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Hecho histórico · Prehispánico · antes de 1499

Bioarqueología de Tibanica y el debate sobre la desigualdad muisca

El análisis bioarqueológico del sitio funerario de Tibanica (Soacha, ca. 1000–1400 d. C.) revela una sociedad muisca con distinciones sociales reales pero débiles, donde el prestigio circulaba por vías simbólicas y rituales antes que por acumulación material, cuestionando el modelo de cacicazgo fuertemente estratificado heredado de los cronistas del siglo XVI.

Bioarqueología de Tibanica y el debate sobre la desigualdad muisca
Momento representado: Bogotá, década de 2010: análisis de muestras del proyecto arqueológico Tibanica en un laboratorio de ADN antiguo.
01

Ficha del acontecimiento

Síntesis

Cuándo
Ca. 1000–1400 d. C. (ocupación del cementerio); excavaciones arqueológicas en 2007 y 2008
Dónde
Soacha, Sabana de Bogotá, Altiplano cundiboyacense, Sogamoso, Honda, Tibanica, Funza, Hunza (Tunja), Bacatá
Protagonistas
Gonzalo Jiménez de Quesada, Juan de Castellanos, Lucas Fernández de Piedrahita, Carl Henrik Langebaek, Ana María Boada, Marianne Cardale de Schrimpff, Sylvia Broadbent, Pedro Simón
02

Lectura causal

Causas, hecho y consecuencias

Causas

  1. La consolidación desde el siglo XVI de un modelo interpretativo —proyectado por cronistas como Jiménez de Quesada, Castellanos, Pedro Simón y Piedrahíta— que describía la sociedad muisca como un cacicazgo fuertemente estratificado con élites que controlaban producción, mano de obra y circulación de bienes, siguiendo la gramática política europea de reyes y vasallos.
  2. La adopción por parte de buena parte de la arqueología del siglo XX de esquemas evolutivos unilineales que asumían que mayor complejidad política implicaba automáticamente mayor jerarquización interna y control económico de élites, llevando a leer cada indicio material aislado como prueba de dominio de pocos sobre muchos.
  3. La disponibilidad en Tibanica de una muestra funeraria numerosa que permitió cruzar simultáneamente ajuares, paleodieta, salud dental, demografía y consumo faunístico, ofreciendo evidencia empírica suficiente para contrastar el modelo estratificado clásico.
  4. La disociación observable en el registro arqueológico entre consumo conspicuo y festivo (grupo 2 de entierros) y riqueza de ajuares funerarios, que obligó a replantear la relación entre liderazgo político y control económico en el contexto muisca tardío.
Ca. 1000–1400 d. C. (ocupación del cementerio); excavaciones arqueológicas en 2007 y 2008Bioarqueología de Tibanica y el debate sobre la desigualdad muisca

Consecuencias

  1. El cuestionamiento empírico del modelo de cacicazgo fuertemente estratificado: Tibanica no muestra tumbas fastuosas frente a una masa de fosas desnudas, ni élites con cuerpos biológicamente diferenciados, sino distinciones modestas articuladas principalmente por sexo y oficio antes que por rango o riqueza acumulada.
  2. La identificación de una forma de desigualdad 'blanda' o simbólica entre los muiscas tardíos de Tibanica, donde el prestigio se expresaba mediante objetos foráneos de carga ritual y la organización de festines redistributivos, sin traducirse en control económico, mejor nutrición ni mayor longevidad de un grupo privilegiado.
  3. El establecimiento metodológico de que la variable sexo —y no la presencia de ajuar— es el principal eje que estructura las diferencias dietarias en Tibanica, advirtiendo que sin desagregar la muestra por sexo cualquier análisis refuerza por inercia el modelo estratificado clásico.
  4. La alimentación del debate académico sobre el tipo de desigualdad muisca, central en la obra de Langebaek y colaboradores, con evidencia de que la complejidad social no es sinónimo de jerarquización institucionalizada y que la relación entre liderazgo político y control económico debe demostrarse yacimiento por yacimiento, no asumirse a priori.
  5. La advertencia de que los patrones funerarios de un solo sitio muisca no son necesariamente generalizables a otros yacimientos cercanos, y que los varios siglos de uso del cementerio de Tibanica, aproximadamente entre 1000 y 1400 d. C., exigen contextualizar las interpretaciones sobre diferenciación social.
03

La clave interpretativa

Por qué importa

Tibanica es uno de los casos empíricos más sólidos para cuestionar la imagen de la sociedad muisca tardía como un cacicazgo rígidamente estratificado: sus datos bioarqueológicos muestran que el prestigio y la autoridad podían reproducirse mediante generosidad ritual y consumo conspicuo sin sedimentarse en riqueza funeraria ni en cuerpos biológicamente privilegiados. El hallazgo obliga a separar complejidad política de jerarquización económica, y a reconocer que las dimensiones de la desigualdad —simbólica, dietaria, demográfica, de género— no son coherentes entre sí ni apuntan necesariamente a un eje vertical de clases, revisando así cinco siglos de interpretación que proyectaron sobre el altiplano cundiboyacense categorías coloniales y esquemas evolutivos ajenos a la evidencia material.
04

