Idea · Conquista
Extirpación de idolatrías
Conjunto de campañas eclesiásticas y civiles desplegadas en el Nuevo Reino de Granada entre las últimas décadas del siglo XVI y las primeras del XVII para suprimir los cultos indígenas considerados idolátricos, mediante destrucción de ídolos, decomiso de ofrendas de oro, castigo de sacerdotes nativos y catequización forzada, con especial intensidad en el altiplano muisca.
Trayectoria de una idea
- 1550
Carta a la Corona solicitando control de idolatrías
- 1555
Sínodos tempranos de Popayán, Cartagena y Santafé
- 1563
Elevación de Santafé a arquidiócesis
- 1575
Junta de evangelización bajo Zapata de Cárdenas
- 1593
Congregación obligatoria de indios en pueblos
- 1594
Gran campaña de extirpación en Fontibón
- 1600
Visita de Lobo Guerrero: 10.000 ídolos decomisados
La lectura
La extirpación de idolatrías en el Nuevo Reino de Granada nunca alcanzó la forma institucional consolidada que tuvo en el virreinato del Perú: fue un proceso delegado en doctrineros, visitadores diocesanos y arzobispos, geográficamente concentrado en el altiplano muisca y estructuralmente incapaz de erradicar una religión cuya fortaleza residía precisamente en su dispersión capilar. La fusión entre motivación religiosa y apropiación económica quedó expuesta sin disimulo cuando el licenciado López de Cepeda autorizó a los españoles a perseguir santuarios y quedarse con las ofrendas: extirpar la idolatría y fundir el oro ritual eran, jurídicamente, un mismo acto. El fracaso relativo del proceso quedó documentado por sus propios ejecutores: cuando Lobo Guerrero visitó Fontibón años después de la campaña de 1594, encontró 82 chuques activos y más de 3.000 ídolos; en casi todos los testimonios de visita de los siglos XVI y XVII, los indígenas hacían más ofrecimientos que antes. La extirpación fue, paradójicamente, archivo: la violencia que intentó borrar la religión muisca produjo el mayor volumen de documentación sobre ella, y la resistencia silenciosa de las comunidades —ocultando ídolos, reponiendo ofrendas, manteniendo a sus chuques— convirtió cada campaña en prueba de la vitalidad de lo que se quería arrancar de raíz.
En el vocabulario del catolicismo tridentino, extirpar significaba arrancar de raíz. Aplicado a las religiones indígenas americanas, el término designó un conjunto disperso de campañas eclesiásticas y civiles destinadas a suprimir los cultos considerados idolátricos: destrucción de ídolos, decomiso de ofrendas votivas, castigo de sacerdotes nativos, demolición de santuarios y catequización forzada de las comunidades. En el Nuevo Reino de Granada, entre las últimas décadas del siglo XVI y las primeras del XVII, la extirpación nunca alcanzó la forma institucional consolidada que tendría en el virreinato del Perú bajo Francisco de Ávila y Pedro de Villagómez; fue, en cambio, un proceso delegado en doctrineros, visitadores diocesanos y arzobispos, concentrado sobre todo en el altiplano muisca, económicamente entretejido con la apropiación del oro ritual y sistemáticamente desmentido por la reposición continua de los objetos de culto. Se trata, con todo, de uno de los episodios decisivos en la historia religiosa del país: allí se libró la batalla más larga y más silenciosa por lo que los indígenas del centro andino podían creer, guardar y pedir a sus dioses.
Lo que se quería arrancar
Antes de hablar de quienes extirparon conviene precisar qué encontraron. La religión muisca —principal blanco de las campañas neogranadinas— no era un sistema centralizado en torno a un templo mayor y un clero jerárquico único, como esperaban hallar los conquistadores acostumbrados al horizonte mexica o incaico. Su arquitectura era otra: dispersa, capilar, distribuida en miles de puntos rituales.
En su cúspide figuraban divinidades reconocibles por las crónicas: Chiminigagua, principio luminoso; Bochica, asociado al sol; Bachué, a la luna; Chibchacum, protector de los llanos y las cosechas. Junto a ellas coexistía una constelación de deidades menores vinculadas a oficios, linajes y lugares. La religión no vivía sólo en los grandes templos —el de Sogamoso, en Iraca, o los santuarios de Guatavita— sino en un tejido inmenso de santuarios pequeños diseminados por pueblos, cerros y viviendas. Junto a los grandes centros funcionaban las llamadas casas de plumería, oratorios domésticos donde se veneraban dioses familiares o locales.
Los especialistas religiosos formaban un cuerpo diferenciado. Los jeques —los sacerdotes— pasaban años de reclusión en una suerte de seminario, sometidos a ayunos, aprendizaje esotérico y estudio ritual. Junto a ellos aparecen los chuques, oficiantes vinculados a los capitanes: cada uno podía tener uno o dos chuques propios. Existían además los santeros, encargados del culto en santuarios específicos. La densidad de este clero disperso quedaría documentada, con crudeza estadística, cuando el arzobispo Bartolomé Lobo Guerrero contara 82 chuques activos sólo en Fontibón años después de la campaña de 1594.
