José Domingo Duquesne de la Madrid
Pre-independencia
1748–1821
La biografía
En la Santafé de fines del siglo XVIII, un párroco criollo llamado José Domingo Duquesne de la Madrid redactó un manuscrito breve donde afirmaba haber descifrado, entre los indios chibchas del altiplano, un calendario ceremonial cuyos signos correspondían a las fases de la luna, a los ciclos agrícolas y a un sistema numérico de raíz astronómica. Ese texto —escrito hacia 1795, largamente inédito, publicado por primera vez en París en 1848— es la razón por la cual su nombre sobrevive. No porque su hipótesis se sostenga hoy: gran parte de ella no se sostiene. Sobrevive porque Duquesne fue el primer intelectual del Nuevo Reino de Granada que tomó los restos lingüísticos de los muiscas y los organizó como un sistema, aplicándoles las herramientas de la Ilustración europea —la historia filosófica de las lenguas, la astronomía comparada, la mitografía clásica— para producir un objeto legible fuera del altiplano. Lo leyeron Manuel del Socorro Rodríguez en Bogotá y Alexander von Humboldt en Berlín; lo editó Joaquín Acosta en París; lo discutió Ezequiel Uricoechea desde su exilio filológico. Sin Duquesne, la idea decimonónica de que los muiscas habían sido una civilización comparable a la azteca o a la inca —idea que letrados y notables colombianos persiguieron durante todo el siglo XIX y que nunca terminó de cuajar— habría carecido de su primer soporte textual. Es, en ese sentido restringido y preciso, el fundador del americanismo neogranadino.
Línea de vida
- 1748
Nacimiento en Santafé de Bogotá
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Nació en Santafé de Bogotá en el seno de la república blanca criolla, estrato social con acceso privilegiado a la educación superior, las órdenes religiosas y el prestigio letrado del Nuevo Reino de Granada.
- 1780
Ejercicio como párroco doctrinero en el altiplano
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Ejerció su ministerio en doctrinas de indios del altiplano cundiboyacense —Lenguazaque, Gachancipá, Chía, Bojacá—, donde convirtió su posición de cura doctrinero en observatorio etnográfico, recogiendo vocabulario numérico y prácticas festivas de origen prehispánico entre sus feligreses chibchas.
- 1795
Redacción del estudio sobre el calendario muisca
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Elaboró su manuscrito sobre el supuesto calendario de los muiscas, argumentando que los nombres de los números en lengua chibcha reproducían las fases de la luna y que sobre esa base numérico-lunar se articulaba un calendario ritual y agrícola. El texto circuló primero entre los letrados santafereños y fue citado por Manuel del Socorro Rodríguez en su Disertación sobre las naciones americanas.
- 1801
Recepción de su obra por Alexander von Humboldt
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Durante la visita de Humboldt a Santafé, las tesis de Duquesne sobre la relación entre los numerales chibchas y las fases lunares llegaron al conocimiento del barón prusiano. Humboldt, que ignoraba la existencia de un diccionario chibcha, expresó dudas sobre dicha relación, pero señaló que, de confirmarse, sería uno de los hechos más notables de la historia filosófica de las lenguas.
- 1821
Muerte en Santafé de Bogotá
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Murió en Santafé de Bogotá en los años inaugurales de la República, habiendo vivido íntegro el arco tardocolonial: fue niño bajo Fernando VI, se formó en tiempos de Carlos III, ejerció como párroco durante el reformismo borbónico y alcanzó a ver la independencia.
- 1848
Publicación póstuma de su obra en París
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El coronel Joaquín Acosta incluyó el estudio de Duquesne en la página 405 de su Compendio histórico del descubrimiento y la colonización de la Nueva Granada, editado en París: medio siglo después de escrito, en la capital cultural europea, en un volumen que buscaba dotar a la joven República de una historiografía comparable a la de otras naciones americanas.
- 1854
Incorporación a la tradición filológica de Uricoechea
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Ezequiel Uricoechea, desde su exilio filológico, incorporó la obra de Duquesne a su proyecto de colección lingüística sobre las lenguas aborígenes americanas, junto a manuscritos anónimos e inéditos del siglo XVII producidos a raíz de la Real Cédula de Felipe II de 1580, consolidando la cadena de recepción del americanismo neogranadino.
El clérigo criollo y su lugar en la república blanca
Duquesne nació en Santafé de Bogotá en 1748 y murió en la misma ciudad en 1821, en los años inaugurales de la República. Su vida transcurrió íntegra dentro del arco tardocolonial y de sus derrumbes: fue niño bajo Fernando VI, se formó en tiempos de Carlos III, ejerció como párroco durante el reformismo borbónico y su cierre reaccionario, y alcanzó a ver la independencia. Pertenecía a la llamada república blanca, esa capa restringida de criollos con estatus social reconocido a la que se permitía el acceso a la educación superior y, con ella, a los cargos gubernamentales, a las órdenes religiosas y al prestigio letrado. Los reglamentos del período impedían a indígenas, negros y mestizos ingresar a las carreras eclesiásticas y universitarias, particularmente desde el siglo XVII, con lo cual la vida del clero neogranadino era progresivamente más criolla y más endogámica.
