Ensayo · Colonia · 1600–1780
El Tribunal del Santo Oficio de Cartagena de Indias
El Tribunal del Santo Oficio de Cartagena (1610–1821), emplazado en el mayor puerto negrero de América, persiguió luteranos flamencos, hechiceras mulatas y judaizantes portugueses con una lógica más próxima a la vigilancia de una frontera atlántica que a la defensa doctrinal del Concilio de Trento. Determinar si fue un guardián de la ortodoxia o un dispositivo geopolítico y racial obliga a reescribir el orden colonial neogranadino.
Orientación para entrar
La respuesta en breve
El tribunal cartagenero fue estructuralmente distinto de las inquisiciones andina y novohispana: su emplazamiento en el principal puerto negrero de América (más de 110.000 esclavos registrados entre 1580 y 1640) y en la frontera del Caribe protestante determinó que su lógica fuera geopolítica y racial antes que doctrinal. Los 82 procesados por reformismo llegaban por mar como corsarios o contrabandistas, no como comunidades heterodoxas arraigadas; la persecución de hechicería afrodescendiente corrió en paralelo con la historia del cimarronaje, y la orden del Consejo General de 1691 —'trato benigno sin imposición de penas' para atraer a los cimarrones de los palenques— reveló que la ortodoxia era el lenguaje pero la seguridad imperial el objetivo. La severidad penal diferencial contra afrodescendientes (azotes de 100 o 200 latigazos frente a penas más leves para libres de etnias mixtas) y la persecución de redes interétnicas femeninas de hechicería respondían al pánico ante el mestizaje cultural, no a una doctrina universal. Finalmente, la economía portuaria de Cartagena hacía estructuralmente imposible el cierre ideológico: los mismos circuitos atlánticos que traían esclavos y mercancías circulaban libros prohibidos, evidenciando los límites reales del control inquisitorial.
La posición tradicional sostiene la continuidad doctrinal: el tribunal aplicó los mismos edictos de fe, los mismos siete capítulos de delitos y la misma teología del pacto demoníaco que regían en Sevilla, por lo que la hechicería afrodescendiente no sería sino una variante americana de categorías ya tipificadas en Europa. La posición revisionista desplaza el eje: la concentración en la persecución de luteranos se explica por el carácter portuario antes que por disidencia interna; la benevolencia de 1691 con los idólatras africanos fue una concesión arrancada por la presión armada del marronaje, no un gesto teológico; y el traslado de jurisdicción al Real Protomedicato en 1721 fue una reconfiguración del control, no una secularización ilustrada. Una tercera línea, transversal, atiende al género y al pánico racial: la severidad contra mujeres negras y mulatas acusadas de brujería perseguía las alianzas interétnicas femeninas que invertían el orden colonial, y la culpabilidad por 'elección voluntaria' introducía una categoría de autonomía jurídica negada en todos los demás terrenos. El nudo sin resolver es si la 'benevolencia' con reos protestantes fue herramienta diplomática para convertir enemigos atlánticos en vasallos católicos —lo que la haría más instrumento de política exterior que tribunal represivo— o si fue simplemente la cara pragmática de un aparato cuya eficacia doctrinal siempre fue secundaria respecto a sus funciones de vigilancia imperial.
Ensayo completo
La lectura
¿Fue el Tribunal del Santo Oficio de Cartagena de Indias un guardián de la ortodoxia católica o un dispositivo geopolítico y racial del imperio español en el Caribe? De la respuesta depende cómo se lee el orden colonial mismo en la Nueva Granada.
Entre 1610 y 1821, un tribunal del Santo Oficio funcionó en la ciudad amurallada del Caribe neogranadino con jurisdicción sobre la Nueva Granada, Venezuela, Panamá, las Antillas hispanas y buena parte del litoral atlántico del imperio. Su fundación tardía —cuarenta años después de los tribunales de Lima y México— y su emplazamiento en el mayor puerto negrero de la América española no fueron accidentes administrativos: fijaron desde el origen la naturaleza de una institución que persiguió luteranos flamencos, hechiceras mulatas, judaizantes portugueses y cimarrones fugados con una lógica más próxima a la vigilancia de una frontera atlántica que a la defensa doctrinal del Concilio de Trento.
La pregunta y por qué importa
La imagen heredada del Santo Oficio, forjada en la memoria peninsular, es la de un tribunal doctrinal: guardián de la fe frente al hereje interno, prolongación americana de la Contrarreforma tridentina, brazo eclesiástico que perseguía la desviación religiosa como amenaza al alma cristiana. Desde esa perspectiva, el tribunal de Cartagena sería una filial más de una maquinaria uniforme: mismos edictos de fe, mismos siete capítulos de delitos —judaizantes, mahometanos, luteranos, alumbrados, otras herejías, delitos sexuales y libros prohibidos—, misma teología del pacto demoníaco, misma lógica procesal codificada desde Madrid.
