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Hecho histórico · Prehispánico · antes de 1499

Intercambios indirectos muisca-tairona mediados por grupos intermedios

Entre 1300 y 1499, muiscas y taironas sostuvieron un sistema de intercambio de larga distancia articulado por grupos intermedios del valle del Magdalena y las estribaciones caribeñas, que movía sal, mantas, esmeraldas, oro y caracoles marinos entre el altiplano cundiboyacense y la Sierra Nevada de Santa Marta. La Conquista española no heredó ni racionalizó ese sistema: colapsó sus eslabones intermedios y reorientó los flujos hacia los puertos coloniales.

Intercambios indirectos muisca-tairona mediados por grupos intermedios
1300–1499
01

Ficha del acontecimiento

Síntesis

Cuándo
1300–1499
Dónde
Zipaquirá, Sabana de Bogotá, Sierra Nevada de Santa Marta, Tunja, Sogamoso, Barrancabermeja, Neiva, Río Magdalena, Valle del Opón, Depresión momposina (Mompox), Valle del Cesar, Somondoco
Protagonistas
Muiscas (cacicazgos del altiplano cundiboyacense), Taironas (federación de la Sierra Nevada de Santa Marta), Panches y muzos (curso medio del río Magdalena), Malibúes (depresión momposina), Guanes (estribaciones norteñas de la Cordillera Oriental), Zipa (señor del sur del territorio muisca, controlador de las salinas de Zipaquirá), Zaque (señor de Tunja, controlador de las esmeraldas de Somondoco), Carl Henrik Langebaek (investigador moderno del sistema de intercambio muisca), Gerardo Reichel-Dolmatoff (investigador moderno de la cultura tairona y sus redes), Gonzalo Jiménez de Quesada (conquistador cuya expedición de 1536 documentó las rutas y los nodos de intercambio prehispánico)
02

Lectura causal

Causas, hecho y consecuencias

Causas

  1. Complementariedad ecológica vertical: cada franja altitudinal producía bienes que las otras no podían generar, creando dependencias mutuas entre el altiplano, las estribaciones y la costa Caribe.
  2. Monopolio muisca de la sal: las salinas de Zipaquirá, Nemocón y Tausa concentraban un recurso esencial y geográficamente restringido, cuya ausencia en regiones vecinas impulsó circuitos de distribución a larga distancia.
  3. Carencia muisca de oro: el territorio muisca no poseía depósitos auríferos propios, obligando a obtenerlo mediante intercambio con pueblos del valle del Magdalena y de la región de Neiva.
  4. Posición geográfica de los grupos intermedios: panches, muzos, malibúes y otros pueblos del Magdalena medio controlaban los corredores naturales —cuencas del Sogamoso, del Opón y del Cesar— que conectaban el altiplano con la costa, lo que los convirtió en eslabones indispensables de la red.
  5. Profundidad histórica de las rutas: la circulación de bienes de prestigio entre la costa Caribe y el interior andino antecedía al período muisca clásico (caracoles marinos en la sabana de Bogotá desde horizontes muy anteriores a 1300), y los grupos chibchas compartían vínculos lingüísticos y culturales que facilitaban el tráfico interregional.
1300–1499Intercambios indirectos muisca-tairona mediados por grupos intermedios

Consecuencias

  1. Consolidación de una economía regional articulada: sal, mantas, esmeraldas, coca, oro, plumas, yopo y caracoles marinos circularon de forma estable entre el altiplano y la Sierra Nevada, sosteniendo la vida material y ritual de dos de las sociedades más complejas del territorio colombiano.
  2. Institucionalización del comercio intermedio: en el corredor del Opón surgieron bohíos que funcionaban como ventas y aposentos de mercaderes, evidencia de infraestructura permanente que sostenía un tráfico regular más allá de los intercambios esporádicos.
  3. Difusión interregional de objetos suntuarios: piezas de orfebrería de estilos quimbaya, sinú y posiblemente del valle del Cauca aparecieron en sitios del altiplano (Sogamoso, Ubaté, Tibacuy, Tunja, Bogotá), y vasijas taironas llegaron hasta la isla Salamanca, evidenciando la amplitud real de la red.
  4. Colapso de la red por la Conquista: la entrada española de 1536 por las mismas rutas del intercambio prehispánico desarticuló los eslabones intermedios, reorientó los flujos comerciales hacia Cartagena y Santa Fe, y fragmentó una economía regional que había funcionado durante al menos dos siglos.
  5. Reconfiguración del poder político interno muisca: el control diferenciado de los bienes de exportación —sal en manos del Zipa, esmeraldas en manos del Zaque— introdujo tensiones políticas dentro del mundo muisca que el sistema de intercambio a la vez expresaba y gestionaba.
03

La clave interpretativa

Por qué importa

Este sistema redimensiona la integración prehispánica del norte de Sudamérica: muiscas y taironas no eran sociedades aisladas en sus altiplanos y sierras, sino los extremos de una red económica escalonada con infraestructura, rutas consolidadas y grupos intermedios con lógicas propias. La Conquista no heredó ni racionalizó esa red, sino que la destruyó, lo que significa que la fragmentación económica del período colonial no fue un punto de partida sino una ruptura deliberada respecto a una integración regional preexistente.
04

Desarrollo histórico

La historia completa

Intercambios indirectos muisca-tairona mediados por grupos intermedios (1300–1499)