Se formó en Santafé, en la constelación de colegios-universidades que definía las trayectorias de los criollos instruidos de la capital virreinal. El Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, fundado por el arzobispo fray Cristóbal de Torres —quien en 1653 solicitó a Madrid el permiso para establecer el plantel y creó allí cátedras de Filosofía, Jurisprudencia y Medicina—, era una de las dos casas donde se cocinaba el pequeño mundo intelectual de la ciudad. Del derecho salían los abogados litigantes, los corregidores, los asesores; de la teología y la filosofía, los sacerdotes que después administrarían parroquias urbanas o doctrinas de indios. Duquesne tomó la vía eclesiástica. Para las familias criollas que carecían de los grandes apellidos peninsulares o de acceso al escalafón alto del virreinato, la carrera religiosa ofrecía lo que la carrera civil rara vez concedía a los nacidos en América: prestigio estable, formación académica sistemática y cohesión de grupo. Duquesne encarna con nitidez este perfil: sacerdote que no fue prelado, letrado que no ocupó altos cargos, párroco de pueblos de indios cuya única obra reconocida no es teológica ni administrativa sino etnográfica.
Ejerció su ministerio en doctrinas del altiplano cundiboyacense: Lenguazaque, Gachancipá, Chía, Bojacá. Son nombres que hoy suenan a topografía turística de Cundinamarca pero que en el siglo XVIII designaban parroquias de indios donde el cura era, simultáneamente, administrador espiritual, juez menor, censor de costumbres y, ocasionalmente, el único letrado en varias leguas a la redonda. La particularidad de Duquesne es haber convertido esa posición doctrinera —que a la inmensa mayoría de sus colegas no producía más que actas de bautismo y sermones— en observatorio etnográfico. Los indios chibchas que atendía en Lenguazaque o Gachancipá seguían hablando restos de su lengua, conservaban vocabulario numérico, mantenían prácticas festivas de origen prehispánico ajustadas al calendario católico. Duquesne, con la biblioteca clásica de un cura culto y la curiosidad de un ilustrado, se propuso oír esas voces como quien lee un archivo.
La Santafé de Mutis y el aire ilustrado
Para entender qué tipo de operación intelectual era la de Duquesne, hay que reconstruir el aire de la ciudad. Cuando alcanzaba la edad adulta, Santafé vivía su primera modernización letrada. José Celestino Mutis, sacerdote y botánico gaditano, se había instalado en la Nueva Granada en 1761 y había inaugurado en 1762 la cátedra de Matemáticas, defendiendo en su discurso inaugural la utilidad universal de esta ciencia: todos los ministerios, todas las facultades, todos los empleos dignos del hombre —dijo— reciben luz de las matemáticas, incluida la medicina. Era una declaración de guerra, tácita pero clara, contra la escolástica dominante en las aulas. La orden dominica se opuso frontalmente, llegando a intentar su expulsión por enseñar la teoría heliocéntrica de Copérnico. Solo la protección política del arzobispo-virrey Antonio Caballero y Góngora, que suscribió el reformismo pragmático de Carlos III y vio en la nueva ciencia un instrumento útil al Imperio, permitió que Mutis sobreviviera institucionalmente y que la Expedición Botánica —proyecto en el que la Corona depositaba expectativas económicas concretas, empezando por el mejor conocimiento comercial de la quina— echara raíces.
En torno a Mutis se formó una nueva imagen del territorio: la Nueva Granada dejó de ser vista solo como un espacio de doctrina y tributo para presentarse como un depósito de recursos naturales activables mediante el conocimiento científico. La élite criolla ilustrada de Santafé —Francisco José de Caldas, más tarde, y una constelación de médicos, abogados, curas y funcionarios cultos— organizó su sociabilidad alrededor de esta idea. Circulaba la lectura, se discutían las novedades europeas, se cultivaba una afición criolla a los estudios y las artes con inclinación especial hacia las ciencias especulativas. La imprenta había llegado a Bogotá en 1738, traída por los jesuitas. En 1785 se imprimieron en la ciudad los tres números sin fecha del Aviso del Terremoto, en el taller de Antonio Espinosa de los Monteros; el 9 de febrero de 1791 apareció el primer número del Papel Periódico de Santafé, fundado y dirigido por el cubano Manuel del Socorro Rodríguez, considerado el primer periódico colombiano, que circuló hasta el 6 de enero de 1797, cerrando en su número 265.
Santafé funcionaba entonces, en el sentido que después teorizaría Ángel Rama, como una ciudad letrada: espacio privilegiado donde eclesiásticos, educadores, administradores, profesionales e intelectuales ejercían una función civilizadora y producían discursos con pretensión de legitimidad. Era, en escala, un mundo pequeño —tan pequeño que la sociabilidad cotidiana cabía en los paseos por la Alameda o el Aserrío al atardecer, en el refresco de dulce y chocolate a la oración, en el rezo del rosario y en las visitas familiares, con el almuerzo de tamales de los domingos como rito fijo—, pero era también un mundo densamente conectado con la circulación atlántica de libros e ideas.
