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Una historia del territorio

Toribío

Enclavado en la cuenca alta del río Palo, entre los pliegues de la cordillera Central, Toribío condensa en su geografía vertical —de cañones cálidos a páramos sagrados— la misma tensión que define su historia: la de un pueblo que construyó…

17 min de lectura32 fuentes

En el nororiente del Cauca, encajado entre los pliegues de la cordillera Central, el municipio de Toribío ostenta dos condiciones que rara vez conviven en un mismo lugar: es el laboratorio más antiguo y sostenido de autonomía indígena en Colombia, y es a la vez el municipio del país con mayor número de incursiones armadas registradas. Entre 1965 y 2013 se documentaron allí treinta y dos acciones guerrilleras —ocho tomas y veinticuatro ataques—, una cifra que no tiene par en el mapa nacional. En el mismo territorio donde los cabildos nasa levantaron en 1980 el Proyecto Nasa, once años antes de que la Constitución consagrara la diversidad étnica del país, se libró una de las guerras más largas y más silenciadas del conflicto colombiano. Toribío se ha ganado a pulso una condición de sujeto político, con historia propia, con lengua propia y con una arquitectura de gobierno que precede al Estado que la reconoció tarde.

La semblanza

Toribío es cabecera municipal y a la vez uno de tres resguardos —junto con Tacueyó y San Francisco— que conforman el corazón del Proyecto Nasa. Se asienta en la cuenca alta del río Palo, ese afluente del Cauca que nace en el páramo de Santo Domingo, dentro del parque nevado del Huila, y baja atravesando Páez, Toribío, Caloto, Santander de Quilichao y Puerto Tejada hasta desembocar en Bocas del Palo, sobre la margen derecha del Cauca. Son 46,21 kilómetros de recorrido y una cuenca de 1.471 kilómetros cuadrados, alimentada por los tributarios López, Jambaló y La Paila, con un caudal medio de 35,9 metros cúbicos por segundo medido aguas abajo en Puerto Tejada. En esa geografía de aguas y cordilleras se asientan las veredas nasa que dan al municipio su fisonomía.

La altitud fragmenta el territorio en pisos térmicos que la comunidad recorre a pie y a lomo de mula: de los cañones cálidos donde madura el plátano y el café a los páramos donde brota el agua y crecen los frailejones. Esa verticalidad, que en otras zonas del país opera como una barrera, aquí funciona como un mapa cultural: las veredas altas están asociadas a los sitios sagrados, los pisos medios a la vida agrícola cotidiana, los bajos al contacto con las tierras del valle, con la ciudad y con la economía monetaria. El municipio se organiza sobre esa gradiente, y también su política. Un cabildo alto no discute los mismos asuntos ni con la misma urgencia que un cabildo bajo; los tiempos de siembra, la circulación de los mayores, las rutas de la Guardia, todo se ordena según la cota.

La población es abrumadoramente indígena y pertenece al pueblo nasa, uno de los grupos étnicos más numerosos y organizados de Colombia. Toribío no se entiende sin ese hecho. Aquí los cabildos son autoridad efectiva, el gobernador porta el bastón de madera —"la vara es la que manda"—, la Guardia Indígena patrulla los caminos sin armas de fuego, y la asamblea sigue siendo el mecanismo real de decisión política. La institucionalidad estatal convive con una institucionalidad propia que muchas veces la excede en legitimidad y en presencia territorial. La alcaldía, el puesto de salud, la estación de policía y la escuela pública funcionan al lado, y a veces bajo la mirada, de los cabildos, los médicos tradicionales, la Guardia y las escuelas propias. No hay separación tajante entre lo estatal y lo comunitario: hay una superposición negociada, tensa, cotidiana. En una misma semana, un mismo vecino puede acudir al juez de paz del cabildo por un conflicto de linderos y a la registraduría por un trámite civil, y ninguna de las dos gestiones anula a la otra.

Los orígenes

La historia larga de Toribío empieza siglos antes del municipio. Los nasa, llamados también paeces en la documentación colonial, ocupan desde tiempos precolombinos los pliegues montañosos del norte del Cauca y las vertientes de la cordillera Central. Su relación con el territorio no es de propiedad sino de filiación: la tierra es uma, madre, y sobre ella se fundan la permanencia, la justicia y la vida. De ese vínculo se deriva una concepción del derecho propio según la cual cualquier intervención institucional que carezca de participación estructural —no meramente periférica— del pueblo nasa carece de legalidad. Esta idea, aparentemente abstracta, articula hasta hoy las respuestas políticas nasa a la evangelización, al despojo, al conflicto armado y a los planes patrimoniales del Estado.

