Juan Rodríguez Freyle
Colonia
1566–1642
La biografía
Juan Rodríguez Freyle (Santafé de Bogotá, 1566-c. 1642) redactó entre 1636 y 1638 la obra conocida como El Carnero. El libro parte de la conquista y de la sucesión institucional del Nuevo Reino de Granada, pero dedica una porción decisiva a casos, conflictos y relatos de la sociedad santafereña. El original no se conserva; la copia más antigua conocida es de 1784 y la primera edición impresa apareció en 1859, unos 221 años después de concluida la redacción. Es una fuente central y, a la vez, difícil: la investigación discute desde hace décadas cuánto pertenece a la historia, a la memoria, a la tradición oral y a la elaboración literaria. La propia vida de Rodríguez Freyle también exige cautela, porque los documentos externos son pocos y buena parte de su biografía se ha reconstruido a partir de pasajes de su libro.
Línea de vida
- 1566
Nacimiento y bautismo en Santafé
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Los estudios sitúan su nacimiento el 25 de abril de 1566; fue bautizado el 7 de mayo como hijo de Juan Freile y Catalina Rodríguez.
- 1585
Viaje a España
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Viajó con el oidor Alonso Pérez de Salazar y permaneció unos seis años en la península.
- 1591
Regreso al Nuevo Reino
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Regresó hacia 1591. Documentos posteriores lo muestran como tutor, propietario en Guasca y participante en actividades agrícolas y pleitos de deuda.
- 1636
Inicio de la redacción de El Carnero
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Comenzó hacia 1636 la obra conocida como El Carnero, cuya redacción se sitúa entre 1636 y 1638.
- 1638
Conclusión aproximada de la obra
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La investigación textual situa hacia 1638 el cierre de la redacción. El original no se conserva.
- 1642
Muerte documentada de manera indirecta
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Un documento del 2 de diciembre de 1642 permite concluir que ya había muerto; por eso la fecha se expresa como c. 1642.
- 1784
Copia manuscrita más antigua conocida
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La copia de Antonio Ricaurte y Rigueyro, de 1784, es el testimonio manuscrito conservado más antiguo conocido. Otras copias datan de comienzos del siglo XIX.
- 1859
Primera edición impresa
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Felipe Pérez llevó la obra a la imprenta de Pizano i Pérez en 1859. No se sabe si el retraso anterior se debió a censura.
La semblanza: un criollo en la colonia sin gloria
Rodríguez Freyle nació en Santafé en 1566 y murió probablemente hacia 1642. La partida bautismal transcrita por los estudios documentales lo identifica como hijo de Juan Freile y Catalina Rodríguez, no de Alonso Rodríguez Freyle y Catalina de Torres. Los datos seguros sobre su formación y carrera son escasos. Su escritura revela lecturas bíblicas, clásicas y peninsulares, pero eso no permite reconstruir por sí solo una educación formal completa ni su posición social exacta. Tampoco está probado que hubiera permanecido toda su vida al margen de cualquier actividad pública o económica: documentos posteriores lo muestran como tutor de menores, propietario en Guasca y participante en negocios agrícolas y pleitos de deuda.
Cuando comienza a escribir ronda los setenta años. El Nuevo Reino que organiza en sus páginas no se reduce a una crónica de hazañas militares: presidentes, oidores, arzobispos, pleitos, favores, adulterios, homicidios y relatos ejemplares comparten el espacio narrativo. Esa selección es una construcción del autor, no un inventario neutral de toda la colonia. La sucesión institucional da orden al libro, mientras los casos interrumpen y reorientan ese marco con diálogo, suspenso, digresión moral e ironía.
No fue testigo de la conquista de Bacatá ni de la expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada. Para esos años dependió de relatos anteriores, memorias y tradiciones que la crítica intenta identificar. Su aporte más propio se concentra en la colonia ya establecida y en episodios cercanos a la experiencia santafereña. Llamarlo memorialista ayuda a describir esa mirada, siempre que no convierta memoria, rumor y artificio narrativo en prueba equivalente a un documento contemporáneo.
