Darío Echandía
Transversal
1897–1989
La biografía
Darío Echandía Olaya (Chaparral, 13 de octubre de 1897 — 1989) fue el jurista tolimense que tradujo en articulado constitucional el reformismo de Alfonso López Pumarejo, el orador cuya voz cansada imponía silencio en el Congreso y el hombre que, habiendo estado a un paso de la presidencia en más de una ocasión, prefirió sistemáticamente no tomarla. Ministro de Gobierno en el momento fundacional de la República Liberal, arquitecto de la reforma constitucional de 1936, candidato liberal baleado en plena campaña en 1949, interlocutor central en las negociaciones del 9 de abril, Echandía funcionó como una suerte de árbitro moral del liberalismo colombiano entre la Revolución en Marcha y el Frente Nacional. Su famosa pregunta —"¿poder para qué?"— resume mejor que cualquier discurso a una figura que hizo del escepticismo ilustrado un método de gobierno, y del retiro a tiempo, una forma de autoridad.
Línea de vida
- 1897
Nacimiento en Chaparral, Tolima
Leer contexto
Nació el 13 de octubre de 1897 en Chaparral, población del sur del Tolima que también fue cuna de los presidentes decimonónicos Manuel Murillo Toro y José María Melo, en un entorno marcado por la polarización bipartidista y las tradiciones caudillistas heredadas del siglo XIX.
- 1934
Ministro de Gobierno y tramitador de la reforma constitucional
Leer contexto
Integró el primer gabinete de Alfonso López Pumarejo como uno de los jóvenes intelectuales menores de 38 años. El 10 de septiembre de 1934 presentó al Senado proyectos sobre límites y derechos de extranjeros, y a la Cámara los proyectos capitales sobre el régimen de la propiedad y la intervención del Estado en la economía, iniciando el trámite de la reforma constitucional.
- 1936
Aprobación de la reforma constitucional
Leer contexto
Las reformas constitucionales que Echandía redactó y tramitó fueron aprobadas en 1936. Incorporaron la intervención del Estado en la economía, establecieron la función social de la propiedad y sentaron las bases jurídicas para el Estado asistencial, tomando como referencia doctrinal la Constitución de la República Española.
- 1947
Apoyo a Gaitán como jefe del Partido Liberal
Leer contexto
Tras las elecciones de marzo de 1947, en que Gaitán superó en casi 100.000 votos al sector santista, Echandía fue uno de los pocos dirigentes del liberalismo oficial —junto a Plinio Mendoza Neira y Alonso Aragón— que se unió a Gaitán y le prestó apoyo como jefe del partido, en contraste con la gran mayoría que esperaba su descrédito.
- 1948
Negociador liberal en el Bogotazo
Leer contexto
La noche del 9 de abril de 1948, tras el asesinato de Gaitán, Echandía acudió al Palacio de Gobierno junto a Carlos Lleras Restrepo y otros dirigentes liberales a negociar con Mariano Ospina Pérez. Pidió la renuncia del presidente; ante la negativa, participó en el acuerdo de Unión Nacional que incorporó ministros liberales al gabinete conservador.
- 1949
Atentado armado contra el candidato presidencial
Leer contexto
El 25 de noviembre de 1949, mientras caminaba sobre la carrera 13 de Bogotá junto a un grupo de estudiantes y simpatizantes, fue víctima de un ataque armado. Su hermano Vicente Echandía murió en el atentado. El episodio precipitó el retiro liberal de las elecciones y la llegada sin oposición de Laureano Gómez a la presidencia.
El hombre de Chaparral
Nació en Chaparral, en el sur del Tolima, el 13 de octubre de 1897, en una tierra cuya vocación política era, ya para entonces, un dato biográfico: la misma población había sido cuna de Manuel Murillo Toro y de José María Melo, dos presidentes de la República del siglo XIX que representaban, cada uno a su modo, las genealogías radicales del liberalismo colombiano. Chaparral no era, pues, un pueblo cualquiera para un futuro liberal, y el Tolima en el que Echandía se formó era una provincia atravesada por dos ritmos simultáneos y desiguales: la persistencia de las tradiciones caudillistas heredadas del siglo XIX, con su polarización endurecida entre conservadores y liberales, y un proceso de modernización social que empezaba a rehacer las jerarquías.
