Sacrificio de la gavia muisca y captura ritual de jóvenes llaneros
En el siglo XV, los muiscas del altiplano cundiboyacense practicaban el sacrificio ritual de jóvenes llamados moxas, obtenidos en la Casa del Sol del piedemonte llanero con el único propósito de ser inmolados, revelando una violencia ritual institucionalizada y una frontera oriental que funcionaba simultáneamente como corredor comercial y zona de captura de víctimas sacrificiales.
Ficha del acontecimiento
Síntesis
- Cuándo
- Siglo XV (ca. 1400–1499)
- Dónde
- Altiplano cundiboyacense, Sabana de Bogotá, Llanos Orientales, Meta, Casanare, Boyacá, Colombia, Tunja (Hunza), Piedemonte llanero
- Protagonistas
- Moxas (jóvenes llaneros destinados al sacrificio), Jeques (sacerdotes muiscas), Sugamuxi/Iraca (señor sacerdotal de Sogamoso), Zipa de Bacatá, Zaque de Hunza, Panches (enemigos occidentales de los muiscas), Fray Pedro Simón (cronista colonial), Juan de Castellanos (cronista colonial), Lucas Fernández de Piedrahíta (cronista colonial)
Lectura causal
Causas, hecho y consecuencias
Causas
- La existencia de un estamento sacerdotal institucionalizado —los jeques— con autonomía respecto del poder civil del Zipa y del Zaque, capaz de sostener una red de captura ritual en la frontera oriental mediante la Casa del Sol.
- La lógica cosmológica y agraria muisca, articulada en un calendario que vinculaba las fases lunares con las faenas agrícolas y las obligaciones del culto, y que demandaba ofrendas humanas en momentos críticos del ciclo ritual.
- La posición estructural del piedemonte llanero como frontera permeable entre el altiplano muisca y los Llanos Orientales, que permitía la adquisición regular de jóvenes ajenos a la sociedad muisca sin mediar campaña militar.
- La naturaleza ceremonial de la guerra muisca, que no perseguía expansión territorial ni incorporación de mano de obra, sino el abastecimiento de víctimas específicas según su origen social y geográfico para distintas modalidades de sacrificio.
Consecuencias
- La consolidación de una infraestructura ritual permanente en el piedemonte llanero —la Casa del Sol— que articulaba la demanda sacrificial del altiplano con la oferta de jóvenes provenientes de los Llanos Orientales, configurando una frontera de captura estructurada.
- La coexistencia en la misma frontera oriental de dos economías distintas: una red comercial de mantas, sal, yopo y plumería, y una red de captura ritual de moxas, sin que ninguna absorbiera a la otra.
- La diferenciación de un repertorio sacrificial muisca con al menos tres modalidades —moxas llaneros, guerreros panches flechados y niñas de élite enterradas en cimientos—, cada una asociada a un tipo de víctima, un vector de poder y un contexto ritual específico.
- La preservación de la autonomía religiosa del estamento sacerdotal (jeques y señores de centros ceremoniales como Sugamuxi) frente al poder político del Zipa y el Zaque, reforzada por el control sacerdotal sobre prácticas rituales de largo alcance como el sacrificio de los moxas.
- El cuestionamiento, a partir de la evidencia de esta práctica, de las idealizaciones del mundo prehispánico muisca y de las interpretaciones que reducen la guerra y la captura interétnica a proyectos de expansión territorial o de incorporación de mano de obra.
La clave interpretativa
Por qué importa
El sacrificio de los moxas aporta evidencia empírica de una violencia ritual muisca institucionalizada con infraestructura geográfica propia, demostrando que la frontera oriental del altiplano no era solo un corredor de intercambio sino también una zona de captura de víctimas sacrificiales gestionada por un estamento sacerdotal autónomo. La práctica obliga a reconocer la complejidad del mundo muisca tardío: un sistema en el que distintas lógicas —comercial, ritual, política y cosmológica— coexistían sin fundirse, y en el que la violencia organizada pertenecía al orden del culto y no al de la conquista. Ello cuestiona tanto las idealizaciones del pasado prehispánico como las interpretaciones que asimilan la captura ritual a formas de dominación económica o esclavitud productiva.
