Circuitos de intercambio interregional y microverticalidad muisca
Entre 1400 y 1537, las comunidades muiscas del altiplano cundiboyacense articularon un sistema de intercambio no monetario que conectaba la sabana fría de Bogotá con el valle del Magdalena, el piedemonte llanero y la costa Caribe, integrando pisos térmicos mediante mercados periódicos, especialización cacical por producto y circulación de bienes como sal, mantas, oro, coca y esmeraldas. Este sistema constituye uno de los casos mejor documentados de integración ecológica prehispánica en Colombia y ofrece un contrapunto al modelo del control vertical de archipiélagos ecológicos formulado por John V. Murra para los Andes centrales.
- La compresión ecológica de la cordillera Oriental, que en pocas jornadas de camino yuxtapone tierra fría, templada y caliente, generó una complementariedad estructural de recursos que ninguna comunidad podía satisfacer por sí sola.
- La especialización cacical en productos estratégicos —sal en Zipaquirá, coca en el Chicamocha, tabaco en Samacá, algodón en el piedemonte— creó dependencias intrarregionales que solo el intercambio podía resolver.
- La ausencia de depósitos auríferos en el territorio muisca obligó al Zipa a obtener oro mediante comercio con el valle del Magdalena, articulando un circuito de larga distancia basado en el monopolio salino de Zipaquirá.
- La alta densidad demográfica del altiplano generó una demanda sostenida de bienes que la tierra fría no producía, como coca, algodón y frutos tropicales, impulsando el tráfico interregional desde épocas muy anteriores a 1400.
- La existencia de rutas naturales —vertientes de los ríos Apulo, Seco, Sogamoso y Opón— facilitó los desplazamientos regulares entre pisos térmicos y la consolidación de infraestructura de albergue para mercaderes.
- Se consolidó un sistema de mercados periódicos de ciclo cuatridiano, ubicados dentro de los cercados cacicales, que integraron políticamente a los cacicazgos del altiplano y sus vecinos bajo la autoridad de zipas y zaques.
- La sal de Zipaquirá alcanzó una distribución geográfica de hasta ochocientos kilómetros, llegando al sur hasta Neiva, al norte hasta Barrancabermeja y al oriente hasta los Llanos, convirtiendo al Zipa en el actor dominante de los circuitos de larga distancia.
- Las mantas de algodón emergieron como el bien de referencia más aceptado en los intercambios, funcionando como cuasi-moneda sin llegar a ser un medio general de cambio estandarizado, lo que define el carácter no monetario de la economía muisca.
- El hallazgo de depósitos de sal y mantas cerca de La Tora por exploradores de la expedición de Jiménez de Quesada en 1537 orientó la conquista española hacia el altiplano, convirtiendo los circuitos de intercambio muisca en un factor directo de la invasión.
- El sistema dejó evidencia arqueológica duradera —restos de batata y aguacate en Zipacón hacia 3.270 años antes del presente, caracoles Strombus en la sabana— que permite rastrear la microverticalidad muisca mucho antes del período estudiado y documentar la profundidad temporal de la integración ecológica andina en Colombia.
Circuitos de intercambio interregional y microverticalidad muisca (1400–1537)
En el siglo previo a la llegada de las huestes de Gonzalo Jiménez de Quesada al altiplano cundiboyacense, las comunidades muiscas habían tejido un sistema de intercambio que conectaba la sabana fría de Bogotá con el valle caliente del Magdalena, el piedemonte llanero y, por vías más indirectas, la costa Caribe. Un entramado de mercados periódicos, especialización cacical por producto y circulación de bienes valorados —sal, mantas de algodón, oro, coca, esmeraldas, yopo, caracoles marinos— que integraba pisos térmicos separados por pocas horas de camino y regiones distantes hasta ochocientos kilómetros. Montado sobre la geografía escalonada de la cordillera Oriental y sostenido por la autoridad de zipas, zaques y caciques menores, este sistema constituye uno de los casos mejor documentados de integración ecológica prehispánica en Colombia, y ofrece un contrapunto ineludible al modelo del "control vertical de un máximo de pisos ecológicos" formulado para los Andes centrales.
