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Biografía

Diego de Torres y Moyachoque

Conquista

1549–1590

18 min de lectura25 documentos
Nacimientohacia 1549
Fallecimientohacia 1590
RolesCacique de Turmequé · Peticionario ante el Consejo de Indias
Lugar principalColombia
Período históricoConquista1499–1599
03

La biografía

En el paisaje documental del Nuevo Reino de Granada bajo Felipe II, pocas figuras resultan tan incómodas de clasificar como Diego de Torres y Moyachoque, cacique mestizo de Turmequé. Hijo de un conquistador español y de una cacica muisca, ejerció el cacicazgo del pueblo boyacense entre finales de la década de 1570 y su muerte hacia 1590, y durante esos años convirtió el lenguaje jurídico castellano en un instrumento político: viajó dos veces a la Corte, redactó memoriales al rey, protestó por escrito ante el Consejo de Indias los abusos de los encomenderos y litigó contra su propio medio hermano por el título cacical. No fue un intermediario resignado ni un rebelde armado; fue algo más difícil de nombrar y por eso mismo más revelador: un vasallo leal que aprendió a usar el derecho del imperio para pleitear contra quienes, en su nombre, extraían tributo y trabajo del altiplano cundiboyacense. Su trayectoria permite leer el cacicazgo neogranadino del siglo XVI como un espacio de agencia política activa, no como un residuo folclórico, y a la vez muestra hasta qué punto esa agencia dependía de correlaciones de fuerza que ningún cacique controlaba.

02

Línea de vida

  1. 1549

    Nacimiento en Turmequé

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    Nació hacia 1549, hijo del capitán Juan de Torres, encomendero español vinculado a los primeros repartos tras la conquista del altiplano, y de Catalina de Moyachoque, cacica de Turmequé en la vertiente occidental del valle de Tenza, jurisdicción de Tunja.

  2. 1571

    Pleito por el cacicazgo ante la Audiencia de Santafé

    Leer contexto

    Se abrió un litigio ante la Audiencia de Santafé por la sucesión de Turmequé, en el que Diego compitió con su medio hermano Pedro de Torres, apoyado por sectores encomenderos. La Audiencia falló a favor de Diego, reconociendo su derecho por vía materna según el derecho consuetudinario muisca.

  3. 1575

    Investidura como cacique de Turmequé

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    Hacia mediados de la década de 1570, tras el fallo favorable de la Audiencia, quedó investido formalmente como cacique de Turmequé, asumiendo la representación fiscal y política de su comunidad ante el encomendero y las autoridades coloniales.

  4. 1580

    Alianza con el visitador Monzón y crisis institucional

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    Durante la visita del oidor Juan Bautista Monzón —quien en 1580 llegó a encarcelar al presidente Lope Díez Aux de Armendáriz—, Torres colaboró con el visitador reformista. El arzobispo Zapata acusó a Monzón de haber tramado con Torres un levantamiento general de indígenas, acusación que otros informes contemporáneos contradecían.

  5. 1582

    Primer viaje a la Corte en Madrid

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    Viajó personalmente a España —pasando por Cartagena, Sevilla y Madrid— para presentar sus memoriales ante el Consejo de Indias, movilizando el capital político y económico necesario para sostener la travesía atlántica y litigar en la Corte como peticionario indígena-mestizo.

  6. 1584

    Memorial de Agravios ante Felipe II

    Leer contexto

    Redactó el memorial conocido como Memorial de Agravios, dirigido al Consejo de Indias y al rey Felipe II, en el que articuló en registro jurídico y retórica de vasallaje leal una crítica sistemática a los abusos encomenderos: tasaciones excesivas, servicio personal, castigos físicos, trabajos en minas y apropiación de tierras comunales.

  7. 1590

    Muerte y fin del cacicazgo

    Leer contexto

    Murió hacia 1590, cerrando una trayectoria que abarcó el pleito sucesorio, la administración del cacicazgo, la denuncia documental de los abusos encomenderos y dos viajes a la metrópoli, sin haber obtenido una reforma estructural del sistema pero dejando un corpus documental excepcional.

Un cacique mestizo en la frontera de dos legitimidades

Diego de Torres nació hacia 1549, hijo del capitán Juan de Torres —encomendero español vinculado a los primeros repartos que siguieron a la conquista del altiplano por Gonzalo Jiménez de Quesada— y de Catalina de Moyachoque, cacica de Turmequé en la vertiente occidental del valle de Tenza, jurisdicción de Tunja. Esa doble filiación lo situaba en un lugar preciso y a la vez precario del orden colonial. Por la línea materna heredaba, según el derecho consuetudinario muisca, la posibilidad de suceder en el cacicazgo, pues la transmisión del cargo se hacía por vía uterina: no del cacique a su hijo, sino a un sobrino por parte de hermana. Por la línea paterna era mestizo, categoría jurídica ambigua que el propio sistema colonial producía y a la que el ordenamiento castellano reservaba una posición intermedia —por debajo de españoles y por encima de negros libres, mulatos, zambos y esclavos, aunque en un cruce inestable con los aborígenes en la jerarquía legal—.