Los orígenes: hijo de conquistadores tardíos
Los documentos biográficos firmes son contados. Una partida transcrita por investigadores registra su bautismo el 7 de mayo de 1566 y nombra a sus padres como Juan Freile y Catalina Rodríguez; varios estudios sitúan el nacimiento el 25 de abril. Las grafías Freile y Freyle varían en la tradición bibliográfica. La proximidad temporal con sobrevivientes de la conquista pudo darle acceso a relatos orales, pero la procedencia de cada episodio debe examinarse por separado: el libro combina memoria declarada, crónicas, documentos, lugares comunes y construcción narrativa.
Las noticias sobre su educación proceden en gran medida de El Carnero. A partir de pasajes autobiográficos se ha dicho que estudió en el seminario de San Luis y que acompañó una expedición contra los pijaos; los estudios recientes advierten que esos datos no cuentan con el mismo respaldo externo que la partida de bautismo o los documentos patrimoniales. La amplitud de sus citas demuestra una práctica letrada, pero no autoriza a derivar de ella una trayectoria escolar detallada. Incluso los mínimos de vida cotidiana que registra deben leerse primero como parte de una narración construida.
En 1585 viajó a España con el oidor Alonso Pérez de Salazar y permaneció allí unos seis años; regresó al Nuevo Reino hacia 1591. Después aparecen rastros documentales discontinuos: fue tutor de menores, tuvo propiedad en Guasca y participó en actividades agrícolas y litigios por deudas. Otras síntesis mencionan matrimonio y una posible función de recaudación, con grados de certeza distintos. No fue simplemente un observador anónimo sin ocupaciones: fue un vecino cuya biografía solo puede reconstruirse en fragmentos.
La trayectoria: la escritura de El Carnero (1636-1638)
La obra se redactó entre 1636 y 1638. Su título extenso promete la conquista y descubrimiento del Nuevo Reino, la sucesión de la Real Audiencia y de las dignidades eclesiásticas y una serie de casos ofrecidos como ejemplo y advertencia moral. La cronología narrativa comienza antes del nacimiento del autor y llega hasta su presente. Por eso el texto alterna materiales de procedencia desigual: para unos períodos depende de fuentes anteriores; para otros incorpora memoria, testimonio, rumor y experiencia; en todos interviene la forma elegida para contar.
Los casos no son una puerta simple por la que la ficción entra en una historia previamente pura. Forman parte del proyecto del libro y articulan envenenamientos, adulterios, acusaciones de hechicería, homicidios, pleitos y conflictos de poder. La crítica ha mostrado que la enumeración institucional convive con diálogos, anticipaciones, escenas y digresiones morales. Esa convivencia explica el debate genérico: El Carnero conserva marcas historiográficas y, al mismo tiempo, emplea procedimientos narrativos que impiden leer todos sus episodios como transcripción literal de hechos.
El original de El Carnero está perdido. La copia conservada más antigua que se conoce fue realizada por Antonio Ricaurte y Rigueyro en 1784; otros manuscritos datan de comienzos del siglo XIX, entre ellos copias de 1810 y 1812. Los recuentos especializados hablan de cinco o seis testimonios manuscritos, según los criterios de catalogación, y registran variantes, lagunas y adiciones. La primera impresión fue la de Felipe Pérez en 1859. No es correcto afirmar que todas las copias sobrevivientes sean de finales del siglo XVIII ni usar sus diferencias, sin fuente precisa, para postular dos Carneros separados.
No se sabe por qué la obra no llegó antes a la imprenta ni si fue censurada por las autoridades. La crítica puede relacionar su moralización, sus escándalos, su sátira y sus personajes femeninos con la incomodidad del texto, pero esa lectura no prueba una prohibición concreta. Está documentada la transmisión manuscrita; en cambio, el alcance de su recepción antes del siglo XIX es difícil de medir y no permite asegurar préstamos secretos, éxito clandestino o generaciones enteras de lectores. Entre la redacción de 1638 y la edición de 1859 hubo circulación, pero también un amplio silencio documental.
