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Biografía

Antonio Amar y Borbón

Pre-independencia

1742–1826

17 min de lectura21 documentos
Nacimiento1742
Fallecimiento1826
RolesVirrey de la Nueva Granada (1803–1810) · Militar; teniente general del ejército español
Lugar principalZaragoza
Período históricoPre-independencia1780–1809
03

La biografía

Antonio Amar y Borbón Arguedas (Zaragoza, 1742 — 1826) fue el último virrey efectivo de la Nueva Granada y una de esas figuras a las que la historia colombiana ha condenado a un papel ingrato: el del hombre que estaba en el sillón cuando se cayó la casa. Militar aragonés de larga carrera, emparentado con el apellido reinante en España, llegó a Santafé en septiembre de 1803 y ejerció allí una gestión que, entre la militarización preventiva, la persecución de criollos sospechosos y la vigilancia obsesiva de los focos de contagio revolucionario, terminó por producir el resultado opuesto al que buscaba. La mañana del 20 de julio de 1810, mientras la multitud desbordaba la Plaza Mayor y el Cabildo se transformaba en Junta Suprema, el virrey no dio la orden de reprimir. Esa parálisis —descrita por los memorialistas como pusilanimidad, y quizás mejor entendida como el reconocimiento tácito de que ya no había base institucional donde apoyarse— cerró simbólicamente un ciclo de tres siglos. Su caída no fue solo la de un hombre: fue la de un modelo de gobierno que las propias reformas borbónicas habían vuelto insostenible.

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Línea de vida

  1. 1742

    Nacimiento en Zaragoza

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    Nació en Zaragoza en el seno de una familia aragonesa de nobleza reformista vinculada a la dinastía borbónica. Su hermana Josefa Amar y Borbón sería una de las intelectuales españolas más destacadas del siglo XVIII, y su hermano Francisco Javier de Amar ocupó también posiciones de responsabilidad, lo que refleja el perfil ilustrado y leal a la Corona de la casa familiar.

  2. 1803

    Llegada a Santafé como virrey de Nueva Granada

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    Entró a Santafé en septiembre de 1803 con el rango de teniente general. Encontró un virreinato marcado por el antecedente de la rebelión comunera de 1781, la circulación clandestina de ideas ilustradas y un Cabildo santafereño convertido en bastión político de los criollos más adinerados. Su primera medida de choque fue designar regidores españoles para contrarrestar la influencia criolla, lo que generó un rechazo frontal y agudizó el antagonismo estructural.

  3. 1809

    Militarización de Santafé y arresto de Antonio Nariño

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    Para sofocar la rebelión de Quito envió prácticamente en su totalidad el regimiento de Santa Fe, dejando desguarnecida la capital. Para cubrir ese hueco trasladó tropas de un regimiento de Cartagena de Indias, presencia que los criollos del Cabildo interpretaron como prueba de que el gobierno peninsular gobernaba contra ellos. Con la capital militarizada, ordenó detenciones de sospechosos de subversión, entre ellos Antonio Nariño, quien fue enviado a una cárcel local y luego trasladado encadenado a Cartagena durante varios meses.

  4. 1810

    Alerta de junio sobre los sucesos de Caracas

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    En junio de 1810, con Cartagena, Cali, Pamplona y el Socorro ya en movimiento, Amar despachó comunicaciones a las autoridades locales —incluido el teniente de corregidor de Tunja— ordenando impedir la circulación de emisarios o papeles rebeldes provenientes de la Junta de Caracas. La alerta fue leída en cabildo el 7 de junio, seis semanas antes del 20 de julio, y evidenció que el virrey seguía respondiendo con oficios a lo que ya circulaba de boca en boca en los patios de la propia Santafé.

  5. 1810

    El 20 de julio: la orden que no se dio

    Leer contexto

    Durante la jornada del 20 de julio de 1810, mientras la multitud desbordaba la Plaza Mayor y el Cabildo se transformaba en Junta Suprema, Amar no dio la orden de reprimir. Los memorialistas favorables a los patriotas lo describieron como pusilánime y señalaron que su esposa, la virreina Francisca Villanova, mostró más entereza y le reprochó su cobardía. Esa parálisis cerró simbólicamente el ciclo virreinal. El Acta de Independencia, redactada por José Acevedo y Gómez y firmada al amanecer del 21 de julio, reconoció provisionalmente a Fernando VII y depositó toda autoridad en la Junta Suprema.

  6. 1826

    Muerte

    Leer contexto

    Falleció en 1826, según las referencias disponibles, aunque la fuente no precisa el lugar ni las circunstancias exactas de su muerte. Había sobrevivido dieciséis años al colapso del orden virreinal que representó.

