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Biografía

Juan de Castellanos

Conquista

1522–1607

16 min de lectura23 documentos
Nacimientoc. 1522, Alanís, Sevilla, España
Fallecimiento1607, Tunja, Nuevo Reino de Granada
RolesSoldado del Caribe · Sacerdote beneficiado de Tunja
Lugar principalColombia
Período históricoConquista1499–1599
03

La biografía

Entre los soldados que llegaron al Caribe hacia 1540 en busca de perlas y de oro, y los clérigos que a fines de siglo poblaban de sermones el Nuevo Reino de Granada, hubo un hombre que fue ambas cosas y, además, se sentó a escribir. Juan de Castellanos (Alanís, Sevilla, c. 1522 — Tunja, 1607) es el cronista que fijó por escrito, en verso, el catálogo más extenso de la Conquista americana. Sus Elegías de varones ilustres de Indias —la obra más larga de toda la lengua castellana— no son grandes por su calidad poética, aunque tienen sus momentos, sino porque su autor vivió lo que narra o lo oyó de quienes lo vivieron. Beneficiado de Tunja, testigo de las Antillas y las Indias de Tierra Firme, Castellanos es la bisagra improbable entre la espada y la pluma, el primer nombre serio de la historia literaria del Nuevo Reino y una fuente sin la cual la memoria escrita de la Conquista neogranadina sería mucho más pobre.

02

Línea de vida

  1. 1522

    Nacimiento en Alanís

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    Nace hacia 1522 en Alanís, sierra norte de Sevilla. Pasa joven a las Indias e inicia un itinerario caribeño que lo lleva por Puerto Rico, Cubagua, Margarita, el Cabo de la Vela y Cartagena de Indias, acumulando la experiencia directa que nutrirá sus Elegías.

  2. 1550

    Tránsito de soldado a clérigo

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    Hacia mediados del siglo XVI abandona la vida militar, se ordena sacerdote y termina estableciéndose en Tunja, donde ejercerá como cura beneficiado hasta su muerte, combinando el ministerio eclesiástico con la escritura cronística.

  3. 1589

    Publicación de la primera parte de las Elegías

    Leer contexto

    Se publica en Madrid la primera parte de las Elegías de varones ilustres de Indias, obra en octavas reales que narra desde los viajes de Colón y la conquista del Caribe hasta las expediciones al Nuevo Reino de Granada; es reconocida como la primera obra de intención literaria del Nuevo Reino y la más extensa de la lengua castellana.

  4. 1599

    Soneto laudatorio de Vargas Machuca

    Leer contexto

    El capitán Bernardo Vargas Machuca, autor de Milicia y descripción de las Indias (Madrid, 1599), escribe un soneto laudatorio a Castellanos, testimoniando el reconocimiento contemporáneo de su figura literaria en el mundo hispanoamericano.

  5. 1607

    Testamento y muerte en Tunja

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    Otorga su testamento ante la Notaría Segunda de Tunja (Protocolo de 1607, t. II, pp. 523v. y 524), donde consta su título de beneficiado. Muere ese mismo año en Tunja, cerrando más de sesenta años de vida americana.

El soldado que se hizo cura

Antes de ser el cronista mayor de la conquista del Nuevo Reino, Castellanos fue soldado del Caribe. Nacido hacia 1522 en Alanís, en la sierra norte de Sevilla, pasó a las Indias siendo joven y recorrió, según su propio testimonio disperso en las Elegías, buena parte del arco antillano y de las costas de Tierra Firme: Puerto Rico, Cubagua y la pesquería de perlas, Margarita, el Cabo de la Vela, Cartagena de Indias. Ese itinerario pesa. Explica por qué su obra empieza por Colón y las Antillas, por qué se detiene con tanto detalle en los conquistadores del arco caribe —Alonso de Ojeda, Juan Ponce de León— y por qué los americanismos que registra pertenecen en su mayoría al complejo antillano: fueron las palabras que aprendió primero, las que oyó en boca de arahuacos y taínos cuando el español todavía no tenía nombres para las cosas del trópico.

Hacia mediados del siglo, la espada dio paso al hábito. Castellanos se ordenó sacerdote y terminó estableciéndose en Tunja, la segunda ciudad del Nuevo Reino, donde ejerció como cura beneficiado —un cargo eclesiástico estable, con rentas asignadas sobre la parroquia— hasta su muerte. Una tradición lo llama incluso "primer cura" de la ciudad, aunque esa primacía no está documentada con rigor. Lo que sí consta, por su testamento otorgado en 1607 ante la Notaría Segunda de Tunja y conservado en el protocolo de ese año, es su condición de beneficiado: el mismo documento lo identifica con ese título eclesiástico y cierra, con la sequedad notarial de una foja, más de sesenta años de vida americana.