En el temprano siglo XVIII, el cacique Juan Tama de la Estrella actuó como mediador ante la Corona española en la defensa del territorio páez. Persuadió a los suyos para hacer ciertas concesiones a cambio de los títulos de resguardo, aquellos documentos coloniales que hoy siguen siendo el basamento jurídico de la propiedad colectiva nasa. Juan Tama compartió o disputó el liderazgo con el cacique Calambás, y las concesiones exactas no siempre son fáciles de reconstruir, pero el gesto fundacional quedó fijado: los resguardos como territorio reconocido, con autoridad propia, dentro de un orden jurídico externo. Es una arquitectura que sobrevivió a la República y se extendió más allá del Cauca hasta cubrir hoy una parte sustancial del país: según el censo de 2005, los resguardos titulados en Colombia sumaban 34 millones de hectáreas —el 29,8% del territorio nacional—, distribuidas en 710 titulaciones que alcanzan 27 departamentos y 228 municipios. En ese mapa, los resguardos nasa del norte del Cauca ocupan una fracción pequeña, pero su densidad política y su capacidad de irradiación han sido desproporcionadas respecto a su superficie.

La memoria nasa se piensa a sí misma como un tejido: una jigra cuyos hilos se desenredaron con la conquista y cuya reconstitución exige reeducarse y reconectarse con las raíces. El siglo XX trajo una violencia menos visible pero más íntima. En los internados misionales, niños nasa fueron castigados por hablar su lengua: se les quemaban las orejas con cuerdas de cumare, se les amarraban las lenguas, se les azotaba con rejo. La fractura llegó hasta el interior de las familias, donde la evangelización enfrentó a padres y abuelos con hijos que aprendían a avergonzarse del mambeo, del trabajo con coca y tabaco en los mambeaderos, ese lugar donde se transmiten los conocimientos de protección, defensa, curación y manejo del medio ambiente.

La primera mitad del siglo XX vio también surgir la figura de Manuel Quintín Lame, indígena caucano que articuló una defensa jurídica y política de las tierras comunales frente al latifundio y a la disolución legal de los resguardos. Sus reivindicaciones prefiguran casi punto por punto el programa que, medio siglo después, adoptaría el Consejo Regional Indígena del Cauca. Lame es el eslabón entre la larga resistencia colonial y la organización moderna del movimiento indígena. Escribió, litigó, encabezó movilizaciones y pasó temporadas en la cárcel; su figura combinó el estudio autodidacta del derecho con la práctica del liderazgo territorial, y esa combinación —abogado sin título y cacique sin cacicazgo formal— dejó una manera de entender la política que en el norte del Cauca no se ha extinguido. Cuando Lame murió, en 1967, muchas de sus banderas seguían pendientes; cuatro años después, otra generación las recogería en clave organizativa.

La trayectoria

Esa generación se agrupó en el CRIC. El Consejo Regional Indígena del Cauca se fundó en 1971 en un contexto de luchas por la tierra empujadas por la Asociación de Usuarios Campesinos. Aunque agrupó a varios pueblos del Cauca, se sostuvo desde el principio en los nasa. La recuperación territorial fue su bandera, y a esa tarea sumó, con desigual intensidad, la preservación cultural. El CRIC se reconoce heredero directo de las luchas de Quintín Lame y estableció, en pocos años, una capacidad organizativa que transformó por completo la política regional caucana. Los siete puntos originales de su plataforma —recuperar la tierra de los resguardos, ampliar los resguardos, fortalecer los cabildos, no pagar terraje, hacer conocer las leyes sobre indígenas, defender la historia, la lengua y las costumbres, y formar profesores indígenas— se convirtieron en la gramática de las movilizaciones de las décadas siguientes.

En 1980, tres resguardos de Toribío —Toribío, Tacueyó y San Francisco— dieron un paso que en su momento no tuvo eco nacional pero que hoy se lee como fundacional. Convocaron la Asamblea Constituyente del Pueblo Nasa, popularmente conocida como Proyecto Nasa. Sus tres principios eran nítidos: autonomía territorial, política, cultural y económica según la cosmovisión nasa; rechazo a la violencia y al uso de la fuerza por cualquier actor armado; y búsqueda de solución política negociada al conflicto. Once años antes de que la Asamblea Nacional Constituyente incorporara mecanismos análogos de participación y autonomía, tres cabildos de un municipio del Cauca ya habían escrito su carta.

El siguiente hito lo trajo una muerte. El 10 de noviembre de 1984, en Santander de Quilichao, fue asesinado el padre Álvaro Ulcué Chocué, primer sacerdote indígena nasa, defensor infatigable de la dignidad de los pueblos ancestrales. Su asesinato es el episodio que motivó la transformación de un grupo de autodefensa indígena en movimiento guerrillero, el que pronto se llamaría Movimiento Armado Quintín Lame. En esos años, dirigentes del M-19 como Álvaro Fayad, Rosemberg Pabón y Antonio Navarro Wolff participaron en una escuela conjunta de formación político-militar con el naciente Quintín Lame, y parte de las armas tomadas del Cantón Norte por el M-19 acabaron en manos de los indígenas caucanos. Era la primera vez que un grupo insurgente en Colombia se definía sobre bases étnicas.

