Ensayo · Conquista · 1499–1599
La encomienda muisca y la desestructuración de la economía moral indígena
¿Fue la encomienda muisca del siglo XVI un circuito cerrado de consumo señorial o un nodo mercantil que convirtió bienes de prestigio indígena —mantas, coca, sal— en motor tributario articulado a centros mineros y urbanos, acelerando el colapso productivo y demográfico del altiplano cundiboyacense?
Orientación para entrar
La respuesta en breve
La encomienda muisca operó desde los años sesenta del siglo XVI como nodo mercantil que canalizó la producción textil y agrícola del altiplano hacia circuitos coloniales amplios: las mantas tributadas se subastaban en almoneda pública y se exportaban desde Tunja hacia las minas de Zaragoza, Remedios y Mariquita, y hacia puertos como Cartagena y Mompox, lo que cuestiona la imagen de economía señorial cerrada. Esta inserción mercantil ejerció una doble violencia sobre la economía moral muisca: primero saqueó la producción textil en su forma tradicional, erosionando la densidad ritual y jerárquica de la manta como bien de prestigio; luego, al desarticular las redes cacicales de intercambio interpisos que suministraban algodón, propició su sustitución gradual por lana ibérica. El colapso demográfico —la provincia de Tunja pasó de cerca de 215.000 habitantes en 1537 a 25.000 en 1757— amplificó el despojo fiscal: cuando la población tributaria caía un 45% entre visitas, como en Pesca y Tobasía, cada sobreviviente debía pagar entre el doble y más del doble de la tasa original, convirtiendo la resta demográfica en mecanismo de sobreexplotación sin cambio formal en la norma.
La historiografía oscila entre cuatro posiciones en tensión. La lectura tradicional (encomienda como institución señorial de tributo en especie orientada al consumo urbano inmediato de Santafé y Tunja) sitúa el nacimiento de los mercados internos en el auge minero tardío o en las haciendas trigueras del XVIII, convirtiendo el siglo XVI en prehistoria económica. Germán Colmenares y Juan Villamarín sostienen, en cambio, que la encomienda muisca fue desde temprano mecanismo de articulación entre producción indígena y circuitos coloniales más amplios, con flujos documentados hacia minas y puertos desde comienzos del XVII. Una tercera posición, desarrollada por Judith Francis y los relectores de las crónicas con lente antropológica, insiste en que la sociedad muisca había alcanzado un techo estructural a la mercantilización antes de la conquista: existían mercados periódicos cada cuatro días, la manta funcionaba como patrón aproximado de valor y la sal de Zipaquirá circulaba a larga distancia, pero no había mercaderes profesionales ni acumulación mercantil desligada del prestigio cacical, configuración que no era una etapa evolutiva pendiente sino un orden específico. Juan Friede y Marta Herrera Ángel subordinan el problema mercantil al demográfico: la catástrofe biológica, y no la lógica tributaria, habría sido el motor principal de la desarticulación, haciendo de la mercantilización consecuencia y no causa. El nudo irresoluble es si la doble violencia —extracción tributaria primero, sustitución del algodón por lana ibérica después— constituye un proceso económico integral que precede y condiciona el colapso demográfico, o si es el colapso el que da su forma específica a la exacción fiscal, con la metodología deficiente de las visitas como correa de transmisión entre ambos fenómenos.
Ensayo completo
La lectura
¿Fue la encomienda muisca del siglo XVI un circuito cerrado de consumo señorial o una articulación mercantil que desestructuró la economía moral indígena y aceleró el colapso productivo?
¿Y si la respuesta obliga a preguntar antes otras cosas? ¿Qué se tasó exactamente entre los años sesenta del XVI de Tomás López Medel y la visita de Miguel de Ibarra en 1595? ¿Qué pasó cuando mantas de algodón, hojas de coca y hanegas de maíz fueron convertidas en unidades tributarias cuantificables? ¿Puede seguir sosteniéndose que la encomienda fue economía cerrada de autoconsumo señorial, o hay que aceptar que operó como nodo mercantil monetizado que insertó al mundo muisca en circuitos que iban de las minas de Zaragoza y Mariquita a los puertos de Cartagena? ¿Y no fue precisamente la densidad ritual y jerárquica preexistente de esos bienes lo que los volvió útiles como tributo?
¿Qué se juega en formular así la pregunta?
¿No arrastra Colombia una imagen larga de la encomienda como institución señorial, replegada sobre el consumo del encomendero y su casa, marginal a la construcción de mercados? ¿No convierte esa imagen al siglo XVI en prehistoria económica y sitúa el nacimiento de los circuitos internos en el auge minero tardío o en la agricultura de haciendas del XVIII? ¿Y si en cambio la encomienda muisca operó desde los años sesenta del XVI como estación de bombeo entre la producción textil y agrícola del altiplano y los centros mineros y portuarios? ¿No dejaría entonces el siglo XVI de ser antesala para convertirse en el momento en que se instalaron las asimetrías estructurales que hicieron posible todo lo demás: el despojo territorial de las composiciones de 1630-1640, la formación de una masa campesina desposeída, la especialización del altiplano oriental en trigo y textiles para la exportación interna, la subordinación duradera del suroccidente frente al circuito atlántico?