Desarrollo histórico
La historia completa
El sacrificio de la gavia muisca y la captura ritual de jóvenes llaneros
En el altiplano cundiboyacense del siglo XV, poco antes de la irrupción española, los muiscas practicaban una forma de sacrificio humano que dependía de la captura sistemática de jóvenes traídos desde el piedemonte llanero. Las víctimas se llamaban moxas —también mojas en algunas grafías coloniales— y se obtenían en un lugar llamado la Casa del Sol, situado al oriente de la Cordillera, en el borde donde el altiplano cede hacia los Llanos. Adquiridos jóvenes con el único propósito de ser inmolados, los moxas eran una pieza de un repertorio ritual más amplio que incluía también el flechamiento de guerreros panches y el enterramiento de niñas de la élite en los cimientos de las casas cacicales. La evidencia de este rito importa por dos razones concurrentes: obliga a reconocer una violencia ritual muisca institucionalizada, con infraestructura geográfica propia, y muestra a la vez que la frontera oriental del altiplano no era solo un corredor de intercambio de mantas y sal, sino también una zona orientada al abastecimiento de cuerpos destinados al altar. Ninguna de las dos funciones absorbía a la otra; convivían, y esa coexistencia define buena parte del carácter del mundo muisca en las vísperas de la Conquista.
El altiplano en el siglo XV: caciques, jeques y guerra ceremonial
La sociedad muisca estaba organizada en jerarquías escalonadas. En la cúspide figuraban el Zipa, con asiento en Bacatá, y el Zaque, en Hunza (la actual Tunja); bajo ellos, caciques de distinto rango; más abajo, los uzaques o jefes de tribu, y los capitanes de unidades menores. Los peldaños intermedios de esa pirámide quedan sin definir con precisión, pero el cacique concentraba funciones militares, redistributivas y, en muchos casos, religiosas, sosteniéndose con tributo en especie y en trabajo.
Ese mapa político no era un edificio unificado. En el momento de la llegada europea, señoríos como Duitama, Sogamoso, Sáchica, Tinjacá y Guachetá se conservaban independientes y aún no habían quedado absorbidos en las órbitas del Zipa o el Zaque. Además, los señores de los principales centros ceremoniales —Sugamuxi entre ellos— no eran caciques tributarios sino sacerdotes de alto rango que por esa razón no se sujetaban al poder civil ni militar de los dos grandes cacicazgos. El resultado era un paisaje político oscilante: durante las grandes fiestas en los lugares ceremoniales, el poder cacical se hacía visible y concentrado; en la vida cotidiana, la mayor parte de la gente vivía lejos de cualquier tutela central, dispersa, con una existencia que apenas registra los signos del mando.
La religión disponía de un estamento propio: los jeques, sacerdotes que pasaban años de reclusión en seminarios, ayunaban y se adiestraban en un cuerpo de conocimientos esotéricos antes de ejercer. A ellos correspondía la administración del culto, y en esa institución sacerdotal radicaba una autonomía religiosa que ni el Zipa ni el Zaque controlaban. Allí se movía la maquinaria del sacrificio.
La guerra, por su parte, tenía en el altiplano un carácter marcadamente ceremonial. No hay evidencia sólida de grandes campañas de conquista territorial entre cacicazgos muiscas, ni comunidades que en el siglo XVI se quejaran ante los españoles de tener un cacique impuesto por Bogotá, Tunja, Sogamoso o Duitama tras una guerra. La hipótesis —repetida durante siglos— de una guerra civil entre el Zipa y el Zaque que habría facilitado la Conquista carece de respaldo documental. Los conflictos internos parecen haber servido más al reconocimiento y a la competencia entre señores que a la expansión sistemática, y el propio cacique de Sáchica declaró que el señorío se ejercía tanto en asuntos de guerra como de paz, sin que aquella fuera un instrumento privilegiado de acumulación.
Donde la guerra sí adquiría intensidad no era en el interior del mundo muisca sino en sus fronteras occidentales. Con los panches, muzos y calimas —grupos de filiación caribe que ocupaban los valles intermedios del Magdalena y la tierra caliente— los muiscas mantenían enfrentamientos frecuentes: macanas y lanzas de madera contra arcos y flechas envenenadas. Los panches, más indómitos, disponían además de un terreno de montañas boscosas y escarpadas donde después tampoco los caballos españoles pudieron operar con soltura. No es casual que, al negociar con Jiménez de Quesada en 1537, el Zipa de Bogotá le ofreciera alianza militar no para atacar a Tunja sino para combatir a los panches: eran ellos, y no el Zaque, los enemigos reconocibles.
