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Biografía

Calarcá

Conquista

18 min de lectura31 documentos
NacimientoSin fecha registrada
FallecimientoSin fecha registrada
RolesCacique pijao · Caudillo militar de la resistencia indígena
Lugar principalColombia
Período históricoConquista1499–1599
03

La biografía

Calarcá fue un cacique pijao que lideró la resistencia armada de su pueblo contra los conquistadores españoles en las estribaciones de la Cordillera Central durante las últimas décadas del siglo XVI y los primeros años del XVII. No hay acta de nacimiento, no hay biografía coetánea, no hay siquiera consenso firme sobre las fechas de sus campañas o de su muerte. Existe, en cambio, el marco estructural en el que operó: casi un siglo de guerras pijaas que retrasaron la ocupación efectiva del territorio comprendido entre el valle del Cauca y el alto Magdalena, un pueblo caracterizado por los cronistas como belicoso hasta el extremo, y una geografía —la que hoy corresponde al Quindío, al norte del Tolima y al oriente del Valle— que fue durante más de tres generaciones frontera antes que territorio conquistado. Sobre ese sustrato se elevó, después, una figura memorial de dimensiones desproporcionadas: héroe indígena equiparado a Caupolicán y a Cuauhtémoc, nombre de un municipio cafetero fundado a comienzos del siglo XX, referente adoptado por una guerrilla en el siglo XX tardío y, en el mismo movimiento, objeto de disputa por parte de las comunidades indígenas contemporáneas del Cauca. Coexisten en su nombre dos capas: la del jefe guerrero fragmentariamente atestiguado y la del símbolo construido después.

02

Línea de vida

  1. 1537

    Inicio del marco colonial que define su resistencia

    Leer contexto

    Sebastián de Belalcázar funda Popayán y avanza por el occidente colombiano devastando pueblos en la ruta entre Cali y Popayán; según Pascual de Andagoya, en diez leguas de camino quedaron completamente despoblados y destruidos asentamientos de quinientas a ochocientas casas. Este proceso de conquista violenta configura el escenario estructural en el que emergería el liderazgo pijao de Calarcá.

  2. 1539

    Expediciones de Robledo y presión sobre el territorio pijao

    Leer contexto

    Jorge Robledo funda Santa Ana de los Caballeros (luego Anserma) y despacha expediciones para reducir tribus vecinas: Melchor Suer de Nava contra Caramanta, Gómez Hernández hacia el Chocó, Ruy Vanegas contra los Pirsas y los Supías. Los quimbayas, ansermas, pozos, carrapas, pícaras, paucuras y quindíos son sometidos o diezmados, mientras los pijaos en la Cordillera Central mantienen su independencia.

  3. 1550

    Fundación de Ibagué como plataforma contra los pijaos

    Leer contexto

    La fundación de Ibagué en 1550 convierte a esta ciudad en base de operaciones para las expediciones contra los pijaos del norte del Tolima y las vertientes del Quindío. Es en este período cuando la resistencia pijao se intensifica y la tradición sitúa el liderazgo activo de Calarcá como coordinador de jefaturas locales frente al avance colonial.

  4. 1580

    Fase álgida de las guerras pijaas bajo el liderazgo atribuido a Calarcá

    Leer contexto

    Durante las últimas décadas del siglo XVI, la resistencia pijao alcanza su punto más intenso. Las fuentes narrativas atribuyen a Calarcá el mando de esta resistencia, comparándolo con Caupolicán, Cuauhtémoc, Atahualpa y Lautaro. Los pijaos atacan frecuentemente tanto a los conquistadores como a los grupos indígenas ya sometidos, manteniendo la Cordillera Central como frontera antes que territorio conquistado.

  5. 1600

    Extinción de la resistencia pijao y fin del ciclo guerrero

    Leer contexto

    Las guerras contra los pijaos, paeces y yalcones se prolongaron durante casi un siglo, dificultando la ocupación efectiva del territorio aledaño a Popayán. Según la tradición épica recogida por Fray Pedro Simón y otros cronistas, la resistencia liderada por Calarcá solo terminó con la muerte del último guerrero; junto a él se menciona a Pipinta, jefe de los indios 'armaos'. La extinción del grupo pijao como entidad política independiente marca el cierre de este ciclo.

El hombre entre las brumas de la crónica

De Calarcá como persona histórica se sabe muy poco. Juan de Castellanos, en las Elegías de varones ilustres de Indias, dejó la caracterización más citada de los pijaos: "Selváticos, caribes, atrevidos, / todos en general, y en tanto grado, / que muertos pueden ser mas no rendidos / a condiciones de servil estado". La frase, forjada en octava real, se refiere al pueblo entero y no a un caudillo en particular, pero condensa la imagen que la tradición proyectaría luego sobre Calarcá: la de un guerrero al que solo la muerte quebraba.

La tradición colombiana lo pintó como líder incansable y denodado, capaz de sostener una resistencia que, según el relato épico, solo terminó cuando cayó el último guerrero pijao. Se lo comparó con Caupolicán, con Cuauhtémoc, con Atahualpa y con Lautaro, inscribiéndolo en una galería continental de resistencia indígena. Ese registro, sin embargo, es más literario que documental: pertenece a la voluntad decimonónica y republicana de dotar a Colombia de un panteón indígena a la altura del araucano celebrado por Ercilla o del mexica cantado por los cronistas novohispanos. La resistencia pijao existió y fue prolongada; que un solo hombre la personificara con la claridad monumental que la tradición sugiere es discutible.

