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Ensayo · Prehispánico · antes de 1499

El cacicazgo muisca de Tibanica

La bioarqueología del cementerio muisca tardío de Tibanica (Soacha) revela que los individuos enterrados con ajuar no vivieron más, no comieron mejor ni sufrieron menos enfermedades que la mayoría sin ofrendas, desafiando los modelos de cacicazgo redistributivo y coercitivo importados de otras tradiciones.

16 min de lectura3.382 palabras25 documentos57 fragmentos
El cacicazgo muisca de Tibanica
Actualizado 23 de julio de 2026
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Orientación para entrar

La respuesta en breve

La tesis

La evidencia isotópica y paleopatológica de Tibanica apunta a un cacicazgo de prestigio: la jerarquía muisca tardía se materializaba en el manejo de bienes suntuarios foráneos, la ritualidad y la comensalía ceremonial, no en la captación masiva del excedente agrícola ni en ventajas biológicas medibles para la élite. La variable determinante del acceso a proteína animal era el sexo, no el estatus funerario. La desigualdad existía, pero era de baja intensidad corporal, lo que implica que las brechas biológicas extremas de la Colombia colonial y republicana no son herencia natural de un patrón prehispánico sino producto de una ruptura histórica introducida por el orden colonial.

La tensión

El debate central enfrenta dos posiciones sobre la naturaleza del poder cacical muisca. Para autores como Timothy Earle, el liderazgo político en los cacicazgos estuvo necesariamente ligado al control económico, y la redistribución o la coerción material sostenían la autoridad. Para Robert Drennan, Andrea Cuéllar y la línea que sigue Carl Henrik Langebaek, esa relación es una hipótesis a verificar caso por caso, no un axioma: la complejidad social puede basarse en combinaciones diversas de diferenciación sin que ninguna dimensión aislada —cerámica decorada, ajuar funerario, isótopos— sea indicador automático de riqueza o dominación. Tibanica se convierte en campo de prueba de ese debate porque sus datos isotópicos y paleopatológicos no muestran el diferencial nutricional ni de salud que el modelo coercitivo o redistributivo predice, mientras que la presencia de objetos foráneos y el consumo conspicuo colectivo sí encajan con un modelo de prestigio. La tensión se agudiza porque los documentos españoles del siglo XVI describen una sociedad con uzaques, capitanes y aldeas cercadas para los de mayor rango, y registran el apego muisca por textiles, oro y caracoles marinos, pero no contienen referencias abundantes sobre propiedad de tierras ni control de mano de obra por parte de la élite, lo que deja abierta la pregunta de si la imagen de jerarquía intensa que transmiten las crónicas refleja la realidad prehispánica o la proyección de categorías coloniales sobre una sociedad de lógica diferente. Adicionalmente, la variación entre sitios muiscas cercanos —como ilustra el caso de Soacha frente a otros yacimientos— advierte contra la generalización de los resultados de un solo cementerio al conjunto de la sociedad muisca tardía.

Temas
Bioarqueología e isótopos estables en el altiplano cundiboyacenseModelos de cacicazgo: redistribución, coerción y prestigioEconomía muisca: sal, mantas, esmeraldas y orfebrería de GuatavitaProyección historiográfica colonial sobre las jerarquías prehispánicasDesigualdad biológica en Colombia: raíces coloniales frente a herencia prehispánicaNeoevolucionismo y crítica a los esquemas unilineales de complejidad social
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Ensayo completo

La lectura

El cacicazgo muisca visto desde Tibanica

En una ladera de Soacha, al sur de la Sabana de Bogotá, un cementerio muisca tardío guarda la respuesta —incómoda, matizada— a una de las preguntas más persistentes de la historia prehispánica colombiana: ¿qué clase de poder ejercían realmente los caciques del altiplano cundiboyacense antes de que llegaran las huestes de Gonzalo Jiménez de Quesada en 1537?

Tibanica ofrece un dato que desconcierta a quienes esperaban encontrar el eco biológico de la desigualdad: los individuos enterrados con ajuar —incluidos los que llevaban objetos de oro— no vivieron significativamente más, no comieron sustancialmente mejor ni mostraron menos huellas de enfermedad que la mayoría sepultada sin ofrendas. La jerarquía muisca tardía existía, pero no se inscribía en los huesos. La pregunta, entonces, se afila: si el poder cacical no producía cuerpos privilegiados, ¿en qué materia se hacía visible?

Durante siglos, la imaginación colonial y republicana proyectó sobre los muiscas la plantilla de las grandes civilizaciones mesoamericanas y andinas: un zipa comparable a Moctezuma, un zaque equivalente a un curaca poderoso, una nobleza que vivía del sudor de los comunes. Esa imagen sirvió a los cronistas del siglo XVI para justificar la conquista como sustitución de un despotismo por otro, y a la historiografía republicana para construir una prehistoria del país donde la desigualdad extrema era un dato natural, casi geológico, del territorio.

La arqueología reciente —la que trabaja con isótopos estables, paleopatología, análisis espaciales finos— viene desmontando esa imagen. Y lo hace no por corrección ideológica sino por evidencia: los cuerpos muiscas no cuentan la historia que las crónicas prometían. Si en el altiplano hubo cacicazgo, fue de una textura distinta a la que suponían los modelos importados. Comprender esa textura importa por dos razones. Primero, porque devuelve a los muiscas su especificidad histórica, sacándolos del molde neoevolucionista que exige que toda sociedad "compleja" se parezca a las que sirvieron de referencia canónica. Segundo, porque desactiva un argumento silencioso de la historia colombiana: la idea de que la desigualdad de hoy —una de las más profundas del continente, con impacto medible en tallas, esperanza de vida y morbilidad diferencial— hunde raíces en una jerarquía prehispánica esencialmente similar. No es así. La brecha corporal que hoy separa a los colombianos es hija del orden colonial y republicano, no herencia del cacicazgo del altiplano.

