Quemuenchatocha
Prehispánico
La biografía
Quemuenchatocha fue el zaque de Hunza —el señor supremo del cacicazgo muisca del norte del altiplano cundiboyacense— en el momento del contacto con la hueste castellana de Gonzalo Jiménez de Quesada, en agosto de 1537. Su nombre está adherido, en la memoria colombiana, a un episodio único: el despojo del que fue víctima el 20 de agosto de ese año, cuando los conquistadores le arrebataron 136.500 pesos de oro fino, 14.000 de oro bajo y 280 esmeraldas en un solo golpe, botín de tal magnitud que ha llevado a los historiadores a calificar la expedición del altiplano como probablemente la segunda más lucrativa del siglo XVI hispanoamericano, solo por detrás de la caída del Tahuantinsuyo a manos de Francisco Pizarro. Pero reducir a Quemuenchatocha a esa sola escena empobrece lo que representaba: era la última bisagra de una arquitectura política que articulaba, desde Hunza, un tejido de señoríos semiautónomos, monopolios de recursos y redes tributarias que hicieron del zacazgo una de las dos grandes hegemonías del altiplano, en paralelo al zipazgo de Bacatá. Su caída no fue la derrota de un Estado compacto sino la ruptura del nodo articulador de esa red. Su ejecución simbólica —consumada años después con la muerte alevosa de su sucesor Aquiminzaque a manos de Hernán Pérez de Quesada— cerró para siempre la posibilidad de una transición pactada entre el mundo muisca del norte y el poder colonial que se instalaría, con notable esterilidad, sobre las ruinas de su cercado.
Línea de vida
- 1537
Recepción de la hueste de Quesada en Hunza
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A principios de 1537, tras once meses de travesía devastadora desde Santa Marta, la expedición de Jiménez de Quesada emergió al altiplano muisca con unos 170 hombres y 30 caballos. El 6 de agosto, acantonado en el valle de Murcia, Quesada recibió noticias de la riqueza del zaque Quemuenchatocha en el valle de Tunja y dirigió su marcha hacia Hunza.
- 1537
Despojo del cercado de Hunza
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El 20 de agosto de 1537, Jiménez de Quesada entró en el cercado de Quemuenchatocha y se apoderó de 136.500 pesos de oro fino, 14.000 pesos de oro bajo y 280 esmeraldas, botín que transformó la expedición en la segunda más lucrativa del siglo XVI hispanoamericano, solo superada por la conquista del Tahuantinsuyo.
- 1537
Negociación fallida y cautiverio
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Tras el saqueo, Quesada negoció con Quemuenchatocha prometiéndole libertad y alianza a cambio de más oro. El zaque respondió con dilaciones y alegó que sus indios habían ocultado los tesoros; las excavaciones ordenadas por los españoles resultaron infructuosas y las negociaciones se frustraron, sellando el fin de su autoridad efectiva.
- 1537
Ruptura del nodo articulador del zacazgo
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La captura y despojo de Quemuenchatocha desarticuló la red de señoríos semiautónomos, monopolios de recursos y redes tributarias que hacían de Hunza una de las dos grandes hegemonías del altiplano. El zacazgo, que controlaba las minas de esmeraldas de Somondoco y presidía el mercado cuadrienal de Tunja, perdió su función articuladora con la intervención castellana.
- 1538
Sucesión truncada y cierre definitivo del zacazgo
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La ejecución alevosa del sucesor Aquiminzaque a manos de Hernán Pérez de Quesada cerró para siempre la posibilidad de una transición pactada entre el mundo muisca del norte y el poder colonial, consumando la ruptura institucional iniciada con el despojo a Quemuenchatocha.
El señor de Hunza
Quemuenchatocha gobernaba desde Hunza, la sede septentrional del poder muisca, en el sitio que hoy ocupa la ciudad de Tunja. El territorio muisca estaba encabezado por dos figuras principales —el zipa, con sede en Bacatá o Muequetá, y el zaque, con sede en Hunza—, y cada una presidía un conjunto de cacicazgos vinculados por lazos de parentesco y obligaciones tributarias. Esta bicefalia, que los cronistas españoles se apresuraron a traducir con el vocabulario de las cortes europeas, no describía dos reinos simétricos y estables, sino dos polos de hegemonía cuya autoridad se ejercía con intensidad desigual sobre un mosaico de señoríos.
En el vértice del zacazgo, Quemuenchatocha ocupaba una posición que los cronistas equipararon a la de un rey. Fray Pedro Simón, al describir la organización política muisca, imaginó una pirámide encabezada por los "reyes" —zipa y zaque—, seguida de caciques de mayor rango a los que asimiló a duques o virreyes, luego caciques menores y, en la base, la gente del común. La imagen es útil como aproximación, pero traiciona la textura del sistema: bajo el zaque se ordenaban cacicazgos cuyo grado de subordinación variaba caso por caso, y en las márgenes de su dominio existían señoríos que apenas reconocían su autoridad. El propio zacazgo, según ha propuesto el historiador Eduardo Londoño, pudo haber operado sobre una estructura dual, con dos linajes gobernantes —el de Tunja y el de Ramiriquí— que se alternaban o se articulaban de un modo que las crónicas, escritas por quienes buscaban traducir la política indígena al idioma de las monarquías cristianas, dejaron mal registrado.
