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Idea · Prehispánico

Bienes de prestigio

En las sociedades prehispánicas del actual territorio colombiano, los bienes de prestigio —objetos de oro, tumbaga, piedras finas, textiles y sal— condensaban trabajo especializado, carga cosmológica y poder político, funcionando como el idioma material con el que cacicazgos sin Estado ni moneda expresaban jerarquía, rango y trato con lo sagrado.

4.103 palabras25 documentos65 fragmentos citados
Bienes de prestigio

Trayectoria de una idea

  1. -1000

    Primeras evidencias de estratificación material en la cultura Calima (período Ilama)

  2. 800

    Consolidación de tradiciones orfebres regionales y redes de intercambio interregional

  3. 1200

    Apogeo de la producción votiva muisca: tunjos y santuarios del altiplano

  4. 1300

    Mercados periódicos muiscas como nodos de circulación de bienes de prestigio

  5. 1500

    Descripción colonial de la jerarquía cacical y sus insignias de rango

  6. 1550

    Saqueo colonial y destrucción de la función original de los bienes de prestigio

03

La lectura

Los bienes de prestigio prehispánicos colombianos no eran lujos en el sentido moderno, sino el lenguaje material con el que sociedades sin escritura ni Estado inscribían el orden social en objetos duraderos. Su producción exigía cadenas largas: materias primas traídas de lejos, artesanos liberados del trabajo agrícola, redes de intercambio que cruzaban pisos ecológicos y fronteras étnicas. Su circulación era política: el cacique que acumulaba y redistribuía oro, mantas y sal consolidaba su autoridad tanto como el que ganaba guerras. Su destino final —la tumba, el santuario— era teológico: en un metal que no se corrompe, las élites quimbayas quisieron fijar sus efigies; en los tunjos muiscas depositados en santuarios, la comunidad mantenía abierto el canal con lo sagrado. La conquista española no solo saqueó el metal: destruyó el sistema de significados que lo hacía valioso, convirtiendo en lingotes lo que había sido cosmología portátil.

En las sociedades prehispánicas del actual territorio colombiano, ciertos objetos —una nariguera de oro batido, un pectoral de tumbaga, un collar de cuentas verdes, una manta de algodón finamente tejida, un pan de sal compactada— no eran mercancías comunes ni adornos personales en el sentido moderno. Eran bienes de prestigio: piezas que condensaban horas de trabajo especializado, saber ritual, materiales llegados de lejos y una carga cosmológica precisa. Circulaban en redes de intercambio interregional, se acumulaban en manos de caciques, se depositaban en tumbas y santuarios, y funcionaban como el idioma material con el que estas sociedades sin Estado ni moneda hablaban de jerarquía, poder y trato con lo sagrado. Comprender la orfebrería muisca, tairona, quimbaya, zenú o calima —y la lapidaria y los textiles finos que la acompañaban— exige salir del vocabulario del lujo y entrar en el de la economía política del rango. Este artículo reconstruye qué eran esos objetos, cómo se producían, por qué circulaban, qué significaban y cómo su función original fue destruida por el saqueo colonial y decimonónico.

El objeto que no es adorno

Un bien de prestigio se distingue de un objeto utilitario en varios registros a la vez. Requiere materias primas de acceso restringido —oro, tumbaga, esmeraldas, conchas marinas, algodón cultivado en pisos térmicos específicos—; exige técnicas que no domina cualquiera —cera perdida, martillado, repujado, filigrana, tejido con excedente de trabajo—; se produce en cantidades limitadas; y se destina a usos que no son la subsistencia sino la marcación social: el ornamento del cacique en vida, la ofrenda al santuario, el ajuar funerario, el intercambio ceremonial entre señores. Su valor no reside en la utilidad, sino en lo que su exhibición o su entrega comunica.

Entre aproximadamente 1000 a.C. y 1600 d.C., esta gramática material alcanzó una elaboración notable en al menos media docena de tradiciones regionales. La cultura Calima, ya en su período Ilama, dejaba en las tumbas cerámicas decoradas finas, ornamentos de oro martillado y collares de piedras verdes junto a diferencias de tamaño en las viviendas que hablan de una sociedad estratificada desde temprano. Los quimbayas del valle medio del Cauca desarrollaron una orfebrería de altísima perfección técnica, con talleres organizados. Los muiscas del altiplano cundiboyacense produjeron miles de figuras votivas fundidas —los tunjos— además de pectorales, coronas y cetros para sus dignatarios. Los taironas de la Sierra Nevada de Santa Marta trabajaron el cobre dorado en figuritas fantásticas, cascabeles, narigueras y placas repujadas, y tallaron cuentas de piedra que circulaban entre pueblos. Los zenúes de la depresión momposina y los valles del Sinú, San Jorge y Cauca elaboraron piezas con marcada iconografía zoomorfa, entre ellas orejeras de falsa filigrana.

Estos objetos no compartían un solo significado. Compartían una función estructural: eran los soportes materiales de una diferenciación social que las sociedades cacicales necesitaban hacer visible.

De dónde salía el oro, cómo se hacía la pieza

La producción de bienes de prestigio comenzaba lejos de los talleres. El oro del altiplano muisca no era muisca: el territorio del Zipa carecía de depósitos auríferos, y el metal debía traerse de la región de Neiva y de otros puntos del Magdalena, a cambio de sal de Zipaquirá y Nemocón, esmeraldas de Somondoco, coca del valle del Chicamocha y mantas de algodón. La cera de abejas —insumo indispensable para el vaciado— también entraba por rutas de intercambio; la especialización orfebre de Guatavita dependía por completo de esa red de aprovisionamiento externo.

En el taller, las técnicas coexistían. La cera perdida era la principal: sobre un núcleo de arcilla mezclada con carbón vegetal se modelaba la figura en cera, se la recubría con una capa de arcilla refractaria y, al calentar el conjunto, la cera derretida escapaba por orificios previamente abiertos, dejando el molde listo para recibir el metal fundido. A esta operación central se sumaban el laminado, el martillado, el repujado, la soldadura, la aplicación de hilos, el dorado y la fundición en moldes abiertos. Los orfebres trabajaban tanto el oro puro como la tumbaga —aleación de oro y cobre—, cuyo uso está bien documentado entre muiscas y taironas: la mayoría de los objetos metálicos son, en rigor, de cobre dorado o tumbaga, no de oro macizo.

