Ezequiel Uricoechea
Estados Unidos de Colombia
1834–1880
La biografía
En la corta lista de neogranadinos que en el siglo XIX se movieron con soltura entre la mineralogía, la arqueología, la filología americana y el arabismo, Ezequiel Uricoechea Rodríguez (Bogotá, 1834 – Beirut, 1880) ocupa un lugar singular y, a la vez, incómodo. Fue el primer colombiano en publicar una síntesis moderna sobre las antigüedades muiscas —la Memoria sobre las antigüedades neogranadinas, Berlín, 1854—, el editor de los manuscritos coloniales que hoy conocemos como la Gramática de la lengua chibcha (1871), el fundador en 1859 de la Sociedad de Naturalistas Neogranadinos y el autor de los Elementos de Mineralogía (1860). Murió lejos de todo eso, en Beirut, de una apoplejía, cuando preparaba un viaje por Alejandría y Damasco para perfeccionar el árabe. Sus proyectos americanistas quedaron truncos; muchos de sus trabajos no alcanzaron a publicarse. Casi un siglo después, en 1970, el Instituto Caro y Cuervo trasladó sus restos a la sede de Yerbabuena. Ese gesto, más que su obra dispersa, fijó su lugar en el panteón filológico colombiano.
Línea de vida
- 1854
Publicación de la Memoria sobre las antigüedades neogranadinas
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Impresa en Berlín por la Librería de F. Schneider i Cía., es la primera obra madura de Uricoechea y la primera síntesis moderna sobre los muiscas en Colombia. Analiza costumbres muiscas, tunjos de aleaciones auríferas y los orígenes del hombre americano con notable sobriedad estilística, anticipando en casi tres décadas los trabajos de Liborio Zerda y en cuatro los de Vicente Restrepo.
- 1859
Fundación de la Sociedad de Naturalistas Neogranadinos
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Uricoechea fundó esta sociedad científica de inspiración ilustrada y liberal, que publicó dos números del boletín Contribuciones de Colombia a las ciencias y a las artes (1860-1861). El primer número incluyó la Memoria sobre la historia del estudio de la botánica en la Nueva Granada de Florentino Vezga, considerada la primera obra de historia de la ciencia en Colombia. La sociedad fue reemplazada por la Sociedad de Medicina y Ciencias Naturales, antecesora de la Academia Nacional de Medicina.
- 1860
Publicación de los Elementos de Mineralogía
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Manual destinado a la cátedra de química y mineralogía que Uricoechea dictaba en el Colegio del Rosario, publicado durante la Confederación Granadina. Representa su aporte a la docencia científica en un país que había desmontado las universidades con la reforma liberal, y coincide cronológicamente con la mapoteca colombiana que proyectó ese mismo año.
- 1871
Edición de la Gramática de la lengua chibcha
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Publicada en París en pleno gobierno radical de los Estados Unidos de Colombia, reúne manuscritos anónimos e inéditos del siglo XVII producidos al amparo de la Real Cédula de Felipe II (1580) que ordenó la cátedra de lenguas indígenas. Uricoechea actuó como editor filológico —transcribiendo, ordenando y anotando— y no como descriptor de una lengua viva. Inauguró la Colección lingüística americana, proyecto americanista de largo aliento que quedó trunco a su muerte.
- 1880
Muerte en Beirut
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El 28 de julio de 1880, mientras viajaba por Alejandría, Beirut y Damasco para perfeccionar sus conocimientos de árabe, Uricoechea murió de una apoplejía en Beirut a los 46 años. Tenía previsto regresar a Bruselas en febrero de 1881 para retomar la Colección lingüística americana. Numerosos proyectos americanistas quedaron inéditos o truncos.
- 1970
Traslado de sus restos a Bogotá
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Por iniciativa del Instituto Caro y Cuervo, los restos mortales de Uricoechea fueron trasladados desde Beirut a Bogotá y depositados en la sede de Yerbabuena del instituto. El gesto, casi un siglo después de su muerte, fijó simbólicamente su lugar en el panteón filológico colombiano y lo incorporó a la genealogía intelectual de Caro y Cuervo.
- 2016
Edición digital de la Gramática de la lengua chibcha
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El Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Colombia publicaron una edición digital de la obra dentro de la Biblioteca Básica de Cultura Colombiana, con presentación de María Stella González de Pérez. La presentación deslinda la mano editorial de Uricoechea del corpus de manuscritos coloniales, precisando sus méritos como compilador y los límites de atribuirle una autoría lingüística que él mismo no reclamó.