La Casa del Sol: geografía de una captura
La institución de los moxas se sostenía sobre una geografía específica. La Casa del Sol se situaba en el piedemonte llanero, en la vertiente oriental de la Cordillera, en un margen exterior al núcleo muisca. Allí se adquirían los jóvenes que serían llevados al altiplano para el sacrificio. El procedimiento concreto —si mediaba trueque, tributo o entrega concertada con jefes locales— no está detallado. El hecho básico sí es firme: los moxas eran obtenidos jóvenes, fuera de los límites étnicos del altiplano, con un destino único.
Ese destino no era económico. Los moxas no eran esclavos en el sentido productivo del término: no se incorporaban como mano de obra, no engrosaban las cuadrillas del tributo, no subordinaban a un grupo respecto de otro en el orden material. Eran cuerpos adquiridos para el altar. La violencia que los alcanzaba era ritualizada por completo, ajena a la apropiación económica y a los mecanismos de dominación laboral que en otras latitudes americanas y del Viejo Mundo daban sentido a la esclavitud. La captura del moxa no anticipa la trata atlántica —que llegaría con los europeos— ni obedece a la lógica laboral de otras capturas interétnicas prehispánicas.
El piedemonte llanero, además, no era una zona exclusivamente sacrificial. Era también un umbral comercial. Del oriente llegaban al altiplano yopo —planta psicoactiva de uso ceremonial—, aves de plumería, algodón y plumas. Del altiplano bajaban mantas de algodón y sal de Zipaquirá, esta última circulando a grandes distancias, hasta el valle del Magdalena y la región de Neiva. Las mantas muiscas, tejidas en el altiplano y también producidas parcialmente por los propios habitantes del piedemonte —cultivadores importantes de algodón—, viajaban hacia grupos lejanos, posiblemente por intermediarios. En los Llanos, comunidades especializadas como sálibas, guahibos, guaypunavis, piaroas y caverres producían y comerciaban bienes diferenciados: onoto, chica, aceite de tortuga, ralladores de yuca, curare. La red era extensa y activa.
Sobre esa misma frontera corrían, entonces, dos flujos distintos: uno de mercancías, gobernado por lógicas de intercambio y consumo; otro de personas destinadas al sacrificio, gobernado por una lógica ritual. La aparente paradoja —que la Casa del Sol fuera al mismo tiempo topónimo religioso y lugar en la trama comercial— se resuelve reconociendo que las dos economías coexistían sin fundirse. Los moxas no eran una mercancía más en la lista de importaciones. Eran una categoría aparte.
El repertorio sacrificial muisca: modalidades y víctimas
El sacrificio de los moxas no era la única forma de violencia ritual practicada en el altiplano. El repertorio incluía al menos tres modalidades distinguibles, cada una asociada a un tipo de víctima y a un contexto propio.
La primera, y la más ligada al calendario agrícola, era el sacrificio de guerreros panches capturados en la guerra. Durante los festejos vinculados a la siembra de maíz en los valles fríos, entre enero y marzo, los prisioneros eran subidos sobre un poste plantado a la entrada del cercado del cacique y flechados hasta desangrarlos. La escena es reveladora en varios planos. Situaba al enemigo capturado como ofrenda pública en el umbral mismo del recinto cacical, articulando la violencia contra el extranjero con la fertilidad del suelo. Los muiscas habían desarrollado una astronomía y una meteorología propias, con un calendario derivado de su actividad agrícola, y el maíz —junto con la papa— era su alimento básico; los nombres chibchas de los números estaban ligados a las fases de la luna y a las faenas del campo y del culto. El sacrificio del panche flechado se insertaba en ese ciclo, en el momento crítico de encomendar la cosecha del año.
La segunda modalidad era el sacrificio de niñas pequeñas, hijas de personajes importantes del propio mundo muisca, depositadas en los huecos donde se hincaban los postes de las viviendas de los caciques. La víctima aquí no era el extranjero sino la descendiente de la élite: una entrega interna, un gesto de fundación arquitectónica que enraizaba la casa del señor en una vida cedida. Era práctica distinta de los otros sacrificios.
La tercera era el sacrificio de los moxas, jóvenes traídos del piedemonte llanero. A diferencia del panche —enemigo militar capturado en guerra— y de la niña de élite —donación interna al orden cacical—, el moxa era un cuerpo obtenido en la frontera oriental sin mediar combate y sin pertenecer a la propia sociedad. Su condición era la de un ser destinado, adquirido joven expresamente para el sacrificio. No hay precisión sobre a qué momento del calendario correspondía su inmolación ni si compartía el ciclo de la siembra de enero a marzo con el del panche flechado; tampoco cabe atribuirle privilegios previos, virginidad ritual u otros rasgos que la literatura de divulgación ha añadido con generosidad.
