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Biografía

Tisquesusa

Prehispánico

18 min de lectura27 documentos
NacimientoSin fecha registrada
Fallecimiento1537-1538
RolesCacique de Chía · Zipa de Bacatá
Lugar principalColombia
Período históricoPrehispánicoantes de 1499
03

La biografía

Tisquesusa fue el zipa de Bacatá que gobernaba la mitad sur del territorio muisca cuando la hueste de Gonzalo Jiménez de Quesada irrumpió en el altiplano cundiboyacense en marzo de 1537. Sobrino y sucesor de Nemequene, cacique de Chía antes de heredar el trono en 1514, murió poco más de un año después de aquel primer contacto, huido de su corte de Funza y ejecutado por armas españolas en un episodio del que sobreviven más versiones que certezas. Su reinado marca la última fase plenamente prehispánica del poder muisca del sur: un zipazgo en plena madurez expansiva, con monopolio sobre la sal, sesenta mil guerreros movilizables y una guerra abierta contra Hunza que quedó suspendida por la llegada de los invasores. Todo lo que vino después —el interregno de Sagipa, el juicio, la fundación de Santafé, las encomiendas— se ordena en torno a esa fractura. Leer bien a Tisquesusa exige separar al hombre histórico de las capas superpuestas por los cronistas del siglo XVI, que lo enmarcaron en una épica de conquistadores, y por los letrados del XIX, que intentaron sin éxito convertirlo en fundador de una identidad nacional. Debajo de esas capas queda un gobernante en el punto exacto en que la estructura política que encarnaba tocaba su techo y su límite.

02

Línea de vida

  1. 1514

    Sucesión al zipazgo de Bacatá

    Leer contexto

    Tras la muerte de Nemequene —herido de un flechazo en combate y fallecido en Funza— Tisquesusa, entonces cacique de Chía y sobrino del zipa difunto, heredó el trono de Bacatá cumpliendo la tradición dinástica referida por Castellanos, según la cual el aspirante al zipazgo debía ser primero señor de Chía, pueblo del que procedía el linaje del señor de Bogotá.

  2. 1514

    Movilización de sesenta mil guerreros contra Hunza

    Leer contexto

    Según la crónica de Juan de Castellanos, Tisquesusa reunió sesenta mil guerreros con el propósito de vengar a Nemequene y proseguir la guerra expansiva contra el Zaque de Hunza (Tunja), llevando el conflicto más allá de sus formas rituales habituales y proyectando la supremacía del zipazgo sobre todo el territorio muisca.

  3. 1537

    Irrupción española y suspensión de la campaña contra Tunja

    Leer contexto

    A principios de marzo de 1537, unos 170 hombres y 30 caballos de la expedición de Jiménez de Quesada emergieron al altiplano muisca. Según Castellanos, fue precisamente cuando Tisquesusa se preparaba para su ofensiva contra Hunza que llegaron los españoles, interrumpiendo el proceso bélico en curso y enfrentando al zipa con una amenaza para la que ningún manual guerrero muisca tenía respuesta.

  4. 1537

    Abandono de Funza y traición del cacique Suba Usaque

    Leer contexto

    Ante el avance español, Tisquesusa abandonó su capital Funza y se refugió en un escondite secreto. El cacique Suba Usaque, a quien Tisquesusa había castigado previamente por colaborar con los invasores —quemándole casas, ejecutando a sus indios y robándole oro—, guió a los españoles hasta el paradero del zipa, revelando cómo la lealtad en el sistema de parentesco y prestigio muisca se quebraba ante castigos que superaban la capacidad del subordinado para asumirlos.

  5. 1538

    Muerte y fin del zipazgo prehispánico

    Leer contexto

    Localizado su escondite gracias a la delación de Suba Usaque, Tisquesusa fue muerto por los españoles. Con su muerte terminó la línea sucesoria regular del zipazgo; los muiscas eligieron entonces a Sagipa (Sajipa o Saxajipa), descrito como indio aguerrido, para continuar la resistencia, abriendo el segundo y último acto del colapso del poder muisca del sur.

El zipa que heredó una guerra

En 1514, Nemequene, zipa de Bacatá y arquitecto de la fase expansiva del poder muisca del sur, murió en Funza tras recibir un flechazo en combate. Sus jeques lo atendieron hasta el final. La sucesión recayó en su sobrino, entonces cacique de Chía, un cargo que, según la tradición referida por Juan de Castellanos, era condición previa —o al menos costumbre firme— para acceder al zipazgo, pues de Chía procedía el linaje del señor de Bogotá. Ese sobrino era Tisquesusa, cuyo nombre también aparece en las crónicas como Thisquesuzha o Tisquezuzha, y con él se cierra el ciclo dinástico documentable que va de Meicuchuca a Saguamanchica, de este a Nemequene y de Nemequene al propio Tisquesusa: la genealogía de un poder que se había consolidado en tres o cuatro generaciones sobre la sabana.

La regla sucesoria Chía-Bacatá no es un detalle menor. Ordena la política del zipazgo alrededor de un eje que combinaba parentesco, prestigio ritual y aprendizaje del oficio. El cacique de Chía era, en la práctica, el heredero designado, y ese vínculo estructural volverá a aparecer con fuerza al final de la historia, cuando los españoles lo esgriman contra Sagipa. En el momento de la sucesión, sin embargo, cumplió su función sin sobresaltos: Tisquesusa asumió la corona en Funza como si el trono estuviera esperándolo.