El Quintín Lame se desmovilizó a comienzos de los noventa. Pero para entonces la violencia sobre el norte del Cauca ya había cambiado de escala. El 16 de diciembre de 1991 —el mismo año de la Constitución que reconocía a los pueblos indígenas—, veintiún indígenas nasa fueron asesinados en la finca El Nilo, municipio de Caloto. El responsable material fue Orlando Villa Zapata, miembro de las AUC; el crimen fue ordenado y financiado por los hermanos Bernal Seijas, propietarios de la finca y vinculados al narcotráfico del Valle. La masacre del Nilo no fue un hecho aislado: la finca hacía parte del territorio ancestral que las comunidades nasa reclamaban, habían solicitado formalmente al Estado, y ocupaban de manera esporádica en ejercicio de lo que llamaban "recuperación". El resguardo de Huellas está en la misma zona. La masacre selló la lección: en el Cauca, disputar la tierra es un ejercicio de riesgo mortal.

En 1999 se abrió otro capítulo. El 28 de mayo, en Piendamó, manifestantes indígenas expulsaron a una columna de las FARC que pretendía sumarse a un acto de protesta contra el gobierno. Fue el arranque simbólico del ciclo contemporáneo de resistencia civil indígena, una de las transformaciones más novedosas del conflicto armado colombiano de las últimas dos décadas, con centenares de experiencias comunitarias que desde entonces han sido postuladas al Premio Nacional de Paz.

Los años dosmiles trajeron a Toribío la escalada. Las cifras son inequívocas: los tres municipios con más incursiones armadas registradas en Colombia entre 1965 y 2013 pertenecen al Cauca —Toribío con 32, Caldono con 30, Argelia con 25—, con El Tambo en cuarto lugar con 20. Las FARC-EP concentraron en el Cauca 244 incursiones en cabeceras municipales, muy por encima de Antioquia (113), Nariño (87), Cundinamarca (74), Huila (67) o Tolima (66). Los habitantes de Toribío, sin embargo, sostienen que las cifras oficiales se quedan cortas: algunos hablan de seiscientos ataques en los últimos treinta años, otros de quinientos en los últimos diez. La percepción y el registro divergen porque los ataques breves, los hostigamientos, los tiroteos de una noche, no siempre alcanzaron el umbral estadístico.

En julio de 2012, en respuesta a una nueva ola de atentados en el norte del Cauca, se realizó la Minga de Resistencia por la autonomía, la armonía territorial y el cese de la guerra, con epicentros en Toribío y Corinto. Uno de sus escenarios más comentados fue el Cerro Berlín, sitio sagrado nasa en el municipio, donde el Ejército tenía instalado un campamento militar. Los indígenas subieron a la cima y exigieron el retiro de la tropa; algunos soldados terminaron llorando mientras eran conducidos ladera abajo. Las imágenes recorrieron el país. En la misma Minga, la Guardia Indígena juzgó a milicianos guerrilleros a quienes se les encontró explosivos en el territorio. La comunidad no tomó partido por ninguno de los actores armados: los expulsaba a todos.

Su red

Toribío no se explica sin la trama de personas, instituciones y lugares que la sostienen y la desbordan.

En lo institucional, el paraguas político regional sigue siendo el CRIC, fundado en 1971. Bajo su alero opera la ACIN —Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca—, que agrupa a los cabildos de la zona y funciona como el brazo zonal más activo, tanto en la Guardia Indígena como en las iniciativas de paz. La ONIC, la Organización Nacional Indígena de Colombia, extiende esta red al plano nacional. Estas estructuras se articulan con los cabildos de cada resguardo, cuyos gobernadores anuales encarnan la autoridad tradicional. La rotación anual del cargo es una decisión deliberada: impide la profesionalización del liderazgo, obliga a que la experiencia de gobierno pase por muchas manos, y ancla la autoridad en la asamblea, no en el individuo.

La Guardia Indígena, o Kiwe Tengna en lengua nasa yuwe, es probablemente la institución que más ha proyectado a Toribío hacia afuera. Funciona como organismo ancestral de control territorial, mecanismo humanitario y de resistencia civil. Sus integrantes llevan bastón de mando —no armas de fuego— y confrontan a los actores armados con persuasión, diálogo, y en ocasiones con machete y cabuya, asumiendo el riesgo físico de detener a hombres armados sin disparar un tiro. Su experiencia fue reconocida con el Premio Nacional de Paz, y la ACIN llegó a solicitar a Naciones Unidas su reconocimiento como cuerpo internacional de paz. El Tejido de Defensa a la Vida de la ACIN sostiene la memoria de sus caídos: recorridos por los resguardos con más de quinientos guardias, mingas de memoria donde jóvenes y mayores intercambian experiencias sobre recuperación territorial y honran a los kiwe-thegnas asesinados.

