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Biografía

Nemequene

Prehispánico

18 min de lectura18 documentos
NacimientoSin fecha registrada
FallecimientoHacia 1514, herido de un flechazo en combate; murió en Funza, atendido por sus jeques
RolesZipa de Bacatá (cacique principal de la confederación de Bogotá) · Jefe militar de los ejércitos muiscas del zipazgo
Lugar principalColombia
Período históricoPrehispánicoantes de 1499
03

La biografía

Nemequene fue el zipa de Bacatá que gobernó la mayor confederación muisca del altiplano cundiboyacense a fines del siglo XV y comienzos del XVI, y a quien las crónicas coloniales atribuyeron el proyecto más ambicioso de centralización política prehispánica en el territorio que hoy es Colombia: un ejército organizado por escuadras y colores, un cuerpo de guerreros de élite apostados en las fronteras, un código penal que castigaba con la muerte el homicidio, el rapto y el incesto, y una guerra contra el zaque de Hunza que sus contemporáneos entendieron como el choque de las dos cabezas del mundo muisca. Murió herido de flecha en combate hacia 1514, atendido por sus jeques en Funza, y dejó a su sobrino Tisquesusa un mando que la conquista española encontraría, apenas dos décadas después, fuerte en apariencia y frágil en su costura interna. Su figura, magnificada por los cronistas y luego por los letrados criollos del siglo XIX que buscaban un pasado indígena fundacional, sigue siendo indispensable para entender la secuencia dinástica —Saguanmachica, Nemequene, Tisquesusa— sobre la que se juega el desenlace contingente del mundo prehispánico del altiplano.

02

Línea de vida

  1. 1490

    Ascenso al zipazgo de Bacatá

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    Nemequene accedió al cargo de zipa de Bacatá siguiendo la norma de sucesión matrilineal tío-sobrino característica del zipazgo, que vinculaba el linaje gobernante con el cacicazgo de Chía. Heredó una confederación ya poderosa que incluía Chía, Cajicá, Suba y Tuna, con sede en Funza, en el corazón de la Sabana de Bogotá.

  2. 1500

    Organización del ejército y los guechas

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    Bajo su mando, el ejército muisca se articuló en escuadras identificadas por insignias y colores distintivos por parcialidad, con tiendas y pabellones reconocibles en el campo de batalla y los jefes portados en andas. Estableció o consolidó el cuerpo de guerreros de élite llamados guechas, apostados en sitios fronterizos —Cáqueza, Guasca, Pasca, Subachoque, Tibacuy y otros— formando un cinturón defensivo frente a panches, muzos y calimas.

  3. 1505

    Atribución del código penal

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    Las crónicas coloniales, en especial las de fray Pedro Simón y Juan de Castellanos, atribuyeron a Nemequene un corpus normativo que castigaba el homicidio, el rapto y el incesto con pena de muerte; el incesto con encierro en subterráneo rodeado de reptiles venenosos; el no pago de deudas con el envío de un tigrillo a la puerta del moroso; los robos menores con azotes para hombres y corte de cabellos para mujeres; y el adulterio femenino sospechado mediante la ordalía del ají. La historiografía moderna señala que la fuente exclusiva es cronística y que el código refleja probablemente usos consuetudinarios anteriores a Nemequene, no una promulgación legislativa verificable.

  4. 1514

    Muerte en combate contra el zaque de Hunza

    Leer contexto

    Nemequene fue herido de un flechazo durante la batalla contra el zaque de Hunza y fue trasladado a Funza, donde murió atendido por sus jeques. La fecha de 1514 proviene de cronologías historiográficas posteriores y no de documentación contemporánea. Su muerte dejó el zipazgo a su sobrino Tisquesusa, cacique de Chía, quien según Castellanos reunió sesenta mil guerreros para vengar a su tío y proseguir sus aspiraciones, contexto en el que llegaron los españoles al altiplano.

Un zipa en el altiplano

El sujeto que las crónicas llaman Nemequene era el cacique principal de Bacatá, y los cronistas coloniales tradujeron su cargo con la palabra zipa, que ellos mismos equipararon a "rey". La traducción es tramposa pero productiva: recoge que Nemequene ocupaba la cúspide de una jerarquía política, y a la vez encubre que esa cúspide no era la de un monarca europeo sino la de un jefe cuyo mando dependía del prestigio personal, de los vínculos de parentesco con los caciques vecinos y de una capacidad de convocatoria militar que no se apoyaba en un aparato burocrático estable.

