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Idea · Prehispánico

Cera perdida

Técnica de fundición prehispánica en la que una figura modelada en cera es encerrada en arcilla refractaria, la cera se evacúa con el calor y el vacío resultante se llena con metal líquido; practicada con maestría por al menos seis tradiciones orfebres del territorio colombiano desde aproximadamente el 500 a.C. hasta la conquista española.

3.713 palabras21 documentos45 fragmentos citados
Cera perdida

Trayectoria de una idea

  1. -500

    Primeras evidencias de cera perdida en el territorio colombiano

  2. 500

    Apogeo Calima (período Yotoco): alfileres y pectorales fundidos

  3. 900

    Inicio documentado de la orfebrería muisca en el altiplano cundiboyacense

  4. 1000

    Producción tayrona de alfileres y figuras fantásticas por cera perdida

  5. 1200

    Circulación interregional de piezas fundidas a la cera perdida

  6. 1500

    Análisis modernos revelan la dimensión ritual del proceso

03

La lectura

La cera perdida fue en el territorio colombiano prehispánico mucho más que una solución técnica para reproducir formas en metal: fue el eje de un sistema de conocimientos que articulaba la química de las aleaciones, la biología de una abeja nativa, la geografía del intercambio y una lógica ritual en la que la transformación de la materia —cera que se pierde, metal que ocupa el vacío, molde que se rompe— constituía por sí misma un acto culturalmente significativo. Los orfebres muiscas modelaban hilos de cera de menos de un milímetro con una uniformidad que hoy solo revela el microscopio electrónico, y calculaban recetas de color en tumbaga con la precisión de quien conoce tanto las propiedades físicas de cada aleación como el significado que cada tono tenía dentro de un conjunto votivo. La técnica se practicó con acentos regionales inconfundibles: los alfileres Calima y Tayrona, el Poporo Quimbaya, los tunjos muiscas y las figuritas fantásticas de la Sierra Nevada son objetos distintos producidos por el mismo procedimiento, pero cada uno habla de un taller, una cosmología y una red de abastecimiento diferentes. Que Guatavita, sin oro propio ni apicultura, se hubiera especializado en orfebrería solo se explica dentro de un sistema de intercambios que hacía llegar a sus tierras tanto el metal como la cera; la técnica era, en ese sentido, el nudo visible de una economía política invisible. La evidencia acumulada sugiere que en la orfebrería muisca el proceso de elaboración importaba tanto o más que el objeto terminado: la pieza salía del molde sin pulir y así se ofrendaba, porque el valor no residía en la superficie del metal sino en la cadena de transformaciones que lo había producido.

La cera perdida

En el territorio de la actual Colombia, entre aproximadamente el 500 a.C. y la llegada de los españoles, orfebres de al menos media docena de tradiciones —Calima, Quimbaya, Tolima, Zenú, Tayrona, Muisca, Nariño— dominaron una técnica de fundición que consiste, dicho con la sequedad de un manual, en modelar una figura en cera, encerrarla en una envoltura de arcilla, calentar el conjunto hasta que la cera escurra por unos orificios y verter después metal líquido en el vacío que dejó. El resultado, cuando el molde se rompe, es un objeto de oro o de tumbaga que replica con exactitud microscópica los gestos del modelador. La cera perdida no fue un invento colombiano —era ya, a la llegada de los conquistadores, técnica de uso universal y antiquísimo conocimiento—, pero fue aquí donde se articuló con una cera de abeja nativa, con aleaciones de color codificado, con redes de intercambio interregional y con una lógica ritual en la que el proceso de modelado pesaba tanto como el objeto terminado. La palabra técnica describe apenas la mitad de lo que ocurría en aquellas hornillas.

Un procedimiento en seis tiempos

El proceso, reconstruido a partir del análisis de piezas conservadas y de los pocos vestigios de talleres, se ordena en una secuencia estable con variaciones locales.

Primero, el núcleo. Sobre una mezcla de arcilla y carbón vegetal —dos materiales que resisten el choque térmico— el orfebre modelaba la forma básica de la figura. En piezas huecas, ese núcleo permanecería dentro del objeto terminado; en piezas macizas pequeñas, como los alfileres Tayrona o Calima, podía prescindirse de él.

Segundo, la película de cera. Sobre el núcleo se aplicaba una capa de cera que recubría por completo la figura y sobre la cual se trabajaban los detalles finales: rostros, tocados, atributos, aplicaciones filiformes. Los orfebres muiscas modelaban hilos de cera de espesor inferior a un milímetro, con una uniformidad notable, y con ellos armaban entramados calados —diademas, adornos frontales— que imitaban visualmente la filigrana sin serlo: son hilos fundidos, no soldados. La cera empleada en el altiplano cundiboyacense procedía de la abeja sin aguijón llamada angelita, Tetragonisca angustula, una cera oscura y muy blanda cuya plasticidad permitía justamente ese trabajo de hilo delgado.

Tercero, el molde. Sobre la cera ya modelada se aplicaba una pasta de arcilla refractaria en dos tapas que, unidas, envolvían la figura entera y dejaban orificios en los extremos —bebederos para el metal, respiraderos y salidas para la cera.

Cuarto, la evacuación. Se sometía el conjunto al fuego: la cera se derretía y escurría por los orificios inferiores, dejando impreso su negativo en la arcilla. Este es el momento que da nombre al procedimiento: la cera se pierde, literalmente, y con ella el modelo original. Cada pieza fundida por este sistema es única e irrepetible; el molde se destruye para liberarla.