Un polígrafo de la ciencia criolla
Uricoechea pertenece a la generación de letrados neogranadinos nacidos entre 1830 y 1840 que se formaron en Europa y regresaron con el equipaje de la ciencia decimonónica: química analítica, mineralogía sistemática, geografía positiva, filología comparada. Su itinerario intelectual —medicina y ciencias naturales en Yale y Göttingen, mineralogía en el Colegio del Rosario, arqueología en Berlín, filología americana en Bruselas, arabismo en Beirut— parece hoy el de un curioso enciclopédico incapaz de fijarse en un objeto. Fue, sin embargo, la figura posible en un país que a mediados de siglo había suprimido las universidades y eliminado el título profesional obligatorio para ejercer, empujando a la juventud ilustrada a formarse por fuera y a volver como polígrafos sin sitio estable. La polimatía de Uricoechea es menos vocación integradora que síntoma de una ciencia criolla sin instituciones que la sostuvieran.
Esa condición marca todo lo que hizo. Sus obras más ambiciosas se imprimieron en Berlín, Bruselas o París; sus proyectos colombianos —la Sociedad de Naturalistas, la mapoteca, la Colección lingüística americana— duraron pocos años o quedaron en anuncios. La centralidad que hoy se le atribuye no descansa en una institucionalidad que él consolidara, sino en dos hechos objetivos —fue el primero en publicar sobre antigüedades muiscas y el primero en editar los manuscritos gramaticales del muisca colonial— y en una operación de apropiación posterior: Miguel Antonio Caro y Rufino José Cuervo lo leyeron como precursor, y el Instituto que perpetuó los nombres de ambos hizo de él, muy tardíamente, un fundador. Distinguir ambos planos es la única manera honesta de leerlo.
Formación entre Bogotá, New Haven y Göttingen
Uricoechea nació en Bogotá en 1834, en una familia acomodada de la sabana. Los datos de infancia son escasos y no conviene inflarlos; lo documentado empieza con su salida a los Estados Unidos, donde estudió en Yale, y con su traslado posterior a Alemania, donde se doctoró en Göttingen a comienzos de la década de 1850. La formación alemana es la clave: Göttingen era en ese momento un centro europeo de la mineralogía sistemática, la química de Wöhler y la filología comparada, y Uricoechea absorbió los tres registros. La combinación explica la primera obra que trajo bajo el brazo al regresar a la Nueva Granada hacia 1852: un manuscrito de arqueología americana que publicaría dos años después en Berlín.
El regreso a Bogotá lo integró de inmediato al pequeño círculo de letrados que, en la década de 1850, intentaba organizar disciplinas modernas en un país con universidades desmontadas por la reforma liberal. Su generación coincidía con los jóvenes neogranadinos que habían acompañado a Agustín Codazzi en la Comisión Corográfica —Manuel Ancízar entre ellos— en el levantamiento de los primeros mapas del país con criterio científico y en la redacción de tratados de botánica, geografía, mineralogía y descripción de grupos humanos. Uricoechea no formó parte de la Comisión, pero se movió en la misma zona intelectual: la de quienes creían que describir el territorio, sus rocas, sus lenguas y sus pobladores era condición previa a cualquier proyecto nacional. En ese ambiente, la aparición en 1852 de La Lanceta —la primera publicación de tipo científico en Colombia— marcaba el estrecho horizonte en que operaban.
La Memoria sobre las antigüedades neogranadinas (1854)
La Memoria sobre las antigüedades neogranadinas, impresa en Berlín por la Librería de F. Schneider i Cía. en 1854, es la primera obra madura de Uricoechea y la que lo instala en la historia de la arqueología colombiana. Sus tres ejes son las costumbres de los muiscas, el análisis de los tunjos de aleaciones auríferas y una discusión sobre los orígenes del hombre americano. La prosa es sobria, casi seca, en contraste con el tono más ornamental de la literatura neogranadina contemporánea.
Su importancia es sobre todo cronológica y metodológica. Es anterior en casi tres décadas a los artículos de Liborio Zerda (1833–1919) sobre El Dorado, publicados en el Papel Periódico Ilustrado entre 1881 y 1884, y anterior en cuatro décadas al que se considera el estudio más sistemático del siglo XIX sobre los muiscas, Los chibchas antes de la conquista española (1895) de Vicente Restrepo (1837–1889), obra sistemática pero marcada por prejuicios ideológicos que la historiografía posterior ha señalado como límite serio. Antes de Uricoechea, la síntesis disponible era la de Joaquín Acosta, cuyas Consideraciones sobre la historia del descubrimiento de la Nueva Granada (1846) recogieron y compararon la información de los cronistas coloniales sobre los pueblos indígenas del Nuevo Reino, constituyéndose en el primer trabajo de recopilación crítica de esas fuentes. Uricoechea hizo algo distinto: dejó momentáneamente a un lado la crónica y trabajó con la cultura material —los tunjos, las piezas de orfebrería— como fuente arqueológica autónoma.