Fuera de discusión están el prestigio ceremonial y la centralidad económica del zaque. En su cercado de Hunza se celebraba, cada cuatro días, el mercado al que concurrían caciques y señores principales de la región. Fray Pedro de Aguado apuntó que acudían tanto por deferencia al cacique de Tunja como por sus propios intereses; la frase, escueta, retrata el doble carácter del poder de Quemuenchatocha: autoridad reverenciada y nodo de intercambio que atraía voluntades por conveniencia. En ese cercado se guardaba, además, el oro que el zaque acumulaba: no como riqueza personal en el sentido europeo, sino como fondo destinado a la redistribución en festejos, a la guerra y a la ofrenda religiosa. Más de la mitad de los objetos de oro muiscas no cumplía una función ostentatoria sino ceremonial: se enterraba en santuarios, se depositaba en lagunas, se hundía en cuevas como tributo a las divinidades. El zaque era, por tanto, custodio antes que propietario, y su capacidad de reunir excedentes se justificaba en la lógica del don sagrado tanto como en la del poder político.
Los orígenes del zacazgo y el mito de Goranchacha
De la vida temprana de Quemuenchatocha —su nacimiento, su ascenso al zacazgo, los rituales de reclusión y ayuno que precedían la investidura muisca— apenas hay rastro. Su figura emerge en el registro histórico ya adulta, ya instalada en el poder, en el momento en que los españoles la interceptan. Ese silencio es, en sí mismo, un dato: la conquista destruyó tan rápida y sistemáticamente a los portadores de la memoria oral muisca que la genealogía personal del último zaque autónomo se perdió antes de ser fijada.
Del zacazgo como institución, en cambio, sí llegaron narraciones. Fray Pedro Simón remontó el origen del poder en Hunza a un tiempo prehispánico difuso, poblado por la figura mítica de Goranchacha, a quien se le atribuye la usurpación del poder en la región. Los cronistas asociaron a Goranchacha con el sol, con un nacimiento prodigioso a partir de una hija del cacique de Guachetá y con la fundación de un culto solar en Hunza que dejó como huella toponímica el llamado Cerro de Goranchacha. Estas narraciones, filtradas por la sensibilidad cristiana de los frailes, mezclan la etiología mítica —el intento indígena de dar cuenta del origen del orden político— con el afán español de encontrar en el mundo muisca ecos de la genealogía bíblica o clásica. Lo firme es esto: para el momento del contacto, el zacazgo se percibía a sí mismo como una institución antigua, con raíces prehispánicas profundas, y su legitimidad se apoyaba en una tradición que ligaba al zaque con el orden cósmico y con el ciclo solar.
Alrededor de este núcleo se había ido tejiendo la red de señoríos que Quemuenchatocha heredó. La región nuclear muisca —los altiplanos de Bogotá, Tunja y Sogamoso— ofrecía una base de recursos permanentes y de fácil aprovechamiento: tierras aptas para el maíz y la papa, salinas, minas de esmeraldas, rutas comerciales que conectaban con el valle del Magdalena y con los Llanos. Fue en torno a este centro geográfico como la cultura muisca alcanzó su cohesión, y fue el control de esa cohesión lo que constituyó la materia del poder del zaque.
El dominio: fronteras porosas y monopolios estratégicos
El territorio que Quemuenchatocha gobernaba hacia 1537 no tenía fronteras claras en el sentido moderno del término. Su dominio se extendía sobre el altiplano norte, pero se disolvía progresivamente hacia los márgenes en una serie de señoríos cuya sujeción era ambigua, negociada, a veces meramente nominal. Las comunidades al noreste de Hunza, separadas por el río Chicamocha, tributaban a los señores de Sugamuxi —el gran centro ceremonial de Sogamoso— y de Duitama, cuyo cacique, el Tundama, encabezaba uno de los señoríos más poderosos y renuentes a integrarse en cualquier autoridad superior. Algunos análisis sostienen que Sugamuxi y el Tundama reconocían el dominio del zaque; otros los sitúan como cabezas de dominios independientes. La verdad probable está en el filo: la relación existía, se manifestaba en gestos de deferencia y en flujos ocasionales de tributo o alianza militar, pero no configuraba una subordinación jerárquica estable.
Los señores de los grandes centros ceremoniales —Sugamuxi ante todo— añadían otra capa de complejidad. No eran caciques tributarios en el sentido llano: eran sacerdotes de alto rango cuya autoridad religiosa desbordaba la lógica del poder civil. Sogamoso, sede del santuario solar más importante del mundo muisca, funcionaba como una autoridad paralela cuyo prestigio ritual competía con —y en ciertos ámbitos rebasaba— la autoridad política del zaque. Los cronistas españoles no supieron distinguir con nitidez entre autoridad civil y religiosa, y confundieron sujeción tributaria con reconocimiento simbólico. En los márgenes montañosos del noroccidente de Tunja, en las hoyas de los ríos Suárez y Moniquirá, subsistían además numerosas jefaturas menores plenamente independientes; y en zonas como Sáchica, Tinjacá y Guachetá, los cacicazgos parecen haber constituido remanentes que aún no se habían consolidado dentro de una estructura federal más amplia.