Bacatá era una de las dos grandes unidades políticas del mundo muisca. La otra era Hunza —la actual Tunja—, sede del zaque, y ambas se extendían sobre el altiplano cundiboyacense, esa franja alta de la cordillera Oriental cuya diversidad agroclimática, entre páramos, valles fríos y vertientes templadas, la convertía en una zona excepcional para la agricultura del maíz, la papa y la quinua. El nombre Bacatá se ha traducido, en versiones divulgativas, como "límite extremo de los campos"; una crónica registra también el vocablo Muequetá, aplicado tanto al territorio como a su gente. Fue en memoria de Bacatá, lugar de recreo de los zipas, que la ciudad fundada por los españoles en 1538 tomó el nombre de Santafé de Bogotá.

Del propio Nemequene, en sentido estricto, se sabe menos de lo que las páginas de los cronistas dejan suponer. Juan de Castellanos, fray Pedro Simón, fray Pedro de Aguado escribieron décadas después de la conquista, apoyándose unos en otros, incorporando cada uno elementos narrativos de sus predecesores y proyectando sobre la organización muisca las categorías que tenían a la mano: reyes, príncipes, uzaques equiparados a hidalgos, guerras dinásticas, códigos legales. La fecha misma de su muerte, 1514, procede de cronologías historiográficas posteriores y no de documentación contemporánea a los hechos: es una convención útil, no un dato de archivo. Lo que puede afirmarse con confianza es lo que las crónicas coinciden en atribuirle —una figura de mando, un cuerpo de leyes, una campaña militar contra el zaque, una muerte en batalla— y lo que la revisión moderna ha ido matizando o desmontando.

Origen y sucesión: la línea de Chía

La sucesión del zipazgo seguía una regla de parentesco que llamó la atención de los cronistas por su distancia con la costumbre europea: no heredaba el hijo, sino el sobrino. Castellanos, al recoger la tradición sobre la muerte de Nemequene, lo introduce con la fórmula "donde dicen" —marca discreta de que se trata de una versión transmitida— y refiere que el zipazgo de Bogotá tenía su origen en el cacicazgo de Chía, de donde debía provenir el heredero. Tisquesusa, sobrino de Nemequene y cacique de Chía al momento del ascenso, encaja en ese patrón. La lectura habitual ha sido la de una sucesión matrilineal tío-sobrino, en la que el heredero era el hijo de una hermana del zipa; el caso ilustra el patrón, no una regla sistemática, aunque este se refuerza cuando, años después, los españoles acusan a Sagipa de usurpar el cacicazgo de Bogotá porque el legítimo heredero era otro sobrino, un mancebo de Chía de dieciocho o veinte años.

Chía, entonces, no era simplemente una aldea más de la confederación de Bacatá. Era el linaje mismo del que salían los zipas, y sus caciques mantenían con el de Bogotá una relación de "parientes" que los cronistas señalan con cuidado. Relaciones análogas de parentesco vinculaban a los caciques de Suba y Tuna dentro del zipazgo, y a los de Tunja y Ramiriquí, Guatavita y Teusacá, Duitama y Tobasía dentro de sus respectivas confederaciones. La política muisca funcionaba a través de estas redes de sangre: la autoridad no se transmitía por documento ni por institución, sino por posición en un tejido de alianzas familiares que definía quién podía mandar sobre quién.

De la niñez y la juventud de Nemequene, las crónicas no dicen nada útil, y hay que resistir la tentación de rellenar el silencio con imaginación. Llegó al zipazgo en un momento en el que Bacatá era ya la más poderosa de las confederaciones muiscas, y su reinado se recordó, sobre todo, por lo que hizo con ese poder heredado.

El código atribuido

De todas las atribuciones que los cronistas hicieron a Nemequene, la más famosa y la más discutida es la de un cuerpo de leyes. El llamado "código de Nemequene" reunía normas que, en la lectura de fray Pedro Simón y sus continuadores, castigaban ciertos delitos con penas conocidas por todos: el homicidio, el rapto y el incesto se pagaban con la muerte; el incesto, específicamente, con una muerte cruel, encerrado el culpable en un subterráneo rodeado de reptiles venenosos, dejado morir de hambre. El no pago de contribuciones o deudas se cobraba con un procedimiento singular: a la puerta del deudor se enviaba un tigrillo u otro animal criado con ese fin, junto con un guardián, y el moroso debía mantener a ambos hasta saldar lo que debía. Los robos menores y otras faltas se castigaban con azotes en los hombres y, en las mujeres, con el corte de los cabellos. La sospecha de adulterio femenino se probaba haciendo comer mucho ají a la acusada: si confesaba bajo el tormento, calmaban con agua la angustia y luego la mataban; si resistía algunas horas sin confesar, se la declaraba inocente.