Quinto, la colada. Por el bebedero se vertía el metal líquido —oro nativo, cobre o alguna de las aleaciones de tumbaga— que ocupaba el vacío hasta el último recoveco. Las altas temperaturas necesarias se alcanzaban en hornillas o fogones avivados con toberas de cerámica, ajustadas probablemente a cañas vegetales que hacían las veces de fuelle, aunque el mecanismo exacto no ha dejado huella arqueológica directa. En el sitio El Muelle, en Sopó, se recuperó al menos una tobera del tipo cerámico Guatavita Desgrasante Tiestos, compatible con actividades orfebres en pleno territorio muisca.

Sexto, la ruptura. Enfriado el metal, se quebraba el molde de arcilla y aparecía la pieza. En muchas ocasiones el enfriamiento era lento, lo que producía dendritas de gran tamaño en la estructura interna del metal: una firma cristalográfica visible hoy bajo microscopio electrónico de barrido, que permite reconstruir con precisión las condiciones de fundición en piezas fabricadas hace más de mil años.

La cera que hacía la abeja angelita

Ninguna descripción técnica del procedimiento agota lo que la cera perdida significaba en el altiplano cundiboyacense, y esto empieza por la materia prima. La Tetragonisca angustula es una abeja diminuta, sin aguijón, que anida en cavidades de árboles y muros y produce una cera oscura, blanda, fácil de amasar entre los dedos. No hay evidencia de una apicultura desarrollada entre los muiscas: la cera y la miel llegaban al altiplano desde territorios vecinos por las mismas redes de intercambio que traían el oro, la coca, el algodón o las conchas marinas. Cuando los cronistas del siglo XVI describen a los orfebres de Guatavita como especialistas, describen, sin saberlo, a un cacicazgo que dependía enteramente de importar tanto el metal como la cera con que se modelaba: sin esa infraestructura comercial, la especialización habría sido imposible.

Los gestos del orfebre sobre esa cera oscura y blanda quedaron impresos en el molde de arcilla y, al colarse el metal, se trasladaron al oro. Un microscopio electrónico de barrido revela hoy en piezas muiscas las marcas de los dedos, las huellas de un instrumento afilado, la manera en que se juntaron dos hilos. Es como si el objeto conservara la memoria del cuerpo que lo hizo: una precisión de calco que la fundición en molde rígido nunca habría permitido.

Las recetas del color

Los orfebres del territorio colombiano no trabajaban un solo metal, sino un espectro. La aleación fundamental era la tumbaga —oro y cobre en proporciones variables— cuyo color oscila del amarillo intenso al rojizo casi puro del cobre, pasando por todos los tonos intermedios según la cantidad de cobre añadida. Añadir cobre al oro no solo altera el color: baja el punto de fusión, endurece la aleación, la hace más fácil de trabajar. Pero en el uso ritual, lo que importaba parece haber sido el color.

El caso mejor documentado es el de una ofrenda hallada en Fontibón. El orfebre partió de una única colada de oro nativo —con aproximadamente 83 % de oro y 17 % de plata, esta última como componente natural del yacimiento, no añadida— y a partir de ella preparó varias aleaciones distintas agregando cantidades variables de cobre. Cada figura del conjunto, por tanto, no fue fundida con lo que había a mano: fue fundida con una receta específica. La ofrenda entera constituye una paleta, y el orfebre debió conocer con precisión qué tono producía cada proporción y qué significado tenía cada tono dentro del tema que representaba el conjunto. Ese conocimiento —de las propiedades físicas y de los significados culturales— era el núcleo del oficio.

En piezas de tumbaga halladas en el norte andino colombo-ecuatoriano se observa además que la proporción de oro es mayor en la superficie que en el interior del objeto: la pieza fue dorada, no simplemente fundida en aleación uniforme. Los procedimientos propuestos —martillado de una capa dorada sobre un núcleo de cobre, amalgama, aplicación de placas— señalan que el color superficial era manipulado por vías distintas de la simple mezcla de metales. La cera perdida se articulaba, así, con un repertorio metalúrgico mayor.

Regiones y estilos

La técnica se practicó con acentos regionales que hoy permiten distinguir tradiciones enteras.

En la región Calima, al occidente del valle del río Cauca, el período Yotoco produjo algunas de las piezas más espectaculares de la orfebrería del continente: grandes pectorales con mascarones repujados, diademas, brazaletes, narigueras y orejeras de oro de buena ley. Junto a esas piezas laminadas, la cera perdida se empleó con suprema maestría para fabricar los llamados alfileres: varitas sólidas de oro cuyo extremo superior remata en una pequeña escultura antropomorfa o zoomorfa, y que servían como instrumentos para extraer la cal del poporo durante el mambeo de la coca. Un colgante Yotoco con representación de cacique o guerrero fundido a la cera perdida basta para medir hasta dónde había llegado la habilidad de esos talleres.

En el Cauca Medio, el llamado horizonte quimbaya cubre una gama tipológica de aproximadamente tres mil años, desde la Etapa Formativa Temprana hasta la conquista. Los orfebres quimbayas dominaban la extracción y purificación de metales, la obtención de altas temperaturas en braseros y crisoles y el conocimiento fino de las propiedades de cada aleación; sus talleres exhiben un grado de especialización técnica que los muiscas alcanzaron, pero con menor elaboración. El Poporo Quimbaya —recipiente hueco fundido a la cera perdida, interpretado como símbolo del vientre materno y de la fertilidad femenina— condensa el enlace entre técnica y cosmovisión: en vida servía para el mambeo; en la muerte de sus dueños, algunos eran cremados y sus cenizas depositadas en su interior, de modo que el simbolismo del recipiente-vientre se prolongaba más allá de la existencia individual.

