Ensayo · Prehispánico · antes de 1499
La guerra en la Colombia prehispánica
Las sociedades prehispánicas colombianas practicaron formas de guerra y violencia ritual —desde el sacrificio de moxas muiscas hasta las cabezas trofeo de la Cordillera Central— que ni el evolucionismo unilineal ni el indigenismo idealizador logran explicar. Reconstruir esas configuraciones exige abandonar ambos marcos y atender a la ecología, la demografía y las trayectorias políticas contingentes de cada región.
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La respuesta en breve
La guerra prehispánica colombiana fue un fenómeno estructural cuya forma dominante fue la depredación ritualizada —captura de víctimas para sacrificio, exhibición de valor, apropiación de trofeos— antes que la conquista territorial sistemática. Las trayectorias bélicas de cada región fueron contingentes a configuraciones ecológico-demográficas locales: los zenúes del bajo Sinú movilizaban excedentes considerables y sostenían jerarquías nítidas sin derivar de ello una vocación militarista, mientras los cacicazgos fragmentados de la Cordillera Central desarrollaron el complejo bélico más denso del territorio con excedentes menores. La institución muisca de los moxas —esclavos jóvenes obtenidos en el piedemonte llanero con el único propósito de ser sacrificados— revela además una relación depredadora estructural con los vecinos llaneros incompatible tanto con la lectura económica del trabajo forzado como con cualquier imagen de intercambio interétnico pacífico.
La historiografía oscila entre dos polos que el material desautoriza. El evolucionismo unilineal, representado por la hipótesis de la circunscripción ambiental de Robert Carneiro, deriva la guerra automáticamente de la acumulación de excedente y la jerarquía cacical; el contraste zenú-Cordillera Central lo refuta en su terreno más firme, pues los zenúes combinaron ingeniería hidráulica masiva y jerarquía funeraria elaborada sin militarización visible. En el extremo opuesto, el indigenismo idealizador niega o minimiza la violencia interétnica prehispánica; la evidencia del sacrificio muisca —panches flechados en el poste del cacique, niñas depositadas en los huecos de los postes de las viviendas, moxas destinados exclusivamente al rito— la contradice de raíz. Dentro del campo académico persiste además una tensión entre quienes leen las guerras del valle del Cauca como respuesta a la presión demográfica por tierras cultivables y quienes, como Carl Henrik Langebaek para el caso muisca, las interpretan como tecnología de reconocimiento y competencia de honor sin evidencia documental de expansión territorial sistemática ni de dominación política impuesta por la fuerza; ninguna de las dos lecturas agota el problema y su peso relativo varía por región.
Ensayo completo
La lectura
¿Fue la guerra en la Colombia prehispánica una consecuencia del excedente agrícola, un rasgo cultural elegido, o algo distinto a ambas cosas?
La pregunta parece técnica y resulta política. Detrás de ella se juegan dos maneras de imaginar el mundo americano antes de 1499: la que lo ordena en una escalera evolutiva donde el excedente engendra jerarquía y la jerarquía engendra guerra de conquista, y la que lo redime en un tejido de intercambios pacíficos donde la violencia sería un dato menor o una proyección de las crónicas. Cuando uno se acerca al territorio que hoy llamamos Colombia, ninguna de las dos respuestas resiste el examen. Y es esa doble insuficiencia la que obliga a formular la pregunta en otros términos.
Piénsese primero en el contraste más elocuente. En las vertientes de la Cordillera Central, las excavaciones y la iconografía confirman lo que los cronistas del siglo XVI describieron: sociedades en estado crónico de guerra, con estratificación social de señores, nobles, plebeyos y esclavos, y una fragmentación política tal que cada tribu se subdividía en múltiples jefaturas locales capaces de deliberar sobre la guerra sin integrarse a un sistema centralizado. Canibalismo ritual, decapitación, cabezas trofeo. Solo excepcionalmente, como en el caso del gran Nutibara, un solo jefe mantuvo autoridad clara sobre un territorio considerable. Los pijaos de Calarca, ya en tiempos coloniales, prolongarían esa cultura bélica hasta la extinción del último guerrero.
