Conflictos caribe-muisca y presiones territoriales en vísperas de la Conquista (1450–1500)
Entre 1450 y 1500, el altiplano cundiboyacense no era un mundo prehispánico estable: el zipazgo de Bacatá y el zacazgo de Hunza eran proyectos políticos incompletos, atravesados por rivalidades dinásticas internas y presionados en sus piedemontes por pueblos de filiación caribe —panches, muzos, colimas, pijaos— con quienes sostenían guerras frecuentes. Esta situación geopolítica tensa y fragmentada fue el escenario real que encontraron las huestes de Gonzalo Jiménez de Quesada en 1537.
Ficha del acontecimiento
Síntesis
- Cuándo
- 1450–1500
- Dónde
- Sabana de Bogotá, Tunja, Sogamoso, Boyacá, Cundinamarca, Magdalena Medio, Llanos Orientales, Sierra Nevada de Santa Marta, Tierradentro, Zipaquirá, Hoya del río Suárez, Hoya del río Moniquirá
- Protagonistas
- Saguamanchica (zipa expansionista del siglo XV), Nemequene (zipa, murió en batalla contra el zacazgo), Tisquesusa (zipa a la llegada española), Michuá (zaque contemporáneo de Nemequene), Quemuenchatocha (zaque capturado por Jiménez de Quesada), Sagipa (usurpador del cacicazgo de Bogotá), Gonzalo Jiménez de Quesada (conquistador español que encontró este escenario en 1537), Zipazgo de Bacatá, Zacazgo de Hunza, Pueblos panches, Pueblos muzos, Pueblos colimas
Lectura causal
Causas, hecho y consecuencias
Causas
- La expansión territorial incompleta del zipazgo y el zacazgo dejó en sus márgenes jefaturas menores independientes y cacicazgos —Duitama, Sogamoso, Sáchica, Tinjacá, Guachetá— cuya sumisión no estaba consolidada, generando un altiplano políticamente fragmentado.
- La rivalidad estructural entre el Zipa de Bacatá y el Zaque de Hunza, articulada por vínculos de parentesco pero erosionada por traiciones, rencillas palaciegas y usurpaciones, mantuvo el altiplano en estado de guerra pausada entre los dos proyectos políticos principales.
- La penetración de grupos caribes —panches, muzos, colimas, pijaos— por las hoyas del Magdalena y las vertientes occidentales de la cordillera oriental creó una frontera de hostilidad permanente en los piedemontes del territorio muisca.
- La dependencia económica del altiplano muisca del oro, la coca y el algodón procedentes de tierras calientes controladas por pueblos caribes convirtió las rutas comerciales en zonas de conflicto recurrente.
- La abundancia de tierra fértil en el altiplano redujo la presión hacia una mayor centralización política, dejando al zipazgo y al zacazgo en un punto intermedio entre la jefatura compleja y el Estado plenamente formado, sin capacidad de integración total.
Consecuencias
- La fragmentación política del altiplano —con cacicazgos marginales no integrados, rivalidad zipa-zaque inconclusa y fronteras porosas— facilitó la penetración española de 1537, aunque no por una 'guerra civil' entre Bacatá y Hunza sino por la incapacidad de articular una resistencia unificada.
- El cinturón caribe en los piedemontes (panches, muzos, pijaos) prolongó la resistencia armada frente a los españoles durante todo el siglo XVI, atacando por igual a las huestes conquistadoras y a los pueblos indígenas ya sometidos.
- La imagen de un 'imperio muisca' consolidado, construida por los cronistas hispanos del siglo XVI con vocabulario europeo, distorsionó durante siglos la comprensión historiográfica de la organización política prehispánica del altiplano cundiboyacense.
- La categoría española de 'caribe' —aplicada funcionalmente para autorizar la guerra justa y la esclavización— homogeneizó artificialmente pueblos de orígenes, lenguas y culturas distintas, dificultando hasta el siglo XX la reconstrucción precisa de la etnografía prehispánica del Magdalena y el Cauca.
- Las rutas de intercambio entre el altiplano y las tierras calientes, disputadas militarmente por muiscas y caribes, se convirtieron en los mismos caminos que usaron los conquistadores para penetrar el territorio desde el Magdalena hacia el interior.
La clave interpretativa
Por qué importa
Este período desmonta la imagen de un mundo prehispánico estable e integrado inmediatamente antes de la Conquista: el altiplano cundiboyacense era un escenario de proyectos políticos incompletos, fronteras en disputa y guerras rituales e institucionales que estructuraban la vida social. Entender esa tensión previa es indispensable para leer sin ingenuidad la velocidad con que el altiplano cambió de dueños entre 1537 y 1550, y para evitar tanto la romantización del pasado indígena como la exageración del poder conquistador.
Desarrollo histórico
La historia completa
Conflictos caribe-muisca y presiones territoriales en vísperas de la Conquista
En las últimas cinco décadas del siglo XV, el altiplano cundiboyacense no era el territorio consolidado y armónico que después imaginaron los cronistas para dar densidad de imperio a lo que Gonzalo Jiménez de Quesada encontró en 1537. Era, más bien, un tablero de dos proyectos políticos incompletos —el zipazgo de Bacatá y el zacazgo de Hunza—, rodeados de fronteras porosas, atravesados por rivalidades dinásticas y presionados en sus piedemontes por pueblos de filiación caribe que las fuentes españolas agruparon, con más comodidad que precisión, bajo los nombres de panches, muzos, colimas y pijaos. La guerra, allí, no era una interrupción de la vida ordinaria: era una de las formas en que esa vida se organizaba. Entender qué estaba en tensión entre 1450 y 1499 —qué se disputaba, entre quiénes, con qué armas y con qué límites— es la única manera de leer, sin ingenuidad, la velocidad con que apenas cuatro décadas después el altiplano cambió de dueños.