La semblanza: un virrey en el umbral

Amar y Borbón encarna, con precisión casi didáctica, la contradicción del reformismo borbónico tardío. Formado en la carrera de las armas, ascendido en una monarquía que había apostado por profesionalizar sus cuadros peninsulares para reafirmar el control sobre América, fue enviado a un virreinato donde las mismas reformas que él representaba habían formado intelectualmente a una élite criolla capaz de cuestionar el orden que lo sostenía. Cuando asumió el mando en 1803, la Nueva Granada llevaba dos décadas largas digiriendo la rebelión comunera, absorbiendo las ideas ilustradas en tertulias privadas y observando de reojo cómo la república estadounidense se consolidaba y la Revolución francesa reordenaba el vocabulario político del Atlántico.

El juicio histórico sobre él ha oscilado entre dos extremos igualmente insatisfactorios. Para la tradición patriótica del siglo XIX, fue el sátrapa cobarde cuya arbitrariedad justificó la ruptura y cuya indecisión la facilitó. Para una lectura más reciente, atenta a las estructuras, fue apenas un funcionario atrapado en un proceso que lo excedía, cuya biografía importa menos que la crisis imperial que estalló en Bayona en 1808. Ambos retratos rozan lo cierto y ambos lo eluden. Amar fue, más bien, la bisagra en la que se articularon dos temporalidades: la larga duración de un imperio que se agrietaba desde hacía décadas y la brevísima duración de una jornada —el 20 de julio— en la que la contingencia individual sí importó.

Conviene, por eso, no juzgarlo desde el desenlace sino reconstruir el terreno sobre el que pisó. La biografía de Amar cruza tres escenarios sucesivos: la Zaragoza ilustrada de los años cuarenta, la Santafé militarizada de comienzos del XIX y el mundo atlántico convulso de la crisis napoleónica. En cada uno de ellos fue, más que actor, correa de transmisión de fuerzas que lo excedían y que, sin embargo, exigían de él decisiones concretas y firmadas con su nombre.

Los orígenes: Zaragoza, el apellido y la carrera militar

Nacido en Zaragoza en 1742, Antonio Amar y Borbón procedía de una familia aragonesa cuya trayectoria se entrelazó, en el siglo XVIII, con el prestigio ilustrado y con la lealtad dinástica que la nueva casa reinante recompensaba. El apellido no es casual: los Amar habían enlazado con una rama de los Borbón españoles, y en la generación de Antonio ese vínculo produjo figuras notables. Su hermana Josefa Amar y Borbón fue una de las intelectuales españolas más destacadas del siglo, miembro de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País y autora de discursos pioneros sobre la educación femenina y sobre la capacidad de las mujeres para participar en la vida pública. Su hermano Francisco Javier de Amar sostuvo también posiciones de responsabilidad. La casa Amar y Borbón era un ejemplo de la nobleza reformista que la Corona había cultivado y ascendido en la segunda mitad del siglo XVIII.

Antonio siguió la ruta clásica de la nobleza secundaria que buscaba ascender por servicio a la Corona: la carrera de las armas. Los detalles concretos de su hoja militar quedan cubiertos por el polvo de los archivos peninsulares, pero el resultado importa: al recibir el nombramiento como virrey, había alcanzado el rango de teniente general y contaba con la confianza de la corte madrileña. Su matrimonio con Francisca Villanova y Marco añadió otra pieza a esa arquitectura. La virreina —nombre con el que la historia colombiana la recuerda— acompañaría a su marido a Santafé y desempeñaría, en la crisis final, un papel más resuelto que el suyo.

La trayectoria: llegar a un virreinato inflamable

Amar y Borbón entró a Santafé en septiembre de 1803, en el ambiente todavía frío de la sabana. El virreinato que recibía no era ya el territorio dócil del siglo XVII. Dos décadas atrás, en 1781, la rebelión de los Comuneros había estallado en el Socorro y se había extendido por gran parte del reino, arrastrando a agricultores y artesanos hartos de las nuevas cargas fiscales. La política del regente visitador Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres —que desde 1778 había restablecido el impuesto de la armada de Barlovento y extendido la alcabala a productos hasta entonces exentos— había duplicado, cuando no triplicado, la presión sobre bolsillos ya modestos. Los ingresos fiscales de la Corona en Nueva Granada saltaron de aproximadamente un 2,9% del producto a un pico cercano al 10,4%, con los estancos de tabaco y aguardiente aportando, hacia el final del período colonial, cerca del 32% de la recaudación.

