Juan de Borja
Colonia
La biografía
Juan de Borja y Armendia gobernó el Nuevo Reino de Granada entre 1605 y 1628, veintitrés años en los que la Audiencia de Santa Fe dejó de ser un tribunal asediado por sublevaciones indígenas, funcionarios muertos en circunstancias oscuras y encomenderos ingobernables, para convertirse en el andamiaje de un Estado colonial reconocible. Fue el primer Presidente de Capa y Espada del reino —fórmula que designaba a un noble-militar en lugar del tradicional presidente letrado—, caballero de la Orden de Santiago y comendador de Castilla en la Orden de Alcántara. Su presidencia coincidió con la campaña de exterminio contra los pijaos y con la reglamentación de la mita. También con el acuerdo de paz de 1613 con los cimarrones de Benkos Biohó y con la intensificación de las composiciones de tierras que dio forma al régimen de haciendas. Bajo su firma, el Nuevo Reino pasó de la conquista dispersa a una administración con Tribunal de Cuentas, Casa de Moneda, Inquisición operante y fundaciones de pueblos de indios que fijaron el mapa colonial durante siglo y medio. Que este tránsito se llamara entonces —y siga llamándose— pacificación encubre lo que también fue: la palanca demográfica y territorial sobre la que se apoyó la consolidación del poder de la Corona.
Línea de vida
- 1605
Asunción como primer Presidente de Capa y Espada
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Borja llegó al Nuevo Reino de Granada designado por la Corona como primer presidente de perfil nobiliario-militar, en sustitución del modelo de presidentes letrados, en un contexto de crisis institucional marcado por muertes oscuras de funcionarios y ataques pijaos que habían cortado las comunicaciones entre Santa Fe y el occidente del reino.
- 1608
Composiciones de encomiendas y tierras
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Las composiciones de encomiendas produjeron 23.655 pesos de oro en 1608. Bajo su presidencia se intensificó la entrega de tierras realengas y se articuló el régimen de haciendas, estancias y resguardos, con vigilancia institucional de la Audiencia sobre la repartición de tierras en la sabana.
- 1613
Acuerdo de paz con los cimarrones de Domingo Biohó
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Durante su gobierno se alcanzó un acuerdo de paz con los cimarrones liderados por Domingo Biohó (Rey Benkos), episodio que ilustra la coexistencia de estrategias militares y negociadas en la gestión de la resistencia no indígena al orden colonial.
- 1615
Conclusión de la campaña contra los pijaos
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La guerra sistemática contra los pijaos —que incluía columnas móviles, tala de sembrados y bosques, desplazamiento forzado y ejecución de caciques— culminó con el virtual exterminio del pueblo pijao, abriendo el territorio del actual Tolima Grande a la colonización, la reactivación minera en Mariquita y la consolidación de Ibagué, Neiva y Cartago.
- 1620
Consolidación institucional: Tribunal de Cuentas, Casa de Moneda e Inquisición
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Durante su presidencia se establecieron el Tribunal de Cuentas, la Casa de Moneda y la Inquisición de Cartagena —con jurisdicción sobre las arquidiócesis de Santafé y Santo Domingo, sin competencia sobre indígenas—, se reglamentó la mita para indios y esclavos, y se promovió la gramática chibcha, configurando el andamiaje administrativo y cultural del Estado colonial.
- 1628
Fin de la presidencia
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Borja concluyó una presidencia de veintitrés años —cifra excepcional en el régimen colonial—, habiendo servido bajo Felipe III y los primeros años de Felipe IV. Su gobierno dejó un Nuevo Reino transformado: con resguardos consolidados, régimen de haciendas en expansión, mita reglamentada y la Audiencia afirmada como institución rectora frente al cabildo y los encomenderos.
Un noble para un reino descompuesto
La designación de un Presidente de Capa y Espada no era un detalle protocolario. Los presidentes anteriores habían sido letrados, hombres de leyes formados en las universidades castellanas, cuya autoridad se ejercía como primus inter pares entre los oidores de la Audiencia. El envío de un noble militar respondía a una convicción distinta: en los territorios coloniales, la Corona necesitaba brazos armados y prestigio linajudo para imponer un orden que las togas ya no alcanzaban a sostener. Los años inmediatamente anteriores a la llegada de Borja lo demostraban con crudeza.
Entre 1602 y 1605, la Audiencia estuvo bajo el mando de Nuño Núñez de Villavicencio, enviado no como presidente titular sino como visitador con una misión concreta: aclarar las muertes oscuras del presidente Sande y de Salierna de Mariaca. Un reino cuyos máximos funcionarios morían en circunstancias que requerían pesquisa era un reino donde la autoridad real había perdido consistencia. La práctica del juicio de residencia —aquel proceso al que se sometía a todo funcionario al dejar su cargo— podía volverse contra la propia institución que pretendía fiscalizar, como había ocurrido con Venero de Leyva; y los visitadores enviados desde España, si bien tenían poder para separar y castigar hasta a los presidentes —el encarcelamiento del presidente Armendáriz seguía fresco en la memoria administrativa—, contribuían tantas veces al desorden como a su remedio. Llegaban con séquitos de familiares y clientes a quienes favorecían con encomiendas, y esa lógica de camarilla erosionaba la autoridad tanto como los excesos que venían a corregir.