Desarrollo histórico

La historia completa

Tibanica y el debate sobre la desigualdad muisca

En el flanco sur de la Sabana de Bogotá, en jurisdicción del actual municipio de Soacha, un yacimiento arqueológico llamado Tibanica ha obligado a reescribir la imagen de la sociedad muisca tardía. El sitio, con una ocupación fechada aproximadamente entre 1000 y 1400 d. C., ha entregado una muestra funeraria numerosa que permite examinar simultáneamente los ajuares, la paleodieta, la salud dental, la demografía y el consumo de fauna de una comunidad muisca anterior al contacto español. Los resultados, cruzados con los que Carl Henrik Langebaek, Ana María Boada y otros investigadores han producido en la sabana y el altiplano cundiboyacense, ponen en aprietos un modelo asentado desde el siglo XVI: el de un cacicazgo muisca fuertemente estratificado, con élites que controlaban la producción, la mano de obra y la circulación de bienes. Lo que Tibanica muestra es otra cosa, más incómoda de nombrar y más difícil de dibujar: una sociedad con distinciones reales pero blandas, donde el prestigio circulaba por vías simbólicas y rituales antes que por la acumulación material, y donde las diferencias más nítidas atravesaban el sexo y el oficio antes que un eje vertical de clases.

El sitio y su ecosistema

Tibanica se levanta en un paisaje de humedales. La reconstrucción ambiental del sitio dibuja un entorno de zonas inundables donde la avifauna incluía garzas, tinguas y patos, y en cuyos alrededores circulaban venados, curíes, nutrias, zorros y conejos. En el agua era esperable encontrar el pez capitán (Eremophilus mutisii), acompañado por la guapucha (Grundulus bogotensis), dos especies andinas cuya presencia dibuja una cuenca de aguas frías y someras. Un ecosistema rico y estacional, con una oferta de proteína animal accesible al margen de la agricultura, aunque no ilimitada. Es sobre esta base ecológica —humedal, laguna, orillas fangosas— sobre la que hay que leer la vida material de los enterrados.

Sobre ese paisaje, entre aproximadamente 1000 y 1400 d. C., se desarrolló un asentamiento cuyos entierros hoy se ordenan en cinco categorías analíticas: los grupos 1, 2, 3 y 4, más un conjunto de entierros no asociados a grupo alguno, agrupados como grupo 0. El análisis de clúster agrupa estrechamente los conjuntos faunísticos del grupo 0 con los de los grupos 2 y 3. El grupo 1 se acerca a ese núcleo; el grupo 4 queda muy alejado. Las correlaciones estadísticas confirman vínculos significativos entre los grupos 0 y 2, 0 y 3, y 2 y 3. Detrás de esa aritmética hay un dato conceptual: la mayor parte de la población enterrada en Tibanica compartió, con matices, un espectro de consumo relativamente homogéneo, con un solo grupo —el 4— claramente aparte. La sospecha de una gran fractura entre "los que comen bien" y "los demás" se disuelve en cuanto se mira la muestra completa: hay variación, sí, pero no un abismo.

Los ajuares: distinciones modestas, foráneas y de oficio

La primera sorpresa de Tibanica está en las tumbas mismas. La gran mayoría de los entierros no conserva ajuar alguno. Entre los que sí lo conservan, las diferencias son estrechas. No hay, en este cementerio, un puñado de tumbas fastuosas frente a una masa de fosas desnudas; no hay personajes marcados por un lujo funerario radical. Existe diferenciación social, sí, pero se expresa débilmente en la práctica funeraria.

Cuando aparecen distinciones, provienen ante todo de la presencia de objetos foráneos: metales o piezas elaboradas con huesos de determinadas clases de animales. Y aquí surge la observación crucial: esos objetos servían para marcar una diferencia social que no tenía relación con el control de la vida económica. Un individuo enterrado con oro no era necesariamente un jefe agrícola ni el amo de la mano de obra local; era, más bien, alguien cuya persona estaba investida de un prestigio simbólico anclado en lo lejano, lo raro, lo cargado de significado ritual.

Muchas de las diferencias restantes se explican por el oficio, y el oficio está vinculado al sexo. Puntas para caza asociadas a hombres, husos y volantes de hilado asociados a mujeres: no son marcas de riqueza sino de identidad y trabajo. La lectura tradicional, que veía en cada ajuar un peldaño en una escalera jerárquica, se desdibuja: aquí las piezas dicen más sobre quién era el difunto en vida —qué hacía, a qué esfera pertenecía— que sobre cuánto poseía. Los documentos españoles del siglo XVI registran con nitidez el apego muisca a los objetos suntuarios —textiles, oro, caracoles marinos—, pero ese apego no equivale, sin más, a un control económico ejercido desde arriba. Confundir un signo de prestigio con una prueba de dominio productivo es uno de los deslizamientos que la arqueología reciente ha aprendido a evitar, y Tibanica ofrece un caso donde el desacoplamiento entre ambos planos se hace visible en un mismo cementerio.