Los Comuneros no habían proclamado la independencia; habían exigido, entre otras cosas, que los naturales de Nueva Granada tuvieran preferencia sobre los peninsulares en los nombramientos oficiales. Las Capitulaciones de Zipaquirá, negociadas por el arzobispo Antonio Caballero y Góngora con el líder comunero Juan Francisco Berbeo, aceptaron revertir varias medidas fiscales, pero fueron anuladas apenas llegaron refuerzos a la capital. José Antonio Galán y otros cabecillas que habían rechazado el acuerdo fueron apresados y ejecutados. La lección era doble y contradictoria: la Corona podía imponerse por la fuerza, pero la protesta popular había demostrado su capacidad de paralizar el reino durante meses. Ese antecedente rondaba, aunque nadie lo dijera, cada decisión virreinal veintitantos años después.

A esa herencia se sumaba la crisis de 1794-1797, cuando la circulación de las ideas ilustradas y revolucionarias en las tertulias criollas produjo el primer choque abierto con las autoridades. Antonio Nariño había impreso en 1794 la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y pagado por ello con años de prisión y exilio. Cuando Amar llegó a Santafé, Nariño era un nombre que las autoridades pronunciaban con recelo y los criollos con reverencia clandestina.

El nuevo virrey encontró, además, un Cabildo santafereño convertido en bastión político de los criollos más adinerados. Su reacción fue la que dictaba el manual borbónico: reforzar la presencia peninsular. Designó regidores españoles para contrarrestar la influencia criolla en las decisiones del Cabildo, medida que fue recibida con un rechazo frontal y contribuyó a agudizar un antagonismo estructural. El cuerpo que debía haber sido correa de transmisión entre el virreinato y las élites locales se transformó, bajo esa afrenta, en trinchera.

La militarización de Santafé y el arresto de Nariño

La rebelión de Quito, en 1809, ofreció a Amar la oportunidad de mostrar músculo y terminó por exponer la fragilidad del dispositivo virreinal. Envió prácticamente en su totalidad al regimiento de Santa Fe a sofocar el movimiento quiteño, con lo que dejó desguarnecida la capital, y para tapar ese hueco trasladó tropas de un regimiento de Cartagena de Indias. En Santafé se instaló así una guarnición de centenares de soldados venidos de la costa, presencia que cumplía su función militar inmediata pero pagaba un costo político incalculable: los sectores criollos del Cabildo vieron en aquellos forasteros la prueba física de que el gobierno peninsular gobernaba contra ellos y no con ellos, y el antagonismo, hasta entonces argumentativo, adquirió un rostro armado en las esquinas de la ciudad.

Con la capital militarizada, Amar procedió a lo que consideró la limpieza necesaria. Tomó medidas contra personas sospechosas de subversión y ordenó detenciones, y entre los aprehendidos volvió a estar Antonio Nariño, ya envejecido por las prisiones anteriores. Nariño fue enviado primero a una cárcel local en Santa Fe y luego trasladado a Cartagena, donde permaneció encadenado durante varios meses. El eco del caso de Jorge Miguel de Lozano, marqués de San Jorge —quien en 1785 había escrito fuertes quejas contra la política de los virreyes y había sido apresado y enviado a Cartagena, ciudad de la que nunca volvió a Bogotá—, resonaba como precedente. La cárcel costera era el destino conocido para los criollos incómodos, y quien la conocía sabía leer en la biografía de Nariño el mensaje cifrado que el virrey enviaba a toda la élite santafereña.

La represión funcionó a corto plazo y fracasó a mediano. Las denuncias contra miembros de la sociedad santafereña se multiplicaron, los complots proliferaron en la conversación clandestina, y toda la actividad opositora se replegó a espacios privados donde el control virreinal era mucho menos efectivo. Amar había logrado silenciar la disidencia pública sin poder desmontar sus raíces. Cuando llegara el momento decisivo, no sabría con certeza quién estaba con la Corona y quién contra ella, porque el disimulo se había vuelto lengua franca.

La crisis imperial: de Bayona a la alerta de junio

La coyuntura que iba a fulminar la autoridad de Amar no se fraguó en Santafé sino en Bayona. En 1808, Carlos IV abdicó y tanto él como su hijo Fernando VII fueron llevados a la ciudad francesa, donde Napoleón los confinó e instaló a su hermano José Bonaparte como rey de España. La noticia atravesó el Atlántico como una descarga: el rey estaba preso, un usurpador ocupaba el trono, y la teoría pactista de origen habsburgo —según la cual, en ausencia del monarca legítimo, la soberanía retornaba al pueblo hasta que aquél pudiera ejercerla— ofrecía una justificación jurídica de peso para que las comunidades americanas formaran juntas de gobierno propias.

