Pedro de Aguado
Conquista
1538–1609
La biografía
Fray Pedro de Aguado (c. 1538 – c. 1609) es el cronista franciscano cuya Recopilación historial preserva, para el Nuevo Reino de Granada y para las provincias venezolanas, la voz aún caliente de los conquistadores de primera generación: los que habían caminado con Jiménez de Quesada, con Federmann, con Belalcázar, y que hacia 1570 empezaban a envejecer. Aguado los escuchó, transcribió sus declaraciones, cotejó papeles y compuso una obra vasta que la Corona no dejó imprimir. El manuscrito viajó a Madrid en las manos de su autor, quedó retenido en el Consejo de Indias y no vio luz de imprenta hasta comienzos del siglo XX; su edición moderna colombiana, en cuatro volúmenes, apareció en Bogotá entre 1956 y 1957 por la Empresa Nacional de Publicaciones. Ese desfase de casi cuatro siglos entre escritura y publicación explica buena parte de su peso hoy: Aguado es un cronista que no fue leído por los cronistas que vinieron después —o lo fue sólo por copias parciales— y por eso su relato no está contaminado por las modas retóricas del barroco tardío ni por la mala conciencia que ya se filtra en Pedro Simón. Es, en el sentido más literal, el testigo intermedio: no el primero, no el más literario, sino el que mejor conservó lo que los conquistadores dijeron cuando todavía no había motivos para matizarlo.
Línea de vida
- 1549
Contexto de llegada: creación de la Real Audiencia de Santafé
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La Real Audiencia de Santafé se creó en 1549, iniciando la organización sistemática de la evangelización en el Nuevo Reino. Aguado llegaría a un campo escaso de operarios franciscanos y saturado de trabajo misional en el altiplano cundiboyacense.
- 1558
Epidemia registrada en Pamplona y Tunja
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Aguado fecha con precisión una epidemia que mató a más de quince mil indígenas en las regiones de Pamplona y Tunja, dato corroborado parcialmente por los testimonios recogidos durante la visita de Tomás López en 1560 y empleado por la historiografía moderna para dimensionar el colapso demográfico indígena.
- 1575
Composición de la 'Recopilación historial' (c. 1570–1581)
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Durante aproximadamente una década, Aguado recopiló relatos de conquistadores, relaciones oficiales e informaciones de méritos para componer su obra, aprovechando su posición como provincial franciscano con acceso a papeles internos de la orden y testimonios directos de participantes en la conquista aún vivos.
- 1582
Viaje a España y retención del manuscrito por el Consejo de Indias
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Aguado viajó a Madrid llevando el manuscrito de la 'Recopilación historial' con la esperanza de obtener licencia de impresión. El Consejo de Indias, guardián supremo de la memoria imperial y órgano de censura, retuvo la obra sin destruirla ni publicarla, condenándola a más de tres siglos de invisibilidad.
- 1912
Primera edición impresa en Madrid (1906–1918)
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La 'Recopilación historial' apareció finalmente en Madrid en la edición emprendida por Jerónimo Bécker, más de tres siglos después de su redacción, poniendo por primera vez la obra al alcance de los investigadores.
- 1956
Edición colombiana en cuatro volúmenes (1956–1957)
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La Empresa Nacional de Publicaciones de Bogotá publicó la edición colombiana de la 'Recopilación historial' en cuatro volúmenes entre 1956 y 1957, constituyendo la edición moderna de referencia que manejan los especialistas en historia colonial neogranadina.
- 1968
Estudio crítico de Demetrio Ramos en la 'Revista de Indias'
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Demetrio Ramos publicó 'Consideraciones acerca de Fray Pedro de Aguado' en la Revista de Indias de Madrid (número 98, 1968), contribuyendo a fijar la figura del cronista para la erudición americanista moderna.
Una vida sin biografía
Pocos autores centrales de la historiografía indiana tienen una biografía tan escurridiza como la de Aguado. Los archivos guardan su obra pero no a él: el lugar de nacimiento, la fecha exacta, el convento donde tomó el hábito, la travesía atlántica que lo llevó al Nuevo Mundo, todo eso pertenece a una zona de sombra que ni la erudición franciscana ni la investigación moderna han logrado despejar del todo. Los datos que se manejan con solvencia son pocos y estructurales: fue fraile menor de la orden de San Francisco, actuó como misionero en el Nuevo Reino de Granada durante la segunda mitad del siglo XVI, ejerció responsabilidades de gobierno interno dentro de su provincia y compuso su obra a partir de una masa documental reunida en el propio territorio que describe.
