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Ensayo · Transversal · —

La invención cronística de los muiscas

Las crónicas del siglo XVI no describieron a los muiscas: los fabricaron, trasplantando sobre el altiplano cundiboyacense el molde narrativo mexicano y marcos jurídico-cristianos que la antropología colombiana del siglo XX heredó casi sin fricción. Desmontar ese artefacto colonial exige un choque epistémico que reescribe el oro, la guerra y el poder muisca desde sus propias lógicas.

18 min de lectura3.954 palabras27 documentos66 fragmentos
La invención cronística de los muiscas
Actualizado 23 de julio de 2026
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Orientación para entrar

La respuesta en breve

La tesis

Las crónicas coloniales —desde el Epítome atribuido a Quesada hasta las Noticias historiales de fray Pedro Simón y la Historia general de Piedrahíta— no registraron la sociedad muisca sino que la fabricaron aplicando el molde narrativo de la conquista de México: un imperio jerárquico donde había cacicazgos ceremoniales, reyes guerreros donde había señores rituales, un tesoro donde había ofrendas mediadoras. Ese artefacto retórico, producido con fines jurídicos y dramáticos, fue heredado por la antropología colombiana del siglo XX como 'civilización chibcha'. La lectura crítica de los documentos coloniales —cruzando al menos siete fuentes primarias del siglo XVI y cotejando los testimonios indígenas recogidos por los propios españoles— muestra que la guerra muisca era ceremonial y no territorial, que el oro era mediador ritual y no tesoro acumulable, y que la 'creencia en los conquistadores como dioses' es probablemente un tópico narrativo español que oculta la lectura política indígena del invasor.

La tensión

La tensión central enfrenta dos posiciones sobre el estatuto de las crónicas como fuentes: quienes las leen como ventanas oscuras pero corregibles hacia una sociedad muisca prehispánica reconstruible —posición que sostiene la imagen de un Zipa y un Zaque como monarcas, guerras de expansión territorial y un tributo consolidado— y quienes las leen como artefactos retóricos que trasplantaron el molde mexicano sobre el altiplano, haciendo de la 'civilización chibcha' un efecto de lectura colonial. Dentro de esa tensión se anidan debates específicos: si la demonización tardía de los muiscas respondió a hechos nuevos o a la difusión transatlántica del modelo cortesiano; si la equiparación de cargos indígenas con títulos nobiliarios hispanos (virrey, duque, condestable) por Simón y otros cronistas refleja una jerarquía real o una proyección europea; si el tópico del dios-conquistador naturaliza la rendición ocultando la agencia política indígena; y si la antropología colombiana —de Uricoechea y Restrepo en el XIX hasta Pérez de Barradas, Broadbent y Londoño en el XX— reprodujo acríticamente esos marcos o los sometió a crítica. Langebaek ha señalado que tanto la idealización extrema de la sociedad muisca como su descalificación son posiciones simétricas que usan una imagen caricaturesca del pasado para hablar del presente, lo que sitúa el debate en el cruce entre epistemología histórica e identidad nacional.

Temas
Crónicas de Indias y sus marcos retóricosOrfebrería ritual muisca y mercantilización colonial del valorGuerra ceremonial y traducción defectuosa de la lógica de combate muiscaMolde mexicano y tópico del dios-conquistador en la conquista del Nuevo Reino de GranadaAntropología colombiana del siglo XX y herencia acrítica de los marcos colonialesJuicio a Sagipa y traducción jurídico-cristiana de prácticas indígenas
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Ensayo completo

La lectura

¿Describieron las crónicas a los muiscas o los fabricaron?

En marzo de 1537, ciento setenta hombres y treinta caballos supervivientes de la hueste de Gonzalo Jiménez de Quesada coronaron el altiplano cundiboyacense tras once meses de marcha desde Santa Marta. Lo que ocurrió en los quince meses siguientes —la caída del zipa Tisquesusa, el juicio y muerte de Sagipa, el reparto del botín, la fundación de Santafé el 6 de agosto de 1538— fue considerado por los historiadores del siglo XVI la segunda empresa más rentable de la conquista americana, solo detrás del Perú. Pero de esos hechos no quedó un Bernal Díaz ni un Cieza: quedó una tradición textual construida a lo largo de siglo y medio —el Epítome atribuido a Quesada, las Elegías de Juan de Castellanos, la Recopilación de fray Pedro Aguado, las Noticias historiales de fray Pedro Simón y, ya en 1688, la Historia general de Lucas Fernández de Piedrahíta— que no describió a los muiscas: los fabricó. Fabricó un imperio jerárquico donde había una constelación de cacicazgos ceremoniales, unos reyes guerreros donde había señores rituales, un tesoro donde había ofrendas mediadoras, una civilización derrotada donde había un malentendido productivo para el conquistador. Ese artefacto colonial fue heredado casi sin fricción por la antropología colombiana del siglo XX, que lo cristalizó como "cultura chibcha" y lo entregó a la nación como pasado fundacional. La pregunta, entonces, es doble: cómo se armó esa imagen y cómo empieza a desarmarse desde los años noventa.

¿Qué se juega en la respuesta?

El asunto parece filológico y es político. Si las crónicas del XVI y el XVII son ventanas —oscuras, sí, pero ventanas— hacia una sociedad muisca prehispánica que puede reconstruirse corrigiendo sus sesgos, entonces la historiografía nacional tiene razones para hablar de un Zipa y un Zaque como monarcas, de guerras de expansión territorial entre Bacatá y Hunza, de un tributo consolidado, de un imperio en formación truncado por la conquista. Si en cambio son artefactos retóricos que trasplantaron sobre el altiplano el molde mexicano —Cortés y Moctezuma, Tenochtitlan y sus vasallos, el emperador que confunde al conquistador con un dios y entrega su reino—, entonces buena parte de lo que la antropología colombiana llamó "la civilización chibcha" es un efecto de lectura, y el pasado prehispánico del altiplano cundiboyacense debe reescribirse desde otras premisas.

Lo que se juega no es solo la exactitud histórica. Se juega el estatuto del Museo del Oro y su relato, la interpretación de la orfebrería como propiedad de élite o como ofrenda ritual, la comparación implícita con aztecas e incas que ha regido la autoestima nacional desde el XIX, y la posibilidad de leer los sacrificios humanos, las guasábaras, el juicio a Sagipa o la muerte de Tisquesusa fuera de las categorías jurídico-cristianas —tiranía, usurpación, traición, idolatría— con que los conquistadores los inscribieron por escrito.

¿Cómo llegó el molde mexicano al altiplano?