El escenario: un altiplano fértil y una periferia hostil
El territorio muisca ocupaba los altiplanos que se extienden entre Bogotá, Tunja y Sogamoso, en el ramal oriental de los Andes. Era, para los estándares del continente, una región nuclear privilegiada: una amplia base de recursos permanentes y de fácil aprovechamiento, con salinas propias, tierras cultivables y una diversidad agroclimática que le daba autonomía alimentaria. Esa ventaja de terreno —de la que carecían los taironas de la Sierra Nevada y los cacicazgos dispersos de las vertientes— fue la que permitió que la cultura muisca encontrara, alrededor de la idea de un centro, la cohesión y la estabilidad que se le atribuyen.
Pero el centro no era todo el territorio. En sus márgenes, particularmente en las comarcas montañosas del noroccidente de Tunja y en las hoyas hidrográficas del Suárez y del Moniquirá, subsistían jefaturas menores que los zipas y los zaques no habían logrado someter, y cuyos habitantes conservaban dialectos y rasgos físicos distintos —evidenciados en cráneos hallados en cementerios de distintas zonas del altiplano— frente al núcleo chibcha conquistador. La población muisca no era homogénea: era el resultado de sucesivas capas de expansión sobre pueblos previos, algunos incorporados y otros no. Antes de las campañas de los zipas, el territorio chibcha originario se extendía apenas desde la cordillera oriental de Bogotá hasta las cercanías de Facatativá, y desde Zipaquirá hasta el río Tunjuelo: un rectángulo modesto que las conquistas posteriores ampliaron hacia el norte y el sur, pero cuya expansión seguía en curso a la llegada española.
Por fuera del altiplano, hacia los valles intermedios del Magdalena y las tierras calientes de la vertiente occidental de la cordillera oriental, vivían los panches, los muzos y los colimas: pueblos que los españoles agruparon bajo la categoría de "caribes". Habitaban terrenos montañosos y boscosos donde el caballo era estorbo antes que ventaja, usaban arcos y flechas envenenadas y mantenían con los muiscas guerras frecuentes en las zonas de contacto. Hacia el nordeste, en los piedemontes cordilleranos que caen hacia los Llanos, los laches ocupaban un lugar ambiguo, ni plenamente muisca ni claramente ajeno. Más al sur, hacia la actual región de Neiva, los pijaos —también clasificados como caribes, aunque las fuentes más antiguas señalan curiosamente su ausencia de arco y flecha— cerraban por el lado del alto Magdalena el arco de vecinos hostiles.
Esta geografía de piedemontes tensos importa por una razón económica que suele quedar en segundo plano: el altiplano dependía de sus vecinos. Las minas de sal de Zipaquirá, y en menor medida las de cobre, daban a los muiscas un producto de exportación y un instrumento de poder; las esmeraldas de Somondoco, controladas por el Zaque, otro. Pero en el territorio muisca no hay depósitos auríferos: el oro que se labraba en los talleres del zipazgo y del zacazgo, el que se ofrendaba en las lagunas y se tejía en las diademas, venía de la región de Neiva y de otros puntos del Magdalena, obtenido por intercambio. La coca y el algodón, imprescindibles para el ritual y para la vestimenta, también llegaban por las mismas rutas. Los principales artículos que los muiscas exportaban —sal, esmeraldas, coca ya procesada y mantas de algodón— se cambiaban por oro, plumas, aves y yopo con pueblos de tierra caliente que, en varios tramos, eran justamente aquellos a los que las guasábaras enfrentaban en la frontera. La hostilidad y el comercio corrían por los mismos caminos.
El zipazgo y el zacazgo: dos Estados incipientes
Hacia 1450, el altiplano estaba organizado bajo dos autoridades principales: el Zipa, con capital en Bacatá (en el sitio de Funza, sobre la sabana de Bogotá), y el Zaque, con capital en Hunza (Tunja), cada uno con su corte, sus caciques tributarios y sus zonas de influencia. Los cronistas hispanos describieron ambas jefaturas como organizaciones piramidales y centralizadas, con almacenes de pertrechos de guerra, escuadras identificadas por colores, insignias, tiendas y pabellones de campaña, y destacamentos de guerreros apostados en fronteras estratégicas para defender el "imperio". Es una imagen elocuente, aunque conviene sostenerla con pinzas: parte de esa arquitectura es probable herencia del vocabulario europeo con el que Aguado, Castellanos, Simón y Fernández de Piedrahita ordenaron lo que oían de segunda mano.
Lo que sí se puede afirmar con menos dudas es que los dos "Estados" eran resultado de campañas de expansión territorial reciente y estaban lejos de haber consumado su unificación. Los cacicazgos de Duitama (Tundama), Sogamoso, Sáchica, Tinjacá y Guachetá eran territorios marginales o casi independientes cuya sumisión al Zipa o al Zaque no estaba del todo clara. Sogamoso, en particular, no era un simple cacicazgo tributario: su señor era también sacerdote de alto rango en el santuario del Sol, y su posición religiosa parece haberle dado una autonomía frente al poder político que las crónicas nunca terminan de precisar. El zipazgo y el zacazgo se articulaban además por vínculos de parentesco entre los grandes señores —los caciques de Bogotá y Chía eran parientes, como lo eran los de Tunja y Ramiriquí, y los de Duitama y Tobasía—, lo que hacía que la sucesión y la lealtad fueran asuntos de familia extendida más que de burocracia estatal. Un mal cálculo dinástico podía deshacer, en una generación, décadas de expansión.
