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Hecho · Conquista · 1499–1599

Expansión hacia Popayán, Antioquia y los Andes occidentales (1536–1546)

Entre 1536 y 1546, Sebastián de Belalcázar impulsó desde Quito la fundación del corredor suroccidental —Pasto, Popayán, Cali, Anserma, Cartago, Antioquia— mientras sus capitanes y los agentes de Pedro de Heredia desde Cartagena disputaban a golpe de arrestos y refundaciones la jurisdicción sobre la región antioqueña y sus minas de oro, estableciendo el faccionalismo de huestes que fragmentaría por siglos el territorio neogranadino.

Alejandro Gutiérrez · 08 de julio de 2026 · 3.437 palabras · 34 fuentes
Expansión hacia Popayán, Antioquia y los Andes occidentales (1536–1546)
Fecha
1536–1546
Lugares
PopayánCaliPastoAnsermaCartagoAntioquiaValle del CaucaValle de AburráBuriticáQuitoCartagena de IndiasBuenaventura
Protagonistas
Sebastián de BelalcázarJorge RobledoPedro de HerediaFrancisco PizarroPascual de AndagoyaJuan CabreraÁlvaro de MendozaJerónimo Luis TejeloMelchor Suer de NavaCacique NutibaraCacique PipintáMiguel Díaz de Armendáriz
Causas
  • La riqueza aurífera del cerro de Buriticá y del Cauca medio atrajo simultáneamente expediciones procedentes del sur (Quito), del norte (Cartagena) y del altiplano muisca, convirtiendo la región antioqueña en punto de fricción inevitable entre huestes rivales.
  • La ambición de Belalcázar de independizarse de Francisco Pizarro y obtener su propia gobernación lo impulsó a expandirse hacia el norte desde Quito, encadenando fundaciones a lo largo del corredor occidental antes de que la Corona pudiera delimitar jurisdicciones.
  • La superposición de mercedes reales —la gobernación concedida a Gaspar de Espinosa, luego a Pascual de Andagoya, y las pretensiones de Heredia sobre Cartagena y de Belalcázar sobre Popayán— dejó sin resolver los límites jurisdiccionales del suroccidente, alimentando el conflicto armado entre huestes.
  • La convergencia casi simultánea de tres huestes (Belalcázar desde Quito, Jiménez de Quesada desde Santa Marta y Federmann desde Venezuela) sobre el altiplano muisca evidenció la lógica de carrera faccional que estructuraba toda la conquista del interior neogranadino.
Consecuencias
  • La disputa entre las gobernaciones de Popayán y Cartagena por el control de Antioquia —materializada en el arresto de Robledo por Heredia, la ocupación de la ciudad por Cabrera y la refundación de Santa Fe de Antioquia en 1546— fijó una ambigüedad jurisdiccional que mantuvo la región antioqueña en posición periférica respecto a ambos polos durante toda la Colonia.
  • El despoblamiento masivo de las comunidades indígenas del corredor Cali–Popayán y del Cauca medio, documentado por Andagoya y Cieza de León, destruyó pueblos de quinientas a ochocientas casas y redujo drásticamente la mano de obra disponible para la encomienda y la minería.
  • La cadena de fundaciones —Pasto, Popayán, Cali, Anserma, Cartago, Antioquia, Arma— estableció el esquema policéntrico del suroccidente neogranadino, donde cada ciudad principal operó como cabecera de su propio distrito con jerarquías y lealtades locales paralelas a las jurisdicciones formales.
  • La centralidad de la minería aurífera en la economía neogranadina quedó definida en esta década: las expediciones que abrieron el corredor occidental orientaron la colonización hacia los yacimientos de oro, patrón que persistiría durante toda la época colonial y condicionaría la estructura social y espacial de la región.
  • El faccionalismo de huestes —resuelto provisionalmente por títulos obtenidos en España, como el de mariscal concedido a Robledo en 1546— instauró la práctica de recurrir al Consejo de Indias para legitimar hechos consumados en el terreno, debilitando la capacidad de la Corona para arbitrar conflictos territoriales a distancia.
Por qué importa
La expansión de 1536–1546 no fue una conquista planificada sino una carrera de facciones armadas sobre el mismo corredor aurífero, y en esa carrera se decidieron las líneas maestras de la fragmentación territorial que caracterizaría a Colombia durante siglos: jurisdicciones superpuestas, élites regionales con lealtades locales y un Estado central incapaz de arbitrar desde lejos. El episodio muestra además que la geografía política del país —la tensión entre el eje andino suroccidental, el Caribe y el altiplano— no fue un accidente tardío sino el resultado directo de cómo se conquistó y se pobló el territorio en su primera década de existencia colonial.

