Benkos Biohó
Africano de las islas Bijagós esclavizado en el Nuevo Reino de Granada, Benkos Biohó fundó el palenque de Matuna en los Montes de María y obligó al gobernador de Cartagena a reconocer de facto el primer territorio libre de América, siendo ejecutado por traición en 1621.
- 1580Llegada a Cartagena de Indias — Biohó fue traído como esclavizado desde las islas Bijagós (Alta Guinea) al puerto de Cartagena, el mayor nodo negrero de América en ese período, con más de 110.000 esclavos registrados entre 1580 y 1640. Fue destinado a las bogas del río Magdalena.
- 1600Fuga y fundación del palenque de Matuna — Biohó escapó de la esclavitud y organizó grupos de negros cimarrones en los pantanos de Matuna, en los Montes de María. Allí fue proclamado 'rey del arcabuco' y la comunidad eligió en cabildo sus propias autoridades según mérito y servicio, constituyendo una organización política formal.
- 1605Primera acción militar registrada: el hatillo de Jegua — En Semana Santa de 1605, Biohó al mando de cimarrones armados se presentó en el hatillo del padre Gaicano en Jegua, despojándolo. Había anunciado su llegada alegando motivos religiosos. Desde ese momento el palenque de Matuna dejó de ser un problema de policía y se convirtió en un problema de guerra.
- 1610Paz forzada con el gobernador colonial — Agotadas las municiones y negándose los hacendados a seguir financiando las campañas militares, el gobernador negoció una paz frágil con Biohó bajo la condición de que el palenque no recibiera más negros huidos. Fue el primer reconocimiento de facto de un territorio libre en América.
- 1619Intento de envenenamiento y declaración de libertad de algunos cimarrones — Tras el pacto, los españoles intentaron eliminar a Biohó con tabaco molido con arsénico y vino emponzoñado, sin éxito. Ese mismo año, algunos grupos de cimarrones fueron declarados libres y se les facilitaron tierras, mostrando que la respuesta colonial osciló entre la concesión y el exterminio.
- 1621Captura por traición y ejecución en Cartagena — Al acercarse a la Puerta del Predio de la muralla cartagenera en un momento de descuido, Biohó fue sorprendido por la guardia mediante traición. Fue capturado y ejecutado públicamente por las autoridades coloniales. El cronista fray Pedro Simón sitúa el hecho en 1619; otras fuentes lo fechan en 1621.
Benkos Biohó
En los pantanos de Matuna, entre ciénagas y arcabucos del Caribe colombiano, un hombre africano proclamado rey obligó al gobernador de Cartagena de Indias a sentarse a negociar. Corría la primera década del siglo XVII y la Corona española, dueña por derecho de conquista de una porción vasta del continente, no tenía municiones ni ánimo para seguir peleando contra los negros huidos. Benkos Biohó —secuestrado en la costa de la Alta Guinea, esclavizado en las minas y bogas del Nuevo Reino de Granada, fugado hacia los montes— convirtió la fuga en política. Lo que consiguió no fue solo un refugio: fue el primer reconocimiento de facto de un territorio libre en América, arrancado por agotamiento militar al aparato colonial. La Corona, que lo entendió mejor que nadie, no le perdonó el precedente: en 1621, capturado por traición al acercarse a la Puerta del Predio, fue ejecutado por las autoridades cartageneras. Su nombre, sin embargo, se anudaría al de San Basilio de Palenque, hoy patrimonio inmaterial de la humanidad, y a la memoria política de la afrocolombianidad.
De las islas Bijagós al puerto negrero de Cartagena
El nombre de Biohó lleva escrita su procedencia. En la costa de la Alta Guinea, entre los ríos Casamance y Geba —hoy repartidos entre Senegal y Guinea-Bisáu—, un archipiélago de islas bajas y arboladas se conocía como reino de Bioho o de los Bijagós. De allí procedía el hombre que la historiografía colombiana ha registrado como Benkos, y allí se pierde el rastro de una vida anterior de la que solo sobrevive un nombre africano que resistió a la nomenclatura bautismal impuesta en el puerto de llegada.
