Paradoja salinera de Zipaquirá, Tausa y Nemocón: centralidad económica sin hegemonía política
Entre 1300 y 1499, los centros salineros de Zipaquirá, Tausa y Nemocón concentraron el comercio de sal más importante del altiplano muisca y articularon redes de intercambio que alcanzaban Neiva, Barrancabermeja y las llanuras orientales, pero sus caciques locales nunca ascendieron a la cima de la jerarquía política muisca, que permaneció en Bacatá y Hunza. El caso demuestra que el monopolio de un recurso escaso no producía automáticamente hegemonía política en el mundo muisca tardío.
Ficha del acontecimiento
Síntesis
- Cuándo
- Circa 1300–1499
- Dónde
- Zipaquirá, Sabana de Bogotá, Nemocón, Tausa, Ubaté, Guachetá, Cerinza, Tocancipá, Gachancipá, Cogua, Bacatá (Funza), Tunja (Hunza)
- Protagonistas
- Nemequene, Tisquesusa, Quemuenchatocha, Zipa de Bacatá, Zaque de Hunza, Carl Henrik Langebaek, Ana María Boada, Marianne Cardale de Schrimpff, Sylvia Broadbent, Juan Villamarín, Judith Villamarín, Elizabeth Kurella
Lectura causal
Causas, hecho y consecuencias
Causas
- La sal era un recurso fisiológicamente imprescindible y geográficamente restringido: no se producía en las tierras vecinas al altiplano, lo que convirtió a Zipaquirá, Tausa y Nemocón en imanes económicos permanentes desde al menos el período Herrera (siglo IV a.C.).
- La producción salinera requería vasijas especiales de barro (moyas y gachas) que no fabricaban los propios salineros, sino comunidades vecinas especializadas como Tocancipá, Gachancipá y Cogua, generando una red horizontal de complementariedad técnica que distribuía el excedente entre varios pueblos.
- El Zipa de Bacatá carecía de oro y esmeraldas en sus dominios propios, por lo que la sal de Zipaquirá era su principal recurso de exportación para obtener esos bienes de prestigio, lo que lo motivó a capturar políticamente el excedente salinero mediante la cadena tributaria cacical.
- La organización política muisca tardía basaba la autoridad en la capacidad de concentrar tributo, movilizar guerreros y protagonizar ceremonias, no en el control aislado de un recurso económico, lo que impedía que los caciques locales salineros ascendieran por la sola posesión de las minas.
- Los mercados muiscas se celebraban dentro del cercado del cacique cada cuatro días, vinculando el intercambio comercial con la reproducción ritual del poder político, de modo que la concurrencia a los mercados salineros respondía a la propiedad química del subsuelo y no a la centralidad política del anfitrión.
Consecuencias
- El excedente político generado por la sal fue capturado por el Zipa de Bacatá, no por los caciques locales de Zipaquirá o Nemocón: el recurso alimentó una cadena tributaria cuya cabeza estaba en Bacatá, permitiendo al Zipa articular redes de intercambio interregional que traían oro desde Neiva y el Magdalena y esmeraldas desde Somondoco.
- La sal muisca circuló hacia el sur hasta la región de Neiva, hacia el norte hasta los alrededores de Barrancabermeja y hacia el oriente hasta aproximadamente 800 kilómetros, configurando una de las redes de intercambio prehispánico de mayor alcance geográfico documentadas para el centro de Colombia.
- Se consolidó una especialización regional articulada: Tocancipá y Gachancipá como proveedores de vasijas cerámicas, Zipaquirá y Nemocón como centros de producción salinera, y comunidades de Ubaté, Guachetá y Cerinza como compradoras directas, con revendedores intermedios que extendían la distribución a comarcas más lejanas.
- La paradoja salinera quedó congelada en su forma inconclusa cuando la irrupción española de 1537 interrumpió el proceso de integración política muisca, impidiendo conocer si el control salinero habría derivado eventualmente en mayor autonomía política para los cacicazgos productores.
- El caso se convirtió en evidencia historiográfica central contra el determinismo económico-político y contra los modelos neoevolutivos que postulan una correspondencia automática entre monopolio de recursos escasos y formación de poder cacical.
La clave interpretativa
Por qué importa
La paradoja salinera de Zipaquirá, Tausa y Nemocón constituye el caso testigo colombiano más claro contra el determinismo económico-político: demuestra que en el mundo muisca tardío el monopolio de un recurso escaso e imprescindible no producía por sí solo hegemonía política, porque la autoridad cacical se fundaba en funciones militares, tributarias, ceremoniales y religiosas que no se derivaban del control económico. El caso obliga a matizar los modelos neoevolutivos sobre la formación del poder cacical y a reconocer que en sociedades prehispánicas complejas la riqueza y el mando podían disociarse estructuralmente, con el excedente del recurso capturado por un vértice político distante —el Zipa de Bacatá— mientras los productores directos permanecían subordinados.