Duquesne perteneció a ese círculo sin ser una de sus figuras estelares. Su cercanía con Mutis se dio por proximidad social e intelectual: ambos eran sacerdotes, ambos participaban de la afición ilustrada, ambos combinaban el ministerio con la investigación. Manuel del Socorro Rodríguez, desde la dirección del Papel Periódico y desde su propia obra —la Disertación sobre las naciones americanas—, se ocupó de la producción de Duquesne y contribuyó a difundirla en el estrecho circuito santafereño. La red era pequeña; una vez adentro, todo se leía.
La invención del calendario muisca (1795)
La obra por la cual Duquesne pertenece a la historia intelectual colombiana es su estudio sobre el supuesto calendario de los muiscas, redactado en 1795. Circuló primero en manuscrito entre los letrados santafereños. Se publicó por primera vez en 1848, cuando el coronel Joaquín Acosta lo incluyó en la página 405 de su Compendio histórico del descubrimiento y la colonización de la Nueva Granada, editado en París: medio siglo después de escrito, en la capital cultural europea, en un volumen que buscaba dotar a la joven República de la Nueva Granada de una historiografía comparable a la de otras naciones americanas.
El argumento central era doble. Primero: los nombres de los números en lengua chibcha no eran arbitrarios sino que reproducían, en su etimología y su secuencia, las fases de la luna. Los muiscas, según él, contaban luna a luna, y su sistema numérico era una destilación lingüística de la observación astronómica. Segundo: sobre esa base numérico-lunar se articulaba un calendario ritual y agrícola, con signos, ciclos y correspondencias que Duquesne describía con cierta precisión y a los cuales atribuía además funciones religiosas, ligando los signos numéricos a los cultos de las divinidades muiscas.
El sujeto de la operación era, en principio, real. Los muiscas fueron un pueblo básicamente agricultor y, como toda sociedad agrícola sedentaria, desarrollaron formas de astronomía y meteorología aplicadas: sabían leer los solsticios, ajustar la siembra a los ciclos, marcar los tiempos ceremoniales. Su panteón —Chiminigagua como dios principal, Bachué asociada a la luna, Bochica al sol, Chibchacum como protector, además de divinidades menores vinculadas a oficios y actividades— indica un pensamiento cosmológico articulado, y la figura del jeque como sacerdote diferenciado del cacique, del capitán y del guecha (el guerrero) sugiere una especialización religiosa que hacía plausible la existencia de un saber calendárico institucionalizado. La Real Cédula firmada por Felipe II en 1580 había ordenado establecer cátedra de la lengua general de los indios del Nuevo Reino de Granada, y en cumplimiento de esa disposición se produjeron a lo largo del siglo XVII manuscritos anónimos —gramáticas, vocabularios, doctrinas— sobre la lengua muisca, que circularon en el mundo eclesiástico y que Duquesne, como cura doctrinero letrado, pudo consultar.
El problema es que el paso del dato lingüístico a la reconstrucción sistemática del calendario introduce un salto que la evidencia no cubre. Los hallazgos arqueológicos no comprueban una cultura muisca notablemente avanzada en términos materiales. La orfebrería, aunque abundante en piezas votivas, es tiesa y bidimensional, y el oro debía adquirirse de vecinos porque no hay depósitos auríferos en el territorio muisca. La arquitectura es esquiva: en sitios como Funza, Tunja y Sogamoso se han hallado vestigios de postes u horcones de madera que marcan construcciones circulares u ovaladas, pero no se conoce hasta hoy una sola casa muisca sistemáticamente excavada. Contra los Tairona de la Sierra Nevada, que alcanzaron un incipiente urbanismo con grandes obras públicas, los muiscas dejaron rastros muy modestos. Esta desproporción entre la riqueza intelectual que Duquesne les atribuye —un sistema calendárico complejo, una lengua numérico-astronómica— y la parquedad del registro material es constitutiva del problema.
Duquesne trabajó con lo que tenía: la lengua todavía viva de sus feligreses, los vocabularios coloniales del XVII y la biblioteca clásica. Organizó ese material con las herramientas conceptuales de la Ilustración europea. La idea de que la lengua guarda, en la etimología de sus números, la memoria de una astronomía originaria era un lugar común de la historia filosófica de las lenguas en el siglo XVIII; la comparación con calendarios de otras culturas —el azteca, sobre todo— era también un movimiento familiar. Duquesne tradujo. Convirtió los residuos lingüísticos chibchas en un texto legible para un lector europeo culto. Que la operación tuviera un núcleo empírico defendible en un extremo —la relación numerales/fases lunares— y una envoltura especulativa en el otro —el sistema calendárico completo con sus signos y ciclos— es lo que la hace fecunda y a la vez irrecuperable como arqueología.
La cadena de recepción: Rodríguez, Humboldt, Acosta, Uricoechea
La singularidad de Duquesne no reside solo en el manuscrito de 1795 sino en la cadena de citas que ese manuscrito activó. Manuel del Socorro Rodríguez fue el primer eslabón: incorporó las tesis de Duquesne en su Disertación sobre las naciones americanas, dándoles carta de circulación en el limitado pero real espacio de la prensa y del discurso letrado santafereño. Rodríguez era cubano de origen, había llegado a Santafé por gestiones del arzobispo-virrey Caballero y Góngora, y su Papel Periódico fue el instrumento con el que la Ilustración local se dio a sí misma un foro. Que Duquesne pasara del manuscrito a la cita significa que sus ideas dejaron de ser propiedad de un cura de provincia y se convirtieron en referencia disponible.
