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Idea · Colonia

Limpieza de sangre

Dispositivo jurídico-burocrático trasplantado de Castilla a la Nueva Granada que exigía probar la ausencia de ascendencia judía, musulmana, indígena, negra o de casta para acceder a la educación universitaria, los cargos públicos y las profesiones nobles; operó durante más de dos siglos como arquitectura de exclusión social y sostuvo la hegemonía criolla sobre las castas.

3.605 palabras27 documentos40 fragmentos citados
Limpieza de sangre

Trayectoria de una idea

  1. 1391

    Raíz ibérica: pogromos y estatutos de limpieza

  2. 1492

    Expulsión y trasplante atlántico

  3. 1556

    Reafirmación metropolitana y feudalización de América

  4. 1600

    Arquitectura jurídica en la Nueva Granada

  5. 1778

    Tensión demográfica: el censo revela la mayoría mestiza

  6. 1797

    Caso Gastelbondo: la mancha imprescriptible

  7. 1805

    Orden del Protomédico de Cartagena: prohibición a zambos y mulatos

03

La lectura

La limpieza de sangre no fue en la Nueva Granada un prejuicio difuso sino una máquina de papel: partidas bautismales, probanzas notariales, estatutos universitarios y órdenes virreinales que, engranados, decidían desde la pila bautismal quién podría estudiar, graduarse, ordenarse o ejercer un oficio noble. Nacida en la Castilla del siglo XV para vigilar al converso, cruzó el Atlántico dentro del bagaje del conquistador y se aclimató al ritmo del sistema de castas, sirviendo durante más de dos siglos para reproducir la hegemonía de una élite criolla que se autodenominaba blanca en un territorio donde los mestizos ya eran mayoría en 1778. Su lógica era circular y autorreferente: los indios y negros no estaban sometidos porque fueran inferiores, sino que eran declarados inferiores porque estaban sometidos, y esa inversión causal, repetida en sermones, ordenanzas y trato cotidiano, era la argamasa que sostenía el edificio. La independencia la abolió en el papel, pero su gramática —recodificada como blanqueamiento, mestizaje virtuoso, higienismo o regeneración racial— sobrevivió en las jerarquías republicanas, demostrando que los dispositivos de exclusión no mueren con las instituciones que los alojaron sino que migran a nuevos lenguajes.

La limpieza de sangre fue, en la Nueva Granada de los siglos XVII y XVIII, mucho más que un prejuicio heredado de la península: fue un dispositivo burocrático activo, una arquitectura de expedientes, probanzas, registros bautismales y estatutos universitarios que decidía quién podía estudiar, quién podía ordenarse, quién podía graduarse de médico o notario, quién podía profesar en un convento y quién podía sentarse en un cabildo. Nacida en la Castilla del siglo XV como muro contra los cristianos nuevos —conversos del judaísmo y del islam—, atravesó el Atlántico dentro del bagaje del conquistador y se aclimató en el Nuevo Reino de Granada al ritmo del sistema de castas, sirviendo durante más de dos siglos para reproducir la hegemonía de una élite criolla que se autodenominaba blanca. La independencia la abolió en el papel, pero su lógica —recodificada como independencia económica, blanqueamiento, mestizaje virtuoso o regeneración racial— sobrevivió en las jerarquías republicanas hasta bien entrado el siglo XX.

Qué era y por qué pesa

En su forma clásica, la limpieza de sangre era la exigencia legal e institucional de probar, mediante documentos y testimonios, que un individuo descendía de cristianos viejos —sin mezcla, en la península, de sangre judía o musulmana; en América, sin descendencia indígena, negra, mulata o de cualquier casta considerada impura—. La prueba se llamaba, precisamente, probanza o información de limpieza, y consistía en un expediente que reunía partidas de bautismo, testimonios de vecinos y declaraciones juradas sobre los ascendientes hasta la tercera o cuarta generación.

Su peso en la historia de Colombia radica en que no operó como una idea flotante ni como un mero código de honor: se materializó en normas escritas y en prácticas administrativas cotidianas que, desde finales del siglo XVI, exigieron esa documentación para el acceso a la educación universitaria, los colegios mayores, los seminarios, las órdenes religiosas y los altos cargos públicos, incluido el de notario. Estructuró, en consecuencia, no solo el imaginario social sino la geografía concreta de las oportunidades. Y cuando la mezcla racial hizo el fenotipo indistinguible —el censo de 1778 registró un 46% de mestizos de toda clase frente a un 26% de blancos, un 20% de indios y un 8% de esclavos—, la limpieza de sangre se volvió el instrumento predilecto de una minoría dominante para sostener su cierre social frente a una mayoría que ya no podía separar por el color.

Raíces ibéricas: la herida conversa y el trasplante americano

La doctrina había cristalizado en Castilla a mediados del siglo XV, en el clima de sospecha que rodeó a los conversos tras los pogromos de 1391 y las conversiones masivas subsiguientes. Los estatutos de limpieza, adoptados por cabildos catedralicios, colegios y órdenes militares, invertían la lógica del bautismo: aunque en teología el sacramento borraba todo pasado, en la práctica social la sangre del ancestro judío o musulmán seguía manchando a los descendientes por generaciones. La expulsión de 1492 y las conversiones forzadas moriscas de las décadas siguientes no cerraron la herida, sino que la desplazaron: el converso podía cambiar de fe, pero no de linaje.