Desarrollo histórico
La historia completa
Paradoja salinera de Zipaquirá, Tausa y Nemocón
Entre 1300 y 1499, en los dos siglos previos a que las huestes de Jiménez de Quesada remontaran el Magdalena, tres poblados de la Sabana norte —Zipaquirá, Tausa y Nemocón— concentraron la producción salinera más importante del centro del actual territorio colombiano. Su sal viajaba hacia el sur hasta la región de Neiva, hacia el norte hasta los alrededores de Barrancabermeja, y hacia el oriente hasta unos 800 kilómetros. A sus mercados y salinas acudían compradores de comarcas distantes; se articulaban cadenas técnicas con Tocancipá, Gachancipá y Cogua, que fabricaban las vasijas para cocer la salmuera, y por sus caminos se movían mantas, coca, esmeraldas y oro. Y sin embargo, estos tres pueblos nunca fueron sedes cacicales de primer orden: la hegemonía política del mundo muisca tardío residió en Bacatá y en Hunza, en Sogamoso y en Duitama, no en las bocas de sal. Ese desajuste entre centralidad económica y jerarquía política es lo que aquí interesa, porque contradice la intuición de que el monopolio de un recurso escaso engendra por sí solo poder político y obliga a mirar con cuidado los mecanismos por los cuales una sociedad prehispánica del altiplano articulaba riqueza, autoridad y ritual.
La geografía de una escasez
La sal no es un bien cualquiera en el mundo andino. Es una necesidad fisiológica cotidiana en dietas basadas en maíz, tubérculos y proteína vegetal, y a la vez un recurso rigurosamente localizado: no se produce donde se consume, y en las tierras vecinas al altiplano cundiboyacense simplemente no la hay. Esa combinación —imprescindible y escasa— convierte a los puntos donde brota o se puede evaporar en imanes económicos permanentes. En la Sabana norte, las fuentes saladas de Zipaquirá, Nemocón y Tausa cumplieron ese papel al menos durante el Muisca Tardío, aunque la ocupación humana de la zona era mucho más antigua: en Zipaquirá hay evidencia estratigráfica de actividad cerámica desde el período Herrera, entre el siglo IV a.C. y finales del siglo I d.C., lo que sitúa la relación entre estas comunidades y sus fuentes salinas en una profundidad temporal muy anterior a la consolidación de los cacicazgos que los conquistadores encontrarían en 1537.
Los tres sitios no son equivalentes. Zipaquirá se halla al pie de escarpadas montañas cuyas minas ya habían sido explotadas extensamente por los indígenas antes de la llegada española —los conquistadores hallaron trabajos mineros considerables al lado del cerro—, y sería después el eje de la producción salinera colonial y republicana. Nemocón contaba con fuentes saladas descritas como una granjería importante tanto para sus naturales como para los del cercano pueblo de Zipaquirá. Tausa aparece con menos peso en las descripciones cronísticas, pero la documentación de archivo la registra como punto de aprovisionamiento salino al que acudían, entre otros, los indígenas de Ubaté. Esa asimetría entre cronistas que magnifican y expedientes que localizan atraviesa todo el análisis: los primeros dibujan mercados concurridos por gentes de diversas partes; los segundos, más parcos, documentan la afluencia de comunidades vecinas concretas.
Lo que sí queda claro es el mapa mínimo de asistencia. Los indígenas de Ubaté iban tanto a Zipaquirá como a Tausa. Los de Guachetá y los de Cerinza acudían a Nemocón. Es un radio local corto, de comunidades del valle de Ubaté y del actual sur de Boyacá que descendían regularmente a las salinas más próximas. A partir de ese primer círculo de compradores directos, la sal se dispersaba en un segundo movimiento que ya no pasaba por los mercados cabecera sino por revendedores intermedios: fray Pedro Simón, escribiendo en 1625, registra que los indígenas de la región de Tunja iban a las salinas cercanas a Santa Fe a comprar sal más barata para revenderla en otro lugar. Ese sistema en dos tiempos —mercado local en la salina, redistribución en cadena hacia comarcas más lejanas— explica cómo un producto extraído en un radio geográfico estrecho podía alcanzar Neiva, Barrancabermeja o las llanuras orientales sin que los productores mismos hicieran los viajes largos.
La cadena técnica: barro para cocer sal
Producir sal en Zipaquirá y Nemocón no era simplemente recogerla. Las fuentes saladas debían cocerse en vasijas específicas de barro —moyas y gachas— hasta obtener panes sólidos. Y esas vasijas no las fabricaban los propios salineros: venían de comunidades vecinas especializadas. Tocancipá producía gran cantidad de moyas y gachas destinadas explícitamente a cocer sal, y las expendía en Zipaquirá y Nemocón; en el mismo pueblo se fabricaban además ollas, tinajas y jarros para llevar a Santa Fe. Un testimonio de 1639 del cacique de Gachancipá y tres capitanes documenta que allí también se producía loza de barro cocido con destino comercial. Y los miembros del cacicazgo de Cogua, que a esa altura estaban poblados en Nemocón, se desplazaban hasta un sitio antiguo para obtener el barro y la arena con que fabricaban ollas.