¿Qué se juega, entonces, en preguntarlo así, más allá de la cronología económica? ¿Era la manta muisca un tejido cualquiera? ¿No era objeto ritual, marcador de rango, medio de intercambio ceremonial en mercados que se celebraban cada cuatro días —ciclo enlazado con el sistema numérico muisca— dentro del cercado del cacique? Cuando la Real Audiencia y sus visitadores decidieron tasarla en unidades de a dos por tributario, o de a cuatro cuando la población caía, ¿solo estaban fijando una carga fiscal, o estaban traduciendo un bien de significación densa a una unidad de cuenta genérica, transferible, subastable? ¿No es preguntar por la desestructuración de la economía moral indígena preguntar por el precio simbólico —además del biológico y productivo— de la temprana incorporación mercantil?
¿Y qué lecturas coexisten frente a esta cuestión?
¿No sostiene la más antigua que la encomienda del XVI fue institución de tributo en especie orientada al consumo del encomendero y al abastecimiento urbano inmediato de Santafé y Tunja, sin capacidad de generar mercados sostenidos? ¿No supone que el excedente muisca se transformaba en manutención señorial y poco más, y que los mercados internos habrían nacido después, con la minería del oro del Chocó y las haciendas trigueras del XVIII?
¿Y la segunda, la que Germán Colmenares consolidó en su trabajo sobre encomienda y población y que Juan Villamarín matizó con el estudio detallado del altiplano? ¿No plantea que la encomienda muisca fue desde temprano un mecanismo de articulación entre producción indígena y circuitos coloniales más amplios? ¿No muestra que las mantas tributadas no se acumulaban en las casas de los encomenderos, sino que se subastaban en almoneda pública, se enviaban a las minas como medio de pago para el trabajo, se exportaban desde Tunja hacia puertos del Caribe, campamentos auríferos del bajo Cauca y ciudades tan distantes como Popayán o Mérida? ¿Los destinos que registra la documentación de 1610 para mantas, lienzos, alpargatas, sayal, frisas y frezadas describen una economía cerrada, o un nodo mercantil de primer orden?
¿Y la tercera lectura, más atenta a las estructuras prehispánicas, trabajada por Judith Francis y por los antropólogos que releyeron a Fray Pedro Simón y a Fray Pedro de Aguado con lupa crítica? ¿No insiste en que la propia sociedad muisca había alcanzado un techo estructural a la mercantilización antes de la conquista? ¿No existían los mercados, no funcionaba la manta como patrón aproximado de valor, no circulaba la sal de Zipaquirá a distancias notables, y sin embargo no había mercaderes profesionales, ni moneda genuina, ni acumulación mercantil desligada del prestigio cacical? ¿Y no expresaba ese techo, lejos de ser una etapa evolutiva pendiente, una configuración específica del orden muisca en la que el trueque coexistía con la redistribución cacical y con el tributo ceremonial?
¿Y la cuarta, la que articulan Juan Friede y Marta Herrera Ángel? ¿No subordina el problema mercantil al problema demográfico? ¿No fue la catástrofe biológica, y no la lógica tributaria, lo que desarticuló el altiplano? Si la población de la provincia de Tunja pasó de cerca de 215.000 habitantes en 1537 a apenas 25.000 en 1757 —con una reducción del 25% en los primeros veinticinco años y del 90% en dos siglos—, ¿no sería la mercantilización del tributo consecuencia y no causa? ¿No habría depredado el sistema su base porque esa base se agotaba por razones ajenas al circuito mercantil?
¿Cuál de estas lecturas ilumina mejor el problema? ¿Basta con una, o hay que combinarlas, y en qué orden de prioridades?
¿Y qué revela empezar por el bien tributario central, la manta? ¿Eran homogéneas las mantas de algodón muiscas? ¿No presentaban una jerarquía interna que iba de las pintadas —las chitacate, cuya elaboración estaba ligada a la enseñanza de los jóvenes destinados al sacerdocio antes de la conquista— y las coloradas, algunas denominadas pachacate, en la cúspide, hasta las mantas chingas o chingamanales en el escalón inferior? ¿No es el propio término chingamanales, que los españoles adoptaron con carga despectiva, una resignificación colonial? ¿No indicaba originalmente solo un tamaño menor, no una calidad ínfima, y no emerge su carga peyorativa del uso español, no del muisca? ¿Y no importa esa jerarquía interna porque revela que el tejido era un continuum de valor social, no una mercancía indiferenciada?
¿No arrasó la tasación colonial con esa gradación? Cuando López Medel fijó las obligaciones en repartimientos como Pesca y Tobasía, ¿no entró la manta en el sistema fiscal como unidad genérica: dos mantas por tributario, más las labranzas de maíz y trigo, más los indios de servicio? La mano de obra invertida en pintar una chitacate frente a una chinga pequeña —trabajo desigual, técnica desigual, sentido ritual desigual—, ¿no quedó subsumida en un solo casillero? ¿Qué tipo de operación es esa, y qué produce cuando se sostiene durante décadas? ¿No tuvo, siendo aparentemente contable, dos consecuencias profundas? ¿No erosionó la función de la manta como medio de intercambio ritualmente denso, porque su circulación quedó orientada hacia el encomendero y ya no hacia los mercados cacicales de cada cuatro días? ¿Y no convirtió el trabajo textil femenino —principal productor de mantas— en trabajo tributario forzado bajo presión temporal fija, desprendido del calendario ceremonial que le daba sentido?
¿Se quedaban esas mantas en las casas encomenderas? ¿No se vendían en subasta pública, no se destinaban a baldaquines de altar en iglesias, no se transferían sobre todo hacia los centros mineros? ¿No describe la documentación tunjana de comienzos del XVII una cadena logística ya asentada: harinas y textiles del altiplano bajando al Magdalena en Honda, siguiendo hacia Mompox y Cartagena, desviándose hacia los campamentos auríferos de Zaragoza, Remedios y Cáceres, y hacia las minas de plata de Mariquita? ¿No se especializaron los altiplanos entre Santafé y Pamplona desde la década de 1570 en trigo, maíz, papa, cebada, hortalizas y textiles, con una parte creciente destinada a exportación regional? ¿Fue esa especialización efecto tardío de un mercado maduro, o efecto temprano de la encomienda que canalizaba el excedente indígena hacia demandas urbanas y mineras, monetizándolo por la vía de las subastas y de los pagos en especie a trabajadores mineros?
