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Una historia del territorio

El Castillo

El Castillo es un municipio del piedemonte llanero cuya historia condensa, en poco más de setecientos kilómetros cuadrados, el ciclo completo del conflicto armado colombiano: colonización campesina con impronta comunista, arraigo de las FARC sobre…

19 min de lectura33 fuentes

En el piedemonte de la cordillera Oriental, donde el último pliegue andino cede al llano y el río Ariari empieza a serpentear hacia el sur, se extiende el municipio de El Castillo. Fundado como fruto de la colonización campesina de mediados del siglo XX, sus poco más de setecientos kilómetros cuadrados encierran una de las historias más densas del conflicto armado colombiano: aquí la Unión Patriótica llegó al gobierno local, aquí fue exterminada casi por completo, y aquí el Estado terminaría reconociendo, décadas más tarde, que veredas enteras habían sido vaciadas de sus habitantes. En 2015, el Centro Nacional de Memoria Histórica le dedicó al municipio un informe con un título que resume su suerte: Pueblos arrasados. La palabra —arrasamiento— nombra algo más grande que un desplazamiento masivo: nombra lo que ocurre cuando una comunidad se disuelve como cuerpo político y territorial. El Castillo no es un caso más del conflicto; es el laboratorio donde ese proceso puede leerse entero, desde la fundación hasta la memoria.

Un municipio del Ariari

El Castillo pertenece a la subregión del Alto Ariari, en el departamento del Meta, junto a municipios como Lejanías, San Juan de Arama, Granada, Cubarral y Vistahermosa. Su cabecera se levanta sobre las últimas estribaciones de la Cordillera Oriental, y su territorio desciende hacia la llanura siguiendo el curso del río Ariari. Los corregimientos y veredas que conforman su geografía —Medellín del Ariari, Puerto Esperanza, Miravalles, La Cima, San Luis de Yamanes, El Encanto— no son nombres pintorescos: son las coordenadas donde ocurrieron los hechos que marcaron al municipio. Puerto Esperanza y Miravalles, La Cima y San Luis de Yamanes serían, décadas después de su fundación, puntos de compra de hoja de coca y objetivos militares tanto de la guerrilla como del paramilitarismo.

La particularidad territorial de El Castillo, y del Ariari en general, es que su población se distribuyó siguiendo líneas partidistas. La parte alta del municipio quedó bajo influencia del Partido Comunista, en consonancia con la impronta política del Alto Ariari; la parte baja tuvo mayor influencia del Partido Liberal, siguiendo el patrón del Ariari Medio y Bajo. Esta división no fue anecdótica: condicionó las lealtades, las organizaciones sociales, las candidaturas electorales y, finalmente, la geografía del exterminio. Cuando los violentos llegaron, sabían dónde estaban los suyos y dónde los adversarios.

Los orígenes: colonización, violencia y política

La historia de El Castillo empieza propiamente con la Violencia bipartidista de 1946-1958. El desplazamiento masivo de campesinos que huían de la guerra en el interior del país tomó, entre otras rutas, la del piedemonte oriental y los Llanos. El Ariari se convirtió, entre 1950 y 1960, en una de las zonas de mayor crecimiento colonizador del país, junto con el Magdalena Medio, el Caquetá, el Putumayo y el Sarare araucano. Los datos censales confirman la dimensión del proceso: el Meta fue el destino preferido de migrantes en los Llanos Orientales ya en 1951, y para 1964 había superado en crecimiento poblacional a los demás territorios de la región.

La política pública siguió a la colonización. Entre 1953 y 1958 se crearon en el Meta seis nuevos municipios asociados a este auge: Cumaral, Puerto López y El Calvario en 1955, Granada y Guamal en 1956, San Martín en 1958. Granada se consolidó como epicentro comercial y logístico del Ariari, y la mayoría de los recién llegados se asentó en esa subregión. Sobre ese sustrato de colonización espontánea, dispersa y sin presencia real del Estado, se levantaría con el tiempo la cabecera de El Castillo y sus corregimientos.

Lo decisivo, sin embargo, no fue solo la magnitud del flujo migratorio sino su composición política. Al piedemonte no llegaron colonos neutrales: llegaron campesinos con filiación, con memoria de la guerra bipartidista, y en muchos casos con organización previa. Desde los años cincuenta, el Partido Comunista organizó "columnas de marcha" que abrieron nuevos frentes de colonización, primero en la Sierra de La Macarena —sumándose a los colonos expulsados por el Ejército en 1953 desde el Caquetá— y luego en las zonas aledañas del Ariari. Esa colonización dirigida imprimió al Alto Ariari, y a la parte alta de El Castillo, un carácter comunista que no se explica por adhesión ideológica sobrevenida sino por el origen mismo de sus pobladores.

En los años setenta, nuevas bonanzas económicas —pieles, pescado, madera, y más tarde marihuana y coca— atrajeron oleadas migratorias adicionales. La dinámica del piedemonte amazónico se repetía con variantes: la violencia y la concentración de tierras expulsaban campesinos del interior; la frontera agrícola los recibía; y en los territorios nuevamente colonizados se reproducían las condiciones del conflicto original. El Castillo, como el resto del Ariari, fue absorbiendo estas capas sucesivas de población y de economía, con dinamismo pero sin institucionalidad. Los centros poblados de reciente fundación llegaron a superar en pulso económico a las cabeceras municipales, y esa desproporción entre vitalidad social y ausencia estatal definiría el terreno sobre el que actuarían, después, todos los actores armados.

