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Conquista del altiplano muisca y encuentro de las tres huestes (1536–1539)

Entre abril de 1536 y mayo de 1539, tres huestes españolas partidas de Santa Marta, Coro y Quito convergieron sobre el altiplano cundiboyacense sin saber las unas de las otras, sometieron a los muiscas y fundaron el Nuevo Reino de Granada. De esa triple colisión —con una sociedad indígena compleja y fragmentada— nació la matriz política y territorial de lo que sería Colombia.

Alejandro Gutiérrez · 08 de julio de 2026 · 3.521 palabras · 55 fuentes
Conquista del altiplano muisca y encuentro de las tres huestes (1536–1539)
Fecha
6 de abril de 1536 – mayo de 1539
Lugares
Santa MartaRío MagdalenaBarrancabermeja (La Tora)Serranías del OpónSabana de BogotáSantaféTunjaCundinamarcaBoyacáQuitoPopayánNuevo Reino de Granada
Protagonistas
Gonzalo Jiménez de QuesadaPedro Fernández de LugoNikolaus FedermannSebastián de BelalcázarHernán Pérez de QuesadaTisquesusaSagipaQuemuenchatochaGonzalo Suárez RendónJuan de San MartínAntonio de Lebrija
Causas
  • La gobernación de Santa Marta era improductiva y la Corona capitulaba con Pedro Fernández de Lugo la conquista del interior, impulsando la búsqueda del nacimiento del río Magdalena y de poblaciones más ricas.
  • La sospecha fundada de que el Magdalena conducía hacia territorios densamente poblados motivó el giro hacia el oriente desde La Tora y el ascenso por las serranías del Opón.
  • La organización política muisca era descentralizada —dos señores mayores en tensión, cacicazgos semi-independientes— e impidió una respuesta coordinada frente a la irrupción española.
  • La guerra muisca (guazábaras) era ritualizada y no buscaba la subordinación del vencido, lo que la hacía estructuralmente incapaz de contener una campaña de dominio territorial como la española.
  • La convergencia simultánea de tres huestes con jurisdicciones incompatibles (Santa Marta, Coro y Quito) aceleró la necesidad de resolver la posesión del territorio mediante fundaciones urbanas y repartos formales.
Consecuencias
  • Fundación de Santafé (6 de agosto de 1538) y de Tunja y Vélez, que establecieron la red urbana colonial inicial del altiplano y fijaron los ejes del futuro Nuevo Reino de Granada.
  • Reparto del botín el 6 de junio de 1538 —191.274 pesos de oro fino y 37.288 pesos de oro bajo, más esmeraldas— que institucionalizó la extracción de la riqueza acumulada por los muiscas durante siglos.
  • Muerte de Tisquesusa y suplicio judicial de Sagipa, que destruyeron la cúpula política muisca y abrieron el camino al sistema de encomiendas sobre la población del altiplano.
  • El encuentro de las tres huestes planteó desde el origen la fragmentación jurisdiccional del territorio: disputas entre Quesada, Federmann y Belalcázar prefiguraron la pluralidad regional que marcaría la historia colombiana.
  • El altiplano cundiboyacense quedó constituido como núcleo demográfico, político y económico del Nuevo Reino de Granada, condición que conservaría durante toda la época colonial y más allá.
Por qué importa
La conquista del altiplano muisca es el hecho fundacional del Nuevo Reino de Granada: en esos treinta y siete meses se fijaron la geografía política, la lógica extractiva y la fragmentación regional que estructurarían a Colombia durante siglos. La triple convergencia de huestes sin coordinación previa y el choque con una sociedad indígena compleja pero descentralizada no produjeron una conquista limpia sino una colisión de lógicas incompatibles —la guerra ritual muisca frente a la guerra de dominio europea, las jurisdicciones superpuestas de tres gobernaciones— cuyas tensiones no resueltas reaparecen en debates historiográficos y políticos hasta hoy.

Conquista del altiplano muisca y encuentro de las tres huestes

Entre abril de 1536 y mayo de 1539, tres ejércitos españoles partidos de puntos separados por cientos de leguas convergieron, casi al mismo tiempo, sobre el altiplano cundiboyacense. Ninguno sabía de los otros dos cuando emprendió la marcha. Ninguno buscaba a los muiscas. De esa triple llegada —desde Santa Marta, desde Coro y desde Quito— y del choque con la sociedad más densamente organizada del interior neogranadino nació lo que Gonzalo Jiménez de Quesada llamaría Nuevo Reino de Granada. La conquista del altiplano no fue una campaña planeada sino una colisión: entre huestes con jurisdicciones incompatibles, entre una geografía muisca fragmentada en cacicazgos semi-autónomos y una lógica invasora que descubría el país al mismo tiempo que lo repartía. La forma quebrada del territorio que después se llamaría Colombia asoma ya, entera, en esos treinta y siete meses.