El vínculo entre religión y oro es, para entender lo que vendría, decisivo. El estudio de la colección del Museo del Oro realizado por Roberto Lleras estableció que más de la mitad de los objetos de orfebrería muisca no se destinaba al adorno personal sino a ser ofrendado en santuarios. Cada pieza —los llamados tunjos, figuras votivas de oro y tumbaga— constituía, según han mostrado María Alicia Uribe y Marcos Martinón, una comisión única, elaborada ex profeso para un propósito ritual concreto y siguiendo preceptos definidos. El oro muisca no era, entonces, riqueza acumulable en el sentido europeo: era materia ritual. El cacique no parecía poseerlo en propiedad plena; lo guardaba en cercados para redistribuirlo en festejos, para la guerra o para depositarlo en santuarios que —cubiertos por láminas del metal— brillaban al sol de las cordilleras.
Este último rasgo decide la naturaleza del choque. Una religión sin propietarios claros, sin templo único, sin dogma escrito, sostenida por comisiones individuales de ofrenda que podían encargar caciques, capitanes y probablemente también gente común, era un objeto extraordinariamente difícil de destruir de un golpe. Cada casa podía contener un ídolo; cada oficiante, su propia devoción. La extirpación tendría que ser, por fuerza, un trabajo capilar. Nunca lo fue del todo.
El marco jurídico: patronato, sínodos y una junta en el altiplano
La empresa evangelizadora en América operaba bajo el régimen del patronato regio, arreglo que hacía del monarca español el jefe efectivo de la Iglesia indiana: autorizaba la circulación de las disposiciones papales, recibía los diezmos y quedaba obligado a edificar y sostener las iglesias. Los altos dignatarios eclesiásticos americanos, en la práctica, dependían más del rey que del pontífice. Esa fusión constitutiva entre trono y altar decidió el carácter del proceso: la extirpación fue simultáneamente asunto religioso y razón de Estado, plasmada en la fórmula de la policía cristiana —la adopción por parte de los indios de nuevos modelos de comportamiento social, político, moral y religioso, promovida conjuntamente por autoridades civiles y eclesiásticas.
En el Nuevo Reino, el andamiaje formal fue tardío y frágil. Los sínodos tempranos —Popayán en 1555, Cartagena en 1556, Santafé en 1558— constituyeron las primeras iniciativas eclesiásticas para ordenar la evangelización, sin llegar a articularse como un cuerpo normativo coherente. Santafé fue elevada a arquidiócesis en 1563 y su primer arzobispo, fray Juan de los Barrios, ejerció hasta 1569. Hacia mediados de la década de 1570, con Francisco Briceño en la presidencia de la Real Audiencia y la llegada del arzobispo fray Luis Zapata de Cárdenas, se logró una relativa consolidación institucional; un informe de 1575 hace referencia a una junta orientada a acordar normas de evangelización.
La ejecución cotidiana quedó, sin embargo, en manos de las órdenes religiosas —dominicos, franciscanos, agustinos— y del clero secular diocesano. Fueron sus doctrineros quienes, pueblo por pueblo, condujeron la predicación y las campañas contra la idolatría. La ausencia de un tribunal inquisitorial autónomo consagrado a la extirpación —como sí ocurriría en el Perú del siglo XVII— explica el carácter irregular, geográficamente desigual y a menudo improvisado del proceso neogranadino.
El fundamento doctrinal era firme. La identificación entre Corona e Iglesia hacía que lo situado fuera del cristianismo se considerara herejía o paganismo, justificando la intolerancia y la guerra. La doctrina de la guerra justa legitimaba someter por la fuerza a los indígenas que resistieran la predicación: al catalogarlos como rebeldes en lugar de enemigos, los conquistadores se arrogaban el derecho de actuar sin sujeción a reglas. Los cronistas coloniales, por su parte, convirtieron las representaciones de los dioses indígenas en ídolos y la escultura de piedra y madera en expresión diabólica, produciendo la imagen del indio sin trascendencia histórica que servía a los propósitos del dominio sobre sus tierras. Un religioso escribió a la Corona hacia 1550 desde el Nuevo Reino solicitando que se designara a alguien encargado de recorrer los pueblos para verificar que los bautizados vivieran conforme a la fe y prevenir el retorno a las idolatrías: los conversos, sugería, podían ser reprendidos y castigados si se desviaban. Estaba, en esa carta, casi todo el programa que vendría.
Geografía desigual: la concentración en el altiplano
El primer rasgo del proceso neogranadino que conviene subrayar es su distribución geográfica. Los esfuerzos evangelizadores del siglo XVI fueron débiles y demorados en la costa atlántica, en el distrito de Popayán, en los valles del Alto Magdalena y en las zonas mineras del Cauca. La razón, más económica que doctrinal, quedó registrada con franqueza: los clérigos que llegaban a la costa atlántica no permanecían mucho tiempo porque las comunidades indígenas eran demasiado pobres para sostenerlos, y se marchaban al Perú o hacia las zonas montañosas donde las poblaciones eran más numerosas y estables. El mapa de la extirpación siguió el mapa de la riqueza indígena.
El altiplano cundiboyacense, en cambio, concentró el peso del proceso. Los muiscas ofrecían las tres condiciones que hacían posible una empresa de largo aliento: densidad demográfica, sedentarismo agrícola y un excedente ritual —el oro de las ofrendas— que hacía atractiva la operación. Santafé, Tunja y el corredor de pueblos entre Bogotá y Sogamoso se convirtieron en el escenario principal.
Fuera de allí, las cosas ocurrieron de otro modo. En la región de Popayán, la conversión formal de los indígenas de Guambia se vio facilitada por la ausencia de una religión dominante en la confederación local y por la permisividad de los curas frente a deidades y objetos sagrados prehispánicos, desestimados como simples supersticiones. Lo que en el altiplano se perseguía con visitas, decomisos y castigos, en otras zonas se toleraba como folclor menor. La misma jerarquía eclesiástica producía, según el territorio, políticas distintas ante fenómenos análogos.