La especialización cerámica de Tocancipá, Gachancipá y Cogua se corresponde con una tradición técnica antigua ligada a la industria salinera; difícilmente se improvisó tras la Conquista. Y su implicación política es sustantiva. Las salinas no eran unidades autosuficientes: dependían estructuralmente de sus vecinos para el equipamiento técnico de la producción. Esa dependencia mutua tejía una red horizontal de complementariedad —los salineros extraían salmuera, los alfareros aportaban las vasijas para reducirla— que integraba a media docena de comunidades del norte de la Sabana en un sistema productivo compartido. La riqueza generada por la sal no se acumulaba en un solo punto: circulaba entre productores primarios, alfareros proveedores y compradores externos, atravesando fronteras cacicales sin coincidir con ellas.
Los mercados: economía dentro del cercado del cacique
El mercado muisca tenía dos características inseparables que explican mucho. La primera es su periodicidad: se celebraba cada cuatro días, ritmo asociado al sistema de numeración muisca. La segunda es su ubicación: dentro del cercado del cacique. Ese dato, aparentemente menor, es decisivo. El intercambio de sal, mantas, coca, esmeraldas o algodón no ocurría en un espacio comercial neutro sino en el recinto de la autoridad política, y su celebración estaba embebida en la reproducción ritual del poder cacical. Fray Pedro de Aguado consignó que al mercado de Tunja acudían muchos caciques y señores principales tanto por deferencia al cacique local —"por la contemplación del cacique Tunja", en el giro colonial— como por sus propios intereses. Los mercados eran encuentros políticos además de económicos, ocasiones en que las jerarquías cacicales se hacían visibles y se ratificaban mediante la asistencia, el saludo y el intercambio ceremonial de bienes.
Este engarce entre mercado y cercado desmiente cualquier lectura del comercio muisca como esfera separada de la política. Pero también desmiente su inversa: no todos los mercados producían el mismo tipo de poder para sus anfitriones. El mercado de Tunja concentraba caciques porque Tunja era la sede del Zaque; los caciques no iban a Tunja porque allí se comerciara mucho, sino que allí se comerciaba mucho porque era Tunja. En cambio, los mercados salineros de Zipaquirá y Nemocón concentraban compradores y vendedores por la propiedad química del subsuelo, no por la centralidad política del anfitrión. Esa distinción —a qué se debe la concurrencia— es lo que permite entender por qué la centralidad económica de las salinas no se tradujo en hegemonía política de sus caciques locales.
Los cronistas, atentos a la abundancia y al espectáculo del intercambio, describieron los mercados de Zipaquirá y Nemocón como mercados de notable importancia a los que acudían gentes de diversas partes. El radio pudo ser más restringido de lo que sugieren Castellanos y Piedrahita —ceñido a Ubaté, Guachetá, Cerinza y otros vecinos—, pero incluso en su forma más modesta la afluencia era significativa y regular. Esa afluencia no se convirtió, en el mundo prehispánico, en capital político capturable por las autoridades salineras locales.
El zipa y su "especie de monopolio"
Si el poder no se concentró en las salinas mismas, ¿adónde fue a parar el excedente político que generaba el recurso? La posesión de las minas de sal de Zipaquirá otorgó al Zipa —el señor de Bacatá— una especie de monopolio sobre el producto, monopolio cuya utilidad principal no era interna sino externa. El Zipa carecía en sus dominios de oro y de esmeraldas. El oro lo obtenía de la región de Neiva y de los puntos del Magdalena a los que llegaba la sal en dirección sur; las esmeraldas provenían de las minas de Somondoco, bajo el control del Zaque de Hunza. Sin sal para exportar, el Zipa no habría podido acceder a las materias primas de la orfebrería y del prestigio ritual. Con sal, articulaba una red de intercambio interregional que llevaba mantas y bloques salinos hacia afuera y traía metal, piedras verdes, coca, plumas, aves y yopo hacia adentro.
Esa articulación resuelve una parte de la paradoja: el recurso salino sí producía poder, pero el poder lo capturaba el vértice de la jerarquía cacical —el Zipa—, no los caciques de los pueblos productores. Los cacicazgos organizaban el excedente económico mediante tributo en especie y en trabajo; el cacique concentraba ese excedente y lo redistribuía en guerra, necesidad, ocasiones solemnes, celebraciones y sostenimiento del sacerdocio. En un sistema escalonado donde uzaques o jefes de tribu locales pagaban tributo a señores mayores, y estos a su vez tributaban al Zipa o al Zaque, el producto de las salinas de Zipaquirá alimentaba una cadena tributaria cuya cabeza estaba en Bacatá.
