Sogamoso
“Sogamoso es uno de los pocos lugares de Colombia donde la herida de la Conquista puede leerse en la geografía urbana: el Templo del Sol, centro del sistema religioso muisca y repositorio de los archivos de Iraca, fue incendiado en 1537 y su…”
En el extremo oriental del altiplano boyacense, a 2.570 metros sobre el nivel del mar y bajo unos 5° 43' de latitud norte, se extiende Sogamoso: capital religiosa del pueblo muisca durante siglos, cabecera del Valle de Iraca y, desde mediados del siglo XX, uno de los vértices del eje siderúrgico colombiano. Sus aproximadamente 35.000 habitantes de mediados del siglo pasado la ubicaban entre los principales núcleos del departamento junto a Tunja (41.000) y Duitama (35.000), pero su peso en la historia nacional no se mide por demografía sino por dos capas superpuestas que la ciudad carga con dificultad. Fue asiento del Templo del Sol —el santuario mayor de los muiscas, cuya ubicación exacta se perdió antes de que terminara el siglo XIX— y es hoy el nodo urbano articulado a la siderúrgica de Paz del Río, la empresa que en 1948 pretendió inaugurar una industria pesada nacional. Entre esas dos identidades hay menos yuxtaposición que herida: el borramiento colonial del centro ceremonial dejó un vacío en el que la reinvención industrial se instaló sin llegar a consolidarse.
Una ciudad del altiplano
Sogamoso ocupa el fondo oriental de la altiplanicie cundiboyacense, allí donde el relieve empieza a quebrarse hacia el valle templado del río Chicamocha, que orienta la producción de la zona hacia Soatá y hacia Málaga, ya en Santander. La ciudad respira un clima de altura moderado por una precipitación anual de 1.456 milímetros, suficiente para sostener una agricultura estable y para explicar por qué el altiplano, desde hace milenios, ha sido uno de los espacios más densamente poblados del país. A pocos kilómetros, a más de 3.000 metros de altitud, se abre la laguna de Tota, en el municipio vecino de Aquitania. Sus doce kilómetros de longitud, sus seis de ancho promedio y su volumen cercano a los 1.920 millones de metros cúbicos, sumados a un origen tectónico y glaciar, la hacen el mayor lago natural de Colombia y la referencia hidrológica de todo este rincón del altiplano desde hace siglos.
La geografía no es telón: es actor. El mismo altiplano que concentró desde tiempos prehispánicos la mayor densidad de población muisca, que después alojó las encomiendas y las haciendas coloniales, y que en el siglo XX se convirtió en el corredor agroindustrial que va de Bogotá a Paipa y Duitama, orientó también la localización de Sogamoso como bisagra entre la altiplanicie y las tierras templadas del Chicamocha. Cada capa histórica se ha depositado sobre la anterior sin borrarla del todo, y la ciudad —cuyos habitantes se dicen sogamoseños— conserva bajo su trazado urbano la memoria de un lugar que fue, simultáneamente, sagrado, productivo y estratégico. La orientación del valle hacia el noreste, hacia el descenso del Chicamocha, y hacia el sureste, hacia la cuenca cerrada de Tota, define un doble régimen: la ciudad mira al comercio con Santander por un flanco y al depósito hídrico del altiplano por el otro. Esa dualidad geográfica anticipa la dualidad histórica que la marcará.
El Valle de Iraca y la centralidad ceremonial muisca
Antes de la llegada de los españoles, Sogamoso era el corazón del cacicazgo de Sugamuxi, uno de los territorios que a la hora de la Conquista todavía no se habían incorporado plenamente a la estructura federal muisca. Junto a Duitama, Sáchica, Tinjacá y Guachetá, mantenía una autonomía política que las visitas de oidores del siglo XVI reconocerían más tarde de manera explícita. Duitama y Sogamoso poseían sus propios feudatarios, y la Corona española llegó a aceptar oficialmente la autoridad de esos caciques, aun cuando esa aceptación conviviera con intentos paralelos de desconocer la autoridad de los encomenderos. Si ese señorío rendía tributo al Zaque de Hunza o preservaba una independencia efectiva es cuestión debatida sin acuerdo. Lo cierto es que Sugamuxi obedecía a una lógica distinta.
Esa singularidad tenía nombre: el señor de Sugamuxi no era un simple cacique, sino un sacerdote de alto rango. En la cosmovisión muisca, agricultura, astronomía, meteorología y calendario formaban un mismo tejido religioso, y los principales centros ceremoniales estructuraban esa síntesis. Sogamoso era, en ese sentido, la capital espiritual de una civilización que había desarrollado un aparato de observación del cielo y una liturgia agrícola en torno a la cual se organizaba la vida colectiva. Las grandes concentraciones humanas del territorio muisca no eran permanentes: la vida cotidiana transcurría en asentamientos pequeños y descentralizados, pero los centros ceremoniales como Sugamuxi se convertían periódicamente en escenarios de festejos prolongados donde miles de indígenas se congregaban. La autoridad no residía tanto en el control administrativo continuo como en la capacidad de convocar y ordenar el tiempo sagrado.
