Juan Rodríguez Freyle
Colonia
1566–1642
La biografía
Juan Rodríguez Freyle (1566-c.1642) fue un criollo santafereño que hacia 1636, ya viejo y sin fortuna, emprendió la escritura de una historia del Nuevo Reino de Granada. Quiso comenzarla en la conquista de Gonzalo Jiménez de Quesada y terminó haciendo otra cosa: un archivo literario de la moral cotidiana de Santafé, con sus oidores venales, sus mujeres envenenadoras, sus clérigos, sus brujas y sus tinterillos. Ese libro, conocido como El Carnero, no llegó a la imprenta hasta 1859, más de dos siglos después de redactado, y circuló mientras tanto en copias manuscritas cuya popularidad clandestina contrasta con el silencio editorial que lo rodeó. Es la obra en prosa más singular del Nuevo Reino de Granada en el siglo XVII y, para la historia colombiana, el primer gran testimonio interno sobre lo que la colonia había llegado a ser una vez extinguida la épica: una sociedad de notarios y encomenderos donde los grandes dramas ya no se libraban en el campo de batalla sino en los estrados de la Real Audiencia y en los dormitorios de las principales casas de la ciudad.
Línea de vida
- 1566
Nacimiento en Santafé de Bogotá
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Nace en Santafé de Bogotá, hijo de Alonso Rodríguez Freyle y Catalina de Torres, españoles llegados al reino en la generación posterior a la fundación de la ciudad. Su proximidad con los últimos conquistadores y la tradición oral americana marcarán su obra.
- 1600
Viaje a España
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Realizó al menos un viaje a la península ibérica, donde permaneció durante algún tiempo antes de regresar al Nuevo Reino de Granada. El resto de su vida transcurrió en Santafé, sin cargos de importancia ni beneficio eclesiástico.
- 1636
Redacción de El Carnero
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Hacia 1636, con aproximadamente setenta años, emprende la escritura de su obra. El propio texto declara que 'esto se escribe' en ese año. La cronología interna cubre desde 1539 hasta el momento de la escritura, casi cien años de historia neogranadina.
- 1784
Copia manuscrita más antigua conservada
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La copia manuscrita más antigua de El Carnero que se conserva data de 1784 y se guarda en la Biblioteca Nacional. La circulación manuscrita durante más de dos siglos generó múltiples copias defectuosas, algunas tan adulteradas que en el siglo XIX se llegó a suponer la existencia de dos carneros distintos: el de Tunja y el de Bogotá.
- 1859
Primera edición impresa de El Carnero
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Más de dos siglos después de su redacción, El Carnero llega finalmente a la imprenta en 1859, cuando la República ya llevaba décadas construyendo su historia oficial. Su silencio editorial se atribuye a la combinación de crítica velada al poder colonial, retrato descarnado de la moral eclesiástica y despliegue narrativo del poder sexual femenino.
La semblanza: un criollo en la colonia sin gloria
Rodríguez Freyle nace en Santafé de Bogotá en 1566, apenas una generación después de la fundación de la ciudad, y muere alrededor de 1642. Es criollo —nacido en el reino, hijo de españoles— y pertenece, por herencia y por letra, al estrato de la llamada república blanca, ese conjunto de familias que en la sociedad colonial neogranadina se identificaban por su origen ibérico frente a mestizos, indígenas y esclavos, aunque las fronteras entre grupos fueran en la práctica bastante más porosas de lo que la retórica de castas dejaba entender. Su formación letrada, indisociable del acceso restringido a colegios y estudios que tenían los hijos de encomenderos y funcionarios, se percibe en las páginas de El Carnero: allí desfilan los clásicos grecolatinos, los escritores españoles, la mitología, la historia peninsular. No fue, sin embargo, un letrado profesional. Su vida transcurrió al margen del alto oficio colonial, sin cargo de importancia ni beneficio eclesiástico, y esa marginalidad relativa explica el tono de su obra: escribe desde abajo del poder, pero desde dentro de la ciudad.
Cuando toma la pluma tiene setenta años. La colonia que describe ya no es la que su padre conoció. El Nuevo Reino se había convertido en un campo de notarios, tinterillos y criollos pretenciosos que se disputaban encomiendas amañadas e influencias. La rotación burocrática de presidentes de la Real Audiencia era el pulso más vivo de la vida pública, y a su alrededor giraban pleitos, favores, denuncias, adulterios y homicidios que la crónica oficial no consignaba porque no le correspondía. Rodríguez Freyle los consignó, en un texto de apariencia historiográfica que contiene, en realidad, una novela moral fragmentada en casos.