Entre las figuras humanas del arco largo se encadenan varias generaciones. Juan Tama de la Estrella, el cacique del siglo XVIII, obtuvo los títulos de resguardo que aún son la base jurídica del territorio. Manuel Quintín Lame, en la primera mitad del siglo XX, tradujo la resistencia indígena al lenguaje del derecho moderno. Álvaro Ulcué Chocué, sacerdote asesinado en 1984, encarnó la síntesis frágil entre la fe católica y la reivindicación étnica, y su muerte precipitó la lucha armada. En el presente, dirigentes como Ezequiel Vitonás, exalcalde nasa de Toribío, Feliciano Valencia y Aida Quilcué han dado voz nacional e internacional al proceso. Vitonás fue rostro visible del Proyecto Nasa en las peores horas de la guerra; Valencia protagonizó las protestas de la Minga Social y Comunitaria y llegó al Congreso; Quilcué, tras el asesinato de su esposo por miembros del Ejército en 2008, se convirtió en referente de la denuncia internacional de derechos humanos.

Los lugares también componen la red. Tacueyó y San Francisco, junto con Toribío, forman el trío original del Proyecto Nasa. El Cerro Berlín es el símbolo territorial y espiritual del pulso con el Ejército. Corinto, Jambaló, Caldono y Caloto son los municipios vecinos con los que Toribío comparte historia armada y organización. Santander de Quilichao —donde cayó el padre Ulcué— y Popayán, capital departamental, son las plazas donde el movimiento nasa lleva sus reclamos al escenario público.

Y en el trasfondo, la cosmovisión y el mambeo. La coca y el tabaco no son productos ni mercancías: son mediadores del conocimiento, materia del trabajo colectivo en los mambeaderos donde se transmiten los saberes de defensa, curación y manejo del entorno. La cristianización dejó en Toribío una capa católica —el propio padre Ulcué la encarnaba— que convive tensa con la persistencia de las prácticas propias. Esa tensión es interna, familiar, cotidiana: no se resolvió, se administra.

Su huella

La huella de Toribío puede leerse en tres tiempos que se encabalgan: el del reconocimiento jurídico, el del deterioro por la guerra y el de los premios que llegaron cuando la guerra arreciaba.

El primer tiempo se abre en 1991. Ese año el pueblo nasa participó en la Asamblea Nacional Constituyente, y de aquella participación quedaron consagrados el reconocimiento de los resguardos, los cabildos y la justicia propia. La Constitución dio marco jurídico a lo que en Toribío ya funcionaba desde hacía once años. En los años siguientes, los nasa eligieron alcaldes indígenas en Toribío, Caldono, Caloto y Tororó, hito inédito en la historia política caucana. La autonomía dejó de ser una aspiración interna y pasó a tener representación institucional en la administración municipal, en los concejos y, más tarde, en el Congreso. El cabildo y la alcaldía —dos autoridades de naturaleza distinta— empezaron a coexistir en las mismas manos o en manos que dialogaban a diario.

El segundo tiempo, superpuesto al primero, es el de la guerra. La misma década del noventa que consagró la diversidad étnica trajo la masacre del Nilo, la escalada paramilitar en el norte del Cauca y la incorporación del corredor Toribío-Jambaló-Caloto a las rutas estratégicas de la guerrilla y del narcotráfico. Los años dosmiles amontonaron tomas y hostigamientos, y con ellos vinieron heridas que no aparecen fácilmente en las estadísticas.

El desplazamiento forzado desestabilizó el rol comunitario de las mujeres nasa. Su función en la transmisión generacional de la cultura y de la memoria es central, y cuando una familia debe abandonar abruptamente su territorio, se rompe no solo la economía familiar sino la relación con la uma. Los mambeaderos quedan vacíos. Las asambleas pierden participantes. Los idiomas se debilitan en la ciudad. Lideresas nasa insisten en que la lucha contra el olvido y la preservación de la memoria de las mujeres víctimas es condición para que las nuevas generaciones no pierdan su identidad. Las comunidades desplazadas —nasa, pijao, senú— comparten una lectura del desplazamiento no como efecto colateral de la guerra sino como estrategia deliberada sobre territorios ancestrales ricos en recursos mineros, petróleo y biodiversidad, donde se han diseñado megaproyectos nacionales y multinacionales.

El reclutamiento ilícito fue otra herida de esos mismos años. El conocimiento del territorio por parte de niños y jóvenes indígenas fue aprovechado estratégicamente por los grupos armados: quien sabe leer una montaña sirve como guía. Familias enteras vieron partir a sus hijos hacia las filas guerrilleras o hacia las estructuras paramilitares, y la Guardia Indígena tuvo que asumir, entre sus tareas, la de recuperarlos, negociar su regreso, protegerlos cuando volvían. La Guardia confrontó a los actores armados con machete y cabuya, asumió riesgos físicos serios por proteger a los suyos, sostuvo una resistencia civil organizada que no tiene precedente en la historia colombiana reciente. En medio de este cerco, la vida política se siguió haciendo. El alcalde indígena de Toribío, tras uno de los ataques más duros contra la cabecera, confesó públicamente la tentación de renunciar por la presión sobre su familia; resistió, dijo, para no traicionar a la comunidad que lo había elegido.