En ese Tolima de comienzos de siglo, los conservadores retuvieron el control del poder departamental hasta 1930, año en que los errores del conservatismo a nivel nacional —el desgaste de la hegemonía, la fractura interna que llevó a la candidatura de Enrique Olaya Herrera— hicieron caer también sus bastiones regionales. Echandía llegaba a la madurez política en el momento exacto en que su tierra dejaba de ser una plaza cerrada para el liberalismo. Su voz, cuando la elevó luego en el Congreso, conservó siempre las cadencias tolimenses que Klim, el humorista más agudo de la época, describiría con precisión de retratista: una voz cansada y dejativa, cargada de esos giros musicales del sur, que desenvolvía el pensamiento con una armonía inesperada en un recinto habituado al énfasis.
No fue nunca, sin embargo, un tribuno popular al estilo tolimense clásico. Echandía era jurista, hombre de biblioteca, y sus armas fueron la precisión técnica y la ironía: una combinación rara en un país que prefería a sus políticos entre el latinismo campanudo y el grito de plaza pública. Los contemporáneos lo llamaron, con una mezcla de cariño y respeto, "El Maestro". El apodo no se explicaba solo por su erudición: había en Echandía una manera de estar en la política que era más de guía que de caudillo, más de mediador que de conductor.
Los umbrales del poder: el joven ministro de López Pumarejo
Cuando Alfonso López Pumarejo se posesionó el 7 de agosto de 1934 e inauguró lo que él mismo bautizaría como la Revolución en Marcha, tomó una decisión que resultaría decisiva no solo para su gobierno sino para las tres décadas siguientes de vida política colombiana: prescindir de los grandes caciques del Partido Liberal —de los notables que esperaban su turno tras la primera presidencia de la posthegemonía— y rodearse en cambio de un gabinete de jóvenes intelectuales, todos menores de treinta y ocho años. Alberto Lleras Camargo, con veintiocho, era el más joven. Junto a él, Plinio Mendoza Neira, Antonio Rocha, Jorge Soto del Corral y Darío Echandía compusieron el equipo que habría de transformar el país por decreto y por texto constitucional. López los eligió porque quería reformar, no administrar; sabía que los viejos jefes le hubieran frenado el brío. Esa apuesta personal explica el ascenso de Echandía al centro de la maquinaria reformista: sin la decisión lopista de saltarse una generación, el jurista tolimense probablemente habría sido un parlamentario brillante sin palanca constitucional.
A Echandía le tocó el papel técnicamente más difícil y políticamente más expuesto: el ministerio de Gobierno, encargado de tramitar la reforma constitucional en un Congreso donde había que negociar cada coma. Apenas un mes después de la posesión, el 10 de septiembre de 1934, presentó al Senado los proyectos sobre límites y derechos de los extranjeros, y ese mismo día llevó a la Cámara los proyectos capitales sobre el régimen de la propiedad y la intervención del Estado en la economía. Un mes más tarde presentó al Senado el proyecto sobre reunión y atribuciones del Congreso. La reforma no fue improvisada ni retórica: fue una arquitectura jurídica meticulosa, elaborada en un ritmo que hoy asombra, y que buscaba desmontar, artículo por artículo, la Constitución de 1886, la Constitución "clerical y goda" de Núñez y Caro, como la llamaban los liberales de la hegemonía.
Echandía buscó bases doctrinales en la Constitución de la nueva República Española, entonces recientísima, y las fundió con la tradición liberal colombiana del siglo XIX: libre examen, fe en la razón, poder liberador de la ciencia. La reforma, aprobada en 1936, incorporó la intervención del Estado en la economía, estableció que la propiedad tiene una función social que implica obligaciones —principio que a su vez habilitó, en la legislación posterior, disposiciones como la reversión al Estado de los predios rurales sin destinación económica al cabo de diez años, y el derecho del colono que hubiera explotado un predio por cinco años de buena fe a adquirir su dominio— y sentó las bases jurídicas para lo que sería, décadas más tarde, el Estado asistencial. Era un reto frontal a las antiguas normas que dejaban los problemas de la vejez y la pobreza en manos de la Iglesia o del destino.