Heredó también una guerra. Nemequene había caído combatiendo por la primacía sobre Hunza, la capital del Zaque —cuyo señor era entonces Quemuenchatocha—, en el marco de una rivalidad de largo aliento entre los dos grandes centros muiscas. La expansión del zipazgo bajo Nemequene había absorbido cacicazgos, tensado fronteras y planteado una pregunta que el altiplano no alcanzó a responder: si el poder muisca del sur y el del norte tenderían con el tiempo a fundirse en una sola supremacía o a mantenerse como dos polos en pugna permanente. Tisquesusa se propuso resolverla por la vía militar. Según Castellanos, reunió sesenta mil guerreros para vengar a su tío y proseguir la campaña contra Tunja. Esa cifra —redondeada, épica, propia del registro renacentista del cronista— importa menos por su exactitud aritmética que por la escala del proyecto: un esfuerzo bélico de altiplano completo, capaz de movilizar poblaciones enteras y coordinar capitanías de una amplitud sin precedentes en el registro muisca conocido.

Qué era gobernar el zipazgo

Cuando Tisquesusa se sentó en el trono, el zipazgo de Bacatá era el más poderoso de los estados muiscas y el más extendido de la sabana. Su capital, Bacatá —también llamada Funza en las crónicas—, funcionaba como centro político y ceremonial; alrededor gravitaban Chía, Cajicá, Facatativá, Zipacón, Tabio, Tenasucá y una constelación de cacicazgos vinculados por parentesco, tributo, alianza militar o alguna combinación imprecisa de las tres cosas. Los cronistas del siglo XVI, y en especial fray Pedro Simón, describieron esta organización con las categorías nobiliarias hispanas que tenían a mano: hablaron de reyes, virreyes, duques y condestables, y encajaron los rangos indígenas —bsaque y otros— en esa taxonomía europea. Esa traducción, útil para el lector castellano del XVII, deformó lo que intentaba explicar. El zipazgo no era una monarquía piramidal a la manera peninsular, sino una confederación de poderes desiguales articulada por vínculos personales tanto como por jerarquías.

El propio material documental deja ver las costuras. Los caciques de Bogotá y Chía eran parientes; también lo eran los de Suba y Tuna, y los de Guatavita y Teusacá. La red de parentescos era el tejido real del poder, y los "tributos" que Simón describía con vocabulario feudal probablemente se parecían más a un intercambio asimétrico de regalos, una economía de prestigio y reconocimiento en la que la subordinación política se manifestaba entregando bienes al señor mayor sin que ello implicara una relación fiscal en sentido estricto. En las márgenes del sistema había cacicazgos con estatus incierto —el Tundama de Duitama, el señor de Sáchica, Sogamoso, Tinjacá, Guachetá— que no acababan de encajar en la estructura del Zipa ni en la del Zaque, y en las montañas del noroccidente de Tunja y en las hoyas del Suárez y el Moniquirá subsistían jefaturas menores plenamente independientes. Los grandes centros ceremoniales, además, tenían sacerdotes de alto rango que escapaban en buena medida a la autoridad civil o militar del zipa.

Nada de esto era debilidad, pero tampoco era la maquinaria férrea que las crónicas insinuaron. Tisquesusa gobernaba un sistema en el que el prestigio, la sangre y las armas contaban más que la coerción administrativa, y en el que la lealtad de un cacique subordinado dependía del cálculo permanente sobre lo que ganaba y lo que perdía sometiéndose. Ese cálculo, cuando la balanza se movió, se demostraría reversible.

Sal, esmeraldas, guechas

La base material del zipazgo descansaba sobre dos recursos y una institución guerrera. Los recursos eran la sal y la organización comercial que permitía distribuirla. Tisquesusa controlaba las minas de Zipaquirá, y con ellas una especie de monopolio sobre un bien que se comerciaba hacia la región de Neiva y a lo largo del río Magdalena. Esa sal fluía en dirección contraria a productos calientes —algodón, oro trabajado, plumas, coca— y sostenía una red de intercambios que alcanzaba hasta las tierras panches. Las esmeraldas, en cambio, provenían de Somondoco y estaban en manos del Zaque, lo que reforzaba la lógica bicéfala del poder muisca: cada capital controlaba un bien de prestigio que el otro no tenía.

La institución guerrera eran los guechas, guerreros reclutados cuya función específica era salvaguardar los sitios fronterizos del territorio muisca. La frontera importaba: al occidente, en los valles intermedios del río Magdalena y en la tierra caliente, habitaban pueblos de filiación caribe —panches, muzos, calimas— que habían llegado al altiplano después de la migración muisca y con los que la guerra era frecuente. Los muiscas peleaban con macanas y lanzas de madera contra los arcos y las flechas envenenadas de esos vecinos, en un régimen bélico endémico que dejaba pocas conquistas territoriales duraderas y muchos episodios de razia. Los guechas defendían el borde caliente; en el altiplano mismo, las guerras entre grandes caciques muiscas —Zipa contra Zaque, ambos contra los señoríos ambiguos del norte— tenían un carácter en buena parte ceremonial, ligado al reconocimiento y la competencia por prestigio, más que a la aniquilación del adversario o la anexión sistemática de su territorio.

Ese régimen de guerra ritualizada, con recursos concentrados y una nobleza militar organizada por capitanías, era lo que Tisquesusa manejaba cuando se propuso vengar a Nemequene. Los sesenta mil guerreros de Castellanos, ciertos en escala si no en número, indican que el zipa estaba dispuesto a llevar el conflicto con Hunza más allá de sus formas rituales habituales.

