Entre 1536 y comienzos de la década de 1540, la expedición de Jiménez de Quesada y las fuerzas españolas que convergieron sobre el altiplano cundiboyacense destruyeron simultáneamente varios proyectos políticos indígenas: la confederación muisca del Zipa, la del Zaque, los cacicazgos semi-independientes de Duitama y Sogamoso, y los señoríos del valle medio del Magdalena. No fue una sola guerra sino un abanico de resistencias diferenciadas, aplastadas en menos de una década por una fuerza que operó como maquinaria militar, dispositivo jurídico y agente biológico.
Entre 1536 y comienzos de la década de 1540, la expedición de Jiménez de Quesada y las fuerzas españolas que convergieron sobre el altiplano cundiboyacense destruyeron simultáneamente varios proyectos políticos indígenas: la confederación muisca del Zipa, la del Zaque, los cacicazgos semi-independientes de Duitama y Sogamoso, y los señoríos del valle medio del Magdalena. No fue una sola guerra sino un abanico de resistencias diferenciadas, aplastadas en menos de una década por una fuerza que operó como maquinaria militar, dispositivo jurídico y agente biológico.
La empresa de conquista hispanoamericana combinó fe cruzadista, saqueo sistemático, doctrina pontificia y esclavitud en una coexistencia que la historiografía ha leído como hipocresía, como mentalidad medieval coherente o como dispositivo flexible de legitimación. Desentrañar cuál de estas interpretaciones prevalece define cómo se cuenta el origen mismo del orden colonial neogranadino y sus persistencias hasta la Regeneración.