Los casos: la arquitectura literaria del libro
La reputación literaria de Rodríguez Freyle se apoya de manera importante en sus relatos interpolados y en la forma de enlazarlos con la cronología del reino. La selección de unos pocos episodios como lo mejor o lo fundacional pertenece a la historia de la crítica, no a un hecho que pueda medirse sin criterio. Lo verificable es que casos como los de Juana García, Jorge Voto e Inés de Hinojosa y Andrés Cortés de Mesa han concentrado lecturas literarias, históricas y culturales muy diversas.
El capítulo IX narra el caso de Juana García, una mujer afrodescendiente libre, partera y curandera, presentada y perseguida bajo la acusación de hechicería. En el relato, una lebrilla de agua permite a una dama conocer la infidelidad de su marido; esa escena pertenece a la elaboración de El Carnero, no prueba que el procedimiento mágico ocurriera literalmente. Estudios recientes leen el episodio como una fusión de historia y ficción que da voz a Juana pero también muestra cómo raza, género y posición social la hacían vulnerable ante la justicia colonial. Llamarla solamente una «negra hechicera» repite sin distancia la categoría que la criminalizó.
El capítulo X cuenta la trama de Jorge Voto e Inés de Hinojosa como una cadena de adulterio, asesinato y retribución. La crítica ha destacado la simetría entre victimario y víctima y el uso de anticipaciones para sostener la tensión. Conviene mantener el nivel de enunciación: así los presenta El Carnero, y no como una reconstrucción judicial corroborada en todos sus detalles. Inés de Hinojosa adquirió una larga vida literaria posterior, incluida su reelaboración decimonónica, lo que demuestra la productividad cultural del personaje, no la literalidad completa del relato original.
Los capítulos XI y XII desarrollan el caso del oidor Andrés Cortés de Mesa y la muerte del oidor Juan de los Ríos. El texto distribuye la acción, demora información y acumula detalles para producir suspenso. Esos recursos permiten estudiar la técnica narrativa de Rodríguez Freyle, pero no convierten cada gesto, diálogo o motivación en evidencia independiente del crimen. La formulación rigurosa es doble: El Carnero conserva una versión históricamente valiosa del conflicto y, al mismo tiempo, la organiza como relato.
Estos episodios no son simples adornos: alteran el ritmo y la función del marco cronológico. La crítica ha identificado diálogo, anticipación, simetrías, suspenso, ejemplaridad moral e ironía, y ha relacionado algunos de esos procedimientos con tradiciones como la picaresca. Llamarlos «inequívocamente novelescos» cerraría una discusión que sigue abierta. Es más preciso decir que sus estrategias narrativas conviven con pretensiones historiográficas y producen el carácter fronterizo de la obra.
La red: fuentes, lecturas y contemporáneos
Rodríguez Freyle trabajó con materiales heterogéneos. Para los primeros años del reino se han rastreado crónicas y relaciones anteriores; para otros pasajes invoca testigos, recuerdos, conversaciones y experiencias propias. La relación precisa con autores como Juan de Castellanos y fray Pedro Simón ha sido discutida por los especialistas y no debe reducirse a una copia lineal. La tradición oral es importante, pero «haber oído» tampoco garantiza por sí solo exactitud: cada afirmación necesita contraste con documentos y cronologías externas.
Las citas bíblicas, clásicas, mitológicas y peninsulares muestran el horizonte letrado del libro, aunque no permiten inventariar toda la biblioteca ni la educación de su autor. Diversos críticos han visto afinidades con la picaresca en el desengaño, la ironía y la representación de conductas censurables. La fórmula de que hay más Guzmán de Alfarache que Tácito puede servir como juicio comparativo, pero no como una influencia demostrada sin estudio textual específico. El aparato erudito y la voz narrativa deben analizarse, no usarse como certificado social.