Cada tradición imprimió su estilo. El arte muisca es rígido, lineal, altamente estilizado: sus tunjos —figurillas planas fundidas de una sola cara, con hilos aplicados que dibujan atavíos y rasgos— tienen una calidad tiesa y bidimensional que contrasta con la exuberancia de sus vecinos. Empleaban las mismas técnicas que los quimbayas, pero con menor elaboración; a cambio, su producción posee un encanto de simetría y sobriedad. Piezas típicas son las figuritas planas fundidas, las coronas, los cetros y las figuras huecas y sólidas de personas, espíritus, aves y animales. El quimbaya, en el otro extremo, alcanzó una perfección técnica que sugiere talleres organizados con especialistas de tiempo completo. El tairona combinó laminado y cera perdida en un repertorio de figuritas con máscaras de felinos, aves, reptiles, discos repujados y cascabeles. El zenú se caracterizó por una temática zoomorfa tratada con simplicidad formal.

La existencia misma de talleres provistos de materiales, herramientas y procedimientos complejos indica que, en algunos cacicazgos, había una clase especializada de orfebres: personas que no cultivaban su alimento sino que lo recibían a cambio de su oficio. Esa liberación del trabajo agrícola es, por sí sola, un indicador de complejidad social: alguien —el cacique, la comunidad, una red de intercambios— sostenía al artesano.

El vocabulario del oro

Reducir estos objetos a "arte" o a "adorno" es traicionar lo que eran. En varias de estas sociedades, el oro no era concebido como moneda ni como reserva de valor abstracta, sino como fuente numinosa de poder, símbolo de eternidad y conducto de la energía solar. Entre los quimbayas era material perenne e incorruptible, y por eso se fundían en él las efigies de los personajes de élite depositadas en las tumbas: en un metal que no se corrompe quisieron fijar la imagen con la que estos señores se concebían a sí mismos, perpetuando en la muerte una identidad que en vida los distinguía.

Entre los zenúes, la misma lógica: oro como símbolo de eternidad y conducto solar, no como dinero. Entre los cuna, descendientes históricos de tradiciones caribeñas ligadas a las tierras bajas, las narigueras de oro evocaban la presencia solar del héroe transformador Ibelel, que tras cumplir su ciclo terrestre buscó refugio en el sol desde donde vigila la conducta de los hombres. En el mundo tairona y en el de sus descendientes kogi, el jaguar y el puma —motivos frecuentes en la orfebrería y la escultura— simbolizaban tanto la energía solar como la lluvia fertilizadora, y se asociaban a los linajes sacerdotales del Sol y la Luna. Las figuritas taironas con máscaras de felinos y atavíos de plumas se dejan leer, en ese marco, como algo más que representación: como condensaciones rituales de un orden cosmológico.

La carga semántica no era exclusiva del oro. Los diseños tejidos en textiles y en redes de pesca zenúes guardan relación con los motivos inscritos en el paisaje por la vasta red de zanjas y canales agrícolas que caracterizaba a esa cultura: el mismo lenguaje visual atravesaba el arte portátil y la organización del territorio. La selección de los materiales —oro, concha, piedra verde, algodón fino— trasciende lo técnico: cada uno traía consigo una potencia semántica precisa.

Esta densidad simbólica tiene una consecuencia. Cuando los caciques se hacían enterrar con pectorales de oro, coronas y cetros, no exhibían simplemente su riqueza: reclamaban un vínculo con la esfera de lo incorruptible y lo solar. La orfebrería funeraria era, en buena medida, un dispositivo teológico.

Trabajos y días de los tejedores

La orfebrería suele acaparar la atención, pero los textiles y la lapidaria pertenecían al mismo régimen de valor. Entre los muiscas, las mantas de algodón fueron la mercancía a la que se atribuyó principalmente la función de patrón de medida: se aceptaban a cambio de casi cualquier otro bien. No eran, sin embargo, un patrón homogéneo. La cantidad de trabajo incorporado variaba entre variedades: las mantas chingas, de tejido menos elaborado, valían menos que las mantas finas. Esa heterogeneidad —el hecho de que el valor dependiera del trabajo humano cristalizado en el objeto— es precisamente lo que hacía a las mantas un bien de prestigio y no un simple textil utilitario.

El algodón no crecía en el altiplano frío. Algunas comunidades muiscas de tierra fría controlaban parcelas complementarias en tierra templada para producirlo; los indígenas de Subachoque, por ejemplo, recibían de los de Pausagá productos agrícolas de tierra fría a cambio de otros insumos. Las mantas finas exigían, entonces, no solo destreza en el telar sino coordinación vertical entre pisos ecológicos, algo que los caciques mediaban.

La lapidaria seguía una lógica análoga. Los quimbayas se distinguieron en la elaboración de espejos de obsidiana y en collares de cuarzo labrado en canutillos perforados, un trabajo minucioso que exigía especialistas. Los taironas tallaban cuentas para collares, pendientes y placas colgantes que circulaban entre comunidades como bienes de intercambio. Las cuentas de piedras verdes que aparecen en las tumbas Calima, junto al oro martillado, prolongaban visualmente la asociación entre color, fertilidad y estatus.

Todo bien de prestigio era, en última instancia, la forma sólida de un excedente: horas de trabajo especializado que la sociedad podía dedicar a algo distinto de la mera reproducción biológica.

El mercado del cuarto día

Los bienes de prestigio circulaban por redes de intercambio de extensión notable. Los mercados muiscas se celebraban cada cuatro días en los principales centros del altiplano cundiboyacense, dentro del cercado del cacique —espacios que concentraban simultáneamente el trato comercial y la reunión de las autoridades políticas. Fray Pedro de Aguado describió a los caciques participando en esos mercados como ocasión también de encuentro entre señores principales: el intercambio de bienes y el ejercicio de la política se sostenían mutuamente.

La sal de Zipaquirá y Nemocón, procesada en panes compactos, viajaba largas distancias: llegaba hasta la región de Neiva al sur, hasta los alrededores de Barrancabermeja al norte, y posiblemente hasta 800 kilómetros al oriente, ganando los llanos. Los muiscas exportaban además esmeraldas, coca y mantas, y recibían a cambio oro, plumas, aves y yopo —semilla alucinógena imprescindible para las prácticas chamánicas. Grupos nómadas cazadores-recolectores, antecesores de los cuivas, proveían semillas de yopo y otros bienes de importancia chamánica a comunidades de la selva tropical, cuya cadena de intercambio terminaba llegando hasta los grandes cacicazgos laches y muiscas.

Los taironas tenían su propia red. Una malla de caminos de piedra articulaba un mercado interno de productos agrícolas, sal marina, pescado y manufacturas —objetos de oro, mantas de algodón, adornos de plumas y objetos tallados en piedra—, y sostenía intercambios con grupos de tierras bajas al oriente y occidente de la Sierra Nevada. El comercio entre taironas y muiscas no era directo: dependía de grupos intermediarios que habitaban el corredor entre la Sierra Nevada y el altiplano. En esas transacciones, los artículos más apreciados eran objetos de oro, collares de cuentas de concha o piedra y caracoles marinos —estos últimos, muy valorados en el altiplano, provenían necesariamente de la costa.