El mundo del que brota el hecho

La expedición que remontaría el Magdalena hasta el altiplano nació en Santa Marta, la gobernación más precaria y menos productiva del Caribe hispánico de los años treinta. En 1535 la Corona capituló con Pedro Fernández de Lugo, adelantado de las Canarias, la conquista y poblamiento de esa gobernación arruinada, que hasta entonces había consumido gobernadores sin producir riqueza. Fernández de Lugo llegó con una hueste considerable y con la ambición explícita de descubrir el nacimiento del Río Grande de la Magdalena, del que se sospechaba —correctamente— que llevaba tierra adentro, hacia poblaciones más ricas que las que la costa había ofrecido.

El 1 de abril de 1536, en su Instrucción y Memoria, el gobernador nombró general de la jornada a Gonzalo Jiménez de Quesada, letrado granadino sin experiencia militar comparable a la de otros capitanes disponibles, pero hombre de confianza del adelantado. El plan tenía dos brazos: una columna de tierra que marcharía por la margen del río y una flota de bergantines que la acompañaría por el agua, cargando bastimentos y enfermos, encontrándose periódicamente en puntos convenidos.

Fuera de Santa Marta, la geografía política del interior era, para los españoles, una conjetura. Se sabía que hacia el sur, siguiendo el Magdalena, había poblaciones densas; se ignoraba dónde y de qué tipo. Los muiscas ocupaban entonces los altiplanos de las actuales Cundinamarca y Boyacá con una organización que ninguna hueste había siquiera intuido. En el vértice de una jerarquía piramidal se hallaban dos grandes líderes, el zipa y el zaque, con dominios distintos y rivales. Bajo ellos, cacicazgos como Duitama, Sogamoso y Guatavita conservaban grados variables de autonomía: su sumisión a los dos señores mayores no estaba plenamente establecida y quedaba, más bien, sometida a disputa permanente. El sistema no constituía un Estado consolidado, sino una constelación en tensión.

La sociedad muisca alcanzaba una complejidad considerable. Cultivaban maíz, papa, arracacha y algodón en tierras altas, y obtenían por comercio guayaba, piña y coca. La papa parece haber sido el alimento básico del común, con rendimientos por hectárea superiores al maíz. La economía, no monetaria, funcionaba por trueque e intercambio de excedentes entre cacicazgos, con un fuerte componente simbólico-religioso. Las minas de sal de Zipaquirá daban al zipa una suerte de monopolio sobre un producto que viajaba en redes larguísimas: hasta Neiva por el sur, hasta las cercanías de Barrancabermeja por el norte, y hasta unos ochocientos kilómetros hacia el oriente. Las esmeraldas de Somondoco, en cambio, estaban bajo control del zaque; el zipa las obtenía por comercio, del mismo modo que obtenía el oro, del que sus dominios carecían y que llegaba sobre todo desde el valle del Magdalena. Cada cuatro días se celebraban mercados en los grandes centros, donde circulaban mantas y algodón. La astronomía, la meteorología y el calendario, hijos de la agricultura, estructuraban también las formas religiosas.

Con los vecinos, la relación era mixta. Con panches, muzos y calimas —caribes del occidente— había guerras frecuentes. Con los grupos del valle del Magdalena, comercio de coca y oro. Un mundo cerrado sobre sí mismo pero no aislado; plural pero no fracturado en el sentido que después le atribuiría la leyenda de la guerra civil aprovechada por los conquistadores. En vísperas de 1537 atravesaba un momento particular: Nemequene, zipa de Bacatá, había caído herido de flecha en la batalla del Arroyo de las Vueltas contra el zaque Minchatocha de Tunja, y había ido a morir a Funza atendido por sus jeques. Le sucedió su sobrino Tisquesusa, hasta entonces cacique de Chía, que habría reunido sesenta mil guerreros para vengar a su tío y proseguir la guerra contra los zaques. Fue en ese momento de preparación bélica, con la confrontación interna suspendida antes de resolverse, cuando emergieron los españoles.