Este cruce hacía de Torres, desde su nacimiento, una figura útil para leer una historia más grande. El mestizaje, que en el censo de 1778 representaría ya casi la mitad de la población del Nuevo Reino, era en el último tercio del siglo XVI un fenómeno todavía en formación pero ya lo bastante extendido como para producir individuos como él: hombres con acceso desigual a la lengua castellana, a la escritura alfabética, al código legal y a las redes de patronazgo, y con vínculos vivos —familiares, rituales, políticos— en las comunidades indígenas. Torres no fue una excepción heroica; fue un caso especialmente lúcido, y especialmente bien documentado, de un patrón colectivo. Mestizos, indios, mulatos y españoles aprendían el lenguaje de la ley porque los códigos jurídicos regulaban derechos y deberes que afectaban directamente sus vidas, y ese aprendizaje no seguía la línea limpia que separaba a colonizadores de colonizados. La primera función del castellano en América había sido la dominación mediante escrituras legales; pero justamente por eso la escritura jurídica se convirtió también, en manos como las de Torres, en el terreno donde se podía negociar, protestar y a veces revertir.

Turmequé y la estructura del cacicazgo muisca

Para entender qué heredaba Diego de Torres al reclamar el cacicazgo hay que reconstruir, sin idealizar, qué era un cacicazgo muisca a mediados del siglo XVI. Los cronistas describieron la organización política de las tierras altas cundiboyacenses como una pirámide: en la base, comunidades familiares o parcialidades mandadas por un cacique; encima, grandes caciques como el zipa en Bogotá, el zaque en Tunja, y otros en Sogamoso, Duitama y Guatavita, a los que asimilaron a títulos nobiliarios hispanos hasta llamarlos "reyes". Esa imagen piramidal ha sido matizada por la investigación posterior. Los documentos coloniales no registran protestas de comunidades por caciques impuestos desde Tunja, Sogamoso, Duitama o Bogotá, y la guerra entre cacicazgos parece haber tenido un carácter principalmente ceremonial, de reconocimiento y competencia, más que de conquista territorial en el sentido europeo. Lo que sí aparece con nitidez en los archivos es un entramado de parentesco: los caciques de Bogotá y Chía eran parientes dentro de la misma confederación, y relaciones análogas se identifican entre Suba y Tuna, Tunja y Ramiriquí, Guatavita y Teusacá, Duitama y Tobasía. Las confederaciones muiscas parecen haber sido, al menos en parte, redes familiares extendidas antes que estructuras estatales; para la propia Tunja se han propuesto dos linajes o dinastías, la de Tunja y la de Ramiriquí, que dibujarían una estructura dual de poder.

En ese tejido, Turmequé era un cacicazgo menor pero estratégicamente situado en la jurisdicción tunjana, punto de paso hacia el valle de Tenza y las tierras cálidas. Su población había quedado, tras la conquista, encomendada como grupo: la unidad tributaria en el Nuevo Reino no fueron individuos sueltos reunidos al azar sino el clan o la tribu preexistente, con el cacique como representante obligado ante el encomendero. El cacique pagaba el tributo a nombre de su gente, y esa gente debía aportar pensiones particulares, el quinto real, el estipendio del cura doctrinero, el sueldo del corregidor, además del trabajo doméstico y agrícola sobre el que se sostenía la economía de los vecinos españoles. En ese arreglo el cacique se volvía, en la práctica, agente fiscal de la Corona y del encomendero a la vez, y recibía a cambio ciertos privilegios: tierras, exenciones, en ocasiones títulos, una consideración jurídica intermedia. La antigua autoridad muisca no desapareció; se transformó en engranaje del sistema tributario, y los caciques que sobrevivieron políticamente fueron los que supieron traducir su legitimidad interna al idioma de la administración imperial.

Diego de Torres nació dentro de esa transformación. Cuando reclamó Turmequé no lo hacía como heredero de una autoridad prehispánica intacta sino como sucesor de un cargo que ya llevaba décadas siendo, al mismo tiempo, jefatura indígena y oficina colonial.

El pleito por el cacicazgo

El acceso de Torres al cacicazgo no fue automático. Hacia 1571 se abrió un litigio ante la Audiencia de Santafé por la sucesión de Turmequé, en el que compitió con un medio hermano indígena por la línea materna, Pedro de Torres, presentado como candidato apoyado por sectores encomenderos interesados en un cacique más manejable. El pleito planteaba una cuestión que rebasaba a Turmequé: ¿podía un mestizo, hijo de conquistador, heredar un cacicazgo muisca? La respuesta involucraba dos ordenamientos difícilmente conciliables. Por el derecho consuetudinario indígena, la transmisión por vía uterina favorecía a Diego, hijo de la cacica; pero la Corona y las audiencias se mostraban cautelosas ante la figura del cacique mestizo, no tanto por prejuicio racial —aunque también— cuanto por temor a que la combinación de linaje indígena, letras castellanas y vínculos hispanos produjera un tipo de líder difícil de controlar.

La Audiencia falló a favor de Diego, que hacia mediados de la década de 1570 quedó investido como cacique de Turmequé. Ese fallo, más allá de su alcance local, revela algo importante sobre el sistema legal colonial: los magistrados gozaban de un amplio poder discrecional, no estaban obligados a acogerse a la letra estricta de la ley y podían fallar conforme a la costumbre o la equidad. Esa flexibilidad, que en otros casos servía para amparar abusos, en el caso de Turmequé abrió una rendija por la que se coló un cacique mestizo con vocación letrada. El sistema colonial no era una máquina cerrada; era, más bien, un archipiélago de decisiones discrecionales donde la habilidad para presentar el propio caso en el lenguaje adecuado podía inclinar el resultado. Torres aprendió esa lección temprano y la usaría el resto de su vida.