¿En qué términos se plantea el debate? Desde mediados del siglo XX, la antropología económica libra una discusión que Tibanica ilumina de forma inesperada. Una primera línea propuso que la redistribución de bienes definía las economías cacicales: el jefe concentraba el excedente y lo repartía, y ese circuito material sostenía su autoridad. Décadas después, esa fórmula fue revisada y degradada: la redistribución dejó de ser el corazón del cacicazgo para convertirse en una posibilidad entre varias. Algunos insistieron en que el liderazgo político seguía estrechamente ligado al control económico; otros sostuvieron que esa relación era una hipótesis a verificar caso por caso, no un axioma.

Sobre los muiscas, esa discusión se cruzó con una segunda: ¿en qué punto de la trayectoria hacia el "Estado" estaban al momento de la conquista? Las crónicas del siglo XVI describen una sociedad organizada bajo dos grandes señores —el Zipa en Bogotá y el Zaque en Hunza (Tunja)—, con uzaques, capitanes y aldeas cercadas para los de mayor rango. Los cronistas encontraron una estratificación reconocible: familias directoras, tendencia a formar castas superiores, jerarquías hereditarias en formación. Pero la integración era incompleta. Los señores de Sugamuxi y Duitama pagaban tributo a sus propios señores, y su subordinación al Zaque era, incluso para los observadores contemporáneos, incierta. En las comarcas montañosas del noroccidente de Tunja y en las hoyas del Suárez y el Moniquirá subsistían jefaturas menores independientes. La autoridad religiosa y la civil no se separaban con nitidez: los señores de los principales centros ceremoniales eran también sacerdotes de alto rango, y por esa vía escapaban en parte al poder del Zipa o del Zaque. Los grandes señoríos eran, en la fórmula clásica, "Estados incipientes", producto de campañas de expansión aún inconclusas.

La pregunta de fondo se desdobla. ¿Cómo se sostenía ese poder? ¿Y qué tan intensa era la desigualdad que producía? Los modelos disponibles ofrecen tres respuestas posibles. Un cacicazgo redistributivo clásico, donde el cacique concentraba y repartía alimentos. Un cacicazgo coercitivo, donde el control económico se traducía en dominación material. O un cacicazgo de prestigio, donde la autoridad se sostenía en el manejo de bienes suntuarios circulantes, en la ritualidad y en la mediación ceremonial, sin extracción masiva de excedentes alimentarios. Tibanica se pronuncia, con matices, por el tercero.

¿Y qué dicen exactamente los cuerpos y los ajuares? La primera constatación es sobria: la gran mayoría de los entierros de Tibanica no tiene ajuar, o al menos ninguno que haya sobrevivido. Entre los que sí lo tienen, las diferencias son modestas. Lo más distintivo no es la cantidad ni la elaboración de las ofrendas sino la presencia de objetos foráneos —conchas marinas, ciertas piezas de metal, huesos de fauna no local— que hablan menos de acumulación que de acceso a redes de intercambio a larga distancia. Y muchas de las diferencias observadas se relacionan con el oficio de la persona, oficio a su vez vinculado con el sexo. La distinción funeraria, en otras palabras, marcaba trayectorias sociales y roles antes que estratos económicos.

Los análisis isotópicos confirman esa lectura. La dieta de Tibanica se apoyaba mayoritariamente en recursos de tipo C₄, probablemente maíz, complementados con cerca de un 30% de tubérculos, sobre todo papa. Hasta aquí, una base agrícola común. La primera fractura que aparece en los datos es de sexo: los hombres muestran valores más altos de nitrógeno-15, lo que indica un mayor consumo de proteína animal, y consumieron también más maíz, posiblemente incluyendo animales alimentados con esas mismas plantas. Esa diferencia dietética por sexo es la más nítida del conjunto.

La segunda fractura, la que uno esperaría más marcada, resulta borrosa. Cuando se controla por sexo —hombres con ajuar contra hombres sin ajuar, mujeres con ajuar contra mujeres sin ajuar—, las diferencias en consumo de carne se disuelven. No hay brecha detectable. La variable determinante del acceso a proteína animal no es el estatus funerario sino el sexo. A nivel agregado, los individuos con ajuar sí presentan valores isotópicos distintos, pero ese diferencial parece explicarse porque la composición por sexo de los grupos con y sin ajuar no es simétrica, no porque el ajuar en sí prediga la dieta.

Los individuos enterrados con oro constituyen un caso especial. Muestran los valores isotópicos más altos, sugiriendo una dieta más rica en proteína animal y maíz. Pero el tamaño de la muestra es reducido y el análisis estadístico no es concluyente. Es una pista, no un veredicto.

La paleopatología completa el cuadro. En Tibanica cerca de siete de cada diez personas sufrió caries, una proporción alta que se vincula con la intensificación del consumo de maíz. La caries fue más frecuente en mujeres que en hombres, y entre las mujeres parece haber sido algo más alta en las enterradas con ajuar, aunque los datos son frágiles. Aparecen también enfermedades artríticas, infecciones, porosidades óseas y lesiones posiblemente compatibles con tuberculosis: el repertorio característico de una población agrícola densa, expuesta al esfuerzo físico sostenido. No hay individuos completamente desligados del trabajo corporal. Ninguna subpoblación muestra mayor longevidad ni mejor estado general de salud. La élite —si se acepta el término para quienes recibieron ajuar— no vivía más ni sufría menos.