Conviene precisar qué tipo de intervención era la que Echandía redactaba, porque el punto es fino. No se trataba del dirigismo o el planismo europeo de esos años —esos programas que pretendían dictar la composición y volumen de la producción— sino de una intervención primariamente regulatoria, concentrada en el derecho laboral, en la relación entre trabajador y empresario para procurar ventajas al primero. Es la marca del jurista Echandía en el reformismo lopista: menos vocación de ingeniería económica que voluntad de reequilibrar, por vía normativa, las asimetrías del contrato social. El nacionalismo desatado por el conflicto de Leticia con el Perú había preparado el terreno emocional; Echandía aportó el terreno jurídico.
Tres medidas simbolizaron la Revolución en Marcha: la reforma tributaria, la reforma agraria y la democratización de la educación. Esta última siguió las viejas ideas del liberalismo decimonónico y buscó adaptar la educación al proceso de industrialización que empezaba a asomar. La oposición fue temprana y transversal: los conservadores respondieron con dureza, pero también sectores del propio liberalismo —los que preferían el statu quo, sobre todo en el campo y en la educación— resistieron. En diciembre de 1936, el propio López proclamó la necesidad de una "pausa" para apaciguar a la oposición conservadora y a las críticas patronales. La reforma agraria, en particular, fue vetada por sectores de las élites regionales, que lograron frenar sus alcances durante el siguiente gobierno liberal. El texto constitucional de Echandía sobrevivió; la aplicación práctica de sus principios, no del todo.
De la reforma al arbitraje: los años de Gaitán y el 9 de abril
Terminado el primer gobierno de López en 1938, el grupo del gabinete inicial se dispersó en cargos y misiones diversas, pero seguiría dominando la política colombiana durante las tres décadas siguientes. Echandía transitó por ministerios, por la diplomacia —la Santa Sede, Berna—, por el Congreso. Su prestigio de reformador constitucional era ya, hacia mediados de los años cuarenta, una marca de fábrica: cuando entraba al recinto y tomaba la palabra, se hacía el silencio, y desenvolvía armoniosamente su pensamiento. Daniel Henao, ex ministro y escritor, lo describió como brillante, polémico, retador, incisivo y sagaz, y añadió una frase que lo pintaba entero: no daba ni recibía cuartel en la contienda ideológica.
Vino entonces el fenómeno Gaitán. En marzo de 1947, Jorge Eliécer Gaitán superó en casi cien mil votos al sector santista del liberalismo. En Cundinamarca, encabezando la lista al Senado, obtuvo 32.780 votos frente a 9.761 de la lista santista que encabezaba Carlos Lleras Restrepo. La aritmética lo hacía acreedor a la jefatura del partido, y así ocurrió. Pero lo que la aritmética no podía disimular era el rechazo íntimo que la dirigencia liberal oficial sentía por el caudillo popular: la gran mayoría dejó que Gaitán asumiera la jefatura con sus propios copartidarios, seguros —o esperanzados— de que se desacreditaría rápidamente al chocar con las contradicciones inevitables de ser, a la vez, líder popular beligerante y jefe de un partido que participaba en un gobierno de Unión Nacional presidido por el conservador Mariano Ospina Pérez.
Echandía tomó, en ese punto, una decisión atípica dentro de su sector. Junto con Plinio Mendoza Neira, Alonso Aragón y unos pocos más, se puso al lado de Gaitán y le prestó apoyo como jefe del partido. Fue una minoría dentro del liberalismo oficial, pero una minoría de peso: el nombre de Echandía cubría a Gaitán con una legitimidad que las élites liberales le negaban. Que fuera Echandía el que cruzara ese umbral dice mucho de su lectura de la hora: entendió que el gaitanismo no era una anomalía a esperar que se disipara, sino una fuerza a incorporar. La incorporación, sin embargo, fracasó por causas mayores. El Congreso de mayoría liberal, durante la jefatura de Gaitán, no aprobó ninguna ley importante ni sus proyectos de reforma bancaria y reforma agraria. El sabotaje interno del santismo y el bloqueo conservador dejaron al caudillo con la calle pero sin la ley.