Su lugar en la historia de Colombia se juega en esa paradoja. No es un cronista de la conquista: no vio Bacatá caer, no cabalgó con Jiménez de Quesada, no describió combates. Es, en cambio, el primer memorialista de la colonia ya asentada, del reino en su fase de consolidación institucional y de atonía histórica, y a esa condición debe tanto la potencia como las limitaciones de su libro.
Los orígenes: hijo de conquistadores tardíos
Los datos firmes sobre su vida personal son escasos. Nace en Santafé en 1566, de padres españoles —Alonso Rodríguez Freyle y Catalina de Torres— llegados al reino en la generación posterior a la fundación de la ciudad, cuando la conquista había terminado y comenzaba el largo periodo de organización administrativa. La memoria familiar y la proximidad con los últimos conquistadores dejan huella en la obra: Rodríguez Freyle escribe con la conciencia de haber alcanzado a conocer, o al menos haber oído directamente, a hombres que habían participado de las expediciones fundacionales. Esa relación con la tradición oral americana es una de las fuentes decisivas de El Carnero, junto con las crónicas ya escritas de fray Pedro Simón y del padre Juan de Castellanos, en las que se apoya para los capítulos iniciales.
Su formación intelectual se hizo en Santafé, en el ambiente letrado que las órdenes religiosas —protagonistas del proceso de cristianización del reino— habían establecido en la capital. La escuela de primeras letras aparece incluso, casi de pasada, en su obra: en el relato del asesinato del oidor Juan de los Ríos figura un tal Segobia, maestro de escuela, que ve pasar al oidor Cortés de Mesa. Ese detalle mínimo, insignificante para la historia mayor, es característico del método de Rodríguez Freyle: la vida cotidiana entra en la crónica por las rendijas.
Se sabe que hizo al menos un viaje a España, donde permaneció durante algún tiempo antes de regresar al Nuevo Reino. El resto de su biografía se pierde en la penumbra de una existencia sin cargos ni honores: hombre de la ciudad, testigo de sus pleitos, oyente de sus conversaciones, receptor de sus rumores. Cuando por fin escribe, lo hace con la autoridad de haber estado allí durante décadas sin ser nadie en particular.
La trayectoria: la escritura de El Carnero (1636-1638)
La obra que lo hizo célebre —póstumamente, tres siglos después— se redacta hacia 1636, año en que el propio texto declara que "esto se escribe". La cronología interna cubre desde 1539, fecha simbólica de la fundación institucional del reino, hasta el momento mismo de la escritura, casi cien años de historia neogranadina condensados en la mirada de un hombre solo. El título completo, en la fórmula barroca de la época, promete una Conquista y descubrimiento del Nuevo Reino de Granada, con noticia de la Real Audiencia, de los arzobispos, prebendados y dignidades de la iglesia catedral desde 1539 hasta 1636, y de "algunos casos sucedidos en este Reino, que van en la historia para ejemplo, y no para imitarlos, por el daño de la conciencia".
Esa última cláusula es la puerta por donde entra la ficción en la historia. Los "casos" que Rodríguez Freyle promete narrar para ejemplo y advertencia moral son, en la práctica, el corazón del libro. Alrededor de ellos —envenenamientos, adulterios, hechicerías, asesinatos entre encomenderos, pleitos de mujeres poderosas— se organiza una estructura narrativa que la crónica en sentido estricto no habría podido sostener. El proyecto historiográfico existe: hay listas de presidentes, sucesión de arzobispos, referencia a la instauración de la Audiencia. Pero cada vez que un caso digno de contarse aparece en el horizonte, Rodríguez Freyle abandona el registro administrativo y se entrega al detalle, al diálogo, a la anticipación dramática.
El libro no se publica: se copia. Durante más de dos siglos, El Carnero circula en manuscritos que se prestan, se reproducen y se corrompen. Las copias hoy conservadas son todas de finales del siglo XVIII —la más antigua, de 1784, se guarda en la Biblioteca Nacional—, y las variantes entre ellas fueron tan considerables que en el siglo XIX llegó a suponerse que existían dos libros distintos: el Carnero de Tunja y el Carnero de Bogotá. Solo en 1859, cuando la República ya llevaba décadas construyendo su historia oficial, la obra llega finalmente a la imprenta.