La expansión hacia Popayán, Antioquia y los Andes occidentales (1536–1546)

Entre 1536 y 1546, mientras Jiménez de Quesada remontaba el Magdalena y Federmann bajaba de los Llanos hacia el altiplano muisca, un tercer frente de conquista se abría por el corredor occidental del actual territorio colombiano. Sebastián de Belalcázar, lugarteniente de Francisco Pizarro y fundador de Quito, empujó hacia el norte una hueste que en menos de una década levantó Pasto, Popayán, Cali, Anserma, Cartago y Antioquia, encadenando ciudades a lo largo del valle del Cauca y de las estribaciones de la Cordillera Occidental. Fue el segundo polo regional del futuro Nuevo Reino de Granada, y desde el primer momento se erigió bajo el signo de la disputa: las huestes venidas de Quito chocaron con las expediciones enviadas desde Cartagena por Pedro de Heredia, y en el punto de fricción —la región antioqueña, con el cerro aurífero de Buriticá como imán— se libraron los pleitos jurisdiccionales que fijaron por siglos el mapa fragmentado del país. No hubo una conquista del suroccidente: hubo una concurrencia de huestes rivales sobre un mismo corredor, resuelta a golpe de arrestos, fundaciones apresuradas y viajes a España en busca de títulos que la Corona apenas alcanzaba a sancionar cuando ya los hechos consumados habían dibujado otra realidad.

Belalcázar sale de Quito: el corredor Pasto–Popayán–Cali

En 1535, apenas consolidada la fundación de Quito, Belalcázar empezó a enviar capitanes hacia las tierras del norte. Los motivos se entrelazan: la codicia de territorios ricos, la fama —siempre difusa, siempre viva— de reinos indígenas cargados de oro, y la voluntad expresa de zafarse de Pizarro para obtener por merced real su propia gobernación. Una tradición cronística sostiene que ya en 1535 sus adelantados habrían alcanzado el actual Quindío, aunque el grueso de las fundaciones se concentró en los años inmediatamente siguientes. Hacia mediados de 1538, Belalcázar recibió en Quito noticias de tierras hacia el oriente y el norte que reforzaron su decisión de marchar personalmente al frente de la hueste principal.

La cadena de fundaciones que se le atribuye —Pasto, Popayán, Cali, Anserma, Cartago— no fue en rigor obra suya en todos los casos: varias ciudades fueron erigidas materialmente por capitanes a su servicio, como Pedro de Puelles en Pasto o Jorge Robledo en Anserma. Pero todas se levantaron bajo la lógica de una expansión articulada desde Quito, y todas quedaron, al principio, en la órbita de la gobernación de Popayán. Cali y la propia Popayán fueron fundadas por Belalcázar durante su avance hacia el norte, y desde muy pronto Cali cumplió la función de nodo articulador del corredor: puente entre la hoya del Cauca y la costa del Pacífico por el puerto de Buenaventura, cabecera desde la cual se irradiaban las expediciones que poblarían Anserma, Cartago y, más al norte, la región antioqueña.

El precio humano fue devastador y quedó consignado con crudeza por los cronistas. Pascual de Andagoya describió que en las diez leguas del camino entre Cali —a la que llamaba Lili— y Popayán, donde antes había pueblos indígenas de quinientas y ochocientas casas, cuando él llegó apenas quedaban los cimientos: todo había sido despoblado y los naturales muertos por Belalcázar. Pedro Cieza de León, que desembarcó en el territorio hacia 1535 o 1536 y recorrió a pie y a caballo las estribaciones de la serranía de Abibe y de Ayapel hasta alcanzar el río Cauca, dejó en la primera parte de su Crónica del Perú, publicada en Sevilla en 1553, los primeros testimonios escritos de esa devastación. No era una guerra: era un vaciamiento. La supervivencia demográfica fue mayor en las zonas donde los cacicazgos consolidados —muiscas, comunidades cercanas a Pasto y Popayán— permitieron a los españoles apoyarse en jefes hereditarios como intermediarios de tributos y trabajo. Donde no existía esa jerarquía institucionalizada, como en muchas comunidades de tierras medias y bajas del corredor occidental, el mecanismo de sujeción no operó y la mortalidad fue catastrófica.