Ahora piénsese en el bajo Sinú. Los tres cacicazgos zenúes —Fincenú en el valle del Sinú con centro en la Laguna de Betancí, Pancenú en la hoya del San Jorge, Cenúfana en el bajo Cauca y el Nechí— compartían una cultura homogénea y una organización orientada al trabajo hidráulico masivo. Los camellones agrícolas del San Jorge son la evidencia material de una autoridad capaz de coordinar mano de obra en escala regional. La violencia visible del complejo zenú no está en fortificaciones ni en trofeos, sino en la jerarquía funeraria. El entierro del cacique Buhba en Periquital —cadáver depositado en una urna de cerámica dentro de un túmulo levantado con la misma técnica de apilamiento de tierra y cascajo empleada para los camellones— condensa un régimen simbólico en el que el oro no era moneda sino sustancia numinosa ligada al sol, y los montículos con forma de mujer embarazada, sembrados de árboles floridos y adornos áureos, articulaban muerte, fertilidad y estatus. En Tamalameque, los zenú-malibúes concebían la muerte como tránsito natural dentro del cosmos, invocando a Ihtíoco, Ninha y Thi en rituales de tono festivo. Las familias eran matrifocales y la diferenciación de rango se leía en el ajuar, no en la panoplia guerrera.
¿Por qué importa este contraste? Porque desarma la ley evolutiva en su terreno más firme. Los zenúes movilizaban excedentes considerables —la ingeniería hidráulica exige planificación, autoridad y trabajo continuado— y sostenían una jerarquía nítida de rangos, pero no derivaron de ello una vocación militarista. Los pueblos de las vertientes, con excedentes menores y fragmentación política extrema, desarrollaron el complejo bélico más denso del territorio. Excedente y jerarquía no producen guerra por sí mismos; la producen cuando se combinan con ecologías particulares, densidades demográficas críticas y trayectorias políticas específicas.
La pregunta se refina entonces. Si la ecuación excedente/guerra no funciona, ¿qué queda? Tres hipótesis han circulado. La primera, materialista, atribuye el conflicto —especialmente en el valle geográfico del Cauca, donde se estiman entre 600.000 y un millón de habitantes distribuidos en grupos de hasta 40.000 personas— a la presión demográfica y a la competencia por tierras cultivables. La guerra crónica del Cauca sería consecuencia de una circunscripción ambiental que forzó a las jefaturas a disputarse los recursos. La segunda invierte la ecuación: las razones para ir a la guerra tuvieron más que ver con la idea de matar, sacrificar y demostrar el valor personal que con el dominio, la subyugación y la racionalidad económica. Las guasábaras descritas por los españoles —combates rituales en que los jóvenes se enfrentaban gritando, tocando instrumentos musicales y disfrazados de animales con oro reluciente en el pecho— no buscaban aniquilar al enemigo sino exhibir valor; los caciques mayores, al menos los entrados en años, observaban desde lejos. La guerra sería, en este sentido, una tecnología de reconocimiento y competencia, no de conquista. La tercera, más antigua, postula para los grupos del valle del Cauca una unidad étnica chibcha original modificada por influencias externas y diferencias ambientales, y explica la guerra dentro de esa matriz cultural compartida antes que en la escasez.
Ninguna agota el problema. Cada una ilumina una región. La lectura materialista funciona mejor donde la densidad demográfica es alta y la fragmentación política impide arbitrar las disputas, como en el Cauca medio. La lectura ritualista se sostiene con particular fuerza en el altiplano muisca, donde la guerra parece haber servido menos para conquistar territorios que para capturar víctimas sacrificiales. La hipótesis del sustrato chibcha recuerda que las identidades étnicas del siglo XV eran ellas mismas resultado de siglos de mezcla, y que la categoría "caribe" —usada por los españoles para designar a cualquier grupo particularmente belicoso— encubre procesos migratorios que reconfiguraron las fronteras de guerra sin que hoy podamos delimitarlos con precisión.