El tercer tiempo, paradójico, es el de los reconocimientos. Mientras el municipio recibía tomas y hostigamientos, también recibía premios que hoy figuran en la historia oficial del movimiento: premio nacional de planeación al mejor municipio en 1998, dos veces Premio Nacional de Paz —en 2000 y 2004—, Premio Ecuatorial de Naciones Indígenas a nivel mundial en 2005 y nominación al Premio Nobel de Paz en 2007. Los reconocimientos, sin embargo, no compraron protección. La Constitución de 1991 no bajó el número de ataques; el Nobel no impidió los hostigamientos posteriores. La brecha entre autonomía jurídica reconocida y soberanía territorial efectiva quedó al descubierto: el Estado legisló la diversidad, pero los actores armados —guerrillas, paramilitares y en ocasiones agentes de la Fuerza Pública— siguieron disputando el corredor del norte del Cauca, con su vocación estratégica hacia el Pacífico y su ubicación entre economías del narcotráfico. La autonomía formal no desarmó el conflicto real.

Toribío es a la vez un logro y una tragedia. Es el ejemplo más avanzado de gobierno propio indígena en Colombia, con una arquitectura institucional —cabildos, Guardia, mingas, Proyecto Nasa— que ha sobrevivido a cuatro décadas de guerra intensa. Y es, por eso mismo, el municipio más golpeado. La causalidad no es lineal: no es que la autonomía haya provocado la violencia, ni que la violencia haya inventado la autonomía. Los dos procesos se han alimentado mutuamente. La organización nasa, arraigada en una cosmovisión que niega legitimidad a cualquier poder externo sobre el territorio, se convirtió en obstáculo para todos los actores armados que necesitaban el corredor: guerrilla, paramilitares, narcotráfico. A su vez, la violencia sostenida durante décadas radicalizó y legitimó internamente las instituciones de autogobierno: cada masacre, cada asesinato de un cabildante, cada niño reclutado, hicieron indispensable el proyecto autónomo.

El caso de Toribío ilustra, además, una tensión mayor de la democracia colombiana: los marcos jurídicos y los reconocimientos internacionales funcionan como escudos parciales pero insuficientes. Las nominaciones al Nobel, los premios de paz y la Constitución del 91 no bastaron para reducir los treinta y dos ataques registrados ni las cifras percibidas por la comunidad. Lo que ha permitido a Toribío persistir no ha sido la protección del Estado sino la solidez de sus propias estructuras, esa infraestructura hecha de gobernadores anuales, mambeaderos, guardias con bastón y jigras vueltas a tejer, que sostiene al municipio cuando las instituciones nacionales flaquean. La jigra rota en la conquista se ha vuelto a anudar en el mismo lugar donde otras veces se ha querido cortarla.

En Toribío la tierra es madre, el bastón es autoridad, la asamblea es ley, la resistencia es cotidiana. Alrededor de ese núcleo pasan el Estado, la guerra y los premios, y el núcleo persiste. Persiste porque no depende de ellos: los precede, los sobrevive, los rebasa. Por eso un municipio de menos de treinta mil habitantes ocupa un lugar tan grande en la historia reciente de Colombia.

Conexiones

El territorio en el archivo

Dónde aparece y con qué se relaciona

Fuentes

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

25 documentos · 32 fragmentos
01
Caña de azúcar en el "espléndido" valle del río Cauca, Colombia: Historia ambiental, conflictos ambientales y acción colectivaHernando Uribe Castro · 2021 · p. 284
1 cita
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flanco occidental de la cordillera Central, en el páramo de Santo Domingo, parque nevado del Huila 52 nace el río Palo, cuyas aguas recorren el nororiente del departamento del Cauca y desemboca finalmente sobre la margen derecha del río Cauca, en el sector llamado Bocas del Palo. En su recorrido por el departamento…

p. 284
02
Cuando los pájaros no cantaban: historias del conflicto armado en ColombiaAlejandro Castillejo-Cuéllar · 2022 · p. 362
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sino que ellos nos castigaban porque no entendían. Fuimos maltratados, nos quemaron las orejas con cuerdas de cumare. Nos amarraban las lenguas, nos fueteaban con rejo. Fuimos arrodillados encima de una gravilla por una hora, castigados por hablar el idioma. Así fui creciendo yo. Terminé mi año de estudios en 1970.…