¿Resiste el detalle la imagen de encomienda cerrada? ¿No fue la encomienda muisca estación intermedia de un circuito atlántico y andino en formación? La proporción exacta en que las mantas tributadas se destinaban a la reventa mercantil frente al autoconsumo del encomendero varía por repartimiento y por década, pero ¿no es inequívoca la dirección del flujo hacia afuera, hacia el mercado colonial en construcción?
¿Y no hay una segunda operación sobre la manta que la primera lectura suele pasar por alto? ¿No cabe hablar de una doble violencia? ¿No operó primero la violencia extractiva —tasar, cobrar, subastar— y después, gradualmente, sobre una base productiva ya erosionada, la violencia sustitutiva de reemplazar el algodón por la lana ibérica como materia prima textil?
¿No registra la documentación desde 1592 intercambios de mantas de lana por mantas de algodón en Ubaté? ¿Llegó la lana de golpe, sustituyó por decreto? ¿O se introdujo como alternativa, ligada a la ganadería ovina en expansión en el altiplano frío, ganando terreno donde el algodón se volvía más difícil de obtener? ¿Por qué se volvió difícil de obtener? ¿No se cultivaba el algodón de forma generalizada en el altiplano frío muisca? ¿No se obtenía por intercambio con tierras templadas y calientes —el valle del Magdalena, la región de Neiva—, o mediante el control cacical de parcelas en pisos térmicos más bajos? ¿No dependía la producción textil muisca de una economía política del prestigio interpisos que articulaba el altiplano frío con las tierras bajas?
¿Y no era esa dependencia, en tiempos prehispánicos, fuente de poder cacical? Quien controlaba el acceso al algodón, ¿no controlaba la producción de mantas y con ellas la circulación de bienes de rango? ¿No se volvió talón de Aquiles bajo la encomienda? Al desarticularse las redes cacicales de intercambio interpisos por efecto del reordenamiento colonial, y al concentrarse la demanda tributaria sobre las comunidades del altiplano, ¿no se hizo el algodón escaso, caro y sujeto a la lógica mercantil colonial más que a la reciprocidad cacical? ¿No llenó la lana ese vacío, no como política deliberada de sustitución cultural, sino como salida contingente a una crisis de suministro que la propia encomienda había ayudado a producir?
¿No es entonces la doble violencia un proceso económico integral, y no la suma de dos golpes independientes? Primero se saquea la producción textil del altiplano en su forma tradicional, se la convierte en motor tributario, se la subasta hacia los circuitos mineros; luego, cuando la base productiva del algodón interpisos ya no da abasto, ¿no se la reemplaza por una materia prima de origen ibérico que reconfigura las técnicas, los géneros y los mercados? La persistencia del algodón entre la gente pobre del altiplano hasta fines del XVII —y la mención de Francisco Silvestre en 1789 como testimonio de una continuidad textil de siglos—, ¿contradice el proceso, o muestra que la sustitución fue desigual, resistida en los estratos más bajos, y que la economía moral muisca no se disolvió limpiamente sino que se replegó a los espacios menos vigilados por el sistema tributario?
¿Y si el peso decisivo fue biológico y no fiscal? ¿No tiene la lectura demográfica las cifras a favor? Entre la visita de López de Cepeda y la de Egas de Guzmán, en los repartimientos de Pesca y Tobasía, ¿no faltaban 56 indios útiles, una caída del 45% de la población tributaria en pocos años? ¿No lo denunció el cacique de Pesca ante el visitador con una aritmética implacable, mostrando que cada indio sobreviviente debía pagar 4 o 5 mantas en lugar de las 2 en que había sido tasado, porque el encomendero seguía cobrando sobre la base del recuento anterior? ¿No se había duplicado o más que duplicado la carga individual, sin cambio formal en la tasa, por pura resta demográfica?
¿No se repitió este patrón por todo el altiplano? La proyección de Friede —de 215.000 habitantes en la provincia de Tunja en 1537 a 25.000 en 1757, con la mayor parte de la caída concentrada en los primeros decenios—, ¿no describe una catástrofe cuya magnitud excede cualquier política deliberada? Enfermedades introducidas, reclutamientos forzosos para minas, emigración de varones adultos para evitar las mitas: ¿no eran los tributarios precisamente quienes tendían a huir, distorsionando la proporción entre población total y población tributante? El intento de 1598 de recoger a los indios dispersos de seis repartimientos de la Corona, ¿no es un síntoma preciso del fenómeno, del sistema persiguiendo a los ausentes porque su ausencia estaba desangrando la base fiscal?