La ausencia de datos personales no es un vacío ingenuo; es la marca del tipo de autor que fue Aguado: un franciscano de segunda ola, ni fundador ni celebridad, cuya identidad institucional pesaba más que la individual. Los franciscanos habían sido los primeros religiosos en pisar suelo neogranadino con las expediciones de conquista, pero la evangelización sistemática del Nuevo Reino apenas empezaba a organizarse en la década de 1550, después de la creación de la Real Audiencia de Santafé en 1549. Un puñado de franciscanos y dominicos comenzaba entonces a enseñar la doctrina cristiana en los distritos de Santa Fe y Tunja; a comienzos de la década de 1560, el número de religiosos disponibles en la cordillera Oriental resultaba a todas luces insuficiente para atender la multitud de encomiendas ya repartidas. Aguado llegó a un campo escaso de operarios y saturado de trabajo, y ese es el escenario institucional que hay que suponer detrás de su itinerario, aun cuando los papeles concretos de su tránsito se hayan perdido.
El franciscano en el Nuevo Reino
La orden franciscana, junto con la dominica, sería en los siglos XVI a XVIII una de las grandes protagonistas de la cristianización de la Nueva Granada, con enorme poder social, político y cultural. Pero ese poder se concentró geográficamente: las órdenes se establecieron en torno a los principales centros de poder económico y político —Santafé, Tunja, Vélez, Cartagena— y dejaron a los Llanos, el Chocó, el bajo Magdalena y buena parte del distrito de Popayán con presencias débiles, itinerantes o inexistentes. Los clérigos que llegaban a la costa atlántica no permanecían mucho tiempo, pues las comunidades indígenas eran demasiado pobres, y se marchaban al Perú o hacia zonas montañosas con poblaciones más numerosas y estables. El esfuerzo evangelizador del siglo XVI se concentró, así, en las altiplanicies orientales, y aun allí avanzó con lentitud.
Aguado se movió por ese eje central. Su obra revela una familiaridad concreta con Tunja, Santafé, Vélez y la geografía muisca del altiplano cundiboyacense; también con las provincias venezolanas de Coro y su hinterland, que compartían jurisdicción eclesiástica y horizonte de conquista con el Nuevo Reino. Llegó a desempeñar responsabilidades de gobierno dentro de la provincia franciscana neogranadina —posición que le dio acceso a papeles internos de la orden, a memoriales de conquistadores, a informaciones de méritos y servicios— y fue, hacia finales de la década de 1570 o comienzos de la de 1580, comisionado para viajar a España a gestionar asuntos de la provincia. Ese viaje, que probablemente él imaginó administrativo, resultó ser el viaje decisivo de su vida como cronista: llevó consigo el manuscrito de la Recopilación historial con la esperanza de imprimirlo en la metrópoli. No lo consiguió.
La Recopilación historial: qué es y cómo se hizo
La Recopilación historial narra la conquista del Nuevo Reino de Granada y de las provincias de Venezuela desde las primeras entradas europeas hasta episodios de mediados del siglo XVI, con especial detalle en las expediciones que confluyeron en el altiplano —la de Jiménez de Quesada subiendo por el Magdalena, la de Federmann llegando desde Coro por los Llanos, la de Belalcázar viniendo desde Popayán— y en las guerras de pacificación posteriores contra muiscas, panches, muzos, laches y otros pueblos. Su método es reconocible: Aguado usó relatos de conquistadores, relaciones oficiales, informaciones de méritos, y en muchos pasajes se apoya en testimonios recogidos directamente de sus autores, todavía vivos cuando él escribía.
Ese método le da su valor y también sus límites. Como toda la cronística indiana, la obra impone recortes convencionales —el género pide batallas, itinerarios, prodigios— y tiende a exagerar o generalizar la información geográfica y etnográfica. Pero, a diferencia de las crónicas escritas medio siglo o más tarde, Aguado conserva la textura de la primera memoria: los nombres oscuros de soldados que Castellanos elevará a hexámetros, los detalles procesales de un repartimiento, la lista de bienes tomados a un cacique, el nombre exacto de una quebrada donde hubo emboscada. Es prosa de escribano tanto como prosa de fraile.
Su composición debió ocupar la década que va, aproximadamente, de 1570 a 1581. Aguado tuvo el manuscrito listo para llevarlo a España a comienzos de la década de 1580, y allí buscó licencia de impresión. El Consejo de Indias, guardián supremo de la memoria imperial y órgano de censura sobre los libros de Indias, retuvo la obra. No la destruyó —de haberlo hecho no la tendríamos— pero tampoco la dejó circular. El manuscrito quedó en los depósitos metropolitanos y allí permaneció, en la práctica invisible, durante más de tres siglos.