Aquí conviene detenerse en lo que más incomoda a la imagen idealizada del mundo prehispánico: el sacrificio muisca. Entre enero y marzo, en los festejos ligados a la siembra del maíz en los valles fríos del altiplano, los muiscas inmolaban guerreros panches capturados en guerra: los subían a un poste plantado a la entrada del cercado del cacique y los flechaban hasta desangrarlos. Niñas pequeñas hijas de personajes importantes eran depositadas en los huecos donde se hincaban los enormes postes con que se construían las viviendas de los caciques. Y estaba, sobre todo, la institución de los moxas: esclavos jóvenes obtenidos en la llamada Casa del Sol, en el piedemonte llanero, con el único propósito de ser sacrificados.
La palabra clave es único. Los moxas no eran mano de obra, ni tributo económico, ni servidumbre en el sentido corriente. Eran cuerpos capturados o adquiridos para ser destruidos ritualmente. Esta configuración es incompatible con una lectura estrictamente económica de las relaciones interétnicas muiscas —el trabajo forzado no explica la institución— y también con cualquier reconstrucción idealizada del intercambio pacífico entre altiplano y llanos. Lo que hubo fue una relación depredadora estructural: los muiscas necesitaban de sus vecinos no como socios comerciales sino como fuente de víctimas.
La arqueología de los cacicazgos interandinos apunta en la misma dirección. Canibalismo ritual, decapitación, cabezas trofeo son parte del repertorio bélico normal, no excepciones. Que las guasábaras fueran exhibiciones de valor antes que campañas de aniquilación no diluye el hecho de que los cuerpos capturados terminaban en el poste de la flecha o en la olla ritual. La depredación era el marco; la exhibición de honor, su gramática. Al mismo tiempo, nada apoya las versiones más extremas que imaginan un conflicto perpetuo con altísimas tasas de mortalidad. La violencia era estructural pero acotada, ritualizada pero real, cotidiana pero regulada.
¿Y qué pasa cuando se abandona la ilusión del mapa fijo? A finales del siglo XV, el territorio no era un tablero estático. Los caribes se encontraban en pleno proceso de ocupación, penetrando por los ríos Atrato, Magdalena y Amazonas y estableciéndose en los bajos valles fluviales. Esa expansión reconfiguraba las fronteras de guerra en tiempo real. La propia categoría caribe que emplearon los cronistas fue una construcción ambigua: designaba tanto un origen lingüístico como una conducta —resistencia armada, antropofagia— y con frecuencia era imposible distinguir si un grupo era genéticamente caribe, si había sido asimilado o si había adoptado prácticas caribes ante la presión migratoria.
Esa movilidad impide leer las guerras prehispánicas como fenómenos culturales estáticos. En los valles del Cauca y el Magdalena, la superposición de trayectorias —chibchas, caribes, arahuacos entremezclados— produjo configuraciones bélicas en las que la dimensión ritual y la territorial se volvieron indistinguibles. Pijaos, muzos, panches: cada uno de esos frentes era también una zona de contacto interétnico activo, no un territorio delimitado desde tiempo inmemorial. Hacia el interior del altiplano y del Sinú, los grandes cacicazgos avanzaban en su propia consolidación. Los muiscas no habían completado la integración federal bajo el Zipa y el Zaque: el Tundama de Duitama, el señor de Sáchica y las jefaturas menores de las hoyas del Suárez y el Moniquirá, especialmente en las montañas al noroccidente de Tunja, conservaban grados variables de independencia. Los grandes centros ceremoniales —Chía, Sogamoso— estaban gobernados por señores que eran también sacerdotes de alto rango, sometidos a años de reclusión, ayuno y estudio antes de asumir el oficio de jeque, y cuya relación con la autoridad civil del Zipa era, ya en las propias fuentes coloniales, ambigua.