El Templo del Sol —que las crónicas llaman también templo de Iraca— era el centro material de ese sistema. En su interior, según la tradición recogida por los cronistas, se conservaban archivos: memorias, tradiciones, registros de linajes y quizá de observaciones astronómicas. Se han hallado en Sogamoso vestigios de postes u horcones de madera que marcan construcciones circulares u ovaladas del período prehispánico, coherentes con la arquitectura ceremonial muisca, aunque el conocimiento del sitio se sustenta más en hallazgos dispersos —guaquería, cerámica, oro y cobre recuperados sin contexto estratigráfico— que en excavaciones sistemáticas. La ocupación humana en el altiplano cundiboyacense se remonta a unos 12.000 años, con evidencias continuas desde aproximadamente el 900 d.C. hasta la Conquista, y Sogamoso forma parte de ese continuum de larga duración, con asentamientos de distinto tamaño ya documentados en el Muisca Temprano.
La Conquista: 1537-1540
En 1537 la hueste de Gonzalo Jiménez de Quesada penetró en el altiplano y desarticuló, en pocos meses, el orden político de los muiscas. Sogamoso cayó dentro de esa ola, y con ella el Templo del Sol, incendiado por los conquistadores en circunstancias que las crónicas transmiten con más leyenda que precisión. Lo que sí es histórico es la magnitud de la destrucción posterior. En 1540, tres años después de la entrada española, Saymoso, cacique de Duitama, fue asesinado; su sucesor Sy/imoso —también llamado Sitimoso o Sutimoso— tomaría el mando de un cacicazgo ya cercado. Poco después, Hernán Pérez de Quesada, hermano del adelantado, ejecutó la operación que selló el destino de las élites muiscas: reunidos en Tunja los uzaques y capitanes viejos con motivo del matrimonio del zaque de Hunzahúa, Pérez de Quesada dio muerte violenta al zaque y a toda la nobleza congregada. Con ese acto no solo se decapitó políticamente al pueblo muisca; se destruyeron las tradiciones orales que aún habrían podido preservar la memoria antigua. Los cronistas lamentarían, décadas más tarde, la pérdida irremediable de los archivos de Iraca, y no podrían suplirla con testimonios vivos porque los depositarios de esa memoria habían sido eliminados.
El resultado, en Sogamoso, fue un vaciamiento acelerado. Cuando cronistas y visitadores del siglo XIX quisieron localizar el emplazamiento exacto del Templo del Sol, nadie —ni los propios indígenas locales— podía indicarlo con seguridad. Se conjeturaba sobre un solar señalado por dos eminencias en sus extremos, del cual una familia indígena había extraído joyuelas y figuritas de oro. Esa incertidumbre no es un detalle folclórico: es la firma de una destrucción cultural exitosa. La esclavitud colonial había degradado a los indígenas de Sogamoso hasta hacerles perder la memoria de sí mismos. Cuando llegó el momento de recuperar la tradición, ya no había nada que recuperar.
Los caciques sobrevivientes, sin embargo, no desaparecieron de inmediato. El cacique de Sogamoso —homónimo del lugar— y el de Duitama continuaron ejerciendo una autoridad reconocida, en un marco de negociación donde la Corona española oscilaba entre validar su rango tradicional y someterlos a exigencias religiosas y de conducta cristianas. Esa ambigüedad se prolongó durante todo el siglo XVI y explica la peculiar continuidad institucional de los cacicazgos boyacenses en el orden colonial: nunca fueron simplemente aplastados, sino incorporados en condiciones desiguales a la nueva estructura de poder. La figura del cacique se volvió híbrida por dentro, sostenida por el reconocimiento oficial y erosionada por la evangelización, la carga tributaria y el desplazamiento de las tierras del común. Sobre ese equilibrio inestable se montaría todo el orden colonial de Sogamoso.
Encomienda, resguardo y liquidación de la sociedad muisca
Lo que la Conquista había roto por la violencia, la Colonia lo desmontó por la administración. La encomienda, instalada desde los primeros años posteriores a la caída del cacicazgo, consistió esencialmente en la cesión de un tributo indígena a un español meritorio como recompensa por su participación en la Conquista, y funcionó como el gran mecanismo de control del trabajo y de conversión religiosa. En Sogamoso, esa institución convivió con la persistencia del cacique local y de sus feudatarios, generando una capa administrativa doble; a la tributación al encomendero se superponía la autoridad indígena tradicional, esta última reconocida formalmente por los oidores en sus visitas del siglo XVI aun cuando erosionada en la práctica cotidiana.