La discusión sobre los orígenes del hombre americano lo situaba en un debate que en los años 1850 dividía a la antropología europea entre poligenistas y monogenistas, y que en el mundo americano se cruzaba con las lecturas escriturales sobre la unidad del género humano. Uricoechea escribió desde ese marco decimonónico y con sus límites: la arqueología muisca aparecía como puerta a un problema global sobre razas y migraciones, no como historia de una sociedad concreta con sus dinámicas económicas y políticas. Los estudios contemporáneos sobre los muiscas —especialmente los que han reconstruido sus circuitos de mercado, poblamiento e integración étnica en la Sabana— muestran la distancia que separa el enfoque de Uricoechea, centrado en objetos y orígenes, del que la etnohistoria desarrollaría más de un siglo después. Pero en 1854 su libro fue, sencillamente, el primero.
Ciencia natural y aula: el Colegio del Rosario y la Sociedad de Naturalistas Neogranadinos
De vuelta en Bogotá, Uricoechea se desempeñó como profesor de química y mineralogía en el Colegio del Rosario, uno de los pocos claustros que sobrevivieron a la reforma liberal. Allí ensayó una docencia científica que hasta entonces era marginal en el país y preparó el manual con que quiso dotar a esa cátedra: los Elementos de Mineralogía, publicados en 1860, el mismo año en que su amigo José María Vergara y Vergara sacaba la antología poética Lira Granadina. La coincidencia cronológica no es anecdótica: 1860 es un pequeño hito editorial de la Confederación Granadina, en vísperas del giro radical que abriría la etapa de los Estados Unidos de Colombia.
Un año antes, en 1859, Uricoechea había fundado la Sociedad de Naturalistas Neogranadinos. La sociedad respondía a las ideas liberales del período, inspiradas en la Ilustración, y se proponía difundir la educación científica y trabajar por el bien común. Alcanzó a publicar dos números de un boletín titulado Contribuciones de Colombia a las ciencias y a las artes, entre 1860 y 1861. En el primero apareció la Memoria sobre la historia del estudio de la botánica en la Nueva Granada, de Florentino Vezga, considerada la primera obra de historia de la ciencia escrita en Colombia. La Sociedad no llegó al tercer boletín. Fue reemplazada, algún tiempo después, por la Sociedad de Medicina y Ciencias Naturales, que a su vez desembocaría en la Academia Nacional de Medicina.
El ciclo completo —una fundación en 1859, dos boletines, una sucesora que se profesionaliza en clave médica— dice mucho sobre el techo institucional de la ciencia criolla. Uricoechea había importado un modelo europeo de sociedad científica generalista, capaz de acoger química, mineralogía, botánica e historia natural bajo un mismo techo. La sociedad no sobrevivió al viraje hacia disciplinas más acotadas y con salidas profesionales concretas, como la medicina. La memoria histórica de las corporaciones médicas colombianas ha registrado esa filiación con cuidado: la Academia Nacional se reconoce heredera lejana de la Sociedad de Naturalistas, aunque el paso intermedio de la Sociedad de Medicina y Ciencias Naturales borró en buena parte la impronta polimática original. Uricoechea, en cualquier caso, no vio ese desenlace: para cuando la sucesora se consolidaba, él ya estaba instalado en Europa.
La Gramática de la lengua chibcha (1871) y la Colección lingüística americana
El giro filológico de Uricoechea es difícil de fechar con precisión, pero se consolida en la década de 1860, cuando anuncia dos proyectos americanistas de largo aliento: una mapoteca colombiana, fechada en 1860, y una colección filológica sobre las lenguas aborígenes. La mapoteca quedó como anuncio. La colección se convirtió en la Colección lingüística americana, cuyo primer volumen —y en la práctica el único que él llevó a término con solidez— fue la Gramática de la lengua chibcha, publicada en 1871 en París, en pleno gobierno radical de los Estados Unidos de Colombia.
