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Idea · Independencia

Reconquista

Entre 1815 y 1819, la Reconquista fue el intento más sistemático de restaurar el orden colonial español en el Nuevo Reino de Granada, dirigido militarmente por Pablo Morillo e impulsado políticamente por Fernando VII tras su retorno al trono absolutista en 1814. Su brutalidad selectiva liquidó a una generación ilustrada criolla y, por reacción, forjó el consenso independentista que pretendía aplastar.

3.716 palabras29 documentos41 fragmentos citados
Reconquista

Trayectoria de una idea

  1. 1814

    Retorno de Fernando VII y restauración absolutista

  2. 1815

    Llegada de la Expedición Pacificadora y caída de Cartagena

  3. 1816

    Toma de Santafé y ejecución de la élite ilustrada

  4. 1817

    Fusilamiento de Policarpa Salavarrieta y Antonia Santos

  5. 1819

    Derrota de la Reconquista y fin del régimen realista

03

La lectura

La Reconquista no fue un simple episodio militar de reconquista colonial: fue un proyecto político y jurídico de restauración absolutista que combinó la fuerza de las armas con una arquitectura institucional de represión —tres tribunales que producían cadáveres, expedientes y dinero— diseñada para descabezar a la élite criolla que había imaginado la independencia. Su lógica era la del terror selectivo: Morillo, según el historiador venezolano Rafael María Baralt, era 'duro y cruel por sistema más que por inclinación', lo que significa que mataba por cálculo político, no por patología personal. El régimen se autofinanciaba confiscando los bienes de sus víctimas, lo que explica su particular saña contra las familias propietarias y su capacidad de sostenerse sin depender enteramente de remesas peninsulares. Paradójicamente, la brutalidad del método dilapidó el apoyo que amplios sectores le habían concedido tras el fracaso de la Patria Boba: las noticias de las ejecuciones y los ahorcamientos se difundieron a ambos lados del Atlántico, generando indignación que contribuyó a que fluyera apoyo externo hacia la causa independentista. El garrote forjó la república: la Reconquista no interrumpió un proceso independentista lineal, sino que lo produjo, convirtiendo lo que antes de 1816 era una disputa abierta entre provincias leales y provincias emancipadas en una causa común irreversible después de 1819.

Entre 1815 y 1819, el Nuevo Reino de Granada vivió el intento más sistemático de restaurar el orden colonial español que se conoció en Sudamérica. Se lo llama la Reconquista, con eco deliberado del vocabulario peninsular medieval: la recuperación armada de un territorio percibido como perdido. Fue una operación militar dirigida por el general Pablo Morillo al frente de la llamada Expedición Pacificadora, pero también —y sobre todo— un proyecto político y jurídico de restauración absolutista que instaló tribunales, confiscó bienes, ejecutó cuadros ilustrados y pretendió borrar la memoria de las primeras juntas. Duró apenas cuatro años. En ese lapso, la brutalidad selectiva del régimen dilapidó el apoyo que amplios sectores le habían concedido tras el fracaso de la Patria Boba y terminó fabricando, casi por reacción química, el consenso independentista que Fernando VII quería aplastar. El garrote forjó la república.

La semblanza: una restauración con vocabulario medieval

La palabra Reconquista no es neutra. Al elegirla, la Corona española invocó una tradición de siete siglos de guerra santa contra el infiel para nombrar lo que en rigor era una guerra colonial contra súbditos de ultramar. El gesto retórico importa: convertía a los criollos en apóstatas de la fidelidad debida al rey y autorizaba, por analogía, procedimientos de excepción. Pero el fenómeno colombiano tiene su propia forma. Es una campaña militar corta y fulminante —Cartagena cae en diciembre de 1815, Santafé en los primeros días de octubre de 1816—; es un aparato represivo instalado inmediatamente después, con tres tribunales que operaron desde la capital y se extendieron por las provincias; y es, finalmente, una política de terror que Morillo sostuvo con método hasta que las derrotas venezolanas y neogranadinas lo obligaron a replegarse.

Se la suele leer como interregno, como paréntesis entre la Patria Boba y la Campaña Libertadora. La lectura es cómoda pero engañosa. La Reconquista no interrumpió un proceso independentista lineal: lo produjo. Antes de 1816, en el territorio neogranadino coexistían provincias emancipadas y provincias fieles al rey, y no era evidente cuál sería el desenlace. Después de 1819 ya no había vuelta atrás, y buena parte de la razón está en lo que Morillo hizo entre esas dos fechas.

Los antecedentes: la crisis imperial y la fragmentación criolla

El punto de partida remoto es 1808. La captura de la familia real española por Napoleón —Fernando VII prisionero en Bayona, José Bonaparte impuesto en Madrid— dejó al imperio sin cabeza legítima y a los criollos americanos ante una pregunta insólita: ¿en nombre de quién se gobierna una colonia cuyo rey ha sido secuestrado? La respuesta fue la formación, entre 1809 y 1810, de juntas autónomas que declaraban lealtad al monarca cautivo mientras asumían el poder local. En Nueva Granada, Cartagena, Pamplona, Socorro, Tunja y Santafé encabezaron esa deriva.