Un último dato afina la imagen. El análisis espacial identificó un grupo que se asocia con consumo conspicuo: festejos, fauna exótica, más carne animal. Es el registro material de la comensalía ceremonial, del banquete que produce autoridad. Pero ese grupo no se traduce en riqueza medible en los ajuares individuales, ni se identifica con los individuos más ricos del cementerio, ni con mayor longevidad. La ostentación existía, pero era una práctica colectiva, ritualizada, más que una acumulación privada convertida en ventaja biológica.

¿Qué tipo de cacicazgo emerge de este cuadro? Los datos convergen en una imagen clara: Tibanica revela una sociedad diferenciada, con jerarquías reales, pero cuya jerarquía se materializaba sobre todo en el registro simbólico —objetos foráneos, ritual funerario, consumo conspicuo colectivo— y no en un diferencial nutricional o de salud entre estratos. La desigualdad muisca existía, pero era de baja intensidad corporal. No producía cuerpos más altos, más sanos ni más longevos en la cúspide. La sombra de la jerarquía era ceremonial antes que biológica.

El hallazgo obliga a repensar los modelos. El cacicazgo redistributivo clásico supone un flujo de excedentes alimentarios que pasa por el jefe; en Tibanica no hay huella isotópica de ese flujo. El cacicazgo coercitivo supone control económico traducido en ventajas materiales para la élite; en Tibanica esa traducción no ocurre. Lo que queda, y encaja mejor con la evidencia, es una economía política de prestigio: los caciques y sus familias mediaban en circuitos de bienes suntuarios cuya circulación producía autoridad, alianzas y reconocimiento sin exigir la captación masiva del excedente agrícola de sus subordinados.

Esa lectura se refuerza cuando se mira la economía muisca en su conjunto, y conviene detenerse en ella porque es allí donde el modelo de prestigio se hace tangible. La economía era no monetaria y estaba articulada por el trueque. Las mantas de algodón fueron el bien que más se acercó a un patrón de valor sin llegar a serlo plenamente: se contaban, se dividían por calidades, servían para saldar obligaciones, pero su heterogeneidad —tamaños distintos, tramas distintas, decoraciones distintas— impedía la abstracción numérica que exige una moneda verdadera. Circulaban como equivalente parcial, no como medida universal. Y esa condición ambigua es reveladora: los muiscas habían llevado el intercambio hasta el umbral de la abstracción monetaria sin cruzarlo, señal de una complejidad económica considerable que, sin embargo, no había producido las instituciones que asociamos con los grandes Estados tributarios.

La sal de Zipaquirá viajaba, endurecida en panes, hasta Neiva y la cuenca del Magdalena, alcanzando pueblos muy distantes de la Sabana. El Zipa la controlaba en régimen de cuasi monopolio, y ese control revela algo importante sobre la naturaleza del poder cacical: no gravaba la producción alimentaria cotidiana de sus súbditos, sino los cuellos de botella de las redes de intercambio a larga distancia. Las esmeraldas de Somondoco, en el territorio del Zaque, funcionaban de forma análoga: piedras cuya rareza geográfica se convertía, por acción del señor, en instrumento diplomático. El oro, que no existía en yacimientos del altiplano, debía obtenerse por trueque con las tierras bajas —con esa misma sal, con esas mismas mantas, con esas mismas esmeraldas— y luego era transformado por los orfebres de Guatavita en piezas que volvían a circular como ofrenda ritual o bien de prestigio.

El resto del inventario económico revela una especialización territorial fina, casi de mosaico: la coca del valle seco del Chicamocha, el algodón del piedemonte llanero y de los valles del Garagoa y el Negro, el tabaco de Samacá, Icaga y Oicatá. Cada región cultivaba lo suyo sin abandonar la producción de alimentos básicos, y los mercados periódicos —con ciclos de cuatro días— reunían a los indígenas comunes para el trueque cara a cara. La imagen de conjunto no es la de una economía tributaria centralizada, sino la de una constelación de nichos productivos conectados por redes de intercambio que los señores intentaban modular sin llegar a controlar del todo.

En ese circuito, el poder cacical se ejercía a través de bienes suntuarios circulantes, no del control directo del maíz que comía cada familia. La orfebrería de Guatavita es especialmente reveladora: los orfebres muiscas trabajaban un metal que no existía en su territorio, dependiendo de un sistema de intercambios que hacía llegar oro y cera desde regiones vecinas. Esa organización productiva —maestros vinculados a redes de aprovisionamiento a larga distancia, con aprendices y tradiciones técnicas transmitidas localmente— no encaja en un modelo lineal de centralización política. Sugiere formas de complejidad descentralizadas, donde el prestigio del objeto suntuario se producía en talleres relativamente autónomos y luego circulaba por vías que los grandes señores intentaban controlar, sin llegar a monopolizar.

La reconstrucción de un cacicazgo de prestigio, con sus cuerpos indistintamente cansados y su comensalía ritual, no es un ejercicio de erudición aislada. Toca directamente la manera en que se ha narrado la genealogía profunda de la desigualdad colombiana. Si los valores isotópicos no separan a los que recibieron ajuar de los que no lo recibieron, y si la paleopatología tampoco distingue a unos de otros en longevidad ni en carga de enfermedad, entonces buena parte del relato que naturaliza las brechas actuales como herencia inmemorial pierde su piso arqueológico.

El corolario es incómodo para cierta historiografía. Si la élite muisca de Tibanica no comía sistemáticamente mejor ni vivía más que sus subordinados, entonces las jerarquías económicas extremas que caracterizarían el orden colonial y republicano no son la continuación natural de un patrón prehispánico. Son producto de una ruptura histórica precisa: la que introdujo la conquista española.