Las FARC y la economía cocalera

Sobre ese territorio colonizado con impronta comunista se instalaron, desde los sesenta y setenta, los frentes de las FARC. La organización guerrillera encontró en el Alto Ariari una retaguardia natural: poblaciones dispersas, débilmente vinculadas al Estado, con simpatías políticas históricas y sin más autoridad efectiva que la que ellas mismas se dieran. Bernardo Jaramillo Ossa —que sería figura central de la Unión Patriótica— observaría más tarde, con lucidez incómoda, que las poblaciones de reciente colonización tenían menor capacidad crítica frente a las FARC que las clases populares urbanas, mejor informadas y con mayor densidad de análisis. La observación, formulada desde adentro del proyecto de izquierda, describe una relación asimétrica entre la guerrilla y sus bases rurales.

La irrupción de la coca transformó esa relación. Desde comienzos de los ochenta, la hoja fue desplazando los cultivos tradicionales —maíz y arroz— que habían sido la base económica de las regiones colonizadas en las dos décadas anteriores. En el Alto y Medio Ariari había entre 250 y 300 hectáreas de coca en El Castillo, cifras similares en Lejanías, entre 300 y 500 en San Juan de Arama. Los puntos de compra y las zonas de cultivo se concentraban en corregimientos y veredas de El Castillo: Miravalles, San Luis de Yamanes, La Cima, Puerto Esperanza.

Las FARC cobraron el impuesto de gramaje sobre esa economía, ofreciendo a cambio protección a cultivos, laboratorios y pistas. El arreglo financió a la guerrilla y le dio, sobre el territorio, un control de facto que ni el Estado ni ninguna otra fuerza legal podían disputar. Pero introdujo también una tensión que marcaría el resto de la historia: la coca convirtió al Alto Ariari en un territorio codiciado no solo por su valor político sino por su renta. Y cuando la codicia entró en juego, los adversarios cambiaron.

Los años ochenta: la Unión Patriótica

La Unión Patriótica se fundó el 28 de enero de 1985, como fruto de los acuerdos de paz entre el gobierno de Belisario Betancur y las FARC-EP. En el Ariari-Meta, el nuevo movimiento no tuvo que construirse desde cero: se articuló con organizaciones sociales y sindicatos agrícolas que se habían formado al calor de los movimientos campesinos de los años setenta. En El Castillo, ese sustrato organizativo era denso. La colonización comunista de la parte alta del municipio había producido, en tres décadas, una base social politizada, con líderes, con estructuras de acción colectiva, con memoria propia.

La UP tuvo en la región un carácter campesino de base. Sus dirigentes eran, a la vez, cuadros partidarios y voceros de sindicatos agrarios. Eusebio Prada en el Meta —como Blanca Nubia Ballesteros en el Guaviare— encarnaban esa doble condición: movilizaban el territorio a través de bazares, mítines, colectas, y aprovechaban una experiencia política previa que los hacía interlocutores reconocidos en veredas y corregimientos. La UP no era, en el Ariari, un partido de aparato paracaidista: era la expresión electoral de un tejido social que llevaba décadas construyéndose.

Los resultados llegaron rápido. En las elecciones de 1986 y 1988, la UP obtuvo en el Meta, y particularmente en El Castillo y el Alto Ariari, votaciones que amenazaron los bastiones tradicionales. La primera elección popular de alcaldes, en 1988, consolidó esa presencia local: la UP llegó a la administración municipal en varios puntos de la región. Fue precisamente ese éxito electoral —esa conversión de la base social campesina en poder institucional efectivo— lo que precipitó la reacción.

El exterminio

La reacción tuvo nombres. José Gonzalo Rodríguez Gacha organizó grupos paramilitares en la región del Ariari desde 1986. Víctor Carranza hizo lo propio en el otro flanco del Meta, particularmente en la zona esmeraldera y ganadera. Ambos tenían nexos directos con el paramilitarismo pionero de Puerto Boyacá, y ambos combinaban intereses económicos —narcotráfico en el caso de Rodríguez Gacha, esmeraldas y tierra en el de Carranza— con un anticomunismo que se fue radicalizando en el propio conflicto. La disputa territorial entre los grupos organizados por Rodríguez Gacha y las FARC-EP se quebró en 1986, y esa ruptura gestó en el capo un anticomunismo particularmente intenso que se proyectaría sobre la UP.

El exterminio de la UP en el Ariari no fue solo la eliminación deliberada de un adversario político; fue también parte de una guerra por el control territorial de una economía cocalera en expansión. Las dos lógicas —la política y la económica— operaron simultáneamente, se reforzaron mutuamente y usaron los mismos instrumentos: la estigmatización de las comunidades como colaboradoras de la guerrilla, el desplazamiento forzado, las masacres selectivas, el vaciamiento del territorio. En El Castillo, matar dirigentes de la UP y arrebatar puntos de compra de coca fueron operaciones que se ejecutaron con la misma mano.