En la Sierra Nevada de Santa Marta, los orfebres Tayrona combinaron el laminado y la fundición a la cera perdida con martillado, repujado, soldadura, aplicación de hilos y dorado. Fabricaron figuritas fantásticas con grandes atavíos de plumas, máscaras de felinos, aves y reptiles, discos repujados, cascabeles, brazaletes y narigueras, en su mayor parte en cobre dorado o tumbaga. Los alfileres tayronas, como los calimas, son varitas sólidas rematadas en pequeñas esculturas antropomorfas o zoomorfas fundidas por cera perdida. Ese mercado orfebre tayrona llegaba, mediante intermediarios, hasta el altiplano muisca: los artículos de mayor trueque eran objetos de oro, collares de cuentas de concha o piedra y caracoles marinos.

En el altiplano cundiboyacense, la orfebrería muisca se desarrolla con continuidad desde alrededor del 900 d.C. hasta la conquista, y aún durante buena parte del período colonial. Los muiscas trabajaron el oro y la tumbaga con la mayoría de las técnicas empleadas por sus vecinos del Cauca, aunque con menor elaboración escultórica. Su seña distintiva son los tunjos: figuras votivas planas —mujeres con niños, hombres con propulsor y poporo, bebés en cunas, animales, objetos cotidianos— destinadas a ser depositadas como ofrendas y no a la exhibición personal.

En las tradiciones nariñenses, en los altiplanos y regiones montañosas del sur de Colombia, la orfebrería se desarrolló en la zona limítrofe con Ecuador con un repertorio propio. Y en el Bajo Sinú, la orfebrería zenú alcanzó una virtuosidad reconocible en piezas cuya circulación llegó, como se verá, hasta Sogamoso.

Los talleres invisibles

Detrás de cada pieza hay una infraestructura que la arqueología solo entrevé. La complejidad técnica de la orfebrería —el conocimiento de aleaciones, la obtención de temperaturas altas y controladas, el manejo de hilos submilimétricos, la coordinación de núcleo, cera y molde en una sola secuencia sin margen de error— ha llevado a inferir la existencia de una clase de orfebres especializados, con talleres organizados y provistos de herramientas y materiales específicos. La inferencia se apoya menos en la aparición arqueológica de tales talleres que en la lectura inversa de los procedimientos: un objeto así no lo hace un aficionado.

Los taironas contaron con artesanos especializados que trabajaban de forma independiente o en núcleos familiares la cerámica, la escultura en piedra y el oro en aleación con cobre —una organización artesanal claramente diferenciada de la producción doméstica general. Entre los muiscas, la existencia de toberas del tipo Guatavita Desgrasante Tiestos en El Muelle, Sopó, y la propia especialización orfebre atribuida a Guatavita señalan que ciertos cacicazgos concentraron la actividad. Que Guatavita, situada lejos de yacimientos de oro y sin apicultura propia, se hubiera especializado en orfebrería solo se explica dentro de un sistema de intercambios que hacía llegar a sus tierras tanto el metal como la cera.

Ese sistema es el otro cimiento de la técnica. Los muiscas exigían oro de sus vecinos de tierra caliente a cambio de sal —producida en Zipaquirá y Nemocón— y de mantas de algodón. La cera de la abeja angelita circulaba desde territorios vecinos hacia el altiplano. Los taironas movían objetos de oro, conchas y cuentas. Piezas de estilo quimbaya aparecieron en Ubaté y Sogamoso; una nariguera zenú, también en Sogamoso; los llamados colgantes relacionados —hallados en Sogamoso, Tibacuy y Bogotá— parecen originarios del valle del Cauca, aunque pertenecientes a un horizonte antiguo que probablemente llegó al altiplano antes del período muisca propiamente dicho. El oro y la sal, pese a su circulación intensa, no se convirtieron en medios generales de cambio: en las regiones donde abundaban, difícilmente eran aceptados como moneda. Circulaban como bienes con carga simbólica, no como equivalentes universales.

El proceso como ritual

En la mayoría de tradiciones metalúrgicas del mundo, la técnica es un medio para producir un objeto: el valor está en la pieza terminada. En la orfebrería muisca, la evidencia acumulada sugiere algo distinto. Las observaciones por microscopía electrónica de barrido sobre las ofrendas muiscas han detectado un desajuste sistemático entre el esfuerzo puesto en el modelo de cera y el cuidado dado al metal final. Los hilos de cera se trabajan con precisión submilimétrica; las aleaciones se calculan con recetas específicas para cada figura; el modelado registra los gestos del orfebre con una minuciosidad casi caligráfica. Pero la pieza fundida rara vez se pule, se limpia o se corrige: sale del molde y así se ofrenda. La superficie del metal no era el objetivo.

La hipótesis que se desprende de este patrón es que el proceso de elaboración importaba tanto o más que el objeto. La transformación —cera que se pierde, metal que ocupa el vacío, molde que se rompe— constituía por sí misma un acto culturalmente significativo, quizá un procedimiento ritual cuyo sentido no se agotaba en la producción de una figura. La cera no era un medio instrumental: era una materia con peso propio, cargada de significado, cuyo destino —fundirse, desaparecer, dejar su forma impresa en un metal— reproducía tal vez una lógica más amplia de transformación entre estados.