Pero esta laxitud aparente convive con un hecho que la matiza y que constituye la clave del poder efectivo de Quemuenchatocha: el zacazgo controlaba las minas de esmeraldas de Somondoco. El cacique de Somondoco era sujeto del gran cacique de Tunja, y sus tierras se hallaban en los confines de la provincia. Esto significaba que Quemuenchatocha monopolizaba el acceso a la principal fuente prehispánica de esmeraldas conocida en el continente, un bien que los muiscas exportaban junto con la sal, la coca y las mantas de algodón a cambio de oro —del que el altiplano carecía y que llegaba principalmente de Neiva y del valle del Magdalena—, plumas, aves y yopo. El zipa, por contraste, no tenía esmeraldas en sus propios dominios y debía obtenerlas mediante el comercio con Hunza. Esa dependencia articulaba, en el nivel más material, la relación entre las dos hegemonías del altiplano: la simetría política ocultaba una asimetría en el control de recursos estratégicos que favorecía al zaque.
El dominio de Quemuenchatocha combinaba, así, fronteras políticas porosas con monopolios económicos firmes. La capacidad extractiva y redistributiva del zacazgo se apoyaba menos en un aparato coercitivo estable —del que hay pocas huellas— que en el control de bienes que atraían tributo voluntario, alianzas comerciales y deferencia ritual. La riqueza que los españoles hallaron concentrada en Hunza es la prueba más contundente de esa eficacia: solo un sistema capaz de captar excedentes de una vasta red podía haber acumulado 136.500 pesos de oro fino en el cercado de un solo hombre.
La expedición que llegó por el norte
La conquista del mundo de Quemuenchatocha empezó, sin que él lo supiera, en abril de 1536, cuando Gonzalo Jiménez de Quesada partió de Santa Marta al mando de una expedición organizada por el gobernador Pedro Fernández de Lugo. La empresa reunía a más de mil hombres y una flotilla de bergantines que remontaría el río Magdalena en apoyo del avance terrestre. Ambas columnas debían reunirse en La Tora, en el sitio de la actual Barrancabermeja. Fue una travesía devastadora: naufragios, enfermedades de tierra caliente, insectos, hambre y ataques indígenas redujeron la hueste antes de que hubiera visto la primera cordillera. Cuando Jiménez de Quesada decidió abandonar el curso del río y buscar el altiplano, prescindió de los bergantines y emprendió el ascenso por la sierra del Opón, tramo brutal en el que la vanguardia encontró primero chozas dispersas y, más adelante, una densidad poblacional que anunciaba un mundo distinto.
A principios de marzo de 1537, unos once meses después de la partida, la expedición emergió a las planicies andinas. De los más de mil hombres iniciales quedaban aproximadamente 170, con unos 30 caballos. Estos supervivientes —extenuados, enfermos, desconcertados por el frío de los páramos— eran los que se disponían a encontrar el corazón del mundo muisca. El contraste entre la fragilidad de la hueste y la envergadura de la sociedad que iban a intervenir es uno de los datos más elocuentes de la Conquista: no fue un ejército imperial el que doblegó al zacazgo, sino un puñado de hombres empeñados en una empresa desesperada que, al llegar arriba, encontraron que su suerte había cambiado.
La ventaja española no residía únicamente en el caballo, el acero y las armas de fuego. Residía también en un elemento de percepción: los muiscas atribuían a los recién llegados un origen sobrenatural, los creían hijos del sol y la luna, y ese temor reverencial inicial abrió los primeros pasos de la penetración castellana. Cuando el desengaño llegó —y llegó pronto—, los indios de la región de Tunja atacaron a los españoles en varias ocasiones, pero fueron derrotados al primer choque con la caballería, arma para la que la infantería muisca, entrenada en el combate a campo abierto pero desconocedora del jinete armado, carecía de respuesta.
El 20 de agosto de 1537
Acantonado en un valle al que llamaron de Murcia, Jiménez de Quesada supo el 6 de agosto de 1537, por informes recogidos entre los indios, que un cacique de gran riqueza gobernaba en el valle de Tunja. El dato encajó con lo que la hueste venía persiguiendo desde el ascenso al altiplano: la noticia de sociedades ricas en oro y esmeraldas que justificara los desastres del bajo Magdalena. Quesada dirigió la marcha hacia Hunza.