Muchos de los primeros pobladores europeos que cruzaron el océano procedían, precisamente, de familias de cristianos nuevos con una, dos o tres generaciones de conversión, para quienes América ofrecía la posibilidad de una identidad nueva lejos de las persecuciones peninsulares. La hazaña —la conquista, la fundación de ciudad, la encomienda— fue el instrumento con que estos indianos buscaron ganar la tranquilidad para su estirpe: una lógica que, replicada durante los siglos XVI a XVIII, marcó la formación de la colombianidad y de otras nacionalidades americanas. Detrás del hidalgo americano hubo, con notable frecuencia, un abuelo converso cuya memoria era necesario enterrar bajo el mérito de las armas.

Carlos V, a diferencia de los Reyes Católicos que habían privilegiado a Castilla y León, amplió el acceso al Nuevo Continente a todos sus súbditos, decisión motivada al menos en parte por la conveniencia política de mantener contentos a los pueblos bajo su cetro. El resultado fue una emigración más heterogénea de la que sugiere la ficción de una América poblada por castellanos puros. Pero fue también en la segunda mitad del siglo XVI, coincidiendo con la abdicación imperial de 1556, cuando la monarquía y el Consejo de Indias tomaron conciencia de lo que llamaron la feudalización de América: los conquistadores-encomenderos acumulaban un poder que amenazaba con emanciparse de la Corona. La respuesta fue una progresiva reafirmación del control metropolitano sobre las jerarquías coloniales, del que la limpieza de sangre —como criterio de acceso a los cargos que dependían de la Corona— sería pieza clave.

La arquitectura jurídica: probanzas, estatutos y registros

Desde finales del siglo XVI, disposiciones españolas exigieron la presentación de documentos que acreditaran nacimiento legítimo y pureza de sangre para acceder a la educación universitaria y a los altos cargos públicos. En la Nueva Granada, esa exigencia se tradujo en una red de instituciones que operaban con estatutos concordantes.

Los colegios mayores, los seminarios y las universidades reservaban su matrícula a quienes pudieran demostrar limpieza de sangre y que ni el estudiante ni sus padres hubieran ejercido oficios bajos. Los estatutos del Colegio Mayor del Rosario, en Santafé de Bogotá, impedían el ingreso a sus claustros a todo aquel que no pudiese probar su pureza de sangre —cláusula invocable, en cualquier momento, para excluir a quienes pertenecieran a las castas inferiores—. La articulación con el sistema parroquial le daba su fuerza cotidiana: en el momento del bautismo, el cura anotaba la casta del bautizado —blanco, indio, mestizo, mulato, zambo, negro— en un libro que se convertía, décadas después, en el documento probatorio de estatus por excelencia. Sin esa partida, no había probanza; con ella, la biografía social del sujeto quedaba fijada desde la pila.

La lógica se replicaba en las profesiones. La ley española exigía que todos los médicos latinos —graduados universitarios— fueran hijos legítimos, y la legitimidad operaba en la sociedad colonial como un mecanismo de diferenciación étnica: el hijo natural, con frecuencia producto de uniones interraciales no formalizadas, cargaba con la sospecha de la mezcla. En la práctica, podían invocarse también otros argumentos —la sangre mezclada, la infamia de nacimiento— para excluir del ejercicio profesional a individuos de las castas inferiores, con independencia de su condición formal de legitimidad.

Dos casos condensan el funcionamiento efectivo de este dispositivo. El primero es el del doctor Alejandro Gastelbondo, médico ya graduado a quien en 1797 se impugnó ante el virrey Pedro Mendinueta la candidatura a un cargo. Entre las razones alegadas figuró, de manera destacada, su condición étnica: era, decían sus impugnadores, de color pardo, y esa infamia de nacimiento derivada de sangre mezclada bastaba, según los estatutos universitarios invocados, para excluirlo. Se añadió también que no había ejercido como catedrático de anatomía y cirugía, pero el eje del argumento era el linaje. El expediente muestra hasta qué punto la limpieza de sangre podía revivirse retrospectivamente para invalidar títulos ya obtenidos: la mancha era imprescriptible.

El segundo caso es la orden del Protomédico de Cartagena de Indias en 1805, confirmada por el virrey Antonio Amar y Borbón, para que no se graduara ni otorgara título de médico a quienes no presentasen información completa de limpieza de sangre o real dispensación de ella, prohibiendo expresamente titular a zambos y mulatos. El propio Protomédico denunció que su antecesor había permitido a zambos y mulatos ejercer la medicina contra las leyes, y el Gobierno ordenó cumplir estrictamente esa normativa. A la exclusión estatutaria se sumaba la informal: el cirujano del Hospital de San Carlos de Cartagena se negaba a enseñar a gente de color, mientras la raza blanca miraba la profesión médica con desprecio —una paradoja reveladora, pues el oficio que reclamaba pureza era, al mismo tiempo, considerado indigno del linaje que la exigía—.