Hay un matiz que precisar. Decir que el Zipa tenía "una especie de monopolio" no significa que fuera un monopolio administrativo moderno, con concesiones, precios fijados y funcionarios recaudadores. La expresión describe una situación de facto: el señor de Bacatá controlaba, mediante su autoridad sobre los caciques del norte de la Sabana, el flujo del recurso que salía de sus dominios, y podía negociarlo a distancia. Ese control era compatible con que los mercados de Zipaquirá y Nemocón funcionaran cotidianamente como espacios de intercambio local, y con que los caciques de esos pueblos ejercieran su autoridad sobre sus propias comunidades. Lo que el Zipa controlaba no era la operación diaria de las salinas sino su producto como pieza de una geopolítica más amplia.
Una jerarquía inestable
La estructura política que capturaba el excedente salinero no era, sin embargo, un edificio consolidado. La organización muisca de finales del siglo XV se presenta mejor como un proceso en curso que como un estado terminado. En su cúspide estaban dos figuras —el Zipa de Bacatá, con sede en la región de Funza, y el Zaque de Hunza en Tunja— a las que estaban sometidos, en grado variable, numerosos uzaques y capitanes. Pero los grados eran variables, y esa variabilidad definía al sistema. Los caciques intermedios cambiaban de dependencia según cálculos de alianza, la expansión territorial de Zipa y Zaque era continua, y a la llegada de los españoles todavía existían soberanos independientes que no se habían integrado en la estructura federal: los caciques de Duitama, Sogamoso, Sáchica, Tinjacá y Guachetá aparecen como territorios autónomos.
Bajo el Zipa Nemequene primero y su sucesor Tisquesusa después, Bacatá venía absorbiendo cacicazgos vecinos e intentaba extender su hegemonía. En Hunza, Quemuenchatocha reinaba sobre un territorio que también experimentaba tensiones con sus vecinos ceremoniales del norte —Sugamuxi de Sogamoso, el cacique de Duitama—, señores cuyo estatus era complicado por una circunstancia crucial: no eran simples caciques tributarios sino sacerdotes de alto rango, y por esa condición se resistían a sujetarse al poder civil o militar del Zaque. La distinción entre autoridad civil y autoridad religiosa —entre el mando militar-tributario y el prestigio ceremonial— atravesaba la jerarquía muisca y le añadía una capa de complejidad que los cronistas no siempre supieron delimitar.
Ese proceso de integración se interrumpió en 1537 con la irrupción europea, y por eso el mapa político prehispánico se conoce en su versión inconclusa. Pero incluso en esa forma inacabada, el sistema tenía una lógica: el poder emanaba de la capacidad de concentrar tributo, movilizar guerreros, protagonizar ceremonias y sostener el sacerdocio, no del control aislado de tal o cual recurso. La sal de Zipaquirá era una pieza importante del ajedrez del Zipa, pero no era la que lo hacía Zipa.
Por qué la sal no coronó a sus productores
Con las piezas anteriores sobre la mesa, la paradoja empieza a disolverse en su forma cruda. Los caciques locales de Zipaquirá, Tausa y Nemocón no ascendieron a la cima de la jerarquía muisca a pesar de controlar un recurso escaso e imprescindible, y esa aparente anomalía tiene explicaciones convergentes.
La primera es que en el mundo muisca la autoridad política no se derivaba principalmente del control económico. Las funciones del cacique combinaban jefatura militar, administración del tributo, mediación con lo sagrado y liderazgo ceremonial; el manejo del excedente era una de esas funciones, no su fuente única. Un cacique no era grande porque controlara un recurso: era grande porque encabezaba una comunidad numerosa, sostenía un sacerdocio, movilizaba guerreros y celebraba fiestas. En esa economía política, controlar sal era una ventaja instrumental, no una posición desde la cual desafiar a los mayores.
La segunda es que las salinas estaban insertas en la esfera de dominio del Zipa antes de que su producción pudiera generar un excedente disponible para un ascenso local. La captura política del recurso ya estaba dada; lo que aportaba al sistema no era una redistribución interna que enriqueciera a los caciques productores, sino una capacidad de intercambio externo que enriquecía al vértice de la pirámide. La misma condición geográfica que hacía valiosa la sal —su rareza— la volvía imposible de defender como base de un contrapoder local frente a un Zipa que ya tenía la fuerza militar y demográfica de Bacatá.
La tercera es que la producción salinera dependía técnicamente de comunidades vecinas: Tocancipá y Gachancipá con sus vasijas, Cogua con su barro. Esa interdependencia impedía que Zipaquirá o Nemocón se plantearan como núcleos autónomos: sin las gachas de Tocancipá no había sal, y esa cadena de complementariedades regional se articulaba mejor bajo una autoridad supralocal que bajo la ambición de un cacique salinero aislado.