El encuentro en el altiplano muisca

Belalcázar no se detuvo en Popayán ni en Cali. Con la marcha hacia el norte se dirigía al mismo territorio al que, sin saberlo, se acercaban simultáneamente otras dos huestes: la de Gonzalo Jiménez de Quesada, que había remontado el Magdalena desde Santa Marta, y la de Nikolaus Federmann, que atravesaba los Llanos desde Venezuela. En 1538 o 1539, los tres capitanes convergieron sobre el altiplano muisca casi al mismo tiempo, cada uno alegando derecho de conquista por la gobernación que representaba. La escena —tres huestes exhaustas, tres jurisdicciones superpuestas, un solo territorio recién sometido— es una de las más elocuentes de toda la conquista americana, porque en ella queda a la vista, en un solo lugar y en pocos días, la lógica que ordenaría la ocupación de todo el interior neogranadino: no un plan imperial, sino una carrera de facciones armadas hacia los mismos puntos codiciados.

Los tres llegaron a algún tipo de acuerdo para no combatirse y remitir la disputa a instancias superiores. Belalcázar, cumplida su presencia en el altiplano, volvió sobre sus pasos y consolidó el eje Popayán–Cali como base de operaciones hacia el norte. Fue desde allí, y no desde Santa Fe, desde donde en los años siguientes se lanzaron las expediciones que colonizaron el corredor del Cauca medio: la primera generación de encomenderos del Nuevo Reino de Granada se integró justamente con hombres venidos de las tres huestes —la de Quesada, la de Belalcázar y la de Lebrón— y las rivalidades entre facciones tipificaron los conflictos de las primeras décadas.

Jorge Robledo y la conquista del Cauca medio

Comisionado para colonizar las tierras al norte de Cali, Jorge Robledo se puso en marcha en 1539. A mediados de ese año fundó Santa Ana de los Caballeros, población que al ser trasladada más tarde cambió su nombre por el de Anserma; el sitio original quedó como Ansermanuevo. Era el patrón: una ciudad se erigía en buena y debida forma, se levantaba acta, se distribuían solares, se señalaba plaza, iglesia y municipalidad, y si el emplazamiento resultaba inadecuado se trasladaba conservando la existencia jurídica de la fundación. Entre 1537 y 1550 se fundarían veinte ciudades en el Nuevo Reino de Granada; solo dos serían abandonadas del todo. La ciudad, y no el fuerte ni el campamento, fue el instrumento mediante el cual la Corona reclamaba posesión de territorios y sujetaba a las poblaciones que los habitaban, del mismo modo que las instituciones municipales habían asegurado la Reconquista peninsular.

Robledo aplicó desde Anserma un método que probaría su eficacia repetidamente: aprovechar las enemistades preexistentes entre los grupos indígenas. Se alió con los carrapas para atacar a los de Pícara, y luego con carrapas y picaras juntos para someter a los de Pozo. Envió expediciones subordinadas en varias direcciones: Melchor Suer de Nava contra Caramanta, Gómez Hernández hacia el Chocó, Ruy Vanegas contra pirsas y supías. Él mismo marchó contra el cacique de Ocusca, cruzó el río Cauca y llegó hasta Arma. En el territorio que hoy corresponde a Caldas, Risaralda y Quindío sometió con rapidez notable a los quimbayas —cuya sumisión inicial fue tanto obra del terror como del uso de sus divisiones internas—, aunque las décadas siguientes verían rebeliones frecuentes y la desaparición casi total de esos pueblos. La resistencia armada, cuando se articuló, quedó fijada en la memoria local: la tradición recogida mucho después atribuye al cacique Pipintá el liderazgo de los indios "armaos" —denominación derivada del propio Robledo— hasta su extinción, con un tesoro enterrado antes de sucumbir que pertenece más a la leyenda que a la historia.

En agosto de 1541 la expedición alcanzó un valle que llamaron de San Bartolomé y que hoy conocemos como valle de Aburrá. El 24 de ese mes, Jerónimo Luis Tejelo lo reconoció; los españoles hallaron allí vestigios de una civilización antigua —grandes caminos, acequias, edificios destruidos— que precedía en siglos a los grupos que entonces poblaban la región. En ese mismo año Robledo fundó la ciudad de Antioquia. Cerca, hacia el occidente, se levantaba el cerro de Buriticá, cuyas minas eran consideradas por los contemporáneos las mayores y mejores de Tierra Firme: Gonzalo Fernández de Oviedo las señalaba como fuente del oro que había llegado a Cartagena, al Magdalena y al Darién. Cieza de León hablaría del cerro en pretérito, sugiriendo que su explotación principal ya declinaba cuando él escribía, y desplazaba el énfasis hacia el oro de aluvión encontrado cerca de Santa Fe de Antioquia. Pero en 1541, en la percepción de los conquistadores, Buriticá era el punto de convergencia de todas las expectativas: la clave aurífera del noroccidente. Bajo el dominio local se movía la figura del cacique Nutibara, que se desplazaba en litera incrustada de oro cargada por sus hombres principales y recibía tributos de oro y vestidos de su gente.