El libro no es una gramática de autor. Su subtítulo lo dice: reúne "antiguos manuscritos anónimos e inéditos" del siglo XVII, "aumentados i correjidos". Uricoechea trabajó como editor filológico: transcribió, ordenó y anotó documentos coloniales conservados en archivos europeos y americanos, producidos originalmente en respuesta a la Real Cédula que Felipe II firmó en 1580 ordenando el establecimiento de una cátedra de lenguas indígenas en el Nuevo Reino de Granada. La compilación incluye una gramática y un vocabulario del muisca, con entradas léxicas que dan equivalencias en español y muestran variantes verbales conjugadas por persona. El material es, en sentido estricto, colonial; Uricoechea no describió una lengua viva ni recopiló habla en el campo: para 1871 el muisca llevaba mucho tiempo extinto como lengua de comunicación cotidiana. Lo suyo fue arqueología documental de una lengua muerta.
Esa distinción entre presentación editorial y textos históricos compilados importa por dos razones. Primero, porque la tradición nacionalista posterior tendió a leer la Gramática como si Uricoechea hubiese "recuperado" el muisca, cuando lo que hizo fue rescatar y publicar los manuales que los doctrineros del siglo XVII habían producido bajo el mandato de Felipe II. Segundo, porque su gesto —hacer accesibles esos manuscritos a la filología comparada europea— apuntaba menos a un público colombiano que a los americanistas de París y Berlín. La Colección lingüística americana se pensó, editorialmente, para el circuito europeo de estudios sobre lenguas amerindias, no para lectores bogotanos. Uricoechea era en ese momento un colombiano en Bruselas trabajando para el americanismo internacional.
La edición digital que en 2016 publicaron el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Colombia, dentro de la Biblioteca Básica de Cultura Colombiana, con presentación de María Stella González de Pérez, ha permitido leer la obra en clave contemporánea y precisar su lugar. La presentación deslinda con nitidez la mano editorial de Uricoechea del corpus de manuscritos coloniales: no todo lo que aparece en las páginas de 1871 salió de su pluma, y esa distinción es imprescindible para valorar tanto sus méritos —haber reunido, transcrito y publicado un fondo disperso— como los límites de atribuirle una autoría lingüística que no reclamó.
Bruselas, el arabismo y Beirut
Hacia finales de la década de 1860, Uricoechea se instaló en Bruselas, que sería su base europea hasta el final. Desde allí publicó la Gramática chibcha de 1871 y comenzó a preparar los volúmenes siguientes de la Colección lingüística americana, que apuntaban a otras lenguas amerindias. En paralelo, y con una lógica que a primera vista sorprende, abrió un nuevo frente: el estudio del árabe. La lógica no es tan misteriosa. La filología comparada europea del último tercio del siglo XIX se había construido sobre el diálogo entre las tradiciones indoeuropea y semítica, y quien quisiera moverse con solvencia en los grandes debates lingüísticos parisinos o berlineses no podía ignorar la lengua árabe. Uricoechea decidió, con la disciplina metódica que le venía de Göttingen, aprenderla en profundidad.
En 1880 emprendió el viaje que debía coronar esa formación: Alejandría, Beirut, Damasco. Pensaba regresar a Bruselas en febrero —presumiblemente de 1881— para retomar la Colección. No llegó a hacerlo. El 28 de julio de 1880, en Beirut, una apoplejía lo mató. Tenía 46 años. Su cuerpo quedó allí durante nueve décadas.
La muerte en Beirut es un dato que la historiografía colombiana ha manejado con dificultad. No hay épica posible: no cayó en batalla, no dejó obra póstuma monumental, no alcanzó a fundar cátedra ni instituto. Murió lejos, en un viaje de estudio, con proyectos abiertos. La Colección lingüística americana quedó trunca; muchos de sus trabajos no llegaron a publicarse. La distancia entre lo que había hecho y lo que se proponía hacer era, en 1880, aún grande.
Redes: El Mosaico, Caro, Cuervo y los americanistas europeos
Antes de partir definitivamente a Europa, Uricoechea participó en el círculo bogotano que gravitaba alrededor de la revista El Mosaico, dirigida por José María Vergara y Vergara (1836–1872). Con Vergara y con José María Quijano Otero (1836–1883) compartió el interés por recuperar el patrimonio bibliográfico neogranadino: los tres fueron reconocidos como los principales bibliógrafos de esa generación, aunque cada uno trabajó por su cuenta y no llegaron a articular un programa colectivo. Vergara construyó sobre esa labor su Historia de la literatura en la Nueva Granada (1868). Quijano Otero acumuló la colección de libros antiguos más grande de los tres y publicó en 1874 un Compendio de historia patria para uso de las escuelas primarias. Uricoechea, en cambio, orientó su erudición hacia las lenguas y las antigüedades indígenas, un objeto que Vergara y Quijano Otero no tocaron. Esa especialización lo distanciaba del centro literario bogotano y lo acercaba, más bien, al americanismo transatlántico.