En los dos siglos previos a la llegada de Gonzalo Jiménez de Quesada al altiplano cundiboyacense, el norte de Sudamérica funcionó como un sistema económico articulado por relevos. Los muiscas de la sabana de Bogotá y de las tierras altas de Tunja y Sogamoso, y los taironas de las vertientes de la Sierra Nevada de Santa Marta, nunca se encontraron cara a cara para comerciar: los separaban más de mil kilómetros de valles, ciénagas y estribaciones donde vivían panches, muzos, malibúes, chimilas, guanes y otros pueblos que hacían el trabajo del intercambio. Por sus manos pasaron la sal de Zipaquirá que bajaba hasta Neiva y hasta Barrancabermeja, las mantas de algodón que llenaban los mercados del altiplano cada cuatro días, el oro que subía desde el Magdalena medio, las esmeraldas de Somondoco, los caracoles marinos que aparecen en la sabana de Bogotá desde mucho antes del período muisca y las vasijas taironas que llegaron hasta la isla Salamanca y posiblemente hasta la alta Guajira. Este sistema escalonado —no una red directa, sino una cadena de tramos con nodos activos— sostuvo la vida material de dos de las sociedades más complejas del territorio que hoy es Colombia. La Conquista, entrada en 1536 por la misma ruta natural que llevaba el intercambio prehispánico, no lo heredó ni lo racionalizó: colapsó sus eslabones intermedios y reorientó los flujos hacia Cartagena y Santa Fe, dejando fragmentado lo que había sido una economía regional coherente.

La geografía del norte de Sudamérica planteaba a sus habitantes prehispánicos un problema y una promesa. El problema era la fragmentación: entre el altiplano cundiboyacense y la costa Caribe se levantan la Cordillera Oriental y su prolongación en la Sierra Nevada de Santa Marta, separadas por los valles del Magdalena y del Cesar, cada uno con sus climas, sus enfermedades y sus poblaciones. La promesa era la complementariedad: cada franja altitudinal producía lo que las otras no podían, y ningún grupo, por poderoso que fuera, tenía todo lo que necesitaba.

Los muiscas, que hacia 1300 ya habían consolidado cacicazgos jerarquizados en las altiplanicies de Bogotá, Tunja y Sogamoso, controlaban un recurso excepcional: las salinas de Zipaquirá, cuya explotación por evaporación de salmueras generaba un producto que las regiones vecinas no podían fabricar. El Zipa, señor de la parte sur del territorio muisca, ejerció sobre esas minas una forma de monopolio que estructuró buena parte del comercio exterior de la sociedad. Pero los muiscas también tenían carencias severas: en su territorio no había oro —lo obtenían todo por intercambio—, no crecía el algodón que necesitaban para tejer sus mantas y no se daba la coca que consumían en cantidades notables. El altiplano era rico en sal, esmeraldas, papa, maíz y tejedores; pobre en metales, en fibras textiles y en las plantas rituales de tierra caliente.

Los taironas, asentados en las vertientes de la Sierra Nevada, habían desarrollado hacia el mismo período uno de los sistemas de asentamiento más elaborados del continente. Ciudad Perdida —Teyuna—, Pueblito y decenas de núcleos menores estaban unidos por una red de caminos de piedra que articulaba el comercio interno de la Sierra. Producían objetos de oro de altísima calidad técnica, mantas de algodón, adornos de plumas, piezas talladas en piedra, y accedían por la costa a los caracoles marinos y al pescado que las poblaciones de tierras altas apreciaban. Como los muiscas, también dependían del intercambio: los indios de Betoma vendían mantas a los de Carbón, los de Pocigüeica cambiaban oro y mantas por sal y pescado con grupos vecinos, y el conjunto de la federación tairona operaba como un sistema donde ecosistemas radicalmente distintos —el de pescadores chimila y guanebucán en las tierras bajas, el de los agricultores de la Sierra— se necesitaban mutuamente.

Entre ambos polos se extendía un territorio poblado. En las estribaciones occidentales de la Cordillera Oriental, panches y muzos ocupaban el curso medio del Magdalena y sus afluentes, mantenían relaciones tensas con los muiscas —a quienes enfrentaban con arcos y flechas envenenadas contra las macanas y lanzas de madera— y controlaban el paso hacia las tierras bajas. Aguas abajo, en la depresión momposina, los malibúes vivían bajo un modo de producción comunitario, sin el sistema tributario que caracterizaba a muiscas, taironas y zenúes. En el valle del Cesar y las sabanas de Fundación, tramos que constituían las cuatro quintas partes del trayecto desde Santa Marta hasta el altiplano, otras poblaciones ocupaban los corredores naturales. Y sobre las estribaciones que descendían al Opón vivían los guanes, que producían algodón en tierras templadas y estaban en contacto directo con el mundo muisca por el norte.

Esa geografía humana escalonada explica la forma que adoptó el intercambio de larga distancia. Ningún grupo controlaba todo el trayecto entre el altiplano y la Sierra, y ninguno tenía razón para intentarlo: el sistema funcionaba precisamente porque cada eslabón cobraba, por así decirlo, su tramo. Los muiscas bajaban por trochas de las estribaciones al valle del Magdalena, pero no seguían hasta la costa; los taironas se relacionaban con los grupos de las tierras bajas al oriente y occidente de la Sierra, pero no subían al altiplano. Entre unos y otros, los pueblos del Magdalena y del Cesar recibían un bien, lo pasaban, se quedaban con parte de él y con parte del que venía en dirección contraria. No era una red rota ni un sistema deficiente: era la forma que tenía sentido en ese territorio.