La distinción de fondo era la que separaba oficios nobles de oficios plebeyos. Los primeros —eclesiásticos, jurídicos, administrativos— quedaban reservados a los limpios de sangre; los segundos —manuales, mecánicos, artesanales— se destinaban a mestizos y aculturados. Para los propios criollos limpios que no poseían encomiendas, haciendas ni cargos burocráticos, las opciones se estrechaban drásticamente: la vida intelectual estaba modelada sobre el patrón europeo y quedaba en manos de eclesiásticos y funcionarios, de modo que la carrera eclesiástica y la jurisprudencia se volvieron los cauces casi obligados. La limpieza de sangre no solo excluía a los de abajo; encorsetaba también a los de arriba dentro de un catálogo estrecho de destinos honorables.

El sistema de castas como soporte

La limpieza de sangre no podía haber funcionado como norma sin la escenografía social que le daba sentido: el sistema de castas. En las colonias españolas, la categoría blanco terminó coincidiendo con la de español, y esa equivalencia produjo un doble efecto: el blanqueamiento de los peninsulares y sus descendientes americanos, y la exclusión simbólica de otros sujetos europeos —portugueses, flamencos, italianos— de la América hispana plena. Ser blanco implicaba, ante todo, la ausencia de raza, entendida en su acepción antigua como mancha derivada de descendencia indígena, negra, mulata u otras castas mezcladas.

Pero la blancura colonial no estaba estrictamente ligada al color de la piel. Era una categoría inestable, entrelazada con nociones de calidad, origen y posición social. Podía negociarse: un sujeto con rasgos ambiguos, si acumulaba riqueza, matrimonio ventajoso y buenas relaciones, podía ser reclasificado por la opinión colectiva local —el criterio práctico predominante— en un peldaño superior al que le hubiera correspondido por fenotipo. Al revés, un blanco pobre, sin honra ni oficio, podía verse cuestionado. La misma categoría español servía a veces para distinguir al peninsular del criollo americano, y a veces para agruparlos frente a las castas: la elasticidad era estructural.

Esa jerarquía se poblaba de estereotipos rutinarios de perturbadora estabilidad: el indio era caracterizado como engañoso, falso, perezoso y estúpido; los mestizos, como fuente inagotable de conflictos; los pardos, como pendencieros y borrachos. La ideología de las castas invertía la causalidad real —indios y negros no estaban sometidos porque fueran inferiores, eran considerados inferiores porque estaban sometidos— y esa inversión, repetida en sermones, ordenanzas y trato cotidiano, era la argamasa que sostenía el edificio.

Cuando el censo de 1778 arrojó que los mestizos de toda clase constituían el 46% de la población frente a un 26% de blancos, el sistema mostró su tensión de fondo. El mestizaje era ya mayoritario, y las minorías dominantes mantenían simultáneamente separaciones censales y estereotipos negativos. Que la Pragmática Real de 1776, dictada por Carlos III, obligara a que ningún matrimonio de hijos de familias blancas se realizara sin el consentimiento de sus padres —especialmente si el pretendiente era mestizo o miembro de las castas—, dice mucho del momento: cuando el fenotipo dejaba de bastar como frontera, la ley intervenía sobre la alcoba.

La Inquisición de Cartagena: pureza religiosa y pureza racial

El Tribunal del Santo Oficio operó en la Nueva Granada con importancia política y social reconocida dentro del Imperio español, ejerciendo funciones que iban más allá de la salvaguarda estricta de la fe. Sus edictos articulaban siete categorías de delitos: judaizantes, mahometanos, luteranos, alumbrados, otras herejías —blasfemias, brujería, satanismo—, delitos sexuales y posesión de libros prohibidos. El Tribunal procesó a 82 personas por reformistas —protestantes, luteranos, calvinistas y hugonotes—, siendo los luteranos los más perseguidos, en buena medida por la naturaleza comercial de Cartagena y su exposición al tráfico atlántico.

La conexión con la limpieza de sangre era doble. De un lado, las categorías de judaizantes y mahometanos remitían directamente a la lógica peninsular del converso: el cristiano nuevo que, tras generaciones, seguía siendo sospechoso de retornar en secreto a la fe de los abuelos. De otro, el sistema inquisitorial articulaba en la práctica una policía de la ortodoxia que, en la Nueva Granada, terminaba entretejida con la vigilancia racial. El caso de Bartolomé Francisco de Vera, hombre de ascendencia africana procesado en Cartagena por presuntas blasfemias, es ilustrativo: sus palabras no contenían nada contrario a la fe, pero su condición racial lo hizo visible al Tribunal. Pureza religiosa y pureza racial compartían funcionarios, procedimientos y expedientes.

Matrimonio, endogamia y control de la mezcla

Si los expedientes universitarios y profesionales cerraban el acceso a los oficios nobles, otro dispositivo, más íntimo y probablemente más eficaz, cerraba el acceso al parentesco: el control del matrimonio. En los estratos medio y alto de la sociedad neogranadina, la decisión matrimonial era considerada demasiado importante para dejarse en manos de los jóvenes. Padres y familiares vigilaban celosamente a los pretendientes y otorgaban gran peso a la dote, la calidad racial y el honor.

La preferencia por uniones dentro de la parentela extendida —primos, segundos primos, tíos y sobrinas— era una estrategia orientada a preservar el patrimonio y a evitar la irrupción de una condición racial o social considerada inferior. En zonas con escasez de población masculina adecuada, las solicitudes de dispensa para matrimonios entre parientes se multiplicaban. Esa endogamia de élite no era exclusiva de la Nueva Granada, pero encontraba aquí un incentivo adicional en la aritmética de las castas: cada matrimonio bien hecho era una probanza de limpieza consolidada para la siguiente generación.