Para septiembre de 1986, las víctimas de la UP a escala nacional rondaban las 300. En el Meta, antes incluso del primer congreso del partido en noviembre de 1985, murieron asesinados cuatro campesinos de base cuyos nombres deben recordarse: Giovanni Parra, en Villavicencio, en febrero; Joaquín Ernesto Toro, en Granada, el 29 de julio; Misael Rodríguez, en Vistahermosa, el 22 de agosto; y Fabio López, en Puerto Agitán, el 30 de septiembre. Eran los primeros de una lista que se extendería durante más de una década.

El 1 de enero de 1989, paramilitares de la región del Ariari asesinaron en el Meta a Nohra López de Sánchez, militante de la UP y esposa de un dirigente del movimiento. Su muerte, al inicio de un año que sería particularmente sangriento, ilustra un método: la desaparición forzada de campesinos y pobladores rurales creció de forma alarmante en esa época como recurso sistemático del paramilitarismo. No solo se mataba a los dirigentes visibles; se desaparecía a los militantes de base, a los familiares, a los vecinos. El terror difuso disolvía la comunidad desde adentro.

La violencia se cebó sobre alcaldes, concejales, diputados y parlamentarios electos por la UP en el Meta, sobre simpatizantes y dirigentes intermedios, sobre campesinos que habían prestado su casa para una reunión o su firma para un aval. El Meta se convirtió en uno de los departamentos con mayor presencia de víctimas del partido, y dentro del Meta, El Castillo y el Alto Ariari en el epicentro. La escalada de masacres paramilitares de 1988 —que se extendió hacia el Ariari, entre otras regiones con fuerte presencia de la UP— coincidió con la primera elección popular de alcaldes: la conquista democrática de lo local por parte del movimiento y su exterminio corrieron a la par.

Pedro Nel Jiménez y Leonardo Posada, dirigentes nacionales de la UP asesinados en los primeros años del partido, y Bernardo Jaramillo Ossa, muerto en 1990, forman el fondo nacional contra el que se recorta el exterminio regional. En el Meta, la persecución tuvo rostros locales: Josué Giraldo Cardona, defensor de derechos humanos vinculado a la denuncia sistemática del genocidio del partido, y María Mercedes Méndez, entre otros, encarnaron esa resistencia de segunda línea que el paramilitarismo se propuso liquidar.

El Bloque Centauros y el arrasamiento

La violencia paramilitar en el Ariari no se agotó con la eliminación de la UP en los ochenta y comienzos de los noventa. A comienzos del siglo XXI, una segunda oleada terminó de arrasar lo que quedaba. El Bloque Centauros, comandado por Miguel Arroyave, libró entre 2002 y 2004 una guerra abierta contra las Autodefensas Campesinas del Casanare (ACC) de Héctor Buitrago, alias Martín Llanos. El objetivo estratégico de Arroyave era debilitar el control de las ACC en Casanare y Meta y arrebatarle los puntos de procesamiento de coca. Lo logró: el Bloque Centauros tomó municipios desde Monterrey hasta Hato Corozal, y consolidó su presencia en el Ariari.

Sobre El Castillo cayó, en esos años, un régimen de control territorial de una crueldad meticulosa. El paramilitarismo llegó a restringir el abastecimiento de alimentos a las veredas de la parte alta: solo se permitía ingresar una panela por semana, dos o tres libras de arroz y una libra de manteca por familia, además del cobro sistemático de "vacunas". Era el hambre convertida en método. La estigmatización previa —el señalamiento de las comunidades como colaboradoras de la guerrilla— justificaba, ante los propios paramilitares y ante buena parte de la opinión regional, ese cerco alimentario que no distinguía entre combatientes y niños.

El asesinato de Miguel Arroyave en septiembre de 2004 fracturó al Bloque Centauros en tres facciones: los Leales a Arroyave, que conservaron el nombre y se desmovilizaron como Bloque Centauros en septiembre de 2005 cerca de Yopal; el Frente Héroes del Llano, al mando de alias Pirata; y el Frente Héroes del Guaviare, al mando de alias Cuchillo. Los dos últimos se desmovilizaron conjuntamente en Puerto Lleras, Meta, en abril de 2006. Sobre el papel, la desmovilización cerraba un ciclo. Sobre el terreno, había dejado un municipio irreconocible.

El efecto acumulado de tres décadas de violencia —la persecución a la UP en los ochenta y noventa, la guerra paramilitar de comienzos de los dos mil, la contraviolencia guerrillera, las operaciones de la Fuerza Pública— fue el vaciamiento efectivo de veredas enteras. Las poblaciones rurales de la parte alta del municipio y de los centros poblados tuvieron que desplazarse. Dejaron atrás no solo casas y parcelas sino un tejido, una historia común de construcción social del territorio y de identidad. Corregimientos que habían sido dinámicos, veredas que habían votado masivamente por la UP, se quedaron sin habitantes. Esa es la palabra exacta, y por eso el CNMH acuñó el concepto: arrasamiento.