Tres modalidades, tres tipos de víctima, tres relaciones distintas con el poder. El panche encarna la guerra intergrupal ritualizada en la frontera occidental; la niña, la jerarquía interna y su continuidad material; el moxa, la relación con la frontera oriental y con un estamento sacerdotal capaz de sostener una red de captura permanente. Pensar el sacrificio muisca como un sistema único y homogéneo empobrece el repertorio articulado: víctimas seleccionadas según su origen social y geográfico, cada modalidad conectada a un vector de poder específico.
Quién movía la maquinaria: sacerdocio, frontera y autonomía religiosa
Los señores de los principales centros ceremoniales muiscas —Sugamuxi entre ellos— no eran caciques subordinados al Zipa o al Zaque: eran sacerdotes de alto rango cuya autoridad religiosa los situaba fuera del control civil o militar de los grandes señores. Y los jeques, formados en años de reclusión y ayuno, constituían un estamento con capacidad propia de decisión sobre el culto.
El sacrificio de los moxas exigía una infraestructura sostenida en la frontera oriental —la Casa del Sol como lugar de abastecimiento, y las relaciones que hicieran posible adquirir jóvenes de manera regular—. El mecanismo lo sostenía el aparato sacerdotal más que una política de Estado del Zipa o del Zaque. No hay campañas militares muiscas hacia los Llanos con fines de captura, ni administración directa de la Casa del Sol atribuible al Zipa o al Zaque. Lo que sí hay es un estamento religioso institucionalizado, con autonomía respecto de los caciques, capaz de gestionar prácticas rituales de largo alcance.
La captura ritual de jóvenes llaneros no fue el brazo de un proyecto imperial muisca, sino la prerrogativa de una institución religiosa que operaba con lógica propia. No era el poder militar del altiplano el que se proyectaba sobre los Llanos, sino una demanda ritual sostenida por sacerdotes que disponían del prestigio y las relaciones necesarias para mantener el flujo. La violencia era organizada, sí; pero su organización pertenecía al orden del culto, no al de la conquista.
El calendario, el maíz y el sentido del sacrificio
El marco temporal del sacrificio ayuda a leer su lógica. En los valles fríos del altiplano, la siembra del maíz entre enero y marzo era el momento en que se concentraban festejos rituales, y allí se documentan las inmolaciones. El mundo muisca había construido su calendario a partir de la observación del cielo y del ritmo agrícola; Bochica representaba al sol y Bachué a la luna, dos divinidades centrales, y el cómputo del tiempo estaba lo suficientemente elaborado como para articular las fases lunares con las tareas de cultivo y las obligaciones del culto.
Sacrificar al panche en la entrada del cercado del cacique durante la siembra articulaba tres planos: el poder cacical, la fertilidad del suelo y la relación con el enemigo. El maíz reclamaba una ofrenda, y la ofrenda tomaba la forma del cuerpo del adversario capturado. En esa economía de sentidos, la sangre derramada al pie del poste no era un exceso, sino una condición ritual del ciclo agrario.
El sacrificio de los moxas es más difícil de fechar con precisión dentro del año ceremonial, pero comparte con las otras modalidades un rasgo estructural: no era violencia gratuita ni improvisada, sino un acto inscrito en el orden cósmico que los jeques administraban. Los muiscas no practicaban antropofagia, y esto refuerza la interpretación ritual: el cuerpo sacrificado no era alimento, era ofrenda. La diferencia, en las categorías coloniales que asociaban salvajismo y canibalismo, era importante entonces y lo sigue siendo para leer el pasado con rigor.
Comercio y captura: dos economías en la misma frontera
La coexistencia entre la red comercial altiplano–Llanos y la red de captura ritual merece un análisis específico, porque en ella se juega buena parte de la comprensión del mundo muisca tardío.
Del altiplano hacia el oriente circulaban sobre todo mantas de algodón —tejidas por los muiscas y también producidas parcialmente en el propio piedemonte, donde se cultivaba algodón— y sal de Zipaquirá, mercancía de exportación por excelencia que alcanzaba distancias considerables. Las mantas fueron uno de los bienes más intercambiados del sistema muisca, y por su circulación amplia y su valor relativamente estandarizado sirvieron como referencia de valor, aunque no llegaron a constituir un patrón monetario homogéneo: la cantidad de trabajo incorporada en cada manta era variable.