Un liderazgo como el atribuido a Calarcá era, en el contexto pijao, tanto necesario como estructuralmente frágil. Los pijaos, como los demás grupos de las tierras bajas y de las vertientes de la Cordillera Central, carecían de una organización política centralizada por encima del nivel local. No había un jefe supralocal permanente con quien los españoles pudieran negociar rendiciones colectivas; había, en cambio, un mosaico de jefaturas locales que podían coordinarse para la guerra sin articularse en un estado. En ese paisaje, la aparición episódica de un caudillo capaz de aglutinar unidades tribales para acciones militares era el mecanismo mismo del liderazgo pijao: un poder de coordinación coyuntural, no una monarquía guerrera. Si Calarcá existió como figura histórica —y hay razones para pensarlo, aunque las menciones directas sean escasas— fue probablemente eso: un coordinador de fuerzas dispersas en un momento de presión colonizadora extrema, no el rey pijao que la retórica posterior imaginó.

Esa fragilidad estructural del mando no debe confundirse con debilidad militar. Los pijaos combinaron, durante décadas, una capacidad ofensiva sostenida con una plasticidad organizativa que desconcertaba a los cuadros españoles, acostumbrados a la lógica del cacicazgo hereditario andino. Calarcá, en el punto álgido de esa dinámica, encarnaría el momento en que la coordinación coyuntural se tensa hasta parecer, vista desde fuera, un mando único. Vista desde dentro, seguía siendo el pacto móvil de varias jefaturas.

Los pijaos: un pueblo que la Conquista no pudo doblegar

Para entender qué encarnaba Calarcá hay que entender primero qué eran los pijaos. Habitaban las vertientes de la Cordillera Central, entre lo que hoy corresponde al norte del Tolima, el oriente del Valle y el Quindío, con proyecciones hacia el alto Magdalena. Su filiación lingüística es motivo de debate: hay quienes han defendido que la raíz de su lengua era karib, compartida con los panches del Magdalena medio. La clasificación caribe, sin embargo, debe manejarse con prevención: los españoles tendían a llamar "caribes" a cualquier grupo que ofreciera resistencia armada, usara flechas envenenadas y practicara el canibalismo, de modo que el rótulo funcionaba tanto como categoría etnográfica como estigma justificatorio para la guerra de conquista. A ello se suma un dato inquietante para la clasificación estándar: los pijaos no usaban arco y flecha, arma que se había difundido de norte a sur solo hasta la frontera entre panches y pijaos, lo que complica atribuirles sin más una filiación caribe plena.

Los cronistas del siglo XVI describen a los cacicazgos de la región inmersos en un estado crónico de guerras acompañadas de sacrificios humanos, canibalismo ritual y toma de cabezas como trofeo, prácticas que la arqueología y la iconografía confirman al menos parcialmente. Los jefes y sus capitanes exhibían en sus casas las cabezas de los enemigos comidos: un lenguaje material del poder que los conquistadores registraron con horror y que aprovecharon para caracterizarlos como bárbaros irredimibles. Los pijaos, junto con los paeces y los yalcones, prolongaron su independencia frente al dominio español durante prácticamente todo el siglo XVI, atacando con frecuencia tanto a los conquistadores como a los grupos indígenas ya sometidos y convertidos en auxiliares del sistema colonial. La disputa por el territorio aledaño a Popayán —la vieja ciudad que Sebastián de Belalcázar había fundado en 1537 como cabeza del suroccidente— se extendió durante casi un siglo, condicionando toda la ocupación efectiva de la región.

Esa duración no es un detalle menor. Entre 1537 y 1550, en el conjunto del Nuevo Reino de Granada se fundaron veinte ciudades, de las cuales solo dos fueron abandonadas después; entre 1550 y 1560 se sumaron once centros mineros más. En medio de esa expansión febril, la Cordillera Central y sus vertientes quedaron como un enclave de resistencia que no encajaba en el ritmo general de la Conquista. La descentralización política pijao, que a primera vista parecería una debilidad —no había con quién firmar la paz, no había cacique a quien capturar para desmoronar el mando—, resultó en la práctica una fortaleza táctica: imposible negociar rendiciones colectivas, imposible descabezar la resistencia con un solo golpe. Los españoles se enfrentaron a una guerra sin frente y sin capital, contra un enemigo que se disolvía y reaparecía en montañas que apenas conocían.

La contrapartida estructural, sin embargo, era que esa misma descentralización impidió una confederación duradera capaz de expulsar al invasor. Donde los cacicazgos eran hereditarios y existían tributos obligatorios —entre los muiscas del altiplano, en las inmediaciones de Pasto, en zonas del entorno de Popayán— los españoles pudieron apoyarse en los caciques como intermediarios y la población indígena sobrevivió, empobrecida y disminuida, pero en mayor proporción. Donde los cacicazgos estaban menos consolidados o eran no hereditarios, ese sistema de intermediación no funcionó y la resistencia se pagó al precio del exterminio. Los pijaos ocupan, en esa comparación, el extremo más costoso: sobrevivieron más tiempo como pueblo libre y desaparecieron más completamente al final.

La frontera del Quindío y el filo de las expediciones

La irrupción española en el occidente colombiano ocurrió por dos brazos que se encontrarían en el valle del Cauca: el que subía desde el sur, encabezado por Sebastián de Belalcázar tras la fundación de Cali (1536) y Popayán (1537), y el que descendía desde el norte, protagonizado por Jorge Robledo bajo comisión del propio Belalcázar. En 1539, Robledo fundó Santa Ana de los Caballeros —posteriormente trasladada y rebautizada como Anserma— y desde allí despachó expediciones para "reducir", en el vocabulario oficial, a las tribus vecinas: Melchor Suer de Nava marchó contra Caramanta, Gómez Hernández se orientó hacia el Chocó, Ruy Vanegas combatió a los Pirsas y a los Supías. Los quimbayas, los ansermas, los pozos, los carrapas, los pícaras, los paucuras y los quindíos aparecen en las crónicas como los grupos con los que estas expediciones se toparon, con distintos grados de sometimiento, alianza forzada o exterminio.