El escenario físico: pisos térmicos en distancias cortas
El altiplano cundiboyacense se extiende entre los 2.500 y los 2.600 metros sobre el nivel del mar, con temperatura media de 13,5 °C y una precipitación anual cercana a los 850 milímetros. Es tierra fría de sabanas amplias —la de Bogotá suma 4.250 kilómetros cuadrados— rodeada por páramos que trepan hasta los 4.000 metros en el macizo de Sumapaz. En época seca, las oscilaciones diarias son brutales: máximas de 25 °C, mínimas bajo cero. Allí prosperan la papa, el maíz de altura, los cubios, las quinuas y los fríjoles; no la coca, ni el algodón, ni los frutos de tierra caliente.
Lo decisivo de esta geografía no es la altitud del altiplano sino la brevedad de la distancia que lo separa de los otros climas. La cordillera Oriental cae hacia el oeste sobre el valle del Magdalena y hacia el este sobre el piedemonte llanero en pendientes tan pronunciadas que, en pocas jornadas de camino, un grupo humano puede atravesar tierra fría, templada y caliente. Las vertientes de los ríos Apulo, Seco y Sogamoso funcionaron como corredores naturales que enlazaron los pisos cálidos con la sabana; por el flanco septentrional, los valles del Chicamocha y el Suárez ofrecieron otros pasos. Esta compresión ecológica —microverticalidad, en el vocabulario de la antropología andina— fue la premisa material sin la cual el sistema muisca no podría entenderse.
Que los desplazamientos entre pisos térmicos son muy antiguos lo confirma un dato arqueológico de peso. En el sitio de Zipacón, en una capa datada hacia 3.270 años antes del presente, coexisten restos de batata —planta de tierra templada o caliente— y endocarpios de aguacate, también de piso cálido, en pleno altiplano frío. La combinación es imposible localmente: prueba que ya en el segundo milenio antes de Cristo había circulación regular de productos entre las tierras del Magdalena, las vertientes cordilleranas y la sabana. Al mismo orden de evidencia pertenecen los fragmentos de caracoles marinos del género Strombus hallados en la sabana desde épocas prehistóricas, que documentan contactos hasta el Caribe muchos siglos antes de la conquista.
Sobre esta base ecológica, y con la mayor concentración demográfica prehispánica del actual territorio colombiano asentada precisamente en el altiplano, se levantó la sociedad muisca. Su cohesión y su camino hacia formas cacicales complejas se sostuvieron en una base de recursos permanentes y de fácil aprovechamiento; su intercambio, en la explotación deliberada de las diferencias que la cordillera ofrecía a la mano.
Especialización cacical: quién producía qué
Hacia 1537, cuando los cronistas de la expedición de Jiménez de Quesada empezaron a describir el mundo muisca, la producción especializada de ciertos bienes estaba asociada de manera nítida a territorios cacicales precisos. La sal era el caso más evidente. Las minas de Zipaquirá, junto con las salinas de Nemocón y Tausa, otorgaban al Zipa —el gran cacique de Bacatá— una posición sin equivalente: eran los únicos yacimientos de sal gema explotables a gran escala en la región, y su producto se comerciaba a distancias enormes. Los panes de sal muiscas llegaban hacia el sur hasta Neiva, hacia el norte hasta los alrededores de Barrancabermeja, en el Magdalena medio, y penetraban hacia el oriente a unos ochocientos kilómetros del altiplano. La sal era un producto geográficamente restringido, esencial para la vida y ausente en las tierras vecinas: esa combinación de necesidad y escasez la convertía en el bien de intercambio de larga distancia por excelencia.
La coca tenía como productores más importantes a los cacicazgos del valle seco del Chicamocha, aunque también se obtenía en las laderas templadas de la cordillera. Los muiscas del altiplano frío, que no podían cultivarla en sus propias sabanas, dependían de este comercio interno con las comunidades cordilleranas de piso templado y del valle del Magdalena. El tabaco, en cambio, se concentraba en el Valle de Samacá, Icaga y Oicatá, tres cacicazgos cercanos a Hunza (Tunja) que abastecían al Zaque y a sus tributarios.
El algodón siguió una lógica distinta, más difusa. Se cultivaba en el piedemonte llanero, en términos de Vélez, en territorio panche y muzo, y en las partes bajas y templadas de los valles de los ríos Garagoa y Negro. Algunas comunidades muiscas con acceso a parcelas templadas —Subachoque, por ejemplo, con excedentes documentados— producían su propio algodón; otras lo obtenían íntegramente por comercio. De Chita, en territorio de los laches, en el piedemonte oriental de la cordillera, venía un algodón especialmente buscado para la producción textil muisca, práctica prehispánica que persistió en el periodo colonial temprano.
