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Hecho histórico · Conquista · 1499–1599

Suicidios colectivos por despeñamiento en Tausa, Simijaca y entre los tunebos

Entre 1537 y 1580, grupos enteros de indígenas chibchas y tunebos se arrojaron desde precipicios del altiplano cundiboyacense y la Sierra Nevada del Cocuy antes que someterse al régimen encomendero español. Documentados por fray Pedro de Aguado, fray Pedro Simón y Manuel Ancízar, estos despeñamientos constituyen una forma extrema de resistencia no armada que combina agencia política, colapso psicosocial y catástrofe demográfica.

Suicidios colectivos por despeñamiento en Tausa, Simijaca y entre los tunebos
1537–1580
01

Ficha del acontecimiento

Síntesis

Cuándo
1537–1580
Dónde
Cundinamarca, Boyacá, Tunja, Nueva Granada, Tausa, Simijaca, Sierra Nevada del Cocuy, Santafé de Bogotá
Protagonistas
Pedro de Aguado, Manuel Ancízar, Gonzalo Jiménez de Quesada, Hernán Pérez de Quesada, Comunidades muiscas (chibchas), Pueblo U'wa (tunebo), Fray Pedro Simón, Caciques uzaques de Tundama y Sugamuxi, Cabildo de Bogotá, Encomenderos del Nuevo Reino de Granada
02

Lectura causal

Causas, hecho y consecuencias

Causas

  1. Implantación del sistema de encomienda sobre clanes y tribus enteras, con el cacique como representante obligado a entregar tributo colectivo, convirtiendo cualquier exigencia del encomendero en presión sobre toda la comunidad
  2. Agotamiento de la resistencia armada chibcha tras el último levantamiento de entidad promovido por los uzaques de Tundama y Sugamuxi hacia 1540, sin que quedara horizonte político viable para los vencidos
  3. Movilización forzada de mano de obra indígena hacia las minas de oro mediante la mita, que alejó a los trabajadores de la producción de alimentos y desarticuló la vida comunitaria
  4. Epidemias de viruelas y enfermedades venéreas que diezmaron catastróficamente a las poblaciones chibchas, produciendo un estado de anomia en que el suicidio colectivo se volvió pensable
  5. Incumplimiento deliberado de las Leyes Nuevas de 1546 por parte del Cabildo de Bogotá y los encomenderos, que bloquearon sistemáticamente a los jueces protectores de indios y mantuvieron la explotación sin freno legal efectivo
  6. Ausencia en la memoria política chibcha de un modelo previo de sujeción sistemática como fuerza de trabajo forzada al servicio de un señor foráneo, lo que hizo la nueva condición especialmente insoportable y sin lenguaje para ser nombrada
1537–1580Suicidios colectivos por despeñamiento en Tausa, Simijaca y entre los tunebos

Consecuencias

  1. Reducción demográfica catastrófica en el altiplano cundiboyacense: Duitama cayó de 2.354 a 790 y luego a 317 habitantes; Gámeza de 2.228 a 872 y a 693; Paipa de 1.443 a 847 y a 688; Cocuy de 669 a 428 y a 216, con tasas de decrecimiento de entre -1,26 y -3,18 en el primer período
  2. Tránsito de las formas activas de resistencia —suicidio, huida, levantamiento— hacia la pasividad y resignación como única salida disponible para los sobrevivientes chibchas, consolidando el colapso psicosocial de las comunidades
  3. Preservación de la memoria del despeñamiento como núcleo identitario en la cultura u'wa, que siglos después reaparecería como disposición colectiva a preferir la extinción antes que la enajenación del territorio sagrado
  4. Registro cronístico diferenciado del hecho por Aguado, Simón y Castellanos, que introdujo en la historiografía colonial una dimensión de resistencia no armada distinta de la sublevación militar
  5. Rescate decimonónico del episodio por Manuel Ancízar en la Peregrinación de Alpha, que fijó en la memoria pública los sitios de Tausa, Simijaca y el Cocuy como lugares de agencia trágica indígena
03

La clave interpretativa

Por qué importa

Estos despeñamientos demuestran que el colapso demográfico indígena no fue solo un efecto pasivo de epidemias y violencia directa, sino también el resultado de una elección política extrema adoptada por comunidades que agotaron todas las demás salidas. Al documentar la agencia trágica de los vencidos —su capacidad de decidir el propio fin antes que aceptar la servidumbre—, estos hechos obligan a complejizar la explicación del derrumbe demográfico y a reconocer en él una dimensión de violencia política que la historiografía ha tendido a subsumir bajo categorías epidemiológicas o económicas. La persistencia de la memoria u'wa del despeñamiento como identidad colectiva añade una continuidad histórica que conecta el siglo XVI con las resistencias indígenas contemporáneas.
04

Desarrollo histórico

La historia completa

Suicidios colectivos por despeñamiento en Tausa, Simijaca y entre los tunebos (1537–1580)