La irrupción de 1537

La expedición que interrumpió esa guerra había partido de Santa Marta en abril de 1536, organizada bajo la autoridad del gobernador Pedro Fernández de Lugo y comandada por su lugarteniente Gonzalo Jiménez de Quesada. Siguió el valle del Magdalena hacia el sur, perdió hombres a la enfermedad, al hambre y a los ataques ribereños, y en La Tora —la actual Barrancabermeja— se reunió con los sobrevivientes de la columna fluvial mandada por Gallego. Quesada absorbió a la mayor parte de esos hombres para reemplazar a sus muertos, torció hacia el oriente por el valle del río Opón y comenzó el ascenso hacia la cordillera. A principios de marzo de 1537, unos once meses después de haber salido de Santa Marta, alrededor de ciento setenta hombres y treinta caballos emergieron a las planicies andinas habitadas por los muiscas.

Tisquesusa estaba entonces preparando su ofensiva contra Hunza. Según Castellanos, fue precisamente en ese momento cuando llegaron los españoles, y la campaña militar quedó suspendida antes de librarse. La coincidencia es histórica y no metafórica: el zipazgo estaba en máxima movilización, con recursos y hombres orientados hacia el norte, cuando por el occidente irrumpió una amenaza para la que ningún manual guerrero muisca tenía respuesta. Los caballos acorazados eran una máquina de combate desconocida en el altiplano; frente a soldados de a pie con escudos de madera y armas de asta corta, la caballería española tenía una ventaja táctica decisiva. La pólvora, las espadas de acero, la ballesta, los perros de guerra: todo el aparato bélico atlántico que se había perfeccionado en el Caribe y en México aterrizó sobre una sociedad que había hecho su guerra durante siglos con macana y honda.

Al terror militar se sumó una economía del oro y las esmeraldas que orientó cada movimiento español. Los conquistadores tomaron oro de vivos y muertos, extorsionaron poblaciones, torturaron caciques y saquearon tumbas y santuarios. El botín acumulado en la campaña del altiplano fue tan grande que se considera la expedición más lucrativa del siglo XVI después de la conquista del Perú por Pizarro. La ruta misma de los invasores —qué pueblos atacaban, dónde se detenían, hacia dónde seguían— la dictaba el metal. Tisquesusa no se enfrentaba a una hueste con un objetivo político definido, sino a una operación de saqueo tecnológicamente superior que a cada paso se financiaba a sí misma.

Funza, la fuga, el hierro

Los movimientos precisos de Tisquesusa entre la primavera de 1537 y su muerte no están todos claros, pero el arco general sí. El zipa abandonó Funza cuando los españoles se acercaron a Bacatá y se refugió en un escondite del que sólo se supo por la traición de un aliado. Ese aliado fue el cacique conocido como Suba Usaque, cuya historia condensa mejor que ninguna otra la mecánica interna del colapso del zipazgo. Tisquesusa lo había castigado por haber colaborado con los invasores en un episodio anterior: le quemó casas, ejecutó a sus indios y le arrebató oro. La respuesta del cacique agraviado fue guiar a los españoles hasta el lugar donde el propio Tisquesusa se había ocultado. La lealtad, en un sistema articulado por parentesco y prestigio, se rompía cuando el señor mayor aplicaba castigos que superaban la capacidad del subordinado para asumirlos sin ruptura.

Localizado el escondite, Tisquesusa murió a manos de los españoles. Las crónicas no coinciden en los detalles del momento —quién asestó el golpe, en qué instante exacto, cómo se produjo el reconocimiento del cuerpo—, pero el resultado no admite duda: el zipa que había heredado a Nemequene y proyectado la venganza contra Tunja fue eliminado antes de que pudiera reorganizar una resistencia coordinada. Con él terminó también la línea sucesoria regular. Los muiscas eligieron entonces como nuevo zipa a un hombre llamado Sagipa —también Sajipa o Saxajipa—, descrito como indio aguerrido, y decidieron continuar la guerra bajo su mando. Esa elección abrirá el segundo acto del final del zipazgo.

Sagipa, o el zipazgo capturado por sus propias reglas

Sagipa asumió el poder en el momento más difícil de la historia muisca conocida. Los españoles ya estaban en el altiplano, la sabana ardía por episodios como el incendio del poblado de Bogotá en el contexto de la partida de Quesada contra los panches, y la legitimidad del nuevo zipa era discutible desde adentro y desde afuera. Desde adentro, porque no era el cacique de Chía —el sobrino de Tisquesusa que, según la tradición referida por Castellanos, tenía el derecho preferente al trono—. Desde afuera, porque los españoles habían aprendido lo suficiente sobre la política muisca como para utilizar ese detalle en su contra.

La secuencia que siguió es reveladora. Quesada estableció al principio algún tipo de alianza con Sagipa. Cuando esa relación se deterioró, procedió a su arresto y a un juicio formal en el que se acumularon acusaciones: usurpación del cacicazgo de Bogotá, rebelión contra los españoles y ocultamiento del tesoro de Tisquesusa. El argumento sucesorio era el más notable, porque los conquistadores lo tomaron directamente de la propia tradición muisca: sostuvieron que el cargo correspondía legítimamente al cacique de Chía, sobrino de Tisquesusa, pues así lo mandaba la costumbre. La institución nativa fue invocada por los invasores para deslegitimar al gobernante nativo. Los mismos hombres que estaban desmantelando por la fuerza el orden político del altiplano se volvían de pronto expertos en su derecho sucesorio.