Heredia contra Robledo: la querella jurisdiccional

Ninguna de estas fundaciones ocurrió en un vacío político. Desde la costa Caribe, Pedro de Heredia, gobernador de Cartagena, había estado enviando expediciones tierra adentro que competían con las de Belalcázar por las mismas regiones. La gobernación de Cartagena aspiraba al control del corredor antioqueño, y a la Corona nunca le resultó claro dónde terminaba una jurisdicción y empezaba la otra. La ambigüedad se agravaba porque en 1536 la Corona había concedido a Gaspar de Espinosa la gobernación de un territorio que iba desde el río San Juan hasta los confines de la gobernación de Pizarro; Espinosa murió sin tomar posesión, y la merced pasó luego a Pascual de Andagoya, dejando el mapa jurisdiccional del suroccidente en una confusión que ningún funcionario resolvió a tiempo.

En este contexto, cuando Robledo, después de fundar Antioquia, llegó a San Sebastián de Urabá camino de la costa, Heredia lo hizo arrestar. La acusación jurídica podía disfrazarse, pero el motivo era transparente: la ciudad de Antioquia y su corredor minero pertenecían, según el gobernador de Cartagena, a la jurisdicción cartagenera. Con Robledo preso rumbo a España, Heredia marchó personalmente a la ciudad de Antioquia y la sometió a su gobernación mediante la fuerza y el acuerdo con Álvaro de Mendoza, teniente que Robledo había dejado allí. Quienes en Antioquia se opusieron a la maniobra abandonaron el sitio y marcharon hacia Popayán, alineándose con la hueste de Belalcázar. Así quedó formalizada la querella: dos gobernaciones —Cartagena y Popayán— disputándose la misma ciudad, la misma región, las mismas minas.

Belalcázar respondió enviando al capitán Juan Cabrera con instrucciones de perseguir a los agentes de Heredia y restablecer la autoridad de Popayán. Entre junio y julio de 1542, Cabrera fundó la ciudad de Arma como cabeza de puente y luego ocupó Antioquia a la fuerza; Heredia, o su representante, fue enviado preso a su vez. El corredor cambió de manos por segunda vez en pocos meses. La disputa no se agotaba en un solo intercambio: cada retoma producía hechos consumados —encomiendas repartidas, funcionarios nombrados, ciudades trasladadas o refundadas— que la Corona debía luego sancionar o revocar sin herramientas para arbitrar a distancia.

El pleito ante la Corona y el regreso de Robledo

Robledo llevó su caso ante el Consejo de Indias, y allí obtuvo lo que ninguno de sus adversarios había conseguido: título de mariscal y poderes específicos del visitador Miguel Díaz de Armendáriz —enviado de la Corona para poner orden en las gobernaciones caribeñas y andinas— para actuar como su emisario en el área comprendida entre Antioquia y Cartago. Regresó a Indias en octubre de 1546 investido de una autoridad que, sobre el papel, resolvía la disputa a su favor: no ya en nombre de Popayán ni de Cartagena, sino como representante directo de la visita real. Fundó entonces Santa Fe de Antioquia en un sitio cercano a las minas de Buriticá, refundación estratégica que anclaba la presencia hispánica al núcleo aurífero. La ciudad sería trasladada más tarde, en 1547, por Gaspar de Rodas, hasta convertirse en la Santa Fe de Antioquia definitiva.

El regreso de Robledo con título de mariscal cerró, en términos formales, la fase abierta de la lucha entre Popayán y Cartagena. Pero la resolución jurídica no borró la geografía política que la disputa había sembrado: la región antioqueña quedaría durante toda la Colonia en una posición ambigua, atraída por el eje del Cauca hacia el sur y por el Caribe hacia el norte, sin integrarse plenamente a ninguno de los dos polos. La fundación de Cartago, terminal occidental del paso del Quindío hallado hacia 1550 —cuyo terminal oriental sería Ibagué—, completó el corredor de comunicaciones que enlazaba el altiplano con el valle del Cauca, pero también acentuó la lógica policéntrica: cada ciudad principal se convertía en cabecera de su propio distrito, con jerarquías, encomiendas y lealtades locales que operaban en paralelo a las jurisdicciones formales.