Los mercaderes de la trata operaban sobre un largo tramo del litoral africano —entre la desembocadura del río Senegal y Benguela, en la actual Angola— salpicado de factorías europeas donde se compraba, marcaba y embarcaba a los cautivos. Los agentes europeos habían producido sobre esa costa una información especializada —nombres de pueblos, rutas, precios, resistencias— que sostenía la maquinaria comercial. Bajo la etiqueta genérica de "mandingas" cabían pueblos malinkés del valle de Gambia y, por extensión abusiva, cualquier habitante entre Gambia, el norte del actual Ghana y el Alto Volta. Los "bambaras" venían del interior de Senegambia; los "cetres", de lo que hoy es Liberia; los "cotocolís", del hinterland del golfo de Benín. Junto a esas designaciones, los bijagós de las islas costeras engrosaron los cargamentos que atravesaban el Atlántico.
El destino más frecuente de esos barcos, en el arco americano, tenía nombre propio: Cartagena de Indias. Entre 1580 y 1640 —el período de mayor esplendor negrero del puerto— entraron por Cartagena, bajo registro formal, no menos de 110.000 esclavos, cifra que ningún otro puerto del Caribe o del Brasil igualó en ese mismo período. Cálculos más amplios sitúan en unos 196.000 los africanos ingresados por Cartagena en ese lapso, sobre un total aproximado de 600.000 llegados a los puertos americanos bajo dominio español. Al Nuevo Reino de Granada le correspondió alrededor del 22% de esa porción —cerca de 350.000 esclavos en toda la era colonial—; el historiador Hermes Tovar calcula no menos de un cuarto de millón entre 1550 y 1792, a razón de 823 esclavos por año.
Ninguna de esas cifras es inocente. El colapso demográfico de las poblaciones indígenas del Caribe colombiano, aniquiladas por la violencia y las enfermedades europeas, dejó a los explotadores españoles sin la mano de obra que necesitaban para los transportes fluviales, las minas, las haciendas agroganaderas y el servicio urbano. La Corona respondió autorizando la introducción de africanos esclavizados y regulándola mediante los "asientos", contratos que concedían el monopolio de abastecimiento a particulares. Junto al comercio legal creció el contrabando, tolerado con generosidad por los funcionarios locales: en 1589, el presidente González comprobó que las autoridades de Cartagena se mostraban "más que complacientes" con navíos incapaces de justificar sus licencias.
A ese puerto llegó Benkos Biohó, en fecha imprecisa de finales del siglo XVI. Cartagena funcionaba como nodo redistribuidor: desde allí, los factores de los asientos traspasaban lotes de esclavos a comerciantes que los conducían por los ríos hacia las minas de Popayán, hacia el Alto Perú, hacia Buenos Aires o hacia las islas del Caribe. Biohó fue empleado en las bogas del río Magdalena, la penosa navegación a remo que unía la costa con el interior del virreinato. Es en esa geografía —de champanes, arcabucos ribereños, hatos ganaderos y ciénagas— donde su historia deja de ser la de un cautivo entre miles y comienza a ser la de un actor histórico con nombre.
La fuga, Matuna y el rey del arcabuco
El cimarronaje —la fuga hacia los montes— era la respuesta más antigua y más elemental de los esclavizados al régimen que los sometía. En el Caribe colombiano, la geografía favorecía la huida: los Montes de María, las ciénagas de la depresión momposina, las vegas de los ríos San Jorge y Cauca, los pantanos de Matuna ofrecían un refugio denso, insalubre para los perseguidores, transitable solo para quien conociera sus veredas. Los cimarrones se agrupaban allí en palenques: caseríos fortificados y clandestinos, mitad refugio y mitad plaza de armas.
Benkos Biohó rompió con la lógica dispersa del cimarrón individual. Fugado con un grupo de compañeros, estableció el palenque de Matuna en la zona pantanosa de los Montes de María, y desde allí articuló una red de resistencia que se extendió a Tierradentro —la región del actual departamento del Atlántico—, a la depresión momposina y a las vegas de los ríos San Jorge y Cauca. Matuna no fue un escondite: fue una capital. En su interior se constituyó una organización política formal. Biohó fue proclamado rey del arcabuco, y bajo su autoridad la comunidad eligió en cabildo a sus propias autoridades, escogidas por mérito y servicio. El vocabulario español para nombrar aquello es revelador: "rey", "cabildo", categorías tomadas del propio orden colonial pero puestas al servicio de un poder que le disputaba a la Corona su monopolio.