La retención y sus razones
La imagen fácil sería la de una censura política deliberada: la Corona habría querido silenciar una crónica incómoda. La realidad es más gris y por eso más instructiva. El Consejo de Indias, desde su creación, había concentrado tres funciones que juntas determinaban qué se sabía y qué no sobre el imperio: coleccionar y custodiar la documentación de gobierno, otorgar o negar licencias de impresión y ejercer censura sobre los libros. A esa maquinaria se sumaban los índices y edictos inquisitoriales, que hacían de la tenencia o lectura de ciertos textos un delito. Y a todo eso se añadía un factor material sencillo: la imprenta llegó a Bogotá con retraso enorme. La primera publicación impresa en la Nueva Granada la hicieron los jesuitas en 1738, casi tres siglos después de Gutenberg y unos doscientos años después de la fundación de Santafé. Aun instalada, la imprenta neogranadina se movió con cautela y durante años sólo produjo textos religiosos menores, novenas, catecismos.
En ese entramado, la Recopilación historial no era un caso singular sino un caso paradigmático. Las crónicas sobre el Nuevo Reino tuvieron todas transmisión difícil: las Elegías de varones ilustres de Indias de Juan de Castellanos sólo se publicaron parcialmente en vida de su autor; las Noticias historiales de fray Pedro Simón, escritas a comienzos del siglo XVII, tardaron generaciones en imprimirse íntegras; El Carnero de Juan Rodríguez Freyle, terminado hacia 1636, no llegó a la imprenta hasta 1859, más de dos siglos después, aunque circuló ampliamente en copias manuscritas. Esa transmisión manuscrita generaba, además, copias múltiples y defectuosas, y en el caso de El Carnero llegó a suponerse en el siglo XIX que existían versiones distintas de una misma obra.
Aguado corrió peor suerte que Rodríguez Freyle: su manuscrito no circuló siquiera en copias apreciables. La combinación de censura administrativa, ausencia de imprenta local, distancia entre el altiplano y la metrópoli, y quizá también la longitud misma de la obra —costosa de copiar entera— la mantuvo en un limbo. La Recopilación historial aparecería finalmente en Madrid entre 1906 y 1918, en la edición emprendida por Jerónimo Bécker, y sólo en 1956-1957 la Empresa Nacional de Publicaciones de Bogotá le dio la edición colombiana en cuatro volúmenes que hoy manejan los especialistas. En 1968, Demetrio Ramos publicó en la Revista de Indias de Madrid, en su número 98, un estudio titulado Consideraciones acerca de Fray Pedro de Aguado que ayudó a fijar la figura del cronista para la erudición moderna.
Ese calendario —redacción hacia 1570-1581, publicación entre 1906 y 1957— convierte a Aguado en un caso de estudio sobre cómo el archivo colonial metropolitano decidía qué memorias llegaban a ser historia. La documentación acumulada en Sevilla y Madrid fue producida y controlada por el Consejo, que actuó como coleccionista supremo y determinó bajo qué condiciones se accedía a ella. Aguado quedó dentro de esa colección como material bruto, no como obra publicada: guardado, no leído. Cuando por fin fue leído, la historiografía americanista tenía tres siglos de retraso.
Lo que Aguado registra: la conquista sin coartadas
La utilidad más profunda de la Recopilación historial está en el tono con que consigna la violencia. Aguado escribe cuando la conquista es asunto reciente y los conquistadores todavía la defienden como derecho evidente. En sus páginas, los participantes en las entradas del altiplano no dudan de su facultad para aplicar toda la violencia necesaria al zipa Sagipa —el sucesor de Tisquesusa capturado tras la caída de Bogotá— con tal de obligarlo a entregar los tesoros que se le suponían. Ese pasaje adquiere todo su relieve al contrastarlo con Pedro Simón, que escribiendo casi cien años después ya no comparte la certeza: en Simón se ha instalado la duda, la incomodidad, la necesidad de justificar. En Aguado, no. En Aguado se lee la conquista antes de que se volviera un problema moral para sus herederos.
El propio Aguado, sin embargo, no es un apologista sin fisuras. Registra, con lo que un lector moderno percibe como sorpresa suya, que las rebeliones indígenas eran reprimidas con extremo poder de sangre vertida y que ese poder no siempre lograba la sumisión de los indios. La violencia funciona en su relato como técnica de gobierno cuya eficacia empieza a fallar, aunque el derecho a ejercerla no se discuta. Esa combinación —firmeza en el derecho, perplejidad ante los resultados— es lo más valioso de su voz: no la de un crítico anticipado ni la de un cronista triunfalista, sino la de un observador que consigna lo que ve dentro del marco que da por descontado.