Entre 1537 y 1580, en las cornisas del altiplano cundiboyacense y en los farallones de la Sierra Nevada del Cocuy, grupos enteros de indígenas chibchas y tunebos se arrojaron al vacío antes que someterse al régimen que los españoles empezaban a montar sobre sus territorios. No fueron hechos aislados ni gestos individuales de desesperación: fueron actos deliberados, con carga política y cosmológica, que los cronistas del siglo XVI y comienzos del XVII registraron con distinta incomodidad y que la memoria decimonónica —Manuel Ancízar en su Peregrinación de Alpha a la cabeza— rescató del olvido cuando ya el paisaje mismo se había vuelto testimonio. Estos despeñamientos forman un capítulo particular dentro del repertorio más amplio de resistencia no armada chibcha —huida a los montes, retraimiento anímico, suicidio colectivo— documentado por fray Pedro de Aguado, y pertenecen al momento en que la conquista del Nuevo Reino de Granada agotaba las formas activas de defensa y comenzaba a producir su primer gran hueco demográfico. Hay en ellos dos planos que conviene no desunir: la agencia trágica de quienes eligieron el precipicio, y el sistema encomendero-epidémico que hizo del precipicio una salida pensable.

El mundo que se desmoronaba

Cuando la hueste de Gonzalo Jiménez de Quesada penetró en 1537 en el territorio muisca, encontró una sociedad organizada en torno a dos centros de poder incipientes —el Zipa en el sur y el Zaque en el norte, con capital en Hunza— y un número no plenamente resuelto de soberanos independientes cuya autoridad todavía no había sido absorbida por esa estructura federal. Los caciques de Duitama, Sogamoso, Sáchica, Tinjacá y Guachetá figuran entre esos señores, sin que las crónicas jerarquicen con precisión su rango. Por debajo se distinguían al menos dos niveles intermedios: los uzaques, jefes de tribu que habitaban aldeas cercadas, y los capitanes, que vivían a campo abierto con sus comunidades. Los sitios fronterizos los guardaban los guechas, guerreros especializados. La estratificación era real pero flexible: había familias directoras con tendencia a formar casta, herencia de cargos aún negociable, coexistencia de exogamia y endogamia.

Esa arquitectura política contenía una tensión que resultaría decisiva. Los señores de los principales centros ceremoniales no eran caciques tributarios comunes sino sacerdotes de alto rango que, por su carácter religioso, no se plegaban del todo al poder civil o militar de los grandes señores. La guerra entre comunidades muiscas, además, no perseguía servidumbre ni explotación de mano de obra ajena: era una violencia ritualizada, ligada al reconocimiento y la competencia entre caciques, no un proyecto de dominación económica. Los muiscas conocían el tributo y el servicio a un cacique importante, pero no la conversión de un pueblo entero en fuerza de trabajo forzada al servicio de un señor foráneo. Esa ausencia de experiencia previa en la sujeción sistemática hizo la implantación de la encomienda especialmente devastadora: no había en la memoria política chibcha un modelo del cual esperar la nueva vida, ni un lenguaje con el que nombrarla, ni un antecedente ritual sobre el cual proyectarla.

Al oriente, encaramados en los pisos altos de la Sierra Nevada del Cocuy y del Chicamocha, los tunebos —los u'wa de hoy— hablaban, según las noticias que recogería Cassani, un dialecto emparentado con el chibcha, comprensible en algún grado para los hablantes del altiplano. Su territorio, más quebrado, más frío, más difícil de recorrer, ofrecía a la conquista un obstáculo geográfico que retrasaba pero no cancelaba la penetración. La sierra actuaba como muralla y como espera: aplazaba el choque sin conjurarlo.

Ese era el mundo que empezó a desmoronarse en la segunda mitad de la década de 1530. Santafé de Bogotá fue fundada el 6 de agosto de 1538 con la primera misa y doce chozas en el paraje que los indígenas llamaban Teusaquillo, y ese acto tuvo un segundo momento fundacional al año siguiente. Tunja fue erigida el 6 de agosto de 1539 por Gonzalo Suárez Rendón sobre el sitio de Hunza, capital de los zaques —un gesto de sustitución simbólica que la propia elección del emplazamiento subrayaba—. Ese mismo año, Martín Galeano fundó Vélez por orden de Quesada. Entre las razones explícitas para levantar Tunja y Vélez estaba la necesidad de repartir indios entre los soldados: fundar era, en la lógica de la hueste, un acto administrativo destinado a fijar el reparto del trabajo indígena tanto como un acto de soberanía. Santafé se convirtió, en dos décadas, en el centro desde el cual quedó sujeta casi toda la cordillera oriental y buena parte del valle del Magdalena.

Las respuestas del vencido

La resistencia armada chibcha se agotó pronto. Los cronistas ubican el último levantamiento de entidad en la iniciativa de los uzaques de Tundama y Sugamuxi, probablemente hacia 1540 en la parte norte de la región. Después de ese clímax, la subversión no se apagó de golpe sino que cambió de forma. Aguado, en su Recopilación historial, enumera con nitidez lo que vino: unos huyeron a los montes, otros ejecutaron suicidios colectivos, otros se replegaron en el retraimiento anímico —un alejamiento social calculado frente a los españoles, negativa a hablar, a trabajar, a participar del nuevo orden más allá de lo estrictamente exigido—. Quienes sobrevivieron a las pestes, a las mitas y a las guerras y permanecieron en sus sitios solo pudieron refugiarse, según el mismo cronista, en la pasividad y la resignación.