Las causas: oro, mandatos superpuestos y agencia indígena

Reducir esta década a las ambiciones personales de Belalcázar, Heredia o Robledo sería empobrecerla. Las causas estructurales estaban dadas de antemano. La primera y decisiva fue la geografía aurífera: la búsqueda de oro fue el factor determinante de las rutas de penetración y de los emplazamientos elegidos para las primeras fundaciones. Buriticá y el Cauca medio atraían simultáneamente a las expediciones venidas del sur —Quito, Popayán, Cali—, del norte —Cartagena, Urabá, San Sebastián— y, en menor medida, desde Santa Fe. Durante toda la Colonia, el actual territorio colombiano produjo más oro que cualquiera de las otras posesiones españolas de las Indias, y la centralidad de la minería aurífera en la economía neogranadina se decidió justamente en estos años, con expediciones que se cruzaban en persecución del mismo corredor. La concurrencia era inevitable: con o sin Belalcázar, con o sin Heredia, otras huestes habrían chocado sobre las mismas regiones.

La segunda causa estructural fue la superposición de mandatos jurídicos. La Corona otorgaba gobernaciones y capitulaciones con límites imprecisos, redactados por escribanos que trabajaban con mapas rudimentarios y con nombres geográficos ambiguos. Las gobernaciones de Cartagena, Popayán y Santa Marta se solapaban en amplias franjas del interior; la efímera gobernación del San Juan concedida a Espinosa y luego a Andagoya se superponía con las anteriores. En ausencia de un procedimiento eficaz para dirimir esas superposiciones antes de que las huestes se movilizaran, el pleito se resolvía sobre el terreno: quien fundaba primero, quien arrestaba al rival, quien viajaba a España con mejores contactos.

A ello se sumó la agencia indígena, condición de posibilidad de toda la conquista rápida del corredor. Robledo no habría reducido a los quimbayas, ni Belalcázar habría sometido el valle del Cauca, sin la explotación sistemática de las enemistades preexistentes entre grupos —carrapas contra picaras, alianzas con unos para golpear a otros, uso de guías y guerreros nativos en cada expedición—. Pero esa misma condición era frágil: la sumisión inicial nunca fue completa, y las rebeliones subsiguientes obligaron a mantener una presencia militar dispersa por todo el corredor, reforzando el policentrismo urbano y multiplicando los puntos desde los cuales se administraba la explotación. Donde las jerarquías indígenas eran fuertes y podían usarse como intermediarias del poder colonial —altiplano muisca, Pasto, Popayán—, la población sobrevivió en mayor proporción; donde no existía esa mediación, la desaparición fue casi total, con consecuencias que moldearon también la geografía humana futura del país.

Los detonantes coyunturales operaron sobre este fondo. El arresto de Robledo por Heredia, la fundación de Arma por Cabrera, la retoma de Antioquia, el viaje de Robledo a España y su regreso con título de mariscal: cada uno de esos episodios fue el efecto de tensiones estructurales que buscaban resolverse mediante acciones concretas de capitanes concretos. No fueron ni la única causa ni el mero acompañamiento pintoresco de fuerzas mayores: fueron el modo específico en que esas fuerzas se manifestaron en el corredor occidental.

Consecuencias: la fragmentación territorial

Las consecuencias inmediatas de la década fueron una red de ciudades tendida a lo largo del corredor Pasto–Popayán–Cali–Anserma–Cartago–Santa Fe de Antioquia, con Arma y otros núcleos menores intercalados; una jerarquía de encomiendas repartida entre veteranos de las tres huestes convergentes; y un pleito jurisdiccional que, aunque cerrado formalmente en 1546 con el regreso de Robledo, dejó sin resolver los principios generales de límites entre gobernaciones. Los caudillos menores —los que en la fase abierta se habían aliado con uno u otro bando— siguieron operando en la región y complicaron durante años cualquier intento de racionalización administrativa. La primera generación de encomenderos consolidó su poder local sin someterse plenamente a ninguna cabecera lejana.