Preguntar si esa lectura basta importa porque de la respuesta depende cómo se entiende el orden colonial mismo. Si el Santo Oficio de Cartagena fue esencialmente un tribunal doctrinal, la Nueva Granada participó de una economía imperial de la fe en la que las tres sedes americanas —Lima, México, Cartagena— cumplían funciones intercambiables. Pero si el tribunal cartagenero fue otra cosa —una institución de vigilancia atlántica frente al Caribe protestante y de contención racial frente al mundo afrodescendiente, con la doctrina como lenguaje pero no como motor—, entonces hay que reescribir buena parte de lo dicho sobre la Iglesia colonial, sobre el disciplinamiento racial temprano y sobre los límites reales del poder imperial español en su periferia húmeda. Y hay que mirar dos cosas al tiempo: la agenda que el tribunal se fijó a sí mismo y la que otros —cimarrones, contrabandistas, hechiceras, corsarios— le impusieron desde abajo.
Los términos del debate
Una primera posición, la más antigua, insiste en la continuidad doctrinal. El tribunal se instaló en 1610 con la misma normativa que regía en Sevilla, aplicó los mismos manuales inquisitoriales, organizó su actividad en torno a los mismos edictos de fe y procesó por las mismas categorías canónicas. La hechicería afrodescendiente entraba, así, en el capítulo de "otras herejías" —blasfemias, brujerías, satanismo— junto a formas ya tipificadas en el mundo europeo; el pacto con el demonio era el eje interpretativo, y los inquisidores cartageneros no hicieron más que aplicar categorías universales a materia americana. La Inquisición del Caribe sería, entonces, la Inquisición hispánica trasladada.
Una segunda posición, más reciente, desplaza el eje. Observa que la persecución de luteranos fue la categoría herética trabajada con más intensidad, y que esa concentración se explica por el carácter portuario y comercial de Cartagena antes que por una presencia significativa de disidencia religiosa interna. Observa también que los procesos contra afrodescendientes corrieron en paralelo con la historia del cimarronaje y del control racial más que con la del error dogmático. Y observa, finalmente, que el propio Consejo General de la Inquisición reconoció en 1691 que había que dar "trato benigno sin imposición de penas" a los sospechosos de idolatría africanos, no por piedad teológica sino para "atraer a los levantados en los palenques del distrito de la ciudad al catolicismo". El tribunal, leído así, fue un dispositivo de frontera: un aparato dedicado a filtrar el Atlántico protestante que se colaba por el puerto y a contener la religiosidad afro que amenazaba el orden esclavista.
Una tercera posición, transversal a las dos anteriores, atiende al género. La brujería que persiguió Cartagena fue mayoritariamente femenina, y su blanco privilegiado fueron las redes interétnicas de hechicería y magia amatoria en las que mujeres blancas y mestizas de la élite acudían a hechiceras negras y mulatas para resolver problemas amorosos e invertir simbólicamente el orden social de subordinación. Esas alianzas femeninas —construidas por debajo de la jerarquía racial y patriarcal— eran percibidas como amenaza doble, y la severidad procesal se explica menos por la doctrina que por el pánico ante el mestizaje cultural femenino en una ciudad multiétnica sin universidades ni imprentas, donde la mujer española y criolla vivía sometida a la autoridad total del padre y los hermanos.
La evidencia atlántica: reformistas y una ciudad de paso
Cartagena no fue elegida como sede inquisitorial por la densidad de su vida doctrinal —era, al contrario, una ciudad de bajo desarrollo cultural, sin universidades ni bibliotecas—, sino por su posición en la geografía del imperio. Era el puerto por donde entraban, entre 1580 y 1640, no menos de 110.000 esclavos registrados —cifra que la convirtió en el principal puerto negrero de América, por encima de cualquier otro del Caribe o de Brasil— y por donde circulaban las flotas, los galeones, los corsarios y los mercaderes de las potencias enemigas. En el asiento de Antonio Rodríguez Deivas, entre 1618 y 1624, el negocio esclavista dejó rentabilidades cercanas al 700%. En ese cruce, la vigilancia de la ortodoxia era inseparable de la vigilancia del enemigo geopolítico.
Los 82 procesados por reformismo a lo largo de la vida del tribunal traducen esa vocación fronteriza mejor que ninguna otra cifra. Ninguno de esos grupos tenía comunidad estable en la Nueva Granada; todos llegaban por mar, con la tripulación de un navío capturado, con un contrabandista holandés detenido en Portobelo, con un marinero inglés perdido en Santa Marta. El propio material inquisitorial registra que hugonotes, puritanos, judíos, luteranos y calvinistas combatían inicialmente a los españoles por ser católicos, pero que con el tiempo las motivaciones económicas fueron desplazando a las religiosas. La Inquisición cartagenera procesaba, bajo el lenguaje de la herejía, lo que era una guerra atlántica por rutas, mercados y monopolios. El hereje procesado era también el competidor comercial y el corsario enemigo. Su persecución fue menos una operación teológica que una aduana ideológica del capitalismo mercantil español frente a Curazao, Jamaica y las Antillas menores protestantes.