Escribió en un campo cultural atravesado por formas barrocas, crónicas, sermón, poesía y prosa moral. Compararlo con autores neogranadinos del siglo XVII ayuda a situarlo, pero no autoriza a describir las formas posteriores como una degradación lineal hasta el siglo XVIII. La crítica ha propuesto para El Carnero etiquetas como crónica, crónica novelesca, libro de casos, relato híbrido y obra barroca. Ninguna ha cancelado a las otras. Su singularidad reside menos en estar fuera de toda tradición que en combinar registros con finalidades históricas, morales y narrativas.
La sociedad que retrata: notarios, oidores, mujeres
El valor histórico de El Carnero no consiste en ofrecer una fotografía directa de toda la sociedad neogranadina. El libro selecciona episodios, ordena autoridades y convierte recuerdos y casos en narración. Permite estudiar representaciones de poder, honor, violencia, justicia, género y jerarquía, y en ocasiones conserva datos que pueden contrastarse con otros archivos. Su utilidad crece cuando se distingue entre la fecha del suceso, la fecha de escritura, la fuente declarada y la forma literaria que recibe cada episodio.
La Real Audiencia y la sucesión de presidentes y oidores proporcionan una de las líneas organizadoras de la obra. Alrededor de esos funcionarios aparecen conflictos de competencia, favores, abusos, pleitos y escándalos. Esa mirada puede leerse como crítica o sátira burocrática, pero no prueba que Rodríguez Freyle observara el aparato enteramente «desde afuera»: los documentos lo insertan en relaciones de propiedad, tutela y litigio de su tiempo. La posición del narrador ante el poder no equivale automáticamente a la biografía social del autor.
La encomienda y las disputas por autoridad y riqueza forman parte del mundo que el libro construye. Aparecen encomenderos, caciques, tributos, influencias y litigios, pero El Carnero no es un tratado sistemático sobre la institución ni demuestra por sí solo cómo funcionó en cada región. Sus escenas sirven para formular preguntas sobre la articulación entre poder local, administración imperial y poblaciones indígenas; las respuestas requieren archivos fiscales, judiciales y demográficos adicionales.
La jerarquía racial aparece tanto en las posiciones sociales como en el modo de nombrar y juzgar a los personajes. No conviene proyectar sobre la década de 1630 un censo de 1778 ni usarlo para describir automáticamente la población del libro. Tampoco Juana García debe figurar como esclavizada doméstica: la investigación consultada la identifica como mujer afrodescendiente libre, partera y curandera, sometida a acusación y destierro. El Carnero permite estudiar la racialización colonial, pero su vocabulario participa de ese orden y no es una descripción neutral de él.
El clero y las instituciones eclesiásticas ocupan un lugar constante en la obra: la sucesión de arzobispos forma parte de su armazón y varios casos muestran choques con autoridades civiles, disciplina moral y escándalo. Es posible leer esas escenas como crítica, pero no todos los clérigos ni todas las órdenes quedan representados del mismo modo. El texto ofrece una perspectiva sobre la presencia eclesiástica en Santafé; para medir su poder material, crecimiento o alcance social hacen falta fuentes distintas de la narración.
Las mujeres son centrales en muchos casos, pero esa centralidad no equivale sin más a emancipación ni a un poder que el Imperio tratara siempre en vano de controlar. Algunas figuras actúan, hablan, negocian o desencadenan la trama; a la vez, el narrador las encuadra con frecuencia en esquemas moralizantes y misóginos, y varias sufren violencia, criminalización o castigo. En el episodio de Juana García, la voz que denuncia convive con la mediación de un autor varón y con la vulnerabilidad jurídica de una mujer afrodescendiente. Esta tensión es histórica y literariamente productiva; no demuestra que la obra dejara de imprimirse por su representación de las mujeres.
La huella: recepción, disputas y consagración
El Carnero atravesó dos siglos en manuscrito antes de existir como libro impreso. Su recepción se divide claramente en dos épocas.