Entre la partida de Alanís y el testamento de Tunja se extiende una biografía que se conoce sobre todo por vía indirecta, filtrada a través de las propias Elegías. Castellanos no escribió memorias; escribió memoria. En las decenas de miles de versos de su obra hay una autobiografía dispersa, hecha de menciones, de "yo lo vi", de "yo estuve", de nombres de compañeros de armas y de dueños de perlería. Ese doble registro —clérigo asentado en Tunja, veterano del Caribe que recuerda— define su lugar peculiar en la escritura del siglo XVI americano. No es un cronista de gabinete como los que compilaron desde Sevilla, ni un puro soldado con pluma torpe: es un hombre que primero vivió y después, con calma parroquial y biblioteca a mano, se sentó a versificar lo vivido y lo oído.

Tunja, ciudad de piedra y de letras

Que Castellanos escribiera sus Elegías en Tunja y no en Santafé no es un accidente geográfico: es una condición de posibilidad. A finales del siglo XVI, la Tunja fundada por Suárez Rendón en 1539 era el primer centro cultural del Nuevo Reino, y superaba con ventaja a una Santafé todavía tosca, arracimada en torno a su plaza. Había en la ciudad una élite encomendera enriquecida por el tributo de la densa población muisca del altiplano, mansiones con escudos de armas en sus portadas —"para eternizar su fama en la posteridad", anotó el propio Castellanos con su ironía discreta—, y una catedral cuya segunda fábrica, levantada entre 1567 y 1573, pasaba por la iglesia más suntuosa del reino. La familia Mancipe, encomenderos destacados, había financiado en ella una capilla decorada con lienzos del italiano Angelino Medoro. Había, también, un pequeño grupo de versificadores locales cuyas composiciones asoman en los prolegómenos de las Elegías, testimonio de que en la Tunja de los años ochenta y noventa se leía y se escribía poesía en la manera italianizante que dominaba en la península.

Esa prosperidad fue efímera. A medida que la población indígena que sostenía el sistema encomendero fue disminuyendo, los conventos —enriquecidos por donaciones piadosas y capellanías— pasaron a ocupar el lugar económico y simbólico que antes tenían los grandes encomenderos, y la ciudad entró en una decadencia lenta que ya se anunciaba cuando Castellanos moría. Pero en su momento alto, Tunja fue el único lugar del Nuevo Reino donde alguien podía escribir una obra de la ambición literaria de las Elegías: había mecenazgo eclesiástico, había interlocutores, había libros, había veteranos de la Conquista instalados como vecinos que podían aportar el detalle de una jornada perdida en la memoria de treinta años atrás. Castellanos escribió en Tunja porque Tunja, brevemente, tuvo condiciones para producir literatura.

Las Elegías de varones ilustres de Indias

La obra que ocupó las décadas finales de su vida es, medida en versos, la más extensa jamás escrita en lengua castellana. Las Elegías de varones ilustres de Indias recorren, en octavas reales de sabor renacentista, un arco geográfico y cronológico enorme: los viajes de Cristóbal Colón, la conquista de las islas del Caribe, Venezuela y la Nueva Granada, las primeras tierras del Inca, el reconocimiento de las regiones amazónicas y los primeros asaltos de piratas franceses e ingleses, incluida la sombra ubicua de Francis Drake en las costas del Caribe. Es, a su modo, una historia general de la Conquista americana contada por un participante lateral que se propuso no dejar sin nombre a ninguno de los "varones ilustres" que la protagonizaron.

La palabra elegía es aquí clave y engañosa. No se trata de lamentos por muertos ilustres en el sentido moderno del término, aunque haya duelo en el fondo del proyecto —muchos de los conquistadores cantados murieron mal, en emboscadas, en naufragios, en el olvido—, sino de una forma de epopeya conmemorativa heredada de la tradición grecolatina y de sus contemporáneos españoles. La ambición es homérica: pintar a los conquistadores con la poética del Renacimiento, como varones ilustres al modo de los héroes de la Ilíada o la Odisea. Los soldados harapientos que subieron por el Magdalena o murieron de fiebres en Urabá se transfiguran, en las octavas de Castellanos, en figuras de una épica ordenada, con sus discursos, sus hazañas y sus caídas. Al mismo tiempo, y esto complica el retrato, la obra no oculta la faceta despótica y cruel de la Conquista: las Elegías muestran los abusos, las traiciones, las matanzas, aunque las envuelvan en el aparato retórico de una épica que sigue considerando meritoria la empresa de fondo.