La escritura como estrategia: memoriales y viajes a la Corte

Una vez cacique, Diego de Torres no se limitó a administrar el tributo de Turmequé. Comenzó a documentar, con precisión de escribano y agudeza política, los abusos del régimen encomendero en la jurisdicción de Tunja: tasaciones que excedían la capacidad de las comunidades, servicio personal disfrazado bajo otros nombres, castigos físicos, trabajos en minas y en la boga, apropiación de tierras comunales, injerencia de los encomenderos en la designación de capitanes indígenas. Esa documentación cristalizó en una serie de memoriales dirigidos al Consejo de Indias y al propio Felipe II, cuyo momento culminante fue el memorial redactado en la década de 1580 —conocido en la tradición historiográfica como Memorial de agravios— en el que Torres articuló, en el registro jurídico y retórico del vasallaje leal, una crítica sistemática al comportamiento de los encomenderos neogranadinos.

La escritura de Torres es reveladora precisamente porque no es insurgente en la forma. Habla como vasallo del rey, invoca la legislación protectora dictada por la Corona, cita disposiciones, se presenta como súbdito fiel que denuncia el incumplimiento de las órdenes reales por parte de intermediarios locales. Esa retórica no era ingenuidad: era la única gramática que el sistema reconocía como legítima. Los discursos jurídicos coloniales constreñían y modelaban la comunicación de quienes presentaban peticiones y quejas, y quien quisiera protestar sentencias, decretos, contratos o testamentos que lo afectaban negativamente estaba obligado a aprender y usar ese lenguaje. Torres lo hizo con soltura suficiente como para que sus escritos circularan en la Corte y fueran leídos —y respondidos— por las más altas instancias del gobierno indiano.

Para asegurarse de que sus memoriales no se perdieran en el laberinto burocrático de la Audiencia de Santafé, Torres viajó personalmente a España. La primera vez lo hizo hacia comienzos de los años ochenta, atravesando el trayecto habitual —Cartagena, la travesía atlántica, la Casa de Contratación en Sevilla, el camino a Madrid— que era en sí mismo una empresa costosa, riesgosa y reveladora del capital político y económico que un cacique de un pueblo mediano podía llegar a movilizar. En la Corte se movió como se movían tantos otros peticionarios llegados de América: conquistadores que solicitaban blasones heráldicos, encomenderos que pedían reconocimiento de hidalguía, religiosos que denunciaban abusos, funcionarios que buscaban ascenso. Torres se sumó a ese flujo con una carta diferente: la de cacique legítimo, vasallo leal y víctima de un régimen local que operaba, según su denuncia, en contradicción con la voluntad expresa del monarca.

Su llegada no era casual en el calendario político imperial. Tras la abdicación de Carlos V en 1556, tanto Felipe II como el Consejo de Indias habían tomado conciencia de la "feudalización de América": la tendencia de los conquistadores-encomenderos a consolidar poder territorial autónomo, a coartar la autoridad real, a comportarse como una nobleza local. Contra esa dinámica, la Corona impulsó desde mediados del siglo un conjunto de medidas —limitación de encomiendas a dos vidas, refuerzo de las audiencias, envío de visitadores— que buscaban recentralizar el poder. La denuncia de Torres se insertaba con precisión en esa preocupación estructural: al pintar a los encomenderos como incumplidores de la ley regia, se ofrecía a sí mismo, y al cacicazgo indígena, como aliado natural de una Corona interesada en frenar la autonomía de los vecinos americanos. La retórica del vasallaje leal no era ornamento sino estrategia.

La red: Monzón, Zapata y la crisis institucional del Nuevo Reino

La eficacia de los memoriales de Torres no se explica solo por su calidad retórica. Se explica también por el momento excepcionalmente convulso del Nuevo Reino de Granada bajo Felipe II, y por las alianzas puntuales que Torres tejió con funcionarios reformistas enviados desde la metrópoli. La figura clave fue el visitador Juan Bautista Monzón, llegado a Santafé con amplios poderes para tomar residencia a la Audiencia y a su presidente Lope Díez Aux de Armendáriz. La visita de Monzón llenó de temor a lo más granado de la sociedad neogranadina: el visitador iba en serio, y la élite encomendera y burocrática de la capital lo entendió de inmediato.

Lo que siguió es uno de los episodios más reveladores de la fragilidad institucional del Nuevo Reino en la segunda mitad del siglo XVI. En 1580 Monzón llegó a encarcelar al presidente Armendáriz. La élite santafereña respondió con una escalada de maniobras encaminadas a neutralizarlo: primero intentó concertar el matrimonio de su hijo con una rica heredera para comprometerlo por vía familiar; luego reunió un ejército bajo el mando del capitán Diego de Ospina en las goteras de Santafé; después hizo circular una Real Cédula falsificada que supuestamente revocaba el nombramiento del visitador. Cuando esas tácticas fracasaron, Monzón fue encarcelado, acusado de ser judío converso y trasladado como prisionero a Pamplona. El sistema institucional colonial, diseñado sobre el principio de un control recíproco entre virreyes, presidentes, audiencias y visitadores, había producido en cambio una guerra abierta entre facciones, cada una empuñando las formas del derecho para destruir a la otra.