La organización política muisca estaba persistentemente erosionada por traiciones, rencillas palaciegas y usurpaciones —el caso de Sagipa, que arrebató el cacicazgo de Bogotá a la línea legítima, se convertiría en el ejemplo canónico ya en tiempos de la Conquista—. En el altiplano de fines del siglo XV había abundancia de tierra fértil, lo que redujo la presión hacia una centralización mayor y dejó al zipazgo y al zacazgo en un punto intermedio entre la jefatura compleja y el Estado plenamente formado. No hubo aquí, ni de lejos, un imperio comparable al inca o al azteca; hubo dos proyectos que competían entre sí y que a la vez debían contener presiones desde afuera.
Las campañas del zipazgo: Saguamanchica, Nemequene, Tisquesusa
En las décadas centrales del siglo XV, la iniciativa expansiva más marcada correspondió al zipazgo. Saguamanchica —el primer zipa cuyo nombre las crónicas fijan con cierta consistencia— habría empujado las fronteras del núcleo original de Bacatá hacia el norte y el sur, incorporando pueblos de otros dialectos y sometiendo comunidades previamente independientes. Su sucesor, Nemequene, prolongó ese impulso con una intensidad militar que las fuentes recuerdan como excepcional: organizó sus fuerzas en escuadras, sistematizó la campaña militar como método de gobierno y llevó al zipazgo a un conflicto abierto con el zacazgo, entonces bajo Michuá.
El desenlace personal de Nemequene condensa el tipo de guerra que se libraba en el altiplano. En una de las batallas contra el zaque, combatiendo con sus fuerzas ordenadas en escuadras, fue herido de muerte por un flechazo —un detalle no menor, porque las flechas eran el arma característica de los pueblos caribes de los piedemontes, no el armamento estándar muisca, aunque los ejércitos del altiplano incorporaban arqueros—. Herido, fue llevado a Funza, donde murió atendido por sus jeques. Le sucedió su sobrino Tisquesusa, hasta entonces cacique de Chía —la sede tradicional del heredero del zipa—, quien según Juan de Castellanos habría reunido sesenta mil guerreros para vengar a su tío y proseguir las aspiraciones expansivas contra el zaque. La cifra es fantástica y probablemente inflada por el cronista, pero el gesto que describe es coherente con lo demás: cuando llegaron los españoles, la confrontación entre zipazgo y zacazgo estaba inconclusa, y Tisquesusa se preparaba para reanudarla.
Este es el primer punto que conviene subrayar sin ambigüedades: en 1499, y hasta 1537, la relación entre Bacatá y Hunza era una guerra pausada, no una paz. Que Tisquesusa muriera pocos años después bajo lanza española y que Quemuenchatocha —el zaque que reinaba en Hunza al momento de la Conquista— fuera capturado en su palacio por Jiménez de Quesada no borra el hecho previo: los dos jefes muiscas eran adversarios entre sí antes de ser adversarios de los europeos. Ahora bien, conviene resistir la lectura fácil de que "la guerra civil facilitó la Conquista". Cuando los españoles llegaron, el Zipa ofreció a Jiménez de Quesada una alianza militar; pero esa alianza no era para atacar a Tunja sino para combatir a los panches, los enemigos reales y cotidianos de Bogotá. La rivalidad zipa-zaque era estructural pero pausada; la guerra con los caribes era permanente.
La frontera caribe: panches, muzos, colimas, pijaos
Fray Pedro Simón delimitó las fronteras del territorio de Muequetá —el dominio directo del Zipa— con precisión aparente: al suroeste lindaba con Tunja, al norte y al sur con los sutagaos, al sureste con los panches. Al noroeste, los colimas y los muzos; al nordeste, los laches. La descripción es útil aunque, como el propio Simón admitió al confundir la orientación solar de la geografía muisca, no siempre exacta. Lo que importa, más allá de las cardinales, es el patrón: cada frontera del altiplano —salvo la que daba a los otros muiscas— era una frontera con pueblos que los españoles agruparon bajo la categoría de caribes.
Esa categoría merece un examen. En el uso español del siglo XVI, "caribe" no era solo una filiación étnica o lingüística: era una calificación que se aplicaba a los grupos que ofrecieran mucha resistencia armada, usaran arcos con flechas envenenadas y practicaran —o parecieran practicar— canibalismo y sodomía. El criterio era funcional a la Corona: declarar caribes a los indios de una comarca autorizaba la guerra "justa" y la esclavización. Que panches, muzos, colimas y pijaos fueran calificados de caribes por Castellanos y otros cronistas no prueba, por sí mismo, una filiación cultural común. Paul Rivet, ya en el siglo XX, estableció que en las hoyas del Magdalena y del Cauca hubo efectivamente presencia caribe demostrable por rasgos arqueológicos —ligaduras deformadoras de pantorrilla y brazos, figurillas en butaquitas de estilo amazónico— y que grupos caribes habían penetrado en territorio colombiano por los ríos Magdalena, Atrato y Amazonas. Pero el propio Rivet dejó claro que la caribización no fue homogénea: hay pueblos que probablemente eran caribes de origen, otros que adoptaron costumbres caribes tras siglos de contacto, y otros que fueron sojuzgados por caribes sin quedar destruidos. El caso de los pijaos es sintomático: los testimonios más antiguos señalan que no usaban arco y flecha, cuando ese armamento se había difundido de norte a sur precisamente hasta la frontera panche-pijao. Llamarlos caribes fue, en parte, una simplificación española.