La especialización regional muisca era pronunciada: coca en el valle seco del Chicamocha, algodón en el piedemonte llanero y en los territorios muzos y panches, tabaco en el valle de Samacá, Icaga y Oicatá, esmeraldas en Somondoco bajo control del Zaque, y orfebrería concentrada en Guatavita. Ese mapa de oficios regionales creaba interdependencias estructurales: ningún cacicazgo era autosuficiente en bienes de prestigio, y todos necesitaban del mercado.

El intercambio interétnico ocurría también allí. Los sutagaos, del extremo sur del territorio muisca, entraban a los mercados de Pasca y Fusagasugá para adquirir mantas a cambio de maíz, papas, cubios, fríjoles, curies, y carne y pellejos de venado. En esa transacción se ve al desnudo cómo un bien de prestigio muisca —la manta— se intercambiaba por bienes de subsistencia de vecinos no chibchas, incorporándolos a la periferia de la economía cacical.

El cacique como distribuidor

En sociedades sin Estado ni tributación formal, ¿cómo se traduce el control de bienes de prestigio en poder efectivo? Los caciques muiscas actuaban como agentes de centralización y redistribución: acumulaban artículos excedentes comunales, sostenían con ellos a especialistas orfebres y sacerdotes, financiaban rituales y promovían individuos destacados mediante entregas de bienes. Su prestigio político dependía en gran medida de esa capacidad de reunir y repartir. La centralización funcionaba, además, como una forma indirecta de control sobre distintos pisos ecológicos: al mediar los intercambios, el cacique aseguraba a su comunidad el acceso a recursos producidos en otras zonas y a sí mismo el flujo constante de bienes prestigiosos.

Los jefes participaban directamente en la extracción o recepción de oro en bruto de otras tribus, exhibiéndolo como símbolo de prestigio o dedicándolo a prácticas rituales. Ese doble destino —adorno visible del cuerpo cacical y ofrenda al santuario— era la clave. El oro que salía de las manos del cacique hacia el santuario retornaba a él multiplicado en autoridad: cada tunjo depositado, cada ofrenda al ídolo, reforzaba la mediación del señor entre la comunidad y las divinidades.

Ciertos objetos suntuarios eran marcadores explícitos del rango. Los pectorales de oro, los vestidos largos, los cetros de madera de palmera y las coronas en forma de tiara aparecen mencionados en las descripciones españolas del siglo XVI como símbolos específicos de los dignatarios, asociados a las dinastías. No cualquiera podía llevarlos.

El cuadro, sin embargo, no debe idealizarse. El sitio arqueológico de Tibanica, uno de los mejor estudiados del área muisca, ha revelado algo incómodo para las lecturas más lineales del rango: la diferenciación social se expresa allí débilmente en las prácticas funerarias. La posesión de objetos de distinción —piezas de metal, huesos de animales especiales— marcaba una diferencia social pero no se correlacionaba claramente con control económico, mejor nutrición o mayor longevidad. Los muiscas apreciaban intensamente el oro, los caracoles marinos y los textiles finos, pero ese apego a los bienes suntuarios no siempre se tradujo en ventajas materiales verificables ni en un dominio pleno sobre la vida económica de la comunidad.

El hallazgo obliga a matizar. Los bienes de prestigio eran, sí, la tecnología política visible; pero en algunos contextos operaban más como idioma ritual y marcador simbólico que como palanca directa de dominación económica. En cacicazgos como los del valle del Cauca medio, donde las tumbas de pozo con cámara lateral concentraban ajuares de gran suntuosidad variando según el rango del difunto, la correspondencia entre oro y jerarquía parece haber sido más nítida. En el altiplano muisca, era más elástica. El idioma material del poder tenía dialectos locales, y su alcance era desigual.

Tunjos, santuarios y las lagunas del oro

Nada ilustra mejor la función votiva de los bienes de prestigio que la producción muisca de tunjos. Estas figurillas fundidas en tumbaga —a veces planas, a veces con cierto volumen, siempre inconfundibles en su estilo lineal— no eran adorno personal ni ajuar en el sentido corriente. Eran ofrendas. Se depositaban en santuarios: cuevas, lagunas, cerros, sitios marcados por la topografía como umbrales con lo sagrado. Un tunjo no estaba hecho para ser visto: estaba hecho para ser entregado.

La práctica votiva muisca era masiva y persistente. Las autoridades coloniales españolas, comprometidas con la extirpación de idolatrías, documentaron el fenómeno al perseguirlo. En Fontibón, tras una extirpación previa, una segunda visita decomisó más de 3.000 ídolos: el santuario, en cuestión de tiempo, se había vuelto a llenar. En Bojacá, Cajicá, Chía, Serrezuela, Suba y Tuna se incautaron 10.000 ídolos. Estas cifras dan la medida del volumen de producción orfebre destinada específicamente al culto, no al uso personal ni al ajuar funerario. El taller muisca era, en buena parte, una fábrica de ofrendas.

La laguna de Guatavita —y otros cuerpos de agua sagrados— recibió durante siglos ofrendas de oro y esmeraldas, en un rito que los cronistas asociarían más tarde con la leyenda de El Dorado. La producción y el uso de bienes orfebres se prolongaron hasta bien entrada la Colonia, pese a las intensas campañas de extirpación. El santuario, para el mundo muisca, era la contraparte necesaria del taller: los tunjos existían para ser dados.

Otras tradiciones incorporaban el bien de prestigio a la muerte más que al santuario. El caso quimbaya es paradigmático. Sus objetos de oro depositados como ajuar funerario funcionaban como compañía de ultratumba: la efigie del difunto en material incorruptible, la marca perenne de su rango. El poporo quimbaya —recipiente para la cal que se masticaba con la coca en el mambeo— tenía una doble valencia: instrumento ritual en vida y receptáculo de cenizas del difunto cremado en la muerte, quizás retorno al vientre materno. En todo caso, el objeto trasciende la función instrumental.

Entre los zenúes, el cacique Buhba fue depositado en una urna de cerámica dentro de un túmulo, junto con sus objetos personales, en un tratamiento que lo distinguía claramente de los enterramientos comunes de los indios de Jegú-a, que enterraban a sus muertos en las propias casas. En la cultura Calima del período Ilama, las tumbas de alto rango contenían cerámicas finas, oro martillado y collares de piedras verdes, en un cuadro claro de estratificación. En los cacicazgos del occidente colombiano, la suntuosidad del ajuar en las tumbas de pozo con cámara lateral variaba según el rango del difunto.

La lógica común es que el bien de prestigio acompañaba al muerto no como propiedad heredable sino como parte de su identidad social: el pectoral no era del hijo, era del muerto, y viajaba con él. El prestigio como atributo intransferible fijado en el objeto explica por qué las tumbas se llenaban de oro en lugar de vaciarse hacia los herederos.

