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Biografía

Domingo Criollo

Colonia

20 min de lectura18 documentos
NacimientoSin fecha registrada
FallecimientoSin fecha registrada
RolesCapitán de palenque · Líder cimarrón
Lugar principalMontes de María
Período históricoColonia1600–1780
03

La biografía

En el último cuarto del siglo XVII, cuando la gobernación de Cartagena de Indias oscilaba entre el orgullo de ser el gran puerto negrero del reino y la fragilidad militar que quedaría en evidencia con la caída ante el barón de Pointis en 1697, un hombre llamado Domingo Criollo se convirtió en interlocutor obligado del poder español desde los Montes de María. Criollo —el apellido lo delata: nacido en América, no llegado en un barco de la trata— encabezó la generación de líderes cimarrones que sucedió, con casi un siglo de por medio, a la de Benkos Biohó, y lo hizo desde una constelación de palenques —San Miguel Arcángel, Matudere, el Arenal— que combinaron guerra de fatiga, agricultura de refugio y una demanda territorial explícita. Su nombre apenas asoma en los índices de la historiografía especializada, pero esa parquedad no debe engañar. En Domingo Criollo se condensa, en carne y biografía, el momento exacto en que la Corona española tuvo que admitir —a regañadientes, entre órdenes de exterminio y ofertas de tierra— que la política del arcabuz no bastaba contra las comunidades negras armadas de la Sierra de María.

02

Línea de vida

  1. 1619

    Precedente de libertad que enmarca su mundo

    Leer contexto

    Antes de la generación de Criollo, en 1619 las autoridades coloniales declararon libres a algunos grupos de negros cimarrones y les facilitaron tierras para laborar, estableciendo un precedente de negociación que Criollo invocaría décadas después.

  2. 1680

    Emergencia como capitán de los palenques de los Montes de María

    Leer contexto

    Hacia la década de 1680, Domingo Criollo emerge como figura central de un sistema articulado de tres palenques —San Miguel Arcángel (cabecera política), Matudere (mayor densidad demográfica) y el Arenal (avanzada móvil)— en las estribaciones de los Montes de María, con cabildos electivos, economía agrícola propia y coordinación militar entre asentamientos.

  3. 1690

    Resistencia ante las órdenes coloniales de exterminio total

    Leer contexto

    A fines del siglo XVII, la gobernación de Cartagena dictó órdenes de exterminio total contra los palenqueros. Los palenques de Criollo resistieron las entradas militares mediante guerra de fatiga: al llegar las tropas, los asentamientos aparecían desiertos y los combatientes replegados, obligando a la administración colonial a buscar la vía de la negociación.

  4. 1697

    Contexto de debilidad colonial: caída de Cartagena ante Pointis

    Leer contexto

    En 1697, el barón de Pointis atacó Cartagena con veintiséis naves y más de cinco mil hombres, tomando la plaza en medio de una defensa improvisada. Esta derrota ilustra la limitación estructural con que la misma administración enfrentaba, tierra adentro, a comunidades cimarronas fortificadas en terreno desconocido para sus tropas.

  5. 1700

    Prefiguración del estatus autónomo de San Basilio de Palenque

    Leer contexto

    La trayectoria de Criollo —resistencia armada combinada con demanda territorial explícita ante Cartagena— antecede y prefigura el reconocimiento que San Basilio de Palenque terminaría obteniendo como comunidad negra autónoma, consolidando el modelo de palenque con lengua y cultura propias que venía creciendo desde comienzos del siglo XVII.

La semblanza: quién fue y por qué pesa

Domingo Criollo pertenece a la segunda gran ola del cimarronaje cartagenero. La primera, la de comienzos del siglo XVII, tuvo por figura mayor a Benkos Biohó —también llamado Domingo Bioho—, el "rey del arcabuco" del palenque de Matuna, cuyas correrías inmortalizó fray Pedro Simón al narrar cómo en 1605, durante la Semana Santa, Bioho llegó con cimarrones armados al hatillo del padre Gaicano en Jegua después de haber anunciado que quería confesarse allí. Entre ese episodio fundacional y el mundo de Domingo Criollo median tres generaciones y una transformación estructural: los palenques dejaron de ser refugios inestables para convertirse en aldeas fortificadas con cabildo, autoridades electivas y economía agrícola propia. Criollo hereda ese andamiaje y lo empuja hasta forzar una respuesta política de la gobernación.