Dicho lo cual, la hostilidad militar era real. Los muiscas peleaban con espadas y lanzas de madera, y con macanas; los caribes, con arcos y flechas envenenadas. La diferencia de armamento importa: en los terrenos boscosos y quebrados de los piedemontes, donde vivían panches y muzos, la flecha corta desde la maleza tenía ventaja sobre la lanza de asta larga. Los panches, en particular, eran descritos como los vecinos más indomables y valientes, y su territorio —el actual noroccidente cundinamarqués, incluidos los alrededores de Tocaima y las tierras que bajan hacia el Magdalena— dificultaba el uso de caballos y castigaba con emboscadas cualquier avance desde el altiplano.
Muzos y colimas ocupaban las serranías al noroeste de Tunja, en las hoyas que descienden hacia el Magdalena Medio; su relación con el zacazgo era tensa pero no exclusivamente bélica. Aguado registra que los muzos, en algún momento anterior a la Conquista, habrían solicitado a los muiscas una liga o confederación militar, señal de que las fronteras étnicas admitían negociación y de que la enemistad no era permanente en todos los frentes. Los pijaos, por su parte, presionaban desde el sur, en el alto Magdalena, y su hostilidad se prolongaría durante todo el siglo XVI: junto con los panches y los muzos, mantuvieron la independencia frente a los españoles atacando por igual a las huestes conquistadoras y a los pueblos indígenas ya sometidos.
Este cinturón hostil tenía además una función que rara vez se nombra: dificultaba los contactos entre los muiscas y los grupos del occidente colombiano. Panches, muzos y colimas ocupaban precisamente la vertiente occidental de la cordillera oriental, entre el altiplano y el valle del Magdalena. Cruzarlos era condición para acceder al oro del Magdalena Medio, a la coca, al algodón. La guerra con los caribes no era solo defensa: era también la manera de mantener abiertas las rutas comerciales que sostenían la economía política del zipazgo y del zacazgo.
La guerra como institución: guasábaras, sacrificio, ritual
Comprender qué era la guerra en el altiplano de 1450–1499 exige aceptar que no era una copia menor de la guerra europea. Los españoles llamaron guasábaras a los enfrentamientos indígenas que observaron, y los describieron con una mezcla de fascinación y desdén. En muchos combates, los guerreros salían disfrazados de animales, con oro reluciente en el pecho; antes de atacar gritaban y hacían tocar instrumentos para advertir a sus enemigos. Los caciques principales, algunos entrados en años, no combatían: observaban las batallas desde lejos, y en al menos una ocasión documentada los "reyes" fueron portados en andas para animar a sus guerreros. El propósito de estos enfrentamientos, en buena parte de los casos, no era aniquilar al adversario sino exhibir públicamente el valor de los combatientes.
Existía además una costumbre bastante extendida —comparable a la que se registra entre los yupka de la serranía de Perijá— de combates rituales en los que jóvenes aguerridos se enfrentaban entre sí en escenarios pautados, sin que la muerte del rival fuera el objetivo declarado. La guerra muisca era, en gran medida, una guerra de reconocimiento y de competencia: la victoria producía prestigio, no necesariamente territorio.
Esto no significa que fuera incruenta. Los guerreros panches capturados en combate eran sacrificados con brutalidad ceremonial: se les subía sobre un poste a la entrada del cercado del cacique y se les flechaba hasta que se desangraran, durante los festejos relacionados con la siembra del maíz, entre enero y marzo. El sacrificio del enemigo capturado era un componente central del ciclo agrícola y del calendario ritual muisca. A este circuito se sumaba el de los moxas: jóvenes esclavos adquiridos en la Casa del Sol del piedemonte llanero con el único propósito de ser sacrificados. Sangre humana ajena, en fechas fijas, para asegurar la fertilidad del maíz. La guerra alimentaba el rito, y el rito exigía guerra.
Ahora bien, entre este carácter ceremonial y las descripciones cronísticas de campañas expansivas de decenas de miles de guerreros hay una distancia que conviene medir. Ningún documento colonial registra que, tras las supuestas conquistas territoriales de Nemequene o de sus antecesores, comunidad alguna se quejara de tener un cacique impuesto por Bogotá, Tunja, Sogamoso o Duitama. Si el zipazgo hubiera dominado efectivamente pueblos por la fuerza, imponiendo señores desde arriba, es razonable esperar que las quejas hubieran llegado a las autoridades españolas, siempre atentas a legitimar sus intervenciones apelando a agravios previos. No aparecen. Lo que aparece, en cambio, son cacicazgos con líneas dinásticas propias, jefaturas menores independientes en el Suárez y el Moniquirá, y una organización política más segmentada de lo que las crónicas dejan entrever.
Rodríguez Freile, ya en el siglo XVII, recogió del cacique de Guatavita una versión tardía y probablemente idealizada: antes de la llegada española el Guatavita era el "rey" y el Bogotá su "teniente y capitán general"; cuando los pueblos de más allá de la cordillera —Ubaque, Chipaque, Pasca, Fosca, Guachetá, Une, Fusagasugá— se rebelaron, el Guatavita habría enviado al Bogotá con treinta mil hombres a castigarlos. La cifra vuelve a ser fantástica, y el marco político —un rey con teniente— demasiado europeo para ser literal. Pero el fondo del relato tiene coherencia con lo demás: había fronteras internas del mundo muisca donde el poder central se ejercía por expediciones punitivas periódicas, no por administración estable. La guerra era el sustituto de la burocracia.
La geopolítica de la sal y las esmeraldas
La dimensión económica de estas tensiones se articulaba sobre dos recursos que el altiplano poseía y sus vecinos no: la sal y las esmeraldas. Las minas de sal de Zipaquirá, en el corazón del zipazgo, daban al Zipa una especie de monopolio. La sal circulaba a distancias enormes: hacia el sur llegaba a la región de Neiva; hacia el norte, a los alrededores de Barrancabermeja, sobre el Magdalena Medio; y hacia el oriente, un documento citado por José Manuel Groot sugiere que penetraba hasta unos ochocientos kilómetros a lo largo de las cuencas fluviales que conectaban el altiplano con los Llanos y más allá. Es un dato que descansa en una sola fuente y que hay que sostener con cuidado, pero la orden de magnitud es sugestiva: la sal muisca articulaba mercados que iban mucho más allá del altiplano.