La Junta Central Suprema, formada en la Península para gobernar en nombre del rey cautivo, cedió después su lugar a un Consejo de Regencia cuya legitimidad muchos americanos no aceptaron. El temor de que Napoleón consumara su triunfo en Europa —y con él la pérdida definitiva de Fernando VII— agravó el malestar. La opinión pública en el virreinato se dividió, como se dividió en Mompox y en el resto del Nuevo Reino, entre partidarios de los franceses, seguidores de la Junta Suprema que había proclamado a Fernando VII, y criollos democráticos con designios de independencia absoluta influidos por las revoluciones francesa y norteamericana. En las tertulias santafereñas, esa tripartición no era abstracta: cruzaba familias, escritorios comerciales y aulas del Rosario y de San Bartolomé, donde los mismos hombres que citaban a Suárez para defender el retorno pactista de la soberanía leían a Rousseau para imaginar lo que vendría después.

Amar respondió a esa fragmentación como sabía: con vigilancia y con papel. En junio de 1810 despachó comunicaciones a las autoridades locales advirtiendo sobre los sucesos de Caracas, donde la Junta se había constituido en abril, y al teniente de corregidor de Tunja le ordenó impedir que se introdujeran en la provincia emisarios o papeles provenientes de los rebeldes caraqueños, para que no captaran adeptos entre la población. La alerta fue leída en sesión ordinaria del cabildo tunjano el 7 de junio de 1810. Faltaban seis semanas para el 20 de julio, y el virrey seguía tratando con oficios lo que ya circulaba de boca en boca en los patios traseros de la propia Santafé.

La ola era, para entonces, imparable. Cartagena de Indias había actuado los días 22 de mayo y 14 de junio; Cali, el 3 de julio; Pamplona, el 4; el Socorro —el mismo Socorro comunero de 1781—, el 10. Cuando Santafé se movió, el 20 de julio, no inauguraba nada: se sumaba a una secuencia regional. Pero al hacerlo desde la capital del virreinato, le otorgaba dirección política al proceso, y arrastraría tras de sí, en cuestión de días, a Tunja (25 de julio), Neiva (27), Girón (30) y Mompox (6 de agosto).

El 20 de julio: la orden que no se dio

La jornada del 20 de julio ha sido narrada mil veces con el florón de la tradición patriótica, y sin embargo su núcleo puede reducirse a una escena política precisa. El plan de la ruptura era conocido por unos pocos —Camilo Torres Tenorio, José Acevedo y Gómez, José Miguel Pey y un puñado más de miembros de la élite criolla—; la masa del pueblo no sospechaba de la maquinación y actuó movida por instigaciones y resentimientos acumulados contra los españoles arrogantes llegados a principios del siglo. El incidente con el florero, la disputa comercial que sirvió de detonante, importó menos por su contenido que por su función de mecha: la plaza se llenó, la multitud presionó, el Cabildo se reunió, y las horas siguientes se convirtieron en un pulso entre lo que la muchedumbre exigía y lo que el virrey podía todavía impedir.

En ese pulso, Amar hizo lo que definiría su lugar en la historia: no hizo nada. Por instantes se esperó la orden que debía dar; el virrey, sin embargo, era pusilánime —así lo consignó un memorialista favorable a los patriotas, y así ha quedado en el registro— y no se atrevió a darla ni a hacerse responsable de la sangre que pudiera correr. La virreina Francisca Villanova, según el mismo testimonio, mostró más entereza que su marido y le echó en cara su cobardía. La única sangre que se derramó ese día fue la de un sombrerero llamado Florencio, herido por uno de los patriotas por haber dicho que la gente que quitaba a los virreyes lo hacía por ambición de mandar ella misma.

Que la caracterización de "pusilánime" proceda de una fuente favorable al bando triunfante debe matizar el juicio moral, pero no anula la observación política. Amar tenía tropas en la capital —el regimiento traído de Cartagena—, tenía un aparato de vigilancia que apenas semanas antes despachaba alertas hacia las provincias, y tenía la autoridad formal para ordenar la dispersión de la multitud. Optó por no ejercerla. Es imposible saber si esa opción respondió a un cálculo —evitar la matanza que hubiera desencadenado una guerra abierta e ingobernable— o a una parálisis —la incapacidad personal de asumir el costo de una represión sangrienta—. Probablemente ambas cosas: la lucidez del que ve que ya no tiene base social y el miedo del que no quiere que su nombre quede escrito con sangre. El memorialista consideró afortunada esa pusilanimidad, porque evitó mayores muertes. La historia estructural la considera irrelevante, porque el proceso era irreversible. Ambas lecturas tienen su parte de razón, y ninguna basta.