Hacia las décadas de 1560 y 1570 la política de la Corona giró hacia la congregación de los indígenas en grandes comunidades —los pueblos de indios—, operación completada hacia fines del siglo XVI. Perseguía dos objetivos declarados, facilitar la instrucción religiosa y liberar tierras indígenas para la expansión agrícola española al remover a los indios de sus lotes originales de cultivo. Los resguardos boyacenses, incluidos los de Sogamoso, quedaron entonces recortados y desplazados, muchas veces hacia tierras de menor calidad y distantes de los núcleos poblados que habían sido suyos. Con el tiempo, la encomienda y la mita fueron declinando en beneficio de resguardos que tributaban directamente al rey, y las comunidades religiosas —dominicos, franciscanos, jesuitas y agustinos— construyeron iglesias y monasterios que fijaron sobre el paisaje muisca la topografía de la evangelización. Los jesuitas, además, organizaron grandes haciendas que anticipaban la estructura agraria del período tardío colonial y republicano.
El episodio que mejor ilustra el desenlace interno de este proceso ocurrió en 1636, cuando el visitador Valcárcel llegó a Sogamoso a inspeccionar el resguardo. Encontró que las tierras estaban prácticamente monopolizadas por el cacique y por los herederos de dos capitanes, Pascual Martín y Pedro Tobaca. Este último, jefe de la parcialidad de Tobaca, había dejado a su muerte las tierras de su capitanía a sus dos hijas, Juana y Jerónima, casadas con los mestizos Blas Martín y Francisco Pérez, quienes al momento de la visita poseían 40 fanegadas de sembradura, 1.600 ovejas y 50 reses. La sociedad muisca no había sido solo despojada desde fuera; se había disuelto desde adentro, por la vía del mestizaje de sus élites, la concentración de tierras en pocas familias indígenas y la conversión de los resguardos en propiedades gestionadas al modo español. El proceso de despojo se completaría más tarde, cuando varios resguardos se concentraron en uno solo en tierras marginales, alimentando la formación de una masa de campesinos desposeídos y las primeras formas de trabajo asalariado rural.
El caso de la parcialidad de Tobaca no es anecdótico. Muestra que, ya un siglo después de la Conquista, la frontera entre lo indígena y lo español había dejado de ser una línea tajante para volverse una gradación patrimonial, con hijas de capitán muisca casadas con mestizos y explotando sus tierras con ganado ovino traído de Castilla. La memoria política del cacicazgo se conservaba nominalmente, pero las relaciones de propiedad que la sostenían se habían reordenado por completo. En Sogamoso, como en el resto del altiplano, la sociedad muisca no terminó con un decreto: se fue desdibujando en el trámite cotidiano de herencias, matrimonios y tributos.
Del provincialismo republicano al Museo Arqueológico
El paso de la Colonia a la República no dejó en Sogamoso una fecha fundadora clara ni un episodio militar decisivo. Los ejércitos libertadores de Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander fueron acogidos en el altiplano boyacense con cariño y con apoyo material, y esa hospitalidad regional facilitó la rápida victoria sobre el ejército virreinal. Boyacá quedó así vinculada, más por adhesión colectiva que por acto individual, a la narrativa fundacional republicana. En 1810, año emblemático de la independencia, ocurrió en las cercanías de Sogamoso un hallazgo que anticipa la relación oblicua que la ciudad tendría con la industria: en la colina de Tocavita se encontró una acrólita —un meteorito— enteramente metálica, compuesta de hierro y níquel, con un peso de 700 kilogramos, unos 15 quintales españoles. Fue comprada para el Museo Nacional de Colombia, pero las dificultades del transporte la mantuvieron abandonada mucho tiempo en Santa Rosa, donde sirvió de yunque en una herrería. Los científicos franceses Jean-Baptiste Boussingault y Mariano Rivero dejarían constancia temprana del hallazgo en sus escritos sobre el país. Que una masa metálica caída del cielo terminara aplastando el hierro caliente de un herrero rural prefigura la larga espera del hierro sogamoseño: la materia estaba, la voluntad de aprovecharla llegaría con retraso, y mientras tanto el metal disponible se puso a trabajar en el uso más humilde posible. Un siglo y medio después, cuando Paz del Río empiece a fundir el hierro del subsuelo boyacense, la escena de Santa Rosa se leerá como su prefacio irónico.