Su centralidad se explica por tres razones. Primera: comandó, hacia las décadas de 1680 y 1690, un conjunto articulado de palenques en los Montes de María cuya extensión territorial excedía con creces al viejo refugio pantanoso de Matuna. Segunda: negoció con la Corona en un momento en que la política colonial vacilaba entre las órdenes de exterminio total, dictadas a fines del siglo XVII, y la memoria de las declaraciones de libertad de 1619, cuando las autoridades habían optado por reconocer y dotar de tierras a algunos grupos cimarrones. Tercera: su trayectoria antecede, y a la vez prefigura, el estatus diferenciado que San Basilio de Palenque terminaría consiguiendo como comunidad negra autónoma reconocida. Lo que hace singular a Criollo no es haber inventado nada —los cabildos del arcabuco venían de Matuna, replicados después en Loba y Mompox—, sino haber puesto ese repertorio institucional al servicio de una demanda territorial ante Cartagena.

Desmitificarlo obliga a decir también lo que no fue. No fue un precursor romántico de la independencia, categoría anacrónica que le impondría un siglo y medio de anticipación al proyecto criollo blanco. Tampoco fue un fundador solitario: se movió dentro de una red de capitanes negros con nombres propios —Pedro Mina entre ellos— y de estructuras internas heredadas. Y no fue, aunque el archivo colonial lo pintó así, un simple bandolero de arcabuco: la guerra que hizo estaba subordinada a una idea territorial, la de una tierra propia en la Sierra de María donde los suyos pudieran cultivar, criar y elegir a sus autoridades sin la amenaza de ser devueltos a las haciendas.

Los orígenes: de la trata portuguesa al arcabuco de la Sierra

Para entender de dónde salió un hombre como Domingo Criollo hay que empezar por el puerto. Cartagena de Indias fue, durante el ciclo portugués de la trata, el principal punto de entrada de esclavos negros para el reino de Nueva Granada. Por allí desembarcaron los cuerpos que después terminarían repartidos entre las haciendas ganaderas del Sinú, los trapiches de caña de la depresión momposina, las labranzas del bajo Magdalena y las minas del interior. En algunas regiones de la Costa Atlántica la economía dependió de esa mano de obra sin llegar nunca al modelo de gran plantación esclavista de las Antillas: haciendas de tamaño medio, presencia dispersa, control laxo. Fue en las grietas de ese modelo donde el cimarronaje echó raíces.

La estructura demográfica de la esclavitud provincial explica por sí sola una parte del fenómeno. Un estudio sobre nueve haciendas de la provincia de Cartagena entre 1633 y 1724 encontró que por cada mujer esclava había cinco varones, y que los niños menores de quince años no alcanzaban el cinco por ciento de la población esclava. Esa desproporción sexual extrema —aproximadamente un tercio de mujeres, dos tercios de hombres— tenía dos consecuencias entrelazadas. Impedía la autorreproducción de la población esclava y obligaba a una trata continua desde África, lo que reforzaba la lógica portuaria de Cartagena. Y generaba, en las haciendas del interior de la gobernación, una acumulación de varones jóvenes sin familia, sin matrimonio posible, sometidos a un régimen de trabajo pesado. De ese magma salieron, generación tras generación, los cimarrones.

El nombre "Criollo" indica que Domingo no llegó en un barco: nació en América, probablemente en la propia gobernación de Cartagena, hijo o nieto de esclavos africanos. Esa condición —ser criollo, no bozal— tenía peso simbólico y práctico en el mundo del arcabuco. El criollo hablaba castellano, conocía los códigos del amo, sabía leer el paisaje colonial. Un líder criollo podía negociar con Cartagena en términos que un recién llegado del golfo de Guinea no habría podido articular. Ese es uno de los rasgos que separa el cimarronaje tardío del siglo XVII del cimarronaje fundacional de Benkos Biohó, quien había cruzado el Atlántico y llevaba consigo la memoria de una realeza africana.

Al ser criollo, Domingo también estaba más cerca de una segunda geografía: la del bautismo, la del padrino, la del hatillo donde había crecido antes de fugarse. Los criollos fugitivos llevaban al arcabuco un conocimiento íntimo de las rutinas de la hacienda —qué días llegaba el mayordomo, dónde se guardaba la pólvora, cómo se movían las recuas de mulas hacia Cartagena— que resultaba estratégicamente decisivo. Un asalto exitoso a un trapiche del bajo Magdalena no dependía sólo del valor de los atacantes, sino de la información previa; y esa información sólo la tenía quien había vivido dentro. El comando cimarrón mezclaba entonces dos saberes: el africano de los bozales recién llegados, con su conocimiento de plantas, hierros y ritos, y el criollo de hombres como Domingo, con su lectura fina del mundo colonial.

El territorio en que Criollo levantó su mundo era el mismo que había alojado a Bioho ochenta años antes: los pantanos de Matuna y los Montes de María, la zona boscosa al sur y al oriente de Cartagena que servía de refugio a pequeños grupos de esclavos fugitivos desde el primer tercio del siglo XVII. La geografía era el aliado decisivo. Los cimarrones subsistían de la pesca y del cultivo de pequeñas parcelas, protegidos por una topografía de ciénagas, arcabucos y estribaciones que castigaba a cualquier expedición armada que no llevara guías negros. Antonio de la Torre, autoridad colonial y observador severo, dejó registrado que estos grupos hostigaban las haciendas cercanas y que sus costumbres eran contrarias al canon católico: doble acusación —económica y moral— que sirvió de justificación recurrente para las campañas de castigo.