El Acta de Independencia fue redactada por José Acevedo y Gómez y firmada al amanecer del 21 de julio de 1810. Reconocía provisionalmente a Fernando VII como rey legítimo y declaraba que toda autoridad quedaba depositada en la Junta Suprema hasta que se formara una constitución. Seis días después, el 26 de julio, la Junta declaró que no reconocía al Consejo Supremo de Regencia y estableció que ninguna corporación o individuo peninsular tendría autoridad sobre esas tierras, excepto Fernando VII. El 27 de julio, según lo planeado, la Junta se dividió en secciones —Negocios Eclesiásticos, Gracia, Justicia y Gobierno, Guerra, Hacienda, Policía, Comercio— para manejar con más eficacia las decisiones cotidianas.

Amar fue destituido. La retórica del Acta salvaba las formas fernandinas; la mecánica del gobierno, no. Los "chisperos", facción radical de santafereños, dificultarían después la moderación de las decisiones y empujarían el proceso hacia posiciones más rupturistas. Pero eso ya no era problema del virrey.

La red: personas, lugares e ideas que lo cruzaron

Ninguna figura política se explica sola, y menos una atrapada en un cambio de época. La red de Amar y Borbón se tejía en tres planos.

En el plano familiar y peninsular, el apellido lo ligaba a la corte madrileña y al reformismo ilustrado aragonés. La correspondencia con su hermana Josefa —cuya obra intelectual sobre educación femenina desafiaba, desde dentro, muchos de los supuestos del orden que su hermano representaba en América— sugiere una casa donde las ideas de la Ilustración no eran extrañas. Amar no era un reaccionario obtuso: era un servidor de la Corona que aplicaba en Santafé el manual que la propia Corona había producido.

En el plano virreinal, sus interlocutores obligados fueron los criollos del Cabildo santafereño. Camilo Torres Tenorio, el jurista payanés autor del Memorial de Agravios de 1809 —donde se había expuesto con precisión el trato desigual que la Corona daba a los americanos—, encarnaba la inteligencia argumentativa de la élite criolla. José Acevedo y Gómez sería el "tribuno del pueblo" del 20 de julio. José Miguel Pey ocuparía la presidencia de la Junta Suprema. Antonio Villavicencio, comisionado regio enviado desde Cádiz para pacificar los ánimos, llegó a tiempo para que su misma llegada sirviera de pretexto y catalizador de la ruptura. Antonio Nariño, encadenado en Cartagena, seguía siendo la figura simbólica alrededor de la cual los sectores más radicales se articulaban.

En el plano imperial, Amar respondía a Carlos IV primero, a Fernando VII después, al Consejo de Regencia luego, a José I Bonaparte nunca —aunque la sospecha de afrancesamiento fue una de las acusaciones que circularon contra funcionarios peninsulares en América durante la crisis—. Esa cadena rota de mando fue, más que cualquier otra cosa, lo que vació de contenido su autoridad. Un virrey depende de la legitimidad del monarca que lo nombró; si el monarca está preso en Bayona, la legitimidad se descuelga.

Detrás de la escena, ya empezaba a asomar la generación que protagonizaría la Reconquista y la guerra de Independencia: Juan Sámano, entonces oficial de segunda fila, sería quince años después el último virrey del sangriento retorno realista. Amar y Sámano son los dos extremos de una misma tragedia institucional: el que no supo o no quiso reprimir, y el que reprimió sin medida cuando ya no había virreinato que salvar.

La huella: caída, exilio y memoria disputada

Depuesto en julio de 1810, Amar y Borbón fue arrestado poco después junto con la virreina. La memoria oral santafereña conservó episodios de humillación popular contra la pareja, particularmente contra Francisca Villanova, a quien la muchedumbre atribuyó —con o sin fundamento— haber sido la mano dura detrás del guante blando del virrey. La Junta terminó por embarcarlos rumbo a la Península. Amar regresó a España, vivió los años convulsos del final del reinado de Fernando VII y murió en 1826. Para entonces, la Nueva Granada se había convertido en Gran Colombia, había vivido la Patria Boba, la Reconquista de Pablo Morillo, la campaña libertadora, la Batalla de Boyacá y la construcción republicana. El virreinato que él había gobernado ya no existía en ningún mapa.

Su huella en la memoria colombiana es esquiva. No hay estatuas de Amar y Borbón; tampoco había por qué haberlas. Pero tampoco es el gran villano de la narrativa patriótica, papel que la tradición reservó para Morillo y Sámano, ejecutores de la Reconquista sanguinaria de 1816. Amar quedó registrado como el virrey que no supo estar a la altura: un funcionario opaco cuya indecisión, dependiendo de la lectura, o bien salvó vidas o bien facilitó una ruptura que pudo haberse aplazado.