La cuarta, quizá la más sutil, es que la sal circulaba de manera importante en la economía muisca pero difícilmente era aceptada como medio de cambio en las regiones donde se producía en abundancia. La mercancía que más se aproximó a un patrón de medida de valor fue la manta, no la sal; y las mantas se podían fabricar en cualquier lugar donde hubiera un telar y acceso a algodón. En términos de acumulación de valor genérico —el equivalente muisca de la riqueza convertible—, la sal era una exportación, no un tesoro. Su valor se realizaba fuera, no dentro; y ese valor realizado afuera regresaba en forma de oro y esmeraldas al Zipa, no a los productores.
Interdependencia horizontal frente a jerarquía vertical
Hay, sin embargo, una lectura complementaria que no conviene descartar. Si se mira la Sabana norte no desde la cúspide de la jerarquía cacical sino desde la textura de las relaciones entre comunidades, aparece otra forma de integración que no es política sino económica y ceremonial. Zipaquirá y Nemocón no dominaban a Tocancipá, pero tampoco Tocancipá dominaba a Zipaquirá: se necesitaban. Los indígenas de Ubaté no eran vasallos de los de Zipaquirá, pero acudían regularmente cada cuatro días a su mercado. Los de Guachetá y Cerinza mantenían relación estable con Nemocón. Los de Cogua se desplazaban a extraer barro. Todas esas relaciones dibujan un tejido de dependencias mutuas que no encaja del todo en el vocabulario de la subordinación cacical.
Este tipo de integración horizontal —comunidades especializadas que intercambian bienes complementarios en mercados periódicos— es una forma de poder social distinta de la vertical, y probablemente coexistía con ella. La jerarquía muisca del Zipa y el Zaque se superponía a un sustrato de intercambios entre iguales que tenía su propia lógica y su propia densidad. Cuando los cronistas describen la asistencia de "gentes de diversas partes" a las salinas, ese sustrato aflora: no una red imperial de tributo, sino una red de complementariedad regional cuya coherencia no dependía de ninguna capital.
Lo notable de la Sabana norte es que ambas capas coexistían sin fricción visible. El Zipa capturaba el excedente exportable, y a la vez las comunidades productoras y consumidoras mantenían sus intercambios cotidianos sin que la autoridad central interviniera en cada transacción. Los mercados dentro del cercado cacical eran, en ese sentido, puntos donde las dos lógicas se tocaban: allí se hacía visible la autoridad del cacique local —anfitrión del intercambio— y a la vez se realizaba el comercio horizontal entre comunidades del entorno. La sal circulaba en las dos direcciones simultáneamente.
El contraste con las salinas de tierra caliente
Un contraste geográfico ilumina lo específico de la Sabana norte. Al oriente de la cordillera, en la vertiente que baja hacia los Llanos, existían otras fuentes salinas —notoriamente la Salina de Chita, ubicada detrás de la sierra de Tecuquita a orillas del río Casanare— que en época colonial fueron explotadas también con fines comerciales. Su geografía era radicalmente distinta: casi 12 leguas de tierras fragosas y en su mayor parte despobladas la separaban de la cabecera del cantón El Cocuy, y su ubicación en la hoya del Casanare, al pie de los cerros que separan la serranía de los llanos, la hacía de difícil acceso. En el siglo XIX, el administrador Romualdo Liévano calculó que su producción potencial podría llegar a 300.000 arrobas anuales, condicionada a que se encontraran minas de hulla cercanas para el combustible.
La comparación, aunque provenga de fuentes coloniales y republicanas, ayuda a entender por qué la Sabana norte prehispánica funcionó como epicentro salinero: allí las salinas estaban en el corazón demográfico del mundo muisca, integradas a una red densa de pueblos vecinos con capacidad de proveer vasijas, mano de obra y compradores; allí el altiplano concentraba población, autoridad y caminos. Las salinas orientales, por rica que fuera su producción potencial, estaban en la frontera. En la lógica prehispánica esa diferencia no era menor: un recurso vale, políticamente hablando, en la medida en que la geografía permite capturarlo dentro de un sistema tributario y ceremonial. La sal de la Sabana norte estaba dentro; la sal de la vertiente oriental, para efectos del Zipa y del Zaque, estaba lejos.
Un caso testigo contra el determinismo
Lo que se aprende del caso salinero de la Sabana norte trasciende el mundo muisca. Buena parte de la teoría neoevolutiva sobre la formación del poder cacical —desde los modelos clásicos del siglo XX hasta sus revisiones más recientes— ha buscado en el control de recursos económicos, y en particular en el control de recursos escasos y estratégicos, la palanca causal que explica el ascenso de jerarquías políticas complejas. La hipótesis es intuitiva: quien controla lo que otros necesitan, acumula poder; quien acumula poder, funda dinastías. Aplicada al mundo muisca, esa hipótesis predeciría que Zipaquirá, Tausa y Nemocón deberían haber sido —o haber estado en camino de ser— capitales cacicales de primer orden, quizá rivales del Zipa y del Zaque.