¿Exige reconocer el peso del colapso demográfico subordinarle todo? ¿No funcionó la aritmética del despojo porque la metodología de las visitas fue estructuralmente deficiente desde el inicio? ¿No prescribía la norma colonial ajustar los tributos a lo que los indios pagaban antes de la conquista a sus caciques? ¿Y no era esa norma inaplicable en la mayoría de casos por dos razones convergentes? ¿No es la primera que en muchas regiones no existían tributos regulares ni caciques permanentes, y que donde sí existían —como entre los muiscas—, aplicar la norma con rigor habría exigido un conocimiento detallado del número de indios aptos, del rendimiento habitual de sus tareas y de la estructura interna de las obligaciones que jamás se levantó? ¿Y no es la segunda que los testimonios cacicales sobre el tributo prehispánico eran de fiabilidad dudosa, moldeados por el marco conceptual español, hasta el punto de que un indio de Sisativa llegó a afirmar ante los visitadores que los tributos existían desde que Dios creó el mundo? ¿No interpretaban los españoles entrega de regalos y reconocimiento de caciques importantes como sujeción tributaria, categoría que un indio de Boyacá matizó en pleito contra Tibaquirá al distinguir entre acudir con venados y mantas al cacique grande y estarle sujeto?
¿No fue el resultado un sistema fiscal que fijaba obligaciones globales sobre comunidades cuya magnitud desconocía y cuya estructura interna traducía mal? Cuando la población caía, ¿no se disparaba la carga por cabeza sin corrección posible, porque el sistema nunca había sabido con rigor cuánto era razonable exigir? ¿No convirtió la ignorancia fiscal estructural la catástrofe demográfica en aceleración del despojo? Un sistema mejor informado, ¿no habría podido —al menos en teoría— ajustar las tasas al descenso de tributarios? ¿No se limitó el sistema real, ciego a la magnitud de las comunidades, a cobrar sobre listados obsoletos?
¿Se derrumbó el orden cacical muisca por decreto o por golpe único? ¿No fue reconfigurado desde adentro, con la colaboración activa de los propios caciques, a quienes la Corona convirtió en agentes tributarios locales concediéndoles privilegios, tierras, a veces encomiendas, y responsabilidades organizativas? La estructura piramidal muisca —el Zipa en Bacatá, el Zaque en Hunza, caciques mayores como Guatavita, Duitama y Sogamoso, capitanes por debajo—, ¿no fue leída por los cronistas en clave nobiliaria europea, no proyectó Fray Pedro Simón títulos de duque, virrey y rey sobre escalones cuya lógica interna era distinta? ¿No sirvió esa traducción para legitimar la jerarquía cacical como equivalente a la nobleza indiana con derecho a mando local, y para usar a los caciques hereditarios como intermediarios del cobro tributario y de la organización del trabajo?
¿No ilustra la figura de Diego de Torres, cacique de Turmequé, mestizo culto que litigó en Madrid en defensa de los indios y contra los abusos encomenderos, la ambivalencia del rol? ¿No operó Torres dentro de las categorías coloniales para impugnarlas? ¿No fue su denuncia posible porque la Corona reconocía a los caciques como interlocutores legítimos, y no muestra su fracaso relativo los límites de esa interlocución? Otros caciques, menos memorables, ¿no negociaron su posición con menos ambición y más pragmatismo, garantizando el pago del tributo a cambio de la preservación funcional de sus privilegios, arrastrando a sus comunidades a labranzas de trigo y cebada que reemplazaban parcialmente los cultivos tradicionales, entregando mantas cuya elaboración aceleraron a costa del calendario ritual?
¿Cómo pensar esa agencia sin caer ni en la heroificación ni en la denuncia de la colaboración? ¿No explica su carácter mediador e imperfecto por qué la disolución del orden muisca fue simultánea a su preservación aparente? ¿No siguieron los caciques existiendo hasta el XVII —no dependía el sistema colonial de ellos—, pero con su función vaciada? ¿Ya redistribuían, ya arbitraban intercambios ceremoniales, ya organizaban mercados de cada cuatro días como nodos de reciprocidad? ¿No se habían convertido en cobradores de un tributo cuya lógica era ajena al orden que decían representar? ¿Fue la erosión del orden cacical solo consecuencia del colapso demográfico y del reemplazo por corregidores, o efecto de una transformación funcional que operó desde adentro, con la colaboración de los propios titulares del cargo?
¿Y si los mercados muiscas eran periódicos y densos, si la sal de Zipaquirá circulaba de Neiva a Barrancabermeja, si la coca del Cañón del Chicamocha —producida en Susacón y Ocavita bajo condiciones de sequía estacional— alimentaba redes de larga distancia, si la manta funcionaba como aproximación a un patrón de valor, por qué no había mercaderes profesionales muiscas? ¿Por qué el trueque siguió siendo, hasta la conquista, una actividad enmarcada en el cercado del cacique, con caciques y señores acudiendo al mercado de Tunja tanto por deferencia al Zaque como por interés propio?
¿Esperarían las lecturas evolucionistas encontrar mercaderes como signo de complejidad? ¿Era su ausencia arcaísmo, o resultado de una configuración específica en la que el intercambio de largo alcance quedaba absorbido por la lógica cacical de prestigio? El Zipa, sin oro ni esmeraldas ni conchas en sus dominios, ¿no los obtenía por intercambio con la región de Neiva y otros puntos del Magdalena? ¿No era ese intercambio prerrogativa cacical, no actividad mercantil desligada? Los excedentes agrícolas y textiles se intercambiaban en mercados locales, sí, pero el gran comercio interregional —esmeraldas de Somondoco bajo control del Zaque, sal de Zipaquirá bajo control del Zipa, coca del Chicamocha, oro del valle del Magdalena—, ¿no pasaba por las manos de las jerarquías y no por una clase mercantil autónoma?
¿No fue ese techo estructural, más que evolutivo, lo que la encomienda aprovechó y desarmó? ¿Fue la conversión de la manta en tributo mercantil extensión natural de una tendencia muisca, o ruptura del orden en que la manta significaba jerarquía y reciprocidad? ¿No introdujo la monetización parcial —vía subasta pública, vía pago a mineros— una lógica ajena al sistema previo, no una intensificación del mismo? ¿No fue tan profundo el impacto precisamente por eso: porque no había mercaderes muiscas que pudieran absorber la transición, ni clase intermedia que negociara términos, ni mecanismos internos de amortiguación?