El segundo eslabón, decisivo, fue Alexander von Humboldt. El barón prusiano llegó a la Nueva Granada en 1801 en el marco de su gran viaje americano con Aimé Bonpland, y visitó a Mutis en Santafé; la visita se prolongó dos meses. Fue un encuentro de dos generaciones y dos escalas del saber científico: Mutis compartió con Humboldt las historias de Guatavita y las leyendas de El Dorado, las minas de sal de Zipaquirá, el conocimiento sobre la quinina y el curare, los fenómenos naturales de la sabana. Hubo intercambio recíproco: Humboldt mostró a Mutis un mapa preliminar del río Magdalena y aceptó sobre la marcha las correcciones que el anciano botánico le sugirió. En ese ambiente circulaban las ideas de Duquesne. Humboldt las conoció.
En su Vues des cordillères et monuments des peuples indigènes de l'Amérique —el gran atlas ilustrado sobre las civilizaciones americanas que publicó años más tarde— Humboldt recogió, entre otros materiales neogranadinos, los planteamientos sobre el calendario muisca. Y lo hizo con la cautela característica de su método: expresó dudas explícitas sobre la relación entre los nombres numerales chibchas y las fases lunares, observando que, de confirmarse, sería uno de los hechos más notables que podría presentar la historia filosófica de las lenguas. Humboldt no tenía acceso, cuando escribió eso, a los vocabularios chibchas coloniales; su duda era la duda razonable del europeo que recibe una hipótesis americana sin poder cotejarla. Aun así, la incluyó. Y el gesto de incluirla fue casi tan importante como su contenido: Humboldt era, hacia 1810, la principal autoridad mundial en asuntos americanos, y ser citado por él —aun con reservas— era ingresar a la conversación atlántica.
Humboldt tenía además, en ese momento, una tesis mayor que servía de marco: sostenía, contra la visión despectiva del ilustrado europeo estándar, que América había poseído antes de 1492 una cultura mayor que la que encontraron los españoles, y que los líderes espirituales indígenas de México, Perú y Colombia sabían trazar meridianos y predecir solsticios. En carta a su hermano Wilhelm, destacó la riqueza de las lenguas indígenas americanas —el caribe y la de los incas, sobre todo— como prueba de esa cultura anterior. Duquesne encajaba perfectamente en esa arquitectura: era el testimonio, para el caso neogranadino, de una tradición precolombina de saber astronómico. Que Humboldt atribuyera erróneamente a los muiscas ciertas cabezas de obsidiana que en realidad habían llegado de Centroamérica por rutas comerciales precolombinas indica que su información local era desigual; también indica que estaba dispuesto a dotar a los muiscas de un espesor cultural mayor del que la arqueología sostenía.
El tercer eslabón fue Joaquín Acosta. Militar, geógrafo, historiador, editó en 1848, en París, su Compendio histórico del descubrimiento y la colonización de la Nueva Granada, y allí, en la página 405, incluyó por primera vez impreso el texto de Duquesne. La operación editorial es reveladora: en el año en que Europa vivía las revoluciones del 48 y América Latina buscaba consolidar sus historiografías nacionales, un coronel neogranadino publicaba en la capital francesa el manuscrito de un cura de Bojacá muerto veintisiete años antes, y lo hacía como parte de un dispositivo mayor destinado a proveer a la joven nación de un pasado presentable.
El cuarto eslabón fue Ezequiel Uricoechea. Bogotano formado en Europa, filólogo, químico, americanista, concibió una gran colección filológica sobre las lenguas aborígenes de América, y en ese proyecto incluyó los manuscritos anónimos del siglo XVII sobre la lengua muisca —aquellos surgidos de la Real Cédula de Felipe II de 1580— y las tesis de Duquesne. Fue él quien afirmó que, cotejando el vocabulario chibcha con la obra de Duquesne, la relación entre numerales y fases lunares quedaba confirmada, y que la duda que Humboldt había expresado en su Vues podía darse por disipada. Uricoechea murió en Beirut el 28 de julio de 1880, víctima de una apoplejía, dejando truncos varios proyectos americanistas; alcanzó a publicar sus Antigüedades neogranadinas en 1854, y con ellas selló la incorporación de Duquesne al canon del americanismo científico decimonónico. El movimiento intelectual que impulsó en Bogotá, junto con bibliógrafos como José María Vergara y José María Quijano Otero, hizo del patrimonio colonial y del pasado indígena un objeto de estudio sistemático.
La cadena Rodríguez–Humboldt–Acosta–Uricoechea es lo que convirtió un manuscrito de párroco de provincia en referencia obligada. Ninguno de los cuatro eslabones podía verificar plenamente lo que Duquesne afirmaba; cada uno lo citó porque el anterior lo había citado y porque, en su conjunto, servía a la operación mayor de construir un pasado precolombino neogranadino digno del concierto americano.