La etnografía muisca: cacicazgos, ligas, servicios
En materia de pueblos indígenas, Aguado es una de las fuentes más consultadas para la etnohistoria muisca del altiplano. Registra con detalle las estructuras de mando de los grandes cacicazgos —Tunja, Bogotá, Sogamoso, Tundama, Duitama— y las obligaciones que los sujetos debían a sus señores. Refiriéndose a la provincia de Tunja, describe que los indios reconocían caciques importantes y les prestaban servicios, entre ellos algunos relacionados directamente con la guerra. Ese pasaje ha sido usado por la historiografía moderna para reconstruir el funcionamiento del tributo prehispánico y la lógica del reclutamiento militar muisca.
Aguado ratifica, además, una información capital que los propios muiscas dieron a los conquistadores: el cacique de Sáchica declaró ante los españoles que el mando y señorío de los caciques consistía en ser obedecidos en cuanto mandaban, así en cosas de guerra como de paz. Aguado confirma esa lógica describiendo servicios debidos que la incluyen. Y va más allá: consigna que los cacicazgos muiscas se apoyaban en ligas o confederaciones militares, como la que unía a Duitama y Sogamoso, o la que los muzos pidieron a los muiscas contra los propios españoles. Es un dato decisivo, porque desmiente tanto la idea de un mosaico atomizado de aldeas como la idea inversa de un imperio centralizado: lo que Aguado deja ver es una red de señoríos capaces de coaligarse en función de amenazas concretas, con jerarquías reconocidas y con mando efectivo, pero sin una integración estatal en el sentido que la palabra tuvo en el Perú incaico.
La retórica moderna del "imperio muisca" —esa figura que a veces se proyecta sobre el altiplano por analogía con Cusco o Tenochtitlan— no encuentra en Aguado un fundamento directo. Él describe caciques poderosos, confederaciones militares, obediencias efectivas, pero no un aparato imperial. La expansión muisca que sus datos permiten inferir se parece más a un juego de reconocimientos y competencias entre señoríos que a una campaña de conquista territorial imponiendo caciques foráneos. Que lecturas posteriores hayan endurecido esa geometría hasta llamarla imperio es un artefacto interpretativo, no una tesis de Aguado.
Otro registro capital: la epidemia de 1558. Aguado la fecha con precisión y calcula en más de quince mil los indígenas muertos en las provincias de Pamplona y Tunja, cifra que se corrobora en los testimonios indígenas recogidos durante la visita del oidor Tomás López en 1560. Ese dato ha sido base para toda la historiografía posterior sobre el colapso demográfico neogranadino: sin la fecha y la magnitud que Aguado provee, la curva epidémica del altiplano quedaría reconstruida sólo por inferencia. La Recopilación historial es, en este punto, una fuente cuantitativa insustituible.
Sobre los enfrentamientos militares directos entre muiscas y españoles, Aguado describe encuentros que se reducían con frecuencia a guazabaras —escaramuzas rápidas— que los hispanos desbarataban de inmediato, obligando a los muiscas a huir. La desproporción táctica que se lee en su prosa no es celebración de la superioridad castellana sino constatación técnica: caballos, aceros, arcabuces, disciplina de tercio contra guerreros armados con macanas, tiraderas y hondas. Esa asimetría explica, en el propio Aguado, por qué la conquista del altiplano fue rápida en lo militar y lentísima en lo demográfico, cultural y económico: se ganaba una guazabara en una tarde y se tardaba un siglo en cobrar el tributo.
El Dorado, la casa del sol y los laches
Como buena parte de la cronística indiana, la Recopilación historial recoge también los relatos que impulsaron las expediciones. Aguado narra que Gonzalo Jiménez de Quesada, antes de salir de España, había escuchado hablar de una casa del sol ubicada en tierra de los indígenas laches, en la región que hoy corresponde a Boyacá, al noroccidente del Casanare y Santander. Esa "casa del sol" es una de las variantes tempranas de la leyenda que después se condensaría en El Dorado y que arrastraría durante décadas expediciones ruinosas por los Llanos y el piedemonte. Aguado no cree ni descree: consigna. Y al consignar preserva el rastro de cómo se fabricaban las expectativas geográficas de la conquista, qué se decía en los puertos andaluces sobre las tierras adentro del Nuevo Mundo, cómo un rumor podía movilizar a cientos de hombres a caballo.
