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Biografía

Sagipa

Prehispánico

17 min de lectura20 documentos
NacimientoSin fecha registrada
FallecimientoHacia 1539, en prisión española, en el altiplano cundiboyacense
RolesZipa del Zipazgo de Bacatá · Cacique de la confederación de Bogotá
Lugar principalColombia
Período históricoPrehispánicoantes de 1499
03

La biografía

Sagipa —también consignado en las crónicas como Sajipa, Saxajipa o Saquesazipa— fue el último zipa del Zipazgo de Bacatá, el señorío muisca con centro en Funza que dominaba el sur del altiplano cundiboyacense. Su gobierno, brevísimo, transcurrió entre la muerte del zipa Tisquesusa hacia 1537 y su propia muerte en prisión española hacia 1539. En ese lapso mínimo se concentró la fractura del orden político muisca del sur: la llegada de Gonzalo Jiménez de Quesada a las planicies andinas, la alianza táctica que Sagipa selló con los invasores para combatir a los panches, su arresto bajo cargos de usurpación y ocultamiento del tesoro del zipa anterior, el proceso judicial que lo sometió a tormento y su muerte en cautiverio. Sagipa importa menos por lo que hizo que por lo que su figura representa: el punto exacto donde la lógica dinástica y ritual del Zipazgo colisionó con la codicia aurífera castellana, y donde ninguna de las dos alcanzó a imponerse sin destruir a la otra.

02

Línea de vida

  1. 1537

    Elección como zipa tras la muerte de Tisquesusa

    Leer contexto

    Tras la muerte del zipa Tisquesusa durante la conquista española del altiplano, los muiscas eligieron a Sagipa —también escrito Sajipa, Saxajipa o Saquesazipa— como nuevo cacique para continuar la resistencia. Su elección fue controvertida desde el inicio, pues según la regla dinástica el cargo debía corresponder a un mancebo de Chía, sobrino de Tisquesusa, de dieciocho o veinte años.

  2. 1538

    Alianza militar con Jiménez de Quesada contra los panches

    Leer contexto

    Sagipa se ofreció como amigo y acompañante de Gonzalo Jiménez de Quesada en una campaña contra los panches, enemigos históricos del zipazgo en el piedemonte occidental. Reunieron una fuerza mixta de infantería y caballería castellanas junto a guerreros muiscas, combatieron juntos y mataron a muchos panches. El testimonio de Francisco de San Martín ante la AGI corrobora la participación conjunta. La alianza respondía a la lógica de política exterior del zipazgo, no a una guerra civil interna muisca.

  3. 1538

    Arresto y exigencia del tesoro de Tisquesusa

    Leer contexto

    Terminada la campaña contra los panches, Sagipa huyó de los españoles moviéndose sigilosamente por la región. Fue arrestado y llevado al campamento 'algo contra su voluntad'. Jiménez de Quesada le exigió el tesoro del zipa Tisquesusa, argumentando que pertenecía al rey por derecho de conquista. Sagipa prometió llenar de oro una casa pequeña en un plazo determinado, pero no cumplió lo acordado.

  4. 1538

    Proceso judicial por usurpación, rebelión y ocultamiento del tesoro

    Leer contexto

    Los capitanes y soldados presentaron acusación formal contra Sagipa ante Jiménez de Quesada bajo tres cargos: usurpación del cacicazgo de Bogotá, rebelión contra los españoles y ocultamiento del tesoro de Tisquesusa. El proceso fue sustanciado judicialmente antes de aplicarle tormento. El cargo de usurpación se fundamentaba en que el cacicazgo debía corresponder al cacique de Chía, sobrino de Tisquesusa.

  5. 1539

    Intento de suicidio, tormento y muerte en prisión

    Leer contexto

    Sagipa, pretextando conducir a los españoles hacia el tesoro, los llevó por sierras y despeñaderos con intención de suicidarse; por ello le ataron del cuello con una cabuya y lo devolvieron a prisión. Fue sometido a tormento para que revelara el paradero del tesoro. Murió en prisión pocos días después; su cuerpo fue reclamado por sus parientes y sujetos para ser sepultado. El tesoro de Tisquesusa no fue recuperado.

Un cacique sin biografía firme

Reconstruir la vida de Sagipa antes de su elevación al zipazgo es imposible con la evidencia disponible. Los cronistas de los siglos XVI y XVII —Juan de Castellanos, Pedro de Aguado, Fray Pedro Simón, Lucas Fernández de Piedrahíta— lo introducen ya como figura política adulta, "indio aguerrido", elegido por los muiscas tras la muerte de Tisquesusa para continuar la guerra contra los españoles. Su nombre mismo oscila entre grafías, y la oscilación no es anécdota: refleja que los conquistadores lo conocieron tarde, en circunstancias violentas, y que lo escribieron desde el oído castellano sin haber tenido tiempo de estabilizar la nomenclatura.