La mesa: maíz, carne y una desigualdad de sexo

Los análisis isotópicos aplicados a los individuos de Tibanica ofrecen la vista más precisa hasta ahora de su dieta cotidiana. La fuente energética dominante provenía de recursos C4 —muy probablemente maíz—, complementada con cerca de un 30% de energía de origen C3, entre los que podrían contarse tubérculos como la papa. Es un patrón de subsistencia coherente con lo que se conoce del altiplano cundiboyacense en el Muisca Tardío: una agricultura de maíz consolidada, apoyada en cultivos de raíces y en el aprovechamiento de la fauna acuática y terrestre del entorno.

Dentro de ese patrón hay, sin embargo, una fisura persistente. Los hombres presentan firmas isotópicas de nitrógeno sistemáticamente más altas que las mujeres. En términos de paleodieta, esto significa que consumieron mayor proporción de proteína animal. Los análisis complementarios indican que también consumían, posiblemente, más maíz. La diferencia parece haberse instalado temprano, quizá desde la infancia, y sugiere que el maíz cargaba en Tibanica un contenido simbólico ligado a la identidad masculina, y no solo un valor calórico. No hablamos de un desnivel puntual en la mesa de un festejo, sino de un patrón dietario de largo aliento que se inscribe en los huesos.

Cuando se cruza esta variable con la presencia de ajuar, aparece otro dato revelador. Las personas enterradas con ajuar consumían más proteína animal y mostraban firmas de carbono más altas que las enterradas sin ajuar, lo que apunta a un posible mayor consumo de recursos C4. Los pocos individuos enterrados con oro presentan lecturas de nitrógeno y carbono bastante más altas que el resto, aunque la muestra es demasiado pequeña para que el análisis estadístico sea concluyente. Hasta aquí, la imagen parece encajar con un cacicazgo estratificado: quienes tienen más objetos comen más y mejor.

Pero el matiz decisivo desmonta la simetría. No hay diferencia significativa en el consumo de carne entre hombres con ajuar y hombres sin ajuar, ni entre mujeres con ajuar y mujeres sin ajuar. Dentro de cada sexo, la presencia de ajuar no discrimina la dieta. La variable que efectivamente parte la muestra es el sexo, no el rango. La brecha nutricional que a primera vista parecía separar a "ricos" de "pobres" es, en realidad, la brecha entre hombres y mujeres, redistribuida ilusoriamente por la asociación estadística entre sexo y tipos de ajuar. El eje de la desigualdad, en la mesa, es de género. Y el hallazgo obliga a un cambio de método: sin desagregar la muestra por sexo, cualquier lectura habría reforzado por inercia el modelo estratificado clásico.

Cuerpos: caries, partos y una supervivencia femenina paradójica

Los cuerpos cuentan otra parte de la historia. La caries dental afecta a cerca de siete de cada diez personas enterradas en Tibanica, una proporción considerablemente alta respecto de periodos anteriores y coherente con una dieta densa en carbohidratos, especialmente maíz. La caries es más frecuente en mujeres que en hombres, con independencia de que estén enterradas con ajuar o sin él. Y entre las mujeres, las enterradas con ajuar presentan porcentajes de caries iguales o mayores que las enterradas sin ajuar.

Este dato, pequeño en apariencia, tiene consecuencias grandes. Si existiera en Tibanica un grupo de mujeres privilegiadas con acceso diferencial a alimentos "mejores" en el sentido tradicional, se esperaría verlo reflejado en una salud bucal más protegida. No aparece. Las mujeres con ajuar no son un subconjunto sano frente a una mayoría precaria: comparten con las demás una alta prevalencia de caries, y a veces la superan. El ajuar no compra, en el registro biológico, un cuerpo distinto.

La demografía profundiza la paradoja. En el tramo reproductivo, la probabilidad de muerte femenina se dispara: 16,2% frente a 7,72% masculina. Es la firma de las muertes por parto y sus complicaciones, una constante en poblaciones agrícolas premodernas. Pero las mujeres que atraviesan ese umbral revierten la tendencia. En cohortes equivalentes de adultos maduros —por ejemplo, entre los 25 y los 29 años—, la probabilidad de muerte femenina baja al 8,8% frente a un 11,1% masculina. Las mujeres que sobreviven a sus embarazos tienden, en promedio, a vivir más años que los hombres.

A esto se suman, entre la población de Tibanica, enfermedades artríticas y otras dolencias óseas asociadas con la intensificación agrícola: cuerpos marcados por el trabajo continuado, por los gestos repetidos de la siembra, la cosecha, el procesamiento del maíz y el hilado. La salud no dibuja una élite. Dibuja una comunidad en la que el sexo, la edad reproductiva y la carga del trabajo agrícola pesan más que cualquier gradiente de rango. Si algún privilegio hubo, no logró blindar los cuerpos frente al maíz molido en el metate ni frente al riesgo del parto.

