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Idea · Prehispánico

Cosmovisión muisca

Sistema integral de creencias, rituales y conocimientos que organizaba el ciclo agrícola, el paisaje sagrado, el linaje del cacique y el trabajo del orfebre en el altiplano cundiboyacense antes y después de la conquista española.

3.986 palabras28 documentos46 fragmentos citados
Cosmovisión muisca

Trayectoria de una idea

  1. -500

    Consolidación del sistema agrícola-ceremonial en el altiplano

  2. 1000

    Configuración del paisaje sagrado y los centros ceremoniales

  3. 1300

    Ritual de sucesión en la laguna de Guatavita y consolidación del sacerdocio jeque

  4. 1537

    Irrupción española y respuesta ritual ante la conquista

  5. 1539

    Inicio de la destrucción de El Infiernito por los doctrineros

  6. 1606

    Reconocimiento colonial de la persistencia del sacerdocio muisca

  7. 1634

    Uso clandestino de alucinógenos rituales en el altiplano

  8. 1987

    Revisión académica de la organización religiosa muisca

03

La lectura

La cosmovisión muisca no fue una religión separada de la vida material sino su infraestructura invisible: cada surco de maíz obedecía a un calendario sacerdotal, cada laguna albergaba un ser sobrenatural, y cada tunjo depositado en un santuario era una comunicación personalizada con lo divino. Su arquitectura distribuía patronazgos sobrenaturales sobre cada franja de la vida productiva —el tejedor tenía su dios, el mercader el suyo, el guerrero el suyo— y sostenía esa red mediante un sacerdocio institucionalizado, los jeques, formados en años de reclusión y capaces de resistir políticamente a la conquista española décadas después de la caída de los cacicazgos. La dualidad solar-lunar, compartida con otras culturas chibchas de la región, dotaba al sistema de una gramática cosmológica de larga duración que trascendía lo estrictamente muisca. Cuando el orden colonial intentó extinguirla, la cosmovisión muisca se replegó a los santuarios domésticos, a las lagunas donde se arrojaba oro en silencio y a las prácticas clandestinas de los jeques, demostrando una capacidad de persistencia que los arzobispos del siglo XVII reconocieron con alarma. Su huella persiste fragmentariamente en la memoria colombiana contemporánea, en los nombres de lagunas y cerros, en la orfebrería de los museos y en las comunidades indígenas chibchas que aún trazan sus linajes sacerdotales por siglos.

Antes de que los españoles bautizaran lagunas y quemaran ídolos, el altiplano cundiboyacense se leía como un texto. Cada cerro tenía nombre, cada laguna un habitante sobrenatural, cada surco de maíz obedecía a un calendario que los sacerdotes calculaban desde columnas de piedra clavadas en la sabana. La cosmovisión muisca no fue un conjunto de creencias flotando sobre la vida material: fue la infraestructura que organizaba el ciclo agrícola, el paisaje, el linaje del cacique y el trabajo del orfebre. Cuando en 1537 las huestes de Gonzalo Jiménez de Quesada irrumpieron en la sabana, no encontraron una religión: encontraron un mundo donde la geografía era teología. Este artículo reconstruye ese mundo —sus dioses, sus jeques, sus rituales acuáticos, sus tunjos y su calendario— y sigue su rastro clandestino en la Colonia, cuando se refugió en el santuario oculto de la casa indígena, y su eco fragmentario en la memoria colombiana contemporánea.

Un sistema, no un catálogo de dioses

La tentación de las primeras crónicas —y de buena parte de la divulgación posterior— fue armar con los muiscas un panteón al estilo grecorromano: una lista de dioses con atributos delimitados. La realidad era más densa. Los muiscas fueron ante todo un pueblo agricultor del altiplano, y a partir de esa condición material desarrollaron una astronomía, una meteorología y un calendario que estructuraron su vida religiosa. Los dioses no vivían aparte: presidían actividades socioeconómicas concretas. Bochica se identificaba con el sol y Bachué con la luna; Chiminigagua ocupaba un lugar primordial en el orden cósmico; Chibchacum era el dios protector de la nación chibcha, con predilección por labradores, mercaderes y plateros —tres oficios que, no por azar, sostenían la reproducción material del cacicazgo—. Chaquen cuidaba los linderos de las sementeras, presidía las fiestas y los combates, y recibía como ofrenda las plumas y diademas que los guerreros y danzantes habían llevado en el cuerpo. Nemcatacoa era el patrono de los pintores de mantas y tejedores; se le imaginaba como un oso cubierto con una manta y arrastrando la cola, y presidía las borracheras y las rastras de maderos que bajaban del monte. A diferencia de las otras divinidades, no recibía oro, cuentas ni esmeraldas: le bastaba embriagarse con sus devotos.

Detrás de esa distribución de patronazgos hay un principio: cada franja de la vida productiva tenía su interlocutor sobrenatural, y cada gesto ritual —una ofrenda de plumas después de la fiesta, una borrachera compartida al arrastrar madera, un tunjo depositado antes de sembrar— era también un acto económico. La religión muisca no se practicaba los domingos: se practicaba cada vez que se abría un surco, se tejía una manta o se cruzaba un lindero.

Sobre ese sustrato operaba una arquitectura cosmogónica más profunda. En las culturas de la región —y los muiscas no eran ajenos a esa gramática compartida con sus parientes chibchas del norte— el Sol y la Luna formaban una pareja sobrenatural, y los linajes sacerdotales estaban asociados a felinos: el jaguar y el puma condensaban la energía solar y la lluvia fertilizadora en una misma imagen. Que Bochica fuera el sol y Bachué la luna no es una coincidencia decorativa: era la traducción muisca de una cosmología andina de larga duración, donde el poder político y sacerdotal se alimentaba de esa dualidad luminosa.