Cuando Quesada llegó en 1537, la conquista de México llevaba dieciséis años cumplidos y había producido ya un modelo narrativo estabilizado: emperador poderoso pero indeciso, capital opulenta, jerarquía de señores subordinados, oro acumulado como tesoro imperial y —crucialmente— una primera fase de recibimiento del conquistador teñida de confusión religiosa que los cronistas convertirían en la fórmula del dios-conquistador. Ese modelo circulaba por el Atlántico en cédulas, relaciones y libros, y estaba disponible tanto para los expedicionarios como para los cronistas posteriores que darían forma escrita a lo ocurrido en el Nuevo Reino de Granada.

El problema no es si los cronistas del altiplano conocían el molde mexicano —lo conocían—, sino cómo operó ese molde sobre lo que efectivamente había en la sabana de Bogotá y en Hunza. Y lo que había era otra cosa: una serie de cacicazgos con jerarquías ceremoniales fuertes, mercados regionales que articulaban tierra fría y tierra templada, redes de intercambio vertical —comunidades de tierra fría con parcelas de algodón en zonas cálidas, como los indígenas de Pausagá respecto a Subachoque—, una alternancia entre grandes festejos centralizados en lugares ceremoniales y dispersión cotidiana en labranzas y arcabucos, y una guerra que era, para los propios muiscas, asunto ceremonial vinculado al reconocimiento y la competencia, no instrumento de expansión territorial.

Fray Pedro Simón describió la organización política muisca como una jerarquía escalonada desde el común hasta los "reyes", equiparando cargos indígenas con títulos nobiliarios hispanos. Castellanos, en las Elegías de varones ilustres de Indias, presentó a los señores muiscas animando a sus guerreros desde andas durante la batalla, dramatizando la organización bélica indígena según el modelo épico europeo —la Ilíada, la Odisea, y detrás la sombra de los relatos aztecas. Simón remontó incluso a tiempos prehispánicos la usurpación del zacazgo de Hunza por el cacique Goranchacha, construyendo una historia dinástica al modo europeo. Nemequene aparece organizando sus fuerzas en escuadras con insignias diferenciadas y muriendo herido en una batalla de gran escala; su sucesor Tisquesusa habría movilizado hasta sesenta mil guerreros.

Nada de esto sobrevive a la lectura crítica. No existe un solo testimonio documental colonial en el que una comunidad muisca se queje ante los españoles de tener un cacique impuesto por Tunja, Bogotá, Sogamoso o Duitama como resultado de conquista territorial. Las llamadas "guasábaras" eran exhibiciones públicas de valor y combates rituales en los que los caciques más importantes no combatían sino que observaban desde lejos: la imagen del rey-guerrero movilizando ejércitos imperiales es, ella misma, importada. La expansión territorial de Nemequene, las arengas desde andas, la sucesión dinástica dramatizada son escenas del repertorio europeo aplicadas sobre una organización política de otro orden.

¿Cómo funcionaba la maquinaria cronística?

No fue simple deshonestidad ni pura ignorancia. Los cronistas escribían dentro de géneros con exigencias propias, y esas exigencias determinaban lo que podía ser dicho.

Del Epítome de la conquista del Nuevo Reino de Granada, atribuido al propio Jiménez de Quesada, solo se conserva una versión mutilada transcrita en Sevilla en 1550. Francisco López de Gómara lo citó en su Historia general de las Indias, pero la fidelidad de la transcripción sobreviviente al original es imposible de verificar. Pese a esa fragilidad textual, el Epítome fija ya las descripciones más tempranas y ricas de la cultura muisca —armas, religión, matrimonio, ley, gobierno, arquitectura, dieta— y establece un canon descriptivo del que dependerán los cronistas posteriores.

Castellanos escribió en verso, y la crítica literaria ha discutido durante un siglo si sus Elegías pueden leerse como fuente histórica o si constituyen literatura épica renacentista que utiliza materia histórica. La respuesta más lúcida es que la disyuntiva es un falso problema: la materia histórica se convirtió allí en materia poética y debe juzgarse con el metro de la poesía. Pero esa concesión literaria tiene una consecuencia historiográfica pesada: durante siglos, imágenes provenientes de las Elegías —los reyes en andas, los guerreros arengados, la crueldad de los caciques— circularon como si fueran descripciones fiables.

Aguado, Simón y más tarde Piedrahíta escribieron desde órdenes religiosas y desde la distancia temporal, con acceso a papeles previos y a testimonios recogidos décadas después de los hechos. Sus provincias y valles resultan a menudo imposibles de identificar cartográficamente, sus cifras de población son imprecisas, y las descripciones están condicionadas por las necesidades dramáticas del género y por el deseo de maravillar al lector peninsular. No hay entre ellos una voz autoritativa única: la conquista del Nuevo Reino de Granada solo puede reconstruirse cruzando al menos siete documentos primarios del siglo XVI, y aun así lo que se obtiene es un tejido de versiones parciales, no una crónica maestra.

Esa ausencia de crónica maestra explica en parte por qué la conquista del altiplano nunca capturó la imaginación pública al nivel de México o Perú. No hubo un Bernal Díaz que fijara con detalle sensorial la caída de una capital; hubo un corpus disperso y tardío que llegó al lector nacional ya filtrado por la síntesis del siglo XIX y por las lecturas antropológicas del XX.

¿Recibieron los muiscas a Quesada como a un dios?

De todos los tópicos heredados, ninguno es más eficaz políticamente que la idea de que los indígenas americanos habrían recibido inicialmente a los conquistadores como dioses o enviados sobrenaturales, y que esa confusión religiosa explicaría en parte la facilidad de la conquista. El tópico se estabilizó con el episodio de Moctezuma y Cortés, y se transfirió a todo el continente como plantilla explicativa.

Aplicado al altiplano, cumple una función precisa: naturaliza la rendición. Si los muiscas creyeron inicialmente que los hombres barbados sobre caballos eran seres sobrenaturales, entonces su derrota no fue militar ni política sino ontológica, y la conquista adquiere la lógica de un desenlace inevitable. Pero los testimonios, leídos contra el propio grano cronístico, apuntan a otra cosa: al menos algunos señores muiscas buscaron activamente la alianza con los españoles con objetivos propios —combatir a los panches del piedemonte, por ejemplo—, lo que implica una lectura política del invasor, no una confusión religiosa. Sagipa fue elegido tras la muerte de Tisquesusa precisamente como "indio aguerrido" para continuar la resistencia, no para entregar el reino a divinidades.

La suposición de que la conquista del territorio muisca fue facilitada por una guerra civil entre el Zipa y el Zaque —otra plantilla mexicana, tomada de la rivalidad entre Tenochtitlan y sus tributarios— debe verse con la misma sospecha. No hay evidencia convincente de una guerra intermuisca en curso al momento de la llegada de Quesada; hay cacicazgos que evaluaron políticamente al recién llegado y calcularon costos y beneficios de alianza o resistencia. Reducir esa lectura política a "creencia inicial en los dioses" o a "aprovechamiento español de divisiones internas" es aplicar sobre el altiplano un guion escrito en otro escenario.