Lo que sí puede afirmarse es su posición estructural. Sagipa era uno de los caciques de la confederación de Bogotá, esa red de señoríos vinculados por parentesco y jerarquía que rodeaba al zipa: Chía, Suba, Tuna, Guatavita, Teusacá, y también los cacicazgos fronterizos donde se acantonaban los guerreros de élite llamados quechas —Cáqueza, Ciénaga, Fosca, Guasca, Pasca, Simijaca, Subachoque, Teusacá, Tibacuy—, reclutados entre los más valientes de los dominios del zipa para defender los límites del Zipazgo frente a los panches del occidente y a otros pueblos hostiles del piedemonte.

Dentro de esa red, Sagipa no ocupaba el lugar que la costumbre parece haber reservado para el heredero. Las crónicas insisten, con firmeza suficiente, en que al zipazgo se accedía desde el cacicazgo de Chía: "primero que goce del primer señorío, ha de ser el de Chía su principio". Tisquesusa mismo había llegado al zipazgo por esa vía —era sobrino del zipa Nemequene y cacique de Chía en el momento de la sucesión—, y el heredero natural al morir era, según los cronistas, un mancebo de Chía de dieciocho o veinte años. Sagipa, sin embargo, fue el elegido para asumir el mando. La discrepancia entre la regla dinástica y la elección efectiva marcaría toda su historia posterior y sería, más tarde, el principal argumento español para deslegitimarlo.

El Zipazgo que Sagipa hereda

Para entender qué recibió Sagipa hay que dibujar, aunque sea a grandes trazos, el orden político que estaba a punto de romperse. El territorio muisca del altiplano se organizaba en torno a dos grandes cabeceras rivales: el Zipazgo de Bacatá, con centro en Funza, y el Zacazgo de Hunza, con centro en Tunja. Cada una encabezaba una constelación de cacicazgos subordinados con distintos grados de sujeción, y los cronistas, particularmente Simón, describieron la estructura como una pirámide de poder equiparable a las jerarquías nobiliarias hispanas: el zipa o el zaque en la cúspide, y por debajo caciques mayores y menores enlazados por parentesco y por obligaciones tributarias y militares.

Esa imagen piramidal es, además, una traducción cronística. Los muiscas tenían jerarquías reconocidas —los uzaques, jefes de tribus que vivían en aldeas cercadas, se distinguían de los capitanes, que habitaban a campo abierto con sus vecinos—, pero la solidez del orden central era menor de lo que sugieren los relatos. La autoridad del zipa sobre los caciques subordinados resultaba, sobre todo, de campañas de expansión reciente; algunos cacicazgos locales eran remanentes aún no consolidados, y la sujeción se sostenía sobre acuerdos frágiles más que sobre una integración plena. No se registran protestas por caciques impuestos desde Tunja, Sogamoso, Duitama o Bogotá, y la guerra entre señores muiscas, presentada por los cronistas como proyecto de expansión territorial, admite una relectura como asunto ceremonial vinculado al reconocimiento mutuo entre caciques y a la competencia por prestigio.

El zipa que Sagipa sucede, Tisquesusa, había muerto en circunstancias que las crónicas envuelven en la lógica trágica reservada para los grandes señores derrotados. Tisquesusa había accedido al cargo tras la muerte de su tío Nemequene, herido de un flechazo en batalla y llevado a morir a Funza atendido por sus jeques. Con la llegada de los españoles, esa misma línea se quebró: Tisquesusa murió durante la conquista del altiplano, y con él se cerró la sucesión ordenada. La elección de Sagipa se hizo bajo urgencia militar, no bajo la lógica ritual del zipazgo. Y esa marca de origen —zipa por necesidad, no por regla— lo acompañó hasta el patíbulo.

La expedición que cambió el tablero

Cuando Sagipa fue elevado, el altiplano ya no era el mismo. La expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada había partido de Santa Marta en abril de 1536, organizada bajo la autoridad del gobernador Pedro Fernández de Lugo. Tras once meses de marcha por el Magdalena y los contrafuertes andinos, los sobrevivientes —unos ciento setenta hombres y treinta caballos, de los cerca de ochocientos que iniciaron el viaje— emergieron a las planicies muiscas hacia marzo de 1537. Traían las ropas rotas, el hambre pegada al cuerpo y una convicción sostenida por la ruta: el oro estaba adelante.

Lo que encontraron confirmó la intuición y superó los cálculos. En el episodio del cacique de Tunja, los españoles obtuvieron cerca de 180.000 pesos de oro fino y bajo en una sola noche. El botín total del altiplano —oro y esmeraldas de los señores muiscas, saqueados de tesoros vivos, tumbas y santuarios— sería considerado posiblemente el segundo más lucrativo del siglo XVI en América, superado solo por la conquista de Pizarro en el Perú. El oro se convirtió en el factor que determinó las rutas de penetración de los conquistadores: saquearon a vivos y muertos, torturaron caciques, profanaron santuarios. La tortura de señores indígenas para obtener oro no fue un episodio aislado sino una práctica recurrente.