Esa ruptura tiene nombre institucional. La encomienda, dominante en los siglos XVI y XVII, otorgó al encomendero un poder coactivo casi sin límites sobre los indígenas, obligados a pagar tributos en trabajo y bienes sin contraprestación real. En la Sabana de Bogotá, las encomiendas se organizaron sobre las unidades sociales prehispánicas preexistentes: el cacique se convirtió en el representante que respondía por el tributo colectivo de su clan o tribu. La misma organización que en Tibanica producía prestigio ceremonial fue instrumentalizada, ahora sí, como maquinaria de extracción material masiva. Cuanto más avanzada era la organización aborigen, más fácil resultaba la dominación: los muiscas ofrecieron menos resistencia que los pueblos de organización más laxa precisamente porque su estructura política permitía canalizar el tributo con eficacia.

La mita agravó el proceso. Al reducir el número de miembros útiles de cada comunidad, el tributo colectivo caía sobre menos hombros, y los indígenas debían emplearse como asalariados para cubrir la obligación. Se rompió el vínculo con la tierra comunal, se generó una masa cuya única propiedad era su fuerza de trabajo. Fue el germen del proletariado moderno latinoamericano. Y fue, en términos biológicos, el momento en que la jerarquía comenzó a inscribirse en los cuerpos con la intensidad que hoy conocemos: caída demográfica catastrófica, desnutrición, corporalización de la desigualdad.

La brecha biológica de la Colombia contemporánea —el niño desnutrido de La Guajira, la mujer del Chocó con una esperanza de vida veinte años menor que la de una bogotana del norte— no desciende del cacicazgo de Tisquesusa ni de Nemequene. Desciende de la encomienda, de la mita, de la hacienda republicana, del despojo del siglo XX. Confundir esas dos historias es un error de cronología con consecuencias políticas: naturaliza como herencia inmemorial lo que es producto de instituciones datables y desmontables.

Queda, sin embargo, la obligación de nombrar los flancos por donde la respuesta se afloja. El primero es la variación entre sitios. Tibanica no es todo el mundo muisca. En Suta, valle de Leiva, se han documentado diferencias en la concentración de cerámica decorada entre unidades residenciales, con algunas mostrando mayores cantidades tanto en el período Muisca temprano como en el tardío, y una organización espacial que se hizo más equidistante en el tardío frente a la aleatoriedad del temprano. Esas señales, distintas a las de Tibanica, sugieren que la intensidad de la diferenciación pudo variar considerablemente entre localidades. El cacicazgo muisca tardío bien pudo ser un mosaico de intensidades locales de jerarquía, y Tibanica un caso —tal vez representativo, tal vez particular— dentro de ese mosaico. Extrapolar de un cementerio al conjunto de una civilización es un salto que la evidencia disponible no autoriza.

El segundo flanco es interpretativo. Hay una circularidad en los criterios arqueológicos para identificar élites: si se asume que el mayor porcentaje de cerámica decorada implica mayor riqueza o prestigio, y luego se usa esa distribución como evidencia de estratificación, la hipótesis se vuelve difícil de falsificar. Los cálculos de desigualdad prehispánica arrojan además resultados muy distintos según la dimensión que se privilegie. Complejidad social no equivale a jerarquización marcada, y la diferenciación puede combinar dimensiones de formas que no corresponden a los tipos clásicos. Que Tibanica no muestre diferencial biológico entre grupos no demuestra igualdad sustantiva; podría reflejar los límites del registro, muestras pequeñas, sesgos de preservación, la dificultad de separar estatus adscrito de adquirido. El silencio isotópico no es prueba positiva de igualitarismo.

El tercer flanco es teórico. La lectura del cacicazgo muisca como economía política de prestigio funciona bien para Tibanica y para el comercio de bienes suntuarios en el altiplano. Pero deja preguntas sin cerrar: ¿cómo se financiaban las campañas expansivas del Zipa y del Zaque documentadas por las crónicas? ¿Qué proporción del trabajo agrícola comunal se destinaba a los señores? ¿Cómo se articulaba la autoridad religiosa —esos señores-sacerdotes de los centros ceremoniales que no se sometían plenamente al poder civil— con el circuito de bienes de prestigio? La comparación con otros cacicazgos colombianos ilustra la variedad de soluciones: los sinúes construyeron el vasto sistema de camellones del San Jorge sin evidencia clara de un poder centralizado capaz de coordinarlo; los taironas mantenían una red de caminos de piedra articulando un mercado activo; los cacicazgos interandinos —quimbayas, ansermas, caramantas, nutibaras— vivían en estado crónico de guerra con sacrificios humanos y toma de cabezas. Cada uno resolvió de modo propio la ecuación entre autoridad, ritual y economía. Los muiscas fueron uno más entre esos experimentos, no el peldaño superior de una escalera única.

Queda un cuarto flanco, más historiográfico que arqueológico, y por eso mismo más resistente. La percepción común de que la conquista fue facilitada por una guerra civil entre el Zipa y el Zaque debe verse con sospecha profunda. La evidencia documental es delgada, procede casi enteramente de cronistas que llegaron después de los hechos y que tenían buenas razones para presentar a los muiscas como una casa dividida: un pueblo en guerra consigo mismo justificaba mejor la irrupción española como pacificación que como agresión, y hacía inteligibles, dentro de las categorías europeas de la época, las alianzas cambiantes que las huestes de Quesada explotaron sobre el terreno. La arqueología no ha producido huellas materiales de un enfrentamiento sostenido entre los dos grandes señoríos en las décadas previas a 1537. Es posible que la guerra civil sea, en parte, un tópico narrativo antes que un hecho verificado, y conviene tratarla como tal mientras no aparezca evidencia independiente.