El agua que recuerda

Si el altiplano tenía un sistema circulatorio simbólico, era el agua. Los muiscas rendían culto a las lagunas como espacios sagrados de fertilidad, y las principales cargaban con mitos de origen o rituales de poder que las convertían en centros de gravedad de la vida ceremonial. En la laguna de Iguaque nació, según el mito, el primer hombre, salido de las entrañas de su madre Bachué. En la laguna de Guatavita se celebraba una ceremonia de sucesión del mando, cuya noticia —desfigurada, agrandada, obsesivamente perseguida— alimentaría en los conquistadores la creencia en El Dorado y los llevaría a rastrear tesoros por toda la cordillera y hacia el oriente selvático.

Las lagunas no eran meros escenarios: eran habitadas. En Guatavita se creía que residía una cacica sobrenatural, y a ella se dirigieron las ofrendas cuando el mundo empezó a resquebrajarse con la llegada de los españoles. El testimonio del sobrino del cacique de Simijaca, recogido en tiempos coloniales, es de una precisión escalofriante: ante el avance conquistador, su tío hizo transportar desde el pueblo hasta la laguna cuarenta cargas de oro —cuarenta indios cargando cuarenta bultos— y las arrojó al agua como súplica de protección. No era un gesto de ocultamiento: era una plegaria en el idioma del oro. El sistema funcionaba con tal densidad que, cuando el orden colapsó, la respuesta de la élite muisca no fue esconder el metal sino devolverlo a los seres del agua.

Ese uso de la laguna como interlocutor sobrenatural quedó materializado en el hallazgo del sitio de Siecha: una lámina de oro de nueve centímetros y medio de diámetro, con diez figuras humanas dispuestas sobre una balsa y un cacique destacado entre ellas. La pieza confirma, con evidencia tangible, la existencia del ritual que dio origen a la leyenda dorada. La geología misma de Guatavita colabora con su aura: su origen es incierto, se han descartado tanto un origen volcánico como una disolución kárstica, y el geólogo H. C. Raasveldt llegó a proponer un impacto meteorítico para explicar su forma circular. La laguna resiste incluso las hipótesis científicas: es un lugar que se niega a ser reducido.

Alrededor de estos cuerpos de agua mayores existía una red más amplia. Tota, Fúquene, Siecha, y también los cerros que ordenaban el horizonte —Monserrate y Guadalupe sobre la sabana, las Peñas de Cota, la cueva de Hunzahúa cerca de Tunja— componían un paisaje sagrado tejido en escalas: la laguna donde nació la humanidad, la laguna donde se coronaba el poder, el cerro donde el sol amanecía, el salto donde el agua se despeñaba hacia otro mundo, el del Tequendama.

Jeques: un sacerdocio con oficio

El sistema no se sostenía solo por la fuerza del paisaje. Requería especialistas. Los jeques eran los sacerdotes muiscas, y para acceder al oficio debían pasar años recluidos en una especie de seminario, sometidos al ayuno y al estudio de la religión y sus ejercicios esotéricos. Ese aprendizaje prolongado tiene una importancia que suele pasarse por alto: significa que el conocimiento ritual muisca no era una tradición difusa transmitida en el hogar, sino un cuerpo de saber institucionalizado, con procedimientos de formación, iniciación y transmisión. La astronomía, la meteorología, la interpretación del calendario agrícola, el manejo de plantas medicinales —cuyo conocimiento, en las naciones indígenas americanas, tendía a quedar reservado a los jeques o curanderos de cada tribu— y probablemente la cosmogonía formal se enseñaban en ese encierro.

La pregunta más interesante sobre los jeques es política. Las crónicas coloniales, que no distinguen con claridad entre autoridad civil y religiosa, dejan un rastro: los señores de los principales centros ceremoniales no parecen haberse sujetado plenamente al poder del Zipa de Bacatá ni del Zaque de Hunza. Su autonomía era parcial, pero real. Cuando Pedro de Aguado narra los primeros intentos de revuelta de los caciques de Bogotá y Tunja contra los españoles, atribuye la incitación a los mohanes y jeques: fueron los sacerdotes, no los caudillos militares, quienes leyeron la situación con claridad estratégica y empujaron a la resistencia. En 1606, el arzobispo Bartolomé Lobo Guerrero afirmaba con alarma que los jeques del Nuevo Reino eran más perjudiciales que los hechiceros del Perú. Ese juicio, cargado de la ansiedad colonial, es también un reconocimiento: casi setenta años después de la Conquista, el sacerdocio muisca seguía teniendo capacidad de convocatoria y sabotaje.

Es útil comparar el caso muisca con el de sus parientes chibchas cuyas estructuras religiosas sobrevivieron mejor. Entre los kogi y los u'wa, el poder reside en especialistas religiosos cuyos linajes se trazan por siglos, y esa jerarquía sacerdotal —con centros ceremoniales, tributos y transmisión iniciática— es estructuralmente comparable a la muisca. La diferencia no está en la naturaleza del sistema sino en las condiciones históricas: donde los kogi pudieron replegarse a la Sierra Nevada, los muiscas ocupaban justamente la meseta que los españoles necesitaron para fundar su capital. En 1987, el antropólogo Carl Henrik Langebaek publicó en la Revista de Antropología un artículo titulado Buscando sacerdotes y encontrando chuques: sobre la organización religiosa de los cacicazgos Muisca, que reabrió esta discusión y planteó que la búsqueda de un modelo sacerdotal europeo había impedido ver lo que efectivamente había: una organización religiosa con lógicas propias, entretejida con —pero no subordinada a— la organización política.

En los bordes orientales del territorio, hacia los dominios de Sogamoso, aparecían indicios de otra cosa: parafernalia asociada a drogas alucinógenas, prácticas que recordaban al chamanismo de las tierras bajas. Los especialistas religiosos muiscas no eran chamanes amazónicos —su formación institucional era demasiado distinta—, pero en la frontera con el piedemonte llanero las técnicas del éxtasis se filtraban en el sistema, y algunos jeques parecen haber reclamado capacidades más cercanas al vuelo chamánico que al oficio del oráculo.