Esa geografía diferencial tuvo una consecuencia duradera: buena parte de lo que sabemos sobre la religión indígena colombiana proviene del altiplano precisamente porque fue allí donde la extirpación produjo el mayor volumen de documentación. Los pueblos donde el clero no llegó, o llegó tarde y con negligencia, quedaron menos combatidos pero también menos registrados. La violencia extirpadora fue, paradójicamente, archivo.
Las campañas: de López de Cepeda a Lobo Guerrero
La operación material de la extirpación combinó predicación, visita pastoral, decomiso e incineración. Su prehistoria neogranadina se remonta a las autorizaciones civiles de mediados del siglo XVI: el licenciado López de Cepeda, en particular, facultó a los españoles para perseguir los santuarios indígenas y apropiarse de las ofrendas encontradas en ellos. La disposición es reveladora por lo que fusiona sin disimulo: la persecución de la idolatría y la apropiación material del oro ritual eran, jurídicamente, un mismo acto.
Las campañas se intensificaron en las últimas décadas del siglo. En 1594 se ejecutó una operación mayor en Fontibón, precedida de predicación y seguida de un decomiso masivo de imágenes. La elección del sitio fue estratégica: los propios documentos coloniales reconocen que Fontibón fue objeto de innumerables búsquedas de santuarios no por ser un centro religioso especialmente importante, sino porque las autoridades quisieron dar ejemplo allí, a sabiendas de que en muchos otros pueblos sucedía lo mismo. La lógica era pedagógica: hacer visible en un punto lo que se sabía disperso por todas partes.
Los resultados de aquella campaña sólo se conocieron con precisión años después, cuando el arzobispo Bartolomé Lobo Guerrero visitó los pueblos del altiplano. En Fontibón, tras 1594, seguía habiendo 82 chuques en actividad y más de 3.000 ídolos. En una operación ampliada que abarcó Bojacá, Cajicá, Chía, Serrezuela, Suba y Tuna, Lobo Guerrero decomisó cerca de 10.000 ídolos. Las cifras son extraordinarias por sí mismas y porque miden algo distinto a lo que sus autores creían medir: no la magnitud de la idolatría existente antes del contacto —imposible de conocer— sino la magnitud de la idolatría que había sobrevivido a un siglo de evangelización y a campañas específicas anteriores.
El botín material acumulado por las operaciones de decomiso registradas alcanzó los 1.041 pesos de ídolos de oro bajo y fino, además de doce pesos y tres tomines de esmeraldas, procedentes tanto de santuarios como de viviendas. La cifra parece modesta comparada con los grandes tesoros de la Conquista —el rescate de Atahualpa, los envíos anuales de la flota— pero su significado no es cuantitativo. Cada peso de oro fundido borraba una comisión ritual individual, un objeto elaborado ex profeso para un fin concreto, imposible de reponer en su forma original.
Aquí conviene detenerse en la ambigüedad estructural del proceso. La incautación de santuarios combinó en la práctica motivaciones religiosas —conversión, supresión de la idolatría— con beneficios económicos —apropiación de ofrendas y liberación de tierras. La misma política de congregación de indios que las autoridades impulsaron desde las décadas de 1560 y 1570 tenía, según se reconocía abiertamente, una faceta religiosa —facilitar la instrucción— y otra pecuniaria —remover a los indios de sus lotes de cultivo para abrirlos a los españoles. Que ambas dimensiones no siempre se articularan como una política única y explícita no impide constatar que, sobre el terreno, la extirpación religiosa y la apropiación económica funcionaron como caras de una misma moneda. El indio bautizado y congregado dejaba libre la tierra; el ídolo decomisado dejaba libre el oro.
La congregación de indios: extirpar reagrupando
La medida de fondo con la que las autoridades procuraron resolver el problema de la dispersión ritual fue territorial. A partir de 1593, los indios quedaron obligados a vivir en pueblos, cerca de las tierras de cultivo, formándose así la llamada república de los indios y su institución característica: el resguardo. La congregación había sido preparada por dos décadas de política previa: desde 1560 y 1570 las autoridades venían intentando reunir a las comunidades dispersas en pueblos más grandes, aunque la realización sistemática de la medida se demoró hasta la última década del siglo.
La congregación fue, en cierto sentido, la respuesta arquitectónica a la arquitectura de la religión indígena. Si la resistencia venía de la dispersión —santuarios personales, chuques familiares, ídolos escondidos casa por casa—, la solución era eliminar la dispersión misma. Reunir a los indios en pueblos definidos, colocar al doctrinero en el centro, imponer la asistencia a misa, delimitar el espacio sagrado a la iglesia parroquial. La policía cristiana dejaba de ser doctrina abstracta y se convertía en trazado urbano.
El costo para las comunidades fue múltiple. La permanencia del doctrinero en los pueblos de indios significó nuevas exacciones en productos y servicios: la función religiosa venía acompañada de cargas económicas que se sumaban al tributo. Y la dislocación territorial —abandonar los sitios ancestrales de vivienda, culto y siembra— trastocó las nociones de lo sagrado y la trama cotidiana. La encomienda había sido la institución central de aculturación temprana; el resguardo doctrinero fue la institución de aculturación intensiva.