Ligado a ese punto está un problema más amplio: la imagen pública de los muiscas. La equiparación temprana con aztecas e incas, sostenida por buena parte de la crónica y por la historiografía romántica del siglo XIX, ha sido rebatida por la arqueología reciente sin que aún se haya construido, para el gran público, una imagen alternativa suficientemente nítida. El resultado es un vacío: fuera de los círculos especializados, los muiscas siguen ocupando el lugar simbólico de una civilización menor que casi fue grande, medida siempre por el rasero de las que sí fueron imperios. Ese vacío tiene costos, porque la ausencia de una imagen precisa deja el terreno libre a las viejas plantillas. El trabajo pendiente no es ya demostrar que los muiscas no fueron aztecas, sino narrar con precisión qué fueron: qué tipo de complejidad produjeron, qué tipo de desigualdad toleraron, qué tipo de poder ejercieron sus señores.

Volviendo entonces a la pregunta inicial —en qué materia se hacía visible el poder cacical si no en los cuerpos—, la respuesta que Tibanica autoriza a sostener es esta: en el oro que atravesaba cordilleras para volver como ofrenda, en la sal que salía de Zipaquirá con destino al Magdalena, en la comensalía ritual donde se comía fauna exótica sin que nadie ganara por ello un año más de vida, en la manta contada y dividida hasta el umbral —nunca cruzado— de la moneda. Un poder que se dejaba ver en las cosas que circulaban y en los ritos que las hacían circular, no en la desigualdad grabada en los esqueletos. Fue la encomienda, y no el cacicazgo, la que enseñó a los cuerpos del altiplano a llevar la jerarquía inscrita en el hueso. Esa distinción de cronología no es un detalle académico: es la diferencia entre una desigualdad que se hereda por milenios y otra que se instituyó en una fecha concreta y que, por tanto, admite fecha de desmontaje.

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Archivo documental

Documentos usados en esta lectura

25 documentos · 57 fragmentos de referencia
01Antes de Colombia. Los primeros 14.000 añosCarl Henrik Langebaek · 2021 · p. 282, 376, 383, 388, 3945 fragmentos
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indican distinciones muy marcadas. No hay en ninguna parte unos entierros que revelen la existencia de personajes especiales que fueran enterrados con objetos singulares a través de los cuales se quisiera marcar distancias respecto a otros individuos. De hecho, las diferencias que se pueden encontrar sugieren ante…

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los segundos, de 159 cm. En Malagana, los hombres medían 166 cm y las mujeres, 153 cm, en promedio. En otras palabras, se puede sugerir que los indígenas de periodos tardíos, pese a ser agricultores, no tenían una estatura baja en relación con sus antecesores. A veces, incluso, pudieron ser más altos. Entre los…

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grupo de personas de Mesitas tenía el poder de hacer que otras personas produjeran sus alimentos? ¿Que un muro de 80 metros de largo muestra en la Sierra Nevada de Santa Marta alguna forma de control de mano de obra en beneficio de una élite? Peor aún, ¿qué tan fácilmente debemos aceptar que la población muisca tenía…

p. 394
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y contradicen la idea de que se pueda hablar tan fácilmente de un proceso ordenado y lineal, mediante el cual una abusiva élite fue cada vez más exitosa en controlar más y más al resto de la población. En un lugar no muy lejano a El Venado, en Suta (valle de Leiva), Hope Henderson encontró que desde la ocupación…

p. 383
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de población. Estudios llevados a cabo por José Luis Socarras han confirmado que el maíz fue importante no solo en la segunda ocupación, sino también en la primera. Los estudios de José Vicente Rodríguez en el sitio de Santa Helena han encontraron que la segunda ocupación no se interrumpió hace 650 años, es decir,…

p. 376
02Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · p. 225, 244, 265, 2704 fragmentos
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social, apenas basada en la edad y en el rango heredado, sin mayor discriminación en términos de sexo, excepto por aquellos objetos que indican actividades restringidas a hombres (como cazar) o a mujeres (como hilar algodón). Otros, como en Tibanica, reconocen que existía una diferenciación social, pero que esta se…

p. 225
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De nuevo, la respuesta es “Todos los individuos, independientemente de su per- a un grupo, tuvieron una dieta mixta, con acceso a los alimentos, aunque en el grupo 1 se identificó un consumo nor de carne, En términos de la edad de los individuos, 231 Los muiscas se encuentra la misma tendencia. Más contundente es el…

p. 244
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a individuos enterrados con y sin ajuar. Otro estudio relevante es el de Luisa Fernanda Mendoza. Su trabajo se concentró también en Tibanica, pero limitado al tema de la salud dental. Allí confirmó que las personas enterradas con ajuar podían suftir de algunos problemas dentales en una proporción bastante alta, pero…

p. 265
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que se encuentren entre los muiscas A 257 Los muiscas evidencias de individuos desligados del trabajo. Lo cual no quiere decir que todos hicieran siempre la misma clase de trabajo. ESPERANZA DE VIDA Un aspecto que podría dar luces sobre las hasta ahora elusivas élites muiscas es la esperanza de vida. ¿Podría hablarse…

p. 270
03Economías prehispánicas de ColombiaAlberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres, Santiago Giraldo, Daniela Castellanos Montes, Marianne Cardale de Schrimpff, Carl Henrik Langebaek, María Antonieta Corcione Nieto, Catalina Zorro, Luisa Mendoza, Marcela Bernal, Lucero Aristizábal, Leonor Herrera · p. 158, 339, 343, 3708 fragmentos
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isótopos realizados por Delgado et al. (2014) y Aristizábal (2015). La mayor fuente energética de los individuos en Tibanica provendría de recursos c₄, probablemente maíz, complementado; cerca de un 30% de la energía provendría de recursos c₃, incluyendo tubérculos como la papa. Los resultados obtenidos por…

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isótopos realizados por Delgado et al. (2014) y Aristizábal (2015). La mayor fuente energética de los individuos en Tibanica provendría de recursos c₄, probablemente maíz, complementado; cerca de un 30% de la energía provendría de recursos c₃, incluyendo tubérculos como la papa. Los resultados obtenidos por…