De esa naturaleza híbrida nace la incomodidad histórica del texto. Para el crítico, el problema de la fidelidad historiográfica tiende a resolverse considerando que la materia histórica se ha convertido en materia poética y debe juzgarse con el metro de la poesía. Al historiador, en cambio, esa vía se le cierra: tiene que seguir preguntando qué se puede usar y qué no, y esa pregunta obliga a leer las Elegías al mismo tiempo como fuente y como filtro, como testimonio y como deformación. La tensión no se disuelve; se administra.

Testigo y red: la Conquista en las Elegías

El valor documental de Castellanos se juega, sobre todo, en la parte de la obra dedicada al Nuevo Reino de Granada. Allí narra la expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada, que partió de Santa Marta en los primeros días de abril de 1536 —el 6 de abril— con instrucciones del gobernador Pedro Fernández de Lugo, quien el 1 de abril había emitido su Instrucción y Memoria nombrando a Quesada general de la jornada al Río Grande. Cuenta el ascenso doloroso por los ríos Magdalena, Carare y Opón: setecientos cinco hombres al partir, ciento sesenta y seis al llegar a la Sabana, diezmados no tanto por la resistencia indígena —relativamente débil— como por enfermedades, naufragios, hambre e insectos. Es una cifra que ha pasado a los manuales, y aunque el propio Castellanos, como todo cronista de su tiempo, tendía a exceder la realidad por necesidades dramáticas o por el deseo de maravillar, en este punto su testimonio se cruza con otros y sostiene el peso.

Narra también los dos grandes episodios que definieron el Nuevo Reino: la captura del cacique Tunja, con cerca de 180.000 pesos en oro fino y bajo y gran número de esmeraldas obtenidos en el botín; y la fundación de Santafé, el 6 de agosto de 1538, en el sitio de esparcimiento del Zipa en Teusaquillo, con el nombre traído desde la villa que los Reyes Católicos habían levantado cerca de Granada, en Andalucía, para el asedio final al reino nazarí. De ahí vino el nombre del territorio: Nuevo Reino de Granada, homenaje del extremeño Quesada a su patria chica. Cuenta, en fin, el episodio decisivo que evitó una guerra entre españoles: la convergencia sobre la Sabana, poco después de la fundación, de Nikolaus Federmann desde la Venezuela occidental y de Sebastián de Belalcázar desde Quito, fundador en el camino de Popayán y Cali. Los tres capitanes, cada uno con derechos discutibles sobre el territorio muisca, optaron por no combatir entre sí; el arreglo terminó dirimiéndose lejos, en España.

Todo esto Castellanos lo escribió medio siglo después de los hechos, cuando muchos de los protagonistas ya habían muerto y otros —Quesada mismo hasta 1579— habían tenido tiempo de contarle sus versiones. De esa cercanía nacen sus momentos más valiosos como fuente. Cuando escribe sobre Quesada, por ejemplo, aporta un detalle que ninguna otra crónica registra: el conquistador era aficionado al cultivo de la poesía y defendía el uso de los antiguos metros castellanos frente a los modernos metros de imitación italiana que estaban imponiéndose desde Garcilaso. Es un dato menor y precioso: Quesada, autor del Antijovio —refutación del obispo italiano Paulo Jovio— y de la Memoria de los descubridores y conquistadores del Nuevo Reino de 1576, aparece en Castellanos no solo como capitán de conquista sino como hombre de letras con opiniones literarias formadas. Sin las Elegías, ese perfil intelectual del fundador de Santafé sería mucho más plano.