Durante el siglo XIX la ciudad se consolidó como una cabecera provinciana del altiplano, marcada por el rasgo dominante de esa cultura regional: un provincialismo tenaz que solo empezaría a resquebrajarse hacia mediados del siglo XX. La Iglesia católica ocupaba el centro de la vida cotidiana; en las ciudades del altiplano llegaba a haber casi un templo por cuadra, y los grandes eventos giraban en torno a las festividades religiosas. La estructura agraria heredada de la Colonia —haciendas grandes en los altiplanos y resguardos indígenas en descomposición— fue subastada durante el período republicano, y sobre esa liquidación se formó un minifundio extendido que caracterizaría el paisaje campesino de casi toda la región. En 1912, en Tunja, la Academia de Historia de Boyacá empezó a publicar Repertorio Boyacense, revista que a lo largo del siglo recogería monografías de pueblos, estudios históricos, geográficos y arqueológicos, y que constituiría el registro institucional sostenido sobre la memoria regional. Sogamoso aparecería en esas páginas una y otra vez, no como capital sino como sitio de referencia arqueológica, como campo de exploración para investigadores como Miguel Triana o Eliécer Silva Celis, y como cabecera de un valle —el de Iraca— cuyo nombre evocaba lo que ya no se podía ver.
Paz del Río y el sueño siderúrgico: 1942-1970
La segunda gran transformación de Sogamoso empezó lejos de sus calles, en un afloramiento geológico. A finales de 1942, el ingeniero Olimpo Gallo descubrió los yacimientos de hierro de Paz del Río, en un momento en que los estudios geológicos realizados entre 1940 y 1942 habían puesto en duda la existencia en Colombia de reservas suficientes para sostener una siderurgia integral. Los antecedentes del país en ese oficio eran modestos y frustrados. La Ferrería de Samacá en Boyacá había funcionado entre 1874 y 1884; existían las ferrerías de Pacho y de Anorí; ninguna había logrado abastecer la demanda interna cuando las empresas ferroviarias de finales del siglo XIX empezaron a necesitar hierro en cantidad, y buena parte de esa demanda se cubrió con importaciones. El hallazgo de Gallo cambió los términos del cálculo: ahora había mineral. Faltaban el capital, la infraestructura y, sobre todo, el agua.
Esa última necesidad conectó de inmediato a Sogamoso con Paz del Río. La planta siderúrgica se estableció a pocos kilómetros al norte, y el agua para su operación se tomó de la laguna de Tota, el mismo cuerpo de agua que había estructurado durante siglos la vida agrícola y ceremonial del Valle de Iraca. Junto con los 23 acueductos municipales que se surten de ella, la siderúrgica consume un caudal que ha ido disminuyendo el nivel de la laguna, mientras el cultivo de cebolla en su orilla, los agroquímicos y las aguas servidas descargadas la someten a un proceso creciente de eutrofización. La continuidad geográfica —Tota como reserva hídrica del altiplano— se tradujo en continuidad estructural: la misma agua que había sostenido al Templo del Sol alimentaba ahora los altos hornos, y el desgaste de esa agua se convirtió en el costo diferido, casi invisible, del proyecto industrial.
Acerías Paz del Río, junto con la disponibilidad de energía eléctrica en la región, hizo posible el inicio de industrias en Sogamoso y Duitama. Entre 1950 y 1958, gracias en parte a esa apertura, los bienes de capital pasaron del 5 al 10 por ciento de la producción industrial colombiana, y la manufactura intermedia superó el 25 por ciento. El país parecía entrar por fin en una fase de industrialización sustantiva, y Sogamoso se posicionó como uno de sus rostros. Pero el proceso, visto desde la distancia, fue más incipiente que consolidado. La empresa quedó inscrita, junto con Carbocol y Econiquel, en la lista de proyectos públicos en los que se depositaron grandes ilusiones y que, tomados en conjunto, dejaron al país en una posición de partida no muy distinta a la que tenían al comenzar. La revolución industrial-minera prometida por Paz del Río fue real pero limitada: bastó para redefinir el perfil de una ciudad, no para transformar la economía nacional.
Sogamoso, en cualquier caso, cambió. El eje industrial del altiplano cundiboyacense se articuló a lo largo del siglo XX incluyendo el distrito industrial de Duitama, el complejo turístico de Paipa y los enclaves siderúrgicos y mineros del norte boyacense. Coexistían, sin resolverse, la industria moderna —siderurgia, energía— con una agricultura arcaica en las laderas y la hacienda tradicional en los altiplanos. La ciudad creció, atrajo trabajadores, alojó ingenieros y técnicos, y se convirtió en un nodo urbano definido tanto por el hierro y el acero de Paz del Río como por su función de mercado regional para las provincias de Sugamuxi y Tundama. La convivencia de un obrero siderúrgico con un aparcero de las laderas altas, en un mismo perímetro municipal, es una imagen tan sogamoseña como la del Templo del Sol perdido bajo el pasto.