A este cuadro de fragilidad institucional se sumaba una emergencia militar. Los pijaos, cuya capacidad ofensiva se había mostrado ya en 1577 con la destrucción de La Plata, arreciaron sus ataques entre 1602 y 1605 hasta un extremo que ninguna gobernación colonial podía tolerar: cortaron las comunicaciones entre Santa Fe y el occidente del Nuevo Reino. Una capital administrativamente amputada de sus provincias mineras y agrícolas no era ya una capital; era un enclave. La llegada de Borja en 1605 debe leerse en ese marco: no una reforma abstracta, sino la respuesta a un reino que se descosía.
El nombramiento se inscribía además en un movimiento más amplio de la monarquía hispánica, que buscaba contrarrestar la creciente autonomía de los antiguos conquistadores y de sus descendientes en América. El perfil nobiliario-militar de Borja —Santiago y Alcántara, dos de las cuatro grandes órdenes militares castellanas— proyectaba una autoridad de otra jerarquía. No era un letrado más al que los encomenderos ricos pudieran cortejar; era un igual de los grandes de España al que había que obedecer.
Los orígenes y el linaje
El apellido Borja pesaba en Europa. La casa valenciana entroncaba con los duques de Gandía, con los papas Borgia —Calixto III y Alejandro VI— y, más cerca en el tiempo, con san Francisco de Borja, cuarto duque de Gandía y tercer general de la Compañía de Jesús, muerto en 1572 y venerado en toda la monarquía católica. Portar ese apellido en 1605 no era una circunstancia genealógica menor: significaba entrar en un juego cortesano donde ya se conocía la posición de la familia, sus alianzas y su peso ante el Consejo de Indias. La condición de caballero de Santiago y comendador de Alcántara —dignidades que no se concedían al azar y que suponían pruebas de limpieza de sangre y méritos probados— agregaba la investidura militar propia de las órdenes que la Corona reservaba a sus servidores de confianza. Cuando Borja desembarcó en las Indias no llegaba como aventurero en busca de fortuna, sino como delegado del rey cuyo linaje operaba como instrumento de gobierno.
Esa distancia social respecto a los vecinos del Nuevo Reino le concedió un margen de maniobra del que sus antecesores carecían. Podía enfrentarse a los encomenderos sin arriesgar su posición personal, dictar normas sobre trabajo indígena sin depender de la voluntad de los cabildos locales, prolongar una campaña militar costosa sin verse fácilmente removido por presiones criollas. La duración misma de su presidencia —veintitrés años, cifra excepcional en el régimen colonial— habla de esa autonomía relativa: sobrevivió al reinado de Felipe III y sirvió los primeros años de Felipe IV sin que las intrigas cortesanas lo tumbaran.
La guerra pijao y la palabra pacificación
De todo lo que hizo Borja, ninguna empresa exigió tanta violencia ni tuvo consecuencias tan duraderas como la campaña contra los pijaos. El territorio pijao —extendido por el actual Tolima Grande, con enclaves en las cordilleras central y oriental— había resistido la penetración española desde mediados del siglo XVI. Su resistencia no era episódica sino estructural. Los pijaos eran sumamente belicosos, sus poblaciones vivían dispersas en las selvas y cordilleras, y su organización política era descentralizada: cada tribu tenía su cacique, sin jefe superior unificado por encima de todos. Esa dispersión, que en otras sociedades indígenas habría sido debilidad, para ellos fue su principal defensa: un ejército español podía derrotar a un cacique y no ganar nada, porque quedaban otros treinta.
A esta topografía política se sumaba una economía que hacía inútiles las estrategias españolas convencionales. Los pijaos no dependían de una agricultura sedentaria capturable; eran cazadores y recolectores con desarrollo agrícola mínimo, lo que significaba que quemarles los sembrados —táctica habitual en la conquista— no los reducía por hambre. Podían replegarse en la selva, moverse, rehacerse. Su resistencia formaba parte de un cinturón mayor de pueblos indomables —los paeces, los yalcones al sur, los cunas del Darién, los pantagoras del oriente antioqueño— que había obligado a que la ocupación del territorio aledaño a Popayán fuera disputada durante casi un siglo.
Entre los caudillos pijaos, la memoria escrita retuvo el nombre de Calarca, guerrero al que las plumas coloniales de tono épico llegaron a comparar con Caupolicán, Cuauhtémoc o Lautaro. La comparación es más elogio literario que retrato riguroso; el hecho de que los pijaos no tuvieran un jefe único desmiente cualquier lectura de Calarca como su rey. Pero que hubiera merecido esa mitificación indica el impacto real de su resistencia sobre el imaginario español.
La respuesta de Borja fue una guerra de destrucción sistemática, aunque se la llamara pacificación. Frente a un enemigo disperso e inasible por medios convencionales, la campaña combinó columnas móviles, tala de sembrados y bosques, desplazamiento forzado de poblaciones sobrevivientes hacia reducciones vigiladas y ejecuciones de caciques capturados. El principio colonial que operaba en el trasfondo era el de la guerra justa: los pueblos que se resistían al Rey y a la evangelización podían ser sometidos, según los teólogos-juristas de la monarquía, con toda la fuerza de las armas. Contra los pijaos la sumisión sí se logró, pero al precio del casi exterminio del pueblo.