Ese silencio editorial de dos siglos no es un accidente. La combinación entre crítica velada al poder colonial, retrato descarnado de la moral eclesiástica y santafereña y despliegue narrativo del poder sexual femenino como fuerza que el Imperio no consigue domesticar hacía de El Carnero un texto incómodo para la imprenta oficial. La transmisión manuscrita, sin embargo, aseguró su circulación en un régimen colonial dominado por lecturas devotas y didácticas: allí donde no había novela, El Carnero la suplía. Para varias generaciones de lectores santafereños fue la novela que no había, y ese oficio supletorio explica buena parte de su éxito clandestino.
Los casos: la arquitectura literaria del libro
La reputación literaria de Rodríguez Freyle descansa, más que en su valor historiográfico, en la construcción de sus episodios. Tres o cuatro casos concentran lo mejor del libro y bastan para ubicarlo entre las obras fundacionales de la narrativa hispanoamericana.
El del capítulo IX es el de Juana García, una negra hechicera que, mediante una lebrilla de agua, permite a una dama santafereña espiar a su marido ausente y así confirmar su infidelidad. El episodio está construido casi enteramente en diálogo directo, en un uso del estilo excepcional en la prosa colonial: las voces suenan, la conversación avanza, el lector asiste al procedimiento mágico y al chisme sin la interposición pesada del narrador. Es uno de los momentos más puros de arte narrativo del siglo XVII neogranadino.
El del capítulo X es el de Jorge Voto, historia de un adulterio que termina en asesinato y donde Rodríguez Freyle aplica, como estructura profunda del relato, la ley del talión: el asesino del marido será a su vez marido asesinado. Esa correlación victimario-víctima organiza el capítulo entero, permite al narrador anticipar el desenlace y crear tensión dramática por la sola sospecha de que la simetría se cumplirá. El personaje central del episodio, Inés de Hinojosa, mujer bella y letal, se convertirá con el tiempo en una de las figuras literarias más productivas de la tradición colombiana, reelaborada en el siglo XIX por Temístocles Avella Mendoza.
Los capítulos XI y XII contienen el caso del oidor Andrés Cortés de Mesa, magistrado de la Real Audiencia implicado en el asesinato del oidor Juan de los Ríos. El relato se distribuye en dos capítulos, con manejo del suspenso, aplazamiento de información y crescendo dramático que se cuentan entre lo más elaborado de la obra. El detalle del maestro Segobia asomándose a ver pasar al oidor, y la crudeza con que se narran los pasos de la ejecución del crimen, muestran a un Rodríguez Freyle que decide el asesinato sin titubeos morales de sus personajes y lo cuenta sin ahorrar los detalles de mayor saña.
Estos episodios no son adornos ni digresiones: son la obra. La estructura cronística —presidentes de la Audiencia, arzobispos, sucesión institucional— funciona como esqueleto sobre el que se implantan los casos, que son la carne. Y esa carne está trabajada con técnicas inequívocamente novelescas: influencia de la picaresca española, uso del diálogo, anticipación, correlación dramática entre personajes, suspenso.
La red: fuentes, lecturas y contemporáneos
Rodríguez Freyle no escribe en el vacío. Para lo que toca a la conquista y los primeros años del reino, su libro se apoya en Simón y Castellanos, dos figuras mayores de la historiografía americana temprana que le sirven de andamio para los pasajes que no había podido conocer directamente. A esa base escrita suma la vasta tradición oral americana: relatos familiares, memoria de los últimos conquistadores, chismes de la ciudad, testimonios que solo circulaban en la conversación santafereña y que él fija por primera vez en la escritura.
En el terreno de las autoridades intelectuales, El Carnero despliega el aparato de referencias que se esperaba de un letrado de su tiempo: escritores clásicos grecolatinos, mitología, historia antigua, historia española, autores peninsulares. No es un despliegue erudito ostentoso —el libro no se propone como tratado— pero muestra que Rodríguez Freyle poseía la formación de un hombre de la república blanca con acceso a bibliotecas y lecturas cumplidas. La influencia más viva, sin embargo, no es la de los clásicos sino la de la picaresca: en la manera de mirar a los personajes de baja moral, en el tono desengañado, en la disposición a reírse de las instituciones, hay mucho más Guzmán de Alfarache que Tácito.