Lo que siguió, entre 1810 y 1815, fue lo que la historiografía bautizó con desdén como la Patria Boba. Las juntas no lograron consolidar una unidad política. Cundinamarca, con Antonio Nariño, defendía un centralismo; las Provincias Unidas, con Camilo Torres a la cabeza, apostaban por el federalismo. Provincias enteras —Panamá, Santa Marta, Riohacha, Pasto, Popayán, las sabanas del Sinú— se declararon leales al rey, de modo que la guerra no fue nunca solo entre neogranadinos y españoles, sino también entre neogranadinos entre sí. La expedición de Nariño hacia el sur terminó con su captura por fuerzas realistas cerca de Pasto. La campaña que Bolívar debía dirigir contra los realistas de Santa Marta se disolvió cuando, en lugar de marchar al norte, el caraqueño decidió apuntar sus tropas contra Cartagena para obtener por la fuerza los aprovisionamientos que Manuel del Castillo Rada le negaba. El sitio patriota se sumó a otro anterior impuesto por el propio Castillo. Cuando Bolívar renunció al mando del ejército del Gobierno general el 8 de mayo de 1815 y se embarcó hacia Jamaica, Cartagena quedó sola, exhausta y dividida, para enfrentar lo que venía desde el otro lado del Atlántico.

Fernando VII había regresado al trono en 1814, tras la derrota de Napoleón. Restaurado el absolutismo en la península, buena parte de la población americana volvió a la obediencia sin resistencia. La independencia neogranadina, en el papel, era un cadáver antes de que Morillo desembarcara.

La expedición: quién es Morillo y qué trae consigo

Pablo Morillo era un militar formado en las guerras napoleónicas peninsulares, un oficial de línea acostumbrado a operar en teatros europeos donde la brutalidad se justificaba por la escala. En 1815, Fernando VII lo puso al frente de la mayor expedición militar que España había enviado nunca a sus colonias americanas: unos doce mil soldados destinados a Costa Firme, es decir, a Venezuela y Nueva Granada. Llegó a las costas venezolanas ese mismo año, con instrucciones —parte de ellas secretas— que definían el mandato de pacificación. Su segundo era Pascual Enrile; en la retaguardia política operaban el virrey Francisco de Montalvo y, después, Juan Sámano, cuya dureza con los prisioneros era ya proverbial entre sus contemporáneos.

La lógica de la expedición era clara aunque nunca del todo confesada: no bastaba con derrotar a los ejércitos patriotas, había que descabezar a la élite criolla que los había producido. Morillo, que traía la mentalidad de un general peninsular donde el enemigo era el francés y la traición se pagaba con la vida, aplicó ese principio con una constancia que sus propios superiores en Madrid nunca tuvieron que sostener directamente.

El primer objetivo americano fue Cartagena. El sitio duró ciento dos días. La ciudad, ya debilitada por los asedios previos que le habían impuesto sus propios aliados, resistió con una tenacidad que se pagó carísimo: aproximadamente un tercio de su población murió por hambre y epidemias antes de la rendición. El 6 de diciembre de 1815, con el apoyo de los realistas de las poblaciones vecinas, Morillo entró en la plaza. Bolívar, desde su exilio jamaicano, escribiría después que la posesión de Cartagena era insustituible para asegurar la independencia, que nada era comparable al precio de su posesión y que su control aseguraba la libertad de Cundinamarca. La pérdida, en esa lectura, valía por sí sola la campaña entera.

Desde Cartagena, la expedición avanzó hacia el interior. En Mompox, a orillas del Magdalena y en plena marcha hacia la capital, Morillo hizo ahorcar a varios patriotas y ordenó decapitar el cadáver del teniente coronel Fernando Carabaño, colocando la cabeza en un palo. La imagen anticipaba el método. En los primeros días de octubre de 1816, cuando la reconquista neogranadina se completó con la toma efectiva de Santafé, ya nadie podía dudar de qué clase de restauración se había impuesto.

Los tres tribunales: la arquitectura jurídica del terror

Lo distintivo del régimen de Morillo no fue la violencia militar —esa la había habido siempre—, sino la traducción de esa violencia a formas jurídicas. En Santafé, y desde allí extendiéndose por la Nueva Granada, se instalaron tres instituciones. El Consejo Permanente de Guerra imponía la pena capital a quienes eran acusados de rebelión. El Consejo de Purificación juzgaba a los desleales al rey de España, categoría flexible que abarcaba desde los cabecillas de las juntas hasta funcionarios de segundo orden y ciudadanos particulares señalados por vecinos o denunciantes. La Junta de Secuestros confiscaba los bienes de quienes fueran acusados de traición o de haber colaborado con los insurgentes.

El diseño era ingenioso en su brutalidad. El primer tribunal producía cadáveres; el segundo producía expedientes que quedaban abiertos como una espada sobre las cabezas de los sobrevivientes; el tercero producía dinero. Los recursos obtenidos por las purificaciones y los secuestros eran centralizados por la tesorería del ejército expedicionario para financiar la prolongación de la guerra en la región. La represión se autofinanciaba: los patriotas pagaban con sus haciendas la campaña destinada a exterminarlos. Ese detalle contable, aparentemente menor, explica por qué el régimen pudo sostenerse tanto tiempo sin depender enteramente de remesas peninsulares, y por qué golpeaba con particular saña a las familias con propiedades: había mucho que confiscar.

Los fusilados de 1816: la muerte de una generación ilustrada

El año 1816 quedó grabado en la memoria neogranadina como el año en que la Reconquista se llevó por delante a la mayoría de los líderes independentistas. La lista es larga y desigual, pero contiene nombres que la historiografía posterior convirtió en fundacionales.

Camilo Torres Tenorio, presidente de las Provincias Unidas y autor del Memorial de agravios de 1809, fue ejecutado. Francisco José de Caldas, el naturalista de Popayán, discípulo remoto de Mutis, cartógrafo, matemático, uno de los cerebros más finos que produjo la ilustración criolla, también. Jorge Tadeo Lozano, aristócrata santafereño, botánico, primer presidente de Cundinamarca. José María Carbonell, agitador plebeyo del 20 de julio. Antonio Villavicencio, comisionado regio devenido patriota. José María Cabal, militar y hombre de letras. La represión no distinguió entre el republicano moderado y el radical, entre el científico y el político: descabezó por parejo.