Esa es la incomodidad que la palabra pacificación oculta. No hubo tratado, ni integración negociada, ni sometimiento tributario ordenado. Hubo aniquilamiento demográfico y ruptura del tejido político-territorial pijao, y después, sobre el vacío, la reconstrucción del mapa colonial: reactivación de Ibagué, refundación de Cartago en otro emplazamiento, consolidación de Neiva, minería reactivada en Mariquita, caminos entre Santa Fe y el occidente restablecidos. Todo eso ocurrió porque ya no había quien lo impidiera. Donde había pijaos, hubo estancias y haciendas; donde había fronteras cerradas, hubo composiciones de tierras al mejor postor. La violencia de Borja abrió literalmente el territorio para el proyecto agrario que se venía articulando desde 1590.
La Audiencia como taller
La transformación institucional del Nuevo Reino durante estos años no se debió solo a la voluntad presidencial. Buena parte del trabajo lo hizo la Audiencia entendida como cuerpo colegiado. Sus oidores se reservaron con celo las materias que definían el funcionamiento económico del reino: la tasación de tributos indígenas, la legislación sobre encomienda, la definición del trabajo indígena, las relaciones con el cabildo, la repartición de tierras en la sabana. Sobre esas atribuciones —competencias jurídicas más que militares— se construyó una arquitectura de decisiones que sobrevivió a los presidentes individuales y sedimentó el andamiaje del Estado colonial.
Borja aportó lo que un letrado no podía aportar: la fuerza para hacer respetar esas decisiones, el prestigio para imponerse a los cabildos y el tiempo largo de una presidencia estable. Los oidores aportaron el saber jurídico. La combinación funcionó, aunque tuviera límites estructurales. Los magistrados coloniales contaban con un amplio poder discrecional que otorgaba flexibilidad a la aplicación del derecho, pero también abría espacios donde el favor y la clientela pesaban tanto como la norma. Los funcionarios reales llegaban con séquitos de familiares a los que colocaban en encomiendas y cargos, y esa reproducción de camarillas erosionaba cualquier pretensión de imparcialidad administrativa. El Estado colonial que emergió bajo Borja no fue un edificio impersonal a la manera de las burocracias modernas; fue una malla de fidelidades personales sobre la que se tendía una legalidad real, cuyo funcionamiento concreto dependía siempre de quién ocupara cada silla.
Aun con esas limitaciones, la Audiencia se afirmó frente a otros poderes. El cabildo capitalino, donde los antiguos encomenderos habían mandado con soltura durante décadas, perdía influencia visible: la tributación indígena disminuía por el desplome demográfico, y con ella se erosionaba el fundamento económico del poder encomendero. Los vecinos empezaron a desinteresarse por los cargos del cabildo; el ausentismo se volvió problema recurrente. La Audiencia ocupó ese vacío, y al hacerlo se convirtió en la institución que verdaderamente gobernaba la vida cotidiana del Nuevo Reino.
La reforma del trabajo indígena
Uno de los frentes más delicados de la presidencia de Borja fue la reglamentación del trabajo indígena y esclavo. La encomienda —aquella institución medieval trasplantada a las Indias por la cual un hidalgo recibía el control, cuidado y catequización de un cierto número de indígenas a cambio de que estos le pagaran tributo en trabajo, bienes o dinero— entraba en decadencia irreversible. La causa profunda era demográfica: la población tributaria se había desplomado y, con ella, la renta encomendera. A medida que ese fundamento se hundía, otras formas de extracción ocuparon el lugar dejado libre. Bajo Borja tomaron cuerpo dos de ellas: la mita reglamentada y los resguardos.
La mita no era invento colonial español. Era una institución preexistente en el Imperio inca, adaptada por los españoles en los virreinatos del Perú y de la Nueva España, y llevada más tarde al Nuevo Reino. Consistía en el desplazamiento periódico de grupos de indígenas a trabajar en haciendas, minas o ciudades a manera de tributo. Bajo Borja se establecieron normas claras sobre esa forma de trabajo, extendiéndolas también a los esclavos negros, con modalidades distintas para cada grupo. La reglamentación cumplía dos funciones simultáneas: aseguraba a los propietarios de haciendas y minas un flujo estable de mano de obra en un momento de escasez, y transfería a la Corona el control sobre esa mano de obra, retirándoselo a los encomenderos. Una operación de estatización parcial del trabajo indígena.
Al mismo tiempo se consolidaba el régimen de resguardos. Estos territorios, delimitados y asignados a comunidades indígenas específicas, cumplían una función doble: organizaban la producción agrícola de autoabastecimiento indígena y agrupaban a los sobrevivientes de manera que pudieran tributar directamente al rey, sin la mediación —y el filtro rentístico— del encomendero. Los resguardos eran la contracara administrativa de las composiciones de tierras: mientras la tierra realenga se privatizaba en manos de estancieros y hacendados, un margen se reservaba para las comunidades tributarias, cuya existencia el sistema necesitaba conservar precisamente porque sin indios no había mano de obra ni tributo.