Rodríguez Freyle escribe en el momento en que el barroco español —culteranismo y conceptismo— tenía ya plena acogida en el Nuevo Reino. Sus contemporáneos y sucesores inmediatos serían Hernando Domínguez Camargo, representante del culteranismo gongorino con su Poema heroico de San Ignacio de Loyola, los hermanos Solís y Valenzuela, Francisco Álvarez de Velasco, Cueto y Mena: una generación que llevaría el barroquismo neogranadino hasta la segunda mitad del siglo XVIII en formas cada vez más degradadas. Rodríguez Freyle es, en ese panorama, una anomalía: no es poeta, no es predicador, no es teólogo. Es un prosista de la vida civil, un narrador de casos, y su obra combina elementos medievales, renacentistas y barrocos en una mezcla que ha resistido siempre la clasificación genérica. Prosista sin escuela en un reino de versificadores devotos, ocupa un lugar propio y difícil de reducir.
La sociedad que retrata: notarios, oidores, mujeres
El valor de El Carnero como fuente histórica reside en la imagen que ofrece de la sociedad neogranadina en su fase de consolidación colonial. Lo que Rodríguez Freyle ve, y lo que su libro fija, es un mundo en el que la conquista ha terminado y donde el poder se ha desplazado desde el campo de batalla hacia las oficinas.
La rotación burocrática de los presidentes de la Real Audiencia es, para él, el pulso más notable de la vida pública neogranadina. Alrededor de ese vaivén de funcionarios llegados de la península —cada uno con su clientela, sus deudas y sus vicios— se organiza la vida política de la ciudad. La administración colonial, con sus alcaldes ordinarios, sus oidores, su Consejo de Indias al fondo, funciona como un aparato de instancias superpuestas donde los conflictos de competencia son la regla. Rodríguez Freyle observa ese aparato desde afuera, con la ironía del que no comió de él, y consigna sus fricciones internas: oidores que se matan entre sí, presidentes que abusan de sus poderes, magistrados que se enredan con encomenderas.
La encomienda, institución económica y social clave del reino, aparece también como escenario de pleitos y ambiciones. En la sabana de Bogotá se había organizado sobre los clanes muiscas preexistentes: lo encomendado era el grupo, el cacique lo representaba y pagaba el tributo a nombre de la comunidad. En torno a esa estructura, criollos pretenciosos disputaban asignaciones amañadas y buscaban influencias que les permitieran acceder a la renta indígena. Ese sistema, que sería el andamiaje económico del reino durante generaciones, aparece en El Carnero no como objeto de análisis sino como telón de fondo de intrigas.
La jerarquía racial y de castas se percibe en el libro, aunque no siempre nombrada de frente. Los blancos —peninsulares y criollos— mandan y sobreviven en distintos grados; los mestizos ocupan un lugar intermedio y crecientemente ambiguo, hasta el punto de que en el censo de 1778 representarían casi la mitad de la población; los indios sujetos a tributo bajan en proporción; los esclavos africanos aparecen en oficios domésticos y de servicio, como en el episodio de Juana García. La sociedad que retrata es ya profundamente mestizada, aunque la retórica pública siga hablando de repúblicas separadas.
Y luego está el clero. Las órdenes religiosas, protagonistas de la cristianización del reino, habían adquirido en Santafé —como en los otros centros de poder económico y político— tal peso institucional que la sociedad colonial no puede entenderse sin ellas. Rodríguez Freyle registra la presencia eclesiástica en todas sus dimensiones: arzobispos que se pelean con presidentes, curas que se enredan en escándalos, conventos que crecen vertiginosamente. La existencia colonial neogranadina que él describe es una vida moderada por la falta de riquezas y cercada por el poder creciente de la Iglesia.
Sobre todo eso, un motivo obsesivo: el poder de las mujeres. El Carnero pregona con insistencia lo que la retórica oficial reprimía: que en la sociedad santafereña las mujeres —Inés de Hinojosa, Juana García, las damas de los casos— disponían de un poder efectivo, sexual y práctico, que las instituciones imperiales trataban en vano de controlar. Ese es uno de los rasgos que hizo del libro un texto incómodo y explica en parte su circulación clandestina: en el archivo colonial oficial las mujeres son propiedad, sujeto de tutela, cuerpo administrado; en Rodríguez Freyle son agentes.