Los límites, sin embargo, son reales. Los cronistas del siglo XVI, Castellanos incluido, usaban categorías convencionales —"provincias", "valles", "señoríos"— que resultan hoy difíciles de identificar cartográficamente. Sus cifras, cuando hablan de guerreros o de habitantes, deben leerse con desconfianza. Y el aparato épico que hereda del Renacimiento no es un barniz superficial: es una manera de ver que reordena a los indígenas como enemigos dignos o como enemigos viles según convenga al retrato del capitán, y que aplana muchas veces la textura de las sociedades muiscas para hacerlas caber en el molde clásico de reinos con reyes. El Nuevo Reino, en las Elegías, aparece dividido en dos grandes provincias o señoríos, Bogotá y Tunja, cuyos nombres coinciden con los de sus respectivos señores, siendo el de Bogotá el más poderoso; ese esquema binario, útil como aproximación, oculta la complejidad real del sistema político muisca. Castellanos, por eso, se lee mejor en paralelo con las crónicas de fray Pedro de Aguado, fray Pedro Simón y Gonzalo Fernández de Oviedo, en un juego de contrastes que hoy resulta ya rutinario.

La lengua de la Conquista

Hay un plano en el que las Elegías funcionan sin ambigüedad como documento de primer orden: el lingüístico. La obra registra un centenar largo de americanismos, con clara predominancia del complejo antillano —arahuaco o taíno— y presencia menor de voces caribes, chibchas y de otras lenguas indígenas. El estudio sistemático de este corpus permitió reconstruir un episodio central de la historia de la lengua española: el proceso por el cual el castellano, al llegar al Caribe y no encontrar palabras propias para nombrar la realidad americana, adoptó las voces indígenas que oía en boca de arahuacos y taínos, las asimiló, y luego las llevó consigo cuando la Conquista avanzó hacia Tierra Firme y hacia el sur.

Castellanos es, en ese proceso, un testigo privilegiado por dos razones. Primero, porque aprendió las palabras en el orden en que la Conquista las aprendió: primero las antillanas, en su etapa caribeña, y luego las chibchas y otras cuando llegó al Nuevo Reino. Segundo, porque, con criterio de escritor, escogió las que perdurarían. Muchos de los americanismos que aparecen por primera vez en las Elegías pasaron al léxico general del español y siguen usándose hoy sin que quien los emplea sepa que su primer registro escrito está en las octavas de un cura sevillano de Tunja. El cronista que necesita nombrar una fruta, un árbol, un utensilio, una autoridad indígena tiene dos caminos: forzar un símil europeo —"parecida al níspero", "a manera de duque"— o adoptar la voz local. Castellanos hace las dos cosas, a veces en el mismo pasaje, pero se inclina con notable frecuencia por la segunda; y cuando la adopta, la fija en el verso, la explica de paso, la deja disponible para los lectores posteriores. En sus octavas se encuentran, junto a los nombres de conquistadores, los nombres de las cosas que esos conquistadores vieron por primera vez. Ese doble catálogo —de hombres y de palabras— es una parte esencial de lo que las Elegías legaron.

Un nodo en la red cronística

El peso de Castellanos en la historiografía neogranadina no se explica solo por su condición de testigo, sino también por su lugar como fuente de fuentes. En la cadena de transmisión escrita que va desde las primeras crónicas hasta la historiografía culta del siglo XVII, ocupa una posición nodal. Juan Rodríguez Freyle, al componer entre finales de la década de 1620 y 1636 El Carnero —esa obra inclasificable, mitad crónica, mitad ficción, mitad verdad histórica, que se terminó cuatro años antes de la muerte de su autor en 1642 pero que solo llegó a la imprenta en 1859—, se basó explícitamente en las crónicas de fray Pedro Simón y del padre Juan de Castellanos, además de en la extensa tradición oral americana. Castellanos, muerto en 1607, fue así el sustrato escrito sobre el que se levantó una parte importante de la memoria colonial del Nuevo Reino, incluso cuando esa memoria se transformó en algo tan distinto de una crónica épica como es El Carnero.

La red no termina ahí. Las Elegías aparecen citadas en paralelo con las obras de Aguado, Simón y Fernández de Oviedo en los episodios clave de la conquista del Nuevo Reino y del Perú —incluida la expedición de Belalcázar hacia el norte—, y hoy funcionan en la práctica como una de las cuatro grandes fuentes cronísticas del siglo XVI para la región. En su propio tiempo, Castellanos recibió reconocimiento contemporáneo: el capitán Bernardo Vargas Machuca, autor de la influyente Milicia y descripción de las Indias publicada en Madrid en 1599 y también autor de un libro contra Bartolomé de Las Casas, le dedicó un soneto laudatorio. No era un elogio menor: Vargas Machuca era un hombre de guerra y de letras con presencia editorial en la corte, y su gesto sitúa a Castellanos en el mapa literario del imperio ya en vida.