La presencia judaizante confirma la pauta. En el barrio de San Diego, en los Jagüeyes, cohabitaron judíos conversos —no plenamente convertidos— y esclavizados africanos: la geografía urbana de la sospecha coincidía con la geografía del comercio. La profesión médica, que en la España medieval había dado prestigio y lugar social a los conversos, facilitaba también la inserción americana; el caso del médico Juan Méndez Nieto, activo en Cartagena, ilustra cómo el saber terapéutico servía de vehículo para redes migratorias de largo aliento. Perseguir judaizantes en Cartagena no era perseguir una comunidad heterodoxa arraigada: era vigilar una diáspora atlántica portuguesa que se movía con el comercio.
La evidencia afrodescendiente: del pacto demoníaco al pánico racial
Si la persecución del hereje protestante mira hacia el mar, la persecución de la hechicería afrodescendiente mira hacia adentro, hacia el mundo esclavista que Cartagena distribuía. Los inquisidores no llegaron con una doctrina lista sobre religiosidad africana: la construyeron sobre la marcha, sistematizando un cuerpo disperso sobre brujería, articulándolo en torno al pacto con el demonio y situándolo dentro del nuevo orden social colonial. Esa construcción tuvo una novedad conceptual precisa: la mujer negra o mulata acusada de brujería era culpable no solo por su condición femenina —los "defectos inherentes" que la Iglesia atribuía a la mujer— sino por haber elegido libremente, por voluntad propia, ser bruja. Introducir la elección voluntaria como agravante era importar a un mundo esclavizado una categoría de autonomía jurídica que se le negaba en todos los demás terrenos.
El resultado fue una asimetría penal notoria. Las penas impuestas a los afrodescendientes fueron más violentas que las aplicadas a personas libres de etnias mixtas; en el siglo XVIII, ocho hombres de ascendencia africana recibieron sentencias de cien o doscientos azotes. Los cultos africanos, con su uso de hierbas, sus poderes curativos y sus ritos iniciáticos, fueron leídos sistemáticamente como pactos con el demonio, sin que los inquisidores admitieran la posibilidad de que respondieran a cosmovisiones propias distintas al marco cristiano. Los manuales determinaban de antemano el marco interpretativo: cualquier declaración del acusado se transcribía al lenguaje y los valores de la Iglesia, y cualquier manifestación cultural ajena se leía no como expresión de otra cultura sino como ataque al cristianismo.
Lo que este dispositivo perseguía, sin nombrarlo, era el mestizaje cultural femenino. Las redes de hechicería y magia amatoria conectaban a mujeres de élite blancas con hechiceras negras y mulatas, y esa conexión invertía momentáneamente el orden colonial: la señora dependía de la esclava, la blanca acudía a la negra, la subordinada patriarcal buscaba en la marginada racial una técnica de poder. Ante el tribunal, las mujeres negras inculpadas reaccionaron de manera diversa: algunas aprovecharon las acusaciones para seguir desplegando formas de terror simbólico contra los blancos, sosteniendo la imagen de la mujer negra como bruja temible; otras se sometieron voluntariamente. En ambos casos, lo que la Inquisición trataba de disolver no era un error doctrinal sino una alianza social peligrosa.
La evidencia del marronaje: 1691 y el trato benigno
La lógica geopolítica y racial del tribunal se muestra sobre todo cuando el Consejo General de la Inquisición retrocede. El 1 de marzo de 1691, Madrid ordenó a la Inquisición de Cartagena dar a los afrodescendientes sospechosos de idolatría "trato benigno sin imposición de penas", con el fin explícito de "atraer a los levantados en los palenques del distrito de la ciudad al catolicismo". La orden se produjo en un contexto marcado por los fracasos militares contra los cimarrones de la Sierra de la María, que habían evidenciado la gravedad del ataque armado negro sobre las haciendas y los caminos.
Esa fecha es el pivote de toda la interpretación. Cuando un tribunal renuncia a imponer penas doctrinales para desactivar una amenaza militar, revela su naturaleza: la ortodoxia era el lenguaje, pero la seguridad imperial era el objetivo. La benevolencia no procedía de una teología de la misericordia sino de un cálculo político. Y ese cálculo se hizo bajo presión: no fue una decisión libre del Consejo, fue una concesión arrancada por la capacidad armada del marronaje. Los palenques del Caribe neogranadino combinaban desde tiempo atrás la coexistencia pacífica y el trueque con episodios de conflicto armado, y esa doble gramática —fuerza y negociación— terminaría formalizándose en la capitulación de San Basilio con el obispo Antonio María Casiani. Cuando Madrid ordena en 1691 el trato benigno, reconoce que la conversión negociada era más eficaz que la persecución, y que los cimarrones ya habían impuesto los términos.