La subida por el Magdalena

La expedición salió de Santa Marta el 6 de abril de 1536 con un contingente de setecientos cincuenta hombres. La columna fluvial se rezagó de inmediato. Los bergantines tardaron meses en remontar el Bajo Magdalena: partidos en abril, solo alcanzaron Tamalameque en julio y La Tora —la actual Barrancabermeja— en octubre. Mientras tanto, la columna de tierra avanzaba por márgenes anegadas, con calor tropical, enfermedades y hambre; la resistencia indígena fue escasa. Los expedicionarios encontraron oposición solo en pocos puntos y sin consecuencias graves. Lo que los diezmaba no era la flecha sino la disentería, la fiebre, la fatiga.

En La Tora, en octubre de 1536, Quesada reunió lo que quedaba de sus dos brazos e incorporó a la mayoría de los sobrevivientes de la flota. El destino de los bergantines quedó como una de las zonas grises de la expedición: según algunas versiones, Quesada los despachó de regreso; según otras, fue el capitán Gallego —o Gutiérrez Gallego— quien decidió por su cuenta volver a Santa Marta, sea por falta de noticias, por enfermedades a bordo o por ataques indígenas. La vía fluvial quedó cerrada y el ejército, atado a la tierra.

Fue en La Tora donde la expedición dejó de seguir el río. La vanguardia enviada a explorar hacia el oriente, por el camino del Opón, regresó con noticia de que más adelante, subiendo la cordillera, había población densa. Ese informe reorientó la campaña. Quesada abandonó la ruta del Magdalena y ordenó atacar el ascenso por las serranías del Opón, hacia lo que sería la cordillera Oriental. Emergiendo del monte, ya sobre las planicies andinas, el ejército quedaba reducido a una sombra: entre ciento sesenta y seis y unos ciento setenta hombres, y unos treinta caballos, tras once meses de marcha desde Santa Marta. A comienzos de marzo de 1537 pisaron el altiplano muisca.

Con ese contingente diezmado —menos de una cuarta parte de los que habían salido de la costa— Quesada iba a someter a los muiscas. Que lo lograra tiene explicaciones concretas: el clima templado del altiplano, después del infierno tropical de la ribera; la abundancia de alimentos que los indígenas dejaban al huir; y el hecho de que los muiscas combatían con espadas y lanzas de madera, no con las flechas envenenadas de los caribes. La expedición había perdido a la mayor parte de sus hombres, pero llegaba armada con acero, montada en caballos y sin haber gastado, todavía, un enfrentamiento a fondo.

Guazábaras: la caída de zipas y zaques

Los muiscas llamaron a los recién llegados uchies, palabra que unía usa (sol) y chía (luna): los suponían inicialmente hijos del sol y la luna, enviados por el creador para castigarlos. La designación captaba el desconcierto de la primera hora, pero también un rasgo estructural de la relación indígena con los invasores que ninguna variable táctica basta para explicar.

Militarmente, la desproporción numérica resultaba abismal. Frente a los aproximadamente ciento sesenta hombres de Quesada —ocho veintenas, más algunos reclutas locales—, los ejércitos muiscas combinados llegaban a decenas de miles de guerreros. La ventaja española inmediata residía en el acero y los caballos acorazados, cuya sola presencia generó pánico y sorpresa. Pero esa superioridad no basta para explicar el éxito de largo plazo. Lo que se dirimía sobre el altiplano no era solo una asimetría de armas.

Los muiscas hacían la guerra —guazábaras— con un propósito radicalmente distinto al europeo. No aniquilaban al enemigo: exhibían públicamente el valor. Los caciques más importantes no combatían; observaban desde lejos. Los guerreros avisaban al enemigo antes del ataque con gritos e instrumentos musicales. La guerra no buscaba la subordinación económica del vencido ni la incorporación de su mano de obra al circuito productivo del vencedor: quedaba fuera de la lógica de conquista tal como los europeos la practicaban. Cuando los españoles desbarataban una guazábara —con rapidez que dejaba a los muiscas en fuga—, no había marco cultural para procesar lo que acababa de ocurrir. La guerra ritual chocó con la guerra de dominio.