En ese cruce se jugó el destino político de Diego de Torres. El arzobispo de Santafé, fray Luis Zapata de Cárdenas —que ocupó la sede metropolitana entre 1573 y 1590 y admitió sin reparo haber aconsejado la prisión de Monzón, encontrando oposición en el presidente Armendáriz— envió al Consejo de Indias cartas en las que acusaba al visitador de haber tramado, con el cacique Diego de Torres y sus indios, un levantamiento general contra las autoridades coloniales. La acusación era doblemente grave: colocaba a Torres en la categoría de conspirador y ligaba su nombre al peor de los fantasmas coloniales, el alzamiento indígena coordinado con funcionarios reales díscolos. El memorial se convertía, en la lectura del arzobispo, en tapadera de la sedición; el vasallo leal quedaba reescrito como cabecilla de una rebelión potencial.

La versión de Zapata no se impuso sin resistencia. Fray Alberto Pedrozo, provincial franciscano, remitió al Consejo un informe contrario: para él, Monzón era un funcionario riguroso víctima de una élite dispuesta a todo —soborno matrimonial, movilización militar, cédula falsificada, acusación de judaísmo— para bloquear su visita, y varios vecinos apoyaron esa versión. En el centro del conflicto latía la defensa del trabajo forzoso indígena: los encomenderos temían que la visita, y con ella los memoriales de caciques como Torres, terminara restringiendo el servicio personal del que dependía su prosperidad. El caso mostraba con brutalidad una regularidad del sistema: los funcionarios reales que intentaban proteger a los indígenas se enfrentaban a combinaciones de intereses locales dispuestas a comprometerlos seriamente, y los menos concienzudos o simplemente más prudentes terminaban cediendo. Monzón resistió y fue destruido; Torres, aliado a él, quedó marcado.

La acusación del arzobispo tenía además otra utilidad estructural: al presentar el mestizaje letrado de Torres como amenaza subversiva, permitía deslegitimar el propio uso del memorial como forma de agencia política. Si un cacique mestizo que escribía al rey podía ser, en realidad, un conspirador que preparaba un alzamiento, entonces la escritura misma se volvía sospechosa. La retórica del vasallaje leal, en la que Torres había cifrado su seguridad, podía ser leída al revés en cualquier momento.

Segunda estancia en Madrid y la disputa larga

Perseguido, con su cacicazgo en riesgo y sus escritos convertidos en pieza de un pleito mayor, Torres emprendió una segunda travesía a España en los años ochenta. En Madrid volvió a presentar memoriales, a solicitar audiencias, a insistir ante el Consejo de Indias en la legitimidad de su título y en la veracidad de sus denuncias. Que un cacique boyacense pudiera sostenerse durante meses en la Corte, cubriendo los costos de la estancia, del asesoramiento jurídico y de la reproducción de documentos, revela un aspecto que suele quedar oculto en la narrativa romántica del "cacique letrado": Torres tenía recursos, contactos y un manejo pragmático de las lógicas cortesanas. No era un mensajero de su comunidad enviado con las manos vacías; era un actor político con capital acumulado, capaz de operar en dos continentes.

La respuesta institucional a sus gestiones fue ambigua, como solía serlo el sistema. La Corona escuchaba y ordenaba investigaciones; los aparatos locales dilataban, reinterpretaban o simplemente desobedecían. La distancia entre la letra de la ley colonial y su cumplimiento efectivo era enorme: los colonos podían obedecer formalmente las normas y decidir no aplicarlas, como el Cabildo de Bogotá venía haciendo desde 1546 con las Leyes Nuevas. Esa brecha estructural —que la propia Corona no lograba cerrar— era el terreno real sobre el que se movían los memoriales de Torres. Sus denuncias podían producir cédulas, provisiones y órdenes; su aplicación dependía de audiencias, corregidores y encomenderos cuyos intereses apuntaban en dirección contraria.

Antonio González, que llegaría a presidir la Audiencia hacia el final del siglo, y Andrés Egas de Guzmán, oidor con protagonismo en varios de estos procesos, forman parte del elenco cambiante de funcionarios que se cruzaron con el expediente de Turmequé. Ninguno resolvió el problema de fondo. El pleito del cacicazgo, la validez de los memoriales, la responsabilidad de los encomenderos denunciados: todo quedó envuelto en la lentitud de la burocracia imperial, en las alianzas cambiantes de la élite santafereña y en el trasfondo de una confrontación institucional —entre visitadores, presidentes y audiencias— que no cesaba.

Diego de Torres murió hacia 1590, probablemente en la península o en el trayecto de regreso, sin haber logrado la restitución plena que perseguía y sin ver cumplido, en Turmequé, el programa de justicia que sus escritos habían dibujado. Su muerte coincidió, casi simbólicamente, con el final del arzobispado de Zapata de Cárdenas.

La estructura contra la que pleiteaba

La derrota relativa de Torres no fue individual sino sistémica. La encomienda que él denunciaba tenía una lógica implacable. La Corona tenía interés en preservar la población indígena como fuente permanente de tributos, y por eso adoptó medidas protectoras disfrazadas con ropajes religiosos o humanistas. Los encomenderos, en cambio, tendían a la explotación intensiva de la mano de obra disponible, lo que generaba una tensión persistente entre el interés fiscal de largo plazo del imperio y el interés extractivo inmediato de la élite local. Los memoriales de Torres operaban precisamente en esa fisura: pedían a la Corona que hiciera cumplir su propio interés estructural contra los abusos de sus agentes locales.