Esa lectura se refuerza con el destino de las piezas. Más de la mitad de los objetos muiscas de la colección del Museo del Oro no se usaban para exhibición personal sino para ofrecer en santuarios: es decir, para sacarlos de circulación sin que nadie pudiera enriquecerse con ellos. Las ofrendas no se limitaban a grandes templos; en innumerables pueblos, muchos indígenas tenían santuarios personales dedicados a deidades familiares o con propósitos específicos, y ofrendar podía ser un asunto muy personal, accesible a capitanes y probablemente a personas de distintos rangos. Cada conjunto de ofrenda parece haber sido elaborado para una ocasión específica, con aleaciones particulares para el tema del conjunto, lo que sugiere una producción individualizada y no seriada. Un caso ilustra el punto: en la vereda El Hoyo, en Gutiérrez (Cundinamarca), se recuperó una ofrenda con seis tunjos en tumbaga amarilla rica en oro y dos agujas de hueso; tres figuras masculinas con adornos corporales, poporo y propulsor; una bandeja rectangular para alucinógenos decorada con un hombre-canasto; y el tunjo mayor de 17,2 cm, dimensión inusual para este tipo de piezas. El conjunto responde a una lógica interna —un tema, un elenco, una escala— que no puede reducirse a azar de coleccionista.

Lo que las figuras cuentan

Lo que las piezas representan es tan revelador como lo que oculta su superficie sin pulir. Los tunjos muiscas figuran hombres con propulsor, poporo, bastones o armas; mujeres con niños al pecho o cargados a la espalda; bebés en cunas; parejas; animales; objetos rituales. Los pectorales calima y las máscaras tayronas exhiben, en cambio, un repertorio de rostros humanos idealizados y seres híbridos —felinos, aves, reptiles— cargados de atributos de poder. Los alfileres, en su condición miniaturística, condensan escenas: un chamán, un cargador, un ave.

En la metalurgia muisca tardía, las representaciones antropomorfas equivalen aproximadamente a la mitad de la colección conservada en el Museo del Oro: hombres, mujeres, niños, parejas. La distribución no es azarosa. Los hombres aparecen investidos de sus atributos —el propulsor de dardos, el poporo y su alfiler, el bastón, tocados y adornos corporales—; las mujeres se representan sobre todo en relación con la crianza, con niños al pecho o a la espalda, o formando parejas con figuras masculinas. La bandeja rectangular para alucinógenos, el hombre-canasto, el chamán en trance sugieren que buena parte del repertorio se organiza en torno a prácticas rituales concretas: el mambeo, la ofrenda, la ingestión de sustancias psicoactivas, el vínculo con lo invisible.

En algunas tradiciones colombianas se observa además un cambio diacrónico en el repertorio: la orfebrería más temprana incluye formas inspiradas en plantas; la tardía se concentra en representaciones humanas y animales. El caso muisca podría ser un ejemplo de cambios en la forma como se representaron los sexos a lo largo del tiempo, aunque generalizar sería excesivo. Los animales del repertorio —felinos, aves de rapiña, serpientes, monos, ranas— no son inventario naturalista sino elenco simbólico: cada especie porta un valor asociado a poderes específicos, y su modelado en cera se ajusta a convenciones estables dentro de cada tradición.

En la orfebrería quimbaya, el oro fue empleado como símbolo del Sol y material perenne e incorruptible: los objetos fundidos fijaban las efigies de los señores para la eternidad y formaban parte del ajuar funerario, expresando la concepción de la muerte y la perpetuación del individuo. El material mismo cargaba un significado —lo que no se corrompe, lo que sobrevive al cuerpo—, y la técnica de la cera perdida era el vehículo que trasladaba una forma efímera —la cera modelada por el orfebre— a esa materia eterna. Entre los muiscas, en cambio, la aleación variable y la superficie sin pulir apuntan a otra lógica: no la incorruptibilidad del oro puro, sino la manipulación deliberada del color y de las proporciones para inscribir cada figura en un tema. Dos usos distintos de la misma técnica, dos maneras de pensar el metal.

Lo que Europa fundió

De todo este corpus, lo que hoy se conserva es un residuo. Desde el mismo momento de la conquista, el oro indígena empezó a viajar a Europa convertido en lingotes: fundido en las cajas reales, en las casas de fundición coloniales, luego en instituciones europeas que continuaron el trabajo hasta bien entrado el siglo XIX. En 1859 el Banco de Inglaterra publicaba todavía los resultados financieros de sus labores de fundición de piezas de oro aborigen americano. La destrucción no fue un episodio: fue un régimen.

La guaquería —el saqueo sistemático de tumbas— fue tan importante desde el siglo XVI que la Corona española tuvo que reglamentarla, considerándola un privilegio de los primeros pobladores de las regiones donde se descubrían enterramientos ricos en oro, como la Sierra Nevada y el Sinú. El episodio de las sepulturas del Sinú y el Darién constituyó la primera explotación económica española no fundada en el pillaje de combate: un preludio de la futura economía minera colonial. Durante la colonización antioqueña del Gran Caldas, en el siglo XIX, comerciantes financiaron el saqueo de tumbas quimbayas ricas en objetos orfebres, fundiendo y atesorando las piezas; algunos, no obstante, las conservaron, y así se formaron las primeras colecciones de orfebrería que serían adquiridas por museos. De haber llegado todas a las casas de fundición, habrían sido convertidas de inmediato en lingotes, práctica facilitada por la presencia habitual de agentes compradores de oro en sitios de minería y guaquería.

El caso más célebre de esa historia ambigua es el llamado Tesoro Quimbaya: 122 piezas procedentes de dos sepulturas de La Soledad, en el municipio de Filandia, exhibidas en Sevilla en 1892 con motivo del IV Centenario y donadas por el presidente Carlos Holguín a la reina regente María Cristina de España en reconocimiento a su labor arbitral en la delimitación de fronteras. Las piezas se conservan hoy en el Museo de las Américas de Madrid. La donación salvó al conjunto de la fundición, pero al costo de sacarlo del país donde había sido fabricado y enterrado.