No lo fueron. Y no lo fueron porque la relación entre economía y política no se resuelve con esa mecánica. El control de un recurso escaso produce poder en la medida en que se articula con otros mecanismos —militares, demográficos, ceremoniales, rituales— que permitan capturar el excedente que ese recurso genera. Cuando esos otros mecanismos están ya distribuidos asimétricamente a favor de un vértice preexistente, el recurso no funda un poder nuevo: refuerza el poder ya existente. En la Sabana norte muisca, el Zipa era Zipa antes de la sal y con la sal; los caciques de Zipaquirá y Nemocón eran subordinados antes de la sal y siguieron siéndolo con ella.
Esto no equivale a decir que la economía no importaba, ni a suscribir un idealismo en el que solo cuentan el ritual y la guerra. La sal sí articulaba una ventaja estructural: sin ella, el Zipa no habría accedido al oro de Neiva ni a las esmeraldas de Somondoco, y por tanto no habría podido sostener las funciones ceremoniales y suntuarias que reproducían su autoridad. El recurso importaba, pero como instrumento del poder, no como su origen. Esa distinción es la que la Sabana norte muisca ofrece con inusual claridad, y es la que la convierte en un caso testigo útil para pensar la relación general entre economía y política en las sociedades cacicales.
El eco largo
Cuando Jiménez de Quesada llegó al altiplano en 1537, encontró minas de sal ya extensamente explotadas en Zipaquirá, mercados en funcionamiento y una jerarquía cacical en pleno proceso de expansión. La Corona española se apropió rápidamente de las salinas, que desde los tiempos de la Conquista pasaron a ser explotadas para beneficio del gobierno; Zipaquirá se convirtió en el eje de la producción salinera colonial y, más tarde, del monopolio republicano. Esa continuidad —cinco siglos largos de extracción salinera en el mismo cerro— es parte de la razón por la que Zipaquirá ocupa hoy un lugar prominente en la geografía económica de Cundinamarca y en la memoria patrimonial colombiana, mientras que Tausa y Nemocón sobreviven en la sombra del centro salinero mayor.
Pero la pregunta que dejaba abierta el mundo prehispánico no fue resuelta por la colonia, solo transformada. El monopolio salinero pasó de ser un mecanismo de captura del Zipa a ser un mecanismo de captura de la Corona, y luego del Estado republicano. En cada versión, el recurso ha generado riqueza sin generar autonomía política para los pueblos productores: Zipaquirá nunca fue capital, Nemocón nunca fue centro de poder, Tausa quedó en la periferia. La geografía de la sal no coincide con la geografía del mando. Esa desconexión —vieja, obstinada, empíricamente demostrable— es lo que hace del caso muisca algo más que una curiosidad de historia prehispánica: un recordatorio, escrito en el paisaje mismo de la Sabana, de que los recursos no gobiernan por sí solos.
La época alrededor
Este hecho no ocurrió solo
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
01Mercados, poblamiento e integración étnica entre los Muiscas, Siglo XVICarl Henrik Langebaek · 1987 · p. 74, 93, 121, 1354 citas
[1]centros consumidores o distribuidores como, por ejemplo, Tunja. Así mismo, es factible que las comunidades productoras de sal tuvieran mercados muy concurridos. Según la información de archivo, sólo los indígenas de Ubaté iban a Zipaquirá y Tausa, en tanto que los de Guachetá y Ce-rinza acudían a Nemocón. Sin embargo,…p. 121
[3]los miembros del cacicazgo de Cogua conocían y explotaban las fuentes de barro. En el documento, se lee que los indios iban, "...al sitio antiguo donde estaba para traer el barro... aunque están poblados en Nemocón vienen desde allí por el barro y la arena p.a hacer ollas" (A.N.C. C+I XX f 726r, en Broadbent, 1964a:…p. 93
[11]19 y Langebaek, 1985). Ahora bien, para el período muisca, las crónicas así como la información de archivo dejan ver algunos aspectos generales del intercambio de sal. De acuerdo a Simón (/1625/ 1981, III: 257) los indígenas de la región de Tunja iban a conseguirla a las salinas cercanas a Santa Fé "por no tenerla…p. 74
[13]que éstos les garantizaran el suministro de al menos parte de las gachas, leña y mantas que consumían. De la misma manera, los de Guata vita difícilmente podrían haberse especializado en orfebrería si no hubieran hecho parte de un sistema de intercambios que hacía llegar oro y cera a sus tierras. Varios ejemplos más…p. 135
02Un año en los Andes, o, Aventuras de una Lady en BogotáRosa Carnegie-Williams · 2017 · p. 851 cita
[2]licos romanos. Nos sentamos por algún tiempo y disfrutamos la brisa que soplaba por entre los eucaliptos y los sauces al bajar de las escarpadas montañas, al pie de las cuales se halla la población de Zipaquirá, famosa en la historia del país por sus minas de sal, que han sido explotadas para beneficio del Gobierno…p. 85