Con todo, el efecto de la congregación fue menos completo de lo que sus autores pretendían. Hacia finales del siglo XVI, y a pesar de las políticas iniciadas décadas antes, la integración de los indígenas a las pautas culturales españolas seguía siendo un proceso incompleto: las cifras que Lobo Guerrero encontraría en Fontibón, Bojacá y Chía en las primeras décadas del siglo XVII lo demuestran mejor que cualquier argumento.
La reposición: el desmentido continuo
El rasgo más notable del proceso neogranadino de extirpación es que fracasó en sus propios términos. En casi todos los testimonios de visitas a santuarios en los siglos XVI y XVII —indígenas, mestizos, españoles— coincidían en afirmar que los indios hacían más ofrecimientos que antes de las campañas. Cuando los españoles decomisaban ofrendas en un pueblo y regresaban años después, encontraban igual número o incluso más. La reposición no era anecdótica: era la regla.
Varios factores lo explican. El primero es estructural: la práctica religiosa muisca era, por diseño, capilar. Cada ofrenda era una comisión individual, encargada por caciques, capitanes o gente común a orfebres que dominaban códigos religiosos además de técnicos y que probablemente ofrecían sus servicios a múltiples clientes de distintos estratos, tal vez con cierta itinerancia. Erradicar tal sistema exigía intervenir sobre cada acto ritual particular, no sobre un centro que, al ser destruido, arrastrara al conjunto. Cada casa era un santuario potencial; cada cerro apartado, un depósito posible.
El segundo factor es la superficialidad de la primera evangelización. Bautismos masivos, catecismo abreviado, doctrineros itinerantes que apenas visitaban los pueblos: el barniz cristiano que se aplicó durante las primeras décadas dejó indemne buena parte del sustrato religioso. En el caso peruano —Huarochirí es el ejemplo canónico— los indígenas aparentaban ser buenos católicos mientras continuaban en secreto sus prácticas ancestrales. En Fontibón, tras años de predicación, se hallaron más de tres mil imágenes de antiguos dioses guardadas.
El tercer factor es el carácter fragmentado del clero indígena. Los jeques, chuques y santeros no formaban una jerarquía única que pudiera decapitarse. Que cada capitán pudiera contar con uno o dos chuques significa que el conocimiento ritual estaba distribuido en cientos de individuos por región; la eliminación de los grandes sacerdotes no destruía la práctica.
La reposición continua produjo una espiral bien reconocible. Cada visita generaba un nuevo decomiso; cada decomiso, nuevas ofrendas para reponer lo perdido; cada reposición, un nuevo pretexto para volver. La producción y uso de orfebrería votiva muisca —tunjos, figuras de oro— continuaron durante toda la Colonia, a pesar de las campañas y del tributo en oro que también drenaba el metal hacia usos españoles. La religiosidad indígena no desapareció: se hizo clandestina, doméstica, portátil.
La destrucción irreversible: demografía, esclavitud y memoria
Sería, sin embargo, un error deducir de esa resiliencia ritual una conclusión tranquilizadora. Junto a la persistencia de las ofrendas ocurrió otro proceso, silencioso e irreversible, que desmantelaba el sustrato humano de la religión indígena con una contundencia que ninguna terquedad ceremonial pudo compensar.
Ese proceso fue, en primer término, demográfico. La conquista europea produjo una catástrofe cuya magnitud, en las cifras del actual territorio colombiano, resulta difícil de asimilar. La provincia de Tunja, corazón muisca, pasó de cerca de 215.000 habitantes en 1537 a apenas 25.000 en 1757: una reducción del 90% en dos siglos y del 25% sólo en los primeros veinticinco años. Los Quimbaya, grupo de alto desarrollo cultural y tecnológico del Cauca medio, habrían pasado de 100.000 a sólo 40 individuos en cuarenta años. Cartago perdió el 97% de su población nativa en apenas 50 años; Popayán, el 90% en 68. Cada porcentaje encubre familias, oficios, cadenas de transmisión oral, oficiantes que ya no habría cómo formar.
En segundo término, el proceso fue selectivo respecto a los depositarios del saber ritual. Hernán Pérez de Quesada dio muerte violenta al último zaque de Hunzahúa —el señor de Tunja— y a los uzaques y capitanes viejos que había convocado. La ejecución no fue únicamente política: eliminaba de un golpe a los depositarios vivos de los recuerdos y tradiciones. Lo que en una cultura sin escritura administrativa constituían archivos —la memoria de los ancianos, los saberes transmitidos en linaje— ardió sin necesidad de fuego.
En tercer término, la esclavitud completó lo que la guerra había iniciado. Los indios de Sogamoso —vecinos del más importante templo muisca, el de Iraca— fueron sometidos a un régimen de trabajo forzado que, con el correr de las generaciones, degradó a la comunidad hasta hacerle perder la memoria de sí misma. Siglos después, nadie pudo indicar con seguridad el lugar exacto que había ocupado el templo. La religión no había sido extirpada por decreto: había sido borrada por agotamiento.
Aquí reside la tensión mayor del proceso. La extirpación fue simultáneamente ineficaz e irreversible. Ineficaz porque no logró suprimir la práctica ritual, cuya dispersión la hacía irreductible a campañas de decomiso. Irreversible porque destruyó a los especialistas y a las comunidades que dotaban de coherencia interna a esa práctica. Lo que sobrevivió no fue el sistema religioso muisca: fue un residuo clandestino y fragmentado, capaz de reponer ídolos pero no de reponer los marcos completos de sentido que los animaban. Fontibón podía tener aún 3.000 ídolos; ya no tenía, en cambio, un sacerdocio en pleno ejercicio de sus funciones formativas, ni un ciclo agrícola-ritual intacto, ni un vínculo territorial no dislocado con los sitios sagrados.