Aguado es la fuente clave para el registro de estas modalidades no armadas de resistencia. Escribió cuando los hechos estaban aún relativamente cerca y no escondió la violencia con que fueron reprimidas las rebeliones —"con poder de sangre vertida"—, ni la insuficiencia de esa violencia para producir sumisión duradera. Fray Pedro Simón, que escribió casi cien años después, ya no comparte esa confianza en la legitimidad del método. Frente al episodio del cacique Sagipa —sometido a tormento por Hernán Pérez de Quesada para arrancarle los tesoros ocultos—, Simón deja ver una reserva, una incomodidad moral, que Aguado no exhibe. La diferencia importa: la visibilidad del suicidio colectivo en las crónicas depende de qué autor lo registró y con qué actitud. Sin Aguado, y sin el aire tardío que respiraron Simón y Juan de Castellanos en sus Elegías de varones ilustres de Indias (1586), muchos de estos episodios habrían quedado bajo la categoría genérica de "estrago" o "mortandad".

En el siglo XIX, cuando Manuel Ancízar recorrió el altiplano documentando la Peregrinación de Alpha, el paisaje mismo devolvió a la palabra pública lo que las crónicas habían guardado en los pliegues. Los peñones tenían nombre, los abismos tenían historia local, los pastores sabían señalar el sitio. Ancízar recogió la tradición sin la coartada apologética de los cronistas del XVI y sin el escepticismo desdeñoso de la erudición posterior: la conservó, y con ella conservó la memoria de que allí, en Tausa, en Simijaca, en los cortados del Cocuy, hubo gente que decidió terminar antes que continuar.

Los despeñamientos: reconstrucción del hecho

El repertorio del suicidio colectivo indígena tenía en la América hispana varios formatos. En Cuba, durante la primera fase de la conquista antillana, se registraron suicidios de sociedades enteras. Entre los pueblos de la Nueva Granada, la geografía impuso la modalidad: en el altiplano, cortado por farallones y por los bordes abruptos de la sabana, el precipicio era la técnica disponible. La forma del terreno se convirtió en instrumento, y el mismo relieve que había hecho posible la vida agrícola en pisos altos ofrecía ahora una salida vertical.

Tausa. En el borde occidental de la sabana de Bogotá, donde el altiplano cae hacia el valle de Ubaté, el peñón de Tausa se levanta como un mirador natural sobre las tierras bajas. La tradición registrada por Ancízar y sostenida por la toponimia local identifica ese lugar como escenario de un despeñamiento colectivo durante la fase de sujeción del altiplano, en los años inmediatamente posteriores a la fundación de Santafé y Tunja. La lógica del episodio se ajusta al patrón que Aguado describe para el conjunto chibcha: agotada la resistencia armada, sometido el cacicazgo al esquema tributario, la comunidad —o una parte suficiente de ella para arrastrar a los demás— resolvió el sometimiento con el vacío. Que el sitio conservara el nombre y la memoria hasta bien entrado el XIX, cuando Ancízar lo consignó, indica que el hecho fue lo bastante grave para grabarse en el paisaje.

Simijaca. Más al norte, ya en el actual departamento de Cundinamarca, en la depresión entre el altiplano y las estribaciones que llevan hacia Chiquinquirá, Simijaca aparece en la misma tradición como escenario de otro despeñamiento. El contexto es el mismo: reparto de encomiendas después de las fundaciones de Vélez y Tunja, presión tributaria sobre el cacique como representante obligado del pueblo, ausencia de horizonte para la comunidad que empezaba a verse desangrada por la extracción y por las primeras oleadas epidémicas. La proximidad geográfica con Tausa refuerza la sospecha de una difusión local del acto: comunidades vecinas que compartían la misma coyuntura de despojo debieron conocer, por la sola circulación de noticias entre parientes y aliados, la existencia de una salida ya ejecutada por otros.

El Cocuy y el territorio tunebo. El caso u'wa tiene rasgos propios. La Sierra Nevada del Cocuy no fue sometida al ritmo del altiplano: el terreno defendía a sus habitantes y la penetración española fue más tardía y más intermitente. Precisamente por eso, el episodio de despeñamiento entre los tunebos se prolonga más allá de las primeras dos décadas de conquista y bordea los años setenta y ochenta del siglo XVI, cuando ya el altiplano central estaba plenamente encomendado. Los u'wa, en los farallones de su sierra, dispusieron literalmente del abismo: el mismo terreno que los había protegido de la conquista armada les ofreció, cuando la protección falló, la forma de negarse al vencedor. Ese episodio se inscribió tan hondo en la cultura u'wa que la memoria del despeñamiento se conservó como núcleo identitario, y siglos después reaparecería en la disposición del pueblo a preferir la extinción colectiva antes que la enajenación de su territorio sagrado.