La coherencia interna del código —muerte para los delitos que atentan contra la vida, la sangre y la reproducción; pena material para las faltas patrimoniales; escarnio corporal para las faltas menores; ordalía para lo que no puede probarse— es tan clara que ha alimentado, desde el siglo XIX, la lectura de Nemequene como un legislador comparable a los grandes codificadores antiguos, y del mundo muisca como una sociedad al borde de la estatalidad plena.

Conviene detenerse. La única fuente de este corpus legal son los cronistas: no hay documentos indígenas directos, no hay registros arqueológicos que corroboren la aplicación sistemática de las penas, no hay expedientes coloniales tempranos que muestren a comunidades reclamando por la desaparición de un régimen jurídico anterior. Que las normas descritas existieran en algún grado como prácticas consuetudinarias difusas es plausible; que constituyeran un código promulgado por un zipa reconocible como acto de gobierno, mucho menos. Las funciones de jefe militar, recaudador de tributos y legislador que los cronistas atribuyen al zipa y al zaque aparecen matizadas en los propios documentos por la fórmula de que se trataba de señores "nominalmente" soberanos: un adverbio que sugiere un alcance real de poder más limitado que la categoría de estado.

La atribución del código a Nemequene funciona, en la tradición cronística, como un modo de fijar en un nombre lo que probablemente era un repertorio de usos y sanciones distribuido en la costumbre. Nemequene se convierte así en el símbolo de un orden normativo que existía antes y más allá de él, y cuya centralización jurídica es más una hipótesis retrospectiva de los cronistas que un hecho verificable. Esto no lo diluye como figura: lo sitúa en su tamaño real, el de un gobernante cuya autoridad probablemente sí operaba sobre esas prácticas, sin haberlas necesariamente inventado ni codificado en el sentido moderno del término.

La confederación y sus límites

El territorio que Nemequene gobernaba tenía la forma de una confederación de cacicazgos ligados por parentesco y por lazos de subordinación de intensidad variable. Chía, Cajicá, Suba, Tuna aparecen entre los que se contaban dentro del zipazgo; cada aldea conservaba, junto al vínculo con Bogotá, un cacique local propio. Fray Pedro Simón, al describir las fronteras étnicas del dominio de Bacatá o Muequetá, las hizo colindar al suroeste con Tunja, al norte y sur con los sutagaos, y al sureste con los panches —aunque confunde la orientación solar, lo que introduce dudas sobre la precisión de esas delimitaciones—.

Fuera de este núcleo, y sobre todo en las zonas montañosas y limítrofes, subsistían jefaturas menores independientes cuya sumisión al zipa no estaba nunca del todo clara. Una hipótesis apoyada en diferencias lingüísticas y craneológicas sugiere incluso que el territorio nuclear chibcha, antes de las conquistas atribuidas a los zipas, se habría extendido apenas entre la cordillera al oriente de Bogotá hasta las cercanías de Facatativá, y desde Zipaquirá hasta el río Tunjuelo: una porción modesta del altiplano que las guerras de expansión atribuidas a Saguanmachica y a Nemequene habrían ampliado. La población que Nemequene gobernaba, en esa lectura, no era homogénea: se componía de un grupo dominante y de pueblos incorporados que conservaban dialectos y rasgos raciales distintos, evidenciados por diferencias craneales en los cementerios y por variaciones lingüísticas entre bogotanos y tunjanos.

Fray Pedro Simón describió la estructura política muisca como una pirámide con escalones desde las gentes del común hasta los "reyes" en el ápice, pasando por caciques de distintos linajes, y equiparó estos rangos con títulos nobiliarios hispanos. La imagen es sugerente y ha marcado la lectura posterior, pero la propia cronística deja ver un mundo menos rígido: uzaques que vivían en aldeas cercadas, capitanes en asentamientos abiertos, jefaturas independientes en la periferia, procesos de herencia flexibles. Lo que hubo, más que un estado piramidal, fue una organización confederal incipiente que empezaba a moverse hacia formas de centralización, sin haberlas alcanzado.

Dentro de esa confederación, la sede del zipa era Funza, en el corazón de la Sabana de Bogotá. Los vestigios arqueológicos hallados allí —postes u horcones de madera que marcan construcciones circulares u ovaladas— confirman la ocupación muisca del sitio y dan textura material a lo que las crónicas apenas insinúan: una arquitectura de madera y bahareque, cercados de postes, viviendas grandes de los caciques rodeadas por empalizadas. En los huecos donde se hincaban los postes de esas viviendas, según los cronistas, se depositaban a veces sacrificios rituales: niñas pequeñas, hijas de personajes importantes. Bacatá, el "lugar de recreo" de los zipas que los cronistas mencionan, formaba parte de este paisaje de cercados, viviendas ceremoniales y campos de maíz.