Lo que las tumbas no siempre dicen

La arqueología ha aprendido a leer las tumbas con cautela. La interpretación de los ajuares como espejo de las jerarquías sociales descansa sobre supuestos problemáticos. La distribución de objetos de rango no siempre sigue variables previsibles de edad y sexo. La inversión de trabajo en el entierro es un indicador indirecto de la posición del difunto, no una lectura literal. Y los patrones válidos en un sitio pueden ser irrelevantes en otro cercano.

En algunos contextos —Calima Ilama, ciertos entierros quimbayas, las tumbas de mayor jerarquía sinú— la correlación entre riqueza del ajuar y rango parece robusta. En Tibanica, en el altiplano muisca, la diferenciación funeraria es débil pese a la existencia demostrada de un sistema cacical. Esta heterogeneidad no invalida la lectura general, pero exige moderar las generalizaciones: los bienes de prestigio comunicaban rango, pero la forma en que ese rango se materializaba en la muerte variaba entre pueblos, e incluso entre sitios de una misma cultura.

Los cronistas españoles del siglo XVI describieron en los cacicazgos colombianos una jerarquía social de señores, nobles, plebeyos y esclavos, con una clase sacerdotal influyente. Los ajuares suntuosos de jefes y sacerdotes, con orfebrería y piedras finas, son consistentes con esa estructura, aunque no la confirman punto por punto. La sociedad estratificada existió; sus formas de hacerse visible en la cultura material fueron plurales.

El saqueo y la conversión en lingote

El sistema de bienes de prestigio no fue transformado por la conquista: fue destruido. Desde el primer momento, los españoles saquearon sistemáticamente tumbas, santuarios y poblaciones para obtener oro, torturando caciques y extorsionando comunidades. La Corona reglamentó la guaquería considerándola un privilegio de los primeros pobladores de las regiones ricas en enterramientos, en particular Sierra Nevada y el Sinú. Se generaron conflictos entre las autoridades civiles y el clero por la competencia sobre esos objetos: unos y otros los buscaban, con motivaciones distintas pero con el mismo efecto material.

La orfebrería funeraria comenzó a ser saqueada en casi todo el país en un proceso que se prolonga hasta hoy. Gran parte del oro indígena fue fundido en lingotes, destino final que borra en un solo gesto el trabajo del orfebre, la carga cosmológica del objeto y la posición social que representaba. Un pectoral quimbaya reducido a barra ya no es un pectoral quimbaya: es una cantidad estandarizada de un metal.

La destrucción se prolongó mucho más allá del siglo XVI. En 1859, el Banco de Inglaterra publicaba los resultados financieros de sus labores de fundición de piezas de oro aborigen americano —imagen elocuente de cómo un objeto ritual quimbaya podía terminar, tres siglos después de fabricado, transformado en respaldo de una moneda europea. La colonización antioqueña del Gran Caldas en el siglo XIX se realizó en gran parte profanando tumbas de los indígenas quimbayas, ricas en objetos orfebres. Grupos de comerciantes financiaban el saqueo; algunos fundían las piezas por su valor metálico, otros atesoraban colecciones que luego vendían a museos o particulares.

En ese ciclo decimonónico, los guaqueros alimentaban principalmente las arcas de anticuarios, que colocaban las piezas en colecciones privadas locales o en museos extranjeros, donde servían para demostrar la riqueza de los antiguos pueblos indígenas del territorio colombiano. Aquí ocurre una segunda destrucción, más sutil que la del lingote pero también costosa: los objetos rituales pasan a ser catalogados como "tesoros" y "piezas coleccionables", descontextualizados de su función original para reencuadrarlos como evidencia de una riqueza pretérita. Un tunjo, en la vitrina de un museo, ya no es una ofrenda: es una pieza. El sistema semántico al que pertenecía —santuario, laguna, cacique, cosmología solar— se ha evaporado.

El caso más célebre es el del Tesoro Quimbaya: una colección de 122 piezas procedentes de dos sepulturas de La Soledad, en el municipio de Finlandia (Quindío), exhibida en 1892 en Sevilla con ocasión del IV Centenario del encuentro entre Europa y América. El presidente Carlos Holguín la donó a la reina María Cristina de España en reconocimiento por su labor arbitral en la delimitación de fronteras colombianas. Hoy se conserva en el Museo de las Américas de Madrid, es decir, fuera del país cuyo pasado documenta. La trayectoria del Tesoro Quimbaya —de dos tumbas del Cauca medio a la corona española por gestión presidencial— condensa el modo en que los bienes de prestigio prehispánicos fueron reconvertidos en tres siglos: de compañía de ultratumba, en pieza de gabinete diplomático.

Lo que queda

Lo que queda hoy, en las salas del Museo del Oro en Bogotá y en las colecciones dispersas del mundo, es una fracción de lo que existió. La cifra exacta de piezas fundidas —en la Casa de Contratación de Sevilla, en las fraguas coloniales, en los hornos de comerciantes decimonónicos, en el Banco de Inglaterra— es imposible de establecer. Pero el orden de magnitud, sumado a las 10.000 ofrendas confiscadas solo en unos pocos santuarios muiscas del área de Bogotá, da la idea de un sistema material de una densidad muy superior a la que hoy sobrevive.

La investigación arqueológica y etnohistórica de las últimas décadas —con nombres como Gerardo Reichel-Dolmatoff, Ana María Falchetti, Clemencia Plazas, Roberto Lleras Pérez y Marianne Cardale de Schrimpff en la primera línea— ha ido reconstruyendo pacientemente el sentido de estos objetos: cómo se hacían, dónde se depositaban, qué redes de intercambio los movían, qué cosmologías los cargaban de significado. Ese trabajo permite dejar atrás las lecturas exotizantes —el "misterio del oro precolombino"— y reemplazarlas por una comprensión de la orfebrería, la lapidaria y los textiles finos como componentes articulados de sistemas políticos, económicos y religiosos coherentes.

Lo que emerge es un retrato de sociedades donde el poder no se ejercía a través de un aparato estatal ni de la coerción monetaria, sino a través del control de bienes que a la vez marcaban rango, sostenían el diálogo con lo sagrado y ataban unas regiones con otras. El cacique muisca que llevaba una corona en forma de tiara, un pectoral y un cetro, y que en el mercado del cuarto día se reunía con otros señores; el orfebre de Guatavita que fundía tunjos con cera traída del piedemonte y oro venido de Neiva; la tejedora que producía mantas en tierra templada para el consumo suntuario del altiplano frío; el sacerdote que arrojaba figuras votivas a la laguna: todos participaban del mismo sistema. Los bienes de prestigio eran los nudos que sostenían la red.