En sentido inverso, del oriente hacia el altiplano llegaban productos que los muiscas no producían: yopo, aves de plumería, plumas y algodón. La coca —fundamental en el ceremonial— provenía sobre todo del valle del Magdalena, aunque las relaciones comerciales con el piedemonte llanero también contaban. Sin coca ni algodón en sus propios dominios, los muiscas dependían del intercambio para obtenerlos.
La red era compleja y activa. Comprometía a intermediarios, a productores especializados en los Llanos —sálibas, guahibos, guaypunavis, piaroas, caverres, entre otros— y a grupos lejanos a los que las mantas muiscas llegaban por relevos sucesivos. Y sin embargo, en esa misma frontera funcionaba también la Casa del Sol como punto de adquisición de moxas.
Las dos lógicas ocupaban el mismo espacio geográfico pero obedecían a órdenes distintos: la mercancía circulaba porque el altiplano necesitaba lo que los Llanos producían y viceversa; el moxa era adquirido porque el culto muisca lo requería. Que ambos flujos usaran los mismos caminos, los mismos intermediarios y quizá las mismas relaciones sociales no los hace idénticos. La captura ritual no era una mercancía más, y las mercancías no eran una prolongación de la captura.
Esta separación es la que impide reducir el rito de la gavia a "economía política ritualizada". El altiplano no expandió su dominio sobre los Llanos, no cobró tributo humano en un régimen imperial, no militarizó la frontera. Lo que sí hizo fue mantener, durante generaciones, una relación específica con un lugar específico —la Casa del Sol— que servía a una necesidad ritual concreta: una institución acotada, geográficamente orientada, sostenida en el tiempo por el estamento sacerdotal.
La escala del culto material
La persecución colonial de santuarios muiscas dejó un rastro numérico que ilumina, aunque de forma oblicua, la profundidad del culto. Los inventarios de las visitas registran cantidades que hoy parecen inverosímiles: en una sola actuación se contabilizaron 1.041 pesos de ídolos de oro y doce pesos de esmeraldas; en Fontibón aparecieron más de 3.000 ídolos y 82 chuques; en Bojacá, Cajicá, Chía, Serrezuela, Suba y Tuna, el decomiso alcanzó los 10.000 ídolos. No son cifras aisladas ni un catálogo de rapiña: miden a la vez la densidad de la práctica votiva y la voracidad de una política extirpadora que confundía celo evangelizador con codicia por el oro y las esmeraldas de las ofrendas. La reacción muisca ilumina el fondo del asunto. Cuando los visitadores regresaban a los pueblos ya inspeccionados, encontraban igual o mayor número de ídolos que en la visita anterior. La reposición era continua, y esa continuidad es el dato relevante: no se trataba de un tesoro acumulado y saqueable, sino de un flujo activo de producción ritual que ninguna campaña de decomiso lograba interrumpir.
La orfebrería del altiplano, especializada en figuras votivas —tunjos— y en piezas ceremoniales, siguió produciéndose hasta bien entrada la Colonia, pese a las campañas de extirpación de idolatrías y a la imposición del tributo en oro. En los cacicazgos prehispánicos colombianos, el oro funcionó como símbolo de estatus y como privilegio de pocos, impulsado por la demanda de sociedades donde la riqueza personal tenía peso; en el mundo muisca, esa demanda alimentaba una producción destinada tanto al ornato de los señores como a las ofrendas depositadas en lagunas, cuevas y santuarios.
Contra ese fondo material se entiende mejor la posición del moxa. El sacrificio de la gavia no era un acto suelto ni un exceso puntual, sino una pieza dentro de un dispositivo ritual amplio que incluía ídolos de oro, esmeraldas, mantas, coca, yopo y espacios ceremoniales de larga ocupación. La captura del joven llanero era un tipo particular de ofrenda —la más costosa en términos humanos— dentro de un sistema con sacerdotes profesionales, calendario propio, infraestructura territorial y economía específica. En ese sistema, el cuerpo del moxa ocupaba el mismo continuo que el tunjo depositado en la laguna, aunque en su extremo más extremo. Los cronistas coinciden en tres puntos sobre este sacrificio, y solo en tres: los muiscas lo practicaban; no eran antropófagos; y los moxas venían de fuera del altiplano, adquiridos jóvenes para ser inmolados. Los adornos posteriores —virginidad ritual, años de privilegios previos, capacidad de comunicación con el sol— no tienen dónde apoyarse.