La trayectoria: San Miguel, Matudere, Arenal

La biografía documental de Domingo Criollo se sitúa entre las décadas de 1680 y 1690, en un arco que va desde su emergencia como capitán de palenque hasta las campañas coloniales que buscaron, alternativamente, negociarlo o exterminarlo. No fue un fugitivo aislado: dirigió un sistema.

San Miguel Arcángel fue el palenque principal asociado a su nombre. Levantado en las estribaciones de los Montes de María, funcionó como cabecera política de un conjunto de asentamientos menores. Su advocación —el arcángel guerrero, capitán de las milicias celestes— revela la manera en que los cimarrones se apropiaron del santoral católico y lo pusieron al servicio de una comunidad armada. La organización interna reproducía el modelo que Matuna había ensayado a comienzos de siglo: un jefe militar reconocido, un cabildo que elegía autoridades según mérito y servicio prestado, funciones diferenciadas de curación, defensa y cultivo. Ese modelo había sido copiado por los palenques que surgieron después en la zona de Loba y Mompox, y Criollo lo llevó consigo al oriente de la Sierra.

Matudere fue el segundo pilar. Su nombre —de raíz probablemente africana, castellanizado en el archivo colonial— quedó asociado a un asentamiento estable, con cultivos propios y una población que ya no era la de un puñado de fugitivos sino la de una comunidad multigeneracional. Matudere aparece en la memoria oral y en la documentación como el palenque de mayor densidad demográfica de los que Criollo articuló, y su ubicación permitía controlar rutas de tránsito entre las haciendas del bajo Magdalena y el interior de los Montes de María.

El Arenal completaba la red. Más pequeño, más móvil, funcionó como avanzada y como zona de refugio secundario. Que los tres palenques operaran de manera coordinada —con comunicación entre sus capitanes, redistribución de fugitivos recién llegados y probablemente auxilio militar mutuo— es lo que distingue el sistema de Criollo del cimarronaje disperso de décadas anteriores. Ya no se trataba de grupos que huían y se escondían: se trataba de una estructura política con territorio propio.

La existencia simultánea de estos palenques planteó a las autoridades cartageneras un dilema que venía arrastrándose desde hacía casi un siglo. Las relaciones entre la gobernación y los cimarrones habían oscilado, a lo largo del siglo XVII, entre la hostilidad y guerra abierta y momentos de solidaridad y entendimiento, sin una política uniforme. En 1619, algunos grupos de negros cimarrones habían sido declarados libres y se les habían facilitado tierras para laborar. Décadas después, a fines del siglo XVII —justamente el momento de Criollo—, se dictaron órdenes de exterminio total contra los palenqueros. La misma administración colonial hablaba, con pocos años de distancia, dos idiomas: el del reconocimiento negociado y el del arcabuz sin cuartel.

Domingo Criollo operó en la bisagra de esos dos idiomas. Cuando la gobernación optó por la fuerza, sus palenques resistieron; cuando se cansó del costo militar y humano de la represión y buscó negociación, Criollo estuvo ahí para escuchar los términos. Esa capacidad de sostener ambas líneas —resistir y negociar, sin renunciar a ninguna— es lo que define su singularidad política. Los detalles procesales de esas negociaciones —fechas exactas de capitulaciones, textos firmados, condiciones aceptadas o rechazadas— pertenecen a un archivo aún explorado sólo de manera parcial; pero la trama general está clara. Cartagena no pudo destruir a los palenques de los Montes de María en vida de Criollo, y tuvo que aprender a convivir con ellos.

Hay un dato de contexto que hace más inteligible esa impotencia colonial. En 1697, exactamente en el corazón del período que ocupa a Criollo, el barón de Pointis atacó Cartagena con veintiséis naves, más de cinco mil hombres y quinientos treinta y ocho cañones. Los defensores fueron sorprendidos en plena improvisación; don Sancho Jimeno, atrapado en el Castillo de Bocachica, no recibió refuerzos del gobernador; la población se había alistado con flojedad, sin creer en la posibilidad del asalto. Si la principal plaza fuerte del Caribe español pudo caer así ante una escuadra francesa, es fácil imaginar la limitación estructural con que la misma administración enfrentaba, tierra adentro, a comunidades cimarronas fortificadas en un terreno que sus tropas no conocían y que sus mapas apenas registraban.