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de metal o elaborados con huesos de ciertas clases de animales— servía para marcar una diferencia social que, sin embargo, no tenía relación alguna con el control de la vida económica. En el sitio, es probable que el grupo 2 se asocie con el consumo conspicuo: festejos, exhibición de fauna exótica e incluso consumo de…

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de metal o elaborados con huesos de ciertas clases de animales— servía para marcar una diferencia social que, sin embargo, no tenía relación alguna con el control de la vida económica. En el sitio, es probable que el grupo 2 se asocie con el consumo conspicuo: festejos, exhibición de fauna exótica e incluso consumo de…

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y la consolidación de las figuras de autoridad en estas sociedades mediante la redistribución de bienes provenientes de diversas ecologías (Sahlins, 1958; Service, 1962). Eventualmente se revaluó la redistribución como atributo de las economías cacicales (Earle, 1977; Feinman y Neitzel, 1984) y esta pasó a ser…

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y la consolidación de las figuras de autoridad en estas sociedades mediante la redistribución de bienes provenientes de diversas ecologías (Sahlins, 1958; Service, 1962). Eventualmente se revaluó la redistribución como atributo de las economías cacicales (Earle, 1977; Feinman y Neitzel, 1984) y esta pasó a ser…

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la diferenciación social puede basarse en las más diversas combinaciones y permutaciones. No hay modelos únicos que correspondan a niveles de complejidad social que se puedan definir en tipos característicos, pero sí distintas estrategias de diferenciación social determinadas por el grado de control que pueden ejercen…

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la diferenciación social puede basarse en las más diversas combinaciones y permutaciones. No hay modelos únicos que correspondan a niveles de complejidad social que se puedan definir en tipos característicos, pero sí distintas estrategias de diferenciación social determinadas por el grado de control que pueden ejercen…

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04Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · p. 4, 47, 2133 fragmentos
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a su vez tenían a la cabeza un cacique común, es decir, a alguien que estaba por encima de una cierta cantidad de jefes de tribu. También aquí nos encontramos con un hecho extendido en el mundo: el nombre del pueblo o de la tribu era el mismo que el del cacique. Para los muiscas la constitución del estado se había…

p. 213
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‘idólatras’, “porque en sus casas ay figuras de muchas maneras” (173), pero inmediatamente reconocía que muy fácil- mente se convertirían al cristianismo, así como en ningún momento se refería a ninguna influencia del diablo, ni al uso de la idolatría en contra de los colonizado- res. Igual sucedía con la crónica de…

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Prohibida la reproducción parcial o total de este material, sin autorización por escrito del Instituto de Estudios Sociales y Culturales -Pensar- Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoria / Carl Henrik Langebaek Rueda...[et al..]; editora Ana María Gómez Londoño. — Bogotá: Editorial…

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05La subversión en Colombia. El cambio social en la HistoriaOrlando Fals Borda · 2008 · p. 59, 632 fragmentos
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de turno. De esta etapa del vecindario, los Chibchas estaban pasan- do a otra basada en la conveniencia de un estado central, gracias al predominio que empezaba a ejercer el Zipa o rey de Hunza (hoy Funza), sobre los uzaques o jefes de tribus. Se re- conocían jerarquías entre los uzaques y los capitanes. Los pri -…

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“Occidental” para referirse al orden señorial, así perdiéndose en el océano de sentidos que tiene la compleja entidad cu l tural de Europa y América. Estudiaremos aquí someramente los componentes del orden áylico: sus valores, normas, org a nización social y técnicas. Sacralidad y Tolerancia En la época de llegada de…

p. 59
06Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 35, 372 fragmentos
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u e corrían en dirección nororiental p o r unos ochenta kiló m etros, sep arad as p o r el río Chicam ocha. A unque las co m u n id ad es indígenas de estas zonas pag ab an tributo a los señores de Sugam uxi y D uitam a, algunos especialistas han su g erid o recientem ente que uno de ellos, o am bos, aceptaban el dom…

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vertientes u n poco m ás tem p lad as y allí se extraían dos cosechas anuales. En tierras m ás bajas se sem braba arracacha, algodón, guayaba, piña y coca. A lgunos productos, com o la coca y el algodón, no eran cultivados p o r los m uiscas y los obtenían en el com ercio. C ad a cuatro días había m ercado en los…

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07Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 281 fragmento
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El ma í z serv í a para hacer arepas y “ chi 30 HISTORIA M Í NIMA DE COLOMBIA cha ”, una bebida fermentada para sus frecuentes fiestas y celebra ciones. Usaban tambi é n el tabaco y la coca. En casi toda la cordillera oriental, sus vecinos de los valles inter medios del r í o Magdalena y de la tierra caliente eran…

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08Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 74, 94, 983 fragmentos
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perfecci ó n de las construcciones de los Tairona. Esta falta de inter é s en la conservaci ó n de tierras o en la intensificaci ó n de su uso, podr í a indicar la general abundancia de tierras f é rtiles, ocupadas por una poblaci ó n bastante dispersa. Es claro que el pa í s. de los Muisca ten í a un “ interior ”,…

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escondido. El arte muisca es r í gido, lineal y altamente estilizado, y se distingue inmediatamente de los estilos elaborados, a veces exuberantes, de las culturas prehist ó ricas de las tierras vecinas. Pero esta misma rigidez y simetr í a, estas superficies opacas y estas formas sobrias, tienen un especial encanto.…

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suntuosos de jefes y sacerdotes, verdaderos tesoros de orfebrer í a y de piedras finas, nos indican que en estas regiopes __ privilegiadas para la agricultura, se desarrollaron peque ñ os, se ñ or í os con una estructura social jer á r quica, una clase sacerdotal influyente y un alto desarrollo tecno l ó gico y est é…

