Indias, y como tantos extremeños pobres, cruzó el Atlántico buscando lo que en su tierra no había: encomienda, botín, un lugar en el nuevo orden que las huestes castellanas estaban improvisando en América. Desembarcó, probablemente en 1535 o 1536, en Cartagena de Indias, la ciudad que Pedro de Heredia había fundado apenas unos años antes y que operaba entonces como uno de los grandes puertos de entrada a Tierra Firme.

Tenía, cuando pisó la costa caribeña, unos diecisiete o dieciocho años. Nunca llegaría a estudiar en Salamanca ni en Alcalá; su formación fue la del soldado en marcha, la del hombre que aprende a leer el territorio a fuerza de recorrerlo. Y sin embargo, algo en él —la disciplina de la observación, la voluntad de anotar lo visto— lo separó desde temprano de sus compañeros de armas. Mientras la mayoría de los soldados de la hueste buscaba únicamente oro y encomiendas, Cieza tomaba notas. Lo hacía en los altos del camino, en los descansos entre entradas, con una constancia que sus contemporáneos consideraron rara. Ese archivo privado, acumulado durante quince años de recorridos, sería la materia prima de la Crónica.

Murió en 1560, probablemente en España, tras haber vuelto a la península para publicar la primera parte de su obra. Vivió, en total, unos cuarenta y dos años. La mitad los pasó en América. Esa proporción no es un dato biográfico menor: define el tono mismo de la Crónica, escrita por alguien que había pasado en las Indias los años decisivos de la formación adulta, que había aprendido en ellas los códigos de la hueste y los ritmos del clima tropical, y que regresaba a Sevilla con la mirada ya modelada por el continente que se disponía a explicar.

El desembarco y la travesía del noroccidente

La ruta de Cieza desde Cartagena no fue la que se convertiría en la vía principal de penetración hacia el interior. El río Magdalena estaba entonces reservado, primero, a la compañía de Rodrigo de Bastidas, y luego a la expedición que encabezó Gonzalo Jiménez de Quesada hacia el altiplano muisca. Cieza tomó otro camino: se internó por las estribaciones de la serranía de Abibe y por Ayapel, rumbo al sur, hasta dar con el río Cauca. Recorrió a pie y a caballo un territorio quebrado, selvático, de una hostilidad climática extrema —la vertiente oriental de la cordillera Occidental, en lo que hoy son Chocó, Valle, Caldas y Nariño, recibe lluvia durante todo el año y está cubierta de selva pluvial—, en una travesía que pocos soldados de su generación completaron sin morir en el intento.

Formó parte, en esos primeros años, de las expediciones que operaban en Urabá y en el norte del valle del Cauca bajo distintos mandos: el licenciado Juan de Vadillo, capitanes vinculados a la gobernación de Cartagena, y finalmente los oficiales de Sebastián de Belalcázar que subían desde Popayán hacia el norte para encontrarse con las huestes que bajaban desde el Caribe. Ese cruce de expediciones opuestas en el valle del Cauca es uno de los episodios menos comprendidos de la Conquista neogranadina. Dos empresas armadas, una peruana y otra caribeña, chocaron en un mismo territorio. Se disputaron los mismos pueblos. Fundaron ciudades que se solapaban. El resultado fue un mapa administrativo confuso, con gobernaciones que reivindicaban jurisdicción sobre las mismas villas, y una sucesión de pleitos entre capitanes que se prolongaría durante décadas.

Hacia 1539 o 1540, Cieza se integró plenamente a la órbita de Belalcázar. Estuvo, casi con seguridad, en las expediciones que Jorge Robledo condujo hacia el norte del valle del Cauca por comisión del adelantado. Robledo fundó Santa Ana de los Caballeros a mediados de 1539 —la villa que, tras un traslado, tomaría el nombre de Anserma— y luego Cartago, en una fecha ligada a las exploraciones asociadas a Belalcázar. En agosto de 1541, la expedición de Robledo entró en el valle de Aburrá, al que llamó valle de San Bartolomé. Allí, entre los pliegues de la cordillera Central, los expedicionarios se toparon con algo que perturbó incluso a soldados acostumbrados a todo: grandes caminos empedrados, acequias de agua todavía funcionales, ruinas de edificios antiguos. Los indígenas que aún habitaban la zona explicaban esos vestigios como restos de guerras internas anteriores a la llegada de los españoles. Era la prueba de que las tierras que estaban ocupando habían tenido antes densidades demográficas y complejidades políticas de las que apenas quedaban ecos.