Frente a esa ola, la resistencia muisca fue menos consistente de lo que la memoria épica quisiera. Las crónicas registran que los indígenas constituyeron, en general, una ayuda más que un obstáculo para el avance castellano; los episodios de resistencia armada fueron escasos y varios, sin consecuencias para los invasores. No hubo un frente unificado. Y no lo hubo porque el orden muisca no estaba construido para producirlo: la rivalidad entre Zipa y Zaque, aunque menos dramática de lo que los cronistas sugirieron, sí impedía una coordinación política a la escala del choque. Sagipa hereda, pues, no solo un zipazgo golpeado, sino una región donde los cacicazgos ya empezaban a maniobrar cada uno por su cuenta frente al recién llegado.

La alianza con Quesada contra los panches

El episodio más nítido, y también el más desconcertante, del breve gobierno de Sagipa es su alianza militar con Jiménez de Quesada contra los panches. Los panches, pueblo del piedemonte occidental, eran enemigos históricos del zipa. Los cronistas los describen como más indómitos y valientes que los muiscas, con la ventaja adicional de un terreno montañoso y boscoso donde los caballos castellanos perdían utilidad. Contra ellos se habían destacado tradicionalmente los quechas del Zipazgo desde los cacicazgos fronterizos.

Sagipa se ofreció como amigo y acompañante de los españoles en una campaña contra los panches, oferta que Quesada aceptó. Reunieron una fuerza mixta —infantería y caballería castellanas junto a guerreros muiscas— y emprendieron la campaña. Combatieron juntos, mataron a muchos panches y, aunque el terreno favorecía a los defensores, el resultado terminó siendo la sujeción del territorio panche al dominio español. El testimonio de Francisco de San Martín corrobora que Quesada se unió a Sagipa en esa empresa: es una de las anclas documentales más firmes del episodio.

La alianza tiene consecuencias interpretativas decisivas. Rompe, de entrada, con la narrativa según la cual la conquista del altiplano se benefició principalmente de una guerra civil entre el Zipa y el Zaque de Tunja: Sagipa no usó a los españoles contra Hunza, sino contra los panches, es decir, contra el enemigo real y tradicional de Bogotá. Antes que traición dentro del mundo muisca, lo que se ve es un cálculo de política exterior desde la lógica del zipazgo. Sagipa intentó convertir a los recién llegados en aliados coyunturales para resolver un problema que era suyo desde antes: la frontera occidental. Que Quesada aceptara y que la campaña funcionara militarmente indica que, por un momento, el zipa creyó haber encontrado una vía para preservar su posición negociando desde la utilidad militar. Fue el último momento en que la lógica indígena y la castellana parecieron poder coexistir. Duró lo que dura una campaña.

El tesoro que no podía entregar

Terminada la expedición contra los panches, Sagipa huyó de los españoles, moviéndose sigilosamente por la región. La huida es reveladora: sabía que la fase de la alianza había terminado y que lo que venía era otra cosa. Los españoles lo arrestaron y lo llevaron al campamento, "algo contra su voluntad" —fórmula seca de los cronistas para lo que fue, en realidad, una captura.

Allí comenzó el episodio que definió su muerte y su lugar en la memoria: la exigencia del tesoro. Quesada le reclamó el oro del zipa Tisquesusa, argumentando que al haber muerto Tisquesusa como enemigo de los cristianos, sus bienes pertenecían por derecho de conquista al rey y a los conquistadores. Sagipa negó inicialmente conocer el tesoro; luego confesó tenerlo y prometió llenar de oro una casa pequeña en un plazo determinado. Cuando el término venció, no cumplió. El patrón es claro: promesa, demora, incumplimiento.

Aquí está la línea de fractura estructural. Los castellanos operaban bajo un supuesto que en la lógica muisca no tenía traducción posible: que el poder político se materializaba en un tesoro transferible, un fondo aurífero que podía cambiar de manos como cambia de dueño una moneda. En el Zipazgo, el tesoro del zipa no era eso. Era una acumulación de objetos rituales, ofrendas, insignias y bienes vinculados a la autoridad misma del cargo, distribuidos en santuarios, escondrijos y custodias que involucraban a jeques, familiares y caciques subordinados. No podía "entregarse" sin desmantelar la trama misma que sostenía la legitimidad del zipa. Sagipa, además, tenía un problema añadido: su propia legitimidad estaba en cuestión desde el principio, y comprometer el tesoro del zipa anterior era, para él, apostar el poco capital simbólico que le quedaba.

El resultado fue el previsible bajo esos términos. Sagipa dilató, prometió, ocultó. Los capitanes y soldados de la hueste presentaron acusación formal contra él ante Jiménez de Quesada por incumplimiento en la entrega del tesoro perteneciente al fisco real. El proceso se sustanció, en palabras de los cronistas, "muy judicialmente".