La relación con Miguel Antonio Caro y con Rufino José Cuervo pertenece a otro registro. Cuervo (Bogotá, 1° de septiembre de 1844 – París, 16 de julio de 1911), quince años menor que Uricoechea, sería el gran filólogo colombiano de la segunda mitad del siglo, autor del Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana. Uricoechea le abrió camino: no hay que exagerar la línea directa, pero la existencia de un colombiano previo, formado en Alemania y editor de manuscritos coloniales americanos en París, fue para Cuervo y para Caro una referencia obligada. Cuando Cuervo se instaló en París y consolidó su obra filológica desde allí, prolongaba, en un registro distinto —la construcción y el régimen del castellano culto—, un modelo que Uricoechea había ensayado: el del colombiano que trabaja para el circuito filológico europeo con temas americanos o hispánicos.
Esa filiación explica en buena parte la operación póstuma del siglo XX. El Instituto Caro y Cuervo, creado para continuar la obra lexicográfica de Cuervo y custodiar la tradición filológica que Caro había representado en el terreno gramatical, encontró en Uricoechea un antecedente útil: el primer colombiano que había hecho filología con estándares alemanes y franceses, y que había puesto la lengua muisca en el mapa de la filología comparada. En 1970, por iniciativa del Instituto, sus restos fueron trasladados desde Beirut a la sede de Yerbabuena, en las afueras de Bogotá, donde reposan hoy. La reedición digital de la Gramática chibcha en 2016, por el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional, cierra ese ciclo de recuperación institucional.
Contexto: ciencia, letras y política en los Estados Unidos de Colombia
La obra de Uricoechea coincide, en sus años más productivos, con el período de los Estados Unidos de Colombia (1863–1886), y en particular con las dos primeras décadas del régimen radical. Ese contexto importa por lo que ofrecía y por lo que no ofrecía. Ofrecía un clima ideológico favorable a la ciencia laica, a la libertad de imprenta y a los proyectos culturales de inspiración europea; ofrecía también, en la generación anterior, el precedente de la Comisión Corográfica como modelo de saber útil al Estado. No ofrecía, en cambio, universidades estables, financiación sostenida para la investigación ni un mercado editorial capaz de absorber obras especializadas. La sociedad colombiana de mediados del siglo XIX era todavía profundamente rural, católica y regionalmente fragmentada; las guerras civiles interrumpían con regularidad cualquier proyecto de largo aliento. La geografía era la disciplina favorita de la intelectualidad, y la historia venía inmediatamente después, ambas ligadas a la política y a la construcción de la institucionalidad estatal. La arqueología y la filología indígena, en cambio, no tenían público ni institución que las sostuviera.
Ese desajuste entre proyecto y condiciones marca todo lo que Uricoechea hizo. Fundó una sociedad científica y duró dos años. Escribió un manual de mineralogía y no consta que tuviera reediciones dentro del país. Editó una gramática muisca cuyo lector natural estaba en París y Berlín, no en Bogotá. La ciencia y la filología decimonónicas colombianas fueron, en buena parte, una empresa transatlántica de individuos que trabajaban desde Europa o para Europa, con el país como objeto y no como sede. Uricoechea es, en esa clave, un caso paradigmático: colombiano de origen y de tema, pero europeo de imprenta y de audiencia.
Estándares decimonónicos y sus límites
Leer hoy a Uricoechea exige situarlo en los estándares de su tiempo sin actualizarlo indebidamente. Su arqueología es tipológica y anticuaria: describe objetos, propone clasificaciones, especula sobre orígenes. No hay excavación estratigráfica, no hay cronologías arqueológicas relativas, no hay reconstrucción de contextos rituales o económicos. Su filología es editorial: rescata manuscritos, los transcribe, los anota. No hay lingüística estructural, no hay reconstrucción histórica del muisca, no hay comparación sistemática con otras lenguas chibchas. Su discusión sobre los orígenes del hombre americano se mueve dentro del marco poligenista/monogenista del siglo XIX y usa categorías raciales hoy insostenibles.