Cieza atravesó todo ese circuito. Vio Cali fundada, vio Popayán consolidándose, vio Cartago naciendo. Cruzó luego el Nudo de los Pastos —el gran nudo orográfico donde nacen los ríos Cauca, Patía, Magdalena y Caquetá— y siguió hacia el sur, hasta Quito, hasta el Perú. Llegó a Lima, al Cuzco, a Potosí y a Charcas. Estuvo en las guerras civiles entre pizarristas y almagristas, y luego en el bando de Pedro de La Gasca durante la campaña que sofocó la rebelión de Gonzalo Pizarro. La Gasca, que reconoció en él al observador atento, le otorgó facilidades para escribir. En los años finales de su estancia americana, entre 1548 y 1550, Cieza dejó de moverse: se puso a redactar.

La hueste de Belalcázar y el suroccidente devastado

Para entender lo que Cieza vio y lo que decidió escribir hay que reconstruir la máquina militar en la que estaba inserto. Sebastián de Belalcázar era un conquistador veterano, de la generación anterior a la de Cieza, que operaba bajo las órdenes de Francisco Pizarro desde su base en Quito. En 1535 envió capitanes hacia el norte con dos objetivos entrelazados: explorar tierras nuevas y, sobre todo, independizarse de Pizarro, forjar una gobernación propia antes de que el gobernador del Perú le pusiera límites. Ese cálculo político —la ambición de un capitán que quería ser gobernador— es la razón última por la que el suroccidente colombiano se conquistó desde el sur y no desde el Caribe.

La expedición de Belalcázar y sus capitanes —entre ellos Añasco, que operó con un grupo separado hasta reunirse con el grueso en Popayán— arrasó el territorio. Fundó Pasto, que en 1541 fue trasladada al sitio que hoy ocupa por orden de Pedro de Puelles, gobernador de Quito. Fundó Popayán y Cali. Extendió sus dominios hasta Cartago y Anserma a través de Robledo. Fue, en superficie, una operación fundacional prodigiosa: cinco ciudades en el eje suroccidental colombiano en menos de una década. Pero el revés de la fundación fue la destrucción sistemática de las sociedades preexistentes.

El testimonio más devastador no lo dio Cieza. Lo dio Pascual de Andagoya cuando llegó a la zona después de Belalcázar. Andagoya escribió que en las diez leguas del camino entre Lili —el nombre indígena de Cali— y Popayán había existido una densidad excepcional de pueblos, asentamientos de quinientas y ochocientas casas, y que al pasar él por allí no quedaba nada: solo cimientos. La región más poblada y fértil que había visto en América, decía, había sido reducida a una desolación tal que en las visitaciones oficiales no se hallaban hombres suficientes para contar. Bartolomé de las Casas, desde otro registro y con otra intención, denunció las mismas prácticas: masacres, quema de casas, arrasamiento de pueblos enteros como táctica de avance.

Las cifras son escalofriantes. El valle geográfico del Cauca contaba, antes de la Conquista, con una población estimada entre 600.000 y un millón de habitantes, distribuida en muchos grupos tribales y lingüísticos, algunos de hasta 40.000 personas. Al terminar el siglo XVI, esa población se había desplomado a fracciones mínimas de su tamaño original. La causa no fue solo la violencia directa de la hueste: fueron también las epidemias que barrieron el continente en oleadas sucesivas, y los regímenes de trabajo forzado —la encomienda, la mita— que llevaron a varias sociedades del centro y norte del Cauca al borde del aniquilamiento biológico. Pero la violencia militar fue el detonante, y la hueste de Belalcázar, en la que Cieza servía, fue su instrumento.

En ese contexto, la Crónica del Perú registra el momento inmediatamente posterior al primer impacto. Cuando Cieza escribe sobre la densidad poblacional del valle de Popayán, sobre los fuertes de madera bien construidos, sobre los puentes de diseño elaborado, sobre las prendas tejidas y los adornos de oro, sobre la coordinación defensiva de más de un centenar de unidades tribales sin autoridad centralizada, está describiendo algo que ya estaba siendo destruido mientras él lo miraba. Y en algunos casos, contribuyendo él mismo a la destrucción.