Entre 1638 y 1859 la obra sobrevivió por transmisión manuscrita. Las copias conservadas prueban que fue leída y reproducida, y sus variantes muestran intervenciones, errores y adiciones en ese proceso. No prueban por sí solas una popularidad considerable, préstamos secretos ni un mercado clandestino comparable al de una novela impresa. Los estudios sobre recepción subrayan precisamente lo poco que se sabe del alcance social de esas lecturas antes del siglo XIX. La historia material permite afirmar circulación; su intensidad y sus públicos siguen siendo una brecha.
La impresión de 1859 abrió una nueva etapa de lectura. Editores, historiadores y críticos discutieron su utilidad como crónica, su carácter anecdótico, sus procedimientos narrativos y su lugar en una literatura nacional en formación. A lo largo de los siglos XIX y XX cambiaron también los intereses: separar hechos y ficciones, reivindicar una tradición criolla, estudiar la estructura de los casos o examinar raza y género. Por eso etiquetas como «crónica novelesca» o «obra barroca» deben entenderse dentro de debates y momentos de recepción, no como una clasificación definitiva.
La discusión genérica importa porque condiciona el uso de la obra como fuente, pero plantea una falsa disyuntiva decir que, si es crónica, sus datos deben acatarse y, si es narración, sus casos son ficción. Un texto con marcas historiográficas también selecciona, organiza y modela su material; un relato literariamente elaborado puede conservar nombres, conflictos y memorias contrastables. El método más seguro distingue autor, narrador, texto y acontecimiento, y verifica cada afirmación con evidencia externa cuando existe. La fuerza de El Carnero reside en esa tensión, no en autorizar como hechos todos sus detalles.
El Carnero ocupa un lugar canónico en la literatura colombiana y sigue siendo una fuente mayor para estudiar representaciones de la sociedad colonial. Sus personajes y casos han sido reeditados, adaptados y discutidos desde perspectivas historiográficas, literarias, raciales y de género. Inés de Hinojosa tuvo una extensa posteridad narrativa; Juana García se ha convertido en un punto de entrada para estudiar afrodescendencia, justicia y vulnerabilidad, no simplemente «magia afrodescendiente». La consagración del libro aumenta la necesidad de leerlo con contraste, porque la repetición canónica también puede volver hechos las decisiones del narrador.
Lo irreductible no es una psicología demostrada de Rodríguez Freyle, sino la voz que el libro construye: moralizante, irónica, erudita y atenta al escándalo. Desde ella, el Nuevo Reino aparece menos como escenario exclusivo de conquista que como una sociedad de pleitos, autoridades, jerarquías, rumores y violencias domésticas. Esa perspectiva contribuyó de manera decisiva a la prosa colonial y luego a las genealogías de la literatura colombiana. No permite afirmar que su autor muriera sin herencia, escribiera por rencor o inaugurara por sí solo una «prosa nacional»; permite reconocer una obra temprana cuya potencia depende precisamente de leer juntas su ambición histórica y su elaboración narrativa.