El sistema tenía además otra grieta favorable al lenguaje del memorial: el patronato real. La bula de 1508 había otorgado a la Corona de Castilla tres prerrogativas fundamentales sobre la Iglesia en América —autorización exclusiva de construcción de templos, patronato en sentido castellano, presentación de personas idóneas para beneficios eclesiásticos—, prerrogativas que se extendieron a virreyes, presidentes de audiencias y gobernadores como vicepatronos. Este entrelazamiento de lo civil y lo eclesiástico multiplicaba los canales por los que un cacique podía hacer llegar sus quejas y también los frentes por los que podía ser atacado: la escasez de doctrineros, alegada por los encomenderos como coartada para no adoctrinar a los indios, era uno de los muchos terrenos donde el pleito por el trabajo indígena se libraba en clave religiosa. Solo desde septiembre de 1569 el presidente Venero de Leiva había hecho traer cuarenta religiosos franciscanos y dominicos para atender las encomiendas, y aun así la cobertura era insuficiente.

En ese paisaje, la estrategia de Torres —usar el derecho castellano para litigar contra el orden encomendero desde dentro— era racional, pero operaba sobre un tablero cuya inclinación no controlaba. Al final del siglo XVI la pérdida acelerada de población indígena tributaria empezó a erosionar el poder de los encomenderos, con efectos visibles en el ausentismo de los vecinos en el cabildo capitalino; pero ese debilitamiento estructural, que a la larga daría la razón parcial a las denuncias de caciques como Torres, llegó demasiado tarde para él.

La huella: memoria disputada y lectura contemporánea

Diego de Torres desaparece de los documentos hacia 1590 y regresa a la memoria colombiana varios siglos después, primero como figura menor de la crónica de la conquista y luego, en la historiografía del último medio siglo, como uno de los ejemplos más citados de agencia política indígena en la América hispánica temprana. Ese redescubrimiento no ha estado exento de riesgos. La tentación hagiográfica —convertirlo en héroe indigenista, protomártir de la lucha anticolonial, precursor letrado de una modernidad indígena— tiende a aplanar precisamente lo que hace interesante su caso: su ambigüedad estructural, su condición de vasallo leal que pleitea desde dentro, su mestizaje que es al mismo tiempo arma y punto vulnerable, su instrumentalización lúcida de una retórica imperial que también podía voltearse contra él.

El aporte real de Torres a la historia de Colombia no está en haber sido un rebelde —no lo fue— ni en haber ganado su pleito —no lo ganó del todo—, sino en haber dejado, en los archivos del Consejo de Indias, un cuerpo documental que revela con excepcional nitidez cómo funcionaba el pleito colonial y qué márgenes de agencia abría, y cerraba, para los sujetos indígenas y mestizos con acceso a la escritura. Sus memoriales enseñan tres cosas que la historiografía sigue trabajando. Muestran, primero, que el archivo jurídico colonial no fue un monopolio de los colonizadores: fue un espacio disputado donde una variedad de actores subalternos —caciques, capitanes indígenas, mestizos letrados, mulatos, algunos negros libres— intervino con sofisticación creciente. Muestran, segundo, que el cacicazgo neogranadino de finales del siglo XVI no era una institución en agonía sino una posición política activa, transformada por la conquista pero no vaciada de sentido, capaz de conectar comunidades locales con la Corte imperial. Muestran, tercero, que la eficacia de esa agencia dependía menos de la calidad individual del peticionario que de coyunturas que él no dominaba: la llegada de un visitador dispuesto, la debilidad transitoria de una facción encomendera, el humor reformista del Consejo, la muerte oportuna de un adversario.

El caso de Turmequé se sitúa, además, en el origen de una tradición larga en la historia jurídica y política colombiana: la de las comunidades y los individuos que, sin optar por la vía armada, aprenden a litigar dentro del sistema legal del poder que los oprime y a convertir sus propias formas contra él. De los caciques mestizos del siglo XVI a los memoriales de comuneros del XVIII, de los abogados negros del XIX a los pleitos de resguardos y consejos comunitarios en la Colombia contemporánea, hay una continuidad que Torres no inauguró él solo pero que su expediente permite leer con claridad inusual.

Queda, por último, la incomodidad productiva de su figura para cualquier relato simple. Diego de Torres fue hijo de encomendero y cacique de indios; vasallo del rey y denunciante de sus agentes; muisca y letrado castellano; víctima y estratega; peticionario leal y sospechoso de sedición. No cabe en el molde del indígena resistente puro ni en el del colaboracionista, y esa incomodidad —esa negativa suya, casi involuntaria, a ser reducido a categoría— es quizá su legado más duradero. La historia de Colombia se ha escrito muchas veces con arquetipos, y Turmequé, en 1584, ya estaba produciendo desde el Nuevo Reino una figura que ningún arquetipo alcanza.

04

Conexiones del archivo

Red histórica

05

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

25 documentos · 41 fragmentos
01Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · Páginas 203, 279, 3403 citas
[1]

su nombramiento como presidente de la Audiencia. Informaba al • Consejo que el Nuevo Reino “ est á tan por el suelo que s ó lo el nom bre le ha quedado ”. Acus ó a Monz ó n de haber encarcelado injusta mente los principales vecinos, haber vendido una reliquia que le ¿ fue regalada en Espa ñ a, haber permitido el…

p. 203
[11]

en sus agentes, se tomaba como el poder de legislar, juzgar y hacer ejecutar las deci siones estatales. De manera que los diferentes ó rganos y funcio narios del Estado pod í an, y de hecho ejerc í an conjuntamente las funciones de juzgar, legislar y ejecutar. As í ocurr í a, por ejemplo, en el caso de los virreyes,…