Esa doble condición —testigo y fuente, cronista y modelo para cronistas posteriores— explica que la influencia historiográfica de Castellanos haya sido desproporcionada respecto a la circulación impresa efectiva de su obra. Las Elegías solo se publicaron parcialmente en vida del autor, con la primera parte aparecida en Madrid en 1589, y la edición completa tardó siglos; sin embargo, sus versos y sus datos circularon en copias manuscritas y, sobre todo, a través de los cronistas que los usaron sin siempre nombrarlos, hasta convertirse en parte del sustrato común de la memoria escrita del Nuevo Reino. Ese modo de circular —oblicuo, sin autoría siempre reconocida, filtrado por otras plumas— explica también por qué durante mucho tiempo se le leyó menos de lo que se le debía: el que lo usaba no siempre lo citaba, y el lector medio del período colonial pudo estar leyendo Castellanos sin saberlo, a través de Simón o de Rodríguez Freyle.

Los últimos años: el testamento

De los años finales de Castellanos en Tunja queda una huella documental precisa. En 1607, ante la Notaría Segunda de la ciudad, otorgó su testamento, conservado en el protocolo de ese año. El documento lo identifica como beneficiado, el cargo eclesiástico estable que había ejercido durante décadas. Es una foja seca, de las que cierran una vida sin adornarla: menciona bienes, deudas, disposiciones piadosas, herederos.

Su interés desborda el campo literario. La foja ha sido examinada por quienes estudian la economía material de la Tunja colonial —los textiles, las mantas indígenas que circulaban como tributo y como riqueza en la provincia—, señal de que las manos de un cura que había pasado por las perlerías del Caribe y por las jornadas del altiplano seguían tocando, hasta el final, los objetos concretos de la sociedad en la que había envejecido. Entre las mantas de tributo y los libros de sacristía, entre las rentas parroquiales y las disposiciones piadosas, el testamento dibuja el mundo doméstico de un beneficiado que había convertido su casa en el archivo de una empresa continental: allí seguían, presumiblemente, los borradores de las Elegías, los cuadernos con listas de nombres y palabras, las anotaciones de los veteranos que habían pasado por su mesa a contarle jornadas de treinta y cuarenta años atrás.

En ese mismo 1607, muy probablemente, Castellanos murió. Dejaba, además de sus bienes materiales, una obra manuscrita que era, ya entonces, la mayor empresa poética escrita en América. Había cumplido, mal que bien, la promesa implícita del proyecto: no dejar sin nombre a los conquistadores que él había conocido o de los que había oído hablar. Escribió para que no se olvidaran. Y de sí mismo dejó lo suficiente para que tampoco se lo olvidara: unas octavas dispersas, un cargo eclesiástico y una foja notarial.

La huella

La recepción posterior de Castellanos ha oscilado entre el reconocimiento respetuoso y la incomodidad. Su enorme extensión desanima a los lectores; su lengua, aunque más viva de lo que se dice, tiene tramos de prosa versificada más que de poesía propiamente dicha; su tendencia al catálogo —conquistador tras conquistador, jornada tras jornada— fatiga. Se le ha reprochado un estilo prolijo y poco dado a presentar pruebas, la confianza de quien acumula y no de quien demuestra. La observación es injusta si se generaliza, pero apunta a algo real: esa manera de escribir fue leída durante siglos como falta de rigor.

En el siglo XX empezó a rehabilitársele por vías distintas. La Historia de la Literatura en la Nueva Granada, desde la Conquista a la Independencia de Vergara y Vergara le devolvió un lugar destacado en el estudio del período colonial. Sobre ese suelo trabajó luego Mario Germán Romero, cuya monografía fijó el marco biográfico y literario sobre el que sigue trabajándose. Por otro camino, el análisis lingüístico de los americanismos emprendido por Manuel Alvar transformó las Elegías en un documento de primer orden para los historiadores de la lengua. Más cerca en el tiempo, William Ospina defendió con vehemencia al cronista en Las auroras de sangre: Juan de Castellanos y el descubrimiento poético de América, ensayo que lo presenta como fundador de una tradición poética americana que redescubre el continente a través de la palabra, y que lo devolvió, si no al gran público, sí a las mesas de novedades y a un debate contemporáneo sobre qué se hace, cuatro siglos después, con un poeta de esta escala y de esta rareza.