En este esquema, la Corona ganaba en varios frentes: recuperaba el control fiscal directo sobre las comunidades indígenas, debilitaba a los encomenderos —cuya autonomía había preocupado a Madrid durante todo el siglo XVI— y racionalizaba la relación entre tierra, trabajo y tributo. Los indígenas perdían en todos: la tributación directa al rey podía ser tan onerosa como la del encomendero, la mita imponía desplazamientos forzados que rompían la vida comunitaria, y los resguardos, aunque preservaban una base territorial, la definían en los términos y en las extensiones que convenían a las autoridades coloniales.
Domingo Biohó y el palenque de la Matuna
El otro gran problema de gobierno que Borja debió enfrentar fue el de los cimarrones. En Cartagena de Indias, el mayor puerto negrero de la América española después de Veracruz, la fuga de esclavos hacia los montes circundantes había creado desde el siglo XVI comunidades palenqueras cuya persistencia y organización política preocupaban seriamente a la administración colonial. Mompox, el segundo gran reducto esclavista después de Cartagena, tenía en su zona de influencia varios palenques.
El más famoso de todos fue el de la Matuna, liderado por Domingo Biohó —también consignado como Benkos Biohó—, quien se autoproclamó rey del arcabuco. Sus acciones están documentadas al menos desde 1605, año inaugural de la presidencia de Borja, cuando llegó con cimarrones armados al hatillo del padre Gaicano en Jegua, episodio recogido por el cronista fray Pedro Simón. Bajo su liderazgo, el palenque de la Matuna desarrolló una organización social y política sorprendentemente formal, con cabildos que elegían autoridades según mérito y servicio. No era una banda de fugitivos; era una comunidad estructurada, con instituciones deliberativas y una jerarquía reconocida, que combinaba momentos de conflicto abierto con las autoridades coloniales con estrategias de coexistencia pacífica —trueque y comercio con vecinos— cuando la relación de fuerzas lo aconsejaba.
En 1613, tras años de campañas fallidas para reducir el palenque por las armas, el gobernador de Cartagena firmó un acuerdo de paz con Biohó. El pacto reconocía de hecho la existencia de la comunidad cimarrona y establecía condiciones para una convivencia negociada. Que la administración de Borja avalara ese acuerdo —o al menos no lo impidiera— revela el pragmatismo del gobierno colonial: donde no podía imponerse la fuerza, se negociaba. Revela también los límites reales de la consolidación estatal: la Corona era menos poderosa de lo que su discurso proclamaba, y sabía que ciertas guerras costaban más de lo que se ganaba con ellas.
El acuerdo sería después violado y Biohó ejecutado, y su nombre habría de convertirse con el tiempo en el símbolo heroico más famoso de las comunidades cimarronas colombianas —una estatua en su honor preside hoy San Basilio de Palenque—. Pero en el momento en que se firmó, en 1613, aquel pacto marcó un punto singular en la política colonial: un gobernador de la Corona reconociendo, aunque fuera transitoriamente, la autoridad de un rey negro fugitivo. La contradicción con el tratamiento dispensado a los pijaos salta a la vista. Con los pijaos, cazadores dispersos sin territorio productivo aprovechable, la Corona optó por el exterminio. Con los palenqueros de Biohó, situados a las puertas de la ciudad portuaria más importante del Caribe hispánico, negoció. La lógica no era humanitaria; era económica y geopolítica.
Hacienda real, aparato fiscal y la Casa de Moneda
Bajo la presidencia de Borja terminó de armarse el aparato fiscal del Nuevo Reino, pieza por pieza. El Tribunal de Cuentas se organizó como instancia técnica para auditar las rentas reales y controlar el movimiento del dinero público, y la Casa de Moneda —donde se acuñaba en Santa Fe la plata y el oro llegados de las minas— ganó operatividad. Tener casa de moneda propia era, en el vocabulario de la época, signo inequívoco de madurez colonial: significaba que el reino generaba y procesaba metal precioso en volumen suficiente para justificar semejante infraestructura, y que la Corona lo consideraba plaza confiable para acuñar en su nombre.
Las cifras que sobreviven dejan ver, aunque de reojo, la escala de ese reordenamiento. En 1603, apenas dos años antes de la llegada de Borja, el reparto del derecho de alcabala en la ciudad de Tunja sumó 3.227 pesos de 13 quilates: la contabilidad de una plaza próspera pero provinciana. En 1608, las composiciones de encomiendas producían ya 23.655 pesos de oro, siete veces la alcabala tunjana de un lustro atrás. Nada de esto acerca al Nuevo Reino a las magnitudes de la Nueva España o del Perú; pero traza el perfil de una fiscalidad que empieza a funcionar con regularidad, con partidas repetidas y auditables, y no como colecta episódica de un tesoro fronterizo.
El principio rector de la hacienda colonial estaba fijado con claridad: las rentas ordinarias o antiguas —quintos mineros, tributos indígenas, diezmos eclesiásticos— se destinaban a sostener la administración local, mientras que el producto de las nuevas imposiciones debía llegar íntegro a España. En la práctica, ese principio admitía excepciones y era continuamente disputado por los intereses locales; pero como marco jurídico organizaba la relación fiscal entre el Nuevo Reino y la metrópoli, y era en ese marco donde el Tribunal de Cuentas y la Casa de Moneda encontraban su razón de ser.