p. 340
[21]

dignidades de la Rep ú blica, los encomenderos m á s poderosos • MANUAL DE HISTORIA I 291 no desde ñ aban ejercer el comercio, casi siempre vali é ndose de tes taferros. La explotaci ó n de los ind í genas dio origen a acumulacio- n é s de riqueza que se invirtieron en minas y en g é neros o ropas de Castilla vendidos…

p. 279
02Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · Página 1041 cita
[2]

arzobispo. El provincial, fray Alberto Pedro- zo, informaba que el envío del juez con tan amplios poderes como gozaba Monzón, llenó de temor a lo más granado de la sociedad neo- granadina. Para ablandar a Monzón se tramo un casamiento de su hijo con una rica heredera, lo cual no tuvo éxito y Monzón prosiguió con su…

p. 104
03Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · Página 2211 cita
[3]

Francisco Bri- ceño, presidente. Se es- tablece la mita como forma de trabajo forzoso para los indígenas. Fun- dación del convento de agustinos en Santafé. 1576 El pirata inglés Oxenham desembarca en el Da- rién y establece una alianza con negros cimarrones. 1577 Prosiguen insurrecciones indígenas. Los indios -Pijao…

p. 221
04Antropología hecha en Colombia. Tomo IIEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · Páginas 118, 1282 citas
[4]

determinar si el cacique de Turmequé tuvo o no acceso a tales manuales, sobre lo cual no tengo evidencias, lo que quiero señalar aquí es el peso del lenguaje de la ley en la cultura colonial. Como don Diego de Torres, una multitud enorme de hombres y mujeres — mestizos, indios, m ulatos y aun españoles— aprendió el…

p. 118
[5]

del prominente lugar que ocupa mi preocupación por la escritura y por los materiales escritos no busco equiparar la cultura colonial con la escritura. La escritura encarnaba el discurso de la ley pero no contenía ni saturaba por completo el discurso. Las imágenes, las cifras y los objetos arquitectónicos fungieron…

p. 128
05Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · Página 261 cita
[6]

allí donde tiene el peçon, que allí tiene más alto, o como quien tiene una pelota muy redonda, y en lugar della fuese como una teta de mujer allí puesta, y que esta parte de este peçon sea la más alta e propinca del cielo, y sea debaxo de la línea equinoccial, y en esta mar océano en fin del oriente […]. Grandes…

p. 26
06Aproximaciones a la historia del Derecho en ColombiaLuis Freddyur Tovar, Beatriz Eugenia Salamanca Charria, Carlos Andrés Delvasto Perdomo, Carlos Andrés Echeverry Restrepo, Francesco Zappalá Sastoque, Iván Alberto Díaz Gutiérrez · 2014 · Página 2831 cita
[7]

para resistir. España administraba sus colonias a través de un sistema legal y magistrados equivalentes a los propios. Adicionalmente, se trataba de un gobierno de jueces, donde cada oficial delegado ejercía funciones jurisdiccionales de una u otra manera 7. La costumbre y la equidad jugaron un papel crucial en los…

p. 283
07Colombia: las razones de la guerraJorge Orlando Melo González · 2021 · Página 241 cita
[8]

ordenar formas serviles de trabajo. Los debates sobre estos temas fueron interminables y de gran riqueza, y en ellos aparece el rechazo de los colonos a los alegatos de los curas y a las normas reales que los obligaban a moderar la explotación del indio. Los nuevos pobladores de las Indias argumentaban la necesidad de…

p. 24
08Estudios interdisciplinarios de las élites en ColombiaCatalina Acosta Oidor, Alexander Gamba Trimiño, Verónica Salazar Baena · 2023 · Páginas 58, 612 citas
[9]

mayoría de conquistadores y soldados que participaron en las conquistas, tanto del Nuevo Reino de Granada como de los demás territorios ultramarinos, solicitaron al Consejo de Indias que les concedie - ra blasones heráldicos, copia de aquellos que portaban las grandes casas nobiliarias en España. Mínguez y Rodríguez…

p. 58
[10]

nuevos títulos y bienes. Según Lope de Vega, los indianos son derrochadores por naturaleza, pues “tienen dineros y los dan en toda ocasión”, además de vivir presumiendo no solo las fatigas y trabajos vividos en el pasado, sino también los títulos que gracias a ello han alcanzado (Martínez-Tolentino, 2001, pp. 83 -…

p. 61
09Historia de la religión en Colombia, 1510-2021Jose Joaquin Pinto Bernal, Katherinne Giselle Mora Pacheco, Juan David Cascavita Mora, Juan Carlos Jurado Jurado, José Eduardo Rueda Enciso, Fabio Hernán Carballo, Fernanda Muñoz, Darío Arturo Zuleta Gómez, Carlos Arboleda Mora, Rafael Tamayo Franco, Juan Felipe Córdoba-Restrepo, Jeiman David López Amaya, María del Rosario Vázquez Piñeros, Andrés Felipe Manosalva Correa, Gabriel Cabrera Becerra, Gina Marcela Reyes Sánchez · 2022 · Página 61 cita
[12]

edificar ni erigir iglesias grandes en dichas islas y tierras adquiridas o que en adelante se adquirieren; y concedemos el derecho de Patronato, y de presentar personas idóneas para cualesquiera iglesias catedrales, monasterios, dignidades, colegiatas y otros cualesquiera beneficios eclesiásticos y lugares píos. 14…

p. 6
10Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · Páginas 54, 632 citas
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la rap iñ a y las g u erras faccionales de la C onquista y la institucionalización m ás re p o sad a del resto del p eriodo colonial. En el orden político, en los sistem as de p roducción y en el trato a las poblaciones indígenas som etidas, los españoles m an tu v iero n algunos com portam ientos característicos del…