Sagipa fue sometido a tortura para que revelara el paradero del tesoro perdido de Tisquesusa. En el proceso se esgrimió el argumento de que no eran necesarios los mismos miramientos que con un cristiano, dado que se trataba de un infiel, y ninguno de los participantes en la causa pareció dudar de su derecho a aplicar violencia para arrancar oro. El tesoro no aparece confirmado como recuperado; la memoria colonial lo dejó como "perdido", una categoría que en la historia del Nuevo Reino designa a la vez un objeto material y una obsesión constante. Sagipa murió apresado, y con él terminó la línea de zipas capaces de reclamar autoridad continua sobre Bacatá. Lo que vino después fue la administración colonial: encomiendas montadas sobre las unidades sociales preexistentes, con el cacique convertido en intermediario responsable del tributo colectivo; ciudades fundadas sobre asentamientos indígenas; una economía del trabajo forzado que se instaló en el altiplano gracias, entre otras cosas, a que las jerarquías cacicales muiscas eran lo bastante consolidadas como para servir de andamio al nuevo régimen.

La corte y su geografía

Reponer la corte de Tisquesusa exige combinar los pocos datos concretos disponibles. La capital era Bacatá, en el actual Funza, no en el sitio donde después se fundaría Santafé. El zipa se desplazaba entre residencias en Cajicá, Tenasucá y otros lugares del núcleo del zipazgo. Chía funcionaba como el trono del heredero, y Facatativá como puesto de vigilancia hacia el occidente caliente. Zipacón y Tabio integraban la cadena de asentamientos que enlazaban la sabana con los territorios tributarios. Alrededor del zipa había jeques —los sacerdotes indígenas—, capitanes, uzaques y una guardia armada; las crónicas describen ceremonias, séquitos y un aparato de etiqueta cortesana que los cronistas hispanizaron como si se tratara de una monarquía peninsular en miniatura. Buena parte de esos detalles proviene de Castellanos y de Simón, filtrados por sus respectivas retóricas, y hay que tomarlos como aproximaciones antes que como fotografías.

El territorio efectivo del zipazgo en tiempos de Tisquesusa se extendía sobre la sabana de Bogotá y sus valles adyacentes, con influencia hacia el sur en la dirección de Fusagasugá y el Sumapaz, hacia el norte contra la esfera del Zaque, y hacia el occidente donde la frontera panche era caliente en todos los sentidos. La confederación incluía cacicazgos de Ciénaga, Chocontá, Ubaque y otros vinculados por diversos mecanismos —parentesco, alianza, tributo, dependencia militar—; la enumeración exacta se disputa en la etnohistoria, pero el volumen y la escala del sistema no. Ese era el espacio político que Tisquesusa gobernaba cuando decidió reunir la fuerza para vengar a Nemequene.

Los cronistas y sus máscaras

Casi todo lo que sabemos del zipa proviene de tres cronistas y de la comparación entre ellos. Juan de Castellanos escribió sus Elegías de varones ilustres de Indias con el aparato retórico-poético del Renacimiento y pintó a los conquistadores como héroes épicos; a Tisquesusa lo dibujó a la escala de esa épica, con sus sesenta mil guerreros y su venganza interrumpida por la llegada providencial de los españoles. Fray Pedro Simón retomó los materiales de sus antecesores y añadió elementos propios, entre ellos remontar a tiempos prehispánicos la usurpación del zacasgo, en una línea interpretativa que buscaba constantes narrativas —la traición, la usurpación, la crueldad del tirano indígena— capaces de justificar tácitamente el orden colonial. Juan Rodríguez Freyle, ya en el siglo XVII, escribió El Carnero hacia 1636 apoyándose en Castellanos, en Simón y en la tradición oral americana; su tono, marcado por la literatura picaresca y por una perspectiva moralizante sobre los vicios criollos, difiere del de sus predecesores, aunque su obra permaneció inédita hasta 1859.

Ninguna de estas fuentes es neutra, y ninguna sobrevive intacta al cotejo. La percepción, muy difundida en la historiografía criolla, de que la conquista muisca fue facilitada por una guerra civil entre Zipa y Zaque debe ser vista con profunda sospecha: lo que había era una rivalidad de larga duración, no una crisis dinástica en curso. La organización política muisca descrita como tiranía centralizada persistentemente erosionada por traiciones y usurpaciones —con Sagipa como paradigma de la usurpación— responde más a las necesidades narrativas del cronista colonial, empeñado en deslegitimar el poder indígena, que al funcionamiento efectivo del zipazgo. Reconstruir a Tisquesusa exige leer contra el grano de estas fuentes tanto como leerlas.

Por qué cayó el zipazgo

La pregunta merece precisión. El zipazgo no cayó porque estuviera en descomposición interna, ni porque una guerra civil lo hubiera vaciado, ni porque su estructura política fuera esencialmente frágil. Cayó porque una fuerza tecnológica y epidemiológica exterior lo sorprendió en plena movilización ofensiva, y porque esa fuerza supo explotar —con oportunismo tanto como con premeditación— las tensiones centrífugas que la confederación muisca contenía en su interior.

La superioridad militar española era real: caballería acorazada, acero, pólvora, tácticas depuradas en dos generaciones de expansión atlántica. Pero por sí sola no habría bastado. Lo que la hizo decisiva fue su combinación con la traición de actores como Suba Usaque, con el terror de las represalias sobre cacicazgos que preferían pactar antes que arder, con la apropiación instrumental de las reglas sucesorias muiscas para deslegitimar a Sagipa, y con una operación económica —el saqueo del oro y las esmeraldas— que financiaba su propia continuidad. La confederación de Bacatá, articulada por parentesco y prestigio antes que por coerción administrativa, era vulnerable a esa mezcla. Cuando un aliado agraviado descubrió que podía cobrarse el castigo del zipa entregándolo a los invasores, el sistema empezó a resquebrajarse desde adentro.