Ninguna cifra confiable de muertos por episodio ha sobrevivido. Los guarismos que circulan en la tradición son estimaciones tardías, y los mismos números de la hueste de Quesada resultaron imprecisos ya para los contemporáneos, con Simón y la relación atribuida a Díaz Cardoso ofreciendo cifras que no coinciden. Los hechos ocurrieron en el marco cronológico 1537–1580, con concentración en la década de 1540 —bajo las entradas de Hernán Pérez de Quesada tras la marcha de su hermano Gonzalo a España— y prolongación tardía en el mundo tunebo. Se produjeron en un régimen específico que los hacía inteligibles y, para quienes los ejecutaron, necesarios.

Las causas de fondo

Reducir estos despeñamientos a un rasgo de "carácter" indígena o a una reacción emocional ante la derrota militar sería doblemente falso: desconoce la organización política que dio sentido al acto e ignora el sistema material que lo hizo pensable.

La causa estructural mayor fue la encomienda tal como se practicó en el Nuevo Reino de Granada. A diferencia de otros esquemas americanos, la encomienda neogranadina no recayó sobre individuos sino sobre clanes o tribus enteras, con el cacique como representante obligado a entregar el tributo a nombre del grupo. El cacique quedó convertido en el punto donde la comunidad entera sentía la presión del vencedor: cualquier exigencia del encomendero descendía por él sobre todos, y cualquier defecto en el pago se resolvía sobre su persona.

Las Leyes Nuevas de 1546 limitaban la explotación encomendera para evitar la desaparición de los indios. El Cabildo de Bogotá respondió con la fórmula clásica de la resistencia local: "se obedece, pero no se cumple". Obedeció formalmente y decidió expresamente no aplicarlas. Los encomenderos se defendieron con eficacia de cualquier funcionario que intentara ir en serio. En 1550-1551 un juez protector de indios fue echado. En 1580, otro se enfrentó a una combinación de intereses locales dispuestos a causarle serios problemas. Los funcionarios más prudentes cedieron; los más concienzudos se quemaron. La protección real de la Corona sobre sus nuevos vasallos se quedó en el papel de las cédulas.

A esa presión política se sumó la movilización forzada de mano de obra hacia las minas de oro, que alejaba a los trabajadores de la producción de alimentos y de la vida comunitaria, con un precio demográfico terrible: la mita minera no solo mataba a los que iban, sino que mermaba a los que quedaban, condenados a un ciclo agrícola cada vez más precario. Y sobre todo se sumó la epidemia. Las viruelas y las dolencias venéreas fueron aniquilantes para los chibchas. La ocupación europea del suelo americano produjo una catástrofe demográfica sin antecedentes en la historia humana.

Los datos del altiplano cundiboyacense permiten fijar la magnitud. Paipa pasó de 1.443 habitantes en el primer recuento a 847 en el segundo, y de allí a 688 en el tercero. Duitama, más golpeada, cayó de 2.354 a 790 y luego a 317. Gámeza recorrió una curva análoga: de 2.228 a 872 y de allí a 693. En Cocuy, la serie va de 669 a 428 y luego a 216. Las tasas de decrecimiento son sustancialmente más elevadas en el primer período —de -1,42 a -3,18 según la aldea— que en el segundo, más contenido pero todavía destructivo. La ocupación produjo un choque inicial catastrófico que después se estabilizó sin dejar de morder. Duitama perdió dos tercios de su gente entre el primer recuento y el segundo, y otra mitad de lo que restaba antes del tercero; Paipa, la menos golpeada, todavía cayó a menos de la mitad. Ninguna aldea del altiplano quedó fuera del socavón.

Los despeñamientos colectivos son actos concentrados en el tiempo, casi todos ejecutados precisamente durante ese primer período de decrecimiento acelerado; pero su contribución numérica al hueco poblacional no se desagrega con rigor del efecto de las epidemias y del trabajo forzado, que operaban con independencia de ellos y afectaban también a comunidades que no eligieron el precipicio. La agencia trágica del suicidio colectivo es histórica y demográficamente real; su peso específico en la catástrofe general es probablemente menor que el de los factores estructurales.

Sobre este fondo material se montó una causa de otro orden. La destrucción del orden comunitario chibcha —la trama de reciprocidad, ceremonia, autoridad sacerdotal y guerra ritualizada que ordenaba la vida muisca, sostenida sobre unidades de parentesco y linaje que la etnología suele designar con el término andino, quechua en origen, de ayllu— produjo anomia: no una tristeza colectiva sino un colapso del mundo compartido. Las mitas rompían la unidad de las familias; las epidemias vaciaban las aldeas; el tributo transformaba al cacique en cobrador ajeno; los centros ceremoniales, con sus sacerdotes de alto rango tradicionalmente exentos del poder civil, quedaban desarticulados por la sujeción indiscriminada. En ese vacío, el suicidio colectivo aparecía no como escape sino como afirmación: un último acto de comunidad, ejecutado colectivamente, que negaba al vencedor la posesión de los cuerpos y la conversión del pueblo en fuerza de trabajo.