El giro de 1691 tuvo continuidad en 1721, cuando la jurisdicción sobre prácticas rituales y de curación no autorizadas pasó de la Inquisición al Real Protomedicato, tribunal médico secular. Los practicantes negros dejaron de ser juzgados como hechiceros y pasaron a serlo como curanderos no autorizados. Este segundo movimiento suele leerse como secularización ilustrada; lo es solo en la superficie. Fue, más bien, una reconfiguración del control: el imperio no dejó de vigilar la religiosidad afrodescendiente, la reclasificó como problema sanitario y administrativo. La caída drástica de procesados afrodescendientes en el siglo XVIII, frente a los cientos del XVII, no mide una tolerancia creciente: mide un desplazamiento de jurisdicciones.
La evidencia del contrabando: los límites del control ideológico
El séptimo capítulo de los edictos de fe prohibía tener o leer libros presentes en índices y edictos inquisitoriales, y el Consejo de Indias ejercía censura sobre las obras impresas y las licencias de circulación. Sobre el papel, el régimen colonial mantenía una fiscalización severa que —según sus propias normas— impedía toda manifestación de prensa y opinión pública. Ese aparato de censura, sumado al Santo Oficio, dibujaba una Colonia ideológicamente cerrada.
En la práctica, Cartagena era el peor lugar del imperio para cerrar nada. Puerto negrero mayor, plaza de galeones, escala de flotas y objetivo persistente de corsarios y contrabandistas holandeses, ingleses y franceses, la ciudad vivía de la porosidad. Los mismos barcos que traían esclavos traían libros; los mismos comerciantes que negociaban con Willemstad y Jamaica movían impresos; los mismos marineros que terminaban procesados como luteranos habían circulado por rutas donde la literatura reformada era mercancía corriente. La Inquisición podía procesar a un puñado de reformistas cada década, pero no podía cerrar el puerto sin cerrar la ciudad. La imagen de un control ideológico eficaz choca contra la economía misma que sostenía a Cartagena: una plaza cuya rentabilidad dependía de la circulación transatlántica no podía permitirse la clausura doctrinal que la norma prescribía.
Esa contradicción estructural marca el techo real del tribunal. La Iglesia colonial, atada al patronato regio que otorgaba a la Corona el derecho exclusivo de autorizar templos, presentar prelados y controlar clero secular y regular, actuaba como brazo del Estado; y el Estado necesitaba el comercio atlántico tanto como necesitaba la ortodoxia. Los altos dignatarios eclesiásticos, generalmente españoles, se relacionaban más estrechamente con el rey que con Roma, y las órdenes religiosas que dominaban la evangelización de la Nueva Granada mantenían frecuentes tensiones jurisdiccionales con arzobispos y obispos. En medio de ese engranaje, el Santo Oficio hacía lo que podía en un puerto que no podía dejar de comerciar.
La respuesta
El Tribunal de Cartagena fue ante todo un dispositivo de frontera imperial —vigilancia del Atlántico protestante hacia afuera, contención del mundo afrodescendiente hacia adentro— que operaba en el lenguaje de la ortodoxia doctrinal pero respondía a lógicas geopolíticas y raciales. El tribunal aplicó, sí, categorías teológicas, con manuales, edictos y procedimientos idénticos a los peninsulares; pero la selección de blancos, la intensidad de la persecución, la asimetría penal y los momentos de repliegue se explican mejor por la posición atlántica de Cartagena y por la composición racial de su hinterland esclavista que por el mapa doctrinal de la Contrarreforma.
Tres pruebas sostienen la lectura. Primera, la persecución de reformistas se concentró en un grupo —luteranos, calvinistas, hugonotes— que no formaba comunidad interna sino que llegaba por mar desde el Caribe protestante, y funcionó como aduana ideológica del comercio imperial más que como respuesta a una heterodoxia arraigada. Segunda, la persecución de la hechicería afrodescendiente construyó ad hoc, sobre categorías europeas de pacto demoníaco, un marco interpretativo que servía para criminalizar el mestizaje cultural femenino y sostener la jerarquía racial del orden esclavista; su severidad diferencial —azotes que no se aplicaban a acusadas blancas— traduce en penas físicas el pánico colonial a la mujer no blanca. Tercera, y decisiva, el retroceso institucional del tribunal —trato benigno en 1691, traslado de jurisdicción al Protomedicato en 1721— no vino de una evolución doctrinal sino de la presión armada del marronaje y de la necesidad imperial de convertir a los cimarrones antes que combatirlos indefinidamente.
De esa tercera prueba se sigue el matiz que impide leer al tribunal como aparato eficaz de dominación. La Inquisición cartagenera fue una institución cuya autoridad real se contrajo ante la resistencia estructural del mundo afro, ante la porosidad comercial del puerto y ante la propia lógica del imperio, que necesitaba vasallos católicos más que herejes ejecutados. La benevolencia inquisitorial con reos protestantes cumplía una función diplomática precisa: transformar enemigos atlánticos en súbditos del rey, incorporarlos por conversión al orden colonial y ganar por la vía sacramental lo que la guerra naval no aseguraba. La Inquisición de Cartagena fue, por eso, tanto herramienta de política exterior como aparato represivo.