El método de Belalcázar en la ruta entre Cali y Popayán ilustra el estilo. Pascual de Andagoya, testigo cualificado, dejó registro de que en las diez leguas del camino entre ambas ciudades había, antes de la conquista, muchos pueblos de quinientas a ochocientas casas; a su paso, los encontró completamente despoblados y destruidos por Belalcázar, sin que quedara memoria de ellos salvo los cimientos. La devastación no fue efecto colateral sino instrumento: una tierra vaciada era una tierra pacificada. Los conquistadores, además, aprovecharon sistemáticamente las rivalidades intertribales, reclutando aliados indígenas de un grupo para atacar a otro; Robledo lo hizo con carrapas, pícaras y pozos, apoyándose en la fragmentación política que a la vez lamentaban como signo de barbarie.

A esa violencia militar se sumó la biológica. La viruela y la gripe, para las que las poblaciones indígenas no tenían defensas naturales, arrasaron cacicazgos enteros con una eficacia que las armas de los conquistadores por sí solas no habrían alcanzado. Los brotes se propagaban por rutas comerciales y de guerra, adelantándose muchas veces al propio avance español y llegando a comunidades que aún no habían visto un europeo. Cuando llegó el momento de las grandes guerras contra los pijaos, en las décadas finales del siglo XVI y las primeras del XVII, buena parte del entorno regional ya había sido diezmado por combinaciones de enfermedad, desplazamiento y trabajo forzado, mientras los pijaos, replegados en la Cordillera Central y las cabeceras montañosas, permanecían inclasificados y sin dominar. Contra ellos se lanzaron expediciones sucesivas de las que Ibagué, fundada en 1550, y Cartago —la vieja Cartago, la que estuvo donde hoy queda Pereira antes de su traslado al valle— serían plataformas.

Es en ese marco donde la tradición sitúa a Calarcá. La retórica lo describe combatiendo hasta la muerte del último guerrero; junto a él aparece Pipinta, jefe de los indios "armaos", bautizados así por Robledo, cuya resistencia también se prolongó, según se dice, hasta la extinción total del grupo. El paralelo entre ambos sugiere que en la historiografía colombiana del siglo XX la figura del cacique irreductible funcionó como topos, como forma narrativa fija en la que se vertía la memoria de la Conquista del occidente. El Valle de las Lanzas, el río La Vieja, las estribaciones del Quindío: la geografía del enfrentamiento se corresponde con la de los grandes escenarios pijaas registrados por la tradición, incluso cuando los detalles episódicos precisos —qué batalla, en qué año, con cuántos hombres— quedan fuera del alcance de lo verificable. Se sabe que hubo guerra larga y encarnizada, se conocen los teatros geográficos, se conservan los nombres emblemáticos de los caudillos; falta casi todo lo demás.

El cuadro cronístico

Pedro Cieza de León, nacido en Extremadura hacia 1518 y muerto allí en 1560, desembarcó en el actual territorio colombiano en 1535 o 1536 y recorrió el occidente cruzando la serranía de Abibé y Ayapel hasta el río Cauca, y más al sur hasta el Nudo de los Pastos. La primera parte de su Crónica del Perú es uno de los primeros testimonios sobre la conquista del occidente colombiano y contiene referencias a las fundaciones y a los pueblos indígenas encontrados. Cieza es un observador comparativamente atento y con menos sesgo justificatorio que otros; pero escribe antes del ciclo álgido de las guerras pijaas, de modo que su testimonio ilumina el contexto etnográfico y el primer choque, no la fase en la que un caudillo como Calarcá habría emergido.

Juan de Castellanos, en las Elegías de varones ilustres de Indias, ofrece la caracterización más citada de los pijaos y describe además, en un pasaje muy discutido, una expedición de Ampudia que habría alcanzado lo que podría ser el nacimiento del río Magdalena, posiblemente el páramo de Letreros, atravesando montañas despobladas y frías. Castellanos escribe en verso, con voluntad épica declarada y con el oído puesto tanto en los cronistas latinos como en los conquistadores viejos a los que entrevistó; su testimonio es indispensable y a la vez requiere el filtro constante del género. Fray Pedro Simón, en sus Noticias historiales de las conquistas de tierra firme en las Indias Occidentales, recoge por su parte información posterior sobre las guerras del occidente y del alto Magdalena, incluida buena parte de lo que la tradición sabe sobre la fase final de la resistencia pijao. A ese corpus primario se suman las grandes recopilaciones documentales y monográficas del siglo XX, entre las que destacan los trabajos de Juan Friede sobre los pueblos indígenas del occidente.

El resultado es un cuadro asimétrico. Sobre los pijaos como pueblo, sobre la duración de sus guerras, sobre la geografía del conflicto y sobre las prácticas culturales atribuidas —belicosidad, canibalismo ritual, toma de cabezas— hay materia suficiente para reconstruir un panorama estructural coherente. Sobre Calarcá como individuo, en cambio, las menciones son más narrativas que documentales, más celebratorias que descriptivas, y provienen en buena parte de reelaboraciones posteriores. Que un liderazgo así existiera es plausible y probable; que la figura monumental haya sido, en buena medida, elaborada retrospectivamente es igual de cierto. La distancia entre ambos planos —el del caudillo probable y el del héroe fijado— es el espacio en que la memoria hizo su trabajo, siglo tras siglo, añadiendo relieve donde la crónica primaria dejó apenas trazo.