Composiciones de tierras y régimen de haciendas
En el frente territorial, los años de Borja coincidieron con la intensificación de una política que venía desde 1590 y se prolongaría hasta 1620 aproximadamente: la composición de tierras. El mecanismo era simple en su formulación y devastador en sus consecuencias. La Corona, mediante subasta pública al mejor postor, titulaba como propiedad privada tierras hasta entonces realengas: del dominio del rey, aunque en la práctica de uso comunal, indígena o simplemente vacantes por los desplazamientos de la conquista. Quien tuviera dinero para pagar podía adquirir extensiones considerables. Quien no, quedaba fuera del nuevo régimen agrario.
De esta política nació el régimen de haciendas, entendido no solo como forma de propiedad rural sino como sistema social, económico y político integrado: grandes extensiones concentradas en pocas manos, un campesinado indígena y mestizo excluido de la propiedad de la tierra y disponible como mano de obra sin derechos, y una élite terrateniente que reproducía en el campo americano la lógica señorial castellana. La sabana de Bogotá, los valles de Tunja, las tierras liberadas por la campaña pijao en el Tolima Grande, las regiones ganaderas de la costa: todas se remodelaron en estos años bajo el signo de la propiedad privada compuesta al mejor postor.
Aquí se cierra el círculo que la palabra pacificación ocultaba. La destrucción del pueblo pijao no fue un episodio militar aislado; fue la condición territorial para que las composiciones pudieran operar sobre el occidente del reino. Cada legua de tierra despejada de resistencia indígena era una legua susceptible de ser titulada, subastada, integrada a una hacienda. La violencia contra los pueblos indios y la privatización de realengas fueron dos caras de una misma operación: la construcción de un régimen agrario colonial que sobreviviría, en sus rasgos esenciales, hasta la República.
La Inquisición de Cartagena y el control cultural
En 1610, ya bajo la presidencia de Borja, se estableció el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Cartagena de Indias. El territorio que quedaba bajo su jurisdicción resulta hoy difícil de imaginar: las arquidiócesis de Santafé y Santo Domingo, y las diócesis de Popayán, Santa Marta, Cartagena, Panamá, Caracas, Puerto Rico y Santiago de Cuba. Media Caribe y todo el Nuevo Reino de Granada, Venezuela incluida, dependían de un solo tribunal instalado en un puerto amurallado.
La Inquisición americana tenía una característica distintiva respecto a la española: los indígenas quedaban excluidos de su jurisdicción. La razón oficial era que se los consideraba neófitos, recientemente incorporados a la fe y por tanto no plenamente responsables de sus posibles desviaciones doctrinales. La consecuencia práctica era que la Inquisición se ocupaba de mestizos, negros libres, esclavos y españoles. En Cartagena, puerto internacional con presencia constante de marineros extranjeros, el foco recayó en protestantes, luteranos, calvinistas y hugonotes: el Tribunal procesó a 82 personas por causas relacionadas con la reforma religiosa. La naturaleza comercial del puerto favorecía la circulación de esas ideas, y la Inquisición operó como un dispositivo de control fronterizo tanto religioso como político.
El esquema inquisitorial se importaba de España casi sin modificaciones, y funcionaba en una sociedad que era todo menos europea. Cartagena del siglo XVII carecía de universidades y bibliotecas relevantes, su desarrollo cultural era muy limitado y su estratificación social —blancos en el poder, negros esclavizados aportando la fuerza de trabajo, indios en una posición marginal, mujeres blancas sin voz pública— configuraba un mundo en el que el aparato inquisitorial ejercía menos una vigilancia teológica sofisticada que un disciplinamiento social genérico. Bajo el gobierno de Borja, ese aparato terminó de instalarse.
Fundaciones y evangelización
La huella territorial de Borja no se limitó a las composiciones de tierras. Durante su presidencia y en los años inmediatamente posteriores se produjeron numerosas fundaciones de pueblos de indios, operación distinta a la de las ciudades del siglo XVI. Aquellas habían sido enclaves administrativos y mineros de mayor envergadura, capitales regionales, puertos, reales de minas; las fundaciones del XVII, en cambio, respondieron principalmente a la agregación de comunidades indígenas dispersas o diezmadas por el desplome demográfico. Se trataba de reducir a los sobrevivientes a poblados vigilables donde pudieran ser catequizados, tributar directamente al rey y ser controlados por las autoridades coloniales.
Herrera Campuzano llevó a cabo fundaciones de pueblos de indios en Antioquia en 1614; Lesmes de Espinosa hizo lo propio con indígenas de Vélez, Muzo y La Palma en 1617, y en Cartago y Anserma en 1627; Rodríguez de San Isidro fundaría en el Valle del Cauca en 1637, poco después del fin de la presidencia de Borja. Esta ola fundacional selló la fisonomía territorial del reino durante el resto del período colonial.
En el terreno cultural y evangelizador, es de este mismo período la aparición, en 1619, de la Gramática, confessionario y sermones en la lengua general del Reyno del Nuevo Reyno de Granada del dominico fray Bernardo de Lugo, primer intento sistemático de fijar por escrito la lengua chibcha muisca. Que ese esfuerzo apareciera bajo la presidencia de Borja no es casualidad: la evangelización sistemática requería instrumentos lingüísticos, y la administración colonial en fase de consolidación podía por fin invertir en ellos. Paradójicamente, la obra de Lugo se produjo cuando ya el desplome demográfico muisca había avanzado tanto que la utilidad práctica del manual era limitada; funcionaría más como reliquia filológica que como herramienta pastoral eficaz.