¿Por qué el oro no era tesoro?

Pocas cosas ilustran mejor el malentendido epistémico de la conquista que el destino del oro muisca. Para los conquistadores, y para toda la tradición jurídico-mercantil europea de la que provenían, el oro era valor cristalizado: propiedad acumulable, marcador de riqueza personal, medida de intercambio universal. El botín de Quesada en el altiplano —oro y esmeraldas de una cuantía que lo situaba tras el Perú— fue calculado en esos términos, y en esos términos entró en las cuentas imperiales y en la imaginación europea.

Pero el oro muisca no operaba así. Un estudio de Roberto Lleras sobre la colección del Museo del Oro mostró que más de la mitad de los objetos de orfebrería muiscas no estaba destinada a la ostentación personal: parte del oro permanecía oculto, servía para cubrir santuarios, se depositaba como ofrenda destinada a no ser recuperada. La tecnología misma de cera perdida parece haber priorizado el proceso de elaboración sobre la apariencia final del objeto terminado, lo que sugiere que el significado del tunjo no residía en su valor material ni en su acabado estético sino en el acto ritual de su producción y deposición. El oro no era tesoro: era mediador ritual entre humanos y potencias no humanas.

Esa distinción no es una sutileza culturalista. Cuando los españoles exigieron a Sagipa la entrega del "tesoro de Tisquesusa" y lo torturaron y mataron por negarse, no estaban recuperando una propiedad que hubiera sido del zipa muerto en el sentido en que un rey europeo posee su hacienda: estaban forzando a un cacique a violar un régimen ritual en el que el oro cumplía otras funciones. El juicio a Sagipa —con sus acusaciones formales de usurpación ilegítima del cacicazgo (se alegó que el cargo correspondía al sobrino de Tisquesusa, cacique de Chía), rebelión y negativa a entregar el oro— fue el primer gran acto de traducción jurídica del altiplano: convirtió prácticas indígenas en delitos europeos y produjo un marco de legitimación colonial que operaría durante siglos.

El saqueo español, en ese sentido, no satisfizo un régimen preexistente de mercantilización del oro: lo inauguró. Convirtió mediadores rituales en lingotes, ofrendas en botín, santuarios en yacimientos. Y esa inauguración se prolongó, con otros medios, en la guaquería del siglo XIX, que alimentó tanto el Tesoro Nacional recién creado como colecciones privadas y museos extranjeros, y en la propia constitución de la colección del Banco de la República que dio origen al Museo del Oro —iniciada, no por azar, en un momento de crisis sobre el valor económico del oro. La institución que hoy custodia la orfebrería muisca nació con una concepción del patrimonio arqueológico como tesoro que ocultó, durante décadas, las relaciones sociales de producción de esos objetos. El Museo del Oro fue, según una lectura crítica reciente, también un museo del olvido.

¿Y si la guerra muisca era ceremonia?

La misma operación de traducción defectuosa operó sobre la guerra muisca. Los cronistas describieron guerras sangrientas de expansión, ejércitos de decenas de miles, jefes militares dirigiendo campañas de conquista. Cuando esas descripciones no cuadraron con lo que los propios conquistadores encontraron en el terreno —donde no había ejércitos permanentes ni un aparato militar comparable al azteca—, la explicación fue desplazada al carácter: los muiscas habrían sido guerreros menores, incluso cobardes, incapaces de sostener una defensa organizada.

La categoría de cobardía es aquí un síntoma. Presupone un modelo europeo de guerra —enfrentamiento cara a cara, victoria por aniquilación o rendición formal, coraje medido por la disposición a morir en combate abierto— y proyecta ese modelo sobre prácticas que operaban con otra lógica. Los testimonios indígenas recogidos por los propios españoles indican que la guerra entre los muiscas era principalmente ceremonial, vinculada al reconocimiento y la competencia, y que las guasábaras eran exhibiciones públicas de valor en las que los grandes caciques no combatían sino que observaban. Esa lógica podía incluir violencia real y muerte —los sacrificios humanos muiscas, incluidos guerreros panches flechados en postes, niñas depositadas en hoyos de postes y los moxas del piedemonte llanero, constituían una violencia ritualizada—, pero era violencia con un sentido distinto del que la palabra "guerra" transmite en el vocabulario europeo.

Cuando los muiscas no ofrecieron a Quesada una batalla campal decisiva, no evidenciaron cobardía: operaron con la única lógica bélica que conocían. La categoría europea de guerra borró ese sentido y lo reemplazó por un juicio moral. La antropología del siglo XX, al hablar de los muiscas como sociedad "menos guerrera" que aztecas o incas, prolongó ese juicio sin examinarlo.

¿Cómo cristalizó la antropología lo que la cronística fabricó?

Vicente Restrepo publicó en 1895 la primera gran síntesis moderna sobre los muiscas, y durante más de medio siglo su obra fue prácticamente el único referente de conjunto. Entre él y la antropología del siglo XX se tendió antes un puente decisivo con el XIX letrado. Liborio Zerda había publicado por entregas desde julio de 1882, en el Papel Periódico Ilustrado, su texto El Dorado, describiendo hallazgos muiscas —incluida la célebre vasija de Chirajara, hallada en la hacienda Susumuco de Emiliano Restrepo Echavarría— como prueba de una civilización prehispánica desarrollada. Los letrados del período no buscaban identificar la nación colombiana con aquellas "bárbaras parcialidades" del pasado indígena, cuyo proceso civilizatorio consideraban truncado por la conquista; buscaban, más bien, mostrar ante Europa la capacidad de análisis y erudición de los notables colombianos, y disponer de un pasado indígena comparable al azteca o al inca que sirviera de fundamento nacional. La vasija de Chirajara, reproducida primero en el Papel Periódico Ilustrado y luego en el frontispicio del libro de Manuel Uribe Ángel de 1885, se convirtió en emblema de esa operación.

La operación se apoyaba, además, en un recurso lingüístico. Ezequiel Uricoechea, muerto en Beirut de apoplejía el 28 de julio de 1880, había reunido y publicado antiguos manuscritos anónimos del siglo XVII sobre la lengua chibcha, producidos como consecuencia de la Real Cédula de Felipe II de 1580 que ordenó la cátedra de la lengua general de los indios del Nuevo Reino de Granada. Su obra inauguró la Colección lingüística americana y ofreció a la antropología del XX un corpus —vocabularios con distinciones semánticas finas, formas verbales con pretérito e imperativo, incluso términos como "arcabuz" que revelan la mediación colonial del corpus— que parecía confirmar la existencia de una civilización lingüísticamente unificada. El propio Uricoechea, sin embargo, había señalado con cuidado que la población del "país chibcha" no era homogénea al momento de la Conquista: el chibcha propiamente dicho se hablaba de Bogotá a Zipaquirá y Facatativá; la lengua de Tunja se extendía hasta Guatavita; el duit, hablado en el territorio de Duitama, constituía un dialecto diferenciado. Esa heterogeneidad, presente ya en la fuente lingüística fundadora, fue en buena medida desatendida por la síntesis antropológica posterior, que prefirió operar con la unidad cultural chibcha como dato dado.