La orfebrería agrega otra capa. El territorio muisca carecía de depósitos auríferos: el oro que alimentó a los talleres de Guatavita, Tunja o Sogamoso venía enteramente de fuera, principalmente de la región de Neiva y de otros puntos del valle del Magdalena. El Zipa, pese a su poder, era en este renglón un importador: cambiaba sal, mantas y esmeraldas —estas últimas provenientes de las minas de Muzo, Coper y Somondoco— por el metal que sus orfebres transformaban en pectorales, narigueras y las célebres figuritas planas fundidas en oro o en tumbaga, la aleación de oro y cobre. Las esmeraldas, en cambio, sí eran producto propio, y salían del altiplano en dirección al Magdalena, a los Llanos y hasta zonas mucho más lejanas.
En este mapa de especialización, la autosuficiencia local seguía siendo la norma en los productos de subsistencia. Incluso en Tausa, una de las principales salinas, los indígenas sembraban maíz, papas y fríjoles, y a veces disponían de excedentes para el intercambio. Nadie vivía solo de la sal, ni solo de la coca, ni solo del algodón. La especialización operaba sobre la superficie de una economía campesina básicamente autosuficiente en alimentos, y añadía a esa base un estrato de bienes de circulación amplia cuya distribución seguía lógicas territoriales estrictas.
Los mercados periódicos y el ciclo de cuatro días
El mecanismo que hacía circular esa producción especializada era el mercado. Los muiscas celebraban mercados periódicos con un ritmo de cada cuatro días en Tunja y otros centros cacicales, ciclo asociado a su sistema de numeración. El sitio del mercado se ubicaba dentro del cercado del cacique: no era una plaza neutra sino un espacio bajo autoridad política directa.
Al mercado de Tunja acudían muchos caciques y señores principales de los cacicazgos circundantes, tanto por deferencia al cacique local como por sus propios intereses. La imagen es reveladora: los mercados no eran solo lugares de trueque entre productores anónimos, sino escenarios donde los jefes de las comunidades participaban activamente, negociando y desplegando sus propias redes. Un cacicazgo especializado —el productor de tabaco de Oicatá, por ejemplo— llegaba al mercado con sus excedentes y salía con los bienes que su territorio no producía; el cacique acompañaba y a menudo dirigía la operación.
Un caso menor pero muy ilustrativo es el de los sutagaos, al sur del altiplano, que acudían a los mercados de Pasca y Fusagasugá para adquirir mantas de algodón a cambio de maíz, papas, cubios, fríjoles, curíes, y carne y pellejos de venado. Lo que aparece aquí es un intercambio directo, palpable, entre productores de bienes específicos de sus zonas —los sutagaos, cazadores y horticultores del piedemonte sur; los muiscas de Pasca y Fusagasugá, tejedores— sin mediación monetaria y sin necesidad de un aparato administrativo que centralice y redistribuya. El mercado hace el trabajo.
Las mantas como cuasi-moneda
Que ese intercambio de mantas por maíz, curíes y venado funcionara sin más aparato que el mercado mismo tiene una condición: la existencia de un bien lo bastante aceptado como para ordenar el resto de las equivalencias. En la economía muisca ese bien fue el textil de algodón. Las mantas eran aceptadas en intercambio por muchas otras mercancías, funcionaban como unidad de referencia para tasar bienes disímiles y circulaban con una amplitud geográfica que ningún otro producto igualaba. En los relatos de los conquistadores, la manta aparece una y otra vez como aquello que los muiscas ofrecían y que a la vez servía para pedir cualquier cosa.
Llamarla "moneda" sería excesivo. Las mantas no eran homogéneas: existían las mantas finas, tejidas con esmero y decoradas, y existían las mantas chingas, hechas con tejidos menos elaborados y menor cantidad de trabajo, cuyo valor relativo era distinto. No había una unidad estandarizada. El oro y la sal, otros dos bienes de circulación amplia, tampoco alcanzaron a funcionar como medios generales de cambio: eran poco aceptados justamente en las regiones donde se producían en abundancia, lo que limitaba su papel como referente universal.