El 20 de agosto, la hueste entró en el cercado de Quemuenchatocha. Lo que ocurrió allí ha sido narrado con variantes por los cronistas, pero el núcleo es firme: los españoles se apoderaron del zaque, saquearon sus depósitos y extrajeron un botín que quedó registrado en la contabilidad de la expedición en 136.500 pesos de oro fino, 14.000 pesos de oro bajo y 280 esmeraldas. Una fuente anónima elevó la cifra a cerca de 180.000 pesos de oro fino y bajo, más una gran cantidad de esmeraldas; la discrepancia refleja las dificultades de contabilización de un despojo tumultuoso, pero incluso las cifras menores dejan clara la magnitud de lo tomado. Antes de la entrada en Hunza, la caja del común de los conquistadores contenía cantidades modestas de oro y esmeraldas; después, la expedición pasó a manejar un tesoro de proporciones imperiales.
Tras el saqueo inicial, Quesada negoció con Quemuenchatocha una fórmula que se repetiría —con Atahualpa, con Moctezuma, con tantos otros— en el repertorio de la Conquista: se le prometió libertad y alianza a cambio de que entregara el oro que supuestamente poseía. El zaque respondió con dilaciones y falsas promesas, alegando que sus indios se habían llevado los tesoros. Las excavaciones ordenadas por los españoles resultaron infructuosas y las negociaciones fracasaron. Un indio noble de Baganique, en la región de Ramiriquí, despechado por el robo de sus propios bienes, terminó por traicionar a los suyos y suministrar a los conquistadores información sobre el territorio y sus riquezas; la memoria local lo recordaría como el primer traidor que actuó por interés, figura arquetípica en la que se condensó la conciencia de que la conquista no fue solo obra de la fuerza extranjera sino también de las fisuras internas del mundo muisca.
De la suerte inmediata de Quemuenchatocha tras aquellas jornadas poco puede afirmarse con precisión: la información sobre sus últimos días es fragmentaria y las versiones divergen. Lo que sí quedó claro es que la captura del zaque no significó una capitulación pactada del zacazgo: significó la decapitación del nodo articulador de la red norte del altiplano. Los señoríos vecinos —Sogamoso, Duitama, Sáchica— quedaron expuestos, cada uno por su cuenta, ante la hueste castellana, y la resistencia que se articularía en los años siguientes sería fragmentaria, tribal, sin la coordinación que solo el prestigio del zaque habría podido ofrecer.
La red que se rompió
La figura de Quemuenchatocha no puede pensarse aislada de las tres constelaciones que definían su mundo. Estaba, primero, la contraparte del sur: el zipazgo de Bacatá, cuyo señor Nemequene, según Juan de Castellanos y otros cronistas, había muerto de un flechazo en una batalla contra el zaque poco antes de la llegada de los españoles y había sido sucedido por su sobrino Tisquesusa, cacique de Chía. La narrativa cronística presenta este enfrentamiento como una guerra civil muisca que habría facilitado la conquista, pero conviene sostener sospecha sobre esa versión: cuando el zipa ofreció alianza a Jiménez de Quesada, no lo hizo para atacar a Tunja sino para combatir a los panches, enemigos reales de Bacatá. La supuesta guerra civil zipa-zaque se parece más a una construcción cronística —quizás amplificada por los conquistadores para legitimar su intervención— que a un hecho documentado con solidez. La superioridad militar española, no la debilidad política interna, fue el factor decisivo.
Estaba, segundo, la constelación de los señores vecinos: Sugamuxi, guardián del gran santuario solar de Sogamoso; el Tundama, señor de Duitama, cabeza del cacicazgo más renuente a integrarse en cualquier autoridad superior; el señor de Sáchica; los caciques de Somondoco, de Tinjacá, de Guachetá. Todos ellos configuraban el tejido cuya cohesión, tensa pero funcional, se rompió con la caída de Hunza. Sagipa, en el zipazgo, intentaría después articular una resistencia frontal, y su tortura y muerte a manos de los españoles clausurarían la última posibilidad seria de contraataque coordinado desde el altiplano.
Y estaba, tercero, la constelación de los que vendrían después: Hernán Pérez de Quesada, hermano del conquistador, encargado de gobernar el Nuevo Reino durante las ausencias de Gonzalo, y Gonzalo Suárez Rendón, que el 6 de agosto de 1539 fundaría la ciudad de Tunja en el sitio mismo que había ocupado Hunza. La superposición no fue casual: era una manera de sellar simbólicamente el traspaso del poder, de plantar la villa cristiana sobre el cercado del zaque, de convertir el corazón político del mundo muisca del norte en materia de encomienda para los soldados que necesitaban repartimiento. La fundación de Tunja y de Vélez respondió, en buena medida, a la necesidad práctica de dar indios en encomienda al gran número de españoles que habían llegado a la región.
La muerte de Aquiminzaque
Cinco años y medio después del despojo de Quemuenchatocha, la línea del zacazgo se cerró con violencia definitiva. El último zaque, llamado Aquiminzaque, había convocado en Tunja a los uzaques —los señores principales del zacazgo— y a los capitanes viejos con ocasión de su matrimonio. En ese contexto ceremonial, Hernán Pérez de Quesada consumó una masacre: mató alevosamente al zaque y a toda la élite indígena reunida en la ciudad.