El municipio: cómo un cacique dio nombre a una ciudad cafetera

La segunda vida de Calarcá empezó a fines del siglo XIX, muy lejos ya de las guerras pijaas. La colonización antioqueña del Quindío, ese proceso lento de descuaje de la montaña que llevó familias campesinas desde el sur de Antioquia y el norte del Cauca hacia las vertientes de la Cordillera Central, fundó la mayoría de los municipios del actual departamento entre 1880 y 1910: de ocho fundaciones registradas entre 1820 y 1910, seis ocurrieron en ese cuarto de siglo, en coincidencia con el auge del cultivo del café. Calarcá, el pueblo, nació en ese ciclo, y el nombre del cacique se ancló allí como topónimo mucho antes de que fuera figura estable en el imaginario nacional.

La colonización quindiana estuvo lejos de ser el idilio igualitario que la mitología cafetera construyó después. La Empresa Burila, apoyada en una Cédula Real de 1641 otorgada a los hermanos Palomino, obtuvo en 1888 una sentencia favorable de la Corte Suprema de Justicia que le reconocía derechos sobre vastos territorios ya ocupados por colonos. Con esa arma jurídica en la mano, se valió de intimidación, despojo y cárceles para forzar a los colonizadores a comprarles sus propios fundos por sumas que representaban utilidades exorbitantes para los terratenientes. Los pleitos se prolongaron hasta los años treinta del siglo XX, cuando la empresa perdió finalmente sus derechos. En julio de 1905, el Personero de Calarcá dirigió al Ministerio de Obras Públicas una comunicación denunciando que las reclamaciones de la Burila causaban graves perjuicios al vecindario, porque abarcaban territorios ya ocupados por colonos establecidos que temían perder el fruto de su trabajo. Dos años después, en 1907, Pedro Henao —uno de los fundadores del pueblo— denunciaba que los colonos eran asediados por presuntos dueños con títulos cuestionables. El café, contra lo que la nostalgia posterior sugiere, no formó parte del sistema inicial de esa colonización: los cafetales se establecieron en tierras que antes habían sido pastizales, diez años o más después de los primeros desmontes, una vez estabilizada la economía parcelaria.

Ese es el contexto sociológico en el que el nombre del cacique se cristalizó como topónimo. La colonización del Quindío se acercó más a un patrón igualitario y democrático que la de Caldas central, aunque con una vulnerabilidad jurídica considerable en la tenencia de la tierra. La subcultura de la comarca de Armenia y Calarcá se pareció a la paisa por su presencia colonizadora inicial pero se diferenció por la interacción con gentes de origen santandereano, tolimense y cundinamarqués. En esa mezcla, el nombre del cacique pijao operó como un ancla identitaria disponible: territorio que antes de ser cafetero había sido pijao, y que al bautizarse con el nombre del guerrero legendario se inscribía —al menos nominalmente— en una prehistoria de resistencia.

Es un gesto significativo por lo que hace y por lo que no hace. Al menos una fuente regional de la época describió la identidad quindiana en términos de trabajo, arrojo colonizador y religiosidad, sin hacer referencia explícita al legado indígena del cacique Calarcá como elemento constitutivo del imaginario local. El nombre estaba en el mapa; el contenido histórico y cultural indígena, no. El municipio se llamaba Calarcá pero se contaba como epopeya campesina blanca-mestiza, con el indígena como fondo remoto, casi geológico, ya vencido. El topónimo, en esa operación, homenajeaba y a la vez sepultaba: hacía visible el nombre e invisibilizaba la comunidad. El gesto tiene la textura ambivalente de casi todos los homenajes monumentales del período: nombrar como forma discreta de dar por concluido.

La disputa contemporánea: el nombre como campo de batalla

La tercera vida de Calarcá es la más incómoda y la más reveladora. En el último tramo del siglo XX, el Ejército de Liberación Nacional bautizó una de sus unidades como Frente Cacique Calarcá, apropiando el nombre del guerrero pijao para su nomenclatura insurgente. La operación se inscribía en una tradición amplia de los grupos armados colombianos de la segunda mitad del siglo, que recurrieron a nombres de caciques, próceres y héroes indígenas para nombrar frentes y columnas, envolviéndose en un manto simbólico de resistencia histórica. En agosto de 1994, ese mismo Frente Cacique Calarcá asesinó a Marden Betancur, alcalde indígena de Jambaló en el Cauca, acusándolo de colaborar con paramilitares. El crimen provocó una marcha masiva de la población indígena entre Jambaló y Popayán, gesto colectivo de rechazo a la violencia guerrillera en territorios indígenas.

Poco después, en la Declaración de Jambaló, los pueblos indígenas del Cauca denunciaron que los grupos armados utilizaban los nombres de sus caciques para nombrar sus estructuras militares y enmarcaron esa práctica como una violación de su autonomía. La denuncia dio cuerpo a una tensión que hasta entonces había permanecido implícita: el nombre Calarcá, tomado por una guerrilla para significar resistencia continua, era percibido por las comunidades descendientes de los mismos pueblos indígenas como una expropiación simbólica, una segunda conquista por medio del signo. Al reclutamiento forzado de jóvenes indígenas en los territorios del Cauca por esos mismos grupos armados se sumaba, entonces, la apropiación de los nombres que las comunidades consideraban patrimonio propio.