Sacrificio, ofrenda y la economía de lo sagrado

La cosmovisión muisca no se realizaba solo en el calendario ni en la palabra del jeque: exigía carne, sangre, oro. Durante los festejos de siembra de maíz, entre enero y marzo, se practicaban sacrificios humanos. Las víctimas eran guerreros panches capturados en los combates de la frontera occidental —donde el altiplano muisca se descolgaba hacia el valle del Magdalena—, y su muerte era ritualmente elaborada: se los subía a un poste plantado a la entrada del cercado del cacique y se los flechaba hasta desangrarse. El sacrificio abría el ciclo agrícola. La sangre del enemigo fertilizaba, simbólicamente, el suelo del vencedor.

Había además otra categoría de víctima, llamada moxa: esclavos jóvenes adquiridos en un sitio del piedemonte llanero conocido como la Casa del Sol. Estos jóvenes no tenían otra función que la de ser sacrificados; se los traía desde tierras bajas al altiplano con ese único destino. La existencia de la moxa aclara un aspecto crucial del sacrificio humano muisca: era una violencia ritualizada radicalmente separada de la economía de la mano de obra. No se esclavizaba al panche capturado ni al joven llanero para hacerlo trabajar: se los mataba, en los tiempos que el calendario prescribía, para que el orden se sostuviera.

Junto al sacrificio, la ofrenda. La ofrenda muisca era prolífica, minuciosa y personalizada. Los tunjos —esas pequeñas figurinas humanas de tumbaga con su calidad tiesa y bidimensional, que hoy pueblan las vitrinas del Museo del Oro— eran objetos votivos. Investigaciones arqueométricas recientes han mostrado que los objetos de metal ofrecidos tendían a elaborarse con composiciones específicas para cada ofrenda individual, sin producción centralizada en serie: cada acto de deposición tenía su tunjo, hecho para esa ocasión. Esa individualidad importa. Sugiere que la ofrenda muisca no era una transacción genérica con lo sagrado sino una comunicación particular, con nombre y motivo, y que la orfebrería estaba al servicio de esa singularidad. La balsa votiva más célebre de la orfebrería muisca, con sus figuras de distinto tamaño según su jerarquía y su cacique central, no es una obra de arte religioso al modo europeo: es un mensaje congelado en oro, dirigido a un destinatario específico.

Los santuarios se distribuían también en escalas. Había centros ceremoniales mayores, controlados por sacerdotes de alto rango, pero también —en innumerables pueblos— caciques, capitanes y otros indígenas mantenían sus propios santuarios o casas de plumería donde depositaban ofrendas de oro a deidades familiares o particulares. La ofrenda podía ser un asunto muy personal. Este dato altera la imagen jerárquica: la vida ritual muisca no operaba solo desde grandes templos, sino también en una constelación descentralizada de puntos sagrados que atravesaban el tejido cotidiano.

Un detalle importante: en el territorio muisca no hay depósitos auríferos. Los orfebres tenían que adquirir la materia prima de pueblos vecinos, y las piezas encontradas en sitios como Ubaté, Sogamoso, Tabio y Tunja incluyen ejemplares de estilos foráneos —quimbaya, incluso una nariguera clasificada como sinú en Sogamoso— y colgantes que posiblemente vinieron desde el valle del Cauca antes del período muisca propiamente dicho. La materia sagrada del ritual muisca no era local: llegaba desde afuera y se transformaba en el altiplano en un lenguaje propio. Esa economía externa del oro es también parte de la cosmovisión: el metal cargaba con las distancias y los intercambios que lo habían traído.

La chicha y la coca acompañaban buena parte de estos actos, con una jerarquía discreta: el consumo de coca parece haber estado limitado a la élite, y las borracheras colectivas tenían lugar principalmente en ocasiones solemnes y fiestas religiosas. Los cronistas españoles describieron esas fiestas como orgías y bacanales, con la mezcla habitual de fascinación y condena, pero se trataba de tiempos ritualmente marcados: espacios de alborozo autorizado dentro de un calendario que también sabía prescribir el ayuno.

El Infiernito, o la piedra que mira el cielo

El testimonio más contundente de que la cosmovisión muisca tenía una dimensión científica está a las afueras de Villa de Leyva, en el sitio conocido como El Infiernito. El nombre —bautizo colonial— revela cómo lo leyeron los doctrineros: un lugar diabólico. Lo que hay allí es un complejo ritual y astronómico compuesto por columnas de piedra dispuestas en el terreno, uno de los testimonios más sobresalientes del pensamiento científico muisca. Los sacerdotes muiscas desarrollaron la astronomía y la meteorología, formularon un calendario agrícola y ceremonial, y en El Infiernito ese saber se materializó en una arquitectura de piedra.

El sitio empezó a ser destruido desde el siglo XVI. Los doctrineros españoles lo consideraron diabólico y sus columnas fueron progresivamente arrancadas e incorporadas a construcciones campesinas y urbanas de Villa de Leyva. Hoy sobreviven columnas dispersas y hay noticias, aunque no plenamente verificadas, de otras similares cerca de Tunja, Ramiriquí y Tibaná. Cabe imaginar —sin forzar la evidencia— que el altiplano estuvo salpicado de estos observatorios líticos, hoy escondidos en cimientos coloniales y muros de finca.

La comparación con los kogi ilumina el sentido de esa arquitectura. Los templos kogi, herederos de la tradición Tairona con quien los muiscas compartían raíz chibcha, incorporan un hueco circular en el techo por el que se proyecta la luz solar sobre fogones interiores dispuestos con precisión: la localización de esos fogones atestigua la pericia astronómica de sus constructores. Los sacerdotes de la tradición Tairona-Kogi construían templos y centros ceremoniales en función de fenómenos astronómicos y meteorológicos y formulaban calendarios agrícolas. Que los muiscas hicieran lo propio con las columnas del Infiernito y otras disposiciones hoy borradas es coherente con un pueblo agricultor que necesitaba leer el cielo para saber cuándo sembrar, y que codificaba esa lectura en piedra.

El paisaje mismo de la sabana pudo funcionar como observatorio. Las cumbres de Monserrate y Guadalupe, que hoy enmarcan el horizonte oriental de Bogotá, fueron veneradas por los muiscas antes de ser santificadas por la Iglesia Católica durante los primeros años de la Conquista. Desde la actual Plaza de Bolívar, el sol asciende sobre Monserrate en el solsticio de verano. No hay pruebas independientes de que la Catedral Primada, cuya fundación se remonta a 1539, haya sido ubicada allí con la intención expresa de aprovechar esa alineación; pero la alineación existe, y las cumbres existían en la memoria sagrada muisca antes de que la ciudad las envolviera.