Los estados muiscas se habían formado, siguiendo el análisis de Hermann Trimborn, a partir de supremacías bélicas bajo el mando de dinastías surgidas de jefaturas tribales. Esa vía dejaba capas geológicas de subordinación de espesor variable: algunos cacicazgos plenamente integrados, otros semi-independientes, otros —Duitama, Sáchica, Sogamoso, Tinjacá, Guachetá— con estatus ambiguo en el momento mismo de la conquista. La supervivencia demográfica relativamente mayor de los muiscas frente a otros pueblos del actual territorio colombiano se explica en parte porque esos peldaños permitieron a los españoles montar su régimen sobre la estructura previa, usando a los caciques como intermediarios; donde los cacicazgos estaban menos consolidados, el sistema colonial demoró más en cuajar y el colapso poblacional fue más severo. La paradoja atraviesa toda la historia de Tisquesusa: la relativa madurez del zipazgo, que lo hizo un adversario formidable en 1537, fue también lo que permitió su reciclaje como andamio administrativo del régimen que lo destruyó.

El fantasma en la nación

Muerto Tisquesusa, su figura entró en una segunda vida que no controlaba. Los cronistas del XVI y XVII lo fijaron como zipa vencido en una épica de conquistadores; sirvió como telón de fondo para el heroísmo español, y su resistencia interrumpida se leyó como preludio inevitable de la fundación de Santafé el 6 de agosto de 1538, cuando Quesada ofició la primera misa en Teusaquillo y mandó levantar doce cabañas de paja alrededor de una iglesia también de paja. Durante el siglo XIX, letrados colombianos como Nicolás Pereira Gamba y Felipe Pérez intentaron recuperar el pasado muisca como un pasado indígena fundacional comparable al de los aztecas y los incas, en un esfuerzo por dotar a la nación de una profundidad temporal propia. Los muiscas fueron presentados como "tercera civilización de América". Tisquesusa, junto con otros zipas y caciques, encajaba potencialmente en ese panteón.

El esfuerzo no cuajó. La representación del pasado muisca no llegó a materializarse con suficiente fuerza visual y objetual para convertirse en fundamento identitario nacional. Faltaban las pirámides, las calzadas de piedra, los códices; los muiscas no habían constituido un imperio centralizado comparable al mexica o al inca, y el paisaje material del altiplano ofrecía menos que las capitales monumentales del centro y del sur del continente. La generación de letrados de finales del XIX y principios del XX terminó tratando el pasado indígena como una historia separada —la de quienes habitaron el territorio antes de la conquista—, catalogada y exhibida en museos, pero no incorporada como memoria viva. La destrucción activa de la memoria oral acentuó el problema: Hernán Pérez de Quesada mató al último zaque de Tunja y a los uzaques y capitanes viejos allí congregados, y con ellos se perdieron tradiciones que habrían podido suplir en parte la pérdida de los archivos ceremoniales. Cronistas del XIX constataron que los indígenas de Sogamoso ya no podían siquiera indicar con seguridad el lugar del templo mayor de su propio pueblo.

En ese vacío quedó Tisquesusa. No es Cuauhtémoc, no es Atahualpa. Sobrevive como nombre en manuales escolares, como referencia en la etnohistoria académica —el volumen colectivo Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoria, editado por Ana María Gómez Londoño en 2005, con contribuciones de Carl Henrik Langebaek y otros investigadores, ha renovado buena parte de esas discusiones— y como figura evocada intermitentemente en la iconografía patriótica. Pero no llegó a fijarse como fundador mítico. Su imagen dice, al final, tanto sobre las necesidades ideológicas de cada época que la ha invocado como sobre el hombre que gobernó Funza entre 1514 y 1537.

Ese hombre existió. Heredó un trono en Funza, movilizó guerreros por decenas de miles, controló la sal que se comerciaba hasta el Magdalena, castigó a un cacique aliado que después lo entregaría, murió a manos de una hueste que venía de otro mundo. La versión más honesta del zipa no es ni el héroe trágico de los cronistas del XVI ni el prócer frustrado de los letrados del XIX: es el gobernante de un sistema político en el punto exacto de su madurez, sorprendido por una irrupción exterior para la que ninguna institución muisca tenía respuesta, y cuya caída completó no la fuerza de las armas sino la apropiación colonial de las propias reglas sucesorias que lo habían sentado en el trono.

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Conexiones del archivo

Red histórica

05

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

27 documentos · 47 fragmentos
01Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · Página 2181 cita
[1]

Urabá; lle- ga a la isla de Codego, ubicada en la bahía de Cartagena. Fundación de Santa María de Antigua del Darién a cargo de Martín Fernández de Enciso y Vasco Núñez de Balboa. Nace en Granada Gonzalo Jiménez de Quesada.; 1510 Juan de la Cosa muere en Turbaco a manos de los indígenas. Balboa descrubre el río…

p. 218
02Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · Páginas 4, 119, 125, 131, 2135 citas
[2]

por sus ‘príncipes’, fue a la batalla organizado en escuadras que: “tomaron sitios diferentes, aparte cada cual con sus insignias, diversas en colores, de manera que la parcialidad de cada uno podía conocerse por las tiendas y pabellones que tenían puestos”. Portados en andas, los ‘reyes’ animaban sus guerreros, pero…

p. 119
[3]

a su vez tenían a la cabeza un cacique común, es decir, a alguien que estaba por encima de una cierta cantidad de jefes de tribu. También aquí nos encontramos con un hecho extendido en el mundo: el nombre del pueblo o de la tribu era el mismo que el del cacique. Para los muiscas la constitución del estado se había…

p. 213
[4]

los conquistadores hallaron en las proximidades de los cercados fueron señaladas como almacenes para los pertrechos de guerra. Además de los destacamentos militares en los territorios sometidos, otros guerreros se apostaban en las fronteras para defen- der el imperio. Se trataba de parientes del ‘rey’ y se insistía en…

p. 131
[5]