Esta lectura también reordena la comparación con las otras dos sedes americanas. Lima y México procesaron doctrinas en sociedades con universidades, imprentas, órdenes religiosas poderosas y públicos letrados; Cartagena vigiló fronteras en una ciudad sin universidad, sin bibliotecas, sin producción intelectual propia. Las tres compartían normativa, pero no función. La Inquisición andina y la novohispana fueron tribunales doctrinales en capitales virreinales; la cartagenera fue un tribunal de frontera en un puerto negrero. Esa diferencia no es de matiz: es de naturaleza.
Lo que queda por pensar
La abolición del tribunal en 1821, con la Independencia, cerró la institución pero no la discusión sobre lo que fue. Quedan al menos cuatro frentes abiertos.
Las cifras gruesas están, pero falta reconstruir trayectorias individuales, proporciones por delito y la relación estadística entre acusación y condena. Y falta saber cuánto de la voz de los acusados sobrevive bajo la transcripción inquisitorial.
Cabe también preguntarse si la religiosidad afrodescendiente ya se había cristianizado en sus propios términos hacia comienzos del siglo XVIII. Si así fuera, la caída de procesos en ese siglo no se explicaría solo por el giro de 1691 y el traslado de 1721, sino porque el objeto mismo de la sospecha había dejado de ser legible como herejía. Esa hipótesis reordena el sentido de lo que llamamos modernidad católica temprana en la región.
Queda por reconstruir cómo dialogaba el Santo Oficio con las otras piezas del engranaje colonial —Audiencia, virreyes, obispos, órdenes religiosas, Real Protomedicato—. Las tensiones jurisdiccionales entre arzobispos y órdenes, la doble condición del rey como cabeza política y patrono eclesiástico, las prerrogativas de virreyes y gobernadores como vicepatronos condicionaron lo que la Inquisición podía y no podía hacer.
Queda, por último, la duda de si 1691 y 1721 fueron causas o síntomas. Quizá el tribunal ya se desgastaba por dinámicas más lentas —secularización borbónica, transformación de los saberes médicos, pérdida de centralidad del pacto demoníaco— que las dos fechas apenas cristalizaron. Aun si esa hipótesis prospera, no altera el núcleo del argumento: sea por presión del marronaje o por transformación estructural del imperio, el Santo Oficio de Cartagena terminó siendo lo que su fundación había prefigurado —una institución de frontera atlántica y de control racial que hablaba el idioma de la fe—, y su ocaso, como su origen, se explica mejor mirando el Caribe que mirando Trento.
Archivo documental
Documentos usados en esta lectura
24 documentos · 38 fragmentos de referencia01Historia de la religión en Colombia, 1510-2021José David Cortés Guerrero · 2022 · p. 1, 6, 103 fragmentos
[1]de los inquisidores. 17 EBSCOhost: eBook Collection (EBSCOhost) printed on 4/29/2025 8:23:33 PM UTC via UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. All use subject to https://www.ebsco.com/terms-of-use. 99 EBSCOhost: eBook Collection (EBSCOhost) printed on 4/29/2025 8:23:33 PM UTC via UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. All use subject to…
p. 10
[3]89 LA INQUISICIÓN EN LA NUEVA GRANADA Alberto José Campillo Pardo Introducción El devenir de las religiones es un aparte fascinante de la disciplina histórica, pues su estudio comprende no solo la cosmovisión y las creencias de una sociedad determinada, sino también una serie de instituciones y prácticas políticas y…
p. 1
[4]a un judaizante; el segundo, de aquellas que podrían delatar a un mahometano; el tercero se refería a los luteranos; el cuarto, a los alumbrados, secta mística desarrollada en España en el siglo; el quinto, a otras herejías, como blasfemias, brujerías y XVI satanismo; el sexto, a delitos sexuales, como la prostitución…
p. 6
02Panorámica afrocolombiana. Estudios sociales en el PacíficoMauricio Pardo Rojas, Claudia Mosquera, María Clemencia Ramírez · 2004 · p. 1771 fragmento
[2]simbólicos y materiales. Los conjuros, rituales, pócimas y magias para fines amatorios acercaron a hechiceras blancas, negras y mulatas, a quienes las mujeres blancas y mesti- zas de las elites acudían para resolver sus males de amor e invertir el orden social de subordinación, castidad y monogamia. Esta trasgresión…
p. 177
03Biografía del CaribeGermán Arciniegas · 2016 · p. 3621 fragmento
[5]promoción a caballero se llega haciendo antesala en la Torre de Londres. En un principio hugonotes, puritanos, judíos, lutera- nos, calvinistas luchaban contra los españoles por católicos. El oro y la plata les infundía valor en la ofensiva. Pero ya esto no es siglo de oro sino siglo de cuero. El cuero, 363 Bíndicerc…