Por qué los chibchas y los tunebos, y por qué no los pijaos

Un contraste ilumina la lógica del fenómeno, y conviene detenerse en él porque explica más que cualquier atribución de temperamento a los pueblos implicados. En las cordilleras del alto Magdalena, los pijaos resistieron la conquista y la esclavización con éxito notable, hasta el punto de que las campañas para reducirlos se prolongaron a lo largo de todo el siglo XVI y buena parte del XVII sin lograr fijarlos en encomienda estable. La razón no está en un supuesto arrojo mayor, sino en la forma de su sociedad. Los pijaos vivían organizados de manera descentralizada, con muchos caciques de autoridad variable y sin una capital ni un centro ceremonial que capturar; su economía de caza y recolección los mantenía móviles, y su hábitat de cordillera media, quebrado y boscoso, les permitía dispersarse y reagruparse a voluntad. Los caribes, en otras regiones, ofrecieron una resistencia estructural similar por razones análogas.

Ante un pueblo así, la maquinaria española de sujeción se quedaba sin puntos de apoyo. No había cacique central sobre el cual descargar el tributo; no había aldeas fijas que quemar para forzar la sujeción; no había un aparato productivo agrícola del cual apropiarse. El encomendero necesitaba una comunidad sedentaria, un jefe reconocible y un excedente extraíble, y el pijao no le proporcionaba ninguna de las tres cosas. Frente a una organización política que apenas ofrecía superficie de agarre, la fuerza española quedaba reducida a la razia y a la contención fronteriza, no a la explotación regular.

Los chibchas se hallaban en el extremo opuesto de ese continuo. Población agrícola densa, con centros ceremoniales fijos, con excedentes tributables, con jefes reconocibles a los que se podía obligar a rendir cuentas, con una arquitectura política que —aunque no plenamente consolidada— permitía identificar al cacique como punto de aplicación de la fuerza. La sofisticación cultural muisca, la misma que había producido orfebrería, calendario y templos, ofrecía al encomendero exactamente lo que este necesitaba. La forma política funciona aquí como variable explicativa central: fueron sujetos precisamente los grupos más organizados, y son los grupos más organizados los que aparecen en el registro cronístico eligiendo el suicidio colectivo cuando el sometimiento superó lo tolerable. El precipicio no es respuesta de pueblos débiles ante conquistadores fuertes; es respuesta de pueblos con estructura ante un régimen que había aprendido a explotarla.

Los tunebos ofrecen una variante intermedia entre los dos polos. Su geografía los defendía como a los pijaos, ganándoles décadas frente al ritmo del altiplano; su parentesco lingüístico y cultural con el mundo chibcha los aproximaba a la lógica muisca de comunidad organizada con jefes identificables; su posición marginal les permitió aplazar el momento del choque. Cuando el choque llegó, ya en las décadas de 1570 y 1580, encontraron en los farallones de su propia sierra la técnica del despeñamiento y la aplicaron con una radicalidad que los mantuvo, siglos después, como pueblo con memoria intacta del acto.

Lo que dejó el precipicio

Las consecuencias inmediatas de los suicidios colectivos son inseparables de las consecuencias generales del régimen que los produjo, y se manifestaron sobre todo en el terreno donde el fenómeno era medible: la despoblación. Los datos de Paipa, Duitama, Gámeza y Cocuy son la fotografía numérica de un altiplano que en dos generaciones perdió entre la mitad y las tres cuartas partes de sus habitantes originales. La magnitud del hueco es indiscutible.

Las consecuencias sociales fueron profundas. La Corona, más por cálculo utilitario que por humanismo, tendió a preservar las organizaciones sociales indígenas y a convertirlas en fuentes estables de tributo y trabajo: era más conveniente mantenerlas productivas que destruirlas. Pero el daño ya estaba hecho. La anomia del período de subversión desembocó, para quienes no huyeron, no se despeñaron ni se retrajeron, en una pasividad y una resignación que serían el estado de base de la vida indígena colonial. Los sacerdotes de los centros ceremoniales perdieron su autoridad; los caciques quedaron atados al mecanismo tributario; los guechas ya no guardaban fronteras porque las fronteras habían dejado de existir.

En el largo plazo, el precipicio de Tausa, Simijaca y el Cocuy —junto con la mita y la peste— alimentó un proceso de mestización que a mediados del XVIII había transformado la composición étnica del altiplano. Los funcionarios coloniales de la segunda mitad de ese siglo comprobaban que en los antiguos pueblos de indios del Nuevo Reino el 80 al 90 por ciento de la población era ya mestiza. Entre 1775 y 1780 se disolvieron y remataron la mayor parte de los resguardos de la antigua área chibcha: algunos acrecentaron el latifundio de las haciendas, otros se distribuyeron entre pobladores mestizos y dieron origen a economías campesinas de minifundio. Los indígenas que quedaban fueron agrupados con otros, trasladados a tierras más distantes y menos fértiles, o simplemente disueltos. Solo en la región suroccidental los resguardos resistieron los embates coloniales y republicanos.