Los actores y su red
El proceso movilizó a un conjunto reconocible de figuras. Fray Juan de los Barrios, primer arzobispo de Santafé entre 1563 y 1569, encarnó la fase inicial de la organización eclesiástica del Nuevo Reino. Fray Luis Zapata de Cárdenas, su sucesor, presidió el momento en que hacia mediados de la década de 1570 se intentó fijar normas de evangelización coordinadas con la Real Audiencia bajo Francisco Briceño. Bartolomé Lobo Guerrero, ya en el tránsito al siglo XVII, encabezó las visitas que documentaron con crudeza estadística la pervivencia de la idolatría en el altiplano.
Junto a ellos operaron los cronistas, cuya función fue doble: describieron las religiones que se pretendía extirpar y produjeron el marco ideológico que legitimaba la extirpación. Fray Pedro de Aguado, Juan de Castellanos y fray Pedro Simón dejaron los relatos que hoy constituyen buena parte de nuestro acceso a las creencias muiscas y a los sucesos de la Conquista. Alonso de Zorita, jurista y observador crítico, aportó elementos sobre el gobierno indígena que matizarían la visión conquistadora. Los primeros dominicos —entre ellos fray Domingo de las Casas, en las jornadas iniciales— llevaron a las tierras neogranadinas la impronta de la orden más asociada a la controversia sobre el trato a los indios. Y en la referencia fundacional, Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Santafé en 1538, encarnaba al conquistador letrado cuya campaña había hecho posible todo el escenario posterior.
Estos hombres no operaron en un vacío. Sus redes eran las de una república indiana en construcción: audiencias, cabildos, encomenderos, órdenes religiosas en competencia, corte metropolitana. La extirpación fue el punto donde esas redes convergieron sobre un mismo objeto —la religión indígena— con motivos parcialmente convergentes y parcialmente conflictivos.
La huella
La primera huella del proceso es paradójica: los propios extirpadores produjeron, al catalogar lo que destruían, el archivo etnográfico más antiguo sobre las religiones indígenas del centro del actual territorio colombiano. Las descripciones de deidades, sacerdotes, santuarios y ofrendas que hoy leemos en las crónicas de Aguado, Castellanos y Simón, y en los expedientes de visita como los de Lobo Guerrero, son un producto directo de la voluntad de suprimir aquello que describían. Sin la extirpación no habría campañas; sin las campañas no habría registro. Ese archivo —parcial, distorsionado por la mirada del observador, pero irreemplazable— es la base sobre la que la etnohistoria colombiana ha reconstruido en los siglos XX y XXI lo que puede reconstruirse del mundo muisca.
La segunda huella es material. Cada uno de los 1.041 pesos de ídolos fundidos representa un objeto único, irreproducible, cuya forma se perdió al pasar al crisol. La colección del Museo del Oro, con sus miles de piezas votivas, sobrevive gracias a que los propios muiscas —y quienes heredaron sus prácticas hasta bien entrada la Colonia— siguieron depositando ofrendas en santuarios ocultos que el decomiso no alcanzó. Lo que hoy se exhibe en Bogotá es lo que la extirpación no encontró.
La tercera huella es religiosa. El catolicismo popular del altiplano cundiboyacense —con sus advocaciones locales, sus romerías a cerros, sus prácticas domésticas de protección— se formó en el largo periodo en que el barniz cristiano se aplicó sobre una religiosidad indígena que no acababa de rendirse. Buena parte de la sensibilidad devocional colombiana proviene de ese sedimento.
La cuarta huella es política. La articulación entre extirpación religiosa y apropiación económica —el decomiso de ofrendas, la congregación que liberaba tierras, la fusión entre policía cristiana y razón de Estado— instaló un modelo en el que la reforma cultural de las poblaciones subalternas se enlazaba con su desposesión material. Ese modelo tuvo réplicas en momentos posteriores de la historia colombiana, incluida la República, y su gramática elemental es reconocible cada vez que un proyecto civilizatorio se presenta como liberación mientras despeja el terreno para otros usos.
La quinta huella es interpretativa, y toca el modo en que hoy pensamos aquellos siglos. La extirpación neogranadina no fue la Inquisición dedicada a los indios que las representaciones tempranas del proceso sugerían; tampoco fue la máquina eficiente y devastadora que la memoria popular imagina. Fue algo más incómodo: un aparato disperso y desigual que fracasó en su objetivo declarado —suprimir la idolatría— y triunfó en un objetivo no declarado —desmantelar los marcos de coherencia que sostenían la religión indígena— gracias a que operó sobre poblaciones ya diezmadas por la violencia de la Conquista, el trabajo forzado y la enfermedad. Su eficacia real no estuvo en las hogueras sino en el colapso demográfico y en la esclavitud que borraron, sin necesidad de acta episcopal, los soportes humanos del sistema que las campañas no consiguieron erradicar por decreto. Lo que las campañas no arrancaron, el siglo se lo llevó por otros caminos.
En el archivo
3 apariciones públicas, ordenadas por período y año.
Relaciones
Vínculos editoriales de la ficha y conexiones observadas dentro del archivo.