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09Fighting Monsters in the Abyss: The Second Administration of Colombian President Álvaro Uribe Vélez, 2006–2010Harvey F. Kline · 2015 · p. 322 fragmentos
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to four million people. Some were warlike hunters and fishers, includ ing the Caribs and Arawaks, but many had developed agriculture, as well as gold work that attracted the Span- ish conquerors. They were also divided by geography, includ ing the Calima (Valle de Cauca), the San Agustín (Huila), the Tumaco (Nariño),…

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to four million people. Some were warlike hunters and fishers, includ ing the Caribs and Arawaks, but many had developed agriculture, as well as gold work that attracted the Span- ish conquerors. They were also divided by geography, includ ing the Calima (Valle de Cauca), the San Agustín (Huila), the Tumaco (Nariño),…

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10Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 36, 52, 543 fragmentos
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en el siglo XVI algunos territorios marginales o casi independientes, cuya sumisión al Zipa o al Zaque no estaba del todo clara. El status de estos territorios en el momento de la Conquista debe evaluarse, en parte por lo me- nos, en términos de un proceso histórico. En primer lugar, los dos "Estados" incipientes eran…

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cultivos. En algunos lugares, como Funza, Tunja y Sogamoso se han hallado vesti- gios de postes u horcones de madera que marcan una construcción circular u ovalada; pero en verdad, aún no se conoce una sola casa muisca sistemáticamente excavada. Lo poco que sabemos de la cultura prehis- tórica de los Muisca se basa…

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desarrollo del cultivo del maíz permitió a los pobladores Colombia indígena, período prehispánico 43 -hasta entonces ribereños y dependientes de una combinación de recursos acuáticos y de su agri- cultura de raíces- retirarse de los ríos y exten- derse sobre las laderas del sistema andino. Al ocupar tierras tan…

p. 36
11Historia de Colombia. La Colombia más Antigua. Tomo 1Gonzalo Hernández de Alba (dir.); Camilo Domínguez O., José L. Lorenzo, Amancio Fernández, Gonzalo Correal y otros · p. 130, 133, 1373 fragmentos
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dentro de una estructura federal». 103 Figura femenina de arcilla hueca procedente del territorio cundiboyacense. La figura, sin duda una dama de alto rango, aparece adomada con collares, dijes y diademas y hasta con cetro o bastón ceremonial. A continuación se tratará acerca de la estructura socio-política, para lo…

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y ciertos productos agrícolas, la sal era otro elemento básico del comercio de los muiscas. un grupo de especialistas en el intercambio. Las re- ferencias históricas parecen indicar que todos los indígenas comunes y corrientes iban a los merca- dos. Por otra parte, el trueque de artículos tuvo un papel importante al…

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las cercanías de Bogotá y Tunja se pueden ver pequeñas planadas artificiales, y sobre ellas, algunas piedras puestas en círculo. Estos si- tios dan la impresión de ser restos de casas senci- llas, cerca de los cultivos». Las aldeas nucleadas o concentradas y las vi- viendas dispersas no fueron necesariamente habi-…

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12Gramática de la lengua chibchaEzequiel Uricoechea · 2016 · p. 241 fragmento
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su industria. El país chibcha, antes de las conquistas de los zipas, lo creo comprendido entre la cordillera al oriente de Bogotá hasta las cercanías de Facatativá y desde Zipaquirá hasta el río Tunjuelo. Dos pruebas tene- mos en apoyo de esta creencia, legítimas ambas: la diferencia del len- guaje y la diferencia de…

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13Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · p. 121 fragmento
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las relaciones comerciales afianzaban redes de intercambio cultural más profundas. un aspecto importante de la sociedad muisca fue el desarrollo y la complejidad que se desprendieron de una economía natural no monetaria, y que se desplegó al tener un escenario de vastas redes comerciales y cercanías culturales y…

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14Breve historia económica de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 2017 · p. 431 fragmento
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que cumpliera adecuadamente las funciones que se le atribuyen, como patrón de medida del valor, medio de intercambio o alma- cén de valor. Sin embargo, existieron ciertas mercancías que se intercambiaron con mayor frecuencia y que pudieron servir como patrón para medir valores. Esta característica se le ha atribuido…

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15Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · p. 294, 325, 332, 3494 fragmentos
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true - que con tribus vecinas y aún muy alejadas. Los principales artículos que se exportaban eran sal 153, esmeraldas, coca y Memoria sobre las Antigüedades Neo-Granadinas, Librería de F. Schneider i Cía., Berlín. Acerca de la arqueología «premuisca», véanse las notas biblio- gráficas para el capítulo iv, así como…

p. 332
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que representan aves, peces, reptiles o figu- ras humanas estilizadas. A veces las incisiones tienen un relleno o un pigmento mineral blanco, lo que hace resal- tar los motivos sobre el fondo oscuro de la piedra. Otra categoría de objetos consiste de matrices para el trabajo de orfebrería; son tallas en relieve que…

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tros que indiquen una integración para la construcción y el mantenimiento del sistema. En el fondo, según todos los datos disponibles hasta ahora, parece que se trataba de una población rural cuyos restos materiales están muy super- ficialmente dispersados. Fue una sociedad de rangos bien definidos, al juzgar por la…

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rasgo cultural que más se conoce son los entie- rros. El principal tipo consiste en un pozo vertical con una o varias cámaras laterales en el fondo, pero también hay entierros en tumbas rectangulares revestidas de lajas, o en simples pozos más bien superficiales. Hay entierros primarios y secundarios, individuales y…

p. 294
16Mercados, poblamiento e integración étnica entre los Muiscas, Siglo XVICarl Henrik Langebaek · 1987 · p. 1351 fragmento
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que éstos les garantizaran el suministro de al menos parte de las gachas, leña y mantas que consumían. De la misma manera, los de Guata vita difícilmente podrían haberse especializado en orfebrería si no hubieran hecho parte de un sistema de intercambios que hacía llegar oro y cera a sus tierras. Varios ejemplos más…