José Fernández Madrid, que había asumido la presidencia patriota tras Torres y renunciado en Popayán, escapó a la ejecución y sobrevivió al régimen. Otros huyeron a los Llanos o a las Antillas. Pero el saldo de 1816 fue devastador: la Reconquista amputó, en un solo golpe, a una generación entera de la élite ilustrada neogranadina, aquella que había leído a Rousseau y a los enciclopedistas, que había fundado periódicos y sociedades económicas, que había pensado el país antes de que existiera como república.

Un año después, en 1817, el régimen ejecutó a Policarpa Salavarrieta. Su fusilamiento —el de una mujer joven, guipuzcoana de origen y bogotana de vida, que servía de enlace con las guerrillas patriotas— añadió al martirologio una dimensión popular y femenina que los grandes nombres masculinos no ocupaban. Antonia Santos, en el Socorro, correría suerte parecida. El régimen no discriminaba por género ni por clase cuando percibía complicidad con la insurgencia.

Morillo dejó por escrito su lógica: se mataba selectivamente a los ilustres por el saber, el valor o la virtud. Rafael María Baralt, historiador venezolano descrito por sus contemporáneos como entusiasta admirador de España, lo definiría después con una fórmula que se volvió canónica: duro y cruel por sistema más que por inclinación. La frase tiene su filo: no atribuye la crueldad a un rasgo personal patológico, sino a una decisión política deliberada. Morillo mataba porque calculaba que había que matar, no porque disfrutara haciéndolo. Esa lucidez del método es lo que hace a la Reconquista particularmente inquietante.

La geografía del terror: de Cartagena al Cauca

El régimen no fue uniforme en el territorio. Su epicentro fue Santafé, donde se instalaron los tribunales y donde cayó la mayor parte de la élite ilustrada. Cartagena, tras el asedio y la caída, quedó bajo el peso de la mortalidad epidémica y de la ocupación militar. Mompox pagó su fidelidad patriota con los ahorcamientos en la plaza. El Socorro y Pamplona, cunas de la insurrección comunera de 1781 y focos tempranos del juntismo, fueron sometidos a persecución sistemática.

Popayán y el suroccidente vivieron su propia versión del régimen bajo la dureza particular de Sámano, que consolidó allí una fama de brutalidad con los prisioneros que sus contemporáneos anotaron sin ambigüedad. Los Llanos de Casanare, en cambio, se convirtieron en refugio y retaguardia: la geografía de sabanas y ríos, la movilidad de la caballería llanera, la dificultad logística que suponía para un ejército regular perseguir guerrillas móviles, hicieron de esa región el santuario donde se conservó y reorganizó el núcleo militar que en 1819 volvería a cruzar los Andes con Bolívar.

La costa Caribe permaneció más firmemente en manos realistas hasta el final. Cuando, ya avanzada la guerra, Cartagena volvió a manos patriotas, fue tras un sitio republicano de más de catorce meses bajo el mando del general Mariano Montilla. El ciclo se cerraba con una simetría cruel: la ciudad que había caído tras ciento dos días de asedio español necesitaría más de un año de asedio patriota para regresar a la causa que había abrazado primero.

La red: los actores del drama

El elenco de la Reconquista se organiza en tres círculos concéntricos. En el centro, los cuadros del régimen: Morillo como cabeza militar y política, Enrile como su segundo, Montalvo y luego Sámano como virreyes, la burocracia peninsular reinstalada en las audiencias y las gobernaciones. En un anillo intermedio, los realistas americanos, criollos y peninsulares residentes que colaboraron con la restauración, delataron a vecinos, ocuparon cargos vacantes o simplemente sobrevivieron adaptándose. En el círculo exterior, la población: campesinos, artesanos, esclavos, indígenas, comerciantes, mujeres, curas párrocos, cuyo comportamiento fue plástico y regional, oscilando entre la lealtad, la resistencia armada y la simple supervivencia.

Del lado patriota, la geografía humana se dispersó tras 1816. Los muertos habían sido los más visibles; los sobrevivientes buscaron los Llanos, las Antillas, el sur venezolano. Bolívar operaba desde Angostura. Santander, joven abogado y militar del Socorro, organizaba desde Casanare la retaguardia neogranadina. Páez consolidaba en el Apure venezolano una caballería llanera formidable. Arismendi resistía en Margarita. Ese archipiélago de resistencias, dispersas pero conectadas, es el que en 1819 convergería en la Campaña Libertadora.

La huella inmediata: cómo el terror fabricó su propio antídoto

Aquí está el nudo del proceso, y aquí es donde la historia se vuelve casi paradójica. Cuando los españoles llegaron, buena parte de la población neogranadina los recibió con alivio o al menos con indiferencia. El fracaso de la Patria Boba, las guerras intestinas, la ineptitud de los republicanos para consolidar un orden estable, habían desilusionado a sectores amplios. Muchos preferían el orden colonial, previsible y conocido, a las improvisaciones criollas. En regiones enteras —Pasto, Santa Marta, Panamá— la reconquista fue vivida como restauración legítima, no como invasión.