El proceso: usurpación, rebelión, ocultamiento

Los cargos contra Sagipa fueron tres. El primero, usurpación del cacicazgo de Bogotá: el cargo correspondía, según la regla dinástica, al mancebo de Chía sobrino de Tisquesusa, y Sagipa habría tomado el poder ilegítimamente. El segundo, rebelión contra los españoles. El tercero, ocultamiento del tesoro de Tisquesusa. Los tres operaban en registros distintos —dinástico indígena, político castellano, patrimonial— pero se articulaban en un mismo movimiento: negar la legitimidad de Sagipa como interlocutor, para poder tratarlo no como zipa capturado sino como delincuente procesable.

El argumento de la usurpación es especialmente instructivo. Los conquistadores lo tomaron de la propia estructura política muisca —o de lo que habían entendido de ella— y lo usaron en su contra. La regla de sucesión desde Chía, invocada por los cronistas, se convertía así en un instrumento del derecho castellano: si Sagipa no era zipa legítimo, no representaba al pueblo muisca, y por tanto podía ser tratado como usurpador individual sujeto a proceso, no como soberano vencido con estatus reconocible. La operación jurídica se apropia la norma indígena para deslegitimar a quien se quiere destruir, y la deja intacta para poder invocarla más adelante contra otros.

A esta arquitectura de cargos se sumó un argumento adicional, deslizado en el proceso: que no eran necesarios con Sagipa los mismos "miramientos" que con un cristiano, dado que era "infiel". La cláusula servía para autorizar el tormento sin las cautelas del derecho castellano ordinario. Pedro Aguado, que recogió testimonios de participantes, registra que los soldados y capitanes no dudaban del derecho a aplicar toda la violencia al cacique para obligarlo a entregar sus tesoros. Pedro Simón, escribiendo casi cien años después, mostraría mayor cautela moral, pero para entonces el episodio ya había pasado a la memoria como caso cerrado.

Tormento y muerte

Encarcelado tras la denuncia de los soldados, Sagipa fue sometido a tormento. Los cronistas no describen con precisión las técnicas, pero el marco es claro: un proceso judicial con acusación formal, sustanciación y aplicación de tortura para obtener la localización del tesoro.

Entre el arresto y la muerte se intercala un episodio revelador. Según Pedro de Aguado, Sagipa, con el pretexto de conducir a los españoles hacia el tesoro, los llevó por sierras y despeñaderos con la intención de suicidarse arrojándose por alguna pendiente. Los captores, al advertir la maniobra, le ataron una cabuya al cuello y lo devolvieron a prisión. El gesto es difícil de leer en clave épica: es más bien la constatación, por parte del zipa, de que no había salida negociada. No podía entregar el tesoro sin destruirse políticamente; no podía negarlo sin destruirse físicamente. El suicidio aparece como la única forma de recuperar autoría sobre el desenlace, y hasta esa forma le fue arrebatada.

Sagipa murió en prisión pocos días después de ser devuelto a ella tras el intento. Las crónicas no precisan la causa directa: la proximidad temporal con el tormento sugiere una relación, aunque ninguna afirma de modo inequívoco que la muerte fuera consecuencia directa de las torturas. El tesoro de Tisquesusa no fue recuperado. Los parientes y sujetos de Sagipa reclamaron su cuerpo para darle sepultura, y la petición fue atendida.

Con esa entrega del cadáver termina el gobierno del último zipa, y con él, para efectos prácticos, el Zipazgo de Bacatá como entidad política autónoma.

Sagipa en la red muisca de su tiempo

Aislado, Sagipa parece un episodio breve. Situado en la red de figuras contemporáneas, cobra otra densidad. Al norte, en el Zacazgo de Hunza, el zaque Aquiminzaque enfrentaba una presión análoga a la suya, y también él terminaría destruido por los conquistadores: apresado en Tunja, procesado por los capitanes castellanos y ejecutado poco después, en una secuencia que replica, con variaciones, el patrón que se había ensayado con Sagipa. En el corredor sagrado del Sugamuxi —donde el "templo del Sol" fue incendiado durante el saqueo castellano— y en los cacicazgos septentrionales de Tundama, la lógica se repitió: negociación, entrega parcial, sospecha de ocultamiento, castigo. La conquista del altiplano no fue una campaña única sino una sucesión de destrucciones cacicales resueltas, cada una, con variaciones de la misma fórmula: promesa de oro, incumplimiento, proceso, tormento. La contemporaneidad de estas caídas —Tisquesusa, Sagipa, Aquiminzaque, Tundama, Sugamuxi, todos liquidados en el mismo puñado de años— es, quizá, el rasgo que mejor define el marco político en que Sagipa se mueve: no un choque entre dos soberanos, sino la desaparición simultánea de una constelación de señoríos que nunca alcanzaron a coordinarse contra el mismo enemigo.