De todo esto se desprenden tres afirmaciones firmes y algunos flancos abiertos que conviene no cerrar por comodidad expositiva. La primera: la guerra prehispánica colombiana fue un fenómeno estructural, no marginal, y su forma dominante fue la depredación ritualizada —captura de víctimas para sacrificio, exhibición de valor, apropiación de trofeos— antes que la conquista territorial sistemática. La gavia muisca, las guasábaras, las cabezas trofeo de la Cordillera Central pertenecen todas a este idioma común. La segunda: la lógica ritual no operaba en el vacío. En el valle del Cauca, con densidades demográficas del orden del millón de habitantes y una fragmentación política en más de cien unidades tribales, la competencia por la tierra fue componente real del conflicto crónico; en los bajos valles fluviales, la expansión caribe reconfiguraba las fronteras. Depredación y presión ecológica coexistieron; su peso relativo varió por región. La tercera: la jerarquía cacical fue el motor político que sostuvo esta economía de la violencia. La orfebrería —los pectorales, las coronas, los sombreros áureos similares a mitras que portaban los muiscas tras la reclusión ritual; la balsa de Guatavita donde el jefe aparece de mayor tamaño que su séquito; los ajuares suntuosos de jefes y sacerdotes calimas y quimbayas— materializaba el rango que la guerra reproducía. Sacrificar panches, capturar moxas, decapitar enemigos y exhibir sus cabezas no eran actos gratuitos: legitimaban al señor ante su comunidad y ante los cacicazgos vecinos.
Quedan flancos abiertos. El silencio documental sobre resistencias a caciques impuestos por Bogotá o Tunja debilita la hipótesis de guerras de expansión en el altiplano, pero no la refuta. La condición exacta de los moxas —si eran vírgenes, si atravesaban períodos de reverencia previa, si se les atribuía capacidad de comunicarse con el sol— permanece fuera de nuestro alcance. El grado de autonomía real del Tundama y de los señores de los centros ceremoniales muiscas frente al poder del Zipa sigue incierto. Y la clasificación étnica de los pueblos del Cauca, entre unidad chibcha original y presencia caribe, sigue siendo materia de discusión.
La pregunta con la que empezamos admite entonces una respuesta provisional: configuraciones contingentes de guerra, poder y violencia, moduladas por ecología, demografía y trayectoria política, que hicieron de la depredación ritual el idioma común de sociedades por lo demás muy distintas entre sí. Ese fue el territorio que encontró la Conquista en 1499. Reconocerlo obliga a reformular el problema historiográfico decisivo: por qué unos cacicazgos se derrumbaron rápido mientras los pijaos de Calarca —comparables a Caupolicán o a Lautaro— resistieron hasta el último guerrero. La respuesta, si existe, no está en la escalera evolutiva ni en la arcadia, sino en la geometría precisa con que cada sociedad había ensamblado su propia depredación.