El adelantado en juicio, la Crónica en marcha

En 1538, estando en Quito, Belalcázar recibió de un indio noticias que lo lanzaron hacia el oriente en busca de un reino de oro. Esa entrada, largamente mitificada como la búsqueda de El Dorado, sacó al adelantado del sur y lo condujo, tras años de marchas, al altiplano muisca. Allí, en 1539, tres huestes convergieron en Bogotá desde tres direcciones distintas sin saber unas de otras: la suya, procedente del sur; la de Jiménez de Quesada, que había remontado el Magdalena; la de Nicolás de Federmán, que llegaba desde Venezuela. El encuentro, uno de los más citados de la Conquista, es también uno de los más deformados por la leyenda. Cieza no estuvo allí. Se quedó en el occidente, en las operaciones de Robledo, y su información sobre el episodio proviene de la vía indirecta del rumor de campamento y de los relatos que los oficiales de Belalcázar difundieron después para justificar la desviación del adelantado y sus consecuencias jurisdiccionales.

Lo que sí atravesó Cieza de cerca fue la etapa más turbulenta que se abrió a continuación: los conflictos entre conquistadores que en 1546 terminarían con la muerte del propio Robledo. Belalcázar mismo, años después, fue sometido a juicio de residencia por la violencia de sus campañas. El proceso, suspendido primero por los sucesos ligados a las Leyes Nuevas de 1542, fue retomado en 1550, cuando ya funcionaba la Real Audiencia: Francisco Briceño actuó como juez y decretó la suspensión del adelantado. Cieza asistió, en ese ciclo de residencias y sentencias, al desmontaje judicial de los capitanes con los que había servido, y la Crónica se escribe en diálogo con esa experiencia: con la conciencia de que la generación fundadora empezaba a ser investigada por la Corona.

Las Leyes Nuevas —que abolían el señorío de los españoles sobre los indígenas y ordenaban extinguir las encomiendas a medida que caducaran— no detuvieron, sin embargo, la penetración territorial. En la Nueva Granada las fundaciones continuaron incluso después de su aplicación hacia 1548, y el régimen colonial se acomodó a la reforma sin desmontarse. Cieza escribió su Crónica en ese preciso interregno: cuando la maquinaria que había integrado empezaba a ser residenciada, pero cuando la despoblación que había producido era ya irreversible. Su texto se ubica, así, en una zona incómoda: es la voz de un soldado que ha entendido que las prácticas de su hueste van a ser juzgadas, y que escribe, en parte, para explicarlas antes de que otros las condenen.

Para entonces él había vuelto al Perú. Escribía. En 1550 tenía terminada la primera parte de la Crónica. Regresó a España poco después, la publicó en Sevilla en 1553 y murió, todavía joven, en 1560. La segunda parte se imprimió en 1554, un año después de la primera; las restantes permanecieron manuscritas y solo verían la luz mucho más tarde.

La Crónica del Perú: qué contiene y cómo mira

La primera parte de la Crónica del Perú —la única que Cieza vio impresa en vida junto a la segunda, aparecida al año siguiente— es una descripción geográfica y etnográfica del territorio recorrido desde el Caribe hasta el Cuzco. No es una narración de campaña, no es un relato de batallas al estilo de Bernal Díaz del Castillo. Es un inventario: pueblos, ríos, cordilleras, distancias, costumbres, autoridades indígenas, cultivos, minerales. Está organizada por capítulos breves que avanzan siguiendo la ruta del cronista, con la lógica del itinerario militar.

Sobre el suroccidente colombiano, la Crónica ofrece descripciones que ninguna otra fuente contemporánea igualó en detalle. Cieza registró la densidad poblacional del valle de Popayán, la organización de las unidades tribales, los fuertes de madera, los sistemas defensivos coordinados sin autoridad centralizada. Describió con precisión los caminos y las acequias del valle de Aburrá, las técnicas constructivas de los indígenas del Cauca medio, los adornos de oro y las prendas tejidas. Registró también, aunque de manera selectiva, episodios de resistencia: en Timbío los españoles enfrentaron a unos 3.000 indígenas armados con dardos, lanzas y macanas, y la zona de Popayán obligó a la hueste a hacer varios traslados de campamento.