Los límites de la consolidación
El Estado colonial que Borja dejó tras de sí no fue una arquitectura acabada, sino una convergencia afortunada de tendencias en curso. Las composiciones venían desde 1590; los resguardos surgían como respuesta natural al debilitamiento de la encomienda; la mita se importaba del Perú y no se inventaba en Santa Fe; la Inquisición de Cartagena se creaba por decisión de Madrid, no de la presidencia local. El presidente no diseñó ese conjunto: le proporcionó los veintitrés años de marco político estable dentro de los cuales pudo sedimentar, y aportó la fuerza militar que hizo posible una redistribución territorial de gran escala mediante el exterminio pijao.
Esa combinación —tiempo largo, respaldo nobiliario y disposición a usar la violencia sin restricciones— fue lo que su presidencia ofreció al proyecto imperial. Bastó para reordenar un reino, no para construir un Estado moderno ni para justificar la retórica civilizatoria con que a veces se contó su empresa. Fue un reordenamiento colonial cuyo éxito relativo se midió por la capacidad de asegurar el flujo tributario a la Corona, apaciguar las fronteras internas más costosas, disciplinar culturalmente a la población libre y organizar la propiedad de la tierra en beneficio de los grupos afines al orden colonial.
La huella
Borja murió en el cargo en 1628, tras veintitrés años de presidencia. Su gobierno marcó el paso del Nuevo Reino del siglo XVI —el de la conquista dispersa, los encomenderos autónomos, las fronteras porosas y los tribunales asediados— al del siglo XVII colonial, con Audiencia consolidada, hacienda pública funcional, Inquisición operante, sistema de resguardos y mita, y régimen de haciendas asentado sobre composiciones de tierras. Ese modelo perduraría, con ajustes, hasta las reformas borbónicas del siglo XVIII y, en sus rasgos agrarios, hasta muy avanzada la República.
De los pijaos, en cambio, apenas quedó el nombre. La comarca que había resistido durante casi un siglo a la conquista quedó desmantelada como sociedad autónoma; sus sobrevivientes fueron reducidos, dispersados o absorbidos por el mestizaje forzoso. La memoria de Calarca sobrevivió en la literatura, pero como figura mitificada, sin un pueblo vivo detrás. La cordillera central y los valles del Tolima Grande se llenaron de haciendas ganaderas, de tabaco y —más tarde— de café, sobre las cenizas de esa destrucción.
Domingo Biohó, en cambio, se transformó en símbolo. Su palenque de la Matuna fue disuelto tras la ruptura del acuerdo de 1613 y su ejecución, pero el modelo organizativo se reprodujo en otros palenques, especialmente en la zona de Loba y Mompox, y de esa genealogía descendería siglos después San Basilio de Palenque, hoy patrimonio cultural reconocido internacionalmente. La resistencia negra encontró, allí donde la indígena fue triturada, formas de continuidad histórica.
La figura de Juan de Borja pertenece a ese momento singular en que las instituciones se construyen sobre huesos. Sin la campaña pijao no habrían sido posibles las composiciones sobre la escala en que se hicieron; sin las composiciones no se habría constituido el régimen de haciendas; sin ese régimen, la estructura agraria colombiana habría tomado otra forma. Pacificador y consolidador, sí; también ejecutor de una guerra de aniquilamiento y agente principal de la privatización masiva de las tierras realengas del Nuevo Reino. Ambas caras, indisociables, son las que explican por qué su presidencia importa.
Conexiones del archivo
Red histórica
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
24 documentos · 27 fragmentos01Gran Enciclopedia de Colombia - Historia 1: Desde la prehistoria hasta el alzamiento del comúnJorge Orlando Melo (Dirección Académica); varios autores · 2007 · Páginas 195, 1972 citas
[1]funcio- narios civiles o eclesiasticos cuando de consolidar ventajas directas en las colonias se trataba. Entre 1602 y 1605 goberno la Audiencia bajo el mando de Nufo Nujiez de Villavicencio, quien ha- bia sido enviado como visitador para aclarar las os- curas muertes del presidente Sande y de Salierna de Mariaca. En…
p. 195
[12]que bajo esta presidencia se conso- lido el poder colonial, y senalar al mismo tiempo el grado de personalidad y conflicto que empezaba a tener la América espafiola. Debe recordarse que Ja Inquisicién no tenia bajo su cuidado a los in- digenas, lo que indica que fue instaurada para el control de los mestizos y de los…
p. 197
02Estudios interdisciplinarios de las élites en ColombiaCatalina Acosta Oidor, Alexander Gamba Trimiño, Verónica Salazar Baena · 2023 · Página 611 cita
[2]nuevos títulos y bienes. Según Lope de Vega, los indianos son derrochadores por naturaleza, pues “tienen dineros y los dan en toda ocasión”, además de vivir presumiendo no solo las fatigas y trabajos vividos en el pasado, sino también los títulos que gracias a ello han alcanzado (Martínez-Tolentino, 2001, pp. 83 -…
p. 61
03Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · Páginas 93, 1012 citas