Uno de los primeros estudiosos colombianos del asunto sostuvo que con la conquista cesó todo trabajo de arte en oro y loza en el Nuevo Reino de Granada. La afirmación es demasiado tajante —hay evidencia de continuidad orfebre muisca durante el período colonial temprano, y crónicas del siglo XVI describen indígenas capaces de copiar joyas españolas—, pero acierta en lo esencial: la conquista quebró el sistema técnico, comercial y ritual que había sostenido la producción prehispánica. Los orfebres podían seguir fundiendo; el mundo para el que fundían había desaparecido.

Herencia de un vacío

El estudio moderno de la cera perdida colombiana comenzó tarde. Solo hasta hace relativamente poco tiempo las obras de oro y cerámica prehispánica ocuparon sitios adecuados en museos, y el examen arqueológico serio de la orfebrería es en buena medida un asunto del siglo XX. La sistematización de las tradiciones orfebres por estilos regionales se consolidó a mediados de siglo; el estudio técnico e iconográfico —en particular sobre zenúes y muiscas— se profundizó desde los años setenta, y el marco comparativo americano permitió ubicar el caso colombiano dentro de un fenómeno continental. En las últimas décadas, los análisis por microscopía electrónica de barrido y las mediciones de composición química desarrollados en el Museo del Oro han permitido leer las piezas al nivel del gesto: identificar la cera de la angelita, reconstruir las recetas de aleación, distinguir la mano del orfebre en el trazo de un hilo.

Ese avance analítico ha desplazado el foco. Durante mucho tiempo se juzgó la orfebrería prehispánica por la calidad de los objetos que sobrevivieron: la belleza de una máscara tayrona, la ley del oro de un pectoral yotoco, la finura de una figura quimbaya. Hoy sabemos que la cera perdida en el territorio colombiano fue mucho más que una técnica de fabricación de bienes de lujo: fue un dispositivo tecnológico y ritual que articuló abejas silvestres, minas remotas, salinas de altiplano, redes de trueque interregional, cacicazgos especializados, cosmologías del color y prácticas de ofrenda. Los orfebres que trabajaron entre el 500 a.C. y el 1600 d.C. en el valle del Cauca, en el Quindío, en el Bajo Sinú, en el altiplano cundiboyacense, en la Sierra Nevada y en los altiplanos nariñenses no adoptaron una técnica universal: refinaron una versión propia, ligada a los materiales y a los significados de su mundo.

Lo que queda es un archivo mutilado. Miles de piezas fueron fundidas antes de que nadie las estudiara; el Tesoro Quimbaya vive en Madrid; el Museo del Oro en Bogotá conserva apenas una fracción de lo que hubo. Pero incluso ese residuo permite reconstruir, con los instrumentos de hoy, la memoria del oficio: en cada hilo submilimétrico, en cada dendrita crecida al enfriarse, en cada aleación calculada para una ofrenda que nadie iba a exhibir. La cera se perdió, como manda el nombre del procedimiento. El gesto quedó.

04

En el archivo

5 apariciones públicas, ordenadas por período y año.

05

Relaciones

Vínculos editoriales de la ficha y conexiones observadas dentro del archivo.

Relaciones editoriales

  1. 01Tetragonisca angustula (abeja angelita): proveedora de la cera oscura y blanda empleada por los orfebres muiscas para modelar hilos submilimétricos y entramados calados; su cera circulaba desde territorios vecinos hacia el altiplano cundiboyacense por redes de intercambio.
  2. 02Tumbaga: aleación de oro y cobre cuya producción por cera perdida requería el conocimiento previo de las proporciones que determinaban el color final, desde el amarillo intenso hasta el rojizo del cobre, como documenta la ofrenda de Fontibón con su colada de oro nativo al 83% mezclada con cantidades variables de cobre.
  3. 03Tradición Muisca: tradición orfebre del altiplano cundiboyacense que llevó la cera perdida a su mayor complejidad ritual, produciendo tunjos votivos y diademas caladas con hilos de cera de menos de un milímetro de espesor, con continuidad desde el 900 d.C. hasta el período colonial.
  4. 04Tradición Calima: tradición orfebre del occidente colombiano cuyo período Yotoco empleó la cera perdida para fabricar alfileres sólidos y piezas escultóricas de gran elaboración, constituyendo uno de los focos más tempranos y refinados de la técnica en el territorio colombiano.
  5. 05Molde de arcilla refractaria: componente material indispensable del proceso; registraba los gestos del orfebre sobre la cera y los trasladaba fielmente al metal, conservando huellas detectables hoy mediante microscopio electrónico de barrido.
  6. 06Intercambio interregional: sistema de circulación de bienes —oro, sal, mantas, cera, conchas— que hacía posible la especialización orfebre en cacicazgos como Guatavita, carentes de yacimientos de oro y de apicultura propia.
06