El ejército y los guechas

Si hay un aspecto en el que la figura de Nemequene se recorta con nitidez en las crónicas, es el militar. Castellanos describe una batalla en la que el ejército muisca se organizó en escuadras identificadas por insignias y colores distintivos según la parcialidad de origen, con tiendas y pabellones que permitían reconocer a cada grupo desde lejos, y con los "reyes" —zipa y zaque— portados en andas para animar a sus guerreros. La imagen es la de un ejército considerable, disciplinado en la disposición del campo y jerárquico en el mando.

El elemento más singular de esa organización eran los guechas, guerreros de élite reclutados entre los indígenas más valientes y prestigiosos de los dominios del zipa. Su ubicación era estratégica: los cronistas los sitúan en sitios fronterizos de la confederación —Cáqueza, Ciénaga, Chinga, Fosca, Guasca, Luchuta, Pacho, Pasca, Simijaca, Subachoque, Subia, Teusacá, Tibacuy—, un cinturón que rodeaba el núcleo del zipazgo por el sur, el oriente y el occidente, precisamente donde los muiscas colindaban con los panches, sus enemigos históricos de tierra caliente. Los guechas gozaban de un estatus elevado y, sugieren las fuentes, de un posible papel político en sus territorios, aunque la extensión precisa de sus prerrogativas es incierta.

La guerra muisca, en la versión de los cronistas, era una empresa masiva. Castellanos afirma que Tisquesusa, tras la muerte de su tío, habría reunido sesenta mil guerreros para vengarlo. La cifra es cronística y probablemente inflada, pero da la medida de cómo los europeos imaginaron el mundo militar que encontraban. Contra los panches y otros vecinos de tierras bajas —muzos, calimas— los muiscas sostenían guerras frecuentes: unos empleaban macanas y lanzas de madera, otros arcos y flechas envenenadas, aunque las crónicas no siempre precisan a qué bando correspondía cada armamento.

La guerra tenía además una dimensión ritual densa. Los guerreros panches capturados en combate no eran esclavizados sino sacrificados: subidos a un poste a la entrada del cercado del cacique, se les flechaba hasta que se desangraran. Los sacrificios humanos vinculados a la guerra se concentraban en los festejos de la siembra de maíz, entre enero y marzo, en los valles fríos del altiplano. Existía además una figura ritual singular, la de los moxas: jóvenes esclavos adquiridos en la llamada Casa del Sol en el piedemonte llanero, comprados con el único propósito de ser sacrificados. La guerra muisca, en suma, no era solo un asunto de conquista territorial: era un mecanismo de reconocimiento, de prestigio del cacique y de captura de víctimas para el ciclo ceremonial.

La guerra con el zaque

El conflicto entre el zipa de Bacatá y el zaque de Hunza es el episodio central del reinado de Nemequene tal como lo transmitieron los cronistas. La versión canónica es la de una guerra de expansión: Nemequene, heredero de las ambiciones de su predecesor Saguanmachica, habría llevado la campaña contra el zaque hasta una batalla en la que fue herido de un flechazo, retirado a Funza y atendido por sus jeques —los sacerdotes muiscas—, donde murió. Su sobrino Tisquesusa, entonces cacique de Chía, tomó el mando, reunió un ejército enorme para vengarlo y proseguir la guerra, y estaba en ese aprestamiento cuando llegaron los españoles: la campaña fue, según Castellanos, interrumpida por la conquista.

La narración es dramática y ordenada, y encaja con la lógica europea de guerras dinásticas: el rey herido, el sobrino vengador, la campaña inconclusa, la irrupción imprevista de un tercero. Ha alimentado, durante siglos, la idea de que la conquista española fue facilitada por una guerra civil muisca, con Jiménez de Quesada aprovechando la división interna para imponerse sobre unos indígenas debilitados.

La revisión documental moderna ha ido corroyendo esa imagen. Los expedientes de encomienda, pleitos, visitas y relaciones posteriores a la conquista no registran ninguna protesta de comunidades muiscas por caciques que hubieran sido impuestos desde Tunja, Sogamoso, Duitama o Bogotá mediante la fuerza. El testimonio del cacique de Sáchica afirma que "el mando y señorío de los caciques era ser obedecidos en cuanto mandaban, ansí en cosas de guerra como de paz": una fórmula que sitúa la autoridad más en el reconocimiento que en la subordinación efectiva. Vencedores y vencidos, cuando había vencedores y vencidos, podían terminar compartiendo las tierras disputadas sin que se instalara un régimen de dominación económica sistemática.