La operación cultural: dotar a la nación de un pasado indígena
Durante todo el siglo XIX, letrados y notables colombianos intentaron construir una representación del pasado muisca que pudiera compararse con la de los aztecas o los incas. Era una necesidad política tanto como intelectual: las repúblicas americanas del XIX legitimaron sus proyectos de nación apoyándose, entre otros dispositivos, en la exhibición de un pasado precolombino monumental. México tenía Teotihuacán y Tenochtitlán; Perú tenía Cuzco; Colombia debía tener a los muiscas. Escritores como Nicolás Pereira Gamba y Felipe Pérez produjeron obras literarias sobre el mundo muisca; se catalogaron, exhibieron y estudiaron antigüedades; se publicaron ensayos etnográficos e históricos. En 1882, coincidiendo con una publicación de Liborio Zerda, la vasija de Chirajara comenzó a utilizarse como pieza simbólica representativa de la cultura muisca —y en 1885 Manuel Uribe Ángel la reprodujo en el frontispicio de su Geografía general y compendio histórico del Estado de Antioquia, acompañando la imagen del mariscal Jorge Robledo y dos tunjos de oro, en un uso descontextualizado y decorativo que muestra a la vez la voluntad de apropiación simbólica y la fragilidad del anclaje. En 1895, Vicente Restrepo publicó lo que sería, hasta mediados del siglo XX, la única obra de conjunto sobre los muiscas, según el juicio posterior del antropólogo español Pérez de Barradas.
Ese esfuerzo colectivo, sin embargo, nunca cuajó del todo. La representación del pasado muisca no llegó a materializarse con la fuerza suficiente para convertirse en un pasado fundacional de la nación colombiana. Faltaban las piedras. Faltaban las ciudades. Faltaban los códices. Los muiscas, cuya cultura material era efectivamente modesta comparada con la de los grandes imperios mesoamericanos y andinos, no ofrecían al nacionalismo criollo el respaldo monumental que este necesitaba. Duquesne, en ese cuadro, es el precursor y a la vez el síntoma. Precursor porque fue el primero que propuso —contra el paisaje empobrecido del registro arqueológico— un espesor intelectual muisca: no había ruinas, pero había calendario; no había arquitectura, pero había astronomía; no había escritura visible, pero había signos. Síntoma porque la fragilidad de su hipótesis anuncia la fragilidad del proyecto entero. Cuando el americanismo colombiano quiso rivalizar con el mexicano, tuvo que apoyarse en la palabra —en la lengua, en la etimología, en la reconstrucción textual— porque la materia no alcanzaba. Y la palabra, precisamente, era el terreno donde Duquesne había trabajado.
El párroco y su método
Es difícil, y sería injusto, juzgar a Duquesne con las categorías de la arqueología científica del siglo XX. Trabajaba en un mundo en el que la etnografía todavía no existía como disciplina, en el que el estudio de las lenguas amerindias apenas empezaba a organizarse fuera de las gramáticas misionales, en el que la única astronomía comparada disponible era la que ofrecía la biblioteca clásica y jesuítica. Su método fue el que su época permitía: leer los textos coloniales sobre el muisca, escuchar la lengua todavía viva en sus feligresías, aplicar las claves interpretativas de la Ilustración europea y proponer un sistema.
Que ese sistema mezclara observación empírica y construcción especulativa no lo distingue de sus contemporáneos americanistas; lo distingue el hecho de haber sido el primero en aplicar el procedimiento a un objeto neogranadino. La relación entre numerales chibchas y fases lunares —cuando se la despoja de la envoltura calendárica más ambiciosa— tiene un núcleo lingüístico defendible, corroborado en parte por el cotejo posterior con los vocabularios coloniales. Es probablemente la parte más sólida de su obra. En cambio, la reconstrucción del calendario ritual completo, con sus signos y correspondencias, pertenece al orden de la conjetura ilustrada: un ejercicio de imaginación estructurante sobre un material fragmentario. Los muiscas seguramente tenían un calendario —toda sociedad agrícola lo tiene—; pero el calendario específico que Duquesne describe, con la arquitectura precisa que él le atribuye, no puede darse por establecido.
Hay además una dimensión de su operación que conviene nombrar sin demagogia. Duquesne era un cura doctrinero: su relación con los indios no era la del etnógrafo neutral, sino la del administrador espiritual encargado de convertirlos, censarlos, casarlos, enterrarlos y cobrarles la contribución. Que desde esa posición produjera un texto que dignificaba el pasado prehispánico de sus feligreses es notable, pero no debe leerse como un gesto de reivindicación indigenista en el sentido moderno del término. Duquesne pertenecía a la república blanca, escribía para un público de letrados criollos y europeos, y su horizonte era el de dotar al Nuevo Reino de un patrimonio comparable al de otros territorios americanos. Los indios de Lenguazaque, Gachancipá, Chía y Bojacá fueron para él la fuente lingüística, no los interlocutores. La distancia colonial es constitutiva de su obra.