Documentos y fragmentos citados

21 documentos · 45 fragmentos

01Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 32, 45, 483 citas
[1]

lograron máxima habilidad y amplia ex- periencia en la técnica de la fundición por el siste- ma de la cera perdida, de uso universal y de anti- quísimo conocimiento, practicado con diferentes variantes y siempre con suprema maestría. El método de la cera perdida tomaba como base un núcleo de arcilla mezclada con…

p. 45
[6]

fundamentales utilizadas por es- tos orfebres fueron el laminado y la fundición a 22 Cuchillo ceremonial con decoración geométrica, antropomorfa y zoomor- fa (felina), perteneciente a la orfebrería Tayrona. Ésta se abastecía del oro de los ríos Don Diego, Buritaca y Guachica. la cera perdida, los cuales se…

p. 48
[18]

con ellos, se deduce que durante este período había una población relativamente nu- merosa, que practicaba enterra- mientos primarios aislados y en ce- menterios (4, 10, 25 o más tumbas de pozo con cámara lateral) en las laderas de las lomas, generalmente sobre pequeños aplanamientos na- turales o artificiales. Del…

p. 32
02Economías prehispánicas de ColombiaAlberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres, Santiago Giraldo, Daniela Castellanos Montes, Marianne Cardale de Schrimpff, Carl Henrik Langebaek, María Antonieta Corcione Nieto, Catalina Zorro, Luisa Mendoza, Marcela Bernal, Lucero Aristizábal, Leonor Herrera · p. 182, 191, 199, 208, 21510 citas
[2]

oscura y muy blanda producida por un tipo de abeja sin aguijón conocida como angelita (Tetragonisca angustula), es visible sobre todo en la inspección por medio del microscopio electrónico de barrido. Este instrumento permite visualizar en los objetos los gestos del orfebre al manipular la cera, que quedaron impresos…

p. 199
[3]

oscura y muy blanda producida por un tipo de abeja sin aguijón conocida como angelita (Tetragonisca angustula), es visible sobre todo en la inspección por medio del microscopio electrónico de barrido. Este instrumento permite visualizar en los objetos los gestos del orfebre al manipular la cera, que quedaron impresos…

p. 199
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Imagen 3, en el SEM en el que se revela una estructura metálica con dendritas de gran tamaño producto de un enfriamiento lento del metal líquido dentro del molde (O33297. Colección Museo del Oro, Banco de la República). Fuente: Marcos Martinón-Torres. En cambio, sí tenemos evidencias de un instrumento esencial para…

p. 208
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Imagen 3, en el SEM en el que se revela una estructura metálica con dendritas de gran tamaño producto de un enfriamiento lento del metal líquido dentro del molde (O33297. Colección Museo del Oro, Banco de la República). Fuente: Marcos Martinón-Torres. En cambio, sí tenemos evidencias de un instrumento esencial para…

p. 208
[10]

elaborar todas las piezas, pero les fue agregando diferentes cantidades de cobre para conseguir distintas mezclas o “recetas” y colores en un espectro que va desde el amarillo intenso hasta un rojizo cercano al del cobre, pasando por diferentes tonos de amarillos y rojos (Diagrama 3). Cabe suponer que el tema de esta…

p. 215
[11]

elaborar todas las piezas, pero les fue agregando diferentes cantidades de cobre para conseguir distintas mezclas o “recetas” y colores en un espectro que va desde el amarillo intenso hasta un rojizo cercano al del cobre, pasando por diferentes tonos de amarillos y rojos (Diagrama 3). Cabe suponer que el tema de esta…

p. 215
[15]

larga secuencia de ocupaciones humanas en el altiplano, iniciada hace unos 12.000 años, y sus evidencias se encuentran sin interrupción desde el 900 d. C. aproximadamente hasta la conquista española en el siglo XVI y aún varios siglos después, durante el período colonial, en algunas regiones (Langebaek, 1995). M APA…

p. 182
[16]

larga secuencia de ocupaciones humanas en el altiplano, iniciada hace unos 12.000 años, y sus evidencias se encuentran sin interrupción desde el 900 d. C. aproximadamente hasta la conquista española en el siglo XVI y aún varios siglos después, durante el período colonial, en algunas regiones (Langebaek, 1995). M APA…

p. 182
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delicadas y otro algo burdo en las figuras más grandes. F OTOGRAFÍA 5. C ONJUNTO VOTIVO HALLADO EN S UBA, B OGOTÁ, D. С. Nota: las figuras representan mujeres con niños, hombres con diferentes atributos, bebés en cunas, animales y objetos cotidianos (O33278 a O33311. Colección Museo del Oro, Banco de la República).…

p. 191
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delicadas y otro algo burdo en las figuras más grandes. F OTOGRAFÍA 5. C ONJUNTO VOTIVO HALLADO EN S UBA, B OGOTÁ, D. С. Nota: las figuras representan mujeres con niños, hombres con diferentes atributos, bebés en cunas, animales y objetos cotidianos (O33278 a O33311. Colección Museo del Oro, Banco de la República).…

p. 191
03La invención de El Dorado. Museos arqueológicos, imágenes cartográficas y redes de conocimiento en Colombia (1935-1955)Daniel García Roldán · 2022 · p. 831 cita
[7]

entre Colombia y el Ecuador, que la proporción de oro en ciertas piezas es mayor en la superficie y más baja hacia el centro interior del objeto, lo que revela que se usó una base de cobre sobre la cual se fundió una mezcla de cobre y oro, con martillado posterior o final. Los autores franceses (9) agregan que métodos…

p. 83
04Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · p. 47, 286, 3003 citas
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constitu- yen joyas personales muy elaboradas con que se ataviaba a los difuntos. Las piezas más espectaculares son los gran- des pectorales adornados con mascarones repujados. Hay diademas, brazaletes, narigueras, orejeras, pinzas y otros objetos, generalmente manufacturados de oro de muy buena ley. Un artefacto…

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cuyo límite fue encon- trado el objeto. Al examinar las colecciones «quimbaya» salta a la vista que se trata de etapas y fases cronológicas muy diversas. En efecto, se observa toda una gama tipoló- gica que abarca tal vez 3. 000 años, desde la Etapa Formativa Temprana hasta la época de la conquista española. También…