Guerra, terror y capitulación: los métodos coloniales

La política colonial contra los palenques desplegaba, cuando optaba por el exterminio, un repertorio de terror pensado para producir efecto ejemplar. Los actos de rebelión y fuga armada de esclavos eran castigados con la pena de muerte, aplicada mediante descuartizamiento y exhibición pública de los restos en la picota, con el propósito explícito de producir terror general en la población esclava. Esa fórmula, heredada del derecho penal ibérico y adaptada a la sociedad esclavista americana, buscaba disuadir tanto como castigar. Contra un fugitivo aislado podía funcionar; contra un palenque de trescientas o cuatrocientas almas organizado en cabildo, con jefe militar y agricultura propia, era retórica sin músculo suficiente.

A ese despliegue simbólico se sumaba una operativa militar concreta. Las entradas a los Montes de María se organizaban con tropa reclutada en Cartagena, milicianos de los pueblos ribereños del Magdalena y guías negros forzados o contratados. El costo era alto y los resultados escasos: expediciones que tardaban semanas en llegar al palenque objetivo lo encontraban desierto, con los ranchos quemados por sus propios habitantes, los cultivos escondidos y los combatientes replegados en un segundo asentamiento. La guerra de arcabuco imponía sus reglas, y esas reglas favorecían al defensor local sobre el atacante uniformado. Un gobernador podía anunciar en la plaza de Cartagena la destrucción de un palenque; meses después, el mismo palenque reaparecía en otra ladera, o el vecino asumía sus funciones.

Cuando la fuerza no alcanzaba, la Corona recurría a la negociación. El precedente de 1619, con la declaración de libertad y la concesión de tierras a grupos de cimarrones, no era anecdótico: constituía la prueba de que existía un carril alternativo. A ese carril se sumarían, ya en el siglo XVIII y fuera del ámbito cartagenero, episodios como el del palenque de El Castigo, en el Patía, dentro de la jurisdicción de la Real Audiencia de Quito. Allí, la Audiencia intentó en 1732 una reducción pacífica —ofreciendo paz, libertad y el derecho de seguir viviendo tranquilos a cambio de no admitir nuevos prófugos— antes de mandar, en 1745, la expedición armada de cien hombres al mando de Juan Álvarez Uría y Tomás Hurtado, ordenada por el gobernador José Francisco Carreño, en la que el franciscano fray José Joaquín de Barrutieta contribuyó con persuasión a la rendición final. El caso de El Castigo, posterior en medio siglo al de Criollo, muestra hasta qué punto la doble vía —oferta previa, expedición armada después— era un método asentado.

Domingo Criollo operó dentro de ese esquema y, hasta donde el archivo permite reconstruir, con más éxito que sus predecesores. Los palenques que dirigía no fueron destruidos en su tiempo; sobrevivieron en la región caribeña neogranadina —Matuna, Sierra de María— aunque sin obtener nunca el estatus formal de comunidad negra autónoma reconocida que San Basilio conseguiría más adelante. Esa asimetría importa. Los palenques de Criollo pesaron lo suficiente para forzar negociación, pero no lo suficiente para arrancar un reconocimiento jurídico pleno. Su autonomía fue de facto, no de derecho. Y precisamente por eso permaneció frágil: cualquier gobernador nuevo, cualquier cambio de política en la Corte, podía reabrir la guerra.

Hay una segunda razón por la cual el reconocimiento pleno se le escapó. Para las autoridades eclesiásticas coloniales, los habitantes de los palenques representaban un problema moral y religioso: sus costumbres eran contrarias al canon católico, hostigaban haciendas y sostenían prácticas que las visitas pastorales calificaban de idolátricas. Antonio de la Torre lo dejó registrado con severidad. Esa condena, aunque no fuera la justificación general de las campañas militares, dificultaba que la Corona reconociera a un palenque como interlocutor plenamente legítimo. San Basilio conseguiría más adelante superar esa barrera —al menos parcialmente— aceptando la presencia de curas doctrineros. En vida de Criollo, la brecha religiosa seguía abierta.

La red: capitanes, gobernadores, frailes

Ningún líder cimarrón operó solo, y Domingo Criollo tampoco. Su red incluía capitanes negros con nombres propios que la memoria histórica ha ido rescatando, entre ellos Pedro Mina, cuya sola denominación —el apellido remitido a una nación africana, Mina, del actual Ghana— indica la persistencia de identidades atlánticas dentro de la comunidad palenquera. Un palenque no era una masa indistinta de negros: era un mosaico de africanos de distintas procedencias —minas, angolas, congos, aradas— más una capa creciente de criollos nacidos en tierra americana. Criollo, siendo él mismo criollo, comandaba una comunidad diversa cuya cohesión no venía del origen común sino de la experiencia compartida de la fuga y de la construcción política del arcabuco.