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17Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · p. 13, 1322 fragmentos
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activa vida ritual y mágico-reli- giosa. Poseían un dinámico mercado entre los dis- tintos poblados de la sierra —para lo que utiliza- ban una extensa red de caminos de piedra-, basado en productos agrícolas, la sal, el pescado y las manufacturas artesanales, como objetos de oro, mantas de algodón, adornos de plumas y…

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y los resguardos, para organizar la producción agrícola de autoabaste- cimiento, así como la mita, para la extracción del oro y otros metales preciosos. La encomienda La encomienda fue una institución que se caracterizó por el poder otorgado por la Corona a un hidal- go, quien ejercía el control, cuida- do y…

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18Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 321 fragmento
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con ellos, se deduce que durante este período había una población relativamente nu- merosa, que practicaba enterra- mientos primarios aislados y en ce- menterios (4, 10, 25 o más tumbas de pozo con cámara lateral) en las laderas de las lomas, generalmente sobre pequeños aplanamientos na- turales o artificiales. Del…

p. 32
19Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · p. 471 fragmento
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que incluye las provincias de Vélez, Guane, Pamplona y Mérida. O la jurisdicción de Santa Fe sobre las dos vertientes de la cordillera Orien tal y sobre el corregimiento de Mariquita que se extiende a lo largo del valle del Magdalena. Capítulo II LA SOCIEDAD INDÍGENA Y SU EVOLUCIÓN POSTERIOR A LA CONQUISTA LOS GRUPOS…

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20Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · p. 19, 234 fragmentos
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múltiples y distintas: iban desde agrupaciones que habían alcanzado etapas superiores de agricultura sedentaria y producían amplios excedentes, como los muiscas, hasta organizaciones menos avanzadas de recolec- tores y cazadores, generalmente en las tierras bajas, pasando por comunidades tribales de desarrollo…

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múltiples y distintas: iban desde agrupaciones que habían alcanzado etapas superiores de agricultura sedentaria y producían amplios excedentes, como los muiscas, hasta organizaciones menos avanzadas de recolec- tores y cazadores, generalmente en las tierras bajas, pasando por comunidades tribales de desarrollo…

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y capitanes se convirtieron prácticamente en agentes de la Corona, y se les concedieron pri- vilegios, tierras y a veces encomiendas, responsabilidades organi- zativas y títulos. Las encomiendas en la sabana de Bogotá, por ejemplo, se organizaron con base en las capitanías, pueblos ente- ros sometidos a la dirección…

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y capitanes se convirtieron prácticamente en agentes de la Corona, y se les concedieron pri- vilegios, tierras y a veces encomiendas, responsabilidades organi- zativas y títulos. Las encomiendas en la sabana de Bogotá, por ejemplo, se organizaron con base en las capitanías, pueblos ente- ros sometidos a la dirección…

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21Historia económica de ColombiaJosé Antonio Ocampo Gaviria (compilador), Germán Colmenares, Jaime Jaramillo Uribe, Hermes Tovar Pinzón, Jorge Orlando Melo González, Jesús Antonio Bejarano Ávila, Joaquín Bernal Ramírez, Mauricio Avella Gómez, María Errázuriz Cox, Carmen Astrid Romero Baquero · 2017 · p. 271 fragmento
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quedaban fueron diezmados en un 95%. La evolución demográfica de otras regiones, tales como las de Santa Fe, Tunja, Vélez, Pamplona, Cartago, Pasto y Popayán, es mejor conocida. En dichas zonas existían poblaciones sedentarias que habían alcanzado niveles altos de cohesión y organización tribal, lo cual permitió una…

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22Ensayos para la historia de la política de tierras en Colombia. De la colonia a la creación del Frente NacionalAbsalón Machado Cartagena · 2009 · p. 421 fragmento
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y o s p a r a l a h is t o r ia d e l a p o l ít ic a d e t ie r r a s e n C o l o m b ia tó una serie de medidas para protegerlos, disfrazadas con ropajes religiosos o humanistas. Los tributos obligaban a dar al encomendero las pensiones particulares, el quinto para el Rey, el estipendio para el cura doctrinero y el…

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23La tierra en ColombiaEstanislao Zuleta, Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC) · 1973 · p. 211 fragmento
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nera, la encomienda es la piedra de toque para ex plicar él origen del neofeudalismo americano en el cual el señor prácticamente no tiene deberes y sí to dos los derechos y el indio carece de derechos y es tá abrumado con todos los deberes; entre el español encomendero y el indio encomendado, no existió mutua…

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24Introducción a la historia económica de ColombiaÁlvaro Tirado Mejía · 2019 · p. 871 fragmento
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otros muchos preferían continuar como asalariados, a la terminación de la mita. En suma, muy pocos regresaban y de ellos gran número volvían enfermos e incapacitados. Como el tributo de la encomienda era constante sobre el grupo, al disminuir por causa de la mita el número de sus componentes, el indígena se veía…

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25Invading Colombia: Spanish Accounts of the Gonzalo Jiménez de Quesada Expedition of ConquestJ. Michael Francis · 2007 · p. 341 fragmento
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h E r A n d E A n C o n Q U E S t | 1 to Jiménez in exchange for Spanish military assistance, it was not to launch a campaign against Tunja but rather to fight against Bogotá’s real enemies, the Panches. Until more convincing evidence emerges, the common perception that the conquest of Muisca territory was facilitated…

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