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Agustín una posi- ción cronológica «temprana»; muisca y tairona y algunos materiales del alto Cauca se clasificaron como «tardíos», mientras que quimbaya, tierradentro y sinú se agruparon en un periodo «medio» 9. 9 Los principales autores que han postulado una división en «áreas arqueológicas» son, en orden…

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05Mercados, poblamiento e integración étnica entre los Muiscas, Siglo XVICarl Henrik Langebaek · 1987 · p. 93, 100, 103, 1354 citas
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artículos cuya circulación está íntimamente ligada porque su fuente natural es la misma. En territorio muisca la cera fue aprovechada como materia prima en la elaboración de figuras de oro mediante la técnica de la "cera perdida" (cf. Falchetti y Plazas /1978/ 1983: 32-33), aunque algunos hallazgos arqueológicos…

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los miembros del cacicazgo de Cogua conocían y explotaban las fuentes de barro. En el documento, se lee que los indios iban, "...al sitio antiguo donde estaba para traer el barro... aunque están poblados en Nemocón vienen desde allí por el barro y la arena p.a hacer ollas" (A.N.C. C+I XX f 726r, en Broadbent, 1964a:…

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que éstos les garantizaran el suministro de al menos parte de las gachas, leña y mantas que consumían. De la misma manera, los de Guata vita difícilmente podrían haberse especializado en orfebrería si no hubieran hecho parte de un sistema de intercambios que hacía llegar oro y cera a sus tierras. Varios ejemplos más…

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se habrían encontrado en algunas partes del Altiplano como Tabio y Tunja, y de estilo "quimbaya" en Ubaté y Sogamoso donde además se halló un nariguera clasificada como "sinú". De otro lado, el mismo autor (Ibid., 341-343) y Falchetti (1979: 31 y 35) coinciden en afirmar que los que hoy en día se conocen como…

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06La gente de GuambíaRonald A. Schwarz · 2018 · p. 511 cita
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son decepcionantes, y los datos de la antigüedad de esta área son insuficientes. No se han descubierto sitios de poblados grandes, pero se han encontrado algunos cimientos de casas marcadas con anillos de piedra. Los muiscas enterraban sus difuntos en cuevas secas y en tumbas de pozo, algunas de estas últimas…

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07Historia de Colombia - La Colombia más Antigua IIRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico), Juan Salvat, Roberto García Rojas (dirs.) · 1988 · p. 50, 53, 56, 59 y 2 más6 citas
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los cuales se quiere fijar cada una de estas obras con materiales que permitan su con- servación, tiene mucho que ver con el hecho de que finalmente estas piezas fueran depositadas como ofrendas funerarias, que, como se sabe, habían de ser de un material incorruptible. El procedimiento que se ha descrito puede dar una…

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un desarrollo de cinco milenios. Es un arte con profundas raíces en nues- tra propia tierra, que se caracteriza por su creativi- dad y que muestra una gran variedad de técnicas, temas y estilos diferentes. Períodos culturales De acuerdo con las distintas regiones que in- tegran el territorio colombiano, con su…

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orfebrería precolombina más de- sarrollada en cuanto al diseño de sus representa- ciones, puesto que las sometió a una de las más simples y elaboradas abstracciones geométricas de la forma dentro de una rigurosa planimetría. Cultura de Nariño De Nariño se conocen en la actualidad una serie de manifestaciones…

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se ha dicho, un maravilloso ajuar funerario, verdadero tesoro de obras de arte, que durante siglos permaneció oculto como compañía de ultratumba de estos descono- cidos señores quimbayas. La existencia de tantas piezas de oro es un fiel testimonio del suntuoso y refinado sentido de los bienes materiales que tenían los…

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todas estas piezas no hu- bieran ido a parar a las conocidas casas de fundi- ción, donde inmediatamente las habrían convertido en lingotes, como tantas veces ha sucedido, y sobre todo teniendo en cuenta que agentes compradores de oro de estas compañías siempre hacían acto de presencia en los sitios de minería y en los…

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diferentes usos. Fue tanta la im- portancia de la «guaquería» en el siglo x1 que muy pronto la Corona española, a medida que se iban descubriendo los enterramientos de Sierra Nevada y del Sinú, sumamente ricos en oro, tuvo que re- glamentaria considerándola como un privilegio que correspondia 2 los primeros pobladores…

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08Antes de Colombia. Los primeros 14.000 añosCarl Henrik Langebaek · 2021 · p. 322, 403, 4143 citas
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como ilustra este caso, pudieron ser considerados como entes animados, y sin duda es probable que ese aspecto fuera importante en las negociaciones de poder, pero el caso es que ese poder no se basaba en el valor mismo del metal, ni siquiera en su apariencia dorada. Hay otro ejemplo bastante interesante: el desarrollo…

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cosa que los españoles atribuyeron al poder de los caciques muiscas, pero olvidando que simplemente se trataba de ofrendas. Finalmente, unas palabras sobre el oro, un metal que en nuestra sociedad se vincula estrechamente con el poder y con la riqueza. Se sabe que los caciques muiscas lo guardaban en sus cercados, con…

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En los objetos de orfebrería también se destacan las representaciones de mujeres, las que están más adornadas que las de hombres. Figura Sinú. Fondo de Promoción de la Cultura. Foto Roberto García. El caso muisca podría ser otro ejemplo interesante de cambios en la forma como se representaron los sexos. Siempre que…

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09Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · p. 1621 cita
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tener varios chuques, peto 1e también podía tener varios santeros, es decir personas cían sus ofrendas de oro. No obstante, la misma fuente deja cada capitán podía tener uno o dos”. bón no era un sitio único sino uno donde las autoridades >quisieron dar ejemplo, a sabiendas de que en muchos otros cedía lo mismo. En…