El grupo 2 y el problema del consumo conspicuo

De los cinco conjuntos analíticos, el grupo 2 concentra la interpretación más provocadora. Sus entierros se asocian con un espectro faunístico más variado y con mayor consumo de carne, así como con posibles evidencias de festejos y de exhibición de fauna exótica. Todo apunta a un consumo conspicuo: banquetes, ostentación, uso ceremonial de animales inusuales. En un cacicazgo clásicamente estratificado, este grupo debería ser la élite política y económica.

No lo es. El grupo 2 no corresponde a los individuos más ricos en términos de ajuares funerarios. Tampoco muestra una relación clara con individuos más longevos o mejor nutridos que el resto. La riqueza de la mesa festiva no se traduce en la riqueza del ajuar, ni en un cuerpo demostrablemente distinto. Lo que aparece es una disociación entre el consumo público y las marcas duraderas del privilegio.

Esa disociación abre una hipótesis que reordena el problema. Sugiere que la autoridad —o al menos cierto tipo de autoridad— se reproducía en Tibanica mediante la organización de festines, la exhibición redistributiva y la exposición ritual de fauna cargada de significado, y no mediante la acumulación patrimonial. Es la lógica de un liderazgo que se financia por generosidad y por capacidad de convocar, no por apropiación silenciosa de excedentes. Una economía política donde el prestigio se paga en carne compartida y no se sedimenta en tumbas ricas. El líder que celebra no atesora: gasta hacia afuera lo que en otros modelos se guardaría hacia adentro.

De los cronistas al clúster: la larga sombra de un modelo

Contra este cuadro empírico pesa, desde hace cinco siglos, un modelo interpretativo robusto. Los cronistas del siglo XVI —Gonzalo Jiménez de Quesada, Juan de Castellanos, luego Pedro Simón y ya en el XVII Lucas Fernández de Piedrahíta— describieron una sociedad muisca articulada por caciques poderosos, con jerarquías marcadas entre uzaques, capitanes y comunes, y con élites que percibían tributos, controlaban mano de obra y disponían de bienes suntuarios. Ese retrato, escrito bajo la lógica de la conquista y de la encomienda, era funcional a los intereses ibéricos y coherente con las categorías políticas europeas del momento. Legitimaba la sustitución de un supuesto vértice indígena por un vértice colonial, y proyectaba sobre el altiplano la gramática de reyes y vasallos que los cronistas traían en la cabeza.

En el siglo XX, buena parte de la arqueología muisca prolongó el modelo. Aplicando esquemas evolutivos unilineales heredados de la antropología neoevolucionista, muchos investigadores dieron por sentado que la complejidad política observable en el registro material implicaba, automáticamente, jerarquización interna y control económico. Se buscó en los sitios muiscas la señal de las élites: cerámica decorada, muros mayores, diferencias en nutrición, concentración de bienes exóticos. Cada indicio material aislado se leyó como prueba de un dominio de pocos sobre muchos.

Contra ese hábito interpretativo, la literatura reciente —Sylvia Broadbent en momentos tempranos, Marianne Cardale de Schrimpff, y sobre todo Langebaek y sus colaboradores en las últimas décadas— ha ido advirtiendo dos cosas. Primera: la complejidad social no es sinónimo de nivel de diferenciación social. Un esquema unilineal que asume que a mayor complejidad corresponde mayor jerarquización institucionalizada confunde ejes que pueden variar por separado. Segunda: las dimensiones a lo largo de las cuales se expresa la distancia social no son necesariamente coherentes entre sí. Alguien puede tener prestigio ritual sin controlar la producción; alguien puede organizar festines sin acumular tierras; alguien puede portar oro sin dirigir cosechas. La relación entre liderazgo político y control económico, que en cierta tradición del estudio de los cacicazgos se dio por obvia e intrínseca, hoy debe demostrarse yacimiento por yacimiento.

Tibanica es, precisamente, una de esas demostraciones. Y su respuesta empuja hacia la segunda posición.

Los alcances de un solo yacimiento

Sería impropio, sin embargo, elevar Tibanica a caracterización universal de la sociedad muisca tardía. El propio registro impone límites que conviene explicitar, y todos ellos apuntan a la fragilidad del gesto generalizador.

La cronología exige distinguir la duración general de los periodos culturales de las fechas del cementerio estudiado. En Tibanica, las dataciones por radiocarbono de restos humanos sitúan la ocupación aproximadamente entre 1000 y 1400 d. C., a lo largo de las fases Muisca Temprana y Tardía. Las muestras procedentes de los distintos grupos funerarios indican que estos se utilizaron durante los mismos siglos, lo que permite compararlos entre sí. Esa coincidencia temporal no convierte varios siglos de uso del cementerio en una sola generación, ni establece la fecha exacta de cada entierro sin ajuar.