La política del terror disipó ese capital político con una rapidez asombrosa. La animadversión franca y abierta reemplazó a la simpatía inicial. Y lo hizo por dos vías. Por un lado, la selectividad de las ejecuciones concentró el golpe sobre las élites criollas, es decir, sobre los sectores que habían dudado más y que —por su prestigio, sus redes de parentesco, sus haciendas— tenían más capacidad de influir en la opinión regional. Cuando Morillo fusiló a Camilo Torres o a Caldas, no ejecutó solo a dos individuos: eliminó nodos de sociabilidad que se tradujeron en resentimiento familiar, comercial y político sostenido durante años. Por otro lado, la Junta de Secuestros llevó la represión al bolsillo: la confiscación de haciendas y bienes convirtió en enemigos irreconciliables a familias que hasta ayer se habían mantenido neutrales.

La consecuencia estratégica fue decisiva. La lucha contra España, que hasta 1815 había tenido rasgos de disputa entre facciones criollas y guerrillas locales, empezó a pensarse como causa compartida. Los intereses de las élites terratenientes y los de los sectores populares, antes divergentes, se alinearon frente al enemigo común. Ese fue el paso —invisible pero fundamental— que permitió transitar del guerrillerismo individualista a la concepción de un ejército libertador continental. Sin ese consenso transclasista, la campaña de Boyacá no habría tenido reclutamiento ni retaguardia.

Al mismo tiempo, la noticia del terror cruzó el Atlántico. Las tácticas sangrientas contra los hombres ilustrados de Nueva Granada se difundieron con rapidez en Gran Bretaña y Estados Unidos, donde encajaron con los tropos de la leyenda negra española que la ilustración anglosajona llevaba dos siglos cultivando. Coincidió —y la coincidencia no fue casual— con el flujo de apoyo monetario, logístico y humano hacia la independencia americana desde esos países: los legionarios británicos que combatirían en Boyacá provenían, en parte, de una opinión pública sensibilizada por los relatos del régimen morillista.

El desenlace militar: de los Llanos a Boyacá

La caída del régimen de la Reconquista no fue instantánea sino acumulativa. El ejército expedicionario se fue desgastando por el simple paso del tiempo tropical: de los aproximadamente doce mil soldados peninsulares que Morillo había traído en 1815, en 1820 sobrevivían menos de tres mil, diezmados sobre todo por el paludismo y la fiebre amarilla. Las remesas de refuerzos desde España, tras el pronunciamiento liberal de Riego en Cabezas de San Juan en 1820, se hicieron imposibles. El régimen peninsular perdió su capacidad de sostener militarmente la reconquista americana justo cuando los patriotas concentraban su fuerza.

La campaña de 1819 lo remató en Nueva Granada. Reunidos en Angostura, los patriotas concibieron un plan audaz: cruzar los Llanos venezolanos en plena estación de lluvias, atravesar los Andes por un paso improbable —el páramo de Pisba— y sorprender por la retaguardia al ejército realista de la Nueva Granada. Bolívar avanzó por Mantecal, Guasdualito, el río Arauca, Tame. En Tame se reunió con Santander y ambos decidieron el cruce. El páramo de Pisba, a más de tres mil metros, casi liquidó al ejército por el frío y la altitud. Del otro lado, en Casanare y luego en el altiplano, la campaña se consolidó con las victorias del Pantano de Vargas y, el 7 de agosto de 1819, de Boyacá.

Boyacá fue la sentencia. El coronel realista José María Barreiro cayó prisionero, capturado por el joven boyacense Pedro Pascasio Martínez; la mayoría de sus jefes, oficiales y tropas fueron apresados o dispersados. Con la noticia, el virrey Sámano huyó de Santafé. Bolívar entró en la capital pocos días después y dejó a Santander como vicepresidente de Cundinamarca, encargado del gobierno y la administración, mientras él mismo marchaba a Angostura a informar al Congreso, donde ese mismo año se creó oficialmente la República de Colombia integrando Nueva Granada y Venezuela con proyección sobre Quito.

Morillo, para entonces, todavía dominaba con su división la región costera y buena parte de Venezuela. Pero la Nueva Granada estaba perdida para el rey. En 1820 firmó con Bolívar el armisticio y el tratado de regularización de la guerra en Santa Ana de Trujillo, y regresó a España poco después. La Reconquista, como proyecto, había terminado.

La huella larga: memoria, martirologio y disputa historiográfica

Si la Reconquista hubiera sido solo un episodio militar, se habría diluido en la crónica de la guerra. Pero sus efectos culturales y políticos duraron mucho más que sus tribunales. La lista de fusilados de 1816 —Torres, Caldas, Lozano, Carbonell, Villavicencio, Cabal— se convirtió en el martirologio fundacional de la nación colombiana. La ejecución de Caldas fue evocada por su coterráneo José María Gruesso en la Lamentación de Pubén, publicada en 1820, poema en el que, curiosamente, aparece por primera vez en las letras neogranadinas la palabra romántico aplicada a la naturaleza. El naturalista fusilado se transformaba así en emblema doble: víctima del absolutismo y precursor de la sensibilidad moderna.

Bogotá materializó esa memoria en piedra a lo largo del siglo XIX y comienzos del XX, con monumentos a Policarpa Salavarrieta y a los Mártires de la Patria en la plaza que hoy lleva su nombre. El calendario cívico y los manuales escolares hicieron el resto. Los relatos de historia patria organizaron el pasado como una diacronía de héroes ejemplares, con cortes temporales que se mantuvieron sin mayores alteraciones durante todo el siglo XX.