¿No culminó el proceso en las composiciones de tierras de las décadas de 1630 y 1640? Los aposentos de los encomenderos —tierras usurpadas de hecho en las inmediaciones de los asentamientos indígenas desde el siglo anterior—, ¿no se legalizaron mediante títulos que no hicieron sino sanear ocupaciones previas? La reducción de los indígenas a resguardos, ¿no abolió su patrón de poblamiento disperso y liberó extensiones que fueron objeto de nuevas mercedes? La concentración de varios resguardos en uno solo, generalmente en tierras más distantes y de menor calidad, ¿no completó el despojo? ¿No salió de ese proceso una masa de campesinos sin tierra que se incorporaron como peones, aparceros y arrendatarios, base social de la hacienda colonial y republicana?
¿No concebían los muiscas la tierra, según Friede, como medio de producción comunitario, no como propiedad privada sujeta a transacciones? Esa concepción, fuente de cohesión en tiempos prehispánicos, ¿no se volvió desventaja jurídica bajo el régimen colonial? ¿No iniciaban raramente los indígenas pleitos para recuperar tierras arrebatadas que no fueran necesarias para sus labranzas inmediatas, y no siguieron ocurriendo con formas veladas las ventas de tierras de resguardo, prohibidas en el XVII? ¿No resistieron los resguardos solo en el suroccidente? En el altiplano cundiboyacense, hacia mediados del XVII, ¿no era ya otro el paisaje agrario?
¿Cómo pesar entonces unos factores contra otros? ¿Habría bastado uno solo —la mercantilización del tributo sin colapso demográfico, o el colapso sin mercantilización— para producir el altiplano reconfigurado que emerge a mediados del XVII: producción textil desarticulada, orden cacical vaciado, economía interpisos rota, resguardos comprimidos en tierras marginales, campesinado sin tierra como base social de la hacienda? ¿O solo la convergencia lo explica, y separar analíticamente los vectores es un ejercicio útil mientras no se confunda con la reconstrucción del proceso real? ¿No están las cifras sobre la mesa, no están los nombres también? ¿Fue el siglo XVI colombiano prehistoria económica, o el momento en que quedaron instaladas asimetrías que ninguna reforma posterior alcanzaría a corregir?
Archivo documental
Documentos usados en esta lectura
22 documentos · 52 fragmentos de referencia01Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · p. 121, 1382 fragmentos
[1]otro lado la utilización continua de los indios, por medio de la encomienda, en el remo de canoas en el Magdalena y en el transporte de carga, está plenamente documentada. La norma ya señalada de ajustar los tributos a lo que pagaban antes los indios, para que la sujeción a los nuevos conquistadores no fuera a…
p. 138
[36]el proceso de la conquista siguiera un ritmo diferente y sea por lo tanto difícil de escoger una fecha como indicativa de una transformación básica en la nueva sociedad, puede acogerse la fecha tradicional de 1550 como punto final de esa época, momento de transición entre la sociedad de conquista, basada en el saqueo…
p. 121
02Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · p. 23, 354 fragmentos
[2]y capitanes se convirtieron prácticamente en agentes de la Corona, y se les concedieron pri- vilegios, tierras y a veces encomiendas, responsabilidades organi- zativas y títulos. Las encomiendas en la sabana de Bogotá, por ejemplo, se organizaron con base en las capitanías, pueblos ente- ros sometidos a la dirección…
p. 23
[3]y capitanes se convirtieron prácticamente en agentes de la Corona, y se les concedieron pri- vilegios, tierras y a veces encomiendas, responsabilidades organi- zativas y títulos. Las encomiendas en la sabana de Bogotá, por ejemplo, se organizaron con base en las capitanías, pueblos ente- ros sometidos a la dirección…
p. 23
[50]de los indígenas en los res- guardos, que fueron agrupados unos con otros, trasladados a tierras más distantes y menos fértiles o simplemente disueltos. Únicamente en la región suroccidental los resguardos mantuvie- ron su vigencia, tanto así que resistirán no sólo los embates de la política colonial sino también los…
p. 35
[51]de los indígenas en los res- guardos, que fueron agrupados unos con otros, trasladados a tierras más distantes y menos fértiles o simplemente disueltos. Únicamente en la región suroccidental los resguardos mantuvie- ron su vigencia, tanto así que resistirán no sólo los embates de la política colonial sino también los…
p. 35
03La tierra en ColombiaEstanislao Zuleta, Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC) · 1973 · p. 211 fragmento
[4]nera, la encomienda es la piedra de toque para ex plicar él origen del neofeudalismo americano en el cual el señor prácticamente no tiene deberes y sí to dos los derechos y el indio carece de derechos y es tá abrumado con todos los deberes; entre el español encomendero y el indio encomendado, no existió mutua…
p. 21
04Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 248, 2762 fragmentos
[5]que su patr ó n de poblamiento disperso quedaba abolido, muchas tierras se desembarazaron y fueron objeto de mercedes nuevas. Por debajo del aspecto jur í dico-formal de la apropiaci ó n sub yace el problema m á s complejo de la evoluci ó n econ ó mica que llev ó a la efectiva ocupaci ó n de la tierra por parte de los…
p. 248
[33]que produc í an una errancia inquieta de soldados y caudillos insatis fechos con "el bot í n inicial. El asentamiento definitivo de una hueste, tras el reparto del bot í n, hacia evidente una estratificaci ó n social. Que no siempre iba acompa ñ ada de la conformidad entre los miembros de la antigua hueste militar.…