p. 362
04La independencia de Colombia: olvidos y ficcionesAlfonso Múnera · 2021 · p. 27, 31, 833 fragmentos
[6]los judíos y a los negros por lo que calificó de prácticas diabólicas para referirse a sus religiones. En San Diego, conocido para aquel entonces como el barrio de los Jagüeyes, es decir de los cangrejos, situado en la parte alta de la ciudad, cohabitaron en extraña cercanía judíos conversos –por lo que hemos visto no…
p. 31
[15]puertos americanos ingresaron en esos años alrededor de 600 000 esclavos, de los cuales el mayor número, 196 000, lo hizo por Cartagena. Según el historiador Germán Peralta, en el período de poco más de medio siglo que va de 1580 a 1640, en el que Cartagena tuvo su mayor esplendor y crecimiento, entraron por este…
p. 27
[37]regiones más extensas e importantes, el Caribe colombiano y el Cauca grande, en manos de los españoles y vastos territorios, más de dos tercios, en manos de nadie. Uno puede imaginarse el rostro con el que Cartagena recibió al triunfante Morillo y su ejército de reconquista el 6 de diciembre de 1815, luego de todo un…
p. 83
05¿Por qué fracasa Colombia?Enrique Serrano López · 2016 · p. 321 fragmento
[7]denominaciones en aquel entonces, pero de todos modos eran reconocidas y tratadas hasta donde era posible por los médicos de aquel tiempo. La profesión médica entre los conversos no era algo extraño, en virtud de que les había dado gran prestigio y un lugar social en la España medieval, y era muy útil para coordinar…
p. 32
06Black Catholic Worlds: Religious Geographies of Eighteenth-Century Afro-ColombiaBethan Fisk · 2025 · p. 120, 155, 1613 fragmentos
[8]two crucial legal moments in the decline of inquisitorial prosecutions of African-descended ritual practitioners, dated in 1691 and 1721. Following military failures against maroons of the Sierra de la María (detailed in Chapter 1), the severity of the threat of black armed attack became apparent to Spanish colonial…
p. 120
[9]https://doi.org/10.1017/9781009543576.006 Downloaded from https://www.cambridge.org/core. University of Southampton Library, on 02 Oct 2025 at 23:53:04, subject to the Cambridge Core 134 Part II: Religion in Place in colonial subjects. 21 By the eighteenth century, the Holy Office of the Inquisition was in decline…
p. 161
[11]material objects. Inquisition sources allow one to sketch the material and spiritual world that people of African descent inhab - ited and transformed in their day-to-day lives. This engagement cannot be understood as a cover for alternative African practice. This was not a folkloric version of Catholicism but an…
p. 155
07Historia de la vida cotidiana en ColombiaBeatriz Castro Carvajal (editora) · 2016 · p. 89, 1202 fragmentos
[10]propios 55 Palacios de la Vega, Joseph, op. cit., pág. 75. 90 Bíndice Cnrdif Cnianonv de las naciones africanas. En estos se invocaban fuerzas mágico-sagradas portadoras de poderes que otorgaban determinados beneficios. Para estos trabajadores forzados, el mundo real tenía su paralelo con otro mundo, abstracto,…
p. 89
[31]vivían de algunos cultivos, la caza, la pesca y de algún trato con la hacienda. El desafío de estos palenques a la pretensión de las autoridades de transformarlos en poblados era un reto tácito al influjo 70 Colmenares, Germán, 1979, Popayán: Una sociedad esclavista, 1680-1800, Medellín: La Carreta, págs. 215-227. 121…
p. 120
08Las mujeres en la historia de Colombia. Tomo II: Mujeres y SociedadMagdala Velásquez Toro (dirección académica), Catalina Reyes Cárdenas, Pablo Rodríguez Jiménez · 1995 · p. 148, 156, 1603 fragmentos
[12]un ritual? La respuesta a esta pregunta es fundamental, porque, si bien es cierto que existen los juicios con sus respectivas declaraciones, tam- bién es cierto que todo fue transcrito al lenguaje de la Inquisición, es decir, el de los valores propios de la religión y sus creencias, desechando por completo la…
p. 160
[13]inquisidores aportan es in- teresante: en primer lugar, sistematizan todo un cuerpo doctrinal disperso; en segundo lugar, lo unen a un tema central: el del pacto con el demonio; en tercer lugar, le dan un contexto dentro del nuevo orden social; y en cuarto lu- gar, declaran culpable a la mujer no solamente de ser mu-…
p. 148
[14]detentan el poder y, por consiguiente, tienen los pocos puestos públi- cos que la ciudad requiere; además, ejercen el comercio. Del otro lado se encuentran los negros, llegados como es- clavos y poseedores de fuerza de trabajo, y en menor esca- la, los indios. La Cartagena del siglo xvii es una pequeña ciudad con una…