El acto no fue un incidente aislado ni el resultado de un desborde militar: fue un golpe deliberado contra la posibilidad misma de reconstitución del poder muisca del norte. Con los uzaques y capitanes viejos desaparecieron los portadores de la tradición oral, los que conservaban la memoria de las genealogías, los ritos, los tributos, los pactos entre señoríos. Un cronista lo diría con lucidez: con ellos se perdieron recuerdos que habrían podido compensar, en parte, la pérdida de los archivos rituales de Iraca. La sangre derramada aquellos días —evocada retóricamente por el mismo cronista como maldición fundacional— coincidió, casi minuto a minuto, con el nacimiento de la villa española de Tunja sobre el mismo suelo. La escena tiene una densidad simbólica que ninguna narración posterior ha logrado disolver: el rey indígena y su corte asesinados en el mismo lugar donde el conquistador levantaba, con la piedra saqueada, la nueva ciudad cristiana.
Que la ciudad no prosperara nunca del todo es otro dato que se ha leído como emblema. Ciento cincuenta años después de fundada, Tunja no contaba con más de 500 vecinos españoles. Juan de Castellanos, primer cura y cronista de la ciudad, dejó constancia de los conquistadores que labraron casas costosas y sembraron escudos de armas en sus portadas para eternizar su fama; ese esfuerzo suntuario, sin embargo, no bastó para sostener una economía urbana robusta. Tunja creció nutrida de la sustancia de los indios, y los indios se acabaron rápidamente. El cacicazgo de Ramiriquí-Tunja fue el primero en desintegrarse entre los grandes cacicazgos muiscas, precisamente porque la villa española se plantó sobre su centro. Hacia 1562 el grupo indígena de Ramiriquí era apenas una encomienda mediana de 500 tributarios; a comienzos del siglo XVII el partido de Tenza, que lo integraba, era el corregimiento más diezmado en población del Nuevo Reino; en 1636 estaba prácticamente extinguido.
Huella y disputa
Quemuenchatocha ha sido reescrito dos veces. La primera reescritura fue obra de los cronistas —Castellanos, Simón, Aguado, más tarde Piedrahita—, que lo tradujeron al vocabulario de las monarquías europeas y lo redujeron a la figura del "rey derrotado", contraparte simétrica del zipa, en una arquitectura política que la evidencia arqueológica y etnohistórica reciente muestra bastante más fluida y compleja. Esa versión hizo de él un soberano compacto de un Estado compacto; borró en ese gesto la textura real del zacazgo, el juego de hegemonías flexibles, la centralidad ritual de Sogamoso, la autonomía del Tundama, el peso económico del monopolio esmeraldino de Somondoco.
La segunda reescritura vino de la memoria colonial y, más tarde, de la memoria republicana y boyacense. Sobre la figura del zaque saqueado se proyectaron categorías ajenas al mundo muisca: primero las del imperio cristiano —el rey infiel, el señor pagano vencido por la Providencia—; después las del romanticismo americano —el príncipe indígena, el mártir de la libertad indoamericana—; finalmente las del regionalismo boyacense, que ha reivindicado a Quemuenchatocha como emblema de una identidad prehispánica frente al centralismo bogotano. Estas capas de resignificación han hecho posible que su nombre sobreviva, pero al precio de sedimentar sobre él imágenes que la evidencia difícilmente sostiene.
Restituir su figura exige mantener a la vez dos cosas que la memoria disyuntiva tiende a separar. Por un lado, el zaque de Hunza no gobernaba un reino en el sentido europeo: presidía un sistema de hegemonías porosas, dependía del prestigio redistributivo y del control de recursos, tenía fronteras móviles y señoríos vecinos de sujeción ambigua. Por otro lado, la capacidad extractiva de ese sistema era genuinamente formidable: solo así se explica que un solo despojo en Hunza rindiera un botín capaz de convertir la expedición de Jiménez de Quesada en la segunda más lucrativa del siglo XVI hispanoamericano. La confederación muisca del norte no era un Estado, pero tampoco una simple red de tribus; era una forma política intermedia, específica, que la historiografía apenas empieza a comprender sin las lentes deformantes de las categorías coloniales.
La huella arqueológica de Hunza yace bajo la Tunja colonial, y la excavación integral del sitio del cercado del zaque es imposible sin desmontar la ciudad histórica que se plantó encima. Esa superposición literal —el conquistador construyendo sobre el conquistado— es también una alegoría de las dificultades interpretativas. Los estudios recientes sobre los periodos Muisca temprano y tardío en el altiplano cundiboyacense han empezado a reconstruir, a partir de la cerámica, la distribución de asentamientos y los patrones de consumo, la textura material de la sociedad sobre la que gobernaba Quemuenchatocha. Cada uno de esos hallazgos matiza, en algún punto, la versión cronística. Pero el zaque como persona —sus decisiones, sus dudas en los días de agosto de 1537, sus últimas palabras al ver que las falsas promesas no bastaban para engañar a Quesada— seguirá siendo, en buena medida, opaco.