[3]poderes inquisitoriales y que se impusieran diezmos a los artículos que antes no lo pagaban, como eran las mantas y la leña. Consideraba perjudicial el nombramiento de "oficiales —manuales- y advenedizos" para curas, acusaba a los frailes de estorbar la inspec- ción de su bienes y protestaba contra el continuo envío…
p. 101
[6]vivan con "escándalo y libertad" vuelven luego a España "con mucho dinero de ciento en ciento, sin hacer fruto ninguno sino criando caballos y perros de caza, teniendo gran- jerias y aprovechamiento que no es decente de- cirse". Pero se había equivocado. El nuevo presi- dente, Francisco Briceño, tomó residencia a los…
p. 93
04Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · Página 2211 cita
[4]Francisco Bri- ceño, presidente. Se es- tablece la mita como forma de trabajo forzoso para los indígenas. Fun- dación del convento de agustinos en Santafé. 1576 El pirata inglés Oxenham desembarca en el Da- rién y establece una alianza con negros cimarrones. 1577 Prosiguen insurrecciones indígenas. Los indios -Pijao…
p. 221
05Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · Página 631 cita
[5]la rap iñ a y las g u erras faccionales de la C onquista y la institucionalización m ás re p o sad a del resto del p eriodo colonial. En el orden político, en los sistem as de p roducción y en el trato a las poblaciones indígenas som etidas, los españoles m an tu v iero n algunos com portam ientos característicos del…
p. 63
06Tres culturas, tres familias y otros ensayosEstanislao Zuleta · Página 391 cita
[7]de la dominación seño- rial de una población aborigen, ya desarrollada desde el punto de vista agrícola y previamente organizada en tor- no de sus jefes. Para que una tribu pueda ser derrotada se necesita, antes que todo, que esté unida y que tenga jefes. Los pijaos, por ejemplo, no podían ser derrotados porque sus…
p. 39
07Historia de Colombia. Descubrimiento y Conquista IGermán Arciniegas, Mauricio Obregón, Jorge Morales, Roberto Pineda Camacho, Javier Ocampo López, et al. · Página 931 cita
[8]anónimo, eran producto del trabajo indígena sometido. Sin embargo, Balboa dejó, como caso excepcional, que los indígenas convivieran en la ciudad con los es- pañoles. Así era más difícil que grupos rebeldes ata- caran Santa María la Antigua, por temor a matar a coterráneos suyos. Los éxitos militares de Balboa, a…
p. 93
08Guerra propia, guerra ajena. Conflictos armados y reconstrucción identitaria en los Andes colombianos. El Movimiento Armado Quintín LameDaniel Ricardo Peñaranda Supelano · 2015 · Página 1061 cita
[9]La evolución de esta enorme y poderosa región hasta finales del siglo XIX estuvo determinada por los ciclos de la producción minera en sus zonas de influencia y por el desa- rrollo de las haciendas, basado en el trabajo de la mano de obra esclava. El poder y la riqueza que alcanzó a acumular hicieron de Popayán y de…
p. 106
09Colombia: las razones de la guerraJorge Orlando Melo González · 2021 · Página 301 cita
[10]argumento de que no era necesario tener tantos “miramientos” con Sagipa, como con un cristiano. Lo que es claro es que los participantes no dudaban del derecho a aplicar toda la violencia al cacique para obligarlo a entregar sus tesoros. Esta confianza ya no aparece, por ejemplo, en Pedro Simón, que escribía casi 100…
p. 30
10Gran Enciclopedia de Colombia - Geografía 2Alfonso Pérez Preciado (Dirección académica y textos); Fernando Wills Franco (Dirección de proyecto); Camilo Calderón Schrader, Alberto Ramírez Santos (Coordinación editorial) · 2007 · Página 2291 cita
[11]desconcertantes. Siguiendo el curso del rio, nuevas tribus y nuevos régulos, hasta llegar a los dominios de un Cid cobrizo, incansable y denodado: Calarca, comparable a Caupolican, Cuau- htémoc, Atahualpa o Lautaro. Al frente de sus pijaos dio a los hombres barbados que manejaban el rayo y se desdo- blaban en hombre y…
p. 229
11Aproximaciones a la historia del Derecho en ColombiaLuis Freddyur Tovar, Beatriz Eugenia Salamanca Charria, Carlos Andrés Delvasto Perdomo, Carlos Andrés Echeverry Restrepo, Francesco Zappalá Sastoque, Iván Alberto Díaz Gutiérrez · 2014 · Página 2831 cita
[13]para resistir. España administraba sus colonias a través de un sistema legal y magistrados equivalentes a los propios. Adicionalmente, se trataba de un gobierno de jueces, donde cada oficial delegado ejercía funciones jurisdiccionales de una u otra manera 7. La costumbre y la equidad jugaron un papel crucial en los…
p. 283
12Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · Página 391 cita
[14]acciones de la comunidad eran regidas y supervisadas por el Cabildo, pero sus contrapartes, la Real Audiencia y sus oidores, se reservaron la legislación sobre temáticas centrales y primordiales para el funcionamiento económico de la ciudad: Tasación de los tributos indígenas.. Legislación sobre encomienda..…
p. 39
13Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Página 481 cita
[15]sonal, aunque pagaban impuestos al comercio o a la producci ó n minera (quinto, que se redujo a menos de 5% en pocos a ñ os) y agr í cola (diezmo para sostener la Iglesia). Con estas reformas, desde 1550 existi ó una autoridad local en todo el territorio y hubo un esfuerzo persistente por someter a los EL…