Relaciones editoriales
- 01Bartolomé Lobo Guerrero — arzobispo que dirigió las campañas de decomiso más documentadas en el altiplano cundiboyacense, confirmando la persistencia de la religión muisca tras décadas de extirpación
- 02Luis Zapata de Cárdenas — arzobispo bajo cuyo mandato se articuló la junta de evangelización de 1575 y se consolidó el marco institucional del proceso extirpador en Nueva Granada
- 03Religión muisca — objeto principal de las campañas de extirpación en el Nuevo Reino de Granada, caracterizada por su estructura dispersa, su clero de jeques y chuques y su orfebrería ritual votiva
- 04Orfebrería ritual muisca — los tunjos y figuras votivas de oro fueron el blanco material de los decomisos, fusionando en un mismo acto la persecución religiosa y la apropiación económica del oro ritual
- 05Patronato regio — marco jurídico que hacía del monarca español jefe efectivo de la Iglesia indiana y convertía la extirpación en asunto simultáneamente religioso y de razón de Estado
- 06Altiplano cundiboyacense — escenario principal de las campañas, elegido por la densidad demográfica muisca y la riqueza de sus ofrendas de oro, mientras la costa atlántica y otras regiones periféricas permanecieron escasamente evangelizadas
Personas
Lugares
Ideas
Documentos y fragmentos citados
26 documentos · 35 fragmentos
01Historia de Colombia. La Colombia más Antigua. Tomo 1Gonzalo Hernández de Alba (dir.); Camilo Domínguez O., José L. Lorenzo, Amancio Fernández, Gonzalo Correal y otros · p. 1371 cita
[1]y ciertos productos agrícolas, la sal era otro elemento básico del comercio de los muiscas. un grupo de especialistas en el intercambio. Las re- ferencias históricas parecen indicar que todos los indígenas comunes y corrientes iban a los merca- dos. Por otra parte, el trueque de artículos tuvo un papel importante al…
p. 137
02Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · p. 1291 cita
[2]en los que se adoraba al dios Chiminigagua y a las divi- nidades Bachué (la luna), Bochica (el sol), Chib- chacum (dios protector) y otras menores dedica- das a las diversas actividades socioeconómicas. Además de los caciques, capitanes y jeques, eran importantes los guechas o guerreros reclutados, cuya función era…
p. 129
03Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · p. 1621 cita
[3]tener varios chuques, peto 1e también podía tener varios santeros, es decir personas cían sus ofrendas de oro. No obstante, la misma fuente deja cada capitán podía tener uno o dos”. bón no era un sitio único sino uno donde las autoridades >quisieron dar ejemplo, a sabiendas de que en muchos otros cedía lo mismo. En…
p. 162
04Antes de Colombia. Los primeros 14.000 añosCarl Henrik Langebaek · 2021 · p. 4031 cita
[4]cosa que los españoles atribuyeron al poder de los caciques muiscas, pero olvidando que simplemente se trataba de ofrendas. Finalmente, unas palabras sobre el oro, un metal que en nuestra sociedad se vincula estrechamente con el poder y con la riqueza. Se sabe que los caciques muiscas lo guardaban en sus cercados, con…
p. 403
05Economías prehispánicas de ColombiaAlberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres, Santiago Giraldo, Daniela Castellanos Montes, Marianne Cardale de Schrimpff, Carl Henrik Langebaek, María Antonieta Corcione Nieto, Catalina Zorro, Luisa Mendoza, Marcela Bernal, Lucero Aristizábal, Leonor Herrera · p. 182, 2304 citas
[5]todo caso, sus conocimientos y estatus no solo se ceñían a lo técnico: parece claro que los orfebres dominaban códigos religiosos y simbólicos que les otorgarían una posición social especial. Cada ofrenda representa una única comisión, realizada ex profeso para un fin concreto, y siguiendo un precepto o encargo bien…
p. 230
[6]todo caso, sus conocimientos y estatus no solo se ceñían a lo técnico: parece claro que los orfebres dominaban códigos religiosos y simbólicos que les otorgarían una posición social especial. Cada ofrenda representa una única comisión, realizada ex profeso para un fin concreto, y siguiendo un precepto o encargo bien…
p. 230
[9]larga secuencia de ocupaciones humanas en el altiplano, iniciada hace unos 12.000 años, y sus evidencias se encuentran sin interrupción desde el 900 d. C. aproximadamente hasta la conquista española en el siglo XVI y aún varios siglos después, durante el período colonial, en algunas regiones (Langebaek, 1995). M APA…
p. 182
[10]larga secuencia de ocupaciones humanas en el altiplano, iniciada hace unos 12.000 años, y sus evidencias se encuentran sin interrupción desde el 900 d. C. aproximadamente hasta la conquista española en el siglo XVI y aún varios siglos después, durante el período colonial, en algunas regiones (Langebaek, 1995). M APA…
p. 182
06Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · p. 691 cita
[7]de los doctrineros había sido muy reducida y aun se había visto interrumpida casi radicalmente en 1558, a causa de una gran epidemia de viruelas. La escasez de frailes era el prin cipal obstáculo, según los encomenderos, para que ellos pudieran cum plir con su obligación de adoctrinar a los indios. Sólo desde…
p. 69
07Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · p. 561 cita
[8]viviendas corrientes también encontrarían ofrendas. En total, los españoles decomisaron 1.041 pesos de ídolos de oro bajo y fino, doce pesos y tres tomines de esmeraldas (Eugenio 19). En casi todos los testimo- nios de las visitas a santuarios en el siglo XVI y XVII, los indígenas mestizos y españoles coincidían en…