Pero la Reconquista no fue interpretada de una sola manera. La historiografía liberal decimonónica vio en Morillo la encarnación del absolutismo europeo, la prueba definitiva de que España no era capaz de reformarse, y usó el martirologio de 1816 como legitimación de proyectos republicanos radicales. La historiografía conservadora, en cambio, representada por autores como José Manuel Groot y su Historia eclesiástica y civil de la Nueva Granada de 1869, otorgó al legado hispánico —la lengua, la religión, las instituciones— un valor positivo, y matizó el juicio sobre la Reconquista subrayando la continuidad cultural entre colonia y república. A fines del siglo XIX, el proyecto regeneracionista impulsado por Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro consolidó esta segunda lectura: la nación colombiana como heredera de España, no como su enemiga. El manual escolar de Jesús María Henao y Gerardo Arrubla, que formó a generaciones enteras de colombianos, trazó una línea de continuidad con el regeneracionismo y no repudió a España ni su acción en la Conquista y la Colonia, cohesionando la herencia colonial con el período republicano.

Ese debate no es de anticuarios. En él se juega la pregunta de qué es Colombia: una república surgida contra España o una nación española tardíamente emancipada por circunstancias históricas. La Reconquista es el punto donde esa pregunta se vuelve más aguda, porque es el momento en que el poder colonial, para sostenerse, tuvo que matar a la propia élite criolla que aún dudaba entre ambos mundos.

La ironía del proceso

Queda una pregunta que atraviesa el episodio entero. ¿Fue la Reconquista la causa de la independencia, o solo su detonante? El territorio neogranadino ya estaba militarmente indefenso cuando Morillo desembarcó, fracturado por sus propias guerras internas, por el conflicto entre Bolívar y Castillo, por la incapacidad de las provincias para unificar el mando. Sin la Reconquista, probablemente la restauración absolutista habría triunfado con menos violencia y habría durado más. Con la Reconquista, ese mismo triunfo se convirtió en pírrico: consolidó por reacción el consenso que su ausencia no habría producido.

Es probable, también, que la crueldad de Morillo no fuera una orden explícita de Fernando VII sino una improvisación local, la lógica autónoma de un militar formado en la guerra peninsular que trasladó al Caribe los métodos aprendidos contra los franceses. Baralt lo vio con lucidez: crueldad por sistema, no por inclinación. Ese sistema, sin embargo, no estaba diseñado en Madrid con claridad estratégica; se fue instalando sobre la marcha, respondiendo a las circunstancias, aprovechando las herramientas jurídicas del Antiguo Régimen —los consejos de guerra, las purificaciones, los secuestros— para producir una represión que resultó, a la vez, jurídicamente formal y políticamente catastrófica.

La Reconquista descubrió, sin proponérselo, un límite del absolutismo tardío. Podía matar a los cuadros de la élite ilustrada, pero al hacerlo los transformaba en mártires; podía confiscar sus bienes, pero al hacerlo alineaba contra sí a las familias propietarias; podía ocupar el territorio, pero no podía gobernarlo sin el consentimiento de una sociedad que había convertido cada ejecución en un agravio recordado. En 1815, buena parte de Nueva Granada estaba dispuesta a volver a ser colonia. En 1819, esa disposición había desaparecido. En medio no había habido conversión ideológica masiva ni predicación republicana efectiva: había habido tribunales, patíbulos y confiscaciones. Ese fue el trabajo, involuntario pero decisivo, de la Reconquista. Fernando VII envió doce mil soldados a salvar su imperio americano; con lo que le devolvieron fue una república.

04

En el archivo

4 apariciones públicas, ordenadas por período y año.

05

Relaciones

Vínculos editoriales de la ficha y conexiones observadas dentro del archivo.

Relaciones editoriales

  1. 01Pablo Morillo, general español al mando de la Expedición Pacificadora, ejecutor militar y político de la Reconquista
  2. 02Simón Bolívar, principal caudillo independentista cuya partida a Jamaica en mayo de 1815 dejó a Cartagena sola frente al asedio realista
  3. 03Camilo Torres Tenorio, presidente de las Provincias Unidas y autor del Memorial de agravios, ejecutado en 1816
  4. 04Francisco José de Caldas, naturalista y cartógrafo, símbolo de la élite ilustrada criolla liquidada por el régimen
  5. 05Patria Boba, período de fragmentación republicana 1810-1815 cuyas divisiones internas facilitaron el avance de la Reconquista
  6. 06Cartagena de Indias, primer gran objetivo militar de Morillo, cuya caída tras ciento dos días de asedio fue el hito decisivo de la campaña
  7. 07Casanare, refugio y retaguardia patriota donde Santander reorganizó la resistencia que culminó en la Campaña Libertadora de 1819
  8. 08Terror selectivo, método deliberado de ejecución de élites ilustradas y confiscación de bienes que caracterizó el régimen de ocupación
06

Documentos y fragmentos citados

29 documentos · 41 fragmentos

01La Gran Colombia y la Gran Holanda, 1815-1830. Una relación entre sueño y realidadSytze van der Veen · 2018 · p. 601 cita
[1]

de la libertad en el este de Venezuela, pero su contribución no sirvió de nada. Pese a un par de victorias, los patriotas llevaban las de perder. En el verano de 1814, Caracas cayó en manos de los realistas, después de que miles de habitantes se dieran a la fuga por temor a las tropas de Boves. Bolívar se retiró en el…

p. 60
02When Colombia Bled: A History of the Violencia in TolimaJames D. Henderson · 1985 · p. 433 citas
[2]

when national independence was declared two decades later. \;\/hat seemed on the surlace to be an angry reaction against monarchical rule was actually a protest against Napoleon Bonaparte's conquest of Spain. The French dictator enraged Spanish subjects when he seized the royal family in 1808 and conquered most of…

p. 43
[3]