La huella: recepción, disputas y consagración
El Carnero atravesó dos siglos en manuscrito antes de existir como libro impreso. Su recepción se divide claramente en dos épocas.
Durante el período colonial, la obra circuló en copias que pasaban de mano en mano, se corrompían, se ampliaban con adiciones apócrifas, se prestaban en secreto. La popularidad fue considerable: en un régimen de lecturas dominado por catecismos, hagiografías y devocionarios, un libro que ofrecía adulterios, envenenamientos, brujerías y sátira burocrática satisfacía una demanda de ficción narrativa que los canales oficiales no cubrían. Ahí radica buena parte del secreto de su fortuna manuscrita: en un mundo sin novela impresa, El Carnero hacía las veces.
Cuando en 1859 se publica finalmente, el país es ya la Nueva Granada republicana, y las opiniones sobre cómo leerlo se dividen. Para los historiadores del siglo XIX que buscaban en las crónicas de la conquista fuentes autorizadas para el relato nacional, El Carnero resultaba desconcertante: no era exactamente crónica ni exactamente ficción, no cabía en los géneros heredados. Miguel Aguilera defendió su valor como fuente histórica y rechazó reducirlo a costumbrismo o novela. Eduardo Camacho lo calificó de "crónica novelesca", subrayando su carácter histórico-anecdótico. Rafael Humberto Moreno-Durán, ya en el siglo XX, insistiría en la imposibilidad de clasificarlo genéricamente y en su condición de obra barroca donde coexisten elementos medievales, renacentistas y picarescos.
La discusión sobre el género no es un tecnicismo: pone en juego qué clase de autoridad tiene Rodríguez Freyle. Si es cronista, sus datos deben acatarse. Si es narrador, sus casos son ficción con base histórica. La respuesta razonable es que las dos cosas ocurren simultáneamente. Rodríguez Freyle aspira al estatuto del historiador —de ahí el título largo, la enumeración de presidentes y arzobispos, la periodización desde 1539, la apoyatura en sus predecesores, incluso la descripción detallada de un enfrentamiento entre los muiscas antes de la llegada de los españoles, que ha resultado ser, siguiendo la memoria del cacique de Guatavita, el testimonio más pormenorizado de una batalla indígena precolonial en el Nuevo Reino—, pero su posición de criollo marginal en una colonia sin gloria épica desvía inevitablemente la escritura hacia los casos novelescos y la sátira burocrática. La obra vive en esa tensión y de ella extrae su fuerza.
En el largo plazo, El Carnero se ha consolidado como uno de los libros fundacionales de la literatura colombiana y como fuente insustituible para el estudio de la sociedad colonial neogranadina del siglo XVII. Sus personajes han pasado a la memoria literaria del país: Inés de Hinojosa reaparece en la novela decimonónica y en el imaginario nacional; Juana García se ha vuelto emblema del cruce entre magia afrodescendiente y sociedad santafereña; los oidores de sus páginas resucitan cada vez que hay que ilustrar la vida cotidiana del reino. La obra ha sido reeditada, anotada, traducida y estudiada, y su lugar en el canon está asegurado.
Queda, sin embargo, algo irreductible en Rodríguez Freyle que ninguna consagración ha domesticado del todo. Su libro es la voz de un hombre viejo, sin cargos, sin herencia significativa, que decide dejar por escrito lo que sabe: que en la colonia madura ya no había conquistadores, sino tinterillos; que los oidores mataban a los oidores; que las mujeres eran más poderosas de lo que las leyes decían; que las brujas leían el destino en lebrillos de agua; que la gloria del Nuevo Reino era, mirada de cerca, un asunto bastante mezquino. Esa voz —irónica, moralizante, chismosa, letrada, rencorosa a ratos— es el primer eco propio de la literatura hecha en lo que sería Colombia. Con ella comienza, en 1636, algo que no tendría nombre hasta muy tarde: la prosa nacional.