El 9 de abril de 1948, Gaitán fue asesinado en Bogotá y la ciudad ardió. Esa misma noche, mientras la turba destruía el centro, un grupo de dirigentes liberales se dirigió al Palacio de Gobierno a negociar con Ospina Pérez. Entre ellos, Carlos Lleras Restrepo y Darío Echandía. Ambos pidieron la renuncia del presidente. Ospina se negó, defendió su legitimidad, esperó los refuerzos militares y decidió mantenerse al mando. Algunos militares llegaron a sugerir una junta de gobierno provisional con militares y dirigentes conservadores; Ospina descartó la salida castrense y optó por relanzar, en cambio, su proyecto de Unión Nacional, ahora con los principales dirigentes liberales incorporados al gabinete. Laureano Gómez, exiliado tras la jornada, quedaba fuera del arreglo, lo que hacía la coalición políticamente viable para el liberalismo.
En la mañana del 10 de abril, con la revuelta ya reprimida, se cerró el acuerdo. Se designó un ministro de Gobierno liberal para garantizar la imparcialidad de las siguientes elecciones y evitar más violencia. Los mismos dirigentes que la noche anterior habían pedido la renuncia del presidente aceptaban ahora colaborar con él. Juan Lozano y Lozano, periodista y liberal, criticó a la dirigencia por haber llevado la lucha civil legal hasta el último extremo y comprometido al pueblo en ella: una frase que resonaba más allá del contexto inmediato.
Aquí conviene detenerse, porque en este pliegue está una de las claves del personaje. Echandía había sido, meses antes, uno de los pocos que apostó por Gaitán; era ahora uno de los negociadores que aceptaba la coalición con el gobierno que muchos gaitanistas consideraban corresponsable, por acción u omisión, del crimen y de la represión. La coherencia entre esos dos gestos —el apoyo minoritario a Gaitán y la firma del pacto con Ospina— no es de doctrina sino de método: Echandía creía en la mediación institucional aun cuando la institución flaqueaba. Fue, a la vez, el liberal más abierto al gaitanismo y el que ayudó a construir la salida que dejó al gaitanismo sin representación política. La violencia no se detuvo: continuó, y se extendió por los campos, con creciente desconfianza entre los partidos. El acuerdo de notables había estabilizado a Bogotá; no había desactivado la Violencia.
El atentado del 25 de noviembre de 1949
En 1949, con el país entrando en una escalada de violencia partidista y con Ospina Pérez cerrando cada vez más el régimen, el Partido Liberal proclamó candidato presidencial a Darío Echandía. Era la elección natural: el hombre de mayor autoridad moral del liberalismo, respetado por su trayectoria y por su discurso mesurado, con el prestigio del jurista y del negociador.
El viernes 25 de noviembre de 1949, en Bogotá, sobre la carrera 13, junto a los muros del colegio de María Auxiliadora y de la empresa Bavaria, Echandía caminaba con lo que un testigo describió como un remedo de mini-manifestación silenciosa y pacífica: un grupo modesto, formado sobre la marcha, con estudiantes y simpatizantes que se sumaban al paso del candidato. Fue entonces cuando estalló el ataque armado. En el atentado murió Vicente Echandía, hermano del candidato. Darío sobrevivió.
El episodio fue mucho más que una tragedia familiar. En el plano político, marcó el punto en que el liberalismo dejó de creer en la viabilidad electoral bajo el régimen conservador: el partido se retiró de las elecciones, Laureano Gómez llegó a la presidencia sin oposición y el país entró en su ciclo más oscuro de violencia. Para Echandía, en el plano íntimo, aquel disparo dejó una marca imborrable. La reserva que ya le era natural se convirtió en repliegue, y su relación con el poder ejecutivo —al que había estado tan cerca y del que se apartaría una y otra vez en los años siguientes— quedó atravesada por esa fecha. La pregunta "¿poder para qué?", que la memoria colectiva le atribuye, cobra un sentido más denso cuando se recuerda que su hermano había muerto en la calle acompañándolo a un mitin.
El árbitro tardío: hacia el Frente Nacional
En los años de la Violencia, con Gómez en la presidencia y luego con el golpe de Gustavo Rojas Pinilla el 13 de junio de 1953, la política colombiana entró en una zona de sombras donde las viejas categorías se agotaban. Alfonso López Pumarejo, ya en los primeros años de la década de 1950, había propuesto un acuerdo bipartidista de reparto del poder como salida a los problemas del país, propuesta que Laureano Gómez rechazó entonces. La idea, sin embargo, quedó circulando entre los notables de ambos partidos.