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p. 43
[4]

when national independence was declared two decades later. \;\/hat seemed on the surlace to be an angry reaction against monarchical rule was actually a protest against Napoleon Bonaparte's conquest of Spain. The French dictator enraged Spanish subjects when he seized the royal family in 1808 and conquered most of…

p. 43
03When Colombia Bled: A History of the Violencia in TolimaJames David Henderson · 1985 · p. 301 cita
[5]

the cry heard often in Tolima during the Revolt of the Comuneros. 14 As major landmarks in the political life of late-eighteenth-century Tolima, the Jesuit expulsion and the Comunero revolt were most significant for the reaction they failed to evoke. Those events did not trigger any popular outcry against the king,…

p. 30
04Historia de Colombia. La Independencia II. Tomo 8Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico); Ricardo Martín (dir. de la obra); German Arciniegas y otros colaboradores · 1988 · p. 231 cita
[6]

del Castillo Rada, cuya enemistad con Simé6n Bolivar, quien le desplaz6 del mando del ejército granadino, habia de tener en lo sucesivo tan malas consecuencias A la izquierda, retrato de Simon Bolivar, obra de Paul Guérin que figura en el Salén Bolivar del Ministerio de Relaciones Exteriores de Caracas. En noviembre…

p. 23
05La independencia de Colombia: olvidos y ficcionesAlfonso Múnera · 2021 · p. 83, 992 citas
[7]

regiones más extensas e importantes, el Caribe colombiano y el Cauca grande, en manos de los españoles y vastos territorios, más de dos tercios, en manos de nadie. Uno puede imaginarse el rostro con el que Cartagena recibió al triunfante Morillo y su ejército de reconquista el 6 de diciembre de 1815, luego de todo un…

p. 83
[22]

mando del general Pablo Morillo– con toda la costa norte a su servicio? El Libertador Bolívar, en una de sus muchísimas cartas al general Mariano Montilla, cuando apenas se ha enterado de que Cartagena había sido finalmente recuperada después de un sitio que duró más de 14 meses, le dijo: “Aún después de la…

p. 99
06Historia de la primera República de Colombia, 1819-1831. "Decid Colombia sea, y Colombia será"Armando Martínez Garnica · 2019 · p. 115, 1322 citas
[8]

su propia salvación, antes que en avanzar por el camino de la construcción de una na - ción granadina. En sus “Noticias muy gordas”, Nariño advirtió sobre los grandes peligros que afrontaban: Que no se engañen: somos insurgentes, rebeldes, traidores: y a los traidores, a los insur - gentes y a los rebeldes se les…

p. 115
[10]

247 Pero el 8 de mayo siguiente, al renunciar en el cuartel de La Popa al mando del ejército del Gobierno general, tuvo que reconocer que los dirigentes del Estado de Cartagena habían preferido “la guerra civil, la anarquía y la propia aniquilación”, antes que ponerse a sus órdenes para marchar contra las autoridades…

p. 132
07Gran Bretaña y la Independencia de Venezuela y ColombiaD. A. G. Waddell · 1983 · p. 159, 2222 citas
[9]

no tenían atribuciones en asuntos militares y que los oficiales del ej ército debían obedecer las órdenes del comando nacional, no del gobierno local. Durante el involuntario retraso, el número de soldados de que disponía Bolívar, que a la sazón estaban estacionados en Mompós, comenzó a declinar a causa de…

p. 159
[27]

poco probable que MacGregor aceptase la autoridad de su gobierno, pero le pidió a Zea que lo invitase a cooperar con él, pidiéndole que atacase la costa en los alrededores de Santa Marta; Bolívar le recalcó a Zea que debía enviar este mensaje en una chalupa que tuviese como único objetivo esa misión. Poco después,…

p. 222
08El marxismo en ColombiaOrlando Fals Borda, Gerardo Molina, Carlos Uribe Celis, Ricardo Sánchez, Klaus Meschkat, Gonzalo Cataño, Fernando D'Janon, Gabriel Misas, Darío Fajardo, Eduardo Pizarro · 1984 · p. 53, 782 citas
[11]

el prop ó sito de Bol í var fu é ir a contrarrestar ante el Congreso de Tunja, con el cual ten í a claros lazos, la Indisposici ó n contra é l, motivada por su fracaso militar reciente a manos de Boves y el descalabro de la ef í mera Segunda Rep ú blica Venezola na 17. Hab í a quiz á tambi é n una rivalidad con…

p. 53
[40]

rcito de Apure al mando de Paez, que constaba de unos 4.000 efectivos — 3.000 infantes y 1.000 caballos. El ej é rcito de Oriente a las ó rdenes de Arismendi y Sucre situado en Agostura con otro tanto en hombres y el ej é rcito del Norte al mando sucesivo de Soublette, Anzoategui y Salom con menos de 2.000 efectivos.…

p. 78
09Historia de Colombia. La República de Colombia IRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico), y colaboradores: Arturo Alape, Óscar Alarcón Núñez, Germán Arciniegas, Mauricio Archila, Antonio Caballero, Antonio Cacua Prada, Germán Cavelier, entre otros · 1988 · p. 831 cita
[12]

acta en la que se declaraba la total independencia de la provincia de Cartagena, en Nueva Granada, histérico documento que se conserva en el Museo Nacional de Bogota. que s6lo esperaba la oportunidad para manifes- tarse, como ocurrié en Cartagena el 22 de mayo y el 14 de junio de 1810, cuando el cabildo depuso al…

p. 83
10Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 106, 1202 citas
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los distintos grupos sociales de la Nueva Granada. En realidad, fue la coyuntura nacida de la inva- sión napoléonica a España la que incitó a los criollos a llenar el vacío de poder dejado por los Borbones, con la teoría en virtud de la cual, cuando faltaba el monarca, la sobe- ranía que éste ejercía a nombre del…