Red de lugares, nombres y memorias
Sogamoso se entiende siempre en relación con un tejido de sitios próximos que le prestan sentido. Al oriente, la laguna de Tota y el municipio de Aquitania definen la frontera hidrológica y ecológica del valle. Al sur, los pueblos de Iza, Firavitoba y Monguí prolongan el Valle de Iraca con su topografía de iglesias coloniales, artesanías y economía campesina. Al norte, Duitama —de tamaño casi idéntico— comparte con Sogamoso la doble condición de cacicazgo prehispánico y de nodo industrial contemporáneo, y las dos ciudades funcionan menos como rivales que como los dos polos de un mismo eje. Tunja, la capital departamental con 41.000 habitantes, concentra la función administrativa y universitaria, pero cede a Sogamoso el peso simbólico del Templo del Sol y a Paz del Río el peso material de la siderurgia. El cerro Chacón, en las inmediaciones, y las colinas circundantes forman parte del paisaje arqueológico donde se han hallado los restos que hoy sostienen el conocimiento sobre el pasado muisca del valle.
Los nombres asociados a Sogamoso trazan otra red. Gonzalo Jiménez de Quesada abre la serie como conquistador del altiplano; Hernán Pérez de Quesada la continúa como ejecutor de la nobleza muisca; el último iraca, Sugamuxi, cierra desde el lado indígena el momento de la caída. Nompanem, figura mítica del panteón muisca asociada a la fundación del cacicazgo, pertenece a la memoria más honda del lugar, aunque su rastro documental sea escaso. En el siglo XX aparecen los nombres del rescate: Eugenio Martínez Celis, promotor de la memoria histórica boyacense; Miguel Triana, arqueólogo aficionado que exploró el altiplano; y sobre todo Eliécer Silva Celis, cuya obra sostenida en Sogamoso permitió la construcción del Museo Arqueológico y el intento de restituir, al menos museográficamente, el perfil de un Templo del Sol cuyo emplazamiento original nadie podía ya localizar. Ese museo es hoy la respuesta más elaborada de la ciudad a su propia amnesia: una reconstrucción interpretativa, no un rescate.
Huella y disputa
Sogamoso es una de las pocas ciudades colombianas cuya identidad histórica está definida por dos capas de igual peso y de destinos igualmente inconclusos. La capa muisca no sobrevivió como cultura viva. El Templo del Sol se perdió físicamente antes de que terminara el siglo XIX, los archivos de Iraca fueron destruidos con la nobleza asesinada en Tunja en 1540, y las tradiciones orales se disolvieron bajo la esclavitud colonial. Lo que hoy queda es un trabajo de reconstrucción arqueológica y museográfica sobre fragmentos: cerámica, orfebrería sin contexto, postes de horcones, restos dispersos. La capa industrial, por su parte, se instaló con Paz del Río a partir de 1948 y transformó la ciudad, pero no logró consolidar un desarrollo económico autosuficiente ni convertir a Sogamoso en un centro manufacturero de primer orden; la siderúrgica sigue funcionando, la laguna de Tota sigue bajando, y el país sigue debiendo su industrialización pesada a fuentes externas.
La disputa contemporánea sobre Sogamoso pasa, en buena medida, por cómo se narra esa doble incompletitud. Una primera lectura subraya la agencia indígena sobreviviente en los resguardos, en los caciques con feudatarios reconocidos por la Corona, en las capitanías que se prolongaron hasta el siglo XVII; rescata la continuidad institucional y matiza la imagen de un aplastamiento total. Otra enfatiza, en cambio, la disolución interna de la sociedad muisca —el cacique y los capitanes mestizados de 1636, las hijas de Pedro Tobaca casadas con españoles, las 40 fanegadas con ovejas y reses— y sitúa el fin de la sociedad indígena tanto en dinámicas externas como en transformaciones internas. Una tercera, de fondo geográfico, propone que el altiplano y la laguna son los verdaderos protagonistas: la misma estructura territorial que concentró población muisca orientó las encomiendas, ordenó las haciendas y localizó la siderurgia, haciendo de Sogamoso menos una ciudad de decisiones humanas que un lugar donde el paisaje impone sus condiciones a cada capa histórica sucesiva.
Ninguna de estas lecturas anula a las otras. Sogamoso las contiene a todas, y las carga con la incomodidad de un lugar que fue capital religiosa sin poder mostrar dónde estuvo su templo, y que se volvió nodo siderúrgico sin llegar a industrializarse plenamente. Municipio de tamaño medio del departamento de Boyacá, con universidad, hospital y comercio regional, tiene una plaza donde el aire de altura mezcla el olor del páramo cercano con las emisiones industriales del norte; en la literatura arqueológica figura como Valle de Iraca, sede de un culto solar cuyo alcance ritual abarcaba buena parte del territorio muisca; en la contabilidad económica del país, como parte del eje Duitama-Sogamoso-Paz del Río, junto al complejo turístico de Paipa y a los distritos agroindustriales del altiplano. Esas tres imágenes conviven en la misma cuadrícula urbana sin que ninguna se imponga sobre las otras, y esa convivencia sin jerarquía es la manera en que Sogamoso ha aprendido a habitar su propia historia: capa sobre capa, cada una viva a medias, cada una explicándose por lo que la anterior no alcanzó a cerrar.