La Corona había legislado para bloquear las mezclas indeseadas desde muy temprano. La norma de mayo de 1526 estableció que los esclavos que se casaran con personas libres no obtendrían la emancipación, buscando así erigir una barrera contra los matrimonios entre indias —legalmente libres— y esclavos africanos. La política de segregación mantenía a los indígenas concentrados en aldeas separadas, aislados de la influencia de españoles, negros y mestizos. La Pragmática de 1776 culminó ese arco legislativo entregando a los padres blancos un veto sobre las decisiones matrimoniales de sus hijos: donde el sistema de castas fallaba en la clasificación, la autoridad paterna reforzada por la ley entraba a impedir el cruce.

La formación de la pareja quedaba así fuertemente condicionada por tradiciones e intereses colectivos —dote, calidad, honor—, en un régimen en el que el amor romántico, ese invento posterior, apenas tenía peso. Y más allá de la Colonia persistió en Colombia una práctica informal de lavado de sangre: la preferencia por parejas con rasgos europeos o mayor estatura como mecanismo de ascenso social, prolongación silenciosa de la lógica colonial en el imaginario republicano y contemporáneo.

Porosidad, negociación y fraude documental

Presentar la limpieza de sangre como una máquina implacable sería un error. El sistema era rígido en sus pretensiones y permeable en su aplicación. La categoría blanco era inestable, dependía de la opinión local y podía negociarse, lo que abrió, para individuos con recursos, márgenes reales de reclasificación. Algunos hombres de sangre mezclada lograron graduarse pese a los estatutos; el propio doctor Gastelbondo era, al momento de la impugnación de 1797, un médico ya titulado, lo que indica que su color pardo no había impedido el paso por la universidad, aunque sí operó después como argumento retroactivo.

El caso más elocuente de esa porosidad es quizás el del convento de Santa Clara, donde se suscitó un conflicto en torno a la admisión de una novicia mulata. La congregación la rechazaba por ser hija ilegítima de madre mulata. El gobernador español, en cambio, defendió su admisión con un argumento de pura ingeniería documental: sostuvo que las acusaciones de ilegitimidad eran falsas y que el registro bautismal de la candidata no la identificaba como mulata, sino únicamente como hija de padres desconocidos. La partida ambigua se convertía en escudo. Lo que la casta cerraba, el papel podía abrirlo.

Ese fue, en buena medida, el juego real de la limpieza de sangre en la Nueva Granada madura: un campo de disputa donde probanzas, testigos, silencios parroquiales, dispensas reales —las gracias al sacar que permitían comprar la blancura formal— y decisiones de gobernadores locales negociaban, en cada caso, la eficacia de la norma. Las estrategias legales para contrarrestar la desigualdad racial en Colombia preceden en siglos a la Constitución de 1991: los sectores subordinados usaron los tribunales a su favor a lo largo de toda la América española, aprendiendo a manejar el idioma del propio sistema que los excluía.

Esta porosidad no debilita la tesis del dispositivo institucional; la complementa. Precisamente porque la aplicación era negociable, mantener la ficción de la pureza exigía la vigilancia permanente y el gasto burocrático continuo. Cada probanza era una pequeña victoria del sistema y, al mismo tiempo, un reconocimiento tácito de su fragilidad.

La blancura como capital simbólico

Detrás del expediente estaba el honor. La honra, el hidalguismo y el consiguiente desprecio del trabajo manual eran piezas del acervo cultural peninsular del siglo XV trasladadas a América como parte del bagaje del conquistador. La división entre oficios nobles y plebeyos no era una organización económica: era una taxonomía moral. Trabajar con las manos manchaba; heredar, mandar, escribir, oficiar, legislar, no.

La blancura, en ese sistema, operaba como capital simbólico: no un color, sino una posición. Se acumulaba con matrimonios, se defendía con probanzas, se exhibía en el vestido, la vivienda, el modo de tratar a los inferiores. Sostenía la hegemonía social de los criollos sobre las castas y, en los principales centros poblacionales del Nuevo Reino, se traducía en el monopolio de la élite sobre la alfabetización y las funciones administrativas. Que la llamada ilusión del punto cero de los pensadores ilustrados —esa pretensión de un saber neutral, desanclado— haya sido prolongación de este imaginario, es un vínculo revelador: la Ilustración criolla no rompió con la lógica de la pureza; la reencarnó en clave de razón universal, con los mismos sujetos autorizados a hablar en su nombre.

Ecos post-independencia: abolición formal, jerarquía persistente

La independencia trajo la abolición formal de la limpieza de sangre. En la Nueva Granada republicana temprana, entre 1811 y 1816, seis de las nueve provincias-estados crearon un cuerpo electoral constituido por hombres de todos los colores que tuvieran independencia económica, aboliendo la división racial colonial en el sufragio. La República de Colombia, más adelante, borró las categorías raciales coloniales de leyes, censos, documentos legales y avisos de fugitivos, con la excepción notoria de indios y esclavos.