Un altiplano sin coartadas
Cuando Jiménez de Quesada llegó al altiplano en 1537, encontró un mundo que ya tenía siglos de un equilibrio delicado entre intercambio y sacrificio, entre poder cacical y autonomía sacerdotal, entre fronteras comerciales y fronteras rituales. La violencia que traía la hueste española era otra —militar, prolongada, económica, extirpadora—, pero no llegaba a un altiplano inocente. Llegaba a un mundo donde la sangre ya tenía sus lugares y sus tiempos, y donde el piedemonte llanero, entre el yopo y el algodón, había sido durante generaciones también el borde por donde subían los jóvenes destinados al altar.
La época alrededor
Este hecho no ocurrió solo
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
01Antes de Colombia. Los primeros 14.000 añosCarl Henrik Langebaek · 2021 · p. 297, 4072 citas
[1]una violencia ritualizada, por completo ajena a la incorporación de mano de obra o a la subordinación económica de un grupo por otro. Los muiscas hacían sacrificios humanos durante los festejos relacionados con la siembra de maíz en los valles fríos, es decir, entre enero y marzo. En esa ocasión, los guerreros panches…p. 297
[13]poder de los caciques muiscas, sus argumentos parecen circunscribirse a ciertos momentos específicos, y muy especialmente a las grandiosas y prolongadas fiestas durante las cuales los indígenas se congregaban en lugares ceremoniales de gran importancia, muchos de ellos con una centenaria o milenaria ocupación, para…p. 407
02Mercados, poblamiento e integración étnica entre los Muiscas, Siglo XVICarl Henrik Langebaek · 1987 · p. 19, 103, 1433 citas
[2]se habrían encontrado en algunas partes del Altiplano como Tabio y Tunja, y de estilo "quimbaya" en Ubaté y Sogamoso donde además se halló un nariguera clasificada como "sinú". De otro lado, el mismo autor (Ibid., 341-343) y Falchetti (1979: 31 y 35) coinciden en afirmar que los que hoy en día se conocen como…p. 103
[3]de los Llanos; al respecto, algunos autores han sostenido que el acceso a mantas muiscas en la región llanera fue tan común que sus habitantes no sabían hacer sus propios tejidos (Salas, 1908, en Morey, 1975: 546). Recientemente, sin embargo, los Morey (Ibid.) han planteado que parte de las mantas que usaban los…p. 143
[24]prudente entonces, reconocer la necesidad de imponer un límite cronológico a los documentos que pueden servir para interpretar los aspectos precolombinos del intercambio. En ese orden de ideas, el material de consulta de esta investigación se ha restringido hasta la visita de Luis Henriquez que marcó el fin del Siglo…p. 19
03Historia de Colombia. La Colombia más Antigua. Tomo 1Gonzalo Hernández de Alba (dir.); Camilo Domínguez O., José L. Lorenzo, Amancio Fernández, Gonzalo Correal y otros · p. 130, 1372 citas
[4]y ciertos productos agrícolas, la sal era otro elemento básico del comercio de los muiscas. un grupo de especialistas en el intercambio. Las re- ferencias históricas parecen indicar que todos los indígenas comunes y corrientes iban a los merca- dos. Por otra parte, el trueque de artículos tuvo un papel importante al…p. 137
[8]dentro de una estructura federal». 103 Figura femenina de arcilla hueca procedente del territorio cundiboyacense. La figura, sin duda una dama de alto rango, aparece adomada con collares, dijes y diademas y hasta con cetro o bastón ceremonial. A continuación se tratará acerca de la estructura socio-política, para lo…p. 130
04Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · p. 1291 cita
[5]en los que se adoraba al dios Chiminigagua y a las divi- nidades Bachué (la luna), Bochica (el sol), Chib- chacum (dios protector) y otras menores dedica- das a las diversas actividades socioeconómicas. Además de los caciques, capitanes y jeques, eran importantes los guechas o guerreros reclutados, cuya función era…p. 129
05La subversión en Colombia. El cambio social en la HistoriaOrlando Fals Borda · 2008 · p. 631 cita
[6]de turno. De esta etapa del vecindario, los Chibchas estaban pasan- do a otra basada en la conveniencia de un estado central, gracias al predominio que empezaba a ejercer el Zipa o rey de Hunza (hoy Funza), sobre los uzaques o jefes de tribus. Se re- conocían jerarquías entre los uzaques y los capitanes. Los pri -…p. 63
06Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · p. 56, 1252 citas