p. 48
14Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · Página 131 cita
[16]y los resguardos, para organizar la producción agrícola de autoabaste- cimiento, así como la mita, para la extracción del oro y otros metales preciosos. La encomienda La encomienda fue una institución que se caracterizó por el poder otorgado por la Corona a un hidal- go, quien ejercía el control, cuida- do y…
p. 13
15¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · Página 341 cita
[17]de la tierra, se ha solido enseñar, se expresó mediante diferentes instituciones: una fue la encomienda, donde un grupo indígena era obligado a trabajar para un español -el encomendero- que lo recibía en recompensa por su participación en la Conquista, a cambio de no separarlo y garantizar su conversión al…
p. 34
16Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · Página 3991 cita
[18]la,<ibula de la cruzada». Sus cuentas y los envíos a España figuraban por separado de las rentas llamadas ordinarias o anti guas rentas (quintos, tributos, diezmos, etc.). Para los gastos de la adminis- 48 AGI. Cont. L. 1353. 49 Ibid. L. 1548. 50 AGI. Santa Fe L. 17 r. 2 Doc. 51 f. 2 v. Cont. L. 1294 A y 1294 B. Las…
p. 399
17Historia doble de la Costa. Tomo 1: Mompox y LobaOrlando Fals Borda · 2002 · Página 1031 cita
[19]cimarrón; otros se quedaron donde habita- ban, pero actuando como espías en apoyo de Bioho. El palenque de Matuna creció a tal punto que debió darse una organización social y política formal: Bioho fue proclamado " r e y del arcabuco" y la gente eligió en cabildo a sus propias autoridades según mérito y servicio.…
p. 103
18Resistencia en el San JorgeOrlando Fals Borda · 2002 · Página 851 cita
[20]y caña de azúcar, hasta cuando los expulsaron a la fuerza los blancos de Corozal. Por lo mismo, había espacio para los corra- les y chiqueros del padre Gaicano''. " S e g u r a m e n t e —replica M a n e —. El mismo padre debió llevar después los primeros caballos, mulos y asnos. ¿Cómo se- ría la cosa entre las burras…
p. 85
19The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · Página 2721 cita
[21]descendants of cimarrones, people who won their freedom by escape. They express pride in that past, especially through the heroic symbol of Benkos Biohó, the most famous leader of the communi- ties that later coalesced to become known as Palenke, where there is now a statue in his honor. Colombia’s palenques have…
p. 272
20Historia de la religión en Colombia, 1510-2021José David Cortés Guerrero · 2022 · Página 61 cita
[22]a un judaizante; el segundo, de aquellas que podrían delatar a un mahometano; el tercero se refería a los luteranos; el cuarto, a los alumbrados, secta mística desarrollada en España en el siglo; el quinto, a otras herejías, como blasfemias, brujerías y XVI satanismo; el sexto, a delitos sexuales, como la prostitución…
p. 6
21Las mujeres en la historia de Colombia. Tomo II: Mujeres y SociedadMagdala Velásquez Toro (dirección académica), Catalina Reyes Cárdenas, Pablo Rodríguez Jiménez · 1995 · Página 1561 cita
[23]detentan el poder y, por consiguiente, tienen los pocos puestos públi- cos que la ciudad requiere; además, ejercen el comercio. Del otro lado se encuentran los negros, llegados como es- clavos y poseedores de fuerza de trabajo, y en menor esca- la, los indios. La Cartagena del siglo xvii es una pequeña ciudad con una…
p. 156
22Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader · 2002 · Página 2252 citas
[24]década de 1530, época de gran actividad fundacional. A este período pertenecen las funda- ciones de los núcleos que alcanzarán una catego- ría importante como centros administrativos, en su respectiva región, debido a la privilegiada situación de sus asentamientos, tales como Santafé de Bogotá, Tunja, Popayán y…
p. 225
[25]década de 1530, época de gran actividad fundacional. A este período pertenecen las funda- ciones de los núcleos que alcanzarán una catego- ría importante como centros administrativos, en su respectiva región, debido a la privilegiada situación de sus asentamientos, tales como Santafé de Bogotá, Tunja, Popayán y…
p. 225
23Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Página 731 cita
[26]Les- mes de Espinosa, con los indígenas de Vélez, Mu- zo y La Palma, en 1617, y en Cartago y Anserma en 1627; Herrera Campuzano, en Antioquia, en 1614; y Rodríguez de San Isidro en 1637, en el Valle del Cauca. Sin embargo, la época en que se hicieron ma- yor número de fundaciones fue en el siglo si- guiente, el XVII;…
p. 73
24Tierras. Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento históricoAlejandro Reyes Posada · 2018 · Página 171 cita
[27]CNMH, 2016, página 47), pues ya se apreciaba entre 1590 y 1620, como resul- tado de la política de composiciones de tierras al mejor postor, que la Corona española empleó para titular las tierras llamadas realengas, o del rey de España, y que originó el régimen de las haciendas, concebidas como un sistema social,…
p. 17