La influencia del palenque desbordaba lo militar. Un zaurín —curandero, mediador con lo sagrado— asentado en Matuna atraía enfermos que llegaban desde localidades tan lejanas como el fuerte de Tenerife, en el bajo Magdalena. La palabra de Biohó circulaba, y con ella la idea de que existía, cerca de Cartagena, un espacio donde los negros no eran mercancía.
La primera acción militar registrada por los cronistas es de 1605. Fray Pedro Simón consigna que en Semana Santa de ese año Biohó se presentó al mando de un grupo de cimarrones armados en el hatillo del padre Gaicano, en el paraje de Jegua, y lo despojó. Había anunciado su llegada alegando motivos religiosos, un gesto que refleja tanto astucia táctica como el uso deliberado de códigos del enemigo. Desde ese momento, el palenque de Matuna dejó de ser un problema de policía y se convirtió en un problema de guerra.
Las autoridades coloniales respondieron con expediciones sucesivas que no lograron someterlo. La geografía era hostil, los cimarrones conocían el terreno, y —factor decisivo— el aparato militar de Cartagena empezaba a mostrar las grietas que terminarían por doblegarlo. Los hacendados y dueños de esclavos, obligados por la Corona a financiar mediante contribuciones de guerra las campañas contra los palenques, se cansaron de pagar por una guerra que no ganaban. Al gobernador se le agotaron las municiones, las ganas y el dinero.
La paz forzada: el primer territorio libre
Fue esa quiebra fiscal y militar del aparato colonial, más que ninguna victoria épica en campo abierto, la que abrió la posibilidad de la negociación. Los cimarrones no tomaron Cartagena; los españoles no tomaron Matuna. En ese punto muerto, Biohó impuso las condiciones. El gobernador aceptó pactar una paz frágil bajo una sola exigencia: que el palenque no recibiera más negros huidos. Los cimarrones podrían seguir en Matuna, con su rey y su cabildo, siempre que no siguieran drenando la fuerza de trabajo de las haciendas.
El significado de aquel acuerdo escapa a la letra de sus cláusulas. Por primera vez en la historia americana, un funcionario de la Corona reconocía —de hecho, aunque nunca de derecho— la existencia autónoma de una comunidad de africanos fugados. La Corona no cedió soberanía sobre papel; cedió realidad. Matuna existía, tenía rey, tenía cabildo, tenía territorio, y el gobernador debía tratarla como se trata a un vecino incómodo y no como se trata a una banda de fugitivos. La condición de no admitir nuevos cimarrones era, en el fondo, un reconocimiento invertido: solo se pide contención de fronteras a quien tiene fronteras.
La grandeza estratégica de Biohó fue haber convertido la fuga —acto individual, defensivo, precario— en política pactada. No pidió libertad para sí mismo: la había tomado. Obligó al poder colonial a admitirla. En la historia larga del cimarronaje americano, aquello era un salto cualitativo.
Pero la Corona no era ingenua, y tampoco fiel. Casi inmediatamente después de firmada la paz, los españoles intentaron eliminar a Biohó por medios que no requerían declarar una nueva guerra: tabaco molido con arsénico, vino emponzoñado. El veneno no dio resultado. Al mismo tiempo, las expediciones militares contra los otros palenques que habían surgido en Tierradentro, la depresión momposina y las vegas del San Jorge y el Cauca no cesaron: la paz con Matuna no significó paz con el cimarronaje. En 1619, algunos grupos de cimarrones fueron declarados libres y se les facilitaron tierras para laborar; la respuesta colonial osciló, a lo largo de todo el siglo XVII, entre la concesión puntual y la voluntad de exterminio.
Biohó, mientras tanto, había cometido —o cometía— un exceso propio de su nueva condición: circulaba por Cartagena. Rey del arcabuco, entraba a la ciudad amurallada como quien visita una capital vecina. Esa confianza sería su perdición.