Fue Alberto Lleras Camargo —aquel joven de veintiocho años del primer gabinete de López— quien, como director del liberalismo, lideró la oposición civil al régimen de Rojas Pinilla y quien encabezó las negociaciones que darían origen al Frente Nacional. En julio de 1956, en Benidorm, España, Lleras Camargo y Laureano Gómez firmaron el acuerdo que proponía el retorno a la normalidad jurídica y afirmaba el principio de cooperación política bipartidista. En 1957, el Pacto de Sitges estableció que el poder sería compartido igualitariamente entre liberales y conservadores durante cuatro elecciones consecutivas, con alternancia presidencial cada cuatro años. El 1 de diciembre de 1957, un referéndum nacional aprobó el Frente Nacional, que instauraría un gobierno bipartidista por dieciséis años a partir de 1958.
Echandía asistió al desenlace desde el lugar que había construido para sí durante toda su vida pública: no el del negociador principal —ese fue Lleras Camargo—, sino el del hombre cuya venia legitimaba, cuya crítica pesaba, cuyo silencio importaba. Había sido uno de los interlocutores del liberalismo con Ospina en el momento más crítico del 9 de abril; había sido candidato baleado; había pasado por ministerios y misiones diplomáticas sin quedarse en ninguno. Cuando el liberalismo colombiano necesitaba una figura que encarnara la continuidad moral entre la República Liberal y el Frente Nacional, Echandía estaba disponible, precisamente porque no había querido ser presidente cuando pudo.
Que rechazara el poder no era, sin embargo, un gesto de humildad ni de indiferencia. Era, más bien, un cálculo lúcido sobre las condiciones de la autoridad en un país como el suyo. Echandía había visto, desde el gabinete lopista, cómo el ejercicio pleno del poder desgastaba incluso a los reformadores más brillantes. Había visto, en 1948, cómo un presidente en el Palacio se convertía en pararrayos de todas las tormentas. Había visto, en 1949, lo que podía costar personalmente aspirar a la primera magistratura. Su decisión de mantenerse en los umbrales —ministro sí, encargado del poder sí, candidato sí, presidente no— era una economía de la autoridad: gastarla lo justo, preservarla para los momentos en que el país necesitara mediación más que mando.
Retrato del jurista: obra, estilo y el "¿poder para qué?"
Hay figuras cuya huella es fundamentalmente política —los presidentes, los caudillos— y figuras cuya huella es fundamentalmente doctrinal —los ideólogos, los tratadistas. Echandía pertenece a una categoría más rara: la de los hombres cuya huella es jurídica en el sentido más denso, porque redactaron el marco normativo en el que otros habrían de moverse. La reforma de 1936 —con la función social de la propiedad, la intervención del Estado, las bases del Estado asistencial— es un texto que dio forma a Colombia durante medio siglo, hasta la Constitución de 1991. Y ese texto lleva, en buena parte, la impronta del joven ministro de treinta y siete años que lo llevó al Senado y a la Cámara el 10 de septiembre de 1934.
Su estilo parlamentario es lo que mejor conservó la memoria contemporánea. Klim lo pintó como el hombre cuya sola aparición en la palabra imponía silencio: voz cansada, dejativa, con cadencias tolimenses de torbellino, desenvolviendo armoniosamente el pensamiento. Daniel Henao lo describió con adjetivos menos musicales pero igual de reveladores: brillante, polémico, retador, incisivo, sagaz; incapaz de dar cuartel o de recibirlo. Los dos retratos parecen contradictorios y no lo son: Echandía era, en efecto, un contendor implacable en el fondo argumentativo y un orador armónico en la forma. La contradicción, si la había, se resolvía en su ironía, que era su marca personal más reconocible y la que ha sobrevivido en las anécdotas.
El "¿poder para qué?" —esa frase que la memoria colombiana le atribuye sin lograr fecharla con precisión— condensa la actitud de una vida entera. No era escepticismo filosófico ni desencanto vago: era la pregunta de un jurista que había visto los usos y los desgastes del poder desde muy cerca y que sabía que la autoridad de un dirigente civil, en Colombia, se preserva mejor por lo que se rechaza que por lo que se acepta. En un país donde la política era —y sigue siendo— un ejercicio de acumulación y despliegue, Echandía practicó una política de sustracción y reserva. Es una tradición minoritaria pero real en la historia colombiana, y Echandía es, quizá, su representante más elocuente.