Sobre ese suelo trabajó José Pérez de Barradas a mediados del siglo XX, consolidando la categoría de "cultura chibcha" como objeto antropológico y fijando en un mapa las relaciones culturales prehispánicas del país. Hermann Trimborn le añadió el postulado de una unidad étnica original chibcha de alta cultura para todos los grupos de las márgenes del Cauca, modificada luego por asimilaciones y diferencias medioambientales; Eduardo Londoño integró después la síntesis articulando aportes de Guillermo Hernández Rodríguez, Silvia Broadbent y Juan y Judith Villamarín. En esa cadena, los marcos cronísticos —jerarquía piramidal, reyes, guerras de expansión, tributo consolidado— pasaron de las Noticias historiales al manual antropológico casi sin fricción epistémica.

¿Qué ha reescrito la crítica desde los años noventa?

Carl Henrik Langebaek estableció una regla metodológica de gran consecuencia: para reconstruir la sociedad muisca precolombina solo deben usarse documentos hasta la visita de Luis Henríquez, a fines del siglo XVI o inicios del XVII; los documentos tardíos, solo cuando hay razones sólidas para creer que reflejan la situación precolombina. Con esa regla, buena parte del edificio cronístico —Simón, Piedrahíta, y la tradición que de ellos derivó— sale del corpus fundacional.

La revisión ha operado en varios frentes simultáneos. Arqueológicamente, el sitio de Tibanica mostró que el grupo con indicios de mayor estatus social —consumo conspicuo, fauna exótica, mayor consumo de carne— no se corresponde con los individuos más ricos en ajuares funerarios ni con los más longevos o mejor nutridos, lo que descoloca cualquier lectura simple de una élite muisca dominante y económicamente diferenciada. Documentalmente, las ordenanzas de Tunja de 1575 y el informe de Francisco Guillén Chaparro de 1583 registraron que los indígenas abandonaban los pueblos congregados para vivir dispersos en labranzas y arcabucos, lo que sugiere una lógica de asentamiento descentralizada previa que la política española de nucleización —iniciada en las décadas de 1560-1570 y sistematizada a partir de 1602— chocó frontalmente. Las visitas coloniales de 1602 y 1604 documentaron redes de intercambio regional —sutagaos intercambiando mantas por maíz, papas, cubios, fríjoles, curies y carne de venado en Pasca y Fusagasugá; algodón de Chita buscado por otras comunidades—, revelando una economía articulada por mercados y no por tributación central.

Etnográficamente, la comparación con los kogi y los u'wa —sociedades chibchas contemporáneas con jerarquías ceremoniales descritas en términos similares a los de las crónicas muiscas— sugirió que las descripciones de especialistas religiosos con linajes, casas ceremoniales y tributos no implican necesariamente una élite con control económico. Los testimonios coloniales sobre el tributo muisca, releídos con cuidado, resultan contradictorios: algunos indígenas afirmaban haber tenido poco respeto por sus caciques; otros reconocían tributos inmemoriales. La política española de congregación introdujo una doble motivación —religiosa y económica— que distorsionó los patrones de asentamiento previos, y las ordenanzas coloniales, al prohibir mantas pintadas con figuras de tunjos o demonios, revelan de paso la persistencia de prácticas rituales que la cronística tardía tenderá a demonizar.

La demonización muisca es, en efecto, tardía. No apareció con Quesada ni con las primeras relaciones: se consolidó en la cronística religiosa del XVII, cuando el modelo mexicano —con su Moctezuma idólatra, sus sacrificios masivos y su templo mayor— estaba plenamente disponible como plantilla. La violencia ritual muisca era real, pero su reencuadre como idolatría demoníaca operó sobre un molde importado, no sobre una escalada de evidencia local. Es, otra vez, transatlántico: la demonización viaja por el Atlántico como un género y aterriza en el altiplano cuando el género lo requiere.

¿Qué posición sostener?

Las crónicas del XVI y el XVII no describieron a los muiscas: los fabricaron como sujeto jurídico-político trasplantando categorías europeas —jerarquía nobiliaria, guerra de expansión, dominio territorial, tesoro acumulable, idolatría demoníaca— sobre prácticas de complejidad intermedia que operaban con otras lógicas: ceremonial, descentralizada, ritual, sin dominio territorial permanente. Ese molde fue heredado casi sin fricción por la antropología colombiana del XX, que lo cristalizó como "cultura chibcha" y lo entregó a la nación como pasado fundacional comparable al azteca o al inca. La conquista del altiplano funcionó como una traducción productiva para el conquistador: las categorías europeas sobreescribieron prácticas reales, pero esa sobreescritura no fue pura invención. Se apoyó en rasgos organizativos muiscas genuinos —mercados regionales, control vertical de recursos, especialización ritual, cacicazgos con jerarquías ceremoniales— que el orden colonial reencuadró, magnificó y fijó como "estado".

¿Con qué flancos?

La posición tiene flancos que la evidencia disponible no cierra. El primero, y más incómodo, es que la excepcional densidad documental sobre los muiscas —crónicas, visitas, censos, ordenanzas, vocabularios, mapas, todo un archivo que no existe para casi ninguna otra sociedad indígena del actual territorio colombiano del siglo XVI— no puede reducirse a proyección colonial pura. Refleja el interés español en controlar una población densa y fiscalmente útil; pero refleja también una sociedad con complejidad organizativa real —mercados articulados, redes de intercambio vertical, especialización ritual con base económica, cacicazgos jerarquizados aunque no imperiales— que la hacía más legible para el orden colonial que los grupos de organización menos densa. Esa mayor complejidad tendió a facilitar la dominación española y la extracción de tributos, mientras que grupos de organización menos avanzada opusieron mayores dificultades a la imposición del trabajo continuo. El archivo muisca no es un espejo neutral del pasado prehispánico, pero tampoco es una alucinación colonial: es un encuentro entre dos lógicas de poder parcialmente conmensurables, en el que la dominante impuso su vocabulario sin borrar del todo la sustancia sobre la que operó.

El segundo flanco es que la categoría misma de "los muiscas" como unidad cultural es ya un efecto del molde cronístico y de su recepción historiográfica. La heterogeneidad lingüística que Uricoechea reconoció, la ausencia de un dominio territorial unificado, la oscilación cotidiana entre centralización ceremonial y dispersión sugieren que el pasado prehispánico del altiplano cundiboyacense fue más plural que la categoría permite pensar. Reescribirlo sin caer en la simetría opuesta —la descalificación total, la reducción a fragmentos sin conexión— es la tarea abierta de la arqueología y la etnohistoria actuales, y Langebaek advirtió con razón que tanto la idealización extrema como la descalificación son posiciones simétricas que usan una imagen caricaturesca del pasado para hablar del presente.