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la protección de los indígenas, fue lite ralm ente echado en 1550-1551. Y aquellos funcionarios q u e un poco m ás tarde quisieron av an zar en la reform a tuv iero n que ab a n d o n ar varias veces su em p e ño al ver la inm inencia de u n a rebelión encom endera. En una fecha tan tardía com o 1580, u n juez que se…

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11Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · Páginas 69, 1412 citas
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gastos de un pleito ya demasiado prolongado 2. El acomodamien to no era difícil puesto que Salguero gozaba de las encomiendas de Ura-Cheva y Ogamora, Gámeza y Mongua, a cuya renta (la de Mongua) renunció en 1575 a favor del convento de Santa Clara, fundado por su esposa Clara Matías33. Así, la primera generación de…

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de los doctrineros había sido muy reducida y aun se había visto interrumpida casi radicalmente en 1558, a causa de una gran epidemia de viruelas. La escasez de frailes era el prin cipal obstáculo, según los encomenderos, para que ellos pudieran cum plir con su obligación de adoctrinar a los indios. Sólo desde…

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12Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · Página 232 citas
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y capitanes se convirtieron prácticamente en agentes de la Corona, y se les concedieron pri- vilegios, tierras y a veces encomiendas, responsabilidades organi- zativas y títulos. Las encomiendas en la sabana de Bogotá, por ejemplo, se organizaron con base en las capitanías, pueblos ente- ros sometidos a la dirección…

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y capitanes se convirtieron prácticamente en agentes de la Corona, y se les concedieron pri- vilegios, tierras y a veces encomiendas, responsabilidades organi- zativas y títulos. Las encomiendas en la sabana de Bogotá, por ejemplo, se organizaron con base en las capitanías, pueblos ente- ros sometidos a la dirección…

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13Introducción a la historia económica de ColombiaÁlvaro Tirado Mejía · 2019 · Página 691 cita
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explotación de los indígenas, pero por causa de esta tendencia adoptó instituciones que garantizaran a los conquistadores el no interferir su prejuicio con respecto al trabajo material y que les permitieran vivir de sus rentas a costa de los sometidos.⁷⁸ Pero esta tendencia no se hubiera concretado si no hubieran…

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14Historia económica de ColombiaJosé Antonio Ocampo Gaviria (compilador), Germán Colmenares, Jaime Jaramillo Uribe, Hermes Tovar Pinzón, Jorge Orlando Melo González, Jesús Antonio Bejarano Ávila, Joaquín Bernal Ramírez, Mauricio Avella Gómez, María Errázuriz Cox, Carmen Astrid Romero Baquero · 2017 · Página 461 cita
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diversa, han sido uno de los rasgos más peculiares y permanentes de las sociedades hispanoamericanas. CONFLICTOS Y REFORMAS Gran parte de los conflictos politicos y sociales posteriores a la Conquista se originaron en los intentos de la Corona española de limitar los privilegios y los abusos de los encomenderos. Las…

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15Ensayos para la historia de la política de tierras en Colombia. De la colonia a la creación del Frente NacionalAbsalón Machado Cartagena · 2009 · Página 421 cita
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y o s p a r a l a h is t o r ia d e l a p o l ít ic a d e t ie r r a s e n C o l o m b ia tó una serie de medidas para protegerlos, disfrazadas con ropajes religiosos o humanistas. Los tributos obligaban a dar al encomendero las pensiones particulares, el quinto para el Rey, el estipendio para el cura doctrinero y el…

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16Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · Páginas 4, 12, 393 citas
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acciones de la comunidad eran regidas y supervisadas por el Cabildo, pero sus contrapartes, la Real Audiencia y sus oidores, se reservaron la legislación sobre temáticas centrales y primordiales para el funcionamiento económico de la ciudad: Tasación de los tributos indígenas.. Legislación sobre encomienda..…

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las relaciones comerciales afianzaban redes de intercambio cultural más profundas. un aspecto importante de la sociedad muisca fue el desarrollo y la complejidad que se desprendieron de una economía natural no monetaria, y que se desplegó al tener un escenario de vastas redes comerciales y cercanías culturales y…

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© Marco Forero, 2016 © Editorial Planeta Colombiana S. A., 2016 Calle 73 N.° 7-60, Bogotá Diseño de cubierta: Departamento de diseño Grupo Planeta Primera edición: abril de 2016 ISBN 13: 978-958-42-4984-5 Desarrollo e-pub: Hipertexto Ltda. Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo…

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17Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · Páginas 44, 1252 citas
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que era idéntico al que seguían los especialistas religiosos más importantes. En 1594 se menciona que los chuques recibían una mochila de coca y un poporo como símbolo de su autoridad, pero es claro que los caciques también tenían ese privilegio (AGI Santa Fe, 17). Por otra parte, el escenario político en el que se…

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Muequetá. Con dicho vocablo se le trataba lo mismo que a su gente. Las delimitacio- nes, en cambio, diferenciaron sus fronteras étnicas: al suroeste con Tunja, al norte y sur con los sutagaos y al sureste con los panches. A pesar de que Simón pretende orientar al lector desde la geografía de la conquista, confunde la…