Ese carácter opaco es también su fuerza. Quemuenchatocha permanece como umbral: el nombre en el que se condensa el final del mundo muisca autónomo y el comienzo de la larga historia colonial del altiplano. La villa que se le superpuso no floreció; la élite indígena que habría podido narrar su historia fue exterminada por Hernán Pérez de Quesada; la memoria oral que habría podido corregir a los cronistas se perdió con los uzaques asesinados en la boda de Aquiminzaque. Queda un nombre, una fecha —20 de agosto de 1537—, un botín contabilizado con precisión notarial, y la sospecha, cada vez más fundada, de que detrás de esa escena mínima había una arquitectura política que la Conquista no supo ver y que la memoria colombiana apenas empieza a reconstruir.
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Documentos y fragmentos citados
22 documentos · 37 fragmentos01Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · Páginas 119, 125, 2133 citas
[1]Muequetá. Con dicho vocablo se le trataba lo mismo que a su gente. Las delimitacio- nes, en cambio, diferenciaron sus fronteras étnicas: al suroeste con Tunja, al norte y sur con los sutagaos y al sureste con los panches. A pesar de que Simón pretende orientar al lector desde la geografía de la conquista, confunde la…
p. 125
[7]a su vez tenían a la cabeza un cacique común, es decir, a alguien que estaba por encima de una cierta cantidad de jefes de tribu. También aquí nos encontramos con un hecho extendido en el mundo: el nombre del pueblo o de la tribu era el mismo que el del cacique. Para los muiscas la constitución del estado se había…
p. 213
[32]por sus ‘príncipes’, fue a la batalla organizado en escuadras que: “tomaron sitios diferentes, aparte cada cual con sus insignias, diversas en colores, de manera que la parcialidad de cada uno podía conocerse por las tiendas y pabellones que tenían puestos”. Portados en andas, los ‘reyes’ animaban sus guerreros, pero…
p. 119
02Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · Páginas 52, 752 citas
[2]en el siglo XVI algunos territorios marginales o casi independientes, cuya sumisión al Zipa o al Zaque no estaba del todo clara. El status de estos territorios en el momento de la Conquista debe evaluarse, en parte por lo me- nos, en términos de un proceso histórico. En primer lugar, los dos "Estados" incipientes eran…
p. 52
[16]y con la noticia de haber visto a través de una brecha en la cordillera, extensos llanos hacia el oriente. Para reconocer esos llanos, despachó Jiménez al capitán Juan Tafur, quien no logró atravesar la cordillera. La visión de tan extensas tierras llanas al oriente y el señuelo de un "Do- rado", en aquellas partes,…
p. 75
03Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · Páginas 35, 37, 453 citas
[3]u e corrían en dirección nororiental p o r unos ochenta kiló m etros, sep arad as p o r el río Chicam ocha. A unque las co m u n id ad es indígenas de estas zonas pag ab an tributo a los señores de Sugam uxi y D uitam a, algunos especialistas han su g erid o recientem ente que uno de ellos, o am bos, aceptaban el dom…
p. 35
[14]vertientes u n poco m ás tem p lad as y allí se extraían dos cosechas anuales. En tierras m ás bajas se sem braba arracacha, algodón, guayaba, piña y coca. A lgunos productos, com o la coca y el algodón, no eran cultivados p o r los m uiscas y los obtenían en el com ercio. C ad a cuatro días había m ercado en los…
p. 37
[24]d en sas selvas de esta vertiente de la cordillera O riental. Finalm ente, a principios de m arzo de 1537, once m eses d esp u és de salir de Santa M arta, unos ciento se tenta hom bres y treinta caballos em ergieron a las planicies an d in as h ab itad a s po r los m uiscas. En las planicies m uiscas, los…
p. 45
04Fighting Monsters in the Abyss: The Second Administration of Colombian President Álvaro Uribe Vélez, 2006–2010Harvey F. Kline · 2015 · Página 322 citas
[4]to four million people. Some were warlike hunters and fishers, includ ing the Caribs and Arawaks, but many had developed agriculture, as well as gold work that attracted the Span- ish conquerors. They were also divided by geography, includ ing the Calima (Valle de Cauca), the San Agustín (Huila), the Tumaco (Nariño),…
p. 32
[5]to four million people. Some were warlike hunters and fishers, includ ing the Caribs and Arawaks, but many had developed agriculture, as well as gold work that attracted the Span- ish conquerors. They were also divided by geography, includ ing the Calima (Valle de Cauca), the San Agustín (Huila), the Tumaco (Nariño),…
p. 32
05Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · Página 3321 cita
[6]true - que con tribus vecinas y aún muy alejadas. Los principales artículos que se exportaban eran sal 153, esmeraldas, coca y Memoria sobre las Antigüedades Neo-Granadinas, Librería de F. Schneider i Cía., Berlín. Acerca de la arqueología «premuisca», véanse las notas biblio- gráficas para el capítulo iv, así como…
p. 332
06Mercados, poblamiento e integración étnica entre los Muiscas, Siglo XVICarl Henrik Langebaek · 1987 · Página 331 cita