¿Qué queda abierto?

Tres asuntos siguen sin respuesta suficiente. El primero: cuánto de la excepcional densidad documental muisca refleja rasgos objetivos de la sociedad prehispánica y cuánto la intensidad del interés colonial por ella; la relación causal entre el éxito del sistema de encomiendas y el volumen del archivo no está resuelta. El segundo: hasta dónde puede llegarse en la reconstrucción de las lógicas rituales muiscas sin caer, por reacción, en un exotismo simétrico al que produjo la cronística; la comparación etnográfica con kogi y u'wa ofrece pistas, pero pistas no son identidades. El tercero: qué hacer, institucionalmente, con las categorías patrimoniales heredadas, empezando por la museografía que exhibe sobre terciopelo negro objetos cuya condición original era ritual, y que prolonga así, en clave estética, la operación que empezó en 1537.

Lo que Sagipa se llevó consigo cuando murió bajo tortura no era un tesoro escondido: era la clave de un régimen de sentido que los conquistadores necesitaban traducir a su propio vocabulario para poder saquearlo. La cronística del XVI y el XVII completó esa traducción por escrito. La antropología del XX la naturalizó. Solo desde hace tres décadas empezamos a leer entre líneas lo que ese doble movimiento borró.

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Archivo documental

Documentos usados en esta lectura

27 documentos · 66 fragmentos de referencia
01Invading Colombia: Spanish Accounts of the Gonzalo Jiménez de Quesada Expedition of ConquestJ. Michael Francis · 2007 · p. 17, 34, 89, 132, 1375 fragmentos
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h E r A n d E A n C o n Q U E S t | 1 to Jiménez in exchange for Spanish military assistance, it was not to launch a campaign against Tunja but rather to fight against Bogotá’s real enemies, the Panches. Until more convincing evidence emerges, the common perception that the conquest of Muisca territory was facilitated…

p. 34
[3]

account that follows says little about the conquest itself. Nor does it fol- low any concise chronology. Instead, this lengthy excerpt from the Epítome offers some of the earliest and richest descriptions of Muisca culture, including descriptions of weapons and warfare, religion, mar- riage practices, law and…

p. 89
[5]

UTC via UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. All use subject to https://www.ebsco.com/terms-of-use. EBSCOhost: eBook Collection (EBSCOhost) printed on 4/29/2025 7:55:46 PM UTC via UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. All use subject to https://www.ebsco.com/terms-of-use. bI bl I o G r AP hy Primary Archival Sources AGI Archivo General de…

p. 132
[9]

Eugelio de las Heras, 1929. Rodríguez Freyle, Juan. Conquista y descubrimiento del Nuevo Reino de Granada. Edited by Jaime Delgado. Madrid: Historia 16, 1986. Rosa, Moisés de la. “Los Conquistadores de los Chibchas.” Boletín de Histo- ria y Antigüedades 22 (1935): 225 – 53. Rosa Olivera, Leopoldo de la. “Don Pedro…

p. 137
[48]

The full text of the agreement is translated in Chapter 2. 8. For Peru, John Hemming’s Conquest of the Incas provides a readable narrative of the conquest. For Mexico, the most accessible popular account of the conquest of the Aztec Empire is Hugh Thomas, Conquest: Montezuma, Cortés, and the Fall of Old Mexico (New…

p. 17
02Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · p. 32, 352 fragmentos
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el poder, la institución de la Real Audiencia prefirió guarecerse en el altiplano, entre Tunja y Bogotá, ciudades alejadísimas del mar y de la metrópoli. Naturalmente, allí se acen- tuó el formalismo de la ley y la escritura, y bajo aquella atmósfera mestiza encontramos los primeros textos narrativos. xxvi. De acuerdo…

p. 32
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poética del Renacimiento para pintar con tintes heroicos a los conquistadores de la zona equinoccial como héroes de la Ilíada o la Odisea, como varones ilustres que se aventuraban por un territorio selvático, con ríos y montañas enormes, que se enfrentaban a comunidades indígenas que no se caracterizaban por su…

p. 35
03Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · p. 51, 62, 993 fragmentos
[4]

más comúnmente cita dos hasta ahora y contenidos en cronistas y relaciones de la Conquista. En este tipo de documentación suele encontrarse un recorte ficticio y general mente convencional en «provincias» y «valles». A pesar de esta preocupa ción de cronistas y observadores de la época de la Conquista para hacer una…

p. 99
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que en el occidente colombia no no sólo coexistían diferentes estados de evolución sino que muchos gru pos apuntaban hacia formas de cohesión suprafamiliar o intertribal. En la base de esta evolución,.Trimborn afirma una unidad original de todos los grupos que habitaban las márgenes del Cauca. Esta unidad étnica…

p. 51
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Paradójicamente, estas concentraciones se originaron a raíz de la alarmante disminución de la población indígena. La política de los poblamientos, iniciada en el siglo XVI y sistematizada a partir de 1602, era un intento para procurár cierta densidad de los asenta mientos indígenas, que evitara su desmoronamiento. No…

p. 62
04Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 76, 2492 fragmentos
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257 poética, también la materia se ha convertido en poética y como tal debe juzgarse: los sucesos de la historia se han convertido en ocasión de su poetizar... «A la poesía hay que medirla con el metro de la poesía y no de la historia... De esta manera, el tan manido problema de si Castellanos es o no es…

p. 249
[50]

el 6 de agosto de 1538, como la fecha de funda- ción es decir, unas semanas después del reparto del botín. En la documentación sólo consta la La conquista del territorio y el poblamiento 83 fundación durante ese mismo año de la ciudad de Vélez, pues el 13 de agosto estuvo en ella Jiménez de Quesada, quien recibió…

p. 76
05Historia de la vida cotidiana en ColombiaBeatriz Castro Carvajal (editora) · 2016 · p. 221 fragmento
[8]

« The Conquerors of the New Kingdom of Granada », tesis de doctorado, University of Florida, Gainesville, págs. 114-120. 11 Los cronistas coloniales aquí considerados y sus obras son: fray Pedro Aguado, 1956, Recopilación historial, Bogotá; fray Juan de 23 Híndicíe rf ae oíre vidíríete ft Ciailqíe sultaba apremiante…

p. 22
06Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · p. 4, 111, 119, 125, 1315 fragmentos
[10]

los conquistadores hallaron en las proximidades de los cercados fueron señaladas como almacenes para los pertrechos de guerra. Además de los destacamentos militares en los territorios sometidos, otros guerreros se apostaban en las fronteras para defen- der el imperio. Se trataba de parientes del ‘rey’ y se insistía en…

p. 131
[11]