p. 106
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parte de la América del Sur. Tales métodos, si al principio rindieron los resultados esperados, muy pronto lanzaron a la población a la resistencia, obligando a algunos a organizarse en guerrillas, a conspirar o, por lo menos, a desear vivamente la caída del régimen. A pesar de que durante la Primera República vastos…

p. 120
11Historia concisa de Colombia 1810-2017Michael J. LaRosa, Germán Mejía · 2017 · p. 311 cita
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mundo cambió para millones de personas que habitaban la América española. En este capítulo se examinan dichas transformaciones ideológicas, políticas, económicas y territoriales para el caso de Colombia, 6 las cuales estaban inextricablemente ligadas a los cambios que ocurrían simultáneamente en el contexto del mundo…

p. 31
12¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · p. 50, 512 citas
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a establecer en el país un Estado de derecho: la separación de poderes, un ejercicio transitorio del gobierno, la titularidad del poder cedida al pueblo y la consagración de estos principios en una constitu ción. Esas posturas dividieron a los grupos dominantes de cada provincia de la Nueva Granada: los Gobiernos de…

p. 50
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biern o esp a ñ o l y fue c a ptu ra d o en 1814 p or l a s guerrill a s de indígen a s, neg r os y mestiz o s qu e defendí a n l o s a lre d ed or es d e P a st o. Con el rest a blecimiento d e 99 ¿Otra historia de Colombia? Fernando VII en el trono, el movimiento realista se fortaleció aún más, al enviar a Venezuela…

p. 51
13Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · p. 57, 612 citas
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Las consecuencias de la intransigencia del gobierno absolutista no se hicieron esperar, tras años de organización en sociedades patrióticas y en las más poderosas sociedades secretas como la masonería, estas que contaban con el apoyo económico de la burguesía, lo cual se tradujo en réplicas constantes pero fallidas de…

p. 57
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conjunto de leyes podemos rescatar algunos de sus artículos que se orientan al mantenimiento de las propiedades secuestradas. Mediante los procedimientos de secuestros, el Virreinato de Nueva Granada y su capital Santafé de Bogotá se convirtieron en la región administrativa de mayor fortaleza para la “pacificación”,…

p. 61
14Repúblicas en armas: Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y VenezuelaClément Thibaud · 2003 · p. 2491 cita
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SURROCA, Relación.... op. cit.. fol. 145v. 37. Morillo al ministro de la Guerra, 8 de mayo de 1817, en Antonio RODRÍGUEZ VILLA, Don Pablo Morillo, op. cit., III, p. 392. 38. Oficio de Piara Blanco, Upata, 2 de marzo de 1817, BA, V, 611. 39. Proclama de Piar a los indios de Tupupuy y otros lugares, 7 de febrero de…

p. 249
15Repúblicas en armas. Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y VenezuelaClément Thibaud · 2003 · p. 2491 cita
[19]

SURROCA, Relación.... op. cit.. fol. 145v. 37. Morillo al ministro de la Guerra, 8 de mayo de 1817, en Antonio RODRÍGUEZ VILLA, Don Pablo Morillo, op. cit., III, p. 392. 38. Oficio de Piara Blanco, Upata, 2 de marzo de 1817, BA, V, 611. 39. Proclama de Piar a los indios de Tupupuy y otros lugares, 7 de febrero de…

p. 249
16Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · p. 2341 cita
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toma Carta- A o. od ele del terror. 1816 Los patriotas de Cartagena son pasados por las armas. Cuatro expediciones realistas reconquis- tan Nueva Granada. Nariño vuelve prisionero a Cádiz. El presidente Torres es reemplazado por José Fernández Madrid. El español Warleta toma Medellín y Miguel de la Torre, Santafé.…

p. 234
17Aproximaciones a la historia del Derecho en ColombiaLuis Freddyur Tovar, Beatriz Eugenia Salamanca Charria, Carlos Andrés Delvasto Perdomo, Carlos Andrés Echeverry Restrepo, Francesco Zappalá Sastoque, Iván Alberto Díaz Gutiérrez · 2014 · p. 2911 cita
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Constitución de Cúcuta de 1821 se consagraron principios como el de legalidad, la presunción de inocencia, la prohibición de detención sin proceso judicial previo, y la prohibición de tes - tificar contra uno mismo o sus parientes 32. No obstante, en medio de la guerra y con el propósito de con - jurar situaciones de…

p. 291
18Crónicas de BogotáPedro María Ibáñez · 2014 · p. 1031 cita
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102 En lo moral era un hombre imperioso y frío, cruel por sistema más que por inclinación, con arranques espontáneos de franqueza y aun de generosidad in- termitente, pero desconfiado y sujeto a accesos de ira que lo ponían fuera de sí 36. El chileno Diego Barros Arana refiere que es- tando Morillo en Mompós, a…

p. 103
19Crafting a Republic for the World: Scientific, Geographic, and Historiographic Inventions of ColombiaLina del Castillo · 2018 · p. 641 cita
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Granada native son Caldas had celebrated for refusing the honors the Bona- parte regime would have bestowed upon him in occupied Madrid. Among the “many other learned and valuable personages” that were executed was, of course, Francisco José de Caldas. 41 News of Morillo’s sanguinary tactics and actions was…

p. 64
20Memorias de un abanderadoJosé María Espinosa · 2016 · p. 1472 citas
[28]

en su amarga suerte y en su incierto porvenir. Mis sufrimientos durante mi larga prisión fueron igua - les, si no superiores, a los que había experimentado en tres años de laboriosas y crudas campañas. Es preciso haber sido prisionero de los españoles para saber lo que es sabo - rear el refinamiento de la crueldad, y…