Pero la Crónica no es un espejo neutro. Cieza mira con los ojos de la hueste, y sus categorías clasificatorias —la distinción entre indios de paz e indios de guerra, la calificación de behetría para las sociedades sin autoridad centralizada, la etiqueta de caribe para los grupos que resistían o que se suponía practicaban antropofagia— tienen consecuencias jurídicas y militares directas. Un pueblo clasificado como caribe podía ser esclavizado legalmente bajo las disposiciones coloniales. Un territorio descrito como behetría —sin señor natural— quedaba disponible para la asignación de encomiendas sin la mediación de autoridades indígenas reconocidas. Los términos no son inocentes: son instrumentos.

Y hay silencios estructurales. Cieza describe la abundancia del valle de Popayán en el pasado inmediato, pero no relata con la misma minucia las masacres específicas que su hueste cometió. Reconoce la despoblación, pero tiende a atribuirla a las guerras entre indígenas, a las epidemias, a la naturaleza díscola de las poblaciones, más que a la política sistemática de Belalcázar. La devastación que Andagoya describió con crudeza —los pueblos de quinientas y ochocientas casas reducidos a cimientos entre Cali y Popayán— aparece en Cieza atenuada, desplazada, contextualizada dentro de una narrativa providencial en la que la Conquista, con sus violencias, se justifica como parte del designio imperial.

Que la Crónica sea, pese a todo, la fuente etnográfica más rica sobre el suroccidente en el siglo XVI define su ambivalencia como documento: sin ella no sabríamos casi nada de las densidades poblacionales que el aparato colonial destruyó; con ella, sabemos lo que un soldado quiso y pudo ver.

Redes: la hueste como composición heterogénea

Cieza no operó solo, y la conquista del suroccidente tampoco fue exclusivamente una empresa de capitanes castellanos. La hueste de Belalcázar —y la de Robledo dentro de ella— fue una composición heterogénea que incluyó, junto a los soldados peninsulares, a indígenas peruanos que subieron desde Quito, a esclavos negros que otras expediciones contemporáneas también trajeron, y a poblaciones locales que negociaron su lugar en la nueva estructura.

Con la hueste de Belalcázar llegaron al Nuevo Reino personas de condición diversa: su hijo Francisco de Belalcázar, y los indígenas peruanos Antón Coro y el noble Pedro Inga, que aportaron a la empresa conocimientos, lenguas y capacidades de intermediación. Otras expediciones simultáneas —la de Jerónimo Lebrón, la de Alonso Luis de Lugo— incorporaron esclavos negros de manera sistemática. La imagen de la Conquista como un choque bilateral entre castellanos y muiscas o castellanos y pijaos oculta esa composición mestiza y estratificada de la maquinaria conquistadora.

Cieza se movió dentro de tres redes que se superponen y que explican su trayectoria singular. La primera, la de la hueste extremeña de Belalcázar y Robledo, le dio el rodaje militar del suroccidente colombiano y la relación directa con los capitanes que fundaron sus ciudades. La segunda, la del pizarrismo peruano en su fase tardía, lo puso en contacto con los oficiales que administraban Lima y el Cuzco tras la muerte de Francisco Pizarro y con los cuadros que sobrevivieron a las guerras civiles. La tercera, la del bando realista de Pedro de La Gasca, fue la decisiva para la escritura: el licenciado clérigo que Carlos V envió al Perú para sofocar la rebelión de Gonzalo Pizarro, y que puso las bases institucionales del virreinato peruano, reconoció en Cieza a un observador útil y le abrió el tiempo y los permisos para redactar. Esa acumulación de capital político —del veterano de campaña al servidor del emperador— es lo que le permitió, cosa rarísima entre soldados de su rango, publicar su obra en España con permisos oficiales.

Ese mapa humano se corresponde con un mapa físico igualmente extenso. Llerena, en Extremadura, donde nació. Sevilla, puerto de embarque y de retorno. Cartagena de Indias, punto de desembarco. Urabá y San Sebastián de Urabá, las villas de la primera penetración. Antioquia, la villa que Robledo fundó en las tierras que hoy llevan ese nombre. Cali, Cartago, Popayán, Pasto, Quito, Lima, Cuzco, Potosí. Selva pluvial, altiplano andino, valles interandinos y minas de plata a más de cuatro mil metros de altitud: la geografía en la que se formó su mirada.