Del lado colonial, los interlocutores institucionales de Criollo fueron los gobernadores y oficiales de Cartagena de fines del siglo XVII. Nombres como Sancho Jimeno de Orozco —el mismo que defendería Bocachica en 1697—, Antonio de Salas, Martín de Ceballos y la Cerda, Baltasar de la Fuente y Nicolás de Zamora pertenecen a esa capa de funcionarios que tuvo que administrar, cada uno según su temperamento y su lectura de las órdenes reales, la relación con los palenques de los Montes de María. Algunos apostaron por la campaña armada; otros, agotados por el costo militar o convencidos de la imposibilidad de una victoria definitiva, exploraron el camino de la negociación. La biografía de Criollo se escribió en la fricción de esas administraciones sucesivas.

Un tercer vértice fue el eclesiástico. Fray Dionisio de Carvajal, cuya presencia aparece asociada a los intentos de reducción y evangelización de los palenques de la Sierra de María, encarna un tipo de mediador característico: el fraile que llegaba con la Biblia y la promesa de perdón, autorizado por la gobernación y a veces también por el obispado. En el caso de El Castigo, ese papel lo cumpliría después Barrutieta; en la Cartagena de Criollo, misioneros como Carvajal buscaron, con éxito desigual, abrir un canal de comunicación que los soldados no habían podido establecer. La lógica era pragmática: si el palenque aceptaba doctrina, aceptaba también un principio de sumisión formal a la Corona y a la Iglesia, aunque conservara autoridades propias y territorio.

El tejido geográfico de esta red se extendía por toda la Nueva Granada caribeña. Al norte, Cartagena como sede del poder colonial. Al oriente y al sur, Tolú, Tenerife y las poblaciones ribereñas del bajo Magdalena, expuestas a las incursiones de los palenques cuando éstos necesitaban ganado, herramientas o rescates. En el centro, la Sierra de María y los Montes de María como corazón cimarrón. El río Magdalena servía a la vez de ruta comercial para los blancos y de barrera natural que permitía a los palenques del oriente comunicarse con los del sur —zona de Loba, cercanías de Mompox— donde también se habían establecido comunidades cimarronas con estructuras similares.

Cartagena misma tenía dentro de sus muros una presencia negra libre que no debe confundirse con la palenquera pero que se conectaba con ella por vínculos de parentesco y comercio. El arrabal de Getsemaní, situado fuera de las murallas, había sido tolerado como espacio de asentamiento para descendientes libres de esclavos dedicados a trabajos artesanales y domésticos, con un estatus superior al de los palenques y las rochelas. Ese estatus se fortaleció con los servicios de milicia que sus habitantes prestaron a la Corona en tiempos de peligro —el ataque de Pointis siendo el más notorio—. La ciudad, entonces, era a la vez el enemigo administrativo de Criollo y el lugar donde vivían parientes libres suyos, comerciantes con quienes probablemente sus palenques traficaban a través de intermediarios. La frontera entre el arcabuco y el arrabal no era una línea, sino una zona porosa.

La huella: entre archivo y monumento

Domingo Criollo no dejó una biografía escrita por él mismo, porque los cimarrones no dejaban biografías por escrito. Su nombre sobrevive en los expedientes de campañas militares que se le enviaron encima, en las cartas que los gobernadores de Cartagena remitieron a Madrid para justificar gastos o pedir refuerzos, en los informes de visita eclesiástica que consignaban con espanto la existencia de idolatrías en la Sierra de María, y en las declaraciones tomadas a fugitivos recapturados en la plaza. Es un archivo hostil: quien escribe siempre es el bando contrario. Ningún cimarrón dictó memorias, ningún capitán negro firmó capitulación en primera persona con voz propia. El palenque hablaba a Cartagena a través de emisarios, y la palabra quedaba registrada por escribanos que nunca dudaban de qué lado estaban.

De ahí que reconstruir a Criollo suponga leer a contrapelo. Un informe militar que celebra la quema de ranchos en Matudere revela, entre líneas, que Matudere existía como aldea con ranchos que valía la pena quemar. Una orden de exterminio dirigida contra San Miguel Arcángel confirma que San Miguel Arcángel era percibido como amenaza suficiente para justificar el gasto de una expedición. Un edicto eclesiástico que denuncia matrimonios sin cura en el arcabuco atestigua la existencia de vida familiar continuada allí donde el ojo colonial sólo quería ver bandolerismo. Cada documento pensado para condenar sirve, invertido, para probar la densidad social de aquello que condenaba.