Archivo documental
Documentos usados en esta lectura
22 documentos · 31 fragmentos de referencia01Antes de Colombia. Los primeros 14.000 añosCarl Henrik Langebaek · 2021 · p. 292, 297, 3033 fragmentos
[1]una violencia ritualizada, por completo ajena a la incorporación de mano de obra o a la subordinación económica de un grupo por otro. Los muiscas hacían sacrificios humanos durante los festejos relacionados con la siembra de maíz en los valles fríos, es decir, entre enero y marzo. En esa ocasión, los guerreros panches…
p. 297
[2]es el caso de los muiscas, los caciques más importantes, algunos de ellos entrados en años, no combatían, sino que observaban desde lejos. Muchas veces, los indígenas salían a pelear disfrazados de animales, con oro reluciente en sus pechos y, antes de atacar, gritaban y hacían tocar sus instrumentos musicales, para…
p. 292
[3]nuestras ideas sobre por qué la gente va a la guerra, muere y mata. En el momento de la Conquista, los indígenas tenían conflictos entre sí y no hay duda de que sus desavenencias se remontaran a épocas muy anteriores. La escasa información arqueológica con que se cuenta confirma que la violencia no fue desconocida,…
p. 303
02Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · p. 1091 fragmento
[4]y sangrientas guerras entre los grandes c caciques muiscas como parte de proyectos de expansión territorial, Los documentos simplemente no mencionan nada que apoye esas empresas militares que, según los cronistas, existieron. No conozco una sola mención de que después de la conquista alguna comunidad hubiera…
p. 109
03Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 30, 33, 353 fragmentos
[5]valle geográfico del Cauca, debió ser apreciable antes de la C onquista. Los estim ativos varían entre seiscien tos mil y un m illón de habitantes. Estaba d iv id id a en m uchos g rupos tribales y lingüísticos de tam año variable, llegando algunos quizás a cuarenta mil. A su vez, cada tribu estaba su b d iv id id a…
p. 33
[8]u e corrían en dirección nororiental p o r unos ochenta kiló m etros, sep arad as p o r el río Chicam ocha. A unque las co m u n id ad es indígenas de estas zonas pag ab an tributo a los señores de Sugam uxi y D uitam a, algunos especialistas han su g erid o recientem ente que uno de ellos, o am bos, aceptaban el dom…
p. 35
[29]y la arahuac. Puesto que las m igraciones y el poblam iento fueron m oldeados por las condiciones geográficas alu d id as, estos tres grupos lingüísticos no constituyeron bloques territoriales cohesionados y m ás bien es tuvieron entrem ezclados y dispersos. A la llegada de los españoles, los chibchas, ligados…
p. 30
04Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 741 fragmento
[6]suntuosos de jefes y sacerdotes, verdaderos tesoros de orfebrer í a y de piedras finas, nos indican que en estas regiopes __ privilegiadas para la agricultura, se desarrollaron peque ñ os, se ñ or í os con una estructura social jer á r quica, una clase sacerdotal influyente y un alto desarrollo tecno l ó gico y est é…
p. 74
05Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 521 fragmento
[7]en el siglo XVI algunos territorios marginales o casi independientes, cuya sumisión al Zipa o al Zaque no estaba del todo clara. El status de estos territorios en el momento de la Conquista debe evaluarse, en parte por lo me- nos, en términos de un proceso histórico. En primer lugar, los dos "Estados" incipientes eran…
p. 52
06Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · p. 192 fragmentos
[9]múltiples y distintas: iban desde agrupaciones que habían alcanzado etapas superiores de agricultura sedentaria y producían amplios excedentes, como los muiscas, hasta organizaciones menos avanzadas de recolec- tores y cazadores, generalmente en las tierras bajas, pasando por comunidades tribales de desarrollo…
p. 19
[10]múltiples y distintas: iban desde agrupaciones que habían alcanzado etapas superiores de agricultura sedentaria y producían amplios excedentes, como los muiscas, hasta organizaciones menos avanzadas de recolec- tores y cazadores, generalmente en las tierras bajas, pasando por comunidades tribales de desarrollo…