Conexiones del archivo
Red histórica
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
15 documentos · 21 fragmentos01Violencia pública en Colombia, 1958-2010Marco Palacios · 2012 · Página 381 cita
[1]de la Real Audiencia. Los arzobispos, preben- dados y dignidades que han sido de esta santa iglesia catedral, desde el año de 1539, que se fundó, hasta 1636, que esto se escribe; con algunos casos sucedi- dos en este Reino, que van en la historia para ejemplo, y no para imitarlos, por el daño de la conciencia, obra…
p. 38
02Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · Página 411 cita
[2]des migraciones y el Nuevo Reino de Granada se encerró sobre sí mismo a la manera de Macondo en Cien años de soledad. Lo único dinámico era la danza burocrática de funcionarios yendo y viniendo para ocupar la presidencia de la Real Audiencia. Rodríguez Freyle mostró en El Carnero cómo el Nuevo Mundo, especialmente en…
p. 41
03Historia de la vida cotidiana en ColombiaBeatriz Castro Carvajal (editora) · 2016 · Página 4631 cita
[3]primeros descubridores y conquistadores. En una palabra, pertenecían y sentían per - tenecer a lo que se llamó la república blanca, situación que sólo tuvo algunos cambios muy a finales del siglo xviii. Ahora bien, los había blancos de origen rural —hijos de encomenderos pobres o arruinados, esto sobre todo en el…
p. 463
04Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Página 741 cita
[4]o “ cuarterones ”, agrupadas en los censos co mo “ mestizos ”, “ castas ” o “ libres ”. En efecto, ya para 1778 casi la mi tad de la poblaci ó n del Nuevo Reino figuraba como mestiza, y mu chos de los que aparec í an como ind í genas, blancos o incluso esclavos eran mestizos. En el censo de ese a ñ o los indios fueron…
p. 74
05Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · Páginas 505, 508, 5123 citas
[5]del que todos hablan y muy pocos cono cen ”. (“ Pr ó logo ”, p á g. 29). A pesar de su transmisi ó n manuscrita fue una de las pocas obras coloniales que goz ó de amplia popular ridad que en este caso es perfectamente explicable: para un p ú blico sometido a un r é gimen de lecturas did á cticas y devotas principal…
p. 505
[6]n popular y envueltos en un halo de leyenda. Aunque algunos consideran El Carnero como “ fuente hist ó rica cngna de acatarse y que por lo tanto ‘ es preciso desechar la idea de que... es del g é nero costumbrista, novelesco o imaginativo ’ hay que reconocer que no se trata de un relato rigurosamente his t ó rico sino…
p. 508
[9]pasos de su ejecu ci ó n sin ahorrar al lector los detalles de mayor s áñ a; en los dos cuentos el dramatismo resulta no s ó lo de los hechos mismos sino de la manera de organizarlos y de relatarlos, pero este dramatismo se logra mediante procedimientos diferentes en los dos casos. - En el primero, logra intensificar…
p. 512
06Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · Página 1661 cita
[7]cuatro años antes de su muerte, en 1642. Desde el punto de vista historiográfico, Rodrí- guez Freyle se basa en las crónicas de fray Pedro Simón, el padre Juan de Castellanos y en la ex- tensa tradición oral americana. Rafael Humberto Moreno-Durán considera que esta obra, concebi- da inicialmente como una crónica,…
p. 166
07Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · Páginas 256, 2602 citas
[8]ampliamente al estilo directo y al diálogo (por ejemplo, la historieta de Juana García, Cap. IX, está estructurada casi totalmente con base en el diálogo). Podemos ver algunos de los mejores recur- sos narrativos de Rodríguez Freyle, sobre todo aquellos mediante los cuales logra crear drama- tismo y suspenso, en dos…
p. 260
[10]su cultura originaria y esta expresión de mestizaje cultural da lugar a los rasgos más dis- tintivos del barroco americano que lo diferen- cian del español y del europeo (32). Las corrientes literarias dominantes en Es- paña durante el período barroco, tradicional- mente denominadas culteranismo y conceptis- mo,…
p. 256
08Historia abierta del arte colombianoMarta Traba · 2016 · Página 321 cita
[11]el caso de los mobiliarios ricos y la extrema aus- teridad en los mobiliarios comunes, y, centrando este es- cenario, la paraliteratura inocente y áspera de la crónica, 33 Híndicíe eríscde tsa ecds óiaioríeui ajustan perfectamente con una existencia colonial neo- granadina sin gloria, moderada por la falta de…