Pensarlos como lujo es no verlos. Eran, en la Colombia prehispánica, el idioma con el que las sociedades hablaban de sí mismas —de sus jerarquías, de sus dioses, de los pactos que las mantenían unidas. Que ese idioma haya sido fundido en lingotes, disperso en vitrinas y todavía saqueado en las guacas contemporáneas es una parte esencial de la historia. La otra parte, la más importante, es que los objetos que sobreviven —una nariguera tairona, un poporo quimbaya, un tunjo muisca— aún permiten leer, con paciencia, el sistema que los produjo.

04

En el archivo

3 apariciones públicas, ordenadas por período y año.

05

Relaciones

Vínculos editoriales de la ficha y conexiones observadas dentro del archivo.

Relaciones editoriales

  1. 01Orfebrería prehispánica: soporte técnico y material principal de los bienes de prestigio en tradiciones muisca, tairona, quimbaya, zenú y calima
  2. 02Sociedades cacicales: marco social en el que los bienes de prestigio operaban como idioma de jerarquía, redistribución y legitimidad política
  3. 03Ajuar funerario: destino ritual privilegiado de los bienes de prestigio, que acompañaban al difunto de alto rango como compañía de ultratumba y dispositivo teológico
  4. 04Intercambio interregional: mecanismo de circulación que conectaba cacicazgos especializados —sal de Zipaquirá, esmeraldas de Somondoco, oro del Magdalena, coca del Chicamocha— en redes de aprovisionamiento de larga distancia
  5. 05Tumbaga: aleación de oro y cobre que materializaba la mayoría de los objetos de prestigio metálicos, documentada entre muiscas, taironas y otras tradiciones
  6. 06Gerardo Reichel-Dolmatoff: investigador que contribuyó a la interpretación cosmológica y simbólica de los objetos de metal prehispánicos colombianos
  7. 07Roberto Lleras Pérez: autor de estudios sobre metalurgia prehispánica y ofrendas votivas en la Cordillera Oriental de Colombia
  8. 08Sierra Nevada de Santa Marta: territorio tairona donde la orfebrería, la lapidaria y los caminos de piedra articulaban un sistema regional de bienes de prestigio y mercado interno
06

Documentos y fragmentos citados

25 documentos · 65 fragmentos

01Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 32, 38, 45, 484 citas
[1]

lograron máxima habilidad y amplia ex- periencia en la técnica de la fundición por el siste- ma de la cera perdida, de uso universal y de anti- quísimo conocimiento, practicado con diferentes variantes y siempre con suprema maestría. El método de la cera perdida tomaba como base un núcleo de arcilla mezclada con…

p. 45
[2]

fundamentales utilizadas por es- tos orfebres fueron el laminado y la fundición a 22 Cuchillo ceremonial con decoración geométrica, antropomorfa y zoomor- fa (felina), perteneciente a la orfebrería Tayrona. Ésta se abastecía del oro de los ríos Don Diego, Buritaca y Guachica. la cera perdida, los cuales se…

p. 48
[10]

similares a los que se observan en los torteros y volantes. Ade- más de los tejidos, desarrollaron la industria de las cortezas vegetales, que a manera de telas les servían de vestuario; éstas también fueron pintadas como los tejidos de algodón, que culti- varon tanto para la industria del hilado y tejido como para el…

p. 38
[14]

con ellos, se deduce que durante este período había una población relativamente nu- merosa, que practicaba enterra- mientos primarios aislados y en ce- menterios (4, 10, 25 o más tumbas de pozo con cámara lateral) en las laderas de las lomas, generalmente sobre pequeños aplanamientos na- turales o artificiales. Del…

p. 32
02Economías prehispánicas de ColombiaAlberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres, Santiago Giraldo, Daniela Castellanos Montes, Marianne Cardale de Schrimpff, Carl Henrik Langebaek, María Antonieta Corcione Nieto, Catalina Zorro, Luisa Mendoza, Marcela Bernal, Lucero Aristizábal, Leonor Herrera · p. 182, 235, 303, 3708 citas
[3]

larga secuencia de ocupaciones humanas en el altiplano, iniciada hace unos 12.000 años, y sus evidencias se encuentran sin interrupción desde el 900 d. C. aproximadamente hasta la conquista española en el siglo XVI y aún varios siglos después, durante el período colonial, en algunas regiones (Langebaek, 1995). M APA…

p. 182
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larga secuencia de ocupaciones humanas en el altiplano, iniciada hace unos 12.000 años, y sus evidencias se encuentran sin interrupción desde el 900 d. C. aproximadamente hasta la conquista española en el siglo XVI y aún varios siglos después, durante el período colonial, en algunas regiones (Langebaek, 1995). M APA…

p. 182
[22]

de metal o elaborados con huesos de ciertas clases de animales— servía para marcar una diferencia social que, sin embargo, no tenía relación alguna con el control de la vida económica. En el sitio, es probable que el grupo 2 se asocie con el consumo conspicuo: festejos, exhibición de fauna exótica e incluso consumo de…

p. 370
[23]

de metal o elaborados con huesos de ciertas clases de animales— servía para marcar una diferencia social que, sin embargo, no tenía relación alguna con el control de la vida económica. En el sitio, es probable que el grupo 2 se asocie con el consumo conspicuo: festejos, exhibición de fauna exótica e incluso consumo de…

p. 370
[32]

de Antropología, vol. 51, núm. 2, pp. 293-315. Lleras-Pérez, R. (1999). Prehispanic Metallurgy and Votive Offerings in the Eastern Cordillera Colombia, BAR International Series, Londres: Archaeopress, vol. 778. Londoño, E. (1990). “Memoria de los ritos y ceremonias de los muiscas en el siglo XVI”, Revista de…

p. 235
[33]

de Antropología, vol. 51, núm. 2, pp. 293-315. Lleras-Pérez, R. (1999). Prehispanic Metallurgy and Votive Offerings in the Eastern Cordillera Colombia, BAR International Series, Londres: Archaeopress, vol. 778. Londoño, E. (1990). “Memoria de los ritos y ceremonias de los muiscas en el siglo XVI”, Revista de…

p. 235
[36]

productos muy diferentes en el sentido de que el primero era geográficamente restringido, esencial para la vida, pero no se hallaba en áreas vecinas; su valor económico dependía del comercio o de intercambios a corta y larga distancia. La transcendencia y el alcance geográfico de este intercambio por intermedio de los…

p. 303
[37]

productos muy diferentes en el sentido de que el primero era geográficamente restringido, esencial para la vida, pero no se hallaba en áreas vecinas; su valor económico dependía del comercio o de intercambios a corta y larga distancia. La transcendencia y el alcance geográfico de este intercambio por intermedio de los…

p. 303
03La gente de GuambíaRonald A. Schwarz · 2018 · p. 511 cita
[5]