Lugar en la cronística neogranadina
La cronística del Nuevo Reino tiene un núcleo de cuatro autores que la historiografía maneja como una constelación: Juan de Castellanos, con las Elegías de varones ilustres de Indias —considerada la primera obra escrita en el Nuevo Reino con intención claramente literaria—; fray Pedro de Aguado, con la Recopilación historial; fray Pedro Simón, con las Noticias historiales de las conquistas de tierra firme en las Indias Occidentales, ya de comienzos del XVII; y Juan Rodríguez Freyle, con la obra escrita hacia 1636 y publicada en 1859 que llamamos El Carnero. A ellos se suma, algo después, Lucas Fernández de Piedrahita.
Aguado ocupa en esa serie una posición cronológicamente intermedia y funcionalmente distinta. Castellanos, coetáneo suyo pero de sensibilidad renacentista y ambición poética, convierte la conquista en materia de verso; Simón, franciscano como Aguado pero medio siglo posterior, escribe ya con la distancia moral que permite sopesar; Rodríguez Freyle, criollo santafereño, mezcla crónica, ficción, moralidad y picaresca en un libro difícil de encasillar, que se apoya historiográficamente en Simón y Castellanos y en la tradición oral americana. Aguado es el único de los cuatro que trabajó fundamentalmente sobre testimonios de primera mano de los conquistadores todavía vivos, y el único cuya obra permaneció efectivamente fuera de circulación hasta el siglo XX. Su ausencia del debate historiográfico durante trescientos años explica por qué su rescate a comienzos del siglo XX fue sentido como un hallazgo: no era un cronista que se releyera con ojos nuevos, era un cronista que apenas empezaba a leerse.
Esa condición cronológica —no el franciscanismo, que compartía con Simón— es la clave de su utilidad diferencial. Simón, que escribe cien años después de los hechos, filtra ya la conquista a través de una sensibilidad distinta; Aguado, que recoge testimonios recientes, transmite la conquista tal como sus protagonistas quisieron contarla, con las virtudes y las coartadas de esa versión. Ambos son necesarios, y precisamente por serlo la historiografía moderna los suele contrastar. Que en la voz de Aguado no aparezca la incomodidad ante la violencia que ya asoma en Simón no es defecto: es dato histórico sobre la conciencia castellana de mediados del siglo XVI.
La mediación del fraile
Decir que Aguado es una fuente de primera mano no equivale a decir que sea una fuente transparente. Todo cronista es un editor, y Aguado lo fue con la doble condición de franciscano y de compilador. Su orden estaba implicada en el conflicto profundo del siglo XVI neogranadino: la tensión entre encomenderos, Corona y Iglesia por el control de la mano de obra y la tributación indígenas. Las órdenes religiosas —franciscanos y dominicos en primer lugar— fueron a la vez agentes de evangelización y actores del reparto de poder colonial. Un provincial franciscano no escribía sobre la conquista desde ninguna neutralidad: escribía desde una posición institucional que tenía intereses concretos en cómo se recordaba lo hecho y en cómo se regulaba lo que quedaba por hacer.
Ese fondo no convierte a Aguado en cronista sesgado en un sentido tosco. No inventa hechos ni oculta batallas. Pero sí selecciona, prioriza, articula. Cuando dedica atención sostenida a la brutalidad contra Sagipa o a la represión sangrienta de rebeliones, lo hace desde una mirada que ha vivido las secuelas: la despoblación, la resistencia solapada, las dificultades de la doctrina. Su capacidad para consignar sin filtro la violencia inicial coexiste con una sensibilidad ya moldeada por las reformas medias del siglo, por las Leyes Nuevas de 1542, por los debates que la orden misma sostenía sobre el trato a los indios. Aguado no es Las Casas, pero tampoco es Oviedo: es un fraile del último tercio del XVI que recoge lo que fue y lo procesa desde donde está.
Reconocer esa mediación no debilita su valor; lo precisa. La Recopilación historial es fuente etnohistórica de primer orden no a pesar sino a causa de su condición de obra situada: precisamente porque sabemos desde dónde escribe podemos calibrar qué nos dice y qué no, qué amplifica y qué modera. El problema es que sabemos desde dónde escribe sólo a grandes rasgos —franciscano, provincial, testigo tardío del altiplano—; los detalles biográficos que permitirían afinar esa lectura permanecen esquivos. Operamos, en última instancia, sobre el texto más que sobre el hombre.
Huella y disputa
La huella de Aguado en la historiografía colombiana es un caso curioso de gravitación póstuma. Durante los siglos XVII, XVIII y buena parte del XIX, cuando Castellanos ya circulaba parcialmente y Rodríguez Freyle era leído en manuscrito, Aguado apenas existía como referencia. Los primeros historiadores nacionales colombianos —los de la generación de José Manuel Groot, los que armaron el relato de la Independencia y el pasado colonial en las décadas centrales del XIX— trabajaron sin él. Su ingreso efectivo a la conversación historiográfica ocurre en el siglo XX, primero con la edición madrileña de Bécker entre 1906 y 1918, después con la edición bogotana de 1956-1957, y consolidadamente con los estudios especializados desde los años sesenta —el trabajo de Demetrio Ramos en 1968 es marca temprana de esa consolidación—.