p. 362
03
Histories of Perplexity: Colombia, 1970s–2010sLina Britto, A. Ricardo López-Pedreros · 2024 · p. 265
1 cita
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that we can understand and reflect on. That’s where we must work on and explore. To use metaphors for the state of violence to create awareness—that is a remedy, a remedy that heals the soul and cures the thought. Today, we are still looking for the end of that thread that unraveled at the time of the conquest and…

p. 265
04
Herederos del jaguar y la anacondaNina S. de Friedemann, Jaime Arocha · 2016 · p. 304
1 cita
[4]

desempeñaron en la lucha de los paeces por consolidar su territorio tradicional 34. Después de estudiar su desempeño en la defensa de los paeces, Roberto Pineda Camacho sugiere que Juan Tama probablemente fue un indígena tama de la selva tropical amazónica, arrancado por los españoles de su tierra natal y esclavizado.…

p. 304
05
Violence and Resistance, Art and Politics in ColombiaStephen Zepke, Nicolás Alvarado Castillo · 2023 · p. 169
1 cita
[5]

to abide to Indigenous time’. The fundamental message was that any institutional intervention lacking Nasa participation and agree - ment—not as a peripheral involvement, as multiculturalism would have it, but as a structural feature—also lacks legality in terms of the Nasa concep - tion of the legal. Ultimately, the…

p. 169
06
Guerra y violencias en Colombia: herramientas e interpretacionesJorge A. Restrepo, David Aponte · 2009 · p. 565
1 cita
[6]

grupos étnicos del Cauca, pero se sostiene principalmente en los nasas. Fue fundado en 1971, institucionalizando el movimiento indígena en la región y un largo pasado de resistencia indígena en el Cauca a la ocupa- ción de sus territorios y dominación de sus culturas. Brota en el seno de las luchas por la tierra en la…

p. 565
07
Guerra propia, guerra ajena. Conflictos armados y reconstrucción identitaria en los Andes colombianos. El Movimiento Armado Quintín LameDaniel Ricardo Peñaranda Supelano · 2015 · p. 144, 367
2 citas
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la tierra (1960 – 1970) Número de propiedades - Extensión Rango 1960 % 1970 % 1960 % 1970 % - 1 15. 229 20,6 16.348 19,4 8.260 0,9 8.895 0,8 1-3 20.562 17,9 22.926 27,3 38.196 3,9 40.010 3,7 3-5 10.738 14,5 12.350 14,7 41.019 4,2 46.310 4,2 5-10 12.108 16,4 13.828 16,4 84.608 8,8 90.439 8,3 10-30 10.159 13,8 12.497…

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el “Plan de emergencia y Resistencia”, di- señado por las propias comunidades para dar asistencia a los refu- giados, ante la ausencia de un programa de protección por parte de los organismos estatales. La actitud del Gobierno resultó ser una retaliación contra la po- blación indígena y sus organizaciones. El jefe del…

p. 367
08
Guerra y violencias en Colombia: herramientas e interpretacionesJorge A. Restrepo, David Aponte (Editores) · 2009 · p. 564
1 cita
[8]

del Alto Patía, asopatía. Al incluir dos regiones, se decidió para este labo - ratorio de paz que su dirección se sostuviera también en dos organizaciones El Laboratorio de Paz del Cauca y Nariño 563 regionales 19. En esta estructura, el cric tiene esencialmente un rol político y directivo. Las competencias…

p. 564
09
Sufrir la guerra y rehacer la vida. Impactos, afrontamientos y resistenciasSaúl Franco Agudelo · 2022 · p. 258, 328
2 citas
[9]

mecanismos de participación, fun dado en los mismos principios, pero previo a la Constitución de 1991, fue el Proyecto Nasa - Toribío – la Asamblea Constituyente del Pueblo Nasa – de 1980. Tres resguardos indígenas Nasa lo desarrollaron en el municipio de Toribío como un proyecto de autonomía que afirmaba tres…

p. 328
[26]

45. 258 Tierralta, Córdoba, en 1989, a raíz de las denuncias que hizo so bre la violencia en la región 767; el padre Álvaro Ulcué Chocué, primer sacerdote indígena nasa, que dedicó su vida a defender la dignidad de los pueblos ancestrales, fue asesinado, en 1984 768; y el padre Tiberio Fernández, quien trabajó por los…

p. 258
10
Diez propuestas para el estudio de la historia reciente de Colombia con énfasis en el conflicto armadoFrancisco Acevedo, Mauricio Bello, Blanca Cepeda, Wencith Guzmán, Jacqueline Mendoza, Nixon Mora, Roque Moreno, William Peña, Jorge Ramírez, Maira Soto, María Cristina Téllez · 2022 · p. 50
1 cita
[10]

afronta a los actores armados sin armas, sólo con la persuasión y el diálogo; brinda la seguridad a visitantes destacados durante su visita a los territorios indígenas, como cuando los visitó el juez español Baltasar Garzón, o el presidente Belisario Betancur; y en forma permanente vigila el territorio. La “guardia…