Las esmeraldas de Somondoco, en cambio, estaban bajo el Zaque, no bajo el Zipa. Esta división —sal en el zipazgo, esmeraldas en el zacazgo— es un dato estructural que explica buena parte del intercambio interno entre las dos jefaturas: cada una necesitaba lo del otro, y ambas necesitaban el oro que ninguna producía. El Zipa carecía de esmeraldas y de oro en sus dominios; las esmeraldas las obtenía del Zaque, el oro llegaba de Neiva y del Magdalena. Ninguno de estos productos llegó a funcionar como medio general de cambio: el oro y la sal circulaban pero difícilmente eran aceptados como pago en las regiones donde se producían en abundancia. Fueron las mantas de algodón las que operaron más cerca de un patrón de valor, y no por casualidad: el algodón venía del piedemonte y del Magdalena, era transformado en el altiplano, y las mantas terminadas se intercambiaban por casi todo lo demás.
Esta red comercial tiene consecuencias directas para leer los conflictos. Las guerras contra los panches y los muzos no eran solo por prestigio ni solo por sacrificios rituales: eran, también, por el control de las rutas que comunicaban el altiplano con las zonas productoras de oro y de coca en el Magdalena. Y las tensiones entre el zipazgo y el zacazgo no eran solo dinásticas: implicaban el equilibrio de acceso a la sal y a las esmeraldas, los dos bienes de los que el altiplano era productor neto. Nemequene murió atacando al zaque; el zaque controlaba Somondoco; Somondoco era una pieza del sistema económico que sostenía la autoridad de ambos.
Que este intercambio tuviera además una dimensión simbólico-religiosa —el oro y las esmeraldas no eran solo mercancía, sino materia de ofrenda— no lo hace menos económico. Cada cacicazgo intercambiaba los excedentes de sus unidades productivas guiado tanto por la necesidad alimenticia como por prácticas rituales, y esa doble motivación hacía que las fronteras del comercio y las del culto coincidieran con las de la guerra.
Demografía y presión sobre los recursos
La estimación de la población de lo que hoy es Colombia hacia 1500 varía según los autores. Hermes Tovar propone más de ocho millones; un estimativo medio, más manejado en la literatura, la sitúa en torno a cinco millones. Bajo esta segunda cifra, el altiplano central habría concentrado alrededor de un millón y medio de habitantes: la densidad más alta del país. Los conquistadores españoles interpretaron el hallazgo de mucha gente como señal inequívoca de la existencia de caciques poderosos y de una organización social jerarquizada, y en el caso muisca esa lectura se confirmó.
La densidad demográfica no explica por sí sola la complejidad política —algunos arqueólogos han forzado esa correlación al punto de reducir la diferenciación social a una simple función del crecimiento poblacional—, pero sí introduce una presión estructural que no puede ignorarse. Las evidencias registran un aumento sostenido de población y de control territorial a lo largo del tiempo en la sabana de Bogotá, en Boyacá, y también fuera del ámbito muisca en la Sierra Nevada y en los valles de Córdoba y Sucre. Es plausible que hacia fines del siglo XV los enfrentamientos entre comunidades del altiplano y con sus vecinos tuvieran también un componente de disputa por tierras cultivables y por rutas de aprovisionamiento. El altiplano tenía abundancia relativa de tierra fértil, pero esa abundancia se distribuía desigualmente, y las jefaturas marginales que subsistían en el noroccidente de Tunja y en las hoyas del Suárez ocupaban precisamente franjas de calidad intermedia.
En un mundo donde la abundancia hacía innecesaria la conservación intensiva de suelos, y donde la población estaba dispersa en muchos puntos, el altiplano nuclear muisca era la excepción: allí había concentración, allí había excedentes, y allí había también los aparatos políticos capaces de organizar campañas militares de cierta escala. Que esas campañas no lograran integrar plenamente ni siquiera a los cacicazgos vecinos —Duitama, Sogamoso, Tinjacá— indica que había un techo político que ni el zipazgo ni el zacazgo habían alcanzado a superar en 1499.
Qué encontraron los españoles
Cuando Jiménez de Quesada remontó el Magdalena en 1536 y alcanzó el altiplano al año siguiente, no encontró un reino unificado en descomposición. Encontró un sistema fragmentado en dos jefaturas rivales, con periferias mal integradas, con fronteras militarizadas hacia los piedemontes caribes, y con un tejido de alianzas de parentesco que se rompía y se recomponía según muriera un cacique o naciera un heredero. La rapidez con que el zipazgo cayó —Tisquesusa muerto en su huida, Sagipa usurpando el poder y muriendo después bajo tortura española— y la casi simultánea captura de Quemuenchatocha en Hunza responden en parte a la desproporción de las armas y a la ventaja del caballo en el terreno abierto de la sabana, pero también a algo más discreto: el altiplano nunca había sido una unidad política, y los cacicazgos no encontraron una razón compartida para resistir juntos a un tercer actor. El propio Zipa ofreció alianza a los españoles para atacar a los panches. La lógica de las alianzas indígenas siguió operando incluso cuando el marco había cambiado por completo.