Está luego la variabilidad entre sitios. Los patrones funerarios muiscas cambian de manera significativa entre yacimientos cercanos. En Soacha misma, la orientación de los entierros se organiza en dos grupos —uno mirando al sur, otro al oriente— sin que esa distinción discrimine sexo o edad. Lo que rige en Tibanica puede resultar irrelevante en un yacimiento vecino, y viceversa. Esa variabilidad sugiere ante todo diversidad cultural entre lugares, más que gradientes internos de jerarquía comparables de sitio a sitio.

A eso se añade el problema de la conservación. La mayor parte de los materiales arqueológicos muiscas conocidos carece de contexto estratigráfico: fueron obtenidos por guaqueros o hallados casualmente por campesinos, y llegaron a museos y colecciones sin registro asociativo. Poco o nada se conoce sistemáticamente de la estratigrafía del territorio muisca, y las excavaciones científicamente controladas se han limitado, en buena parte, a problemas locales y sitios superficiales. La reconstrucción de los orígenes y sucesivas fases de la cultura muisca sigue siendo tarea pendiente.

Queda, por último, la restricción estadística. Los individuos enterrados con oro en Tibanica son pocos, y sus valores isotópicos elevados —aunque sugestivos— no soportan un análisis concluyente. Es posible que exista una élite marcada que la muestra no captura bien; también es posible que la señal alta sea un artefacto de tamaño. Ambas hipótesis siguen abiertas.

Oro, mantas y sal: el intercambio como cifra política

Fuera del cementerio, otros indicios convergen en una imagen semejante a la que dibuja Tibanica. La orfebrería muisca utilizó oro obtenido en zonas muy lejanas a sus lugares de residencia, y el intercambio de bienes estuvo mediado por la importancia simbólico-religiosa de ciertos recursos, no únicamente por necesidades alimenticias. Las mantas —la mercancía de mayor circulación entre los muiscas— pudieron servir como patrón para medir valores, pero nunca fueron plenamente homogéneas: la variabilidad del trabajo incorporado en su factura las mantenía como bienes con historia individual, no como equivalente universal. El oro y la sal circularon con intensidad sin llegar a ser medios generales de cambio, y en los cacicazgos el oro alcanzó el estatuto de símbolo antes que de moneda: privilegio de pocos, anhelado por quienes podían aspirar a mayor rango.

Es una economía donde el prestigio circula largamente y en cifra simbólica, donde no cristaliza un dinero, donde las mantas miden pero no equivalen. Un régimen coherente con lo que Tibanica exhibe en sus tumbas: objetos foráneos que marcan diferencia sin fundamentar control económico, distinciones que dependen de la carga ritual de las cosas más que de su función productiva, una desigualdad que se juega en el registro del significado antes que en el del patrimonio.

Qué tipo de desigualdad, entonces

Con todos estos matices —los que confirman y los que limitan—, el escenario que se dibuja en Tibanica y en su entorno tiene un perfil propio, difícil de plegar sobre las categorías heredadas.

No es la sociedad igualitaria idealizada por algunas relecturas tardías del mundo indígena: hay distinciones reales, hay objetos que marcan, hay grupos con espectros de consumo diferenciables, hay una probable élite ritual capaz de organizar festines y exhibir fauna exótica.

Tampoco es el cacicazgo fuertemente estratificado que los cronistas del siglo XVI dieron por supuesto y que buena parte de la arqueología del siglo XX reprodujo. No hay individuos marcadamente diferenciados en el registro funerario. No hay una brecha nutricional que separe a ricos de pobres, y la que aparece a primera vista es una diferencia de sexo, no de rango. No hay una asociación clara entre consumo conspicuo y acumulación de riqueza. No hay una salud dental notoriamente mejor entre quienes portan ajuar. No hay, en fin, la firma biológica que un régimen de dominación económica prolongado y estable tendería a dejar en los cuerpos.

Lo que hay se parece más a una desigualdad situacional y en proceso, cuyas dimensiones no se ordenan en una sola escalera. Una organización social con jerarquías incipientes entre uzaques y capitanes, con procesos de herencia de cargos aún flexibles, en tránsito hacia formas más centralizadas sin haber consolidado una estructura estatal ni clases rígidamente diferenciadas. El eje más nítido de desigualdad interna no es vertical, entre élites y comunes, sino transversal: entre hombres y mujeres, articulado por el acceso diferencial a proteína animal y maíz desde etapas tempranas de la vida, por la carga reproductiva que dispara la mortalidad femenina en el tramo fértil, y por la distribución sexuada del oficio que se refleja en los objetos depositados en las tumbas.