p. 56
08La Religión en ColombiaCarlos Arboleda Mora · 2010 · p. 53, 702 citas
[11]1492 por realizar una obra evangelizadora. Con diverso grado y éxito se realizó esa evangelización. Al principio la evangelización fue super- ficial. Muestra de esto es la persistencia de la religión indígena en la clandestinidad. El arzobispo de Lima debió iniciar una campaña sistemática de extirpación de la…
p. 70
[21]más importantes de la estructura colonial” 66 Esta identificación entre la Corona y la Iglesia marcó el proceso evangelizador que coincide con el proyecto político. ¿Pero cuáles eran los rasgos del conquistador? El español llegaba con una característica esencial y era el ser creyente de cris- tiandad. Es decir, una…
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09Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 69, 712 citas
[12]Más aún, las p au tas culturales españolas chocaban con el poblam iento difuso de los indígenas. En España, los cam pesinos vivían en aldeas rurales y los funcionarios de la C orona pensaron que los indígenas debían hacer lo m ism o. En pos d e estos principios, en las d écadas de los años 1560 y 1570 las a u to rid a…
p. 71
[24]d id o s en el siglo xvi fueron débi les y dem o rad o s en la costa atlántica y en el d istrito de P opayán en el occidente, así com o en regiones inestables com o los valles del Alto M agdalena y las zonas m ineras del Cauca. Los clérigos q u e llegaban a la costa atlántica p o r lo general no perm anecían allí m…
p. 69
10The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · p. 1171 cita
[13]as Christians. And so that this great malady and grave offense to God might be fixed, it is necessary that Your Royal High- Idolators and Encomenderos 103 ness appoint a person or declare that the high court appoint a person who, looking only to God and leaving behind all pretension for worldly gain or sinister…
p. 117
11Historia de la religión en ColombiaJosé David Cortés Guerrero, Juana María Marín Leoz, Leonardo Fabián García Rincón, William Elvis Plata, Diana Paola Hernández Fernández, Alberto José Campillo Pardo, Aliza Moreno-Goldschmidt, Odette Yidi David, Jorge Enrique Salcedo Martínez, Jose Joaquin Pinto Bernal, Katherinne Giselle Mora Pacheco · 2022 · p. 6, 122 citas
[14]los sínodos de Popayán, Cartagena y Santafé de los años de 1555, 1556 y 1558. EBSCOhost: eBook Collection (EBSCOhost) printed on 4/29/2025 8:22:45 PM UTC via UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. All use subject to https://www.ebsco.com/terms-of-use. 49 Lucas Fernández de Piedrahíta. Historia General de las Conquistas del. Nuevo…
p. 6
[22]las imágenes de santos que ponían en sus casas y sus horarios. Adicionalmente, la permanencia del doctrinero significó, para las comunidades indias, más exacciones en productos o servicios. De modo que la evangelización trastocó no solo las 16 nociones de lo sagrado y lo profano de los indígenas —mediante la…
p. 12
12Gran Enciclopedia de Colombia. Tomo 7: InstitucionesRoberto Hinestrosa Rey (Director Académico), Sandra Morelli Rico (Coordinación Académica) · 1993 · p. 2091 cita
[15]o ser anguicliócesis en 1563. Misiones evangelizadoras Las misioneros que iniciaron la evan. gelización en las tierras colombianas fueron franciscanos llegados con el arribo de sa labor debie- at hamtrr las costumbres onsideraron paganas y de vida Ticenciesa de los indica, comoda codi cio y repacidad de los…
p. 209
13Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 821 cita
[16]contingente de misioneros, bajo la dirección de fray Tomás de Ortiz, con el título de protector de los indios, per- tenecientes a la comunidad de los dominicos, cu- 326 Arzobispos de Santa Fe antafé fue elevada a la categoría de S arquidiócesis en 1563. Los arzobispos fueron fray Juan de los Barrios (1563-1569), Luis…
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14Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de Colombia IIJavier Ocampo López, Marco Palacios, Germán Arciniegas, Gonzalo Hernández de Alba y otros (obra colectiva) · p. 301 cita
[17]las parro- quias; la dotacién de los templos, monasterios y hospitales; la revisi6n de las sentencias de los tri- bunales eclesiésticos; la autorizacién para la circu- laci6én y aplicacién de todas las disposiciones pa- pales y el recibo de los diezmos que la Iglesia re- caudaba para sus atenciones. Por su parte, la…
p. 30
15Historia de la religión en ColombiaJosé David Cortés Guerrero, Juana María Marín Leoz, Leonardo García Rincón · 2022 · p. 11 cita
[18]57 LAS ÓRDENES RELIGIOSAS Y LA SOCIEDAD NEOGRANADINA, SIGLOS XVI-XIX William Elvis Plata Introducción Las órdenes religiosas no solo fueron las grandes protagonistas del proceso de cristianización de la Nueva Granada en los siglos a, sino que, además, por lo mismo, adquirieron tal grado de XVI XVIII poder y de…
p. 1
16Colombia complejaJulio Carrizosa Umaña · 2014 · p. 252 citas
[19]de nuevos territorios, se inició un poco después de la muerte de Isabel la Católica, bajo el reinado de Fernando, su viudo. Isabel y Fernando recibieron el título de Reyes Católicos durante el papado de Alejandro VI; los discípulos de San Agustín, San Francisco y Santo Tomas de Aquino fueron sus confesores y…
p. 25
[23]una posesión de nuevos territorios, se inició un poco después de la muerte de Isabel la Católica, bajo el reinado de Fernando, su viudo. Isabel y Fernando recibieron el título de Reyes Católicos durante el papado de Alejandro VI; los discípulos de San Agustín, San Francisco y Santo Tomas de Aquino fueron sus…