Los cacicazgos, además, no lograron articular una respuesta unificada. Duitama y Sogamoso mantenían ligas o confederaciones militares, aunque nada indica que esas ligas se hubieran formado como reacción específica a la irrupción española. La rivalidad entre el zipa y el zaque no funcionaba, como después se dijo, a la manera de una guerra civil aprovechable. Cuando Tisquesusa contempló la posibilidad de aliarse con Quesada, no fue para atacar a Tunja: buscaba combatir a los panches, enemigos tradicionales de Bogotá. La idea de que la conquista prosperó porque los muiscas se estaban destrozando entre sí es una simplificación. Lo que sí ocurrió fue que la pluralidad política —cacicazgos semi-independientes, dos señores mayores en tensión sin resolución, ligas locales de alcance limitado— impidió una respuesta coordinada. No hubo guerra civil: hubo arquitectura descentralizada sorprendida en un mal momento.

Tisquesusa, que se preparaba para vengar a Nemequene, murió en el enfrentamiento con los españoles. Le siguió Sagipa —también llamado Sajipa o Saxajipa—, elegido para continuar la resistencia. En Tunja, el zaque Quemuenchatocha cayó bajo el saqueo. Los grandes cacicazgos, uno tras otro, fueron reducidos por ese ejército mínimo. La resistencia se articuló en guazábaras que los españoles desbarataban con presteza, sin que en ningún momento se produjera la batalla decisiva que la tradición épica prefiere.

El botín y el proceso a Sagipa

El altiplano no era El Dorado, pero tenía oro y esmeraldas suficientes para que la hueste, tras dos años en el país, exigiera cuentas. El reparto formal del botín se hizo el 6 de junio de 1538. Las cifras totales alcanzaron los 191.274 pesos de oro fino y 37.288 pesos de oro bajo, más un lote de esmeraldas. Del despojo del zaque Quemuenchatocha en Tunja se extrajeron 136.500 pesos de oro fino, 14.000 de oro bajo y 280 esmeraldas: por sí sola, la caja del zaque suministraba una fracción decisiva del botín.

Tras descontar el quinto real y los gastos comunes —compensaciones por caballos muertos, medicinas, herramientas, méritos particulares—, el residuo se dividió en partes. El gobernador Pedro Fernández de Lugo, ausente y en la costa, recibió diez partes; Jiménez de Quesada, cinco. Los soldados —unos ciento setenta y tres, con variantes según la fuente— se repartieron el resto. La paradoja del altiplano se hizo entonces visible: había tanto oro y tan pocos artículos españoles —caballos, armas, herraduras— que los precios de estos últimos se dispararon a niveles absurdos. Se llegó a decir que salía más a cuenta usar oro bajo que hierro para herrar los caballos. Riqueza sin mercado, escasez sin sustituto.

Antes del reparto se había producido el episodio judicial que resume la lógica de la primera hora colonial. Sagipa, elevado al cacicazgo tras la muerte de Tisquesusa, fue llevado al campamento español —no del todo voluntariamente, según algunas versiones— y sometido a un proceso formal. Quesada lo acusó de tres cargos: usurpar el cacicazgo de Bogotá, que debía corresponder al sobrino de Tisquesusa, cacique de Chía; rebelarse contra los españoles; y ocultar el tesoro del zipa. Sagipa prometió entregar el oro si se le concedía plazo, pero no cumplió. El proceso incluyó argumentos jurídicos para justificar el uso de la violencia sobre su persona: por ser infiel, se sostuvo, no le correspondían los mismos miramientos que a un cristiano. Fue torturado para forzarlo a revelar el tesoro. Murió a consecuencia de los tormentos, y el tesoro nunca apareció. La escena es inequívoca en su significado: la Corona había producido, sobre el altiplano recién sometido, una legalidad que autorizaba el suplicio judicial del vencido como técnica de extracción.

El saqueo no se limitó a los caciques vivos. Se extorsionaron poblaciones, se abrieron tumbas, se robaron santuarios. La totalidad del oro y las esmeraldas de los muiscas —producto de siglos de intercambio con el valle del Magdalena y con las tierras del sur— cambió de manos en el curso de dos años.

Santafé, Tunja, Vélez: la ciudad como instrumento

El 6 de agosto de 1538, según la tradición histórica, Quesada fundó Santafé. El sitio elegido fue —probablemente— Teusaquillo, lugar de esparcimiento del zipa muisca en la sabana. El ritual fue el de la posesión: Quesada y sus hombres descendieron de los caballos, él arrancó algunas hierbas, se dijo la primera misa y se levantaron doce cabañas de paja alrededor de una iglesia también de paja, número que la interpretación tradicional lee como referencia a los doce apóstoles. La nueva ciudad se llamó Santa Fe por su semejanza con la villa homónima fundada por los Reyes Católicos cerca de Granada durante las guerras contra los moros; y al conjunto del territorio Quesada lo bautizó Nuevo Reino de Granada, tomando el nombre de su lugar de origen.