Por encima de ese eje, existe un segundo nivel de diferenciación, más blando, ligado a la posesión de objetos foráneos —oro, ciertos huesos animales, quizá caracoles marinos y textiles finos— que confieren prestigio sin implicar control de recursos productivos. Y existe, todavía, una tercera capa: la de quienes ejercen liderazgo mediante el consumo conspicuo, la organización de festines y la exhibición ritual, cuya autoridad se sostiene en el gasto público antes que en la propiedad privada, y cuyo poder se disipa en cuanto cesa la capacidad de convocar.

Lo que dejan los huesos

Hacia 1400, en las orillas encharcadas del sur de la Sabana, un grupo de personas vivió, trabajó, comió, celebró y enterró a sus muertos. Seis siglos después, sus huesos y sus tumbas están reescribiendo lo que creíamos saber sobre ellos. No dicen que la desigualdad muisca no existió; dicen que fue de una clase distinta a la que habíamos aprendido a nombrar. Una desigualdad que se resiste a la escalera y prefiere la constelación: sexo, oficio, prestigio ritual, capacidad de convocar, todo ello variando por caminos que no siempre coinciden.

El desafío que Tibanica plantea es, en el fondo, un problema de vocabulario. La lengua con la que se ha descrito el mundo muisca durante cinco siglos —caciques, vasallos, tributo, señorío— viene de una tradición que dio por supuesto que el poder político y el control económico son caras de la misma moneda. El yacimiento sugiere que en la Sabana pudieron circular por separado. Habrá que aprender a nombrar sociedades en las que quien organiza los festines no es necesariamente el que acumula, en las que quien porta oro no es necesariamente el que manda, en las que la línea más honda de desigualdad no atraviesa la comunidad de arriba abajo sino de un sexo al otro. No es una tarea filológica menor: cada palabra que se elige presupone un modelo, y los modelos disponibles son estrechos para lo que los huesos dicen.

Otros sitios de la sabana y del altiplano cundiboyacense —Funza, Bacatá, Hunza, Sogamoso, y decenas de yacimientos menores— pueden confirmar, matizar o complicar el cuadro. Algunos, cuando se excaven con la misma finura, quizá muestren jerarquías más marcadas; otros, tal vez, aún más blandas. La comparación sistemática entre yacimientos, con muestras isotópicas amplias, cronologías finas y análisis bioarqueológicos consistentes, es todavía una promesa antes que una realidad. Mientras tanto, lo que Tibanica ha entregado no es una radiografía de la totalidad muisca, sino una ventana precisa a un momento y un lugar, suficiente para desmontar la comodidad de las viejas fórmulas.

Aprender a leerla exige quedarse frente a esos molares cariados, frente a esos huesos de mujeres jóvenes muertas en el tramo fértil, frente a esas tumbas sin oro pero con un huso, y resistir la tentación de traducirlos al vocabulario de reyes y súbditos que trajeron los cronistas. Exige, también, tolerar una imagen menos ordenada, menos épica, menos jerárquica de lo que fue la Sabana en vísperas del contacto: no un reino en miniatura ni una utopía comunitaria, sino una trama de diferencias que se cruzaban sin cuajar del todo. La desigualdad que allí se dibuja —heterárquica, situacional, sexuada, mediada por el símbolo— es la tarea que el yacimiento ha dejado abierta. Una tarea que empieza, quizá, por aceptar que los huesos no siempre confirman los libros, y que en ese desacuerdo hay más historia que en cualquier concordancia cómoda.