p. 147
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en su amarga suerte y en su incierto porvenir. Mis sufrimientos durante mi larga prisión fueron igua - les, si no superiores, a los que había experimentado en tres años de laboriosas y crudas campañas. Es preciso haber sido prisionero de los españoles para saber lo que es sabo - rear el refinamiento de la crueldad, y…

p. 147
21Memorias para la historia de la medicina en Santafé de BogotáPedro María Ibáñez · 2017 · p. 861 cita
[30]

de su país natal, por sus simpatías a la causa de la Independencia. El doctor José Fernández Madrid, uno de los discípulos del Padre Isla, desempeñó la Presidencia de las Provincias Unidas de Nueva Granada en 1816. En servicio de tan eleva- do destino hizo un viaje hasta Popayán, en donde renunció el cargo…

p. 86
22Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · p. 631 cita
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podía y acaso porque tampoco le interesaba; su rebeldía era en esencia contra el método escolástico, contra sus colegas, que sentían exce- siva confianza por los textos de los científicos de ese momento (Newton, Buffon, Montesquieu), sin demostrar antes si lo que se decía en esos textos se confirmaba en la…

p. 63
23Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 1101 cita
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ñ oles. Poco despu é s los restos del ej é rcito patriota fueron derrotados. Las tropas espa ñ olas estaban diezmadas por las enfermedades, rn especial el paludismo y la fiebre amarilla: en 1820 sobreviv í an menos de 3000 de los 12000 que hab í an llegado en 1815 a Am é lica. No era probable que un ej é rcito espa ñ…

p. 110
24Historia de Colombia. La Gran Colombia II. Tomo 10Juan Salvat, Roberto García Rojas (directores); Ricardo Martín (director de la obra); Gonzalo Hernández de Alba (director científico) · p. 281 cita
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se logro configurar una idea de sal- vacion de la nacion, si se abrio paso el sentimiento del caracter injusto de la guerra sostenida por Es- pana. De los meros intereses locales, de faccién o del puro interés egoista de defensa de las aspiraciones economicas de uno o de otro grupo, fue posible pa- sar a la…

p. 28
25Historia y nación. Tentativas de la escritura de la historia en ColombiaAlexander Betancourt Mendieta · 2020 · p. 1, 132 citas
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27 Capítulo I Instaurar una tradición: las porfías de la historia nacional En el siglo aparecieron las primeras obras que utilizaron la noción de pasado para consagrar los XIX orígenes de la República. Las condiciones posteriores a la Independencia permitieron que los hombres de letras que elaboraron ejercicios de…

p. 1
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hija, á nuestra patria. 35 Los relatos escolares mantuvieron un criterio de linealidad allí donde los héroes eran la parte fundamental de la trama histórica y establecieron una diacronía cuyos cortes temporales se mantuvieron durante todo el siglo. XX 36 Las características de los manuales de historia patria y los…

p. 13
26Nueva Historia de Colombia. Vol. IV: Educación y Ciencia, Luchas de la Mujer, Vida DiariaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Magdala Velásquez Toro, Renán Silva Olarte, Jaime Jaramillo Uribe, Aline Helg, Gabriel Poveda Ramos, Jorge Arias De Greiff, Bernardo Tovar Zambrano, Rubén Sierra Mejía, Enrique Low Murtra, Gonzalo Cataño, Jaime Arocha Rodríguez, Néstor José Miranda Canal, Patricia Londoño Vega, Santiago Londoño Vélez · p. 2011 cita
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progreso, tal como lo exigía el modelo liberal burgués que se quería hacer fructificar. He aquí cómo la época li- beral se forjaba críticamente su propio pasado, que servía a su vez de legiti- mación a sus proyectos revoluciona- rios del presente. La historiografía conservadora apa- rece en el ambiente de crisis y de…

p. 201
27Bogotá un museo a cielo abierto. Guía de esculturas y monumentos conmemorativos en el espacio públicop. 111 cita
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que en la medida en que avancemos en la valoración de la totalidad de las obras que por cierto se instalan a diario en parques y avenidas encontraremos probablemente otras tantas obras tan valiosas como las que presentamos a continuación. Monumento a Tomás Cipriano de Mosquera, ca 1928. Tarjeta Postal 13 Sector Centro…

p. 11
28Historia de Colombia. La Gran Colombia I. Tomo 9Salvat Editores (Dirección: Juan Salvat, Roberto García Rojas; Director científico: Gonzalo Hernández de Alba) · 1988 · p. 32, 782 citas
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protegiendo el camino real de Santa Fe, linea de comunicaci6n que la fraccion realista quiso siempre mantener a toda costa, pues implicaba la unica via de escape hacia la capital. Santander ordené la ejecucién de la maniobra de flanqueo que, en combinacién con el paso del Puente, tenazmente defendido por el enemigo,…

p. 32
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mariscal La Torre en los va- lles de Cucuta constituia una peligrosa amenaza para la consolidacién del éxito recientemente ob- tenido en Boyaca, su mayor esfuerzo, en el orden militar, fue la organizaci6n y envio de tropas al norte, al mando del general de divisién José Antonio An- zoategui, quien, desafortunadamente,…

p. 78
29Grandes momentos de ColombiaGustavo Castro Caycedo · 2016 · p. 2631 cita
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inmenso. El invierno los acompañó hasta el mismo Puente de Boyacá. En la Aldea de Setenta, a orillas del río Apure, el Libertador convocó un consejo de oficiales patriotas y les expuso los planes de invasión a la Nueva Granada. Corrían los días de finales de mayo de 1819, para continuar la más grande acción militar…

p. 263