El nombre Calarcá quedó así triangulado entre tres apropiaciones simultáneas y en tensión. La primera lo elevó al panteón nacional comparándolo con Caupolicán, Cuauhtémoc, Atahualpa y Lautaro, y lo incorporó como pieza en una galería americana de resistencia. La segunda, la del municipio cafetero, hizo del nombre topónimo pero sin poblarlo de contenido indígena, dejándolo funcionar como etiqueta remota de un territorio contado en clave colona. La tercera, la de la insurgencia armada, reclamó el nombre para autolegitimar la continuidad de una guerra que las propias comunidades indígenas rechazaban. Y en el centro del triángulo, el rechazo de esas mismas comunidades a ver su memoria convertida en insignia militar de un actor externo.

Las tres capas se sostienen sobre el mismo vacío. Precisamente porque el Calarcá histórico está atestiguado de manera fragmentaria, la figura pudo ser rellenada con contenidos tan disímiles: héroe nacional, epónimo cafetero, referente guerrillero. El material que la crónica dejó —un pueblo irreductible, una resistencia larga, un nombre— fue lo suficientemente cargado para invitar a la apropiación y lo suficientemente vago para permitirla en direcciones opuestas. Cada apropiador encontró en Calarcá lo que necesitaba: el republicano un prócer indígena; el colono un pasado prestigioso para el suelo desmontado; el guerrillero una genealogía de resistencia; y las comunidades indígenas actuales, precisamente por contraste con esos usos, un nombre por el que pelear.

Lo que queda

Calarcá, en la medida en que fue una persona real —y hay razones sólidas para creerlo, aunque las evidencias directas sean escasas—, encarnó una función de coordinación militar dentro de una estructura política descentralizada, en un momento en que los pijaos, junto con paeces y yalcones, sostenían contra el imperio español una de las resistencias más prolongadas de la Conquista del Nuevo Reino. Esa resistencia es un hecho estructural verificable: retrasó casi un siglo la ocupación efectiva del territorio aledaño a Popayán, obligó a los españoles a organizar campañas específicas contra un enemigo sin capital, y solo cedió cuando la combinación de guerra continuada, enfermedades introducidas y agotamiento demográfico llevó al pueblo pijao a un umbral del que no se recuperó. La descentralización política que había sido su fortaleza táctica —imposible descabezar la resistencia con la captura de un jefe único— fue también su límite estructural: sin una confederación estable, sin un aparato de mando que sobreviviera a sus líderes coyunturales, cada generación tenía que rehacer la guerra desde el principio, mientras al otro lado la máquina colonial acumulaba fundaciones, encomiendas y refuerzos.

En ese cuadro, la figura de Calarcá probablemente representó una excepción parcial: un liderazgo con capacidad de coordinar unidades locales para acciones sostenidas, sin llegar a fundar una jefatura hereditaria ni un poder centralizado. Fue esa excepción, precisamente, la que quedó fijada en la memoria y la que permitió, siglos después, que su nombre pudiera funcionar como emblema. Pero el Calarcá que llega hasta el municipio quindiano, hasta la nomenclatura del ELN y hasta la comparación con Cuauhtémoc no es el cacique pijao del siglo XVI: es una elaboración memorial acumulada, en la que la retórica épica llenó lo que la crónica primaria dejó en blanco.

El memorial no es un depósito estable sino un campo de disputa activa. Los mismos pueblos que reclaman hoy autonomía en el Cauca son descendientes, en un sentido amplio, de aquella resistencia irreductible que Castellanos describió en octavas reales. Que su reivindicación del nombre Calarcá choque a la vez con el municipio cafetero que lo usa sin memoria indígena, con la guerrilla que lo apropia para su guerra y con la narrativa nacional que lo momifica en el panteón, muestra que la Conquista no ha terminado de decantarse: sigue produciendo litigios sobre quién puede hablar en nombre de los vencidos.

De Calarcá hombre queda menos de lo que la placa conmemorativa sugiere, y de Calarcá símbolo, mucho más de lo que su rastro documental justificaría. Entre esos dos polos —el vacío del archivo y el exceso de la memoria— se juega la pregunta larga sobre cómo Colombia cuenta la resistencia indígena a su propio origen, y quién tiene autoridad para hacerlo.

04

Conexiones del archivo

Red histórica

05

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

31 documentos · 42 fragmentos
01Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · Página 741 cita
[1]

suntuosos de jefes y sacerdotes, verdaderos tesoros de orfebrer í a y de piedras finas, nos indican que en estas regiopes __ privilegiadas para la agricultura, se desarrollaron peque ñ os, se ñ or í os con una estructura social jer á r quica, una clase sacerdotal influyente y un alto desarrollo tecno l ó gico y est é…

p. 74
02Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · Páginas 39, 512 citas
[2]

que en el occidente colombia no no sólo coexistían diferentes estados de evolución sino que muchos gru pos apuntaban hacia formas de cohesión suprafamiliar o intertribal. En la base de esta evolución,.Trimborn afirma una unidad original de todos los grupos que habitaban las márgenes del Cauca. Esta unidad étnica…

p. 51
[13]

que las había originado, con mayo res posibilidades de abastecimientos y de mano de obra. Así, de las veinte ciudades que fueron fundadas entre 1537 y 1550, solamente dos fueron abandonadas más tarde. A partir de 1550, la Audiencia estimuló la funda ción de centros mineros y entre 1550 y 1560 se cuentan once…

p. 39
03La colonización antioqueña en el occidente de ColombiaJames J. Parsons · 1997 · Página 311 cita
[3]

pozos, carrapas, ansermas, pícaras y paucuras y los enigmá- ticos quimbayas y quindíos. 9 Habiendo carecido por completo del 9. Juan Friede, Los quimbayas bajo la dominación española (Bogotá, 1963), estudio basado en numerosos documentos del Archivo de Indias en Sevilla, España. Ver, igualmente, Ernesto Restrepo…