Muequetá. Con dicho vocablo se le trataba lo mismo que a su gente. Las delimitacio- nes, en cambio, diferenciaron sus fronteras étnicas: al suroeste con Tunja, al norte y sur con los sutagaos y al sureste con los panches. A pesar de que Simón pretende orientar al lector desde la geografía de la conquista, confunde la…

p. 125
[14]

por sus ‘príncipes’, fue a la batalla organizado en escuadras que: “tomaron sitios diferentes, aparte cada cual con sus insignias, diversas en colores, de manera que la parcialidad de cada uno podía conocerse por las tiendas y pabellones que tenían puestos”. Portados en andas, los ‘reyes’ animaban sus guerreros, pero…

p. 119
[28]

Prohibida la reproducción parcial o total de este material, sin autorización por escrito del Instituto de Estudios Sociales y Culturales -Pensar- Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoria / Carl Henrik Langebaek Rueda...[et al..]; editora Ana María Gómez Londoño. — Bogotá: Editorial…

p. 4
[29]

Orinoco y Meta. Bogotá: Biblioteca de la Presidencia de la República, 1956. Safford, Frank. “Race, Integration, and Progress: Elite Attitudes and the Indian in Colombia, 1750-1870.” Hispanic American Historial Review 71.1 (1991): 1-33. Service, Elman. “Indian-European Relations in Colonial Latin America.” American…

p. 111
07Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · p. 15, 25, 109, 1344 fragmentos
[12]

y sangrientas guerras entre los grandes c caciques muiscas como parte de proyectos de expansión territorial, Los documentos simplemente no mencionan nada que apoye esas empresas militares que, según los cronistas, existieron. No conozco una sola mención de que después de la conquista alguna comunidad hubiera…

p. 109
[17]

¢ Caso de los muiscas. y que ir tan lejos: incluso en el caso de comunidades de conformado unidades territoriales que reconocieran ique, más allá de los estrechos límites de la comunidad. incia de Pamplona, ampliamente estudiada por Germán $, algunos indígenas atestiguaron a los españoles que “res- Señores en sus…

p. 134
[26]

es decir desde una óptica que los antropólogos llaman “etnocéntrica”. Los muiscas, desde una perspectiva negativa, han sido calificados como una sociedad enferma, mal alimentada, con una pobre esperanza de vida. Y estos son apenas unos ejemplos. Al final, una cosa es clara: ambas posiciones, el idealismo extremo y la…

p. 15
[44]

de la gente no entiende. Lejos de allí, en otra sociedad, un etnógrafo describió hace años que el poder residía en especialistas religiosos cuyos linajes se trazan por siglos y que son quienes controlan las casas ceremoniales. En cl ámbito regional se sabe que hay lugares ceremoniales muy importan- tes, sitios enlos…

p. 25
08Antes de Colombia. Los primeros 14.000 añosCarl Henrik Langebaek · 2021 · p. 292, 297, 376, 403 y 2 más6 fragmentos
[13]

es el caso de los muiscas, los caciques más importantes, algunos de ellos entrados en años, no combatían, sino que observaban desde lejos. Muchas veces, los indígenas salían a pelear disfrazados de animales, con oro reluciente en sus pechos y, antes de atacar, gritaban y hacían tocar sus instrumentos musicales, para…

p. 292
[39]

una violencia ritualizada, por completo ajena a la incorporación de mano de obra o a la subordinación económica de un grupo por otro. Los muiscas hacían sacrificios humanos durante los festejos relacionados con la siembra de maíz en los valles fríos, es decir, entre enero y marzo. En esa ocasión, los guerreros panches…

p. 297
[42]

cosa que los españoles atribuyeron al poder de los caciques muiscas, pero olvidando que simplemente se trataba de ofrendas. Finalmente, unas palabras sobre el oro, un metal que en nuestra sociedad se vincula estrechamente con el poder y con la riqueza. Se sabe que los caciques muiscas lo guardaban en sus cercados, con…

p. 403
[43]

poder de los caciques muiscas, sus argumentos parecen circunscribirse a ciertos momentos específicos, y muy especialmente a las grandiosas y prolongadas fiestas durante las cuales los indígenas se congregaban en lugares ceremoniales de gran importancia, muchos de ellos con una centenaria o milenaria ocupación, para…

p. 407
[45]

como ilustra este caso, pudieron ser considerados como entes animados, y sin duda es probable que ese aspecto fuera importante en las negociaciones de poder, pero el caso es que ese poder no se basaba en el valor mismo del metal, ni siquiera en su apariencia dorada. Hay otro ejemplo bastante interesante: el desarrollo…

p. 414
[54]

de población. Estudios llevados a cabo por José Luis Socarras han confirmado que el maíz fue importante no solo en la segunda ocupación, sino también en la primera. Los estudios de José Vicente Rodríguez en el sitio de Santa Helena han encontraron que la segunda ocupación no se interrumpió hace 650 años, es decir,…

p. 376
09Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · p. 1131 fragmento
[15]

a los que habían venido a caballo y el cuádruple a los capitanes; Quesada recibió 5 partes y se reservaron 10 para Fernández de Lugo. Como ocurría siempre en situaciones similares, a la relativa abundancia de oro correspondía la gran escasez de artículos españoles, y en especial de aquellos más necesarios para las…

p. 113
10The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · p. 37, 472 fragmentos
[16]

their friend, and he would accompany them. Lieutenant Jiménez accepted, and the Christians joined Sagipa. To- gether, they engaged the Panches in battle and killed many of them. They all then returned to where they had camped. Sagipa proceeded to flee from the Christians, moving stealthily about the region. The…

p. 47
[53]

as part of an expedition, organized by Pedro Fernández de Lugo, that included at least ten ships and more than a thousand people (including Euro- pean men, some European women, a small number of enslaved African men, and perhaps a few enslaved African women as well). After some initial excursions near Santa Marta…

p. 37
11Gramática de la lengua chibchaEzequiel Uricoechea · 2016 · p. 12, 24, 40, 209, 3205 fragmentos
[18]

en pocos días saldría para Alejandría, Beirut y Damasco a per- feccionar sus conocimientos de árabe. Pensaba regresar a Bruselas en febrero, pero el 28 de julio de 1880 murió en Beirut por causa de una apoplejía. Muchos de los trabajos de Uricoechea no se alcanzaron a publicar y dejó truncos varios proyectos…

p. 12
[19]

hasta Zipaquirá y desde Bogotá hasta Facatativá. En las otras partes, aun entre los pueblos sometidos ya al zipa, se hablaba la lengua de Tunja hasta Guatavita y la duit al oriente de este valle. El manuscrito en lengua duit, de que he hablado antes y que he tenido la fortuna de encontrar, nos da a conocer bastante…