El concepto de arrasamiento

En 2015, el Centro Nacional de Memoria Histórica publicó, en coedición con la Unidad para las Víctimas, el informe Pueblos arrasados. Memorias del desplazamiento forzado en El Castillo (Meta). El documento hizo dos cosas a la vez. Reconstruyó, con detalle etnográfico y documental, lo ocurrido en el municipio: hechos, actores, daños, resistencias. Y propuso al Estado colombiano un nuevo abordaje jurídico y conceptual del desplazamiento forzado.

La tesis del informe es que la normativa vigente reconoce el desplazamiento masivo como un evento —un hecho puntual que afecta a un grupo de personas en un momento dado— pero no captura el fenómeno más generalizado en que la mayoría de habitantes de una vereda, un corregimiento, un resguardo indígena o una unidad territorial cualquiera son forzados a migrar, disolviendo el sujeto colectivo mismo. Cuando eso ocurre —y en El Castillo ocurrió— lo que se destruye no son individuos desplazados sino una comunidad como cuerpo social, político y territorial. La estigmatización previa es en sí misma una forma de violencia: al marcar a las comunidades como colaboradoras, atrasadas o ideológicamente adversas, actores legales e ilegales se habilitan para disponer del territorio, y a esa estigmatización siguen hechos victimizantes que obligan al abandono o a la sujeción a nuevos órdenes sociales.

El caso de El Castillo obligaba, entonces, a pensar de otra manera. El desplazamiento forzado en el municipio estuvo acompañado de la destrucción de expresiones sociales, políticas, familiares, culturales y económicas preexistentes: la UP como fuerza política local, los sindicatos agrarios, las juntas de acción comunal, las fiestas patronales, las relaciones de vecindad, las economías campesinas del maíz y el arroz. Todo eso se disolvió a la vez. Reconocer el arrasamiento como fenómeno diferenciado del desplazamiento masivo ordinario implicaría, para el Estado, una respuesta institucional distinta: no bastan las ayudas humanitarias individuales; se requiere reparar y reconstruir un sujeto colectivo.

Ese planteamiento no llegaba a un vacío. La Corte Constitucional ya había declarado, en 2004, el Estado de Cosas Inconstitucional en materia de desplazamiento forzado mediante la sentencia T-025, al constatar que la respuesta estatal era estructuralmente insuficiente. Antes, la Ley 387 de 1997 había consagrado el retorno como derecho y como alternativa de estabilización socioeconómica, con obligaciones concretas para el Gobierno nacional en protección y consolidación económica. En el papel, el andamiaje existía. En el Ariari, más de una década después de la T-025, seguía sin bastar: los esfuerzos estatales desde mediados de los noventa no habían prevenido el desplazamiento, ni articulado una respuesta a las víctimas, ni identificado y perseguido judicialmente a los responsables. El informe del CNMH aterrizaba en ese hueco.

La red: personas, lugares, alianzas

Para entender El Castillo hay que trazar la red que lo atravesó, y esa red tiene tres capas superpuestas. La primera es la de las víctimas y los proyectos truncados. En el nivel local, los cuadros de la UP y los defensores de derechos humanos: Josué Giraldo Cardona, María Mercedes Méndez, y las decenas de dirigentes intermedios y campesinos de base cuyos nombres el municipio conserva. En el nivel nacional, las figuras cuya suerte marcó la de la región: Pedro Nel Jiménez, Leonardo Posada y Bernardo Jaramillo Ossa, este último con una lucidez particular sobre las tensiones entre la guerrilla y las bases campesinas que lo situaban, dentro del propio proyecto de izquierda, en una posición incómoda.

La segunda capa es la de los victimarios, y se traza con la misma nitidez. José Gonzalo Rodríguez Gacha, capo del Cartel de Medellín, aportó desde 1986 recursos, hombres y un anticomunismo endurecido tras la ruptura con las FARC-EP. Víctor Carranza, zar esmeraldero, extendió el modelo desde el otro flanco del Meta con nexos que llegaban hasta Puerto Boyacá; paramilitares suyos habrían recibido entrenamiento en la hacienda "El Cincuenta" entre diciembre de 1987 y marzo de 1988, a manos de mercenarios israelíes e ingleses. Más tarde, Miguel Arroyave y el Bloque Centauros —y las facciones que le sucedieron bajo Pirata y Cuchillo— consolidaron el control territorial en la primera década del siglo XXI, mientras Carlos Castaño Gil, comandante general de las Autodefensas Unidas de Colombia, articulaba el conjunto a escala nacional.

Entre unos y otros, y sin quedar fuera del cuadro, están las FARC. Sus frentes actuaron en la región desde décadas antes: cobraron gramaje sobre la coca, protegieron cultivos y laboratorios, disputaron el territorio al paramilitarismo y ejercieron, por su parte, formas de control sobre la población. La violencia sobre El Castillo no vino solo de un lado; el terror lo pusieron todos los actores armados, legales e ilegales.

La tercera capa es la de los lugares, y quizá sea la más elocuente. Medellín del Ariari, corregimiento con nombre programático, es hoy uno de los referentes centrales del municipio. Puerto Esperanza y Miravalles fueron puntos de compra de coca y escenarios de violencia. La Cima, San Luis de Yamanes, la vereda El Encanto: nombres que en cualquier otro país serían solo topografía, y que aquí son coordenadas del arrasamiento. Villavicencio y Granada, capital departamental y centro comercial del Ariari, son las ciudades hacia las que se desplazaron muchos castillenses expulsados. El río Ariari da nombre a la región y estructura la geografía; la Cordillera Oriental, en su descenso hacia el llano, define el piedemonte donde todo esto ocurrió.