Muequetá. Con dicho vocablo se le trataba lo mismo que a su gente. Las delimitacio- nes, en cambio, diferenciaron sus fronteras étnicas: al suroeste con Tunja, al norte y sur con los sutagaos y al sureste con los panches. A pesar de que Simón pretende orientar al lector desde la geografía de la conquista, confunde la…

p. 125
[40]

Prohibida la reproducción parcial o total de este material, sin autorización por escrito del Instituto de Estudios Sociales y Culturales -Pensar- Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoria / Carl Henrik Langebaek Rueda...[et al..]; editora Ana María Gómez Londoño. — Bogotá: Editorial…

p. 4
03Mercados, poblamiento e integración étnica entre los Muiscas, Siglo XVICarl Henrik Langebaek · 1987 · Página 331 cita
[6]

favorita de los cronistas (Aguado /1581/ 1956, I: 259). En nuestra opinión, al menos parte de la explicación a la formación de unidades políticas que trascendían la comunidad independiente debe buscarse en los vínculos de parentesco. Según los datos de archivo, en efecto, es posible identificar que, al interior de sus…

p. 33
04Assembling Flowers and Cultivating Homes: Labor and Gender in ColombiaGreta Friedemann-Sánchez · 2006 · Página 571 cita
[7]

of freedom or bondage in different areas of Colombia according to different demands for labor. 12. Mörner, referring to the yanaconas in Peru, states that they not only consti- tuted a permanent resident labor force but in fact they were tied to the estate (1984, 198). 13. Since pre-Columbian times, the region has…

p. 57
05Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · Páginas 45, 1132 citas
[8]

casos de guerra o necesidad, y para consumirlos con sus sujetos en ocasiones solemnes, grandes festejos y celebraciones: el trabajo dado por los indios se dedicaba al cultivo del sembrado del cacique, al sostenimiento del sacerdocio y, en algunas instancias, parece que a la elaboración de algunas obras comunes, como…

p. 45
[29]

a los que habían venido a caballo y el cuádruple a los capitanes; Quesada recibió 5 partes y se reservaron 10 para Fernández de Lugo. Como ocurría siempre en situaciones similares, a la relativa abundancia de oro correspondía la gran escasez de artículos españoles, y en especial de aquellos más necesarios para las…

p. 113
06Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · Páginas 35, 37, 453 citas
[9]

u e corrían en dirección nororiental p o r unos ochenta kiló m etros, sep arad as p o r el río Chicam ocha. A unque las co m u n id ad es indígenas de estas zonas pag ab an tributo a los señores de Sugam uxi y D uitam a, algunos especialistas han su g erid o recientem ente que uno de ellos, o am bos, aceptaban el dom…

p. 35
[17]

vertientes u n poco m ás tem p lad as y allí se extraían dos cosechas anuales. En tierras m ás bajas se sem braba arracacha, algodón, guayaba, piña y coca. A lgunos productos, com o la coca y el algodón, no eran cultivados p o r los m uiscas y los obtenían en el com ercio. C ad a cuatro días había m ercado en los…

p. 37
[24]

d en sas selvas de esta vertiente de la cordillera O riental. Finalm ente, a principios de m arzo de 1537, once m eses d esp u és de salir de Santa M arta, unos ciento se tenta hom bres y treinta caballos em ergieron a las planicies an d in as h ab itad a s po r los m uiscas. En las planicies m uiscas, los…

p. 45
07Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · Páginas 52, 75, 763 citas
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en el siglo XVI algunos territorios marginales o casi independientes, cuya sumisión al Zipa o al Zaque no estaba del todo clara. El status de estos territorios en el momento de la Conquista debe evaluarse, en parte por lo me- nos, en términos de un proceso histórico. En primer lugar, los dos "Estados" incipientes eran…

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y con la noticia de haber visto a través de una brecha en la cordillera, extensos llanos hacia el oriente. Para reconocer esos llanos, despachó Jiménez al capitán Juan Tafur, quien no logró atravesar la cordillera. La visión de tan extensas tierras llanas al oriente y el señuelo de un "Do- rado", en aquellas partes,…

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el 6 de agosto de 1538, como la fecha de funda- ción es decir, unas semanas después del reparto del botín. En la documentación sólo consta la La conquista del territorio y el poblamiento 83 fundación durante ese mismo año de la ciudad de Vélez, pues el 13 de agosto estuvo en ella Jiménez de Quesada, quien recibió…

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08Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · Páginas 84, 1092 citas
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la única lectura posible de los documen- una forma distinta. Los cacicazgos muiscas habrían estado ados por capitanías, que además de unidades territoriales dades sociales básicas. Sin embargo, las fronteras no tenían cronistas llamaron tributación, Londoño afirmó que esta ha terpretada erróneamente a través de los…

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y sangrientas guerras entre los grandes c caciques muiscas como parte de proyectos de expansión territorial, Los documentos simplemente no mencionan nada que apoye esas empresas militares que, según los cronistas, existieron. No conozco una sola mención de que después de la conquista alguna comunidad hubiera…