son decepcionantes, y los datos de la antigüedad de esta área son insuficientes. No se han descubierto sitios de poblados grandes, pero se han encontrado algunos cimientos de casas marcadas con anillos de piedra. Los muiscas enterraban sus difuntos en cuevas secas y en tumbas de pozo, algunas de estas últimas…

p. 51
04Historia de Colombia. La Colombia más Antigua. Tomo 1Gonzalo Hernández de Alba (dir.); Camilo Domínguez O., José L. Lorenzo, Amancio Fernández, Gonzalo Correal y otros · p. 154, 1592 citas
[6]

por el carbono'* los sitúa en el año 1385 d. C. En la metalurgia tairona, los objetos son varia- dos en cuanto a la forma y a las técnicas empleadas en su elaboración. Existen figuritas fantásticas que llevan grandes atavíos de plumas y máscaras de fe- linos; hay aves y reptiles, discos repujados, casca- beles,…

p. 159
[39]

varios tamaños y longitud, sostenidas generalmente por muros de contención de piedra. En contraste con esto, en las proximi- dades de Santa Marta empleaban zanjas y acequias profundas para irrigar los cultivos durante las épo- cas de sequía y también para conducir agua a lu- gares donde ésta escaseaba. Por las…

p. 154
05Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · p. 35, 262, 294, 325 y 2 más6 citas
[7]

que representan aves, peces, reptiles o figu- ras humanas estilizadas. A veces las incisiones tienen un relleno o un pigmento mineral blanco, lo que hace resal- tar los motivos sobre el fondo oscuro de la piedra. Otra categoría de objetos consiste de matrices para el trabajo de orfebrería; son tallas en relieve que…

p. 349
[13]

adquirido o hereditario, que se expresaba en muchos aspectos de la cultura. Obviamente, el gran avance de la orfebrería y alfarería de algunos —no todos— cacicaz- gos se debía al creciente pedido que tenían estos artefactos de gran perfección tecnológica y estética, en una sociedad en que la riqueza personal tenía…

p. 262
[18]

rasgo cultural que más se conoce son los entie- rros. El principal tipo consiste en un pozo vertical con una o varias cámaras laterales en el fondo, pero también hay entierros en tumbas rectangulares revestidas de lajas, o en simples pozos más bien superficiales. Hay entierros primarios y secundarios, individuales y…

p. 294
[40]

true - que con tribus vecinas y aún muy alejadas. Los principales artículos que se exportaban eran sal 153, esmeraldas, coca y Memoria sobre las Antigüedades Neo-Granadinas, Librería de F. Schneider i Cía., Berlín. Acerca de la arqueología «premuisca», véanse las notas biblio- gráficas para el capítulo iv, así como…

p. 332
[50]

tros que indiquen una integración para la construcción y el mantenimiento del sistema. En el fondo, según todos los datos disponibles hasta ahora, parece que se trataba de una población rural cuyos restos materiales están muy super- ficialmente dispersados. Fue una sociedad de rangos bien definidos, al juzgar por la…

p. 325
[57]

de ahí en ade- lante el oro se volvió su obsesión. Lo raparon de los vivos y de los muertos; extorsionaron las poblaciones, tortura- ron a los caciques, saquearon las tumbas y los santuarios. La búsqueda del oro pronto se convirtió en el factor deci- sivo en determinar las rutas de penetración de las huestes…

p. 35
06Historias del arte en Colombia. Identidades, materialidades, migraciones y geografíasOlga Isabel Acosta Luna, Natalia Lozada Mendieta, Juanita Solano Roa · p. 64, 269, 4333 citas
[8]

en el actual territorio panameño, todo parece indicar que, una vez fue adoptada, se desarrolló una producción local que utilizaba materiales y diseños propios. Por un lado, el metal utilizado en las joyas encontradas en Coclé era probablemente local, como lo demuestran estudios recientes que ubican fuentes de oro y…

p. 433
[55]

Colombia, 1961-1975 (Bogotá: Universidad de los Andes, 2016), 256. NO DEJA DE SER CONTRADICTORIO QUE, AUNQUE LA MATERIALIDAD HA ocupado siempre un lugar protagónico en el origen creativo del arte —sin distinción de geografías ni temporalidades— solo hasta este siglo XXI la historia del arte en Colombia ha llamado la…

p. 269
[65]

Ya en el siglo XIX, los guaqueros alimentaban no solo las arcas del recién creado Tesoro Nacional, sino principalmente las de los anticuarios, que adquirían piezas para colecciones privadas locales o para museos en el extranjero, donde estos objetos se usaban para demostrar la riqueza de los antiguos pueblos indígenas…

p. 64
07Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 74, 87, 91, 984 citas
[9]

escondido. El arte muisca es r í gido, lineal y altamente estilizado, y se distingue inmediatamente de los estilos elaborados, a veces exuberantes, de las culturas prehist ó ricas de las tierras vecinas. Pero esta misma rigidez y simetr í a, estas superficies opacas y estas formas sobrias, tienen un especial encanto.…

p. 98
[15]

suntuosos de jefes y sacerdotes, verdaderos tesoros de orfebrer í a y de piedras finas, nos indican que en estas regiopes __ privilegiadas para la agricultura, se desarrollaron peque ñ os, se ñ or í os con una estructura social jer á r quica, una clase sacerdotal influyente y un alto desarrollo tecno l ó gico y est é…

p. 74
[53]

parece que ten í an en cada hoya hidrogr á fica varios centros de redistribuci ó n, en forma de ciudades. Cada ciudad rodeada de sus cultivos, y aun cada grupo de terrazas aisladas, formaba as í un ecosistema artificial. ‘ Al comienzo del siglo xvi gran n ú mero de poblaciones de los Tairona se hab í an aglutinado…

p. 87
[54]

n de este orden, es decir, el ciclo de los solsticios, y equinoccios, junto con la formulaci ó n de un calendario agr í cola y ceremonial, quedaba a cargo de los sacerdotes, que constru í an sus templos y centros ceremoniales en funci ó n de estos fen ó menos astron ó micos y meteorol ó gicos. El Sol y la Luna eran…

p. 91
08Historia de Colombia - La Colombia más Antigua IIRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico), Juan Salvat, Roberto García Rojas (dirs.) · 1988 · p. 50, 53, 56, 59 y 2 más6 citas
[11]

los cuales se quiere fijar cada una de estas obras con materiales que permitan su con- servación, tiene mucho que ver con el hecho de que finalmente estas piezas fueran depositadas como ofrendas funerarias, que, como se sabe, habían de ser de un material incorruptible. El procedimiento que se ha descrito puede dar una…

p. 59
[12]