p. 25
17Catolicismo, cambio social y búsqueda de paz en Colombia. Historia y MemoriaWilliam Elvis Plata Quezada (Editor), Ana María Bidegain Greising, Angélica Villamizar Beltrán, Antonio José Echeverry Pérez, Eduardo Díaz Ardila, Eliécer Soto Ardila, Héctor Alfonso Torres Rojas, Hernando Pinilla Rey, Isabel Corpas De Posada, Javier Alejandro Acevedo Guerrero, Joselín Aranda Cano, Lizeth Torres Rodríguez, Miguel Arturo Fajardo Rojas, Natalia Alejandra Mora Navarro, Osmir Ramírez Trillos, Sofía Brizuela Molina, Sor María Sampayo Flórez · 2022 · p. 291 cita
[20]de catolicismo que se implantó y que iba a seguir el del modelo europeo, donde los poderes civil y eclesiástico interactuaban simbióticamente. El advenimiento de la época de la Colonia, a partir de la segunda mitad del siglo XVI, resulta en el establecimiento de las instituciones españolas en América y la fundación de…
p. 29
18La gente de GuambíaRonald A. Schwarz · 2018 · p. 731 cita
[25]en mucho y creyeron ser gran cosa, y dende á otros cuatro ó cinco días hobo otros 300 que se les hizo la misma fiesta (Andagoya 1829: 440-442). EBSCOhost: eBook Collection (EBSCOhost) printed on 4/29/2025 8:26:42 PM UTC via UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. All use subject to https://www.ebsco.com/terms-of-use. 74 L a g e n t…
p. 73
19Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · p. 1211 cita
[26]el proceso de la conquista siguiera un ritmo diferente y sea por lo tanto difícil de escoger una fecha como indicativa de una transformación básica en la nueva sociedad, puede acogerse la fecha tradicional de 1550 como punto final de esa época, momento de transición entre la sociedad de conquista, basada en el saqueo…
p. 121
20Invading Colombia: Spanish Accounts of the Gonzalo Jiménez de Quesada Expedition of ConquestJ. Michael Francis · 2007 · p. 981 cita
[27]once in a while these same servants enter those houses and administer a great number of terrible lashings; and the Indians confined to those houses endure this penitence over the course of the entire period I mentioned above. However, once they leave this confinement, they are permitted to pierce their ears and their…
p. 98
21Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 671 cita
[28]á s ricos estaba en la plaza mayor. Sin embargo muchos hicieron casas en sus haciendas, en las que viv í an LA COLONIA: 1550-1810 71 buena parte del a ñ o. Los reales de minas, que se mov í an siguiendo la riqueza de los aluviones, eran campamentos provisionales. En el siglo xvii y sobre todo en el xvm algunas de las…
p. 67
22Herederos del jaguar y la anacondaNina S. de Friedemann, Jaime Arocha · 2016 · p. 871 cita
[29]a las grandes civilizaciones precolombinas como engendros irra- cionales y producto de la barbarie. Tornaron en ídolos las representaciones de los dioses de los indios y en expresión diabólica la escultura india de piedra y madera. Ni siquiera escucharon la literatura oral en donde sur- gían el jaguar y la anaconda.…
p. 87
23¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · p. 311 cita
[30]esta cifra aún más en las epidemias de tifus que llegaron en el siglo XVII. Solo hasta 1905 el país volvería a registrar un número de habitantes parecido. A pesar de la catástrofe que significó la Conquista para el diverso mundo cultural indígena, este no fue un proceso rápido ni pleno, pues las guerras se prolongaron…
p. 31
24Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader · 2002 · p. 1902 citas
[31]de Córdoba, al referirse a Cuba, ex- clamaba: «los cristianos han destruido y desterra- do de estas pobres gentes la natural generación». Cifras de la catástrofe Los datos que permiten evaluar la caída de pobla- ción indígena son escasos y fragmentarios, pero no menos impresionantes: Juan Friede calcula que la…
p. 190
[32]de Córdoba, al referirse a Cuba, ex- clamaba: «los cristianos han destruido y desterra- do de estas pobres gentes la natural generación». Cifras de la catástrofe Los datos que permiten evaluar la caída de pobla- ción indígena son escasos y fragmentarios, pero no menos impresionantes: Juan Friede calcula que la…
p. 190
25Peregrinación de AlphaManuel Ancízar · 2016 · p. 3391 cita
[33]muchos respectos. Cinco años y medio después, Hernán Pérez de Quesada daba muerte violenta y alevosa al último zaque de Hunzahúa —Tunja— y a todos los uza - ques y capitanes viejos congregados en Tunja con motivo del matrimonio de su desventurado señor, matando en ellos de una vez los recuerdos y tradiciones que…
p. 339
26Colombia: las razones de la guerraJorge Orlando Melo González · 2021 · p. 21, 302 citas
[34]España, pues el rey no era soberano temporal del mundo, ni ocuparse de la conversión de los indios lo convertía en soberano de ellos. Pero si los indios no se sometían y, en especial, si ofrecían alguna forma de resistencia armada a la prédica cristiana, era lícito atacarlos y someterlos a la fuerza. Era, entonces,…
p. 21
[35]argumento de que no era necesario tener tantos “miramientos” con Sagipa, como con un cristiano. Lo que es claro es que los participantes no dudaban del derecho a aplicar toda la violencia al cacique para obligarlo a entregar sus tesoros. Esta confianza ya no aparece, por ejemplo, en Pedro Simón, que escribía casi 100…
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