p. 40
[20]

su industria. El país chibcha, antes de las conquistas de los zipas, lo creo comprendido entre la cordillera al oriente de Bogotá hasta las cercanías de Facatativá y desde Zipaquirá hasta el río Tunjuelo. Dos pruebas tene- mos en apoyo de esta creencia, legítimas ambas: la diferencia del len- guaje y la diferencia de…

p. 24
[21]

bocina de caracol Nymsuquy bofes Fumy: fusquy. bofetadas dar Oby fihistaca ze- guitysuca. bogar la balsa Afirmando el pa- lo en el suelo, y rempujándola, zine bgyisuca. bogar con canaletes o sin estribar en tierra Zine ze- mihiscua; pretérito zemihiquy; im- perativo uihicu; chauihica. bogar tirando la cabuya Zine…

p. 209
[22]

fiez aquyne; «poco tiempo ha», fique nza. «Mucho tiempo ha», fanzac: fanzaquie. «¿En cuánto tiempo se hizo?». Fica so aquyne? tierna cosa Ahysien mague: hysico. tierno maíz Hachua, y cuando aún no está granado se llama abquy. tierra, elemento Hicha (hischa). tierra, polvo Fusquy. tierra, suelo Ie gui. tierra, patria,…

p. 320
12La invención de El Dorado. Museos arqueológicos, imágenes cartográficas y redes de conocimiento en Colombia (1935-1955)Daniel García Roldán · 2022 · p. 69, 260, 3043 fragmentos
[23]

la arqueología como una disciplina científica con apoyo institucional en el país 4. En ese sentido, la inclusión del mapa como la única fuente cartográfica sobre esta cultura arqueológica es un anacronismo desafortunado. A propósito de la importancia que Pérez de Barradas le da al intelectual antioqueño del siglo xix,…

p. 260
[36]

No debemos olvidar que la colección de orfebrería del Banco de la República se inició de manera paralela a una crisis debida a la incertidumbre del valor económico del oro, y tampoco que, en el ámbito del coleccionismo y del mercado del arte, debajo del manto discursivo de la “obra maestra” viene casi siempre…

p. 304
[37]

el fragmento Imagen 3. Mapa fragmento: pueblo chibcha, Julio César Cubillos (1945). Fuente: Edith Jiménez Arbeláez, “Los Chibcha”, Boletín de arqueología 2, (1945): 132. En el caso del texto sobre los guanes, este recurso se logra de mejor manera (véase la imagen 4), pues dentro de un solo marco aparece en el cos -…

p. 69
13Mercados, poblamiento e integración étnica entre los Muiscas, Siglo XVICarl Henrik Langebaek · 1987 · p. 19, 842 fragmentos
[25]

prudente entonces, reconocer la necesidad de imponer un límite cronológico a los documentos que pueden servir para interpretar los aspectos precolombinos del intercambio. En ese orden de ideas, el material de consulta de esta investigación se ha restringido hasta la visita de Luis Henriquez que marcó el fin del Siglo…

p. 19
[66]

"de algodón el cual van a buscar a Chita", en dominios laches (/1602/ A.N.C. Vis. Boy. XVII f 776r). En contraste con la información antes expuesta, parece que los intercambios de algodón y mantas al extremo sur del territorio muisca no fueron muy comunes (mapa 6) aunque se sabe que los sutagaos entraban a los…

p. 84
14Historia de Colombia. La Colombia más Antigua. Tomo 1Gonzalo Hernández de Alba (dir.); Camilo Domínguez O., José L. Lorenzo, Amancio Fernández, Gonzalo Correal y otros · p. 130, 1332 fragmentos
[27]

dentro de una estructura federal». 103 Figura femenina de arcilla hueca procedente del territorio cundiboyacense. La figura, sin duda una dama de alto rango, aparece adomada con collares, dijes y diademas y hasta con cetro o bastón ceremonial. A continuación se tratará acerca de la estructura socio-política, para lo…

p. 130
[62]

las cercanías de Bogotá y Tunja se pueden ver pequeñas planadas artificiales, y sobre ellas, algunas piedras puestas en círculo. Estos si- tios dan la impresión de ser restos de casas senci- llas, cerca de los cultivos». Las aldeas nucleadas o concentradas y las vi- viendas dispersas no fueron necesariamente habi-…

p. 133
15Nosotros y los otros: las representaciones de la nación y sus habitantes Colombia, 1880-1910Amada Carolina Pérez Benavides · 2015 · p. 176, 3102 fragmentos
[30]

jerarquización de las narraciones históricas y de las imágenes que habían sido elaboradas en el trascurso del siglo XIX y que fueron compiladas, catalogadas y exhibidas por la generación de letrados de las últimas décadas de dicho siglo y la primera del XX. El pasado indígena, por su parte, se identificó con otra…

p. 310
[34]

enemigas muchas veces y frecuen- temente en guerra. En tales condiciones, el aislamiento era el estado natural de aquellas bárbaras parcialidades, que si en tiempo de paz tenían algunas comunica- ciones, era sólo con las tribus vecinas y con las más próximas. 30 La nación actual no se podía identificar con aquellas…

p. 176
16Historias del arte en Colombia. Identidades, materialidades, migraciones y geografíasOlga Isabel Acosta Luna, Natalia Lozada Mendieta, Juanita Solano Roa · p. 40, 49, 643 fragmentos
[31]

Ya en el siglo XIX, los guaqueros alimentaban no solo las arcas del recién creado Tesoro Nacional, sino principalmente las de los anticuarios, que adquirían piezas para colecciones privadas locales o para museos en el extranjero, donde estos objetos se usaban para demostrar la riqueza de los antiguos pueblos indígenas…

p. 64
[32]

de Bogotá. Esta vasija de barro, pintada de rojo ocre y blanco, que mide 25 × 18 cm, apareció descrita y representada en el texto “El Dorado” que Zerda publicó por entregas a partir de julio de 1882 en el Papel Periódico Ilustrado, como una figura indígena sentada, con una apertura de tipo ánfora, llena de muchas…

p. 40
[33]

civilizaciones anteriores sin ningún reconocimiento del pasado, el presente o el futuro de la cultura a la que pertenecen. La vasija de Chirajara, si bien responde a uno de los múltiples tipos de ofrendatarios o “alcancías” que se han encontrado de la cultura muisca, entró, a partir de 1882, a utilizarse como pieza…

p. 49
17La tierra de los tesoros tristesSimón Posada Tamayo · 2022 · p. 14, 1092 fragmentos
[35]

dinero para adquirir objetos tan costosos. Por eso, puede decirse que el Museo del Oro también es, de cierta forma, un museo del olvido y de la historia muda de Colombia. Además, no deja de ser curioso, y un tanto contradictorio, que sea un banco el que haya tomado como propia la protección de estas piezas de oro: el…