La sal era el eje. Producida en Zipaquirá y en las salinas cercanas de Nemocón y Tausa, dentro de la misma región del Zipa, alcanzaba Neiva por el sur y los alrededores de Barrancabermeja por el norte. Hacia el oriente penetraba hasta unos 800 kilómetros. Las cuencas del Magdalena eran su vía principal de circulación. La sal era esencial para la vida, geográficamente restringida y ausente en las regiones vecinas: esa combinación la convertía en el bien que mejor sostenía el intercambio a corta y larga distancia. Que los indígenas de la región de Tunja fueran a buscarla a las salinas cercanas a Santa Fe para revenderla indica que había circuitos secundarios de reventa articulados con los principales, y que los propios muiscas de Tunja participaban en la circulación como intermediarios internos hacia el norte, probablemente hacia el Opón, donde también se ha constatado la circulación del producto.

En sentido contrario a la sal bajaban las mantas. Tejidas con algodón que los muiscas no producían pero adquirían controlando parcelas en tierra templada o mediante intercambio con los guanes y otros vecinos, las mantas eran la mercancía muisca que circulaba con más frecuencia. Se les atribuye la función de patrón de medida del valor, aunque no eran uniformes: las mantas chingas incorporaban menos trabajo que otras, lo que quiere decir que había variedades reconocibles y valoraciones diferenciales. Junto a las mantas viajaban las esmeraldas de Somondoco —dominio del Zaque de Tunja, no del Zipa, lo que introducía tensiones políticas dentro del propio mundo muisca sobre el control de los bienes de exportación— y la coca, cultivada en tierras cálidas y consumida ritualmente en el altiplano.

Subiendo desde el Magdalena hacia el altiplano entraba el oro. Todo el oro muisca era importado: procedía principalmente de la región de Neiva y de otros puntos del valle del Magdalena, y llegaba en forma de piezas o de material para ser trabajado por los orfebres muiscas, cuya producción alcanzó un lugar destacado en las esferas política, religiosa y económica y se prolongó, contra las campañas coloniales de extirpación de idolatrías, hasta bien entrada la Colonia. Con el oro subían plumas de colores, aves, yopo —la Anadenanthera cuyas semillas alucinógenas circulaban desde los Llanos por otras redes hasta los cacicazgos laches y muiscas— y los caracoles marinos y cuentas de concha que los grupos costeros producían y que los muiscas atesoraban.

La distribución interior del altiplano ocurría en mercados periódicos. En Tunja el mercado se celebraba cada cuatro días, y todo indica que esa periodicidad se repetía en otros centros. El sitio del mercado parece haber estado dentro del cercado del cacique, ese recinto de palizadas enormes y muy decoradas que rodeaba la vivienda del señor: la feria no era solo económica, era también acto político. A ella acudían caciques y señores principales, tanto por deferencia al Tunja como por intereses propios. Los mercados articulaban el intercambio de larga distancia con el juego de poder entre élites; la sal, las mantas, el oro, las esmeraldas y la coca circulaban en un espacio que era al mismo tiempo económico y ceremonial.

Las rutas por las que estos bienes se movían eran conocidas y utilizadas. La cuenca del río Sogamoso constituía una vía natural entre el altiplano y el Magdalena. El valle del Opón, más al norte, funcionaba como corredor entre las tierras altas y el río; allí los conquistadores encontraron, en 1536, bohíos que operaban como ventas y aposentos de mercaderes y pasajeros indígenas —evidencia clara de un tráfico regular con infraestructura de apoyo—. Las trochas por las que los muiscas descendían al valle eran tan angostas que los españoles debieron ampliarlas para pasar con sus cargas. En sentido inverso, desde la Sierra Nevada, el valle del Cesar unido a las sabanas de Fundación ofrecía un corredor plano —cuatro quintas partes del trayecto hasta el altiplano— por el que bienes taironas podían moverse hacia el sur a través de intermediarios costeros y del Magdalena medio.

El intercambio propiamente dicho entre taironas y muiscas se hacía a través de esos grupos intermedios que habitaban entre la Sierra y las tierras frías del altiplano. Los artículos más apreciados en ese tramo largo eran objetos de oro, collares de cuentas de concha o de piedra y caracoles marinos. Cuál era exactamente la cadena —qué grupo pasaba el objeto a qué otro— no puede reconstruirse con precisión, pero su existencia es firme: vasijas de cerámica tairona llegaron hasta la isla Salamanca y, según los indicios, posiblemente hasta la alta Guajira. En el altiplano muisca han aparecido piezas de orfebrería foránea: piezas de estilo quimbaya en Ubaté y Sogamoso, una nariguera de estilo sinú en Sogamoso, colgantes en Sogamoso, Tibacuy y Bogotá que probablemente vienen del valle del río Cauca. La presencia de caracol marino en la sabana de Bogotá se remonta a horizontes muy anteriores al período muisca propiamente dicho.

Esa antigüedad importa. Sugiere que la circulación de bienes de prestigio entre la costa Caribe y el interior andino no comenzó con los muiscas y taironas: forma parte de un horizonte cultural largo, en el que grupos chibchas lingüística y culturalmente vinculados a Centroamérica ocupaban tanto las altiplanicies de la Cordillera Oriental como la Sierra Nevada. Cuando entre 1300 y 1499 muiscas y taironas alcanzan su desarrollo clásico, se apoyan en rutas y hábitos de intercambio ya establecidos y les inyectan un volumen y una organización nuevos. La red tenía profundidad histórica; los grupos del Magdalena medio no la inventaron, pero le daban forma cotidiana.