Desde entonces, Aguado se ha vuelto cita obligada. Los historiadores de la conquista neogranadina lo usan para reconstruir itinerarios, fechar epidemias, describir cacicazgos, documentar violencia y jerarquías. Los etnohistoriadores lo cotejan con los testimonios de las visitas oficiales —la de Tomás López en 1560, sobre todo— para triangular datos sobre demografía, tributo y organización política prehispánica. Los estudiosos de la cronística indiana lo colocan en la serie que va de Castellanos a Rodríguez Freyle y lo usan como contrapunto de Simón para medir la evolución de la conciencia castellana sobre la conquista.
Y sin embargo, algo del silencio de tres siglos sigue pesando. Aguado no tiene el aura literaria de Castellanos ni la circulación popular de Rodríguez Freyle; no se le enseña en la educación básica, no ha inspirado ficciones, no forma parte del panteón cívico. Es un cronista de historiadores, un autor cuya presencia se siente sobre todo en las notas al pie y en las bibliografías. Esa condición austera es acaso la más fiel a lo que fue: un fraile que compiló papeles y transcribió voces, que viajó a Madrid con un manuscrito bajo el brazo, que vio cómo la burocracia imperial lo guardaba en un depósito y probablemente murió sin saber si su obra sería leída algún día.
La Recopilación historial terminó siendo leída, y hoy sostiene una parte no menor de lo que sabemos sobre cómo se conquistó el altiplano y la costa venezolana, sobre cómo se organizaron los cacicazgos que allí resistieron, sobre cómo murió más de un tercio de una población entera en un año. Que ese saber nos llegue mediado por un franciscano cuya cara no conocemos, en una edición del siglo XX de un manuscrito del XVI, es también un dato sobre Colombia: sobre cómo la memoria del país se armó tarde, con papeles que estuvieron mucho tiempo lejos, en manos ajenas, esperando que alguien tuviera la paciencia de abrirlos.
Conexiones del archivo
Red histórica
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
21 documentos · 26 fragmentos01Historia de la vida cotidiana en ColombiaBeatriz Castro Carvajal (editora) · 2016 · Página 221 cita
[1]« The Conquerors of the New Kingdom of Granada », tesis de doctorado, University of Florida, Gainesville, págs. 114-120. 11 Los cronistas coloniales aquí considerados y sus obras son: fray Pedro Aguado, 1956, Recopilación historial, Bogotá; fray Juan de 23 Híndicíe rf ae oíre vidíríete ft Ciailqíe sultaba apremiante…
p. 22
02Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · Página 1881 cita
[2]Nuevo Reino de Granada (Sevilla, 1918). 284. Ramos, Demetrio: “Consideraciones acerca de Fray Pedro de Aguado”, RI, Madrid, 98 (1968). 285. Romero, Mario Germán: Juan de Castellanos... (Bogotá, 1964). 286. Vergara y Vergara, Gabriel: Historia de la Literatura en la Nueva Granada, desde la Conquista a la Independencia…
p. 188
03Invading Colombia: Spanish Accounts of the Gonzalo Jiménez de Quesada Expedition of ConquestJ. Michael Francis · 2007 · Páginas 132, 1372 citas
[3]UTC via UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. All use subject to https://www.ebsco.com/terms-of-use. EBSCOhost: eBook Collection (EBSCOhost) printed on 4/29/2025 7:55:46 PM UTC via UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. All use subject to https://www.ebsco.com/terms-of-use. bI bl I o G r AP hy Primary Archival Sources AGI Archivo General de…
p. 132
[19]Eugelio de las Heras, 1929. Rodríguez Freyle, Juan. Conquista y descubrimiento del Nuevo Reino de Granada. Edited by Jaime Delgado. Madrid: Historia 16, 1986. Rosa, Moisés de la. “Los Conquistadores de los Chibchas.” Boletín de Histo- ria y Antigüedades 22 (1935): 225 – 53. Rosa Olivera, Leopoldo de la. “Don Pedro…
p. 137
04Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · Páginas 96, 992 citas
[4]más comúnmente cita dos hasta ahora y contenidos en cronistas y relaciones de la Conquista. En este tipo de documentación suele encontrarse un recorte ficticio y general mente convencional en «provincias» y «valles». A pesar de esta preocupa ción de cronistas y observadores de la época de la Conquista para hacer una…
p. 99
[12]que contribuían a diezmar a los indios. En el curso de la visita de Tomás López* en 1560, por ejemplo, indígenas de Pamplona y Tunja aludieron a una epi demia que había ocurrido recientemente. Aguado se refiere a ella y la sitúa en 1558. En esta ocasión murieron, según el cronista, más de quince mil indígenas. Algunos…