La historiografía reciente ha empezado a matizarlo. Verlo únicamente como un cobarde es simplificar; verlo como una víctima estructural es exculparlo demasiado. Lo más justo es leerlo en la tensión entre ambas cosas. Amar aplicó, con disciplina de militar peninsular, las herramientas del reformismo borbónico: militarizar la capital, designar regidores adictos, arrestar a los sospechosos, vigilar los focos externos de contagio. Cada una de esas medidas era racional dentro de su propia lógica y contraproducente en la escala del proceso mayor. Cada represión empujó más oposición a la clandestinidad, cada regidor peninsular consolidó más al Cabildo criollo, cada soldado cartagenero en Santafé confirmó a los criollos que no eran parte del gobierno sino sus súbditos. La caída no fue accidente: fue el resultado acumulado de una política que producía sus propios enemigos.

Y, sin embargo, el 20 de julio no era destino escrito. Lo que ocurrió esa tarde y esa noche dependió también de la decisión concreta del hombre que ocupaba el sillón virreinal. Si Amar hubiera ordenado la carga —con las tropas que tenía y con la disposición represiva que sus antecedentes autorizaban— el resultado inmediato pudo haber sido distinto: tal vez una matanza que endureciera las posiciones y postergara la ruptura; tal vez una escalada que precipitara una guerra más temprana y más brutal. Ese universo alterno no ocurrió porque un hombre pusilánime —o prudente, según la lectura— optó por no ordenarla.

En esa doble determinación —estructural y biográfica, sistémica y contingente— reside el interés histórico de la figura. Los grandes procesos no son ni la mera suma de decisiones individuales ni el despliegue mecánico de fuerzas impersonales: son el punto donde ambas cosas se anudan, y donde a veces basta con que un hombre no se atreva a firmar una orden para que un imperio termine de resquebrajarse en una plaza. Antonio Amar y Borbón —zaragozano de 1742, teniente general, virrey desde 1803, depuesto en 1810, muerto en 1826— fue ese hombre, y su trayectoria pertenece por igual a la historia militar peninsular, a la administración colonial neogranadina y a la genealogía política de la independencia colombiana.

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Conexiones del archivo

Red histórica

05

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

21 documentos · 28 fragmentos
01Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Páginas 88, 106, 1083 citas
[1]

los distintos grupos sociales de la Nueva Granada. En realidad, fue la coyuntura nacida de la inva- sión napoléonica a España la que incitó a los criollos a llenar el vacío de poder dejado por los Borbones, con la teoría en virtud de la cual, cuando faltaba el monarca, la sobe- ranía que éste ejercía a nombre del…

p. 106
[3]

(1818-1819). tado a través de la aplicación de las llamadas cien- cias útiles, la conciencia de habitar un territorio distinto de la metrópoli y la apropiación de una ideología diferente a aquella que sustentaba el ab- solutismo monárquico, crearon las condiciones para madurar el proceso de Independencia, el cual de…

p. 88
[15]

julio de 1810, que asumió el gobierno en nombre de Fernando El 20 desulio de 1810. Ñ Firma del Acta de Independencia en el cabil- do de Santafé, el 20 de Julio de 1810, óleo de Coriolano Leudo. En el Acta se reconocía a Fernando VII como legítimo rey de España. VII. En El Socorro, por su parte, fue el pueblo el que…

p. 108
02Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · Páginas 44, 522 citas
[2]

generaron numerosas revueltas que terminaron con el establecimiento en la capital de un regimiento compuesto por centenares de soldados que venían desde Cartagena para proteger su dominio de Santafé de Bogotá. El antagonismo entre las autoridades reales de la capital y los miembros del Cabildo, integrantes de los…

p. 52
[23]

estimó que cerca de cuatro mil personas avanzaban hacia la capital. Cuando llegaban a la actual ciudad de Zipaquirá, el arzobispo español Antonio Caballero y Góngora (designado para negociar la pacificación de la rebelión) se reúne con los líderes del movimiento, siendo el principal Juan Francisco Berbeo; es ahí que…

p. 44
03Gran Bretaña y la Independencia de Venezuela y ColombiaD. A. G. Waddell · 1983 · Página 1451 cita
[4]

rebelión de Quito pudo ser aplastada. Para salvaguardar la protección de Santa Fe, cuyo regimiento había sido enviado prácticamente en su totalidad a Quito, se llevaron tropas de un regimiento de Cartagena. Cuando estos refuerzos llegaron a Santa Fe, el Virrey adoptó medidas en contra aquéllos que se tenía sospechas…