Nombrar a panches, muzos y malibúes como "intermediarios" corre el riesgo de reducirlos a la función que cumplían en un sistema pensado desde sus extremos. Es más preciso decir que eran sociedades con lógicas propias que además —por su posición en el gradiente altitudinal y en la red hidrográfica— participaban en los circuitos de larga distancia.

Panches y muzos ocupaban el curso medio del Magdalena colindando con los muiscas por el occidente de la Cordillera Oriental. Algunas fuentes los clasifican como caribes, pero esa etiqueta tiene problemas: los españoles tendían a llamar caribes a los grupos que ofrecían resistencia armada, y la clasificación puede reflejar tanto rasgos étnicos genuinos como préstamos culturales o simplemente conducta bélica frente al invasor. Lo que sí es claro es que mantenían con los muiscas relaciones hostiles, con combates recurrentes, y que al mismo tiempo eran las contrapartes con las que estos comerciaban al bajar por las trochas de las estribaciones. El comercio no requería paz: exigía instituciones —los bohíos de mercaderes en el Opón, las rutas conocidas, las reglas del trueque— que sobrevivían a la fricción política.

Los malibúes de la depresión momposina, en cambio, no tenían el sistema tributario desarrollado de sus vecinos del sur o del norte. Operaban bajo un modo comunitario en el que la acumulación cacical no se había consolidado en la misma medida. Esto tiene una implicación mayor: los eslabones intermedios no eran versiones menores de muiscas o taironas, sino sociedades con estructuras económicas propias, y el intercambio funcionaba precisamente porque no había un centro que impusiera un único modelo. Los bienes cambiaban de manos entre organizaciones sociales distintas, adaptándose a las reglas de cada tramo.

En la región del Opón los conquistadores describieron aposentos indígenas construidos específicamente para acoger mercaderes y pasajeros. Esa es una pista mayor sobre el grado de institucionalización del comercio: no se trataba de intercambios esporádicos entre viajeros ocasionales, sino de un tráfico suficientemente estable para justificar infraestructura permanente. Los intermediarios habían construido, sin necesitar el impulso de las élites de los extremos, un tejido de servicios que sostenía la red.

Hay que resistirse, sin embargo, a dos caricaturas. Los mediadores no eran simples correas de transmisión al servicio de las acumulaciones cacicales muisca y tairona —el Zipa monopolizando la sal, los señores taironas concentrando la orfebrería, y en el medio unos grupos que cobraban peaje—, pero tampoco eran meros habitantes del gradiente ecológico por los que las mercancías pasaban por inercia. Los grupos del Magdalena y del Cesar tenían agencia —construían bohíos, sostenían mercados, controlaban tramos—, pero se movían dentro de una arquitectura ecológica y política que no habían diseñado. Su papel fue funcionalmente indispensable, no accesorio; sin ellos no había red, aunque tampoco fueron sus arquitectos.

Dentro del mismo sistema conviven dos capas cuya historia posterior será distinta. La primera es la del intercambio cotidiano de bienes de consumo: sal, coca, mantas de algodón, pescado seco, materias primas. Este era el tráfico grueso, el que sostenía la vida material de las poblaciones y el que dependía crucialmente de los eslabones intermedios. Sin panches, muzos y malibúes, sin los guanes en las estribaciones, sin los grupos del Cesar y de las sabanas de Fundación, la sal de Zipaquirá no llegaba a Barrancabermeja ni el algodón subía al altiplano. Era una economía real, con volúmenes considerables, precios relativos —las mantas chingas valían menos que las otras—, mercados periódicos y logística estable.

La segunda es la del intercambio de bienes de prestigio: oro trabajado, esmeraldas, caracoles marinos, orfebrería foránea, plumería fina, yopo. Este tráfico se movía por las mismas rutas y a través de los mismos mediadores, pero respondía a otras lógicas. Los bienes que lo componían tenían un valor simbólico-religioso además de económico. Las esmeraldas del Zaque, los objetos de oro del Zipa, las piezas quimbaya que llegaban a Ubaté y Sogamoso funcionaban como marcadores de estatus, ofrendas votivas, instrumentos de la política cacical. Su circulación era menos densa pero más significativa: cada pieza importaba individualmente.

Esta capa tenía además una profundidad histórica mayor. La presencia de caracol marino en la sabana de Bogotá desde milenios antes del período muisca, y la posibilidad de que los colgantes hallados en Sogamoso, Tibacuy y Bogotá pertenezcan a un horizonte orfebre antiguo anterior a él, sugieren que los flujos suntuarios respondían a horizontes culturales de larga duración —relaciones étnicas y rituales entre chibchas del altiplano y de la Sierra Nevada, contactos costeros de milenios— que trascendían la arquitectura étnica coyuntural del Magdalena medio entre 1300 y 1499. Los intermediarios de ese momento eran canales de una circulación cuya lógica venía de más atrás.

La distinción entre ambas capas explica la coexistencia observada en el material arqueológico: en el cementerio muisca tardío de Tibanica, la mayoría de entierros carecen de ajuar, las diferencias entre los que sí lo tienen son modestas y suelen vincularse al oficio y al sexo, pero las distinciones más marcadas provienen de la presencia de objetos foráneos. Los bienes exóticos no se distribuyen siguiendo una jerarquía de linaje claramente identificable: circulan de manera más difusa, como corresponde a objetos con carga ritual antes que a insignias estrictas de casta. Y prepara también el análisis de la ruptura colonial. La capa cotidiana dependía de los mediadores; si estos colapsaban, colapsaba ella. La suntuaria dependía menos de un tramo específico y más de la persistencia de las lógicas simbólicas que la sostenían; venía, además, siendo modificada por la acumulación creciente en los centros muiscas, que el botín de Jiménez de Quesada haría visible al mundo europeo.