[8]favorita de los cronistas (Aguado /1581/ 1956, I: 259). En nuestra opinión, al menos parte de la explicación a la formación de unidades políticas que trascendían la comunidad independiente debe buscarse en los vínculos de parentesco. Según los datos de archivo, en efecto, es posible identificar que, al interior de sus…
p. 33
07Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · Páginas 129, 1562 citas
[9]menos claro). En concretos, esto quiere decir que la sociedad se divide en “mitades”, cada una con su propio liderazgo. Por lo general nes entre esas mitades es asimétrica, de manera que una obre la otra, aunque las mitades suelen tener esferas de rentes, o complementarias: en algunos casos una mitad ás de lo secular…
p. 156
[20]“lugares de mercado fueron casi todos que había de indios en estas dos provincias de Bogotá y Tunja”. Por otro, dijeron que en Tunja se hacía cada cuatro días, período relacionado con su sistema de numeración, y parece que así era en muchos otros lugares. Al parecer el sitio exacto del mercado era dentro del cerca- do…
p. 129
08Historia de Colombia. La Colombia más Antigua. Tomo 1Gonzalo Hernández de Alba (dir.); Camilo Domínguez O., José L. Lorenzo, Amancio Fernández, Gonzalo Correal y otros · Página 1301 cita
[10]dentro de una estructura federal». 103 Figura femenina de arcilla hueca procedente del territorio cundiboyacense. La figura, sin duda una dama de alto rango, aparece adomada con collares, dijes y diademas y hasta con cetro o bastón ceremonial. A continuación se tratará acerca de la estructura socio-política, para lo…
p. 130
09Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · Páginas 94, 1342 citas
[11]perfecci ó n de las construcciones de los Tairona. Esta falta de inter é s en la conservaci ó n de tierras o en la intensificaci ó n de su uso, podr í a indicar la general abundancia de tierras f é rtiles, ocupadas por una poblaci ó n bastante dispersa. Es claro que el pa í s. de los Muisca ten í a un “ interior ”,…
p. 94
[23]la expedici ó n reducida ya a dos Centenares de hombres, vari ó su ruta dirigi é ndose a la cordi llera que se elevaba al oriente. Y, ciertamente, la vanguardia del ej é rcito enviada por Jim é nez para explorar el Op ó n, encontr ó varias chozas habitadas por ind í genas. Un nuevo destacamento enviado posteriormente…
p. 134
10Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · Página 551 cita
[12]de Ramiriquí-Tunja, fue el primero en desintegrarse debido a la fundación de la ciudad en el sitio mismo que ocupaba su cen tro. Hacia 1562, ei grupo indígena de Ramiriquí apenas era una encomien da mediana (de 500 tributarios), a comienzos del siglo xvn hacía parte del corregimiento más diezmado en población, el…
p. 55
11Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · Página 1291 cita
[13]en los que se adoraba al dios Chiminigagua y a las divi- nidades Bachué (la luna), Bochica (el sol), Chib- chacum (dios protector) y otras menores dedica- das a las diversas actividades socioeconómicas. Además de los caciques, capitanes y jeques, eran importantes los guechas o guerreros reclutados, cuya función era…
p. 129
12Invading Colombia: Spanish Accounts of the Gonzalo Jiménez de Quesada Expedition of ConquestJ. Michael Francis · 2007 · Páginas 34, 922 citas
[15]easily movable, and very porous, and it remains thus until the Indians come across one of the veins, which is made up of a clay-like substance. The Indian miners then follow the vein, and with their wooden tools they remove the emeralds that they discover within it. In this practice, as in so many others, the Indians…
p. 92
[31]h E r A n d E A n C o n Q U E S t | 1 to Jiménez in exchange for Spanish military assistance, it was not to launch a campaign against Tunja but rather to fight against Bogotá’s real enemies, the Panches. Until more convincing evidence emerges, the common perception that the conquest of Muisca territory was facilitated…
p. 34
13Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · Página 451 cita
[17]casos de guerra o necesidad, y para consumirlos con sus sujetos en ocasiones solemnes, grandes festejos y celebraciones: el trabajo dado por los indios se dedicaba al cultivo del sembrado del cacique, al sostenimiento del sacerdocio y, en algunas instancias, parece que a la elaboración de algunas obras comunes, como…
p. 45
14Antes de Colombia. Los primeros 14.000 añosCarl Henrik Langebaek · 2021 · Páginas 376, 4032 citas
[18]cosa que los españoles atribuyeron al poder de los caciques muiscas, pero olvidando que simplemente se trataba de ofrendas. Finalmente, unas palabras sobre el oro, un metal que en nuestra sociedad se vincula estrechamente con el poder y con la riqueza. Se sabe que los caciques muiscas lo guardaban en sus cercados, con…
p. 403
[33]de población. Estudios llevados a cabo por José Luis Socarras han confirmado que el maíz fue importante no solo en la segunda ocupación, sino también en la primera. Los estudios de José Vicente Rodríguez en el sitio de Santa Helena han encontraron que la segunda ocupación no se interrumpió hace 650 años, es decir,…