p. 31
04Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · Página 2861 cita
[4]

cuyo límite fue encon- trado el objeto. Al examinar las colecciones «quimbaya» salta a la vista que se trata de etapas y fases cronológicas muy diversas. En efecto, se observa toda una gama tipoló- gica que abarca tal vez 3. 000 años, desde la Etapa Formativa Temprana hasta la época de la conquista española. También…

p. 286
05Historia de Colombia. Descubrimiento y Conquista IGermán Arciniegas, Mauricio Obregón, Jorge Morales, Roberto Pineda Camacho, Javier Ocampo López, et al. · Página 931 cita
[5]

anónimo, eran producto del trabajo indígena sometido. Sin embargo, Balboa dejó, como caso excepcional, que los indígenas convivieran en la ciudad con los es- pañoles. Así era más difícil que grupos rebeldes ata- caran Santa María la Antigua, por temor a matar a coterráneos suyos. Los éxitos militares de Balboa, a…

p. 93
06De los grupos precursores al Bloque Tolima (AUC). Informe No. 1Centro Nacional de Memoria Histórica, Álvaro Villarraga Sarmiento, Anascas Del Río Moncada, Mauricio Barón Villa, Andrea García Hernández, José Alirio Duque Orrego, Edith Garzón Quintero · 2017 · Página 2031 cita
[6]

sobre sus orígenes. Sin embargo, son pocos los estudios arqueológicos realizados para sustentar los análisis antropológicos sobre los orígenes y migraciones que determinaron el proceso de poblamiento de estas comu- nidades en el sur del Tolima. Algunas de estas fueron expuestas por el profesor Adolfo Triana Antorveza…

p. 203
07When Colombia Bled: A History of the Violencia in TolimaJames D. Henderson · 1985 · Páginas 39, 3016 citas
[7]

They occurred in the municipio of Rovira} some fifty kilometers south of Santa Isabel} in the Central Cordillera. 67. GeIman Guzman} La violencia, I} p. 212. 68. Orientaci6n, March 25} 1933. 69. ConseIVative party leader Laureano G6mez made much of the incident in his Comentarios a un regimen (Bogota: Editorial Mine…

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They occurred in the municipio of Rovira} some fifty kilometers south of Santa Isabel} in the Central Cordillera. 67. GeIman Guzman} La violencia, I} p. 212. 68. Orientaci6n, March 25} 1933. 69. ConseIVative party leader Laureano G6mez made much of the incident in his Comentarios a un regimen (Bogota: Editorial Mine…

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They occurred in the municipio of Rovira} some fifty kilometers south of Santa Isabel} in the Central Cordillera. 67. GeIman Guzman} La violencia, I} p. 212. 68. Orientaci6n, March 25} 1933. 69. ConseIVative party leader Laureano G6mez made much of the incident in his Comentarios a un regimen (Bogota: Editorial Mine…

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assumption was true. Tolimense gueITillas learned the politically sophisticated theories} but rejected them} thereby fatally weakening the communist movement in Tolima. 71 An important final assumption is that the subject of this study is too important to waste the reader's time with anything but the author's best…

p. 39
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08Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Página 621 cita
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punto de comunicación entre esta última ciu- dad y Quito, llamándola Villaviciosa de Pasto, po- blación que fue trasladada hasta el sitio que hoy ocupa en el año de 1541, por orden del goberna- dor de Quito, Pedro de Puelles. Jorge Robledo Jorge Robledo (m. 1546) fue comisionado para colonizar las tierras al norte de…

p. 62
09La gente de GuambíaRonald A. Schwarz · 2018 · Páginas 54, 712 citas
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h a s t a 1 9 7 1 pueblos en la ruta a Cali, llamada entonces Lili o Lile. Masacres y quema de casas se convirtieron en su política, pueblos enteros fueron arrasados o destruidos completamente. Pascual de Andagoya, que sirvió brevemente como adelantado de la provincia de Popayán, describió lo que encontró en su…

p. 71
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de las sociedades anteriores a la Conquista. Mientras que tales escritos se utilizan para apoyar las afirmaciones del avanzado estado de desarrollo de los muiscas y taironas (Kroeber 1946: 887-909; Reichel-Dolmatoff 1965: 143-68), el uso académico de documentos similares para la región de Popayán parece insuficiente.…

p. 54
10Gran Enciclopedia de Colombia - Geografía 2Alfonso Pérez Preciado (Dirección académica y textos); Fernando Wills Franco (Dirección de proyecto); Camilo Calderón Schrader, Alberto Ramírez Santos (Coordinación editorial) · 2007 · Página 2291 cita
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desconcertantes. Siguiendo el curso del rio, nuevas tribus y nuevos régulos, hasta llegar a los dominios de un Cid cobrizo, incansable y denodado: Calarca, comparable a Caupolican, Cuau- htémoc, Atahualpa o Lautaro. Al frente de sus pijaos dio a los hombres barbados que manejaban el rayo y se desdo- blaban en hombre y…

p. 229
11Gran Enciclopedia de Colombia: Geografía 1Alfonso Pérez Preciado (Dirección académica y textos); Eufrasio Bernal Duffo, Melania Kowalewska (Textos complementarios) · 2007 · Página 1531 cita
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denominador y principal movil de la conquista del territorio colombiano fue la busqueda del oro. La leyenda de El Dorado fue creada desde aquella época, parece que por los propios indige- nas, para despistar a los espanoles. La conquista fue una empresa cruenta. Muchas poblaciones nativas fueron arrasadas y los…