Sombras y saldos
Una lectura demasiado benévola de Echandía lo convertiría en el sabio incorruptible del liberalismo, ajeno a los pactos que otros firmaron. Una lectura demasiado severa lo convertiría en el rostro amable de un cierre oligárquico. Ninguna hace justicia al personaje.
Echandía fue, sí, el reformador constitucional más eficaz de la República Liberal, y sin su trabajo técnico las ideas lopistas se habrían quedado en discurso. Fue, sí, uno de los pocos dirigentes del liberalismo oficial que apostó por Gaitán cuando la mayoría del partido esperaba su descrédito. Fue, sí, el candidato que pagó con la vida de su hermano el precio de una candidatura en el peor momento del régimen conservador.
Pero también fue el ministro de la reforma agraria de 1936 que, dos gobiernos después, sería vetada por las élites regionales sin que la dirigencia liberal —él incluido— librara la batalla política necesaria para defenderla. Fue el negociador del 10 de abril de 1948 que aceptó la coalición con Ospina apenas horas después de haber pedido su renuncia, contribuyendo a un pacto de notables que estabilizó a Bogotá mientras la Violencia se extendía por los campos. Fue, en suma, un hombre de la mediación institucional en un país cuyos problemas rebasaban las capacidades de la mediación institucional. Sus virtudes —la mesura, el matiz, la reserva— fueron también, en ciertos momentos decisivos, las limitaciones que impidieron una ruptura que quizá el país necesitaba.
Echandía murió en 1989, a los noventa y un años, habiendo sobrevivido a casi todos sus contemporáneos del primer gabinete de López. Vio nacer el Frente Nacional, lo vio agotarse, vio los primeros años del ciclo violento que le sucedió. La Colombia que dejó al morir no era ya la que él había ayudado a fundar en 1936: la Constitución de 1991, que rehizo el marco jurídico del país, estaba a solo dos años. Su nombre, sin embargo, seguía teniendo un peso específico en la memoria del liberalismo colombiano: el peso de una figura que había ocupado casi todos los cargos posibles sin dejarse marcar por ninguno, y que había convertido la pregunta "¿poder para qué?" en algo más profundo que una boutade: en un método.
Chaparral, que había dado a Colombia dos presidentes en el siglo XIX, dio en el XX a un hombre que decidió no serlo. La decisión, contra lo que parece, no lo empequeñece. Lo distingue.
Conexiones del archivo
Red histórica
Ver las 10 restantes
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
18 documentos · 22 fragmentos01Presidentes de Colombia 1810-1990Ignacio Arizmendi Posada · 1989 · Páginas 222, 2242 citas
[1]trayectoria fueron sus ap- titudes verbales en el Congreso. Sus contempo- ráneos le reconocieron especiales dotes para la discusión parlamentaria y el debate con altura y contundencia. Hasta el humorista Klim, en una página llena de seriedad, no tardó en escri- bir: "En el Congreso, el doctor Echandía es un espléndido…
p. 224
[12]testigo, y víctima, de un lamentable episodio de la intolerancia colombia- na, y de nuevo emergería su espíritu realista. El viernes 25 de noviembre de 1949, luego del mediodía, Echandía deja su residencia en com- pañía de Vicente, su hermano, y de varios ami- gos liberales. Se encaminan por la calle 39 hacia la…
p. 222
02When Colombia Bled: A History of the Violencia in TolimaJames D. Henderson · 1985 · Página 783 citas
[2]of political issues in early-twentieth-century Tolima. Ghosts of the old caudillos walked the land, and the mere invoking of their names in moments of stress was all that was required to send tolimenses to arms. Combatants were, in most cases, the sons and grandsons of men whose heroics in times past were cherished…
p. 78
[3]of political issues in early-twentieth-century Tolima. Ghosts of the old caudillos walked the land, and the mere invoking of their names in moments of stress was all that was required to send tolimenses to arms. Combatants were, in most cases, the sons and grandsons of men whose heroics in times past were cherished…