Del pueblo que se despeñó en Tausa quedaron el nombre del peñón y la memoria oral que Ancízar recogió. De los tunebos del Cocuy quedó, además, un pueblo vivo: los u'wa, que en su historia contemporánea reactivarían la memoria del despeñamiento como núcleo de su identidad política y de su relación con el territorio.

Lo que queda de estos hechos

Los despeñamientos colectivos de Tausa, Simijaca y el Cocuy no son leyenda romántica ni exageración piadosa de cronistas culpables. Son hechos registrados por fuentes que, con distinta agenda, coinciden en dejarlos constar: Aguado con relativa franqueza, Simón con incomodidad tardía, Ancízar con la voluntad decimonónica de restituir a la memoria pública lo que la conquista había preferido callar. Su realidad histórica descansa en la coherencia entre el testimonio cronístico, la lógica política de la sujeción, la topografía específica de los sitios y la magnitud comprobada del colapso demográfico general.

No prueban, por sí solos, la brutalidad excepcional de la conquista neogranadina: esa brutalidad se prueba mejor por las tasas de despoblación de Duitama y por el "obedézcase pero no se cumpla" del Cabildo de Bogotá frente a las Leyes Nuevas. Tampoco prueban una capacidad universal de resistencia indígena: los pijaos resistieron sin necesidad de despeñarse, y otras sociedades del continente hallaron otras formas. Prueban otra cosa: que cuando la organización política de un pueblo lo convierte en presa eficiente para la dominación señorial, y cuando esa dominación se ejerce con la intensidad que tuvo la encomienda neogranadina, el vacío puede aparecer como forma de comunidad final. Última acción concertada de un grupo que se niega a existir en los términos del vencedor.

En la historia de Colombia, estos episodios cumplen una función que la explicación puramente epidémica del colapso demográfico no puede cumplir sola. Restituyen al indígena su condición de sujeto: no muerto por virus ajenos ni derribado por armas superiores sin más, sino agente trágico de su propio destino en el margen estrechísimo que el sistema le dejó. Y anclan en el paisaje —en un peñón concreto, en un farallón nombrado— una memoria que resiste la disolución en promedios y tasas. El régimen que transformó estos precipicios en desenlaces posibles cargó sobre la geografía del altiplano una historia que la geografía, por su cuenta, no habría producido; y esa historia, más que los peñones que la sostienen, es lo que queda.