Lo que esto sugiere es que la guerra entre las confederaciones muiscas era, en gran medida, un asunto ceremonial vinculado al reconocimiento y a la competencia entre caciques, más que un mecanismo de expansión territorial en el sentido en que los europeos entendían la conquista. La conquista española misma, cuando ocurrió, no encontró un mundo dividido por una guerra civil que el zipa hubiera dejado inconclusa: encontró un mundo donde Tisquesusa buscó alianza con Jiménez de Quesada contra los panches, sus enemigos reales de tierra caliente, no contra Tunja.

Esta relectura no anula la guerra ni la muerte de Nemequene, ambas hechos que las crónicas afirman con coherencia. Lo que altera es la escala y el sentido. Nemequene murió efectivamente en combate contra fuerzas del zaque, herido de flecha, atendido por sus jeques en Funza. Pero el proyecto de conquista territorial sistemática que los cronistas le atribuyeron —una empresa comparable a las guerras de expansión mexica o inca— probablemente magnifica un choque ceremonial y de prestigio hasta convertirlo en algo que la evidencia posterior no confirma. Nemequene no interrumpió, con su muerte, la construcción de un estado muisca unificado: dejó inconclusa una rivalidad ritual entre dos cabezas cuya coexistencia estructural era la norma del mundo muisca, no la excepción a superar.

La muerte en Funza y la sucesión

Herido de flecha en el combate, Nemequene fue llevado a Funza y allí murió, rodeado de los jeques que atendían tanto los ritos como, cuando era posible, la sanación. La escena, tal como los cronistas la conservaron, es sobria: el zipa cae en la batalla, se lo traslada al centro ceremonial de su dominio, muere entre sacerdotes. No hay funerales grandiosos descritos con la precisión que se conserva para otros gobernantes indígenas del continente, y el silencio sobre las prácticas mortuorias específicas del zipa es uno de los vacíos del corpus cronístico.

La sucesión operó como se esperaba: Tisquesusa, sobrino de Nemequene y hasta entonces cacique de Chía, ocupó el zipazgo. Castellanos, al introducir esta transición, marca que "de allí" —de Chía— procedía el linaje de los reyes de Bogotá, y confirma así la centralidad de aquel cacicazgo en la lógica sucesoria del mundo zipa. Tisquesusa habría reunido, según el mismo cronista, aquellos sesenta mil guerreros para continuar las aspiraciones de su tío. Fue en ese aprestamiento cuando, hacia 1537, aparecieron por la Sabana los hombres de Jiménez de Quesada.

La muerte de Tisquesusa durante la conquista abrió una segunda sucesión, esta vez irregular. Los muiscas eligieron como cacique a un guerrero llamado Sagipa —también registrado como Saxajipa— para proseguir la resistencia contra los españoles. Su relación exacta de parentesco con Tisquesusa y su cargo previo no quedan claros en las fuentes, pero lo que sí es explícito es la acusación posterior: tanto los españoles como los cronistas indígenas y mestizos consideraron a Sagipa un usurpador, porque el legítimo heredero del zipazgo debía ser un sobrino de Tisquesusa, otro mancebo de Chía de dieciocho o veinte años. La regla de sucesión —el sobrino, la línea de Chía— seguía operando como norma incluso en medio del colapso.

Sagipa fue apresado por los españoles, sometido a juicio y a tormento bajo la acusación de ocultar el tesoro del zipa Tisquesusa. Murió pocos días después, en prisión, y su cuerpo fue llevado por sus parientes para ser sepultado. El tesoro no fue hallado. Con Sagipa se cerraba, en violencia y humillación, la línea de los zipas que había culminado en la ambición de Nemequene.

La memoria de Nemequene

De todos los gobernantes muiscas, Nemequene ha sido probablemente el más disputado por la memoria posterior. Su nombre, asociado al código legal y a la guerra con el zaque, ofrecía a los letrados criollos del siglo XIX materiales atractivos: un legislador —un Solón o un Licurgo americano—, un rey guerrero, un proyecto de estado interrumpido. Autores como Nicolás Pereira Gamba y Felipe Pérez intentaron, a través de producciones literarias y del estudio de antigüedades, elevar el pasado muisca a una dignidad comparable a la del pasado azteca o inca, dotando a Colombia de un pasado indígena fundacional capaz de dialogar con los grandes relatos americanos.

El intento no cuajó. Entre 1880 y 1910, cuando la nación colombiana buscaba consolidar sus símbolos y sus mitos de origen, la representación del pasado muisca no logró materializarse ni visual ni objetualmente con la fuerza que sí tuvieron Moctezuma o Atahualpa en sus respectivos contextos. El pasado indígena colombiano fue identificado, en la retórica criolla, con una historia diferente a la de la nación —con un pasado que quedaba antes y aparte, más que con una raíz activa—. Nemequene quedó como un nombre en los manuales y un tema en los ensayos, pero no como una figura fundacional operante en el imaginario nacional.