03Historia de Colombia. La Colombia más Antigua. Tomo 1Gonzalo Hernández de Alba (dir.); Camilo Domínguez O., José L. Lorenzo, Amancio Fernández, Gonzalo Correal y otros · p. 130, 137, 1413 citas
[4]laguna de la Herrera, Zipacón, Tequen- 114 Dibujo explicativo de los diferentes tipos de cerámica muisca. Entre esas variadas formas había piezas de simple utilidad doméstica y otras de uso ritual, como copas, múcuras y figurillas. dama, Zipaquirá, Sopó y Nemocón, y hacia el norte del altiplano en los alrededores de…p. 141
[14]y ciertos productos agrícolas, la sal era otro elemento básico del comercio de los muiscas. un grupo de especialistas en el intercambio. Las re- ferencias históricas parecen indicar que todos los indígenas comunes y corrientes iban a los merca- dos. Por otra parte, el trueque de artículos tuvo un papel importante al…p. 137
[23]dentro de una estructura federal». 103 Figura femenina de arcilla hueca procedente del territorio cundiboyacense. La figura, sin duda una dama de alto rango, aparece adomada con collares, dijes y diademas y hasta con cetro o bastón ceremonial. A continuación se tratará acerca de la estructura socio-política, para lo…p. 130
04Economías prehispánicas de ColombiaAlberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres, Santiago Giraldo, Daniela Castellanos Montes, Marianne Cardale de Schrimpff, Carl Henrik Langebaek, María Antonieta Corcione Nieto, Catalina Zorro, Luisa Mendoza, Marcela Bernal, Lucero Aristizábal, Leonor Herrera · p. 158, 3034 citas
[5]productos muy diferentes en el sentido de que el primero era geográficamente restringido, esencial para la vida, pero no se hallaba en áreas vecinas; su valor económico dependía del comercio o de intercambios a corta y larga distancia. La transcendencia y el alcance geográfico de este intercambio por intermedio de los…p. 303
[6]productos muy diferentes en el sentido de que el primero era geográficamente restringido, esencial para la vida, pero no se hallaba en áreas vecinas; su valor económico dependía del comercio o de intercambios a corta y larga distancia. La transcendencia y el alcance geográfico de este intercambio por intermedio de los…p. 303
[19]y la consolidación de las figuras de autoridad en estas sociedades mediante la redistribución de bienes provenientes de diversas ecologías (Sahlins, 1958; Service, 1962). Eventualmente se revaluó la redistribución como atributo de las economías cacicales (Earle, 1977; Feinman y Neitzel, 1984) y esta pasó a ser…p. 158
[20]y la consolidación de las figuras de autoridad en estas sociedades mediante la redistribución de bienes provenientes de diversas ecologías (Sahlins, 1958; Service, 1962). Eventualmente se revaluó la redistribución como atributo de las economías cacicales (Earle, 1977; Feinman y Neitzel, 1984) y esta pasó a ser…p. 158
05Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · p. 121 cita
[7]las relaciones comerciales afianzaban redes de intercambio cultural más profundas. un aspecto importante de la sociedad muisca fue el desarrollo y la complejidad que se desprendieron de una economía natural no monetaria, y que se desplegó al tener un escenario de vastas redes comerciales y cercanías culturales y…p. 12
06Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · p. 3321 cita
[8]true - que con tribus vecinas y aún muy alejadas. Los principales artículos que se exportaban eran sal 153, esmeraldas, coca y Memoria sobre las Antigüedades Neo-Granadinas, Librería de F. Schneider i Cía., Berlín. Acerca de la arqueología «premuisca», véanse las notas biblio- gráficas para el capítulo iv, así como…p. 332
07Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 35, 372 citas
[9]vertientes u n poco m ás tem p lad as y allí se extraían dos cosechas anuales. En tierras m ás bajas se sem braba arracacha, algodón, guayaba, piña y coca. A lgunos productos, com o la coca y el algodón, no eran cultivados p o r los m uiscas y los obtenían en el com ercio. C ad a cuatro días había m ercado en los…p. 37
[25]u e corrían en dirección nororiental p o r unos ochenta kiló m etros, sep arad as p o r el río Chicam ocha. A unque las co m u n id ad es indígenas de estas zonas pag ab an tributo a los señores de Sugam uxi y D uitam a, algunos especialistas han su g erid o recientem ente que uno de ellos, o am bos, aceptaban el dom…p. 35
08Breve historia económica de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 2017 · p. 36, 432 citas
[10]que cumpliera adecuadamente las funciones que se le atribuyen, como patrón de medida del valor, medio de intercambio o alma- cén de valor. Sin embargo, existieron ciertas mercancías que se intercambiaron con mayor frecuencia y que pudieron servir como patrón para medir valores. Esta característica se le ha atribuido…p. 43