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Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
22 documentos · 34 fragmentos01Colombia: bosquejo de su geografía tropical vol. IIErnesto Guhl · 2018 · p. 3211 cita
[1]con el templa- do valle del río Suárez. En el lado oriental, cerca del límite de Santander, la altiplanicie se convierte en el valle templado del río Chicamocha, cuya producción se orienta tanto del lado de Soatá como hacia Málaga en Santander. Los centros urbanos son Tunja (41. 000 habi- tantes y a 2. 820 msnm),…
p. 321
02Colombia: bosquejo de su geografía tropical vol. IErnesto Guhl · 2016 · p. 2761 cita
[2]125 106 54 845 47. Sogamoso 2.570 5º 43’ 72º 56’ 4 30-35 42 80 80 192 123 110 107 58 70 196 196 193 1.456 48. Leiva 2.460 5º 38’ 73º 32’ 3,5 31-33, 35-37 74 50 87 113 138 32 40 74 52 120 122 101 1.003 49. Chiquinquirá 2.570 5º 37’ 73º 50’ 7 30-37 54 31 77 84 149 82 34 64 78 148 149 87 1.067 50. Tunja 2.801 5º 32’ 73º…
p. 276
03Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader · 2002 · p. 107, 1694 citas
[3]encuentra a 3.000 m de altitud, en una artesa sobre la cordillera Oriental, cerca de la ciudad de Sogamoso. Tiene 12 km de longitud y un ancho pro- medio de 6 km, con profundidades y las lagunas en las partes cordille- ranas del país. El lago de La Cocha se encuen- tra ubicado a 2.760 m de altitud, de hasta 30 m.…
p. 107
[4]encuentra a 3.000 m de altitud, en una artesa sobre la cordillera Oriental, cerca de la ciudad de Sogamoso. Tiene 12 km de longitud y un ancho pro- medio de 6 km, con profundidades y las lagunas en las partes cordille- ranas del país. El lago de La Cocha se encuen- tra ubicado a 2.760 m de altitud, de hasta 30 m.…
p. 107
[5]de agua. Destacamos algunos lagos, como el de la Tota, localizado en Boyacá, en proximida- des del municipio de Aquitania. Situado a 3.012 m sobre el nivel del mar posee un área de 56,2 km”, una profundidad máxima de 67 m y un volumen de 1.920 millones de metros cúbicos. Su nivel está disminuyendo, ya que de allí se…
p. 169
[6]de agua. Destacamos algunos lagos, como el de la Tota, localizado en Boyacá, en proximida- des del municipio de Aquitania. Situado a 3.012 m sobre el nivel del mar posee un área de 56,2 km”, una profundidad máxima de 67 m y un volumen de 1.920 millones de metros cúbicos. Su nivel está disminuyendo, ya que de allí se…
p. 169
04Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 52, 542 citas
[7]en el siglo XVI algunos territorios marginales o casi independientes, cuya sumisión al Zipa o al Zaque no estaba del todo clara. El status de estos territorios en el momento de la Conquista debe evaluarse, en parte por lo me- nos, en términos de un proceso histórico. En primer lugar, los dos "Estados" incipientes eran…
p. 52
[13]cultivos. En algunos lugares, como Funza, Tunja y Sogamoso se han hallado vesti- gios de postes u horcones de madera que marcan una construcción circular u ovalada; pero en verdad, aún no se conoce una sola casa muisca sistemáticamente excavada. Lo poco que sabemos de la cultura prehis- tórica de los Muisca se basa…
p. 54
05Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 35, 712 citas
[8]u e corrían en dirección nororiental p o r unos ochenta kiló m etros, sep arad as p o r el río Chicam ocha. A unque las co m u n id ad es indígenas de estas zonas pag ab an tributo a los señores de Sugam uxi y D uitam a, algunos especialistas han su g erid o recientem ente que uno de ellos, o am bos, aceptaban el dom…
p. 35
[16]Más aún, las p au tas culturales españolas chocaban con el poblam iento difuso de los indígenas. En España, los cam pesinos vivían en aldeas rurales y los funcionarios de la C orona pensaron que los indígenas debían hacer lo m ism o. En pos d e estos principios, en las d écadas de los años 1560 y 1570 las a u to rid a…
p. 71
06Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · p. 55, 2612 citas
[9]de Ramiriquí-Tunja, fue el primero en desintegrarse debido a la fundación de la ciudad en el sitio mismo que ocupaba su cen tro. Hacia 1562, ei grupo indígena de Ramiriquí apenas era una encomien da mediana (de 500 tributarios), a comienzos del siglo xvn hacía parte del corregimiento más diezmado en población, el…
p. 55
[18]tierra para muchos de los indios de Sogamoso. Los he rederos del cacicazgo disponían, de hecho, de las porciones más grandes y los capitanes se atribuían pedazos mayores para sus'capitanías. En 1636, el visitador Valcárcel encontró que prácticamente la tierra del resguardo es taba monopolizada por el cacique y por los…