Huella
Duquesne murió en 1821, cuando la Nueva Granada dejaba de existir como virreinato. No alcanzó a ver publicada su obra principal —esa espera duraría veintisiete años más, hasta la edición parisina de Acosta—, ni sospechó probablemente que su nombre sobreviviría gracias al manuscrito de 1795 y no a sus años de ministerio. El siglo XIX lo recibió como precursor. El XX, con la profesionalización de la antropología y la arqueología, lo puso en cuestión: Miguel Triana, en el debate sobre la simbología prehispánica, y luego los antropólogos e historiadores que a partir de la mitad del siglo empezaron a estudiar críticamente el corpus muisca, mostraron que buena parte del calendario duquesniano era una construcción culta más que una reconstrucción documentada. El siglo XXI lo relee con la ambigüedad que merece: figura fundadora del americanismo colombiano, autor de un texto cuya validez arqueológica es escasa y cuya operación cultural fue decisiva.
Su huella tiene tres capas. La primera es propiamente lingüística: la hipótesis sobre los numerales chibchas y las fases lunares, aun rebajada de sus ambiciones calendáricas, sigue siendo una intuición valiosa sobre la estructura del muisca, y aparece citada en los estudios contemporáneos sobre la lengua. La segunda es historiográfica: Duquesne inaugura la tradición neogranadina de estudios sobre el pasado precolombino, esa línea que va de él a Uricoechea, de Uricoechea a Restrepo, de Restrepo a la antropología profesional del siglo XX. La tercera es simbólica: en el imaginario ilustrado y decimonónico, Duquesne encarna la figura del cura sabio de provincia que, desde una parroquia rural del altiplano, produce ciencia atlántica. Es una figura que la historia cultural colombiana ha querido conservar porque le permite pensar la Ilustración local no como importación tardía sino como creación situada, hecha con los materiales del país.
La contradicción productiva que lo define —párroco doctrinero e intelectual ilustrado, observador de sus feligreses y constructor de sistemas europeos, transmisor de fuentes coloniales reales y arquitecto de conjeturas indemostrables— no es un defecto de su obra sino su condición. En ella se lee, condensada, la manera en que el criollo tardocolonial se apropió del pasado indígena: con curiosidad genuina, con instrumentos foráneos, con propósitos que mezclaban el saber desinteresado y la construcción de un patrimonio nacional avant la lettre. Cuando Humboldt, décadas más tarde, dudó en Berlín de la relación entre numerales y lunas chibchas y calificó el asunto de uno de los hechos más notables que podría presentar la historia filosófica de las lenguas, no estaba solo evaluando una hipótesis lingüística: estaba tomando en serio el trabajo de un cura de Bojacá. Ese acto de reconocimiento —y no la certeza sobre el calendario— es lo que garantizó a Duquesne su lugar en la historia. En un mundo intelectual que se organizaba desde París, Londres y Berlín, un párroco criollo había logrado hacerse escuchar.
Conexiones del archivo
Red histórica
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
26 documentos · 31 fragmentos01Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · Página 1731 cita
[1]nativas ¿Son signos totemicos o verdaderos jeroglíficos, o simples monumentos de ingenuidad pueril o de experiencia impotente?”. (Arrubla 10). 22 Los estudios del padre Duquesne sobre el supuesto calendario muisca, en 1795, influencian trabajos posteriores como “Disertación sobre las naciones americanas”, de Manuel…
p. 173
02Gramática de la lengua chibchaEzequiel Uricoechea · 2016 · Páginas 12, 322 citas
[2]las fases de la luna en creciente o en menguante, con las faenas agrícolas o con el culto. Humboldt, que ignoraba la existencia de un diccionario chibcha, dudaba de la relación entre los nombres de los números y las fases lunares, y dice que sería uno de los hechos más notables que pudiera presentar la historia…
p. 32
[15]en pocos días saldría para Alejandría, Beirut y Damasco a per- feccionar sus conocimientos de árabe. Pensaba regresar a Bruselas en febrero, pero el 28 de julio de 1880 murió en Beirut por causa de una apoplejía. Muchos de los trabajos de Uricoechea no se alcanzaron a publicar y dejó truncos varios proyectos…
p. 12
03La tierra de los tesoros tristesSimón Posada Tamayo · 2022 · Página 731 cita
[3]obsidiana, y los cuales atribuyó a los muiscas, aunque hoy en día se piense que, al parecer, dichas cabezas llegaron de Centroamérica por alguna ruta de comercio anterior a la Conquista. En una carta a su hermano, Wilhelm von Humboldt, destacó la riqueza de las lenguas que conoció durante su viaje, en especial, la de…
p. 73
04Colombia complejaJulio Carrizosa Umaña · 2014 · Página 282 citas
[4]de los principales ilustrados españoles fue José Celestino Mutis, sacerdote y botánico autodidacta que se había instalado en 1761 en la Nueva Granada. A su alrededor se inició la formación de una nueva imagen de nuestro territorio, la de un espacio enormemente rico en recursos naturales que podrían ser utilizados…
p. 28
[5]que uno de los principales ilustrados españoles fue José Celestino Mutis, sacerdote y botánico autodidacta que se había instalado en 1761 en la Nueva Granada. A su alrededor se inició la formación de una nueva imagen de nuestro territorio, la de un espacio enormemente rico en recursos naturales que podrían ser…
p. 28
05Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · Página 601 cita