Tras la fundación de Santa Marta, en el año 1525, se empezaron a descubrir en sus alrededores y en las estribaciones del inmenso ma- cizo montañoso de Sierra Nevada, gran cantidad de enterramientos indígenas que contenían ricas ofrendas funerarias en objetos de oro, piedras finas, conchas, hueso y cerámica. Algunos…

p. 74
[21]

se ha dicho, un maravilloso ajuar funerario, verdadero tesoro de obras de arte, que durante siglos permaneció oculto como compañía de ultratumba de estos descono- cidos señores quimbayas. La existencia de tantas piezas de oro es un fiel testimonio del suntuoso y refinado sentido de los bienes materiales que tenían los…

p. 50
[56]

como el calabazo, que todavía se usa, entre los koguis de Sierra Ne- vada de Santa Marta, como recipiente para contener la cal que se mezcla con las hojas de coca. De estos Sahumador. en forma de cabeza humana, dente al «Tesoro de América de la capital de España. Esta pieza es una obra única en el conjunto serpiente…

p. 61
[58]

diferentes usos. Fue tanta la im- portancia de la «guaquería» en el siglo x1 que muy pronto la Corona española, a medida que se iban descubriendo los enterramientos de Sierra Nevada y del Sinú, sumamente ricos en oro, tuvo que re- glamentaria considerándola como un privilegio que correspondia 2 los primeros pobladores…

p. 53
[63]

todas estas piezas no hu- bieran ido a parar a las conocidas casas de fundi- ción, donde inmediatamente las habrían convertido en lingotes, como tantas veces ha sucedido, y sobre todo teniendo en cuenta que agentes compradores de oro de estas compañías siempre hacían acto de presencia en los sitios de minería y en los…

p. 56
09Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · p. 1941 cita
[16]

más notables de Amérjca, explotaban el oro o lo reci bían en bruto de otras tribus para su elaboración.-Inclusive, los jefes podían llegar a tener una participación en los metales extraídos, los cuales exhi bían como símbolo de prestigie! o dedicaban a prácticas rituales. A partir de la Conquista, la mano de obra…

p. 194
10Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · p. 129, 213, 2253 citas
[17]

rango heredado, los objetos que sirvan para indicar la jerarquía de un individuo se distribuirán de una forma muy diferente a las categorías de edad y sexo, puesto que ninguna de estas dos variables realmente determina quién fue quién en la sociedad, «\ Por otra parte, en la medida en que la posición social de grupos…

p. 213
[24]

social, apenas basada en la edad y en el rango heredado, sin mayor discriminación en términos de sexo, excepto por aquellos objetos que indican actividades restringidas a hombres (como cazar) o a mujeres (como hilar algodón). Otros, como en Tibanica, reconocen que existía una diferenciación social, pero que esta se…

p. 225
[43]

“lugares de mercado fueron casi todos que había de indios en estas dos provincias de Bogotá y Tunja”. Por otro, dijeron que en Tunja se hacía cada cuatro días, período relacionado con su sistema de numeración, y parece que así era en muchos otros lugares. Al parecer el sitio exacto del mercado era dentro del cerca- do…

p. 129
11Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · p. 56, 2162 citas
[19]

Las nociones totalmente contrarias a un espíritu divino eran los conceptos clara- mente bélicos, la riqueza y las demostraciones fastuosas, así como la poligamia. En la nobleza el hecho de tener hasta veinte mujeres no era ninguna singularidad. Este harén de los príncipes sostenía a 100, 200 hasta 400 acudientes.…

p. 216
[31]

viviendas corrientes también encontrarían ofrendas. En total, los españoles decomisaron 1.041 pesos de ídolos de oro bajo y fino, doce pesos y tres tomines de esmeraldas (Eugenio 19). En casi todos los testimo- nios de las visitas a santuarios en el siglo XVI y XVII, los indígenas mestizos y españoles coincidían en…

p. 56
12Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · p. 45, 1662 citas
[20]

casos de guerra o necesidad, y para consumirlos con sus sujetos en ocasiones solemnes, grandes festejos y celebraciones: el trabajo dado por los indios se dedicaba al cultivo del sembrado del cacique, al sostenimiento del sacerdocio y, en algunas instancias, parece que a la elaboración de algunas obras comunes, como…

p. 45
[59]

los que, como soldados que se apropiaban de un botín, como señores que cobraban un tributo o como empresarios mineros, recogían el oro americano. Una mirada al proceso de obtención del oro en el territorio actual de Colombia ayudará a comprender mejor el desarrollo de la conquista. Como ya se vio, los primeros…

p. 166
13Antes de Colombia. Los primeros 14.000 añosCarl Henrik Langebaek · 2021 · p. 316, 3942 citas
[25]

grupo de personas de Mesitas tenía el poder de hacer que otras personas produjeran sus alimentos? ¿Que un muro de 80 metros de largo muestra en la Sierra Nevada de Santa Marta alguna forma de control de mano de obra en beneficio de una élite? Peor aún, ¿qué tan fácilmente debemos aceptar que la población muisca tenía…

p. 394
[27]

se encuentran en sitios domésticos y más raramente en contextos mortuorios. Como en otras partes del mundo, las figuras femeninas se fueron haciendo cada vez menos populares con el paso del tiempo, aunque es evidente que algunas mujeres tuvieron entierros que sugieren un papel importante en ciertas actividades…

p. 316
14La tierra de los tesoros tristesSimón Posada Tamayo · 2022 · p. 14, 622 citas
[26]

de los calabazos; los canastos para recoger el maíz de los embera-chamí, por su parte, representan la matriz femenina; las mujeres huitoto cargan a sus hijos en la espalda de la misma forma como cargan el canasto con el que recogen la cosecha en sus huertas; el recipiente del que beben el yagé los barasana, del…

p. 62
[60]

dinero para adquirir objetos tan costosos. Por eso, puede decirse que el Museo del Oro también es, de cierta forma, un museo del olvido y de la historia muda de Colombia. Además, no deja de ser curioso, y un tanto contradictorio, que sea un banco el que haya tomado como propia la protección de estas piezas de oro: el…

p. 14
15Magdalena. Historias de ColombiaWade Davis · 2021 · p. 2861 cita
[28]

de virilidad y fertilidad; figuras femeninas encontradas en cámaras funerarias, que tal vez fueron puestas allí para facilitar la concepción y el renacimiento después de la muerte; montículos en forma de mujeres en los últimos meses del embarazo, todos sembrados con árboles floridos de cuyas ramas colgaban bellísimos…

p. 286
16Antropología hecha en Colombia. Tomo IIEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 44, 48, 573 citas
[29]

y de su familia y condición de plenitud femenina. Sus padres invierten sumas considerables de dinero en la compra del oro de buena calidad. ¿Por qué las mujeres mantienen la tradición del uso de oro en las narigueras? Algunos autores piensan que esta evoca “la presencia solar, vigilante, de Ibelel”, un héroe…

p. 57
[48]