Las fricciones caribe-muisca sobrevivieron a la Conquista del altiplano. Los panches, muzos, colimas y pijaos mantuvieron su independencia frente a los europeos durante todo el siglo XVI, atacando por igual a las huestes españolas y a los pueblos muiscas ya sometidos al régimen colonial. Aquí conviene registrar una ironía que suele pasarse por alto: los mismos pueblos que en 1499 presionaban las fronteras del altiplano siguieron presionándolas después de 1537, salvo que ahora quienes gobernaban esas fronteras eran encomenderos españoles y no zipas. La geografía de la hostilidad cambió de administradores, no de contornos.
El altiplano cundiboyacense de vísperas de la Conquista no era, entonces, ni el imperio muisca que imaginaron los cronistas para legitimar la magnitud de la empresa española, ni el paraíso prehispánico que después reclamó cierta nostalgia. Era un sistema político incipiente, tensionado hacia adentro por una guerra pausada entre Bacatá y Hunza, hacia afuera por un cinturón de vecinos armados de flecha, y hacia sus propias periferias por jefaturas que nunca terminó de digerir. La guerra —ritual, económica, dinástica— era el hilo que enhebraba todas esas tensiones. Que 1499 estuviera a punto de cerrarse sobre un mundo así, y no sobre un mundo estable, es la única razón por la que lo que vino después pudo suceder tan rápido.
La época alrededor
Este hecho no ocurrió solo
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
01Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · p. 4, 122 citas
[1]© Marco Forero, 2016 © Editorial Planeta Colombiana S. A., 2016 Calle 73 N.° 7-60, Bogotá Diseño de cubierta: Departamento de diseño Grupo Planeta Primera edición: abril de 2016 ISBN 13: 978-958-42-4984-5 Desarrollo e-pub: Hipertexto Ltda. Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo…p. 4
[31]las relaciones comerciales afianzaban redes de intercambio cultural más profundas. un aspecto importante de la sociedad muisca fue el desarrollo y la complejidad que se desprendieron de una economía natural no monetaria, y que se desplegó al tener un escenario de vastas redes comerciales y cercanías culturales y…p. 12
02Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 941 cita
[2]perfecci ó n de las construcciones de los Tairona. Esta falta de inter é s en la conservaci ó n de tierras o en la intensificaci ó n de su uso, podr í a indicar la general abundancia de tierras f é rtiles, ocupadas por una poblaci ó n bastante dispersa. Es claro que el pa í s. de los Muisca ten í a un “ interior ”,…p. 94
03Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Región CentroComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 371 cita
[3]nieves perpetuas y páramos interminables a la vista, conviven el frailejón, el cañizo y el romero en absoluta quietud y en un silencio que solo se altera con el sobrevuelo del águila. Allí, colchones de musgo, que actúan como esponjas de la naturaleza, gota a gota forman los ríos que marcan la geografía y la historia…p. 37
04Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 35, 37, 453 citas
[4]u e corrían en dirección nororiental p o r unos ochenta kiló m etros, sep arad as p o r el río Chicam ocha. A unque las co m u n id ad es indígenas de estas zonas pag ab an tributo a los señores de Sugam uxi y D uitam a, algunos especialistas han su g erid o recientem ente que uno de ellos, o am bos, aceptaban el dom…p. 35
[18]d en sas selvas de esta vertiente de la cordillera O riental. Finalm ente, a principios de m arzo de 1537, once m eses d esp u és de salir de Santa M arta, unos ciento se tenta hom bres y treinta caballos em ergieron a las planicies an d in as h ab itad a s po r los m uiscas. En las planicies m uiscas, los…p. 45
[30]vertientes u n poco m ás tem p lad as y allí se extraían dos cosechas anuales. En tierras m ás bajas se sem braba arracacha, algodón, guayaba, piña y coca. A lgunos productos, com o la coca y el algodón, no eran cultivados p o r los m uiscas y los obtenían en el com ercio. C ad a cuatro días había m ercado en los…p. 37
05Mercados, poblamiento e integración étnica entre los Muiscas, Siglo XVICarl Henrik Langebaek · 1987 · p. 33, 672 citas
[5]tierra (cf. Reichel- Dolmatoff /1978/, 1982: 100) así como la presencia de fuentes de aguasal tan ricas como las que se encontraban en ciertas partes de la Sabana. Subsisten, por cierto, muchos aspectos del control de pisos térmicos que no se conocen apropiadamente. Por ejemplo, requiere mayor investigación saber de…p. 67
[24]favorita de los cronistas (Aguado /1581/ 1956, I: 259). En nuestra opinión, al menos parte de la explicación a la formación de unidades políticas que trascendían la comunidad independiente debe buscarse en los vínculos de parentesco. Según los datos de archivo, en efecto, es posible identificar que, al interior de sus…p. 33
06Gramática de la lengua chibchaEzequiel Uricoechea · 2016 · p. 241 cita
[6]su industria. El país chibcha, antes de las conquistas de los zipas, lo creo comprendido entre la cordillera al oriente de Bogotá hasta las cercanías de Facatativá y desde Zipaquirá hasta el río Tunjuelo. Dos pruebas tene- mos en apoyo de esta creencia, legítimas ambas: la diferencia del len- guaje y la diferencia de…p. 24
07Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 25, 282 citas
[7]El ma í z serv í a para hacer arepas y “ chi 30 HISTORIA M Í NIMA DE COLOMBIA cha ”, una bebida fermentada para sus frecuentes fiestas y celebra ciones. Usaban tambi é n el tabaco y la coca. En casi toda la cordillera oriental, sus vecinos de los valles inter medios del r í o Magdalena y de la tierra caliente eran…p. 28
[27]lenguas a su mando, como algunos panches. Algo similar tal vez empezaba a pasar entre los cat í os de Antioquia o entre los grupos ind í genas del Cauca de la zona quimbaya, pero los relatos de los espa ñ oles no permiten saberlo con certeza. En el territorio colombiano no hubo imperios fuertes como los de Per ú o M é…p. 25
08Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · p. 129, 1342 citas
[8]el tronco inicial, costa de Venezuela y norte de Co- lombia) y Caribe meridionales (algunos idiomas — RE i Grupos indígenas precolombinos Indígenas en la selva, óleo de la pintora del río Xingú y alto Ama- zonas colombiano, como el Carijona, el Hianakoto y el Umaua). En total, su- man 50 lenguas conocidas y está…p. 134
[23]en los que se adoraba al dios Chiminigagua y a las divi- nidades Bachué (la luna), Bochica (el sol), Chib- chacum (dios protector) y otras menores dedica- das a las diversas actividades socioeconómicas. Además de los caciques, capitanes y jeques, eran importantes los guechas o guerreros reclutados, cuya función era…p. 129
09Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · p. 35, 40, 433 citas
[9]y penetrar por los valles del Magdalena y el Cauca. Poco sabemos sobre las fechas de esta migración, ni sobre las rutas precisas utilizadas; incluso son muy fuertes las dudas existentes acerca del carácter caribe o no de muchos de los pueblos encontrados por los españoles. Para muchas de las regiones donde hay algunos…p. 35
[11]oro o la sal. Todo lo anterior hace pensar que por lo menos los artesanos dedicados a la producción de objetos para intercambio se habían especializado en sus oficios, aunque el resto de la población continuara dedicada a la producción de alimentos y de artesanías para consumo propio, y cuando era necesario, a la…p. 40
[12]o menos vecinos que se iban caracterizando por ofrecer una resistencia demasiado decidida y áspera a los españoles, sobre todo cuando las prácticas guerreras iban acompañadas de la antropofagia. Desde las primeras luchas con los españoles resultaron notables por su resistencia, que exaltó Castellanos: “Selváticos,…p. 43
10Historia de Colombia - La Colombia más Antigua IIRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico), Juan Salvat, Roberto García Rojas (dirs.) · 1988 · p. 161 cita
[10]Sus tesis fueron parcialmente reconsideradas por el profesor Paul Rivet en un célebre trabajo ti- tulado La influencia Karib en Colombia (1943), que se convirtió en una especie de manifiesto de la investigación etnológica en nuestro país durante la década de 1940-1950. Rivet caracterizó la in- fluencia y presencia…p. 16
11Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · p. 71, 1092 citas
[13]y sangrientas guerras entre los grandes c caciques muiscas como parte de proyectos de expansión territorial, Los documentos simplemente no mencionan nada que apoye esas empresas militares que, según los cronistas, existieron. No conozco una sola mención de que después de la conquista alguna comunidad hubiera…p. 109
[40]0l servicio doméstico, Cuando encontraban sociedades con poca gente, el desengaño no se podía ocultar; probablemente no tendrían cabecillas permanentes, ni la capacidad de generar excedentes. Y cn esas condiciones era muy difícil aprovecharlas como mano de obra. 74 El contexto conquistadores españoles el hallazgo de…p. 71
12Antes de Colombia. Los primeros 14.000 añosCarl Henrik Langebaek · 2021 · p. 292, 2972 citas
[14]una violencia ritualizada, por completo ajena a la incorporación de mano de obra o a la subordinación económica de un grupo por otro. Los muiscas hacían sacrificios humanos durante los festejos relacionados con la siembra de maíz en los valles fríos, es decir, entre enero y marzo. En esa ocasión, los guerreros panches…p. 297
[15]es el caso de los muiscas, los caciques más importantes, algunos de ellos entrados en años, no combatían, sino que observaban desde lejos. Muchas veces, los indígenas salían a pelear disfrazados de animales, con oro reluciente en sus pechos y, antes de atacar, gritaban y hacían tocar sus instrumentos musicales, para…p. 292
13Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · p. 116, 119, 125, 1314 citas
[16]relaciones siempre fueron reducidos a guazabaras, las cuales eran rápida- mente ‘desbaratadas’ por los hispanos, lo que obligaba a la huida de los muiscas. Refiriéndose a estas batallas, Aguado dice que los cacicazgos se apoyaban en ligas o confederaciones militares, como la de Duitama y Sogamoso (1: 297-8), o la que…p. 116
[17]por sus ‘príncipes’, fue a la batalla organizado en escuadras que: “tomaron sitios diferentes, aparte cada cual con sus insignias, diversas en colores, de manera que la parcialidad de cada uno podía conocerse por las tiendas y pabellones que tenían puestos”. Portados en andas, los ‘reyes’ animaban sus guerreros, pero…p. 119
[26]los conquistadores hallaron en las proximidades de los cercados fueron señaladas como almacenes para los pertrechos de guerra. Además de los destacamentos militares en los territorios sometidos, otros guerreros se apostaban en las fronteras para defen- der el imperio. Se trataba de parientes del ‘rey’ y se insistía en…p. 131
[28]Muequetá. Con dicho vocablo se le trataba lo mismo que a su gente. Las delimitacio- nes, en cambio, diferenciaron sus fronteras étnicas: al suroeste con Tunja, al norte y sur con los sutagaos y al sureste con los panches. A pesar de que Simón pretende orientar al lector desde la geografía de la conquista, confunde la…p. 125
14The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · p. 411 cita
[19]the Panches was left equally subjugated, in spite of the fact that the Panches are a more indomitable and tougher people than the Moxcas. And not only are they more valiant, but they also are aided by the difficult terrain in which they reside, which consists of densely forested and rough mountains, where it was not…p. 41
15Fighting Monsters in the Abyss: The Second Administration of Colombian President Álvaro Uribe Vélez, 2006–2010Harvey F. Kline · 2015 · p. 322 citas