El caso de Mauricio José Romero condensa la transformación: pardo de nacimiento, hijo de un mulato cubano artesano, llegó a ser vicepresidente de la Convención Constituyente de 1832 que erigió el Estado de la Nueva Granada, y segundo firmante de su primera Carta Constitucional. Una trayectoria así habría sido inconcebible medio siglo antes; en la República era posible, aunque no fácil.

La abolición formal no disolvió la jerarquía. Una pequeña élite de familias blancas continuó en la cima, mientras pardos, zambos, mestizos y negros permanecieron mayoritariamente en posiciones subordinadas. Los líderes institucionalizaron una retórica de mestizaje sin transformar sustancialmente las estructuras de poder heredadas del colonialismo. El sistema electoral, aunque formalmente inclusivo por color, exigía independencia económica como condición para la ciudadanía activa, lo que en la práctica dificultaba la participación de amplios sectores mestizos, pardos y negros; obtener la carta de ciudadano era considerado moralmente imposible para las clases más bajas. La antigua limpieza de sangre había sido reemplazada por una limpieza de renta.

La integración fue, además, desigual por región. En provincias con fuerte presencia de esclavos negros como Popayán, los obstáculos a la incorporación de los pardos al cuerpo ciudadano fueron mayores que en Cartagena, donde el propio Romero pudo ascender políticamente. La geografía de la limpieza de sangre republicana replicó, en gran medida, la del régimen colonial.

En el plano ideológico, la continuidad fue quizás más nítida que en el jurídico. José Manuel Restrepo proyectó una visión de nación de personas libres y progresivamente blancas, previendo que las castas desaparecerían gradualmente del suelo colombiano mediante la mezcla racial —un ideal de blanqueamiento que asumía, sin decirlo, la superioridad del polo blanco al que todo debía tender—. Ese ideal criollo de construir una Colombia culturalmente blanca impregnó todas las esferas culturales, geográficas e institucionales de la vida colombiana del siglo XIX, pese a la politización y avance social de los mestizos desde 1810.

El corolario llegó en el debate de las razas de 1920. Intelectuales como Miguel Jiménez López y Luis López de Mesa sostuvieron la tesis de la degeneración racial producida por la mezcla de españoles aventureros inmorales e indígenas ya degenerados, y propugnaron la regeneración de la sangre colombiana mediante la inmigración del norte de Europa. La antigua doctrina de la pureza reaparecía vestida de higienismo y biotipología. Ya no hacían falta probanzas, expedientes ni partidas de bautismo: la ciencia positiva del cuerpo asumía la función que antes desempeñaba el archivo parroquial.

Huella

La limpieza de sangre no dejó monumento ni fecha conmemorativa. Su huella está en otras partes: en la desigualdad racial persistente que ninguna abolición formal ha desmontado, en la geografía social de Colombia donde ciertas ciudades y ciertos apellidos siguen custodiando privilegios cuya raíz última remite al expediente colonial, en la preferencia informal por parejas de rasgos europeos que sobrevive como práctica silenciosa, en las cifras de acceso a la educación superior por color de piel que reproducen, tres siglos después, la lógica de los estatutos de los colegios mayores.

Su historia importa por eso: no como reliquia jurídica de un régimen extinto, sino como advertencia sobre la persistencia de las jerarquías cuando se transforma la retórica sin desarmar los dispositivos. La Nueva Granada aprendió a producir desigualdad racial mediante papeles —partidas, probanzas, informaciones, dispensas— y esa técnica administrativa, más aún que la ideología que la sostenía, es lo que la República heredó y recodificó. Comprender la limpieza de sangre en su funcionamiento colonial concreto —con sus estatutos, sus expedientes, sus casos Gastelbondo y sus órdenes del Protomédico— es una manera de leer, con más precisión, por qué la Colombia republicana no logró ser lo que sus constituciones prometían.

04

En el archivo

6 apariciones públicas, ordenadas por período y año.

05

Relaciones

Vínculos editoriales de la ficha y conexiones observadas dentro del archivo.

Relaciones editoriales

  1. 01Sistema de castas: soporte social y escenografía que daba sentido operativo a la limpieza de sangre en la Nueva Granada
  2. 02Colegio Mayor del Rosario (Santafé de Bogotá): institución cuyos estatutos materializaron la exclusión por pureza de sangre en la educación superior neogranadina
  3. 03Tribunal del Santo Oficio de Cartagena de Indias: institución que articuló en la práctica una policía de la ortodoxia entretejida con la vigilancia racial, compartiendo con la limpieza de sangre funcionarios, procedimientos y expedientes
  4. 04Mestizaje: proceso demográfico que tensionó y eventualmente desbordó la frontera fenotípica, obligando a las élites a reforzar los mecanismos documentales y estatutarios de exclusión
  5. 05Encomienda: institución colonial cuya posesión, junto con haciendas y cargos burocráticos, definía las opciones honorables para los limpios de sangre y encorsetaba las trayectorias disponibles
  6. 06Juan Flórez de Ocáriz: genealogista colonial cuya obra de compilación de linajes neogranadinos sirvió como instrumento de legitimación de la pureza de sangre de las élites criollas
06