El sedimento largo: del Herrera a los muiscas

La cosmovisión que los españoles combatieron no era una invención reciente. Descansaba sobre siglos de ocupación, práctica agrícola y experimentación ritual en el altiplano. Los registros cerámicos más antiguos conocidos en la altiplanicie oriental aparecen en abrigos rocosos de Zipacón, en Cundinamarca, en una capa fechada en 3.270 años antes del presente: son las primeras manifestaciones agro-alfareras de la región y se asocian al llamado período Herrera. La sabana de Bogotá fue ocupada por gente del Herrera durante no menos de cinco siglos, desde aproximadamente el siglo IV a.C. hasta finales del siglo I d.C., según hallazgos estratificados en Zipaquirá. Los sitios se reparten por Zipacón, Tequendama, Sopó, Nemocón, la laguna de La Herrera —que dio nombre al período— y, hacia el norte, los alrededores de Tunja.

En términos cronológicos, el período Herrera va de aproximadamente 2400 a 1000 años atrás, seguido por el muisca temprano (1000-800 años atrás) y luego el muisca tardío (800-500 años atrás). La transición entre Herrera y muisca es una cuestión abierta —evolución interna, conquista, desplazamiento—, pero la continuidad del patrón de asentamiento en los mismos lugares y la persistencia de la agricultura como base económica sugieren que buena parte del sustrato ritual muisca es sedimento Herrera. En el sitio El Venado, durante la última parte del Herrera, la comunidad no superaba unas cincuenta personas en once viviendas. Durante el muisca tardío, la misma comunidad ocupaba 14,4 hectáreas distribuidas en nueve zonas. El crecimiento demográfico y la complejización social del altiplano son procesos de siglos, no de una generación.

Esta profundidad temporal importa para entender el shock de 1537. La cosmovisión muisca que los conquistadores encontraron no era una construcción reciente vulnerable a un decreto: era el resultado de casi dos milenios de práctica ritual en el mismo paisaje. Erradicarla por edicto o por incendio de imágenes era una empresa desproporcionada. Y, de hecho, no funcionó.

La clandestinidad tras la Conquista

La evangelización del Nuevo Reino de Granada fue superficial durante buena parte del siglo XVI. Los indígenas adoptaron externamente el catolicismo y mantuvieron en secreto la religión ancestral, guardando imágenes de sus dioses en los rincones de sus casas. Cuando las autoridades coloniales lo notaron, respondieron con dos frentes coordinados: la congregación forzada de indios en grandes comunidades —política impulsada durante las décadas de 1560 y 1570, y consolidada a fines del siglo— y la extirpación de idolatrías, que tuvo una faceta religiosa y otra pecuniaria: el licenciado López de Cepeda, sorprendido de que las prácticas indígenas continuaran pese a la predicación, autorizó a los españoles a perseguir los santuarios y apropiarse de las ofrendas. El botín era también teología aplicada.

La escala de la resistencia clandestina puede leerse en un dato: a finales del siglo XVI, en Fontibón y sus alrededores, después de una campaña de predicación, se recogieron y quemaron más de tres mil imágenes de los antiguos dioses que los indígenas mantenían escondidas en sus casas. Tres mil, en una sola zona, después de sesenta años de evangelización. Cada imagen escondida era una decisión: alguien la había fabricado o conservado, alguien la había ocultado en un rincón de la vivienda, alguien había seguido dirigiéndole gestos rituales. La cosmovisión no había desaparecido; se había replegado al espacio doméstico.

El caso más nítido de persistencia ritual documentada aparece en marzo de 1634, casi un siglo después de la Conquista. En Chita, el cura instruyó un proceso contra indios del grupo lache: su cacique los había inducido a tomar yopa —alucinógeno traído de los Llanos— con fines rituales. La situación era clásica: las recurrencias ocurrían casi siempre en ausencia del doctrinero, cuando la vigilancia clerical se relajaba. El uso ritual de sustancias no era un accidente ni una nostalgia: era una infraestructura simbólica que resistía. Un hallazgo arqueológico en la vereda El Hoyo, en Gutiérrez, Cundinamarca, confirmó que este tipo de práctica no era ajena al mundo muisca: la ofrenda incluye tunjos en tumbaga amarilla rica en oro, figuras con poporo y una bandeja rectangular para alucinógenos. El poporo y la bandeja son la firma de un ritual que combinaba coca, sustancia inhalada y ofrenda votiva en un mismo acto.

La producción y uso de la orfebrería muisca se extendió hasta bien entrada la Colonia, pese a las campañas de extirpación y a la imposición del tributo en oro. Los indígenas seguían haciendo tunjos. Los seguían escondiendo. Los seguían depositando en los lugares que la memoria colectiva reconocía como cargados.

La desintegración y sus reinvenciones

Sería consolador cerrar la historia con la imagen de una cosmovisión clandestina pero íntegra, esperando bajo la superficie hasta el presente. La evidencia no lo permite. Lo que sobrevivió tras la Conquista no fue el sistema muisca como estructura coherente sino nodos densos —el agua sagrada, el cerro, la planta, ciertas figuras míticas— que distintos actores han rearticulado con lógicas propias.

En el pensamiento de Manuel Quintín Lame, el líder indígena caucano del siglo XX, los mitos precolombinos aparecen mezclados con elementos católicos sin lograr una síntesis. La viejecita Ollo, que enseñó los idiomas a los indígenas, y Sinviora, gran sacerdote prehistórico que enseñó la religión, conviven con la Virgen y con Jesús en un mismo tejido narrativo, pero no se integran en una teología unificada. Esa desintegración es sintomática: revela lo que la conquista y la evangelización efectivamente hicieron —no borrar los referentes indígenas, sino desarmar su gramática interna y dejarlos flotando como piezas sueltas junto a las católicas—.