La segunda vía de rescate es la memoria oral y la reivindicación contemporánea de las comunidades descendientes de cimarrones, que en la región de Cartagena expresan orgullo en su pasado y han erigido, en Palenque, una estatua de Benkos Biohó como símbolo mayor de esa memoria. La piedra escogió a uno, no a varios: Biohó de bronce, con grillete roto, mirando hacia el horizonte, se convirtió en el rostro único del cimarronaje neogranadino. Que la estatua sea de Biohó y no de Criollo revela algo. La memoria popular condensó el cimarronaje cartagenero en una sola figura fundacional, la del "rey del arcabuco" de comienzos del siglo XVII, y dejó en penumbra a los líderes posteriores que consolidaron —tal vez con más eficacia política que Bioho, aunque con menos épica— la autonomía territorial de los Montes de María. Criollo pertenece a esa segunda fila del panteón, la de los que no fueron proclamados reyes pero sí supieron negociar como estadistas. Recuperar su nombre no significa desplazar a Biohó, sino completar el cuadro: sin la generación de Criollo, la de Biohó habría quedado como un episodio derrotado; sin Biohó, la de Criollo no habría tenido el andamiaje institucional —el cabildo del arcabuco, la elección por mérito, la figura del rey-capitán— que le permitió operar.

La huella institucional también sobrevive de manera indirecta. Las formas de organización política que Matuna había ensayado y que Criollo consolidó en San Miguel, Matudere y el Arenal —cabildos electivos, autoridades por servicio, funciones comunitarias diferenciadas— fueron replicadas después en los palenques de Loba y Mompox. Y esas formas persistieron de algún modo cuando el cimarronismo y la esclavitud cesaron, transformadas en las estructuras festivas y comunitarias que hoy caracterizan las expresiones culturales negras del Caribe colombiano: hundes, comparsas, danzas de carnaval. La línea es delgada y no siempre bien documentada, pero apunta a una continuidad que trasciende el momento colonial: el capitán de arcabuco de 1690 y el capitán de comparsa de 1990 no son la misma figura, pero se dan la mano por debajo del tiempo.

Queda una tercera huella, más difícil de fijar y sin embargo decisiva: la del paisaje. Los topónimos del piedemonte de los Montes de María —San Basilio, San Cayetano, El Palenque, Malagana, Bongo— siguen dibujando en el mapa contemporáneo el trazado de una geografía negra que Criollo contribuyó a fijar. Cada nombre es la cicatriz de una fundación, la señal de que ahí hubo, en algún momento, un asentamiento fuera de las haciendas y fuera de las villas. Recorrer hoy esa región con la lista de palenques del siglo XVII en la mano equivale a leer un archivo escrito con caseríos, cerros bautizados y cañadas de nombre africano castellanizado. Domingo Criollo pertenece a esa cartografía tanto como a los legajos.

El balance sobre la figura de Criollo debe evitar dos tentaciones simétricas. Una es la hagiografía: presentarlo como precursor consciente de una emancipación que él no podía formular en esos términos, ni buscó. Su horizonte no era la abolición de la esclavitud sino la supervivencia de su comunidad en un territorio propio; que ese horizonte, sumado al de otros líderes cimarrones en distintas latitudes, terminara alimentando corrientes emancipadoras más amplias es una consecuencia histórica, no una intención original. La otra tentación es la reducción a bandolero, que fue la lectura colonial dominante y que hoy sobrevive en formas más sutiles cuando se subraya el hostigamiento a las haciendas sin ponderar el marco político que le daba sentido. Criollo no fue un asaltante: fue el capitán de una comunidad armada que peleaba por su tierra, del mismo modo en que las autoridades españolas peleaban por la suya.

Su centralidad histórica se explica menos por una genialidad individual que por la conjunción de tres factores que él supo articular. La organización política heredada de Matuna, con su cabildo y su rey-capitán. La geografía defensiva de los Montes de María, que castigaba a los ejércitos coloniales y protegía la agricultura de refugio. Y la oscilación estructural de la política de la Corona, incapaz de sostener el exterminio y obligada, cada cierto tiempo, a volver al carril de la negociación abierto en 1619. Criollo se colocó en el punto exacto donde esas tres fuerzas se cruzaban, y desde ahí forzó a Cartagena a reconocerlo, aunque fuera de facto y a regañadientes, como interlocutor de un territorio.

En la larga duración del cimarronaje neogranadino, su figura funciona como la bisagra entre el gesto fundacional de Benkos Biohó y la consolidación jurídica que San Basilio de Palenque terminaría alcanzando. Los tres palenques que dirigió no obtuvieron un tratado formal ni una cédula real de libertad colectiva, pero sobrevivieron; y esa supervivencia, en un tiempo de órdenes de exterminio y de picotas con miembros descuartizados, fue en sí misma una victoria política. El archivo colonial, que lo pintó como bandido y hereje, terminó certificando —a su pesar— que la Corona más poderosa del mundo hispánico no pudo, con todos sus recursos, borrar del mapa a la comunidad que Domingo Criollo había levantado en la Sierra de María. Es esa constancia, más que cualquier gesta épica, la que le asegura un lugar en la historia de Colombia.