Del lado castellano, Sagipa se cruza con la generación fundacional del Nuevo Reino: con Gonzalo Jiménez de Quesada, letrado y jefe de la expedición, y con su hermano Hernán Pérez de Quesada, que asumiría después responsabilidades militares y de gobierno en el altiplano. En torno a ellos operaba una tropa endurecida por once meses de marcha, urgida de reparto de botín y convencida de que las promesas incumplidas de los caciques eran, más que negociaciones, ofensas al fisco real. Fue esa tropa la que promovió el proceso contra Sagipa: la acusación no partió del general, sino de los capitanes y soldados, y Quesada actuó como juez de una causa que otros habían instruido.

Geográficamente, la red de Sagipa se despliega sobre el altiplano: Bacatá y Funza como centros del poder zipa, Chía como umbral dinástico, Cajicá y Zipaquirá como cabezas de cacicazgos vinculados, Facatativá y Tabio como puntos del piedemonte occidental, Tibacuy y Pasca como puestos fronterizos frente a los panches. Sobre ese mapa se libró la última fase del Zipazgo, y sobre ese mapa, en agosto de 1538, comenzaría a levantarse la ciudad que sustituiría al orden muisca.

Santafé sobre las ruinas del Zipazgo

La fundación de Santafé, fechada tradicionalmente el 6 de agosto de 1538, es la huella arquitectónica más inmediata del proceso que Sagipa no pudo detener. El sitio elegido fue probablemente Teusaquillo, lugar de esparcimiento del zipa, distinto del pueblo mismo de Bogotá donde había residido el poder de Tisquesusa: la ciudad castellana se levantó, así, sobre uno de los espacios simbólicos del zipazgo, no sobre su centro político directo. El nombre lo eligió Jiménez de Quesada por la semejanza del lugar con la villa española de Santa Fe, fundada por los Reyes Católicos cerca de Granada durante las guerras contra los moros; la analogía era exacta desde la perspectiva del conquistador: una capital nueva levantada sobre el terreno donde se acababa de someter a un enemigo infiel. La liquidación política del Zipazgo, iniciada con la muerte de Tisquesusa y consumada con la de Sagipa, se cristalizaba en piedra y en jurisdicción.

La construcción cronística de Sagipa

Sagipa sobrevive más como figura escrita que como personaje reconstruible. Los cronistas de los siglos XVI y XVII no lo trataron con neutralidad: lo inscribieron en un patrón. La usurpación que le atribuyeron no era un rasgo aislado; era la aplicación, a su caso, de un molde que ya habían usado antes. La organización política muisca, en la pluma de los cronistas, aparece como una pirámide de poder apoyada en la capacidad militar cuya cúspide derivaba inevitablemente en tiranía, erosionada por traición, rencillas palaciegas y usurpación. Se remontaban incluso al cacique Goranchacha como origen mítico de esa tiranía usurpadora recurrente. Sagipa cerraba, en esa narrativa, un ciclo que ya venía escrito antes de que él naciera.

La utilidad de ese molde para los conquistadores es evidente. Un zipa usurpador merecía su fin; un tesoro ocultado por un usurpador podía ser reclamado sin escrúpulos; un pueblo cuya cúspide política era tiránica quedaba, en la lógica de la época, disponible para una sujeción que se presentaba como liberación. El proceso contra Sagipa no fue solo un procedimiento judicial: produjo, en el mismo movimiento, la ejecución del zipa y la justificación de su ejecución.

Las guerras expansionistas atribuidas a los grandes caciques muiscas se sostienen mal cuando se busca evidencia de conquistas territoriales efectivas o de protestas por caciques impuestos. Los españoles se apoyaron menos en rivalidades muiscas preexistentes que en su propia capacidad de instrumentalizar las jerarquías cacicales, usando a los caciques como intermediarios de la autoridad colonial. Sagipa, así leído, no fue el último resistente sino el primer cacique que intentó negociar desde esa posición ambigua y fracasó, atrapado entre una legitimidad interna cuestionada y una demanda externa imposible de satisfacer.

Huella y disputa

Lo que Sagipa dejó no es una obra ni una institución sobreviviente: es una figura de discusión. En la memoria oficial de la conquista, quedó como el usurpador que ocultó el tesoro y murió bajo tormento por su propia culpa. En la memoria indígena y en la relectura contemporánea, quedó como el zipa que fue destruido por rehusarse a materializar en oro un poder que en su cultura no era materializable en oro; como el aliado táctico que intentó preservar el Zipazgo desde el cálculo político y fue absorbido por una lógica que no admitía interlocución; como el último eslabón de una dinastía que, con él, se apagó.