p. 276
05Historia económica de ColombiaJosé Antonio Ocampo Gaviria (compilador), Germán Colmenares, Jaime Jaramillo Uribe, Hermes Tovar Pinzón, Jorge Orlando Melo González, Jesús Antonio Bejarano Ávila, Joaquín Bernal Ramírez, Mauricio Avella Gómez, María Errázuriz Cox, Carmen Astrid Romero Baquero · 2017 · p. 401 fragmento
[6]jerarquías indígenas (los reservados), por cuanto estas colaboraban en la recepción del tributo. La encomienda y el tributo debían dejar intactas las estructuras productivas indígenas, puesto que su misma existencia dependía de ellas. A la llamada república de los indios se le atribuía el papel de sustentar la…
p. 40
06Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · p. 109, 129, 134, 1394 fragmentos
[7]¢ Caso de los muiscas. y que ir tan lejos: incluso en el caso de comunidades de conformado unidades territoriales que reconocieran ique, más allá de los estrechos límites de la comunidad. incia de Pamplona, ampliamente estudiada por Germán $, algunos indígenas atestiguaron a los españoles que “res- Señores en sus…
p. 134
[22]“lugares de mercado fueron casi todos que había de indios en estas dos provincias de Bogotá y Tunja”. Por otro, dijeron que en Tunja se hacía cada cuatro días, período relacionado con su sistema de numeración, y parece que así era en muchos otros lugares. Al parecer el sitio exacto del mercado era dentro del cerca- do…
p. 129
[41]en lo que los españoles llamaron “reconocimiento”, o deberes de los miembros de las comunidades supuestamente suje- tas al poder de un cacique de afuera, sino más importante aún, en obligaciones y relaciones jerárquicas entre caciques. Hay, por cierto, testimonios en los que parece que los indígenas trataron de hacer…
p. 139
[45]y sangrientas guerras entre los grandes c caciques muiscas como parte de proyectos de expansión territorial, Los documentos simplemente no mencionan nada que apoye esas empresas militares que, según los cronistas, existieron. No conozco una sola mención de que después de la conquista alguna comunidad hubiera…
p. 109
07Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · p. 65, 127, 174, 1844 fragmentos
[8]por debajo de las exi gencias de cada tasa. El cacique de Pesca representó que en tiempos de la Visita del licenciado Cepeda tenía alguna gente y había sido tasado por eso en cierta cantidad de mantas pero que desde entonces habían muerto mu chos indios e indias, sobre todo gente joven119. El visitador pidió un infor…
p. 174
[12]mayores de 60 años ya figuraban por lo general como tributarios, el hecho de que sus padres fueran reservados no alteraba sino parcialmente la proporción entre tributarios y población. Habría, pues, que buscar la explicación del aumento de los índices por tributario en el siglo XVH en otros fenómenos que afectaban a…
p. 127
[46]incertidumbre respecto de la realidad a la que se referían las declaracio nes. Es posible discernir los restos de una organización social, pero al mis mo tiempo se puede sospechar que el contacto español la había alterado por completo. Esta ambigüedad permite inclinarse hacia la primera alter nativa, si se considera…
p. 65
[49]o trillos) sería de medio tomín para cada indio o india empleados, los cuales trabajarían desde las 8 de la mañana hasta la puesta del sol. El trabajo colectivo se estimaba por el área beneficiada. Para el maíz se pagarían cinco pesos y medio de oro corriente (de 13 quilates) por cada hanega de sembradura, estando ya…
p. 184
08Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader · 2002 · p. 1902 fragmentos
[9]de Córdoba, al referirse a Cuba, ex- clamaba: «los cristianos han destruido y desterra- do de estas pobres gentes la natural generación». Cifras de la catástrofe Los datos que permiten evaluar la caída de pobla- ción indígena son escasos y fragmentarios, pero no menos impresionantes: Juan Friede calcula que la…
p. 190
[10]de Córdoba, al referirse a Cuba, ex- clamaba: «los cristianos han destruido y desterra- do de estas pobres gentes la natural generación». Cifras de la catástrofe Los datos que permiten evaluar la caída de pobla- ción indígena son escasos y fragmentarios, pero no menos impresionantes: Juan Friede calcula que la…
p. 190
09Breve historia económica de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 2017 · p. 43, 502 fragmentos
[11]determinado entonces por un mar- cado descenso de la población tributaria que creó una situación de abundancia de tierras y escasez extrema de mano de obra. La producción de oro colapsó, lo que llevó a que en 1700 casi desapareciera por completo, de un nivel de 2 millones de pesos plata a principios del siglo. Sola-…
p. 50
[13]que cumpliera adecuadamente las funciones que se le atribuyen, como patrón de medida del valor, medio de intercambio o alma- cén de valor. Sin embargo, existieron ciertas mercancías que se intercambiaron con mayor frecuencia y que pudieron servir como patrón para medir valores. Esta característica se le ha atribuido…
p. 43
10Economías prehispánicas de ColombiaAlberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres, Santiago Giraldo, Daniela Castellanos Montes, Marianne Cardale de Schrimpff, Carl Henrik Langebaek, María Antonieta Corcione Nieto, Catalina Zorro, Luisa Mendoza, Marcela Bernal, Lucero Aristizábal, Leonor Herrera · p. 303, 312, 319, 4238 fragmentos