Un movimiento paralelo, y en cierto sentido inverso, ocurrió en la élite criolla del siglo XIX. La vasija de Chirajara, pieza muisca hallada en la hacienda Susumuco, empezó a circular como símbolo desde 1882, cuando Liborio Zerda la publicó en el Papel Periódico Ilustrado, y reapareció en 1885 en el frontispicio del libro de Manuel Uribe Ángel. Las élites decimonónicas usaban estas piezas como emblemas, desvinculándolas del contexto cultural que las había producido: la cultura muisca era invocada como pedigrí prehispánico de la nación en formación, pero sin sus dioses, sus jeques o sus sacrificios. En 1930, en las Lecturas Dominicales de El Tiempo, apareció la Monografía del Bachué, firmada por Darío Achury Valenzuela, Rafael Azula Barrera, Darío Samper, Tulio González, Juan Pablo Varela y la artista Hena Rodríguez: uno de los primeros manifiestos vanguardistas colombianos, vinculado a un movimiento nacionalista que buscaba en el pasado indígena muisca un cimiento identitario. Bachué se volvió alegoría; el mito, insignia.

En el presente, en comunidades como la de Sesquilé, se despliega un movimiento de reindigenización que reclama filiación muisca. Los participantes visten atuendos que remiten a lo indígena, practican rituales, usan medicina vegetal, recitan historias. La conexión con los muiscas antiguos importa profundamente, pero no tanto las especificidades culturales muiscas: los repertorios se toman de fuentes pan-colombianas heterogéneas, con préstamos de tradiciones amazónicas y andinas diversas, en una construcción cotidiana de indigeneidad que es tanto invención como recuperación. Es la lógica que Gerardo Reichel-Dolmatoff había descrito para los kogi: la supervivencia de un grupo indígena no depende del apego incondicional al pasado, sino de la capacidad de acondicionar referencias del pasado a la vigencia actual. Lo que ocurre en Sesquilé no es fraude ni pureza: es la forma contemporánea que toma la memoria de una cosmovisión desarticulada, aferrada a los nodos que siguen cargando —la laguna, el cerro, el silencio de la ceremonia—.

Lo que persiste

La cosmovisión muisca, tomada como sistema, dejó de existir hace mucho. Sus jeques no formaron nuevas generaciones tras la Conquista; sus centros ceremoniales fueron desmontados, cristianizados o convertidos en cimiento de otras construcciones; su calendario agrícola y ceremonial fue reemplazado por el litúrgico romano; su orfebrería fue fundida en su mayoría para alimentar el circuito imperial del oro. Lo que persiste es otra cosa: un paisaje que sigue leyéndose como texto sagrado por quien sabe leerlo. Guatavita conserva su carga aun tras haber sido desaguada por una compañía inglesa a comienzos del siglo XX. Iguaque atrae peregrinos que la reconocen como origen. Monserrate ancla el horizonte de Bogotá como lo ancló el de Bacatá. Las columnas del Infiernito, dispersas y mutiladas, siguen apuntando al cielo.

Los muiscas construyeron durante más de mil años un sistema en el que la geografía era pensamiento, el oro era plegaria y el calendario era teología. La violencia colonial desarmó la gramática, pero no pudo desmontar los sitios: sobre ellos siguen operando —con otros nombres, otras liturgias, otras palabras— formas de atención al paisaje que la modernidad no ha logrado agotar. En ese sentido, y solo en ese, la cosmovisión muisca sigue haciendo trabajo. No como creencia heredada, sino como densidad del lugar.

04

En el archivo

1 apariciones públicas, ordenadas por período y año.

05

Relaciones

Vínculos editoriales de la ficha y conexiones observadas dentro del archivo.

Relaciones editoriales

  1. 01Bachué — diosa lunar y figura mítica del origen humano, asociada a la laguna de Iguaque
  2. 02Bochica (Nemqueteba/Chimizapagua) — dios solar, figura central de la dualidad cosmológica muisca
  3. 03Chiminigagua — entidad primordial en el orden cósmico muisca
  4. 04Chibchacum — dios protector de la nación chibcha, patrono de labradores, mercaderes y plateros
  5. 05Jeque sacerdotal — especialista religioso institucionalizado que administraba el conocimiento cosmogónico, astronómico y medicinal
  6. 06Laguna de Guatavita — escenario del ritual de sucesión del mando y origen de la leyenda de El Dorado
  7. 07Laguna de Iguaque — lugar sagrado del mito de origen humano según la tradición muisca
  8. 08Altiplano cundiboyacense — territorio donde se desplegó materialmente la cosmovisión muisca
  9. 09Tunjo — objeto votivo de orfebrería que materializaba la comunicación individual con lo sagrado
  10. 10Calendario agrícola prehispánico — estructura temporal que articulaba el ciclo productivo con el ceremonial
  11. 11El Infiernito (Villa de Leyva) — complejo ritual y científico, testimonio del pensamiento astronómico muisca
  12. 12Cacicazgo muisca — organización política cuya legitimidad se entretejía con la autoridad religiosa de los jeques
06

Documentos y fragmentos citados

28 documentos · 46 fragmentos

01El Dorado: estampas de viaje y cultura de la Colombia suramericanaErnst Röthlisberger · 2017 · p. 300, 3062 citas
[1]

hambre y que les permitía superar todos los es - fuerzos. Los cronistas españoles, empero, les reprochan su ebriedad; pero las orgías y bacanales de los chibchas eran en ellos una expresión de alborozo y sólo tenían lugar en ocasiones especialmente solemnes, sobre todo en las fies- tas religiosas. El vestido de los…

p. 300
[25]

entrada del recinto donde te- nía lugar el gran festejo ofrecían a los chibchas el símbolo admonitorio de la muerte. Estas tradiciones sobre la ablu- ción de los hombres cubiertos de oro dieron firme asidero a la creencia de El Dorado. Pero, en nuestro tiempo, exis- tía ya la tendencia a desplazar todo ello, de…

p. 306
02Gramática de la lengua chibchaEzequiel Uricoechea · 2016 · p. 281 cita
[2]