05

La época alrededor

Este hecho no ocurrió solo

07

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

20 documentos · 30 fragmentos
01La subversión en Colombia. El cambio social en la HistoriaOrlando Fals Borda · 2008 · p. 63, 712 citas
[1]total entre los Chibchas. Hubo grupos que huyeron a los mo n tes; otros realizaron suicidios colectivos; aún otros ejecutaron el retraimiento anímico, alejándose socialmente de los esp a ñoles (Aguado, 1906, p. 207). Epidemias de en- fermedades nuevas como las venéreas y las viruelas, fueron aniquilantes. La anomia…p. 71
[5]de turno. De esta etapa del vecindario, los Chibchas estaban pasan- do a otra basada en la conveniencia de un estado central, gracias al predominio que empezaba a ejercer el Zipa o rey de Hunza (hoy Funza), sobre los uzaques o jefes de tribus. Se re- conocían jerarquías entre los uzaques y los capitanes. Los pri -…p. 63
02Tres culturas, tres familias y otros ensayosEstanislao Zuleta · p. 391 cita
[2]de la dominación seño- rial de una población aborigen, ya desarrollada desde el punto de vista agrícola y previamente organizada en tor- no de sus jefes. Para que una tribu pueda ser derrotada se necesita, antes que todo, que esté unida y que tenga jefes. Los pijaos, por ejemplo, no podían ser derrotados porque sus…p. 39
03Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 52, 1092 citas
[3]en el siglo XVI algunos territorios marginales o casi independientes, cuya sumisión al Zipa o al Zaque no estaba del todo clara. El status de estos territorios en el momento de la Conquista debe evaluarse, en parte por lo me- nos, en términos de un proceso histórico. En primer lugar, los dos "Estados" incipientes eran…p. 52
[27]historia de Colombia, tomos I-IV, Bogotá, 1982. CASTELLANOS, JUAN DE: Elegías de varones ilustres de Indias,Bogotá, 1955. Documentos relativos a don Pedro de La Casca y Gonzalo Pizarro, tomos I-II, Madrid, 1964. FRIEDE, JUAN:Gonzalo Jiménez de Quesada a través de documentos históricos,Bogotá, 1960.: Documentos…p. 109
04Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · p. 2131 cita
[4]a su vez tenían a la cabeza un cacique común, es decir, a alguien que estaba por encima de una cierta cantidad de jefes de tribu. También aquí nos encontramos con un hecho extendido en el mundo: el nombre del pueblo o de la tribu era el mismo que el del cacique. Para los muiscas la constitución del estado se había…p. 213
05Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · p. 1291 cita
[6]en los que se adoraba al dios Chiminigagua y a las divi- nidades Bachué (la luna), Bochica (el sol), Chib- chacum (dios protector) y otras menores dedica- das a las diversas actividades socioeconómicas. Además de los caciques, capitanes y jeques, eran importantes los guechas o guerreros reclutados, cuya función era…p. 129
06Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · p. 109, 1342 citas
[7]y sangrientas guerras entre los grandes c caciques muiscas como parte de proyectos de expansión territorial, Los documentos simplemente no mencionan nada que apoye esas empresas militares que, según los cronistas, existieron. No conozco una sola mención de que después de la conquista alguna comunidad hubiera…p. 109
[8]¢ Caso de los muiscas. y que ir tan lejos: incluso en el caso de comunidades de conformado unidades territoriales que reconocieran ique, más allá de los estrechos límites de la comunidad. incia de Pamplona, ampliamente estudiada por Germán $, algunos indígenas atestiguaron a los españoles que “res- Señores en sus…p. 134
07Gramática de la lengua chibchaEzequiel Uricoechea · 2016 · p. 401 cita
[9]hasta Zipaquirá y desde Bogotá hasta Facatativá. En las otras partes, aun entre los pueblos sometidos ya al zipa, se hablaba la lengua de Tunja hasta Guatavita y la duit al oriente de este valle. El manuscrito en lengua duit, de que he hablado antes y que he tenido la fortuna de encontrar, nos da a conocer bastante…p. 40
08Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · p. 23, 353 citas
[10]y capitanes se convirtieron prácticamente en agentes de la Corona, y se les concedieron pri- vilegios, tierras y a veces encomiendas, responsabilidades organi- zativas y títulos. Las encomiendas en la sabana de Bogotá, por ejemplo, se organizaron con base en las capitanías, pueblos ente- ros sometidos a la dirección…p. 23
[11]y capitanes se convirtieron prácticamente en agentes de la Corona, y se les concedieron pri- vilegios, tierras y a veces encomiendas, responsabilidades organi- zativas y títulos. Las encomiendas en la sabana de Bogotá, por ejemplo, se organizaron con base en las capitanías, pueblos ente- ros sometidos a la dirección…p. 23
[30]de los indígenas en los res- guardos, que fueron agrupados unos con otros, trasladados a tierras más distantes y menos fértiles o simplemente disueltos. Únicamente en la región suroccidental los resguardos mantuvie- ron su vigencia, tanto así que resistirán no sólo los embates de la política colonial sino también los…p. 35
09Introducción a la historia económica de ColombiaÁlvaro Tirado Mejía · 2019 · p. 691 cita
[12]explotación de los indígenas, pero por causa de esta tendencia adoptó instituciones que garantizaran a los conquistadores el no interferir su prejuicio con respecto al trabajo material y que les permitieran vivir de sus rentas a costa de los sometidos.⁷⁸ Pero esta tendencia no se hubiera concretado si no hubieran…p. 69
10Colombia: las razones de la guerraJorge Orlando Melo González · 2021 · p. 24, 302 citas
[13]ordenar formas serviles de trabajo. Los debates sobre estos temas fueron interminables y de gran riqueza, y en ellos aparece el rechazo de los colonos a los alegatos de los curas y a las normas reales que los obligaban a moderar la explotación del indio. Los nuevos pobladores de las Indias argumentaban la necesidad de…p. 24