La historiografía contemporánea ha ido, por otro lado, matizando y en algunos puntos desmontando la imagen heredada. Trabajos como los reunidos en Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoria, publicado en 2005 por la Pontificia Universidad Javeriana con edición de Ana María Gómez Londoño y contribuciones de investigadores como Carl Henrik Langebaek, han insistido en distinguir lo que las crónicas construyeron de lo que la evidencia documental y arqueológica sostiene. La imagen de un zipa con poder centralizado, un código promulgado, un ejército profesional y una guerra de expansión sistemática se ha visto reemplazada por otra más sobria: la de un gobernante cuya autoridad era real pero negociada, cuya normatividad era efectiva pero consuetudinaria, cuyos ejércitos eran considerables pero movilizados para conflictos que combinaban lo ceremonial y lo militar, y cuya confederación oscilaba entre momentos de centralización —las grandes fiestas rituales— y momentos de descentralización cotidiana.

Esta relectura no empequeñece a Nemequene: lo devuelve a su tamaño. La ambición centralizadora que los cronistas le atribuyeron existió en algún grado —el aparato militar, el prestigio del zipa, la lógica de subordinación de caciques vecinos por parentesco—, pero no había cristalizado en un estado. La fragilidad que encontró la conquista española no fue, entonces, consecuencia solo de la muerte de Nemequene y de la interrupción de un proyecto: fue estructural al modelo confederal muisca, donde la unidad dependía de vínculos personales que un solo golpe podía desanudar y donde la autoridad de los zipas nunca fue tan sólida como la tradición cronística e historiográfica quiso ver.

Queda, sin embargo, algo. Nemequene es el nombre que fija, en la secuencia dinástica que va de Saguanmachica a Tisquesusa, el momento en que el mundo muisca del altiplano estuvo más cerca de dar el paso hacia una organización política de mayor densidad. No lo dio, o no llegó a darlo antes de que los caballos de Jiménez de Quesada aparecieran por la Sabana. Su reinado marca así el límite superior de lo que el mundo prehispánico del altiplano cundiboyacense construyó políticamente, y su muerte en Funza —herido de flecha, atendido por sus jeques— señala el momento en que ese proyecto se detuvo, no interrumpido por la conquista sino alcanzado por ella cuando aún no había terminado de definirse. Entender a Nemequene, entonces, es entender no solo a un zipa concreto, sino la forma exacta —densa y frágil a la vez— en que el poder podía organizarse en el altiplano antes de que llegara otra cosa.

04

Conexiones del archivo

Red histórica

05

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

18 documentos · 28 fragmentos
01Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · Páginas 4, 119, 125, 1284 citas
[1]

por sus ‘príncipes’, fue a la batalla organizado en escuadras que: “tomaron sitios diferentes, aparte cada cual con sus insignias, diversas en colores, de manera que la parcialidad de cada uno podía conocerse por las tiendas y pabellones que tenían puestos”. Portados en andas, los ‘reyes’ animaban sus guerreros, pero…

p. 119
[3]

Muequetá. Con dicho vocablo se le trataba lo mismo que a su gente. Las delimitacio- nes, en cambio, diferenciaron sus fronteras étnicas: al suroeste con Tunja, al norte y sur con los sutagaos y al sureste con los panches. A pesar de que Simón pretende orientar al lector desde la geografía de la conquista, confunde la…

p. 125
[22]

pe- queño”; pero en vista de que dilataba el acuerdo, fue preso. Sagipa continuaba renuente por lo que: “los capitanes y soldados pusieron acusa- ción al Sagipa ante su general” del incumplimiento de la entrega del tesoro que “pertenecía al fisco real y a ellos” y “substanciándose el proceso muy judicialmente, de…

p. 128
[27]

Prohibida la reproducción parcial o total de este material, sin autorización por escrito del Instituto de Estudios Sociales y Culturales -Pensar- Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoria / Carl Henrik Langebaek Rueda...[et al..]; editora Ana María Gómez Londoño. — Bogotá: Editorial…

p. 4
02Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · Página 2181 cita
[2]