04

Conexiones del archivo

Red histórica

05

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

18 documentos · 22 fragmentos
01Black Catholic Worlds: Religious Geographies of Eighteenth-Century Afro-ColombiaBethan Fisk · 2025 · Página 3141 cita
[1]

cotton tying (rite), 117 Council of Trent, 1, 14, 186, 188 Cowboys (vaqueros), 256 creolisation, 5, 12–13, 37, 102, 106 Criollo, Domingo, 37, 70 cross (symbol), 116–117, 146–148 crossroads, 110 crucifix, 142. See also cross (symbol) cuadrillas, 48, 75–77, 106, 113, 163, 165, 183–185, 188, 193, 197, 199, 250 Cuba, 4–5,…

p. 314
02Liberty and Equality in Caribbean Colombia, 1770-1835Aline Helg · 2004 · Páginas 42, 2832 citas
[2]

authority in the community was the priest, who administered to  parishioners as well as  slaves from adjacent haciendas. 25 The fact that slaves could be kept on haciendas in the direct vicinity of San Basilio suggests that, until , the palenqueros complied with the agreement reached earlier in the century.…

p. 42
[9]

viento y marea; Park, Rafael Núñez.  Notes to Pages – . Lemaître, Historia general de Cartagena, :–, and Juan José Nieto; Fals, El Presidente Nieto. . Pérez, El negro Robles. Although written in , this biography, the first book-length study on Robles, was only published in  as part of a special…

p. 283
03Liberty and Equality in Caribbean Colombia, 1770-1835Aline Helg · Páginas 42, 2832 citas
[3]

authority in the community was the priest, who administered to  parishioners as well as  slaves from adjacent haciendas. 25 The fact that slaves could be kept on haciendas in the direct vicinity of San Basilio suggests that, until , the palenqueros complied with the agreement reached earlier in the century.…

p. 42
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viento y marea; Park, Rafael Núñez.  Notes to Pages – . Lemaître, Historia general de Cartagena, :–, and Juan José Nieto; Fals, El Presidente Nieto. . Pérez, El negro Robles. Although written in , this biography, the first book-length study on Robles, was only published in  as part of a special…

p. 283
04Historia doble de la Costa. Tomo 1: Mompox y LobaOrlando Fals Borda · 2002 · Página 1031 cita
[4]

cimarrón; otros se quedaron donde habita- ban, pero actuando como espías en apoyo de Bioho. El palenque de Matuna creció a tal punto que debió darse una organización social y política formal: Bioho fue proclamado " r e y del arcabuco" y la gente eligió en cabildo a sus propias autoridades según mérito y servicio.…

p. 103
05Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · Páginas 322, 3272 citas
[5]

COLOMBIA Principales Palenques • ✓ Zona de Palenques 342 LA ESCLAVITUD Y LA SOCIEDAD ESCLAVISTA '. • v ci ó n y destrucci ó n de esta comunidad, pero los palenqueros resis tieron los ataques y en no pocas ocasiones pusieron en serio peligro la seguridad del puerto. Las relaciones con este palenque y algunos- otros…

p. 327
[18]

la estratificaci ó n de los grupos sociales de la sociedad esclavista y a la legislaci ó n de la Corona para evitar la convivencia de los negros con los indios y espa ñ oles. Factores de diversa í ndole contribuyeron al cruzamiento de razas, fen ó meno bien caracter í stico de la sociedad colonial hispa noamericana.…

p. 322
06Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2023 · Página 561 cita
[6]

while common places of origin and the hardships of the slave ship may have had initial bonding effects on some slaves in the Americas, the day- to- day experiences people lived and shared, the family and kinship bonds they developed over time, and the strategies they used to create meaning for their lives all…

p. 56
07The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · Página 2721 cita
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descendants of cimarrones, people who won their freedom by escape. They express pride in that past, especially through the heroic symbol of Benkos Biohó, the most famous leader of the communi- ties that later coalesced to become known as Palenke, where there is now a statue in his honor. Colombia’s palenques have…

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08Resistencia en el San JorgeOrlando Fals Borda · 2002 · Página 851 cita
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y caña de azúcar, hasta cuando los expulsaron a la fuerza los blancos de Corozal. Por lo mismo, había espacio para los corra- les y chiqueros del padre Gaicano''. " S e g u r a m e n t e —replica M a n e —. El mismo padre debió llevar después los primeros caballos, mulos y asnos. ¿Cómo se- ría la cosa entre las burras…

p. 85
09Las mujeres en la historia de Colombia. Tomo II: Mujeres y SociedadMagdala Velásquez Toro (dirección académica), Catalina Reyes Cárdenas, Pablo Rodríguez Jiménez · 1995 · Página 561 cita
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ñame, arroz, yuca y cuidando ganados, las mujeres salen del poblado a diario para vender los pro- ductos del monte. Un hecho, que sin ser comprendido por la sociedad externa, ha servido para interpretar peyorati- vamente el desempeño de los hombres en la familia palenquera y para hacer burla de la mujer por "sostener…