La Puerta del Predio, 1621
Los cronistas discrepan sobre la fecha. Fray Pedro Simón sitúa la captura en 1619; Orlando Fals Borda, siguiendo otras fuentes, la fecha en 1621. Coinciden en el lugar y en el mecanismo. Una noche —de descuido, precisan las crónicas— Benkos Biohó se acercó a la Puerta del Predio, uno de los accesos de la muralla cartagenera, y fue sorprendido por la guardia. La palabra que atraviesa los relatos es traición: alguien le tendió la trampa, alguien avisó a los soldados, alguien vendió el itinerario. Los nombres exactos no llegaron al archivo, o el archivo no los conservó.
La ejecución siguió al arresto sin dilación mayor. Las autoridades coloniales lo mataron públicamente en Cartagena. El gesto tenía dos destinatarios simultáneos, y solo entendiendo esa doble dirección se comprende por qué el gobernador se saltó el pacto que él mismo había firmado. El primer destinatario era el propio palenque de Matuna: decapitar la resistencia arrebatándole al rey. El segundo, más importante, era la población esclavizada de la ciudad. Cartagena era una plaza de miles de esclavos urbanos —bogas, sirvientes, artesanos, cargadores del puerto— que veían circular a Biohó por sus calles como prueba viviente de que la libertad negociada era posible. La ejecución en la plaza pública les recordaba lo contrario: que la Corona podía firmar y podía romper, y que la soga esperaba al final del arcabuco.
Lo que la Corona suprimió con aquella muerte no fue una amenaza militar inmediata —Matuna llevaba años en frágil paz y no había vuelto a atacar hatillos— sino un precedente jurídico-político que empezaba a cristalizar. Si Matuna quedaba como territorio pactado con rey propio, otros palenques exigirían lo mismo. Y otros, en efecto, lo exigirían: pero tendrían que hacerlo sin Biohó, y por otras vías.
La red: figuras y geografías del entorno cimarrón
La historia de Biohó es una historia de individuos, pero también de un tejido humano y geográfico que la memoria posterior recogió con nombres. En torno al rey del arcabuco aparecen su esposa Wolodá, su hija Orika y Sancho Biohó, figuras que la tradición ha preservado como núcleo familiar y político del palenque. Sus contornos biográficos son escasos, pero su presencia recuerda que Matuna no fue un cuartel de hombres solos: fue una comunidad con familias, con transmisión generacional, con vida cotidiana.
Del lado colonial, los gobernadores Gerónimo de Suazo y Casasola y Diego Fernández de Velasco ocuparon el poder cartagenero durante los años clave del enfrentamiento y la negociación con Matuna. Fueron ellos, o sus lugartenientes, quienes debieron admitir la paz frágil, tolerar la circulación de Biohó por la ciudad y, finalmente, aprovechar la traición nocturna en la Puerta del Predio. Juan Gómez aparece en algunos registros como oficial vinculado a las acciones contra los palenques.
En paralelo, Cartagena era también el escenario de otra respuesta europea al drama de la esclavitud. El jesuita Alonso de Sandoval publicó en 1627 su tratado De instauranda Aethiopum salute, primer intento serio en la América hispana de examinar la condición de los africanos esclavizados. Su discípulo, Pedro Claver, dedicó su vida al ministerio entre los recién llegados de los barcos negreros y sería más tarde canonizado como patrono de los esclavos. Ni Sandoval ni Claver cuestionaron frontalmente la institución de la esclavitud; su acción se movía en el registro de la caridad y la salvación de las almas, no en el de la abolición. Biohó representaba una respuesta radicalmente distinta, política y no caritativa: no se trataba de aliviar la condición del esclavo sino de dejar de serlo por la fuerza propia. La coincidencia cronológica entre el ministerio de Claver y la ejecución de Biohó en la misma ciudad es una de esas simetrías crueles que la historia dispone sin proponérselas.
Geográficamente, la red se extendía desde los Montes de María y la Sierra de la María hacia el interior. Tolú, sobre la costa, servía de referencia costera; los ríos Magdalena y Cauca eran a la vez rutas de la trata y corredores de fuga. La depresión momposina, con sus ciénagas y sus islotes, alojaba palenques cuya organización copiaba las formas cabildarias de Matuna. La influencia política de Biohó dejó una plantilla organizativa que se replicó en la zona de Loba y Mompox.