[20]to four million people. Some were warlike hunters and fishers, includ ing the Caribs and Arawaks, but many had developed agriculture, as well as gold work that attracted the Span- ish conquerors. They were also divided by geography, includ ing the Calima (Valle de Cauca), the San Agustín (Huila), the Tumaco (Nariño),…p. 32
[21]to four million people. Some were warlike hunters and fishers, includ ing the Caribs and Arawaks, but many had developed agriculture, as well as gold work that attracted the Span- ish conquerors. They were also divided by geography, includ ing the Calima (Valle de Cauca), the San Agustín (Huila), the Tumaco (Nariño),…p. 32
16Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 521 cita
[22]en el siglo XVI algunos territorios marginales o casi independientes, cuya sumisión al Zipa o al Zaque no estaba del todo clara. El status de estos territorios en el momento de la Conquista debe evaluarse, en parte por lo me- nos, en términos de un proceso histórico. En primer lugar, los dos "Estados" incipientes eran…p. 52
17Invading Colombia: Spanish Accounts of the Gonzalo Jiménez de Quesada Expedition of ConquestJ. Michael Francis · 2007 · p. 34, 922 citas
[25]h E r A n d E A n C o n Q U E S t | 1 to Jiménez in exchange for Spanish military assistance, it was not to launch a campaign against Tunja but rather to fight against Bogotá’s real enemies, the Panches. Until more convincing evidence emerges, the common perception that the conquest of Muisca territory was facilitated…p. 34
[34]easily movable, and very porous, and it remains thus until the Indians come across one of the veins, which is made up of a clay-like substance. The Indian miners then follow the vein, and with their wooden tools they remove the emeralds that they discover within it. In this practice, as in so many others, the Indians…p. 92
18El Dorado: estampas de viaje y cultura de la Colombia suramericanaErnst Röthlisberger · 2017 · p. 3121 cita
[29]el médico que le vacuna a la fuerza, un monstruo. Los servidores pertenecientes a esta raza sustraen fácilmente objetos sin valor y dinero suelto, pero, en cambio, se les pueden confiar sumas grandes, o dejarlas a su alcance tranquilamente sin temor a que va- yan a cometer un hurto. Ni pendenciero ni vengativo, ni…p. 312
19Economías prehispánicas de ColombiaAlberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres, Santiago Giraldo, Daniela Castellanos Montes, Marianne Cardale de Schrimpff, Carl Henrik Langebaek, María Antonieta Corcione Nieto, Catalina Zorro, Luisa Mendoza, Marcela Bernal, Lucero Aristizábal, Leonor Herrera · p. 3032 citas
[32]productos muy diferentes en el sentido de que el primero era geográficamente restringido, esencial para la vida, pero no se hallaba en áreas vecinas; su valor económico dependía del comercio o de intercambios a corta y larga distancia. La transcendencia y el alcance geográfico de este intercambio por intermedio de los…p. 303
[33]productos muy diferentes en el sentido de que el primero era geográficamente restringido, esencial para la vida, pero no se hallaba en áreas vecinas; su valor económico dependía del comercio o de intercambios a corta y larga distancia. La transcendencia y el alcance geográfico de este intercambio por intermedio de los…p. 303
20Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · p. 332, 3492 citas
[35]que representan aves, peces, reptiles o figu- ras humanas estilizadas. A veces las incisiones tienen un relleno o un pigmento mineral blanco, lo que hace resal- tar los motivos sobre el fondo oscuro de la piedra. Otra categoría de objetos consiste de matrices para el trabajo de orfebrería; son tallas en relieve que…p. 349
[36]true - que con tribus vecinas y aún muy alejadas. Los principales artículos que se exportaban eran sal 153, esmeraldas, coca y Memoria sobre las Antigüedades Neo-Granadinas, Librería de F. Schneider i Cía., Berlín. Acerca de la arqueología «premuisca», véanse las notas biblio- gráficas para el capítulo iv, así como…p. 332
21Breve historia económica de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 2017 · p. 36, 432 citas
[37]que cumpliera adecuadamente las funciones que se le atribuyen, como patrón de medida del valor, medio de intercambio o alma- cén de valor. Sin embargo, existieron ciertas mercancías que se intercambiaron con mayor frecuencia y que pudieron servir como patrón para medir valores. Esta característica se le ha atribuido…p. 43
[41]un aspecto fundamental que explica el establecimiento de comunidades independientes, puesto que este tipo de vínculos aseguraba la pertenencia de un individuo a una comunidad y con esto su acceso a los recursos del territorio que controlaban (Lleras, 1986). Posiblemente se dieron enfrentamientos bélicos para obte- ner…p. 36
22Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader · 2002 · p. 1872 citas
[38]Tovar, quienes hablan de más de 8 millones. Bajo cualquiera de esas hipótesis, estaríamos ante una distribución espacial aproximadamente así: un 31 por ciento correspondería a la región Caribe; otro 30 por ciento a la región Andina oriental; casi un 40 por ciento a la región Andina occidental, y el resto a la región…p. 187
[39]Tovar, quienes hablan de más de 8 millones. Bajo cualquiera de esas hipótesis, estaríamos ante una distribución espacial aproximadamente así: un 31 por ciento correspondería a la región Caribe; otro 30 por ciento a la región Andina oriental; casi un 40 por ciento a la región Andina occidental, y el resto a la región…p. 187
23¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · p. 191 cita
[42]la po sibilidad de valorar el legado productivo de nuestra historia. Aquel proceso se remonta, por lo menos, a los últimos cuatro mil años, cuando, según el profesor Carl Langebaek, existen evidencias arqueológicas del aprovechamiento de plantas como complemento de la caza. En ese proceso tan prolongado en el tiempo,…p. 19