Queda, sobre todo, una posición decantada: las Elegías, pese a las lecturas divergentes que han suscitado, tienen un valor documental innegable, inseparable de sus méritos literarios reales. Castellanos no es Ercilla ni pretende serlo; no escribió La Araucana. Escribió otra cosa: un archivo en verso, un catálogo homérico de una empresa histórica concreta, contado por alguien que estuvo cerca. Ese archivo es imperfecto, mediado, deformado por el molde épico y por la propensión al dramatismo. Pero para muchos episodios de la Conquista del Nuevo Reino de Granada y del Caribe hispánico del siglo XVI es uno de los pocos disponibles. Sin Castellanos, se sabría menos de nombres, de fechas, de rutas, de muertes, de palabras indígenas incorporadas al español. La historia de Colombia tiene fuentes más elegantes y más rigurosas; ninguna otra combina, para su primer siglo colonial, la escala, la cercanía y la voluntad de registro de un cura de Tunja que, hacia 1600, se sentó a versificar lo que había visto y lo que le habían contado.

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Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

23 documentos · 29 fragmentos
01Peregrinación de AlphaManuel Ancízar · 2016 · Página 3751 cita
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se avecindaron en Tunja, labrando casas cos - tosas, cuyas portadas sembraron de escudos de armas «para eternizar su fama en la posteridad», según cándidamente lo afirmaba Juan de Castellanos, primer cura y cronista de la encopetada ciudad, la cual, no obstante todo aquello, progresó tan poco, que ciento cincuenta…

p. 375
02Economías prehispánicas de ColombiaAlberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres, Santiago Giraldo, Daniela Castellanos Montes, Marianne Cardale de Schrimpff, Carl Henrik Langebaek, María Antonieta Corcione Nieto, Catalina Zorro, Luisa Mendoza, Marcela Bernal, Lucero Aristizábal, Leonor Herrera · Página 4232 citas
[2]

diferentes colores o con imágenes sagradas de la nueva religión. También las utilizaron para el “cielo” o cobertura textil ubicada en la parte superior del altar a modo de baldaquín. “…y porque del todo se extirpe la idolatría ordenaron y mandaron que los indios no traygan mantas pintadas con figuras de tunjo o…

p. 423
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diferentes colores o con imágenes sagradas de la nueva religión. También las utilizaron para el “cielo” o cobertura textil ubicada en la parte superior del altar a modo de baldaquín. “…y porque del todo se extirpe la idolatría ordenaron y mandaron que los indios no traygan mantas pintadas con figuras de tunjo o…

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03Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · Páginas 479, 4892 citas
[4]

Esteban de Asensio; cuatro escritos monogr á ficos del fiscal y oidor de la Real Audiencia don Francisco Guill é n Chaparro; la obra del capit á n Bernardo Vargas Machuca Milicia y descripci ó n de las Indias (Madrid, 1599), quien fue adem á s autor de un libro contra el padre Bartolom é de las Casas y de un soneto…

p. 479
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que se enri quece con gran copia de americanismos ling üí sticos que aparecen aqu í algunos por primera vez y entre los cuales sabe escoger certe ramente los que van a perdurar en la lengua espa ñ ola. Demuestra Manuel Alvar u, que los indigenismos de Castellanos, como los que quedar á n definitivamente incorporados…

p. 489
04¿Por qué fracasa Colombia?Enrique Serrano López · 2016 · Página 1151 cita
[5]

Juan de Castellanos se parece mucho a los colombianos de nuestros días, a una persona que puede hablar durante horas, días y quizá años, sobre temas muy variados, pero a quien le resulta muy difícil y problemático presentar pruebas sobre lo que ha hecho y dicho. Alguien en quien se puede ver una huella muy cabal de…

p. 115
05Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · Páginas 247, 2492 citas
[6]

obra escrita con intención claramente literaria en el Nuevo Reino, las Elegías de varones ilustres de Indias, de Juan de Castellanos. Como única ex- cepción a la tendencia italianizante, pueden mencionarse las redondillas citadas por Castella- nos en las Elegías que atribuye al soldado Lo- renzo Martín, compañero de…

p. 247
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257 poética, también la materia se ha convertido en poética y como tal debe juzgarse: los sucesos de la historia se han convertido en ocasión de su poetizar... «A la poesía hay que medirla con el metro de la poesía y no de la historia... De esta manera, el tan manido problema de si Castellanos es o no es…

p. 249
06Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · Página 351 cita
[7]

poética del Renacimiento para pintar con tintes heroicos a los conquistadores de la zona equinoccial como héroes de la Ilíada o la Odisea, como varones ilustres que se aventuraban por un territorio selvático, con ríos y montañas enormes, que se enfrentaban a comunidades indígenas que no se caracterizaban por su…

p. 35
07Historia de la vida cotidiana en ColombiaBeatriz Castro Carvajal (editora) · 2016 · Página 281 cita
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corte, el único lugar donde podía obtener por merced real su título de gobernador. Otra razón para que Belalcázar se dirigiese al norte debía estar relacionada con las experiencias de dos de sus compañeros, Juan de Avendaño y Luis de Sanabria. Aven- daño había hecho parte de la exploración de Diego de Ordás, Orinoco…