p. 376
15The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · Páginas 37, 442 citas
[19]as part of an expedition, organized by Pedro Fernández de Lugo, that included at least ten ships and more than a thousand people (including Euro- pean men, some European women, a small number of enslaved African men, and perhaps a few enslaved African women as well). After some initial excursions near Santa Marta…
p. 37
[27]dismounted, and placed guards on sentry duty in order to prevent the Indians from attacking again. That night the Christians seized close to 180,000 pesos of fine and low- grade gold, as well as a great number of emeralds. The sun had not been up for three hours when another group of Indians attacked; however, having…
p. 44
16Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · Página 171 cita
[21]reunieron en el cacicazgo de Bacatá (Bogotá) con la expedición de Jiménez de Quesada proveniente de Santa Marta. 1. Expedición de Jiménez de Quesada El primero de abril de 1536 don Pedro Fernández de Lugo, gobernador de Santa Marta, dio en su “Instrucción y Memoria” para la jornada que iba al “Río Grande”, nombrando…
p. 17
17Magdalena. Historias de ColombiaWade Davis · 2021 · Páginas 60, 632 citas
[22]remolinos tan llenos de peces que podían agarrarse con la mano o sacarse metiendo una cesta en el río. Había tantas tortugas en el Magdalena Bajo que viajeros posteriores las califican de obstáculos para la navegación. Un cronista, fray Pedro Simón, cuenta que en un trayecto de trece días por el río, el grupo que lo…
p. 60
[26]la fertilidad de sus tierras, contaba con una fuerza de cuarenta mil hombres. En un principio, los muiscas creyeron que los españoles eran hijos del sol y de la luna, y habían sido enviados por el creador para castigarlos por sus pecados. El vocablo con el que se referían a los invasores era uchies, conjunción de usa,…
p. 63
18Colombia: A Country StudyRex A. Hudson (editor) · 2010 · Página 1011 cita
[25]half of his party to shipwreck at the mouth of the Magdalena and to disease, insects, and hunger on the march. After easily overcoming armed resistance, Jimenez de Que- sada and his lieutenants occupied the entire Muisca territory and on August 6, 1538, founded the city of Santafe (present-day Bogota, known as Santa…
p. 101
19Peregrinación de AlphaManuel Ancízar · 2016 · Páginas 339, 375, 4163 citas
[28]tan presto, que tuvieron los indios por más seguro dejarles el lugar expuesto al saco con la fuga que perder las vidas miserablemente con la resistencia». Hicieron los vence - dores copioso botín de bastimento, ropa y oro en el pue - blo, y dieron cuenta del suceso al general Quesada, que a la sazón se encontraba en…
p. 416
[29]muchos respectos. Cinco años y medio después, Hernán Pérez de Quesada daba muerte violenta y alevosa al último zaque de Hunzahúa —Tunja— y a todos los uza - ques y capitanes viejos congregados en Tunja con motivo del matrimonio de su desventurado señor, matando en ellos de una vez los recuerdos y tradiciones que…
p. 339
[30]se avecindaron en Tunja, labrando casas cos - tosas, cuyas portadas sembraron de escudos de armas «para eternizar su fama en la posteridad», según cándidamente lo afirmaba Juan de Castellanos, primer cura y cronista de la encopetada ciudad, la cual, no obstante todo aquello, progresó tan poco, que ciento cincuenta…
p. 375
20Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Página 671 cita
[34]éste. Entre tanto, en cumplimiento de las órdenes recibidas de Quesada, Martín Galeano procedió a efectuar la fundación de Vélez, en 1539. Por su parte, el 6 de agosto de 1539, en el sitio que ocu- para la antigua capital de los zaques, Hunza, Gon- zalo Suárez Rendón fundó la ciudad de Tunja. Mientras los españoles…
p. 67
21Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Página 451 cita
[35]tres conquistadores, cada uno de los cuales alegaba que la tierra de los muiscas estaba dentro de su jurisdicci ó n, se pusieron de acuerdo para viajar a Espa ñ a a alegar sus derechos, y dejaron unos 400 hombres y 150 caballos, as í como 300 marranas pre ñ adas, en Bogot á. 48 HISTORIA M Í NIMA DE COLOMBIA Para dar…
p. 45
22Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader · 2002 · Página 2212 citas
[36]días del mes de junio, año na y felice constelación». del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de Una vez que el sitio elegido era considerado mil y quinientos e setenta e dos años, y habiendo conveniente, se efectuaba la toma de posesión, salido de la ciudad de Tunja los muy magníficos en nombre de Dios y del…
p. 221
[37]días del mes de junio, año na y felice constelación». del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de Una vez que el sitio elegido era considerado mil y quinientos e setenta e dos años, y habiendo conveniente, se efectuaba la toma de posesión, salido de la ciudad de Tunja los muy magníficos en nombre de Dios y del…
p. 221