Las consecuencias de largo plazo pesaron sobre siglos. La ciudad hispanoamericana no fue solo un asentamiento: fue el instrumento con el cual se organizaba la explotación de las regiones conquistadas y se administraban las unidades económicas. Cada una de las ciudades fundadas en el corredor occidental —Popayán, Cali, Anserma, Cartago, Antioquia— se convirtió en cabeza de su propio distrito, con élite local, cabildo, jurisdicción sobre pueblos de indios y sobre encomiendas. Esa estructura policéntrica, nacida de la disputa entre huestes, se perpetuó bajo la Colonia con audiencias, obispados y corregimientos que muchas veces reprodujeron los antiguos linderos de la conquista.

Antioquia es el caso más elocuente. Disputada por Cartagena y Popayán en la década de 1540, quedó en una posición geográfica y política que ninguna de las dos gobernaciones podía integrar del todo: demasiado lejos del Caribe para funcionar como su hinterland minero, demasiado al norte para articularse con la lógica del Cauca alto y de Popayán. Se convirtió, con el tiempo, en un mundo aparte, con su propia dinámica de poblamiento, sus rutas de comercio hacia el Magdalena y su cultura política diferenciada. El aislamiento relativo que caracterizaría a la Antioquia colonial y republicana no fue un dato de la geografía en abstracto sino el sedimento de una historia jurisdiccional específica: la que quedó cuando la lucha entre Heredia, Belalcázar y Robledo dejó de ser abierta pero no fue resuelta por ninguna reforma administrativa mayor.

Popayán, por su parte, mantuvo por siglos su condición de cabecera del suroccidente, con una jurisdicción que se extendía nominalmente hasta muy al sur y muy al norte, pero cuya cohesión interna dependía siempre de las lealtades entre familias de encomenderos y sus descendientes. Cali sirvió como bisagra entre la hoya del Cauca y el Pacífico, sin llegar a convertirse en polo administrativo mayor mientras Popayán conservó la primacía. Cartago, terminal del paso del Quindío, articuló el enlace con Ibagué y el altiplano. Cada una de estas ciudades cumplió una función específica en la red, y esa red —trazada entre 1536 y 1546— fue la base material sobre la que se construyó todo el ordenamiento territorial neogranadino posterior.

La consecuencia más profunda fue la ruptura violenta del ordenamiento territorial indígena preexistente. Las fundaciones no respondieron a las necesidades de las poblaciones originarias sino a las de una minoría externa que impuso sus formas de organización espacial para facilitar la extracción de riqueza. La explotación minera implicó la movilización forzada de indígenas hacia las minas, alejándolos de la producción de alimentos y artesanías; el desastre demográfico que siguió fue tanto obra de las epidemias como del desarraigo laboral y de la violencia directa. Cuando Cieza de León regresó a España a escribir su crónica, muchas de las regiones que había atravesado en 1535 o 1536 ya no existían como comunidades: eran territorio de encomiendas, con nombres castellanos y toponimia castellanizada, sobre paisajes vaciados de sus antiguos habitantes.

El sedimento de una década

La expansión hacia Popayán, Antioquia y los Andes occidentales entre 1536 y 1546 no es un episodio menor entre los grandes hitos de la conquista de Colombia. Es la matriz del segundo polo regional del país —el suroccidente y el Cauca medio— y el escenario donde se ensayaron, en su forma más pura, las dinámicas que caracterizarían toda la ocupación española del interior: huestes rivales con mandatos superpuestos, fundación serial de ciudades como arma jurídica, aprovechamiento sistemático de la agencia indígena, y una Corona demasiado lejana para arbitrar antes de que los hechos consumados fijaran el mapa.

El corredor Pasto–Popayán–Cali–Anserma–Cartago–Antioquia, tendido en diez años entre las cordilleras Central y Occidental, fue mucho más que una cadena de asentamientos: fue la osamenta de un ordenamiento policéntrico que ninguna reforma colonial ni republicana logró reducir después a una geometría simple. La fragmentación regional que caracteriza a Colombia hasta el presente —la coexistencia de Antioquia, el Valle del Cauca, el suroccidente andino y la costa Caribe como mundos con lógicas propias, comunicados por rutas históricamente frágiles— tiene aquí uno de sus orígenes materiales. Cuando Robledo desembarcó en 1546 con su título de mariscal para refundar Santa Fe de Antioquia sobre las minas de Buriticá, no cerraba solamente un pleito personal: sellaba, sin saberlo, la lógica según la cual el país se poblaría, se administraría y se pensaría a sí mismo durante los siglos siguientes.