Documentos y fragmentos citados

27 documentos · 40 fragmentos

01¿Por qué fracasa Colombia?Enrique Serrano López · 2016 · p. 17, 21, 1063 citas
[1]

aquellas regiones fueron en su mayoría los de los cristianos nuevos, es decir, conversos del islam o del judaísmo que ya tenían una, dos o tres generaciones cuando tuvo lugar el descubrimiento de América. Y esa circunstancia de su traslado forzoso es el origen de lo que yo llamo una nación no planeada ni deseada: no…

p. 17
[2]

y de supervivencia en tierras nuevas, las cuales estaban plagadas de enfermedades, incertidumbres y dificultades. La limpieza de sangre fue, por tanto, uno de los aspectos decisivos de la trasformación de la península ibérica y de la migración definitiva de casi todos los indianos a América, pues no solo los obligaba…

p. 21
[27]

de que un hombre y una mujer debían escoger libremente a su pareja, y especialmente el que habría de ser el padre o la madre de sus hijos, se volvió un mandato, algo imposible de solventar. Todavía algunas familias ultraconservadoras y algunas personas dóciles dentro de ellas aceptaban una imposición, hasta mediados…

p. 106
02Estudios interdisciplinarios de las élites en ColombiaCatalina Acosta Oidor, Alexander Gamba Trimiño, Verónica Salazar Baena · 2023 · p. 54, 612 citas
[3]

así ex - poliar otros pueblos. Agotada esta segunda instancia, se hizo necesario “sistematizar la explotación de sociedades indígenas para mantener los frutos de la Conquista” (Colmenares, 1997 a, p. 4). La tesis, enmarcada 54 Editored rsiacordérmfirs9cred oa fi9d 7firiad as Cefie85r9 dentro de la lógica de una…

p. 54
[5]

nuevos títulos y bienes. Según Lope de Vega, los indianos son derrochadores por naturaleza, pues “tienen dineros y los dan en toda ocasión”, además de vivir presumiendo no solo las fatigas y trabajos vividos en el pasado, sino también los títulos que gracias a ello han alcanzado (Martínez-Tolentino, 2001, pp. 83 -…

p. 61
03Pensamientos políticos y memoria sobre la población del Nuevo Reino de GranadaPedro Fermín de Vargas · 2016 · p. 1991 cita
[4]

inadvertida cosa alguna que engrandeciera a su patria y distinguiera a sus vasallos más inmediatos, halló en las disposiciones aludi- das una circunstancia oportuna y feliz. Castilla, y León ante todo, fue uno de sus móviles preferidos. Ejemplo sa- gacísimo fue este para Don Fernando cuando dispuso que la gracia se…

p. 199
04Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 143, 2542 citas
[6]

son el concepto de la honra y el hidalguismo -con su consiguiente desprecio del trabajo manual- en la que rige una división en castas y una rigurosa distinción entre "oficios nobles", que están a disposición solamente de los "limpios de sangre", es decir, de aquellos sin "sangre de la tierra", y "oficios plebeyos", o…

p. 254
[16]

de una élite, que se identificaba fácilmente entre sí, hacia los blancos pobres. Con todas las complejidades que pueden resultar de un examen somero de las designacio- nes raciales que proceden de los documentos de la época, el problema resulta incomparable- mente mayor si se trata de establecer las actitu- des y la…

p. 143
05Pensar el siglo XIX. Cultura, biopolítica y modernidad en ColombiaSantiago Castro-Gómez (ed.) · 2004 · p. 59, 952 citas
[7]

virrey Mendinueta en 1797. La razón: Gastelbondo, aunque graduado, no ha ejercido como catedrático en anatomíay cirugía y, por encima de todo, "es de color pardo" (Quevedo, 1993: 125-127). Sabemos que para poder ejercer su profesión, la ley española exigía que todos los médicos "latinos" —es decir que habían obtenido…

p. 95
[17]

consolidación de las fronteras étnicas que aseguraban su dominio en el espacio social. La ilusión del punto cero, albergada tanto por el Estado metropolitano como por los pensadores ilustrados en las periferias, se revela como u n a prolongación del imaginario de blancura y pureza de sangre que sostenía la hegemonía…

p. 59
06Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 1021 cita
[8]

a sp ira r a ocupar un lugar de m ayor estatus. D urante las últim as décadas del siglo XVIII, el creciente núm ero de aspirantes m estizos y m ulatos generó eviden tes tensiones sociales. D esde finales del siglo xvi, varias disposiciones esp añ o las m antenían a raya las aspiraciones sociales de m estizos y m…

p. 102
07Memorias para la historia de la medicina en Santafé de BogotáPedro María Ibáñez · 2017 · p. 751 cita
[9]

Míndicer seie te acródice bí te níbcjcoe ío Seoóepu bí Bdldóv fue confirmada como definitiva en julio de 1805 por el Vi- rrey Amar y Borbón. El Protomédico de Cartagena, don Juan de Arias, puso en conocimiento del Gobierno que su antecesor, don Fran- cisco J. Pérez, había permitido a los zambos y mulatos ejercer la…

p. 75
08Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader · 2002 · p. 1962 citas
[10]

las autoridades dispusieron que los indios vivieran en pueblos con arreglo a normas fijas: una plaza mayor de 180 varas en cuadro, con una iglesia «lo mejor que pudieren», con calles rectas de 14 varas de ancho y manzanas cuadradas igual- mente de 80 varas de lado, con una casa para el cacique que «sea mayor y mejor…

p. 196
[11]