Urabá; lle- ga a la isla de Codego, ubicada en la bahía de Cartagena. Fundación de Santa María de Antigua del Darién a cargo de Martín Fernández de Enciso y Vasco Núñez de Balboa. Nace en Granada Gonzalo Jiménez de Quesada.; 1510 Juan de la Cosa muere en Turbaco a manos de los indígenas. Balboa descrubre el río…

p. 218
03Mercados, poblamiento e integración étnica entre los Muiscas, Siglo XVICarl Henrik Langebaek · 1987 · Páginas 19, 30, 333 citas
[4]

favorita de los cronistas (Aguado /1581/ 1956, I: 259). En nuestra opinión, al menos parte de la explicación a la formación de unidades políticas que trascendían la comunidad independiente debe buscarse en los vínculos de parentesco. Según los datos de archivo, en efecto, es posible identificar que, al interior de sus…

p. 33
[9]

aunque resulta probable que también jugaran un rol político más directo, comparable al de los caciques y capitanes. Según Aguado (Ibid.), los intentos de revuelta que fraguaron los caciques de Bogotá y Tunja contra los españoles "fueron inducidos por los mohanes y jeques". Además, todavía en 1606 el Arzobispo Lobo…

p. 30
[25]

prudente entonces, reconocer la necesidad de imponer un límite cronológico a los documentos que pueden servir para interpretar los aspectos precolombinos del intercambio. En ese orden de ideas, el material de consulta de esta investigación se ha restringido hasta la visita de Luis Henriquez que marcó el fin del Siglo…

p. 19
04Assembling Flowers and Cultivating Homes: Labor and Gender in ColombiaGreta Friedemann-Sánchez · 2006 · Página 571 cita
[5]

of freedom or bondage in different areas of Colombia according to different demands for labor. 12. Mörner, referring to the yanaconas in Peru, states that they not only consti- tuted a permanent resident labor force but in fact they were tied to the estate (1984, 198). 13. Since pre-Columbian times, the region has…

p. 57
05Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · Página 351 cita
[6]

u e corrían en dirección nororiental p o r unos ochenta kiló m etros, sep arad as p o r el río Chicam ocha. A unque las co m u n id ad es indígenas de estas zonas pag ab an tributo a los señores de Sugam uxi y D uitam a, algunos especialistas han su g erid o recientem ente que uno de ellos, o am bos, aceptaban el dom…

p. 35
06Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · Página 1091 cita
[7]

y sangrientas guerras entre los grandes c caciques muiscas como parte de proyectos de expansión territorial, Los documentos simplemente no mencionan nada que apoye esas empresas militares que, según los cronistas, existieron. No conozco una sola mención de que después de la conquista alguna comunidad hubiera…

p. 109
07Invading Colombia: Spanish Accounts of the Gonzalo Jiménez de Quesada Expedition of ConquestJ. Michael Francis · 2007 · Página 341 cita
[8]

h E r A n d E A n C o n Q U E S t | 1 to Jiménez in exchange for Spanish military assistance, it was not to launch a campaign against Tunja but rather to fight against Bogotá’s real enemies, the Panches. Until more convincing evidence emerges, the common perception that the conquest of Muisca territory was facilitated…

p. 34
08Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · Páginas 45, 1132 citas
[10]

casos de guerra o necesidad, y para consumirlos con sus sujetos en ocasiones solemnes, grandes festejos y celebraciones: el trabajo dado por los indios se dedicaba al cultivo del sembrado del cacique, al sostenimiento del sacerdocio y, en algunas instancias, parece que a la elaboración de algunas obras comunes, como…

p. 45
[24]

a los que habían venido a caballo y el cuádruple a los capitanes; Quesada recibió 5 partes y se reservaron 10 para Fernández de Lugo. Como ocurría siempre en situaciones similares, a la relativa abundancia de oro correspondía la gran escasez de artículos españoles, y en especial de aquellos más necesarios para las…

p. 113
09Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · Página 3321 cita
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true - que con tribus vecinas y aún muy alejadas. Los principales artículos que se exportaban eran sal 153, esmeraldas, coca y Memoria sobre las Antigüedades Neo-Granadinas, Librería de F. Schneider i Cía., Berlín. Acerca de la arqueología «premuisca», véanse las notas biblio- gráficas para el capítulo iv, así como…

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10Gramática de la lengua chibchaEzequiel Uricoechea · 2016 · Páginas 24, 362 citas
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aniversarios en los cuales repetían, cantando tristemente, la vida y las acciones del finado. El homicidio, el rapto y el incesto eran castigados con pena de muerte y el incestuoso la sufría por hambre en un subterráneo en medio de reptiles venenosos. Al que no pagaba sus contribuciones o sus deudas enviaba el uzaque…

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su industria. El país chibcha, antes de las conquistas de los zipas, lo creo comprendido entre la cordillera al oriente de Bogotá hasta las cercanías de Facatativá y desde Zipaquirá hasta el río Tunjuelo. Dos pruebas tene- mos en apoyo de esta creencia, legítimas ambas: la diferencia del len- guaje y la diferencia de…