p. 50
11
Managing Multiculturalism: Indigeneity and the Struggle for Rights in ColombiaJean E. Jackson · 2019 · p. 13
1 cita
[11]

hours of work. Of course, responsibility for the ideas set forth here and any mistakes or omissions is entirely my own. Some of the ethnographic cases presented in this book have appeared in a different form in the journals American Ethnologist, Journal of Ethnic Studies, xiv Acknowledgments Dialectical Anthropology,…

p. 13
12
Una Colombia que nos quedaLinsu Fonseca · 2007 · p. 48
1 cita
[12]

de Páez. La misma Beatriz asegu ra que a partir de allí “la vara es la que manda”. Con esa expresión indica que los indígenas que viven en este territorio obedecen las leyes de sus gobernadores, máximas autoridades de sus resguardos, quienes cargan un bastón de madera como símbolo de su poder. Las tierras habitadas…

p. 48
13
Sus armas no lograrán extinguir nuestra palabra. Informe de riesgos de extinción en 6 Pueblos Indígenas de ColombiaObservatorio por la Autonomía y los Derechos de los Pueblos Indígenas en Colombia (Observatorio ADPI); José Aristizabal G.; Lina María González Correa · 2014 · p. 220, 259
2 citas
[13]

(CRIC) y de la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC). En estos años, el pueblo nasa ha obtenido logros importantes como su participación en la Asamblea Nacional Constituyente y a nivel electoral, de manera exitosa, se han elegido varios alcaldes indígenas en los municipios de Toribío, Caldono, Caloto y…

p. 220
[17]

leyes del estatuto rural, concebido como una ley que favorecería el despojo; el cumplimiento de los acuerdos firmados por el gobierno nacional y de los tratados internacionales, así como anexión a la Declaración de Derechos de los Pueblos Indígenas de Naciones Unidas; y la creación de mecanismos de soberanía. En julio…

p. 259
14
Tomas y ataques guerrilleros (1965-2013)Mario Aguilera Peña (coordinador); Alba Lucía Vargas Alfonso, Luisa Marulanda Gómez, Luis Fernando Sánchez (coautores) · 2016 · p. 71, 302
2 citas
[14]

reposan los restos mortales del sacerdote Álva- ro Ulcué Chocué, asesinado en Santander de Quilichao (Cauca) el 10 de noviembre de 1984, episodio que se considera motivó la conversión de un grupo de autodefensa indígena en movimiento guerrillero (El Tiempo, 13 de marzo de 1991, “Diálogos sí, pero sin violar la ley:…

p. 302
[16]

influjo en zo- nas indígenas con la aspiración de adherirlas a su agenda política. 0 5 10 15 20 25 30 35 TURBO (Antioquia) SAN FRANCISCO (Antioquia) PIENDAMÓ (Cauca) ITUANGO (Antioquia) RIOBLANCO (Tolima) PÁEZ (Cauca) BOLÍVAR (Cauca) BALBOA (Cauca) ARAUQUITA (Arauca) SARDINATA (Nte de Santander) HACARÍ (Nte de…

p. 71
15
No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 376
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[15]

del narcotráfico por el Pacífico. También obedecían a intereses de élites económicas y políticas que buscaban frenar las demandas por la tierra y autonomía política de los pueblos indígenas y afrodes- cendientes. De acuerdo con el CNMH, entre 1965 y 2013 las FARC-EP concentraron sus acciones en los departamentos de…

p. 376
16
¡Basta satisfecho! Colombia: Memorias de guerra y dignidadCentro Nacional de Memoria Histórica (GMH) · 2013 · p. 287
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una for- ma de resistencia directa frente a los actores armados y para la defensa de las comunidades. Su sentido está descrito en un documento colectivo del Consejo Regional Indígena del Cauca – CRIC –: 162. Entrevista a miembro fundador. GMH, El orden desarmado, 369. 163. Entrevista a campesino. GMH, El orden…

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Nuestra vida ha sido nuestra lucha. Resistencia y Memoria en el Cauca indígenaDaniel Ricardo Peñaranda Supelano (coordinador), Graciela Bolaños, Víctor Daniel Bonilla, Jorge Caballero Fula, Myriam Amparo Espinoza, Vianney Judith García, Jorge Hernández Lara, Pablo Tattay, Libia Tattay Bolaños · 2012 · p. 166, 175
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poco a poco los territorios del Cauca indígena se fueron convirtiendo, en contra del querer de sus habitantes, en un teatro regional de guerra estable. Ante esta situación, las comunida- #" Asociación de Cabildos de Indígenas Norte del Cauca, Las estrategias de guerra en el marco de la Política de Seguridad…

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Santander de Quilichao, entre otros. El dramatismo de la situación, el sentido que los alcaldes indígenas de la región le otorgan al ejercicio de sus cargos y las expectativas que despertaron la posibilidad de contar algún día con Entida- des Territoriales Indígenas (ETIs), alcanzaron a percibirse en el…