p. 78
[4]of political issues in early-twentieth-century Tolima. Ghosts of the old caudillos walked the land, and the mere invoking of their names in moments of stress was all that was required to send tolimenses to arms. Combatants were, in most cases, the sons and grandsons of men whose heroics in times past were cherished…
p. 78
03Nueva Historia de Colombia, Vol. I: Historia Política 1886-1946Álvaro Tirado Mejía (director científico), Jorge Orlando Melo, Carlos Eduardo Jaramillo Castillo, Eduardo Lemaitre Román, Alfonso López Michelsen, Humberto Vélez Ramírez, Germán Colmenares, Mario Latorre Rueda, Germán Arciniegas, Gustavo Humberto Rodríguez R. · 1989 · Páginas 357, 3642 citas
[5]5 de agosto de 1886, había sido san- cionada la constitución que encarnaba el pensamiento de la Regeneración. El trámite de la reforma fue el si- guiente. Un mes después de posesio- nado Alfonso López Pumarejo, el go- bierno puso sus cartas sobre la mesa en materia de reforma constitucional, por intermedio de su…
p. 357
[18]I nómicamente explotados. Quien com- probara que por cinco años había ex- plotado económicamente un predio, tenía derecho a adquirir el dominio, si había obrado de buena fe. A su vez, y en desarrollo del principio de la fun- ción social de la propiedad y de que ésta implicaba obligaciones, si un pro- pietario no daba…
p. 364
04La subversión en Colombia. El cambio social en la HistoriaOrlando Fals Borda · 2008 · Página 1821 cita
[6]de la su b versión socialista en el contexto del partido liberal de g o bierno. Con la hegemonía, se reforma un poco más la Con s titución «clerical y goda» que habían expedido Núñez y Caro en 1886. El reformador del momento es el doctor Darío Echandía, quien encuentra bases para su tarea en la Consti - tución de la…
p. 182
05Historia del sindicalismo en Colombia, 1850-2013Miguel Urrutia Montoya · 2016 · Página 721 cita
[7]crecimiento económico. Con este objeto trajo a su Gobierno un programa completo de reforma social y un nuevo grupo de intelectuales y administradores para que lo ejecutaran. Su primer gabinete no incluía ninguno de los grandes líderes del Partido Liberal. Estaba compuesto de jóvenes in- telectuales como Alberto…
p. 72
06No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 351 cita
[8]para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición se pone como ejemplo que la luz eléctrica llegó primero al ingenio La Manuelita que a Cali, y que este tuvo primero una red ferroviaria hacia Buenaventura que hacia la ciudad. 13 Tomo Colombia adentro. Relatos territoriales del conflicto armado,…
p. 35
07Cultura e identidad obrera: Colombia 1910-1945Mauricio Archila Neira · 1992 · Página 2971 cita
[9]un proyecto de ley recogiendo esas peticiones. El Congreso Obrero de Cali, en abril de ese año, se opuso al proyecto, pero apoyó al gobierno en su llamado a restringir el uso de la huelga. En dicho evento se condenó la lucha de clases, la intervención de los sindicatos en política, advirtiendo a los obreros que sólo…
p. 297
08Nueva Historia de Colombia, Vol. II: Historia Política 1946-1986Alvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Catalina Reyes Cárdenas, Arturo Alape, Gonzalo Sánchez, Gabriel Silva Luján, Medófilo Medina, Alvaro Valencia Tovar, Fernán González · Página 121 cita
[10]de votos conservadores 651.223 y votos comunistas 11.577. Los liberales ob- tuvieron 150.000 votos de ventaja so- bre los conservadores. Pero el gran triunfador fue Gaitán, quien superó en casi 100.000 votos al sector santista de su partido. En Cundinamarca, don- de Gaitán encabezó la lista para el Se- nado, derrotó a…
p. 12
09Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Página 2291 cita
[11]contradicciones y ca- rencia de coherencia política. Enfrentó las críticas del sector santista y de los conservadores, afrontó la generalización de la Violencia política, la cual no supo manejar, pues sus diálogos con el gobier- no habían resultado infructuosos. El país comen- zaba a desangrarse sin que se hiciera…
p. 229
10Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Página 2141 cita
[13]ros sitios peque ñ os. Finalmente, en Bogot á, siguiendo a los jefes, una gran masa se acerc ó al Palacio de Gobierno, donde esperaron los resultados de las negociaciones con el presidente. Carlos Lleras y Dar í o Echand í a pidieron su renuncia, pero el presidente defendi ó su legitimidad, esperando la llegada de…
p. 214
11Colombia: las razones de la guerraJorge Orlando Melo González · 2021 · Página 891 cita
[14]al gobierno. De todos modos, los dirigentes liberales intentaron convencer a Ospina Pérez de que cediera el poder, mientras que algunos militares sugirieron que se organizara una junta de gobierno provisional, con militares y dirigentes conservadores, para recuperar el orden. El presidente, acosado por multitudes…
p. 89
12Siembra vientos y recogerás tempestades. La historia del M-19, sus protagonistas y sus destinosPatricia Lara S. · 2002 · Página 291 cita
[15]llegó también la re vuelta. Mientras tanto, varios jefes liberales fueron a Palacio para hablar con el presidente sobre la difícil situa ción. Ospina continuó en el mando. Los liberales aceptaron colabo rar con él. Varios días permaneció la multitud ebria, sin que nadie la dirigiera. Se diluyó la revuelta en las…
p. 29
13Los López en la historia de ColombiaÓscar Alarcón Núñez · 2022 · Página 871 cita
[16]mañana del 10 de abril, en un salón contiguo de donde se hallaban los jefes liberales. Señores generales, estoy a sus órdenes. —Señor presidente, la situación es sumamente delicada — comentó el general Germán Ocampo. —Tengo la impresión —dijo el presidente— de que hemos ganado bastante terreno en la batalla de la…
p. 87
14Industria y protección en Colombia, 1810-1930Luis Ospina Vásquez · 2017 · Página 6641 cita
[17]mundiales, con la deformación que no podía faltar en el choque con nuestro medio— el liberalismo contemplaba primaria- mente la intervención estatal bajo la forma de una acción de regulación jurídica de las relaciones entre el trabajador y el empresario, con el objeto de procurar ventajas para el primero. No se…
p. 664
15Manual de Historia de Colombia, Tomo IIIJaime Jaramillo Uribe (director científico), Jesús Antonio Bejarano, Darío Mesa, Miguel Urrutia Montoya, Germán Téllez Castañeda, Germán Rubiano, Rafael Gutiérrez Girardot · 1980 · Página 2801 cita
[19]como resultado del plebiscito de 1958 los gobiernos del Frente Nacional aplicaron a educaci ó n e) 10% de los ingresos,' porcentaje que fue aumentado eri los posteriores presupuestos nacionales. La reforma adelantada en la d é cada de 1930-1940 fue cohe rente con el esp í ritu reformista de los gobiernos liberales.…
p. 280
16Las guerrillas en Colombia. Una historia desde los orígenes hasta los confinesDarío Villamizar · 2017 · Página 1811 cita
[20]decisión de Rojas de conformar y consolidar una alternativa a los partidos tradicionales lo acompañaría hasta la tumba. A tres años de iniciado su gobierno, el divorcio con las jerarquías liberal y conservadora era total. C AÍDA DE R OJAS, F RENTE N ACIONAL, VIOLENCIA Y BANDOLERISMO Al frente de la oposición al…
p. 181
17Territorial Rule in Colombia and the Transformation of the Llanos OrientalesJane M. Rausch · 2013 · Página 781 cita
[21]ANDES. All use subject to https://www.ebsco.com/terms-of-use. 4 T erritorial Rule during the National Front and Its Aftermath, 1958–1978 The threat posed by Rojas Pinilla’s populist leanings and his increasingly inde- pendent actions proved to be the final outrage that drove Liberal and Conserva- tive leaders to…
p. 78
18Colombia and the United States: The Making of an Inter-American Alliance, 1939–1960Bradley Lynn Coleman · 2008 · Página 2001 cita
[22]representative and democratic” systems, countries such as Colombia.18 The National Front, 1958–1960 Colombia’s democratic revival coincided with the remaking of U.S. policy toward Latin America. During the early 1950s, former president Alfonso López proposed a bipartisan power-sharing arrangement as a solution to the…
p. 200