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11Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · Páginas 52, 54, 763 citas
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en el siglo XVI algunos territorios marginales o casi independientes, cuya sumisión al Zipa o al Zaque no estaba del todo clara. El status de estos territorios en el momento de la Conquista debe evaluarse, en parte por lo me- nos, en términos de un proceso histórico. En primer lugar, los dos "Estados" incipientes eran…

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cultivos. En algunos lugares, como Funza, Tunja y Sogamoso se han hallado vesti- gios de postes u horcones de madera que marcan una construcción circular u ovalada; pero en verdad, aún no se conoce una sola casa muisca sistemáticamente excavada. Lo poco que sabemos de la cultura prehis- tórica de los Muisca se basa…

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el 6 de agosto de 1538, como la fecha de funda- ción es decir, unas semanas después del reparto del botín. En la documentación sólo consta la La conquista del territorio y el poblamiento 83 fundación durante ese mismo año de la ciudad de Vélez, pues el 13 de agosto estuvo en ella Jiménez de Quesada, quien recibió…

p. 76
12Historia de Colombia. La Colombia más Antigua. Tomo 1Gonzalo Hernández de Alba (dir.); Camilo Domínguez O., José L. Lorenzo, Amancio Fernández, Gonzalo Correal y otros · Página 1301 cita
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dentro de una estructura federal». 103 Figura femenina de arcilla hueca procedente del territorio cundiboyacense. La figura, sin duda una dama de alto rango, aparece adomada con collares, dijes y diademas y hasta con cetro o bastón ceremonial. A continuación se tratará acerca de la estructura socio-política, para lo…

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13La subversión en Colombia. El cambio social en la HistoriaOrlando Fals Borda · 2008 · Página 631 cita
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de turno. De esta etapa del vecindario, los Chibchas estaban pasan- do a otra basada en la conveniencia de un estado central, gracias al predominio que empezaba a ejercer el Zipa o rey de Hunza (hoy Funza), sobre los uzaques o jefes de tribus. Se re- conocían jerarquías entre los uzaques y los capitanes. Los pri -…

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14Antes de Colombia. Los primeros 14.000 añosCarl Henrik Langebaek · 2021 · Páginas 297, 4072 citas
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una violencia ritualizada, por completo ajena a la incorporación de mano de obra o a la subordinación económica de un grupo por otro. Los muiscas hacían sacrificios humanos durante los festejos relacionados con la siembra de maíz en los valles fríos, es decir, entre enero y marzo. En esa ocasión, los guerreros panches…

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poder de los caciques muiscas, sus argumentos parecen circunscribirse a ciertos momentos específicos, y muy especialmente a las grandiosas y prolongadas fiestas durante las cuales los indígenas se congregaban en lugares ceremoniales de gran importancia, muchos de ellos con una centenaria o milenaria ocupación, para…

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15Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Página 281 cita
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El ma í z serv í a para hacer arepas y “ chi 30 HISTORIA M Í NIMA DE COLOMBIA cha ”, una bebida fermentada para sus frecuentes fiestas y celebra ciones. Usaban tambi é n el tabaco y la coca. En casi toda la cordillera oriental, sus vecinos de los valles inter medios del r í o Magdalena y de la tierra caliente eran…

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16El Dorado: estampas de viaje y cultura de la Colombia suramericanaErnst Röthlisberger · 2017 · Página 1061 cita
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fuero urbano con el título de «muy noble, muy leal y más antigua», así como el nombre de Santafé de Bogotá, este último en recuerdo del lugar de recreo de los zipas, jefes de los chibchas, o sea los aborígenes, y que se llamó Bacatá —«límite extremo de los campos»—. Después de ciento treinta y cinco años, Bogotá tenía…

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17Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · Página 41 cita
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© Marco Forero, 2016 © Editorial Planeta Colombiana S. A., 2016 Calle 73 N.° 7-60, Bogotá Diseño de cubierta: Departamento de diseño Grupo Planeta Primera edición: abril de 2016 ISBN 13: 978-958-42-4984-5 Desarrollo e-pub: Hipertexto Ltda. Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo…

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18Nosotros y los otros: las representaciones de la nación y sus habitantes Colombia, 1880-1910Amada Carolina Pérez Benavides · 2015 · Página 3101 cita
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jerarquización de las narraciones históricas y de las imágenes que habían sido elaboradas en el trascurso del siglo XIX y que fueron compiladas, catalogadas y exhibidas por la generación de letrados de las últimas décadas de dicho siglo y la primera del XX. El pasado indígena, por su parte, se identificó con otra…

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