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Nuestra guerra sin nombre. Transformaciones del conflicto en ColombiaFrancisco Gutiérrez Sanín, María Emma Wills, Gonzalo Sánchez Gómez · 2006 · p. 316, 321
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impidió la reacción de la columna armada, sino que amplificó la reacción de la población ante la intromisión de un grupo armado en una acción de protesta civil. La distancia entre la violencia de las armas y la movilización social quedó claramente registrada. Esta acción, que hoy parece olvidada, dio inicio a la…

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de redes del narcotráfico en la región. Ante el incremento de la acción de los actores armados desde finales de los años noventa, las organizaciones comunitarias respondieron con la movilización. Con ello se ha configurado un nuevo ciclo de resistencia, esta vez de carácter civil y no armada, que corresponde a una…

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Memorias plurales: experiencias y lecciones aprendidas para el desarrollo de los enfoques diferenciales en el Centro Nacional de Memoria Histórica. Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento históricoCentro Nacional de Memoria Histórica · 2018 · p. 86
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que asistieron más de 500 guardias. El recorrido realizado por diferentes resguardos del territo- rio nasa permitió dejar huellas en los lugares donde fueron ase- sinados kiwe-thegnas: piedras pintadas, nombres marcados, vallas instaladas para recordar a sus muertos. Asimismo, posibilitó que guardias jóvenes de…

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Resistir no es aguantar. Violencias y daños contra los pueblos étnicos de ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 196
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que afectó a varias de las familias. Estas familias se desplazaron principalmente hacia el Darién, Dabeiba, Murrí, Mutatá y Vigía del Fuerte, en el departamento de Antioquia; y a Riosucio, Salaquí y Quibdó, en el Chocó y Panamá. El 16 de diciembre de 1991 ocurrió la masacre del Nilo, en la que veintiún indíge- nas…

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Mi cuerpo es la verdad. Experiencias de mujeres y personas LGBTIQ+ en el conflicto armadoComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 49, 51
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« No vamos a admitir ladrones, violadores ni vaqueros ». Ese era el control que ellos hacían, entonces les tenían miedo. Cuando la gente no hacía caso acudían a ellos 128. Rosalía, lideresa del resguardo de Huellas, en Caloto (Cauca), agregó: «En cie rtos tiempos, estos temas de violencia sexual no llegaban, o sea, no…

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está en la pervivencia propia y la de su familia. La lucha constante por lo económico ha creado un a desestabilización en su rol de mujer en los espacios comunitarios, ellas se reconocen como mujeres que han trabajado de la mano con la comunidad, de la mano con la autoridad propia, ejerciendo y apoyando su autonomía y…

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El desplazamiento en Colombia: Regiones, ciudades y políticas públicasMartha Nubia Bello, Marta Inés Villa Martínez (editoras) · 2005 · p. 198
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momento está vivo y en qué momento está muerto”. Tienen que abandonar un territorio recuperado después de décadas de feroz resistencia (en particular en los casos Nasa, Pijao y Senú). Este nuevo desplazamiento ocurre en un momento en el que los Pijaos han logrado recuperar 45.000 hectáreas de las 107.000 que les…

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El desplazamiento en Colombia. Regiones, ciudades y políticas públicasMartha Nubia Bello, Marta Inés Villa Martínez · 2005 · p. 198
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momento está vivo y en qué momento está muerto”. Tienen que abandonar un territorio recuperado después de décadas de feroz resistencia (en particular en los casos Nasa, Pijao y Senú). Este nuevo desplazamiento ocurre en un momento en el que los Pijaos han logrado recuperar 45.000 hectáreas de las 107.000 que les…

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Una guerra sin edad. Informe nacional de reclutamiento y utilización de niños, niñas y adolescentes en el conflicto armado colombianoCentro Nacional de Memoria Histórica; Katherine López Rojas (coord.); Andrés Felipe Aponte; Carolina Lozano Rodríguez; Linda Lorena Sánchez Avendaño · 2017 · p. 234
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la Policía y los confrontaban y solo con machete y cabuya los enfrentaban. O sea, hay un principio de sentimiento guerrerista que el indio lo lleva, que se hace matar. Eso es una fuerza para la guerrilla (CNMH, hombre indígena, an- tiguo miembro de la guardia indígena Jambaló, Cauca, entrevista, Jambaló, 27 de…

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Las guerrillas en Colombia. Una historia desde los orígenes hasta los confinesDarío Villamizar · 2017 · p. 521
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otra escuela conjunta de formación político-militar entre esta organización y los indígenas que ya internamente se llamaban Quintín Lame. Previendo la represión que se podía desatar por la llamada Operación Colombia, algunos dirigentes del M-19 como Fayad, Pabón y Navarro participaban en la actividad, mientras pasaba…

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