p. 19
07Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 521 fragmento
[11]autori dad, les pagaran tributos y les rindieran obediencia. Esta respuesta estaba influida por la estructura y la cultura de las comunidades ind í genas. Donde sobrevivi ó mayor proporci ó n de poblaci ó n fue entre los muiscas y los grupos cercanos a Pasto y Popay á n. Esto se explica en parte porque los espa ñ oles…
p. 52
08Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · p. 262, 3252 fragmentos
[12]tros que indiquen una integración para la construcción y el mantenimiento del sistema. En el fondo, según todos los datos disponibles hasta ahora, parece que se trataba de una población rural cuyos restos materiales están muy super- ficialmente dispersados. Fue una sociedad de rangos bien definidos, al juzgar por la…
p. 325
[14]adquirido o hereditario, que se expresaba en muchos aspectos de la cultura. Obviamente, el gran avance de la orfebrería y alfarería de algunos —no todos— cacicaz- gos se debía al creciente pedido que tenían estos artefactos de gran perfección tecnológica y estética, en una sociedad en que la riqueza personal tenía…
p. 262
09La gente de GuambíaRonald A. Schwarz · 2018 · p. 51, 542 fragmentos
[13]de las sociedades anteriores a la Conquista. Mientras que tales escritos se utilizan para apoyar las afirmaciones del avanzado estado de desarrollo de los muiscas y taironas (Kroeber 1946: 887-909; Reichel-Dolmatoff 1965: 143-68), el uso académico de documentos similares para la región de Popayán parece insuficiente.…
p. 54
[18]son decepcionantes, y los datos de la antigüedad de esta área son insuficientes. No se han descubierto sitios de poblados grandes, pero se han encontrado algunos cimientos de casas marcadas con anillos de piedra. Los muiscas enterraban sus difuntos en cuevas secas y en tumbas de pozo, algunas de estas últimas…
p. 51
10Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 32, 352 fragmentos
[15]con ellos, se deduce que durante este período había una población relativamente nu- merosa, que practicaba enterra- mientos primarios aislados y en ce- menterios (4, 10, 25 o más tumbas de pozo con cámara lateral) en las laderas de las lomas, generalmente sobre pequeños aplanamientos na- turales o artificiales. Del…
p. 32
[16]nadas con orlas punteadas en pastillaje o con inci- siones; también se fabricaron torteros o volantes hechos de arcilla con decorado geométrico a base de barras lineales y punteadas. Todos estos utensilios, después de servir en los quehaceres domésticos formaban parte del ajuar AA AAA Colombia precolombina funerario,…
p. 35
11Magdalena. Historias de ColombiaWade Davis · 2021 · p. 2861 fragmento
[17]de virilidad y fertilidad; figuras femeninas encontradas en cámaras funerarias, que tal vez fueron puestas allí para facilitar la concepción y el renacimiento después de la muerte; montículos en forma de mujeres en los últimos meses del embarazo, todos sembrados con árboles floridos de cuyas ramas colgaban bellísimos…
p. 286
12Invading Colombia: Spanish Accounts of the Gonzalo Jiménez de Quesada Expedition of ConquestJ. Michael Francis · 2007 · p. 981 fragmento
[19]once in a while these same servants enter those houses and administer a great number of terrible lashings; and the Indians confined to those houses endure this penitence over the course of the entire period I mentioned above. However, once they leave this confinement, they are permitted to pierce their ears and their…
p. 98
13Historia de Colombia - La Colombia más Antigua IIRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico), Juan Salvat, Roberto García Rojas (dirs.) · 1988 · p. 761 fragmento
[20]conocido de este tipo de obras es la balsa ilustrativa de la leyenda del cacique de Guatavita, en la cual se distinguen personajes de distintos tamaños, según su jerar- quía, lo mismo que en las representaciones de los cercados de los caciques, en los cuales sobresale la figura del jefe por su tamaño más grande. El…
p. 76
14Resistencia en el San JorgeOrlando Fals Borda · 2002 · p. 61, 652 fragmentos