[6]alumnos lo que ya se discutía en el resto de Europa: la Revolutionibus orbium coelestium de Copérnico, que sostenía que la tierra es otro planeta girando alrededor del sol, y no al revés, como querían las Sagradas Escrituras. La orden de los dominicos se fue lanza en ristre contra Mutis. No pudieron expulsarlo como…
p. 60
06Manual de arte del siglo XIX en ColombiaBeatriz González Aranda · 2017 · Página 291 cita
[7]simposio en la Universidad del Rosario. Como se sabe, Ángel Rama murió junto con su esposa Marta Traba y otros con- ferencistas que asistían a dicho simposio, en el accidente aéreo de Avianca en noviembre de 1983. El simposio no se realizó. 30 B índic Gercst c Adíraí Las implicaciones históricas se relacionan con…
p. 29
07Pensar el siglo XIX. Cultura, biopolítica y modernidad en ColombiaSantiago Castro-Gómez (ed.) · 2004 · Páginas 88, 2242 citas
[8]discurso de apertura de la cátedra de Matemáticas en 1762, Mutis decía que cuando Dios creó la "Máquina del mundo", "todo lo dispuso en número, peso y medida con un orden y establecimientos tan constantes [que] los mismos movimientos de aquellos primeros siglos habrán de perpetuar hasta los últimos" (1983 [1762]: 41).…
p. 88
[16]a la nación en 1852 10. Se trataba de Ezequiel Uricoechea (1884-1880), quien traía de Europa, además de su libro sobre las Antigüedades neogranadinas (1854), otros proyectos como la edición de u n a mapoteca colombiana (1860) y la creación de u n a colección filológica sobre las lenguas aborígenes; José María Vergara…
p. 224
08El Dorado: estampas de viaje y cultura de la Colombia suramericanaErnst Röthlisberger · 2017 · Página 1881 cita
[9]resultaba siempre, si se sabía dar con las personas apropia- das, un vivo intercambio de ideas sobre lo leído. Esta vida cultural es tanto más notable por cuanto que hasta 1738 no se estableció en Bogotá la primera imprenta, llevada allí por los jesuitas, y hasta 1789 no apareció el pri- mer periódico colombiano 57.…
p. 188
09Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · Página 1121 cita
[10]local por la vía del m atrim onio, de tal suerte que los intereses de los criollos bien relacionados sí tenían alguna representación. A unque por lo general a los criollos no se les perm itía o cupar altos cargos políticos, algunos m iem bros de la elite n eo granadina alcanzaron prestigio com o adm inistradores de…
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10Historia de la vida cotidiana en ColombiaBeatriz Castro Carvajal (editora) · 2016 · Página 4631 cita
[11]primeros descubridores y conquistadores. En una palabra, pertenecían y sentían per - tenecer a lo que se llamó la república blanca, situación que sólo tuvo algunos cambios muy a finales del siglo xviii. Ahora bien, los había blancos de origen rural —hijos de encomenderos pobres o arruinados, esto sobre todo en el…
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11Memorias para la historia de la medicina en Santafé de BogotáPedro María Ibáñez · 2017 · Página 271 cita
[12]sentimientos de filantropía, otorgó es- critura pública, por la cual fijaba un sueldo anual de $ 350 al Protomédico Henríquez; uno de $ 200 al cirujano Ga- briel de Meneses, y uno de $ 60 a un barbero, gremio que hasta nuestros días se ha encargado de la práctica de las operaciones más sencillas de la pequeña cirugía,…
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12Historia de la religión en ColombiaJosé David Cortés Guerrero, Juana María Marín Leoz, Leonardo García Rincón · 2022 · Páginas 6, 142 citas
[13]beneficios que otorgaban, especialmente en cuanto a poder simbólico e intelectual y bienestar económico. 16 Esto fue facilitado también por las leyes de segregación por origen familiar que impedían el acceso a la profesión religiosa —especialmente a partir del siglo — a indígenas, negros y mestizos. Eran los XVII…
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[14]algunas regiones, como las actuales Antioquia y Santander, la influencia de las órdenes religiosas fue mucho más reducida, al punto de no existir sino muy pocos conventos y casas religiosas durante los siglos y. XVI, XVII XVIII Tan estrecho fue el vínculo de las órdenes con los poderes civiles, que su establecimiento…
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13Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · Página 1291 cita
[17]en los que se adoraba al dios Chiminigagua y a las divi- nidades Bachué (la luna), Bochica (el sol), Chib- chacum (dios protector) y otras menores dedica- das a las diversas actividades socioeconómicas. Además de los caciques, capitanes y jeques, eran importantes los guechas o guerreros reclutados, cuya función era…
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14Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · Páginas 91, 982 citas
[18]escondido. El arte muisca es r í gido, lineal y altamente estilizado, y se distingue inmediatamente de los estilos elaborados, a veces exuberantes, de las culturas prehist ó ricas de las tierras vecinas. Pero esta misma rigidez y simetr í a, estas superficies opacas y estas formas sobrias, tienen un especial encanto.…
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[22]n de este orden, es decir, el ciclo de los solsticios, y equinoccios, junto con la formulaci ó n de un calendario agr í cola y ceremonial, quedaba a cargo de los sacerdotes, que constru í an sus templos y centros ceremoniales en funci ó n de estos fen ó menos astron ó micos y meteorol ó gicos. El Sol y la Luna eran…