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09Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Páginas 25, 28, 523 citas
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El ma í z serv í a para hacer arepas y “ chi 30 HISTORIA M Í NIMA DE COLOMBIA cha ”, una bebida fermentada para sus frecuentes fiestas y celebra ciones. Usaban tambi é n el tabaco y la coca. En casi toda la cordillera oriental, sus vecinos de los valles inter medios del r í o Magdalena y de la tierra caliente eran…

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lenguas a su mando, como algunos panches. Algo similar tal vez empezaba a pasar entre los cat í os de Antioquia o entre los grupos ind í genas del Cauca de la zona quimbaya, pero los relatos de los espa ñ oles no permiten saberlo con certeza. En el territorio colombiano no hubo imperios fuertes como los de Per ú o M é…

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autori dad, les pagaran tributos y les rindieran obediencia. Esta respuesta estaba influida por la estructura y la cultura de las comunidades ind í genas. Donde sobrevivi ó mayor proporci ó n de poblaci ó n fue entre los muiscas y los grupos cercanos a Pasto y Popay á n. Esto se explica en parte porque los espa ñ oles…

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10Fighting Monsters in the Abyss: The Second Administration of Colombian President Álvaro Uribe Vélez, 2006–2010Harvey F. Kline · 2015 · Página 322 citas
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to four million people. Some were warlike hunters and fishers, includ ing the Caribs and Arawaks, but many had developed agriculture, as well as gold work that attracted the Span- ish conquerors. They were also divided by geography, includ ing the Calima (Valle de Cauca), the San Agustín (Huila), the Tumaco (Nariño),…

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to four million people. Some were warlike hunters and fishers, includ ing the Caribs and Arawaks, but many had developed agriculture, as well as gold work that attracted the Span- ish conquerors. They were also divided by geography, includ ing the Calima (Valle de Cauca), the San Agustín (Huila), the Tumaco (Nariño),…

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11Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · Páginas 129, 1662 citas
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en los que se adoraba al dios Chiminigagua y a las divi- nidades Bachué (la luna), Bochica (el sol), Chib- chacum (dios protector) y otras menores dedica- das a las diversas actividades socioeconómicas. Además de los caciques, capitanes y jeques, eran importantes los guechas o guerreros reclutados, cuya función era…

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cuatro años antes de su muerte, en 1642. Desde el punto de vista historiográfico, Rodrí- guez Freyle se basa en las crónicas de fray Pedro Simón, el padre Juan de Castellanos y en la ex- tensa tradición oral americana. Rafael Humberto Moreno-Durán considera que esta obra, concebi- da inicialmente como una crónica,…

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12The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · Página 371 cita
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as part of an expedition, organized by Pedro Fernández de Lugo, that included at least ten ships and more than a thousand people (including Euro- pean men, some European women, a small number of enslaved African men, and perhaps a few enslaved African women as well). After some initial excursions near Santa Marta…

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13Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · Páginas 17, 212 citas
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reunieron en el cacicazgo de Bacatá (Bogotá) con la expedición de Jiménez de Quesada proveniente de Santa Marta. 1. Expedición de Jiménez de Quesada El primero de abril de 1536 don Pedro Fernández de Lugo, gobernador de Santa Marta, dio en su “Instrucción y Memoria” para la jornada que iba al “Río Grande”, nombrando…

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noticia de la muerte de Fernández de Lugo, gobernador de la provincia de Santa Marta, hizo que Jiménez de Quesada apresurase su traslado en la mayor brevedad a la Corte Española, y provisto de una mayor cantidad de dinero se despreocupó de la organización de la ciudad de Bogotá con el debido cumplimiento de las…

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14Magdalena. Historias de ColombiaWade Davis · 2021 · Páginas 60, 632 citas
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remolinos tan llenos de peces que podían agarrarse con la mano o sacarse metiendo una cesta en el río. Había tantas tortugas en el Magdalena Bajo que viajeros posteriores las califican de obstáculos para la navegación. Un cronista, fray Pedro Simón, cuenta que en un trayecto de trece días por el río, el grupo que lo…

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la fertilidad de sus tierras, contaba con una fuerza de cuarenta mil hombres. En un principio, los muiscas creyeron que los españoles eran hijos del sol y de la luna, y habían sido enviados por el creador para castigarlos por sus pecados. El vocablo con el que se referían a los invasores era uchies, conjunción de usa,…

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15Historia de la vida cotidiana en ColombiaBeatriz Castro Carvajal (editora) · 2016 · Página 401 cita
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su resistencia, se deben consi- derar también las ventajas de la ruta que escogieron. Las sabanas de Fundación y las del suroeste y sur de la Sierra Nevada, el valle del Cesar que se extiende hasta el Magda- lena, el valle de este hasta su afluente, el Opón, todas eran tierras planas y conformaban las cuatro quintas…

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16Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · Página 1341 cita
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la expedici ó n reducida ya a dos Centenares de hombres, vari ó su ruta dirigi é ndose a la cordi llera que se elevaba al oriente. Y, ciertamente, la vanguardia del ej é rcito enviada por Jim é nez para explorar el Op ó n, encontr ó varias chozas habitadas por ind í genas. Un nuevo destacamento enviado posteriormente…

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17Invading Colombia: Spanish Accounts of the Gonzalo Jiménez de Quesada Expedition of ConquestJ. Michael Francis · 2007 · Páginas 34, 129, 1423 citas
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jour- neyed to Tunja, where they remained for several days, trying to make peace with the local caciques. From there, the entire camp returned to Bogotá, where they began to establish friendships with certain caciques. The cacique Suba Usaque 33 came to the Christians as a great friend and ally, and his loyalty never…