las autoridades dispusieron que los indios vivieran en pueblos con arreglo a normas fijas: una plaza mayor de 180 varas en cuadro, con una iglesia «lo mejor que pudieren», con calles rectas de 14 varas de ancho y manzanas cuadradas igual- mente de 80 varas de lado, con una casa para el cacique que «sea mayor y mejor…

p. 196
09Blancos, no blancos, casi blancos. Cuerpo, color y belleza en Colombia, segunda mitad del siglo XXPietro Pisano · 2019 · p. 591 cita
[12]

uso de “blanco” como ideal étnico y marca de identidad (Taylor, 2005: 54) 44 Capítulo 1. Blancuras En las colonias españolas, el significado de “blanco” adquirió entonces nuevos matices, superposición de “raza” y nacionalidad: la categoría “blanco” terminó coincidiendo con aquella de español 14 determinando, por un…

p. 59
10Colombia: las razones de la guerraJorge Orlando Melo González · 2021 · p. 341 cita
[13]

caracterizaciones, que se volvieron rutinarias, sobre los rasgos de cada grupo, y que se atribuían presuntamente a todos sus miembros: por ejemplo, el indio era visto como engañoso, falso, perezoso, estúpido, etc. También los negros, o las mezclas que incluyen estos grupos inferiores, como los mestizos y los mulatos,…

p. 34
11Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 761 cita
[14]

las uniones efectuadas entre ellos, lo cual dio lugar a la forma- ción de las llamadas castas. De esa suerte, en el de- sarrollo del grupo humano colonial confluyeron múltiples factores derivados de la presencia de culturas diferentes, lo cual planteó a la Corona el problema de crear unas pautas de comportamien- to…

p. 76
12Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 741 cita
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o “ cuarterones ”, agrupadas en los censos co mo “ mestizos ”, “ castas ” o “ libres ”. En efecto, ya para 1778 casi la mi tad de la poblaci ó n del Nuevo Reino figuraba como mestiza, y mu chos de los que aparec í an como ind í genas, blancos o incluso esclavos eran mestizos. En el censo de ese a ñ o los indios fueron…

p. 74
13Historia de la religión en Colombia, 1510-2021José David Cortés Guerrero · 2022 · p. 1, 6, 103 citas
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89 LA INQUISICIÓN EN LA NUEVA GRANADA Alberto José Campillo Pardo Introducción El devenir de las religiones es un aparte fascinante de la disciplina histórica, pues su estudio comprende no solo la cosmovisión y las creencias de una sociedad determinada, sino también una serie de instituciones y prácticas políticas y…

p. 1
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de los inquisidores. 17 EBSCOhost: eBook Collection (EBSCOhost) printed on 4/29/2025 8:23:33 PM UTC via UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. All use subject to https://www.ebsco.com/terms-of-use. 99 EBSCOhost: eBook Collection (EBSCOhost) printed on 4/29/2025 8:23:33 PM UTC via UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. All use subject to…

p. 10
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a un judaizante; el segundo, de aquellas que podrían delatar a un mahometano; el tercero se refería a los luteranos; el cuarto, a los alumbrados, secta mística desarrollada en España en el siglo; el quinto, a otras herejías, como blasfemias, brujerías y XVI satanismo; el sexto, a delitos sexuales, como la prostitución…

p. 6
14Black Catholic Worlds: Religious Geographies of Eighteenth-Century Afro-ColombiaBethan Fisk · 2025 · p. 1711 cita
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and the witness, saying “That God would punish them, that although he had faith that the attribute of his Mercy was greater than that of his Justice, that in anger - ing him, he was Avenger, that they should not rely on the fact that he was Merciful to offend him.” He pleaded that the Inquisition show him mercy,…

p. 171
15Myths of Harmony: Race and Republicanism during the Age of Revolution, Colombia, 1795–1831Marixa Lasso · 2007 · p. 341 cita
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a regular nun tore apart rhe convent of Santa Clara in a conflict that involved the city's main civil and religious authorities. The nuns complained to the king that the mother superior and the convent's priest, with the support of the bishop and the governor, had subjected them to threats and arbitrary imprisonment…

p. 34
16Las mujeres en la historia de Colombia. Tomo II: Mujeres y SociedadMagdala Velásquez Toro (dirección académica), Catalina Reyes Cárdenas, Pablo Rodríguez Jiménez · 1995 · p. 207, 2162 citas
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de los esclavos de obtener la libertad al contraer ma- trimonio con personas libres. Aunque en términos generales parecería que la Corona española habría dejado los asuntos matrimoniales en ma- nos de la Iglesia, excepción hecha de la patria potestad, a fines del siglo xvm el rey Carlos ni puso de presente el im-…

p. 207
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que llegaron a Carta- gena de Indias. Hoy sabemos que no pocas de estas probanzas eran falsas, y ocultaban matrimonios e hijos le- gítimos en la península. Algunos solicitantes, menos preocupados por defender su status, señalaban que sus pueblos poseían abundantísi- ma población femenina y que, si no se les permitían…

p. 216
17Historia de la vida cotidiana en ColombiaBeatriz Castro Carvajal (editora) · 2016 · p. 1371 cita
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examinaban al pretendiente futuro ideal para sus sobrinas e hijas. En otros casos era el propio interesado, acompañado de un padrino o un benefactor quien visitaba al padre de la novia para manifestarle sus intenciones y considerar las nupcias. Conversaciones privadas en salitas amobladas con canapés y silletas, se…

p. 137
18Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · p. 1491 cita
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que llevó a prohibir que los últimos vivieran entre aquéllos. La norma de mayo de 1526 de que los esclavos que se casaran con personas libres no obtendrían la emancipación como podía ocurrir en España, trataba de establecer una barrera a posibles matrimonios entre indias (legalmente libres) y esclavos 21. 5. La…

p. 149
19Liberty and Equality in Caribbean Colombia, 1770-1835Aline Helg · 2004 · p. 181, 2722 citas
[28]