[7]Muequetá. Con dicho vocablo se le trataba lo mismo que a su gente. Las delimitacio- nes, en cambio, diferenciaron sus fronteras étnicas: al suroeste con Tunja, al norte y sur con los sutagaos y al sureste con los panches. A pesar de que Simón pretende orientar al lector desde la geografía de la conquista, confunde la…p. 125
[27]viviendas corrientes también encontrarían ofrendas. En total, los españoles decomisaron 1.041 pesos de ídolos de oro bajo y fino, doce pesos y tres tomines de esmeraldas (Eugenio 19). En casi todos los testimo- nios de las visitas a santuarios en el siglo XVI y XVII, los indígenas mestizos y españoles coincidían en…p. 56
07Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 521 cita
[9]en el siglo XVI algunos territorios marginales o casi independientes, cuya sumisión al Zipa o al Zaque no estaba del todo clara. El status de estos territorios en el momento de la Conquista debe evaluarse, en parte por lo me- nos, en términos de un proceso histórico. En primer lugar, los dos "Estados" incipientes eran…p. 52
08Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · p. 451 cita
[10]casos de guerra o necesidad, y para consumirlos con sus sujetos en ocasiones solemnes, grandes festejos y celebraciones: el trabajo dado por los indios se dedicaba al cultivo del sembrado del cacique, al sostenimiento del sacerdocio y, en algunas instancias, parece que a la elaboración de algunas obras comunes, como…p. 45
09Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 61, 912 citas
[11]caracter í sticas espec í ficas de esta etapa culturar constituyen un aspecto te ó rico sumamente interesante en la prehistoria colombiana. El modelo del cacicazgo muestra una combinaci ó n de ciertos rasgos que hacen de las sociedades de esta etapa un conjunto f á cil mente diferenciable, tanto del nivel tribal que…p. 61
[15]n de este orden, es decir, el ciclo de los solsticios, y equinoccios, junto con la formulaci ó n de un calendario agr í cola y ceremonial, quedaba a cargo de los sacerdotes, que constru í an sus templos y centros ceremoniales en funci ó n de estos fen ó menos astron ó micos y meteorol ó gicos. El Sol y la Luna eran…p. 91
10Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · p. 1091 cita
[12]y sangrientas guerras entre los grandes c caciques muiscas como parte de proyectos de expansión territorial, Los documentos simplemente no mencionan nada que apoye esas empresas militares que, según los cronistas, existieron. No conozco una sola mención de que después de la conquista alguna comunidad hubiera…p. 109
11Gramática de la lengua chibchaEzequiel Uricoechea · 2016 · p. 321 cita
[14]las fases de la luna en creciente o en menguante, con las faenas agrícolas o con el culto. Humboldt, que ignoraba la existencia de un diccionario chibcha, dudaba de la relación entre los nombres de los números y las fases lunares, y dice que sería uno de los hechos más notables que pudiera presentar la historia…p. 32
12Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 281 cita
[16]El ma í z serv í a para hacer arepas y “ chi 30 HISTORIA M Í NIMA DE COLOMBIA cha ”, una bebida fermentada para sus frecuentes fiestas y celebra ciones. Usaban tambi é n el tabaco y la coca. En casi toda la cordillera oriental, sus vecinos de los valles inter medios del r í o Magdalena y de la tierra caliente eran…p. 28
13The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · p. 411 cita
[17]the Panches was left equally subjugated, in spite of the fact that the Panches are a more indomitable and tougher people than the Moxcas. And not only are they more valiant, but they also are aided by the difficult terrain in which they reside, which consists of densely forested and rough mountains, where it was not…p. 41
14Invading Colombia: Spanish Accounts of the Gonzalo Jiménez de Quesada Expedition of ConquestJ. Michael Francis · 2007 · p. 341 cita
[18]h E r A n d E A n C o n Q U E S t | 1 to Jiménez in exchange for Spanish military assistance, it was not to launch a campaign against Tunja but rather to fight against Bogotá’s real enemies, the Panches. Until more convincing evidence emerges, the common perception that the conquest of Muisca territory was facilitated…p. 34
15Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 371 cita