p. 156
09Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 297, 3012 fragmentos
[16]de “ tres por dos ” 5 muleques de. “ tres por dos ”, 3 muleques ‘ ‘ dos por uno ”, 42 negros y negras “ piezas de india ” y. 35 negros “ piezas ” 2 a. ¡ ^ É lgraii c omer c io de es c lavos en Cartagena y otros puertos neogranadi- rSos - c omo Santa Marta y Rio h a ch a pone de mani f iesto la de c isiva parti c i pa…
p. 297
[18]de los esclavos va riaba entre 200 y 400 pesos y en los centros de consumo dichos valores se duplicaban 30. En tales condiciones, las ganancias que generaba la trata eran considerables. Teniendo en cuenta datos de Ge ó rges Scelle 31 y en algunos que hemos podido establecer para Cartagena, durante el asiento de…
p. 301
10Historia económica y social de Colombia IIGermán Colmenares · 1999 · p. 38, 45, 493 fragmentos
[17]administrativos. Entre 1595 y T 1640, cuando la trata dependió de la unidad de las coronas española y por- ~; fuguesa, las cifras pactadas con los asentistas portugueses arrojan una es- l tiñlaéión inicial que puede controlarse con las cargazones pr-obables de barcos autorizados para pasar a las Indias y,…
p. 38
[19]no era cosa de poca monta, aun siendo legal. Transportar y alimentar partida,s de 50, 100 o 200 personas durante más de un mes _por regiones inhóspitas exigía una logística tan laboriosa, que explica que lós precios se duplicaran entre Cartagena y Popayán. Así, debe concluirse que las partidas introducidas de…
p. 45
[23]de Popayán como centro del tráfico, allí se dejaron numerosas pa- tentes, casi todas en el original. Algo semejai1te debía ocurrir en los centros mineros y en algunas ciudades que tocaban los mercaderes de la carrera 23 • Las patentes enumeran uno por uno los esclavos vendidos y mencio- nan, además del precio de…
p. 49
11Liberty and Equality in Caribbean Colombia, 1770-1835Aline Helg · p. 2971 fragmento
[20]of its inhabitants were white; . percent, free people of color; . percent, slaves; . percent, ecclesiastics; and . percent, In- dians (Meisel and Aguilera, ‘‘Cartagena de Indias,’’ ). . Fidalgo, ‘‘Expedición Fidalgo,’’ n; Bossa, Cartagena independiente, . . Padrón del barrio de Sto. Thoribio, año…
p. 297
12Liberty and Equality in Caribbean Colombia, 1770-1835Aline Helg · 2004 · p. 2971 fragmento
[21]of its inhabitants were white; . percent, free people of color; . percent, slaves; . percent, ecclesiastics; and . percent, In- dians (Meisel and Aguilera, ‘‘Cartagena de Indias,’’ ). . Fidalgo, ‘‘Expedición Fidalgo,’’ n; Bossa, Cartagena independiente, . . Padrón del barrio de Sto. Thoribio, año…
p. 297
13Myths of Harmony: Race and Republicanism during the Age of Revolution, Colombia, 1795–1831Marixa Lasso · 2007 · p. 291 fragmento
[22]slaves r5.7 per' cent; whites, including clergy, 27.o percentl and Indians o. 5 percent. Pardo artisans included shoemakers, tailors, masons, and silversmiths. Some of them became relatively wealthy and could afford to live in two-story houses and own slaves.6 The pardos'demographic weight also made them crucial to…
p. 29
14El pensamiento colombiano en el siglo XIXJaime Jaramillo Uribe · 2017 · p. 861 fragmento
[24]1948, libro iii—, introducir el «momento histórico» en combinación con el clima y la raza, era ya recurrir a un factor no natural, recurrir a la histo- ria y a la cultura, es decir, caer en una petición de principio y en una incongruencia, pues factores naturales no pueden conjugarse con factores histórico-culturales.…
p. 86
15Antropología hecha en Colombia. Tomo IIEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 1211 fragmento
[25]De una parte, la profusa producción, la cuidadosa colección y la exclusiva posesión de textos servía para proyectar una cautivante imagen de un Estado omnisciente y que todo lo conocía. De otra, los documentos manuscritos servían como fuentes para la escritura y publicación de la historia oficial y su colección servía…
p. 121
16Historia de la religión en Colombia, 1510-2021Jose Joaquin Pinto Bernal, Katherinne Giselle Mora Pacheco, Juan David Cascavita Mora, Juan Carlos Jurado Jurado, José Eduardo Rueda Enciso, Fabio Hernán Carballo, Fernanda Muñoz, Darío Arturo Zuleta Gómez, Carlos Arboleda Mora, Rafael Tamayo Franco, Juan Felipe Córdoba-Restrepo, Jeiman David López Amaya, María del Rosario Vázquez Piñeros, Andrés Felipe Manosalva Correa, Gabriel Cabrera Becerra, Gina Marcela Reyes Sánchez · 2022 · p. 61 fragmento