Nada de esto le resta mérito histórico; simplemente lo ubica. Uricoechea hizo lo que se podía hacer con la ciencia de 1854 o de 1871, y lo hizo con los estándares más altos de su tiempo: publicando en Berlín y en París, dialogando con los americanistas europeos, editando con rigor filológico. Los límites de su obra son los de la disciplina en su época, no los de un aficionado. Al mismo tiempo, presentarlo como fundador de la lingüística amerindia colombiana, o como precursor de la arqueología muisca en un sentido fuerte, exagera. Fue el primero que publicó sobre esos temas con manejo de fuentes y métodos actualizados; no fue —no pudo ser— quien fundó las disciplinas.
Los estudios muiscas contemporáneos, que trabajan con etnohistoria, arqueología procesual, análisis de mercados prehispánicos y crítica de las representaciones y cartografías coloniales, se apoyan hoy sobre bibliotecas enteras que Uricoechea no habría reconocido. Su legado real no está en las tesis sobre orígenes o costumbres muiscas —hoy superadas— sino en la operación material de haber puesto en circulación, con nombre y con método, un corpus documental que sin él quizás se habría dispersado.
Uricoechea entre lo pionero y lo apropiado
La tensión que atraviesa cualquier evaluación de Uricoechea es la que existe entre lo que hizo y lo que se hizo con él. Lo que hizo es demostrable: publicó en 1854 la primera monografía moderna sobre antigüedades muiscas, fundó en 1859 la primera sociedad de naturalistas del país, publicó en 1860 el primer manual colombiano de mineralogía, editó en 1871 el primer volumen impreso de gramática y vocabulario del muisca colonial. Cada uno de esos hitos es real y cronológicamente verificable, y ninguno tuvo predecesor colombiano directo.
Lo que se hizo con él es otra cosa. La tradición nacionalista lingüística del siglo XX, articulada institucionalmente por el Instituto Caro y Cuervo, necesitaba una genealogía que anclara el prestigio filológico colombiano en el siglo XIX, y encontró en Uricoechea a un candidato conveniente: cosmopolita, europeo por formación, editor de manuscritos indígenas, muerto trágicamente lejos de la patria. El traslado de sus restos a Yerbabuena en 1970 no fue un acto neutral de piedad póstuma; fue una operación de canonización que convirtió proyectos truncos y obras dispersas en cimiento de una tradición. Esa apropiación no invalida lo que Uricoechea hizo, pero exige leerlo con las cautelas del caso.
Hay también otra tensión, más sutil, entre el interés de Uricoechea por las lenguas indígenas y los usos posteriores de ese interés. Su Colección lingüística americana era, por su lugar de edición y su audiencia, una empresa cosmopolita de americanismo comparado: quería poner las lenguas amerindias en el mismo estante que las lenguas asiáticas o africanas estudiadas en París y Berlín. La lectura nacionalista posterior las convirtió en patrimonio simbólico de la nación colombiana, con acento en el muisca como lengua "de los antiguos pobladores de la región central". Uricoechea no formuló ese programa en esos términos. Su gesto fue más amplio y más frío: rescate filológico de un corpus colonial para el circuito internacional. Convertirlo en apóstol del muisca es proyectar sobre él una agenda del siglo XX.
Huella
Ezequiel Uricoechea dejó una obra desigual, con dos libros mayores —la Memoria de 1854 y la Gramática chibcha de 1871—, un manual —los Elementos de Mineralogía de 1860—, una sociedad científica efímera, una colección lingüística inconclusa y un archivo de trabajos inéditos. Murió a los 46 años, en Beirut, sin descendencia intelectual directa en Colombia; el arabismo que fue a buscar no dejó rastro en el país. Su influencia real sobre Cuervo y Caro fue de modelo más que de escuela: ejemplo de colombiano que hace filología con estándares europeos, no maestro de una tradición local.
Su lugar en la historia intelectual colombiana quedó fijado tarde, en el siglo XX, por la operación del Instituto Caro y Cuervo. Esa canonización institucional es hoy indiscutida, pero es también, en sentido estricto, retrospectiva: cuando Uricoechea murió en 1880, era un americanista bilingüe conocido en París y Bruselas, no un padre fundador reconocido en Bogotá. La distancia entre ambas figuras —el hombre de 1880 y el emblema de 1970— es la medida exacta de lo que la historia intelectual colombiana hizo, mucho después, con uno de sus pocos polígrafos de talla europea. Leerlo bien exige sostener las dos cosas al tiempo: reconocer los hitos reales de su obra y desconfiar de la escala mítica en que la tradición posterior los colocó.