El 1 de abril de 1536 el gobernador Pedro Fernández de Lugo emitió en Santa Marta su Instrucción y Memoria nombrando a Gonzalo Jiménez de Quesada general de una expedición al Río Grande de la Magdalena. En los primeros días de ese mes la hueste partió. Su ruta hacia el altiplano seguiría casi exactamente el corredor natural que llevaba siglos siendo utilizado por el intercambio: las sabanas de Fundación, el valle del Cesar, el valle del Magdalena y, para el ascenso final, el río Opón. Cuatro quintas partes del trayecto fueron terreno plano.

En el Opón, sobre las estribaciones que llevaban al altiplano, los expedicionarios encontraron aquellos bohíos que funcionaban como ventas y aposentos de mercaderes indígenas. Encontraron también la sal muisca circulando por la región. Entraron al altiplano por la puerta comercial del sistema y usaron su infraestructura. Cuando llegaron a la sabana de Bogotá, en 1537, la expedición no descubrió un mundo aislado sino uno de los polos de una red regional cuya otra punta —los taironas de la Sierra Nevada— había sido explorada por Rodrigo de Bastidas y sus sucesores desde comienzos del siglo, y cuyos frutos ya se conocían en Santa Marta.

Los resultados materiales de la campaña son elocuentes. La expedición produjo 225.026 pesos de oro, de los cuales la casi totalidad fue tomada del Zaque de Tunja en apenas tres meses en 1537. Esa concentración del botín en un solo señorío es reveladora: la riqueza en oro que había subido durante generaciones desde el Magdalena, y que en los mercados del altiplano se distribuía y redistribuía según reglas cacicales complejas, estaba acumulada en cantidades masivas en los centros de poder muiscas. La red había alimentado, entre otras cosas, una economía cacical de acumulación.

Lo que ocurrió después no fue continuidad. Los españoles no aprovecharon la red prehispánica para inyectarle mayor volumen de intercambio: la desarticularon. Fundaron poblaciones en los nodos de tránsito de la red fluvial y caminera —Tenerife, Mompox, Tamalameque, Honda sobre el Magdalena; Vélez y Villeta como enlaces entre el río y los altiplanos orientales— y reorientaron los flujos hacia dos polos coloniales: Cartagena, la puerta atlántica del sistema comercial imperial, y Santa Fe, el nuevo centro administrativo. El eje ya no unía altiplano y Sierra Nevada por relevos internos: unía cada una de ellas, por separado, con el sistema colonial y sus mercados de ultramar.

Los grupos intermedios cargaron el peso de la ruptura. La depresión momposina, el valle medio del Magdalena, las estribaciones del Opón vivieron durante el siglo XVI una desestructuración demográfica y política severa: guerras de conquista, encomiendas, epidemias, esclavización, huida a zonas de refugio. Malibúes, panches y muzos —cada uno con su propia historia colonial— perdieron su función articuladora en un sistema regional. No hubo herederos indígenas de su papel: los españoles construyeron sus propios circuitos con arrieros, bogas del Magdalena y encomenderos. En 1550, el hallazgo del paso del Quindío llevaría a fundar Ibagué como terminal oriental y Cartago como terminal occidental de una ruta transandina cuyas prioridades ya nada tenían que ver con la sal de Zipaquirá ni con los caracoles de la Sierra.

La sal muisca sobrevivió, pero como recurso colonial explotado bajo nuevas reglas. Las mantas de algodón perdieron su función de patrón de valor cuando la moneda castellana se impuso. Las esmeraldas de Somondoco, Muzo y Chivor entraron en el circuito atlántico. El oro, que había subido por los relevos del Magdalena para acumularse en los cercados de los zaques y zipas, fue extraído en cantidades masivas por la conquista misma y encaminado a la Casa de Contratación en Sevilla. La orfebrería muisca continuó produciéndose durante décadas, a contracorriente de la extirpación de idolatrías, pero ya no en el marco de una red regional viva.

Que la Conquista fragmentara en lugar de racionalizar no fue accidente. La economía colonial española del siglo XVI tenía objetivos incompatibles con la red prehispánica. Buscaba extraer metales preciosos hacia el mercado europeo, no sostener circuitos internos de sal, mantas y coca. Requería puertos atlánticos —Cartagena— conectados por vías eficientes con los centros de producción minera, no un tejido policéntrico de mediadores. Imponía el tributo, la encomienda y la mita, formas de captura de trabajo que desestructuraban las economías cacicales sobre las que descansaba el intercambio prehispánico. Y trasplantaba una demografía europea y africana en los nodos del sistema, sustituyendo a las poblaciones indígenas que lo habían operado.

La propia entrada de Quesada por la ruta del intercambio aceleró el proceso. Al cruzar el Cesar, el Magdalena y el Opón, la hueste consumió recursos, capturó indígenas, dejó tras de sí violencia y enfermedad en los tramos precisos donde vivían los mediadores. Al apoderarse en tres meses del oro acumulado por el Zaque, sustrajo del sistema una masa de bienes de prestigio que había tardado generaciones en acumularse, y con ella descapitalizó de golpe la economía cacical muisca. Al fundar Santa Fe en 1538, instaló un centro colonial que competía con —y sustituía a— Bacatá y Tunja como polos de organización del altiplano.