inundación a Chibchacum como veremos enseguida. Entre sus deidades estaban Bochica, dios bienhechor y protector especial de los uzaques y de los capitanes de sus familias; Chibcha- cum, dios encargado especialmente de la nación chibcha y de ayudar a los labradores, mercaderes y plateros; Chaquen, dios encargado de los…

p. 28
03Historia de Colombia. Descubrimiento y Conquista IGermán Arciniegas, Mauricio Obregón, Jorge Morales, Roberto Pineda Camacho, Javier Ocampo López, et al. · p. 1231 cita
[3]

como el Amazonas, Orinoco, Paraná y Mag- dalena, eran asiento de pueblos riquísimos y fabu- losos. Su cauce (se pensaba) guardaba ingentes te- soros auríferos, al igual que los lagos y lagunas del interior. Al tenerse conocimiento de la ceremonia de su- cesión del mando en la laguna de Guatavita, se co- rroboró la…

p. 123
04Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · p. 25, 66, 1623 citas
[4]

de la naturaleza, así como la reproducción de la 69 Los muiscas a Chibchacum haciéndolo cargar la tierra sobre sus hombros. Los testimonios de cronistas están repletos de referencias sobre conductas no aprobadas para los muiscas y de referencias sobre esfuerzos para mantener el equilibrio y las buenas costumbres!?, En…

p. 66
[11]

de la gente no entiende. Lejos de allí, en otra sociedad, un etnógrafo describió hace años que el poder residía en especialistas religiosos cuyos linajes se trazan por siglos y que son quienes controlan las casas ceremoniales. En cl ámbito regional se sabe que hay lugares ceremoniales muy importan- tes, sitios enlos…

p. 25
[17]

tener varios chuques, peto 1e también podía tener varios santeros, es decir personas cían sus ofrendas de oro. No obstante, la misma fuente deja cada capitán podía tener uno o dos”. bón no era un sitio único sino uno donde las autoridades >quisieron dar ejemplo, a sabiendas de que en muchos otros cedía lo mismo. En…

p. 162
05Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · p. 1291 cita
[5]

en los que se adoraba al dios Chiminigagua y a las divi- nidades Bachué (la luna), Bochica (el sol), Chib- chacum (dios protector) y otras menores dedica- das a las diversas actividades socioeconómicas. Además de los caciques, capitanes y jeques, eran importantes los guechas o guerreros reclutados, cuya función era…

p. 129
06Historia de Colombia. La Colombia más Antigua. Tomo 1Gonzalo Hernández de Alba (dir.); Camilo Domínguez O., José L. Lorenzo, Amancio Fernández, Gonzalo Correal y otros · p. 119, 137, 1413 citas
[6]

y ciertos productos agrícolas, la sal era otro elemento básico del comercio de los muiscas. un grupo de especialistas en el intercambio. Las re- ferencias históricas parecen indicar que todos los indígenas comunes y corrientes iban a los merca- dos. Por otra parte, el trueque de artículos tuvo un papel importante al…

p. 137
[33]

laguna de la Herrera, Zipacón, Tequen- 114 Dibujo explicativo de los diferentes tipos de cerámica muisca. Entre esas variadas formas había piezas de simple utilidad doméstica y otras de uso ritual, como copas, múcuras y figurillas. dama, Zipaquirá, Sopó y Nemocón, y hacia el norte del altiplano en los alrededores de…

p. 141
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que, durante el citado período, hicieron su aparición en la sabana de Bogotá las primeras ma- nifestaciones agro-alfareras. En los abrigos roco- sos de Zipacón (Cundinamarca), en una capa que data de 3.270 años antes del presente, aparecen los registros cerámicos más antiguos que se conocen en la altiplanicie…

p. 119
07La botánica en Colombia, hechos notables en su desarrolloSantiago Díaz Piedrahita · 2016 · p. 401 cita
[7]

descubrimientos se basaron en supersti - ciones y teorías alrededor del origen de las enfermedades, siempre causadas por la presencia de espíritus malignos que invadían el cuerpo del enfermo y que sólo podían ser expulsados a través de sustancias venenosas o repul - sivas que hicieran desagradable la estancia al…

p. 40
08Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 521 cita
[8]

en el siglo XVI algunos territorios marginales o casi independientes, cuya sumisión al Zipa o al Zaque no estaba del todo clara. El status de estos territorios en el momento de la Conquista debe evaluarse, en parte por lo me- nos, en términos de un proceso histórico. En primer lugar, los dos "Estados" incipientes eran…

p. 52
09Mercados, poblamiento e integración étnica entre los Muiscas, Siglo XVICarl Henrik Langebaek · 1987 · p. 30, 1032 citas
[9]

aunque resulta probable que también jugaran un rol político más directo, comparable al de los caciques y capitanes. Según Aguado (Ibid.), los intentos de revuelta que fraguaron los caciques de Bogotá y Tunja contra los españoles "fueron inducidos por los mohanes y jeques". Además, todavía en 1606 el Arzobispo Lobo…

p. 30
[32]

se habrían encontrado en algunas partes del Altiplano como Tabio y Tunja, y de estilo "quimbaya" en Ubaté y Sogamoso donde además se halló un nariguera clasificada como "sinú". De otro lado, el mismo autor (Ibid., 341-343) y Falchetti (1979: 31 y 35) coinciden en afirmar que los que hoy en día se conocen como…

p. 103
10Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · p. 4, 38, 593 citas
[10]