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Documentos y fragmentos citados
16 documentos · 19 fragmentos01Gramática de la lengua chibchaEzequiel Uricoechea · 2016 · Páginas 1, 12, 3283 citas
[1]en pocos días saldría para Alejandría, Beirut y Damasco a per- feccionar sus conocimientos de árabe. Pensaba regresar a Bruselas en febrero, pero el 28 de julio de 1880 murió en Beirut por causa de una apoplejía. Muchos de los trabajos de Uricoechea no se alcanzaron a publicar y dejó truncos varios proyectos…
p. 12
[5]EZEQUIEL URICOECHEA antropología filología g RA mát ICA d E LA LE ng UA CHI b CHA antropología EZEQUIEL URICOECHEA g RA mát ICA d E LA LE ng UA CHI b CHA filología Uricoechea, Ezequiel, 1834-1880, autor Gramática de la lengua chibcha / Ezequiel Uricoechea [presentación, María Stella González de Pérez]. – Bogotá:…
p. 1
[6]maguscua. vergonzosa persona Afan ma- gue. vergüenza tener Zefansuca. vergüenzas del hombre Nea: nacua: nieta: nie. vergüenzas de mujer Xihua (si- hua): sihi. verruga Otysa. vez Yca ata: yca ataca, yca boza: yca bozaca, yca mica, etcétera, «una vez», «dos veces», etcétera. vez primera Sasuca: sasquyhyna. «Vez…
p. 328
02Gran Enciclopedia de Colombia - Cultura 1Varios autores; Dirección académica: Darío Jaramillo Agudelo · 2007 · Página 641 cita
[2]libro de Ezequiel Uricoechea (1834-1880) Memoria sobre las antigiedades neogra- nadinas (1854), en el que describié las costumbres de los muiscas, analiz6 los tunjos de aleaciones auriferas y discu- tio los origenes del hombre americano Es una obra de gran sobriedad estilis- tica y discursiva. Liborio Zerda (1833-…
p. 64
03Pensar el siglo XIX. Cultura, biopolítica y modernidad en ColombiaSantiago Castro-Gómez (ed.) · 2004 · Página 2241 cita
[3]a la nación en 1852 10. Se trataba de Ezequiel Uricoechea (1884-1880), quien traía de Europa, además de su libro sobre las Antigüedades neogranadinas (1854), otros proyectos como la edición de u n a mapoteca colombiana (1860) y la creación de u n a colección filológica sobre las lenguas aborígenes; José María Vergara…
p. 224
04Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2017 · Página 2751 cita
[4]lasts until 1898 Colombian Chronology, 1810–1991 259 Year Politics Society and Economy Culture and Science — Modern mail system created 1860 Various states separate — Steam engines used to clean cotton — Exportation of quinine and indigo — Ezequiel Uricoechea publishes Elementos de Mineralogía — José María Vergara y…
p. 275
05Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · Página 3321 cita
[7]true - que con tribus vecinas y aún muy alejadas. Los principales artículos que se exportaban eran sal 153, esmeraldas, coca y Memoria sobre las Antigüedades Neo-Granadinas, Librería de F. Schneider i Cía., Berlín. Acerca de la arqueología «premuisca», véanse las notas biblio- gráficas para el capítulo iv, así como…
p. 332
06Aproximaciones a la historia del Derecho en ColombiaLuis Freddyur Tovar, Beatriz Eugenia Salamanca Charria, Carlos Andrés Delvasto Perdomo, Carlos Andrés Echeverry Restrepo, Francesco Zappalá Sastoque, Iván Alberto Díaz Gutiérrez · 2014 · Página 2571 cita
[8]de Naturalistas Neo - granadinos, luego fue reemplazada por la Sociedad de Medicina y Ciencias Natu - rales, la cual se convirtió posteriormente en la Academia Nacional de Medicina. Cfr. Restrepo Forero, Olga. “Sociedades de Naturalistas. La Ciencia Decimonónica en Colombia” En: Revista de la Academia Colombiana de…
p. 257
07Historia de Colombia. La Gran Colombia II. Tomo 10Juan Salvat, Roberto García Rojas (directores); Ricardo Martín (director de la obra); Gonzalo Hernández de Alba (director científico) · Página 1141 cita
[9]de clasificaci6n zooldgica y botanica. La Sociedad de Naturalistas publicé dos nu- meros de su boletin: Contribuciones de Colombia a las ciencias y a las artes (1860-1861). En el co- trespondiente al primer ano se incluy6 la que habria de ser la primera obra sobre la historia de la ciencia en Colombia: Memoria sobre…
p. 114
08Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Página 1621 cita
[10]indios y esclavos, fueron pasivos. A mediados de siglo Joaqu í n Acosta public ó unas Consideraciones sobre la historia del descubrimiento de la Nueva Granada (1846), que describ í an las culturas precolombinas. En la segunda mitad del siglo conserva dores como Jos é Manuel Groot hicieron una historia favorable de la…