p. 96
05Antropología hecha en Colombia. Tomo IIEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · Página 1211 cita
[5]De una parte, la profusa producción, la cuidadosa colección y la exclusiva posesión de textos servía para proyectar una cautivante imagen de un Estado omnisciente y que todo lo conocía. De otra, los documentos manuscritos servían como fuentes para la escritura y publicación de la historia oficial y su colección servía…
p. 121
06Historia del Periodismo ColombianoAntonio Cacua Prada · 1983 · Página 81 cita
[6]sea pequeña o grande, en latín ni en romance, sin que primeramente tenga para ello nuestra licencia y especial mando o de las personas siguientes.. (aquí la lista de los arzobispos). D os hechos contemporáneos cambian la faz del mundo; el descubrimiento de A m é rica y la invención de la imprenta. Nacen a un mismo…
p. 8
07Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · Página 5051 cita
[7]del que todos hablan y muy pocos cono cen ”. (“ Pr ó logo ”, p á g. 29). A pesar de su transmisi ó n manuscrita fue una de las pocas obras coloniales que goz ó de amplia popular ridad que en este caso es perfectamente explicable: para un p ú blico sometido a un r é gimen de lecturas did á cticas y devotas principal…
p. 505
08Colombia: las razones de la guerraJorge Orlando Melo González · 2021 · Página 301 cita
[8]argumento de que no era necesario tener tantos “miramientos” con Sagipa, como con un cristiano. Lo que es claro es que los participantes no dudaban del derecho a aplicar toda la violencia al cacique para obligarlo a entregar sus tesoros. Esta confianza ya no aparece, por ejemplo, en Pedro Simón, que escribía casi 100…
p. 30
09Historias del arte en Colombia. Identidades, materialidades, migraciones y geografíasOlga Isabel Acosta Luna, Natalia Lozada Mendieta, Juanita Solano Roa · Página 2821 cita
[9]Investigaciones realizadas con motivo del bicentenario de la Independencia en el 2010 permitieron hacer, además de análisis formales e iconográficos, un minucioso estudio de la materialidad de este objeto, a través del cual se estableció su técnica de elaboración y sus materiales constitutivos. Esta nueva información…
p. 282
10Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · Páginas 109, 1342 citas
[10]y sangrientas guerras entre los grandes c caciques muiscas como parte de proyectos de expansión territorial, Los documentos simplemente no mencionan nada que apoye esas empresas militares que, según los cronistas, existieron. No conozco una sola mención de que después de la conquista alguna comunidad hubiera…
p. 109
[24]¢ Caso de los muiscas. y que ir tan lejos: incluso en el caso de comunidades de conformado unidades territoriales que reconocieran ique, más allá de los estrechos límites de la comunidad. incia de Pamplona, ampliamente estudiada por Germán $, algunos indígenas atestiguaron a los españoles que “res- Señores en sus…
p. 134
11Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · Páginas 116, 1192 citas
[11]relaciones siempre fueron reducidos a guazabaras, las cuales eran rápida- mente ‘desbaratadas’ por los hispanos, lo que obligaba a la huida de los muiscas. Refiriéndose a estas batallas, Aguado dice que los cacicazgos se apoyaban en ligas o confederaciones militares, como la de Duitama y Sogamoso (1: 297-8), o la que…
p. 116
[13]por sus ‘príncipes’, fue a la batalla organizado en escuadras que: “tomaron sitios diferentes, aparte cada cual con sus insignias, diversas en colores, de manera que la parcialidad de cada uno podía conocerse por las tiendas y pabellones que tenían puestos”. Portados en andas, los ‘reyes’ animaban sus guerreros, pero…
p. 119
12Historia de la religión en ColombiaJosé David Cortés Guerrero, Juana María Marín Leoz, Leonardo García Rincón · 2022 · Páginas 1, 142 citas
[14]57 LAS ÓRDENES RELIGIOSAS Y LA SOCIEDAD NEOGRANADINA, SIGLOS XVI-XIX William Elvis Plata Introducción Las órdenes religiosas no solo fueron las grandes protagonistas del proceso de cristianización de la Nueva Granada en los siglos a, sino que, además, por lo mismo, adquirieron tal grado de XVI XVIII poder y de…
p. 1
[18]algunas regiones, como las actuales Antioquia y Santander, la influencia de las órdenes religiosas fue mucho más reducida, al punto de no existir sino muy pocos conventos y casas religiosas durante los siglos y. XVI, XVII XVIII Tan estrecho fue el vínculo de las órdenes con los poderes civiles, que su establecimiento…