[14]“seis y hasta ocho mantas chingas, cada una conforme su posible y a la honrra (sic) que quería le hiciese su cacique...”. El término chinga para una clase de mantas ha llevado a discusiones interesantes. Con el tiempo, los españoles se referían a ellas como chingamanales, un término de desprecio, pero parece que en un…
p. 319
[15]“seis y hasta ocho mantas chingas, cada una conforme su posible y a la honrra (sic) que quería le hiciese su cacique...”. El término chinga para una clase de mantas ha llevado a discusiones interesantes. Con el tiempo, los españoles se referían a ellas como chingamanales, un término de desprecio, pero parece que en un…
p. 319
[16]mantas coloradas y una pintada … mas otra manta questa por pintar …” 16. Antes de la llegada de los españoles, como se menciona más adelante, el arte de pintar mantas formaba parte de la enseñanza de los jóvenes entrenados para sacerdotes. Durante la Colonia temprana, se empleaba un especialista que viajaba de un…
p. 312
[17]mantas coloradas y una pintada … mas otra manta questa por pintar …” 16. Antes de la llegada de los españoles, como se menciona más adelante, el arte de pintar mantas formaba parte de la enseñanza de los jóvenes entrenados para sacerdotes. Durante la Colonia temprana, se empleaba un especialista que viajaba de un…
p. 312
[18]diferentes colores o con imágenes sagradas de la nueva religión. También las utilizaron para el “cielo” o cobertura textil ubicada en la parte superior del altar a modo de baldaquín. “…y porque del todo se extirpe la idolatría ordenaron y mandaron que los indios no traygan mantas pintadas con figuras de tunjo o…
p. 423
[19]diferentes colores o con imágenes sagradas de la nueva religión. También las utilizaron para el “cielo” o cobertura textil ubicada en la parte superior del altar a modo de baldaquín. “…y porque del todo se extirpe la idolatría ordenaron y mandaron que los indios no traygan mantas pintadas con figuras de tunjo o…
p. 423
[24]productos muy diferentes en el sentido de que el primero era geográficamente restringido, esencial para la vida, pero no se hallaba en áreas vecinas; su valor económico dependía del comercio o de intercambios a corta y larga distancia. La transcendencia y el alcance geográfico de este intercambio por intermedio de los…
p. 303
[25]productos muy diferentes en el sentido de que el primero era geográficamente restringido, esencial para la vida, pero no se hallaba en áreas vecinas; su valor económico dependía del comercio o de intercambios a corta y larga distancia. La transcendencia y el alcance geográfico de este intercambio por intermedio de los…
p. 303
11Industria y protección en Colombia, 1810-1930Luis Ospina Vásquez · 2017 · p. 1481 fragmento
[20]mantas, lienzos, alpargatas, sayal, frisas, frezadas, y otras muchas cosas a Mompox, Zaragoza, Remedios, Cáceres, Cartagena, Santa Marta, Tenerife, Antioquia, Gobernación de Popayán, Mérida y otras muchas partes». «Descripción de Tunja en 1610», sacada de las informaciones hechas por la justicia de aquella ciudad, el…
p. 148
12Mercados, poblamiento e integración étnica entre los Muiscas, Siglo XVICarl Henrik Langebaek · 1987 · p. 16, 78, 81, 844 fragmentos
[21]Antioquia a finales del Siglo XVII eran originarias de territorio muisca. Otra transformación que es necesario indicar es la gradual introducción de lana de oveja como materia prima en la elaboración de tejidos. Incluso en algunos documentos del Siglo XVI es común encontrar referencias acerca de que los Caciques…
p. 81
[28]trueque y tributo. De otro lado, se ha procurado que la descripción sobre la circulación de cada producto vaya acompañada de referencias acerca de quién los hacía, el uso que se les daba, la técnica de producción, así como la ubicación de centros productores, distribuidores y consumidores involucrados en el…
p. 16
[29]"de algodón el cual van a buscar a Chita", en dominios laches (/1602/ A.N.C. Vis. Boy. XVII f 776r). En contraste con la información antes expuesta, parece que los intercambios de algodón y mantas al extremo sur del territorio muisca no fueron muy comunes (mapa 6) aunque se sabe que los sutagaos entraban a los…
p. 84
[30]oro (/1602/ A.N.C. Vis. Sant. IV f 664r), e igual sucedía con otras comunidades de la región como Susacón (/1572/ A.N.C. Vis. Boy. XIII f 321v) y Ocavita (/1602/ A.N.C. Vis. Boy. X f 33Ir), lugar éste en el cual los testigos especificaron que cogían coca dos veces al año y utilizaban canales de riego para incrementar…
p. 78
13Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 35, 37, 65, 804 fragmentos
[23]vertientes u n poco m ás tem p lad as y allí se extraían dos cosechas anuales. En tierras m ás bajas se sem braba arracacha, algodón, guayaba, piña y coca. A lgunos productos, com o la coca y el algodón, no eran cultivados p o r los m uiscas y los obtenían en el com ercio. C ad a cuatro días había m ercado en los…
p. 37
[35]tiem po necesario para las labores en sus propios lotes. O tro sig no del desarrollo de la agricultura española p u ed e seguirse en las quejas contra la destrucción de sem enteras indígenas por el ganado de los europeos. Hacia 1560 se cultivaba m aíz y cebada en las fincas españolas de Santa Fe, Tunja y Pam plona. En…
p. 65
[38]u e corrían en dirección nororiental p o r unos ochenta kiló m etros, sep arad as p o r el río Chicam ocha. A unque las co m u n id ad es indígenas de estas zonas pag ab an tributo a los señores de Sugam uxi y D uitam a, algunos especialistas han su g erid o recientem ente que uno de ellos, o am bos, aceptaban el dom…
p. 35