La economía muisca fue, en rigor, no monetaria. Se articuló por trueque e intercambio de bienes mediado tanto por necesidades materiales como por la importancia simbólico-religiosa de ciertos productos —el yopo, los caracoles marinos, ciertas piezas de orfebrería—. Pero dentro de esa lógica, la manta ocupó un lugar particular: era portable, divisible en tamaños, ampliamente aceptada, y su producción estaba distribuida entre muchas comunidades. Fue lo más parecido a un dinero que la sociedad muisca produjo, sin llegar a serlo del todo.
Los conquistadores lo notaron desde el primer encuentro. Cuando exploradores de la expedición de Jiménez de Quesada, remontando el río Opón en 1537, hallaron cerca de La Tora depósitos con grandes bloques de sal y mantas de algodón, entendieron que río arriba había una sociedad organizada y rica. Fue la combinación de sal minada y textiles elaborados, más que cualquier otro indicio, lo que alteró el rumbo de la expedición y la orientó hacia el altiplano.
El circuito del Magdalena: oro, coca y las trochas del Opón
La ruta principal hacia el oeste descendía desde el altiplano al valle del Magdalena por una serie de trochas en las estribaciones de la cordillera. Fray Pedro de Aguado, hacia 1581, las describió como tan angostas que los propios españoles tuvieron que ampliarlas cuando subieron. Eran caminos de mercader, no rutas ceremoniales: senderos estrechos ajustados al paso de indios cargueros con panes de sal, cestas de coca y fardos de mantas.
En la región del Opón, los conquistadores encontraron dos o tres bohíos que funcionaban como ventas y aposentos de mercaderes y pasajeros indígenas. Se trata de infraestructura permanente de albergue para viajeros de comercio, en tierras que ya no eran muiscas sino de grupos vecinos del Magdalena medio: la huella de un tráfico habitual entre comunidades organizadas para atenderlo, no de un contacto esporádico entre extraños.
Por esas rutas salían del altiplano los principales artículos de exportación muisca —sal, esmeraldas, coca de las laderas cordilleranas, telas de algodón— y entraban el oro del alto Magdalena y de Neiva, plumas de aves tropicales, aves vivas y yopo. El circuito operaba en dos sentidos y en cascada: los productores directos vendían a intermediarios de las tierras templadas, y estos a otros intermediarios de las tierras cálidas, sin necesidad de que un mismo mercader recorriera toda la distancia. El Zipa, en particular, obtenía por esta vía el oro que su territorio no producía y sin el cual no habría orfebrería en Guatavita ni en Bacatá.
La sal de Zipaquirá no era solo un producto: era el instrumento estructural sobre el que el Zipa apalancaba su posición en los circuitos de larga distancia. El monopolio salino le daba una ventaja permanente frente a otros cacicazgos y frente a las sociedades del Magdalena, que necesitaban su sal y no podían obtenerla en otra parte. La integración interzonal muisca no fue nunca puramente económica: estuvo atravesada por la política cacical, y sus flujos favorecieron a los jefes que controlaban recursos estratégicos.
El circuito de los Llanos: yopo, algodón y el tráfico de moxas
Cruzando la cordillera hacia el piedemonte y los Llanos corría otro circuito, de naturaleza distinta. Aquí los muiscas no comerciaban solo con sociedades cacicales complejas sino con grupos de cazadores-recolectores nómadas —cuyos descendientes son los actuales cuiva y otros pueblos de las sabanas— que abastecían al conjunto del sistema de bienes de importancia ritual: miel silvestre, venenos vegetales y, sobre todo, semillas de yopo, la Anadenanthera peregrina, tostadas y molidas para inhalarse por medio de tubos hechos con huesos de aves.
El yopo era, para los muiscas y para los laches del piedemonte, mucho más que una sustancia de goce: era el vehículo central de la comunicación con lo sagrado, y sostenía la práctica religiosa de los especialistas rituales. Su llegada al altiplano dependía de una cadena de intermediación larga: los cazadores-recolectores llaneros lo entregaban a grupos de cultura de selva tropical del piedemonte, y estos lo hacían llegar a los cacicazgos laches y muiscas. Esa cadena, tejida en pactos ritualizados y en visitas regulares, articuló a sociedades muy distintas: bandas nómadas cazadoras de la Orinoquia y jefaturas cacicales agricultoras del altiplano, unidas por el flujo de un alucinógeno.