La huella: memoria y retorno

Lo que hace de El Castillo un caso singular no es solo la intensidad del arrasamiento sino la capacidad de sus habitantes para responder. A pesar del terror causado por todos los actores armados, los castillenses desarrollaron múltiples formas de resistencia individuales y colectivas. Hombres y mujeres del municipio impulsaron procesos de organización y movilización para hacer frente al conflicto y a sus efectos, en un contexto en que el mero hecho de reunirse podía costar la vida.

Una de las expresiones más notables de esa resistencia es una iniciativa de memoria ambiental: la plantación de un bosque de 2.000 árboles en cuyas raíces se sembraron mensajes escritos por las personas afectadas por la violencia, dirigidos a familiares desaparecidos o asesinados. La iniciativa vincula la memoria con la recuperación de cuencas hídricas rurales, en un gesto que funde reparación simbólica y restauración ecológica. El Salón del Nunca Más, referente de la memoria local, resignifica un territorio que sufrió desplazamiento forzado y violencia por parte de grupos paramilitares, FARC, ELN y Fuerza Pública. Son iniciativas que no borran lo ocurrido: lo inscriben en el paisaje, lo hacen legible para quienes lleguen después, lo convierten en materia pedagógica y política.

Esa dimensión de memoria activa es indisociable del retorno. La Ley 387 de 1997 estableció el retorno como derecho, y en El Castillo, como en otros municipios del Ariari, algunas familias han vuelto. El retorno no es, sin embargo, restauración: las veredas no vuelven a ser lo que fueron antes del arrasamiento. La comunidad que regresa es otra, más pequeña, marcada, y tiene que reconstruir tejido social sobre las ruinas del anterior. Las parcelas abandonadas durante años presentan ocupaciones sobrevenidas, linderos borrados, cultivos perdidos; el regreso implica litigios de tierra, restitución jurídica, reconstrucción material de casas y caminos, y también la más difícil tarea de rehacer confianza entre vecinos cuyos vínculos fueron rotos por el señalamiento, el miedo y la ausencia. La memoria, en ese trabajo silencioso, funciona como material práctico: fija un relato compartido sobre lo ocurrido, identifica a los ausentes, sostiene la legitimidad de la comunidad que vuelve frente a quienes ocuparon el vacío.

Lo que El Castillo enseña

El Castillo no es un caso más del conflicto colombiano; es uno de los casos que mejor lo explican, porque en él pueden leerse en secuencia todas las fases del proceso: la colonización campesina como respuesta a la Violencia bipartidista y a la concentración de tierras; la organización política comunista en la nueva frontera agrícola, que llenó el vacío dejado por el Estado; la irrupción de las FARC sobre esa base social politizada y su instalación como poder de facto; la transición a la economía cocalera, que hizo del territorio un objetivo económico además de político; el éxito local de la UP como salida electoral del proyecto de izquierda; la reacción narcoparamilitar, que combinó anticomunismo, disputa por el control cocalero y captura de tierra; el exterminio sistemático de la UP a lo largo de dos décadas; la segunda oleada paramilitar del Bloque Centauros; el vaciamiento efectivo de veredas; la desmovilización formal, y el reconocimiento estatal tardío del arrasamiento como fenómeno.

El municipio invita a resistir dos simplificaciones. La primera es reducir su historia al exterminio de la UP como si fuera un episodio autónomo: en El Castillo, el genocidio político y la guerra por la coca fueron la misma guerra, ejecutada con los mismos instrumentos. La segunda es reducir el municipio a su condición de víctima: la agencia campesina —organizarse, votar, resistir, retornar, recordar— es el hilo que atraviesa toda la historia local, desde la colonización comunista hasta las iniciativas de memoria contemporáneas. Los mismos habitantes que fueron arrasados son quienes hoy siembran árboles con nombres bajo la corteza, y esa continuidad entre pérdida y trabajo hace del municipio un lugar de memoria en el sentido más pleno de la palabra.

En el piedemonte donde termina la Cordillera Oriental y empieza el llano, El Castillo sigue existiendo. Su historia obliga al país a mirar de frente lo que hizo la guerra en sus territorios más olvidados, y también lo que esos territorios hicieron con la guerra: nombrarla, contarla, oponerle memoria.