Huella: cronista fundamental, categorías disputadas

Ese capital de redes y de recorridos explica, en parte, la persistencia posterior de su obra. La huella de Cieza en la historiografía del suroccidente colombiano es fundacional. Cuando en el año 2000 se publicó en Bogotá una monografía específicamente dedicada a su papel en la historia de Colombia, no se hacía sino formalizar un uso que la investigación llevaba décadas practicando: recurrir a la Crónica como fuente primaria irremplazable para cualquier reconstrucción del contacto en el occidente colombiano.

La circulación de la obra es amplia y transversal. James Parsons, en su clásico estudio sobre la colonización antioqueña, se apoya en Cieza para respaldar inferencias sobre la antigüedad de la presencia humana en América. Los estudios de arqueología y etnohistoria del suroccidente utilizan sus descripciones del valle de Popayán como base para la reconstrucción de las sociedades precolombinas del Cauca. La cocina tradicional colombiana lo emplea, junto a otros cronistas indianos —Colón, Cortés, Sahagún, Bernal Díaz del Castillo, Fernández de Oviedo, Pedro Simón, Juan de Castellanos, Garcilaso—, para reconstruir el inventario alimenticio de las sociedades aborígenes. Los estudios sobre resistencia indígena en el Cauca, y específicamente los que abordan la trayectoria histórica de los pueblos misak y nasa, recurren a la Crónica del Perú para trazar las condiciones iniciales del régimen colonial en la región.

En esos usos aparece una asimetría reveladora. El aprovechamiento académico de los documentos coloniales sobre Popayán ha sido insuficiente en comparación con el que reciben las culturas muisca y tairona. La región del suroccidente colombiano, pese a haber sido tempranamente descrita por un cronista de la calidad de Cieza, carece todavía de la densidad interpretativa que otras regiones neogranadinas han recibido.

Y hay una tensión más profunda. Las categorías con las que Cieza clasificó a las sociedades del suroccidente —behetría, caribe, indios de guerra— no se quedaron en el siglo XVI. Se sedimentaron en las estructuras coloniales, se transmitieron a los administradores borbónicos, se filtraron en la historiografía republicana, y todavía condicionan las formas en que se lee la geografía política del Pacífico y del Cauca. Cuando los misak reclaman hoy su territorio ancestral y disputan las delimitaciones oficiales de sus resguardos, están, entre otras cosas, disputando los residuos de una clasificación que arranca en las páginas de la Crónica. Cuando la palabra caribe —originalmente aplicada a grupos que resistieron y que la hueste consideró antropófagos— sigue operando como significante racializado en el imaginario colombiano, está funcionando un dispositivo que Cieza contribuyó activamente a montar, con la autoridad técnica del testigo y el peso institucional del texto impreso.

Cieza fue un soldado que aprendió a mirar y a escribir, un cronista que dejó más información sobre las sociedades destruidas de la que su propia hueste habría querido conservar. La Crónica del Perú es, en la misma página, un instrumento del régimen colonial y un archivo involuntario de lo que ese régimen arrasó. Leerla bien —extraer sus datos, desmontar sus categorías, situar a su autor en la maquinaria que integraba— es una de las tareas todavía inconclusas de la etnohistoria colombiana.

Cuando murió en 1560, con la primera parte de su obra recién publicada y la segunda a punto de aparecer, Cieza no podía prever que su libro sobreviviría cuatro siglos y medio, que sería traducido, editado y leído en universidades de tres continentes, ni que los pueblos indígenas cuyas ruinas él había recorrido a caballo estarían todavía, en el siglo XXI, litigando contra las categorías que sus párrafos ayudaron a fundar. La Crónica permanece abierta como archivo y como problema, y el suroccidente que Andagoya encontró reducido a cimientos continúa contestándole desde los territorios que Cieza nombró.

04

Conexiones del archivo

Red histórica

05

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

17 documentos · 22 fragmentos
01Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · Página 291 cita
[1]

por Pedro de Heredia. En 1535 o 1536 desembarcó allí otro soldado- escritor, Pedro Cieza de León (nacido en Extremadura, España, alrededor de 1518 y muerto allí mismo en 1560). En la primera parte de su Crónica del Perú (publicada en España en 1553) Cieza de León dejó los primeros testi- monios sobre la conquista del…

p. 29
02Manual introductorio. Biblioteca Básica de Cocinas Tradicionales de ColombiaGermán Patiño Ossa, Antonio Montaña, Lácydes Moreno Blanco · Página 761 cita
[2]