p. 261
07Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · p. 89, 1812 citas
[10]Indias en España y fue primero estudiado por Juan Friede y luego, con lujo de detalles, por Augusto Gamboa. En los últimos meses lo he venido trabajando con mi colega Camilo Uscátegui. 92 Una lectura de los testimonios el texto se aclara que el cacique de Sogamoso, el mismo que traron los españoles, se llamaba…
p. 89
[15]disminuir, en Sogamoso aparecen algunas que son más grandes que otras, al igual que en Fúquene. En el valle de Leiva ocurre algo particular: se conforman dos comunidades donde se concentra la mayor parte de la población, y una de ellas (El Infier- mito) es algo más grande que la otra (Suta). El Infiernito parece tener…
p. 181
08Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · p. 53, 1292 citas
[11]en los que se adoraba al dios Chiminigagua y a las divi- nidades Bachué (la luna), Bochica (el sol), Chib- chacum (dios protector) y otras menores dedica- das a las diversas actividades socioeconómicas. Además de los caciques, capitanes y jeques, eran importantes los guechas o guerreros reclutados, cuya función era…
p. 129
[26]lombianos que laboraban en la ferrería. También se estableció la Ferrería de Samacá en Boyacá (1874-1884). Sin embargo, estas peque- ñas ferrerías no lograron abastecer la demanda interna de hierro de las empresas ferroviarias de finales del siglo XIX, y buena parte de esas nece- sidades fueron surtidas con productos…
p. 53
09Peregrinación de AlphaManuel Ancízar · 2016 · p. 322, 3392 citas
[12]muchos respectos. Cinco años y medio después, Hernán Pérez de Quesada daba muerte violenta y alevosa al último zaque de Hunzahúa —Tunja— y a todos los uza - ques y capitanes viejos congregados en Tunja con motivo del matrimonio de su desventurado señor, matando en ellos de una vez los recuerdos y tradiciones que…
p. 339
[22]nuestra ignorancia y atraso industriales. La acrólita de que Boussingault y Rivero hacen men - ción en una de sus Memorias relativas a Colombia se con - serva todavía en Santa Rosa, puesta en un rincón del patio de la casa ocupada por la familia del señor Solano, donde la vimos. Halláronla el año de 1810 sobre la…
p. 322
10Antes de Colombia. Los primeros 14.000 añosCarl Henrik Langebaek · 2021 · p. 4071 cita
[14]poder de los caciques muiscas, sus argumentos parecen circunscribirse a ciertos momentos específicos, y muy especialmente a las grandiosas y prolongadas fiestas durante las cuales los indígenas se congregaban en lugares ceremoniales de gran importancia, muchos de ellos con una centenaria o milenaria ocupación, para…
p. 407
11La tierra en ColombiaEstanislao Zuleta, Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC) · 1973 · p. 211 cita
[17]nera, la encomienda es la piedra de toque para ex plicar él origen del neofeudalismo americano en el cual el señor prácticamente no tiene deberes y sí to dos los derechos y el indio carece de derechos y es tá abrumado con todos los deberes; entre el español encomendero y el indio encomendado, no existió mutua…
p. 21
12Ensayos para la historia de la política de tierras en Colombia. De la colonia a la creación del Frente NacionalAbsalón Machado Cartagena · 2009 · p. 211 cita
[19]y se remataron tierras. El despojo se inició cuando se concentraron varios resguardos en uno solo, generalmente distantes de los centros poblados y en tierras de menor calidad (Liévano Aguirre, 2002)3. Con la descomposición de los resguardos se fue formando el trabajo a sa lariado al que se incorpora el indio y una…
p. 21
13¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · p. 341 cita
[20]de la tierra, se ha solido enseñar, se expresó mediante diferentes instituciones: una fue la encomienda, donde un grupo indígena era obligado a trabajar para un español -el encomendero- que lo recibía en recompensa por su participación en la Conquista, a cambio de no separarlo y garantizar su conversión al…
p. 34
14Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · p. 1211 cita
[21]el proceso de la conquista siguiera un ritmo diferente y sea por lo tanto difícil de escoger una fecha como indicativa de una transformación básica en la nueva sociedad, puede acogerse la fecha tradicional de 1550 como punto final de esa época, momento de transición entre la sociedad de conquista, basada en el saqueo…
p. 121
15Colombia complejaJulio Carrizosa Umaña · 2014 · p. 104, 1583 citas