Hay una causa más profunda que las anteriores insinúan sin agotar. La red prehispánica funcionaba porque cada eslabón tenía autonomía relativa dentro de un sistema policéntrico. La economía colonial era, por diseño, jerárquica y unidireccional: extraía hacia el centro imperial. Los dos modelos no eran incompatibles en abstracto —un imperio puede aprovechar redes regionales existentes—, pero el modelo colonial español del XVI, orientado a la extracción rápida de metales y a la evangelización, no tenía interés en preservar circuitos de sal o de mantas cuya lógica era interna. Los descabezó.

El intercambio indirecto entre muiscas y taironas entre 1300 y 1499 obliga a revisar dos imágenes cómodas de la historia colombiana. La primera es la del norte de Sudamérica prehispánico como archipiélago de sociedades aisladas: la evidencia muestra un espacio articulado, con volúmenes considerables de bienes moviéndose por rutas conocidas, con mercados institucionalizados y con lógicas simbólicas compartidas. Los muiscas no vivían en la sabana como una isla altiplánica: eran parte de un sistema regional cuya otra punta llegaba a la Sierra Nevada y cuyos brazos se extendían al menos hasta el valle del Cauca y los Llanos.

La segunda es la de la Conquista como continuidad racionalizadora. En el relato heredado, los españoles habrían encontrado un mundo desorganizado al que impusieron orden, caminos, mercados y unidad. La realidad es más compleja: encontraron una red regional en pleno funcionamiento y la sustituyeron por otra, orientada a otros fines, cuya construcción implicó descabezar la anterior. Lo que se ganó con la nueva economía —integración con los mercados europeos, moneda metálica, infraestructura urbana colonial— no fue el perfeccionamiento de lo prehispánico sino su reemplazo, con pérdidas concretas: los mediadores del Magdalena medio, los mercados cacicales de Tunja, la circulación cotidiana de sal, mantas y coca entre pisos térmicos, todo eso desapareció o se transformó irreversiblemente.

Los territorios que fueron eslabones intermedios —la depresión momposina, el valle medio del Magdalena, las estribaciones del Opón, el valle del Cesar— arrastran hasta hoy la marca de una desestructuración prolongada que empezó cuando dejaron de ser lo que habían sido. La ausencia contemporánea de una integración regional efectiva entre la costa Caribe y el interior andino, ese hecho recurrente de la geografía colombiana, tiene raíces que se pierden hacia 1536, cuando una red que funcionaba fue reemplazada por otra que respondía a otras necesidades. Pensar la historia del norte de Sudamérica sin este sistema, o sin su ruptura, es pensarla a medias. Reconstruirlo permite ver cuánto se hizo y cuánto se perdió en los siglos silenciosos que anteceden a los libros de conquista.