p. 153
12Colombia: las razones de la guerraJorge Orlando Melo González · 2021 · Página 301 cita
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argumento de que no era necesario tener tantos “miramientos” con Sagipa, como con un cristiano. Lo que es claro es que los participantes no dudaban del derecho a aplicar toda la violencia al cacique para obligarlo a entregar sus tesoros. Esta confianza ya no aparece, por ejemplo, en Pedro Simón, que escribía casi 100…

p. 30
13Guerra propia, guerra ajena. Conflictos armados y reconstrucción identitaria en los Andes colombianos. El Movimiento Armado Quintín LameDaniel Ricardo Peñaranda Supelano · 2015 · Página 1061 cita
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La evolución de esta enorme y poderosa región hasta finales del siglo XIX estuvo determinada por los ciclos de la producción minera en sus zonas de influencia y por el desa- rrollo de las haciendas, basado en el trabajo de la mano de obra esclava. El poder y la riqueza que alcanzó a acumular hicieron de Popayán y de…

p. 106
14Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · Páginas 35, 432 citas
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o menos vecinos que se iban caracterizando por ofrecer una resistencia demasiado decidida y áspera a los españoles, sobre todo cuando las prácticas guerreras iban acompañadas de la antropofagia. Desde las primeras luchas con los españoles resultaron notables por su resistencia, que exaltó Castellanos: “Selváticos,…

p. 43
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y penetrar por los valles del Magdalena y el Cauca. Poco sabemos sobre las fechas de esta migración, ni sobre las rutas precisas utilizadas; incluso son muy fuertes las dudas existentes acerca del carácter caribe o no de muchos de los pueblos encontrados por los españoles. Para muchas de las regiones donde hay algunos…

p. 35
15When Colombia Bled: A History of the Violencia in TolimaJames David Henderson · 1985 · Página 261 cita
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true. Tolimense gueITillas learned the politically sophisticated theories} but rejected them} thereby fatally weakening the communist movement in Tolima. 71 An important final assumption is that the subject of this study is too important to waste the reader's time with anything but the author's best effort at…

p. 26
16Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · Páginas 33, 842 citas
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escritor criollo, atribuyó la p ro d u c tiv id ad y la p ro sp e rid ad de G uanentá a la parcelación de sus tierras en u n id ad es relativam ente pequeñas, algo que estaba dictado principalm ente por la topografía. V argas anotó que en esas com arcas la m ayoría de la población poseía pequeñas parcelas y, según la…

p. 84
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valle geográfico del Cauca, debió ser apreciable antes de la C onquista. Los estim ativos varían entre seiscien tos mil y un m illón de habitantes. Estaba d iv id id a en m uchos g rupos tribales y lingüísticos de tam año variable, llegando algunos quizás a cuarenta mil. A su vez, cada tribu estaba su b d iv id id a…

p. 33
17Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Página 521 cita
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autori dad, les pagaran tributos y les rindieran obediencia. Esta respuesta estaba influida por la estructura y la cultura de las comunidades ind í genas. Donde sobrevivi ó mayor proporci ó n de poblaci ó n fue entre los muiscas y los grupos cercanos a Pasto y Popay á n. Esto se explica en parte porque los espa ñ oles…

p. 52
18The Para-State: An Ethnography of Colombia's Death SquadsAldo Civico · 2016 · Página 1481 cita
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If any children were born, they were reared with much care until their reached the age of twelve or thirteen, and, being then plump and healthy, these caciques ate them with much appetite, not considering that they were of their own flesh and blood. (Ibid., 50) The Indians in Antioquia were followed by a powerful…

p. 148
19Rugidos entre los Andes: una historia del jaguar en la región andina (1820-1910)José Arturo Jiménez Viña · 2015 · Página 921 cita
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mayoría fundaciones de Risaralda ocurrieron desde 1850: 3 entre 1850-1880 y 5 en el periodo de 1880-1910.De nuevo, parece seguir el auge del cultivo el café. Por último Quindío presenta una situación que destaca de todos los demás lugares: De las 8 fundaciones ocurridas entre 1820 y 1910, 6 ocurrieron en el útimo…

p. 92
20Introducción a la historia económica de ColombiaÁlvaro Tirado Mejía · 2019 · Página 3091 cita
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Después de la primera fase de la colonización siguió un proceso autogenerado, consistente en que la parcela primeramente desmontada servía por un tiempo para albergar y dar trabajo a la familia, pero luego, al crecer esta, se tornaba insuficiente y algunos hijos se marchaban cada vez más hacia el sur a constituir su…

p. 309
21La colonización antioqueña: una empresa de caminosEduardo Santa · 2016 · Página 1231 cita
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valer la Cédula Real que en 1641 había otorgado el Rey Felipe iv de Espa- ña a los hermanos Juan Francisco y Juan Jacinto Palomino sobre tan extensos territorios, y para ello no escatimó nin- gún medio, llegando a obtener, como cosa verdaderamente insólita en la Nueva República, una sentencia de la Cor- te Suprema de…

p. 123
22El café en Colombia, 1850-1970: una historia económica, social y políticaMarco Palacios · 2009 · Páginas 292, 2992 citas
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reclamar estas tierras causa gravísimos per- juicios a este vecindario [Calarcá], porque se le abarca una extensión no despreciable de territorio que sirve para su engrandecimiento y en el cual hay muchos colonos ya establecidos pero con los temores de que más adelante ellos o sus sucesores se expongan a controversias…

p. 292
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meses antes, sino que "los hermanos Luis Felipe y Cristó- bal Jaramillo y otros que tumban montes y fundaron fincas creyéndose amparados" son "poseedores de buena fe", por tanto las autoridades de 61 Dos palabras, p. 6. 62 Concejo de Calarcá al ministro de Obras Públicas 29 de octubre de 1909, ANC, op. cit., 1909p 63…