[21]el ambiente de todo el acontecimiento era alegre y positivo, casi como en los velorios de hoy después de que se van las lloronas. Pues para los zenú-malibúes la muerte no lle- gaba trágicamente como en un limbo frío o en una caldera satá- nica dónde expiar pecados, sino que aparecía como un simple paso en la vida…
p. 65
[22]tiempo que los indios de la parte norte del Panzenú no disponían entierro solemne para un jefe. Desde cuando se fue- ron hundiendo poco a poco las inmensas obras de rectos canales para criar pescado y altos camellones para sembrar yuca y fruta- les —que construyeron los geniales ingenieros zenúes en la cuenca media y…
p. 61
15Breve historia económica de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 2017 · p. 361 fragmento
[23]un aspecto fundamental que explica el establecimiento de comunidades independientes, puesto que este tipo de vínculos aseguraba la pertenencia de un individuo a una comunidad y con esto su acceso a los recursos del territorio que controlaban (Lleras, 1986). Posiblemente se dieron enfrentamientos bélicos para obte- ner…
p. 36
16Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · p. 511 fragmento
[24]que en el occidente colombia no no sólo coexistían diferentes estados de evolución sino que muchos gru pos apuntaban hacia formas de cohesión suprafamiliar o intertribal. En la base de esta evolución,.Trimborn afirma una unidad original de todos los grupos que habitaban las márgenes del Cauca. Esta unidad étnica…
p. 51
17Mercados, poblamiento e integración étnica entre los Muiscas, Siglo XVICarl Henrik Langebaek · 1987 · p. 1031 fragmento
[25]se habrían encontrado en algunas partes del Altiplano como Tabio y Tunja, y de estilo "quimbaya" en Ubaté y Sogamoso donde además se halló un nariguera clasificada como "sinú". De otro lado, el mismo autor (Ibid., 341-343) y Falchetti (1979: 31 y 35) coinciden en afirmar que los que hoy en día se conocen como…
p. 103
18Gran Enciclopedia de Colombia - Geografía 2Alfonso Pérez Preciado (Dirección académica y textos); Fernando Wills Franco (Dirección de proyecto); Camilo Calderón Schrader, Alberto Ramírez Santos (Coordinación editorial) · 2007 · p. 2291 fragmento
[26]desconcertantes. Siguiendo el curso del rio, nuevas tribus y nuevos régulos, hasta llegar a los dominios de un Cid cobrizo, incansable y denodado: Calarca, comparable a Caupolican, Cuau- htémoc, Atahualpa o Lautaro. Al frente de sus pijaos dio a los hombres barbados que manejaban el rayo y se desdo- blaban en hombre y…
p. 229
19Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · p. 351 fragmento
[27]y penetrar por los valles del Magdalena y el Cauca. Poco sabemos sobre las fechas de esta migración, ni sobre las rutas precisas utilizadas; incluso son muy fuertes las dudas existentes acerca del carácter caribe o no de muchos de los pueblos encontrados por los españoles. Para muchas de las regiones donde hay algunos…
p. 35
20Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · p. 1341 fragmento
[28]el tronco inicial, costa de Venezuela y norte de Co- lombia) y Caribe meridionales (algunos idiomas — RE i Grupos indígenas precolombinos Indígenas en la selva, óleo de la pintora del río Xingú y alto Ama- zonas colombiano, como el Carijona, el Hianakoto y el Umaua). En total, su- man 50 lenguas conocidas y está…
p. 134
21Historia de Colombia. La Colombia más Antigua. Tomo 1Gonzalo Hernández de Alba (dir.); Camilo Domínguez O., José L. Lorenzo, Amancio Fernández, Gonzalo Correal y otros · p. 1371 fragmento
[30]y ciertos productos agrícolas, la sal era otro elemento básico del comercio de los muiscas. un grupo de especialistas en el intercambio. Las re- ferencias históricas parecen indicar que todos los indígenas comunes y corrientes iban a los merca- dos. Por otra parte, el trueque de artículos tuvo un papel importante al…
p. 137
22Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · p. 591 fragmento
[31]Económica, 1991. Hernández, Guillermo. De los chibchas a la colonia y a la república. Bogotá: s. e., 1978. Hugh-Jones, Stephen. “Shamans, Prophets, Priests and Pastors.” Shamanism, History and the State. Eds. N. Thomas y C. Humphrey. Michigan: University of Michigan Press, 1998. 32-74. Carl Henrik Langebaek 50 Ibarra,…
p. 59