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08Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · Páginas 99, 4372 citas
[11]

más comúnmente cita dos hasta ahora y contenidos en cronistas y relaciones de la Conquista. En este tipo de documentación suele encontrarse un recorte ficticio y general mente convencional en «provincias» y «valles». A pesar de esta preocupa ción de cronistas y observadores de la época de la Conquista para hacer una…

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mantener un almacén en Tunja, en donde los frutos de la tierra se codeaban con las «ropas de Castilla». Según las cuentas de alcabalas, Mancipe era uno de los encomenderos que realizaba, año tras año, las operaciones más cuantiosas122. Con todo, a pesar de la seguridad de sus ingresos, los encomenderos no podían…

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09Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · Página 1661 cita
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cuatro años antes de su muerte, en 1642. Desde el punto de vista historiográfico, Rodrí- guez Freyle se basa en las crónicas de fray Pedro Simón, el padre Juan de Castellanos y en la ex- tensa tradición oral americana. Rafael Humberto Moreno-Durán considera que esta obra, concebi- da inicialmente como una crónica,…

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10Violencia pública en Colombia, 1958-2010Marco Palacios · 2012 · Página 381 cita
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de la Real Audiencia. Los arzobispos, preben- dados y dignidades que han sido de esta santa iglesia catedral, desde el año de 1539, que se fundó, hasta 1636, que esto se escribe; con algunos casos sucedi- dos en este Reino, que van en la historia para ejemplo, y no para imitarlos, por el daño de la conciencia, obra…

p. 38
11Manual de Historia de Colombia, Tomo IIIJaime Jaramillo Uribe (director científico), Jesús Antonio Bejarano, Darío Mesa, Miguel Urrutia Montoya, Germán Téllez Castañeda, Germán Rubiano, Rafael Gutiérrez Girardot · 1980 · Página 7141 cita
[14]

588 - 589 - 590. Rodr í guez, Manuel del Socorro: 541 574 - 578 - 584. Rodr í guez Salamanca, Pedro (v. Salamanca, Pedro Rodr í guez). Rodr í guez de San Isidro: 362. Rogers, David J.: 112. Rojas, Luis de: 190 - 191 - 192. Rojas, Ulises: 300. Rold á n, Francisco: 123 - 126 - 132. Rold á n, Juan: 535. Romero Rojas, Jos…

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12Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · Página 1881 cita
[15]

Nuevo Reino de Granada (Sevilla, 1918). 284. Ramos, Demetrio: “Consideraciones acerca de Fray Pedro de Aguado”, RI, Madrid, 98 (1968). 285. Romero, Mario Germán: Juan de Castellanos... (Bogotá, 1964). 286. Vergara y Vergara, Gabriel: Historia de la Literatura en la Nueva Granada, desde la Conquista a la Independencia…

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13Historia económica y social de Colombia IIGermán Colmenares · 1999 · Página 181 cita
[16]

la esclavitud, la actividad minera, el surgimiento de la hacienda, los mecanis- mos de crédito, etc.; es decir, todas las posibles determinaciones de una realidad que había que reducir conceptualmente o, a la manera que es pro- pia de los historiadores, descriptivamente. Porque, al fin de cuentas, nin- guna promesa de…

p. 18
14Antropología hecha en Colombia. Tomo IIEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · Página 311 cita
[17]

utilizaban el calificativo de santafereño asociado al raizalismo, como una forma de criticar a las élites establecidas y tradicionales de la ciudad capital, en el contexto de la emergencia de un nuevo tipo de élites relacionadas con ideales económicos y culturales, modernos y nacionales. Para los antioqueños era más…

p. 31
15Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · Página 131 cita
[19]

las comunidades religiosas que se establecieron en la ciudad de Tunja desde el momento mismo de su fundación (1539). Al Letra capital de un libro de coro iluminada con las armas del arzobispo Lobo Guerrero. 739 mismo tiempo acudieron tallado- res y artistas de la región, convoca- dos por dichas comunidades para la…

p. 13
16Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · Página 171 cita
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reunieron en el cacicazgo de Bacatá (Bogotá) con la expedición de Jiménez de Quesada proveniente de Santa Marta. 1. Expedición de Jiménez de Quesada El primero de abril de 1536 don Pedro Fernández de Lugo, gobernador de Santa Marta, dio en su “Instrucción y Memoria” para la jornada que iba al “Río Grande”, nombrando…