Caribbean, to which New Granada belongs, did not import many new slaves after  (except for Venezuela) and failed to attract Euro- pean immigrants after independence. Therefore, the leaders institutional- ized racial fuzziness by acknowledging the mestizo (or pardo in the case of Venezuela) character of the nation…

p. 272
[33]

men, the Indians will have mixed with the European and the African races, and a third race will result, which ac- cording to experience does not have the defects of the indigenes; finally the racial mixes (castas) will progressively disappear from our soil.’’ 6 Anticipat- ing the cosmic race imagined a century later…

p. 181
20Liberty and Equality in Caribbean Colombia, 1770-1835Aline Helg · p. 181, 2722 citas
[29]

Caribbean, to which New Granada belongs, did not import many new slaves after  (except for Venezuela) and failed to attract Euro- pean immigrants after independence. Therefore, the leaders institutional- ized racial fuzziness by acknowledging the mestizo (or pardo in the case of Venezuela) character of the nation…

p. 272
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men, the Indians will have mixed with the European and the African races, and a third race will result, which ac- cording to experience does not have the defects of the indigenes; finally the racial mixes (castas) will progressively disappear from our soil.’’ 6 Anticipat- ing the cosmic race imagined a century later…

p. 181
21The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · p. 2581 cita
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used courts to their advantage across Spanish America and Brazil. Colombia was no excep- tion, meaning that legal strategies for fighting inequality precede the 1991 Constitution by centuries. One key to understanding hierarchies of race and class in Colombia is grasping their flexibility. In the distant past as well…

p. 258
22La elección de la República. Historia del sufragio en Colombia entre 1809 y 1838Nhora Patricia Palacios Trujillo · 2022 · p. 204, 2122 citas
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la calificación de los representantes fue transferida a las cámaras provin- ciales. El Gobierno creaba una junta especial cuando se trataba de la calificación de los diputados a la convención constituyente, Los ciudadanos activos de las primeras repúblicas: los padres de familia libres de todos los colores La sociedad…

p. 204
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fueran padres de familia o cabezas de familia. Obtener la carta de ciudadano en las provincias realistas no era tarea fácil. Así lo señaló el diputado Arispe, en la reunión de las Cortes, para quien conseguir tal carta era “moralmente imposible”: 33 31 “Consulta de las autoridades de Valledupar sobre si los negros,…

p. 212
23Historia de la primera República de Colombia, 1819-1831. "Decid Colombia sea, y Colombia será"Armando Martínez Garnica · 2019 · p. 344, 3492 citas
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a los pardos indica que en esta provincia los obstáculos sociales a la incorporación inmediata de los pardos al cuerpo ciudadano fue menor que en otras de fuerte presencia de negros esclavos, como Popayán. Mauricio José Romero —diputado por la provincia de Cartagena ante la Conven - ción Constituyente de 1832 que…

p. 349
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miembro de un noble cuerpo al que perte - nece. Por esas relaciones estáis obligados a someteros y respetar las leyes que os protegen con tanta generosidad, a obedecer a los magistrados, en quienes deposita la República la autoridad de hacerlas observar y cumplir; y en fin, a llenar los deberes de los verdaderos…

p. 344
24Colombia: The Politics of Reforming the StateEduardo Posada-Carbó (editor) · 1998 · p. 541 cita
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was made of its citizens, it also failed to take cognisance of the cultural foundations of nationhood. The political rights of mestizos, natives and Afro-Colombians implied a prior recog- nition of their cultural values, but they were considered primitive and premodern by the liberal elite. The iconography of the…

p. 54
25Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · p. 1801 cita
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fue el Teatro Municipal de Bogotá, entre mayo y octubre de 1920, con la “famosa discusión de las razas”. Desde 1918, Miguel Jiménez López, médico conservador de Boyacá, abrió la polémica en el Tercer Congreso Nacional de Médicos con la tesis “Nuestras razas decaen”. Decadencia sustentada en “la inferioridad…

p. 180
26The Work of Recognition: Caribbean Colombia and the Postemancipation Struggle for CitizenshipJason McGraw · 2014 · p. 2391 cita
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proletariat,” in par- ticular among coastal workers, who lived “almost in the condition of the primitive peoples.” Naranjo argued that the Jesuit mission could raise the “oppressed races... the Indian, the black, the mulatto, or the mestizo,” although ultimately he concurred with Miguel Jiménez López that such uplift…

p. 239
27The Ideal of the Practical: Colombia's Struggle to Form a Technical EliteFrank Safford · 1976 · p. 431 cita
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forms of cultural control, varying in their relative importance over time, helped to support, first, the power of the Spanish population in general and, second, that of a small group within that population. Military and related means of cultural dominion exercised by the upper class gave way during the sixteenth and…

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