p. 162
09¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · Página 621 cita
[11]país a colaborar en la gu erra de independencia. Ahora, en tiempo de paz, Codazzi recorría el país acompañado de jóvenes neogranadinos para el levantamiento de mapas y la redacción de tratados de botánica, geografía, mineralogía y descripción de grupos humanos. Bajo esta empresa se desa rrollaron los primeros mapas…
p. 62
10Historia y nación. Tentativas de la escritura de la historia en ColombiaAlexander Betancourt Mendieta · 2020 · Página 11 cita
[12]27 Capítulo I Instaurar una tradición: las porfías de la historia nacional En el siglo aparecieron las primeras obras que utilizaron la noción de pasado para consagrar los XIX orígenes de la República. Las condiciones posteriores a la Independencia permitieron que los hombres de letras que elaboraron ejercicios de…
p. 1
11Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de Colombia IIJavier Ocampo López, Marco Palacios, Germán Arciniegas, Gonzalo Hernández de Alba y otros (obra colectiva) · Página 981 cita
[13]titulo profesional para ejercer. Por esta misma ley se suprimen las universidades, las cuales, de hecho, ya estaban bastante desmoronadas para esa época. Todo eso conduce a que la juventud co- lombiana, ansiosa de conocimiento, dirigiese sus ojos hacia Europa, y en especial a Francia y a In- glaterra, en donde se…
p. 98
12Con nombre propioDaniel Samper Pizano · 2017 · Páginas 132, 1372 citas
[14]en latín, que Romero 138 Díndic Síeris Pdtína traduce de la siguiente manera: «Implorando la luz de la sabiduría eterna, y bajo los auspicios de los apóstoles Pedro y Pablo, comienzo esta obra. Si con la voluntad de Dios la llevare a feliz término, no sea para mí la gloria, Señor, no sea para mí, sino para tu nombre».…
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[15]los requisitos que se recomiendan a quien quiera consagrar la vida a la gramática es que sea bogotano. A los bogotanos les atrae la gramática como a los escoce- ses el whisky. Cuervo era bogotanísimo. Había nacido en la capital el 1 de septiembre de 1844. Los responsables de haberle inculcado la goma de la gramática…
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13Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · Página 1491 cita
[16]antigua de la Nueva Granada a partir de la comparación entre las distintas crónicas sobre la conquista para poder “separar en ellas el grano de la paja” (Acosta, Historia 13). Su intención inicial fue que William Prescott, un renombrado historiador estadounidense que había escrito sen- das obras sobre la historia de…
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14Mercados, poblamiento e integración étnica entre los Muiscas, Siglo XVICarl Henrik Langebaek · 1987 · Página 1641 cita
[17]resumen en español). PUERTO ALEGRE, Fray Gaspar de. /1571/ 1983 "Nuevo Reino de Granada-1571" En: Cespedecia 45-46: 105-112, Cali. RAMOS, Demetrio. 1972 Ximénez de Quesada - Cronista. Publicaciones de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, Madrid. R.A.N. 1944 (Revista de Archivo Nacional) 59 y 60.…
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15Nosotros y los otros: las representaciones de la nación y sus habitantes Colombia, 1880-1910Amada Carolina Pérez Benavides · 2015 · Página 361 cita
[18]un ser inferior y perezoso que era incapaz de salir de la pobreza por sí mismo. Durante los primeros años de la vida independiente, según estudia el autor, los criollos mantuvieron la idea de integrar al indígena y en especial las tierras de los resguardos para hacerlas productivas, pero se refirieron en menor medida…
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16Gran Enciclopedia de Colombia - Literatura 1: Desde la literatura indígena hasta Porfirio Barba-JacobMaría Teresa Cristina (Dirección Académica); Fernando Wills Franco (Dirección de Proyecto); Camilo Calderón Schrader, Alberto Ramírez Santos (Coordinación Editorial) · 2007 · Página 1711 cita
[19]de ello, ha sido poco estudiada Diaz ¢ E Nove uadros d es y hoy en dia su conocimiento es limitado, pues pesa tomes. Nota critico-biografica, recopilacion y notas d sobre ella el estigma del provincialismo y la super Mujica: Bogota, Pr ra, 1985. os pastelitos de dona Patrocinio h I slombiano de ¢ 1975. miradas…
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