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17Memorias para la historia de la medicina en Santafé de BogotáPedro María Ibáñez · 2017 · Página 221 cita
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salió el 6 de abril del año de 1536 otra expedición de 705 hombres mandada por don Gonzalo Jiménez de Quesada, con el objeto de conquistar las tie- rras situadas a las cabeceras del río Magdalena. Quesada enfermó gravemente en el Carare, lugar en donde dispuso que Juan Gallegos regresase a Santa Marta con los enfer-…

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18Invading Colombia: Spanish Accounts of the Gonzalo Jiménez de Quesada Expedition of ConquestJ. Michael Francis · 2007 · Página 1421 cita
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1 Heredia, Pedro de founder of Cartagena, 39 n. 9 governor of Cartagena, 9 n. 19, 29, 29 n. 17 Hernández, Gonzalo, 46 n. 25, 57 Hernández Gallegos, Diego, 42 n. 17, 49, 52 injured in battle, 57 Hierro Maldonado, Hernando, 96 n. 26 Hispaniola, 3, 32, 39 n. 8 horses, 21, 28, 29 n. 16, 35 n. 1, 72, 84, 88, 96, 97, 105,…

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19Colombia: A Country StudyRex A. Hudson (editor) · 2010 · Página 1011 cita
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half of his party to shipwreck at the mouth of the Magdalena and to disease, insects, and hunger on the march. After easily overcoming armed resistance, Jimenez de Que- sada and his lieutenants occupied the entire Muisca territory and on August 6, 1538, founded the city of Santafe (present-day Bogota, known as Santa…

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20El Dorado: estampas de viaje y cultura de la Colombia suramericanaErnst Röthlisberger · 2017 · Páginas 288, 2942 citas
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relati- vamente desarrollada. Luego de que los pacíficos habitantes de la Sabana quedaron sometidos, no sin que dejaran de cometerse al- gunas innecesarias crueldades y asesinatos en la persona de sus jefes, dispuso Quesada construir una ciudad en algún punto favorable y adecuado. Eligió para ello el lugar de es-…

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y hombre de gran tacto político y agudeza de observación, el de más talento de aquellos tres conquistadores. Federmann, cuyo lugar de nacimiento no es conocido, era también de aventajada estatura y rostro blanco y bello, orlado de rojiza barba, muy diestro en toda clase de ejer- cicios, tan cortés y suave que jamás se…

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21The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · Página 441 cita
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dismounted, and placed guards on sentry duty in order to prevent the Indians from attacking again. That night the Christians seized close to 180,000 pesos of fine and low- grade gold, as well as a great number of emeralds. The sun had not been up for three hours when another group of Indians attacked; however, having…

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22Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · Página 1221 cita
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reinos, precisamente para asociar no sólo las gentes con sus territorios, sino a ambos con grandes líderes políticos. El Epítome afirmó que: Este Nuevo Reino de dibide en dos partes, en dos probinçias. La una se llama Bogotha, la otra de Tunja, y ansi se llaman los s[eñor]es della, del apellido de la t[ie]rra. Cada…

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23Colombia complejaJulio Carrizosa Umaña · 2014 · Página 2892 citas
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pensamiento criollo en Colombia y Venezuela. Uniandes. Colombia. Ospina, W. 2007. Las auroras de sangre: Juan de Castellanos y el descubrimiento poético de América. Belacqva de Ediciones y Publicaciones. Barcelona, España. Pabón, J. D., J. Zea, G. León, G. Hurtado, O. C. González y J. E. Montealegre. 1998. La…

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Colombia. Ospina, W. 2001. Los nuevos centros de la esfera. Ensayos. Editorial Aguilar. Colombia. En: Langebaek, C. H. 2009. Los herederos del pasado: indígenas y pensamiento criollo en Colombia y Venezuela. Uniandes. Colombia. Ospina, W. 2007. Las auroras de sangre: Juan de Castellanos y el descubrimiento poético de…

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