Conexiones del archivo
Red histórica
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
15 documentos · 21 fragmentos01Violencia pública en Colombia, 1958-2010Marco Palacios · 2012 · Página 381 cita
[1]de la Real Audiencia. Los arzobispos, preben- dados y dignidades que han sido de esta santa iglesia catedral, desde el año de 1539, que se fundó, hasta 1636, que esto se escribe; con algunos casos sucedi- dos en este Reino, que van en la historia para ejemplo, y no para imitarlos, por el daño de la conciencia, obra…
p. 38
02Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · Página 411 cita
[2]des migraciones y el Nuevo Reino de Granada se encerró sobre sí mismo a la manera de Macondo en Cien años de soledad. Lo único dinámico era la danza burocrática de funcionarios yendo y viniendo para ocupar la presidencia de la Real Audiencia. Rodríguez Freyle mostró en El Carnero cómo el Nuevo Mundo, especialmente en…
p. 41
03Historia de la vida cotidiana en ColombiaBeatriz Castro Carvajal (editora) · 2016 · Página 4631 cita
[3]primeros descubridores y conquistadores. En una palabra, pertenecían y sentían per - tenecer a lo que se llamó la república blanca, situación que sólo tuvo algunos cambios muy a finales del siglo xviii. Ahora bien, los había blancos de origen rural —hijos de encomenderos pobres o arruinados, esto sobre todo en el…
p. 463
04Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Página 741 cita
[4]o “ cuarterones ”, agrupadas en los censos co mo “ mestizos ”, “ castas ” o “ libres ”. En efecto, ya para 1778 casi la mi tad de la poblaci ó n del Nuevo Reino figuraba como mestiza, y mu chos de los que aparec í an como ind í genas, blancos o incluso esclavos eran mestizos. En el censo de ese a ñ o los indios fueron…
p. 74
05Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · Páginas 505, 508, 5123 citas
[5]del que todos hablan y muy pocos cono cen ”. (“ Pr ó logo ”, p á g. 29). A pesar de su transmisi ó n manuscrita fue una de las pocas obras coloniales que goz ó de amplia popular ridad que en este caso es perfectamente explicable: para un p ú blico sometido a un r é gimen de lecturas did á cticas y devotas principal…
p. 505
[6]n popular y envueltos en un halo de leyenda. Aunque algunos consideran El Carnero como “ fuente hist ó rica cngna de acatarse y que por lo tanto ‘ es preciso desechar la idea de que... es del g é nero costumbrista, novelesco o imaginativo ’ hay que reconocer que no se trata de un relato rigurosamente his t ó rico sino…
p. 508
[9]pasos de su ejecu ci ó n sin ahorrar al lector los detalles de mayor s áñ a; en los dos cuentos el dramatismo resulta no s ó lo de los hechos mismos sino de la manera de organizarlos y de relatarlos, pero este dramatismo se logra mediante procedimientos diferentes en los dos casos. - En el primero, logra intensificar…
p. 512
06Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · Página 1661 cita
[7]cuatro años antes de su muerte, en 1642. Desde el punto de vista historiográfico, Rodrí- guez Freyle se basa en las crónicas de fray Pedro Simón, el padre Juan de Castellanos y en la ex- tensa tradición oral americana. Rafael Humberto Moreno-Durán considera que esta obra, concebi- da inicialmente como una crónica,…
p. 166
07Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · Páginas 256, 2602 citas
[8]ampliamente al estilo directo y al diálogo (por ejemplo, la historieta de Juana García, Cap. IX, está estructurada casi totalmente con base en el diálogo). Podemos ver algunos de los mejores recur- sos narrativos de Rodríguez Freyle, sobre todo aquellos mediante los cuales logra crear drama- tismo y suspenso, en dos…
p. 260
[10]su cultura originaria y esta expresión de mestizaje cultural da lugar a los rasgos más dis- tintivos del barroco americano que lo diferen- cian del español y del europeo (32). Las corrientes literarias dominantes en Es- paña durante el período barroco, tradicional- mente denominadas culteranismo y conceptis- mo,…
p. 256
08Historia abierta del arte colombianoMarta Traba · 2016 · Página 321 cita
[11]el caso de los mobiliarios ricos y la extrema aus- teridad en los mobiliarios comunes, y, centrando este es- cenario, la paraliteratura inocente y áspera de la crónica, 33 Híndicíe eríscde tsa ecds óiaioríeui ajustan perfectamente con una existencia colonial neo- granadina sin gloria, moderada por la falta de…