Conexiones

El territorio en el archivo

Dónde aparece y con qué se relaciona

Fuentes

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

25 documentos · 33 fragmentos
01
Pueblos arrasados: Memorias del desplazamiento forzado en El Castillo (Meta)Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH); Catalina Riveros Gómez, Francisco Hernando Vanegas Toro, Julián Augusto Vivas García, Pablo Andrés Convers Hilarión (relatores) · 2015 · p. 19, 69
2 citas
[1]

siete capítulos, antecedidos por la presente introduc- ción, en la que se esbozan además las categorías analíticas utiliza- das en la investigación. Entendiendo que el arrasamiento es un proceso de mediana o larga duración, el capítulo 1 aborda el periodo 1948-1984 dentro del cual ocurrieron sucesivas oleadas de…

p. 19
[33]

de septiembre de 1977, la represión contra los partidos de oposición y los movimientos so- ciales se endureció. Los sectarismos políticos se reeditaron y tu- vieron las mismas manifestaciones violentas de años anteriores. Un año después fue expedido el decreto que dio vida al Estatuto de Seguridad Nacional del…

p. 69
02
Antropología hecha en Colombia. Tomo IIEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 509
1 cita
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y conflicto La extrema pobreza en muchas regiones campesinas y sectores urbanos, así como la exagerada concentración de tierras en nuestro país, alimentaron el alto número de personas que se aventuraron a colonizar el piedemonte amazónico desde mediados del siglo XX. Dicha ocupación ha consistido en un largo proceso…

p. 509
03
Nueva Historia de Colombia, Vol. III: Relaciones Internacionales, Movimientos SocialesÁlvaro Tirado Mejía, Jesús Antonio Bejarano, Fernando Cepeda Ulloa, Rodrigo Pardo García-Peña, Germán Zea Hernández, Luis Vitale, Malcolm Deas, Catherine LeGrand, Mauricio Archila Neira, Rocío Londoño Botero, Pierre Gilhodes, Myriam Jimeno Santoyo · p. 384
1 cita
[3]

tan sólo obtu- vieron el asentamiento de unos pocos pioneros, mientras el interés coloni- zador se dirigía a las inmediaciones de las áreas ya incorporadas. Alrededor de 1945 empezó a gene- ralizarse la agricultura de corte em- presarial, la cual desplazó a los cam- pesinos de algunas zonas mecaniza- bles, como…

p. 384
04
Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. El campesinado y la guerraComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 64
1 cita
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forma fraudulenta a precios irrisorios. El total de parcelas perdidas es de 393.648 123. La pérdida de parcelas se concentra en la zona donde más muertes ocurrieron, y donde también, en décadas anteriores, se habían presentado conflictos entre hacendados y colonos campesinos, en particular en el Valle del Cauca,…

p. 64
05
Territorial Rule in Colombia and the Transformation of the Llanos OrientalesJane M. Rausch · 2013 · p. 60, 72
2 citas
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assistance, the Caja de Crédito Agario was authorized to make up to 5 million pesos available in loans to colonos, and on September 26, the commission received 300,000 pesos to begin the process. 24 According to historian Myriam Jimeno Santoyo, “The magnitude of coloni- zation produced by the destabilization of rural…

p. 60
[6]

briefly in 1957. 63 Lieuten- ant Jaime García Ullo was alcalde from 1954 to 1955 and was succeeded by Jorge Rincón Osorio, Leonard Garavito Martínez, Captain Hernando Cleves, and José Antonio Barrera. 64 Nancy Espinel states that before the Violencia, the intendancy had been divided into three municipios:…

p. 72
06
Guerreros y campesinos. Despojo y restitución de tierras en ColombiaAlejandro Reyes Posada · 2016 · p. 66
1 cita
[7]

total del país vive en la gran región oriental de la Amazonía y la Orinoquía. La colonización es conflictiva porque los grupos iniciales de campesinos que desmontan la selva o los bosques de galería llaneros son desplazados por los grandes compradores de mejoras, que concentran la propiedad para la ganadería extensiva…

p. 66
07
Memorias de una guerra por los Llanos. Tomo I. De la violencia a las resistencias ante el Bloque Centauros de las AUCCentro Nacional de Memoria Histórica · 2021 · p. 60, 207
2 citas
[8]

situación jalonó el desa- rrolló de centros poblados de reciente fundación, cuyo dinamismo superó al de las cabeceras municipales, un rasgo muy característico del ordenamiento territorial en las regiones del Ariari y del Duda–Guayabero (Gutiérrez Lemus, 2012). De esa manera se configuraron municipios y microrregiones…

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[25]

la comu- nidad había comprado su lote, se convirtió en un pueblo fantasma. El internado de mujeres y la caseta sindical fueron destruidas durante los combates. De a poco, los campesinos que se instalaron en El Encanto empezaron a tener problemas para abastecerse de alimentos porque los paramilitares controlaban el…

p. 207
08
Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. OrinoquíaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 99, 108
2 citas
[9]

guerrilla el impuesto de gramaje sobre la cantidad producida, a cambio de protección de cultivos, laboratorios y pistas, tal como lo había anticipado el mencionado comandante Argemiro. Pero en 1986 se resquebrajó el convenio, cuando empezó la confrontación entre los paramilitares, organizados por Rodríguez Gacha, en…

p. 99
[14]

tradicionales, sobre todo el Liberal, que dominaba la política local. En esta región, la UP fue un movimiento campesino. Las apuestas organizativas, formadas al calor de los movimientos sociales de los setenta, se aglutinaron a su alrededor. Líderes como Blanca Nubia Ballesteros, en Guaviare, o Eusebio Prada, en el…

p. 108
09
La tierra no basta. Colonización, baldíos, conflicto y organizaciones sociales en el CaquetáCentro Nacional de Memoria Histórica, Erika Andrea Ramírez Jiménez · 2017 · p. 60
1 cita
[10]