p. 145
04Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Páginas 94, 972 citas
[5]

formar aldeas cimarronas- — no parec í an indicar m á s que la l (adicional indisciplina que los virreyes atribu í an a negros e indios. Algo m á s irritante era el creciente enfrentamiento entre americanos y espa ñ oles por el nombramiento de peninsulares en la mayor í a de los cargos, que produc í a peleas y…

p. 94
[27]

pero guio las acciones de los criollos el a ñ o siguiente. Al plantear la representaci ó n del reino sobre ba ses de igualdad entre espa ñ oles y americanos, y al amenazar con la independencia si eso no se lograba, iba mucho m á s all á de las rei vindicaciones fiscales de los comuneros. En vez de una monarqu í a…

p. 97
05Historia de Colombia. La Independencia II. Tomo 8Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico); Ricardo Martín (dir. de la obra); German Arciniegas y otros colaboradores · 1988 · Página 101 cita
[6]

con las ideas expresadas por los enciclo- pedistas franceses y emanadas de la Revolucion de 1789, a las cuales se adherian fervorosamente. Existia, ademas, un abierto repudio y disgusto por la insolencia de los funcionarios encargados del go- bierno en el virreinato, y por el escandaloso relaja- miento de la conducta…

p. 10
06Historia concisa de Colombia 1810-2017Michael J. LaRosa, Germán Mejía · 2017 · Páginas 31, 35, 403 citas
[7]

mundo cambió para millones de personas que habitaban la América española. En este capítulo se examinan dichas transformaciones ideológicas, políticas, económicas y territoriales para el caso de Colombia, 6 las cuales estaban inextricablemente ligadas a los cambios que ocurrían simultáneamente en el contexto del mundo…

p. 31
[11]

Provincias americanas, lo que provocó que muchos americanos no aceptaran su legitimidad para gobernar en nombre de Fernando VII. Tal malestar estaba además motivado por el miedo de que Napoleón estuviera a punto de conseguir una victoria definitiva en España y en Europa. Ante la posibilidad de perder del todo a su…

p. 35
[19]

más radical de santafereños, conocidos como los “chisperos”, se encargó de dificultarle a la Junta Suprema de Santafé la moderación de sus decisiones iniciales. A consecuencia de ello, el 26 de julio, la Junta finalmente declaró que no reconocía al Consejo Supremo de Regencia, marcando un momento decisivo: ninguna…

p. 40
07Repúblicas en armas. Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y VenezuelaClément Thibaud · 2003 · Página 441 cita
[8]

orden tradicional. Según viejas tradiciones que se remontaban a los Habsburgos, revitalizadas o inventadas según el caso, pero presentes —con cambios— en las teorías pactistas de los siglos XVI y XVII españoles, la soberanía había sido confiada por Dios a los pueblos. A su tumo, estas comunidades, dotadas de un…

p. 44
08Repúblicas en armas: Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y VenezuelaClément Thibaud · 2003 · Página 441 cita
[9]

orden tradicional. Según viejas tradiciones que se remontaban a los Habsburgos, revitalizadas o inventadas según el caso, pero presentes —con cambios— en las teorías pactistas de los siglos XVI y XVII españoles, la soberanía había sido confiada por Dios a los pueblos. A su tumo, estas comunidades, dotadas de un…

p. 44
09Historia doble de la Costa. Tomo 1: Mompox y LobaOrlando Fals Borda · 2002 · Página 2631 cita
[10]

escondido cuando yo salgo a alguna p a r t e ". Aunque este capitán le pedía a don Mateo que fuera al hato " p a r a conocerlo", no hay noricia de que el marqués consorte hubiera hecho ese viaje a San Benito. Sus actividades militares y políticas lo tenían más que ocupado en Mompox: en efecto, estaba por estallar la…

p. 263
10Historia de la primera República de Colombia, 1819-1831. "Decid Colombia sea, y Colombia será"Armando Martínez Garnica · 2019 · Página 871 cita
[12]

bajo el apercibimiento de que serán tratados como reos de Estado y alta traición contra la Patria y Soberano. Y para que llegue a noticia de todos publíquese por bando y fíjese copia en la parte acostumbrada. Fecho en la ciudad de Tunja en siete de junio de mil ochocientos diez años. José Jover. Ante mí, José Dimas…

p. 87
11Memorias de un abanderadoJosé María Espinosa · 2016 · Página 342 citas
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por instantes la orden que debía dar el virrey, pero este 35 Míndicer sí ta eóeasíiesd por fortuna era pusilánime, y no se atrevió a darla ni a hacerse responsable de la sangre que pudiera correr. Más entereza tuvo la señora, y así le echaba en cara a aquel su cobardía. No hubo, en efecto, más sangre derramada aquel…