Las cifras del tesoro prometido, la duración exacta del zipazgo de Sagipa, el momento preciso de su muerte, la relación causal entre tormento y fallecimiento: sobre todo eso los cronistas discrepan. Escribieron con décadas de distancia y con acceso desigual a los participantes, y ningún relato se erige como voz autoritativa. Aguado, más cercano a los soldados, ofrece el episodio del intento de suicidio y la crudeza procesal; Simón, más tardío, matiza y moraliza; Castellanos versifica; Piedrahíta ordena y sistematiza ya con distancia de siglo largo. La figura de Sagipa que ha llegado es, en buena medida, el resultado de esas discordancias sin resolver.

Quedan, sin embargo, líneas firmes. Sagipa fue el último zipa. Se alió con Quesada contra los panches. Fue arrestado, procesado, torturado y muerto en prisión. Su cuerpo fue devuelto a los suyos. El tesoro que le exigieron nunca apareció. Y con su muerte, el Zipazgo de Bacatá dejó de existir como poder autónomo: los cacicazgos que lo habían compuesto quedaron sometidos, uno a uno, a la maquinaria administrativa que se levantaba en Santafé.

Su figura sigue interpelando porque en ella se concentra, en tiempo compacto, la escena entera del choque: la promesa incumplida, el tormento judicializado, el suicidio impedido, el cuerpo devuelto. Sagipa no fue derrotado en batalla campal ni entregado por traición interna. Fue destruido por una demanda —el oro del zipa muerto— que ninguna lógica muisca podía satisfacer sin destruirse a sí misma. Ahí terminó el Zipazgo.

04

Conexiones del archivo

Red histórica

05

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

20 documentos · 34 fragmentos
01Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · Páginas 119, 125, 128, 1314 citas
[1]

Muequetá. Con dicho vocablo se le trataba lo mismo que a su gente. Las delimitacio- nes, en cambio, diferenciaron sus fronteras étnicas: al suroeste con Tunja, al norte y sur con los sutagaos y al sureste con los panches. A pesar de que Simón pretende orientar al lector desde la geografía de la conquista, confunde la…

p. 125
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por sus ‘príncipes’, fue a la batalla organizado en escuadras que: “tomaron sitios diferentes, aparte cada cual con sus insignias, diversas en colores, de manera que la parcialidad de cada uno podía conocerse por las tiendas y pabellones que tenían puestos”. Portados en andas, los ‘reyes’ animaban sus guerreros, pero…

p. 119
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pe- queño”; pero en vista de que dilataba el acuerdo, fue preso. Sagipa continuaba renuente por lo que: “los capitanes y soldados pusieron acusa- ción al Sagipa ante su general” del incumplimiento de la entrega del tesoro que “pertenecía al fisco real y a ellos” y “substanciándose el proceso muy judicialmente, de…

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los conquistadores hallaron en las proximidades de los cercados fueron señaladas como almacenes para los pertrechos de guerra. Además de los destacamentos militares en los territorios sometidos, otros guerreros se apostaban en las fronteras para defen- der el imperio. Se trataba de parientes del ‘rey’ y se insistía en…

p. 131
02Mercados, poblamiento e integración étnica entre los Muiscas, Siglo XVICarl Henrik Langebaek · 1987 · Páginas 30, 332 citas
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favorita de los cronistas (Aguado /1581/ 1956, I: 259). En nuestra opinión, al menos parte de la explicación a la formación de unidades políticas que trascendían la comunidad independiente debe buscarse en los vínculos de parentesco. Según los datos de archivo, en efecto, es posible identificar que, al interior de sus…

p. 33
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aunque resulta probable que también jugaran un rol político más directo, comparable al de los caciques y capitanes. Según Aguado (Ibid.), los intentos de revuelta que fraguaron los caciques de Bogotá y Tunja contra los españoles "fueron inducidos por los mohanes y jeques". Además, todavía en 1606 el Arzobispo Lobo…

p. 30
03Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Páginas 28, 45, 523 citas
[3]

El ma í z serv í a para hacer arepas y “ chi 30 HISTORIA M Í NIMA DE COLOMBIA cha ”, una bebida fermentada para sus frecuentes fiestas y celebra ciones. Usaban tambi é n el tabaco y la coca. En casi toda la cordillera oriental, sus vecinos de los valles inter medios del r í o Magdalena y de la tierra caliente eran…