lo que ocasionó el fin de los cultivos de maíz y arroz, que habían sido la base económica de la región en las déca- das de los sesenta y setenta. A continuación presentamos algunos testimonios que dan cuenta de los efectos que trajo la economía cocalera en el sur del departamento. Nos llegó la cultura de la coca y…

p. 60
10
Guerrilla y Población Civil. Trayectoria de las FARC 1949-2013Mario Aguilera Peña · 2013 · p. 122
1 cita
[11]

reciente colonización, convertidas en zonas de retaguardia de los Frentes guerrilleros, Jaramillo señalaba que los parámetros de interacción con la población civil de las zonas de co- lonización no podían convertirse en el modelo para acercarse a los miembros de las clases populares de cualquier ciudad del país, mejor…

p. 122
11
Alvaro Uribe Velez El Narcotraficante # 82Sergio Camargo V. · 2008 · p. 20, 187
2 citas
[12]

el Estado y el establecimiento, era la enorme corrupcion que se percibía en las capas gobernantes de la región, predominantemente liberales. El 28 de enero de 1985, como fruto de los mismos acuerdos de paz, se dio vida jurídica y política a la UNION PATRIOTICA. Su primer congreso finalizó el 16 do noviembre 1985 con…

p. 20
[21]

de Puerto Boyacá, revelo los estrechos vínculos de Víctor Carranza con los líderes nacionales del 221 Artículo del periodista Felipe Zuleta, Blog (26-5-2007) 188 paramilitarismo y el envío que hizo de paramilitares para ser entrenados en la hacienda 'El Cincuenta' de Puerto Boyacá (diciembre/87 a marzo/88) por…

p. 187
12
Álvaro Uribe Vélez: El Narcotraficante Nº 82Sergio Camargo V. · 2008 · p. 20, 187
2 citas
[13]

el Estado y el establecimiento, era la enorme corrupcion que se percibía en las capas gobernantes de la región, predominantemente liberales. El 28 de enero de 1985, como fruto de los mismos acuerdos de paz, se dio vida jurídica y política a la UNION PATRIOTICA. Su primer congreso finalizó el 16 do noviembre 1985 con…

p. 20
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de Puerto Boyacá, revelo los estrechos vínculos de Víctor Carranza con los líderes nacionales del 221 Artículo del periodista Felipe Zuleta, Blog (26-5-2007) 188 paramilitarismo y el envío que hizo de paramilitares para ser entrenados en la hacienda 'El Cincuenta' de Puerto Boyacá (diciembre/87 a marzo/88) por…

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Walking Ghosts: Murder and Guerrilla Politics in ColombiaSteven Dudley · 2004 · p. 139
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And with the UP victories, critics wondered whether the guerrillas would get their hands on the municipal funds under UP control. The rebel group was mute about the subject but seemed poised to turn the region into FARC- landia. The traditional parties were already shaking with fear. Power brokers, new and old,…

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Silenciar la democracia. Las masacres de Remedios y Segovia 1982-1997Centro Nacional de Memoria Histórica; Ronald Edward Villamil Carvajal, Vladimir Melo Moreno (relatores); Tatiana Rincón Covelli, Andrés Fernando Suárez (correlatores) · 2014 · p. 38
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décadas de violencia que requieren ser esclarecidas por las instituciones y la sociedad en su conjunto. La memoria es un derecho de las víctimas y un deber del Estado y de la sociedad, y como derecho o como deber la tarea de la memoria es hoy en Colombia inaplazable. Este texto es un reconocimiento no sólo a los que…

p. 38
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No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 214
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jeep del Ejército sin esconderse, ya no 630 Entrevista 001-VI-00007. Mujer, Líder de la Unión Patriótica, víctima. 631 Centro Nacional de Memoria Histórica, «Todo pasó». 632 Centro Nacional de Memoria Histórica, 58. la búsqueda de la democracia y la guerra sucia (1978-1990) 215 se escondían, y desde allí los vecinos…

p. 214
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1989María Elvira Samper · 2019 · p. 35
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palpitando en el pecho y el interrogante sobre cuál otro acto terrorista, cuál otro muerto, nos esperaban al día siguiente. Una realidad que las nuevas generaciones desconocen y apenas alcanzan a imaginar. _____ ENERO 1 y 11 MAL COMIENZO DE UN MAL AÑO El primer día del año es asesinada en el Meta, Nohra López de…

p. 35
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Sufrir la guerra y rehacer la vida. Impactos, afrontamientos y resistenciasSaúl Franco Agudelo · 2022 · p. 215
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de los más ilustrativos al respecto. Un líder de este partido le dijo a la Comisión: «Allí se produjeron matanzas horribles. Allí fue asesinado el alcalde de Tibú, Tirso Vél ez […], el candidato más opcionado a la Gobernación de Santander […]. En la ciudad de Barrancabermeja, fue asesinado Leonardo Posada Pedraza,…

p. 215
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Violencia paramilitar en la Altillanura: Autodefensas Campesinas de Meta y VichadaÁlvaro Villarraga Sarmiento (Director general); Centro Nacional de Memoria Histórica · p. 71, 146
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narcotráfico (1989, página 13). El principal cambio en la naturaleza del paramilitarismo por su asociación con el Cartel de Medellín radicó en que aparte de hallarse involucrado en la guerra contrainsurgente comenzó a ser un actor muy activo en la lucha contra las drogas y se puso a favor de los narcotraficantes. La…