Después de Biohó: los palenques del siglo XVII y la paz de San Basilio
La ejecución de 1621 no cerró el cimarronaje; le quitó su figura más visible. Los palenques siguieron multiplicándose. Las autoridades coloniales continuaron activamente tratando de destruir los que surgían en Tierradentro, en la depresión momposina y en las vegas del San Jorge y el Cauca. Las relaciones con esos palenques oscilaron, a lo largo del siglo XVII, entre la guerra abierta y el entendimiento negociado, y a fines de ese siglo la Corona llegó a ordenar el exterminio total de los palenqueros —una radicalización que fracasó por las mismas razones estructurales que habían llevado a la paz con Matuna: costes militares, resistencia fiscal de los hacendados, geografía impenetrable.
Fue en ese entorno donde tomó forma la comunidad que hoy conocemos como San Basilio de Palenque. Su origen, como el de tantos palenques caribeños, se remonta a comienzos del siglo XVII y creció rápidamente con el aumento de fugas desde Cartagena y sus haciendas. Los cimarrones de San Basilio defendieron su libertad con violencia sostenida, matando a varios de sus antiguos amos y a miembros de expediciones enviadas para reducirlos de nuevo a la esclavitud. La respuesta española, a lo largo de décadas, no consiguió aniquilarlos.
La institucionalización llegó por vía de capitulación negociada. Mediada por el obispo Casiani, las autoridades coloniales acordaron con los cimarrones el establecimiento de la población en la falda de la montaña de María, bajo condiciones que reconocían de derecho lo que la fuerza había impuesto de hecho. Fue San Basilio, no Matuna, el que obtuvo el reconocimiento legal duradero. Y fue el sacerdote la autoridad reconocida ante la Corona, aunque ello no excluyera la vigencia interna de formas propias de gobierno heredadas del cabildo cimarrón.
La distinción, planteada con precisión por Fals Borda, importa: Biohó fundó Matuna, no San Basilio. La confusión posterior entre ambos palenques ha nutrido la mitografía nacional, pero desatiende una cronología decisiva. Lo que Biohó inauguró en Matuna —la lógica de forzar la negociación demostrando que el coste de reprimir superaba el de conceder— fue el modelo político que décadas más tarde permitió la capitulación de San Basilio. Biohó no consolidó un territorio libre que le sobreviviera con su nombre; consolidó una gramática de resistencia que otros aplicaron.
En la década de 1770, los pantanos de Matuna y la Sierra de María seguían albergando pequeños grupos de esclavos fugitivos que vivían de la pesca, de cultivos menores y del hostigamiento a haciendas vecinas, pero ya sin el estatus de comunidad autónoma que Matuna había tenido en tiempos de Biohó. San Basilio, en cambio, mantenía su reconocimiento. El testimonio del funcionario Antonio de la Torre en esos mismos años registra que algunos palenques de la región hostigaban haciendas y sostenían costumbres contrarias al canon católico, tensión permanente entre autonomía cimarrona y orden colonial.
El fenómeno palenquero, por lo demás, excedía con mucho el Caribe. En 1576, el pirata inglés Oxenham había desembarcado en el Darién y establecido alianzas con cimarrones locales, prueba temprana de que las comunidades negras huidas podían ser interlocutoras políticas para actores externos al imperio español. En la serranía entre Pasto y Popayán, el palenque de El Castigo resistió hasta ser derrotado en 1745 por una expedición al mando de Juan Álvarez Uría y Tomás Hurtado, tras haber rechazado en 1732 una oferta de reducción pacífica por parte de la Real Audiencia de Quito. En el Valle del Cauca, los palenques mantuvieron relaciones habitualmente violentas con las haciendas vecinas, con excepciones armónicas como Amaime y El Bolo. En La Guajira, la tradición oral de comunidades como Tabaco, Roche, Manantial, Patilla y Chancleta remonta su fundación hacia 1780, cuando negros esclavizados se liberaron por las armas y se asentaron siguiendo el curso de ríos y arroyos.