05

La época alrededor

Este hecho no ocurrió solo

07

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

10 documentos · 31 fragmentos
01Economías prehispánicas de ColombiaAlberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres, Santiago Giraldo, Daniela Castellanos Montes, Marianne Cardale de Schrimpff, Carl Henrik Langebaek, María Antonieta Corcione Nieto, Catalina Zorro, Luisa Mendoza, Marcela Bernal, Lucero Aristizábal, Leonor Herrera · p. 158, 339, 343, 349 y 3 más14 citas
[1]de zonas inundables. La avifauna, particularmente abundante en este tipo de ecosistema, debió caracterizarse por incluir una amplia gama de pájaros, garzas, tinguas y patos. Entre los mamíferos se debían encontrar los venados (Odocoileus virginianus), las chuchas (Didelphis spp.), las musarañas (Cryptotis thomasi),…p. 358
[2]de zonas inundables. La avifauna, particularmente abundante en este tipo de ecosistema, debió caracterizarse por incluir una amplia gama de pájaros, garzas, tinguas y patos. Entre los mamíferos se debían encontrar los venados (Odocoileus virginianus), las chuchas (Didelphis spp.), las musarañas (Cryptotis thomasi),…p. 358
[3]la obtenida tras la realización de un análisis de clúster. El Gráfico 8 presenta el dendrograma obtenido a partir de este análisis, y muestra, con un coeficiente de correlación de 0,9889, que los conjuntos faunísticos de los entierros no asociados con grupos y los de los grupos 2 y 3 son muy próximos. El grupo 1, por…p. 364
[4]la obtenida tras la realización de un análisis de clúster. El Gráfico 8 presenta el dendrograma obtenido a partir de este análisis, y muestra, con un coeficiente de correlación de 0,9889, que los conjuntos faunísticos de los entierros no asociados con grupos y los de los grupos 2 y 3 son muy próximos. El grupo 1, por…p. 364
[7]de metal o elaborados con huesos de ciertas clases de animales— servía para marcar una diferencia social que, sin embargo, no tenía relación alguna con el control de la vida económica. En el sitio, es probable que el grupo 2 se asocie con el consumo conspicuo: festejos, exhibición de fauna exótica e incluso consumo de…p. 370
[8]de metal o elaborados con huesos de ciertas clases de animales— servía para marcar una diferencia social que, sin embargo, no tenía relación alguna con el control de la vida económica. En el sitio, es probable que el grupo 2 se asocie con el consumo conspicuo: festejos, exhibición de fauna exótica e incluso consumo de…p. 370
[9]isótopos realizados por Delgado et al. (2014) y Aristizábal (2015). La mayor fuente energética de los individuos en Tibanica provendría de recursos c₄, probablemente maíz, complementado; cerca de un 30% de la energía provendría de recursos c₃, incluyendo tubérculos como la papa. Los resultados obtenidos por…p. 343
[10]isótopos realizados por Delgado et al. (2014) y Aristizábal (2015). La mayor fuente energética de los individuos en Tibanica provendría de recursos c₄, probablemente maíz, complementado; cerca de un 30% de la energía provendría de recursos c₃, incluyendo tubérculos como la papa. Los resultados obtenidos por…p. 343
[16]de muerte aumenta en los individuos femeninos que se encuentran en edad reproductiva (7,72% de individuos masculinos vs. 16,2% de individuos femeninos). De igual forma, estos resultados muestran que las mujeres que sobreviven a la etapa reproductiva tienen una alta probabilidad de sobrevivir más años que los hombres…p. 349
[17]de muerte aumenta en los individuos femeninos que se encuentran en edad reproductiva (7,72% de individuos masculinos vs. 16,2% de individuos femeninos). De igual forma, estos resultados muestran que las mujeres que sobreviven a la etapa reproductiva tienen una alta probabilidad de sobrevivir más años que los hombres…p. 349
[18]la diferenciación social puede basarse en las más diversas combinaciones y permutaciones. No hay modelos únicos que correspondan a niveles de complejidad social que se puedan definir en tipos característicos, pero sí distintas estrategias de diferenciación social determinadas por el grado de control que pueden ejercen…p. 339
[19]la diferenciación social puede basarse en las más diversas combinaciones y permutaciones. No hay modelos únicos que correspondan a niveles de complejidad social que se puedan definir en tipos característicos, pero sí distintas estrategias de diferenciación social determinadas por el grado de control que pueden ejercen…p. 339
[21]y la consolidación de las figuras de autoridad en estas sociedades mediante la redistribución de bienes provenientes de diversas ecologías (Sahlins, 1958; Service, 1962). Eventualmente se revaluó la redistribución como atributo de las economías cacicales (Earle, 1977; Feinman y Neitzel, 1984) y esta pasó a ser…p. 158
[22]y la consolidación de las figuras de autoridad en estas sociedades mediante la redistribución de bienes provenientes de diversas ecologías (Sahlins, 1958; Service, 1962). Eventualmente se revaluó la redistribución como atributo de las economías cacicales (Earle, 1977; Feinman y Neitzel, 1984) y esta pasó a ser…p. 158
02Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · p. 225, 244, 249, 265, 2705 citas
[5]social, apenas basada en la edad y en el rango heredado, sin mayor discriminación en términos de sexo, excepto por aquellos objetos que indican actividades restringidas a hombres (como cazar) o a mujeres (como hilar algodón). Otros, como en Tibanica, reconocen que existía una diferenciación social, pero que esta se…p. 225
[11]De nuevo, la respuesta es “Todos los individuos, independientemente de su per- a un grupo, tuvieron una dieta mixta, con acceso a los alimentos, aunque en el grupo 1 se identificó un consumo nor de carne, En términos de la edad de los individuos, 231 Los muiscas se encuentra la misma tendencia. Más contundente es el…p. 244