[28]un aspecto fundamental que explica el establecimiento de comunidades independientes, puesto que este tipo de vínculos aseguraba la pertenencia de un individuo a una comunidad y con esto su acceso a los recursos del territorio que controlaban (Lleras, 1986). Posiblemente se dieron enfrentamientos bélicos para obte- ner…p. 36
09Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · p. 109, 129, 1813 citas
[12]“lugares de mercado fueron casi todos que había de indios en estas dos provincias de Bogotá y Tunja”. Por otro, dijeron que en Tunja se hacía cada cuatro días, período relacionado con su sistema de numeración, y parece que así era en muchos otros lugares. Al parecer el sitio exacto del mercado era dentro del cerca- do…p. 129
[26]disminuir, en Sogamoso aparecen algunas que son más grandes que otras, al igual que en Fúquene. En el valle de Leiva ocurre algo particular: se conforman dos comunidades donde se concentra la mayor parte de la población, y una de ellas (El Infier- mito) es algo más grande que la otra (Suta). El Infiernito parece tener…p. 181
[27]y sangrientas guerras entre los grandes c caciques muiscas como parte de proyectos de expansión territorial, Los documentos simplemente no mencionan nada que apoye esas empresas militares que, según los cronistas, existieron. No conozco una sola mención de que después de la conquista alguna comunidad hubiera…p. 109
10Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · p. 1291 cita
[15]en los que se adoraba al dios Chiminigagua y a las divi- nidades Bachué (la luna), Bochica (el sol), Chib- chacum (dios protector) y otras menores dedica- das a las diversas actividades socioeconómicas. Además de los caciques, capitanes y jeques, eran importantes los guechas o guerreros reclutados, cuya función era…p. 129
11La subversión en Colombia. El cambio social en la HistoriaOrlando Fals Borda · 2008 · p. 631 cita
[16]de turno. De esta etapa del vecindario, los Chibchas estaban pasan- do a otra basada en la conveniencia de un estado central, gracias al predominio que empezaba a ejercer el Zipa o rey de Hunza (hoy Funza), sobre los uzaques o jefes de tribus. Se re- conocían jerarquías entre los uzaques y los capitanes. Los pri -…p. 63
12Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · p. 2131 cita
[17]a su vez tenían a la cabeza un cacique común, es decir, a alguien que estaba por encima de una cierta cantidad de jefes de tribu. También aquí nos encontramos con un hecho extendido en el mundo: el nombre del pueblo o de la tribu era el mismo que el del cacique. Para los muiscas la constitución del estado se había…p. 213
13Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · p. 451 cita
[18]casos de guerra o necesidad, y para consumirlos con sus sujetos en ocasiones solemnes, grandes festejos y celebraciones: el trabajo dado por los indios se dedicaba al cultivo del sembrado del cacique, al sostenimiento del sacerdocio y, en algunas instancias, parece que a la elaboración de algunas obras comunes, como…p. 45
14Antes de Colombia. Los primeros 14.000 añosCarl Henrik Langebaek · 2021 · p. 4071 cita
[21]poder de los caciques muiscas, sus argumentos parecen circunscribirse a ciertos momentos específicos, y muy especialmente a las grandiosas y prolongadas fiestas durante las cuales los indígenas se congregaban en lugares ceremoniales de gran importancia, muchos de ellos con una centenaria o milenaria ocupación, para…p. 407
15Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 281 cita
[22]El ma í z serv í a para hacer arepas y “ chi 30 HISTORIA M Í NIMA DE COLOMBIA cha ”, una bebida fermentada para sus frecuentes fiestas y celebra ciones. Usaban tambi é n el tabaco y la coca. En casi toda la cordillera oriental, sus vecinos de los valles inter medios del r í o Magdalena y de la tierra caliente eran…p. 28
16Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 521 cita
[24]en el siglo XVI algunos territorios marginales o casi independientes, cuya sumisión al Zipa o al Zaque no estaba del todo clara. El status de estos territorios en el momento de la Conquista debe evaluarse, en parte por lo me- nos, en términos de un proceso histórico. En primer lugar, los dos "Estados" incipientes eran…p. 52
17Peregrinación de AlphaManuel Ancízar · 2016 · p. 305, 3102 citas
[29]grandes con las protu - berancias gastadas por la masticación, y junto a ellas otras más pequeñas, sin desgaste alguno, conservando toda la tersura de un esmalte azuloso, como si hubiesen pertene - cido a individuos jóvenes, prueba de que en tiempos re - motos existía y se propagaba en estas regiones aquella raza de…p. 305
[30]tierra de las cercanías hacia Chinibaque, hallarían buenas minas de hulla, y me fundo en que en estos parajes el terreno keuperiano reposa inme - diatamente sobre areniscas ferruginosas o sobre esquistos más o menos carburados, que indican el tránsito de aquel terreno al carbonífero sin promediar otro, y como las dis…p. 310