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13Historia de la religión en ColombiaJosé David Cortés Guerrero, Juana María Marín Leoz, Leonardo Fabián García Rincón, William Elvis Plata, Diana Paola Hernández Fernández, Alberto José Campillo Pardo, Aliza Moreno-Goldschmidt, Odette Yidi David, Jorge Enrique Salcedo Martínez, Jose Joaquin Pinto Bernal, Katherinne Giselle Mora Pacheco · 2022 · Página 11 cita
[15]43 LA EVANGELIZACIÓN DE LAS COMUNIDADES INDÍGENAS DEL NUEVO REINO DE GRANADA DURANTE EL SIGLO XVI Leonardo Fabián García Rincón Introducción Lo que hoy denominamos “evangelización” se ha entendido como el proyecto religioso de expandir el catolicismo en América, una vez esta fue incorporada a la imagen de mundo que…
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14Gran Enciclopedia de Colombia. Tomo 7: InstitucionesRoberto Hinestrosa Rey (Director Académico), Sandra Morelli Rico (Coordinación Académica) · 1993 · Página 2091 cita
[16]o ser anguicliócesis en 1563. Misiones evangelizadoras Las misioneros que iniciaron la evan. gelización en las tierras colombianas fueron franciscanos llegados con el arribo de sa labor debie- at hamtrr las costumbres onsideraron paganas y de vida Ticenciesa de los indica, comoda codi cio y repacidad de los…
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15Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · Página 691 cita
[17]d id o s en el siglo xvi fueron débi les y dem o rad o s en la costa atlántica y en el d istrito de P opayán en el occidente, así com o en regiones inestables com o los valles del Alto M agdalena y las zonas m ineras del Cauca. Los clérigos q u e llegaban a la costa atlántica p o r lo general no perm anecían allí m…
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16Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · Página 2471 cita
[20]obra escrita con intención claramente literaria en el Nuevo Reino, las Elegías de varones ilustres de Indias, de Juan de Castellanos. Como única ex- cepción a la tendencia italianizante, pueden mencionarse las redondillas citadas por Castella- nos en las Elegías que atribuye al soldado Lo- renzo Martín, compañero de…
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17Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · Página 1661 cita
[21]cuatro años antes de su muerte, en 1642. Desde el punto de vista historiográfico, Rodrí- guez Freyle se basa en las crónicas de fray Pedro Simón, el padre Juan de Castellanos y en la ex- tensa tradición oral americana. Rafael Humberto Moreno-Durán considera que esta obra, concebi- da inicialmente como una crónica,…
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18Violencia pública en Colombia, 1958-2010Marco Palacios · 2012 · Página 381 cita
[22]de la Real Audiencia. Los arzobispos, preben- dados y dignidades que han sido de esta santa iglesia catedral, desde el año de 1539, que se fundó, hasta 1636, que esto se escribe; con algunos casos sucedi- dos en este Reino, que van en la historia para ejemplo, y no para imitarlos, por el daño de la conciencia, obra…
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19Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · Página 321 cita
[23]el poder, la institución de la Real Audiencia prefirió guarecerse en el altiplano, entre Tunja y Bogotá, ciudades alejadísimas del mar y de la metrópoli. Naturalmente, allí se acen- tuó el formalismo de la ley y la escritura, y bajo aquella atmósfera mestiza encontramos los primeros textos narrativos. xxvi. De acuerdo…
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20Historia de la religión en Colombia, 1510-2021José David Cortés Guerrero · 2022 · Página 61 cita
[25]a un judaizante; el segundo, de aquellas que podrían delatar a un mahometano; el tercero se refería a los luteranos; el cuarto, a los alumbrados, secta mística desarrollada en España en el siglo; el quinto, a otras herejías, como blasfemias, brujerías y XVI satanismo; el sexto, a delitos sexuales, como la prostitución…
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21Con nombre propioDaniel Samper Pizano · 2017 · Página 2391 cita
[26]jera libros sino, sobretodo, porque produjo imprentas. Él 240 Díndic Síeris Pdtína creó un sistema de fabricación revolucionario y eficiente. Tras el éxito del taller de Mainz, las imprentas se multipli- caron. En 1465 las había en Italia; en 1470, en Francia, en 1472, en España; en 1475, en Inglaterra y los Países…
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