Económica, 1991. Hernández, Guillermo. De los chibchas a la colonia y a la república. Bogotá: s. e., 1978. Hugh-Jones, Stephen. “Shamans, Prophets, Priests and Pastors.” Shamanism, History and the State. Eds. N. Thomas y C. Humphrey. Michigan: University of Michigan Press, 1998. 32-74. Carl Henrik Langebaek 50 Ibarra,…

p. 59
[45]

importante probablemente tuvo que ver con la relevancia que adquirió el culto a la Madre con respecto al culto a Sol, que perdió peso (Reichel-Dolmatoff, “Contactos” 106). A este nuevo culto, como si fuera absolutamente tradicional, hacen referencia casi todos los textos que tratan sobre sabiduría tradicional de los…

p. 38
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Prohibida la reproducción parcial o total de este material, sin autorización por escrito del Instituto de Estudios Sociales y Culturales -Pensar- Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoria / Carl Henrik Langebaek Rueda...[et al..]; editora Ana María Gómez Londoño. — Bogotá: Editorial…

p. 4
11Economías prehispánicas de ColombiaAlberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres, Santiago Giraldo, Daniela Castellanos Montes, Marianne Cardale de Schrimpff, Carl Henrik Langebaek, María Antonieta Corcione Nieto, Catalina Zorro, Luisa Mendoza, Marcela Bernal, Lucero Aristizábal, Leonor Herrera · p. 182, 1914 citas
[12]

delicadas y otro algo burdo en las figuras más grandes. F OTOGRAFÍA 5. C ONJUNTO VOTIVO HALLADO EN S UBA, B OGOTÁ, D. С. Nota: las figuras representan mujeres con niños, hombres con diferentes atributos, bebés en cunas, animales y objetos cotidianos (O33278 a O33311. Colección Museo del Oro, Banco de la República).…

p. 191
[13]

delicadas y otro algo burdo en las figuras más grandes. F OTOGRAFÍA 5. C ONJUNTO VOTIVO HALLADO EN S UBA, B OGOTÁ, D. С. Nota: las figuras representan mujeres con niños, hombres con diferentes atributos, bebés en cunas, animales y objetos cotidianos (O33278 a O33311. Colección Museo del Oro, Banco de la República).…

p. 191
[30]

larga secuencia de ocupaciones humanas en el altiplano, iniciada hace unos 12.000 años, y sus evidencias se encuentran sin interrupción desde el 900 d. C. aproximadamente hasta la conquista española en el siglo XVI y aún varios siglos después, durante el período colonial, en algunas regiones (Langebaek, 1995). M APA…

p. 182
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larga secuencia de ocupaciones humanas en el altiplano, iniciada hace unos 12.000 años, y sus evidencias se encuentran sin interrupción desde el 900 d. C. aproximadamente hasta la conquista española en el siglo XVI y aún varios siglos después, durante el período colonial, en algunas regiones (Langebaek, 1995). M APA…

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12Antes de Colombia. Los primeros 14.000 añosCarl Henrik Langebaek · 2021 · p. 235, 2972 citas
[14]

una violencia ritualizada, por completo ajena a la incorporación de mano de obra o a la subordinación económica de un grupo por otro. Los muiscas hacían sacrificios humanos durante los festejos relacionados con la siembra de maíz en los valles fríos, es decir, entre enero y marzo. En esa ocasión, los guerreros panches…

p. 297
[35]

triángulo o en línea. Gracias a investigaciones realizadas en diversas partes de los Andes orientales se sabe que las viviendas muiscas medían entre unos 5 y 6 metros de diámetro, si bien existió una enorme diversidad de estructuras, sobre todo en los periodos más tardíos. El Venado, durante la última parte del…

p. 235
13Invading Colombia: Spanish Accounts of the Gonzalo Jiménez de Quesada Expedition of ConquestJ. Michael Francis · 2007 · p. 981 cita
[15]

once in a while these same servants enter those houses and administer a great number of terrible lashings; and the Indians confined to those houses endure this penitence over the course of the entire period I mentioned above. However, once they leave this confinement, they are permitted to pierce their ears and their…

p. 98
14The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · p. 4621 cita
[16]

would offer him gold or emeralds.... When word circulated that bearded men were coming who were search- ing carefully for gold among the Indians, they took much of what they had hidden and offered it at the lake. With this sacrifice, they pleaded for the cacica [a noblewoman said to live in the lake] to save them from…

p. 462
15Análisis histórico del narcotráfico en ColombiaMaría Clemencia Ramírez, César Torres del Río, Andrés López Restrepo, Amada Carolina Pérez Benavides, Ángela Margoth Bacca Mejía · 2014 · p. 1391 cita
[18]

en el caso de la hoja de coca: como se verá más adelante, cuando la coca aún no había sido afectada por el prohibicio- nismo internacional, en Colombia se realizó una campaña agresiva, aunque fracasada, para su erradicación. Alcohol y prohibición en la Colonia A diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, con México,…

p. 139
16Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · p. 69, 722 citas
[19]

lo hiciera fundir pues pensaban dedicar el producto a cosas tocantes al servicio de Nuestra Señora de las Nieves, de quien eran devotos60. La vigilancia de los doctrineros pudo sustituir más o menos las prácti cas religiosas de los indígenas al cabo de dos o tres generaciones. En algu nos casos se daban recurrencias,…

p. 72
[37]

de los doctrineros había sido muy reducida y aun se había visto interrumpida casi radicalmente en 1558, a causa de una gran epidemia de viruelas. La escasez de frailes era el prin cipal obstáculo, según los encomenderos, para que ellos pudieran cum plir con su obligación de adoctrinar a los indios. Sólo desde…

p. 69
17Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 91, 982 citas
[20]

n de este orden, es decir, el ciclo de los solsticios, y equinoccios, junto con la formulaci ó n de un calendario agr í cola y ceremonial, quedaba a cargo de los sacerdotes, que constru í an sus templos y centros ceremoniales en funci ó n de estos fen ó menos astron ó micos y meteorol ó gicos. El Sol y la Luna eran…

p. 91
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escondido. El arte muisca es r í gido, lineal y altamente estilizado, y se distingue inmediatamente de los estilos elaborados, a veces exuberantes, de las culturas prehist ó ricas de las tierras vecinas. Pero esta misma rigidez y simetr í a, estas superficies opacas y estas formas sobrias, tienen un especial encanto.…

p. 98
18Magdalena. Historias de ColombiaWade Davis · 2021 · p. 3941 cita
[21]