[23]objeto de una actividad muy grande de las comunidades religiosas dedicadas a la conversión de los muiscas; dominicos, franciscanos, jesuitas y agustinos construyeron bellas iglesias y monasterios; los jesuitas además organizaron grandes haciendas siguiendo su ilusión de conformación de nuevos sistemas socioeconómicos.…
p. 158
[28]larguísima historia de la orfebrería ni tener precursores agudos y enterados como Isaacs y Hubach 32 (Acosta 1986) que encontraron a tiempo los grandes yacimientos de carbón y níquel, ni haber conformado la gran mina y fundición de El Zancudo, ni las ferrerías tempranas de Pacho, Samacá y Anorí, ni las grandes…
p. 104
[29]No ha bastado la larguísima historia de la orfebrería ni tener precursores agudos y enterados como Isaacs y Hubach 32 (Acosta 1986) que encontraron a tiempo los grandes yacimientos de carbón y níquel, ni haber conformado la gran mina y fundición de El Zancudo, ni las ferrerías tempranas de Pacho, Samacá y Anorí, ni…
p. 104
16Cultura e identidad obrera: Colombia 1910-1945Mauricio Archila Neira · 1992 · p. 601 cita
[24]la cultura mestiza del altiplano cundi-boyacense, aunque a mediados de siglo diera signos de ruptura con el provincialismo que la caracterizaba. Como sucede con otras áreas mestizas andinas, en el altiplano colombiano la Iglesia Católica tendrá una gran presencia en la vida cotidiana. Basta con señalar que para…
p. 60
17Historia del Periodismo ColombianoAntonio Cacua Prada · 1983 · p. 2161 cita
[25]Departamento de la revista "REPERTORIO BOYACENSE" El número prim ero vió la luz en el mes de julio de 1 9 1 2 "REPERTORIO BOYA - CENSE" ha venido circulando todos los años, desde 1912 a 1983, con sesenta páginas unas entregas y otras de más de cien páginas. No tiene paginación fija. Pública, aparte de documentos de A…
p. 216
18Modernization in Colombia: The Laureano Gómez Years, 1889–1965James D. Henderson · 2001 · p. 3521 cita
[27]selling most of its stock to the public. 31 Thanks in part to the opening of Paz del Río, Colombia experienced a satisfactory evolution in its manufacturing profile. Between 1950 and 1958 capital goods increased from 5 to 10 percent of the nation’s total industrial output, while intermediate manufacturing increased to…
p. 352
19Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Región CentroComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 401 cita
[30]lo salvaje, donde «coincidía la irracionalidad nativa con la oscuridad de la mentalidad española» 43. Así, desde el periodo de la Colonia se fueron instaurando dos ejes de desarrollo económico y poder político en torno a Bogotá. El primero, en el altiplano cundibo- yacense, entre Bogotá y Tunja, por concentrar la…
p. 40
20Gran Enciclopedia de Colombia - Geografía 2Alfonso Pérez Preciado (Dirección académica y textos); Fernando Wills Franco (Dirección de proyecto); Camilo Calderón Schrader, Alberto Ramírez Santos (Coordinación editorial) · 2007 · p. 631 cita
[31]encuentran en el alt en El departamento de Bo ta | | s interandinos; los suelos de las vertientes Variable, Valor Cobertura de agua potable (%) 2000 74,16 Cobertura de alcantarillado 48,23 sanitario (%) 2000 Cobertura de energia eléctrica 92,09 (%) 2000 Tasa de analfabetismo (%) 2002 13,10 Desnutricion global < 5…
p. 63
21Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 981 cita
[32]escondido. El arte muisca es r í gido, lineal y altamente estilizado, y se distingue inmediatamente de los estilos elaborados, a veces exuberantes, de las culturas prehist ó ricas de las tierras vecinas. Pero esta misma rigidez y simetr í a, estas superficies opacas y estas formas sobrias, tienen un especial encanto.…
p. 98
22Economías prehispánicas de ColombiaAlberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres, Santiago Giraldo, Daniela Castellanos Montes, Marianne Cardale de Schrimpff, Carl Henrik Langebaek, María Antonieta Corcione Nieto, Catalina Zorro, Luisa Mendoza, Marcela Bernal, Lucero Aristizábal, Leonor Herrera · p. 1822 citas
[33]larga secuencia de ocupaciones humanas en el altiplano, iniciada hace unos 12.000 años, y sus evidencias se encuentran sin interrupción desde el 900 d. C. aproximadamente hasta la conquista española en el siglo XVI y aún varios siglos después, durante el período colonial, en algunas regiones (Langebaek, 1995). M APA…
p. 182
[34]larga secuencia de ocupaciones humanas en el altiplano, iniciada hace unos 12.000 años, y sus evidencias se encuentran sin interrupción desde el 900 d. C. aproximadamente hasta la conquista española en el siglo XVI y aún varios siglos después, durante el período colonial, en algunas regiones (Langebaek, 1995). M APA…
p. 182