[12]los festejos comunales. Pero, como se ha visto, eso no implicó que las élites controlaran el consumo de maíz, aunque lo interesante es que sí parece haber servido de medio para identificar roles de sexo, No porque las mujeres no lo consumieran, sino porque los hombres parecen haberlo consumido mucho más, y desde muy…p. 249
[14]a individuos enterrados con y sin ajuar. Otro estudio relevante es el de Luisa Fernanda Mendoza. Su trabajo se concentró también en Tibanica, pero limitado al tema de la salud dental. Allí confirmó que las personas enterradas con ajuar podían suftir de algunos problemas dentales en una proporción bastante alta, pero…p. 265
[15]que se encuentren entre los muiscas A 257 Los muiscas evidencias de individuos desligados del trabajo. Lo cual no quiere decir que todos hicieran siempre la misma clase de trabajo. ESPERANZA DE VIDA Un aspecto que podría dar luces sobre las hasta ahora elusivas élites muiscas es la esperanza de vida. ¿Podría hablarse…p. 270
03Antes de Colombia. Los primeros 14.000 añosCarl Henrik Langebaek · 2021 · p. 282, 338, 388, 394, 3985 citas
[6]indican distinciones muy marcadas. No hay en ninguna parte unos entierros que revelen la existencia de personajes especiales que fueran enterrados con objetos singulares a través de los cuales se quisiera marcar distancias respecto a otros individuos. De hecho, las diferencias que se pueden encontrar sugieren ante…p. 388
[13]los segundos, de 159 cm. En Malagana, los hombres medían 166 cm y las mujeres, 153 cm, en promedio. En otras palabras, se puede sugerir que los indígenas de periodos tardíos, pese a ser agricultores, no tenían una estatura baja en relación con sus antecesores. A veces, incluso, pudieron ser más altos. Entre los…p. 282
[20]grupo de personas de Mesitas tenía el poder de hacer que otras personas produjeran sus alimentos? ¿Que un muro de 80 metros de largo muestra en la Sierra Nevada de Santa Marta alguna forma de control de mano de obra en beneficio de una élite? Peor aún, ¿qué tan fácilmente debemos aceptar que la población muisca tenía…p. 394
[23]social en cierto momento, pero siempre es más útil saber algo sobre los antecedentes, o sobre los desarrollos posteriores. Lo anterior quiere decir que la mejor forma de conocer cómo se desarrolló la desigualdad implica estudios comparativos que abarquen largos periodos. No voy a extenderme más en estas…p. 338
[24]igualdad les parecería una tontería, pero las relaciones entre individuos no se basan en apropiarse del trabajo ajeno. El mundo de muchas sociedades indígenas suele ser profundamente jerarquizado. A modo de ejemplo, en algunas sociedades indígenas se afirma que hombres y mujeres no comparten un origen común. Y no solo…p. 398
04La subversión en Colombia. El cambio social en la HistoriaOrlando Fals Borda · 2008 · p. 631 cita
[25]de turno. De esta etapa del vecindario, los Chibchas estaban pasan- do a otra basada en la conveniencia de un estado central, gracias al predominio que empezaba a ejercer el Zipa o rey de Hunza (hoy Funza), sobre los uzaques o jefes de tribus. Se re- conocían jerarquías entre los uzaques y los capitanes. Los pri -…p. 63
05Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 981 cita
[26]escondido. El arte muisca es r í gido, lineal y altamente estilizado, y se distingue inmediatamente de los estilos elaborados, a veces exuberantes, de las culturas prehist ó ricas de las tierras vecinas. Pero esta misma rigidez y simetr í a, estas superficies opacas y estas formas sobrias, tienen un especial encanto.…p. 98
06Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · p. 121 cita
[27]las relaciones comerciales afianzaban redes de intercambio cultural más profundas. un aspecto importante de la sociedad muisca fue el desarrollo y la complejidad que se desprendieron de una economía natural no monetaria, y que se desplegó al tener un escenario de vastas redes comerciales y cercanías culturales y…p. 12
07Breve historia económica de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 2017 · p. 431 cita
[28]que cumpliera adecuadamente las funciones que se le atribuyen, como patrón de medida del valor, medio de intercambio o alma- cén de valor. Sin embargo, existieron ciertas mercancías que se intercambiaron con mayor frecuencia y que pudieron servir como patrón para medir valores. Esta característica se le ha atribuido…p. 43
08Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · p. 2621 cita
[29]adquirido o hereditario, que se expresaba en muchos aspectos de la cultura. Obviamente, el gran avance de la orfebrería y alfarería de algunos —no todos— cacicaz- gos se debía al creciente pedido que tenían estos artefactos de gran perfección tecnológica y estética, en una sociedad en que la riqueza personal tenía…p. 262
09Historia de Colombia. La Colombia más Antigua. Tomo 1Gonzalo Hernández de Alba (dir.); Camilo Domínguez O., José L. Lorenzo, Amancio Fernández, Gonzalo Correal y otros · p. 1411 cita
[30]laguna de la Herrera, Zipacón, Tequen- 114 Dibujo explicativo de los diferentes tipos de cerámica muisca. Entre esas variadas formas había piezas de simple utilidad doméstica y otras de uso ritual, como copas, múcuras y figurillas. dama, Zipaquirá, Sopó y Nemocón, y hacia el norte del altiplano en los alrededores de…p. 141
10Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 541 cita
[31]cultivos. En algunos lugares, como Funza, Tunja y Sogamoso se han hallado vesti- gios de postes u horcones de madera que marcan una construcción circular u ovalada; pero en verdad, aún no se conoce una sola casa muisca sistemáticamente excavada. Lo poco que sabemos de la cultura prehis- tórica de los Muisca se basa…p. 54