Bogotá parece haber tenido dos actos fundacionales: el ritual del 6 de agosto de 1538 y una fundación más oficial en 1539. Pocos días después de la primera, el 13 de agosto, Quesada estuvo en Vélez y recibió, junto con Juan de San Martín, un poder del cabildo para representar a esa villa ante la Corona, señal inequívoca de que existía allí una fundación en regla, aunque otra referencia sitúa la fundación formal de Vélez en 1539 a manos de Martín Galeano. El 6 de agosto de 1539, Gonzalo Suárez Rendón fundó Tunja sobre el sitio de Hunza, antigua capital de los zaques.

La fundación de ciudades no era un adorno de la conquista: era su instrumento jurídico central. Los criterios exigidos —lugar protegido, tierra fértil, agua, cercanía a fuentes de trabajo indígena, lotes rectangulares, plaza bien delineada— no eran meros manuales técnicos, sino la forma en que la civilización urbana mediterránea se transplantaba al Nuevo Mundo. El cabildo aseguraba la conquista del mismo modo en que había sostenido la reconquista peninsular: concentraba fuerza suficiente para subordinar el entorno indígena, distribuía encomiendas, administraba justicia, garantizaba continuidad. Al fundar Santafé, Tunja y Vélez —y poco después Tocaima, Pamplona, Mariquita e Ibagué—, Quesada y sus tenientes no estaban celebrando su victoria: la estaban inscribiendo en un régimen de derecho que la haría reversible solo mediante otro acto de derecho.

La triple llegada

Mientras Quesada fundaba, se acercaban por el occidente y por el oriente otras dos huestes cuya aparición nadie en Santafé podía prever. Sebastián de Belalcázar, desde Quito, subía por el sur remontando el valle del Magdalena. Nikolaus Federmann —Nicolás Federmán en la castellanización— avanzaba desde Coro, en la Venezuela concedida a los banqueros alemanes Welser por Carlos V, cruzando los Llanos Orientales y remontando la cordillera. Ninguno de los dos buscaba a Quesada, cuya expedición era, hasta ese momento, un rumor lejano. Cada uno perseguía su propio norte, y cada uno se sentía con derecho de conquista sobre el territorio que hallara.

Federmann había partido de Venezuela con ciento treinta caballos. La travesía por los Llanos y el ascenso a la cordillera lo dejaron mutilado: perdió setenta europeos, cuarenta caballos e innumerables cargueros indígenas antes de llegar al altiplano. Siguió inicialmente los pasos de Georg von Speyer —Espira— y luego desvió su ruta hacia la cordillera, llegando a Pasca en marzo de 1539, cuando el territorio ya estaba ocupado por la hueste de Quesada. Su irrupción se produjo aproximadamente un mes antes de que Quesada emprendiera el viaje a España: los ciento treinta caballos iniciales se habían reducido a un contingente extenuado que apareció por el sur del altiplano como un espectro.

Belalcázar había hecho contacto en la región de Timaná y Neiva con soldados de la expedición de Quesada hacia enero o febrero de 1539, antes de completar su ascenso. Venía de Quito con hombres experimentados y con la certeza de que el norte de su gobernación podía extenderse indefinidamente. Al llegar al altiplano se encontró con que los alemanes estaban allí, y con que un tercer conquistador, salido de Santa Marta hacía tres años, había fundado ya una ciudad.

La simultaneidad fue lo extraordinario. Tres huestes, procedentes de tres puntos separados por miles de kilómetros y por tres jurisdicciones distintas —Santa Marta al norte, Venezuela al oriente, Quito al sur—, coincidieron en el altiplano en pocas semanas, sin coordinación previa, sin conocimiento recíproco hasta el último momento. El encuentro pudo terminar en batalla campal entre europeos, pero no ocurrió. Los tres capitanes reclamaron cada uno sus derechos, alegando que el territorio quedaba dentro de su jurisdicción respectiva, y acordaron —en lugar de dirimirlo por las armas— viajar juntos a España para que la Corona lo resolviera. Fue una decisión que ahorró sangre europea y que trasladó a la Península la disputa por el reino recién nacido.