p. 71
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PARAMILITAR EN LA ALTILLANURA: AUTODEFENSAS CAMPESINAS DE META Y VICHADA INFORME N.° 3 petroleras, por el otro. Tierra, cultivos ilícitos, extorsión y renta petrolera explican el porqué de la disputa armada entre facciones paramilitares de los Llanos Orientales. (…) La gue- rra entre Martín Llanos, jefe político y…

p. 146
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Memorias de una guerra por los Llanos. Tomo II. El Frente Capital y el declive del Bloque Centauros de las AUCDaniel Ricardo Martínez Bernal (coordinador), Lorena Camacho Muete, Esteban Caviedes Alfonso, Laura Bibiana Escobar García, José María Gutiérrez Sierra, Daniela Moreno Arriola, Daniel Augusto Serrano Corredor, Juan Manuel Villarraga Beltrán · 2021 · p. 372
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alianza que había con las ACC se rompió, y desde 2002 a 2004 se presentó una guerra entre ambos grupos que, de acuerdo con la información recolectada, fue instigada por Miguel Arroyave con el fin de debilitar el control de las ACC en Casanare y Meta y arrebatarle CONCLUSIONES 373 los puntos de procesamiento de coca.…

p. 372
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Nororiente y Magdalena Medio, Llanos Orientales, Suroccidente y Bogotá DC. Nuevos escenarios de conflicto armado y violencia. Panorama posacuerdos con AUCÁlvaro Villarraga Sarmiento (coordinador), Alberto Santos Peñuela, Lukas Rodríguez Lizcano, Luisa Fernanda Hernández Mercado, Juanita Esguerra Rezk · p. 97
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interno). Pero las pugnas internas del Bloque Centauros generaron descontento por el actuar de Miguel Arroyabe, quien fue asesinado -presun - tamente por Cuchillo y Jorge Pirata- en septiembre de 2004 (Re - vista Semana, 2009, septiembre 24). Así, el Bloque Centauros se fracturó en tres facciones: los Lea - les a…

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Pueblos arrasados. Memorias del desplazamiento forzado en El Castillo (Meta)Myriam Hernández Sabogal, Catalina Riveros Gómez, Francisco Hernando Vanegas Toro, Julián Augusto Vivas García, Pablo Andrés Convers Hilarión · 2015 · p. 18, 36
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de este fenómeno. 18 Pueblos arrasados expresiones de su vida en sociedad, lo cual se evidencia en especial en los daños colectivos sufridos por las poblaciones rurales que ha- bitan la parte alta y los centros poblados que tuvieron que despla- zarse y dejar vacíos lugares en los que habían forjado una historia común…

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que, al tiempo que impone cambios abruptos frente a “disidencias peligrosas”, moviliza intereses económicos y políticos. La estigmatización constituye en sí una forma de violencia, una expresión de la dominación y la coerción, de las relaciones de po- der económico y político (Fernández, 2005). En el conflicto arma-…

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Regiones y conflicto armado. Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento históricoClara Inés García · 2018 · p. 169
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Móvil 29 de Mayo); ELN; bandas neoparamilitares, fuerza pública. Otros: narcotraficantes, mafias nacionales e internacionales, parapolíticos. 170 Regiones y conflicto armado Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento histórico Caso El Castillo Referencia bibliográfica Centro Nacional de Memoria Histórica…

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Conversaciones de honor: Memorias MilitaresMartín Nova · 2020 · p. 36
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bosque de 2.000 árboles que crecería frondoso con los recuerdos de una guerra y sus damnificados en sus raíces, escritos en papelitos. Cada afectado por la violencia escribía un mensaje a su familiar desaparecido, o a su familiar asesinado, para sembrarlo junto a un nuevo árbol que cuidaría las cuencas hídricas…

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Una nación desplazada: Informe nacional del desplazamiento forzado en ColombiaCentro Nacional de Memoria Histórica (CNMH); Myriam Hernández Sabogal, Catalina Riveros Gómez, Mónica Johanna Rueda, Yamile Salinas Abdala, Juan Manuel Zarama Santacruz · 2015 · p. 30
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pública adop- tados por el Gobierno nacional, e implementados a través de las distintas instituciones del Estado a partir de mediados de la década del noventa, no fueron suficientes para prevenir la problemática, dar una respuesta articulada a sus víctimas e identificar y perseguir judicialmente a los responsables. En…

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Más allá del desplazamiento: políticas, derechos y superación del desplazamiento forzado en ColombiaCésar Rodríguez Garavito (coord.), Juan Carlos Guataquí, Ana María Ibáñez Londoño, María Mercedes Maldonado Copello, Luis Eduardo Pérez Murcia, Esteban Restrepo Saldarriaga, Héctor Riveros Serrato, Diana Rodríguez Franco, Yamile Salinas Abdala · 2010 · p. 116
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alternativas de la etapa de estabilización socioeconómica y, como tal, trasciende el proceso geográfico de retorno y cubre todos los programas contemplados por la legislación para dicha etapa. Esta sección se concentra, sin embargo, en analizar los puntos particulares del retorno contemplados por la legislación y los…

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