[26]edificar ni erigir iglesias grandes en dichas islas y tierras adquiridas o que en adelante se adquirieren; y concedemos el derecho de Patronato, y de presentar personas idóneas para cualesquiera iglesias catedrales, monasterios, dignidades, colegiatas y otros cualesquiera beneficios eclesiásticos y lugares píos. 14…
p. 6
17Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de Colombia IIJavier Ocampo López, Marco Palacios, Germán Arciniegas, Gonzalo Hernández de Alba y otros (obra colectiva) · p. 30, 342 fragmentos
[27]las parro- quias; la dotacién de los templos, monasterios y hospitales; la revisi6n de las sentencias de los tri- bunales eclesiésticos; la autorizacién para la circu- laci6én y aplicacién de todas las disposiciones pa- pales y el recibo de los diezmos que la Iglesia re- caudaba para sus atenciones. Por su parte, la…
p. 30
[38]Espana. Este clero realista defen- dié la estrecha unidad entre la Monarquia y la Re- ligién, con la defensa mutua de los derechos sobre América en lo espiritual y terrenal; lucharon contra los falsos fildsofos de la Ilustracién, responsables del desorden, la anarquia y el anticlericalismo, y pre- dicaron sobre la…
p. 34
18Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 1101 fragmento
[28]d a 1 1 3 conflictos intestinos. En el ám bito eclesiástico, los arzobispos y obispos chocaban frecuentem ente con las órdenes religiosas. Del lado civil, la A udiencia se desga rraba p o r la disensión interna; cada oidor veía a sus colegas com o rivales, y cada uno se ap o y ab a en su p ro p ia facción clientelar.…
p. 110
19Historia de la religión en ColombiaJosé David Cortés Guerrero, Juana María Marín Leoz, Leonardo García Rincón · 2022 · p. 11 fragmento
[29]57 LAS ÓRDENES RELIGIOSAS Y LA SOCIEDAD NEOGRANADINA, SIGLOS XVI-XIX William Elvis Plata Introducción Las órdenes religiosas no solo fueron las grandes protagonistas del proceso de cristianización de la Nueva Granada en los siglos a, sino que, además, por lo mismo, adquirieron tal grado de XVI XVIII poder y de…
p. 1
20The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · p. 2721 fragmento
[30]descendants of cimarrones, people who won their freedom by escape. They express pride in that past, especially through the heroic symbol of Benkos Biohó, the most famous leader of the communi- ties that later coalesced to become known as Palenke, where there is now a statue in his honor. Colombia’s palenques have…
p. 272
21Resistencia en el San JorgeOrlando Fals Borda · 2002 · p. 851 fragmento
[32]y caña de azúcar, hasta cuando los expulsaron a la fuerza los blancos de Corozal. Por lo mismo, había espacio para los corra- les y chiqueros del padre Gaicano''. " S e g u r a m e n t e —replica M a n e —. El mismo padre debió llevar después los primeros caballos, mulos y asnos. ¿Cómo se- ría la cosa entre las burras…
p. 85
22Antropología hecha en Colombia. Tomo IEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 390, 3932 fragmentos
[33]de Quito intentó reducirlos pacíficamente en 1732, aprovechando los buenos oficios de don Andrés Fajardo, a quien autorizaron para ofrecerles paz, la libertad y el derecho de seguir viviendo tranquilos, con la condición de que no admitieran nuevos prófugos, condición que jamás cumplieron. El gobernador José Francisco…
p. 390
[34]constancia vencí los muchos horrores y dificultades que se encontraron así por parte de los negros del palenque de San Basilio, como por la suma espresura de árboles y brozas que con dificultad se descubría la claridad del sol; a que se agregaban las muchas barrancas, despeñaderos y anegadizos; y aprovechándome del…
p. 393
23Patía, de la tierra de nadie a las grandes haciendasCarlos Daniel Quiñonez Rodríguez, Carlos Enrique Osorio Garcés · 2024 · p. 651 fragmento
[35]su perspectiva, fray Juan de Santa Gertrudis manifestó: Ha muchísimo tiempo que unos ladrones se dieron maña de hurtar un situado que bajaba con treinta mulas cargadas de plata del Rey, de Pasto a Popayán, y estos se fueron temerosos de la justicia a buscar donde poder estar sin riesgo. Unos indios de Taminango les…
p. 65
24Historia de Colombia. La Independencia II. Tomo 8Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico); Ricardo Martín (dir. de la obra); German Arciniegas y otros colaboradores · 1988 · p. 281 fragmento
[36]dia a los nativos lares. Como es de suponer, cuando finalmente el ge- neral Morillo y sus tropas penetraron en la ciudad, 859 lo que encontraron fue el mas macabro de los es- pectaculos: cadaveres, ruina, miseria, muerte por todas partes. Don Lino de Pombo, testigo presencial del asedio, y otros coeténeos, como el…
p. 28