Del mismo circuito oriental venía también el algodón de Chita, y parte de las plumas ceremoniales que aparecen entre los bienes importados. En los dominios de Sogamoso, el gran centro ceremonial en los bordes orientales de la cordillera, se ha registrado una importante parafernalia de drogas alucinógenas, y algunas creencias muiscas fueron influenciadas por el chamanismo amazónico. Los especialistas religiosos muiscas reclamaban capacidades asociadas a esa tradición. La geografía religiosa reforzaba así la geografía comercial: los cacicazgos orientales, más próximos al piedemonte, eran también los más permeados por las prácticas rituales que dependían de bienes llaneros.
Por esa misma vía se movía, sin embargo, un bien distinto y particularmente sombrío: los moxas. Se trataba de esclavos jóvenes conseguidos en la denominada Casa del Sol, ubicada en el piedemonte llanero, con el único propósito de ser sacrificados ritualmente por los muiscas. La cadena que abastecía al altiplano de yopo, plumas y algodón abastecía también de personas: niños capturados o entregados en tierras bajas para morir en ceremonias del altiplano, mercancía viva integrada en el mismo tramado de intermediarios que llevaba las semillas de la Anadenanthera. El paralelo no es casual. El sacrificio del moxa y la inhalación del yopo pertenecían al mismo horizonte religioso —la comunicación con el sol y con lo sagrado, protagonizada por los sacerdotes muiscas— y ambos bienes procedían de las mismas tierras llaneras. El circuito oriental no fue solo una ruta de sustancias: fue también, en su tramo más oscuro, una economía de cuerpos, plenamente inscrita en el orden ceremonial de los cacicazgos del altiplano.
El circuito norte y la conexión con la costa
Más allá del territorio muisca propiamente dicho, el sistema se prolongaba al septentrión hasta conectar con el mundo tairona de la Sierra Nevada de Santa Marta por medio de intermediarios sucesivos. Los tairona sostenían un mercado que, mediante esa cadena de intermediarios, alcanzaba el altiplano cundiboyacense. Los artículos de mayor trueque en ese intercambio de larga distancia eran objetos de oro, collares de cuentas de concha o de piedra, y caracoles marinos.
La geografía del circuito era desigual y silenciosa. A diferencia del corredor del Opón, con sus bohíos-venta y sus mercaderes indígenas visibles, la cadena que unía el Caribe con la sabana atravesaba territorios de los que las crónicas apenas conservan noticia: los valles medios del Magdalena, las estribaciones norte de la cordillera Oriental, los enclaves chibchas del actual Santander y los Andes de Ocaña. Cada tramo suponía intermediarios distintos, lenguas distintas, condiciones distintas de trueque. El oro tairona y las cuentas de concha pasaban de mano en mano hasta llegar, muy encarecidos por el trayecto, a los mercados del altiplano; los productos muiscas hacían el camino inverso —sal, esmeraldas, mantas— aunque con menor visibilidad documental, porque los cronistas que describieron el sistema estaban asentados en Bogotá y Tunja, no en la Sierra Nevada.
Los caracoles del Caribe llegaban así al frío altiplano —donde no crecen ni conchas ni corales— por una cadena de intermediación que atravesaba centenares de kilómetros y varias fronteras étnicas. La aparición temprana de Strombus en depósitos arqueológicos de la sabana de Bogotá muestra que este circuito norte era muy antiguo, mucho anterior a la consolidación de las jefaturas muiscas históricas. Los objetos marinos funcionaban como bienes de prestigio, marcadores de rango y elementos de tocado ceremonial: la distancia recorrida les añadía valor. En el mundo muisca, una concha marina que había pasado por cinco manos y cruzado tres cordilleras no era una curiosidad: era una insignia.
Los caciques, la redistribución y el problema del Estado
Los caciques muiscas eran actores centrales de este sistema. Controlaban la distribución del excedente concentrado mediante tributo en especie y en trabajo, y lo redistribuían en ocasiones solemnes: festejos, situaciones de guerra, momentos de necesidad. El trabajo tributario se destinaba al cultivo de las tierras del cacique, al sostenimiento del sacerdocio y, en menor medida, a obras comunes como los canales de desecación y riego que aún se detectan en la sabana. Los caciques asistían personalmente a los mercados, negociaban en ellos y desempeñaban además funciones militares.