[19]vertientes u n poco m ás tem p lad as y allí se extraían dos cosechas anuales. En tierras m ás bajas se sem braba arracacha, algodón, guayaba, piña y coca. A lgunos productos, com o la coca y el algodón, no eran cultivados p o r los m uiscas y los obtenían en el com ercio. C ad a cuatro días había m ercado en los…p. 37
16Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · p. 262, 3322 citas
[20]true - que con tribus vecinas y aún muy alejadas. Los principales artículos que se exportaban eran sal 153, esmeraldas, coca y Memoria sobre las Antigüedades Neo-Granadinas, Librería de F. Schneider i Cía., Berlín. Acerca de la arqueología «premuisca», véanse las notas biblio- gráficas para el capítulo iv, así como…p. 332
[28]adquirido o hereditario, que se expresaba en muchos aspectos de la cultura. Obviamente, el gran avance de la orfebrería y alfarería de algunos —no todos— cacicaz- gos se debía al creciente pedido que tenían estos artefactos de gran perfección tecnológica y estética, en una sociedad en que la riqueza personal tenía…p. 262
17Breve historia económica de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 2017 · p. 431 cita
[21]que cumpliera adecuadamente las funciones que se le atribuyen, como patrón de medida del valor, medio de intercambio o alma- cén de valor. Sin embargo, existieron ciertas mercancías que se intercambiaron con mayor frecuencia y que pudieron servir como patrón para medir valores. Esta característica se le ha atribuido…p. 43
18Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · p. 121 cita
[22]las relaciones comerciales afianzaban redes de intercambio cultural más profundas. un aspecto importante de la sociedad muisca fue el desarrollo y la complejidad que se desprendieron de una economía natural no monetaria, y que se desplegó al tener un escenario de vastas redes comerciales y cercanías culturales y…p. 12
19Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · p. 691 cita
[23]de los doctrineros había sido muy reducida y aun se había visto interrumpida casi radicalmente en 1558, a causa de una gran epidemia de viruelas. La escasez de frailes era el prin cipal obstáculo, según los encomenderos, para que ellos pudieran cum plir con su obligación de adoctrinar a los indios. Sólo desde…p. 69
20Economías prehispánicas de ColombiaAlberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres, Santiago Giraldo, Daniela Castellanos Montes, Marianne Cardale de Schrimpff, Carl Henrik Langebaek, María Antonieta Corcione Nieto, Catalina Zorro, Luisa Mendoza, Marcela Bernal, Lucero Aristizábal, Leonor Herrera · p. 1822 citas
[25]larga secuencia de ocupaciones humanas en el altiplano, iniciada hace unos 12.000 años, y sus evidencias se encuentran sin interrupción desde el 900 d. C. aproximadamente hasta la conquista española en el siglo XVI y aún varios siglos después, durante el período colonial, en algunas regiones (Langebaek, 1995). M APA…p. 182
[26]larga secuencia de ocupaciones humanas en el altiplano, iniciada hace unos 12.000 años, y sus evidencias se encuentran sin interrupción desde el 900 d. C. aproximadamente hasta la conquista española en el siglo XVI y aún varios siglos después, durante el período colonial, en algunas regiones (Langebaek, 1995). M APA…p. 182
21Historia de Colombia - La Colombia más Antigua IIRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico), Juan Salvat, Roberto García Rojas (dirs.) · 1988 · p. 76, 912 citas
[29]conocido de este tipo de obras es la balsa ilustrativa de la leyenda del cacique de Guatavita, en la cual se distinguen personajes de distintos tamaños, según su jerar- quía, lo mismo que en las representaciones de los cercados de los caciques, en los cuales sobresale la figura del jefe por su tamaño más grande. El…p. 76
[30]Guaviare se es- pecistizaron en la producción y comercialización del curare, a traves de un mercado del veneno que fun- cionaba en el alto Orinoco. Se ha mencionado que los caverres fueron también fabricantes de la fa- mosa quiriba, que desempeñó funciones de mo- Neda en los tiempos prehispánicos y coloniales. Los…p. 91
22Herederos del jaguar y la anacondaNina S. de Friedemann, Jaime Arocha · 2016 · p. 1421 cita
[31]los grupos indí- genas utilizaban el aceite y los pigmentos, según parece como protección del sol y los insectos, no todos los pro- ducían. Además, la oferta en el mercado permitía cierta selección. Los sálibas, por ejemplo, fueron grandes manu- factureros del onoto, que era preferido al de los guahibos, por ser más…p. 142