05

La época alrededor

Este hecho no ocurrió solo

07

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

20 documentos · 35 fragmentos
01Economías prehispánicas de ColombiaAlberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres, Santiago Giraldo, Daniela Castellanos Montes, Marianne Cardale de Schrimpff, Carl Henrik Langebaek, María Antonieta Corcione Nieto, Catalina Zorro, Luisa Mendoza, Marcela Bernal, Lucero Aristizábal, Leonor Herrera · p. 182, 3034 citas
[1]productos muy diferentes en el sentido de que el primero era geográficamente restringido, esencial para la vida, pero no se hallaba en áreas vecinas; su valor económico dependía del comercio o de intercambios a corta y larga distancia. La transcendencia y el alcance geográfico de este intercambio por intermedio de los…p. 303
[2]productos muy diferentes en el sentido de que el primero era geográficamente restringido, esencial para la vida, pero no se hallaba en áreas vecinas; su valor económico dependía del comercio o de intercambios a corta y larga distancia. La transcendencia y el alcance geográfico de este intercambio por intermedio de los…p. 303
[19]larga secuencia de ocupaciones humanas en el altiplano, iniciada hace unos 12.000 años, y sus evidencias se encuentran sin interrupción desde el 900 d. C. aproximadamente hasta la conquista española en el siglo XVI y aún varios siglos después, durante el período colonial, en algunas regiones (Langebaek, 1995). M APA…p. 182
[20]larga secuencia de ocupaciones humanas en el altiplano, iniciada hace unos 12.000 años, y sus evidencias se encuentran sin interrupción desde el 900 d. C. aproximadamente hasta la conquista española en el siglo XVI y aún varios siglos después, durante el período colonial, en algunas regiones (Langebaek, 1995). M APA…p. 182
02Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 30, 37, 583 citas
[3]vertientes u n poco m ás tem p lad as y allí se extraían dos cosechas anuales. En tierras m ás bajas se sem braba arracacha, algodón, guayaba, piña y coca. A lgunos productos, com o la coca y el algodón, no eran cultivados p o r los m uiscas y los obtenían en el com ercio. C ad a cuatro días había m ercado en los…p. 37
[12]y la arahuac. Puesto que las m igraciones y el poblam iento fueron m oldeados por las condiciones geográficas alu d id as, estos tres grupos lingüísticos no constituyeron bloques territoriales cohesionados y m ás bien es tuvieron entrem ezclados y dispersos. A la llegada de los españoles, los chibchas, ligados…p. 30
[34]las zonas aledañas. Al lado de los centros adm inistrativos estabilizados por una base ag ro p e cuaria bien consolidada y de los pueblos m ineros m ás inestables, aparecieron otros poblados españoles que funcionaban com o pu n to s de tránsito en la ru dim entaria red de cam inos. Los puertos caribeños de Santa M…p. 58
03Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · p. 12, 172 citas
[4]las relaciones comerciales afianzaban redes de intercambio cultural más profundas. un aspecto importante de la sociedad muisca fue el desarrollo y la complejidad que se desprendieron de una economía natural no monetaria, y que se desplegó al tener un escenario de vastas redes comerciales y cercanías culturales y…p. 12
[33]reunieron en el cacicazgo de Bacatá (Bogotá) con la expedición de Jiménez de Quesada proveniente de Santa Marta. 1. Expedición de Jiménez de Quesada El primero de abril de 1536 don Pedro Fernández de Lugo, gobernador de Santa Marta, dio en su “Instrucción y Memoria” para la jornada que iba al “Río Grande”, nombrando…p. 17
04Mercados, poblamiento e integración étnica entre los Muiscas, Siglo XVICarl Henrik Langebaek · 1987 · p. 74, 84, 103, 1394 citas
[5]19 y Langebaek, 1985). Ahora bien, para el período muisca, las crónicas así como la información de archivo dejan ver algunos aspectos generales del intercambio de sal. De acuerdo a Simón (/1625/ 1981, III: 257) los indígenas de la región de Tunja iban a conseguirla a las salinas cercanas a Santa Fé "por no tenerla…p. 74
[10]mostrar en línea generales qué clase de artículos intercambiaban los muiscas con etnias vecinas y a través de cuáles ruta podían circular los productos por el territorio de lo que hoy en día es Colombia. Paralelamente, se plantearán algunos datos generales sobre el trueque prehis-pánico en diversas regiones del país…p. 139
[18]se habrían encontrado en algunas partes del Altiplano como Tabio y Tunja, y de estilo "quimbaya" en Ubaté y Sogamoso donde además se halló un nariguera clasificada como "sinú". De otro lado, el mismo autor (Ibid., 341-343) y Falchetti (1979: 31 y 35) coinciden en afirmar que los que hoy en día se conocen como…p. 103
[28]"de algodón el cual van a buscar a Chita", en dominios laches (/1602/ A.N.C. Vis. Boy. XVII f 776r). En contraste con la información antes expuesta, parece que los intercambios de algodón y mantas al extremo sur del territorio muisca no fueron muy comunes (mapa 6) aunque se sabe que los sutagaos entraban a los…p. 84
05Breve historia económica de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 2017 · p. 36, 432 citas
[6]que cumpliera adecuadamente las funciones que se le atribuyen, como patrón de medida del valor, medio de intercambio o alma- cén de valor. Sin embargo, existieron ciertas mercancías que se intercambiaron con mayor frecuencia y que pudieron servir como patrón para medir valores. Esta característica se le ha atribuido…p. 43
[29]un aspecto fundamental que explica el establecimiento de comunidades independientes, puesto que este tipo de vínculos aseguraba la pertenencia de un individuo a una comunidad y con esto su acceso a los recursos del territorio que controlaban (Lleras, 1986). Posiblemente se dieron enfrentamientos bélicos para obte- ner…p. 36
06Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · p. 332, 349, 3593 citas
[7]true - que con tribus vecinas y aún muy alejadas. Los principales artículos que se exportaban eran sal 153, esmeraldas, coca y Memoria sobre las Antigüedades Neo-Granadinas, Librería de F. Schneider i Cía., Berlín. Acerca de la arqueología «premuisca», véanse las notas biblio- gráficas para el capítulo iv, así como…p. 332
[17]que representan aves, peces, reptiles o figu- ras humanas estilizadas. A veces las incisiones tienen un relleno o un pigmento mineral blanco, lo que hace resal- tar los motivos sobre el fondo oscuro de la piedra. Otra categoría de objetos consiste de matrices para el trabajo de orfebrería; son tallas en relieve que…p. 349
[25]cultivo del maíz y este, así como otros cultígenos y frutales, se sembra- ban en campos y terrazas irrigadas. En las tierras planas, cerca de la actual ciudad de Santa Marta, los españoles que- daron admirados con el perfecto sistema de irrigación que 170 Llama la atención que la oposición que existía entre ciertas…p. 359
07Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 21, 422 citas
[8]valle del río Magdalena, a través de la cuenca del río Sogamoso. Otra vía fue la vertiente del río Apulo, tributario del Bogotá, que marca valles alargados y vías naturales de fá- cil acceso para los grupos que debieron despla- zarse desde los pisos térmicos cálidos hasta la sa- bana de Bogotá, y en sentido inverso,…p. 21
[26]con la de grupos vecinos; su cerámica ha sido comparada con la del complejo La Mesa, del extremo sur de la sierra, y a través de éste con algunos aspectos del segundo hori- zonte pintado guajiro, las tradiciones tardías de la cuenca del lago Maracaibo y el horizonte de urnas cefalomorfas de la cuenca del valle del…p. 42
08Historia de la vida cotidiana en ColombiaBeatriz Castro Carvajal (editora) · 2016 · p. 401 cita
[9]su resistencia, se deben consi- derar también las ventajas de la ruta que escogieron. Las sabanas de Fundación y las del suroeste y sur de la Sierra Nevada, el valle del Cesar que se extiende hasta el Magda- lena, el valle de este hasta su afluente, el Opón, todas eran tierras planas y conformaban las cuatro quintas…p. 40
09Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 91, 942 citas
[11]perfecci ó n de las construcciones de los Tairona. Esta falta de inter é s en la conservaci ó n de tierras o en la intensificaci ó n de su uso, podr í a indicar la general abundancia de tierras f é rtiles, ocupadas por una poblaci ó n bastante dispersa. Es claro que el pa í s. de los Muisca ten í a un “ interior ”,…p. 94
[24]n de este orden, es decir, el ciclo de los solsticios, y equinoccios, junto con la formulaci ó n de un calendario agr í cola y ceremonial, quedaba a cargo de los sacerdotes, que constru í an sus templos y centros ceremoniales en funci ó n de estos fen ó menos astron ó micos y meteorol ó gicos. El Sol y la Luna eran…p. 91
10Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · p. 351 cita
[13]y penetrar por los valles del Magdalena y el Cauca. Poco sabemos sobre las fechas de esta migración, ni sobre las rutas precisas utilizadas; incluso son muy fuertes las dudas existentes acerca del carácter caribe o no de muchos de los pueblos encontrados por los españoles. Para muchas de las regiones donde hay algunos…p. 35
11Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 281 cita
[14]El ma í z serv í a para hacer arepas y “ chi 30 HISTORIA M Í NIMA DE COLOMBIA cha ”, una bebida fermentada para sus frecuentes fiestas y celebra ciones. Usaban tambi é n el tabaco y la coca. En casi toda la cordillera oriental, sus vecinos de los valles inter medios del r í o Magdalena y de la tierra caliente eran…p. 28
12Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · p. 132, 1342 citas
[15]el tronco inicial, costa de Venezuela y norte de Co- lombia) y Caribe meridionales (algunos idiomas — RE i Grupos indígenas precolombinos Indígenas en la selva, óleo de la pintora del río Xingú y alto Ama- zonas colombiano, como el Carijona, el Hianakoto y el Umaua). En total, su- man 50 lenguas conocidas y está…p. 134
[21]activa vida ritual y mágico-reli- giosa. Poseían un dinámico mercado entre los dis- tintos poblados de la sierra —para lo que utiliza- ban una extensa red de caminos de piedra-, basado en productos agrícolas, la sal, el pescado y las manufacturas artesanales, como objetos de oro, mantas de algodón, adornos de plumas y…p. 132
13Historia doble de la Costa. Tomo 1: Mompox y LobaOrlando Fals Borda · 2002 · p. 621 cita
[16]modo de produc- ción comunitario primitivo que distinguió a la mayoría de las tribus americanas que estaban en la etapa de recolección y agri- cultura rudimentaria. Aunque combinaban eficazmente estas formas de producción, los malibúes no habían desarrollado el modo de producción tributario que caracterizó a naciones…p. 62
14Antes de Colombia. Los primeros 14.000 añosCarl Henrik Langebaek · 2021 · p. 3881 cita
[22]indican distinciones muy marcadas. No hay en ninguna parte unos entierros que revelen la existencia de personajes especiales que fueran enterrados con objetos singulares a través de los cuales se quisiera marcar distancias respecto a otros individuos. De hecho, las diferencias que se pueden encontrar sugieren ante…p. 388
15Historia de Colombia. La Colombia más Antigua. Tomo 1Gonzalo Hernández de Alba (dir.); Camilo Domínguez O., José L. Lorenzo, Amancio Fernández, Gonzalo Correal y otros · p. 1541 cita
[23]varios tamaños y longitud, sostenidas generalmente por muros de contención de piedra. En contraste con esto, en las proximi- dades de Santa Marta empleaban zanjas y acequias profundas para irrigar los cultivos durante las épo- cas de sequía y también para conducir agua a lu- gares donde ésta escaseaba. Por las…p. 154
16Herederos del jaguar y la anacondaNina S. de Friedemann, Jaime Arocha · 2016 · p. 691 cita
[27]vaciones sobre el crecimiento de la yuca y a experimentos para lograr un máximo éxito después de cada siembra. Las cadenas de relaciones sobre las cuales hemos venido hablando no son excepcionales. En una publica- ción de 1978, Arocha demostró que la interacción entre 70 Jfiínd Aicerfi s Nítfi S. ad Fiídadnfitt…p. 69
17Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · p. 1291 cita
[30]“lugares de mercado fueron casi todos que había de indios en estas dos provincias de Bogotá y Tunja”. Por otro, dijeron que en Tunja se hacía cada cuatro días, período relacionado con su sistema de numeración, y parece que así era en muchos otros lugares. Al parecer el sitio exacto del mercado era dentro del cerca- do…p. 129
18Antropología hecha en Colombia. Tomo IIEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 441 cita
[31]1987: 38 y ss.). De otra parte, estos grupos de cultura de selva tropical mantenían complejas y ritualizadas relaciones de comercio con la grupos nómades, cazadores, recolectores, que los proveían de miel, venenos y, sobretodo, semillas de yopo (A n aden an thera), una sustancia alucinógena, consumida a través de…p. 44
19Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 541 cita
[32]cultivos. En algunos lugares, como Funza, Tunja y Sogamoso se han hallado vesti- gios de postes u horcones de madera que marcan una construcción circular u ovalada; pero en verdad, aún no se conoce una sola casa muisca sistemáticamente excavada. Lo poco que sabemos de la cultura prehis- tórica de los Muisca se basa…p. 54
20Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · p. 3791 cita
[35]qüe los corsarios franceses que andaban al acecho asaltaran las naves2. Erruna sola «entrada», Heredia llevó a Cartagena más de cincuenta mil pe gos, de los cuales correspondieron al rey 11.280. En total, desde enero de 1533 hasta marzo de 1537 los quintos de sepulturas y «rescates» produje ron 71.206 pesos de oro…p. 379