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10Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · p. 561 cita
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viviendas corrientes también encontrarían ofrendas. En total, los españoles decomisaron 1.041 pesos de ídolos de oro bajo y fino, doce pesos y tres tomines de esmeraldas (Eugenio 19). En casi todos los testimo- nios de las visitas a santuarios en el siglo XVI y XVII, los indígenas mestizos y españoles coincidían en…

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11Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · p. 121 cita
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las relaciones comerciales afianzaban redes de intercambio cultural más profundas. un aspecto importante de la sociedad muisca fue el desarrollo y la complejidad que se desprendieron de una economía natural no monetaria, y que se desplegó al tener un escenario de vastas redes comerciales y cercanías culturales y…

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12Aproximaciones a la historia del Derecho en ColombiaLuis Freddyur Tovar, Beatriz Eugenia Salamanca Charria, Carlos Andrés Delvasto Perdomo, Carlos Andrés Echeverry Restrepo, Francesco Zappalá Sastoque, Iván Alberto Díaz Gutiérrez · 2014 · p. 1701 cita
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y grados de desarro - llo. Los Guajiros, de lengua Arawak, nómadas y por ello con escasa agricultura. Más abajo se encontraban los Indios del Valle de Uupar que desaparecieron definitivamente y de cuya cultura se carece de datos. El grupo de los Indios Taironas, Melo los describe como el pueblo de más alto desarrollo…

p. 170
13Historia de Colombia. La Colombia más Antigua. Tomo 1Gonzalo Hernández de Alba (dir.); Camilo Domínguez O., José L. Lorenzo, Amancio Fernández, Gonzalo Correal y otros · p. 1591 cita
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por el carbono'* los sitúa en el año 1385 d. C. En la metalurgia tairona, los objetos son varia- dos en cuanto a la forma y a las técnicas empleadas en su elaboración. Existen figuritas fantásticas que llevan grandes atavíos de plumas y máscaras de fe- linos; hay aves y reptiles, discos repujados, casca- beles,…

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14La tierra de los tesoros tristesSimón Posada Tamayo · 2022 · p. 621 cita
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de los calabazos; los canastos para recoger el maíz de los embera-chamí, por su parte, representan la matriz femenina; las mujeres huitoto cargan a sus hijos en la espalda de la misma forma como cargan el canasto con el que recogen la cosecha en sus huertas; el recipiente del que beben el yagé los barasana, del…

p. 62
15Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · p. 27, 4202 citas
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y los acusaban de contri buir al fraude de los quintos. Como lo muestra el episodio de la visita de Lesmes de Espinoza en 1627, la incomunicación de los centros urbanos se debía en gran parte a la imposibilidad de confrontar el poder central con ciertas pretensiones de autonomía regional. Esto no quiere decir que en…

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agotado21. El episodio de las sepulturas fue la primera ocasión que se ofreció a los españoles de montarjina.explotació:n_.econó.mica-que.no. estuviera fundada enJa-japiña_de los combates. Se trataba, en escala muy modesta, de un preludio de la futura economía minera. La explotación se desenvolvía en los límites…

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16Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · p. 1321 cita
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activa vida ritual y mágico-reli- giosa. Poseían un dinámico mercado entre los dis- tintos poblados de la sierra —para lo que utiliza- ban una extensa red de caminos de piedra-, basado en productos agrícolas, la sal, el pescado y las manufacturas artesanales, como objetos de oro, mantas de algodón, adornos de plumas y…

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17Breve historia económica de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 2017 · p. 431 cita
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que cumpliera adecuadamente las funciones que se le atribuyen, como patrón de medida del valor, medio de intercambio o alma- cén de valor. Sin embargo, existieron ciertas mercancías que se intercambiaron con mayor frecuencia y que pudieron servir como patrón para medir valores. Esta característica se le ha atribuido…

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18Antropología hecha en Colombia. Tomo IIEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 481 cita
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embargo, por la misma época, la colonización antioqueña del Gran Caldas se hizo en gran parte profanando las tumbas de los indígenas Quimbayas, ricas en objetos orfebres. Un grupo de comerciantes financiaba el saqueo de las tumbas, fundiendo y atesorando estas piezas; algunos las conservarían formando las primeras…

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19Nosotros y los otros: las representaciones de la nación y sus habitantes Colombia, 1880-1910Amada Carolina Pérez Benavides · 2015 · p. 1761 cita
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enemigas muchas veces y frecuen- temente en guerra. En tales condiciones, el aislamiento era el estado natural de aquellas bárbaras parcialidades, que si en tiempo de paz tenían algunas comunica- ciones, era sólo con las tribus vecinas y con las más próximas. 30 La nación actual no se podía identificar con aquellas…

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20Herederos del jaguar y la anacondaNina S. de Friedemann, Jaime Arocha · 2016 · p. 811 cita
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de su creatividad imaginativa en distintos niveles temporales y espaciales, hay elementos que aparecen comunes. En el ámbito del mito, del ritual religioso y del pensamiento filosófico en torno a la creación del universo, es válido reiterar que el jaguar y la anaconda son figuras prominentes. Las vivencias actuales,…

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21Invading Colombia: Spanish Accounts of the Gonzalo Jiménez de Quesada Expedition of ConquestJ. Michael Francis · 2007 · p. 981 cita
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once in a while these same servants enter those houses and administer a great number of terrible lashings; and the Indians confined to those houses endure this penitence over the course of the entire period I mentioned above. However, once they leave this confinement, they are permitted to pierce their ears and their…

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