[47]regiones de B ucaram anga y Pam plona, los altiplanos orientales se especializaron en la ag ricu ltu ra y la producción de tex tiles. La m ayoría de la producción era para el auto co n su m o regional, a u n q u e se exportaban pro d u cto s a los cam pam entos m ineros de la región occidental, a los puertos del M…
p. 80
14Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · p. 121 fragmento
[26]las relaciones comerciales afianzaban redes de intercambio cultural más profundas. un aspecto importante de la sociedad muisca fue el desarrollo y la complejidad que se desprendieron de una economía natural no monetaria, y que se desplegó al tener un escenario de vastas redes comerciales y cercanías culturales y…
p. 12
15Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · p. 3321 fragmento
[27]true - que con tribus vecinas y aún muy alejadas. Los principales artículos que se exportaban eran sal 153, esmeraldas, coca y Memoria sobre las Antigüedades Neo-Granadinas, Librería de F. Schneider i Cía., Berlín. Acerca de la arqueología «premuisca», véanse las notas biblio- gráficas para el capítulo iv, así como…
p. 332
16Historia de Colombia. La Colombia más Antigua. Tomo 1Gonzalo Hernández de Alba (dir.); Camilo Domínguez O., José L. Lorenzo, Amancio Fernández, Gonzalo Correal y otros · p. 1371 fragmento
[31]y ciertos productos agrícolas, la sal era otro elemento básico del comercio de los muiscas. un grupo de especialistas en el intercambio. Las re- ferencias históricas parecen indicar que todos los indígenas comunes y corrientes iban a los merca- dos. Por otra parte, el trueque de artículos tuvo un papel importante al…
p. 137
17Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 52, 125, 1393 fragmentos
[32]los esfuerzos de la casta de los encomenderos por mantener las prerrogativas que se derivaban de la conquista. Dentro de este marco tan amplio de interpretación se inscriben las particularidades de una historia social en la que los encomenderos se enfrentaban a menudo con funcionarios del Estado español, por un…
p. 139
[34]veces gar- banzos, habas, fríjoles, caña y lino). Fuera de esto, debían dar indios de servicios (un 3 o 4% de los varones adultos) para los aposentos del encomendero, los cuales eran casi siempre tie- rras ocupadas de hecho en las inmediaciones del asentamiento indígena. Además, la obliga- ción del tributo en especie…
p. 125
[44]en el siglo XVI algunos territorios marginales o casi independientes, cuya sumisión al Zipa o al Zaque no estaba del todo clara. El status de estos territorios en el momento de la Conquista debe evaluarse, en parte por lo me- nos, en términos de un proceso histórico. En primer lugar, los dos "Estados" incipientes eran…
p. 52
18Ensayos para la historia de la política de tierras en Colombia. De la colonia a la creación del Frente NacionalAbsalón Machado Cartagena · 2009 · p. 21, 452 fragmentos
[37]acuerdo con las necesidades de cada familia indígena. La característica esencial era la propiedad colectiva sobre las tierras, las ventas, aún con el consentimiento de todo el común, se prohibieron en el siglo XVII. Según Friede, la conciencia de ser propietario no era igual en las comuni dades indígenas de América, y…
p. 45
[52]y se remataron tierras. El despojo se inició cuando se concentraron varios resguardos en uno solo, generalmente distantes de los centros poblados y en tierras de menor calidad (Liévano Aguirre, 2002)3. Con la descomposición de los resguardos se fue formando el trabajo a sa lariado al que se incorpora el indio y una…
p. 21
19Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · p. 44, 1252 fragmentos
[39]Muequetá. Con dicho vocablo se le trataba lo mismo que a su gente. Las delimitacio- nes, en cambio, diferenciaron sus fronteras étnicas: al suroeste con Tunja, al norte y sur con los sutagaos y al sureste con los panches. A pesar de que Simón pretende orientar al lector desde la geografía de la conquista, confunde la…
p. 125
[42]que era idéntico al que seguían los especialistas religiosos más importantes. En 1594 se menciona que los chuques recibían una mochila de coca y un poporo como símbolo de su autoridad, pero es claro que los caciques también tenían ese privilegio (AGI Santa Fe, 17). Por otra parte, el escenario político en el que se…
p. 44
20Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · p. 1291 fragmento
[40]en los que se adoraba al dios Chiminigagua y a las divi- nidades Bachué (la luna), Bochica (el sol), Chib- chacum (dios protector) y otras menores dedica- das a las diversas actividades socioeconómicas. Además de los caciques, capitanes y jeques, eran importantes los guechas o guerreros reclutados, cuya función era…
p. 129
21Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 521 fragmento
[43]autori dad, les pagaran tributos y les rindieran obediencia. Esta respuesta estaba influida por la estructura y la cultura de las comunidades ind í genas. Donde sobrevivi ó mayor proporci ó n de poblaci ó n fue entre los muiscas y los grupos cercanos a Pasto y Popay á n. Esto se explica en parte porque los espa ñ oles…
p. 52
22Manual introductorio. Biblioteca Básica de Cocinas Tradicionales de ColombiaGermán Patiño Ossa, Antonio Montaña, Lácydes Moreno Blanco · p. 521 fragmento
[48]y enriquecedor. El maíz que se deja fermentar durante tres días antes de molerlo –del cual se obtiene el almidón agrio– tiene, convertido en base de panadería, un sabor inimitable. Al contrario de lo ocurrido en el resto del país, en el altiplano no hay una coloni- zación sino una toma de tierras. El cerdo no es tan…
p. 52