Cada uno de estos episodios reproduce, con variaciones, la ecuación que Biohó había planteado por primera vez en Matuna: fuga colectiva, organización política, resistencia militar, y —cuando la Corona claudicaba— negociación de la autonomía.
La huella: de Matuna a la UNESCO
De Benkos Biohó no queda tumba conocida. Su cuerpo, ejecutado en la Cartagena de 1621, se perdió en la mecánica ordinaria del castigo colonial. Lo que quedó fue el nombre, y el nombre se anudó al lugar que él no fundó pero que su modelo hizo posible: San Basilio de Palenque, en las estribaciones de los Montes de María, a poco más de cincuenta kilómetros de Cartagena.
San Basilio conservó lo que ningún otro palenque colombiano conservó con esa integridad: una lengua propia —el palenquero, criollo de base española con sustrato africano, único en América—, un sistema ritual y musical distintivo, formas de organización comunitaria que se sostienen hasta hoy en el Consejo Comunitario Ma Kankamaná. Sus habitantes se reconocen expresamente como descendientes de cimarrones y expresan orgullo en ese pasado a través del símbolo heroico de Benkos Biohó, cuya estatua preside la plaza principal del pueblo con los brazos alzados y las cadenas rotas.
El censo colombiano contemporáneo reconoce una categoría de autoidentificación étnica "palenquera", distinta de la afrodescendiente general y, por supuesto, de la mestiza mayoritaria. Es una de las varias identidades étnicas diferenciadas que en conjunto representan cerca del 14% de la población colombiana. Que exista una casilla censal específica para los descendientes de un palenque de cimarrones es, en sí mismo, una consecuencia tardía de la política que Biohó inauguró: la afirmación de una autonomía que el Estado terminó por reconocer nominalmente.
En 2005, la UNESCO declaró el Espacio Cultural de San Basilio de Palenque Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. La inscripción, formulada en el lenguaje de los organismos internacionales, consagra lo que la Corona española nunca quiso admitir por escrito: que aquella comunidad tenía una cultura propia digna de protección, no una desviación tolerada del orden colonial. La memoria de Biohó atraviesa toda la argumentación patrimonial, aunque él no fundara San Basilio: la figura heroica se ha vuelto el eje simbólico de la afrocolombianidad como categoría política.
La huella, sin embargo, no ha sido pacífica en el tiempo largo. En 2001, la vereda La Bonga, cuyos habitantes tenían vínculos directos con San Basilio y estaban vinculados al Consejo Comunitario Ma Kankamaná, sufrió desplazamiento forzoso en el contexto de la violencia paramilitar que asoló los Montes de María a comienzos del siglo XXI. El testimonio recogido por la Comisión de la Verdad da cuenta de una comunidad palenquera arrancada de nuevo de su tierra, cuatro siglos después de la fuga original de Biohó, por actores armados que reproducían —con otra retórica y otras banderas— la lógica de despojo territorial contra la que los cimarrones habían levantado sus estacadas.
Que la comunidad de San Basilio haya sobrevivido a esa violencia y siga hoy hablando palenquero, tocando tambor y reclamando a Biohó como padre fundador simbólico es, quizás, la respuesta más elocuente al gesto de la Corona en 1621. La Puerta del Predio quiso cerrar un precedente. No lo consiguió. El rey del arcabuco entró en la ciudad amurallada por última vez aquella noche, y por eso mismo nunca dejó de entrar en la historia colombiana: cada vez que un palenquero se nombra a sí mismo, cada vez que un tambor suena en San Basilio, cada vez que el censo pregunta y alguien contesta que es palenquero, la ejecución de 1621 pierde una pulgada más de su eficacia.
Biohó no fundó San Basilio, ni consolidó Matuna como territorio libre perdurable. Hizo algo distinto, y quizás mayor: demostró, en las ciénagas de los Montes de María, que la libertad podía negociarse desde la fuga; que un aparato imperial podía ser forzado a firmar; y que un rey africano, coronado por su gente en un cabildo del arcabuco, podía obligar al gobernador de Cartagena a admitir —aunque fuera durante unos años frágiles, aunque fuera con veneno preparado en la sombra— que la esclavitud tenía límites. Es el punto de partida de una historia política que todavía continúa.