1987: 38 y ss.). De otra parte, estos grupos de cultura de selva tropical mantenían complejas y ritualizadas relaciones de comercio con la grupos nómades, cazadores, recolectores, que los proveían de miel, venenos y, sobretodo, semillas de yopo (A n aden an thera), una sustancia alucinógena, consumida a través de…

p. 44
[61]

embargo, por la misma época, la colonización antioqueña del Gran Caldas se hizo en gran parte profanando las tumbas de los indígenas Quimbayas, ricas en objetos orfebres. Un grupo de comerciantes financiaba el saqueo de las tumbas, fundiendo y atesorando estas piezas; algunos las conservarían formando las primeras…

p. 48
17Resistencia en el San JorgeOrlando Fals Borda · 2002 · p. 61, 652 citas
[30]

el ambiente de todo el acontecimiento era alegre y positivo, casi como en los velorios de hoy después de que se van las lloronas. Pues para los zenú-malibúes la muerte no lle- gaba trágicamente como en un limbo frío o en una caldera satá- nica dónde expiar pecados, sino que aparecía como un simple paso en la vida…

p. 65
[51]

tiempo que los indios de la parte norte del Panzenú no disponían entierro solemne para un jefe. Desde cuando se fue- ron hundiendo poco a poco las inmensas obras de rectos canales para criar pescado y altos camellones para sembrar yuca y fruta- les —que construyeron los geniales ingenieros zenúes en la cuenca media y…

p. 61
18Herederos del jaguar y la anacondaNina S. de Friedemann, Jaime Arocha · 2016 · p. 81, 872 citas
[34]

a las grandes civilizaciones precolombinas como engendros irra- cionales y producto de la barbarie. Tornaron en ídolos las representaciones de los dioses de los indios y en expresión diabólica la escultura india de piedra y madera. Ni siquiera escucharon la literatura oral en donde sur- gían el jaguar y la anaconda.…

p. 87
[64]

de su creatividad imaginativa en distintos niveles temporales y espaciales, hay elementos que aparecen comunes. En el ámbito del mito, del ritual religioso y del pensamiento filosófico en torno a la creación del universo, es válido reiterar que el jaguar y la anaconda son figuras prominentes. Las vivencias actuales,…

p. 81
19Breve historia económica de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 2017 · p. 36, 432 citas
[35]

que cumpliera adecuadamente las funciones que se le atribuyen, como patrón de medida del valor, medio de intercambio o alma- cén de valor. Sin embargo, existieron ciertas mercancías que se intercambiaron con mayor frecuencia y que pudieron servir como patrón para medir valores. Esta característica se le ha atribuido…

p. 43
[38]

un aspecto fundamental que explica el establecimiento de comunidades independientes, puesto que este tipo de vínculos aseguraba la pertenencia de un individuo a una comunidad y con esto su acceso a los recursos del territorio que controlaban (Lleras, 1986). Posiblemente se dieron enfrentamientos bélicos para obte- ner…

p. 36
20Mercados, poblamiento e integración étnica entre los Muiscas, Siglo XVICarl Henrik Langebaek · 1987 · p. 49, 84, 103, 1354 citas
[41]

"de algodón el cual van a buscar a Chita", en dominios laches (/1602/ A.N.C. Vis. Boy. XVII f 776r). En contraste con la información antes expuesta, parece que los intercambios de algodón y mantas al extremo sur del territorio muisca no fueron muy comunes (mapa 6) aunque se sabe que los sutagaos entraban a los…

p. 84
[45]

fuertes que las de parentesco puesto que los caciques de Ubatoque y Cáqueza parecen haber sido "hermanos"; lo claro, es que el prestigio político posiblemente estaba 51 muy relacionado con la capacidad de centralizar bienes, y que ésta —a su vez—no implicó apropiación privada alguna. En síntesis, de acuerdo a los…

p. 49
[46]

que éstos les garantizaran el suministro de al menos parte de las gachas, leña y mantas que consumían. De la misma manera, los de Guata vita difícilmente podrían haberse especializado en orfebrería si no hubieran hecho parte de un sistema de intercambios que hacía llegar oro y cera a sus tierras. Varios ejemplos más…

p. 135
[49]

se habrían encontrado en algunas partes del Altiplano como Tabio y Tunja, y de estilo "quimbaya" en Ubaté y Sogamoso donde además se halló un nariguera clasificada como "sinú". De otro lado, el mismo autor (Ibid., 341-343) y Falchetti (1979: 31 y 35) coinciden en afirmar que los que hoy en día se conocen como…

p. 103
21Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 371 cita
[42]

vertientes u n poco m ás tem p lad as y allí se extraían dos cosechas anuales. En tierras m ás bajas se sem braba arracacha, algodón, guayaba, piña y coca. A lgunos productos, com o la coca y el algodón, no eran cultivados p o r los m uiscas y los obtenían en el com ercio. C ad a cuatro días había m ercado en los…

p. 37
22Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · p. 121 cita
[44]

las relaciones comerciales afianzaban redes de intercambio cultural más profundas. un aspecto importante de la sociedad muisca fue el desarrollo y la complejidad que se desprendieron de una economía natural no monetaria, y que se desplegó al tener un escenario de vastas redes comerciales y cercanías culturales y…

p. 12
23Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · p. 1321 cita
[47]

activa vida ritual y mágico-reli- giosa. Poseían un dinámico mercado entre los dis- tintos poblados de la sierra —para lo que utiliza- ban una extensa red de caminos de piedra-, basado en productos agrícolas, la sal, el pescado y las manufacturas artesanales, como objetos de oro, mantas de algodón, adornos de plumas y…

p. 132
24Aproximaciones a la historia del Derecho en ColombiaLuis Freddyur Tovar, Beatriz Eugenia Salamanca Charria, Carlos Andrés Delvasto Perdomo, Carlos Andrés Echeverry Restrepo, Francesco Zappalá Sastoque, Iván Alberto Díaz Gutiérrez · 2014 · p. 1701 cita
[52]

y grados de desarro - llo. Los Guajiros, de lengua Arawak, nómadas y por ello con escasa agricultura. Más abajo se encontraban los Indios del Valle de Uupar que desaparecieron definitivamente y de cuya cultura se carece de datos. El grupo de los Indios Taironas, Melo los describe como el pueblo de más alto desarrollo…

p. 170
25La invención de El Dorado. Museos arqueológicos, imágenes cartográficas y redes de conocimiento en Colombia (1935-1955)Daniel García Roldán · 2022 · p. 2711 cita
[62]

durante varios años cautivó a los guaqueros de la región de Restrepo no estaba relacionado con una guaca indígena, sino con un botín colonial. Se trata de la leyenda de María Luisa de la Espada, una castellana poderosa a quien, decían los rumores, la Real Audiencia de Santafé le había otorgado “[…] la propiedad sobre…

p. 271