Monserrate, la iglesia anidada a más de tres mil metros sobre la sabana de Bogotá, se alcanzaba a ver la lejana silueta del Nevado del Tolima, elevándose sobre los picos nevados de la cordillera Central. Al sur, pequeña como un juguete por la distancia, estaba la estatua de Nuestra Señora de Guadalupe, una…

p. 394
19Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · p. 342, 3492 citas
[22]

los doctrineros constituía pues un lugar diabólico —El Infiernito— y la destrucción del sitio se inició ya en siglo xvi y ha continuado hasta hoy en día. Muchas columnas han sido sacadas del sitio, se han incor- porado en la construcción de casas campesinas y aun de casas urbanas en Villa de Leyva. Hoy en día este…

p. 342
[29]

que representan aves, peces, reptiles o figu- ras humanas estilizadas. A veces las incisiones tienen un relleno o un pigmento mineral blanco, lo que hace resal- tar los motivos sobre el fondo oscuro de la piedra. Otra categoría de objetos consiste de matrices para el trabajo de orfebrería; son tallas en relieve que…

p. 349
20Herederos del jaguar y la anacondaNina S. de Friedemann, Jaime Arocha · 2016 · p. 4531 cita
[23]

huevo del universo, dividido en nueve tierras, que son las nueve hijas de la Madre Universal. De esas nueve capas sólo vería las últimas cinco. El mamo y los Mayores que esta- rían conmigo ocuparían la quinta tierra, «la del medio», y los estantes de cuatro entrepaños representarían las cua- tro tierras restantes. El…

p. 453
21Gran Enciclopedia de Colombia - Geografía 2Alfonso Pérez Preciado (Dirección académica y textos); Fernando Wills Franco (Dirección de proyecto); Camilo Calderón Schrader, Alberto Ramírez Santos (Coordinación editorial) · 2007 · p. 681 cita
[24]

cueros de venado. Ahora los ponchos son de lana. Lana fue lo primero oles a Cundinamarca. De Ruan. Con formaron los ligeros ponchos en dos que por venir la lana de donde nas. Hoy se conoce la ruana en el mundo: su cuna original esta en Cundinamarca y Boyaca. Como salieron del Caribe las hamacas, de las alturas co-…

p. 68
22Colombia: bosquejo de su geografía tropical vol. IErnesto Guhl · 2016 · p. 210, 4032 citas
[26]

viajero que visitó la laguna de Guatavita en 1910 […]. Al tercer día de nuestra estadía en Guatavita decidimos alistar las bestias para subir a la laguna del mismo nom- bre, la cual, según nos informaron, había sido desaguada por una compañía inglesa pocos años antes. […] Montamos cerca de una hora por el camino que…

p. 403
[27]

no se ha aventurado a trepar hasta la cima sagrada ni se ha adentrado por los campos de la geología. Pero sucede que toda la región de Guata- vita, en muchas leguas alrededor, ni es volcánica, ni tiene rastros de rocas ígneas. Por la misma razón se descarta la idea de que se debió a un hundimiento a manera de…

p. 210
23Historia de Colombia - La Colombia más Antigua IIRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico), Juan Salvat, Roberto García Rojas (dirs.) · 1988 · p. 761 cita
[28]

conocido de este tipo de obras es la balsa ilustrativa de la leyenda del cacique de Guatavita, en la cual se distinguen personajes de distintos tamaños, según su jerar- quía, lo mismo que en las representaciones de los cercados de los caciques, en los cuales sobresale la figura del jefe por su tamaño más grande. El…

p. 76
24La Religión en ColombiaCarlos Arboleda Mora · 2010 · p. 701 cita
[38]

1492 por realizar una obra evangelizadora. Con diverso grado y éxito se realizó esa evangelización. Al principio la evangelización fue super- ficial. Muestra de esto es la persistencia de la religión indígena en la clandestinidad. El arzobispo de Lima debió iniciar una campaña sistemática de extirpación de la…

p. 70
25Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 711 cita
[39]

Más aún, las p au tas culturales españolas chocaban con el poblam iento difuso de los indígenas. En España, los cam pesinos vivían en aldeas rurales y los funcionarios de la C orona pensaron que los indígenas debían hacer lo m ism o. En pos d e estos principios, en las d écadas de los años 1560 y 1570 las a u to rid a…

p. 71
26Managing Multiculturalism: Indigeneity and the Struggle for Rights in ColombiaJean E. Jackson · 2019 · p. 2171 cita
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indigenous way of being- in- the- world. While they were definitely searching for ways to link themselves with the ancient Muisca, they were also taking on a much broader pan- Colombian indige - nousness, drawn from heterogeneous sources. Their clothing, ritual practice, plant- based medicine, and recitation of…

p. 217
27Historias del arte en Colombia. Identidades, materialidades, migraciones y geografíasOlga Isabel Acosta Luna, Natalia Lozada Mendieta, Juanita Solano Roa · p. 40, 49, 2263 citas
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mirada hacia lo propio después de un periodo en el que el referente artístico por excelencia había sido el arte académico europeo¹. Para finales de los años veinte, esto iba a cambiar radicalmente². El objetivo último de este nuevo movimiento nacionalista era frenar el expansionismo estadounidense³. De ahí que varios…

p. 226
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civilizaciones anteriores sin ningún reconocimiento del pasado, el presente o el futuro de la cultura a la que pertenecen. La vasija de Chirajara, si bien responde a uno de los múltiples tipos de ofrendatarios o “alcancías” que se han encontrado de la cultura muisca, entró, a partir de 1882, a utilizarse como pieza…

p. 49
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de Bogotá. Esta vasija de barro, pintada de rojo ocre y blanco, que mide 25 × 18 cm, apareció descrita y representada en el texto “El Dorado” que Zerda publicó por entregas a partir de julio de 1882 en el Papel Periódico Ilustrado, como una figura indígena sentada, con una apertura de tipo ánfora, llena de muchas…

p. 40
28En defensa de mi raza y otros textosManuel Quintín Lame Chantre · 2017 · p. 1031 cita
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católicos y los mitos precolombinos o telúricos se entremezclan en la mente de Quintín. En algunos casos hay identificación o correspondencia —«Jehová es el verdadero Muschca »—, pero en otros casos las dos mitologías persisten en forma paralela, o se confrontan en abierta contradicción. Ejemplo de paralelismo: la…

p. 103