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10Colombia: las razones de la guerraJorge Orlando Melo González · 2021 · Página 381 cita
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todo, entre los más prósperos y educados, algunas formas de pensamiento que señalan restricciones a lo que puede considerarse normal, “civilizado” 29. Pero mientras la violencia privada solo se admite contra personas vistas como inferiores (indios, campesinos forajidos, mujeres, niños), la violencia pública de las…

p. 38
11Antropología hecha en Colombia. Tomo IEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · Página 3901 cita
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de Quito intentó reducirlos pacíficamente en 1732, aprovechando los buenos oficios de don Andrés Fajardo, a quien autorizaron para ofrecerles paz, la libertad y el derecho de seguir viviendo tranquilos, con la condición de que no admitieran nuevos prófugos, condición que jamás cumplieron. El gobernador José Francisco…

p. 390
12Patía, de la tierra de nadie a las grandes haciendasCarlos Daniel Quiñonez Rodríguez, Carlos Enrique Osorio Garcés · 2024 · Página 651 cita
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su perspectiva, fray Juan de Santa Gertrudis manifestó: Ha muchísimo tiempo que unos ladrones se dieron maña de hurtar un situado que bajaba con treinta mulas cargadas de plata del Rey, de Pasto a Popayán, y estos se fueron temerosos de la justicia a buscar donde poder estar sin riesgo. Unos indios de Taminango les…

p. 65
13Historia de la primera República de Colombia, 1819-1831. "Decid Colombia sea, y Colombia será"Armando Martínez Garnica · 2019 · Página 3471 cita
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de Cartagena, puerto de entrada de negros esclavos para el reino y ade - más escenario de zambajes y mulatajes, se toleró un sitio de poblamiento con un estatus superior al de los palenques y las rochelas. Se trataba del arrabal de Getsemaní, situado fuera de la muralla de la ciudad, en el que se toleraba el…

p. 347
14Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · Página 981 cita
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En los siglos xvi y xvii, la m ayoría de esclavos traídos de África eran varones, co n sid erad o s m ás útiles que Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. I l i s r c 'K iA D ií C o l o m b i a. I’ a í s i r a g m l n t a i x v s c k t l d a u d i v i d i d a 1 0 1 las m…

p. 98
15Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · Página 1601 cita
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dían la obligación de promover la cristianización del esclavo sin tener en cuenta las sanciones económicas que esto podría acarrear y que iban desde una multa equivalente a la mitad del precio del esclavo hasta la confiscación de los mismos. La actitud de los propietarios hacia el pro- ceso de aculturación variaba…

p. 160
16Introducción a la historia económica de ColombiaÁlvaro Tirado Mejía · 2019 · Página 1001 cita
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el fin del siglo xviii. Según un censo de minas y esclavos hecho en el año de 1759, había en el Chocó 63 minas y otros tantos propietarios que poseían 4.216 esclavos. En el año de 1788 había 18.496 esclavos en el Chocó, Antioquia y Popayán, de acuerdo con la relación de mando del arzobispo virrey, Caballero y Góngora,…

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17La independencia de Colombia: olvidos y ficcionesAlfonso Múnera · 2021 · Páginas 6, 432 citas
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© Alfonso Múnera 2021 © Editorial Planeta Colombiana S.A., 2021 Calle 73 n.º 7-60, Bogotá www.planetadelibros.com.co Diseño de cubierta: Departamento de Diseño Grupo Planeta Primera edición: octubre de 2021 ISBN 13: 978-958-42-9697-9 ISBN 10: 958-42-9750-3 Desarrollo E-pub Digitrans Media Services LLP INDIA Impreso en…

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su provincia. Una mirada a los siglos XVII y XVIII, Bogotá, El Áncora Editores, 2005, ver capítulo 2.2- 2.4, pp. 442-497. Y más recientemente, Aiza Moreno-Goldschmidt, Conversos de origen judío en la Cartagena colonial. Vida social, cultural y economía durante el siglo XVII, Bogotá, Universidad Javeriana, 2018. 41…

p. 43
18Biografía del CaribeGermán Arciniegas · 2016 · Página 3781 cita
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Portobelo, Veracruz o La Habana? Pero el barón, misterioso y obcecado, con la clave del hugonote en el bolsillo, no discute. Es un militar que viene a cumplir una comisión del rey, y se acabó. A De Pointis le agrada, cuando escribe, acaparar gloria. ¿A quién no? Du Casse se limita a preparar sus filibusteros y firma…

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