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15Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · Página 541 cita
[19]cultivos. En algunos lugares, como Funza, Tunja y Sogamoso se han hallado vesti- gios de postes u horcones de madera que marcan una construcción circular u ovalada; pero en verdad, aún no se conoce una sola casa muisca sistemáticamente excavada. Lo poco que sabemos de la cultura prehis- tórica de los Muisca se basa…
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16Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · Página 3491 cita
[20]que representan aves, peces, reptiles o figu- ras humanas estilizadas. A veces las incisiones tienen un relleno o un pigmento mineral blanco, lo que hace resal- tar los motivos sobre el fondo oscuro de la piedra. Otra categoría de objetos consiste de matrices para el trabajo de orfebrería; son tallas en relieve que…
p. 349
17Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · Página 121 cita
[21]las relaciones comerciales afianzaban redes de intercambio cultural más profundas. un aspecto importante de la sociedad muisca fue el desarrollo y la complejidad que se desprendieron de una economía natural no monetaria, y que se desplegó al tener un escenario de vastas redes comerciales y cercanías culturales y…
p. 12
18Breve historia económica de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 2017 · Página 361 cita
[23]un aspecto fundamental que explica el establecimiento de comunidades independientes, puesto que este tipo de vínculos aseguraba la pertenencia de un individuo a una comunidad y con esto su acceso a los recursos del territorio que controlaban (Lleras, 1986). Posiblemente se dieron enfrentamientos bélicos para obte- ner…
p. 36
19Historias del arte en Colombia. Identidades, materialidades, migraciones y geografíasOlga Isabel Acosta Luna, Natalia Lozada Mendieta, Juanita Solano Roa · Página 491 cita
[24]civilizaciones anteriores sin ningún reconocimiento del pasado, el presente o el futuro de la cultura a la que pertenecen. La vasija de Chirajara, si bien responde a uno de los múltiples tipos de ofrendatarios o “alcancías” que se han encontrado de la cultura muisca, entró, a partir de 1882, a utilizarse como pieza…
p. 49
20Nosotros y los otros: las representaciones de la nación y sus habitantes Colombia, 1880-1910Amada Carolina Pérez Benavides · 2015 · Página 3101 cita
[25]jerarquización de las narraciones históricas y de las imágenes que habían sido elaboradas en el trascurso del siglo XIX y que fueron compiladas, catalogadas y exhibidas por la generación de letrados de las últimas décadas de dicho siglo y la primera del XX. El pasado indígena, por su parte, se identificó con otra…
p. 310
21La invención de El Dorado. Museos arqueológicos, imágenes cartográficas y redes de conocimiento en Colombia (1935-1955)Daniel García Roldán · 2022 · Página 2601 cita
[26]la arqueología como una disciplina científica con apoyo institucional en el país 4. En ese sentido, la inclusión del mapa como la única fuente cartográfica sobre esta cultura arqueológica es un anacronismo desafortunado. A propósito de la importancia que Pérez de Barradas le da al intelectual antioqueño del siglo xix,…
p. 260
22Historia del Periodismo ColombianoAntonio Cacua Prada · 1983 · Página 141 cita
[27]Jubilado, Regente que ha sido de estudios en este Convento Máximo, y Colegio del Seraphico Doctor S. Buenaventura. Ex-Custodio de esta Provincia, Examinador Synodal de este Arzobispado, y actual Misionero en la Jurisdicción de Tunja, Velez y el Socorro". PRELUDIOS DEL PERIODISMO El 12 de jul ¡o de 1785, un movimiento…
p. 14
23Civilization and Violence: Regimes of Representation in Nineteenth-Century ColombiaCristina Rojas · 2002 · Página 831 cita
[28]the Fatherland.” 13 By seeing everything from one position, the literati were able to exclude other fields of vision. Their position, however, was a weak and fragmentary one. To understand why, we should map the positions from where literati spoke. B o g o t á, a L e t t e re d C i t y As Michael Shapiro has pointed…
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24Cuadros de la vida privada de algunos granadinosJosefa Acevedo de Gómez · 2017 · Página 2511 cita
[29]hacían cerrar cuidadosamente las puertas de sus casas. Por la tarde paseaban por la Alameda o el Ase- rrío, y a la oración se retiraban a sus casas a refrescar dulce y chocolate —orden en que se servía entonces este refresco y que después se ha invertido con escándalo de los amantes de los antiguos usos—. Luego se…
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25Magdalena. Historias de ColombiaWade Davis · 2021 · Página 1381 cita
[30]dio más tiempo para ir a presentar sus respetos al hombre por el que había desviado su camino: José Celestino Mutis. La visita se alargó por dos meses. Mutis deleitaba a Humboldt con sus historias de Guatavita y las leyendas de El Dorado; con el recuento acerca de las dificultades técnicas de la extracción de sal en…
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26La colonización antioqueña en el occidente de ColombiaJames J. Parsons · 1997 · Página 1391 cita
[31]HODGE, W. H. "The Edible Arracacha-A Little-know Root Crop of the Andes". Economic Botany, 1954. Vol. 8, págs. 195-221. HUMBOLDT, Alexander von. Researches Concerning the Institutions and monu- ments of the Ancient Inhabitants of Ame rica, with Descriptions and Views of Sorne ofthe Most Striking Scenes in the…
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