p. 32
09Manual de Historia de Colombia, Tomo IIIJaime Jaramillo Uribe (director científico), Jesús Antonio Bejarano, Darío Mesa, Miguel Urrutia Montoya, Germán Téllez Castañeda, Germán Rubiano, Rafael Gutiérrez Girardot · 1980 · Página 2411 cita
[12]ara la doctrina cristiana, les administrara los sacramentos y Ies acostumbrara a “ vivir en polecia ” x. Aparte de esta norma existen algunas indicaciones sobre la existencia de escuelas de primeras letras en el siglo xvn. En El Camero, Rodr í guez Freyle, narrando el asesinato de Juan de los R í os, cuenta que cuando…
p. 241
10Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · Página 1161 cita
[13]relaciones siempre fueron reducidos a guazabaras, las cuales eran rápida- mente ‘desbaratadas’ por los hispanos, lo que obligaba a la huida de los muiscas. Refiriéndose a estas batallas, Aguado dice que los cacicazgos se apoyaban en ligas o confederaciones militares, como la de Duitama y Sogamoso (1: 297-8), o la que…
p. 116
11Historia económica y social de Colombia IIGermán Colmenares · 1999 · Página 181 cita
[14]la esclavitud, la actividad minera, el surgimiento de la hacienda, los mecanis- mos de crédito, etc.; es decir, todas las posibles determinaciones de una realidad que había que reducir conceptualmente o, a la manera que es pro- pia de los historiadores, descriptivamente. Porque, al fin de cuentas, nin- guna promesa de…
p. 18
12Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · Página 232 citas
[15]y capitanes se convirtieron prácticamente en agentes de la Corona, y se les concedieron pri- vilegios, tierras y a veces encomiendas, responsabilidades organi- zativas y títulos. Las encomiendas en la sabana de Bogotá, por ejemplo, se organizaron con base en las capitanías, pueblos ente- ros sometidos a la dirección…
p. 23
[16]y capitanes se convirtieron prácticamente en agentes de la Corona, y se les concedieron pri- vilegios, tierras y a veces encomiendas, responsabilidades organi- zativas y títulos. Las encomiendas en la sabana de Bogotá, por ejemplo, se organizaron con base en las capitanías, pueblos ente- ros sometidos a la dirección…
p. 23
13Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader · 2002 · Página 1962 citas
[17]las autoridades dispusieron que los indios vivieran en pueblos con arreglo a normas fijas: una plaza mayor de 180 varas en cuadro, con una iglesia «lo mejor que pudieren», con calles rectas de 14 varas de ancho y manzanas cuadradas igual- mente de 80 varas de lado, con una casa para el cacique que «sea mayor y mejor…
p. 196
[18]las autoridades dispusieron que los indios vivieran en pueblos con arreglo a normas fijas: una plaza mayor de 180 varas en cuadro, con una iglesia «lo mejor que pudieren», con calles rectas de 14 varas de ancho y manzanas cuadradas igual- mente de 80 varas de lado, con una casa para el cacique que «sea mayor y mejor…
p. 196
14Historia de la religión en ColombiaJosé David Cortés Guerrero, Juana María Marín Leoz, Leonardo García Rincón · 2022 · Páginas 1, 142 citas
[19]57 LAS ÓRDENES RELIGIOSAS Y LA SOCIEDAD NEOGRANADINA, SIGLOS XVI-XIX William Elvis Plata Introducción Las órdenes religiosas no solo fueron las grandes protagonistas del proceso de cristianización de la Nueva Granada en los siglos a, sino que, además, por lo mismo, adquirieron tal grado de XVI XVIII poder y de…
p. 1
[20]algunas regiones, como las actuales Antioquia y Santander, la influencia de las órdenes religiosas fue mucho más reducida, al punto de no existir sino muy pocos conventos y casas religiosas durante los siglos y. XVI, XVII XVIII Tan estrecho fue el vínculo de las órdenes con los poderes civiles, que su establecimiento…
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15Aproximaciones a la historia del Derecho en ColombiaLuis Freddyur Tovar, Beatriz Eugenia Salamanca Charria, Carlos Andrés Delvasto Perdomo, Carlos Andrés Echeverry Restrepo, Francesco Zappalá Sastoque, Iván Alberto Díaz Gutiérrez · 2014 · Página 2871 cita
[21]división de poderes, los con - flictos de competencia entre autoridades coloniales eran cons - tantes, particularmente, entre oidores y virreyes 19. La primera instancia de un proceso era presidida por los alcaldes ordina - rios. Sólo para delitos graves se enviaba un juez comisionado, quien abría el proceso, ordenaba…
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