de cocinas tradicionales de Colombia amor, poder. A su juicio, los estudios sobre alimentación deben hoy eliminar lo universal para exaltar lo local. Las dos obras incluidas en esta Biblioteca, publicadas originalmente en 1993 y 1994, son complementarias y se leen como una sola. Presentan un depurado inventario…

p. 76
03Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · Páginas 141, 1472 citas
[3]

a la orden de seguirlo, despu é s de explorar la Guajira y fundar la actual Riohacha, sigui ó tras los pasos de Espira, pero luego, desviando su ruta hacia la cordillera, la atraves ó, llegando a Pasca por el mes de marzo de 1539, cuando la tierra ya estaba ocupada por la hueste de Jim é nez. Algunos a ñ os antes de…

p. 141
[18]

absorbido por los asuntos pol í ticos europeos, tampoco se preocup ó por Am é rica. Habi é ndose ausentado de Espa ñ a poco despu é s de su coro naci ó n, regres ó al pa í s s ó lo en 1541, despu é s de la humillante derrota sufrida en Argel. Al regreso suyo y bajo su influencia se produjo la llamada “ reforma…

p. 147
04Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · Página 981 cita
[4]

medio de una violenta resistencia indígena, a la que respondieron, según versiones recogidas por Las Casas y Andagoya, con una táctica de tala y quema de las poblaciones con las que tropezaban 4. Los españoles anduvieron luego hacia el norte hasta encontrar la llanura de Popayán y, probablemente en el sitio de Timbío,…

p. 98
05La gente de GuambíaRonald A. Schwarz · 2018 · Páginas 54, 712 citas
[5]

h a s t a 1 9 7 1 pueblos en la ruta a Cali, llamada entonces Lili o Lile. Masacres y quema de casas se convirtieron en su política, pueblos enteros fueron arrasados o destruidos completamente. Pascual de Andagoya, que sirvió brevemente como adelantado de la provincia de Popayán, describió lo que encontró en su…

p. 71
[9]

de las sociedades anteriores a la Conquista. Mientras que tales escritos se utilizan para apoyar las afirmaciones del avanzado estado de desarrollo de los muiscas y taironas (Kroeber 1946: 887-909; Reichel-Dolmatoff 1965: 143-68), el uso académico de documentos similares para la región de Popayán parece insuficiente.…

p. 54
06Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Páginas 62, 642 citas
[6]

punto de comunicación entre esta última ciu- dad y Quito, llamándola Villaviciosa de Pasto, po- blación que fue trasladada hasta el sitio que hoy ocupa en el año de 1541, por orden del goberna- dor de Quito, Pedro de Puelles. Jorge Robledo Jorge Robledo (m. 1546) fue comisionado para colonizar las tierras al norte de…

p. 62
[8]

Popayán, donde fue nuevamen- te requerido por el representante del rey en el Pe- rú, Pedro de La Gasca, quien le nombró jefe de ca- ballería. En esa condición participó en la batalla de Xaquixahuana, en la que los rebeldes fueron defi- nitivamente abatidos. Belalcázar regresó en 1548 a Popayán, y desde allí envió…

p. 64
07Historia de la vida cotidiana en ColombiaBeatriz Castro Carvajal (editora) · 2016 · Página 631 cita
[7]

mencionado las mujeres, pero faltan los hombres, aunque de uno de ellos ya se ha hablado: Francisco de Belalcázar, hijo del general Sebas- tián. El otro fue Lucas Bejarano, niño recién nacido del primer matrimonio cristiano celebrado en el Nuevo Reino, el de Beatriz de México con Lucas Bejarano, compañero de…

p. 63
08La colonización antioqueña en el occidente de ColombiaJames J. Parsons · 1997 · Páginas 33, 352 citas
[10]

el Cuzco no los hay mejores. Y todo esto perdido é destruído, é no hay indio que sepa decir como ha sido ni de que se ha despoblado. 3 Después de pasar las importantes salinas de Heliconia (Guaca), conocidas por los indios con el nombre de Murgia, la expedición llegó al valle de Aburrá (Medellín) el 24 de agosto de…

p. 35
[16]

en las parroquias de Los Cedros y San Salvador, cerca de Restrepo (Valle). 15. The Travels of Cieza de León, pág. 89. De esta evidencia muy sagazmente anota que debió transcurrir un período muy largo desde cuando los indígenas poblaron por primera vez las Indias. Los aborígenes 69 Quin dí o, en el camino Armenia- lb…