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18Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Páginas 28, 742 citas
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El ma í z serv í a para hacer arepas y “ chi 30 HISTORIA M Í NIMA DE COLOMBIA cha ”, una bebida fermentada para sus frecuentes fiestas y celebra ciones. Usaban tambi é n el tabaco y la coca. En casi toda la cordillera oriental, sus vecinos de los valles inter medios del r í o Magdalena y de la tierra caliente eran…

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o “ cuarterones ”, agrupadas en los censos co mo “ mestizos ”, “ castas ” o “ libres ”. En efecto, ya para 1778 casi la mi tad de la poblaci ó n del Nuevo Reino figuraba como mestiza, y mu chos de los que aparec í an como ind í genas, blancos o incluso esclavos eran mestizos. En el censo de ese a ñ o los indios fueron…

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19Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · Páginas 109, 156, 1693 citas
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menos claro). En concretos, esto quiere decir que la sociedad se divide en “mitades”, cada una con su propio liderazgo. Por lo general nes entre esas mitades es asimétrica, de manera que una obre la otra, aunque las mitades suelen tener esferas de rentes, o complementarias: en algunos casos una mitad ás de lo secular…

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menos; en unas sociedades donde las élites pudieron ejercer cierto control económico, y en otras donde ese no era el caso. No fueron las nociones de “casa” o de “cercado” las que le dieron sentido a las relaciones políticas y sociales, sino lo contrario: fueron éstas las que les otorgaron un sentido específico a…

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y sangrientas guerras entre los grandes c caciques muiscas como parte de proyectos de expansión territorial, Los documentos simplemente no mencionan nada que apoye esas empresas militares que, según los cronistas, existieron. No conozco una sola mención de que después de la conquista alguna comunidad hubiera…

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20Mercados, poblamiento e integración étnica entre los Muiscas, Siglo XVICarl Henrik Langebaek · 1987 · Páginas 30, 332 citas
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favorita de los cronistas (Aguado /1581/ 1956, I: 259). En nuestra opinión, al menos parte de la explicación a la formación de unidades políticas que trascendían la comunidad independiente debe buscarse en los vínculos de parentesco. Según los datos de archivo, en efecto, es posible identificar que, al interior de sus…

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aunque resulta probable que también jugaran un rol político más directo, comparable al de los caciques y capitanes. Según Aguado (Ibid.), los intentos de revuelta que fraguaron los caciques de Bogotá y Tunja contra los españoles "fueron inducidos por los mohanes y jeques". Además, todavía en 1606 el Arzobispo Lobo…

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21Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader · 2002 · Página 1962 citas
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las autoridades dispusieron que los indios vivieran en pueblos con arreglo a normas fijas: una plaza mayor de 180 varas en cuadro, con una iglesia «lo mejor que pudieren», con calles rectas de 14 varas de ancho y manzanas cuadradas igual- mente de 80 varas de lado, con una casa para el cacique que «sea mayor y mejor…

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las autoridades dispusieron que los indios vivieran en pueblos con arreglo a normas fijas: una plaza mayor de 180 varas en cuadro, con una iglesia «lo mejor que pudieren», con calles rectas de 14 varas de ancho y manzanas cuadradas igual- mente de 80 varas de lado, con una casa para el cacique que «sea mayor y mejor…

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22Colombia complejaJulio Carrizosa Umaña · 2014 · Página 412 citas
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años después se calcula una población de 750.000 indígenas, 10.000 mestizos y blancos y 15.000 negros. En el primer censo confiable (1778-1780) solo aparecen un poco más de 150.000 indios cuando el total de la población probablemente había sido superior a tres millones (Martínez 2010). Si hoy se reprodujera ese…

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mulatos; diez años después se calcula una población de 750.000 indígenas, 10.000 mestizos y blancos y 15.000 negros. En el primer censo confiable (1778-1780) solo aparecen un poco más de 150.000 indios cuando el total de la población probablemente había sido superior a tres millones (Martínez 2010). Si hoy se…

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23Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Página 821 cita
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contingente de misioneros, bajo la dirección de fray Tomás de Ortiz, con el título de protector de los indios, per- tenecientes a la comunidad de los dominicos, cu- 326 Arzobispos de Santa Fe antafé fue elevada a la categoría de S arquidiócesis en 1563. Los arzobispos fueron fray Juan de los Barrios (1563-1569), Luis…

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24Historia de la religión en ColombiaJosé David Cortés Guerrero, Juana María Marín Leoz, Leonardo Fabián García Rincón, William Elvis Plata, Diana Paola Hernández Fernández, Alberto José Campillo Pardo, Aliza Moreno-Goldschmidt, Odette Yidi David, Jorge Enrique Salcedo Martínez, Jose Joaquin Pinto Bernal, Katherinne Giselle Mora Pacheco · 2022 · Página 61 cita
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los sínodos de Popayán, Cartagena y Santafé de los años de 1555, 1556 y 1558. EBSCOhost: eBook Collection (EBSCOhost) printed on 4/29/2025 8:22:45 PM UTC via UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. All use subject to https://www.ebsco.com/terms-of-use. 49 Lucas Fernández de Piedrahíta. Historia General de las Conquistas del. Nuevo…

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25The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · Página 1171 cita
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as Christians. And so that this great malady and grave offense to God might be fixed, it is necessary that Your Royal High- Idolators and Encomenderos 103 ness appoint a person or declare that the high court appoint a person who, looking only to God and leaving behind all pretension for worldly gain or sinister…

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