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autori dad, les pagaran tributos y les rindieran obediencia. Esta respuesta estaba influida por la estructura y la cultura de las comunidades ind í genas. Donde sobrevivi ó mayor proporci ó n de poblaci ó n fue entre los muiscas y los grupos cercanos a Pasto y Popay á n. Esto se explica en parte porque los espa ñ oles…

p. 52
[34]

tres conquistadores, cada uno de los cuales alegaba que la tierra de los muiscas estaba dentro de su jurisdicci ó n, se pusieron de acuerdo para viajar a Espa ñ a a alegar sus derechos, y dejaron unos 400 hombres y 150 caballos, as í como 300 marranas pre ñ adas, en Bogot á. 48 HISTORIA M Í NIMA DE COLOMBIA Para dar…

p. 45
04Assembling Flowers and Cultivating Homes: Labor and Gender in ColombiaGreta Friedemann-Sánchez · 2006 · Página 571 cita
[4]

of freedom or bondage in different areas of Colombia according to different demands for labor. 12. Mörner, referring to the yanaconas in Peru, states that they not only consti- tuted a permanent resident labor force but in fact they were tied to the estate (1984, 198). 13. Since pre-Columbian times, the region has…

p. 57
05Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · Páginas 52, 762 citas
[5]

en el siglo XVI algunos territorios marginales o casi independientes, cuya sumisión al Zipa o al Zaque no estaba del todo clara. El status de estos territorios en el momento de la Conquista debe evaluarse, en parte por lo me- nos, en términos de un proceso histórico. En primer lugar, los dos "Estados" incipientes eran…

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[10]

el 6 de agosto de 1538, como la fecha de funda- ción es decir, unas semanas después del reparto del botín. En la documentación sólo consta la La conquista del territorio y el poblamiento 83 fundación durante ese mismo año de la ciudad de Vélez, pues el 13 de agosto estuvo en ella Jiménez de Quesada, quien recibió…

p. 76
06Historia de Colombia. La Colombia más Antigua. Tomo 1Gonzalo Hernández de Alba (dir.); Camilo Domínguez O., José L. Lorenzo, Amancio Fernández, Gonzalo Correal y otros · Página 1301 cita
[6]

dentro de una estructura federal». 103 Figura femenina de arcilla hueca procedente del territorio cundiboyacense. La figura, sin duda una dama de alto rango, aparece adomada con collares, dijes y diademas y hasta con cetro o bastón ceremonial. A continuación se tratará acerca de la estructura socio-política, para lo…

p. 130
07La subversión en Colombia. El cambio social en la HistoriaOrlando Fals Borda · 2008 · Página 631 cita
[9]

de turno. De esta etapa del vecindario, los Chibchas estaban pasan- do a otra basada en la conveniencia de un estado central, gracias al predominio que empezaba a ejercer el Zipa o rey de Hunza (hoy Funza), sobre los uzaques o jefes de tribus. Se re- conocían jerarquías entre los uzaques y los capitanes. Los pri -…

p. 63
08Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · Página 2181 cita
[11]

Urabá; lle- ga a la isla de Codego, ubicada en la bahía de Cartagena. Fundación de Santa María de Antigua del Darién a cargo de Martín Fernández de Enciso y Vasco Núñez de Balboa. Nace en Granada Gonzalo Jiménez de Quesada.; 1510 Juan de la Cosa muere en Turbaco a manos de los indígenas. Balboa descrubre el río…

p. 218
09Magdalena. Historias de ColombiaWade Davis · 2021 · Página 631 cita
[12]

la fertilidad de sus tierras, contaba con una fuerza de cuarenta mil hombres. En un principio, los muiscas creyeron que los españoles eran hijos del sol y de la luna, y habían sido enviados por el creador para castigarlos por sus pecados. El vocablo con el que se referían a los invasores era uchies, conjunción de usa,…

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10Invading Colombia: Spanish Accounts of the Gonzalo Jiménez de Quesada Expedition of ConquestJ. Michael Francis · 2007 · Páginas 34, 113, 1423 citas
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witnesses later testified that Jiménez gathered a group of Spanish foot soldiers and horsemen and joined Sagipa on the military campaign to Panche territory. For example, see the testimony of Francisco de San Martín, AGI Escribanía 1006, Cuaderno 3, fols. 67 v– 68 r. EBSCOhost: eBook Collection (EBSCOhost) printed on…

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1 Heredia, Pedro de founder of Cartagena, 39 n. 9 governor of Cartagena, 9 n. 19, 29, 29 n. 17 Hernández, Gonzalo, 46 n. 25, 57 Hernández Gallegos, Diego, 42 n. 17, 49, 52 injured in battle, 57 Hierro Maldonado, Hernando, 96 n. 26 Hispaniola, 3, 32, 39 n. 8 horses, 21, 28, 29 n. 16, 35 n. 1, 72, 84, 88, 96, 97, 105,…

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h E r A n d E A n C o n Q U E S t | 1 to Jiménez in exchange for Spanish military assistance, it was not to launch a campaign against Tunja but rather to fight against Bogotá’s real enemies, the Panches. Until more convincing evidence emerges, the common perception that the conquest of Muisca territory was facilitated…

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11The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · Páginas 37, 41, 44, 474 citas
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their friend, and he would accompany them. Lieutenant Jiménez accepted, and the Christians joined Sagipa. To- gether, they engaged the Panches in battle and killed many of them. They all then returned to where they had camped. Sagipa proceeded to flee from the Christians, moving stealthily about the region. The…