p. 33
09Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · Página 331 cita
[11]

valle geográfico del Cauca, debió ser apreciable antes de la C onquista. Los estim ativos varían entre seiscien tos mil y un m illón de habitantes. Estaba d iv id id a en m uchos g rupos tribales y lingüísticos de tam año variable, llegando algunos quizás a cuarenta mil. A su vez, cada tribu estaba su b d iv id id a…

p. 33
10Herederos del jaguar y la anacondaNina S. de Friedemann, Jaime Arocha · 2016 · Página 2981 cita
[12]

y con ellos sus madres, desgastadas prematu- ramente por los múltiples partos y por el arduo trabajo de la casa y la parcela. La poca comida y las enfermedades hacen que el crecimiento de las poblaciones del Cauca indí- gena sea más lento que el de las poblaciones del Cauca campesino. La pausada expansión demográfica…

p. 298
11Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · Página 351 cita
[13]

de ahí en ade- lante el oro se volvió su obsesión. Lo raparon de los vivos y de los muertos; extorsionaron las poblaciones, tortura- ron a los caciques, saquearon las tumbas y los santuarios. La búsqueda del oro pronto se convirtió en el factor deci- sivo en determinar las rutas de penetración de las huestes…

p. 35
12Guerra propia, guerra ajena. Conflictos armados y reconstrucción identitaria en los Andes colombianos. El Movimiento Armado Quintín LameDaniel Ricardo Peñaranda Supelano · 2015 · Página 1151 cita
[14]

más importante durante la Colonia y la primera parte de la República, marcó el curso de los pueblos indígenas. Es- tos debieron soportar en buena medida el peso del hundimiento 172 Cieza de León, Pedro. Crónica del Perú, Primera parte, p. 173. 173 González, Margarita (1979). El resguardo en el Nuevo Reino de Granada.…

p. 115
13Invading Colombia: Spanish Accounts of the Gonzalo Jiménez de Quesada Expedition of ConquestJ. Michael Francis · 2007 · Página 1321 cita
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UTC via UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. All use subject to https://www.ebsco.com/terms-of-use. EBSCOhost: eBook Collection (EBSCOhost) printed on 4/29/2025 7:55:46 PM UTC via UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. All use subject to https://www.ebsco.com/terms-of-use. bI bl I o G r AP hy Primary Archival Sources AGI Archivo General de…

p. 132
14Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · Página 801 cita
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del famoso pro- tector de indios, fray Bartolomé de las Casas, quien por entonces se encontraba en la Corte. Con ellas se trató de abolir el "señorío" que de hecho ejercían los españoles americanos sobre la población indígena, impedir su esclavización, acabar las encomiendas a medida que fueran caducando y declarar a…

p. 80
15Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · Página 311 cita
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12 H is t o r ia ec o n ó m ic a y so c ia l i toda nueva conquista que no estuviera autorizada por las Audiencias obe decía al designio de la Corona de retomar la carga que ella había abando nado a la iniciativa de los particulares desde el comienzo. Se quiso ante todo hacer cesar un derroche de vidas humanas, las de…

p. 31
16Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader · 2002 · Página 1452 citas
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prin- cipal la intensa humedad proveniente de las pla- nicies cálidas que lo circundan, especialmente del valle del Magdalena y la selva amazónica. Desde esas planicies suben masas gigantescas de vapor de agua que se condensan en los páramos, for- mando neblinas y nubes que se desgajan en llo- viznas permanentes. Es…

p. 145
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prin- cipal la intensa humedad proveniente de las pla- nicies cálidas que lo circundan, especialmente del valle del Magdalena y la selva amazónica. Desde esas planicies suben masas gigantescas de vapor de agua que se condensan en los páramos, for- mando neblinas y nubes que se desgajan en llo- viznas permanentes. Es…

p. 145
17Colombia: bosquejo de su geografía tropical vol. IErnesto Guhl · 2016 · Página 4131 cita
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Lluvia durante todo el año, cubierta de selva pluvial. Dptos. Chocó Valle Caldas Nariño Cord. Occidental vertiente oriental 5 grados N. x x x x x x x Desmontada con largos periodos secos. Dptos. Cauca Nariño Fosa y mesa Patía Mesa Mercaderes x x x x x x Prolongada sequía, erosionada en parte. Dpto. Cauca Altiplano de…

p. 413