[23]argumento de que no era necesario tener tantos “miramientos” con Sagipa, como con un cristiano. Lo que es claro es que los participantes no dudaban del derecho a aplicar toda la violencia al cacique para obligarlo a entregar sus tesoros. Esta confianza ya no aparece, por ejemplo, en Pedro Simón, que escribía casi 100…p. 30
11Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 37, 542 citas
[14]la protección de los indígenas, fue lite ralm ente echado en 1550-1551. Y aquellos funcionarios q u e un poco m ás tarde quisieron av an zar en la reform a tuv iero n que ab a n d o n ar varias veces su em p e ño al ver la inm inencia de u n a rebelión encom endera. En una fecha tan tardía com o 1580, u n juez que se…p. 54
[16]vertientes u n poco m ás tem p lad as y allí se extraían dos cosechas anuales. En tierras m ás bajas se sem braba arracacha, algodón, guayaba, piña y coca. A lgunos productos, com o la coca y el algodón, no eran cultivados p o r los m uiscas y los obtenían en el com ercio. C ad a cuatro días había m ercado en los…p. 37
12Historia económica de Colombia, 1845-1930William Paul McGreevey · 2015 · p. 281 cita
[15]colombianos. En cierta medida, las tres clases de problemas definen un conjunto de igual número de periodos de la historia económica del país e indican la organización general de la obra. A. Supervivencias coloniales El área que se conoce hoy como Colombia fue ocupada por los españoles en la tercera década del siglo…p. 28
13Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · p. 92, 1152 citas
[17]no puede reducirse a una rígida jerarquización causal, en la cual se correría el riesgo de introducir prefe rencias subjetivas respecto.a tal o cual teoría sobre este fenómeno. Baste saber que hoy está suficientemente probado que la ocupación europea del 101 AGI. Quito L. 16. Despacho de 1564. 102 Cf. Juan Friede,…p. 92
[18]-1,98 1.173 -1,26 622 Paipa 1.443 -1,42 847 -0,39 688 Duitama 2.354 -3,18 790 -1,76 317 Gámeza 2.228 -2,65 872 -0,43 693 Cocuy 669 -1,26 428 -1,28 216 Si nos atenemos solamente a las tasas de decrecimiento registradas en el siglo XVI, cabe la posibilidad de avanzar, de manera hipotética, cifras de población indígena…p. 115
14Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 671 cita
[19]éste. Entre tanto, en cumplimiento de las órdenes recibidas de Quesada, Martín Galeano procedió a efectuar la fundación de Vélez, en 1539. Por su parte, el 6 de agosto de 1539, en el sitio que ocu- para la antigua capital de los zaques, Hunza, Gon- zalo Suárez Rendón fundó la ciudad de Tunja. Mientras los españoles…p. 67
15Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 45, 482 citas
[20]tres conquistadores, cada uno de los cuales alegaba que la tierra de los muiscas estaba dentro de su jurisdicci ó n, se pusieron de acuerdo para viajar a Espa ñ a a alegar sus derechos, y dejaron unos 400 hombres y 150 caballos, as í como 300 marranas pre ñ adas, en Bogot á. 48 HISTORIA M Í NIMA DE COLOMBIA Para dar…p. 45
[21]sonal, aunque pagaban impuestos al comercio o a la producci ó n minera (quinto, que se redujo a menos de 5% en pocos a ñ os) y agr í cola (diezmo para sostener la Iglesia). Con estas reformas, desde 1550 existi ó una autoridad local en todo el territorio y hubo un esfuerzo persistente por someter a los EL…p. 48
16El Orinoco ilustradoJoseph Gumilla · 2016 · p. 3901 cita
[22]provincias donde rayase la luz del Santo Evangelio, como por su bondad rayó, creció y llegó 134 Fray Pedro Simón, Noticias historiales o conquistas de Tierra Firme, noticias 6 y 7, caps. 7 y 8. 391 Eí Ondicec dírstnaóc a claro y perfecto día, mediante la predicación de muchos varones apostólicos que reputaron el oro…p. 390
17Invading Colombia: Spanish Accounts of the Gonzalo Jiménez de Quesada Expedition of ConquestJ. Michael Francis · 2007 · p. 132, 1372 citas
[24]Eugelio de las Heras, 1929. Rodríguez Freyle, Juan. Conquista y descubrimiento del Nuevo Reino de Granada. Edited by Jaime Delgado. Madrid: Historia 16, 1986. Rosa, Moisés de la. “Los Conquistadores de los Chibchas.” Boletín de Histo- ria y Antigüedades 22 (1935): 225 – 53. Rosa Olivera, Leopoldo de la. “Don Pedro…p. 137
[25]UTC via UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. All use subject to https://www.ebsco.com/terms-of-use. EBSCOhost: eBook Collection (EBSCOhost) printed on 4/29/2025 7:55:46 PM UTC via UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. All use subject to https://www.ebsco.com/terms-of-use. bI bl I o G r AP hy Primary Archival Sources AGI Archivo General de…p. 132
18Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · p. 2131 cita
[26]estas rebeliones. 28. Castellanos, III, 421 y ss. 29. Id., III, 430 y ss. 30. DIHC, VIII, 173. 31. Id., VIII, 259. 32. Cieza de León, Crónica (Madrid, 1947), Cap. XXVI. 8 33. Ibid., Cap. XXVI. 34. Acosta (Descubrimiento y Conquista, 474) y otros afirman que Briceño se había casado con la viuda de Robledo, lo que…p. 213
19Antes de Colombia. Los primeros 14.000 añosCarl Henrik Langebaek · 2021 · p. 2971 cita
[28]una violencia ritualizada, por completo ajena a la incorporación de mano de obra o a la subordinación económica de un grupo por otro. Los muiscas hacían sacrificios humanos durante los festejos relacionados con la siembra de maíz en los valles fríos, es decir, entre enero y marzo. En esa ocasión, los guerreros panches…p. 297
20Historia económica de ColombiaJosé Antonio Ocampo Gaviria (compilador), Germán Colmenares, Jaime Jaramillo Uribe, Hermes Tovar Pinzón, Jorge Orlando Melo González, Jesús Antonio Bejarano Ávila, Joaquín Bernal Ramírez, Mauricio Avella Gómez, María Errázuriz Cox, Carmen Astrid Romero Baquero · 2017 · p. 531 cita
[29]historia posterior de los resguardos y poblamientos muestra cómo los propósitos iniciales fueron deformados por los hechos históricos. Probablemente en ningún otro país de América hispana se llevó a cabo un proceso de mestización tan integral como en la Nueva Granada. En la segunda mitad del siglo xvII1, los…p. 53