p. 14
[38]

a como diera lugar, y ofreció 400 pesos por ella, pero Ramos Ruiz no quiso y prefirió regalársela a Mary Castello Brandon, la esposa de Salomón Koppel, el fundador del Banco de Bogotá, el primer banco fundado en el país. Bastian estuvo negociando con Koppel durante varios meses; incluso, apeló a su espíritu alemán…

p. 109
18Economías prehispánicas de ColombiaAlberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres, Santiago Giraldo, Daniela Castellanos Montes, Marianne Cardale de Schrimpff, Carl Henrik Langebaek, María Antonieta Corcione Nieto, Catalina Zorro, Luisa Mendoza, Marcela Bernal, Lucero Aristizábal, Leonor Herrera · p. 370, 4233 fragmentos
[40]

de metal o elaborados con huesos de ciertas clases de animales— servía para marcar una diferencia social que, sin embargo, no tenía relación alguna con el control de la vida económica. En el sitio, es probable que el grupo 2 se asocie con el consumo conspicuo: festejos, exhibición de fauna exótica e incluso consumo de…

p. 370
[41]

de metal o elaborados con huesos de ciertas clases de animales— servía para marcar una diferencia social que, sin embargo, no tenía relación alguna con el control de la vida económica. En el sitio, es probable que el grupo 2 se asocie con el consumo conspicuo: festejos, exhibición de fauna exótica e incluso consumo de…

p. 370
[65]

diferentes colores o con imágenes sagradas de la nueva religión. También las utilizaron para el “cielo” o cobertura textil ubicada en la parte superior del altar a modo de baldaquín. “…y porque del todo se extirpe la idolatría ordenaron y mandaron que los indios no traygan mantas pintadas con figuras de tunjo o…

p. 423
19Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 45, 712 fragmentos
[46]

d en sas selvas de esta vertiente de la cordillera O riental. Finalm ente, a principios de m arzo de 1537, once m eses d esp u és de salir de Santa M arta, unos ciento se tenta hom bres y treinta caballos em ergieron a las planicies an d in as h ab itad a s po r los m uiscas. En las planicies m uiscas, los…

p. 45
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Más aún, las p au tas culturales españolas chocaban con el poblam iento difuso de los indígenas. En España, los cam pesinos vivían en aldeas rurales y los funcionarios de la C orona pensaron que los indígenas debían hacer lo m ism o. En pos d e estos principios, en las d écadas de los años 1560 y 1570 las a u to rid a…

p. 71
20Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 1341 fragmento
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la expedici ó n reducida ya a dos Centenares de hombres, vari ó su ruta dirigi é ndose a la cordi llera que se elevaba al oriente. Y, ciertamente, la vanguardia del ej é rcito enviada por Jim é nez para explorar el Op ó n, encontr ó varias chozas habitadas por ind í genas. Un nuevo destacamento enviado posteriormente…

p. 134
21Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · p. 211 fragmento
[49]

noticia de la muerte de Fernández de Lugo, gobernador de la provincia de Santa Marta, hizo que Jiménez de Quesada apresurase su traslado en la mayor brevedad a la Corte Española, y provisto de una mayor cantidad de dinero se despreocupó de la organización de la ciudad de Bogotá con el debido cumplimiento de las…

p. 21
22Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 25, 452 fragmentos
[51]

tres conquistadores, cada uno de los cuales alegaba que la tierra de los muiscas estaba dentro de su jurisdicci ó n, se pusieron de acuerdo para viajar a Espa ñ a a alegar sus derechos, y dejaron unos 400 hombres y 150 caballos, as í como 300 marranas pre ñ adas, en Bogot á. 48 HISTORIA M Í NIMA DE COLOMBIA Para dar…

p. 45
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lenguas a su mando, como algunos panches. Algo similar tal vez empezaba a pasar entre los cat í os de Antioquia o entre los grupos ind í genas del Cauca de la zona quimbaya, pero los relatos de los espa ñ oles no permiten saberlo con certeza. En el territorio colombiano no hubo imperios fuertes como los de Per ú o M é…

p. 25
23Magdalena. Historias de ColombiaWade Davis · 2021 · p. 631 fragmento
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la fertilidad de sus tierras, contaba con una fuerza de cuarenta mil hombres. En un principio, los muiscas creyeron que los españoles eran hijos del sol y de la luna, y habían sido enviados por el creador para castigarlos por sus pecados. El vocablo con el que se referían a los invasores era uchies, conjunción de usa,…

p. 63
24La subversión en Colombia. El cambio social en la HistoriaOrlando Fals Borda · 2008 · p. 591 fragmento
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“Occidental” para referirse al orden señorial, así perdiéndose en el océano de sentidos que tiene la compleja entidad cu l tural de Europa y América. Estudiaremos aquí someramente los componentes del orden áylico: sus valores, normas, org a nización social y técnicas. Sacralidad y Tolerancia En la época de llegada de…

p. 59
25Fighting Monsters in the Abyss: The Second Administration of Colombian President Álvaro Uribe Vélez, 2006–2010Harvey F. Kline · 2015 · p. 322 fragmentos
[56]

to four million people. Some were warlike hunters and fishers, includ ing the Caribs and Arawaks, but many had developed agriculture, as well as gold work that attracted the Span- ish conquerors. They were also divided by geography, includ ing the Calima (Valle de Cauca), the San Agustín (Huila), the Tumaco (Nariño),…

p. 32
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to four million people. Some were warlike hunters and fishers, includ ing the Caribs and Arawaks, but many had developed agriculture, as well as gold work that attracted the Span- ish conquerors. They were also divided by geography, includ ing the Calima (Valle de Cauca), the San Agustín (Huila), the Tumaco (Nariño),…

p. 32
26La gente de GuambíaRonald A. Schwarz · 2018 · p. 541 fragmento
[59]

de las sociedades anteriores a la Conquista. Mientras que tales escritos se utilizan para apoyar las afirmaciones del avanzado estado de desarrollo de los muiscas y taironas (Kroeber 1946: 887-909; Reichel-Dolmatoff 1965: 143-68), el uso académico de documentos similares para la región de Popayán parece insuficiente.…

p. 54
27Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · p. 192 fragmentos
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múltiples y distintas: iban desde agrupaciones que habían alcanzado etapas superiores de agricultura sedentaria y producían amplios excedentes, como los muiscas, hasta organizaciones menos avanzadas de recolec- tores y cazadores, generalmente en las tierras bajas, pasando por comunidades tribales de desarrollo…

p. 19
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múltiples y distintas: iban desde agrupaciones que habían alcanzado etapas superiores de agricultura sedentaria y producían amplios excedentes, como los muiscas, hasta organizaciones menos avanzadas de recolec- tores y cazadores, generalmente en las tierras bajas, pasando por comunidades tribales de desarrollo…

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