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the Panches was left equally subjugated, in spite of the fact that the Panches are a more indomitable and tougher people than the Moxcas. And not only are they more valiant, but they also are aided by the difficult terrain in which they reside, which consists of densely forested and rough mountains, where it was not…

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as part of an expedition, organized by Pedro Fernández de Lugo, that included at least ten ships and more than a thousand people (including Euro- pean men, some European women, a small number of enslaved African men, and perhaps a few enslaved African women as well). After some initial excursions near Santa Marta…

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dismounted, and placed guards on sentry duty in order to prevent the Indians from attacking again. That night the Christians seized close to 180,000 pesos of fine and low- grade gold, as well as a great number of emeralds. The sun had not been up for three hours when another group of Indians attacked; however, having…

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12Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · Página 1131 cita
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a los que habían venido a caballo y el cuádruple a los capitanes; Quesada recibió 5 partes y se reservaron 10 para Fernández de Lugo. Como ocurría siempre en situaciones similares, a la relativa abundancia de oro correspondía la gran escasez de artículos españoles, y en especial de aquellos más necesarios para las…

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13Colombia: las razones de la guerraJorge Orlando Melo González · 2021 · Página 301 cita
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argumento de que no era necesario tener tantos “miramientos” con Sagipa, como con un cristiano. Lo que es claro es que los participantes no dudaban del derecho a aplicar toda la violencia al cacique para obligarlo a entregar sus tesoros. Esta confianza ya no aparece, por ejemplo, en Pedro Simón, que escribía casi 100…

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14Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · Página 351 cita
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de ahí en ade- lante el oro se volvió su obsesión. Lo raparon de los vivos y de los muertos; extorsionaron las poblaciones, tortura- ron a los caciques, saquearon las tumbas y los santuarios. La búsqueda del oro pronto se convirtió en el factor deci- sivo en determinar las rutas de penetración de las huestes…

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15Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · Páginas 17, 212 citas
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reunieron en el cacicazgo de Bacatá (Bogotá) con la expedición de Jiménez de Quesada proveniente de Santa Marta. 1. Expedición de Jiménez de Quesada El primero de abril de 1536 don Pedro Fernández de Lugo, gobernador de Santa Marta, dio en su “Instrucción y Memoria” para la jornada que iba al “Río Grande”, nombrando…

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noticia de la muerte de Fernández de Lugo, gobernador de la provincia de Santa Marta, hizo que Jiménez de Quesada apresurase su traslado en la mayor brevedad a la Corte Española, y provisto de una mayor cantidad de dinero se despreocupó de la organización de la ciudad de Bogotá con el debido cumplimiento de las…

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16Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · Página 451 cita
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d en sas selvas de esta vertiente de la cordillera O riental. Finalm ente, a principios de m arzo de 1537, once m eses d esp u és de salir de Santa M arta, unos ciento se tenta hom bres y treinta caballos em ergieron a las planicies an d in as h ab itad a s po r los m uiscas. En las planicies m uiscas, los…

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17Historia de la vida cotidiana en ColombiaBeatriz Castro Carvajal (editora) · 2016 · Página 451 cita
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capitanes y soldados, caballos de guerra, arcabuces, ballestas, espadas, lanzas y otras armas. Sin embargo, si se estudian las crónicas y las relaciones sobre la expedición del licenciado Jiménez, se concluye que otra fue la realidad: los indígenas constitu- yeron una ayuda para el progreso de la expedición y no un…

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18Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · Páginas 15, 1092 citas
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y sangrientas guerras entre los grandes c caciques muiscas como parte de proyectos de expansión territorial, Los documentos simplemente no mencionan nada que apoye esas empresas militares que, según los cronistas, existieron. No conozco una sola mención de que después de la conquista alguna comunidad hubiera…

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es decir desde una óptica que los antropólogos llaman “etnocéntrica”. Los muiscas, desde una perspectiva negativa, han sido calificados como una sociedad enferma, mal alimentada, con una pobre esperanza de vida. Y estos son apenas unos ejemplos. Al final, una cosa es clara: ambas posiciones, el idealismo extremo y la…

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19El Dorado: estampas de viaje y cultura de la Colombia suramericanaErnst Röthlisberger · 2017 · Página 2881 cita
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relati- vamente desarrollada. Luego de que los pacíficos habitantes de la Sabana quedaron sometidos, no sin que dejaran de cometerse al- gunas innecesarias crueldades y asesinatos en la persona de sus jefes, dispuso Quesada construir una ciudad en algún punto favorable y adecuado. Eligió para ello el lugar de es-…

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20Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Página 671 cita
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éste. Entre tanto, en cumplimiento de las órdenes recibidas de Quesada, Martín Galeano procedió a efectuar la fundación de Vélez, en 1539. Por su parte, el 6 de agosto de 1539, en el sitio que ocu- para la antigua capital de los zaques, Hunza, Gon- zalo Suárez Rendón fundó la ciudad de Tunja. Mientras los españoles…

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