p. 32
09Manual de Historia de Colombia, Tomo IIIJaime Jaramillo Uribe (director científico), Jesús Antonio Bejarano, Darío Mesa, Miguel Urrutia Montoya, Germán Téllez Castañeda, Germán Rubiano, Rafael Gutiérrez Girardot · 1980 · Página 2411 cita
[12]ara la doctrina cristiana, les administrara los sacramentos y Ies acostumbrara a “ vivir en polecia ” x. Aparte de esta norma existen algunas indicaciones sobre la existencia de escuelas de primeras letras en el siglo xvn. En El Camero, Rodr í guez Freyle, narrando el asesinato de Juan de los R í os, cuenta que cuando…
p. 241
10Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · Página 1161 cita
[13]relaciones siempre fueron reducidos a guazabaras, las cuales eran rápida- mente ‘desbaratadas’ por los hispanos, lo que obligaba a la huida de los muiscas. Refiriéndose a estas batallas, Aguado dice que los cacicazgos se apoyaban en ligas o confederaciones militares, como la de Duitama y Sogamoso (1: 297-8), o la que…
p. 116
11Historia económica y social de Colombia IIGermán Colmenares · 1999 · Página 181 cita
[14]la esclavitud, la actividad minera, el surgimiento de la hacienda, los mecanis- mos de crédito, etc.; es decir, todas las posibles determinaciones de una realidad que había que reducir conceptualmente o, a la manera que es pro- pia de los historiadores, descriptivamente. Porque, al fin de cuentas, nin- guna promesa de…
p. 18
12Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · Página 232 citas
[15]y capitanes se convirtieron prácticamente en agentes de la Corona, y se les concedieron pri- vilegios, tierras y a veces encomiendas, responsabilidades organi- zativas y títulos. Las encomiendas en la sabana de Bogotá, por ejemplo, se organizaron con base en las capitanías, pueblos ente- ros sometidos a la dirección…
p. 23
[16]y capitanes se convirtieron prácticamente en agentes de la Corona, y se les concedieron pri- vilegios, tierras y a veces encomiendas, responsabilidades organi- zativas y títulos. Las encomiendas en la sabana de Bogotá, por ejemplo, se organizaron con base en las capitanías, pueblos ente- ros sometidos a la dirección…
p. 23
13Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader · 2002 · Página 1962 citas
[17]las autoridades dispusieron que los indios vivieran en pueblos con arreglo a normas fijas: una plaza mayor de 180 varas en cuadro, con una iglesia «lo mejor que pudieren», con calles rectas de 14 varas de ancho y manzanas cuadradas igual- mente de 80 varas de lado, con una casa para el cacique que «sea mayor y mejor…
p. 196
[18]las autoridades dispusieron que los indios vivieran en pueblos con arreglo a normas fijas: una plaza mayor de 180 varas en cuadro, con una iglesia «lo mejor que pudieren», con calles rectas de 14 varas de ancho y manzanas cuadradas igual- mente de 80 varas de lado, con una casa para el cacique que «sea mayor y mejor…
p. 196
14Historia de la religión en ColombiaJosé David Cortés Guerrero, Juana María Marín Leoz, Leonardo García Rincón · 2022 · Páginas 1, 142 citas
[19]57 LAS ÓRDENES RELIGIOSAS Y LA SOCIEDAD NEOGRANADINA, SIGLOS XVI-XIX William Elvis Plata Introducción Las órdenes religiosas no solo fueron las grandes protagonistas del proceso de cristianización de la Nueva Granada en los siglos a, sino que, además, por lo mismo, adquirieron tal grado de XVI XVIII poder y de…
p. 1
[20]algunas regiones, como las actuales Antioquia y Santander, la influencia de las órdenes religiosas fue mucho más reducida, al punto de no existir sino muy pocos conventos y casas religiosas durante los siglos y. XVI, XVII XVIII Tan estrecho fue el vínculo de las órdenes con los poderes civiles, que su establecimiento…
p. 14
15Aproximaciones a la historia del Derecho en ColombiaLuis Freddyur Tovar, Beatriz Eugenia Salamanca Charria, Carlos Andrés Delvasto Perdomo, Carlos Andrés Echeverry Restrepo, Francesco Zappalá Sastoque, Iván Alberto Díaz Gutiérrez · 2014 · Página 2871 cita
[21]división de poderes, los con - flictos de competencia entre autoridades coloniales eran cons - tantes, particularmente, entre oidores y virreyes 19. La primera instancia de un proceso era presidida por los alcaldes ordina - rios. Sólo para delitos graves se enviaba un juez comisionado, quien abría el proceso, ordenaba…
p. 287