p. 299
23Coffee in Colombia, 1850-1970: An Economic, Social and Political HistoryMarco Palacios · 1980 · Página 1801 cita
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/ Aranzazu La Dorada.f r N • ••••/ Manzanares -'pL./ac (. - • - C A L D A S,-.Pavas H o n d a ^ J ' N e i r a. • • • • • j MAN IZ ALES /.'/.Chinchina O T A "->?• A. P E R E I R A..•) Filandia # "•••/ Toro f Quimbaya. m.Salento / O b La Union / V A L/L E • Circasia / _ n andoiARMENIA / ' U • " •Calarca JQUINDIO/'. • •…

p. 180
24Historia económica de ColombiaJosé Antonio Ocampo Gaviria (compilador), Germán Colmenares, Jaime Jaramillo Uribe, Hermes Tovar Pinzón, Jorge Orlando Melo González, Jesús Antonio Bejarano Ávila, Joaquín Bernal Ramírez, Mauricio Avella Gómez, María Errázuriz Cox, Carmen Astrid Romero Baquero · 2017 · Página 3171 cita
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después de diez años o más de haberse efectuado los primitivos desmontes y cuando los suelos ricos en humus habían dado en abundancia las primeras cosechas de maíz, fríjoles o tabaco. Aun en la hoya del Quindío, donde la colonización ha sido relativamente reciente y donde hoy, más que en cualquier otra parte de…

p. 317
25De quebradores y cumplidores: Sobre hombres, masculinidades y relaciones de género en ColombiaMara Viveros Vigoya · 2002 · Página 1381 cita
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percibida generalmente en los siguientes térmi- nos: pujante, andariega, comerciante y muy religiosa. Algunos de es- tos rasgos se atribuyen al haber tenido que convertir paisajes quebra- dos e inhóspitos en zonas de agricultura para asegurar la subsistencia propia y de la familia. Un autor originario de la región…

p. 138
26Nuestra vida ha sido nuestra lucha. Resistencia y Memoria en el Cauca indígenaDaniel Ricardo Peñaranda Supelano (coordinador), Graciela Bolaños, Víctor Daniel Bonilla, Jorge Caballero Fula, Myriam Amparo Espinoza, Vianney Judith García, Jorge Hernández Lara, Pablo Tattay, Libia Tattay Bolaños · 2012 · Páginas 159, 1612 citas
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concretas para las regiones afectadas por el con fl icto. Se sabe que el ELN, a pesar de vacilaciones que tuvo al respec- to durante estos años, siguió asumiéndose más como una milicia que como un ejército y mantuvo un balance más equilibrado entre sus componentes político y militar. Pero fue justamente el Frente…

p. 159
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del Cauca, Por la autonomía de los pueblos indígenas frente a los con fl ictos que atentan contra nuestro proyecto de vida (“Declaración de Jambaló”), policopiado, marzo #(de "%%%. hambre, la carencia de educación, salud y sana recreación, vías de comunicación, etc., como consecuencia de políticas inter- nas y…

p. 161
27Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · Página 291 cita
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por Pedro de Heredia. En 1535 o 1536 desembarcó allí otro soldado- escritor, Pedro Cieza de León (nacido en Extremadura, España, alrededor de 1518 y muerto allí mismo en 1560). En la primera parte de su Crónica del Perú (publicada en España en 1553) Cieza de León dejó los primeros testi- monios sobre la conquista del…

p. 29
28Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · Página 1091 cita
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historia de Colombia, tomos I-IV, Bogotá, 1982. CASTELLANOS, JUAN DE: Elegías de varones ilustres de Indias,Bogotá, 1955. Documentos relativos a don Pedro de La Casca y Gonzalo Pizarro, tomos I-II, Madrid, 1964. FRIEDE, JUAN:Gonzalo Jiménez de Quesada a través de documentos históricos,Bogotá, 1960.: Documentos…

p. 109
29Invading Colombia: Spanish Accounts of the Gonzalo Jiménez de Quesada Expedition of ConquestJ. Michael Francis · 2007 · Página 1371 cita
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Eugelio de las Heras, 1929. Rodríguez Freyle, Juan. Conquista y descubrimiento del Nuevo Reino de Granada. Edited by Jaime Delgado. Madrid: Historia 16, 1986. Rosa, Moisés de la. “Los Conquistadores de los Chibchas.” Boletín de Histo- ria y Antigüedades 22 (1935): 225 – 53. Rosa Olivera, Leopoldo de la. “Don Pedro…

p. 137
30El indio en la lucha por la tierra: historia de los resguardos del macizo central colombianoJuan Friede · 2017 · Página 451 cita
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o desamparar, tampoco los nuevos poseedores puedan mudarlos ni despedirlos…». 46 Jínd Ficere Don Carlos— es muy posible que se tratara de uno o va- rios pueblos traídos desde el sur, durante la Conquista, y a quienes fueron asignadas las tierras hostiles del valle de Las Papas para sus viviendas. Según Castellanos,…

p. 45
31El orden desarmado. La resistencia de la Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare (ATCC)Gonzalo Sánchez Gómez, Mario Aguilera Peña · 2011 · Página 181 cita
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encontrar uno de los afluentes del río San Juan, sigue por este aguas abajo hasta encontrar el punto inicial. ATCC, CPDPMM, PDR. Plan de desarrollo integral del área de influencia de la ATCC 2.004 – 2.014 “Desarrollo integral con todos y para todos”. La India, Febrero 2004. capítulo 3. Pp. 4-5. 20 ATCC, CPDPMM, PDR.…

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