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1 Heredia, Pedro de founder of Cartagena, 39 n. 9 governor of Cartagena, 9 n. 19, 29, 29 n. 17 Hernández, Gonzalo, 46 n. 25, 57 Hernández Gallegos, Diego, 42 n. 17, 49, 52 injured in battle, 57 Hierro Maldonado, Hernando, 96 n. 26 Hispaniola, 3, 32, 39 n. 8 horses, 21, 28, 29 n. 16, 35 n. 1, 72, 84, 88, 96, 97, 105,…

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h E r A n d E A n C o n Q U E S t | 1 to Jiménez in exchange for Spanish military assistance, it was not to launch a campaign against Tunja but rather to fight against Bogotá’s real enemies, the Panches. Until more convincing evidence emerges, the common perception that the conquest of Muisca territory was facilitated…

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18Colombia: las razones de la guerraJorge Orlando Melo González · 2021 · Página 301 cita
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argumento de que no era necesario tener tantos “miramientos” con Sagipa, como con un cristiano. Lo que es claro es que los participantes no dudaban del derecho a aplicar toda la violencia al cacique para obligarlo a entregar sus tesoros. Esta confianza ya no aparece, por ejemplo, en Pedro Simón, que escribía casi 100…

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19Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · Páginas 35, 412 citas
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des migraciones y el Nuevo Reino de Granada se encerró sobre sí mismo a la manera de Macondo en Cien años de soledad. Lo único dinámico era la danza burocrática de funcionarios yendo y viniendo para ocupar la presidencia de la Real Audiencia. Rodríguez Freyle mostró en El Carnero cómo el Nuevo Mundo, especialmente en…

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poética del Renacimiento para pintar con tintes heroicos a los conquistadores de la zona equinoccial como héroes de la Ilíada o la Odisea, como varones ilustres que se aventuraban por un territorio selvático, con ríos y montañas enormes, que se enfrentaban a comunidades indígenas que no se caracterizaban por su…

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20Violencia pública en Colombia, 1958-2010Marco Palacios · 2012 · Página 381 cita
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de la Real Audiencia. Los arzobispos, preben- dados y dignidades que han sido de esta santa iglesia catedral, desde el año de 1539, que se fundó, hasta 1636, que esto se escribe; con algunos casos sucedi- dos en este Reino, que van en la historia para ejemplo, y no para imitarlos, por el daño de la conciencia, obra…

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21Nosotros y los otros: las representaciones de la nación y sus habitantes Colombia, 1880-1910Amada Carolina Pérez Benavides · 2015 · Página 3101 cita
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jerarquización de las narraciones históricas y de las imágenes que habían sido elaboradas en el trascurso del siglo XIX y que fueron compiladas, catalogadas y exhibidas por la generación de letrados de las últimas décadas de dicho siglo y la primera del XX. El pasado indígena, por su parte, se identificó con otra…

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22Peregrinación de AlphaManuel Ancízar · 2016 · Página 3391 cita
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muchos respectos. Cinco años y medio después, Hernán Pérez de Quesada daba muerte violenta y alevosa al último zaque de Hunzahúa —Tunja— y a todos los uza - ques y capitanes viejos congregados en Tunja con motivo del matrimonio de su desventurado señor, matando en ellos de una vez los recuerdos y tradiciones que…

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23El Dorado: estampas de viaje y cultura de la Colombia suramericanaErnst Röthlisberger · 2017 · Página 2881 cita
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relati- vamente desarrollada. Luego de que los pacíficos habitantes de la Sabana quedaron sometidos, no sin que dejaran de cometerse al- gunas innecesarias crueldades y asesinatos en la persona de sus jefes, dispuso Quesada construir una ciudad en algún punto favorable y adecuado. Eligió para ello el lugar de es-…

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24Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Página 671 cita
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éste. Entre tanto, en cumplimiento de las órdenes recibidas de Quesada, Martín Galeano procedió a efectuar la fundación de Vélez, en 1539. Por su parte, el 6 de agosto de 1539, en el sitio que ocu- para la antigua capital de los zaques, Hunza, Gon- zalo Suárez Rendón fundó la ciudad de Tunja. Mientras los españoles…

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25Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · Página 232 citas
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y capitanes se convirtieron prácticamente en agentes de la Corona, y se les concedieron pri- vilegios, tierras y a veces encomiendas, responsabilidades organi- zativas y títulos. Las encomiendas en la sabana de Bogotá, por ejemplo, se organizaron con base en las capitanías, pueblos ente- ros sometidos a la dirección…

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y capitanes se convirtieron prácticamente en agentes de la Corona, y se les concedieron pri- vilegios, tierras y a veces encomiendas, responsabilidades organi- zativas y títulos. Las encomiendas en la sabana de Bogotá, por ejemplo, se organizaron con base en las capitanías, pueblos ente- ros sometidos a la dirección…

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26Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · Página 351 cita
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de ahí en ade- lante el oro se volvió su obsesión. Lo raparon de los vivos y de los muertos; extorsionaron las poblaciones, tortura- ron a los caciques, saquearon las tumbas y los santuarios. La búsqueda del oro pronto se convirtió en el factor deci- sivo en determinar las rutas de penetración de las huestes…

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27Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · Página 391 cita
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que las había originado, con mayo res posibilidades de abastecimientos y de mano de obra. Así, de las veinte ciudades que fueron fundadas entre 1537 y 1550, solamente dos fueron abandonadas más tarde. A partir de 1550, la Audiencia estimuló la funda ción de centros mineros y entre 1550 y 1560 se cuentan once…

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