Los tres ejércitos llegaron al mismo lugar y al mismo tiempo por caminos independientes, y el Nuevo Reino nació de esa coincidencia irrepetible.

La partida y las primeras encomiendas

Antes de embarcarse hacia España, los tres caudillos dejaron en Bogotá aproximadamente cuatrocientos hombres, ciento cincuenta caballos y trescientas marranas preñadas. La cifra de las marranas es más elocuente que las otras dos: marcaba el comienzo de la ganadería europea sobre el altiplano, la infraestructura biológica de la colonización.

Quesada dejó como su lugarteniente a su hermano Hernán Pérez de Quesada, con el cargo de teniente y capitán general. Ordenó construir nuevos bergantines junto al Río Grande para hallar una ruta fluvial de salida que evitara volver a cruzar las montañas del Opón. La muerte de Pedro Fernández de Lugo había alterado el mapa institucional: sin su patrono en la costa, Quesada necesitaba llegar a la Corte cuanto antes para asegurar la conquista frente a los otros dos reclamantes y frente a lo que la Corona pudiera decidir por su cuenta.

Los tres viajaron juntos hacia la costa y de ahí a España. Fue un viaje sin precedentes: tres capitanes rivales, con jurisdicciones incompatibles sobre un mismo territorio, embarcados en la misma nave para pleitear ante el mismo tribunal. La conquista del altiplano quedaba jurídicamente abierta.

En su ausencia, Hernán Pérez de Quesada tomó decisiones que profundizarían el conflicto. Para dar indios a los muchos soldados que reclamaban recompensa, se fundaron pronto Tunja y Vélez, y poco después Tocaima, Pamplona, Mariquita e Ibagué. Cada nueva ciudad implicaba también una nueva distribución de encomiendas. Pero Hernán Pérez adjudicó encomiendas a soldados de las huestes de Federmán y de Belalcázar, en detrimento de los antiguos conquistadores que habían subido con su hermano desde Santa Marta. Se abría así la primera de las guerras internas del Nuevo Reino, en forma administrativa: los que habían llegado primero contra los que habían llegado después, todos ellos contra los muiscas cuyo trabajo sostenía el edificio.

La llegada de Jerónimo Lebrón como juez de residencia enviado por la Real Audiencia de Santo Domingo, tras conocerse la muerte de Fernández de Lugo, cerró el ciclo con una nota más de disputa: una parte de la población lo aceptó, otra lo rechazó, y Hernán Pérez de Quesada terminó obligándolo a regresar a Santa Marta. El Nuevo Reino apenas nacido ya generaba, por su cuenta, los conflictos jurisdiccionales que lo definirían.

Balance de un trienio

En apenas treinta y siete meses se produjo la reducción militar de la sociedad indígena más organizada del interior, la fundación de las primeras ciudades españolas, el reparto formal del botín, el proceso judicial y tortura del último zipa que resistió, y el encuentro simultáneo de tres huestes cuyas jurisdicciones incompatibles quedaron sin resolver sobre el terreno.

Nada de eso estaba previsto. Madrid no orquestó la confluencia: la sufrió. Los ciento setenta hombres de Quesada no habrían sometido a decenas de miles de guerreros muiscas si estos hubieran hecho la guerra a la manera europea, buscando aniquilar al invasor; y la alianza que Tisquesusa ofreció apuntaba contra los panches, no contra Tunja. El altiplano cayó por una combinación de acero, caballo, fragmentación política preexistente y una asimetría cultural sobre el sentido mismo de la guerra.

Lo que quedó como herencia fue la colisión entre dos pluralidades. Una pluralidad indígena preexistente y una pluralidad invasora que se producía sobre la marcha: la hueste de Federmán operaba bajo capitulación con los Welser alemanes, la de Belalcázar bajo la gobernación de Quito, la de Quesada bajo la de Santa Marta. Que las tres coincidieran en el mismo altiplano, en el mismo momento, y que resolvieran su disputa viajando juntas a España, no simplificó el mapa: lo complicó desde el nacimiento. El Nuevo Reino de Granada empezó con tres reclamantes y con siete ciudades. Nunca dejó del todo de tener múltiples centros, múltiples jurisdicciones, múltiples lealtades. Un país descubierto y dividido al mismo tiempo, en el mismo trienio.