Caracterizar esta política cacical como un aparato de centralización redistributiva al modo inca sería, sin embargo, excesivo. Los grandes jefes muiscas —el Zipa de Bacatá, el Zaque de Hunza, el iraca de Sogamoso, los caciques mayores de Duitama y Tundama— tenían influencia, alianzas y guerras, pero no imponían autoridad política directa sobre comunidades conquistadas. La guerra entre caciques muiscas tenía un carácter principalmente ceremonial y de reconocimiento competitivo; no hay registro de caciques impuestos desde Tunja, Sogamoso, Duitama o Bogotá sobre otros pueblos. Cada cacique era, en su territorio, dueño de sus tributos y sus mercados; los grandes señores presidían pero no administraban las economías subordinadas.
Los caciques concentraban excedentes y los redistribuían en ocasiones ceremoniales, pero el grueso del intercambio interzonal circulaba por mercados y por comercio directo entre comunidades, sin pasar necesariamente por la caja del cacique. La integración era policéntrica antes que jerárquica, y descansaba tanto en la agencia de los productores especializados y de los mercaderes intermediarios como en la de los jefes.
Muisca frente al modelo andino central: dos formas de integración vertical
El contraste con el modelo andino central permite precisar lo que el sistema muisca fue y lo que no fue. La hipótesis del "control vertical de un máximo de pisos ecológicos" sostiene que las sociedades andinas del Perú y Bolivia habrían accedido a productos de distintas altitudes enviando colonos permanentes —los mitmaqkuna en tiempos incaicos, con antecedentes preincaicos— a establecer enclaves productivos en tierras alejadas de la comunidad madre. El resultado era un "archipiélago vertical" de asentamientos discontinuos, todos subordinados políticamente al núcleo, distribuidos en pisos que iban desde la puna hasta la costa o la ceja de selva.
El modelo muisca operó sobre premisas geográficas y sociales distintas. La cordillera Oriental colombiana es menos ancha, y sus pisos térmicos están comprimidos en distancias mucho más cortas que las del altiplano peruano-boliviano; un pueblo del altiplano cundiboyacense podía enviar a sus productores a tierra templada y recibirlos de regreso en pocos días. Esa microverticalidad hacía innecesaria la colonización permanente y permitía dos alternativas más económicas: comunidades con parcelas en varios pisos accesibles desde su asentamiento principal —Subachoque, con sus algodonales en tierra templada, es un ejemplo—, y mercados periódicos que hacían llegar los bienes de un piso a otro sin desplazar poblaciones.
Además, los cacicazgos muiscas no formaban un Estado unificado capaz de organizar y proteger colonias lejanas al modo inca. La integración interzonal descansaba, por tanto, en instituciones de intercambio —mercados, ferias, mercaderes profesionales, cadenas de intermediación— antes que en instituciones administrativas. Donde el Tahuantinsuyo enviaba mitmaqkuna, la Confederación muisca convocaba mercados cada cuatro días en el cercado del cacique.
Fueron respuestas distintas a problemas distintos, adaptadas a geografías y a escalas políticas distintas. El sistema muisca alcanzó, mediante intercambio, integraciones ecológicas que en los Andes centrales requirieron colonización y Estado; y logró articular, sin aparato imperial, redes de larga distancia que llegaban de Neiva a Barrancabermeja y de la costa Caribe a los Llanos.
Cuando en marzo de 1537 la hueste de Jiménez de Quesada emergió por las trochas del Opón sobre la sabana de Bogotá, no encontró un imperio ni una economía de mercado, sino algo más difícil de nombrar: una red de cacicazgos ligados por la sal y las mantas, por el oro y las esmeraldas, por la coca y el yopo, integrada sin colonias y sin dinero, sostenida por mercados cada cuatro días y por caminos angostos que bajaban a las tierras calientes. La conquista desmontó el sistema en pocas décadas; pero antes de desmontarlo, los conquistadores dejaron —en cartas, relaciones y visitas— las huellas que hoy permiten reconstruirlo: una de las economías prehispánicas más sofisticadas de América, cuya sal viajaba ochocientos kilómetros por relevos de mercaderes, sin registro escrito y sin administración imperial que la controlara.