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por instantes la orden que debía dar el virrey, pero este 35 Míndicer sí ta eóeasíiesd por fortuna era pusilánime, y no se atrevió a darla ni a hacerse responsable de la sangre que pudiera correr. Más entereza tuvo la señora, y así le echaba en cara a aquel su cobardía. No hubo, en efecto, más sangre derramada aquel…

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12Grandes momentos de ColombiaGustavo Castro Caycedo · 2016 · Página 2511 cita
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en nuestra patria. Alcance social: por primera vez se habla en nuestro país de soberanía del pueblo; el pueblo confiere a Amar el cargo de presidente de la junta; cambió la condición de la raza indígena y de los criollos. Los hijos de este suelo pudieron aspirar a los elevados cargos. Alcance económico: dado que esta…

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13Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2023 · Página 371 cita
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it was clear—and the vice- roy knew it—that the army would not act against the demonstrators. The plan worked: a junta was organized. At dawn on July 21, 1810, a document was signed that Colombians now refer to as their act of independence. Written by José Acevedo y Gómez, the act made clear the purposes and direction…

p. 37
14Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2017 · Página 331 cita
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Written by José Acevedo y Gómez, the act made clear the purposes and direction of the recently constituted junta: All authority will be placed provisionally in the Supreme Governing Body of this Kingdom, until this same Junta forms the Constitution that assures public happiness. The noble provinces will be counted on…

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15Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · Página 2311 cita
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Nueva Gr nada. Nace José María del Castillo y Rada en Car- tagena. Se establece la imprenta en esta ciudad. Construcción de la catedral de Santa Marta, según trazas de Juan Cayetano Chacón. 1777 Muere el ex presidente Rafael Eslava en Santa- fé. Venta de resguardos en Popayán. Primer intento de organización gremial de…

p. 231
16Colombia: A Country StudyRex A. Hudson (editor) · 2010 · Página 1081 cita
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naval base at Cartagena among other things, and the result was tax increases in New Granada along with irritating new controls to make sure the taxes were paid. Farmers and artisans in the province of Socorro demonstrated their defiance of these measures by destroying the liquor and tobacco belonging to state…

p. 108
17Breve historia económica de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 2017 · Página 651 cita
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0,72 1,21 2,74 2,5 Impuesto/pib 2,9 % 4,7 % 10,4 % 8,4 % Fuentes: para los promedios de los quinquenios entre 1761 y 1800 en Meisel (2004); para 1810, Jaramillo, (1987) —cuenta fiscal que está posiblemente incompleta—. Los ingresos de la Corona en la última década de su dominación alcanzaron en promedio la suma de 2,…

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18¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · Página 481 cita
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en las que se representó la flora de la Nueva Granada. Pero, ya se dijo, además de estimular la formación intelectual de los criollos, los monarcas españoles también deseaban forta lecer su autoridad sobre sus reinos en América, de ahí el apodo de "déspotas ilustrados" con el que se conocería posteriormente a estos…

p. 48
19Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · Página 1281 cita
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u e el gobierno real tuviera u n a cara m ás criolla. Esto distaba m u cho del grito de in d ependencia, pero re p resen ta b a un paso hacia u n sentim iento nacionalista. En los años siguientes, ni el p u eblo neogranadino ni sus gober nantes españoles o lv id aro n la rebelión d e los C om uneros. Los sucesos de…

p. 128
20Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · Página 1801 cita
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minas y agricultura, haciendo trabajar la gente ociosa pero auxilián- dola (47). Si no fueron positivos los resultados de la gestión de los regentes en el campo administra- tivo, en cambio sus efectos políticos fueron ne- gativos. En una clara referencia a la gestión de Gutiérrez de Piñeres en la Nueva Granada, y…

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21Historia de Colombia. La República de Colombia IRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico), y colaboradores: Arturo Alape, Óscar Alarcón Núñez, Germán Arciniegas, Mauricio Archila, Antonio Caballero, Antonio Cacua Prada, Germán Cavelier, entre otros · 1988 · Página 831 cita
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acta en la que se declaraba la total independencia de la provincia de Cartagena, en Nueva Granada, histérico documento que se conserva en el Museo Nacional de Bogota. que s6lo esperaba la oportunidad para manifes- tarse, como ocurrié en Cartagena el 22 de mayo y el 14 de junio de 1810, cuando el cabildo depuso al…

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